¿Qué es un Altar?
Si deseas leer la síntesis de los códigos aquí explicados puedes ingresar en la siguiente bitácora:
¿Qué es un Altar?
Por P.A. David Nesher
(Devarim/Deuteronomio 7: 12)
Ekev es el nombre de la parashá (porción) de la Torah que el Espíritu del Eterno nos ha propuesto meditar durante esta semana. Me ha parecido importante, considerar los códigos de la Luz Infinita revelados en este término hebreo (ekev).
La sección de Ekev de la Torah abre con las palabras de Moshé a los hijos de Israel: «Y como consecuencia de que ustedes obedezcan estas leyes…»
El nombre Ekev, traducido en esto contexto “como consecuencia”, puede también ser traducido como “talón”. Uniendo estos dos significados nos daremos cuenta de que la parashá alude a que cuando se trata de la observancia de las normas de vida descriptas en la Torah, que son las que le dan sentido a nuestra existencia en Yeshúa, debemos involucrarnos íntegramente, no sólo a nivel de las capacidades espirituales y psíquicas, sino también a nivel físico: incluso a nivel del talón del pie, el miembro más bajo, elemental y vulnerable de nuestra existencia física.
Para comprender la palabra ekev nos remitiremos a la primera vez que ella aparece en la Torah (Instrucción). Para ello, concentraremos nuestra atención en las palabras del Eterno a la serpiente: “él (el ser humano – Adam-) herirá tu cabeza, y tú le herirás el talón” (Génesis 3: 15). Entendemos que en el cuerpo humano, la cabeza y el tronco se encuentran protegidas, pero el talón, el final, es la parte vulnerable del ser humano a todo lo que encuentre en su andar. Al leer este capítulo de Bereshit (Génesis) sabemos que el Eterno no se está hablando con una serpiente animal, sino con la serpiente primigenia (en hebreo najash hakadmoní) que es el símbolo mismo de HaSatán inyectando en la humanidad el yetser hará (inclinación al mal), fascinador y terrible.
¿Cuál es esta inclinación especial que acecha nuestro talón? ¿Qué mensaje codificado hay en esta palabra (ekev)?
Cuando el hombre se levanta y hace una buena acción, tiene fuerza para dominar a la serpiente. Pero la serpiente acecha y espera con paciencia hasta al final de la acción buena. Entonces, cuando el hombre termina de hacer la acción buena, se inclina y reposa para contentarse de sí mismo, observando el fruto de su buena obra. Es aquí cuando la serpiente lo muerde y llena al hombre con la toxina del orgullo de sus buenas obras, conduciéndolo a decir: «¡yo hice esto,… y quién hay como yo…!” Es entonces cuando la cabeza de la serpiente (su manera de pensar) domina desde el talón del hombre (su acción buena), la mente del mismo, conduciéndolo a pensar en sintonía con la iniquidad que originó la existencia del mal. Interesante es saber que la palabra hebrea para mal es ra (רע). Como notaran las dos letras de rá (mal) son resh, inicial de rosh (cabeza) y ayin,inicial de ekev, (talón). El mensaje codificado de esto es sorprendente: ¡por su orgullo el ser humano será “piso de sus propios talones”! Este es el sentido de la expresión que Yahvéh dice a Adam:
«Porque polvo eres, y al polvo volverás.»
(Génesis/Bereshit 3: 19)
Es decir, que la humanidad, por haber escuchado la enseñanza de la serpiente, comenzaría intentar cumplir su propósito sin Dios, por medio de las obras buenas. Esto será el espíritu que inspirará los fundamentos de la religión. El ser humano haciendo buenas obras según su propia opinión, sin importar la Instrucción del Eterno. Desde esta actitud, solamente comenzará a resbalar.
La idea que Moshé estará dando a la nueva generación es que no es suficiente que la mente entienda. Ni tampoco que el corazón sienta y las manos hagan. La persona entera debe estar “permeada” de los Mitzvot (mandamientos) inoculados por el Espíritu Santo, cada vez que recepcionamos la Instrucción en la mente y el corazón por obra mesiánica del Eterno, manifestándose como Abba en nuestros corazones.
Dicho diseño de una vida humana escondida en el Mesías, vibra con tanto poder que los propios talones avanzan en el peregrinar de la vida como si oyesen y escuchasen la Torah. Entonces el andar se sujeta a lo que nuestra Rosh (Cabeza), es decir el Mesías Yeshúa, nos ordena. Solamente así, la vida se convierte en justa y de excelencia.
Por P.A. David Nesher
(BaMidbar/Números 15: 17 – 21)
El pan especial que comemos en nuestra cena de Shabat se llama «Jalah» (plural: jalot), el mismo tiene su origen en la necesidad que tiene Israel de cumplir este mandamiento perpetuo ordenado en este pasaje de Bamidbar, aún en el exilio.
Este pasaje revela cuan ricos en promesa y ánimo eran los mitzvot (mandamientos) de Yahvéh, con el objetivo de asegurarse siempre el correcto enfoque de la emunah (fe) de Abraham que les había entregado al santificarlos con la Torah.
Con este precepto, el Eterno establece sus mentes en la Tierra Prometida, incluso a pesar que ellos están a una larga distancia de ella todavía. Yahvéh sabe que manteniendo sus mentes enfocadas en Su promesa, ayudará a que ellos puedan auto-valorarse en Su propósito eterno a través del desierto y preparar así sus corazones como la nueva generación que Yahvéh posee para triunfar donde la vieja generación falló.
Esta ofrenda exige la presentación del primer pan hecho con el grano cosechado para el Señor. Era semejante a la ofrenda de paz. Con este “tributo” se indicaba la soberanía y el dominio absoluto del Eterno, a quien se hace partícipe de lo mejor y lo primero, en reconocimiento de que es Él, y solamente Él, quien da a los seres humanos los bienes de la Tierra.
Así se simbolizaba diariamente que todas las bendiciones provienen del Eterno y todo lo que se produce con la labor diaria le pertenece a Él. Esta regulación es señal de esperanza, ya que nuevamente, Yahvéh da por sentada la realidad de que los israelitas de la nueva generación entrarán en la Tierra Prometida.
Con este mitzvá, Yahvéh apunta a garantizar días de refrigerio que Él mismo haría venir para Su Pueblo una vez establecido en Canaán. Así la mente de Israel descansaba plenamente en la gracia inagotable de Dios hacia un pueblo que se manifestaba rebelde y contradictor.
En estos versículos hay tres términos hebreos para considerar:
La palabra jalah se refiere a la terumá, la porción separada, que se aparta para entregar como ofrenda al Eterno. De este modo, el Eterno aseguraba a los Kohanim, servidores que se ocupaban permanentemente de las tareas del servicio divino, tengan lo necesario para su subsistencia sin hacer esfuerzo alguno. Lo que no era así en la porción de la cosecha del granero que recibían, con la que sí debían esforzarse para tener provecho de ella, al tener que colar los granos, molerlos y demás trabajos que debían hacer hasta transformarlos en comida.
La idea es que cada vez que se hornee un jalah (pan), debe retirarse una pequeña porción de masa (torta). Según los códigos de la Torah esto era con el fin de quebrar el “deseo de recibir para sí mismo” presente en la naturaleza egocéntrica del alma humana.
El fundamento de este mitzvá (mandamiento) es que siendo que la vida del ser humano depende de su alimento, y la mayoría del mundo vive a base de pan, quiso Yahvéh meritarnos por medio de una mitzva permanente con nuestro pan. De este modo, nuestro Abba se aseguró que la bendición recaiga en él por medio del cumplimiento de este mandamiento (mitzvá), y que sea un mérito para nuestras almas. De este modo, la masa del pan, elevado a Yahvéh, es el alimento no solo del cuerpo, sino que también del alma.
Este mitzvá (mandamiento) de separar una parte del jalah (pan), tiene la finalidad de traer de regreso la pureza de espíritu que se perdió con el pecado de Adam. Cada miembro de la familia puede hacer la separación de la jalah, pero la mitzvá es principalmente para la mujer, ya que así hacen tikun (rectificación) por el pecado de Java/Eva.
¡Cientos de pensamientos y anhelos embargan el corazón de una madre cuando separa el trozo de jalah al amasar su pan! ¡Incontables bendiciones alberga su alma para sus hijos! Ser madre implica no cesar nunca de interceder por los hijos. Que ellos sean fieles custodios de la Instrucción divina; que se consagren a ella y a las buenas acciones; que cumplan con alegría Sus preceptos; que sean personas bondadosas e inteligentes; que sean íntegros; que eleven el mundo con sus virtudes, etc., etc.
Además, al observar este mandamiento, un varón hebreo, y su familia, revelan su emuná (fe) en el Supremo y expresa su reconocimiento a Él, quien al vestirse en el ropaje de las leyes naturales le ha permitido obtener esa masa, de la cual toma una parte para ofrendar, cuando bien podría utilizarla para beneficio propio. De este modo, cada israelita atestigua a todos los ámbitos celestiales que está rechazando la idolatría (materialismo) como sistema de vida, y que simplemente se fortalece en la emuná (fe).
Interesante es aportar que la expresión traducida “vuestra masa” proviene del hebreo arisotejem, que también significa “cuna”, y “lecho de descanso” (cama). Entonces, la mente hebrea también entendía que este versículo está indicando que desde los primeros instantes de vida de un bebé (desde su cuna) debe ser elevado espiritualmente orientándolo en el camino de la Torah. Y lo mismo, se entendía al referirse a los primeros momentos del día, ni bien uno se levanta d su lecho de descanso, debe elevarse en mente y corazón a una causa espiritual a través de la tefilá (oración de alianza) y la meditación en la Torah. De este modo se garantiza el éxito en toda tarea emprendida en la jornada.
En tiempos modernos, a no estar el Templo restaurado, se separa una parte de la masa del pan y se quema, con el fin de cumplir parte de este mandamiento. En el versículo 21 está escrito que es “por vuestras generaciones”. No es un mandamiento temporal, lo cual se podía haber pensado según el versículo 18.
El mandamiento de la separación de la jalah solamente es obligatorio en la tierra de Israel cuando la Shekiná resida en el Santuario.
Este precepto aplica solamente cuando los israelitas habitan en Israel, pero se practica actualmente en la diáspora con el fin de que el mandamiento no sea olvidado. Antiguamente la jalah fue entregada al sacerdote, pero hoy en día es quemada. Por consiguiente, se separa la “jalah”, y como hoy no existe el Templo se la quema en el mismo horno en que se hornea el pan.Si uno olvida sacar la jalah de la masa cruda, debe ser tomada del pan.
El procedimiento es el siguiente:
Antes de separar el trozo de jalah se recita la siguiente bendición:
«Barúj ata Yahvéh Elohéinu, Mélej haolám, ashér kidshánu bemitzvotáv vetzivánu lehafrísh jalah.»
En español es:
(“Bendito eres Tú, Yahvéh nuestro Señor, Rey del universo, que nos ha santificado con Sus mandamientos, y nos ha ordenado separar jalah”).
Por supuesto también se puede proceder a hacer una oración espontánea que resalte al Eterno por liberar una vez más a nuestra familia de malas noticias.
A continuación se separa 1 kazáit (el tamaño de una aceituna grande) de masa. Después de separar la jalah se dice: “Haré zo Jalah” o en español: “Esto es jalah”, y se lo quema en el fuego. La costumbre es incinerarlo en el mismo horno en que se horneará el pan. Esto es cierto en los antiguos hornos a leña. En las cocinas modernas a gas o eléctricas, se lo debe quemar sobre el mechero hasta que se carbonice y luego dejar el mechero encendido unos 15 minutos más para kasherizarlo (purificarlo) o puede también dejarla en el horno hasta quemarse completamente.
Por P.A. David Nesher
“ Y Yahvéh dijo a Moshé: ¿Hasta cuándo me desdeñará este pueblo? ¿Y hasta cuándo no creerán en mí a pesar de todas las señales que he hecho en medio de ellos?”
(Números 14:11)
El conflicto causado por la rebelión de Israel que decidió escuchar el informe negativo de los 10 espías perversos, tenía una causa: la incredulidad. Según el diccionario, incredulidad es la imposibilidad o reserva que tiene una persona para creer algo que no ve o que no está demostrado, aunque esté aceptado o consensuado por la mayoría. En pocas palabras, la incredulidad es la falta de confianza y la falta de fidelidad. El pueblo de Israel eligió no creerle al Eterno. Ellos escogieron las palabras de derrota de los príncipes perversos, en lugar de las promesas de victoria que el Eterno les había entregado; y así les alcanzó la derrota. Yahvéh ha sido únicamente bueno con Israel, y ha demostrado Su fuerza amorosa hacia ellos incontables veces. El rechazo de Israel a Yahvéh no tiene sentido alguno.
Ahora quiero invitarlos a hecho de que el Eterno no quiere hablar con la nación. Él sabe que ellos están más allá de escucharlo. Él ha determinado hablarle a Moshé, y sólo a Moshé. Aprovechando esto, quiero contarles que me he encontrado en mi carrera ministerial con muchos de los hijos de Dios que en medio de su rebelión se preguntan porque ellos ya no escuchan la voz de Dios… ¿Por qué deberían?… Ellos están rechazando lo que Yahvéh ya dijo. Él no tenía ninguna palabra más para agregar a sus promesas. Israel ya sabía, por el ejemplo de sus ancestros, que la fe se basa en lo que el Eterno ha dicho. Veamos cómo explica esto el apóstol Pablo:
“Él (Abrahán) creyó en esperanza contra esperanza, a fin de llegar a ser padre de muchas naciones, conforme a lo que se le había dicho: ASÍ SERÁ TU DESCENDENCIA… Así que la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Dios.”
(Romanos 4:18; 10:17)
En la parasha Shelaj Lejá, vemos que todos los israelitas tenían suficientes palabras del Cielo para poder creer, pero tomaron la decisión de no hacerlo. Esa fue la razón por la que el Eterno se cansó de ellos.
Esta es una oferta celestial dramática para Moshé. Yahvéh le está diciendo que le dará a la rebelde Israel lo que merece: juicio. En realidad, Yahvé está diciendo que le daría a los israelitas lo que ellos mismos declaraban con sus bocas negativas que querían: ¡morir en el desierto! (v. 2). Pero de repente: ¡Yahvéh asegura que cumplirá Sus promesas de una tierra, una nación, y bendiciones para Abraham, Isaac y Jacob por medio de Moshé! Esto era materia pesada para Moshé; el Eterno le está ofreciendo la posición de “patriarca”, para volverse un padre de un nuevo Israel en la misma manera que Abraham, Isaac, y Jacob lo fueron.
Por favor, pido a cada uno que considere atentamente esto. Moshé tuvo la oportunidad de ser el padre de una gran nación. Sin embargo, él rechazó ese privilegio por amor al pueblo del SEÑOR al que servía. De la misma manera Yeshúa no vino para rechazar a Israel y crear un nuevo Israel (tal como enseña la teología del reemplazo). El Mashiaj Yeshúa, nuestro Dueño y Maestro no vino a fundar un pueblo nuevo llamado la Iglesia. Por el contrario, Él vino para restaurar las doce tribus de Israel y además, mientras lleva a cabo ese cometido, injertar a los gentiles en la parte espiritual del pueblo santo. Repito: ¡Yeshúa no creó una nueva entidad, aparte de Israel, llamada Iglesia! Para Él, Israel es la Kehiláh (Iglesia) que Él mismo desposó en el Monte Sinaí, a los cincuenta días de haber salido de Mitzraim, unos quince siglos antes de nuestra Era Común.
Moshé tenía en su memoria el vivo recuerdo de que cuando Israel estuvo al borde del desastre después de haber pecado con el Becerro de Oro. El Eterno le enseñó en esa ocasión que ningún decreto celestial es inmutable frente a la contrición y la plegaria sinceras de almas tzadikim (justas). Es que “la oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16-b). Por ello es que ahora Moshé llevó aquella lección a la práctica, y se puso a interceder una vez más por su pueblo.
El elemento principal de su plegaria fue que la destrucción de Israel constituiría una profanación del Nombre Sagrado del Creador. El Eterno había manifestado Su Presencia en Israel de manera tan pública e inconfundible que ninguna de las naciones creería que Israel tuvo algo que ver con su propia ruina. En vez de ello, los egipcios y otros pueblos se regodearían en el argumento de que el ‘poderoso’ Dios que había hecho añicos su sociedad escogida había sido superado con los cananeos y sus dioses. Como declaró el profeta leshaiahu (Isaías 43:7), el propósito de la creación es el honor de Yahvéh, por lo cual, Moshé afirmó, Dios debe perdonar a Israel nuevamente para salvaguardar su propio honor.
Veamos lo que Moshé dijo:
«Y ahora, te lo ruego, haz que se engrandezca tu fuerza, oh Eterno, según lo que hablaste, diciendo:…» (14:17)
La expresión que ha sido traducida como «que se engrandezca tu fuerza» en realidad encierra la clave de la cosmovisión hebrea que Moshé usó en su intercesión. Con estas palabras Moshé se interpuso en la brecha a favor de Israel para que el atributo de Yahvéh denotado por la expresión «Lento a Enojarse» (Shemot/Éxodo 34:6) prevaleciera sobre el atributo de Justicia estricta. «Moshé imploró a Dios que optara por la paciencia sobre la punición» (Rashi).
Para eso Moshé uso en su oración tres fundamentos:
¡Qué corazón tenía Moshé! Tuvo la oportunidad de ser el padre de un nuevo Israel, pero no buscó su propia fama, ni que su propio nombre fuera engrandecido. Tenía más interés por el Nombre de Yahvéh que por su propio nombre. ¡Qué ejemplo para nosotros!
Moshé trajo la promesa de Dios delante de Él. Él rogó al Eterno que no le diera ninguna oportunidad a las naciones de pensar que Dios no había sido fiel a Su Palabra.
El celo de Moshé por la gloria de Dios era evidente. Él sabía que, si el Eterno borraba la nación actual y empezaba otra vez con Moshé, sería una marca negra en Su reputación delante de las naciones – especialmente Egipto.
Moshé básicamente dijo:
“Señor, te has revelado a ti mismo a mí por Tu palabra. Tu palabra declara Quien eres. Ahora Señor, por favor actúa hacia Israel de acuerdo a quien Tú mismo te has declarado ser en Tu palabra.”
Moshé conocía el poder de Yahvéh, y apelo a él. Moisés conocía la promesa del Eterno y apeló a ella. Moshé conocía la gloria de Dios y apeló a ella. Este era un espectacular ejemplo de lo que debe invocarse en el ejercicio de la intercesión.
Lo que hizo esta intercesión espectacular no era primitivamente el método de Moshé (apelando a la gloria de Dios, poder, y promesa); sino el corazón de Moshé colocándose en la brecha. Aquí, él está totalmente centrado en otros. Él no piensa para nada en su propia gloria, sino sólo en el destino Israel. Él clama para que se revele el corazón de Yahvéh hacia Su pueblo, y eso es lo que hizo la intercesión de Moshé espectacular. Esto es también hoy lo que hace al ejercicio de la intercesión, totalmente efectivo.
Esto, por supuesto, era la intención de Yahvéh desde el principio: el desarrollar y sacar de Moshé este tipo de corazón, transformándolo así la semejanza de Su Hijo Primogénito (Romanos 8:29), mucho antes del tiempo de la manifestación de Yeshúa.
He aquí el otro secreto del ministerio de intercesión de un creyente. Evidentemente las palabras de Moshé estaban de acuerdo con las palabras y el honor del Eterno y por eso su oración tuvo éxito.
Amado discípulo de Yeshúa, cuando ores, especialmente intercediendo, ora las palabras del Eterno y tu oración tendrá éxito. Es más, nunca se debe orar o hablar de cosas que no estén de acuerdo con la Torah:
“El que habla, que hable conforme a las palabras de Dios”
(1 Pedro 4: 11a)
La lashón hará (lengua perversa) de los exploradores provocaron habladurías en el campamento que condujeron al levantamiento del pueblo. Y la generación selló su destino en el desierto. ¡Cuidemos nuestras palabras, ya que a través de ellas se puede construir el mundo entero, así como también destruirlo!
La Parashá Emor nos guió a comprender el Honor de Vivir a través de valorar el Propósito, la Misión y la Visión de la misma.
Esta enseñanza mantiene despierta nuestras conciencias en el hecho de que lo que decimos con nuestras acciones siempre habla más fuerte que nuestros dichos.
Por P.A. David Nesher
(Levítico/Vayikrá 20: 3-5)
Hoy he posteado en mi cuenta Twitter el siguiente paradigma:
«Los niños no necesitan entender los misterios del Universo para creer en Dios, no les hace falta».
Esto surgió en mi mente ante el hecho de estar en estos días sumergidos en la tarea decodificadora de la Instrucción divina revelada en las líneas del libro de Vayikrá (Levítico).Así, he descubierto que el llamamiento divino vibrante en las líneas de este rollo tiene que ver con el anhelo del Eterno de tener hijos con la actitud de niños. Pero ¡cuidado! no estoy hablando que debemos ser personas inmaduras, con hipersensibilidad infantil, como la mayoría de los occidentales de nuestros días. No, el libro es bien claro en la necesidad de que el alma humana que se acerca al Altísimo lo haga confiando con la sencillez y la pureza de un niño. Es decir que dejemos que el Eterno sea quien nos guíe, tal y como un niño se deja conducir por la instrucción de sus padres. En esos momentos, no había tantas preguntas racionales que pretendieran respuestas del lugar dónde se pretendía llegar. Simplemente con dicha sencillez y llenos de pureza, extendíamos nuestras manos, para que las de nuestra paternidad nos la tomaran fuerte y nos condujeran a un lugar mejor.
Si leemos con cuidado los versículos citados, notaremos que la gran mayoría de los mandamientos de la Torah persiguen el objetivo divino de desarraigar la idolatría del pueblo santo, y de ese modo sacarlos de la esclavitud reptiliana que provoca el materialismo práctico que gobierna al resto de las naciones. Claro, sé que para muchos de ustedes, que se han criado con un concepto monoteísta, es difícil imaginarse cómo era la influencia y la ideología del politeísmo en esos tiempos y esas culturas y los alcances malévolos con los que afectaban a las generaciones. De todos modos, si nos atrevemos a realizar una análisis profundo, discerniremos que los paradigmas diabólicos de la cultura idolátrica aún vibran en nuestros días por medio de la Gran Babilonia que se sienta sobre la gran masa de gente.
En este pasaje, la Instrucción divina deja en claro que quien entrega su hijo a un dios pagano profana el Nombre de YHVH. El Eterno quiere que nuestra descendencia sea para él (cf. Malaquías 2:15). Ese es el propósito suyo con el matrimonio. Al dar uno de los hijos a un demonio escondido detrás de un ídolo, se está yendo en contra total del propósito de la creación del hombre y así se profana el Nombre Santo.
El sacrificio de niños para apaciguar la ira los dioses era una práctica común e todas las religiones antiguas. Para los amonitas, pueblo habitante de Canaán, dar un hijo a Moloc implicaba quemarlo vivo en honor a ese dios falso. Este era considerado el sacrificio más valioso que se podía ofrecer para mantener alejado el mal de sus cosechas y ganados.
La adoración del terrible ídolo Moloc fue mencionado en Levítico 18:21. Moloc era adorado por medio de calentar una estatua de metal el cual representaba al dios, hasta que se ponía al rojo vivo, luego se colocaba un niño vivo en las manos extendidas de la estatua, mientras se tocaban tambores los cuales ahogaban los gritos del niño hasta que moría quemado. Dar un hijo a Moloc implicaba quemarlo vivo en honor a ese dios falso, y desde ese rito sentir seguridad en el destino material.
La pena por adorar a Moloc era la muerte y si la sentencia no era llevada a cabo por Israel, Yahvéh declaró que pondría su rostro contra aquel varón y contra su familia. Él mismo lo enjuiciaría si el sistema legal de Israel fracasaba en hacerlo.
El Eterno tenía que tomar medidas disciplinarias de pena de muerte para cortar por lo sano toda esa oscuridad. Una persona influenciada por los espíritus engañadores que producen la idolatría está emocionalmente ligada a esas costumbres malignas y lo único que puede liberarla es que las palabras de la Torah entren en su corazón con el fuego del Espíritu del Eterno.
El Eterno reveló a Su Pueblo que este tipo de práctica era detestable. Por ello, Yahvéh tenía que tomar medidas disciplinarias de pena de muerte para cortar por lo sano toda esa oscuridad. Una persona influenciada por los espíritus engañadores que producen la idolatría está emocionalmente ligada a esas costumbres malignas y lo único que puede liberarla es que las palabras de la Torah entren en su corazón con el fuego del Espíritu del Eterno.
Con estos mandamientos, Israel comprendía tres aspectos fundamentales del Eterno.
Ahora bien, considerando las características de la cosmovisión pagana, los invito a realizarse estas preguntas:
Al respondernos sinceramente, y desde la verdad, cada una de estas preguntas, descubrimos que este Moloc sigue siendo hoy tan real como en aquel entonces, ya que representa la perversión por la que erigimos en ídolo lo que no es más que una abominación ante Yahvéh: nuestro amor a las riquezas y obsesión por el placer por placer mismo. Ese Moloc sigue presente hasta el día de hoy y millones lo tienen por dios. Es el materialismo, esa miope noción de que no hay más realidad que lo que puedo ver y tocar. Lo que puedo tener y acumular. Ese Moloc es el hedonismo, que no permite contrincantes ni competidores en su hegemonía sobre la posesión de nuestras facultades. Ese Moloc es el ego, que se encumbra por encima de todo y de todos, supeditando cualquier norma a su voluntad, y acepta como válida y «absoluta» cualquier opinión relativa surgida en la mente de cada individuo que camina por nuestro planeta.
Meditando sinceramente en la verdad de esta lección, clamemos juntos para que el Eterno nos dé mucha sabiduría y firmeza para que ninguno de nuestros hijos se pierdan. Esforcémonos diariamente en nuestra fe para que podamos presentarnos en el día del juicio diciendo:
“He aquí, yo y los hijos que el SEÑOR me ha dado ”
(Isa 8:18)
y
“Cuando estaba con ellos, los guardaba en tu nombre, el nombre que me diste; y los guardé y ninguno se perdió”
(Juan 17:12)
Apreciado lector, estimada lectora, si hoy tu hijo está en mal camino, ayuna, ora y haz lo que está escrito por mano del profeta Jeremías:
“Levántate, da voces en la noche al comenzar las vigilias; derrama como agua tu corazón ante la presencia del Señor; alza hacia El tus manos por la vida de tus pequeños”
(Lamentaciones 2:19)
¡Que no se pierda ninguno de nuestros hijos! ¡Recuerda que eres el secreto mesiánico para salvaguardar generaciones!
Shavuá Tov!
Por P.A David Nesher
(Levítico/ Vayikrá 19:17,18)
Hoy, en mi cuenta de Twitter, publiqué el siguiente paradigma existencial:
El ser humano no puede hallarse verdaderamente a sí mismo en el amor, si en el amor no ha hallado antes al «tú» del prójimo.
El mismo surgió en mi corazón, al estar en este Shabat, meditando en el capítulo diecinueve del libro Vayikrá (Levítico).
El principio fundamental de la fe de Israel se encuentra vibrando en este texto de siete palabras: amar al prójimo como a sí mismo. Aquí se encuentra el mandamiento número dos en importancia en toda la Torah, y nuestro Mashiaj marcó claramente cuando fue increpado acerca de cuál era el mayor mandamiento:
“Cuando uno de los escribas se acercó, los oyó discutir, y reconociendo que les había contestado bien, le preguntó: ¿Cuál mandamiento es el más importante de todos? Yeshúa respondió: El más importante es: «ESCUCHA, ISRAEL; HASHEM NUESTRO DIOS, HASHEM UNO ES; Y AMARÁS A HASHEM TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN, Y CON TODA TU ALMA, Y CON TODA TU MENTE, Y CON TODA TU FUERZA.” El segundo es éste: «AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO.” No hay otro mandamiento mayor que éstos.”
(Marcos 12:28-31)
Cuatro términos diferentes que definen otras personas aparecen en estos dos versículos de Vayikrá que hoy encabezan nuestro estudio. Esas cuatro expresiones son:
Los cuatro son utilizados en estos versículos como sinónimos. Es decir que están siendo tratados con una mentalidad que les otorga el mismo significado. Surge la pregunta si solamente se refieren a los israelitas o a todas las personas del mundo.
La respuesta encontramos en otros textos que consideraré con ustedes a continuación:
“Y ciertamente pediré cuenta de la sangre de vuestras vidas; de todo animal la demandaré. Y de todo hombre, del hermano de todo hombre demandaré la vida del hombre.”
(Génesis 9:5)
“Y Jacob dijo a los pastores: Hermanos míos, ¿de dónde sois? Y ellos dijeron: Somos de Harán.”
(Génesis 24:4)
En estos dos textos es usada la palabra aj – hermano – cuando se refiere de la relación entre cualquier tipo de hombres. En el primer caso se habla de que todos los hijos de Noaj son hermanos. Por lo tanto, según la Torah todos los seres humanos de la Tierra son hermanos .
En el segundo texto nuestro padre Yaakov dice “hermanos” a unos pastores idólatras que no tenían ningún parentesco con él ni compartían su nacionalidad.
De los cuatro términos que estamos considerando aquí, aj es el que más exclusividad podía expresar, porque, según la Instrucción (Torah), para el Eterno un hermano es el prójimo más cercano que tenemos. Sin embargo, es precisamente ese término que la Torah usa para decir que todos los hijos de Noaj son familia y que Yaakov usó para hablar con gente extraña.
Entonces usando la primera ley de interpretación de las Escrituras – kal vajomer (nos permite aprehender una ley a partir de otra) – podemos decir que si el término aj – hermano – es usado de manera universal entre todos los hombres de la Tierra, ¡cuánto más el término rea – prójimo – tiene que incluir a todos los hombres y mujeres de la Tierra!
Al considerar lo que la Torah enseña entendemos que en esa cosmovisión el amor al prójimo no es solo sentimiento, sino también acción. Al examinar el contexto en el que se encuadra el mandato de Levítico 19 que exhorta a los siervos de Dios a amar al prójimo como a sí mismos, logramos comprender que esto es pura praxis. En ese capítulo leemos que los israelitas dejarían que los necesitados y los residentes forasteros recogieran parte de la cosecha. Además, no tolerarían el hurto, el engaño y la falsedad, ni tampoco el favoritismo en los juicios. Censurarían a quien actuara mal, pero sin olvidar esta advertencia: “No debes odiar a tu hermano en tu corazón”. Este mandamiento y muchos más se resumían en las palabras: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:9-11, 15, 17, 18).
La Torah nos enseña acerca del amor que debemos tener hacia los hijos de nuestro propio pueblo, y hacia el extranjero que habita entre nosotros, porque estas son las personas hacia las cuales podemos expresar nuestro amor de manera inmediata. No puedo mostrar amor al que no conozco. Los más allegados son los que pueden recibir mi amor, y tengo la responsabilidad de esforzarme para mostrarles amor a ellos de la misma manera que estoy haciendo conmigo mismo. Si amo a mi prójimo no le engaño ni tomo ventaja de él; soy cuidadoso con sus bienes como si fueran los míos, e incluso con más cuidado que con los míos; no le hago daño con mis palabras, sino que le hablo con respeto y hablo bien de él; no guardo mi alegría para mí mismo, sino la comparto con él y me alegro por su prosperidad como si fuera la mía; hago por él todo lo que a mí me hubiera gustado que me hiciera si yo hubiera estado en la misma situación.
Se trata de un amor universal, no limitado al grupo al cual uno pertenece .
Desafortunadamente, durante el ministerio terrenal del Mesías, muchos judíos tenían una estrecha definición sobre quien era su prójimo y solamente consideraban a sus amigos y compatriotas como prójimos. Sucedía que para ese entonces, desde la época de los Macabeos, los maestros judíos enseñaban que en la Torah términos como “amigo” y “prójimo” estaban reservados para los judíos, y que había que odiar a la gente de otros pueblos. Llegaban a decir que ser verdaderamente devoto exigía despreciar a quienes no lo eran. En tal ambiente era imposible extinguir el odio ya que había leña de sobra para alimentarlo. Estos maestros erróneamente enseñaban que en Vayikrá (Levítico 19:18) la expresión “tu prójimo” solamente hace referencia a “los hijos de tu pueblo”, es decir, está limitado a significar solamente los israelitas. Pero el versículo 34 (treinta y cuatro) muestra que la expresión “el prójimo”, según el Eterno, no está limitada a significar solamente los hijos de Israel sino también a los extranjeros:
“El extranjero que resida con vosotros os será como uno nacido entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto; yo soy HaShem vuestro Dios.”
(Levítico 19: 34)
Por ello, Yeshúa (Jesús) trato este asunto en el conocido Sermón del Monte. Él, al pautar sintéticamente los lineamientos fundamentales del Yugo que ofrecía a sus discípulos, dejó bien aclarado a quién hay que tratar con amor:
«Ustedes han oído que se dijo:
“Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo”.
Pero yo les digo:
Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos.»
(Mateo 5:43-45)
Con estas palabras, Yeshúa HaMashiaj destacó dos puntos:
Yeshúa nos ordena que amemos a nuestros enemigos (Lucas 6:27), y mostró que nuestro prójimo es aquel en necesidad, aunque por tradición fuera enemigo (Lucas 10:25-37). El mandamiento de amar a tu enemigo como a ti mismo es simple pero a menudo malinterpretado. Esto no significa que debemos de amarnos a nosotros mismos antes que podamos amar a alguien más; esto significa que en la misma manera que cuidamos de nosotros mismos, y estamos preocupados por nuestros propios intereses, debiéramos de cuidar y preocuparnos por los intereses de otros.
Este lineamiento del Yahvéh enseña que tú no puedes amar a otros si no te amas a ti mismo. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, ni más ni menos. No se puede amar al prójimo más que a sí mismo, sino en la misma medida. El que no se ama a sí mismo es incapaz de amar al prójimo. ¡Ámate a ti mismo, perdónate a ti mismo, habla bien de ti mismo, cuídate a ti mismo, y haz lo mismo con tu prójimo!
El amor al prójimo depende de cuánto hemos entendido del amor que el Padre tiene hacia nosotros , como está escrito:
“El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.”
(1 Juan 4:8)
El que no se ama a sí mismo no conoce a Dios. La fuente de nuestro amor es Dios. Cuanto más conozcamos a Dios, más vamos a poder amarnos a nosotros mismos y al prójimo:
“Nosotros amamos, porque Él nos amó primero.”
(1 Juan 4:19)
Sucede que ni el amor a sí mismo ni el amor al prójimo pueden alcanzar la profundidad que es necesaria para que sean duraderos y perfectos, si ambos no han buscado y descubierto su centro en el Eterno. Esta era la idea que palpitaba en el corazón de Agustín de Hipona cuando escribiera: «Sólo los que se aman en Dios, se aman rectamente. Por tanto, para amarse, es preciso amar a Dios«.
Nuestro amor depende de cuánto amor hayamos recibido del Eterno . Dicho con otras palabras, si cultivamos nuestra relación con Él, vamos a poder recibir su amor, y así poder amar al prójimo de la misma manera como hemos sido amados por el Padre .
El amor al prójimo nos ayuda a no cometer malas acciones, tal como mostró el apóstol Pablo:
“Pues los mandamientos dicen:
No cometas adulterio. No cometas asesinato. No robes. No codicies».
Estos y otros mandamientos semejantes se resumen en uno solo:
«Ama a tu prójimo como a ti mismo.”
(Romanos 13:9, 10)
Por todo esto,entendemos que los discípulos de Yeshúa de las comunidades del primer siglo entendía que el amor tiene que mostrarse en primer lugar a los más cercanos. El que no ama a su hermano que ha visto no puede amar al forastero que no ha visto. El amor empieza con los cercanos y se va extendiendo a todos los hombres:
“Por esta razón también, obrando con toda diligencia, añadid… a la piedad, fraternidad y a la fraternidad, amor.”
(2 Pedro 1:5, 7)
¿Qué luz arrojan estas palabras sobre este inciso: «como a ti mismo«? El ser humano mesiánico de nobles sentimientos ha de considerar el amor al prójimo tan importante, o digamos mejor, tan natural como lo es el amor de sí mismo; el amor fraterno ha de ser como una segunda naturaleza. Pero tengamos siempre presente que la última medida del amor al prójimo no ha de ser el simple amor natural de sí mismo, por más noble que lo supongamos; esa medida es el santo amor de sí mismo en Dios. Ese amor es posible gracias al ejemplo del Mesías Yeshúa y a su muerte redentora, y consiste en amarnos con el mismo amor que Yahvéh nos profesa, en co-amarnos con Dios. En suma, la última medida del amor al prójimo no es el amor a nosotros mismos, porque ambos amores han de medirse por el amor que Yeshúa HaMashiaj nos profesa.
¡Ama a tu prójimo como a ti mismo!
P.A. David Nesher
(Vayikrá/Levítico 18: 1- 5)
Antes de que el Eterno diera un simple mandamiento en esta área, primero Él establece un fundamento para todo el asunto. Cuando leemos que dice: “ Yo soy Yahvéh vuestro Dios ”, Él está declarando un principio: “Me pertenecen, no harán como el mundo hace”.
Un conocido historiador cuenta: “Los persas, por ejemplo, animaban uniones maritales con madres, hijas y hermanas, en base de que dichas relaciones tenían un mérito especial delante de los ojos de los dioses.” (Harrison)
Tristemente, los denominados cristianos evangélicos de hoy en día a menudo toman el estándar de su conducta sexual de parte del sistema reptiliano que lo rodea, y no del Señor y Su Instrucción (Torah). Claramente los cristianos, si en verdad siguieran el yugo de Yeshúa, debieran de ser diferente del mundo en su moralidad sexual, y deberían de seguir el estándar yahveísta para la práctica de la sexualidad. En las comunidades primitivas, un argumento para la veracidad del Camino ofrecida por los discípulos era: “Puedes saber que es verdad al ver a nuestras vidas encarnándolo.” En cambio, hoy, el mundo cristiano dice: “Por favor, no me mires a mí, mira a Jesús. No sigas a hombre, sigue a Cristo”.
En la cosmovisión revelada en Vayikrá (Levítico) las relaciones sexuales sólo están permitidas entre un varón y una mujer que han entrado en un pacto o alianza de amor, llamado matrimonio. La misma debe estar registrada ante las autoridades competentes, y puede llevarse a la práctica durante los días cuando la mujer no está impura por su periodo mensual. En estos lineamientos celestiales el pacto matrimonial no está permitido entre familiares cercanos.
Leemos:
«Ningún varón se llegue a parienta próxima alguna, para descubrir su desnudez. Yo Yahvéh. La desnudez de tu padre, o la desnudez de tu madre, no descubrirás; tu madre es, no descubrirás su desnudez. La desnudez de la mujer de tu padre no descubrirás; es la desnudez de tu padre. La desnudez de tu hermana, hija de tu padre o hija de tu madre, nacida en casa o nacida fuera, su desnudez no descubrirás«
(Vayikrá/Levítico 18: 6- 9)
“Descubrir su desnudez” es la frase (utilizada 17 veces en este capítulo) que en hebreo es un eufemismo* para las relaciones sexuales. Tiene menos que ver con desnudez (especialmente desnudez casual). Por el contrario, se la usa aplicad sí o sí al sexo indebido. El término de descubrir su desnudez es lo suficiente amplio para incluir la idea de actividades inapropiadas que sean menores al acto sexual. Es decir que también está incluyendo el molestar o acosar sexualmente, hasta el manoseo inapropiado.
En estos versículos, el sexo entre padres e hijos, padres e hijastros, y entre hermanos (de nacimiento o matrimonio) queda totalmente condenado ante el Trono del Eterno.
De manera significativa, el sexo entre las personas con dichas relaciones está condenado aún si son adultos . Estos no son simplemente mandatos en contra de relaciones entre niños y adultos. Por ejemplo, es pecado el que un hombre tenga sexo con su madrastra, aún si son ambos adultos; o está mal el que un hombre tenga sexo con su hermana adoptiva, aún si son adultos y lo consienten. De igual modo, es pecado que un yerno o una nuera se acueste con su suegra (suegro) aunque haya consentimiento de ambas partes.
En esas instancias, en nuestros días, la ciencia ha demostrado que donde los padres son hermanos, o donde la relación es entre padre e hijo, los descendientes resultantes tienen un 30% de mayor riesgo de algún retardo o algún otro defecto serio.
Por medio de estos mandamientos, el Eterno dejaba en claro que la sexualidad está enmarcada en propósito solamente cuando ocurre en el marco del matrimonio. Entonces, la Torah revela que el matrimonio, como una institución social, es tenido a través de las Sagradas Escrituras como la piedra angular de todas las demás estructuras de una sociedad perfecta, y, por tanto, su pureza e integridad deben ser protegidas en todo momento.
La expresión “ la desnudez de la mujer de tu padre no descubrirás; es la desnudez de tu padre ” deja bien establecido que la desnudez de un marido o mujer le pertenece a su cónyuge, y a nadie más. El cónyuge legal es aquel a quien el Eterno permite que pueda estar desnudo y sin vergüenza, en el sentido de que se restaure algo de lo que la maldición se llevó allá en (Génesis 2:25).
Por último, aplicando estos conceptos yahveístas a nuestros días, nos damos cuenta que la pornografía está prohibida para todos.
Esto concuerda con la enseñanza del Mesías que dice:
“Habéis oído que se dijo: «NO COMETERAS ADULTERIO.» Pero yo os digo que todo el que mire a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón. Y si tu ojo derecho te es ocasión de pecar, arráncalo y échalo de ti; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecar, córtala y échala de ti; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo vaya al infierno.”
(Mateo 5:27-30)
Cuando nuestro Maestro dice “ habéis oído que se dijo ” no está citando la Torah en sí, sino la interpretación que los maestros del halajá (conjunto de dogmas y de creencias judías) habían hecho, para justificar algunos casos que a ellos y sus discípulos les convenían. Luego, de decir esto, da su propia interpretación de lo que la Torah enseña, según había recibido de su Padre.
El que ignora o rechaza el contexto judío de aquel puede interpretar las palabras de Yeshúa como diciendo que vino para cambiar la Torah. Pero sabemos que esto no puede ser porque en el mismo capítulo dijo que no vino a cambiar nada (Mat. 5:17-19). Lo que vino a hacer era explicar lo que la Torah enseña, lo que había en el corazón del Eterno cuando dictó las palabras a Moshé, en el Monte Sinaí.
El contexto de esta lección de hoy concuerda bien con las palabras del Maestro, que no sólo está prohibido acostarse con una mujer que no es tu esposa, sino también mirarla con deseo egoísta y obsesivo .
Anhelo e intercedo para que el Eterno nos ayude a mantener nuestros ojos y nuestros cuerpos limpios de impureza moral para poder ser presentados sin mancha ante el Mesías cuando venga.
Por P.A. David Nesher
(Vayikrá/ Levítico 17: 1-9)
En el mundo pagano de aquel tiempo, era costumbre el ofrecer sacrificio a lo que uno deseara, y como mejor lo considerara. Los altares eran levantados, por costumbre, en los lugares altos, en áreas boscosas, o en otros lugares especiales, acorde a los intereses particulares de cada adorador. La cosmovisión de esto respondía a la certeza que el ámbito de la divinidad se encontraba en todas partes, pero, en el área de las creencias paganas, esto se torcía al concepto que los distintos dioses (demonios) respondían a los sacrificios ofrecidos en sus territorios.
Esta cosmovisión errada caracteriza, lo que aún en el mundo moderno se considera adoración individualista, que marca una manera muy egocéntrica de llegar a Dios, partiendo del supuesto derecho que tiene cada persona de poner sus propias reglas de cómo tratar con Dios mientras se encuentran con Él. Esta piedad individualista permite, en verdad, el desarrollo y la existencia de una realidad espiritual imperante detrás de los dioses paganos, me refiero a las dimensiones del Otro Lado o entidades demoníacas. Al sacrificar a Baal, Astarot, y otros, en realidad adoraban a los demonios.
La palabra hebrea que ha sido traducida aquí como como “demonio” es sair. Esta palabra tiene varias interpretaciones:
El apóstol Pablo, teniendo en cuenta estas acepciones, en esencia enseñó lo mismo:
«Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios.»
(1 Corintios 10:20-21).
En esencia, toda la adoración que no esté dirigida hacia al Nombre correcto del Eterno está dirigida hacia el diablo y sus demonios .
Los demonios son seres espirituales invisibles al ojo humano que pueden hacer daño a los hombres cuando son desobedientes al Eterno. Recordemos que parte de los hijos de Israel tenían la costumbre de sacrificar animales a los demonios, según lo habían aprendido en Egipto. El Eterno prohibió rotundamente esa práctica para todas las generaciones. Israel, por medio de este mitzvá (mandamiento) comprendió que esa actitud holgada hacia el lugar de sacrificio pudo estar bien para el tiempo de los patriarcas. Pero ahora con un lugar centralizado para la adoración, los israelitas no tenían permitido el ofrecer sacrificio en cualquier manera que quisieran, debían de venir al tabernáculo y tener el sacrificio administrado por los sacerdotes. Si desobedecían, serían cortados de entre el pueblo, exiliados de su comunidad.
El Eterno estableció todo esto para que su pueblo lo adore en la manera correcta que a Él le agrada, y no como otros que adoraban a sus dioses haciendo todo a su manera, justificando de este modo la práctica de cosas indecentes e inmorales. Yahvéh dijo que no compartiría su Gloria con otros porque Él era el único Dios verdadero. De esa manera el Eterno quería proteger a su pueblo de la iniquidad, la rebelión y el pecado. Él quería a un pueblo sacerdotal totalmente puro que lo conozca y lo adore solamente a Él, obteniendo así poderes extrasensoriales que permitan la correcta reparación del mundo.
La enseñanza de este pasaje la podemos sintetizar en dos puntos principales:
En primer lugar vemos que el Eterno es celoso y llama prostitución a todo sacrificio ofrecido otras fuerzas espirituales. Esto nos enseña que sólo se puede dar sacrificios al Creador de todas las cosas. Todo sacrificio a otros poderes sobrenaturales constituyen una prostitución espiritual y lleva a consecuencias muy negativas.
En segundo lugar vemos que todo culto espiritual tiene que ser presentado en la puerta del tabernáculo, al sacerdote. Las oraciones son un tipo de sacrificios espirituales. Esto nos enseña que toda oración tiene que ser canalizada por la puerta del tabernáculo donde hay un sacerdote, para que sea aceptada por el Eterno. Esto constituye una enseñanza muy hermosa acerca de Él que es “ la puerta ” y “ el gran sumo sacerdote ”, fuera de quien nadie viene al Padre (Juan 14:6).
Por P.A. David Nesher
(Levítico 14:1-2)
En la porción que nos toca investigar esta semana, encontramos los consejos que Yahvéh dio a Israel para afrontar el momento en el cual la “lepra” (en hebreo tzaraat) entra a una casa, a un hogar, a una familia, a una relación. Al leer los capítulos 13 y 14 de Vayikrá encontramos que el Eterno transmitió a Moshé, las leyes referidas al leproso para su purificación.
En primer lugar, debo decir que estamos ante dos pasajes bíblicos que, desde la cosmovisión cristiana, son muy complicados de comprender, por lo que la mayoría de los teólogos y hermeneutas (intérpretes) del cristianismo aseguran que es un texto oscuro. Otros, más rápidos para despegarse de la responsabilidad de investigar, salen al paso, asegurando que estamos simplemente ante unas normas higiénicas que el Eterno dio a Israel para procesar una dolencia física en la piel que en aquellos días no sabían tratar medicamente.
Sin embargo, al sumergirnos en las raíces hebreas del texto nos encontramos con que el mismo ha sufrido la consecuencia típica de una traducción: la traición a la etimología original de una palabra. Esto lo digo porque estamos aquí ante una supuesta “lepra“, que en verdad no es precisamente la lepra conocida por la ciencia médica de hoy. La palabra misma mal traducida como lepra, describe en realidad a una enfermedad cutánea la cual tenía un origen exclusivamente divino, y que estaba relacionada con un castigo del Eterno para el varón o la mujer que fueran dado a hablar Lashon Hará (mala lengua o lengua perversa), es decir, hablando calumnias, y aun verdades del actuar de una, o varias personas, pero que detrás de ello, provoca que la fama de una persona se vea dañada.
“Cuando entréis en la tierra de Canaán, que os doy en posesión, y ponga yo una marca de lepra (tzaraat) sobre una casa en la tierra de vuestra posesión,…”
(Levítico 14:34)
Por favor, abra su mente, y note que interesante la idea aquí revelada. Es Yahvéh quien dice: «Yo ponga» la enfermedad de tzaraat en una casa. En las líneas del cristianismo siempre se insiste en enseñar que es HaSatán quien pone las enfermedades en los cuerpos de los redimidos, pero en estas líneas sagradas vemos que es el Eterno quien lo hace.
Por lo visto hasta aquí, nos damos cuenta que la afección de tzaraat, cuyas leyes se detallan en estos capítulos de Levítico (13 y 14), era en realidad un fenómeno enteramente espiritual, y de origen divino. No era una enfermedad natural, ya que vemos que, de hecho, esta “lepra” vemos que también atacaba vestimentas y casas. Por lo tanto, era la señal de un síntoma de grave degradación moral.
Particularmente, la persona afectada (el “metzorá”) era uno cuyas acciones habían provocado el disenso y la división dentro de la comunidad. Su castigo (midá keneguev midá -«medida por medida«-) era una lepra sobrenatural que lo marcaba como un paria. Era desterrada a una vida de máxima soledad, hasta que su arrepentimiento lo curara de su lepra y fuera readmitido en la sociedad.
Esa correcta consideración hace de tzaraat la enfermedad arquetípica, que comprende a todas las enfermedades enviadas por Yahvéh sobre aquellos que practican Lasho Hará (lengua perversa).
La persona enferma de tzaraat, era declarada metzorá y enviada fuera del campamento de la congregación, para vivir y con sus ropas rasgadas.
Estaba obligada a gritar “impuro, impuro”, como señal para que nadie se acercara a tocarlo (Lev. 13: 45-46).
Cuando la enfermedad se reducía, la persona era nuevamente examinada por un Kohén (sacerdote), fuera del campamento, y así asegurarse de que la recuperación era total.
Las ceremonias de purificación se extendían durante ocho días, y se observaban ciertos ritos especiales durante el primero y el último día. El Kohén ofrecía sacrificios y en el proceso de purificación se usaba madera de cedro e hisopo. El ex-metzorá era declarado miembro pleno de la comunidad.
Las leyes de tzaraat se aplicaban tanto a una vestimenta como a una casa. Si las ropas mostraban signos de tzaraat, podían llegar a ser quemadas. Si una casa aparecía repentinamente marcada con rayas verdes o rojas, era cerrada por siete días. Si las rayas se extendían, las piedras afectadas eran reemplazadas por otras nuevas. La casa era revocada y las viejas piedras y el polvo eran arrojados en un área contaminada, fuera del campamento. Si aún quedaban signos de tzaraat en las paredes, toda la casa era destruida y los materiales arrojados en el área contaminada fuera del campamento. El Eterno también indicó sobre ciertas impurezas físicas, como ser pérdida de semen, flujo, que afectaban a las personas y por ello tenían prohibido entrar al Santuario o tocar objetos sagrados. Esta situación terminaba luego de un proceso de ceremonias específicas para su purificación.
Les ruego que nos detengamos aquí un momento e imaginémonos que de la noche a la mañana a cualquiera de nosotros fuéramos desprendidos de nuestro lugar de trabajo, de nuestra casa, de nuestra esposa o esposo o tal vez padres e hijo; no hay duda que debió haber sido desastroso para aquellos. Se trataba de una pena social que dejaba una profunda huella, y sobro todo porque la gente con la que convivía la persona, era imposible que no se enterara.
Esta repercusión social, dejo como un ejemplo a Miriam la hermana de Moshé, que a pesar de haber sido una gran mujer, sierva de Yahvéh, se le recordará por el mal paso dado en la murmuración que profirió contra su hermano Moshé.
“En cuanto a la plaga de la lepra, ten cuidado de observar diligentemente y hacer según todo lo que os enseñaren los sacerdotes levitas; según yo les he mandado, así cuidaréis de hacer. Acuérdate de lo que hizo Yahvéh tu Dios a María en el camino, después que salisteis de Egipto.”
(Deuteronomio 24:8-9)
En esta experiencia espiritual, Yahvéh tenía una excelente metodología de aprendizaje para Su Pueblo. El mensaje era claro, y fácil de aprender. El Creador perdona todas las transgresiones en el mundo con el arrepentimiento (teshuvá), todas, excepto la difamación, cuando la persona habla mal de su prójimo, especialmente de su alma amiga. Así fue determinado, “Esta es la ley que habrá de aplicarse al leproso (en hebreo metzorá)”, es decir, la ley que se aplica a la persona que desacredita, pues la palabra metzorá, se forma de un anagrama o acrónimo hebreo: la expresión Motzi Ra, que significa “esparcir el mal como un ave” o “hablar mal de alguien”. Por esto, vemos que una de las principales causas de «metzorá» en la persona es por sus habladurías. Si alguien esparce un mal nombre o fama, todos sus órganos quedan impurificados y debe ser aislado, puesto que al hablar mal se eleva y evoca el espíritu de impureza sobre él. Quien intenta impurificar se impurifica; por la obra de abajo, otra se despierta.
Motzi Ra también se traduce como “el que emana maldad» o “el que es fuente de maldad”, mejor comprendido como aquel que es charlatán y difamador. Con la expresión metzorá y su permutación acrónima, la Torah deja revelado que la enfermedad se origina de las malas palabras que decimos de los demás (aunque sean ciertas). Era claro así que si una persona habla negativamente, especialmente si habla negativamente sobre otra persona, crea todo tipo de oscuridad. Teniendo la conciencia despierta en este espíritu hebreo las primeras comunidades de talmidim (discípulos) se animaran unos a otros a fin de aprender a controlar la lengua con la sabiduría que viene de lo alto o jojma (leer Santiago cap. 3).
Profundizando en nuestra investigación notaremos que el Lashón Hará estaba directamente relacionado con el pecado de orgullo o soberbia (Ex 4:1, 6; Núm. 12:1-10; Deut 24:8-9; 2 Cron 26:16-19).
En este proceso pedagógico, nuestro Abba, anhela que se entienda que cuando una persona habla lashón hará (mala lengua), demuestra que no tiene idea del poder del habla. Demuestra que para él las palabras son insignificantes en comparación con los actos, y por ende se manifiesta necio en los lugares celestiales donde las palabras son poderosas y formadoras de destino. De este modo, al hablar con lengua perversa (lashon hará), se despierta a un acusador en el Cielo, no solamente contra el objetivo de su lashón hará, sino también contra sí mismo.
Por ello, entendemos que tzaraat no es una enfermedad, tal y como las distintas versiones lo han dado a entender al traducirla como “lepra”. Sino que es un caso de impureza (timé). Así es como nuestro Mesías lo comprendía. De hecho vemos que cuando Él sano a un leproso, no le dijo “se sano” sino “sé limpio” por lo que claramente vemos que se trata de una impureza (Mateo 8:2-4; 26:6).
Buscando un final a este estudio, nuestro corazón no podrá escapar a la conclusión de que la lengua es la máquina más poderosa del mundo entero.
Las Sagradas Escrituras aseguran en su revelación que una palabra puede matar a distancias que ni siquiera el más poderoso cohete tele-dirigido puede alcanzar. Una palabra puede causar una plaga más nociva que el ántrax. Y aun así, una palabra puede curar con más poder que una cirugía a corazón abierto. Una palabra puede decir más que el más brillante y colorido ramo de flores.
Sabemos que el universo fue creado con palabras: “En el principio Dios (Elohim) creó los Cielos y la Tierra…”. Él creó toda la existencia con las dos veintidós letras del alfabeto hebreo. Y le dio al hombre esa máquina tan increíblemente poderosa: la lengua. No hay ningún animal en el mundo que pueda hablar. Podrán hacer ruidos, si. Pero hasta la fecha, ninguna ballena o delfín publicó un libro de poemas, o un tratado de filosofía.
Es el Hombre el único Hablador de toda la existencia. A él se le confió una máquina muchísimo más poderosa que el átomo, y además, mucho más peligrosa. Porque con una sola palabra se pueden destruir mundos y con una sola palabra se los puede crear.
Podemos decir palabras que sanen o palabras que hieran; podemos edificar y construir o desalentar y derribar. Las palabras son estuches de poder y acarrean poder sea positivo o negativo. ¡La decisión es nuestra! Las palabras son semillas que sembramos y con seguridad darán una cosecha en nuestra vida. Aquellos que usan su lengua, deben comer el fruto de sus palabras, sea para vida o para muerte (Proverbios 18:21).
Pidámosle al Señor Yeshúa que, con su Santo Espíritu, purifique nuestros corazones de tal manera y a tal grado que vivamos cotidianamente para sanar, libertar, edificar y traer gozo con cada una de nuestras palabras y, a la misma vez, ser nosotros mismos saciados de bien por el fruto de nuestros labios.
«Contaréis desde el día que sigue al día de reposo, desde el día en que trajisteis la gavilla de la ofrenda mecida; contaréis siete semanas completas. Contaréis cincuenta días hasta el día siguiente al séptimo día de reposo; entonces presentaréis una ofrenda de espiga tierna al SEÑOR.
(Levítico 23: 15-16)
Este período de conteo que estamos realizando en obediencia al precepto divino se llama Sefirat HaOmer. La expresión hebrea sefirá, significa en primera instancia “cómputo” o “conteo”. En este sentido primordial, la Torah nos ordena contar esos días:
«Y contarán para ustedes… siete semanas completas…».
Durante este lapso, y en cada noche nos paramos, bendecimos y decimos: «Hoy es el día uno del Omer«,… «Hoy es el segundo día del Omer«, y así sucesivamente hasta llegar al día 49, previo a la Fiesta de Shavuot (Semanas) o Pentecostés (cincuenta días).
A efectos de comprender los misterios espirituales develados en este ritual, nos resultará interesante saber que la palabra sefirah proviene de dos raíces hebreas:
La palabra para “número” en hebreo es “mispar” y su raíz está muy relacionada con la palabra “sipur”, que significa “cuento” o «conteo«. Este último término proviene del hebreo safir, que es la piedra del zafiro, la cual, siendo translúcida, tiene un brillo maravilloso. De esto podemos decir que esencialmente, y en forma sencilla, una Sefirah es «algo que brilla».
Contrariamente a una antología casual de eventos, una serie de eventos se convierte en un cuento o una historia cuando hay un comienzo en el cual los personajes son presentados, una trama en la cual toma lugar la situación, y un desenlace en el cual aparece el final de la historia.
Nuestras vidas corren tan rápido que frecuentemente perdemos conciencia del enorme poder de nuestras propias historias. La metamorfosis de hoy hacia mañana es lo suficientemente sutil como para que perdamos la conciencia sobre los comienzos y los finales de nuestras vidas.
El mandamiento de contar el omer nos enseña a prestar atención a las cosas, y reabre nuestros corazones para escuchar historias.
Hay dos historias que están entrelazadas.
La primera es la historia de la transformación de un pueblo que en Pesaj se liberó físicamente, a un pueblo que en Shavuot se liberó espiritualmente.
El día que dejamos Egipto fue un día en el cual nosotros rechazamos la definición egipcia de lo que nuestras vidas pueden ser. Nosotros nos liberamos para ser lo que queríamos ser. Pero aún no conocíamos nuestra propia historia. Fue sólo cuando recibimos la Torá que encontramos los canales que podían darle expresión a nuestras almas.
Fue entonces así que aprendimos el proceso de encontrarnos con los desafíos que son genuinos y duraderos. Nuestra historia comenzó a evolucionar.
Desde este origen, la cosmovisión hebrea entiende que una sefirah (en plural se dice «sefirot«) es un una especie de “canal de energía Divina” o una estructura de virtud llena de “fuerza de vida” que conduce a las almas de Israel a escalar la Vida y Su Propósito hasta llegar a la cumbre.
Estas virtudes, también llamados atributos, sólo se aplican a las manifestaciones del Eterno, es decir a aquellos aspectos de la Divinidad que se revelan a la creación y en ella. Estos atributos o manifestaciones divinas son radiaciones reducidas de la Luz del Ein Sof (o Luz Primordial) y se denominan sefirot.
Son los canales divinos de luz, a través de los cuales Dios creó el mundo y continúa alimentándolo con luz y energía Divina. Las sefirot hacen de puente, por decirlo de alguna manera, entre el Ein Sof (Infinito) y el mundo actual Olam Asiáh (mundo físico o Malkut), especialmente a través de la humanidad redimida (Israel).
De acuerdo a la mística sacerdotal hebrea, los siete días de la cuenta del Omer corresponden a siete de las diez Sefirot Divinas. En esta cosmovisión, la gama de la experiencia humana se divide en siete emociones y cualidades, que se llaman en plural, sefirot. Estas, subdivididas en siete, crean un total de 49.
Cada semana de la Cuenta del Omer corresponde a uno de esos poderes del alma humana. Y no solamente las semanas corresponden a esos poderes del alma, sino que dentro de cada semana, los siete días también corresponden a las mismas sefirot divinas. Esto significa que la Cuenta del Omer durante los 49 días es como la figura geométrica de un cuadrado de 7 por 7, en el cual estos 7 poderes del alma están inter-incluidos entre sí. Cada uno de ellos contiene un aspecto de cada una de las otras sefirot.
El propósito de este período de tiempo es permitirnos experimentar un cambio dentro de nuestros corazones, permitiéndonos adquirir un estado de armonía y equilibrio entre los diferentes poderes de nuestras estructuras espiritual y psíquica. Nosotros no queremos que estén separados y diferenciados, sino que interactúen entre sí.
Durante las siete semanas tenemos la oportunidad de romper lo que en hebreo se denomina Klipot (traducidas como «cáscaras de negatividad» o «máscaras egoicas«) dentro de nuestro ser, liberando la Luz que había sido atrapada por nuestras propias decisiones incorrectas. Sí, es cierto que el proceso de extracción puede ser doloroso, pero los beneficios de liberar las chispas de Luz atrapadas realmente lo valen.
Los siete atributos emocionales con los que nos conectamos cada día son:
Cada uno de los cuarenta y nueve días del sefirah (conteo) ilumina una de las cuarenta y nueve emociones, la energía de cada día consiste en examinar y refinar su correspondiente emoción. Después de perfeccionar y purificar todas las cuarenta y nueve dimensiones, estamos plenamente preparados para Matán Torah (entrega de la Torah) pues ahora estamos sincronizados con los cuarenta y nueve atributos Divinos de los cuales emergen los atributos humanos. Entonces, en el Shavuot no sólo conmemoraremos el Matán Torah, sino que lograremos vivir lo mismo que experimentaron los ancestros en el Monte Sinaí, ya que también viviremos el Kabbalah Torah (la recepción de la Torah) en nuestros corazones y nuestras mentes.
Comprendiendo esta estructura psíquico-pneumática (de alma y espíritu), se nos revela que la verdadera libertad proviene de permitir que el Espíritu Santo del Mesías tome control sobre las emociones y no les permita que generen pensamientos egocéntricos, sino todo lo contrario poder con el pensamiento mesiánico de la Torah dirigir la forma en como el cuerpo se siente y expresa.
Estos cuarenta y nueve días son sumamente positivos para los redimidos. Por ende, y debido a su característica, no deben ser utilizados ni ocupados para cosas mundanas. Sino que deben ser aprovechados como un gran periodo de introspección y cambios. En los días de Omer uno puede hacer el trabajo espiritual de ocho días en uno. Es por esto que si uno no está al tanto de lo que está ocurriendo estos días parecen ser caóticos, ya que el universo pone delante de nosotros, ocho días de desafíos concentrados en uno. La gran ventaja que nosotros tenemos es que sabemos cuál es la energía de cada uno de esos días y cuál es la emoción a corregir.
Resumiendo todo lo que hasta aquí hemos considerado, entendemos que a partir del Pesaj, en el día del Bikurim, y durante cuarenta y nueve días entramos, por medio del Mesías, en un portal cósmico que puede ayudarnos a alcanzar grandes alturas espirituales y a entender cómo funciona el sistema emocional humano que se encuentra alojado y distribuido en distintas partes del cuerpo y desde esos lugares suele controlar el temperamento y carácter de la persona humana, para que el Nombre de Yahvéh sea Glorificado por Su Creación.
(Anónimo)
Por David Nesher
(Levítico 11: 43-45)
Repasemos lo que hemos visto en esta semana:
Después de ocho días desde la iniciación de los rituales para ungir a Aarón y sus hijos como sacerdotes, asumieron sus cargos. Toda la congregación estuvo frente al altar, mientras Aarón ofrecía sacrificios por sí mismo y por todo el Pueblo de Israel. Luego Aarón alzó sus manos hacia el pueblo y los bendijo. Posteriormente, Moshé y Aarón entraron al Mishkán y los restos de sacrificios que aún había, fueron consumidos por un fuego divino. Ante este hecho, el Pueblo se arrodilló, en actitud de adoración al Eterno.
Dos hijos de Aarón, Nadab y Aviú, tomaron inciensos nunca indicados por el Eterno para su uso, y los encendieron en el Santuario, presentando ante el Creador un fuego extraño. Fue entonces, que apareció un gran fuego que les produjo la muerte. Sus cuerpos fueron retirados por Mishael y Eltzafán, hijos de Uziel, tío de Aharón, y llevados fuera del campamento. Este hecho conmovió a Aarón, pero Moshé le explicó que los kohanim (sacerdotes) tenían la responsabilidad de salvaguardar el nivel de santidad que Yahvéh requirió. Aarón y sus dos hijos restantes, Eleazar e Itamar fueron instruidos por Moshé de no exteriorizar aflicción, siendo sumisos a la voluntad del Eterno.
El Todopoderoso le dijo a Aarón, que los kohanim no debían beber vino o licor antes de entrar al Tabernáculo, para cumplir con sus deberes en el Mishkán o al instruir al Pueblo.
Pues bien, hoy, nos toca considerar acerca de lo que el Eterno ordenó a Moshé y a Aarón para que instruyeran al Pueblo sobre su alimentación. Podían comer carne de animales, pero debían observar que no fueran impuros, no kasher o kosher. Kosher es una palabra que deriva del hebreo Kashrut que significa “puro”. Por lo tanto, si aplicamos la palabra kosher al ámbito de la comida y la alimentación nos referimos a alimentos puros o mejor dicho aptos en cuanto a seguridad alimentaria y calidad, para ser consumidos por los hijos de Israel, y así fortalecernos en su espiritualidad.
Desde esta definición, me veo obligado a decir que si bien kashrut nos aporta muchos beneficios relacionados con la salud, como algunos argumentan como prioridad en la exégesis de este pasaje, en realidad estos son «beneficios» y no «razones«. Sin embargo, el Eterno, al dar las leyes del kashrut, quiere que usemos nuestro intelecto y entendamos sus mandamientos primordialmente desde una sentido espiritual, para llevarlos a la praxis de la mejor manera que podamos. El kashrut debe ser visto como «nutrición espiritual«: de la misma forma que hay alimentos que son buenos para el cuerpo y alimentos que son dañinos, hay alimentos que nutren el alma hebrea y la refinan espiritualmente, y hay alimentos que afectan al alma redimida, intoxicándola con lo reptiliano.
En la cosmovisión divina de nuestro diseño original, nuestro cuerpo es visto como un instrumento de lo que el alma recepciona del espíritu. Según las Sagradas Escrituras nuestra alma desea hacer mitzvot, es decir cumplir con los mandamientos de la Instrucción (Torah) realizando las acciones correctas que la acerquen a la semejanza con Dios a través del Mesías (Romanos 7: 14-25). Para ayudar a nuestra alma, nuestro cuerpo debe participar también de esas acciones. Por ello, cuando comemos, el alimento deja de ser un elemento extraño y se asimila al organismo y también el componente espiritual (energía vital) de ese alimento es integrado al torrente de vida de la persona. Por lo tanto, nuestro cuerpo físico es modificado por lo que lo alimenta y el espíritu humano altera su condición con el mismo.
El kashrut es la dieta que el Eterno ofrece para desarrollar la espiritualidad de Su Pueblo. Este pasaje enseña que la comida no kosher bloquea el potencial espiritual del alma. En cambio, los animales kosher, propiamente matados y preparados, tienen más «chispas de santidad» que serán incorporados a nuestro ser.
Al leer este capítulo, notamos que solamente se puede ingerir carne de animales cuadrúpedos que tuvieran pezuñas partidas y rumiantes. Por lo tanto quedó prohibido comer carne de camellos, conejos, liebres y cerdos.
De los animales que viven en el agua, sólo aquellos que tienen aletas y escamas. Todos los demás quedaron prohibidos para consumir, como ser los moluscos.
De las aves, fueron prohibidas las de rapiña, como el águila, buitre, etc. También son impuros los insectos y otros seres que se arrastran, como ratón, comadreja, lagarto, caracol, reptiles, etc.
Al investigar las razones esenciales de estos preceptos, se nos devela que la pureza y la santidad son bases en la vida de los hebreos. Así se entiende que prioritariamente Yahvéh le dio a Israel las leyes dietéticas para hacerlos santos. La palabra santo no se refiere necesariamente a una calidad moral o ética. Significa ser apartado para el Señor. Los requisitos distintivos de las leyes dietéticas (kashrut) de la Torah lograban que los hebreos se obligaran a agruparse en comunidades de propósito celestial al tiempo que limitaban sus posibles interacciones con otras comunidades conectadas al sistema reptiliano. Es que el pueblo de Israel había sido llamado a ser una nación sacerdotal para el Eterno y por eso tenía la obligación de separarse de las cosas y los animales que producen impureza ritual, y que en las naciones cananeas era tan importante consumir para atraer el favor de sus dioses.
Hemos aprendido hasta ahora que los sacrificios son el pan del Eterno y él sólo podrá “comer” animales que son limpios. Por eso Él no permite que sus hijos que pueden vivir cerca de su morada, coman cosas que Él no puede recibir en sacrificio. Sus hijos tienen que imitar la conducta de su Padre (comparar con Deuteronomio 14:1-21).
Todo lo prescrito en la Instrucción (Torah) enseña que un hijo de Israel que come un animal impuro se vuelve ritualmente impuro, en hebreo tamé, (para un mejor entendimiento de esta idea divina los invito a leer el concepto de Perfeccionamiento), y si come animales abominables se vuelve también abominable para el Eterno, como está escrito en Levítico 11:43-44. De este modo, la revelación de la Torah implantó en la mente de los hebreos que la Presencia del Eterno en medio de ellos exige una dieta más estricta para que el tabernáculo no sea contaminado por ellos a la hora de entrar en él (7:21).
Con estas leyes de santificación ritual en la alimentación (kashrut), Yahvéh dejó bien claro que cada integrante de Israel se encuentra espiritualmente conectado con Él como Creador del mundo. Él es la fuente de la vida y dispuso que su pueblo se conecte con Él sacerdotalmente a través de un sistema que sea apropiado para la vida espiritual. Si bien todo lo que Yahvéh creó en su mundo tiene una finalidad en lo espiritual, hay niveles de acercamiento al Creador y hay niveles de vida espiritual. En este capítulo de Vayikrá queda revelado que el pueblo de Israel se eleva a través de los preceptos a un nivel de conexión con la fuente de la vida según las capacidades y potencialidades que son parte de su propia esencia. Yahvéh, enseña así a sus hijos que la pureza es el instrumento que nos ayuda a conectarnos con este mundo espiritual y la diferenciación entre este mundo espiritual y aquello que no es tal, es el marco que nos marcará el ritmo de nuestra elevación como personas cada vez más espirituales.
Junto con el motivo de elevación espiritual, que enmarca la personalidad de Israel bajo un prisma de pureza, cuyo instrumento comienza a partir de lo que se consume, se desprende un elemento adicional en las conductas alimenticias del pueblo. El «kasher» es sin lugar a dudas una señal de identidad nacional, de una manera tajante por medio de sus normas se marca una diferencia clara entre el mundo de los hijos de Sión y el mundo externo. A través de este sistema nutricional, El Eterno impide que tanto los hijos primogénitos como aquellos que no lo son se sienten juntos en banquetes asimilatorios, haciendo una especial remembranza del pasado en Egipto: «Porque Yo, El Eterno, que te he hecho subir de la tierra de Egipto para ser para ustedes Dios, por lo tanto serán santos… y deberán diferenciar entre lo puro y lo impuro…» (Vayikrá 11: 41-47). Es decir, debido a que Israel es santo, separado, se le ha entregado un sistema de alimentos que tiene como consecuencia además una identidad como nación una separación de elementos morales extraños a la esencia del pueblo de Israel.
Mediante el kashrut el Pueblo Escogido se mantendrá consciente en que tiene una misión, la llamada «letakén et haolam» (לתקן את העולם), es decir reparar el mundo por medio de los códigos creativos revelados en la Torah. Entonces, descubrimos que este pasaje nos ofrece una dieta especial que nos recuerda nuestra misión y nos mantiene juntos como un solo pueblo para poder realizar esta Gran Comisión con excelencia.
Evidentemente la kashrut nos hace mejores personas, por lo que deberíamos respetar esta forma de alimentación, sin ponerla en duda, sin cuestionarla porque si proviene del Eterno, nuestro Dios, es bueno para nuestra vida.
Si logramos escoger nuestro alimento no solo a partir de necesidades materiales, sino que lo enmarcamos en una dimensión espiritual, habremos conseguido formarnos bajo una salud más espiritual y moral que física.
Por lo tanto, debemos entender que la dieta kasher es primordialmente espiritual. No promete hacer perder peso o a sentirse más saludable, sino que supone que cada uno de nosotros, practicándola, logrará refinar su alma, acorde a la imagen divina puesta por creación en nuestro espíritu, y activada por redención a través de la obra redentora de Yeshúa HaMashiaj.
Recuerda pues que, según nuestro Señor: ¡eres lo que comes!
Alimentos para una Personalidad Sana (Las Leyes Alimentarias)
Escamas y Aletas: Raíz y Base de la Verdadera Espiritualidad
8 RAZONES MÉDICAS POR LAS QUE YO NO COMO CERDO
¿Existen Los Alimentos Sagrados?
También te invito a ver esta EXPLICACIÓN de las Leyes Kashrut de la ALIMENTACIÓN:
Pesaj es una festividad intrínsecamente ligada a la Libertad que surge de la Verdad del Eterno que deshace todas las estructuras mentales que Mitzraim implantó mediante la programación mental en las masas humanas.
Por P.A. David Nesher
Levítico 2:13 (NVI)
Al leer este versículo de Vayikrá surge la pregunta: ¿por qué la ofrenda tendría que llevar sal?
Lo primero que debo decir en mi respuesta es que este versículo se refiere al pacto de la sal. En estas regiones de Oriente Medio, el uso de la asomo era símbolo de la comida tomada en común y de la estrecha amistad que se establecía entre el hospedero y sus convidados. El pacto de sal aseguraba la protección del que ha ofrecido hospitalidad.
Cuando el Eterno instituyó las ofrendas en el Mishkán (Tabernáculo) también ordenó el uso de la sal como recuerdo de Su pacto perpetuo con Israel. Al llamarlo un “pacto de sal” – brit melaj,(ברית מלך), Él estaba enseñando que Su pacto estaba sólidamente establecido y perpetuo. Pero además, se estaba asegurando que Israel protegería su Nombre y Presencia con reverencia. Razón de ello, encontramos que dos veces aparece esa expresión en las Escrituras:
«Todas las ofrendas elevadas de las cosas santas, que los hijos de Israel ofrecieren a Yahvéh, las he dado para ti, y para tus hijos y para tus hijas contigo, por estatuto perpetuo; pacto de sal perpetuo es delante de Yahvéh para ti y para tu descendencia contigo.»
(Números 18:19)
«¿No sabéis vosotros que Yahvéh Dios de Israel dio el reino a David sobre Israel para siempre, a él y a sus hijos, bajo pacto de sal?»
(2 Crónicas 13:5)
En las Sagradas Escrituras, la sal, por sus cualidades como elemento conservador, simboliza la duración y fidelidad (lo eterno) en la alianza y es usada como señal de pacto. Lo fundamental de un pacto es que sea perpetuo y por eso la sal es un buen símbolo para ello.
Por otro lado, en el Oriente, debido a que la sal evitaba el deterioro, llegó a ser un símbolo de estabilidad y permanencia de la amistad. De acuerdo a las costumbres antiguas un lazo de amistad se establecía a través de comer sal. El tomar la sal y colocarla en una comida entre dos persona es una garantía de amistad duradera, una promesa de fidelidad perpetua que aseguraba la permanente solidaridad de las partes. Dos personas compartían una comida que sazonada con sal, los comprometía a no traicionarse, ni dañarse mutuamente. Se decía que una vez que alguna persona comía, por medio de una comida, la sal de un hombre, se hacían amigos de por vida. El Eterno quería que cada sacrificio fuera un recordatorio de la relación con Él.
Cuando se hacían pactos, los protagonistas del mismo solían comer juntos (incluso comían sal), lo que denotaba lealtad y fidelidad perpetuas al pacto celebrado. Por lo tanto, se entendía que un “pacto de sal” había que cumplirlo sin falta. (Nú 18:19.)
La sal era parte importante de la ofrenda ya que hablaba de pureza, de preservación y de costo. El Eterno quería que sus hijos primogénitos entendieran que cada sacrificio ofrecido a Su Nombre debía ser puro, debía ser duradero y debía costar algo. En este versículo notamos que Yahvéh repite la idea en tres ocasiones.
De esta manera el pacto de sal tenía características específicas. Estas eran:
· Un pacto puro (la sal se mantiene pura como componente químico).
· Un pacto duradero (la sal hacía que las cosas se conservaran y duraran). Como un conservador, la sal aminora la acción hormonal en la carne. Es la naturaleza de la carne el echarse a perder pero la sal ayuda a que la carne se mantenga en buen estado.
· Un pacto de valor (la sal era cara).
La sal tenía que acompañar no solamente todas las ofrendas que subían al altar, sino también el incienso y el pan de la proposición. Incluso se usaba para la rampa del altar para que los sacerdotes no se resbalaran.
Creo necesario, aportar unos datos más, que permitirán entender el peso espiritual de este elemento en las ofrendas. La sal pertenece al reino mineral e inerte. Las ofrendas representan el acercamiento al Eterno, y lo que la Torah quiere revelar es que todo acercamiento debe ser con “sal”, es decir con plena sumisión, tal como lo mineral que no tiene voluntad propia. La persona puede acercarse al Eterno a través de su emoción, y esto es loable, pero nunca debe perder el nivel de subordinación a las normas estipuladas en la Torah.
Además, la sal tiene la particularidad de extraer la sangre de la carne. También la sal le da gusto a los alimentos. Del mismo modo, la “sal”, es decir la sumisión a los dictamines divinos, produce que la persona paulatinamente vaya sacando su “sangre”, osea la pasión por lo material, y vaya encontrando mayor “gusto” al servicio divino.
Para concluir, he resaltado que este texto nos enseña que el acercamiento al Eterno solamente se da a base de un pacto. Es imposible acercarse al Señor sin tener un pacto como fundamento. Vuelvo a recordarles que la palabra hebrea que normalmente se traduce como sacrificio es korbán –קרבן – (que en este versículo fue traducida como ofrenda). La raíz de esa palabra es karav – קרב – que significa acercar(se) o acercamiento. El sacrifico el medio para acercarse al Eterno. Ahora, sin sal el sacrificio no es acepto delante del Eterno. Con otras palabras sin pacto no hay cercanía a Yahvéh.
Todos los pactos entre el Eterno y el hombre sirven como plataformas para que el hombre pueda acercarse al Altísimo. ¡Bendito sea el Eterno por los pactos que ha hecho con Adam, Noaj (Noé), Avraham, el pueblo de Israel, David y el Mesías por medio de los cuales el hombre puede acercarse al Eterno y ser bien recibido!
El simbolismo del pacto de sal corresponde a la memoria activa. Generalmente se acepta que, cuando dos personas se hacen bien mutuamente, cuando actúa el amor entre ellas, no necesitan realizar ningún pacto. Sin embargo, podemos ver por medio de la Torah que, precisamente cuando actúa el amor perfecto entre dos personas, es el momento oportuno para realizar pactos que sellen esa relación, y permitan mantener una memoria en constante ejercicio de recordar ese amor perfecto, especialmente en medio de situaciones de crisis. Entonces el Eterno dijo, por medio de la sal, que el pacto entre Él e Israel es sellado para el futuro. De este modo, Yahvéh se aseguraba que cada varón o mujer de Su Pueblo recordara con amor y pasión lo que Él había hecho por ellos.
Hoy, contando diariamente con la ofrenda perfecta de Yeshúa, el Eterno nos alienta a que cumplamos con nuestra parte de ponerle la sal a lo cotidiano. Esto significa proponerse vivir diariamente con pasión. Por medio de este pacto de sal se nos llama a recordar que debemos manifestar un corazón que ama al Eterno que logra conservarse limpio (conectado a la Fuente) con el paso del tiempo. En todo lugar en donde estemos debemos de ser esa sal que anhela el Señor. Llevando sabor a todo aquel que tiene una vida insípida y hacer que todos nuestros seres cercanos pueda saborear el amor de Jesús en nosotros.
El Señor Yeshúa tenía en su mente este simbolismo presente cuando hizo esta famosa comparación:
“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.”
(Mateo 5.13)
El Señor nos atribuyó las características y usos de la sal en un sentido espiritual que se usaba en los sacrificios descritos en el libro de Vayikrá. Con esto dejaba bien claro que una persona redimida y llena del Espíritu Santo es propensa a esparcir la vida en abundancia, mientras que otra, vacía de Él, tienen una vida inútil para sí y para los otros. Es decir, que un discípulo que ha tomado el yugo (interpretación de la Torah) de Yeshúa ejerce sí o sí una influencia conservadora en otros que evita la putrefacción espiritual y el deterioro moral. Así, el Mesías deja bien establecido que las buenas nuevas del Reino en la boca de un hijo primogénito conservaría la vida.
Las comunidades del primer siglo, comprendiendo perfectamente esta explicación que dio el Mesías del simbolismo revelado en el libro de Vayikrá, por lo que procuraban diariamente que el habla y la conducta siempre fueran de buen gusto, consideradas y saludables, y además trabajaban para que dichas palabras contribuyeran a conservar la vida de otras personas.
Yeshúa utilizó el mismo término para expresar esta idea cuando dijo: “Tengan sal en ustedes y vivan en paz unos con otros” (Mr 9:50). El apóstol Pablo lo utilizó de manera similar cuando dijo: “Que su habla siempre sea con gracia, sazonada con sal, para que sepan cómo deben dar una respuesta a cada uno” (Col 4:6).
Nosotros hemos sido llamados para preservar y guardar la Instrucción (Torah) hasta el fin (Juan 14:21, Apocalipsis 3:8). La Escritura Sagrada nos dice:
«Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma».
(Hebreos 10:39)
No hagas las cosas solo por hacerlas, ponle más sal a tu vida. Haz que todo lo que hagas sea un sacrificio agradable al Señor, poniéndole pasión. Jamás olvides que todo cuanto hoy tienes le has recibido del Eterno. Dale la honra y honor que Él merece. El mundo necesita mucha sal, sé alguien que les comparta del sabor de de Yahvéh.
Nota:
Por último, recomiendo agregar la costumbre de poner sal sobre el pan cuando nos sentamos a comer y digamos la bendición alusiva al pan. Tengan en cuenta que nuestra mesa de comida se asemeja al altar y nuestro pan, al sacrificio minjá mismo, ya que es producto del trabajo. Así como se rociaba con sal el sacrificio ofrecido sobre el altar, nosotros rociamos el pan con la sal, en nuestra mesa.
Por P.A. David Nesher
«Que Me hagan un santuario, y Yo habitaré dentro de ellos.»
(Shemot / Éxodo 25:8)
El Eterno mismo invitó a Israel, Su amada, a traer una ofrenda elevada (hebreo: terumáh) de lo más valioso que tenían, empezando con oro y terminando con piedras preciosas. El propósito para la ofrenda era hacer un santuario para el Eterno dónde Él podía morar, y desde allí tener citas divinas con Su Esposa.
Así pues, fue en el desierto, a los pies del Sinaí, donde el Eterno ordenó la construcción de lo que en la teología occidental se conoce como El Tabernáculo. En realidad, en hebreo se denomina Mishkán. Esta expresión proviene de la voz hebrea “lishkon”, que es asentarse, morar, habitar. Interesante será mencionar aquí que de esta misma voz proviene “shejuná”, que es vecindario; así como “shajén”, que es vecino. También “Shekináh”, que es la Divina Presencia creativa moviéndose sobre la humanidad. Todo estos detalles los menciono ya que nos ayudan a entender el diseño de propósito de esta estructura celestial, pues el Mishkán fue comprendido por la mente de los israelitas como el sitio para la morada del Eterno.
El Mishkán fue hecho según el patrón mostrado a Moshé en el Monte Santo y fue así el tipo de las cosas celestiales. Esta enseñanza se desarrolla magisterialmente en la carta a los Hebreos. Allí leemos que el Mesías que es «Ministro del Mishkán, y de aquel verdadero Mishkán que Yahvéh asentó, y no hombre». El Mishkán es, pues el trasfondo de la exposición de la carta a los Hebreos (2:17 – 10:22). De una manera real y completa cada versículo de esta epístola sustentan toda la enseñanza experimental de las Sagradas Escritura. Como se ve en los Tehilim (Salmos) y en las cartas paulinas, todo creyente debe llegar a tener una clara comprensión de este diseño divino, a fin de consolidar este «modelo» del Mishkán en su corazón (espíritu y alma).
Por ello es que este diseño no permitió jamás que los que lo miraran creyeran que era morada de Dios en el sentido literal, finito, idolátrico, sino más bien, comprendían que era un lugar de encuentro o citas, particularmente designado, allí en donde Yahvéh siempre aguarda al ser humano. Claramente, el objetivo pedagógico de la construcción de este recinto no era proveer a Yahvéh, nuestro Dios, de un refugio, sino más bien proveer un camino (método) para que el ser humano ponga a Yahvéh dentro de su vida.
Con dicha cosmovisión, ese sitio, implantaba la comprensión de que lugar de encuentro divino puede ser cualquiera, porque no hay lugar fuera de la supervisión constante del Eterno. Pero, es el hombre el que precisa de un lugar particular, algo que lo defina, algo que lo enfoque. Todos los tiempos y lugares son propicios para el crecimiento integral del hombre. Todo espacio es bueno para el encuentro con Dios, para descubrir nuestra multidimensionalidad y unificarnos con Su Intención, pero precisamos de recordatorios, mojones, instituciones que nos lo tengan a la vista para que cada ser humano encuentre el modo de encontrarse su propia esencia y de ese modo con su Fuente, el Eterno Dios.
Al ver esta estructura de diseño celestial, el corazón de los hebreos se obligaba a meditar hasta sentir que el Dios de sus padres era un compañero peregrino; que donde acampaban Él acampaba. De esto, surgía una fuerte certeza de que sus enemigos, dificultades y las largas marchas fatigosas también eran las de YHVH Su Dios.
Tal sería este Mishkán, el lugar de encuentro con el Eterno, no por ser el único, sino por ser el señalado para tal fin. Por ello, el texto hebreo no dice que el Eterno quería habitar entre ellos, sino dentro de ellos, ya que la expresión en hebreo betojam , debe ser traducida como «en ellos«. Esto nos enseña que el lugar donde realmente el Eterno deseaba morar era dentro de los corazones de cada hijo de Israel que tuviera la actitud de dar generosamente.
Ahora, sólo los que tenían corazones alegres con ganas de dar recibieron el permiso para entregar materiales para el tabernáculo. Por lo tanto las ofrendas venían de los corazones de los que amaban la presencia del Eterno. Su amor al Eterno, y su deseo de estar unidos a Él, se expresó en la entrega de sus bienes más preciosos. De esa manera hay una relación muy íntima entre el corazón del pueblo y el santuario.
El Eterno quiso vivir en el santuario de los hijos de Israel, pero esa morada divina se construyó de los materiales que habían sido dados de todo corazón. De esa manera Yahvéh no habitaba solamente en los materiales físicos sino también (o más bien) en los corazones de su pueblo, cumpliéndose así la palabra que dijo que iba a habitar dentro de ellos. La idea que se desarrollaba era que siendo la misma vida del ser humano efímera y a veces fugaz, él mismo no puede poseer absolutamente nada de los bienes materiales que él mismo crea. Si nuestra mentalidad se basa en la escasez, no veremos la abundancia que hay de todo en el Universo. El primer paso para liberarnos de ella es estar agradecidos por todo lo que somos y poseemos. Y de última instancia llegaremos a comprender que en realidad no podemos poseer nada, ya que todo lo que obtenemos es un medio útil para lograr alguna otra cosa y no un fin en si mismo; ya que lo único que realmente podemos poseer es aquello que podemos dar. Esto nos recuerda lo que afirmaba el rey David en ocasión de reunir materiales donados para la construcción de lo que sería el Primer Templo de Jerusalén:
«Porque de ti proceden todas las cosas, y de lo recibido de tu mano te damos.»
(1 Crónicas 29: 14).
Así Israel aprendió la gran lección del éxito: las ofrendas de corazón son el camino a la intimidad con el Eterno. Si das ofrendas al Eterno de todo corazón Él viene a hacer su morada dentro de ti .
Por eso es que al santuario se le acostumbró a llamar Mishkán, el lugar para que la Presencia habite en comunión con el corazón del hijo primogénito, Israel.
Pero, a la vez, el significado espiritual de este diseño podría parecer como una exigencia terrible para el pueblo, pues implicaría la imperiosa necesidad de estar en estado de “consagración” y “pureza” constantes, sin margen para cometer el más mínimo error. Tal como fuera mencionado:
«El Eterno dijo a Moshé: -Desciende y advierte al pueblo, no sea que traspasen el límite para ver al Eterno y mueran muchos de ellos.
Santifíquense también los sacerdotes que se acercan al Eterno, no sea que el Eterno acometa contra ellos.«
(Shemot / Éxodo 19:21-22)
Evidentemente estar ante la Divina Presencia no parece cosa de todos los días, sería indispensable un estado de lucidez, de pureza, de santificación, de apartamiento de las cosas “mundanas”, so pena de morir, de ser “acometidos” por las poderosas fuerzas de la santidad que no toleran la manchas de la oscuridad.
Pero, ¡oh sorpresa! De repente la misma Torah da un consuelo al alma de sus hijos. Ella presente una evidencia consoladora de parte del mismo Yahvéh:
«… el tabernáculo de reunión, el cual habita con ellos en medio de sus impurezas.»
(Vaikrá / Levítico 16:16)
¡Bendita noticia celestial! ¡El Eterno está con nosotros, en medio de nuestros errores!
¡Él no nos abandona nunca!
No existe un pecado original, o repetido, que logre deshacer el sagrado lazo que Él ha determinado mantener con los primogénitos de Su congregación gozosa. En nuestro ser está el sagrado Mishkán, nuestro espíritu redimido en la sangre del Mesías, sin importar que tanto “pecamos”. La cosmovisión que deja el Mishkán es por nuestro beneficio si lo sabemos y nos preparamos para adentrarnos en este santuario interior, si armonizamos nuestra existencia para estar acordes con el Eterno.
Nosotros podemos alejarnos con nuestra conducta, confundirnos con nuestras creencias, embotarnos con nuestros pensamientos de incredulidad, sentirnos sin Dios o absolutamente lejos de Él; pero, Él está aquí, ahora, conectado contigo, con su Luz Infinita en ti. Su Espíritu morando en tu interior:
«Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo«.
(2 Timoteo 2: 13)
Seguramente, querrás decirme que tu estilo de vida no está hoy en sintonía con los lineamientos de Su Instrucción (Torah). Me asegurarás que ya es muy tarde para volver a Él, ya que todas tus acciones te hacen vibrar negativamente, en estado de impureza, de desconexión con Su propósito eterno. Tus actos negativos te perjudican, y a tu prójimo. Pero, quiero que sepas que allí, muy cerca de tu corazón y sin pausa está Su Presencia, morando, vibrando, a la espera, pacientemente aguardando a que despierte tu conciencia espiritual y comiences el proceso de crecimiento, de reencuentro con tu identidad, de unificación.
A tu servicio y en Amor: David Nesher
(1 Corintios 11:3-6; 15)
En el sistema de la Gracia divina todos somos iguales.
En el sistema de Gobierno sí existe jerarquía de potestad.
La Gracia jamás puede desplazar al Reino del que proviene. Por el contrario, la Gracia permite que el Gobierno del Eterno se manifieste sobre la Tierra igual como se hace en los Cielos.
Por eso, es importante acercarnos a las Escrituras del Nuevo Pacto con una visión de águila que nos permita entender que todo lo que está en los libros de la Antigua Alianza apunta a que el Hijo del Eterno se manifestara como la revelación última de todo el diseño redentor de nuestro Abba kadosh.
Este video es la Segunda Parte del que encabeza esta bitácora:
(Génesis 49:1-2 ; 49: 14, 17)
Yaakov, discerniendo que sus días en la Tierra habían llegado a su fin, convocó a todos sus hijos para bendecir a cada uno. Se dispuso así a realizar lo que él sabía que sería su último y más significativo acto como patriarca y como heredero de Abraham y de Isaac: declarar lo designios celestiales a sus generaciones.
En la cultura oriental, esa última bendición del padre es muy importante. Era, (y es aún hoy día) considerada todavía como parte de la herencia más poderosa que un padre les deja a sus hijos. Tiene un significado muy especial porque las obligaciones y privilegios de los pactos ancestrales son transmitidos a la siguiente generación.
La bendición de Yaakov no consistía solamente en desear buenas cosas para los hijos, como hoy un padre occidental lo haría desde el pensamiento mágico que Babilonia la Grande (Roma) ha implantado en la mente de sus súbditos. La bendición hebrea jamás está basada en “buenos deseos”, sino en una apreciación profética. Está basada en la apreciación del carácter de cada hijo, según el padre lo aprecia con ojos espirituales. La bendición patriarcal consiste en pronunciamientos con referencia a eventos del pasado, situaciones del presente y visión del futuro como historia desde la perspectiva del Eterno y sus promesas. En otras palabras, la “bendición paterna o patriarcal” son palabras proféticas que reflejan lo que el padre ve con ojos espirituales en los hijos. Un patriarca, al bendecir, revelaba y decidía el destino de sus hijos. En este sentido, la bendición es una profecía y su cumplimiento es certero e inalterable.
Lo curioso, y a la vez poderoso, de la bendición final de Jacob (hebreo Yaakov) es que sus palabras no sólo iban dirigidas a sus hijos, sino que estaban proyectadas también a su descendencia después de ellos.
Esta es la primera profecía conscientemente hablada por el ser humano en las Sagradas Escrituras. Había muchas profecías anunciadas por Yahvéh (como la promesa del triunfo de la simiente de la mujer en Génesis 3:15),y otras profecías veladas por los hombres,pero esta es la primera profecía conocida y escrita en la Torah.
Las Sagradas Escrituras revelan que nuestro padre tuvo una revelación de lo que acontecería en los “días venideros”. El texto en hebreo traduce esta expresión de «Ajarit HaYamim», que literalmente significa: «últimos días». Lo que Jacob quiso, en verdad, era revelarles a todos sus descendientes el final de los tiempos. Por ello, en la bendición de Jacob encontramos mensajes proféticos que revelan el futuro de cada tribu, incluso hasta el momento de la venida del Mesías. Aquí se nota la importancia que tienen las decisiones y acciones de personas con una importante responsabilidad histórica.
Para comenzar nuestro estudio, encontramos tres características en el mensaje de Jacob para cada uno de sus hijos:
A esta altura del tiempo Jacob llegó a entender que el proceso de selección divina ya había terminado. El sabía que el Eterno no elegiría a uno de sus hijos y rechazaría a otros. Nada de eso. A partir de ese momento, y por medio de esta declaración profética salida de sus labios en forma de bendición, todos (los doce hijos) iban a formar parte de la nación que Yahvéh estaba formando para traer bendición a todas las familias de la Tierra, tal como lo había prometido a Abraham e Isaac (Gen. 12:1-3; Gen. 26:3-4).
Yaakov bendijo a cada uno de sus hijos con una declaración profética muy particular. Cuando llegó a Yisajar y Dan les llamó burro y serpiente. ¿Cómo reaccionarías tú si tu padre te dijera: “…burro…», «…que seas una serpiente…”? ¿Te ofenderías? ¿Por qué te ofenderías? ¿Porque tu padre te llamó burro y serpiente? Y en el caso de la bendición de Yaakov, entendiendo que eran palabras proféticas traídas del cielo, ¿cómo te sentirías si el Cielo te dijera burro y serpiente? ¿Qué clase de bendición sería eso?
Si uno sería ofendido por eso es porque estaría dando un sentido negativo y ofensivo a las palabras burro y serpiente, ya que en nuestros días muchas personas usan el calificativo de animales para ofender a otras. Palabras como “cochino”, “burro”, “lobo”, “mono”, “perro”, “cerdo” etc. son utilizadas cotidianamente para ofender. En ese caso se está haciendo una comparación entre la conducta del hombre con la de cierto animal, y entonces se fija en lo negativo, aplicándolo a una persona, para hacerle daño. Si la persona que recibe la ofensa es sensible o si tiene un complejo de rechazo o de inferioridad será muy dañada por tales palabras. Es como echar sal en sus heridas emocionales.
Sin embargo, al considerar la cosmovisión hebrea de Yaakov, la comparación se hace positiva en lugar de negativa. Todo depende del sentido que se da a las palabras. Veamos dos ejemplos de esto: Yisajar (Isacar) comparado con un burro, y Dan con una serpiente.
El burro era el animal que se utilizaba en la época de los patriarcas como el medio de transporte y de carga. Era un animal muy útil para todo tipo de quehaceres.
Los burros son capaces de acarrear entre el 20% y el 30% de su peso corporal. A pesar de no ser tan rápidos y fuertes como los caballos, su mantenimiento es menos costoso, tienen una gran resistencia y una larga vida y son más ágiles en terrenos abruptos e irregulares que los caballos. En cuanto a su simbolismo oriental, puede significar simpleza pero también estupidez y terquedad.
En la Biblia, el burro aparece como el animal del tiempo de trabajo y de paz, en oposición al caballo, que es el animal de la guerra, usado por los ejércitos invasores.
Desde todo esto la cosmovisión profética que Yaakov tenía del burro es que es uno de los mejores siervos que el hombre ha tenido a lo largo de su historia. Por lo que está anunciando a su hijo, y los descendientes de este, la característica principal que ellos manifestarían a las naciones.
Yaakov también comparó a su hijo Dan con un animal: la serpiente. Esta comparación no parece halagadora, pero en realidad aquí se está usando en el sentido positivo de su simbolismo.
El Mesías Yeshúa dijo que seamos “astutos como serpientes”:
“Mirad, yo os envío como ovejas en medio de lobos; por tanto, sed astutos como las serpientes e inocentes como las palomas”
(Mateo 10:16)
Por esto debemos entender que Yaakov está usando a la serpiente como algo muy positivo, ya que es el simbolismo de la defensa contra los enemigos.
El secreto de esto en verdad se encuentra en la gematría de la palabra serpiente que coincide con la del Mesías:
Mesías – mashiaj – (358) = serpiente – najash (358).
Por lo que Yaakov está anunciando a través de esta declaración, es que la defensa contra el enemigo (ego, orgullo = caballo y jinete) será saber discernir en juicio recto (Dan significa juicio divino) por medio de la visión del Mesías como vencedor de la tendencia del alma humana a pecar.
El último ejemplo que quiero tratar es la bendición de Yaakov sobre su hijo Judá.
“Cachorro de león es Judá; de la presa, hijo mío, has subido. Se agazapa, se echa como león, o como leona, ¿quién lo despertará?”
(Génesis 49:9)
El león comienza como cachorro, pequeño e inmaduro, … así era Judá. Pero ese cachorro se convierte en león. Y del linaje de Judá vendrá el Mesías, Yeshúa, quien se le conoce en las Sagradas Escrituras como “el León de Judá” (Apoc. 5:5).
Siguiendo el concepto del león, sabemos que éste es “el rey de la selva”. En su bendición a Judá, Jacob profetizó que sus descendientes iban a ser reyes.
“El cetro no se apartará de Judá, ni la vara de gobernante de entre sus pies, hasta que venga Siloh, y a él sea dada la obediencia de los pueblos”
(Génesis 49:10)
La frase: “…hasta que venga Siloh” significa: Hasta que venga el Mesías. Hoy, sabemos y creemos que el Mesías es Yeshúa, quien es descendiente de Judá, del linaje de David (Apoc. 5:5). Siloh significa: “reposo, tranquilidad”. El Mesías es el único que podrá traer paz verdadera al alma de los hombres y gobernará sobre toda la Tierra (Rom. 15:12).
La profecía de “liderazgo” tomó unos 640 años en cumplirse (con el reinado de David, primero de los Reyes de la dinastía de Judá), y unos 1600 años en cumplirse en Jesús. Jesús es conocido como Siloh, nombre que significa: “Él hombre cuyo derecho es” en la antigüedad se entendía que con este título se hablaba del Mesías.
Como podemos darnos cuenta, las palabras de nuestro padre Yaakov a sus hijos eran solamente positivas y constituyen grandes bendiciones, relacionadas con los tiempos mesiánicos que el Eterno traería al mundo por medio de la nación de Israel que de esos doce hijos saldría.
Esto nos enseña que las palabras pueden tener diferentes significados en diferentes personas, culturas, tiempos y contextos. Por lo tanto, cuando leemos las Escrituras es muy importante que no intentemos entender las palabras hebreas según el contexto moderno ajeno a la cultura hebrea antigua.
La mayoría de las falsas doctrinas y las malas interpretaciones de las Escrituras dependen de la falta de conocimiento del significado de las palabras en su contexto.
Aunque los traductores de las Escrituras han intentado, con toda su buena intención, traspasar a otro idioma y cultura conceptos que fueron escritos y entendidos en culturas e idiomas muy diferentes, siempre se introducen errores y malos entendidos en las traducciones. Esto es inevitable.
Otro aspecto que hay que tener en cuenta es la plataforma teológica desde la cual se lee, interpreta y traduce las palabras divinas. Un traductor que no considere la mentalidad hebrea y sus raíces nunca podrá entender las Escrituras hebreas de manera correcta, porque su mente está formada por conceptos teológicos que contrastan con la idiosincrasia de las Sagradas Escrituras. Aceptemos esto hoy, si le es difícil entender las Escrituras para uno que tiene el hebreo como su lengua materna, ¡cuánto más difícil no será para un extranjero!
Por lo tanto, hay que tener mucho cuidado a la hora de sacar doctrinas desde las traducciones de las Escrituras. Al leer una traducción no solamente se lee la traducción de las palabras originales, sino también lo que el traductor piensa que quiere decir lo que se escribió en el original y eso no siempre concuerda con la verdad, simplemente porque el traductor le da otro sentido a los términos que el que tenían cuando fueron escritos, no porque no haya querido entenderlos correctamente, sino porque su mente ha sido formada de manera diferente y su entendimiento de los términos es diferente al original.
Lo mismo sucede cuando se lee las Escrituras directamente en su idioma original hebreo, arameo y posiblemente griego. Hay que tener cuidado de no introducir en las palabras los significados modernos o greco-romanos porque en tal caso vamos a entenderlas mal y sacar conclusiones muchas veces dañinas para nuestra fe y conducta.
En este momentos elevo una plegaria para que el Eterno nos dé humildad para prestar atención a lo que enseñan los que conocen al Eterno y las Escrituras y, ante todo, que nos dé un espíritu de revelación y sabiduría de lo Alto a la hora de escudriñar las Sagradas Escrituras para que las podamos entender correctamente para nuestra correcta formación.
Por último, y volviendo a nuestro pasaje, vemos que Yaakov bendijo a cada uno de su hijos y dio una predicción de su futuro, teniendo en cuenta su carácter. La manera como habían vivido se reflejó en la bendición y en la profecía dicha por Yaakov. Es evidente que nuestro pasado afecta el presente y determina el futuro. Mañana, al amanecer, todas nuestras acciones de hoy serán parte de nuestro pasado. Sin embargo, ya empezaron a forjar el futuro. Por eso me atrevo a preguntarte a ti, mi amado lector: ¿Qué acciones puedes hoy llevar a cabo o evitar para forjar positivamente tu futuro?
La Bendición Tripartita de José
Por P.A. David Nesher
(Génesis 33: 18- 20)
Por P.A. David Nesher
Después de que Yaakov pudo palpar el poder milagroso del Eterno causando la reconciliación con su hermano Esav; nuestro padre en la fe prosiguió su viaje hasta llegar a Siquem, ciudad no muy lejos de Sucot, directamente al oeste del río Jaboc y unos 32 kilómetros del río Jordán. Allí, frente a la ciudad, acampó y compró la finca donde había plantado su tienda. Justamente el Eterno había dicho que estaría con Yaakov (28:15, 31:3), y el hecho de la expresión de que él «llegó en paz a Canaán» estaría indicando que nuestro padre vio aquí el cumplimiento de esa promesa.
De acuerdo con la sociedad cananea de esa época no era un ciudadano, por lo que acampó frente a la ciudad. Es bueno que Jacob haya venido a la tierra prometida, y que se haya quedado allí, pero, él no alcanzo, porque al parecer Dios le dirigió que se fuera a Bet-el (Génesis 31: 3, 13). Justamente, y a la luz de los hechos que Yaakov y su casa vivirán en esa ciudad (un escándalo y un suceso trágico), podemos considerar que el patriarca cometió un grave error al establecerse en aquel lugar, y no continuar en obediencia hacia dónde nuestro Abba le había indicado. Y así fue como el detenerse en su viaje quedándose en Siquem por un tiempo causó a Jacob y a su familia muy graves problemas y una gran tragedia que marcaría por siempre el alma del patriarca.
Hay dos asuntos de vital importancia que se revelan a lo largo de todo el libro del Bereshit (Génesis) de los que Yahvéh se ocupó de una forma providencial y específica. El primero de ellos tiene que ver con la herencia o linaje que establece la seguridad de la materialización del Código Sagrado: la Simiente de la Mujer (Génesis 3: 15). Dicha simiente se encontraba asegurada, y sellada por pacto, en la herencia prometida a Abraham, luego a Isaac y ahora a Jacob. El Eterno quería proteger la transmisión de dicha herencia por lo que no le agradaba en absoluto que se realizasen matrimonios mixtos entre mujeres de Su Pueblo y varones pertenecientes a los pueblos paganos que vivían a su alrededor, y viceversa. El segundo asunto importante era el entorno del individuo, lo cual tenía relevancia especialmente en la vida de Jacob, que tenía una familia numerosa, pues además de sus doce hijos tenía hijas. Este relato se concentra únicamente en su hija Dina, porque ella se vio implicada en los trágicos incidentes que he citado.
«Y allí donde había plantado su tienda, compró la parcela del campo de mano de los hijos de Hamor, padre de Siquem, por cien monedas» (33:19). El Eterno le había prometido a Yaakov toda la Tierra Prometida, tal como lo hiciera con Abraham e Isaac, pero esta era la única parte que Jacob poseía en realidad. La tierra que compró era excelente para pastoreo de sus rebaños y manadas. Además, nuestro padre cavó aquí un pozo que se conoció como el pozo de Sicar (Juan 4:6, 11-12). Años más tarde, este será el lugar donde se sepultarían los huesos de José (Josué 24:32). Por todo esto, Siquem se convirtió en una ciudad importante en la historia bíblica. Estaba situada en el Monte Gerizim, que más tarde se convertiría en el territorio de la tribu de Efraín. Estaba muy cerca de la ciudad de Samaria, que se convertiría, siglos después, en la capital del reino del norte de Israel. Cuando Yaakov llegó allí, la ciudad estaba bajo el control de los heveos, una tribu cananea, que era gobernada por un hombre llamado Hamor. Él tenía un hijo llamado Siquem, y en homenaje al orgullo de su hijo (tal como hiciera Caín) había nombrado a la ciudad.
«Y compró una parte del campo, donde plantó su tienda, de mano de los hijos de Hamor padre de Siquem, por cien monedas. Y erigió allí un altar, y lo llamó El-Elohe-Israel«.
El altar que erigió, Yaakov lo nombró: El-Elohe-Israel que significa literalmente «Dios es el Dios de Israel». Este fue el primer uso de su nuevo nombre; una evidencia que, aunque Yaakov había tenido un encuentro personal con el Mesías, y por ende, había nacido de nuevo, todavía estaba experimentado los rezagos de su viejo hombre. Hubo un cambio indudable en su vida, pero su desarrollo y consolidación fueron lentos. Yaakov levantó un altar desde su propia opinión, para destacar su nombre nuevo, más que el Nombre del verdadero Dios. Él desobedeció nuevamente porque sabía que Dios no quería que Su altar estuviera en Siquem; sino en Betel. Convengamos pues que aunque Yaakov hizo un altar, en verdad era obediencia lo que el Eterno más quería; no sacrificio. Por ello, Jacob llevará fruto malo y perderá tiempo porque está en un lugar donde no debe de estar.
Notamos que en ninguna parte Yaakov consultó al Eterno acerca de su decisión y, de hecho, no hay ninguna mención de Dios en toda esta sección. Los pastos de Siquem eran verdes, y sus posesiones habían aumentado hasta el punto de que todo movimiento de mudanza era difícil. Por ello, Yaakov se estableció en lo que él creía que era la vida sencilla, habiendo ya sea, pospuesto o dejado de lado el cumplimiento de la promesa de Yahvéh para él. Por esto, apareció un cáncer del sistema reptiliano en la familia de Jacob que no se había visto en la familia de Abraham o de Isaac. Los dos patriarcas anteriores tenían sus problemas familiares, sí, pero nada parecido a lo que veremos en la familia de Jacob. Dicho tumor del inframundo se extendió de tal modo en la casa de Yaakov que traerá una aflicción a su alma que durará por décadas.
Desde esta historia, y considerando la actitud errada de Yaakov, puedo decir que hay en ello una lección para nosotros. Sucede que muchas veces, cuando los hijos del Altísimo experimentamos una experiencia cumbre con el Eterno, al bajar del éxtasis, nos encontramos con la cruel y cruda realidad del sistema de cosas de HaSatán, y nos olvidamos de fortalecernos en el poder de la fuerza del Señor para hacerle frente y vencerlo. Ejemplo de esto encontramos, no sólo en el padre Yaakov, sino en muchos de los héroes de la fe. Cuando Moisés bajó del monte Sinaí, el pueblo se había moldeado un becerro de oro para adorarlo; después de que Elías derrotara a los profetas de Baal en el monte Carmelo, cayó en una profunda depresión. El rey David después de derrotar a los filisteos y los amonitas, reinando sobre todo Israel, y hacer lo que era correcto para todo su pueblo, se convirtió en un adúltero y un asesino. Su hijo, el rey Salomón fue el hombre más sabio del mundo y construyó el templo de Dios; sin embargo, en la cúspide de su vida, se convenció de que nada tuviera sentido después de que su corazón se volvió hacia los dioses de sus muchas concubinas. Del mismo modo, Jacob había luchado con Dios y, finalmente, había recibido su bendición en el camino correcto, pero luego puso a la Instrucción de Dios en un segundo plano.
¡Este era el hombre que había visto el rostro de Dios! ¡Este era el hombre por quien Yahvéh había prometido que todos los pueblos de la tierra serían bendecidos! Este era el hombre que quería la bendición patriarcal, que incluía ser el líder espiritual de la familia. ¡Y este era el hombre a quien el bien y la misericordia de Dios habían seguido todos los días de su vida! Sí, era ese hombre, un varón escogido desde el vientre de su madre. Pero también era el hombre que estaba en decadencia espiritual por causa de haberse instalado (o estancado) en Siquem. Esto es siempre lo mismo. Sólo hay una manera de deslizarse espiritualmente, esto es cuesta abajo, y Jacob se deslizó.
Cuántas veces, nosotros, tal y como le sucedió a Yaakov, terminamos hundidos en circunstancias muy complicadas que acarrean mucha aflicción al alma de todos aquellos que conforman nuestro círculo más íntimo. Todo por una sencilla razón: no ser sensibles a la voz del Señor y no ir a donde el Eterno ha señalado que quiere llevarnos.
Por P.A. David Nesher
(Génesis 33:5-7)
Nuestro padre en la fe Jacob (en hebreo: Yaakov) era un hombre diferente de lo que él era veinte años antes, pero también lo era Esaú. Dentro de él residía tanto lo bueno como lo malo, como en todas las personas. En el momento de este encuentro, el Eterno activó las emociones positivas que Esav (hebreo de Esaú) tenía hacia su hermano y el milagro del encuentro maravilloso entre los dos fue producido. Todo esto fue el resultado de la lucha que tuvo nuestro padre Yaakov la noche anterior en Peniel (Génesis 32: 24-32). Después de haberse humillado y reconocido su falta, fue levantado y bendecido. Fue así como el Eterno tomó control de la situación y produjo este encuentro divino entre los hermanos. Yaakov reconoce que no solamente había visto el rostro del Todopoderoso en el ángel que luchó con él, sino también en el rostro de su hermano que le recibió de esa manera maravillosa.
Después del encuentro reconciliador que el Eterno permitió milagrosamente entre Yaakov y su hermano gemelo Esav (hebreo de Esaú), este levantó su mirada alrededor y al ver a la familia del patriarca, pudo también apreciar los grandes rebaños y manadas de animales que todavía estaban con Yaakov. Esto le recordó a los cinco grupos de animales que había visto mientras se acercaba a Jacob el día anterior. Aunque los pastores le habían dicho que eran regalos de su hermano, preguntó: ¿Qué te propones con todos estos grupos que he encontrado? Y nuestro padre respondió: «Hallar gracia ante los ojos de mi señor» (33:8). Pero Esav también se había convertido en rico y no lo necesitaba, entonces dijo: «Yo tengo abundancia, hermano mío, sea para ti lo que es tuyo» (33:9). Los presentes que Jacob le había dado eran más grande que los que algunas ciudades daban a los reyes como homenaje y este regalo parecía que era mucho más grande. Esaú dijo: sea para ti lo que es tuyo.
Pero Jacob insistió. ¡No, por favor! Si he hallado ahora gracia delante de tus ojos, toma el presente de mi mano, pues he visto tu rostro benévolo, y es como ver el rostro de Elohim (33:10). El sabía que Esaú no lo necesitaba en sentido material, pero él declaró: toma el presente de mi mano, lo que significa, literalmente, mi bendición, que fue traído para ti. Esta fue una referencia a la bendición patriarcal ahora para ser compartida con Esaú. Y la razón fue: Acepta, te ruego, mi presente que fue traído para ti, pues ’Elohim me ha favorecido, porque tengo de todo. Y le rogó con insistencia, y él lo aceptó (33:11). En hebreo realmente dice: tengo todo. Esaú tenía mucho, pero Jacob tenía todo porque Dios lo había bendecido sin medida. Y debido a que Yaakov insistió, Esaú aceptó. La negativa a recibir un presente es, en todo el Oriente, interpretado como una evidencia de hostilidad. Es por esto que Jacob estaba ansioso para que Esaú aceptara estos regalos. Por eso Esaú lo tomó. Además, esto era muy importante para sellar legalmente la reconciliación. Cuando Yaakov dio regalos tan generosos, era su manera de pedir perdón y cuando Esaú recibió los regalos era su manera de aceptar a Jacob y decirle que había sido perdonado. En aquella cultura, uno nunca aceptaba un regalo de un enemigo; solo de un amigo. Aceptar el regalo era aceptar la amistad que generaba la esencia filial en los ámbitos espirituales.
Las Sagradas Escrituras, tanto en este relato, como a lo largo de todas sus líneas, enseñan que el odio produce muerte, mientras que el perdón otorga sanidad física, emocional y espiritual, especialmente a aquel que lo prodiga.
Cuanta falta hace hoy día la actitud que Esav tuvo hacia su hermano. El odio separa y mata. El perdón reconcilia y resucita a la vida. Una reconciliación sincera y un espíritu humilde pueden sanar incluso décadas de dolor, agravio y enojo.
A la luz de la revelación divina el perdón y la reconciliación no son una opción sino un mandato para la unidad de todos los hombres. Al perdonar al hermano y reconciliarse con él se puede en su cara el rostro del Señor.
Apreciado lector (lectora) ahora me veo obligado a preguntarte:
Si necesita ayuda en esta área, sabes que puedes escribirme un mensaje privado y consultarme al respecto.
Sinceramente David Nesher
Por P.A. David Nesher
«… Mas él le respondió: Tú sabes cómo te he servido, y cómo le ha ido a tu ganado conmigo. Porque tenías poco antes de que yo viniera, y ha aumentado hasta ser multitud; y el SEÑOR te ha bendecido en todo lo que he hecho. Y ahora, ¿cuándo proveeré yo también para mi propia casa?
(Génesis 30:29-33)
Y él respondió:
¿Qué te daré?
Y Jacob dijo: No me des nada. Volveré a pastorear y a cuidar tu rebaño si tan sólo haces esto por mí: déjame pasar por entre todo tu rebaño hoy, apartando de él toda oveja moteada o manchada y todos los corderos negros, y las manchadas o moteadas de entre las cabras, y ése será mi salario. Mi honradez responderá por mí el día de mañana, cuando vengas a ver acerca de mi salario. Todo lo que no sea moteado y manchado entre las cabras, y negro entre los corderos, si es hallado conmigo, se considerará robado.»
Al leer el libro de Bereshit, nos encontramos con un pacto comercial que plantea un problema genético de difícil interpretación científica. Es la alianza económica que hizo nuestro padre Jacob (en hebreo Yaakov) y Labán, su suegro.
Recordaremos que una vez finalizado el contrato de catorce años de trabajo a cambio de sus esposas, nuestro padre Yaakov estaba ansioso de regresar a su tierra natal. Pero al ver Labán cómo le había bendecido Yahvéh por causa de su yerno, insistió en que continuase supervisando sus rebaños; incluso le dijo a Yaakov que estipulase su propio salario.
«Vayomer elav Lavan im-na matsati jen be’eyneyja nijashti vayevarjeni Adonay biglaleja.» [«Mas Labán le respondió: ¡Si he hallado gracia en tus ojos!; he sabido por adivinación que el Eterno me ha bendecido por tu causa!«]
La traducción: «Sí he hallado gracia en tus ojos«, el sabio Soforno dice que debería ser así: “Si me amaras -como debe amar un familiar-, no me abandonarías”.
Labán continuo diciendo que, por medio del ocultismo, se había enterado de que, únicamente gracias a la presencia de Yaacov, se había vuelto un hombre acaudalado y que había sido bendecido con hijos (Rashí). En base a esto, los sabios dicen que es posible que Labán haya tratado de provocarle sentimiento de culpa a Yaacov, pues su partida redundaría en un desastroso decaimiento en las fortunas de la familia de sus mujeres e hijos.
Labán había albergado la esperanza de que el piadoso Yaakov se sintiera halagado con este reconocimiento de la intervención divina y declarara su disposición a quedarse sin goce de sueldo. Pero, apenas Labán se quedó en silencio, se dio cuenta de que iba a tener que ofrecerle un incentivo. Por eso le pidió a Yaakov que estipulara sus términos. Yaakov inició su respuesta reiterando que había servido a Labán con lealtad y en la forma debida, es decir, que no tenía motivos para sentirse culpable. Al contrario, fue Labán el que se había aprovechado de él todos esos años.
Importante es saber que en esa zona geográfica las ovejas y las cabras suelen ser de un solo color: las ovejas, blancas, y las cabras, negras. Por consiguiente, Yaakov se atrevió a hacer un pacto con el egoísta de su suegro, estableciendo su salario de una manera muy curiosa. Según lo pactado Yaakov propuso:
“los animales que desde ahora nazcan moteados y manchados entre las cabras, y además marrones entre las ovejas serán míos”.
Es decir, Jacob se llevaría a la descendencia salpicada o manchada, pero los separaría de los animales actualmente salpicados con manchas en el resto del rebaño, por lo que las probabilidades estaban totalmente en contra de él. Permitiendo que las ovejas y cabras salpicadas permanecieran en el rebaño, aumentaría la probabilidad de tener más descendientes salpicados del mismo rebaño.
Labán le respondió: ¡“Oh, que sea de acuerdo a tu palabra!” Este es un acuerdo aceptable para ambas partes. En primer lugar, se trataba de un método infalible para distinguir entre los rebaños de Labán y Yaakov, además, a Labán le gusto el trato debido a que las probabilidades estaban a su favor. Yaakov pudo haber propuesto el acuerdo, porque él estaba dispuesto a confiar en el Eterno. Y para mantener el salario tan bajo como fuese posible, Labán, por sugerencia de Yaakov mismo, separó de los rebaños todas las cabras rayadas, moteadas y con manchas de color y toda oveja morena oscura entre los carneros jóvenes, y se las entregó a sus propios hijos para que las cuidasen, e incluso fijó una distancia de tres jornadas entre ellos para evitar cruces entre los dos rebaños. Solo pertenecerían a Yaakov
las que a partir de entonces naciesen con un color anormal. (Génesis 30:25-36).
Entonces, Yaakov avinu (nuestro padre) situó una vara con manchas frente a las ovejas “para lograr el objetivo”. Tomó varas (ramitas verdes y todavía húmedas) de estoraques (otra versión dice álamo), almendros y castaños (otra versión dice plátanos), y las descortezó, para darles la apariencia de estar rayadas y moteadas. Colocó estas varas en los canales de los abrevaderos de los animales. Él tenía en su fe la idea de que si los animales miraban las rayas cuando estaban en celo, la prole que tuviesen sería moteada o de un color anormal. También procuró colocar los palos en los abrevaderos solo cuando los que estaban en celo eran los animales más fuertes y robustos. (Génesis 30:37-42).
Los antiguos contratos de pastoreo que se realizaban en estas regiones del Medio y Cercano Oriente, estipulaban una porción de entre el diez y doce por ciento del rebaño, junto con un porcentaje de la lana, y de los derivados de la leche. En los rebaños orientales, las ovejas tienen como color dominante el blanco, y las cabras poseen como color dominante el marrón oscuro o el negro. Por ende, las ovejas que eran de color oscuro (ya sea de color marrón oscuro o negro) o incluso moteado o manchado, y las cabras que eran manchadas o moteadas eran colores recesivos y eran escasos, probablemente no más de diez a veinte por ciento del total del rebaño.
Es decir que, como los animales ovinos oscuros y caprinos con manchas representaban una proporción más pequeña, era Labán quien claramente, desde una perspectiva humana, se llevara la mejor parte del negocio. Yaakov avinu estaba dispuesto a comenzar con el mínimo y, al hacerlo, aparentemente se ponía a sí mismo en una gran desventaja. Él ha elegido para su salario los animales «raros» o «anormales», pero él también tiene el secreto para cambiar esto. Yaakov conocía la creencia popular entre los pastores que aseguraban que la naturaleza de las crías depende, en parte, de las influencias externas que rodean a la madre en el momento de la concepción.
Con esto en su mente, más la emuná (fe) de las promesas divinas en su corazón elaboró una estrategia milagrosa. La misma estaba llena de la astucia que caracterizó siempre a Yaakov, pero impregnada de humildad y obediencia a los tiempos del Eterno. Este plan se reduce a las siguiente técnicas «genéticas» celestiales:
¿Cuál fue el resultado de esto? Los animales con marcas o color anormal (el salario de Jacob) fueron más numerosos que los de un solo color de tono normal, que habrían de pertenecerle a Labán.
Hoy en día, muchos detractores de la fe, al leer este relato se mofan pues no saben exactamente cómo funcionó este método. Es posible que Jacob sabía más sobre la cría de animales que lo que la humanidad hoy en día conoce, pero lo más probable que Jacob hizo lo mejor que sabía y el Eterno, nuestro Dios, lo bendijo.
Lo cierto es que detrás de este logro está el trabajo sacrificado y diligente y eficiente de Yaakov. Él mismo describe gráficamente todo el sacrificio y esfuerzo denodado que puso en el trabajo (31: 38-42) Seguramente como Yaakov obtuvo el resultado deseado, es probable que en un principio pensara que lo había conseguido con su estratagema de las varas rayadas. Sin embargo, en un sueño su Creador le explicó la verdadera razón. Jacob llegó a saber por medio de un sueño que fueron otros factores (en este caso, los genéticos), no las varas, los causantes de su éxito. Aunque Jacob estaba al cuidado de animales de un solo color, la visión le reveló que los machos cabríos eran rayados, moteados y manchados. ¿Cómo pudo ocurrir algo así? Al parecer, aunque tenían un color uniforme eran híbridos, debido a los cruces que se habían producido en el rebaño de Labán antes de que Jacob empezara a cobrar su salario. Por consiguiente, según las leyes de la herencia descubiertas por Gregor Mendel en el siglo pasado, algunos de estos animales llevaban en sus genes los factores hereditarios para producir animales manchados y moteados. (Génesis 31:10-13).
Un artículo publicado en la revista científica Nature hace un tiempo atrás relata como se comprobó en ratones, que progenitores homocigotas para “spotted tail” (cola manchada) tuvieron en la descendencia ratones con “white tail” (cola blanca), contradiciendo las leyes de Mendel. De igual manera, fue valida la prueba a la inversa – es decir, homocigotas de cola blanca, tuvieron descendencia con colas manchadas. Posteriormente lo aislaron y al inyectarlo en los ovocitos, obtuvieron crías con white tail, a pesar de provenir de progenitores sin genes “white tail” en su ADN (ya que eran homocigotas). Por otro lado, he tratado de buscar información acerca de la capacidad del estímulo visual per se, como generador de alguna respuesta genética (o sea, al igual que las varas que uso Yaakob para inducir a las ovejas a tener crías moteadas).
Siguiendo la linea de pensamiento del hallazgo científico descripto (vale decir que es posible transmitir rasgos aun en ausencia del gen en los progenitores, a través del RNA generado alguna vez por un estímulo y guardado en la “memoria”) deberíamos suponer que las varas tuvieron el objetivo de generar RNA. Este fenómeno descrito, se conoce como “paramutación”. Otro comentario del articulo dice que, los rasgos heredables pueden estar guardados en una memoria ajena al ADN. El mecanismo de paramutacion o “imprinted memories” se realiza a través del RNA, sin la participación del ADN. Es decir, “un estímulo” genera el síntesis del RNA, y este se acumula en todas las células, y en consecuencia se trasmite a la descendencia. En la experiencia publicada, obtuvieron grandes cantidades de RNA “white tail” en el sémen de los ratones. De esta manera se comprobó también que los estímulos visuales no sólo generarían una respuesta química, transitoria y reversible una vez desaparecido el estímulo, sino que “despertarían genes” y generarían RNA. Finalmente, los trabajos de los premios Nobel David Hubel y Torsten Wiesel demostraron que los estímulos visuales generan respuestas plásticas en el cerebro; en otras palabras moldean el cerebro. Esto es un descubrimiento muy poderoso, dado que confirmaría que todo lo que el niño (y los demás) observa, deja una marca indeleble en su cerebro, no sólo generando respuesta genética transmisible (a través del RNA) sino que hasta afecta el «shape (forma) cerebral».
¡Asombroso por cierto! ¡Esto es exactamente lo sucedido con las ovejas de Yaakov, y él no conocía de genética (pero Yahvéh sí)!
Durante los seis años que Yaakov trabajó en estas condiciones, y Yahvéh lo bendijo en gran manera y lo hizo prosperar no solo incrementando sus rebaños, sino también la cantidad de siervos, camellos y asnos, a pesar de que Labán seguía cambiando el salario que había acordado. Finalmente, el “Dios verdadero de Betel” le mandó a Yaakov que regresase a la Tierra Prometida. (Gén. 30:43; 31:1-13, 41).
Vemos así cómo Yahvéh, nuestro Abba, bendijo a Jacob y él enriqueciómucho, o se volvió muy próspero. El hebreo antiguo dice: “el hombre exclamo, extremadamente”, dando la idea de que hubo una explosión de prosperidad. El Eterno bendijo a Jacob, pero no fue porque Jacob era especialmente bueno. Fue a causa de las promesas que Él hizo a Jacob (Génesis 28:13-15) y el Pacto hecho a Abraham avinu. De la misma manera, la bendición viene del Señor para nosotros, no porque seamos grandes o buenos, pero debido a la alianza que Dios ha hecho con nosotros a través de Jesús, y las promesas que nos ha dado en su Palabra.
Debo dejarles bien en claro que aquí las tiras blancas de Jacob funcionaron al igual que las mandrágoras de Raquel (30: 14-18). No fueron las mandrágoras lo que la hacía fértil, y no fueron las tiras blancas las que produjeron los animales de colores recesivos. Fue el SEÑOR quien abrió el vientre de Raquel, y Ya’akov finalmente reconoció que era Dios, quien aumentó su rebaño (31:10-12).
Concluyendo nuestro peregrinar por los códigos de este relato de la Torah, necesito insistirles en los principios de liderazgo que Yaakov avinu aplicó para obtener una explosión de prosperidad:
La única razón del enriquecimiento milagroso de nuestro padre (avinu) Yaakov fue su confianza en el Eterno y su trabajo diligente y astuto.
Yakoov confió en Yahvéh porque aceptó Su propósito eterno, y decidió obedientemente regresar a Canaán para el perfecto cumplimiento del mismo. Por lo tanto, no fue el engaño, ni tampoco ciertas acciones mágicas lo que lo prosperó, sino Yahvéh, quien guió las circunstancias en la vida de alguien que confió en Él y estuvo dispuesto en todo momento a cumplir Su voluntad que es buena, agradable y perfecta.
Las ovejas y las cabras obtenidas milagrosamente indicaban que Yaakov obtuvo lo mejor de Labán en una manera muy visible y llena de honestidad. De este modo Yaakov avinu se tomó honradamente su desquite de Labán. Lo que demuestra que las bendiciones de nuestro Dios y Abba siempre excederán a todo fraude humano.
En esta historia patriarcal la Instrucción (Torah) divina nos da una lección de cómo lo sobrenatural siempre se introduce en lo natural mediante la colaboración entre el ser humano y el Eterno. El hombre hace un acto natural y Yahvéh responde con un acto sobrenatural. Este principio se encuentra en todas las Sagradas Escrituras. Yaakov actuó según una visión celestial que un ángel le había dado. Para poder desatar el poder sobrenatural del Eterno dentro de un marco legítimo hay que tener una revelación, tal como el mismo Mesías lo demostró en su vida:
“Por eso Yeshúa, respondiendo, les decía: En verdad, en verdad os digo que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que hace el Padre, eso también hace el Hijo de igual manera.”
(Juan 5:19)
Para hacer milagros lícitos hay que tener una íntima relación con Yahvéh manifestado como Padre. Además contar con una revelación de lo que Él está haciendo en la historia por medio del hijo o hija que quiere producir el milagro. El que colabora con Él tiene éxito en todo. El que hace milagros sin tener una relación con Él será reprobado, tal como lo dejó bien establecido Yeshúa:
“Muchos me dirán en aquel día: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?» Y entonces les declararé:
«Jamás os conocí; APARTAOS DE MI, LOS QUE PRACTICAIS LA INIQUIDAD»
(Mateo 7:22-23)
Este texto nos revela dos verdades muy importantes. Para no ser reprobado en el día del juicio hay que practicar lo sobrenatural a base de dos cosas, una relación íntima con el Mesías Yeshúa y obediencia a la Torá de Moshé. La palabra griega que fue traducida como “iniquidad” es anomia, y significa “sin ley” («sin Torah») o “violación de la ley”. Por lo tanto los que profetizan y hacen milagros en el nombre del Mesías sin tener una relación íntima con Él y sin practicar los mandamientos de la Torah serán finalmente expulsados de su presencia. Lamentablemente serán muchos de los varones y mujeres que oficias como líderes en las congregaciones de la Gran Ramera.