Discipulado

Oración de Entrega a Dios para Alcanzar Salvación.

Amado SEÑOR:

Vengo ante ti, y me humillo de corazón. Reconozco en este momento delante de todo testigo en los Cielos y en la Tierra que tú eres Soberano y Dueño de todo.
También reconozco que te necesito. Por eso abro mi corazón para que vivas diariamente en mí, llenándome con tu amor.
Te pido que me limpies de todo pecado y me des una nueva vida. Hoy confieso que acepto que he vivido fuera de tu voluntad, intentando ser bueno y justo a mi manera.
Por eso, confieso que hoy creo que Tú enviaste a Yeshúa, tu Hijo, como Mesías Redentor. Vengo a Ti, y reconozco que soy pecador, confieso que he hecho lo malo delante de tus ojos. Por ello, decido renunciar a todos mis pecados y malas costumbres, y te entrego mi corazón para que lo limpies con el agua y la sangre que brotaron del corazón de tu Hijo al morir en la cruz. Te pido perdón por mi rebelión, y renuncio al rencor, perdonando también a todos aquellos que me han herido a lo largo de mi vida.
Decido a partir de ahora, caminar contigo a través de la compañía de tu Espíritu Santo. Me vuelvo a Ti y confieso delante del Cielo y la Tierra que me hago discípulo de Yeshúa aceptando aprender de sus mandamientos a través del estudio de la Instrucción de Su Luz.
Reconozco que hoy soy sellado en el poder de tu Espíritu Santo como hijo de Dios.
Declaro y me comprometo a sólo depender de Ti y Tus Promesas. Decido andar en plena obediencia para santificar tu Nombre.

¡Bendito seas en el Nombre de Yeshúa!

AMÉN.


¡Gracias y Paz para tu vida!

Si te atreviste a rezar esta oración, te pido una cosa más, que te comuniques conmigo y me lo hagas saber a fin de estar todos los días intercediendo por ti.

Escríbeme a este enlace de CONTACTO:

Oración para Evitar Hablar Mal (Lashón Hará).

Amo del Mundo: te pido de todo corazón que me ayudes hoy y cada día de mi vida a cuidar mi boca y mi lengua de no tropezar con hablar palabras prohibidas o de caer en lashón hará y chismerío.

Que pueda cuidarme de hablar incluso de algún particular, más aún cuidarme de hablar acusación alguna sobre el Pueblo de Israel, que es un grave pecado.

Señor del mundo, creaste mis oídos para escuchar palabras sagradas y palabras de Torah (Instrucción) divina. Sería una lástima que los impurifique escuchando palabras infames (lashón hará), palabras prohibidas y palabras vanas.

He aquí que me arrepiento por todo lo malo que he hablado y te pido que me ayudes a cuidarme a mí mismo de escuchar cosas que no correspondan.

Con mayor razón que pueda cuidarme a mí mismo de no estar en los lugares en donde se hablan cosas incorrectas.

Y que todo lo que mis oídos hayan escuchado contra tu voluntad, ayúdame para que me olvide de ellas completamente.

Dame el mérito de que mis oídos no escuchen ni siquiera en forma casual o sin intención cosas que no correspondan y que sólo escuchen cosas de tus mandamientos llenos de luz y amor.

En los méritos de Yeshúa El Ungido. Amén.


Encontrado en WhatsApp (como siempre en esta red: ANÓNIMO)

El Significado Ético del Ayuno

Autor: ANÓNIMO

La persona que esta económicamente solvente, por lo general tiene un exceso de alimentos, y rara vez experimenta lo que es padecer hambre o necesidad.

Cuando ayunamos, sentimos en carne propia el dolor de billones de seres humanos que no tienen nada que comer. Esto nos permite entender su sufrimiento, y nos lleva a identificarnos con ellos, motivándonos así a cumplir con el mandamiento de proveer para aquellos que sufren y están necesitados.

Esto agrada grandemente al Creador, quien ha prometido bendecir a quienes así actúan:

¿No es más bien el ayuno que yo escogí…. QUE PARTAS TU PAN CON EL HAMBRIENTO, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano?
Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto; e irá tu justicia delante de ti, y la gloria del Señor será tu retaguardia
– Isaías 58:6-8.

Así, quien ayuna, no solamente quema (sacrifica) grasa de su cuerpo (tipificada en la grasa de animales ofrecidos en el Templo), sino que quema también grasa de su alma (negándose a engordar su propio ego). Y esto ultimo, nos da la salud espiritual que necesitamos para hacer la jornada al Olam HaVá.

Anónimo.

Juzgar… ¿Es Pecado o No?

Por P.A. David Nesher

No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio con que juzgareis seréis juzgados y con la medida con que midiereis se os medirá. ¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo? ¿O cómo osas decir a tu hermano: Deja que te quite la paja del ojo, teniendo tú una viga en el tuyo? Hipócrita, quita primero la viga de tu ojo y entonces verás de quitar la paja del ojo de tu hermano. –

(Mateo 7: 1-5)

Caminando en la fe, y específicamente en los ámbitos dogmáticos, me acostumbré a escuchar con frecuencia a muchos “creyentes” decir cosas como “juzgar es pecado” y “solo Dios puede juzgarme”. Así también, cada vez que escuchaba esto, me pregunté: ¿Eso es cierto? Así pues al llegar al conocimiento de la Verdad, mis cuestiones se aumentaron: ¿Qué enseña la Torah sobre juzgar?

En las regiones babilónicas, los versículos claves que algunas personas usan para afirmar que no debemos juzgar a otros, se encuentran en el relato del Sermón Del Monte, especialmente el siguiente:

No juzguéis para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados; y con la medida con que midáis, se os medirá
(Mateo 7: 1-2).

Al leer este versículo a la luz del contexto escritural se hace claro que Yeshúa condena la hipocresía. Él está diciéndonos que debemos mirarnos a nosotros mismos antes de juzgar a los demás. Yeshúa nos habla de sacarnos la viga de nuestro ojo antes de sacar la mota del ojo de alguien más. Pero, ahora viene los más interesante de la enseñanza del Mesías, que la religión no ha permitido observar: el Maestro está diciendo que no está mal sacar la mota del ojo de los demás sin ser hipócritas. En otras palabras, Yeshúa enseñan que no es pecado juzgar cuando no somos hipócritas. De hecho, es algo correcto, que sí o sí se debe realizar.

Es decir, que si veo que mi hermano está mal, en algo que lo aparta de la Torah (Instrucción) del Eterno, yo tendría que odiarlo mucho para callar y no buscar ayudarlo, ¿no crees? O sea que para el Maestro, consentir el pecado en los demás no es amar.

El apóstol Pablo escribiéndole a los discípulos residente de Roma, les dijo una palabras que lamentablemente se han convertido en otro de los pasajes que muchos religiosos usan para decir que juzgar es malo:

Por lo cual no tienes excusa, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas, pues al juzgar a otro [las personas que el apóstol menciona en el capítulo anterior], a ti mismo te condenas, porque tú que juzgas practicas las mismas cosas”.
(Romanos 2:1)

La hipocresía es la clave aquí. Si miramos las palabras de Yeshúa en Mateo cap. 7, y las comparamos con las palabras del apóstol Pablo en Romanos 2, todo el pasaje contra juzgar empieza a tener mucho más sentido. ¡Yeshúa condena la hipocresía! Lo hizo tantas veces en su ministerio. No está condenando el juzgar en sí mismo. Más bien, está condenando la siempre popular práctica de condenar a los demás por algo que tú mismo haces. Usted hipócrita, primero tome la viga de su propio ojo, y luego podrá ver con claridad para sacar la paja del ojo de su hermano. En otras palabras, usted puede hacer un juicio sobre otra persona, siempre que compruebe primero, y se asegure de que no esté haciendo exactamente lo mismo. Pero espera, hay más.

Así también al considerar la condena apostólica notamos que se sigue sujetando al yugo del Mesías, es decir que Pablo está condenando de nuevo a la hipocresía, no el juzgar como tal. De hecho, si somos sinceros al leer aceptaremos que allí Pablo está juzgando a la gente que juzga injustamente, lleno de hipocresía, a otros.

Entonces, ¿Cuál es la Forma Correcta de Juzgar?

No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio.”
(Juan 7:24).

Nos encontramos entonces que en el Evangelio de Mateo, Yeshúa nos dice que no juzguemos. Pero al llegar a estudiar el Evangelio de Juan, Él mismo nos dice específicamente: ¡Juzgar, y juzgar con justicia! ¿Qué más da? ¿Juzgar o no juzgar? Esa es la pregunta. ¿O es que Yeshúa se contradice a sí mismo?

Si prestamos atención, notaremos que el pasaje del evangelio de Juan deja claro que no debemos juzgar según la apariencia. En otras palabras, no debemos hacer juicios basados en información insuficiente.

El apóstol Pablo explica esto en su primera epístola a Timoteo, al escribir:

“Los pecados de algunos hombres, unos son manifiestos aun antes de ser juzgados, otros sólo después de juzgados. Así las obras buenas, unas son manifiestas; las que no lo son no podrán permanecer ocultas.” —
(1 Timoteo 5. 24-25)

En otras palabras, el apóstol Pablo advierte que a veces las cosas no siempre son como parecen. La gente puede esconder sus pecados, pero no puede esconderlos para siempre. Así como las buenas acciones se revelarán a la larga, también lo serán los pecados de la gente. Tarde o temprano la verdad nos alcanza a todos. Así que no debemos juzgar prematuramente, o con información insuficiente. Sin embargo, todavía, aún se nos exhorta a juzgar, tanto por Yeshúa HaMashiaj, como por Pablo.

De este modo solo sabemos que podemos juzgar, pero debemos juzgar con justicia, no prematuramente o con información insuficiente. Entonces, ¿de qué estaba hablando Yeshúa en el evangelio de Mateo cuando nos dijo que no juzgaran en absoluto?

Primero, diré que el Espíritu de la profecía enseña, por medio de nuestro Maestro, que debemos ser justos. Yeshúa ordenó:

No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio.”
(Juan 7:24).

Segundo, si vamos a juzgar a otros, debe ser siempre en amor, sin hipocresía y llamando a las personas al ejercicio de la teshuvah (arrepentimiento).

Eso lo podemos leer en varios pasajes del Brit Hajadashá (Pacto Renovado):

Hermanos, aun si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.”
(Gálatas 6:1).

Hermanos míos, si alguno de entre vosotros se extravía de la verdad y alguno le hace volver, sepa que el que hace volver a un pecador del error de su camino salvará su alma de muerte, y cubrirá multitud de pecados
(Santiago 5:19-20, luego de que en el capítulo anterior se condenara en los versos 11-12 el juzgar mal)

Así que claramente Yeshúa NO prohibió  juzgar todo, y por eso las primeras comunidades vivían en el ejercicio de realizar justo juicio. Una vez más, leer al apóstol Pablo nos ayudará a aclarar esto:

No comulguéis con las obras infructuosas de las tinieblas; antes bien, ponedlas en evidencia. ” 
(Efesios 5: 11)

Explícitamente la exhortación apostólica le dice a los discípulos de Yeshúa que “exhiban” las obras de la oscuridad. ¿Qué más podría querer decir con esto señalar cuando otros están haciendo algo mal? ¿Qué otra cosa podía significar sino juzgar?

De hecho, eso es exactamente lo que el mensaje apostólico está exponiendo. Ciertamente podemos juzgar, y debemos juzgar, pero cuando lo hacemos debemos juzgar las acciones no las personas. Así que volvamos a considerar las palabras de Yeshúa en Juan, y comparémoslas con lo que la Torah tiene que decir sobre el mismo tema:

No juzguéis según la apariencia. Juzgad con juicio justo.
Juan 7, 24

Siendo juez no hagas injusticia, ni por favor del pobre, ni por respeto al grande: con justicia juzgarás a tu prójimo.” –
Levítico 19, 15

Notamos aquí como tanto Yeshúa, el Verbo divino hecho carne, como el Espíritu de la Torah, nos dicen que juzguemos. Pero ambos son muy específicos sobre el tipo de juicio que se nos permite hacer. Podemos ver la consistencia total en el enfoque, y nos da un gran contexto.

Cuando juzgamos, debemos juzgar las acciones de la gente (sus pecados o buenas obras), pero no podemos juzgar el alma de la persona, ni su estado en la vida, los antecedentes, la herencia, etc. Y es que no podemos saber lo que realmente está sucediendo en el corazón de un ser humano. La gente suele hacer cosas malas por razones que no son evidentes. Muchas veces hay más dentro de una persona de lo que podemos ver.

Debemos juzgar la acción como errónea (pecado), pero al mismo tiempo, no debemos juzgar el alma de la persona que lo hace. No podemos saber lo que realmente está sucediendo dentro de su corazón y su mente. No siempre podemos saber qué clase de circunstancias horribles podrían haber llevado a este mal acto (pecado). Nosotros juzgamos el acto, pero no al hombre o a la mujer haciéndolo.

Por ende aquí está el meollo de todo este asunto. Cuando en el “no juzgar” el creyente dogmático dice “no juzgues”, debe ser corregido en el contexto de la mentalidad hebrea de las Sagradas Escrituras. Lo que Yesháu realmente dijo fue “no juzgues hipócritamente”, más bien “juzga con justicia”.

Sé que, a pesar de que hasta aquí las Sagradas Escrituras han demostrado la verdad de este asunto, estoy seguro que algunos de ustedes dirán “pasa que cuando juzgamos a las personas no tenemos tiempo para amarlas“. Sin embargo, ¡Yeshúa enseñó que juzgar bien es parte de amar de verdad! Y es que las personas que aman dicen la verdad y se confrontan con los mitzvot de Abba nuestro, para también confrontar a sus hermanos y hermanas con los mismos.

Si leemos con una mente abierta el texto del Evangelio, descubriremos que casi al final del Sermón del Monte, Yeshúa mismo advierte con juicio severo sobre los falsos profetas. Entonces, debemos aceptar que sus enseñanzas dan por sentado que es necesario juzgar bien y con sabiduría (Mateo 7:15-23).

Más aún, Yeshúa felicita en el libro de Revelaciones (Apocalipsis) a la comunidad en Éfeso por haber juzgado y sacado de entre ellos a los falsos maestros, y en el mismo capítulo regaña a la comunidad en Pérgamo por no haber hecho lo mismo (2: 2; vv.14 -15).

Además, en el Brit Hajadashá (Pacto Renovado) también podemos ver cómo en la segunda epístola a Timoteo, el apósto Pablo, le escribe a su hijo apostólico, como juzgar con discernimiento a la clase de personas con las que no debemos juntarnos (2 Timoteo 3), y en esa misma carta instruye a Timoteo en la importancia de corregir y reprender lo que esté mal (2 Timoteo 4:1-5).

Juzgar justamente es Crucial y parte de amar a la Comunidad.

Buscando entonces una conclusión, yo diría que aquellos creyentes dogmáticos que se aferran a “no juzgar, para que no seáis juzgados“, para condenar a los que denuncian el error, deben leer todo el capítulo 7 (y el Sermón del Monte todo), e investigar el contexto cultural hebreo desde el que Yeshúa enseñaba.

Cité más arriba que Yeshúa dijo:

Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas …” (v. 15).

Yo pregunto: ¿Cómo podemos conocer a los falsos profetas? Juzgándolo con la Palabra del Eterno, que es la Torah (Instrucción). Entonces vuelvo a cuestionar: si ya conocemos los falsos profetas, ¿cómo podemos dejar que las ovejas se dejen engañar de estos “lobos rapaces?” A lo largo del Tanak (lo que los dogmáticos llaman equivocadamente Antiguo Testamento) encontramos pruebas de que los falsos profetas deben ser identificados y expuestos a fin de evitar la apostasía del Pueblo escogido.

Entonces, citaré para terminar de nuevo lo que el Maestro enseñó con respecto a nuestra misión de juzgar:

No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio.”
(Juan 7:24).

Aquí, Yeshúa manda que debemos “juzgar con justo juicio“. Ya quedamos de acuerdo que, de acuerdo a las revelaciones escriturales, el juicio justo es basado en la Palabra del Eterno, es decir la Torah. Por lo tanto, si el juicio se hace en cualquier otra base, que no sea Palabra de nuestro Abba, es una violación de lo expresado en el Evangelio de Mateo (7: 1).

Es hora de aceptar que “la Iglesia de lo Agradable” que en el último lustro ha aflorado por las naciones es peligrosa, porque al final no hay límite en la cantidad de mal que puede justificarse bajo el lema de “no juzgar”.

Del mismo modo, la consigna con apariencia de piedad que desde esta mentalidad se produce de “sé agradable” es igualmente perniciosa, porque invoca la idea de que no debemos enfrentar nunca a nadie por nada. Invita a la idea de que tenemos que poner una carita sonriente falsa, fingir que todo está bien cuando no lo está, y dejar que nuestro compañero de batalla en la fe cometa suicidio espiritual, persistiendo sin arrepentimiento en su pecado hasta su muerte.

En otras palabras, juzguemos el pecado pero no al pecador. Juzguemos el acto pero no al actor. Juzguemos lo que está mal, pero no al malhechor.

¡Así que no es “no juzgar y ser agradable”, sino “juzgar con justicia y ser misericordioso” tal como lo pide nuestro Creador!

¿Para Qué Existe un Hijo de Dios?

El propósito de nuestra existencia, es comprometernos con hacer el bien a fin de promocionar todo lo creado desde los planos físicos a los ámbitos metafísicos de la Luz Infinita.

¿Por que?

Pues porque el ser humano es un árbol, que ha sido plantado por Yahvéh en el huerto que es Su Mundo.

¡El Sembrador quiere que su árbol produzca buenos frutos!

Las Sagradas Escrituras revelan en su mensaje este propósito profético:

“El árbol que viste… tu mismo eres oh rey…por tanto… tus pecados redime con justicia; y tus iniquidades, haciendo misericordias para con los oprimidos”

(Daniel 4:20-27)

Por eso el sabio rey Salomón escribió:

“…el fruto del justo (sus obras de justicia, de misericordia, y de humildad) es árbol de vida …”

(Proverbios 11:30)

Y también los profetas preexílicos exhortaban a Israel en su mensaje usando esta analogía:

“… y serán (los justos) llamados “arboles de justicia”, “plantío del Señor”, para gloria suya”

( Isaías 61:3)

Bajo este manto profético Juan el Bautista, para preparar el Camino de nuestro Mesías, proclamaba en su mensaje:

“Ahora mismo el hacha del juicio de Dios está lista para cortar las raíces de los árboles. Así es, todo árbol que no produzca buenos frutos será cortado y arrojado al fuego.”

(Mateo 3: 10)

Por eso, nuestro amado Mesías y Maestro dejó asentado en Su Yugo vocacional como los discípulos del Camino se destacaría como árboles buenos según sus frutos:

 

“Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos.

Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado al fuego.

Así que, por sus frutos los conoceréis.”

(Mateo 7: 18 -20)

La Navaja del Eterno y nuestra dedicación cotidiana.

Por P.A. David Nesher

“También Yahvéh hablo a Moisés, diciendo: Toma a los levitas de entre los hijos de Israel, y haz expiación por ellos. Así harás expiación por ellos: Rocía sobre ellos el agua de la expiación, y haz pasar la navaja sobre todo su cuerpo, y lavarán sus vestidos, y serán purificados.”

(Números / BaMidbar 8: 1-5)

En en el rollo de Vayikrá, (llamado profanamente Levítico),  nos encontramos con esta era la dedicación de los Levitas (capítulos 8 y 9). Allí estuvimos estudiando como dicho evento está lleno de códigos para entender la receta divina del entusiasmo. La Torah nos deja en claor que los sacerdotes tenían un servicio más espiritual, orientado específicamente a las esferas celestes y su interacción con lo humano y terrenal. Pero, para que dicha tarea fuera efectiva, sin estorbo alguno, era necesario dedicar a los levitas elevándolos hacía el Señor a fin de servir perfectamente las necesidades terrenales que se presentaran en el Mishkán y su dinámica sacerdotal. Con esta dedicación, nuestras mentes decodifican rápidamente la comprensión de que en la vida, incluso el servicio práctico, necesita un corazón de dedicación y consagración al Señor.

 

Rocía sobre ellos el agua de la expiación”, indicó el Eterno a Moisés. Con esta limpieza ceremonial se estaba representando la limpieza profética del pecado que realizaría el Mesías, en su obra redentora. Era parte del nuevo pacto descrito por el profeta Ezequiel:

“Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados.”

(Ezequiel 36:25)

“Haz pasar la navaja sobre todo su cuerpo”. Recordemos que este también era un mandato en la ceremonia para la purificación de un leproso (Levítico 14:9). La navaja representa la Torah que pasa por la carne o el yetser hará (tendencia al mal), y nos prepara parar poder servir al Eterno de manera eficaz.

Teniendo en cuenta esta ceremonia, la enseñanza apostólica fluirá asegurando su significado simbólico al escribir:

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos…”

(Hebreos 4:12)

En su segunda epístola a Timoteo el apóstol Pablo, valorando el código escondido en esta ceremonia de dedicación levítica, escribió:

“Toda Escritura inspirada por Dios es útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra.”

(2 Timoteo 3:16-17)

La idea siempre fue bien clara en toda mente y corazón redimido: es necesario un nuevo inicio en la vida para que el Camino de propósito se manifieste. El ser humano necesita ser hecho como un bebe todo otra vez. Es decir, todo ser humano debe nacer de nuevo si quier ver y entrar en el Reino de Dios (Juan 3: 3-5).

 

Por ello, convendrá a nuestro corazón apreciar el obrar de la gracia divina en nuestra vida desde los inicios de nuestra propia historia de fe. Les pido a cada uno de ustedes, que valore el nuevo nacimiento que experimentaron en el Mesías y se dispongan una vez más a dejar que Su Santo Espíritu trabaje en ustedes contra el yetser hará (la carne y sus obras).

 

La Instrucción (Torah) del Eterno, puede penetrar hasta lo más íntimo de tu vida y encontrar allí las cosas malas que ni tú aún sabías que existían escondidas en tu inconsciente. Esta es la razón por la cual el apóstol Juan dice en su primera carta: “. . . mas si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús, el Cristo su Hijo nos limpia de todo pecado.” (capítulo 1, versículo 7). Figurativamente hablando, necesitas pasar aquella navaja afilada sobre las distintas áreas de tu vida. ¿O es que crees no tener ninguna mancha? Tendrías pues, que asegurarte tener a mano esa navaja, es decir, que debes proponerte utilizar la Instrucción divina, considerándola en su porción (parashá) semanal.  La Torah es Luz, pero también es una navaja cortante.

 

¿Has dejado HOY que la navaja pase sobre toda tu carne?

 

¡MEDITA EN LA TORAH DE DÍA Y DE NOCHE Y PALPARÁS LAS BIENAVENTURANZAS!

 

 

 

¿Quién es el Prójimo según Yahvéh y Su Mesías?

Por P.A David Nesher 

No odiarás a tu compatriota en tu corazón; podrás ciertamente reprender a tu prójimo, pero no incurrirás en pecado a causa de él. No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo; yo soy el SEÑOR“.

(Levítico/ Vayikrá 19:17,18)

 

Hoy, en mi cuenta de Twitter, publiqué el siguiente paradigma existencial:

El ser humano no puede hallarse verdaderamente a sí mismo en el amor, si en el amor no ha hallado antes al “tú” del prójimo.

El mismo surgió en mi corazón, al estar en este Shabat, meditando en el capítulo diecinueve del libro Vayikrá (Levítico).

 

El principio fundamental de la fe de Israel se encuentra vibrando en este texto de siete palabras: amar al prójimo como a sí mismo. Aquí se encuentra el mandamiento número dos en importancia en toda la Torah, y nuestro Mashiaj marcó claramente cuando fue increpado acerca de cuál era el mayor mandamiento:

 

“Cuando uno de los escribas se acercó, los oyó discutir, y reconociendo que les había contestado bien, le preguntó: ¿Cuál mandamiento es el más importante de todos? Yeshúa respondió: El más importante es: “ESCUCHA, ISRAEL; HASHEM NUESTRO DIOS, HASHEM UNO ES; Y AMARÁS A HASHEM TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN, Y CON TODA TU ALMA, Y CON TODA TU MENTE, Y CON TODA TU FUERZA.” El segundo es éste: “AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO.” No hay otro mandamiento mayor que éstos.”

(Marcos 12:28-31)

 

Cuatro términos diferentes que definen otras personas aparecen en estos dos versículos de Vayikrá que hoy encabezan nuestro estudio. Esas cuatro expresiones son:

  • Compatriota (v. 17) – aj, אח – literalmente “hermano”
  • Prójimo (v. 17) – amit, עמית  – compañero
  • Hijo del pueblo (v. 18) – ben am, בן עם
  • Prójimo (v. 18) – rea, רע

Los cuatro son utilizados en estos versículos como sinónimos. Es decir que están siendo tratados con una mentalidad que les otorga el mismo significado. Surge la pregunta si solamente se refieren a los israelitas o a todas las personas del mundo.

 

La respuesta encontramos en otros textos que consideraré con ustedes a continuación:

 

Y ciertamente pediré cuenta de la sangre de vuestras vidas; de todo animal la demandaré. Y de todo hombre, del hermano de todo hombre demandaré la vida del hombre.”

(Génesis 9:5)

 

“Y Jacob dijo a los pastores: Hermanos míos, ¿de dónde sois? Y ellos dijeron: Somos de Harán.”

(Génesis 24:4)

En estos dos textos es usada la palabra aj – hermano – cuando se refiere de la relación entre cualquier tipo de hombres. En el primer caso se habla de que todos los hijos de Noaj son hermanos. Por lo tanto, según la Torah todos los seres humanos de la Tierra son hermanos .

En el segundo texto nuestro padre Yaakov dice “hermanos” a unos pastores idólatras que no tenían ningún parentesco con él ni compartían su nacionalidad.

De los cuatro términos que estamos considerando aquí, aj es el que más exclusividad podía expresar, porque, según la Instrucción (Torah), para el Eterno un hermano es el prójimo más cercano que tenemos. Sin embargo, es precisamente ese término que la Torah usa para decir que todos los hijos de Noaj son familia y que Yaakov usó para hablar con gente extraña.

Entonces usando la primera ley de interpretación de las Escrituraskal vajomer  (nos permite aprehender una ley a partir de otra) – podemos decir que si el término aj – hermano – es usado de manera universal entre todos los hombres de la Tierra, ¡cuánto más el término rea – prójimo – tiene que incluir a todos los hombres y mujeres de la Tierra!

Al considerar lo que la Torah enseña entendemos que en esa cosmovisión el amor al prójimo no es solo sentimiento, sino también acción. Al examinar el contexto en el que se encuadra el mandato de Levítico 19 que exhorta a los siervos de Dios a amar al prójimo como a sí mismos, logramos comprender que esto es pura praxis. En ese capítulo leemos que los israelitas dejarían que los necesitados y los residentes forasteros recogieran parte de la cosecha. Además, no tolerarían el hurto, el engaño y la falsedad, ni tampoco el favoritismo en los juicios. Censurarían a quien actuara mal, pero sin olvidar esta advertencia: “No debes odiar a tu hermano en tu corazón”. Este mandamiento y muchos más se resumían en las palabras: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:9-11, 15, 17, 18).

La Torah nos enseña acerca del amor que debemos tener hacia los hijos de nuestro propio pueblo, y hacia el extranjero que habita entre nosotros, porque estas son las personas hacia las cuales podemos expresar nuestro amor de manera inmediata. No puedo mostrar amor al que no conozco. Los más allegados son los que pueden recibir mi amor, y tengo la responsabilidad de esforzarme para mostrarles amor a ellos de la misma manera que estoy haciendo conmigo mismo. Si amo a mi prójimo no le engaño ni tomo ventaja de él; soy cuidadoso con sus bienes como si fueran los míos, e incluso con más cuidado que con los míos; no le hago daño con mis palabras, sino que le hablo con respeto y hablo bien de él; no guardo mi alegría para mí mismo, sino la comparto con él y me alegro por su prosperidad como si fuera la mía; hago por él todo lo que a mí me hubiera gustado que me hiciera si yo hubiera estado en la misma situación.

Se trata de un amor universal, no limitado al grupo al cual uno pertenece .

Desafortunadamente, durante el ministerio terrenal del Mesías, muchos judíos tenían una estrecha definición sobre quien era su prójimo y solamente consideraban a sus amigos y compatriotas como prójimos. Sucedía que para ese entonces, desde la época de los Macabeos, los maestros judíos enseñaban que en la Torah términos como “amigo” y “prójimo” estaban reservados para los judíos, y que había que odiar a la gente de otros pueblos. Llegaban a decir que ser verdaderamente devoto exigía despreciar a quienes no lo eran. En tal ambiente era imposible extinguir el odio ya que había leña de sobra para alimentarlo. Estos maestros erróneamente enseñaban que en Vayikrá (Levítico 19:18) la expresión “tu prójimo” solamente hace referencia a “los hijos de tu pueblo”, es decir, está limitado a significar solamente los israelitas. Pero el versículo 34 (treinta y cuatro) muestra que la expresión “el prójimo”, según el Eterno, no está limitada a significar solamente los hijos de Israel sino también a los extranjeros:

“El extranjero que resida con vosotros os será como uno nacido entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto; yo soy HaShem vuestro Dios.”

(Levítico 19: 34)

Por ello, Yeshúa (Jesús) trato este asunto en el conocido Sermón del Monte. Él, al pautar sintéticamente los lineamientos fundamentales del Yugo que ofrecía a sus discípulos, dejó bien aclarado a quién hay que tratar con amor:

“Ustedes han oído que se dijo:

“Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo”.

Pero yo les digo:

Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos.”

(Mateo 5:43-45)

Con estas palabras, Yeshúa HaMashiaj destacó dos puntos:

  • Primero, que el Eterno trata con generosidad y bondad a buenos y malos, y
  • Segundo, que debemos copiar su ejemplo, tal y como Yeshúa mismo lo imitaba como Hijo.

Yeshúa nos ordena que amemos a nuestros enemigos (Lucas 6:27), y mostró que nuestro prójimo es aquel en necesidad, aunque por tradición fuera enemigo (Lucas 10:25-37). El mandamiento de amar a tu enemigo como a ti mismo es simple pero a menudo malinterpretado. Esto no significa que debemos de amarnos a nosotros mismos antes que podamos amar a alguien más; esto significa que en la misma manera que cuidamos de nosotros mismos, y estamos preocupados por nuestros propios intereses, debiéramos de cuidar y preocuparnos por los intereses de otros.

 

Este lineamiento del Yahvéh enseña que tú no puedes amar a otros si no te amas a ti mismo. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, ni más ni menos. No se puede amar al prójimo más que a sí mismo, sino en la misma medida. El que no se ama a sí mismo es incapaz de amar al prójimo. ¡Ámate a ti mismo, perdónate a ti mismo, habla bien de ti mismo, cuídate a ti mismo, y haz lo mismo con tu prójimo!

El amor al prójimo depende de cuánto hemos entendido del amor que el Padre tiene hacia nosotros , como está escrito:

 

“El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.”

(1 Juan 4:8)

 

El que no se ama a sí mismo no conoce a Dios. La fuente de nuestro amor es Dios. Cuanto más conozcamos a Dios, más vamos a poder amarnos a nosotros mismos y al prójimo:

“Nosotros amamos, porque Él nos amó primero.”

(1 Juan 4:19)

Sucede que ni el amor a sí mismo ni el amor al prójimo pueden alcanzar la profundidad que es necesaria para que sean duraderos y perfectos, si ambos no han buscado y descubierto su centro en el Eterno. Esta era la idea que palpitaba en el corazón de Agustín de Hipona cuando escribiera: “Sólo los que se aman en Dios, se aman rectamente. Por tanto, para amarse, es preciso amar a Dios“.

Nuestro amor depende de cuánto amor hayamos recibido del Eterno . Dicho con otras palabras, si cultivamos nuestra relación con Él, vamos a poder recibir su amor, y así poder amar al prójimo de la misma manera como hemos sido amados por el Padre .

El amor al prójimo nos ayuda a no cometer malas acciones, tal como mostró el apóstol Pablo:

“Pues los mandamientos dicen:

No cometas adulterio. No cometas asesinato. No robes. No codicies».

Estos y otros mandamientos semejantes se resumen en uno solo:

«Ama a tu prójimo como a ti mismo.”

(Romanos 13:9, 10)

Por todo esto,entendemos que los discípulos de Yeshúa de las comunidades del primer siglo entendía que el amor tiene que mostrarse en primer lugar a los más cercanos. El que no ama a su hermano que ha visto no puede amar al forastero que no ha visto. El amor empieza con los cercanos y se va extendiendo a todos los hombres:

“Por esta razón también, obrando con toda diligencia, añadid… a la piedad, fraternidad y a la fraternidad, amor.”

(2 Pedro 1:5, 7)

 

¿Qué luz arrojan estas palabras sobre este inciso: “como a ti mismo“? El ser humano mesiánico de nobles sentimientos ha de considerar el amor al prójimo tan importante, o digamos mejor, tan natural como lo es el amor de sí mismo; el amor fraterno ha de ser como una segunda naturaleza. Pero tengamos siempre presente que la última medida del amor al prójimo no ha de ser el simple amor natural de sí mismo, por más noble que lo supongamos; esa medida es el santo amor de sí mismo en Dios. Ese amor es posible gracias al ejemplo del Mesías Yeshúa y a su muerte redentora, y consiste en amarnos con el mismo amor que Yahvéh nos profesa, en co-amarnos con Dios. En suma, la última medida del amor al prójimo no es el amor a nosotros mismos, porque ambos amores han de medirse por el amor que Yeshúa HaMashiaj nos profesa.

 

¡Ama a tu prójimo como a ti mismo!

La Unidad de Abajo atrae a la Unidad de Arriba (Tablas del Mishkán)

“… Las cuales se unirán desde abajo, y asimismo se juntarán por su alto con un gozne. Así será con las otras dos; serán para las dos esquinas…”

(Éxodo 26:24)

La palabra Tabernáculo se traduce de los términos hebreos ojel que significa “tienda”; y mishkán que significa “morada”. Precisamente eso es lo que era, una tienda como las que habitaban los israelitas pero con un diseño especial y para un propósito específico. El tabernáculo fue el santuario móvil construido por los Israelitas durante su peregrinar por el desierto. Tenía una forma rectangular y toda su construcción fue dirigida por el Eterno, quien le mostró a Moshé, aparentemente por medio de visiones, “el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus utensilios” (Éxodo 25:9).

Los materiales, las medidas, las decoraciones, etc., todo se hizo conforme a lo que el Señor pidió.

El recinto del tabernáculo tenía trece metros y medio de norte a sur. El material básico de construcción era madera de acacia, fácil de obtener en la península de Sinaí. Las paredes de cuarenta y ocho tablas (5 m. de altura y un poco más de 0,50 m.), estaban recubiertas por láminas de oro y las sostenían cuarenta basas de plata en los costados y dieciséis en los otros dos lados.

¿Qué simbolizan las tablas?

Aquí necesitamos recordar que en las Sagradas Escrituras los seres humanos, en especial los justos (en hebreo tzadikim), son comparados con árboles (Salmo 92:12). Con esto en nuestra mente podemos hacer la asociación entre las tablas de madera en el tabernáculo y los justos que componen la congregación del Eterno.

Al leer el versículo que nos ocupa encontramos que las tablas tenían que estar juntadas desde abajo y también unidas por arriba. Deben ustedes saber que el texto hebreo utiliza dos palabras diferentes para hablar de la unidad abajo y la de arriba:

  • Cuando habla de la unidad de abajo dice juntadas (hebreo toamim, con alef y sin yud), y
  • cuando habla de la unidad arriba dice completadas (tamim, sin alef y con yud).

Así, y rápidamente, pareciera que las dos palabras hablaran de lo mismo. Pero debemos entender que el hecho de que la Torah usa dos palabras diferentes indica que, de acuerdo con la cosmovisión del Eterno, existen dos tipos de unidad, una abajo y otra arriba.

En el idioma hebreo la palabra utilizada para la unidad de arriba es la que las Escrituras usan para la perfección, ser completo en íntegro. Se trata de una perfecta unidad que manifiesta la plenitud de propósito.

Sabemos que la letra alef (א) tiene el valor numérico 1 (uno) y la letra yud (י) tiene el valor numérico 10 (diez). Esto nos revela que la unidad que hay arriba, con yud, es diez veces más fuerte que la de abajo con alef.

En este versículo, la unidad de abajo es mencionada antes de la unidad de arriba, lo cual nos enseña que si logramos unirnos abajo en la tierra, aunque no sea una unidad perfecta, la influencia y la unidad que esto trae en el cielo es perfecta. Esto es conocido en las dimensiones metafísicas como la Ley espiritual del Acuerdo. A esto se refería Yeshúa cuando dijo:

Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos.

(Mateo 18: 19)

Otra vez el relato de la construcción del tabernáculo nos enseña la importancia de que los justos se unan para que el Eterno pueda morar entre nosotros, respaldando con su poder todo lo que unánimes declaramos por fe en Su Nombre.

Anhelo que el Eterno nos ayude a unirnos para ser Su Templo santo en el mismo Espíritu (unción) que fue dado al Mesías.

Ser un Imitador del Mesías

Autor: Moisés Franco

En el mes lunar de Adar, el número doce del calendario hebreo, el Eterno Dios nos da consignas clave: alegrarnos por la belleza que surge de nuestro interior en propósito y en esa alegría y por medio de ella ser imitadores del Mesías.

Es decir, ser personas que representen a YAHVÉH, el Verdadero Dios, aquí en la tierra y que trabajen junto a Él para hacer volver al mundo a su diseño original. Como lo declaró en el Sinaí, ser un reino de sacerdotes, una nación santa. Es decir, gente apartada del pecado para un fin especial (eso es ser santo) que se deja capacitar por Su instrucción para reinar, traer orden a la Tierra.

Esto mismo es lo que hizo Jesús (Yeshúa en su forma original), porque fue el Cristo, que en hebreo se dice “Mashiaj” (español Mesías) y significa “ungido”. Esto significa “ser capacitado” para transformar la realidad conforme al propósito y voluntad del Dios de Amor.

Según Efesios 4:11-16 toda persona que conforma la Iglesia de Cristo está llamada a ser parte de un cuerpo que es en todo como su cabeza. Un cuerpo que trabaja en sintonía con las directivas y mentalidad de quien lo domina y que manifiesta su poder en la creación.

La pregunta es ¿cómo llegamos a eso? El Señor a través de Su Espíritu Santo nos da esa respuesta en el mismo pasaje antes citado:

“Él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros, a fin de capacitar al pueblo de Dios para la obra de servicio, para edificar el cuerpo de Cristo.

De este modo, todos llegaremos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a una humanidad perfecta que se conforme a la plena estatura de Cristo.

Así ya no seremos niños, zarandeados por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de enseñanza y por la astucia y los artificios de quienes emplean artimañas engañosas.

Más bien, al vivir la verdad con amor, creceremos hasta ser en todo como aquel que es la cabeza, es decir, Cristo.

Por su acción todo el cuerpo crece y se edifica en amor, sostenido y ajustado por todos los ligamentos, según la actividad propia de cada miembro”.     

(Ef. 4:11-16, versión NVI)

 

La respuesta indica dos fundamentos elementales e interdependientes (es decir, que se necesitan mutuamente):

  • La instrucción del Eterno (torah en hebreo y mal traducida como “ley”) administrada por los cuatro ministerios que Él constituyó (apóstoles, profetas, evangelistas y pastores maestros). Cabe destacar que las Sagradas Escrituran hablan de que fueron constituidos cuatro tipos de hombres “dones” con el objetivo de “capacitar al pueblo de Dios para la obra de servicio, para edificar el cuerpo de Cristo”. Es decir que se necesitan esos cuatro tipos de seres humanos entregados como regalo a la iglesia para poder edificar el cuerpo mesiánico que el Eterno quiere, cuatro y no menos, como muchos afirman al negar por ejemplo la existencia de apóstoles y profetas en los tiempos actuales (que dicho sea de paso carecen de fundamentos bíblicos para sostener este error).
  • El Amor perfecto, que es Dios mismo según la primera carta de Juan 4:8.

Entonces instrucción eterna administrada por los cuatro ministerios y sumergida en YAHVÉH (el Amor perfecto) conforman una humanidad que es “en todo como aquel que es la cabeza, es decir, Cristo.”

Si estamos de acuerdo en que esos dos elementos son necesarios para el cumplimiento del propósito eterno, cabe advertir sobre aquello que busca que eso se cumpla.

Obviamente que muchos dirán “las tinieblas” o “satanás”, y es válido pero hasta cierto punto. Si el Señor es dueño de todo e omnipotente, nada puede impedir el cumplimiento de su voluntad, el adversario no puede “oponerse a Él”, sino que se opone a los seres humanos haciendo que éstos sean quienes se rebelen contra el diseño original.

¿Cómo lo hace? Activando nuestra falsa imagen, el ego, o en lenguaje escritural la “carne” en nosotros. Para activar esto en nosotros el enemigo usa una estrategia descripta en el mismo capítulo de Efesios: los “pensamientos frívolos”, éstos son todos aquellos que no están relacionados con “las cosas de arriba” (Mt. 16:23) y que se describen en 1 Juan 2:16:

“Esto es lo malo del mundo: desear cosas sólo por complacer nuestras malas pasiones; dejarnos atraer por lo malo que vemos y sentirnos orgullosos de las cosas que tenemos. Pero nada de eso viene del Padre, sino del mundo.”  (versión PDT)

 

Por eso, para concluir, debemos ser imitadores de Cristo Jesús como las mismas Sagradas Escrituras nos exhortan en Efesios 5:1-2, de esa manera seremos en todo semejantes a Él. Para eso debemos dejarnos capacitar (ser ungidos, es decir mesías) a fin de tener la misma mente de Él: amor en servicio, descripta en   Filipenses 2:5-8:

“Piensen y actúen como Cristo Jesús. Esa es la misma manera de pensar que les estoy pidiendo que tengan. Cristo era como Dios en todo sentido, pero no se aprovechó de ser igual a Dios. Al contrario, él se quitó ese honor, aceptó hacerse un siervo y nacer como un ser humano. Al vivir como hombre, se humilló a sí mismo y fue obediente hasta el extremo de morir en la cruz” (versión PDT).

Cuando Muera quisiera que haya Aplausos.

[metaslider id=11714]Autor: Moisés Franco

(ACLARACIÓN: SI LO VAS A LEER, QUE SEA HASTA EL FINAL, SI NO HAY RIESGO DE MALA INTERPRETACIÓN).

Cuando muera quisiera que haya aplausos. Cuando muera quisiera, aunque no lo pueda ver,que la gente aplaudiera.

No es un complejo de inferioridad exacerbado, no es una culpa carcomiendo mi alma la que me hace pensar esto. Todo lo contrario, es uno de los sueños que más he anhelado.

No te confundas, no quiero mi muerte, pero tampoco le temo a ella. La considero una meta, un punto más en la vida al que seguramente lleguemos.

De hecho no le temo a la muerte porque la elegí y la elijo cada día. Sí, elijo morir desde que conocí la vida. Cuando renuncio a mis placeres efímeros por una causa más noble, una parte ajena a mí pero apegada a mi alma muere, y brota como agua desde mi interior una vida más despierta que un corazón de recién nacido dando su primer y enérgico grito de bienvenida a la creación.

No hablo de ser un altruista poético que termina siendo víctima de su propia libertad. Porque de hecho sólo me considero libre para ser esclavo, esclavo de mi misión.

Misión que no me autoasigné sino que desde un principio, desde antes que las estrellas iluminaran los cielos que esta noche ves, ya estaba.

Había algo denominado “propósito” que vibraba en la eternidad y dijo mi nombre. Un tiempo después, sólo el Eterno sabe con exactitud cuánto, él mismo volvió a susurrar ese inmenso código repleto de aventura y motivado por el Amor perfecto y lo sopló en el vientre de mi madre.

En medio de la profunda oscuridad del útero recientemente amado por mi padre, brilló la luz creadora, la misma que en un principio marcó la separación con las tinieblas, y en medio de un soplo tan elocuente como silencioso me dio existencia.

Desde ese momento, sin que yo tomara consciencia hasta muchos años después, se asentó su propósito en mí y se me dio una misión.

Más de trece años después, en los primeros días de febrero, el reconocimiento de esa luz me hizo despertar a la verdad, a la vida, y el propósito renació en mí. Había estado, como una semilla aguardando paciente, hasta que por fin la vida lo hizo emerger, atravesando mis circunstancias, todas ellas, había estado tranquilo esperando mi despertar.

Luego de eso una tormenta fuerte volteó al árbol recién nacido, y tardé años en permitirle y permitirme levantarlo. Pero Él, mi Papá por adopción, el que me impartió Su soplo, nunca se rindió, porque sabía que el propósito seguía existiendo, independientemente de mi obstinación por obviarlo. Y poco a poco, fue reordenando todo…

El saberse parte de un propósito mayor, eterno, perfecto, divino, resplandeciente e infinitamente bello, nos maravilla, nos enciende, nos da fuerzas y esperanzas.

Pero también nos compromete, nos moviliza, nos conflictúa, nos entrecruza, nos hace llorar, nos duele…Porque el despertar a la verdad nos hace reaccionar de que es mentira que nuestras decisiones sólo afectan nuestras vidas, al ser parte de un inmenso diseño todos tenemos una función en el mismo (y no con esto me hago amigo de los intelectuales adictos al status quo social) pero digo, somos más que individuos nacidos para golpearnos constantemente en la prueba y error del vivir “a nuestra manera”.

Día a día, al renunciar a mis voluntades individualistas, esas que este entorno confuso y retorcido me inculcó, subo un paso más en la escalera, mis raíces se hacen más profundas, me siento más vivo…

Por eso, el día en que muera quisiera que aplaudan abajo en la tierra y arriba en el cielo, sean audibles o no, realmente no me interesa mientras haya aplausos, fuertes y alegres, que digan sin palabras: “no ha sido en vano, su propósito ha cumplido”.

Si eso pasa, sólo si eso pasa, yo sé, y lo sé bien, que aunque este cascarón deje de respirar, mi esencia, lo que hice, dije y viví, latirá, latirá en generaciones que tal vez jamás conozca, pero latirá, burlando a la muerte y diciendo: “Sigue vivo porque supo vivir para morir”.

Creo que este mensaje, es lo único que a mis casi 25 años puedo legarle a mis generaciones, esas que aún no nacen pero que ya han sido vistas, en Su propósito. Lo que verdaderamente puedo darles, lo más valioso, es inculcarles un profundo deseo por buscar fervientemente descubrir para qué han sido traídos a este mundo por el Eterno. Para ello deberán saber que sólo hay un camino, ya no vivir nosotros sino Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida, en nuestras vidas.

Legarles el anhelo de que cuando mueran -si es que mueren- haya aplausos…Pero ojo, quiero aclarar y no es menor el dato, los aplausos, como dije al principio no los podré escuchar, por eso y porque verdaderamente es Él quien se lo merece, los aplausos son para mi Creador.

YHVH es su nombre y es el único que en verdad debe recibir esos y todos los aplausos y júbilos, porque ante una obra de arte maravillosa no se la aplaude a ella sino al artista que le trajo a existencia.

El Dios verdadero tiene una particularidad, que su obra tiene capacidad de decisión, por eso no siempre dan ganas de aplaudir todas las vidas, porque se alejan del diseño del artista. Pero cuando uno se deja moldear acorde a la intención del diseñador, ahí sí se hace admirable, pero una vez más aunque la obra sea admirable, los aplausos son para el Hacedor.

“Y ya sabemos que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien, a los que conforme al Propósito son llamados (a ser santos)”.

Romanos 8.28 (versión OSO).

La mitosis celular y la multiplicación de discípulos

La imagen que preside esta bitácora es maravillosa. Se trata de la mitosis vista bajo un microscopio de fluorescencia. Se aprecia en la foto el tiempo real de este proceso multiplicador celular y lo admirable de su dinámica.

Todos los organismos vivos utilizan la división celular, bien como mecanismo de reproducción o de crecimiento. Los seres unicelulares la utilizan la división celular para la reproducción y perpetuación de la especie, una célula se divide en dos células hijas genéticamente idénticas entre sí e idénticas a la original, manteniendo el número cromosómico y la identidad genética de la especie.

En organismos pluricelulares se convierte en un proceso cíclico destinado a la producción de múltiples células, todas idénticas entre sí, pero que posteriormente pueden derivar en una especialización y diferenciación dentro del individuo.

La célula es la unidad morfológica y fisiológica de los seres vivos, constituida por núcleo, centrosoma, citoplasma y cromosomas, y cada uno de estos elementos interviene en el proceso de multiplicación celular. En este proceso, el centrosoma se divide y los cromosomas aumentan buscando una nueva posición, la cual se da cuando el núcleo se rompe. Los núcleos son luego formados nuevamente con sus respectivos cromosomas. De esta manera, cada célula vive su etapa de multiplicación y el crecimiento es constante.

Ahora bien, este evento celular de todos los organismos vivos tiene mucho para enseñarnos acerca del organismo mesiánico que Yeshúa ha establecido aquí en la Tierra: la Iglesia, Su Cuerpo. Trasladando el concepto biológico al trabajo multiplicador de la Iglesia, desde el punto de vista espiritual, notamos grandes similitudes que orientan la base de crecimiento de la misma. El grupo pequeños de discípulos (la célula espiritual) constituye la más pequeña unidad de vida de la iglesia, es una asamblea de sabios en miniatura, la cual recibe alimento a partir de la Instrucción del Eterno (La Torah), crece y se multiplica.

Por demasiado tiempo, la religión latinoamericana ha sido dominada por la forma del cristianismo romano de la edad media. Éste ha determinado las pautas dominadas por las instituciones y el liderazgo jerárquico de los nicolaítas. Sin embargo, entendemos desde el testimonio escritural que la Iglesia del primer siglo creció muy rápidamente enfrentando dificultades aparentemente insuperables. Como una disciplina espiritual perseguida, no les era permitido reunirse públicamente. Sin embargo, todavía, esto no redujo la vida vital del Espíritu del Eterno obrando a través de las reuniones de los grupos de discipulado que misionaban en las casas. El libro de Hechos de los apóstoles nos instruye que las comunidades primigenias se reunían en pequeños grupos que desde las casas trastornaban y transformaban las ciudades.

Esta estructura estratégica de crecimiento, demuestra que en la mentalidad del liderazgo de aquellas comunidades estaba la conciencia de organismo vivo. Por ello, el formato celular de multiplicación se ve primero en la Iglesia de Jerusalén después de Pentecostés. El autor del libro de Hechos 2:46 declara: “Perseveraban unánimes cada día en el Templo, y partiendo el pan en las casas comían juntos con alegría y sencillez de corazón …” El concepto de las reuniones en los hogares y públicas es sustanciado por Pablo cuando dice en Hechos 20: 20: “Y cómo nada que fuera útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas.”. Al leer los libros del Nuevo Pacto sabemos que todas las menciones que se hace en ellos de una iglesia local o reunión, ya sea para la adoración o la comunión, es en realidad una referencia a un Cuerpo de creyentes conformados por aprendices que se reunían en casas.

Las iglesias de Asia os saludan. Aquila y Prisca, con la iglesia que está en su casa, os saludan mucho en el Señor. Saludad a los hermanos que están en Laodicea, y a Ninfas y a la iglesia, que está en su casa(1Corintios 16:19). Como apreciamos en estos saludos que el apóstol Pablo enviaba en las cartas a los corintios y a los colosenses respectivamente, menciona iglesias en sus casas, aunque lo hace solo en esos casos, en otros menciona solo saludos a la iglesia de tal o cual lugar, lo cual también puede ser indicativo de que en otros lugares tenían un espacio o local apropiado para reunirse.

Esa era la manera de predicar que mantuvieron los discípulos mesiánicos en el primer siglo y fue el método que entendieron que debían seguir, cuando su Maestro al despedirse de ellos tras su resurrección, les recordó: Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos” (Mateo 28:19). Tanto fue así que fueron rápidamente conocidos por esta obra que las autoridades espirituales de Jerusalén llegaron a decir que habían llenado la ciudad con su enseñanza, pues estaban en todas partes. Se registra en el libro de los Hechos lo siguiente: Y, tanto en el templo como por las casas, continuaron día tras día enseñando y proclamando que Jesús era el Mesías” (Hechos 5:42) Por eso se dice que en sus inicios, el movimiento del Camino, era sumamente proselitista y transformador, iban de casa en casa, de dos en dos, predicando a la gente y buscando discípulos para el Reino del Eterno.

Esta estructura de conciencia celular es la que debe renacer en las mentes de aquellos que pretenden traer gran efectividad a la verdadera reforma apostólico-profética que el Mesías está realizando hoy día.

Casi todo grupo evangélico moderno normalmente empezó en un humilde hogar, donde el grupo en cuestión se reunía, estudiaba y entonces se van extendiendo por el boca a boca. Las diferentes ramas de los husitas, los amositas, o los Hermanos moravos, mantuvieron por años la costumbre de reunirse en pequeños grupos, sin edificar templos. Así John Wesley y Withelfield animaron a sus seguidores a reunirse en casas particulares, a los que llamó “Círculos Santos”, estos pequeños órganos eran posteriormente unidos en grupos más grandes a medida que se hacían templos. Algunas comunidades amish, continúan rechazando el uso de iglesias y templos y mantienen la costumbre de reunirse en hogares, o en graneros.

La iglesia institucional tradicional en América Latina que se estableció hace quinientos años ha aumentado la separación entre el clero y los laicos, el espíritu propio del sectarismo nicolaíta que el mismo Mesías aborrece. Los que estaban más arriba realizaban varias ceremonias mientras los laicos quedaban sentados en silencio. Sin embargo, hoy día, en América Latina, se está despertando en la conciencia de los escogidos un nuevo aprecio por el sacerdocio universal de todos los creyentes (Apoc. 1:6; 1 Pedro 2:9;).

América Latina se está apartando de esos grilletes del pasado y está experimentando una vida plena de ministerio que involucra  a todos los redimidos en Su sangre preciosa. La iglesia en América Latina hoy tiene hambre para experimentar el cuerpo de Cristo por medio del uso de los dones que Dios ha concedido a todos los creyentes. La conciencia de multiplicación celular por mitosis proporciona las oportunidades emocionantes para que todos usen sus dones.

En base a las demandas espirituales de nuestro mundo actual, hay una gran necesidad de que el liderazgo que sirve a los santos del Mesías, tome su lugar en la historia.  Son muchas las almas humanas que hoy en día están comprendiendo que todo lo que el mundo puede ofrecerles no es nada comparado con la Gracia del Eterno y la vida sobreabundante que Yeshúa, el Mesías, ofrece para los seres humanos. Sin embargo, hay una batalla que pelear; una carrera que correr y una tierra prometida que conquistar.  Se requiere de esfuerzo humano y la ayuda divina para que las personas puedan venir a los pies de nuestro Amado y Dueño y reciban la justificación que Abba les ha preparado en Él.

Entendemos con absoluta claridad que el propósito eterno de Dios es llegar a tener una familia de muchos hijos semejantes a Yeshúa. Por lo tanto, no se trata solo de salvar gente del infierno, sino más bien de transformar la vida de cada nuevo creyente en un hijo del Eterno. Es decir, capacitar a cada santo para que sea maduro, pleno, conforme a la imagen de Yeshúa (Ver Ef. 1:4-5; Ro. 8:28-29; Ef. 4:11-16). Por lo tanto, todo lo que hacemos o decimos debe alinearse y contribuir con el propósito central del Reino de Dios. No es solo incorporar una metodología más, sino volver a los principios y al modelo de la Iglesia apostólica de los primeros siglos.

La conciencia celular del Cuerpo del Mesías proporciona una estructura flexible y dinámica para el cumplimiento de la Gran Comisión, ya que resulta imposible formar discípulos y conducirlos a madurez sólo utilizando la predicación expositiva típica del púlpito en el auditorio, una vez por semana, en una celebración general.

 

(Nota: Foto Vía: Scientific Illustration for the Research Scientist | somersault18:24)

¡No tengan miedo de ir contracorriente!… (Gen.E.S.)

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que esta en los cielos”.

Mateo 5:16

Vivimos en un contexto donde los conceptos anti-Torah son los que se imponen, al grado tal de legalizarse y de tener el respaldo de muchos gobiernos.

Es de esperarse que todo seguidor de Yeshúa que se oponga a estas practicas abominables, sera aborrecido y blanco de toda oposición; pero la verdad es que no se puede dejar de obedecer al Eterno Dios aunque los hombres lo impongan…

Entonces…
¿A quien obedeceremos?
¿A Dios o a los hombres?
Al igual que Pedro hemos de decir: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29).

¡Ustedes jóvenes son los primeros que deben ir contracorriente! ¡Adelante, sean valientes y vayan contracorriente!