Por Moisés Franco
4“Estos son los orígenes de los cielos y de la tierra cuando fueron creados, el día que YHVH Dios hizo la tierra y los cielos, 5 y toda planta del campo antes que fuese en la tierra, y toda hierba del campo antes que naciese; porque YHVH Dios aún no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre para que labrase la tierra”.
(Génesis 2:4-5)
A simple vista, este relato del Génesis puede parecer historia antigua, y para algunos, incluso mitológica.
Sin embargo, estas pocas líneas contienen un mensaje encriptado que puede cambiar la manera en que entiendes tu propia vida y al mundo entero.
La clave que el Espíritu Santo me permitió identificar está en la expresión: “ni había hombre para que labrase la tierra”.
Al detenernos veremos que la función del hombre identificada en este versículo es “labrar la tierra”.
Ahora, si aceptamos que los textos bíblicos no son primordialmente historia antigua, sino un manual de instrucciones para nuestra propia plenitud, entonces acá hay un código por descifrar.
Es que, si literalmente todos los seres humanos debiéramos labrar, quienes vivimos en las ciudades estaríamos en pecado. El Mesías mismo no era un labrador en el sentido estricto, pero sí en el código encriptado.
El servidor
La palabra traducida como labrar es el hebreo “abad”, que según el diccionario Strong significa: adorar; arar; culto; desempeñar; ministrar; servir; trabajar, entre otros.
Si lo pensamos así, todo ser humano puede servir y adorar de una u otra manera.
En hebreo cada letra tiene un significado en sí misma, por lo que si uno analiza el sentido de cada signo que conforma una palabra puede formar un mensaje mayor.
“Abad” se escribe así: עָבַד
A continuación, veremos qué representa cada letra (de derecha a izquierda):
עָ (ayín): ojo; visión (tanto física como espiritual).
בַ (bet): casa; por implicancia, creación.
ד (dalet): puerta; pobre o humilde.
Si unimos estos significados podemos formar un mensaje: “el hombre está llamado a ser alguien que enfoca su visión en la puerta de la casa”.
Seguramente esta declaración no te hace mucho sentido, pero te invito a seguir leyendo.
Ahora bien, una puerta es un elemento que permite o impide que alguien o algo entre a una casa y también permite o impide que algo o alguien salga de una casa.
Antes de continuar con esta idea quisiera que analicemos juntos la palabra “abad” desde otra técnica.
En hebreo cada letra no sólo tiene su propio significado, sino también un valor numérico. Al sumar cada cifra nos da el número equivalente a esa palabra.
En este caso:
עָ (ayín) = 70
בַ (bet) = 2
ד (dalet) = 4
עָבַד (abad) = 76
Pero podemos volver a sumar esas cifras (7+6 = 13)
¿De qué nos sirve saber esto?
Existe una disciplina ancestral de estudio de la Instrucción divina llamada gematría. Esta consiste en relacionar palabras o frases que tengan el mismo valor numérico para encontrar mayor profundidad de mensaje en los textos bíblicos.
En este sentido es que se afirma que la Torah (refiriéndose a los primeros cinco libros bíblicos, pero por extensión a todas las Sagradas Escrituras) no sólo es un texto sagrado, sino también codificado.
Volviendo a “abad”, 13 es también el equivalente a אַהֲבָה (ajabá), amor. Y también a אֶחַד (ejad), uno (de unidad).
Entendiendo esto, podemos ampliar el sentido de que el hombre vino a hacer “abad” a la tierra:
“Es aquel que pone su visión (ayín) en la puerta (dalet) de la casa (bet) para que no entre lo perverso, sino sólo bendición, y para que no salga caos sino armonía. Esto lo hace con humildad (dalet) sabiendo que no es el dueño de la creación (bet), lo hace en amor porque se ha hecho uno con el Eterno”.
Yeshúa, el modelo a seguir
“y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”. (Mateo 20:27-28)
Este pasaje es muy relevante dado que aquí el Mesías nos indica el paradigma de la fuente de verdadera autoridad: servir en amor dignificante del otro.
Esa fue la esencia de su ministerio (servicio) terrenal, por eso en la carta a los Filipenses dice que “siendo igual a Dios” tomó “forma de siervo” y fue hecho “semejante a los hombres” (2:6-7).
Ahora bien, quisiera que profundicemos en esa semejanza a los humanos.
Siendo que es el Hijo de Dios (Jn.3:16; Mt. 27:54 y otros), prefirió referirse a sí mismo como “el Hijo del Hombre”.
De hecho, 83 de las 84 veces que aparece esta expresión en los Escritos Mesiánicos (Nuevo Testamento), se refieren al Mesías.
Esta frase no fue un invento casual del Maestro, sino que es una referencia directa de lo que el profeta Daniel había mencionado más de cinco siglos antes:
“Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido”. (Dn. 7:13-14)
Entonces, podemos inferir que Yeshúa el Ungido se denominó a sí mismo como “el hijo del hombre” para identificarse con la profecía mesiánica de Daniel.
Pero hay una causa más. Como bien lo ha explicado el profeta y apóstol David Nesher, la expresión busca mostrarnos que todo lo que Él hizo no era sólo para que los demás lo adoraran, sino para ser el modelo a seguir de todo hombre.
El llamado de todo humano
De la mano de lo anterior quisiera citar la oración intercesora que hizo el Maestro por sus discípulos al final de su ministerio terrenal:
“Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno”. (Juan 17:20-22)
En esta preciosísima oración se destaca varias veces la palabra “uno”.
Jesús de Nazaret no era romano, era judío y hablaba hebreo. Por lo tanto, cuando dijo reiteradamente “uno” estaba pronunciando “ejad”.
Ejad equivale a 13, lo mismo que ajabá (amor) y abad (servir) en su forma reducida.
En síntesis, el llamado que nos hizo en ese momento y que el Espíritu Santo nos hace hoy es: “sean servidores en amor perfecto unidos al Padre”.
Esa ese el propósito divino para el ser humano, y la única forma en que los hombres le encuentren sentido a su propia existencia.
Por lo cual te invito a que, si hasta hoy no le has encontrado razón de ser a tu vida, que vuelvas en amor al Padre a través de Cristo y que le entregues tu vida dispuesto a ser un servidor del Amor Perfecto.
Moisés Franco *Pastor en Ministerio Monte Santo








