Primera aliyá de la parashá Vaetjanan
Por P.A. David Nesher
Saludos, amados buscadores de la Verdad y estudiosos de los códigos celestiales que revela la Torah (Instrucción) divina.
Al adentramos en el texto hebreo de la primera aliyá de la parashá Vaetjanan (Devarim/Deuteronomio 3:23 – 4:4), intuimos que no estamos leyendo un simple registro histórico o un diario de frustraciones Moisés. Más bien estamos ante una matriz revelacional que decodifica una de las tensiones existenciales más profundas del ser humano posmoderno: la lucha entre nuestra vulnerabilidad y el secreto espiritual para no ser devorados por el sistema.
Para nuestra generación postmoderna —una sociedad asfixiada por el agotamiento crónico, la autoexplotación y la liquidez de sus vínculos—, el diseño original de esta porción nos entrega dos antídotos estructurados en dos raíces hebreas fundamentales: חֵן – Jén (gracia) y Dabaq (דָּבַק en hebreo) que se traduce como apego.
Los pido permiso para guiarlos en esta amena, pero profunda, exégesis.
La Paradoja de Jén: desactivando la tiranía del mérito
El relato comienza con una confesión íntima de Moshé:
«Vaetjanan el YHVH…»
(Y supliqué al Eterno…).
Si hacemos un abordaje filológico, debemos saber que el verbo hitjanen (suplicar) deriva de la raíz Jén (חן), que denota «gracia«, «favor inmerecido» o «don gratuito«. Resulta paradójico y fascinante. Moshé, el líder que fue usado por el Eterno para fracturar el imperio de los faraones, entregar la Torah; quien que soportó la rebelión estructural de una nación en el desierto y que dialogaba con la Divinidad cara a cara, no exige entrar a la Tierra Prometida presentando su «currículum». Él no apela a sus méritos; él pide Jén.
Hoy, habitamos lo que la sociología contemporánea define como la «sociedad del rendimiento«. El sistema nos ha programado para creer que nuestro valor ontológico es estrictamente proporcional a nuestras métricas de éxito y a nuestra capacidad de producción. Esta matriz nos empuja a una autoexplotación incesante donde el cansancio, el estrés y la frustración son la norma, porque nunca nada parece ser suficiente.
Moshé deconstruye este paradigma. Nos enseña que, frente a los designios últimos del cosmos, no nos sostenemos por lo que producimos, sino por nuestra capacidad de vaciarnos de orgullo (ego) y reconocer nuestra finitud. Hay metas (nuestro propio «Jordán») que quizás no cruzaremos, y aceptarlo desde la humildad no es una derrota, sino el nivel más elevado de madurez de la consciencia.
Devekut: El apego como resistencia en la Modernidad Líquida
Tras aceptar que su ciclo de liderazgo terrenal ha llegado a su límite, Moshé dirige su instrucción al pueblo y establece un principio sociológico y espiritual innegociable para la supervivencia. En Devarim 4:3-4, contrasta a aquellos que perecieron al dejarse arrastrar por la idolatría de Baal Peor, con los que se mantuvieron firmes:
«Más vosotros que os apegasteis al Eterno, vuestro Dios, estáis todos vivos hoy.»
Aquí encontramos nuestra segunda clave. La palabra hebrea para «apegasteis» es hadevekim, proveniente de la raíz Dabaq (דבק), que significa adherirse, soldarse, unirse íntimamente o pegarse. De aquí deriva el concepto místico de Devekut (adhesión divina o apego a Dios).
Analicemos esto estructuralmente. El culto a Baal Peor en el antiguo Cercano Oriente representaba la falta total de límites, la dispersión del deseo y la adoración de pasiones efímeras. Hoy, el «espíritu de Baal Peor» sigue operando de forma cosmopolita: es lo que llamamos la «modernidad líquida». Habitamos un sistema diseñado para fragmentar nuestra atención, diluir nuestras identidades en el consumo rápido y mantenernos en un estado de distracción perpetua. Se nos empuja a una desconexión profunda a través de una hiperconexión superficial.
Frente a esta fragmentación, el Devekut emerge como el acto de rebeldía intelectual y espiritual más grande de nuestro tiempo. Apegarse al Creador es la decisión consciente de anclar la mente, el alma y nuestro propósito en la Roca inmutable, justo en medio de un mundo donde todo es desechable.
Conclusión: El código de la verdadera vitalidad
Amados, la conclusión que debemos atesorar de esta primera aliyá es revolucionaria para nuestra vida discipular. Moshé nos revela que la verdadera vida no se define por los logros geográficos o materiales que conquistamos. Él no logró pisar Canaán, pero su nivel de Devekut garantizó que su legado trascendiera los milenios.
Estar «todos vivos hoy» (jayim kuljem hayom) no es un mero hecho biológico. Es una vitalidad ontológica. Esta vitalidad suprema solo se alcanza cuando dejamos de intentar justificar nuestra existencia a través de los aplausos del sistema, rendimos nuestra necesidad de mérito ante la Gracia (Jén), y decidimos adherirnos firmemente (Dabaq) al Propósito Eterno de Dios en Yeshúa, el Ungido.
En una época que nos quiere dispersos, agotados y líquidos, nuestra mayor victoria será mantener la estructura de nuestra alma intacta, fuertemente adherida a la Fuente de la Vida.
Shalom a todos.





