Matot

Asistencia Divina

Sabiduría Para Cada Día

Matot-Tribus

Porción adicional: Números 31:25-41

A continuación Elohim instruyó a Moshé sobre el recuento de las personas y los animales que habían sido capturados a los midianitas. A los soldados se les permitió guardar la mitad del botín; la mitad restante fue entregada al pueblo hebreo.

Los soldados tenían que ofrendar a los sacerdotes una parte entre quinientas de su medio botín, y el pueblo debía ofrendar una parte entre cincuenta de su mitad a los levitas.

Moshé siguió las instrucciones de Dios: contó los individuos y los animales capturados, y luego dividió y entregó a los sacerdotes y levitas sus respectivas partes.

El botín consistió de
(Números 31:32)

Cuando los soldados contaron las personas y los animales capturados encontraron que milagrosamente los totales eran todos divisibles por cincuenta y quinientos. Esto posibilitó el cumplimiento de la orden de Adonai de entregar a los sacerdotes y levitas los porcentajes exactos de lo que habían capturado. Esto resulta aún más asombroso si consideramos todos los detalles que tuvieron que coincidir para la consecución de este milagro: la fertilidad y la expectativa de vida del pueblo y los animales, etc., todo lo cual tuvo lugar mucho antes de que fueran capturados en batalla.

Aprendemos de esto que nunca debe perturbarnos un obstáculo aparente en el cumplimiento de las directivas del Eterno o en el llevar a cabo nuestra misión divina. Por el contrario, debemos recordar que Dios ordenó las cosas por adelantado para permitirnos lograr nuestros objetivos divinos de la mejor forma posible.


Extraído de la edición española de Sabiduría diaria, producido por Jabad y publicado por Kehot . Adaptado por el rabino Moshe Wisnefsky y traducido por el Rabino Eliezer Shemtov.

No basta con Moshé

Sabiduría Para Cada Día

Matot-Tribus

Números 31:13-24

Los Israelitas atacaron a Midián y mataron a todos los varones adultos. Moshé ordenó a los soldados librarse de la impureza ritual que habían contraído en el contacto con cadáveres humanos. Eleazar —sobrino de Moshé consagrado como Sumo Sacerdote tras la reciente muerte de su padre, Aharón— ordenó a los soldados purgar los cubiertos y utensilios de cocina que habían conquistado en batalla.

Dijo Eleazar el sacerdote a los soldados que regresaron de la batalla…”
Números 31:21

La impureza ritual es una condición espiritual que rodea al objeto, mientras que los alimentos prohibidos penetran en él. Resulta, entonces, que el recipiente que haya absorbido alimentos prohibidos debe purgarse sumergiéndolo en agua hirviente o calentándolo hasta volverlo candente, mientras que un recipiente que se haya vuelto ritualmente impuro debe sumergirse en una pileta ritual (mikve), cuyas aguas rodean al recipiente solo por fuera.

Moshé veía la realidad desde la superior perspectiva divina. Él sentía que un cambio general en la actitud de una persona afectaría la totalidad de los aspectos de su vida, incluyendo los detalles más pequeños, por lo que bastaría con eliminar la impureza ritual. Eleazar, sin embargo, había heredado la perspectiva de su padre, Aharón. Mirando la realidad desde una perspectiva terrenal, él sabía que los cambios generales y comprensivos no bastan; también debemos trabajar en los detalles.

De manera análoga, nuestro Moshé interior puede llegar a decirnos que para enmendar el pasado alcanza con adoptar resoluciones generales. Debemos asegurarnos de escuchar también a nuestro Aharón o Eleazar interiores con el fin de adoptar todos los pasos requeridos para depurar la paralizante negatividad.


Extraído de la edición española de Sabiduría diaria, producido por Jabad y publicado por Kehot . Adaptado por el rabino Moshe Wisnefsky y traducido por el Rabino Eliezer Shemtov.

Estableciendo Prioridades Correctas.

Por P.A. David Nesher

“Los descendientes de Reuvén y de Gad tenían mucho, muchísimo ganado. Cuando observaron la tierra de Yazer y la tierra de Guilad, ubicadas al este del Yardén* (Jordán), vieron que el lugar eran aptas para ganado…la tierra que YHVH conquistó delante de la congregación de Israel es tierra para ganado; y tus siervos tienen ganado. Y le dijeron: “Si nos hemos congraciado contigo, que esa tierra nos sea entregada a nosotros —tus servidores—, en propiedad eterna. Por favor, no nos hagas atravesar el Yardén para hacernos establecer allí.

(Números/Bamidbar 32:1; 4-5)

Antes de conquistar la Tierra Prometida, integrantes de las tribus de Reuven y Gad (más tarde acompañados por media tribu de Menashé), se adelantan para pedirle a Moshé los territorios del reino de Sijón, rey del emoreo, y de Og, rey de Bashán, en lo que hoy es Transjordania (más allá del Jordán). Lo solicitan como su porción de la herencia, siendo estas tierras aptas para la cría de ganado y ellos tenían abundantes rebaños.

Ante esta solicitud, Moshé los regaña con dureza. ¿Por qué? En realidad, los códigos de este pasaje revelan que Moshé no estaba enojado porque ellos estaban eligiendo quedarse fuera de los límites de Israel; en realidad ellos estaban ayudando a expandir chispas de santidad por todo el mundo, al extender la Kedushá/Santidad del Creador. Por el contrario, Moshé se molestó con las tribus de Reuvén y Gad por el erróneo orden de prioridades que demostraron, poniendo los negocios y necesidades de su ganado por encima de las necesidades psicofísicas de sus hijos (Num 32:4, 32:16).

Para darnos cuenta de esto, los invito a leer nuevamente el versículo 16, donde podemos apreciar que el ganado es mencionado antes que los hijos. Evidentemente los niños no eran apreciados por los hijos de Gad y de Reuvén. Esto explica por qué ambas tribus habían menguado durante los 38 años en el desierto. Los jefes de familia de estas tribus estaban más interesados en sus negocios que en su familia.

Así la Torah revela el eterno problema de todo varón, preocuparse más por su vida laboral y su estado financiero que por sus propios hijos. Y esto es una iniquidad que atraviesa las generaciones, así podemos comprobarlo si leemos el libro de Génesis cuando dice: “Entonces Reuvén habló a su padre, diciendo: Puedes dar muerte a mis dos hijos, si no te lo traigo; ponlo bajo mi cuidado, y yo te lo devolveré.” (Gn. 42:37) Es bien claro que la actitud del patriarca Reuvén en cuanto a la valoración de sus hijos era lamentable ya que él no valoraba la vida de sus hijos. Él no captó la sabiduría de lo alto que enseña que el valor de una persona supera el valor de los negocios.

Moshé, discerniendo este error de prioridades, corrigió esa actitud egoica, diciendo: “Edificaos ciudades para vuestros pequeños, y apriscos para vuestras ovejas…” (versículo 24), poniendo así a los niños antes que a las ovejas.

Comprendiendo esta codificación yahvista, logramos entender mejor el oráculo del profeta Oseas cuando profetizó a esta zona de Israel diciendo:

Guilad es ciudad de malhechores, con huellas de sangre.
(Oseas 6:8).

Evidentemente, de acuerdo a este oráculo de Oseas, en el siglo VIII a.E.C., la zona ubicada al oriente del río Yardén, donde se establecieron las dos tribus y media, era muy conflictiva. El profeta describe que allí la vida humana sufría diariamente una devaluación considerable. Esa será la razón por la que esta zona necesitaría tres ciudades de refugio para dos tribus y media, en contraste con las tres ciudades de refugio para las nueve y media tribus del otro lado del Yardén. Esto nos enseña que la violencia y el bajo valor del ser humano dominaban el área de las dos tribus y media, y habían convertido a esa zona en un hervidero de inseguridad social.

Por causa de esto, esta área terminó siendo la que más sufrió en las guerras contra los enemigos de Israel, y los que vivían allí fueron los primeros en ser llevados al cautiverio por los asirios y los demás pueblos en el año 722 (a.E.C.).

Reflexionando en esto, comprenderemos por qué los expertos en las ciencias sociales aseguran que una sociedad donde la profesión, el trabajo y la empresa preceden a la educación y supervisión paternal de los hijos, termina convirtiéndose en una sociedad enferma, destinada a hundirse en actos de corrupción.

Por todo esto, pido a cada varón que lee esto, especialmente los que ya son padres, que se ejerciten por medio de la oración y el estudio de la Torah en tener en alta estima a sus hijos.

Precioso varón de Yahvéh, no permitas que otros, allá afuera, los eduquen. Separa un tiempo para estar con ellos. Dialoga con ellos; edúcalos, instrúyelos, corrígelos en amor, y juega con ellos revelándoles cuánto los aprecias. Recuerda siempre que en la cosmovisión divina los hijos son mucho más importantes que tu profesión, trabajo o negocio. Acepta lo que Abba nuestro te dice hoy: ¡tus hijos necesitan mucho más de tu tiempo que de tu dinero!

¡Anhelo que esto te haga volver en sí y logres reconfigurar el orden de tus prioridades!

La Guerra contra los Bajos Instintos (Yetzer HaRá)

Por P.A. David Nesher

“Y dijo a ellos Moshé:
¿Acaso dejaron con vida a todas las mujeres? Si ellas fueron una trampa en el consejo de Bilam…,  fueron infieles a Yahvéh en el asunto de Peor, por lo que hubo plaga entre la congregación de Yahvéh.”

(Números/Bamidbar 31:15-16)

Una de las porciones (parashot) que leemos esta semana, Matot, nos relata acerca de la batalla que los israelitas enfrentaron a los medianitas y de su posterior victoria.

Allí la Torah nos cuenta como Moshé reprendió a los soldados debido a que habían traído al campamento mujeres midianitas que fueron tomadas como botín.

El texto deja bien claro que antes de la batalla Moshé les había ordenado acabar con toda la población y ellos, cegados por el deseo, dejaron con vida a aquellas mujeres, cuya seducción había provocado el pecado que atrajo la plaga que costó miles de vidas. Los soldados argumentaron delante de Moshé que no tuvieron la fuerza para resistirse a la tentación.

Ahora bien, en unas líneas más adelante leemos en nuestra parashá, leemos:

“Y dijo Elazar el sacerdote a los hombres del ejército que vinieron a la guerra:

Toda cosa (utensilio) que sea pasada por fuego (para cocinar), será pasada por fuego y se purificará…”.

(Bamidbar 31:21-239)

Si lo volvemos a leer, nos encontramos con algo extraño en el texto:

¿por qué dice que “venían a la guerra”, cuando en realidad regresaban de la batalla con Midián?

La respuesta es un codificación para nosotros que conviene mucho considerar. Como bien sabemos, la Torah no es sólo un libro histórico, sino que es un texto encriptado cuyos códigos describen el proceso del alma humana aquí y ahora. Es decir, que existe un nivel de interpretación de la Torah, que nos permite entender los eventos es nivel interno.

Las naciones hostiles a quienes el pueblo de Israel encontró en las páginas de la Instrucción (Torah) representan a esas fuerzas negativas que han ido haciendo nido dentro del ser humano mismo.

Justamente el nombre Madián (hebreo Midián), se relaciona con la palabra hebrea madon que significa “lucha, contienda, rencilla” cotidiana. A la vez, Midián guarda relación con la palabra “Din” que significa juicio, tratando siempre de separar y discriminar. Por ende, las constantes batallas del pueblo de Israel representan las continuas luchas del redimido en el Mesías contra cualidades negativas de su ego que “alimentan” y “energizan” a las fuerzas de HaSatán (el Adversario), que busca activar los juicios de maldición contra el creyente (Efesios 6:10-18).

Frente a la guerra que un escogido libra diariamente contra su instinto maligno denominado en hebreo yetzer hará (tendencia al mal), la guerra física resulta insignificante. El yetzer hará es un enemigo despiadado, ya que no cesa de atacar a la esencia de la persona humana, ni siquiera en su último respiro de vida. Con esto aprendemos que un redimido, sea varón o mujer, está obligado a tomar precauciones para aislarse de malas incitaciones, ya que se lo considera responsable de sus acciones.

Los soldados que habían luchado contra los midianitas, venían con una victoria física sobre sus hombros, pero ahora se enfrentaban a la soberbia y el deseo lascivo, representados en las mujeres midianitas cautivas. Esta es la batalla más difícil; esto es lo que quiere enseñarnos la Torah cuando dice que vinieron a la guerra.

Debes estar siempre alerta; el adversario (HaSatán) te acecha y busca sorprenderte en todo momento.

Ahora bien, seguramente te estarás preguntando: ¿Dónde se encuentra el instinto maligno? Y la respuesta es simple y reveladora: en los lugares en que piensas que no se encuentra.

Por eso, debemos ser sobrios y velar en oración (1Pedro 5:8), a fin de tener siempre presente en nuestras conciencias que el enfrentamiento con el yetzer hará es incesante. En realidad es una conflagración que nunca termina.

Esta estrategia profética la aprendemos de lo que está escrito en el rollo de Devarim:

“Cuando salgas a la guerra sobre tu enemigo, y te lo entregará Yahvéh en tu mano.”

(Deuteronomio 20:1)

Si sabes que todos los días sales a la guerra contra tu enemigo íntimo (el yétzer hará), entonces, Yahvéh te lo entregará en tu mano y podrás vencerlo. Pero si crees que ya lo venciste, y te asientas en la zonas de confort que ofrece el sistema, perderás siempre la batalla.

Por ese motivo, inmediatamente después de que regresaron los soldados de la guerra, les fue encomendado el mitzvá (mandamiento) de la purificación de los utensilios de cocina, también lleno de códigos lumínicos para nosotros.

El precepto ordenaba que toda cosa que fuera pasada por fuego. Resulta interesante la revelación que surge de este mandamiento: un utensilio que pudo haber sido utilizado por un idólatra practicante de hechicería, hay que pasarlo por fuego, para que lo que esté allí impregnado sea destruido con la acción del fuego.

Pero, buscando la praxis ontológica de esto, notamos que esta codificación es una perfecta representación de lo que sucede con el ser humano en su lucha cotidiana. Cuando el alma humana cae en manos del yetzer hará, que es producto de la pasión egoísta, simbolizada en el fuego, debe ser vencido con el fuego de la Torah. No existe otra forma de escapar de él. Por eso, los sabios intérpretes que escribieron el Talmud al explicar el origen de este instinto tan bajo dicen: He creado el yétzer hará (instinto maligno) y también he creado su antídoto, que es la Torah. Si ustedes estudian Torah, no caerán en su trampa (Kidushín 30b).

También en esta obra de sabiduría hebrea existe un consejo más:

Si te encuentras con ese villano (el yétzer hará), llévalo al Bet HaMidrash (Templo Santo). Si es una roca, se desmoronará; si es de hierro, se hará pedazos. Porque la Torah es la luz que ilumina al hombre por el camino que debe ir. No es lo mismo caminar por un sendero oscuro y lleno de trampas que recorrer la misma senda bien iluminada. Aunque estudiemos Torah, debemos ser cautos y saber utilizar su fuego, pues cuando es mal empleado, daña y perjudica. Cuanto más elevado sea el nivel que alcance una persona, mayor será la lucha que tendrá que librar contra su fuerte impulso al mal.” (Suka 52)

Al reflexionar sumergiéndonos en estas profundidades de la Sabiduría divina notamos el compromiso que debemos asumir a diario de buscar en los libros de las Sagradas Escrituras, aquellas estrategias adecuadas para protegernos del yétzer hará que nos asecha constantemente. Además, y sellando esa búsqueda, debemos elevar tefilot (oraciones de alianza) al Todopoderoso pidiéndole que nos fortalezca con Su Unción para salir sanos y salvos de la batalla contra nuestro más grande enemigo.

Entonces, la próxima vez que el yétzer hará venga a provocarte, no lo escuches. Pues una vez que caigas en sus lazos, y HaSatán con sus ángeles te vean pecar,  volarán para acusarte de todo lo que te atreviste a realizar, y así lograr que el rigor divino suelte sus juicios de maldición en tu vida y entorno.

Aceptemos que las dificultades que conseguimos nos dan la oportunidad de mostrar nuestras verdaderas capacidades, revelar nuestra fuerza, valentía y la magnificencia de quien realmente somos en la redención conseguida por nuestro Dueño Yeshúa, HaMashiaj.

¡Gracias por siempre estar junto a mí aprendiendo Torah!

Shalom!

El Poder de Cumplir con lo que se Promete.

Por P.A. David Nesher

“Entonces Moisés habló a los jefes de las tribus de los hijos de Israel, diciendo: Esto es lo que el SEÑOR ha ordenado. Si un hombre hace un voto al SEÑOR, o hace un juramento para imponerse una obligación, no faltará a su palabra; hará conforme a todo lo que salga de su boca.”

(Números 30:1-2)

En los días que transitamos es sorprendente la manera tan fácil y natural con que los seres humanos asumen sus promesas, como si la vida fuera un juego en el que puedes prometer cualquiera cosa, sin saber siquiera si están en condiciones de afrontarla en el futuro, y por ende, sin importar si podrán cumplirlas o no. Total, hoy nadie demanda a cumplir nada, y si alguien se atreviera a hacerlo, qué importancia tiene.

Hay pocas cosas peores que una persona que hace promesas de forma constante y no las cumple, bien sea porque no puede o simplemente no quiere. Van de pacto en pacto creando expectativas y causando decepción cuando fallan en satisfacerlas, sin siquiera medir o conocer (al menos en muchos casos) el impacto de lo que están haciendo.

Por todo esto, no sé qué es peor, si dar la palabra y romperla o nunca darla. Lo cierto es que, hoy vivimos en sociedades en la que ambas cosas son frecuentes, e insisto, a nadie le importa. En todo esto, es la palabra “compromiso” la que se ha convertido en una palabra desagradable que puede destruir una relación o dividir una sociedad de negocios. Hoy en día, el compromiso, no sólo se evita, sino que también se rompe con facilidad. Los matrimonios, una vez instituciones sagradas, se han vuelto desechables, y romper los acuerdos verbales es ahora una costumbre.

¡Muy lejos han quedado los día de nuestros abuelos en que honrar una promesa, era poco menos que verte con un compromiso de vida o muerte!

Necesitamos entender que nuestra palabra es nuestro único bien con valor. Las cosas materiales son circunstanciales y un día podemos encontrarnos sin ellas.No deberíamos conferirles más valor del que tengan para permitirnos sobrellevar nuestra vida. Por el contrario, nuestra palabra y nuestros actos, nos acaban definiendo como personas a largo plazo.

Por eso, en la parashá (porción) de estudio de esta semana, denominada Matot (que significa “tribus“), nos encontramos con un gran discurso disertando acerca de la importancia y el poder de cumplir las promesas.

La Torah destaca a los líderes (jefes) en relación con el cumplimiento de las promesas. Esto nos enseña en primer lugar que un jefe o líder (desde una familia, hasta una nación) tiene mucha más responsabilidad para cumplir sus promesas que aquellos a los que preside. Esto se debe al hecho de que él, o ella, representa a YHVH ante los suyos. En consecuencia, si un líder no cumple con sus promesas, el colectivo que preside tendrá una imagen equivocada del Eterno que le ha puesto como Su representante. Desde esto, debemos inferir también que desde la cosmovisión yahvista toda sociedad tiene que ser fundada sobre fidelidad, especialmente entre los líderes que la ministran.

Desde estas pautas divinas queda bien claro que un líder político que fluye en promesas durante una campaña electoral y luego, al ser elegido, no cumple con ellas, profana el nombre de YHVH, y propicia juicios sobre su persona y los colectivos que preside. Sin embargo, y pese a que está bien claro en las Sagradas Escrituras, en el occidente cristiano actual es costumbre de todos los gobiernos prometer mucho y cumplir poco (o nada). A esos “señores” sería bueno anunciarles que la actitud de no cumplir las promesas es más grave de lo que parece y/o piensan. No cumplir con lo que se promete tiene que ver con el honor de YHVH y la armonía de las esferas celestiales.

Como lo di a entender más arriba, este principio es prioritariamente válido para los padres de una familia. Los dos, papá y mamá, deben aceptar que al dar una promesa a los hijos es muy importante cumplirla para que así ellos conozcan la fidelidad de YHVH a través del ejemplo de los padres.

Por eso, cuando son los padres los que se convierten en infractores comunes de las promesas que les hacen a sus hijos (especialmente cuando son pequeños), el escenario, sin duda alguna, se agrava de manera esencial. Y es que en estos casos, la confianza en papá o mamá, y en los adultos en general, se rompe, pues los niños aprenden a esperar lo que se les garantiza.

De acuerdo con los profesionales de la salud psíquica, en niños y adolescentes, las promesas que no les cumplen pueden, incluso, afectarles la autoestima, pues pueden llegar a pensar que sus padres no los quieren lo suficiente como para hacer valer su palabra. De ese modo, las promesas incumplidas quitan la autoridad como padres. Hacen que se pierda la credibilidad que los hijos tienen en sus progenitores, generándose entonces mucha desilusión, que suscita desconfianza en los seres humanos todos, en el ambiente y hasta en la Divinidad.

Por favor padres, entiendan que la imagen que ustedes proyectan sobre sus hijos es la que los hijos aplican sobre el Eterno. Los hijos siempre piensan que YHVH es como sus padres. Por esto es muy importante que los padres cumplan sus promesas a los hijos y no cambien su palabra. Si alguna vez es necesario cambiar la palabra dada a los hijos hay que pedirles perdón para que ellos entiendan que ese comportamiento no es correcto y así no van a pensar que YHVH quiebra sus promesas.

Siendo más amplios y globales en este estudio, agregaré que este texto también implica que un ser humano es responsable para cumplir su palabra ante las autoridades y que, en ciertos momentos, las autoridades tienen la posibilidad de anular las promesas que hayan sido hechas por el pueblo.

Entonces, aceptémoslo: hacer y mantener nuestros compromisos da a los demás confianza en nosotros, pero lo más importante, da confianza en uno mismo. Esto nos permite crecer más allá de nuestras limitaciones actuales, y nos ayuda a navegar a través de las tentaciones y otros peligros espirituales. Mientras muchas personas erróneamente piensan que hacer un compromiso los restringirá y evitará que hagan otras cosas, la verdad es todo lo contrario. Sólo cuando podemos dar nuestra palabra y mantenerla, es que tenemos la capacidad para movernos y crecer de forma progresiva.

Matrimonio, hijos, carrera, espiritualidad (lo que sea) todos requieren que seamos capaces de dar nuestra palabra y cumplirla. Cuanto más mantenemos nuestra palabra, más poderosa se vuelve.

El pueblo del Eterno está llamado a mantener su palabra (compromiso), aunque esto no quiere decir que vamos a cumplir con algo que sabemos no se puede. Nunca debes estar en una situación en la que has dejado de cumplir a alguien porque prometiste algo que sabías de antemano que no podías cumplir. Yeshúa advirtió en contra del juramento (en el sentido de hacer votos o promesas que no podremos cumplir) cuando dijo:

“Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.”

(Mateo 5:37)

Pero, si se trata de la promesa de pagar a alguien, mantener un secreto que se nos ha confiado o realizar algún tipo de trabajo (tarea) entonces debemos cumplir con el compromiso.

Nuestra palabra (compromiso) debería ser suficiente. Si sentimos que debemos fortalecerla con un juramento, algo anda mal con nuestra sinceridad, y especialmente con nuestra ética.

Yahvéh enseñó a los israelitas que al hacer un voto con Él, no debían arrepentirse de su promesa aun si esta resultaba más costosa de lo que esperaban. El Eterno toma seriamente nuestras promesas. Si usted hizo un voto (compromiso) de dar, donar, y/o hacer algo para el Señor y repentinamente surgen imprevistos, su fiel mayordomía será costosa. Sin embargo, Yahvéh espera que usted cumpla con su promesa, aun cuando le sea difícil.

En algunas ocasiones queremos comprometernos con el Eterno en forma parcial. Pero el compromiso y la obediencia al Señor no son negociables. Cuando se tiene que obedecer a Dios, la mitad de la obediencia no servirá de nada.

Tal vez pensamos que esto no traerá consecuencia sobre nosotros porque no vemos que nada nos suceda. Pero un día daremos cuenta de todo lo que hablemos y prometamos. El Señor dice:

“Más yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado”.

(Mateo 12:36-37

¿Sabías que al hacer una promesa o un pacto con Yahvéh quedamos ligados por las palabras de nuestra boca y que debemos cumplirla? Su Palabra dice:

“Te has enlazado con las palabras de tu boca, Y has quedado preso en los dichos de tus labios”.

(Proverbios 6:2)

Hacer una promesa a Yahvéh es como una atadura porque después de prometerle algo a Él te has comprometido y has ligado tu alma a las palabras que has hablado.

Aceptar una responsabilidad significa llevarla a cabo con determinación y valor, a pesar del sacrificio personal.

Estemos atentos para que nuestra fe en Yeshúa no esté basada solamente en ciertos rituales, sino en prometerle nuestro amor y manifestarlo con obras concretas para transformar nuestro mundo todos los días.

Por eso, mi amado discípulo del Mesías, te pido que seas muy cuidadoso en cumplir lo que has prometido. De esa manera serás como Yahvéh y honrarás Su Nombre entre los hombres.

Piénsalo la próxima vez que estés tentado a prometer… ¿estás dispuesto a cumplir esta promesa pase lo que pase?