De la Supervivencia a la Manifestación: Cómo Romper el Sistema Reptiliano y Revelar la Luz Infinita
Introducción: El Código Eterno más allá de la Historia
A menudo, al acercarnos a las Sagradas Escrituras —o como prefiero llamarlas, el manual de instrucción de la Luz— cometemos el error de leerlas como un libro de historia antigua. Leemos sobre Egipto, Faraón y Moisés como eventos desconectados de nuestra realidad, ocurridos hace 3.500 años. Sin embargo, el libro de Shemot (Éxodo) no es un relato arqueológico; es un mapa codificado del alma humana. La Torah es eterna, lo que significa que contiene luz encriptada aplicable a cada instante de nuestra existencia.
Hoy nos encontramos bajo la energía de la porción Vaerá («Y me aparecí» o «Y me revelé«), inmersos en el periodo conocido como Shovavim: seis semanas críticas diseñadas para una dinámica psicofísica de desintoxicación del alma. El objetivo no es recordar cómo Israel salió de Egipto, sino entender cómo nosotros, hoy, podemos salir de nuestro propio estado de esclavitud para que el Creador se manifieste visiblemente a través de nuestra biografía.
El Diagnóstico: Mitzrayim y el Sistema Reptiliano
Para ser libres, primero debemos entender la naturaleza de nuestra prisión. En el código hebreo, Egipto se dice Mitzrayim, que no es un país geográfico, sino una situación mental. Significa literalmente «limitación a través de la angustia«.
Vivimos inmersos en lo que los Sabios identifican como el «exilio romano» o edomita, caracterizado por un Sistema Reptiliano de cosas. Este sistema, heredero de la mentalidad de la Serpiente antigua en el Génesis (cap. 3), nos ha entrenado para operar bajo una premisa reduccionista: creer que somos meramente «animales racionales». Bajo esta influencia, el alma (Nefesh) es subyugada por los cinco sentidos físicos. Es decir que vivimos atrapados en el 1% de la realidad (el plano físico), ignorando el 99% restante (el plano metafísico).
La Tiranía de la Supervivencia El síntoma más claro de este estado es el funcionamiento de nuestro cerebro. El sistema educativo y social occidental nos ha forzado a hipertrofiar el hemisferio izquierdo (analítico/lógico), diseñado evolutivamente para la supervivencia y la urgencia. Vivimos «apagando incendios», reaccionando con miedo ante los límites que nos impone el entorno. Esto anula el hemisferio derecho (creativo/artístico), aquel capaz de conectarse con la «supra-realidad» y dar propósito al caos. Cuando operamos solo desde la supervivencia, nuestras emociones dominan al pensamiento, y terminamos sufriendo nuestros límites en lugar de utilizarlos como trampolín para crecer.
La Fábrica de Ladrillos: El Bloqueo del Intelecto
La Torah, en el libro de Shemot (Éxodo), narra que Faraón obligaba a los hebreos a «fabricar ladrillos«. Metafísicamente, esto describe un estado psicológico devastador: tener preguntas existenciales (materia prima) pero no recibir respuestas (paja).
Aquí entra en juego el papel nefasto de los dogmas (religiosos, académicos o sociales). El sistema, personificado en Faraón (el ego ególatra), utiliza el denominado «pensamiento mágico» para manipular a las masas. Nos dicen: «No preguntes, es un misterio de fe» o «Así siempre fueron las cosas». Esto genera una duda tóxica que conduce a la incredulidad y al agnosticismo práctico: vivimos como si Dios no existiera, sujetos a la ley de causa y efecto, en lugar de ser nosotros la «causa».
La Duda Santa Sin embargo, Vaerá nos invita a redimir la duda. Como bien señalaba el pensador Octavio Paz, el lujo del alma humana es la capacidad de dudar, no para estancarse, sino para permitir que la imaginación toque la supra-realidad. Cuando la duda se dirige a la «Fuente Correcta» (la instrucción divina), deja de ser un ladrillo de esclavitud y se convierte en una llave de expansión. La verdadera espiritualidad no prohíbe las preguntas; las exige, porque cada respuesta divina expande nuestro cerebro (Mojin) y nos saca de la ignorancia.
El Remedio: La Circuncisión de Labios
¿Cómo rompemos este ciclo? ¿Cómo alineamos pensamiento, emoción y acción para salir de Mitzrayim? La clave está en un concepto místico profundo mencionado por Moisés: la Circuncisión de Labios.
Moisés alegaba ser «tardo para hablar«. Esto no era un defecto físico, sino una condición espiritual. Mientras nuestras emociones estén programadas por el sistema de esclavitud, nuestra boca está «incircuncisa». Nuestra boca (letra hebrea Peh) esconde en su grafía una Bet (Casa). Esto revela que somos una «Casa de Bendiciones», pero si la puerta está bloqueada, la luz queda atrapada dentro.
El Intercambio de Poder El proceso de redención requiere una transacción:
1. Nosotros entregamos nuestra Voz (Kol): Renunciamos al lenguaje del esclavo (queja, víctima).
2. El Creador entrega su Verbo (Poal/Davar): Dios, que no tiene voz física, usa la nuestra para manifestar su poder creativo.
Para que esto ocurra, debemos eliminar tres venenos que obstruyen el canal durante este tiempo de Shovavim:
• Las groserías: Que profanan la santidad del canal.
• Los chistes escarnecedores: La burla basada en los defectos ajenos, típica de una mente sin propósito.
• El juicio condenatorio (Lashon hará): Usar la palabra para destruir en lugar de construir.
Solo cuando limpiamos la boca, podemos activar entidades energéticas (ángeles) y crear realidades. Dios creó el mundo con 10 dichos; cuando un ser humano alinea su habla con la voluntad divina, esos dichos activan en su alma 613 fuerzas lumínicas.
La Estrategia: Ascenso y Descenso
La verdadera Inteligencia Emocional (hbr. Binah)—término que el mundo empresarial tomó prestado de la sabiduría hebrea— no es solo psicología; es arquitectura espiritual. El método para que Dios se manifieste (Vaerá) es contrario a la intuición humana:
• No busques soluciones rápidas abajo: Ante un problema físico, no reacciones con urgencia (hemisferio izquierdo).
• Busca respuestas profundas arriba: Asciende al mundo metafísico (Neshamá) mediante el estudio y la meditación para obtener la Verdad.
• Desciende con Soluciones: Esa verdad espiritual, al bajar, se convierte en recursos, milagros y orden en el mundo físico.
Como Israel al salir de Egipto, cuando operamos desde esta inteligencia, el mundo físico nos entrega sus recursos (oro y plata) porque reconocen en nosotros una autoridad que ordena el caos.
Conclusión: La Manifestación Visible (Vaerá)
El objetivo final de estudiar la Torá no es acumular información teológica —eso sería comer del Árbol del Conocimiento, «más de lo mismo»—. El objetivo es la transformación. Ser «Israel» significa luchar con los principios de Dios para gobernar nuestras emociones. Cuando logramos esto, dejamos de «sobrevivir» para empezar a «vivir».
Nuestra misión en esta webinar y en la vida es clara: dejar que el Eterno nos tome. Que nuestras áreas de vida (salud, economía, familia) dejen de ser fuentes de angustia y se conviertan en escenarios donde las 613 luces de una conciencia rectificada brillen tan fuerte que, al igual que ocurrió con Moisés o con Yeshua en la transfiguración, el mundo no tenga otra opción que ver que el Reino de los Cielos se ha acercado.
Estamos en Shovavim. Es tiempo de dejar de fabricar ladrillos para el ego y empezar a construir el templo de la conciencia humana.
De la mentalidad reactiva de Egipto a la mentalidad suprarracional del Reino
Por David Nesher
Introducción: Redefiniendo la «Visión» de Dios
¡Que gran honor siento una vez más de comunicarme con ustedes! Y esta vez será para descodificar una de las porciones más potentes de la Torah (Instrucción) divina: Vaerá («Y aparecí«).
Vivimos en una cultura religiosa que nos ha enseñado a buscar a Dios en visiones místicas, esperando ver un trono en las nubes o manifestaciones sobrenaturales etéreas. Sin embargo, la enseñanza que analizamos hoy nos confronta con una realidad mucho más pragmática: Vaerá significa en su sentido místico «lo que se evidencia con los ojos físicos«. Con esta expresión quiero proclamar la verdad de que el Creador no se manifiesta en la fantasía, sino en resultados tangibles: en la salud de nuestro cuerpo y en la prosperidad de nuestra economía.
Pero, ¿por qué muchos de nosotros trabajamos arduamente sin ver esa recompensa? ¿Por qué seguimos «fabricando ladrillos» en una zona de limitación y angustias? La respuesta no está en el cielo, sino en nuestro diseño interior.
Como siempre se los digo, la Torah no es un libro de historia antigua; es una guía cósmica vigente para el alma humana hoy, y la clave que nos entrega es una regla de oro para la transformación personal bajo el paradigma: «¡Nunca cambia una manera de pensar, si primero no cambia una manera de sentir las cosas!»
Por esta razón, en esta bitácora hablaremos de las Siete Plagas Emocionales. Un mapa de diagnóstico divino para identificar dónde nuestro «faraón interno» (el ego) ha pervertido los poderes de la imagen divina en nosotros.
(Nota: Esta bitácora es un resumen de la webinar que encontrarás en Youtube:)
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El Diagnóstico: Egipto y la Mentalidad Reactiva.
Antes de entrar en las plagas, debemos entender el estado base del ser humano sin refinamiento. La Escritura lo llama Mitzrayim (Egipto), que se traduce como «lugar de la doble angustia«, «lugar de pensamientos limitantes«.
Desde esta significación puedo asegurar que la persona que vive en «Egipto» es una persona sensorial. Capta los problemas económicos o familiares con sus sentidos y reacciona con miedo, angustia y urgencia. Su pensamiento es: «¡Necesito una solución rápida para no morir!». Esta reactividad es esclavitud. Dios quiere llevarnos a una mentalidad supraracional, donde iluminamos el cerebro con los pensamientos del Creador para controlar las emociones y manejar inteligentemente la realidad, brindando respuestas al mundo en lugar de ser víctimas de él.
Pero para llegar a esa mente superior (las últimas tres plagas), primero debemos sanar las siete emociones inferiores. Vamos a recorrerlas, como enseña la fuente, desde afuera hacia adentro.
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El Escáner del Alma: Las 7 Plagas Emocionales
Hemos estudiado que de acuerdo a la mística de la Torah el alma tiene siete luces emocionales (las Sefirot) que conectan nuestro espíritu con la realidad. Cuando usamos nuestro libre albedrío para escoger el camino de la «muerte» (perversión/egoísmo) en lugar del de la «vida» (refinamiento espiritual), estas luces se convierten en plagas.
1. La Plaga de Sangre: Sanando Malkut (Nobleza) La primera plaga golpea el río Nilo conviritiéndolo en sangre y representa la perversión de nuestra Nobleza (Malkut).
El Síntoma: La arrogancia. Esa es la actitud del Faraón que dice: «Todo esto lo he logrado solo«. Es el hombre o la mujer que excluye al Eterno y a su familia de sus logros, actuando como una isla.
La Evidencia Física: El cuerpo habla. Esta desconexión suele manifestarse en enfermedades de la sangre.
La Cura: Pasar de la arrogancia a la Autoconfianza Verdadera (Nobleza), reconociendo que no somos autosuficientes y dando lugar a los demás en nuestra vida.
2. La Plaga de Ranas: Sanando Yesod (Vínculos) La segunda plaga invade la intimidad. Las ranas son seres de piel fría que se reproducen sin supervisión paternal.
El Síntoma: La Intimidad Fría. Es el uso utilitario del otro. Me vinculo con mi pareja o mi prójimo desde el «deseo de recibir solo para mí» (ratzón atzmó). Es congregarse, pero creer que uno sabe más que sus pastores o mentores.
La Cura: Aceptar el Mentoreo. La sanidad de Yesod requiere la humildad de dejarse supervisar. Si rechazamos la paternidad espiritual, la fuente nos advierte duramente: nuestros hijos pagarán el precio de nuestra rebeldía.
3. La Plaga de Piojos: Sanando Hod (Humildad/Esplendor) Los piojos nacen del polvo y representan una distorsión de la humildad.
El Síntoma: La Apatía o Falsa Humildad. Es la persona que se conforma con el «perfil bajo», el empleado que solo espera su jubilación, carente de pasión vital. Esta «humildad» es en realidad una sumisión malsana que succiona la vida.
La Cura: Recuperar la Vitalidad y las Ideas. Dios nos diseñó para tener ideas productivas que nos saquen del polvo y nos permitan avanzar.
4. La Plaga de Bestias Salvajes: Sanando Nétzaj (Persistencia) Aquí entramos en la ambición. La mezcla de animales salvajes ataca la luz de la Victoria o Persistencia.
El Síntoma: La Codicia. Es querer alcanzar metas «a costilla de los demás». Es convertirse en un depredador o victimario dentro de la propia familia o negocio para lograr el éxito.
La Cura: La Ambición Sana (Persistencia). Entender que la ambición no es mala si es la tenacidad para alcanzar objetivos sin destruir al prójimo.
5. La Plaga del Ganado: Sanando Tiferet (Compasión/Belleza) Esta plaga mata el ganado, símbolo de recursos, atacando el equilibrio del corazón.
El Síntoma: La Compasión Maliciosa. Es una de las más sutiles. Es acompañar a alguien, no para ayudarlo a levantarse, sino esperando a que falle para decir: «Te lo dije» o para juzgarlo. Es aprovecharse de la debilidad ajena para sentirse superior.
La Cura: La Empatía Práctica. Acompañar al otro en sus debilidades sabiendo que el amor benevolente puede transformarlo.
6. La Plaga de Úlceras/Tumores: Sanando Gevurá (Disciplina/Límites) Las úlceras impiden el contacto físico; generan separación.
El Síntoma: El Rechazo Cruel. Es usar la disciplina o el límite no para corregir, sino para dividir. Es sentir «asco físico» por el hermano, «que ni me toque, que ni me hable».
La Cura: La Disciplina Sana. Aprender a rechazar lo malo, pero no rechazar a la persona; poner límites sin crear división destructiva.
7. La Plaga de Granizo: Sanando Jesed (Misericordia/Amor) Finalmente, el granizo (hielo y fuego) ataca nuestra capacidad de amar.
El Síntoma: El Amor Congelado o Egolatría. Es el nivel más alto del ego. Parezco bueno, presto mi auto, comparto mi casa, doy dinero… pero en el fondo hay un cálculo matemático: «Lo hago porque me conviene más a mí». Es usar la benevolencia como transacción comercial.
La Cura: La Benevolencia Regia. Descongelar el corazón para dar incondicionalmente sin que el motor principal sea el beneficio propio.
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Conclusión: Escogiendo la Vida para Reparar el Mundo
Amigos, las plagas no son un castigo cruel; son una dinámica del Eterno para despertarnos. El libre albedrío es la única fuerza que poseemos exclusivamente los humanos —ni siquiera Dios la tiene, pues Él no necesita elegir, Él es—.
Estamos aquí para usar esa fuerza de escogimiento. No para elegir entre el «bien y el mal» moralista, sino para elegir entre el camino de la Vida (Refinamiento Psíquico) y el camino de la Muerte (Perversión).
Si hoy te has visto reflejado en el espejo de estas plagas, es una buena noticia. Significa que puedes dejar de reaccionar como esclavo y empezar a sanar. Al rectificar estas siete emociones, preparamos la vasija para que la Mentalidad Supraracional descienda. Solo entonces dejaremos de ser víctimas de la economía o la salud, y nos convertiremos en portadores de respuestas y soluciones para el mundo.
El Espíritu del Señor hoy nos vuelve a exhortar: «¡Escuchen, no oigan!». El cuerpo humano siempre habla.
Que nuestra sanidad interior se convierta hoy en la evidencia visible (Vaerá) de la gloria de Dios en nuestras vidas.
“Por eso nombraron sobre él recaudadores de impuestos para oprimirlo con sus cargas. (Los israelitas fueron obligados a) edificar ciudades de depósitos para Paró: Pitom y Raamsés
(Shemot/ Éxodo 1:11 | Torat Emet)
Al estudiar la primera porción del libro de Shemot/Éxodo el Espíritu Santo me hizo focalizar en la expresión recaudadores de impuestos.
Es que en la mayoría de las traducciones bíblicas dice “capataces”, dando la sensación típica de las películas de un egipcio con un látigo.
Sólo algunas como la Reina Valera y la Biblia del Jubileo traducen “comisarios de tributos”.
Aquí hay algo que debemos entender: la esclavitud de los hijos de Israel no llegó repentinamente, fue un proceso gradual.
El Ramban (Najmánides) explica la astucia que aplicó Faraón contra el pueblo israelita:
“Ven, tratemos con él con sabiduría. Faraón y sus sabios no consideró oportuno matarlos con la espada, pues habría sido una gran traición fulminar sin razón a un pueblo que había llegado a la tierra por orden de un antiguo rey. El pueblo del país tampoco dio consentimiento al rey para cometer tal perfidia (…) porque los hijos de Israel eran un pueblo numeroso y poderoso y libraría una gran guerra contra ellos. Más bien, el faraón dijo que lo haría sabiamente para que los israelitas no sintieran que se hacía en enemistad contra ellos. Por esta razón, impuso un impuesto sobre ellos, ya que era costumbre que los extranjeros en un país contribuyeran con un impuesto al rey, como se menciona en el caso del rey Salomón. Después, ordenó en secreto a las comadronas que mataran a los niños varones en el taburete de parto para que ni siquiera las madres lo supieran. Después, ordenó a todo su pueblo. Todo hijo que nazca, vosotros mismos lo arrojaréis al río. Esencialmente, el faraón no quería encargar a sus verdugos de matarlos por decreto del rey ni de arrojarlos al río. Más bien, dijo a la gente que quien encontrara a un niño judío debía arrojarlo al río. Si el padre del niño se quejaba al rey o al señor de la ciudad, le decían que trajera testigos y entonces se vengarían [del crimen]. Ahora, una vez eliminada la restricción de los egipcios registraban las casas, entrando de noche e, indiferentes [a los gritos de los padres], apartaban a los niños de allí”.1
El Sefer HaYashar (midrash) explica también que el rey egipcio mandó a fortificar Pitón y Ramsés con la excusa de una eventual guerra. Hizo que se proclamara por toda la zona que a todos los que fuesen a trabajar se les pagaría el día de trabajo.
Así, tanto egipcios como hebreos fueron a trabajar. Pero la instrucción real que corría sólo entre los egipcios era:
“Y después de que hayan trabajado para su empleo diario, apartaos de ellos (israelitas) uno a uno en secreto, y entonces os levantaréis y os convertiréis en sus capataces y supervisores, y les harán continuar el trabajo sin salario, y si se niegan, entonces todos los obligaréis a hacer la obra (…)
Y al cabo de un año y cuatro meses todos los egipcios se habían retirado, de modo que solo quedaban los hijos de Israel para hacer la obra. Y después de que todos los egipcios finalmente se retiraran, regresaron y se convirtieron en sus capataces y supervisores, y algunos de ellos fueron puestos sobre los hijos de Israel para quitarles todo lo que habían recibido en salario”.2
Hasta aquí podemos encontrar puntos claves:
La esclavitud empezó con impuestos que ponían fuerte presión sobre los hogares de Jacob.
Luego el mismo sistema que oprimió impositivamente ofreció posibilidades laborales que “salvaban”, aunque en realidad esclavizaban.
También se restringió la natalidad, haciendo que los propios vecinos egipcios se metieran en las casas hebreas.
Cabe señalar que unos 3.500 años después el nazismo siguió el mismo modelo. Es que, antes de la violencia directa contra la comunidad judía, se empezó con leyes restrictivas económicas y de natalidad.
Por ejemplo, en 1.935 se aprobó la “Ley para la Protección de la Sangre Alemana y el Honor Alemán” que prohibía los matrimonios entre judíos y “arios”. 3
Y en cuanto a lo económico, desde principios de los 30’ había presiones para que los judíos vendiesen sus empresas a arios y ocurrió una progresiva expulsión del sector público así como de universidades.
Pero lo decisivo ocurrió “El 10 de noviembre de 1938, apenas dos días después de los pogromos de la Kristallnacht, el gobierno alemán introdujo el Judenvermögensabgabe; el impuesto de capital judío. Los judíos con más de 5.000 marcos del Reich (RM) en activos debían pagar un impuesto del 20 por ciento sobre todos los activos para alcanzar un objetivo colectivo de mil millones de marcos de RM. A pesar de las exageradas afirmaciones de riqueza judía, los acontecimientos de los cinco años anteriores habían paralizado financieramente a gran parte de la población judía alemana, y pronto quedó claro que la suma objetivo no se cumpliría, por lo que el impuesto se incrementó al 25 por ciento en 1939”, afirma el sitio especializado en estadística statista.com.4
¿Algún parecido con nuestra realidad actual?
El hombre es hombre en cualquier punto de la historia y de la geografía. Por eso, cuando existen presiones económicas existe una tendencia a caer en la preocupación por el sustento y desenfocarse de lo espiritual.
Esto mismo lo dice el maestro Yeshúa, el Ungido:
“No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? 32 Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.33 Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”
(Mt. 6:31-33) 5
Las crisis globales llevan a que las personas se auto esclavicen a sus trabajos para sentirse seguras con lo que “ganan”.
Frente a esto aparecen “soluciones” brindadas por el mismo sistema. Un ejemplo de esto serían las aplicaciones de traslado de alimentos y/o de personas.
En principio parece que es algo agradable porque sos libre, manejás tus propios horarios.
Sin embargo, mi contacto con muchos trabajadores de este tipo me lleva a concluir lo contrario.
Es que, cuando hay codicia, el no tener horarios fijos de trabajo lejos de ser un beneficio es una tentación constante para seguir trabajando.
Por otro lado, las mismas aplicaciones generan esta dependencia. Porque mientras menos se trabaja, mientras más viajes el trabajador rechaza, menos propuestas le ofrecerá luego el algoritmo de ese sistema.
Esto es sólo un ejemplo y no busca estigmatizar a todos los trabajadores de este tipo de aplicaciones como codiciosos. Sólo lo menciono como una tendencia y para ilustrar cómo el sistema reptiliano crea problemas y ofrece soluciones que en verdad esclavizan.
¿Y tener hijos?
Especialmente luego de la finalización de la Guerra Fría en 1991 el modelo neoliberal se expandió en el mundo.
El Estado se retrajo, ya no había injerencia sobre las vidas, pero tampoco apoyo económico. Cada cual debía trabajar todo lo que pudiera para obtener sus ingresos, porque esa era la base de la libertad capitalista: riqueza y más riqueza para todos en base al esfuerzo individual.
A esto se le sumó un discurso de “empoderamiento” femenino que llevó progresivamente a que la mujer se concibiese más como profesional o trabajadora antes que como esposa y madre.
Claramente el Eterno no se opone a que una mujer estudie y trabaje fuera de su casa, pero también le ha legado una misión maravillosa de ser el elemento contenedor y guardián de la educación de sus hijos.
Esto, sumado a la liberalización sexual promovida por los medios masivos de comunicación y los mismos gobiernos, condujo a un desprecio por proyectar matrimonios y especialmente con tener hijos.
La mujer no tiene tiempo de ser madre, el sistema presiona para que trabaje más.
Así, este discurso promovido por el “Primer mundo” ha terminado avergonzando a los países que lo promovieron. Como un cachetazo del propio Eterno usando la ironía.
Es que la Europa “desarrollada y blanca” hoy paga a familias extranjeras para que residan en pueblos deshabitados o con unos pocos ancianos y sin niños.
Japón se encuentra en una de las crisis de natalidad más complejas del mundo. Es que, en 2024 tuvo sólo 686.061 nacimientos, el mínimo histórico desde el año 1.899. (6)
Su población está envejeciendo y se aproximan a un colapso del sistema previsional porque sus ancianos cada vez más superan los 100 años, pero cada vez hay menos jóvenes que aporten.
Podríamos citar datos semejantes en Latinoamérica, pero para no hacer más extenso este artículo sólo quisiera ilustrar esto con una vivencia.
Cuando con mi esposa anunciamos que esperábamos nuestro tercer hijo escuchamos múltiples veces de vecinos, familiares y -tristemente- hermanos de la fe algo así como: “bueno, y con este cerramos la fábrica ¿verdad?”.
Nosotros por dentro nos reíamos porque era como si los demás mantuviesen y criasen a nuestros hijos. Pero el planteo de fondo es el mismo que en Egipto: vecinos metiéndose dentro de las casas para limitar la cantidad de hijos.
Procrear es el primer mandamiento que el Eterno le dio a la humanidad: “Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Génesis/Bereshit 1:28 | RV60).
Y lo hace el Creador en el marco de una bendición, por lo que un hijo jamás debería verse como una carga o un gasto. Tal como este sistema diabólico inculca.
A la realidad se le responde, no se la soluciona
Tendemos a querer solucionar las cosas como un efecto instintivo de supervivencia.
Ocurre un problema, un aumento de precios, un tema de salud u otra cosa, y una parte de nosotros quiere dispararse para tratar de solucionarlo.
Es el cerebro reptiliano, una de las partes más básicas de nuestro órgano pensante, la que se dispara ante el peligro para buscar sobrevivir.
Ese sistema neuronal fue dado por el Eterno para reaccionar sin pensar ante situaciones peligrosas repentinas, los famosos reflejos. Como cuando en la vía pública un perro nos ladra de repente y nos movemos hacia atrás, eso es instantáneo, no se reflexiona.
Eso es natural y sano. El punto es cuando vivimos en “modo supervivencia” y corremos detrás de las circunstancias tratando se solucionar las cosas como quien tapa los agujeros de un bote con la mano.
En cambio, el Eterno nos propone subir de nivel pasando de ser racionales a supra racionales.
Allí, explica cómo la búsqueda de los secretos profundos de la Instrucción divina revelados por el Espíritu Santo, nos abren la puerta a una dicha interior que nos empodera.
Por lo tanto, afirma:
“El llamado es aplicar el rigor:
1. Estudio y Oración: levántate a estudiar los secretos del Cielo diariamente.
2. Dominio: monta tu «burro». No dejes que el miedo a la carencia te dirija; tú dirige la materia para el servicio divino (Avodá).
3. Expectativa: vive con la certeza de que el «Mundo Venidero» puede manifestarse aquí y ahora. En la mesa del Señor, al participar del vino, estamos anticipando la sanidad y la abundancia del Reino”. (7)
Amado consiervo y discípulo de Yeshúa. No permitas que Ha Satán te manipule usando el miedo paralizante de la realidad. Más bien, busca ascender de consciencia para obtener la fuerza que necesitas y después obsérvate a ti mismo como un sacerdote del Altísimo. Como alguien con autoridad para dominar en cualquier ámbito donde estés.
Usa tu boca con sabiduría y dominio, no con pesimismo.
Y recuerda que, si cumples con la gran comisión de hacer discípulos, Yeshúa nos dice: “…y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén”.
CITAS
RAMBAN, Comentario a Éxodo 1:10; compilado por Charles B. Chavel. Casa de la Pub. Shilo, 1971-1976. Tomado de sefaria.org (traducción automática del inglés al español)
SEFER HA YASHAR, Comentario a Éxodo 1:11, publicado en La Torá Contemporánea, JPS, 2006. Tomado de sefaria.org (traducción automática del inglés al español)
CLARK D., “Value of Jewish financial dispossessions in Nazi Germany 1938-1944”, publicado el 28 de noviembre de 2025 en www.statista.com . Se usó traducción automática de Edge del inglés al español para usarla en el artículo.
SANTA BIBLIA, Mateo capítulo 6, versículos 31 al 33, Reina-Valera 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Tomado del siguiente enlace el 8 de enero de 2026 a las 11 hs (ARG.) Mateo 6 RVR1960 – Jesús y la limosna -Guardaos de hacer – Bible Gateway
Vivimos tiempos donde la geopolítica y los medios de comunicación bombardean constantemente con una narrativa de miedo, carencia y fatalidad económica. Se nos dice que «no hay plata», que el cambio climático y las guerras traerán hambruna y pobreza,,. Sin embargo, la identidad de Israel y de aquellos injertados en el Mesías posee una matriz única que nos diferencia de la conciencia globalista: el Rigor (Gevurah).
Este rigor no es severidad, sino la capacidad de autodisciplina e introspección diaria que nos permite acceder a una mentalidad superior: Mente sobre Materia. Hoy vamos a decodificar los secretos ocultos en el libro de Shemot (Éxodo) para entender cómo el Primer Redentor (Moisés) y el Redentor Final (Shiló/El Mesías) nos enseñan a dominar la realidad física en lugar de ser víctimas de ella.
El Misterio de Shiló y la Gematria de la Redención
Para entender nuestra autoridad, debemos mirar la profecía de Jacob sobre Judá:
«No será quitado el cetro de Judá… hasta que venga Shiló« (Génesis 49:10).
Tanto el judaísmo como el cristianismo coinciden en que Shiló es el Rey Mesías,. Pero, ¿qué conecta a Shiló con Moisés?
La respuesta está en la matemática divina (gematría). El valor numérico del nombre Moshé (Moisés) es 345. Asombrosamente, el valor numérico de Shiló también es 345. Esto nos revela un patrón divino: Como fue el primer redentor, así será el final.
Cuando Moisés huye a Madián tras ser rechazado por sus hermanos y perseguido por el Faraón, defiende a las hijas de Yitró. Ellas le dicen a su padre:
«Un egipcio nos libró« (Éxodo 2:19)
Entendemos que aunque Moisés era hebreo, vestía y parecía egipcio. Curiosamente, la frase usada por las hijas de Yitró al describir a Moshé: «un egipcio» (Ish Mitzri) también suma 345. Los sabios enseñan que, aunque por fuera parecía un gentil («un egipcio»), la guematría 345 revela que adentro estaba la esencia del Redentor (Moshé = 345).
De la misma manera, el Mesías Yeshúa ha estado «oculto» para su pueblo dentro del exilio de Edom (Roma/Occidente), pareciendo un extraño hasta el momento de su revelación final. Para sus hermanos judíos, Yeshúa parece un «extraño» o un gentil, pero debajo de ese «disfraz» cultural reside el verdadero Redentor de Israel.
Entonces, la guematría de 345 en la frase «un egipcio» nos enseña que la apariencia externa no anula la identidad interna. Profetiza que el Mesías (Shiló/345), al igual que Moisés (345), sería percibido inicialmente como un extraño o extranjero («un egipcio»/345) por su propio pueblo antes de revelarse plenamente para la redención final.
Entender al mensaje encriptado en Shiló es comprender que la redención es un proceso cíclico de ocultamiento y revelación progresiva, diseñado para probar nuestra fidelidad.
El Burro de Moisés: El Código de «Mente sobre Materia»
El símbolo más potente de este dominio es el burro. Rashí señala que la Escritura habla de «el asno»(חמור – jamor)), un animal único que conecta a Abraham (Génesis 22), Moisés (Éxodo 4:20) y al Mesías (Zacarías 9:9).
Pero el secreto radica en el idioma hebreo:
• Jamor significa «burro».
• Jomer (con las mismas letras) significa «materia», «dinero» o «materialismo».
Cuando la Torá nos muestra a los «reyes espirituales» (Abraham, Moisés y Yeshúa) montando un burro, no nos está hablando simplemente de un medio de transporte, sino de autoridad espiritual. Esto significa que ellos están montados con toda potestad sobre la materia. En otras palabras, el mundo físico, las leyes económicas y la carencia (jomer) están completamente subyugados bajo su control espiritual.
A diferencia de los reyes de la tierra que montan caballos (símbolos del orgullo y la guerra), el Rey Mesías monta un asno para demostrar que su Reino no compite con las armas del mundo, sino que se eleva por encima de las leyes de la físicalidad para operar milagros.
La Advertencia de Sancho Panza: Debemos cuidarnos de no ser como Balaam, quien abusó del «burro» por codicia material, o como Sancho Panza (según Franz Kafka). El escritor checo decía:
“La desgracia de Don Quijote no fue su fantasía sino Sancho Panza«
Sugiriendo que el verdadero problema de Don Quijote no era su idealismo o sus delirios, sino el choque con la cruda realidad representada por Sancho Panza, su escudero, que lo anclaba a lo terrenal y aburrido, evidenciando que la fantasía es inofensiva hasta que la realidad (o quien la representa) la confronta y la destruye.
En este contexto, Sancho Panza no es solo un escudero, sino que representa el «burro interior» o la parte racional de la persona que habita en nosotros; llena de miedos y paradigmas del sistema reptiliano (Mitzrayim) que impide que nuestro espíritu (el Quijote) sueñe y alcance lo sobrenatural. Kafka tomaba la figura de Sancho Panza y su burro para simbolizar el conflicto entre la racionalidad limitante y el potencial espiritual.
El problema, según esta interpretación, es que Sancho (nuestra racionalidad) no se da cuenta de que el burro está debajo de él para ser subyugado. Al no tener conciencia de dominio sobre la materia, este aspecto racional impide que la persona se permita soñar y, a su vez, obstaculiza los sueños de los demás.
En resumen, la idea de Sancho Panza según esta enseñanza es una advertencia sobre cómo nuestra propia racionalidad miedosa y materialista puede sabotear nuestra capacidad de dominar las circunstancias y vivir una vida espiritual plena.
Las Bodas de Caná: Cuando el Agua se Transforma en Vino
Si montar el burro es el dominio externo, el vino es la revelación interna. En las bodas de Caná, Yeshúa realiza su primera señal transformando el agua en vino en seis tinajas de piedra.
• El Secreto (Sod): En hebreo, la palabra vino es Yayin y tiene el valor numérico de 70, igual que la palabra secreto (Sod). El Talmud enseña: «Cuando entra el vino (70), sale el secreto(70)» (Sanedrín 38ª).
• Las 6 Tinajas: El número 6 representa al hombre (creado en el sexto día) y al mundo físico.
• La transformación: Yeshúa toma el agua de la purificación ritual y la convierte en el «vino» del Reino. Este vino representa la sabiduría oculta reservada desde los seis días de la Creación, esa alegría y revelación que Adán no pudo esperar a beber santamente. Al transformar el agua ritual en vino, el Mesías indica que la humanidad (el 6) será llenada no de más ritos, sino de la «sangre» espiritual llena de gozo que permite comprender los secretos del cielo. Esta señal simboliza que la revelación de la Torah por medio del Mesías será inagotable. La «Viña» (Israel) bajo el cuidado del Mesías producirá una dulzura y una profundidad de conocimiento («vino») que excederá cualquier comprensión previa
Con todo esto en mente, nos damos cuenta que beber el «vino» espiritual implica internalizar una revelación que desbloquea los misterios ocultos de la Torá que la mente racional por sí sola no puede alcanzar. Este vino no es alcohol físico, sino una metáfora de la sabiduría secreta de la Torá y la luz divina que ningún ojo ha visto todavía, y que solo el Mesías revelará plenamente en el Olam Habá (Mundo Venidero).
Beber de este vino espiritual es acceder a la «Mente Millonaria» de Dios: no la acumulación egoísta de dinero, sino la comprensión de que en nosotros residen millones de posibilidades para bendecir y servir.
Podemos imaginar la Torah literal como una uva cerrada. Es nutritiva por fuera, pero su verdadero potencial está oculto. La Mente del Mesías actúa como el lagar (la prensa). Él aplica la presión necesaria para romper la cáscara de la literalidad y la religiosidad externa. Lo que fluye de allí es el Yayin (Vino/Secreto): la esencia interior y dulce de la instrucción divina que ha estado guardada desde el principio. Beberlo es embriagarse, no de alcohol, sino de una comprensión superior que elimina el miedo a la carencia y revela la abundancia del Reino.
Conclusión y Llamado a la Acción (Shovavim)
Nos encontramos en las semanas de Shovavim, un tiempo profético para hacernos responsables de nuestras «travesuras» o “irresponsabilidades” pasadas. Es el momento de dejar de culpar a la economía, al gobierno o a la familia.
El llamado es aplicar el rigor:
1. Estudio y Oración: Levántate a estudiar los secretos del Cielo diariamente.
2. Dominio: Monta tu «burro». No dejes que el miedo a la carencia te dirija; tú dirige la materia para el servicio divino (Avodá).
3. Expectativa: Vive con la certeza de que el «Mundo Venidero» puede manifestarse aquí y ahora. En la mesa del Señor, al participar del vino, estamos anticipando la sanidad y la abundancia del Reino.
Como Moisés (345) y Shiló (345), estamos llamados a ser libertadores. No te conformes con sobrevivir el 2026; decídete a vivir con Mente sobre Materia, transformando la realidad física a través de tu identidad espiritual.
Te invito a ampliar todo esto escuchando esta webinar:
Shalom, amigos. Sean todos muy bienvenidos a un nuevo estudio en nuestro blog en nuestras almas se encuentran con Su Espíritu. Hoy nos sumergimos en las aguas profundas de la Parashá Vayejí, pero con una lupa mística. Para esto nos plantearemos estas preguntas: ¿Por qué Jacob comparó a su hijo Dan con una serpiente? ¿Y qué tiene que ver esta tribu con el mes de Tevet, el momento más frío y oscuro del año? Hoy descubriremos cómo la ‘serpiente de santidad’ nos enseña a rescatar nuestra luz en medio de las crisis.
El Escenario de Tevet: El Mes de la Estrechez
Amigos, no es casualidad que Tevet sea el décimo mes. Recordemos que en el pensamiento hebreo, los números no son solo cantidades, sino contenedores de energía espiritual. Tevet, al ser el décimo mes (contando desde Nisán), encierra el secreto de la manifestación final.
Mientras que el número 7 (siete) representa la perfección de la naturaleza (los siete días de la semana) y el 8 lo que está por encima de la naturaleza (lo sobrenatural), el 10 representa la totalidad de la estructura creada.
Las 10 Sefirot: El Árbol de la Vida se compone de 10 emanaciones divinas. Hasta que no se llega a la décima (Maljut o Reino), la luz de Dios no se ha manifestado plenamente en nuestra realidad física.
Las 10 Expresiones: El mundo fue creado a través de 10 enunciados divinos («Y dijo Dios…»).
Los 10 Azeret HaDibrot (Decálogo o Diez Mandamientos): Representan la base completa de la ley moral en el mundo humano.
Por ello en la sabiduría de Israel, el 10 (diez) es el número del Reino de los Cielos, de la manifestación total del Nombre Santo en la existencia toda. Es el momento en que nuestras acciones ya no son solo intenciones, sino realidades físicas.
Así pues les comentaré que místicamente, el número 10 está asociado con la letra Yod (י), que es la más pequeña de las letras pero el punto de partida de todas ellas. Entendemos que en Tevet, estamos en el punto más bajo del ciclo, pero ese «10» (diez) nos indica que la estructura está completa y que, a partir de aquí, solo queda empezar a ascender o revelar la luz que se ha concentrado en ese punto.
Hemos ya aprendido que en el ciclo del calendario hebreo, cada mes posee un clima espiritual único que afecta nuestra alma y nuestra percepción. Así pues diré que si Aviv (o Nisán) es el mes de la expansión y la libertad, Tevet es el mes de la contracción. En la Sabiduría de la Torah, este fenómeno se conoce como Tzimtzum.
¿Qué es el Tzimtzum?
El concepto de Tzimtzum, desarrollado principalmente por el Sabio Arizal (Isaac Luria), describe el proceso mediante el cual el Creador «contrajo» Su Luz Infinita para crear un espacio vacío (Jalál) donde el mundo físico pudiera existir. Sin esta contracción, la luz sería tan abrumadora que nada podría tener una existencia independiente.
Tevet es el corazón del invierno en el hemisferio norte. Los días son cortos, las noches largas y el frío invita al recogimiento. Este escenario físico es un reflejo exacto de lo que ocurre en el mundo espiritual:
La Ocultación: En Tevet, la Presencia Divina parece estar «escondida» tras el velo de la naturaleza y las dificultades (el asedio).
La Concentración: Al igual que una semilla debe contraerse y «morir» bajo la tierra fría para germinar, nuestra energía en Tevet se vuelve hacia adentro. No es un tiempo de grandes expansiones externas, sino de fortalecimiento interno.
Claro, reflexionando en todo esto surge un cuestionamientos: ¿Por qué pasar por un mes de «estrechez»? Y la respuesta la encontramos en el misticismo judío que nos enseña que el Tzimtzum no tiene como fin la ausencia del Eterno, sino la creación de un recipiente que nos permite dos cosas:
Rectificación de la Ira: Al contraernos, aprendemos a controlar nuestros impulsos (especialmente la ira, el atributo de este mes).
Revelación de lo Oculto: Solo en la oscuridad absoluta de Tevet podemos llegar a apreciar la pequeña llama de la vela de Janucá que aún brilla al inicio del mes. Es la luz que nace desde adentro, no la que viene de afuera.
Por eso durante este mes de Tevet, el desafío no es huir de la oscuridad o de la sensación de limitación, sino entender que la contracción es la antesala de la creación. Si te sientes «estrecho» o limitado en tus proyectos, recuerda que estás en el mes del Tzimtzum. Dios está haciendo espacio para que algo nuevo y auténticamente tuyo pueda nacer.
La Rectificación de la Ira en el Mes de Tevet
Según el Séfer Yetzirá (el Libro de la Formación), a cada mes se le asigna un «sentido» o una facultad del alma que debe ser trabajada. Sorprendentemente, para el mes de Tevet, esa facultad es la Ira (hbr. Jaron) y debe ser rectificada.
¿Por qué la Ira en Tevet?
Tevet es el mes donde nuestras emociones negativas suelen estar a flor de piel. Para que esto pueda ser bien claro en nuestros pensamientos diré que el mes de Tevet está regido por la letra Ayin (ojo) y la tribu de Dan (el juez). Cuando unimos estos elementos, entendemos el riesgo:
El Ojo que juzga mal: En la frialdad de Tevet, nuestra visión tiende a volverse crítica. Vemos las carencias de los demás y las nuestras con dureza.
El Juicio sin Misericordia: Si el juicio (Dan) no tiene equilibrio, se convierte en una ira fría y destructiva. El asedio a Jerusalén, que comenzó en Tevet, es la manifestación física de esa rigidez extrema que nos separa de los demás.
Rectificar (Tikún) no significa eliminar la emoción, sino transformarla en su raíz sagrada. En la Cábala, la ira es el subproducto de una Guevurá (fuerza/rigor) que no ha sido canalizada.
De la Ira a la Indignación Santa (Celo sacerdotal o profético): La ira rectificada no se dirige contra las personas, sino contra la injusticia o contra nuestro propio ego. Es la fuerza que usamos para decir «no» a lo que nos daña.
De la Reacción a la Respuesta: La ira es una reacción impulsiva. La rectificación en Tevet consiste en usar el «Ojo» (letra Ayin) para observar el impulso antes de que se convierta en palabra. Es el paso de la furia (que destruye) a la disciplina (que construye).
En este mes de Tevet, la ‘ira ardiente’ (Jarón) suele aparecer cuando sentimos que estamos bajo asedio, ya sea por deudas, problemas familiares o soledad. La rectificación consiste en enfriar la ira y calentar el corazón.
La Tribu de Dan: El Recolector de los Perdidos
¿Por qué la tribu Dan rige el décimo mes? Porque Dan es el Juez. El juicio solo puede ocurrir cuando algo se ha completado. No se juzga un proceso a la mitad, se juzga cuando el resultado final (el 10) está sobre la mesa. Dan tiene la tarea de evaluar esa «completitud» del mundo físico y decidir qué es digno de ser elevado y qué debe ser rectificado. Por eso, en este mes, la tribu de Dan actúa como el auditor de nuestra alma, revisando cómo hemos completado nuestra estructura espiritual en este plano material.
Recordemos que Dan en la bendición que le da Jacob es comparado con una serpiente. Para lograr entender el peso profético de esta berajá (bendición) debemos entender que el veneno de la serpiente es caliente e inflamatorio (como la ira). Pero, en medicina, el veneno procesado se convierte en antídoto.
La analogía apunta a que aceptemos que cuando una persona se deja llevar por la ira, su «sangre hierve». Es una energía que quema, que destruye puentes y que inflama el ego. Jacob dice que Dan es una «serpiente junto al camino». Dan tiene una naturaleza de juicio estricto (Din). Si ese juicio es «caliente» (basado en el ego o la venganza), se convierte en el veneno que muerde y derriba al jinete (la razón).
Llevando la analogía a su lado positivo, necesito aquí decir que la ciencia moderna confirma lo que los sabios ya intuían: para crear un suero contra la mordedura de serpiente, se utiliza el propio veneno de la misma. Por ello en Tevet, no intentamos «matar» nuestra fuerza o nuestra capacidad de juzgar. Lo que hacemos es «procesar» esa energía. Para lograrlo tomamos el «calor» de la ira (el veneno de la serpiente) y, en lugar de lanzarlo contra los demás, lo usamos para quemar nuestras propias impurezas o para indignarnos contra la injusticia. Es el mismo veneno, pero dosificado y canalizado por la sabiduría (aquí la ira se convierte en una «serpiente sagrada»).
La prueba definitiva de esta afirmación está en el lenguaje sagrado. En hebreo, las palabras Najash (Serpiente) y Mashíaj (Mesías) comparten el mismo valor numérico ($358$):
נָחָשׁ (Najash) = 50 + 8 + 300 = 358
מָשִׁיחַ (Mashíaj) = 40 + 300 + 10 + 8 = 358
¿Qué nos dice esto? Que la misma energía que causó la caída (la serpiente del Edén) es la que, una vez rectificada y transformada en antídoto, trae la redención. Dan representa esa capacidad de tomar lo más bajo (la serpiente que se arrastra) y elevarlo hasta lo más alto (el juicio mesiánico).
Amigos, la tribu de Dan nos enseña que nuestro mayor defecto suele ser la semilla de nuestra mayor bendición. Tu carácter fuerte, que hoy puede ser un ‘veneno’ de ira para tu familia, es en realidad la ‘medicina’ que el mundo necesita, siempre y cuando aprendas a procesarlo bajo la luz de la Torá. No elimines tu fuego; aprende a usarlo para iluminar
Por último, quiero recordarles que Dan era la «retaguardia» de Israel, ya que en el orden de marcha por el desierto, la tribu de Dan ocupaba el lugar del Measef le-jol ha-majanot («el recolector de todos los campamentos»). Su misión no era solo proteger la espalda del pueblo de ataques enemigos, sino realizar una tarea espiritual y humana fundamental: recuperar lo perdido.
El Midrash explica que si a alguien se le caía un objeto valioso, si un anciano se cansaba y quedaba atrás, o si un niño se extraviaba durante la caminata, la tribu de Dan estaba allí para recogerlos. Dan no miraba hacia adelante buscando la gloria del horizonte; miraba hacia el suelo y hacia la retaguardia asegurándose de que nadie fuera dejado atrás. Su misión era recoger lo que otros olvidaban.
Dan tiene el poder de entrar en el «barro» (la materia densa) para recuperar chispas de santidad escondidas en lo marginado.
Por ello la Bendición de Jacob dice: «Dan juzgará a su pueblo». El juicio (Din) de Dan no es para condenar, sino para poner orden en el caos de nuestras vidas.
Al estar en la retaguardia, Dan estaba en contacto con los «rezagados» espirituales. Su labor era juzgar (Dan) a estas personas con benevolencia para reintegrarlas al cuerpo de la nación. Dan nos enseña que una nación no es medida por la rapidez de sus líderes (Judá), sino por cómo cuida a sus miembros más lentos o debilitados.
La Conexión de Dan con Tevet y la Oscuridad
Como hemos visto, Tevet es un mes de oscuridad y «contracción». Es el momento del año donde es más fácil «perderse» o «enfriarse» espiritualmente.
Que Dan sea la retaguardia significa que en el momento de mayor oscuridad (Tevet), la energía de Dan está activa para recogernos.
La misión de Dan como retaguardia es el equilibrio perfecto para su rol como «serpiente» y «juez». No juzga para excluir, sino que vigila la frontera para que incluso el más pequeño de Israel llegue a la Tierra Prometida y no se pierda.
Si en este mes sientes que te has quedado atrás en tus metas espirituales o que has perdido algo valioso en tu carácter, la energía de Dan te recuerda que Dios tiene un sistema de «recolección» para que nada de valor se pierda definitivamente.
Aplicación Práctica para mis Lectores
Ahora, antes de despedirme quiero animarme a ofrecerte tres consejos basados en esta sabiduría:
Recoge tus pedazos: Al igual que Dan recogía a los rezagados, usa este tiempo para sanar áreas de tu vida que has descuidado.
Controla la reacción: Si sientes ira (el atributo de Tevet), detente y pregúntate: «¿Cómo puedo convertir esta energía en una acción constructiva?«.
Enfoca tu visión: Usa la letra Ayin (regente del mes). No mires la superficie de tus problemas; busca la chispa de aprendizaje que Dios puso ahí.
Si te sientes rezagado, si sientes que has perdido algo en el camino de este año, recuerda que en el mes de Tevet, la energía de Dan está activa. No para juzgarte y excluirte, sino para recoger tus pedazos y devolverte al campamento de la santidad. Dan es la prueba de que nadie es demasiado pequeño o está demasiado ‘atrás’ para ser parte del plan divino. Si este análisis te ha ayudado a ver tu realidad de otra forma, suscríbete al blog y comparte. ¡Nos vemos en el próximo estudio de la Torah!».
“Ahora pues, no se entristezcan ni les pese haberme vendido aquí; porque para preservación de vida me envió Dios delante de ustedes.”
(Génesis 45:5)
Todos tenemos un «pozo» en nuestra biografía. Me refiero a ese momento donde la traición, el abandono o un error propio parecieron poner punto final a nuestras esperanzas. Sin embargo, en la parashá de esta semana, Vayigash, Yosef nos regala una de las lecciones más transformadoras de toda la Escritura: ¡tú no eres lo que te hicieron; tú eres lo que Dios hace con lo que te hicieron!
Reflexionando en los códigos de las raíces de la Torah, pude darme cuenta que en la era de la «cultura de la cancelación» y la evasión de culpas en que vivimos, Vayigash nos enseña que el crecimiento real comienza cuando dejamos de preguntar «¿quién causó esto?» y empezamos a preguntar «¿qué puedo hacer yo para repararlo?».
El momento del choque: cuando el pasado te encuentra
Imagina la escena: Yosef, empoderado como el virrey de la potencia más grande del mundo, tiene frente a sí a sus hermanos; esos diez varones que lo vendieron como mercancía. La atmósfera está cargada de culpa y miedo. Los hermanos esperan venganza, pero Yosef les ofrece algo revolucionario: un reencuadre espiritual.
Yosef les dice:
«No fueron ustedes quienes me enviaron aquí, sino Dios«
(Génesis 45:8)
¿Acaso Yosef olvidó el dolor? No, para nada. Sin embargo, él aprendió a leer su vida no con los ojos de la víctima, sino con los ojos del Plan Maestro de Aquel que todo lo sabe.
La psicología moderna llama a esto «reencuadre, y con ello sostiene que no podemos cambiar lo que nos pasó (el pasado es inmutable), pero sí podemos cambiar lo que el pasado significa para nosotros hoy. Desde esto me animo a decirte que no eres una víctima de tus circunstancias, por lo que al integrar las experiencias difíciles de tu pasado en un plan de vida constructivo (esto es partzuf), puedes convertir el «dolor del pasado» en el «combustible del futuro».
Cambiando el lente: del Trauma (Tohú) al Propósito(Tikún)
En el pensamiento judío-mesiánico, entendemos que nada ocurre por azar sino por Hashgajá Pratit (Providencia Divina). Yosef comprendió y lo tenía bien aprehendido en su alma que su descenso a Egipto no fue un accidente trágico, sino un envío diplomático del «Santo y Bendito Es» para preservar la vida.
Considerando lo hasta aquí expresado, quiero decirte que ese despido, esa ruptura o ese desierto que estás atravesando no es el fin de tu historia. Es, quizás, el «Egipto» donde Dios te está posicionando para que seas de bendición para otros mañana. El reencuadre no ignora el dolor, pero le asigna un para qué.
Redimiendo las Cicatrices
Yosef es un «tipo» o sombra del Mesías. Al igual que Yeshúa, quien transformó el instrumento de tortura (la ejecución) en el instrumento de redención universal, José transformó su esclavitud en la salvación de su familia.
Redimir la historia significa que tus cicatrices se convierten en tus credenciales. Yosef no pudo haber alimentado al mundo si no hubiera conocido primero el hambre en la cisterna. Tu mayor prueba de ayer es a menudo tu mayor herramienta de ministerio hoy.
La Libertad de «Soltar» la Narrativa del Dolor
Si Yosef se hubiera quedado anclado en la narrativa del «hermano traicionado», nunca habría tenido la claridad mental para gobernar un Imperio como el de Egipto. Él entendió que el rencor nos vuelve miopes; el perdón nos devuelve la visión panorámica que el Eterno desea que desarrollemos.
Leemos que Yosef no puede contenerse más y llora frente a sus hermanos. Al mostrar su humanidad y dolor, rompe el muro de la alienación. Así pues al declarar «Elohim me envió», Yosef se quitó de encima el peso de ser una víctima. Dejó de ser el objeto de los pecados de otros para convertirse en el sujeto de la voluntad de Dios.
Vivimos en una sociedad de «máscaras de éxito» (especialmente en redes sociales). Vayigash demuestra que la vulnerabilidad auténtica puede actuar como un puente vincular (sefirá Yesod) convirtiéndose en la única herramienta capaz de sanar fracturas familiares y sociales profundas. Y es que el perdón no es un acto intelectual, es un acto emocional.Pe dir perdón y mostrar dolor requiere más fuerza que mantener una fachada de poder.
Conclusión: ¿Quién escribe tu último capítulo?
La parashá Vayigash nos enseña que el pasado es inmutable, pero su significado es negociable. Tú tienes la pluma en la mano. Puedes elegir ver un pozo sin fondo o una escalera que te llevó a palacio.
Redimir la historia no es borrar el pasado, es reescribir su final. Es la capacidad de mirar nuestras cicatrices y, en lugar de ver dolor, ver el mapa que nos trajo hasta donde estamos hoy.
Como dice la famosa frase: «Dios escribe derecho sobre renglones torcidos». Hoy es un buen día para mirar tus renglones más torcidos y preguntar: “Abba, ¿cuál es la historia de redención que estás escribiendo aquí?”.
¡Tu Voz Cuenta! Preguntas para la Reflexión:
Pensando en tu propia historia, ¿cuál ha sido tu «pozo» o desafío más grande que, mirando atrás, ahora puedes ver cómo Dios lo usó para un propósito mayor?
¿Hay alguna situación en tu vida donde todavía te cuesta «soltar» la narrativa del dolor y ver el Plan Maestro de Dios? ¿Qué paso podrías dar hoy para empezar a reencuadrar esa historia?
¿De qué manera la vida de Yeshua nos enseña sobre la redención de nuestras propias «historias rotas»?
Al peregrinar nuestro estudio de la Torah, encontramos en la parashá Vayishlaj un capítulo entero (36) que describe en detalle la descendencia de Esaú, junto con todos los futuros «reyes de Edom» que surgieron de él. Dicho esto, debemos reconocer que la inclusión de este pasaje en la Torah nos resulta un tanto desconcertante, y conduce a preguntarnos: ¿por qué debería importarnos saber sobre todos estos gobernantes extranjeros?
Hago aquí un parate y les pido que reconozcamos que, aunque esta información pueda parecer trivial a primera vista, los textos místicos que indagan en los secretos del Cielo de la Torah en realidad derivan mucho significado de este pasaje. De hecho, el sabio Isaac Luria, más conocido como el Arizal afirmó que los secretos de Shevirat HaKelim (en español el «Rompimiento de las Vasijas» al comienzo de la Creación, se transmiten específicamente en este capítulo 36 de Bereshit (Génesis).
Lo primero que debemos aprender es que Elohim originalmente creó, formó e hizo el cosmos enteramente con el poder de la Gevurah (Rigor) , o Din (Juicio). Es decir que lo hizo con medida estricta, juicio fuerte y severidad precisa. Es por esto que el relato de la Creación del capítulo uno de Bereshit usa solo Elohim como el nombre del Eterno, porque ese es el nombre asociado con Din (mientras que el Tetragrámaton o Yud-Hei-Vav-Hei se asocia típicamente con Jesed , bondad ilimitada, y más específicamente, con Rajamim , misericordias y compasión). Sin embargo, y quizás por esto mismo, ese cosmos invisible era “demasiado perfecto” y demasiado frágil a la misma vez, incapaz de contener la luz de Elohim. Por eso de los diez “vasijas” (las Sefirot) que mantenían unido el universo, los siete inferiores “se rompieron” y tuvieron que ser reconstruidas. Hablando de este asunto el Arizal señala que se rompieron en 288 fragmentos mayores; según él esto se alude cuando la Torah dice que el Espíritu de Elohim “flotaba” sobre las aguas primordiales (Génesis 1:2). La palabra “flotaba”, merajefet (מרחפת), significa «cubría», «se cernía» o «sobrevolaba», como un águila que cuida a sus crías en el nido, como fue enseñado por el Maguid de Mezeritch. Para no aplastar al nido y su cría, el águila sobrevuela sobre el nido mientras alimenta a sus pichones «tocando pero sin tocar».
Sin embargo también la palabra “flotaba”, merajefet (מרחפת) es un anagrama (cambio en el orden de las letras de una palabra que da lugar a otra palabra o frase distinta) o permutación de met-rapaj (מת רפ״ח), que significan «288 han muerto«, refiriéndose a las 288 «chispas» divinas caídas en el evento cósmico de la «Ruptura de los Recipientes» (Shevirat HaKelim). Visto así se entiende que la expresión «sobrevolaba» (merajefet, מְרַחֶפֶת), describe el movimiento del espíritu divino que «cubre» o «se cierne sobre las aguas» (Génesis 1:2) para redimir esas 288 chispas caídas que «murieron» en el proceso de «ruptura de los recipientes», simbolizando así el poder de la redención y la vida eterna. En resumen, «met-rapaj» representa el problema (la caída de las chispas), y «sobrevolaba» (Merajefet) representa la solución o el proceso de rectificación mesiánica. (Fuente: Sha’ar HaPesukim– secciónBereshit).
El Proceso de Emanación
El Eterno formó Diez Sefirot para que actuaran de canales o filtros a fin de transmitir Su Luz y Su generosidad. Estas Diez Sefirot eran herramientas necesarias en Su plan, ya que, sin ellas, la Luz Infinita de Dios habría sido demasiado abrumadora y habría arrasado con mundos y criaturas que se encontraban a niveles inferiores de santidad y espiritualidad.
Sin embargo, era necesario realizar un paso más antes de que la Creación de los mundos inferiores pudiera proceder a buen ritmo. La posibilidad de que estos mundos inferiores recibieran una provisión constante de Luz Divina iba en contra de otro objetivo de la Creación, que era que el hombre tuviera libre albedrío. Tal como explica el ARI (Etz Jaim 8:6), si la Luz Infinita de Dios fuera siempre manifiesta, el ser humano no tendría libre albedrío. Si la persona siempre fuera consciente de la Presencia de Dios, transgredir Su voluntad sería algo imposible. Por lo tanto, Dios ocultó Su Luz y, al hacerlo, permitió que el hombre eligiera libremente entre hacer el bien y hacer el mal.
Tras el movimiento existencial divino conocido como Tzimtzum (la contracción de la Luz) que dejó un espacio vacío y desordenado (en hebreo: Reshimó _רשמו), la Luz Infinita ingresó nuevamente a través de la figura del Adam Kadmón (Hombre Primordial) para poner orden y armonía.
La Luz descendió a través de las Sefirot superiores con éxito:
Entró por Keter.
Pasó a Jojmá.
Llegó a Biná.
En esta tríada superior, la Luz fue recibida y transmitida correctamente.
Sabemos que las siete Sefirot inferiores (desde Jesed hasta Malkut ) que son las que se “destrozaron” son las que emergen de la Sefirá de Binah que está por encima de ellas. Ahora pues, la pregunta es ¿cómo y por qué se destrozaron?
El Momento de la Ruptura
Aquí reside el punto crítico de la enseñanza: hemos aprendido que la última Sefirá, es Malkut (nuestro mundo físico u Olam Asiah «mundo de la acción»), y debemos saber que ella tuvo un destino diferente. Pasó explicar el por qué.
A medida que la Luz Infinita del Adam Kadmon rompía las vasijas superiores, ingresando por la sefirat superior del centro (Da’at) y hasta llegar a Yesod, su intensidad iba disminuyendo gradualmente. Lo que necesitamos saber aquí es que en este estado primitivo, las vasijas tenían una característica fatal: existían en aislamiento total. Por lo que podían recibir la luz divina, pero no tenían la capacidad de interactuar ni de compartir con las otras vasijas. No existían los canales (tzinorot) que conectan el Árbol de la Vida. Entonces el Santo Bendito Es hizo descender Su Luz Infinita sobre estas vasijas. Al estar éstas en una posición de «sólo recibir para sí» (egoísmo) y no tener mecanismos para drenar o compartir la energía, la intensidad fue insoportable. La luz las sobrecargó y las vasijas se fracturaron, estallaron y murieron.
◦ Analogía: Es como lanzar miles de pelotas a una persona que no puede pasarlas a nadie más. Eventualmente, colapsa bajo el peso. La energía estancada siempre destruye al recipiente.
Así al llegar finalmente a Maljut, la fuerza de la Luz se había reducido lo suficiente como para no destruir la vasija por completo. Por lo tanto, Maljut no se rompió, sino que se resquebrajó.
Este proceso abstracto está codificado históricamente en el Bereshit o Génesis (Capítulo 36), en la lista de los «reyes que reinaron en Edom antes de que hubiera rey en Israel». La Torah en este pasaje enumera a siete reyes (Bela, Yovav, Husam, etc.) con una sentencia repetitiva y lapidaria: «Reinó y murió».
El Arizal (Rabí Isaac Luria) explica que los Siete Reyes de Edom corresponden a las Siete Sefirot inferiores (las emociones) que se quebraron:
Bela ben Beor: Corresponde a Daat (Conocimiento, que aquí cuenta como raíz emocional).
Yovav: Corresponde a Jésed (Bondad).
Jusham: Corresponde a Gevurá (Rigor).
Hadaf: Corresponde a Tiféret (Belleza).
Samla: Corresponde a Nétzaj (Eternidad).
Shaúl: Corresponde a Hod (Esplendor).
Baal Janán: Corresponde a Yesod (Fundamento).
La «muerte» de cada uno de los siete reyes es la alegoría de la «Ruptura de las Vasijas«. La causa de la muerte fue porque eran esferas celestiales llenas de energías de caos (egoísmo puro) por su falta de interconexión (hitkalelut). Cada una de las Sefirot emocionales (representadas por los reyes) decía: «Yo soy el rey, yo gobierno sola». Por ende, al no poder compartir la luz, se autodestruyeron. Daat, explotó y su rey arrastró tras de sí al resto de las sefirot y las entidades celestiales que en ellas residían.
Cada vasija perdió su estructura y la luz retornó a su fuente, mientras que los fragmentos de la vasija (las «chispas» o Nitzotzot) cayeron a los mundos inferiores, fueron arrojados muy lejos (lo más bajo de Malkut), formando las así llamadas klipot («fuerzas del mal» o «lo demoníaco») y dando surgimiento a un ámbito externo en el cual la Presencia de Dios está casi completamente oculta. Posteriormente, cuando Adam comió del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, Adam provocó todavía más daño a aquellas chispas de santidad, haciendo que se dispersaran aún más lejos.
Los primeros siete reyes corresponden a las siete Sefirot inferiores que se destrozaron. El primero de ellos es Bela de Dinhava. El nombre de su dominio, Din hava , alude claramente al hecho de que las Sefirot no pudieron contener al inmenso Din. Esto lo explica el Recanati (Rabino Menachem de Recanati, Italia, 1223-1290) en su comentario.
La lista concluye con un octavo rey, Hadar, del cual el texto no dice que murió. Este octavo y último rey, alude a Binah arriba, razón por la cual la Torah también menciona específicamente a su esposa Mehetabel aquí en el relato bíblico, ya que Binah es llamada Ima, la “madre” de arriba. En la mística de la Torah, la esposa simboliza la capacidad de relacionarse, el equilibrio entre dar y recibir. Por ende el rey Hadar sobrevivió porque no estaba solo; tenía un receptáculo para compartir la energía.
El rey Hadar representa el inicio del Olam HaTikun (El Mundo de la Corrección o Reparación). Él simboliza la madurez: la capacidad de una vasija para interactuar con las demás, ser flexible y contener la luz sin romperse. Al mismo tiempo, Hadar significa la rectificación de las siete Sefirot inferiores:
La forma en que Dios reconstruyó los siete inferiores es infundiendo la medida correcta de Jesed , bondad amorosa, para equilibrar el Din/Gevurah . Matemáticamente, el valor de Gevurah (גבורה) es 216, mientras que Jesed (חסד) es 72, por lo que la suma de los dos, juntos en armonía, ¡es 288! Es cuando los dos se combinan en las proporciones correctas que las 288 piezas rotas se rectifican. Hay una pequeña pista de esto en el nombre del último rey, Hadar (הדר), cuyo nombre es casi idéntico a Jadar (חד״ר), un acrónimo místico común para Jesed-Din-RaJamim , donde Jesed y Din están perfectamente equilibrados en las Rajamim (Misericordias) de Tiferet (Belleza-Compasión-Empatía).
Mientras el siete representa el ciclo natural (los días de la semana, la creación física), el ocho simboliza lo trascendente, lo sobrenatural de la Era Mesiánica. El rey Hadar es es símbolo de la energía mesiánica de la rectificación que opera por encima de las limitaciones de la ruptura.
La conexión de Janucá
En el mismo pasaje de Sha’ar HaPesukim citado anteriormente, el Arizal explica que hay un total de 320 canales de juicio que fluyen hacia el mundo. Este número se deriva de las 288 piezas caídas, más las 32 veces que se menciona a “Elohim” en la Creación. La suma de estos dos números es 320. Estos 320 canales de juicio se conocen como shakh dinim (ש״ך דינים). Cabe destacar que shakh es la raíz espiritual de la expresión joshekh (חשך), “oscuridad”, el momento en que las fuerzas del juicio son particularmente fuertes. Mirando más de cerca, joshekh (חשך) es simplemente el 320 de shakh (שך), más el 8 (ח) que simboliza las ocho Sefirot asociadas con Shevirat HaKelim , ¡que dieron origen a esos 320 canales en primer lugar!
Ahora bien, esos 320 canales están estrechamente vinculados a las cinco Gevurot, es decir las cinco letras hebreas especiales que tienen una forma única al aparecer al final de una palabra.
El Zohar y los místicos del judaísmo explican que estas cinco letras finales (que marcan el final de una palabra) representan cinco gevurot o elementos de “juicio” o “severidad”, que sirven para restringir la luz Divina y crear un espacio donde puede existir la alteridad. Explican que esto se refleja en los diferentes sonidos que producen las letras, que pueden dividirse en cinco puntos diferentes de la boca (garganta, paladar, lengua, dientes y labios). Así, en esencia, estas cinco letras son la fuente a través de la cual fluyen todos los sonidos de las otras 22 letras.
Entendiendo esto, agregan que cada una de estas gevurot es un importante conductor del juicio en el mundo, y cada una de ellas contiene, en realidad, 320 canales. Por lo tanto, en total hay 5 x 320 canales, o 1600 en total. Paralelamente, el Zóhar (II, 243a) afirma que existen específicamente 1600 campamentos de ángeles destructores que Elohim creó. Estos ángeles sirven para cumplir el juicio de Elohim y repartir Su castigo en este mundo. Su supervisor (dice el Zohar) es el ángel líder Katzpiel (קצפיאל), cuyo nombre significa literalmente «la ira de Dios«. Éstos fueron algunos de los campamentos de ángeles que nuestro Yaakov avinu vio al final de la parashá de Vayetzé (Génesis 32:3), lo que establece directamente el comienzo de la parashá Vayishlaj cuando Yaakov envía ángeles hacia su hermano Esav (Esaú).
Tras enviar a los ángeles mensajeros, junto con los regalos para apaciguar a Esaú, Jacob se quedó solo por la noche. La Torah especifica que fue de noche, en el tiempo de oscuridad, joshekh. Como es bien sabido por las distintas midrashim, Yaakov avinu estaba solo porque había salido a buscar unas vasijas que se habían quedado atrás. Nuestros Sabios conectan estas vasijas con la futura vasija de aceite que encontrarían los Macabeos durante Janucá. Aquí encontramos una profunda conexión entre la festividad, las vasijas de Jacob, la Ruptura de las Vasijas y los reyes de Edom.
El Arizal enseñó que las ocho luces de Janucá corresponden a las mismas ocho Sefirot a las que aludieron los reyes de Edom, desde Biná hasta Maljut . El primer día de Janucá corresponde a Biná, el segundo a Jésed, y así sucesivamente. El último día de Janucá, llamado Zot Janucá, es Malkut. De hecho, el valor numérico de “Zot Janucá” (זאת חנוכה) es igual a Maljut (מלכות), con un kollel . Como tal, Janucá sirve como una rectificación importante para la Ruptura de las Vasijas. Encender las velas o lámparas de aceite ayuda a restaurar las luces primordiales de la Creación. Este es el significado místico detrás de Jacob regresando por sus vasijas perdidas y “caídas”, y luego encontrándose con el ángel de Esaú, el supervisor espiritual de todos los futuros reyes de Edom, en la noche, en la oscuridad. El propósito de encender las velas de Janucá es disipar la oscuridad de Edom, la oscuridad que resultó de la Ruptura de los Vasos simbolizada por los Reyes de Edom.
Además, nuestros Sabios enseñaron que la Torah alude a los Cuatro Exilios del pueblo de Israel desde el comienzo de la Creación (Génesis 1:2), y cuando la Torah dice «oscuridad» en este versículo, se refiere al tercero de los Cuatro Exilios, es decir, la opresión sirio-griega de Janucá (Bereshit Rabá 2:4). El Midrash, y también el Zóhar (I, 16a), añaden que esa misma «oscuridad» se refiere a Esaú. Por eso las velas de Janucá son el antídoto perfecto para esa oscuridad. Y no es casualidad que, durante la festividad, encendamos un total de 36 velas o lámparas de aceite.
Recordemos que el número 36 se asocia con la Luz primordial de la Creación, ya que esa luz divina original brilló solo durante 36 horas. Las 36 luces de Janucá ayudan a dominar las fuerzas negativas de Esaú, descritas específicamente en el capítulo 36 de Génesis. Así, al encender las luces de Janucá, ayudamos a reconstruir las vasijas espirituales de la Creación, a repeler las fuerzas del juicio y a acercar al mundo un paso más a la Era Mesiánica.
La Enseñanza para Nosotro Hoy
Así como la Ruptura de las Vasijas tuvo lugar a un nivel macrocósmico, en nuestros días también tiene lugar a un nivel microcósmico, en cada persona, ya que a fin de desarrollar nuestro potencial, primero debemos experimentar un tzimtzum, una constricción de Divinidad, y crear un “espacio vacío” propio dentro del cual operar. Así como la Luz del Eterno estaba en todas partes, y aun así, Él hizo un hueco para hacer “lugar” para la Creación, también debemos “hacer lugar” para una “buena creación” dentro del corazón de cada uno de nosotros, para que la Divinidad pueda entrar y residir allí. Y esto lo logramos al someter nuestras vidas al Mesías como nuestro Rabeinu (nuestro Maestro y Dueño) y pensar con conciencia Reino suscitando niveles de conciencia cada vez más elevados y mejores. Entonces podemos merecer una revelación aún mayor de Divinidad.
Cada nuevo comienzo crea su propio tzimtzum. Y cada tzimtzum va seguido inmediatamente de una “iluminación” y una “ruptura de las vasijas”. Además, cada persona posee chispas de santidad que son propias de su psiquis y que son afectadas por el medio, la crianza y la educación. Siendo el “bien” de la Creación representado por el logro de nuestros objetivos, y el “mal” de la Creación representado por los desafíos y las frustraciones que enfrentamos a lo largo del camino, ahora pasaremos a aplicar las lecciones de la Ruptura de las Vasijas en la vida cotidiana.
¿Cuántas veces empezamos de nuevo, con fervor y con confianza pero al poco tiempo, perdemos la determinación y vemos que vamos perdiendo el interés en dichos objetivos? Si fortalecemos nuestra determinación y damos los primeros pasos hacia nuestro objetivo, la conciencia de que no podemos alcanzar ese objetivo de manera inmediata tiende a debilitar de nuevo nuestra determinación. Todo esto indica que la “luz” del potencial es demasiado “intensa”. No estamos preparados como deberíamos con las “vasijas” necesarias, o sea, con la medida de determinación necesaria para alcanzar hacer realidad lo que nos hemos propuesto.
Además, las frustraciones, los desafíos y los obstáculos que aparecen por todas partes nos arruinan los planes. Por supuesto que cada objetivo que nos ponemos va a tener numerosos obstáculos en el medio, y es verdad que esos obstáculos surgen de nuestros errores, pero no podemos permitir que nos persuadan de abandonar aquello que por derecho nos pertenece. En vez de percibirlos como problemas, deberíamos verlos como desafíos que pueden refrescar nuestra determinación de alcanzar niveles cada vez más altos. Cada vez que vemos que nuestros buenos anhelos se van desvaneciendo, debemos “rediseñar” nuestros procesos de pensamiento para enfrentar lo que nos espera.
Además, las “chispas de santidad” nos enseñan a fortalecernos y a tener éxito en nuestros emprendimientos. Dado que estas chispas existen como parte de la psiquis, con el tiempo vamos entrando en contacto con un número cada vez mayor de ellas en diferentes etapas de la vida. Cada vez que experimentamos una “ruptura” (enfrentar un obstáculo que nos saca de curso), podemos repensar nuestro enfoque, re-evaluar nuestros intentos y fortalecer nuestra determinación para continuar nuestra búsqueda original o concebir un enfoque nuevo para el mismo problema.
La historia de Adam HaRishon (la Humanidad primordial) al comer el fruto prohibido y causar más daño a las chispas de santidad tiene un importante mensaje para nosotros. Durante el curso de nuestras vidas, haremos muchas buenas acciones. Además es más que probable que nos “confundamos” aquí o allá. Cada vez que hacemos algo mal, estamos ocasionando una “ruptura de las vasijas” microcósmica y una dispersión aún mayor de las chispas de santidad.
A primera vista, esto parecería ser un problema interminable, ya que cada error o falta intencional hace que las vasijas se rompan más y más, pero, al mismo tiempo, puede ser una gran fuente de consuelo para aquellos que realmente desean hacer algo con sus vidas. A partir del fracaso, aprendemos que los objetivos que buscábamos eran demasiado grandes o demasiado difíciles de alcanzar. Cada “ruptura” sirve para dividir esos intentos en objetivos menores y más fáciles de alcanzar. Con el tiempo, y a pesar de los reveses, aquellos que constantemente busquen alcanzar un logro llegarán a un punto bajo que los catapultará a grandes niveles de éxito en sus emprendimientos.
De esta manera, podemos reflejar el Acto de la Creación, reconstruyendo y restaurando nuestras “vasijas rotas” en nuestro intento por alcanzar los objetivos.
De hecho, al transformar el corazón en un “espacio vacío” a fin de recibir la Divinidad por medio del Mesías, podemos formar nuevas creaciones con tan sólo tener buenos pensamientos. Y entonces podemos llegar al nivel de realizar milagros, emulando el milagro original de la Creación
En Conclusión: ¡Nosotros somos los Reyes de Edom!
Al llegar a la conclusión de este estudio, debo decir que quizás la revelación más impactante de esta lección es la identidad de estos reyes. Según los Sabios, antes de la creación de la humanidad actual (Adam), existieron otras civilizaciones y mundos que fueron destruidos. El Ein Sof (Infinito), el Santo y Bendito Es, creaba mundos y, al ver que no cumplían su propósito, los destruía («el alfarero rompe la vasija»). Sin embargo, la materia prima no se pierde. Nosotros, la raza humana, fuimos creados a partir de los residuos y la esencia reconfigurada de esos mundos destruidos.
Para concluir, debo decir que el estudio de las vasijas rotas y los reyes de Edom nos invita a dejar de ver el caos como un enemigo. El caos (Tohú) es la materia prima de la rectificación (Tikún). Nosotros somos los arquitectos encargados de tomar los fragmentos de los mundos anteriores —nuestros propios traumas, errores y herencias— y unirlos mediante actos de conexión y altruismo. Al hacerlo, no solo mejoramos nuestra vida, sino que estamos completando una obra cósmica: la estabilización del universo en el estado de perfección del octavo rey, Hadar. Visto de esta manera, podemos decir que llevamos en nuestra alma la historia de esos «reyes muertos». Nuestro trabajo espiritual es realizar el Tikún que ellos no lograron: transformar el egoísmo en altruismo y reconstruir el mundo de Atzilut desde nuestra conciencia para que este Olam Asiah («Mundo de la Acción» o «Mundo Físico») sea cada día un Mundo más humano.
Shalom y Feliz Janucá! En amor y servicio: P.A. David Nesher
La porción Vayeshev («y habitó» o «se asentó«), que abarca Génesis cap. 37, vers. 1 hasta cap. 40, v. 23, relata el asentamiento de Yaakov (Jacob) en la tierra de Canaán, simbolizando la búsqueda de estabilidad y prosperidad a la que aspira toda alma. Sin embargo, esta sección es el preludio de eventos turbulentos, detonados por una de las fuerzas más corrosivas del alma humana: la envidia.
La historia de Yosef (José) y sus hermanos ilustra cómo la envidia, producto de los celos y el odio, puede desmantelar los lazos familiares y el propósito divino. Yaakov amaba a Yosef más que a todos porque era hijo de su ancianidad, y le obsequió una ketonet passim (כְּתֹנֶת פַּסִּים) en hebreo bíblico, traducida comúnmente como «túnica de muchos colores«, o «túnica a rayas» . Este favoritismo, sumado a los sueños proféticos de Yosef (donde sus hermanos y sus padres se postraban ante él), generó odio y celos. El relato del hagiógrafo nos dice que sus hermanos, sintiéndose injustamente desplazados, no podían hablarle apaciblemente.
El Poder Tóxico de la Envidia: Un Motor Antiprosperidad
De acuerdo a los especialistas de las ciencias del alma, la envidia es una emoción compleja, una resultante de los celos y el odio, que se describe en las Escrituras como un combustible tan tóxico que posee un poder anti prosperidad. Su poder radica en su origen:
1. Percepción de injusticia: La envidia nace de una percepción distorsionada o equivocada de la realidad. Los hermanos creyeron que, si Yosef se elevaba como maestro y rey (como sugerían sus sueños y la túnica que le regaló su padre), ellos serían exiliados de la casa paterna, al igual que Ishmael o Esav (Esaú) en generaciones anteriores.
2. Deseo de lo Ajeno: El envidioso cree que el otro no merece el éxito o la ventaja que experimenta, sino que le pertenecían a él.
3. Inseguridad: La envidia a menudo surge de una persona con inseguridad y una autoestima muy baja, que se siente irracionalmente amenazada por el éxito ajeno.
Motivados por este poder negativo, los hermanos de José conspiraron con el objetivo de eliminar la amenaza. Planearon asesinarlo, y finalmente, la traición se concretó al venderlo a mercaderes ismaelitas y madianitas, iniciando su viaje como esclavo a Egipto.
Consecuencias de la envidia en el individuo y en su entorno
La envidia produce consecuencias negativas devastadoras en tres niveles:
Para el Envidioso (Los Hermanos)
Para el Envidiado (José)
En el Ámbito Social (La Familia)
Pérdida de progreso personal, ya que gasta energía buscando la destrucción del otro.
Acoso, difamación y sabotaje de sus logros y relaciones.
Conflictos y la destrucción de relaciones o vínculos.
Estrés y ansiedad por ser víctima constante de los ataques sutiles y la violencia.
Manipulación del entorno para ganar adeptos a la envidia.
Aislamiento social y pérdida de empatía.
Pérdida de confianza en los demás.
La envidia de los hermanos llevó a José a una crisis existencial, pero esta crisis fue el catalizador de su crecimiento. La traición es una de las manifestaciones más peligrosas de la envidia, especialmente cuando se utiliza información confidencial en contra de la víctima.
La Respuesta de la Torah: La Integridad y el Salaj
Yosef, a pesar de ser vendido y encarcelado injustamente en un «pozo» (más tarde la prisión egipcia), se mantuvo en fidelidad e integridad. Su historia es un ejemplo de cómo superar la adversidad mediante la congruencia: lo que pensaba y creía, lo manifestaba en su vida diaria con fidelidad.
La integridad de Yosef fue probada por la tentación de la esposa de Potifar, a la que se enfrentó insistentemente. Este rechazo al pecado lo mantuvo como un ish tzadik (varón justo).
La recompensa de esta fidelidad es la prosperidad verdadera, definida por el concepto hebreo Salaj (צָלַח). La expresión Salaj significa tener éxito, prosperar en todo y avanzar en victoria. Este éxito se manifiesta en dos planos:
1. Plano Material: El Eterno estaba con José, y él prosperó, elevándose a posición de autoridad en la casa de Potifar y luego en la cárcel, demostrando que un justo siempre se convierte en un imán de riquezas materiales.
2. Plano Espiritual:Salaj significa florecer desde el espíritu para crear una moral de bendiciones.
El verdadero éxito según la Torah no se mide por la acumulación material, sino por la fidelidad y la obediencia a los mandamientos (en hebreo mitzvot) del Eterno.
El Camino a la sanación: El perdón y la Reparación (Tikun)
Superar el poder de la envidia, el odio y el resentimiento requiere un proceso activo de sanación y corrección.
1. La Terapia del Perdón: Esta es la solución primordial. El perdón se enfoca principalmente en la sanación personal del ofendido (el envidiado), permitiéndole liberar el rencor y el enojo acumulado.
2. No tomar venganza: Es crucial dejar el castigo en manos de Yah, el Vengador (Goêl), quien se encarga de activar los juicios divinos sobre las personas que envidian. No se debe tomar represalias.
3. Tikun (Autocorrección): La superación de estas emociones negativas requiere el reconocimiento y la aceptación de que existen, seguido por la decisión individual y personal de redimirse, corregirse y rectificarse. Se sugiere que Yosef pudo haberse autoperdonado al reconocer que el orgullo que había estado alimentando contribuyó al «pozo» en el que cayó.
4. Comunidad de apoyo: Congregarse con una comunidad que ama la Torah y estimula el amor y las buenas obras (Hebreos 10:24-25) ayuda a evitar los celos.
En la enseñanza del apóstol Pablo, se resume esta superación: «No te dejes vencer por el mal, al contrario, vence el mal con el bien» (Romanos 12:21).
Al reflexionar sobre la travesía de José, comprendemos que la búsqueda de estabilidad y prosperidad (Vayeshev, «y se asentó«) es un anhelo inherente a las raíces más profundas de nuestra alma, anhelo que brota del Tzelem Elohim (la imagen de Dios) en nosotros. Sin embargo, la Torah nos recuerda que la verdadera tranquilidad es una ilusión que alimenta el ego, pues el crecimiento espiritual siempre vendrá a través de las pruebas enfrentadas con una mente en calma.
La historia de Yosef nos lleva a una profunda meditación: ¿Cómo puede un alma no solo sobreponerse a la adversidad y a la envidia de sus propios hermanos, sino también prosperar? La clave se encuentra en el concepto de Salaj (צָלַח), que no es simplemente acumulación material, sino tener éxito, prosperar en todo y avanzar en victoria. El Salaj se manifiesta cuando el individuo florece desde su espíritu para crear una moral de bendiciones, asegurando que todo lo que se haga en el plano material tenga el respaldo del mundo espiritual.
El verdadero éxito en los términos de la Torah nunca se mide por cuánto poseemos, sino por la fidelidad y la obediencia a los mitzvot (mandamientos) del Eterno. La integridad de José, su emuná inquebrantable y su obediencia en el cautiverio lo hicieron un imán de las bendiciones y la prosperidad.
La historia de Yosef nos enseña que la adversidad y la envidia son obstáculos, pero nunca tienen el poder de mantenernos en el pozo. La fidelidad al Eterno, la integridad en nuestra conducta y la sanación a través del perdón son las herramientas que nos permiten florecer y alcanzar el Salaj en medio de cualquier tormenta.
La envidia es como un ancla pesada que hunde el barco del progreso personal, obligando al envidioso a gastar toda su energía en intentar detener a los demás. La integridad, en cambio, es como una vela que, al ser orientada por el viento del Espíritu, permite al individuo avanzar en victoria (Salaj), sin importar qué tan fuerte sea la tormenta que otros hayan desatado en su contra.
Nuestra lección final es que, al igual que José, debemos emprender la terapia del perdón y el autoperdón, liberando el rencor que pudimos haber acumulado al ser blanco de la envidia. Es un acto de autocorrección (Tikun) y la aceptación de que la venganza pertenece solo a Dios, el Vengador (Goel).
Al final, la Torah nos llama a la acción desde Romanos 12:21: «No te dejes vencer por el mal, al contrario, vence el mal con el bien». La fidelidad a Su instrucción es la que otorga la victoria y la recompensa. Si nos mantenemos firmes en la integridad y la obediencia, aunque la envidia pretenda echarnos al pozo, nunca logrará mantenernos allí. El Padre nos promete que, al igual que Yeshúa venció y se sentó en Su Trono, a quien venza la adversidad, le concederá sentarse con el Mashíaj en Su Reino Milenial.
Te recomiendo profundizar esta temática escuchando esta enseñanza:
Vivimos fragmentados. En la era de la conexión constante, paradójicamente, nos sentimos más desconectados que nunca. Desconectados de nuestro propósito, de nuestros seres queridos e incluso de nosotros mismos. Corremos de una tarea a otra, apagando incendios urgentes, mientras las cuestiones verdaderamente importantes —nuestra fe, nuestra familia, nuestro legado— quedan relegadas a un segundo plano, esperando un momento de calma que nunca llega.
Esta tensión entre las demandas del «ahora» y el llamado del «mañana», entre la gratificación inmediata y el propósito eterno, no es un fenómeno moderno. Es una lucha arquetípica del alma humana, magistralmente retratada en la Parashat Toldot del Génesis. La historia de los gemelos Jacob y Esaú no es solo un drama familiar antiguo; es un espejo donde podemos ver reflejadas nuestras propias luchas por encontrar un equilibrio auténtico en la vida.
El Arquetipo del «Ahora» y la Trampa de la Inmediatez.
Esaú, el cazador, el hombre de campo, personifica el impulso hacia la gratificación inmediata. Llega exhausto y hambriento, y en ese estado de vulnerabilidad, su juicio se nubla. Cuando su hermano Jacob le ofrece un guiso de lentejas a cambio de su primogenitura —su derecho de nacimiento, su liderazgo espiritual y su legado—, la respuesta de Esaú es escalofriante: «He aquí, yo me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura?«.
Para Esaú, el futuro es una abstracción sin valor. Su mundo se reduce al deseo del momento presente. Desprecia su legado eterno por un placer efímero. ¿Cuántas veces actuamos como Esaú en nuestra vida diaria? ¿Cuántas veces sacrificamos lo duradero —tiempo de calidad con la familia, nuestro desarrollo espiritual, nuestra integridad— por la satisfacción rápida de un logro laboral inmediato, una distracción digital o una compra impulsiva? Este comportamiento es la manifestación moderna del Homo Economicus, que descuenta el futuro y sobrevalora el presente.
El Arquetipo del «Mañana» y la Visión del Propósito
Frente a él está Jacob, el «hombre en Shalom, que habitaba en tiendas», interpretado por la tradición como un estudioso de la Torah. Jacob representa la visión a largo plazo, el sentido de propósito eterno. Él entiende que la primogenitura tiene un valor intrínseco que trasciende el momento presente; es una conexión con un pacto divino y una misión que va más allá de su propia vida. Jacob es el estratega que está dispuesto a invertir en el futuro, a sembrar hoy para cosechar mañana.
La lección inicial de Toldot es clara: una vida gobernada únicamente por la gratificación inmediata lleva a la pérdida de la identidad y el destino.
La falsa dicotomía: ¿Dios o el Mundo?
Esta tensión se manifiesta también en el ámbito religioso. Existe una tradición que interpreta el «habitar en tiendas» de Jacob como una dedicación exclusiva al estudio y la oración, a expensas del trabajo mundano y el sustento familiar. Esto plantea una pregunta crucial para todo creyente: ¿Debemos elegir entre Dios y el mundo? ¿Es la vida espiritual incompatible con el éxito profesional y la vida familiar?.
La respuesta mística y práctica a la vez, arraigada en la propia Torah y en las enseñanzas de Yeshúa, es un rotundo no. Nuestro RYBY enseñó que el amor a Yah y el amor al prójimo son inseparables; la fe verdadera se manifiesta en acciones concretas en el mundo . No podemos aislarnos en una «tienda» espiritual e ignorar las necesidades de quienes nos rodean. El verdadero servicio a Dios implica servir a los demás.
La integración mística: La Voz y las Manos
La Parashat Toldot nos ofrece una solución profunda a esta aparente dicotomía a través de un episodio crucial: el momento en que Jacob, guiado por su madre Rebeca, se disfraza de Esaú para recibir la bendición de su padre Isaac. Isaac, confundido, pronuncia una frase que encierra el secreto de la integración: «La voz es la voz de Jacob, mas las manos son las manos de Esaú«.
La Voz de Jacob: Representa nuestro propósito, nuestros valores, nuestra visión espiritual, nuestro «por qué».
Las Manos de Esaú: Representan nuestra capacidad de acción, ejecución, trabajo y eficacia en el mundo material.
El desequilibrio surge cuando vivimos en uno solo de estos polos. «Solo la Voz de Jacob» lleva a ideales sin acción, a una espiritualidad desconectada de la realidad. «Solo las Manos de Esaú» conduce a un activismo frenético sin propósito, al agotamiento y al vacío existencial.
El «engaño sagrado» de Jacob no es una simple treta, sino una lección mística de integración. Jacob, el visionario, debe «vestirse» con la capacidad de acción de Esaú para materializar su propósito en el mundo. Su vida posterior como pastor diligente y exitoso demuestra que aprendió esta lección: su ética de trabajo era impecable, pero siempre estuvo al servicio de su misión mayor.
Hacia una vida unificada
El verdadero equilibrio entre trabajo y vida personal no es una separación rígida de tiempos, sino una unificación de propósitos. Se logra cuando nuestras «Manos de Esaú» (nuestro trabajo diario) se convierten en la expresión tangible de nuestra «Voz de Jacob» (nuestro propósito espiritual). Dejamos de ver el trabajo y la fe como compartimentos estancos y comenzamos a vivir una vida integrada, donde cada acción, por mundana que parezca, está impregnada de sentido.
Esta es la bendición de una vida unificada: la capacidad de navegar la tensión entre el ahora y el mañana, no eliminándola, sino utilizándola como un motor de crecimiento y propósito. Es la sabiduría de saber qué «Esaú interior» (impulsos inmediatos) debemos refrenar y qué capacidad de acción debemos potenciar para servir a nuestro «Jacob interior» (propósito trascendente).
La Parashat Toldot nos enseña que el equilibrio no es un estado de reposo, sino un dinamismo constante. Es la sabiduría de saber qué «Esaú interior» debemos alimentar y cuál debemos trascender, y qué «Jacob interior» debemos proteger y potenciar.
En última instancia, la Parashat Toldot nos desafía: no vendas tu primogenitura espiritual por un plato de lentejas momentáneo. Busca la integración. Une la voz del propósito con las manos de la acción, y encontrarás no solo el equilibrio, sino la bendición de una vida plena y significativa. Al final, se trata de que nuestra vida y nuestro trabajo dejen de ser dos reinos separados, para fundirse en una única, coherente y bendita realidad: una vida con propósito.
y le respondió Yahveh: «Dos naciones hay en tu seno, Y dos pueblos serán divididos desde tus entrañas; El un pueblo será más fuerte que el otro pueblo, Y el mayor servirá al menor.
Bereshit | Génesis 25:23
La porción de la Torah que estudiamos esta semana se llama Toldot (abarca Génesis 25:19 al 28:9) y significa «Generaciones». Lo central de esta sección es que nos introduce en el drama fundacional de las dos naciones que surgen del vientre de una mujer: Rivka, la esposa de Itzjak (Isaac).
Como lo mencioné en el párrafo anterior la palabra Toldot se ha traducido de muchísimas formas, una de ellas es «generaciones», además también incluye «historia» o «genealogía». No obstante, su significado básico y literal es «los partos» en el contexto de Isaac, y más específicamente «el orden de nacimiento». Este capítulo examina cómo los eventos del nacimiento, el carácter de los mellizos y el controversial intercambio de la primogenitura no son meros relatos biográficos, sino un testimonio y una orientación divina que establece la venida del Mashíaj (Mesías o Cristo).
I. El contexto del nacimiento y la insistencia de Isaac
Sabemos que Isaac, el hijo de Abraham, era un hombre que, al igual que sus padres, experimentó el milagro de la concepción tardía. Él tomó a Rivka, hija de Betuel y hermana de Labán el arameo, por esposa cuando tenía 40 años. Rivka era estéril, un detalle crucial que prolongó la espera de la simiente prometida en la profecía de Génesis 3:15 y confirmada por Pacto a Abraham, su padre.
Si lo hemos notado, Isaac pasó veinte años clamando ante el Eterno por su esposa. Por esto, necesito aquí contarte que la acción de Isaac no fue descrita con la palabra hebrea común para «orar«, sino que el verbo utilizado en el texto indica que Itzjak «simplemente estuvo insistiendo e insistiendo en intercesión». Isaac esperaba y recordaba a Dios sobre este punto, pues él mismo era producto de un nacimiento sobrenatural y sabía que su madre, Sara, también había sido estéril. Finalmente, y ante este mérito de fe, Isaac tenía 60 años cuando nacieron los mellizos.
II. La Profecía en el vientre y la Elección del Mashíaj
El relato nos cuenta que ante el movimiento anormal y acelerado de los niños en su vientre, Rivka fue a investigar ante Adonai por el significado de esta inquietud. Yahveh mismo le reveló la división futura: «Dos naciones (goyim) están en tu vientre» y dos naciones se separarían, afirmándose una más que la otra.
Ahora bien, el punto profético que define la elección, sin embargo, se encuentra en la cláusula que ha sido objeto de mala interpretación tradicionalmente por haber sido traducida como «el mayor servirá al menor«. Entonces y para dejar bien en claro lo que el texto está aquí revelando a los redimidos debo destacar dos puntos:
• La traducción literal: Los expertos en hebreo admiten que el texto afirma literalmente: «el abundante trabajará pequeño». La palabra hebrea rab (רָב) no significa en este contexto «grande» o «mayor», sino más bien «abundante», un epíteto atribuido en el Tanak únicamente a Yah («abundante en Piedad y en verdad»). Por el otro lado la palabra traducida como «pequeño» (tzair -צָעִיר -) es la misma que usa el profeta Miqueas (cap. 5, vers.2) al referirse al Moshel (Gobernante) de Israel que habría de salir de la aldea de Belén: «Pero tú, Belén Efrata, aunque eres pequeña entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser gobernante en Israel. Y sus orígenes son desde tiempos antiguos, desde los días de la eternidad.»
• La implicación mesiánica: La profecía, por lo tanto, no solo hablaba de las naciones de Jacob y Esaú, sino que se refería al Masía, indicando que Aquel que es «el Abundante» (Dios) vendría a trabajar como «el Pequeño». El propósito de esta revelación era establecer categóricamente a través de quién vendría esta figura.
III. Los caracteres contrastantes y el significado de la expresión Tam
Al nacer, la disparidad entre los mellizos fue evidente. Esaú salió pelirrojo y peludo («como una pelliza de pelo de cabra»), por lo cual lo llamaron Edom («el rojo» o «el hecho completo»). Jacob, que salió después, se aferraba al talón (aqev) de Esaú. Por ello, se le llamó Ya’akov, que puede significar «talón de Ya» o, más profundamente, «la huella de Yah».
La diferencia clave radicaba en su carácter espiritual:
• Esaú: Fue un hombre «sabedor de casa [caza], hombre de campo». Era una persona racional y terrenal que confiaba en su propia capacidad para proveerse.
• Jacob: Fue un hombre tam, habitante de tiendas. La traducción de tam como «quieto» (dando la idea de «flojo«, «quedado», «apalancado» o «casero/hogareño») en Génesis es una interpretación (en algunas biblias, se traduce como «entero» o «íntegro»). Por ello, necesito aquí aclarar que el significado bíblico de la expresión tam(como se usa en Job 1:1) es «perfecto, temeroso de Dios y apartado del mal».
Esta distinción enfatiza que mientras la vida de Esaú era trivial, carnal y cotidiana, Jacob era dependiente de Dios y su sostenibilidad estaba fundada en el temor a Yah. Este enfoque espiritual hizo de Jacob el portador idóneo para la promesa profética.
IV. La Primogenitura: Un Hecho Legal y un Desprecio Categórico
El incidente de la primogenitura es crucial para desmantelar la idea errada y difundida de que Jacob era un «ladrón» o un «engañador».
Esaú regresó del campo «cansado» y, pensando en el corto plazo («voy a morir»), despreció su primogenitura. Jacob le exigió que jurara conforme a este día, y Esaú le juró y vendió su primogenitura a Jacob. Este fue un negocio totalmente legal de un derecho de herencia.
El acto final de Esaú es la prueba de su mentalidad carnal: «comió y bebió y se levantó y se fue y despreció Esaú la primogenitura«. Este desprecio demostró que él no le otorgaba valor futuro a la bendición ni a la elección de Dios. Si Esaú hubiese sido el elegido, no la habría despreciado.
La adquisición legal de la primogenitura por Jacob fue suficiente para mostrar la elección divina. Sin embargo, la historia de Jacob continúa con una falta de carácter, donde se deja mover por el miedo de Rivka, perdiendo la atención y el carácter necesarios para manejar lo que ya era legalmente suyo, y se enreda en el disfraz que, en última instancia, se convertiría en el sello de la profecía mesiánica.
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En resumen, la Parashá Toldot establece que la elección de Jacob fue un hecho legal y divino, basado en su carácter de tam (perfecto y temeroso de Dios), y sirvió para orientar el testimonio de que el Mashíaj, el Abundante, vendría a trabajar como el Pequeño a través de su linaje.
Finalmente, el entendimiento profético de que «el abundante trabajará pequeño» (el Mashíaj) nos recuerda que la humillación y el servicio son centrales en el diseño del propósito divino. Los desafíos que enfrentamos, incluso aquellos que parecen abusivos o antiéticos, pueden ser actos proféticos que nos enseñan a vivir como ungidos «vestidos de humanidad» y en cualquier condición humillante, sabiendo que la promesa y el honor final van más allá de nuestra circunstancia inmediata. No debemos enfocarnos en las maldiciones que los hombres nos digan, sino en que el Eterno es quien bendice.
A lo largo de nuestro distintos ciclos de estudio de la Torah, hemos aprendido que la porción Jayei Sarah (Génesis, capítulo 23) no es simplemente un recuento histórico, sino, y por sobre todo, un texto profundamente alegórico que funciona como un pasaje de transición y el manual para el establecimiento de un legado espiritual perdurable. Al enfocar la vida de Abraham y Sara, esta porción nos enseña una verdad sorprendente: la verdadera madurez y la juventud no son estados opuestos, sino que pueden existir simultáneamente.
El relato comienza con la muerte de la matriarca Sara, una figura de inmensa estatura espiritual, considerada por los Sabios y midrashim como una mujer con el espíritu de profecía mayor que el que tenía Abraham (Avraham). El mensaje del por qué esta apreciación es más que claro: fue solo junto a Sara que Abraham pudo reparar el mundo guiandolo hacia la benevolencia infinita de Yah. Es por ello que el fallecimiento de nuestra matriarca marca el inicio de una serie de acciones por parte de Abraham destinadas a anclar y asegurar su revolución espiritual para la eternidad.
El anclaje físico y espiritual: la adquisición de la Cueva de Macpelá
Tras la pérdida de su amada Sara, Abraham avinu se dedica a asegurar un lugar de entierro. Este acto no fue una simple transacción, sino un movimiento clave para el cumplimiento de las promesas divinas. Abraham compra el campo y la cueva de Macpela en Hebrón. Esta no fue una simple compra; Abraham sabía, a través de la experiencia profética, que Macpela era el lugar de entierro de Adam y Javá y la entrada misma al Jardín del Edén (Gan Edén). Al adquirirlo con moneda negociable «para siempre», Abraham aseguró la llave para que sus hijos heredaran la tierra a él prometida. Este evento se realiza con el reconocimiento explícito por parte de los hijos de Het de la realeza y el estatus que Abraham había alcanzado entre ellos: «tú eres un príncipe de Elohim en medio de nosotros«.
En otros ciclos de estudio hemos aprendido que la elección de Macpelá es significativa por razones que van más allá de lo terrenal. Abraham ya estaba consciente de la santidad de ese lugar a través de la experiencia profética. Él sabía que la cueva no solo era el lugar de entierro de Adán y Eva, sino la entrada misma al Jardín del Edén (Gan Edén). Al adquirir Macpelá «para siempre» con moneda negociable, Abraham establece la llave para que sus hijos heredaran la tierra prometida por Dios, asegurando el fundamento físico de su linaje.
La corona de la vejez: El Secreto de Zikna
Una vez completado el anclaje físico, la Torah se enfoca en la esencia personal de Abraham, describiéndolo:
«Abraham era viejo, avanzado en años, y el Eterno había bendecido a Abraham con todo.»
Esta no es una descripción ordinaria de la vejez, sino la introducción del concepto místico de zikna, que expresa la esencia del secreto de la edad avanzada.
Entendamos que el concepto tradicional de vejez ya existía, como podemos ver como ejemplo respecto a los ciudadanos de Sodoma (Bereshit | Génesis 19:4). Sin embargo, el concepto zikna de Abraham se refiere al tipo de vejez que deber ser adquirida por medio de la búsqueda de la Verdad revelada desde el amor divino ilimitado o la Gracias de Dios. El Sabio Maharal explica que la vejez según esta sección de la Torah se identifica con una persona que ha adquirido entendimiento y sabiduría, por lo que se le llama la corona de la vejez.
El Midrash y los Sabios explican que Abraham fue la primera persona a la que se atribuyó este nivel de vejez. Anteriormente, las generaciones, al no reconocer al Creador, carecían de la verdadera sabiduría; su inteligencia permanecía en un estado inmaduro o de «desarrollo detenido». Al difundir el conocimiento del Eterno, Abraham legó la verdadera inteligencia al mundo. Él incluso oró para que se hiciera una diferenciación visible (zikna, representada por el cabello blanco) entre la juventud y la vejez, para que fuera evidente que con la madurez del intelecto, una persona había hecho una diferencia, asegurando que el conocimiento de Yah se transmitiera como un legado para toda la humanidad.
La Moneda: Símbolo de valores reevaluados y juventud perpetua
El legado de Abraham y Sara se encapsula perfectamente en la alegoría de la moneda acuñada por Abraham. Esta moneda, según el Midrash, mostraba un anciano y una anciana en un lado, y un joven y una doncella en el reverso.
Aquí debo decir que, en la antigüedad el acto de acuñar una moneda es una poderosa metáfora pues representaba la soberanía, la influencia en la sociedad y la aceptación por parte del público. Una moneda carecía de valor si la gente no la aceptaba como moneda de curso legal ya que el motivo de acuñar una nueva moneda simbolizaba la alteración de las costumbres. Esto se conecta con el concepto filosófico de «cambiar la moneda» o «reevaluar los valores» que en la filosofía griega está relacionado con Diógenes de Sínope. La historia cuenta que Diógenes se vio envuelto en una conspiración para desfigurar la moneda de Sínope, la ciudad griega en que había nacido y vivía, por lo que fue sentenciado y arrestado por el delito de falsificación.
La historia continúa diciendo que, después de consultar al Oráculo de Delfos para pedir consejo sobre si debía continuar con este «fraude». Aunque el Oráculo parecía animarlo a seguir, Diógenes no comprendió que el Oráculo realmente le estaba aconsejando que alterara las costumbres de Grecia. Esto se debe a que la palabra griega que fue expresada por el Oráculo era ambigua, y significaba tanto «moneda» como «costumbres». Ante esta anécdota, y tiempo más tarde, esta expresión délfica fue adoptada como el eslogan de la secta cínica de la filosofía griega fundada por Diógenes y se tradujo como «cambiar la moneda» o «reevaluar los valores» de la sociedad.
Dicho esto, continuaré con esta bitácora agregando que según los midrashim, en esta alegoría el secreto de la moneda no es numismático, sino espiritual: ya que representa el poder que se le reconocía a un ser humanos por lograr cambios en los valores de la sociedad en la que vivía. Justamente Abraham y Sara eran considerados como realeza, o «príncipes de Dios», por las innumerables almas que rescataron de la idolatría y llevaron al conocimiento del Creador (Yahveh) y sus principios. En medio de los cananeos ellos eran líderes espirituales de una magnitud que les permitía dictar nuevos valores.
Así como el lema del filósofo Diógenes el Cínico era «cambiar la moneda» (o «reevaluar los valores»), Abraham y Sara llevaron a cabo la revolución espiritual más deseable al introducir el conocimiento del Creador, cambiando completamente los valores del mundo.
Aunque una interpretación de la mayoría de los midrashim ve los dos lados como la transferencia del legado a Isaac (Yitzhak) y Rebeca (Rifka), la enseñanza más profunda y mística afirma que ambas caras representan a Abraham y Sara, por lo que la moneda ilustra la simultaneidad de la vejez y la juventud que vibraba en ellos.
A través del reconocimiento del Eterno, Abraham y Sara lograron fusionar la bondad de la vejez (estabilidad, sabiduría, humildad, la voz de la razón, etc.) con la bondad de la juventud (energía, idealismo, positividad, militancia y poder para la revolución). Su zikna se convirtió en un puente que los conectaba con su juventud.
De esta manera, la moneda atestigua el secreto de la juventud perpetua: cuanto más envejecían, más jóvenes se volvían, siendo renovados como el águila de acuerdo a lo que el profeta Isaías describe:
«Mas los que esperan a Yahveh tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.» (Isaías 40:31)
La vida de Sara y su transición al descanso eterno, seguida por las acciones de Abraham, nos enseña que el mayor logro de la edad avanzada es asegurar que el espíritu de la juventud, la energía para la revolución y el idealismo, se mantengan inmutables a través de la sabiduría del zikna.
Existe una leyenda que cuenta que el explorador Ponce de León buscaba un manantial mágico en la isla de Bimini (en las Bahamas) cuyas aguas devolverían la juventud a todo aquel que bebiera de ella. Así fue como en 1513, zarpó desde Puerto Rico con tres barcos. En verdad, su objetivo principal era explorar y reclamar nuevas tierras para la corona de España. Por eso, durante esta expedición, Ponce de León descubrió la península de Florida, a la que llamó «Tierra de la Pascua Florida», y también la corriente del Golfo. Pero, nunca encontró la Fuente de la Juventud.
Ahora bien, mientras exploradores españoles del siglo XVI como Ponce de León buscaban la mítica Fuente de la Juventud en Florida, la Sabiduría de la Torah nos enseña que Abraham y Sara manifestaron el secreto de la juventud perpetua. El verdadero camino para permanecer siempre joven no es negar la vejez, sino llenarla de la sabiduría del zikna, convirtiéndola en la fuente inagotable de energía y renovación de nuestra alma.
El Zikna como ancla de sabiduría ante la incertidumbre
Considerando todo lo hasta ahora expuesto, diré que si la modernidad líquida, como la describió el sociólogo Zygmunt Bauman, se define por la ausencia de anclas sólidas, el constante cambio de costumbres y una crisis de identidad marcada por la inestabilidad, la Porción de la Torah Jayei Sarah ofrece una solución trascendental.
En nuestra era, donde las tecnologías y las tendencias reevalúan constantemente lo que tiene valor, la juventud se idealiza hasta el punto de la negación de la vejez. La gente tiene dificultades para envejecer y muchos intentan negarlo o disfrazarlo. Aquí es donde el legado de Abraham se vuelve vital.
En un mundo de «desarrollo detenido» intelectual —similar a las generaciones previas a Abraham que carecían de sabiduría porque no reconocían al Creador—, el concepto de zikna se presenta como la cura. El zikna no es la vejez biológica, sino la corona de la vejez, la inteligencia duradera que se adquiere a través del reconocimiento del Creador y la madurez del intelecto.
La Moneda como resistencia al relativismo de la postmodernidad.
La alegoría de la moneda, que simboliza el acto de «cambiar completamente los valores del mundo» a través de la introducción del conocimiento del Creador, ofrece una estrategia de resistencia ante el relativismo ético.
En la modernidad líquida, los valores son constantemente negociables y sujetos a la opinión pública (como una moneda cuyo valor depende de la aceptación). Sin embargo, la moneda de Abraham representa un acto de soberanía espiritual. Al acuñar su propia moneda, Abraham y Sara no solo desafiaron la «moneda» (las costumbres) de su época, sino que establecieron una nueva moneda de curso legal espiritual basada en la verdad inmutable.
El secreto de la juventud perpetua en la fluidez
Finalmente, la moneda simboliza la fusión de la juventud y la vejez que coexisten simultáneamente. En una sociedad obsesionada con la juventud física, la enseñanza de Abraham nos recuerda que la verdadera energía (juventud) no se agota, sino que se renueva constantemente «como el águila».
El secreto para permanecer joven para siempre en la fluidez de la modernidad es utilizar la sabiduría adquirida (zikna) como el puente que conecta la estabilidad de la edad con la energía y el poder de revolución de la juventud. Al reconocer al Creador como nuestra Fuente, y hacerlo nuestro Padre por medio de Yeshúa, Su Ungido, logramos la síntesis que nos permite combinar el idealismo con la razón, asegurando que nuestro legado, al igual que la vida de Sara, sea mucho más que un final: sea el inicio de una renovación perpetua.
Los seres humanos somos muy hábiles para justificar la guerra y todas las violaciones de derechos humanos que conlleva. Nos convencemos fácilmente de la justicia de nuestras causas y buscamos con avidez la seguridad de que las vidas inocentes que nuestros ejércitos han destruido no eran tan inocentes después de todo. Se pueden observar estos deseos de consuelo y justificación en las tradiciones que rodean la primera guerra descrita en la Torá, en la parashá de esta semana .
En Génesis 14, Abram (Abraham) y sus trescientos dieciocho hombres entran en batalla contra el rey Quedorlaomer y sus aliados para rescatar a Lot, sobrino de Abram, del cautiverio. Un midrash (Bereshit Rabbah 44:4) sugiere que Abram mata a muchos hombres en la batalla, y por eso «tuvo miedo y dijo: “¿Acaso había entre los soldados a los que maté algún hombre justo o temeroso de Dios?”». Pero Dios lo tranquiliza: «No temas, Abram; yo soy tu escudo» (Génesis 15:1).
Aquí, Dios, como el “escudo de Abraham” (magen Avraham ), protege a Abram de sus malas acciones y, por lo tanto, de la preocupación por las muertes que ha causado. El midrash continúa con la parábola de un mercader que pasa junto a los huertos del rey, toma unos manojos de espinas y luego se esconde avergonzado cuando el rey lo ve. Pero el rey le asegura que, de hecho, necesitaba que alguien se llevara las espinas. De igual manera, Dios le asegura a Abram que “los soldados que mataste eran espinas cortadas”, como en un versículo del Libro de Isaías (33:12), donde Dios promete destruir a los pecadores y los compara con “espinas cortadas que se prenden fuego”.
Las generaciones posteriores de judíos han anhelado verse también protegidas por el “escudo de Abraham”. Y para algunos judíos modernos, puede resultar tentador justificar la muerte en la guerra del mismo modo que Dios justificó la de Abraham. Apoyamos el uso de la violencia incluso cuando dudamos de la identidad de quienes morirán a causa de ella (como suele ocurrir en la guerra), y nos tranquilizamos pensando que los muertos son como “espinas cortadas”, indignas de vivir. El midrash justifica la muerte de Abraham en la guerra, y los judíos modernos podrían usarlo para justificar también la muerte en la guerra que ellos mismos apoyan.
Para algunos judíos, puede resultar especialmente tentador imaginar que otros judíos, como descendientes de Abraham, estarán protegidos por el “Escudo de Abraham”. Quienes consideran a los judíos moralmente superiores a los no judíos suelen favorecer ideas de este tipo. Pueden suponer que el ejército israelí, por ejemplo, estará protegido de cometer verdaderas injusticias porque, al fin y al cabo, los judíos siempre son compasivos; en palabras del rabino Dov Lior de Cisjordania: “La compasión es un rasgo hereditario del pueblo de Israel… se hereda esta característica sin necesidad de aprenderla” .¹
La fácil presunción de la rectitud judía, o cualquier presunción similar de la rectitud de uno mismo y la pecaminosidad del otro, es perniciosa. Causa graves daños en el mundo: en la guerra, donde nos permite matar en masa; o también al justificar la tortura, el encarcelamiento o un sinfín de otros castigos que nos resulta más fácil apoyar cuando suponemos que los castigados son meras espinas arrancadas del jardín de Dios e innecesarias en el mundo.
Espero que los judíos que reflexionan sobre el uso de la violencia intenten recuperar las dudas que Abraham sintió en un principio, sin dar por sentadas las garantías divinas que, según se dice, recibió como respuesta. Que, al ver cómo nuestros países participan en actos de violencia de todo tipo, esto nos haga reflexionar y considerar la dignidad de todos aquellos cuyas vidas destruimos. E incluso si partimos de la base de que aquellos a quienes Abraham mató eran irredimibles y merecían la muerte, y que es correcto considerarlos como «espinas cortadas», que dudemos, temiendo la probable injusticia de aplicar ese razonamiento a otros en nuestro mundo actual.
1 Basado en la traducción de Yitzchak Blau, “Ploughshares into Swords: Contemporary Religious Zionists and Moral Constraints”, Tradition 34, no. 4 (2000): 44.
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El rabino Geoffrey Claussen es investigador emergente Lori y Eric Sklut en Estudios Judíos y profesor adjunto de Estudios Religiosos en la Universidad de Elon. También es el actual presidente de la Sociedad de Ética Judía. Este d’var torá se basa en el análisis de su artículo «Una perspectiva judía sobre la guerra, las Escrituras y la rendición de cuentas moral», publicado en The Journal of Scriptural Reasoning , vol. 14, n.º 1 (2015).
Hoy, en el día más sagrado del año, leemos una de las historias más famosas de las Sagradas Escrituras y, a la vez, una de las más malinterpretadas. No es solo la historia de un hombre y un pez gigante. Es un espejo. Un espejo colocado por el Cielo para que, en este día de introspección, nos miremos a nosotros mismos.
Permítanme que les lleve de viaje. Un viaje a Nínive, a un barco en medio de una tormenta, y al corazón de un profeta llamado Jonás.
Estamos alcanzando el momento culminante del día más sagrado del año. Hemos ayunado, hemos orado y hemos confesado nuestras faltas. Buscamos ser confirmados que estamos inscritos en el Libro de la Vida. Pero, ¿qué es exactamente lo que nos garantiza ese sellado? ¿Es la abstinencia o es un cambio genuino en el corazón?
Para responder a esta pregunta, en esta hora de la tarde, la tradición nos pone frente a un espejo llamado Jonás. No es un héroe; es, de hecho, el profeta más renuente y más humano de todo el Tanaj (Biblia Hebrea). Es en su historia, llena de naufragios, grandes peces y una simple calabacera, donde encontramos la definición radical de la compasión divina y el desafío de nuestro propio arrepentimiento.
Antes de seguir, permítanme contarles que, según la tradición histórica judía, su recitación en la congregación trae consigo la bendición de la riqueza y tiene la capacidad de incitar a la persona a la teshuvá (arrepentimiento).
Antes de comenzar la conexión, déjenme que les haga una pregunta a cada uno:
«¿Alguna vez sentiste que estás huyendo de algo? Como si corrieras una maratón sin saber dónde está la meta, o peor aún, por qué empezaste a correr. Sientes una vocecita, un recordatorio de calendario existencial que insiste en que tienes una tarea pendiente, una misión, pero tú, como experto en procrastinación, la pospones para «mañana». Si este planteo te ha sonado familiar, déjame contarte esta historia. No es de Netflix, pero tiene más drama, ironía y giros inesperados que tu serie favorita. Es la historia de todos nosotros, la tuya y la mía. Es la crónica de un alma que se convierte en profeta fugitivo de su propia vida.
El contexto: Una misión de Misericordia Divina.
Jonás ben Amitai recibe una orden directa del Eterno:
«Levántate y ve a Nínive, la gran ciudad, y proclama contra ella, porque su maldad ha subido hasta Mí«.
Aquí viene el primer dato crucial: Nínive no era una ciudad cualquiera. Era la capital de Asiria, el imperio más brutal y temido de la época. El enemigo acérrimo de Israel. Los asirios eran famosos por una crueldad refinada: empalamientos, desollamientos, una maquinaria de terror diseñada para aterrorizar a sus vecinos. Eran, en la mentalidad de la época, los «malos de la película». Los asirios eran el enemigo más brutal y temido de Israel, una potencia que pronto devastaría la región.
Y a Jonás, un profeta de Yah, se le ordena ir a salvarlos.
El profeta de Israel tenía que ir a la ciudad más grande del mundo –que también era la ciudad más inmoral– para denunciar públicamente el estado general de corrupción’ y transmitir la advertencia Divina: si los habitantes de Nínive no se arrepienten, la ciudad será destruida.
Esta era la misión imposible del profeta Yoná.
Profeta con nacionalismo recalcitrante.
Jonás vivió en el Reino del Norte (Israel) durante el siglo VIII a.C. Residía en el reino de Israel (también conocido como «las 10 tribus», que se separó un siglo antes del reino de la tribu de Yehudá). La capital del reino de Israel era la ciudad de Shomrón (Samaria).
La situación en el reino de Israel no era muy buena desde el punto de vista religioso. Los reyes de Israel, en su afán por alcanzar un mayor éxito comercial y militar, hicieron alianzas con pueblos vecinos, como los fenicios de Sidón (el Líbano de hoy). Estas alianzas tuvieron un impacto cultural y religioso muy negativo. El rey Ajab, por ejemplo, se casó con la princesa fenicia Izebel (Jezabel), que importó y popularizó en Israel el culto al ídolo Ba’al. HaShem envió muchos profetas para advertir a Israel de sus malas acciones, como Eliyahu haNabi o su discípulo, Elishá. El profeta Yoná pertenece a esta «escuela» de profetas. Sin embargo, cuando Dios le habló a Yoná, no le pidió que profetizara a su pueblo.
Con todo este contexto explicado, agregaré que la obstinación de Jonás es el misterio de todo el libro.
¿Por qué el profeta no quería ir a Nínive? ¿Adónde huía?
¿Cómo pudo un hombre tan grande —y nada menos que un profeta— pensar que era posible huir de Dios?
Rashi explica que la huida de Jonás se debió a que sabía que «los gentiles se arrepienten rápidamente. Si les profetizo y se arrepienten, significará que estoy condenando a Israel , que no escucha las palabras de los profetas».
¿Y qué hace Jonás? Huye. Se sube a un barco con destino a Tarsis, en la dirección opuesta. No huye por cobardía, como a veces se piensa. Los sabios del Talmud y los comentaristas como Rashi y el Malbim nos explican que huye por celo por el honor de Israel. Jonás razona así: «Si estos asirios, estos idólatras y asesinos, se arrepienten al escuchar mi profecía, ¿qué va a decir de mi pueblo? ¡Israel recibe profetas constantemente y no siempre se arrepiente! Esto hará que Israel quede mal parado. Mejor que reciban su merecido«.
Jonás prefiere la justicia rigurosa para el enemigo, antes que la misericordia divina que podría avergonzar a su propio pueblo. Prefiere huir de su misión antes de ser testigo de un perdón que no considera merecido.
Con este fin, Jonás huyó de la Tierra de Israel, pues «la presencia Divina no reposa [sobre un profeta] fuera de la Tierra Santa». Esto le pareció a Jonás una forma de liberarse de esta misión cargada de culpa, ya que Dios no se comunicaría con él.
Cualquier buen patriota israelita desearía ver a Nínive destruida. Y es aquí donde la historia toma un giro crucial: Jonás no huye por miedo a la muerte, sino por miedo a la misericordia.
Él dice:
«Yo sabía que tú eres un Dios clemente y compasivo, lento para la ira, de gran bondad, y que te arrepientes del mal anunciado.»
(Jonás 4:2)
Jonás no podía soportar que la bondad de Yah se extendiera a sus enemigos. Quería el juicio para los demás, y la salvación solo para su pueblo.
La Torá en el barco: Un microcosmos de humanidad.
La tormenta se desata. Mientras Jonás duerme en lo profundo del barco, un símbolo de nuestra tendencia a adormecer nuestra conciencia ante lo incómodo. Los marineros paganos luchan por sus vidas. Ellos, que no conocen al Dios de Israel, rezan cada uno a su ídolo. Hacen todo lo humanamente posible para salvarse. Y cuando echan suertes y la suerte cae sobre Jonás, le preguntan: «¿Quién eres tú?».
Es la pregunta fundamental del Yom Kippur: ¿Quién eres?¿Cuál es tu esencia, tu misión, tu responsabilidad?
Jonás se identifica:
«Soy hebreo y temo al Eterno, Dios del Cielo, que hizo el mar y la tierra firme«.
En ese momento, estos marineros paganos muestran más compasión que el profeta: se niegan a arrojarlo al mar. Solo cuando la tormenta arrecia y no les queda alternativa, acceden, no sin antes pedir perdón a Yah. El resultado es inmediato: el mar se calma, y los marineros, temerosos, ofrecen sacrificios a Yahvéh, el Dios de Israel. La primera conversión de la historia sucede gracias a la huida de Jonás.
El Gran Pez: La matriz de la Teshuvá.
El Talmud relata que un profeta que se niega a profetizar merece la muerte [Talmud, Sanedrín 89a]. De hecho, si el Eterno no hubiera intervenido, tragándolo primero el pez y luego arrojándolo a un lugar seguro, Jonás habría perdido la vida en el mar. Pero a Jonás esto no le importó. Prefirió morir antes que ser el medio por el cual su pueblo quedara mal visto.
Por eso, dentro del gran pez, Jonás comprendió que no está siendo castigado; está siendo protegido y contenido. Es un útero divino. En esa oscuridad, en ese aislamiento total, Jonás finalmente reza. Su plegaria no es una súplica por salir, sino un canto de agradecimiento por haber sido salvado de las aguas de la muerte. Es en la profundidad, en el vientre del abismo, donde encuentra la cercanía a Yah. Aprende que no se puede huir de la Presencia Divina.
«A los que descienden al abismo, Tú los salvas«.
Nínive y el Poder de la Teshuvá.
Jonás, liberado, va a Nínive. Y pronuncia la profecía más breve y efectiva de la historia: «¡En cuarenta días Nínive será destruida!». No menciona a Dios, no menciona arrepentimiento. Es un mensaje puro de juicio.
Y ocurre lo increíble: la ciudad entera, desde el rey hasta los animales, se viste de saco y se arrepiente. No hay negociación, no hay excusas. El rey decreta: «¡Quizás el Eterno se arrepienta y se apiade de nosotros!».
¡Y Yah lo hace! ¡Perdona a Nínive!
La respuesta de Nínive es uno de los milagros teológicos del libro:
Desde el rey hasta el más humilde ciudadano, pasando por los animales, todos se cubren de cilicio y ceniza, y cambian radicalmente su comportamiento.
El suyo es el modelo de Teshuvá que celebramos hoy: no es solo un acto ritual (arrepentimiento de labios), sino un cambio de camino (arrepentimiento de obras).
Dios ve que ellos se apartaron de su mal camino y revoca su decreto de destrucción.
Y aquí viene el clímax que le da sentido a la Haftará de Yom Kippur: Nínive, una nación pagana, demuestra tener un corazón más abierto y arrepentido que el propio profeta israelita. Dios le demuestra a Jonás que Su amor y Su compasión son universales.
¿Y Jonás? Se enfurece. Su peor pesadilla se ha hecho realidad. Prefiere morir antes que vivir en un mundo donde la misericordia divina es tan amplia que abarca incluso a sus enemigos. Se sienta a las afueras de la ciudad, esperando quizás ver si al final la destrucción llega.
Allí, el Eterno hace crecer una calabacera (o una hiedra, según las traducciones) que le da sombra y lo alegra. Pero al día siguiente, envía un gusano que la seca. Jonás, acongojado por el calor y el viento, se deprime otra vez por la planta.
Y entonces viene la lección final, el golpe maestro de la Haftará:
El Eterno le dice:
«Tuviste lástima de la calabacera, por la cual no trabajaste, que no hiciste crecer… ¿Y no voy Yo a tener lástima de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de doce miríadas de personas que no saben distinguir entre su mano derecha y su izquierda, y mucho ganado?» (Jonás 4:10-11)
Aplicación a Nuestros Días: Las Cuatro Fugas.
Hermanos, la historia de Jonás no es una anécdota. Es nuestro diagnóstico. ¡Somos Jonás!… Somos Jonás cuando:
Huimos de la Misericordia Amplia de Yah: Como Jonás, a menudo delimitamos la compasión. Creemos saber quién la merece y quién no. Ponemos límites a la misericordia que pedimos para nosotros, pero la negamos a los demás. Juzgamos a los demás con dureza, pensando que así defendemos el «honor» de nuestra fe o nuestra comunidad. En un mundo polarizado, Yom Kippur nos recuerda que la misericordia del Eterno es más ancha que nuestros prejuicios. Nuestra tarea no es ser guardianes de la justicia retributiva, sino canales de la bondad divina.
Huimos de nuestra Nínive Personal: Nínive es esa conversación difícil que evadimos, ese hábito negativo que no queremos enfrentar, esa persona a la que debemos perdonar. Es la llamada a crecer, a cambiar, a salir de nuestra zona de confort. Nos subimos al barco de la distracción (el trabajo, el entretenimiento, la rutina) para dormir en la bodega de la indiferencia.
Huimos de nuestra Responsabilidad Colectiva: Los marineros paganos hicieron todo lo posible antes de echar a Jonás al mar. Nosotros, ¿hacemos todo lo posible por nuestro prójimo, por nuestra comunidad, por el mundo? O miramos para otro lado, esperando que «alguien» actúe.
Huimos hacia Afuera en Lugar de hacia Adentro: Jonás encontró a Yah en la profundidad del pez, no en la superficie del barco. Necesitamos una gran crisis (el pez) para finalmente volvernos a Dios y cumplir la misión que Él nos ha dado. Yom Kippur es nuestro «gran pez». Es un día de 25 horas de interioridad forzada. Sin distracciones externas (comida, trabajo, placeres), nos vemos obligados a mirar hacia nuestro interior, a esa oscuridad donde, paradójicamente, encontramos la luz más clara de la redención. Yom Kippur nos llama a hacer Teshuvá antes de que el «gran pez» nos obligue a hacerlo. Es nuestra oportunidad de volvernos voluntariamente.
Conclusión: El Mensaje Eterno de Yom Kippur
El Eterno le dice a Jonás, y nos dice a nosotros hoy: «Tu compasión es selectiva. Te duele la planta que te daba sombra, pero no la ciudad llena de vida. Mi compasión es universal«.
El mensaje de Yom Kippur no es que el pecado no importe. ¡Importa tanto que dedicamos un día entero a enfrentarlo! El mensaje es que el arrepentimiento y el cambio son siempre posibles. Para nosotros, para nuestros seres queridos, e incluso para aquellos a quienes consideramos nuestros «Nínives».
«¿Cuántas veces hemos ‘huido a Tarsis’ en nuestras redes sociales, en nuestras quejas, en nuestro silencio cuando debíamos hablar? Jonás nos enseña que no se puede construir un muro lo suficientemente alto para escapar de nuestra propia conciencia, ni de la llamada a ser mejores.»
Hoy, dejemos de huir. Bajemos del barco de las excusas. Entremos en el silencio introspectivo de nuestro «gran pez» personal. Y salgamos, como Jonás finalmente lo hizo, con un mensaje que, aunque nos cueste, debemos proclamar primero a nosotros mismos: Es tiempo de cambiar. Es tiempo de volver a Casa.
El Libro de Jonás nos enseña que la compasión de Dios desborda cualquier frontera que nosotros queramos imponer. Si realmente hemos hecho Teshuvá hoy, si realmente hemos sentido la compasión divina, debemos ser capaces de extenderla a la «Nínive» de nuestros días: a los extraños, a los que piensan diferente, a los que percibimos como amenaza, y a aquellos que no han encontrado su camino.
Nuestro arrepentimiento no es completo hasta que nuestro corazón se ensancha para acoger la misma compasión universal que Dios mostró por una ciudad enemiga.
Que este Yom Kippur, al cerrar este libro con la pregunta abierta, nos inspire a responder con un corazón ensanchado, entendiendo que la plenitud del arrepentimiento se encuentra en la magnitud de la misericordia que estamos dispuestos a ofrecer.
Que seamos todos inscritos y sellados en el Libro de la Vida, no solo para nosotros, sino para que podamos ser testigos y agentes de un mundo más compasivo, un mundo donde las misericordias de Yahveh brille para todos.
“No piensen ustedes que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir. Porque de cierto les digo que, mientras existan el cielo y la tierra, no pasará ni una jota ni una tilde de la ley, hasta que todo se haya cumplido. De manera que, cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los demás, será considerado muy pequeño en el reino de los cielos; pero cualquiera que los practique y los enseñe, será considerado grande en el reino de los cielos. Yo les digo que, si la justicia de ustedes no es mayor que la de los escribas y los fariseos, ustedes no entrarán en el reino de los cielos”
Mateo 5:17-20
Introducción: Muchos que se consideran cristianos sinceros dicen que las leyes de Dios del Antiguo Testamento acerca del sábado, los días santos, los alimentos limpios o inmundos y el diezmo; fueron abolidas y no tienen ninguna relevancia para los cristianos del Nuevo Testamento.
Supuestamente, ellos argumentan que, mediante el sacrificio de Jesús, el Cristo, todos esos preceptos dados por Moisés fueron «clavadas en la cruz». Desde estas premisas a quienes se declaran cristianos se les dice que ya no están «bajo la esclavitud» del antiguo pacto y las «leyes anticuadas» que enseñó Moisés, sino que ahora están bajo un nuevo pacto; con la libertad de adorar a Dios en la forma que ellos decidan.
Comúnmente se citan palabras del apóstol Pablo para apoyar estas enseñanzas:
Romanos 6:14, que ya no estamos «bajo la ley, sino bajo la gracia«;
Colosenses 2:14, que Jesús anuló «el acta de los decretos que había contra nosotros«;
Gálatas 3:13, que «Cristo nos redimió de la maldición de la ley» y
Gálatas 3:24-25, que la ley fue solo un «ayo, para llevarnos a Cristo«, pero que «ya no estamos bajo ayo«.
Si no leemos cuidadosamente toda las Sagradas Escrituras y si carecemos del Espíritu Santo, resultaría muy lógico concluir que esas escrituras señalan «la abolición de la ley». Ahora bien, ¿enseñan realmente esas escrituras que la ley fue abolida? O, ¿será esa falsa doctrina parte de las argucias que HaSatán (el Oponente) planeó para engañar al mundo que se considera cristiano? Es necesario llegar a entender lo que la Biblia revela acerca de este tema tan importante, porque es un punto que ha dividido al cuerpo de Cristo a lo largo de los tiempos. Los conflictos acerca de la ley han hecho mucho daño a la obra de Dios y han confundido a mucha gente. ¡No entender apropiadamente este tema podría ocasionar la pérdida de la salvación y la recompensa eterna!
¿El Mesías abolió la Ley?
Una de las preguntas más debatidas entre los creyentes de nuestros días es sobre la postura de Yeshúa, el Mesías, respecto a la Torah (comúnmente conocida como la “Ley de Moisés” o “Ley Judía”). ¿Vino a anularla y establecer un nuevo sistema, o reafirmó su vigencia?
Más recientemente, el pastor de una megaiglesia, Andy Stanley, citó al erudito del Nuevo Testamento Thomas Schreiner, quien dijo que “la totalidad de la ley ha sido dejada de lado ahora que Cristo ha venido”.
Pero, ¿De verdad Yeshúa rechazó la Ley?
No según el evangelio de Mateo. En Mateo 5:17, Yeshúa nos prohíbe pensar que vino a abolir la ley o los profetas.
Para entender su postura, debemos recordar que Yeshúa fue el profeta prometido en Deuteronomio 18, y como tal, nunca enseñaría algo contrario a lo que ya había sido establecido en la Torah.
A esta altura del estudio debo decirles que la frase «ley y profetas» era una abreviatura judía para lo que los judíos llaman Tanak (el Antiguo Testamento). «Ley» se refería a la Torah, los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, y «los profetas» era un sustituto para el resto de las Escrituras hebreas. Así, y desde un primer momento, debemos decir que en Mateo 5:17 , Yeshúa nos prohíbe pensar que vino a “abolir la ley o los profetas”.
Es fácil malinterpretar la palabra «ley» cuando se usa aquí para el Pentateuco o para todo el Antiguo Testamento. Una traducción mucho mejor de la palabra hebrea torah, que el griego nomos (al usarse miles de años después) oscurece, es «enseñanza», refiriéndose a la que da un padre sabio a sus hijos para que alcancen una vida buena y feliz. Así mismo, en el siglo I, nomos era un término médico que se aplicaba para una regla o régimen de vida cuyo propósito era la salud mental y física.
Así, la «Ley» (Torah) para la cultura del judaísmo siempre ha significado una sabia regla de vida de un Padre amoroso. Lo que Yeshúa y Pablo enseñaron es que nunca podría proporcionar salvación sin el Mesías enseñándolas como Rey de Israel, pero los dos coincidieron con la tradición judía de que la Torah trata sobre la vida y el amor que debe resplandecer desde un redimido.
Así considerado, logramos comprender que la postura de Yeshúa sobre la Torah no fue de anulación, sino de cumplimiento y enseñanza para su obediencia
Yeshúa insistió en que no estaba allí para desvincular a sus seguidores de la Torah ni del resto del Tanak (Antiguo Testamento, sino para demostrar y enseñar su cumplimiento:
«No he venido a abolir, sino a cumplir.»
Me adelantaré aquí en un asunto importante. La palabra griega para «cumplir» aquí es plērosai, que significa «interpretar el pasaje con precisión para lograr vivir el significado del texto en la práctica con la mayor calidad total». [Brad Young, «Conozca a los rabinos: pensamiento rabínico y las enseñanzas de Jesús» (Grand Rapids: Baker Academic, 2007), pg. 43.]
Parte 1: ¿Qué es la Torá y cuál es su Propósito?
Antes de entender lo que Yeshúa enseñó sobre la Torah, debemos saber qué es y para qué fue dada. Para ello, les dejaré estos cuatro puntos primordiales para nuestra consideración:
La Torah se refiere a los primeros cinco libros de la Biblia (conocida en griego como el Pentateuco y en hebreo Jumash).
Su propósito es enseñarnos a amar al Eterno y al prójimo. En ella se revela el carácter de Dios y su voluntad para nosotros.
Lejos de ser algo negativo, la Torah es un cerco protector que nos libera del pecado y nos advierte para no caer en el abismo de la muerte. Fue escrita para nuestro beneficio, prosperidad y felicidad.
El apóstol Santiago la llama la “perfecta Ley, la de la libertad» (Snt. 1:25), y afirma que quien persevera en ella será bendecido.
¡Yeshúa sabía que la Torah no fue dada para ser una carga para Israel, sino para apartarnos y así ser santos como el Eterno es Santo! (Lev. 19:2)
¿Existió la ley antes del Sinaí?
En la actualidad muchos creen equivocadamente que las leyes escritas por Moisés fueron únicamente parte la dispensación que denominan del antiguo pacto [entre Dios y la antigua Israel], que concluyó con la muerte de Cristo; y por eso aseguran que no tienen aplicación para los cristianos que viven bajo el nuevo pacto.
Sin embargo, la Biblia misma revela algo muy diferente. Por ejemplo, al ir al Nuevo Testamento leemos que «el pecado entró en el mundo por un hombre [Adán]» (Romanos 5:12). Ahora bien, si buscamos la definición de pecado en el mismo Nuevo Testamento «Pecado es infracción [transgresión] de la ley» (1 Juan 3:4). No puede haber transgresión [pecado], «donde no hay ley» (Romanos 4:15). Adán y Eva pecaron por infringir la ley de Dios. No rindieron honor a su Padre [Dios] y pusieron otro dios delante de Él, cuando hicieron caso a HaSatán, la Serpiente antigua. También codiciaron y robaron lo que Dios dijo que era prohibido, luego mintieron para esconder la culpa, en vez de admitir que habían cometido un error. Por otro lado, su hijo Caín fue advertido antes de matar a su hermano que la ira podría llevarlo al pecado (Génesis 4:6-8). Las Sagradas Escrituras indican claramente que las leyes de Dios (Torah) estaban en vigencia desde el principio de la creación; miles de años antes de que Moisés recibiera los diez mandamientos.
A Noé se le llamó «pregonero de justicia» (2 Pedro 2:5), y en la Biblia encontramos la siguiente definición de justicia: «todos tus [del Eterno] mandamientos son justicia« (Salmos 119:172). De manera que la única conclusión lógica a la que podemos llegar es que ¡Noé predicó la obediencia a los mandamientos de Dios!
Lamentablemente, algunos, con el propósito de negar la necesidad de obedecer las leyes de Dios, han llegado a afirmar tozudamente que Moisés estaba predicando diferentes mandamientos de los que se mencionan en la Biblia antes que él naciera. Con todo y aún esto, podemos ver que Abraham y Jacob pagaron diezmos (Génesis 14:18-20; 28:22), aunque el sistema de los diezmos no fue completamente explicado sino hasta después en los escritos de Moisés (Deuteronomio 12:22-28). Sodoma y Gomorra fueron destruidas por cometer pecados que incluían la perversión sexual (Génesis 19:1-13), aunque el homosexualismo no fue llamado pecado sino hasta Levítico 18:22 (ver Romanos 1:24-27). Al adulterio se le llamó «tan grande pecado» (Génesis 20:1-12) antes de que Dios entregara los diez mandamientos. El mismo Dios nos dice en la Biblia que bendijo a Abraham: «Por cuanto oyó Abraham mi voz, y guardó mi precepto [instrucciones], mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes» (Génesis 26:5); si bien la lista de esos mandamientos, estatutos y leyes fue consignada por escrito por medio de Moisés (Éxodo 20 a 23) como parte del pacto entre Dios y la nación de Israel. [Invito a leer el estudio: ¿Conoció Abraham la Torah o Simplemente tuvo Fe en el Eterno?]
Cuando el Eterno reveló el conocimiento del sábado en la creación, santificó [apartó para uso sagrado] el séptimo día y descansó para mostrarnos la forma de guardar el sábado (Génesis 2:1-3). A muchos que se declaran cristianos se les ha dicho que podemos guardar cualquier día de la semana, o que la tradición de la Iglesia estableció el domingo como día de adoración a Dios. ¡Aunque la Biblia en ningún lugar aprueba tales prácticas!
También podemos asegurar escrituralmente que a los israelitas se les dieron instrucciones de observar la Pascua (Pesaj) y los días de Panes Sin Levadura (Jag HaMatzot), y el sábado (Shabat), antes de que el antiguo pacto fuera establecido (Éxodo 12; 16:23-26). Cuando los israelitas desobedecieron la instrucción de guardar el sábado, el Eterno les preguntó: «¿Hasta cuándo no querréis guardar mis mandamientos y mis leyes?« (Éxodo 16:28). Lo que demuestra que las leyes de Yah, incluyendo el sábado y los días santos, estaban vigentes antes del antiguo pacto.
¡La rescisión del antiguo pacto no acabó con la necesidad de obedecer las leyes de Dios que estaban en vigencia antes de la formalización de ese pacto!
Parte 2: La Misión Declarada: Ejercer la Torah, no destruirla (Mateo 5:17-19)
El primer pasaje fundamental se encuentra en el Sermón del Monte.
Mateo 5:17:“No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir”.
¿Qué significa «abrogar» y «cumplir»?
Para poder entender bien esto debemos desmembrar el versículo en las siguientes partes:
La palabra griega para «abrogar» es kataluo, que significa derribar, deshacer o destruir. (καταλύω – katalúō, de kata= abajo + luo= soltar, desatar; liberar, liberar). Las distintas acepciones que tiene son: apartar, destruir, derribar, romper, soltar (desintegrar), demoler. La idea que el texto quiere expresar es abrogar (abolir mediante una acción autoritaria) o dejar de lado en el ejercicio de la autoridad legislativa. Para el judío religioso, incluso la idea de tal cosa sería una profanidad.
Yeshúa declara enfáticamente que no vino a destruir la Torah. La forma en que se expresa esto indica que Yeshúa debió percibir que algunos de los presentes creían que abogaba por la derogación de la Torah y el resto del Antiguo Testamento . Por otro lado, considerando la pesada carga que los fariseos les habían impuesto , es posible que esperaran que Yeshúa aboliera la Torah y los rígidos requisitos que estos habían establecido para ser justos. En este contexto, el Maestro da su inolvidable descargo de responsabilidad, que establece para siempre su relación con la Torah.
«Un Ser Mayor que Moisés y los profetas, está aquí. Pero el Ser Mayor está lleno de reverencia por las instituciones y los libros sagrados de su pueblo. No ha venido a abrogar ni la ley ni los profetas.» (Fuente: AB Bruce: «Comentario de Mateo 5»)
La palabra griega aquí para «cumplir» es pleroo, que se traduce como ejercer, verificar, completar o rellenar. Predicar por completo, proclamar por completo, engrandecer. cumplirla con obediencia absoluta e incondicional.
Esto nos enseña que Yeshúa cumplió la Torah a través de su perfecta obediencia, ejerciendo los mandamientos de Adonai. Como sus seguidores, estamos llamados a pensar y actuar de la misma manera: no abrogar la Torah, sino ejercerla como Él lo hizo.
«Yahvéh se complació por amor de su justicia en magnificar la ley y engrandecerla.» (Isaías 42:21) ¡Eso fue lo que hizo Yeshúa! ¡Engrandecer y magnificar la Torah de Dios! Él la llevó a su máximo esplendor, obedeciendo hasta la muerte; siendo sin pecado e intachable.
Calvino escribió que no abolió la Ley sino que «sólo la restauró [la Ley] a su integridad manteniéndola y purificándola cuando estaba oscurecida por la falsedad y contaminada por la levadura de los fariseos.
La vigencia de la Torah (Mateo 5:18)
Yeshúa continúa diciendo: “porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la Torá, hasta que todo se haya cumplido”.
La «jota» se refiere a la letra yud (י), la más pequeña del alfabeto hebreo, y la «tilde» a cualquier trazo pequeño de la escritura. Con esta afirmación, el Mesías asegura que absolutamente nada de la Torah dejará de estar vigente hasta que se cumpla un evento específico.
La frase «hasta que todo se haya cumplido» es una referencia a las profecías del Tanak (Antiguo Testamento). Eventos proféticos como el regreso del Mesías, el juicio de las naciones, la resurrección de los justos y la restauración de todas las cosas aún no han ocurrido. La culminación de estas profecías será la creación de «cielos nuevos y tierra nueva» (Apocalipsis 21:1, 2 Pedro 3:13).
Conclusión: Dado que el cielo y la tierra actuales no han pasado y no todas las profecías se han cumplido, la Torá sigue vigente hoy.
La recompensa por la obediencia (Mateo 5:19)
El Mesías distingue dos grupos de personas según su actitud hacia los mandamientos.
Los «muy pequeños»: Aquellos que quebrantan «uno de estos mandamientos muy pequeños» y enseñan a otros a hacerlo. Estos son los que interpretan erróneamente que Yeshúa abolió la Torah. Aunque serán llamados «pequeños», el texto sugiere que entrarán en el reino.
Los «grandes»: Aquellos que comprenden que la Torah sigue vigente, la guardan y la enseñan. Estos serán llamados «grandes en el reino de los cielos».
Nuestra manera de vivir la fe en esta vida tendrá un impacto directo en la eternidad. Si aspiramos a ser llamados grandes, debemos guardar y enseñar los mandamientos de Adonai.
El problema en la época de Yeshúa no era la Torah en sí, sino las distorsiones y tradiciones de hombres que los líderes religiosos, como los fariseos y escribas, habían elevado por encima del mandamiento divino, invalidando así su poder transformador.
Yeshúa se enfrentó directamente a esta hipocresía, defendiendo la correcta interpretación de las Escrituras y utilizándolas constantemente para reforzar su enseñanza, nunca para cancelarla
Su método hermenéutico en el Sermón del Monte es claro y repetitivo. Contrapone la enseñanza popular de su tiempo («oísteis que fue dicho«) con la revelación de la intención divina («pero yo os digo«). Esta fórmula no introduce una nueva ley, sino que despoja al mandamiento de las interpretaciones erróneas transmitidas oralmente y lo devuelve a su esencia. A través de esta cátedra, Yeshúa enseña cómo vivir la Torah desde el corazón.
La internalización del mandamiento: Del acto a la intención.
La redefinición de Yeshúa se centra en mover el foco del cumplimiento de la acción visible al estado invisible del corazón, donde se origina todo pecado.
Sobre el Homicidio: El mandamiento «No matarás» (Éxodo 20:13) era interpretado como la prohibición del acto físico de quitar una vida. Yeshúa, sin embargo, profundiza hasta la raíz del pecado, enseñando que la ira injustificada, el insulto o el rencor hacia un hermano son equivalentes al asesinato a los ojos del Creador. Al guardar la Torah en el corazón y controlar la ira, se previene el acto homicida desde su gestación. Desde esta perspectiva, la transgresión no se limita a unos pocos, sino que nos alcanza a todos los que hemos albergado enojo o hemos herido con nuestras palabras. Yeshúa nos dice que incluso el abuso verbal lo quebranta.
Sobre el Adulterio: De manera similar, el mandamiento «No cometerás adulterio» (Éxodo 20:14) se entendía como el acto sexual fuera del matrimonio. Yeshúa internaliza esta prohibición, declarando que el pecado comienza con la codicia en la mirada. «Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón«.
Sabían que no podían cometer adulterio, pero no se les pasó por la cabeza que un deseo lascivo sería una ofensa contra el precepto hasta que el Salvador lo dijo así, demostrando que el pensamiento del mal es pecado, que una imaginación impura contamina el corazón, que un deseo desenfrenado es culpa a los ojos del Altísimo.
Ciertamente, esto no fue una abrogación de la ley; fue una maravillosa demostración de su amplia soberanía y de su carácter inquisitivo. Dado que el Creador «escudriña la mente» y «prueba el corazón» (Jeremías 17:10), la falta de dominio propio en los pensamientos y la mirada es una transgresión directa del mandamiento, pues del corazón emanan los malos pensamientos, los adulterios y las fornicaciones.
¡Lejos de invalidar la Torah, Yeshúa subrayaba su significado más profundo. Nos lleva al corazón de la Torah para guiarnos hacia las normas del Eterno.
La Restauración de la Justicia y la Santidad Divina.
Yeshúa también corrigió interpretaciones que habían corrompido la justicia social y la santidad de los pactos divinos.
Sobre el Divorcio: En su tiempo, una interpretación laxa de Deuteronomio 24:1, popularizada por la escuela de Hillel, había convertido el divorcio en una práctica epidémica, permitiendo a los hombres repudiar a sus esposas por motivos triviales. Yeshúa se opone firmemente a esta banalización del matrimonio, aclarando que la «cosa indecente» (ervá en hebreo) mencionada en la Torá no es cualquier cosa, sino que se refiere específicamente a la «fornicación», es decir, una ruptura del pacto matrimonial por adulterio o una unión ilegítima según Levítico 18. Así, no contradice la Torah, sino que restaura la santidad y permanencia del pacto matrimonial.
Sobre los Juramentos: La práctica de jurar por el cielo, la tierra o la propia cabeza era un subterfugio farisaico para evitar jurar por el nombre del Creador y, a menudo, no cumplir lo prometido. Yeshúa no prohíbe los juramentos en sí, pues la Torah instruye a jurar por el nombre de Dios (Deuteronomio 10:20), sino que condena los juramentos falsos y frívolos. Su enseñanza promueve una integridad radical donde la palabra de una persona es suficiente: «sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no».
Sobre la «Ley del Talión»: El principio de «ojo por ojo y diente por diente» había sido torcido para justificar la venganza personal. Yeshúa aclara que este no es un mandato para la retaliación individual, sino un principio de justicia equitativa que debía ser aplicado por los jueces para determinar una compensación justa por un daño causado. El propósito de esta ley era precisamente eliminar la venganza, la cual está explícitamente prohibida en la Torah («No te vengarás», Levítico 19:18).
Sobre el Amor al Enemigo: La enseñanza popular «amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo» contenía una adición humana peligrosa. Yeshúa señala que en ningún lugar la Torah ordena aborrecer al enemigo. De hecho, manda a ayudarlo si su animal está en problemas (Éxodo 23:4-5) y a alimentarlo si tiene hambre (Proverbios 25:21). Por lo tanto, su famoso mandamiento de amar a los enemigos y orar por los perseguidores no es una innovación, sino la restauración y la máxima expresión del verdadero espíritu de la Torah.
Entonces, podemos afirmar que el ministerio de Yeshúa no fue de abrogación, sino de cumplimiento y correcta interpretación. Él nos regresa a la Torah como la guía divina para conocer la voluntad del Creador, advirtiéndonos sobre el peligro de añadir o quitar de sus mandamientos, una inclinación humana que persiste a lo largo de la historia.
Queda bien claro que Su enseñanza demuestra que la Torah sigue vigente, no como un código de legalismo externo, sino como un camino de transformación interna que comienza y culmina en el corazón. Yeshúa no se queda en la observancia externa y legalista (como hacían algunos fariseos), sino que va al corazón de la Torah: la intención, la motivación y el amor. La «justicia» que supera a la de los fariseos no es una que acumule más reglas, sino una que nazca de una transformación interna («ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto»).
Esto es clarísimo: Yeshúa no aboga por la abrogación ni del más mínimo detalle de la Ley. Al leer Mateo 5, versículo 27 hasta el final, se ve que incluso lleva los mandamientos de la Torá más allá. Jesús está cumpliendo exactamente lo profetizado por el profeta Jeremías cuando prometió el nuevo pacto: «Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días —declara el Señor—: Pondré mi Torá en su interior, y la escribiré en su corazón» (Jeremías 31:33).
Yeshúa dice que no estamos bajo una ley externa, porque ahora tenemos la ley en nuestro interior, escrita en nuestra mente y corazón por el Espíritu Santo. Por lo tanto, nos llama a ir aún más allá de la Ley escrita (es decir, ni siquiera cometer adulterio ni asesinato en el corazón). ¿Suena esto a una enseñanza contraria a la Ley Mosaica y a los profetas? ¡Para nada!
Yeshúa no deja de lado la TaNaK (Antiguo Testamento) en favor de una nueva enseñanza. Él defiende la totalidad de las normas de la Torah, tal como Yah lo dispuso. Identifica a quienes obedecen la ley y se adhieren cuidadosamente a la palabra escrita según su intención original, y los contrasta con quienes relajan los mandamientos, quienes los abolen, para aferrarse a sus propias enseñanzas acumuladas sobre la ley.
Conclusión: ¡Sigan mi ejemplo!
Entonces, ¿abolió Yeshúa la Torah? ¡Absolutamente no! Él la afirmó, la vivió perfectamente y la enseñó como la voluntad eterna del Padre. Ser su seguidor no es unirse a una religión llamada cristianismo o judaísmo. Cuando Yeshúa dijo «Síganme», no se refería a seguir su sombra, sino a seguir su ejemplo: pensar, hablar y actuar como Él lo hizo.
El amor por Él se demuestra guardando su palabra, que no es suya, sino del Padre que lo envió. Los mandamientos no son una carga; son la estructura que el Padre usa para construir la imagen de Yeshúa en nosotros. Son la verdad que nos hace verdaderamente libres.
Así que, hermanos, la invitación de hoy es a ser verdaderos discípulos. A escudriñar las Sagradas Escrituras, a obedecer los mandamientos de Adonai y a caminar como nuestro Mesías caminó. Seamos de aquellos que Él llamará «grandes en el Reino de los Cielos«.
En tiempos de crisis espiritual como los que estamos viviendo, cuando el pecado se normaliza y el honor del Eterno parece ignorado, a veces es necesario que alguien se levante con firmeza, incluso si eso significa hacerlo solo.
En la parasha de esta semana, hemos estudiado que Pinjás no esperó órdenes. Tampoco buscó aprobación social. Él era movido por un celo ardiente por la santidad divina manifestada en el campamento; anhelaba la pureza del pueblo. Pinjás tuvo celo por el nombre del Eterno que estaba siendo profanado públicamente.
Su acto, que a simple vista pudo parecer violencia expresada a su más alto potencial, fue visto por Yahveh como una defensa apasionada de la Verdad revelada en la Torah, y la vida espiritual de Israel que desde ella emanaba. Por todo esto recibió un premio sin igual: un pacto de paz y el sacerdocio eterno.
Aquí aprendemos algo vital: La paz verdadera no es pasividad. La paz verdadera a veces requiere enfrentar con firmeza el mal.
Es por lo aquí aprendido que siempre enseño e insisto en que no todo el que busca la “tranquilidad” en esta vida, manteniéndose en su zona de confort, está en paz con el Eterno.
Siempre mantengamos en nuestra mente la lección que de las mismas Sagradas Escrituras aprendemos: la pasividad ante el pecado puede ser una forma de complicidad silenciosa.
Notamos que Pinjás actuó en un momento crítico, cuando otros preferían mirar a otro lado. Su acto nos recuerda que no es suficiente saber lo que está mal. El verdadero amor por el Nombre del Eterno se manifiesta en decisiones difíciles que honran Su voluntad, aún a costa del aplauso humano.
En estos días de la postmodernidad nihilista, nosotros también estamos llamados a actuar. Estamos convocados por el Espíritu de la Profecía a no quedarnos en la indiferencia. A ser agentes redentivos de santidad en medio de la oscuridad que está invadiendo las naciones. El Eterno nos llama a elegir lo correcto, incluso si eso significa incomodarnos o incomodar a otros.
Y así, como Pinjás, podremos ser merecedores de un pacto de paz: la paz que nace de vivir en fidelidad con el Creador. La paz que sobrepasa todo entendimiento y logra guardar nuestro mundo emocional y nuestro pensamiento en Yeshúa el Ungido de Dios, Dueño y Maestro de nuestras vidas.
“ Éste será un estatuto perpetuo para ustedes: El que rocíe el agua de la purificación también deberá lavar sus vestidos. Quien toque el agua de la purificación será impuro hasta el anochecer.»
(Bamidbar 19:21 |RVC)
El que purifica se torna impuro, ¡qué ejemplo tan claro de amor en servicio al prójimo! Un pasaje que visto desde los ojos del cristianismo puede pasar desapercibido por tratarse de un ritual, para esta religión, obsoleto, pero es todo lo contrario.
Indudablemente este mandato es un código encriptado de la obra mesiánica, de lo que nuestro amado Maestro hizo por nosotros, tal como dice la segunda carta a los Corintios capítulo 5 versículo 21:
“al que no cometió ningún pecado, por nosotros Dios lo hizo pecado, para que en Él nosotros fuéramos hechos justicia de Dios.»
Ahora bien, ¿qué lo motivó a hacerlo? ¿acaso el mero sentimentalismo de darle “pena” nuestra condición?
Claramente no, porque de hecho el citado pasaje dice: “para que en él nosotros fuéramos hechos justicia de Dios.” Pero ¿qué significa esto?
Entiendo que la respuesta es la misma que motivaba al puro a impurificarse con las cenizas de la vaca roja: para que el otro pueda disfrutar de estar en cercanía con el corazón del Eterno, y por ende, anhelante de hacer Su voluntad.
En el mismo capítulo de la carta paulina se nos dice:
“ … y él murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos (…)Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo a través de Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación. Esto quiere decir que, en el Ungido (Cristo) Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, sin tomarles en cuenta sus pecados, y que a nosotros nos encargó el mensaje de la reconciliación.« (2 Corintios 5:15;18-19 | RVC)
Es decir, nos purificó para reconciliarnos, sí, pero también para que fuésemos embajadores al mundo de Su propuesta de reconciliación.
Ahora bien, como notarán, el Eterno me habló enteramente por el quinto capítulo de esta epístola, ya que no sólo me mostró lo recién citado, sino que también me llevó a confrontarme con cómo lo estoy haciendo:
“… es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo bueno o lo malo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo» (v. 10)
Aquí claramente no está hablando de salvación (que es por gracia), sino de los méritos que traerán recompensas en el Mundo Venidero. O sea, no se habla de estar o no con el Señor, sino en qué posición y de qué manera, cosas que evidentemente nos serán reveladas en aquel momento, pero que en el hoy nos alientan a esforzarnos por construir diligentemente nuestro propio bienestar, por así decirlo.
Aquí quisiera cerrar con algo maravilloso, la necesidad de comprender que estos méritos no se deben intentar realizar desde la propia fuerza humana, ya que es imposible que lo meramente humano cobre sobrenaturalidad por sí solo.
“Los que estamos en esta tienda, que es nuestro cuerpo, gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desvestidos, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Pero Dios es quien nos hizo para este fin, y quien nos dio su Espíritu en garantía de lo que habremos de recibir” (2 Corintios 5:4-5| RVC)
Es necesario hacerlo con el poder de Su Espíritu, que es Su sobrenaturalidad habitando en nuestra naturalidad.
En las traducciones tradicionales dice que el Ruaj haKodesh es las “arras”. Palabra en desuso (al menos en Argentina) que viene a ser la seña que se entrega previo a la firma de un contrato de compra-venta de un inmueble o un automotor, por ejemplo. Es la garantía de que quien la entrega ha de volver para cumplir su palabra.
Si Él nos ha dado al Espíritu Santo no es para dejarlo gimiendo por siempre en esta dimensionalidad, sino para llevarnos en el debido momento con Él y revestirnos de eternidad.
Sin embargo, mientras ese día llega, debemos comulgar con Su Espíritu para realizar diligentemente la obra que tenemos por delante en el Reino de YHVH.
“El que toque algún cadáver, quedará impuro siete días. Al tercer día se purificará con esa agua, y al séptimo día quedará limpio. Pero si al tercer día no se purifica, entonces no será limpio al séptimo día» (Bamidbar 19:11-12| RVC)
Ya nos purificó al tercer día (con Su resurrección) y el sellamiento con el Espíritu Santo, ahora nos queda aguardar atentamente la purificación que Yeshúa hará en el séptimo y gran día.
Que el Señor de la casa nos encuentre haciendo lo que nos encomendó esforzadamente a fin de demostrar con nuestra vida que la impurificación del Ungido valió la pena (Mateo 24:45-46)
Porque el Señor tu Dios te introduce en una tierra buena, tierra de arroyos, de manantiales y de fuentes que brotan del llano y de la montaña; tierra de trigo y de cebada, de vides, de higueras y de granados, tierra de olivos y de miel.
– Deuteronomio 8:7-8
Aunque los Benei Israel (hijos de Israel) son ampliamente conocidos como el Pueblo del Libro (por estudiar la TaNaK – Torah, Neviim, Ketuvim), los antiguos israelitas eran primordialmente un pueblo de la tierra, mayoritariamente agricultores y pastores. Por ello, en lugar de contemplar solamente la sagrada Torah de Dios, tenían el privilegio de contemplaban la sagrada Creación de Elohim. En lugar de cantar de un libro de oraciones como medio de elevación espiritual, sacrificaban ofrendas de sus rebaños y cosechas, las cuales eran llevadas al Beit HaMikdash.
De hecho, para los antiguos israelitas, las Siete Especies no sólo eran evidencia de la gran abundancia de la tierra prometida a sus ancestros, sino evidencia del infinito amor del Eterno hacia ellos.
Las Siete Especies (en hebreo: שבעת המינים, Shiv’at HaMinim) son intrigantes. Se citan en Ki tavo para traer las Primicias (ביכורים, bikkurim) , asociadas con la celebración de la cosecha de cebada en la festividad de Shavuot, y en la cosecha de trigo en la festividad de Sucot , con ejemplos de los minim en la sucá.
Por eso la Torah misma describe a la Tierra de Israel como “una tierra de trigo, cebada, viñas, higueras y granados; una tierra de aceite de oliva y miel de dátiles” (v.8). Este no es solo un versículo florido. Estas siete especies están específicamente conectadas con la Tierra de Israel, y de hecho existe una mitzvá: llevar la primera de estas frutas al Templo Sagrado de Jerusalén.
Entonces, ¿qué tienen de especial estas siete especies?
Los comentarios ofrecen varias explicaciones. En esencia, estas frutas son únicas porque proporcionan los nutrientes necesarios para el sustento. Algunos comentarios añaden que la Tierra de Israel es el único lugar donde todas estas especies tan diversas crecen de forma natural y en estrecha proximidad.
Los israelitas aprendieron que la misma Torah enseña que tanto el florecimiento, como la fructificación de las siete especies coinciden con el propio desarrollo espiritual de cada miembro de Israel durante la temporada entre Pesaj y Shavuot, mientras se cuenta el Omer durante los 49 días entre Pesaj y Shavuot, preparándolos para recibir la Torah en cada generación. Ambos son parte de una reafirmación anual de la fe en Yah y el aprecio por los dones que se reciben desde Su bendito propósito eterno.
Los siete atributos
Los sabios por los siglos han sostenido que originalmente todos los árboles daban fruto, como también ocurrirá en la Era del Mashíaj. Un árbol sin fruto es síntoma de un mundo imperfecto, pues la función última de un árbol es producir fruto.
Así también aseguran que si «el hombre es un árbol del campo» (Deuteronomio 20:19) y el fruto es el máximo logro del árbol, hay siete frutos que coronan la cosecha humana y botánica. Estos son los siete frutos y granos que la Torah señala como ejemplos de la fertilidad de la Tierra Santa: trigo, cebada, uvas, higos, granados, aceitunas y dátiles.
Por ello, los Sabios cabalistas descubrieron que la frase «la Tierra de Israel» significa «la tierra que pertenece a Israel«; y dedujeron que «la tierra» es una denominación de Nukva de Zeir Anpin, que se traduce como «la compañera de Zeir Anpin«, una de las denominaciones místicas para «Israel».
Estas son las seis sefirot que quedaron arriba, más su Malkut, lo que da un total de siete. Por lo tanto, se convierte en un principio masculino en relación con ella. Esto se puede demostrar por el hecho de que todos los tipos de frutos provienen de la tierra y, por tanto, no son del dominio masculino, sino de este dominio femenino.
Por todo esto se ha entendido que las siete especies representan diferentes rasgos del alma. En su colección de discursos jasídicos del siglo XX, Shem MiShmuel, el rabino Shmuel Bornsztain de Sochatchov ofrece una interpretación simbólica de las siete especies:
«Y al contemplar el mandamiento de los primeros frutos (bikkurim), se puede decir que su propiedad especial es también que tiene el poder sublime dentro de sí para atraer a una persona a aceptar el yugo del reino de los Cielos sobre sí misma.»
(Shem MiShmuel, Ki Tavo 11)
Desde esta sabiduría los Sabios expertos en sodot (secretos) del texto explican que estos frutos tienen un significado mucho más profundo. Cada uno corresponde a una de las siete sefirot (atributos emotivos divinos):
Trigo : Jesed —Bondad
Cebada : Gevurah —Severidad
Uvas : Tiferet —Armonía
Higos : Netzaj —Perseverancia
Granadas : Hod —Humildad
Olivos : Yesod —Fundación
Dátiles: Maljut — Realeza
Cada alma posee las siete sefirot Pero para cada persona, uno de estos rasgos es el más dominante, moldeando su camino único hacia Dios . Por lo tanto, estos siete frutos corresponden a nuestro servicio a Dios con nuestros atributos personales, así como con las siete modalidades generales del servicio Divino.
Así pues las «siete especies» con las que se bendice la Tierra de Israel representan las midot (cualidades) de:
trascendencia,
vitalidad,
alegría,
consciencia,
acción,
esfuerzo, y
calma psíquica.
Ahora los invito a considerar estas siete midot en la simbología de las Shiv’at HaMinim
1) Trascendencia («trigo»): Este es uno de los grandes misterios de la condición humana: ¿Por qué nunca nos conformamos con simplemente existir? Siempre buscamos «más»: descubrir un mundo nuevo, superarnos, llevarlo («eso» significa cualquier cosa en la que estemos involucrados ahora mismo) al siguiente nivel. No satisfechos con saber dónde estamos, queremos saber de dónde venimos y hacia dónde vamos. Insatisfechos con la realidad autodefinida y auto-orientada de nuestra existencia «natural», anhelamos una unión autodestructiva con el Eterno.
2) Vitalidad («cebada»): Nuestro yo trascendente tiene un gemelo: nuestro yo vital, sensorial, animal. Y si bien el yo animal trae consigo una carga considerable de negatividad (egoísmo, codicia, lujuria, vanidad, crueldad…), la individualidad también tiene sus aspectos positivos: una fuerza de voluntad, pasión y energía que el yo más «espiritual» jamás podría reunir. La clave, por supuesto, está en canalizarla hacia donde debe ir.
3) Alegríainterior («uvas»): Una persona con alegría interior es un libro abierto. Todo fluye a raudales; su personalidad fluye libremente, sin restricciones ni inhibiciones. La alegría es el ariete que derriba barreras y limitaciones, ya sean internas o externas, imaginarias o reales.
4) Consciencia («higo»): El conocimiento espiritual es más que poder: es la capacidad de involucrarse plenamente en la vida y las acciones propias. Una acción realizada desde la ignorancia es una puñalada en la oscuridad; una acción nacida del conocimiento es enfocada y efectiva. Una acción realizada desde la ignorancia es inconexa, ajena; la acción de un extraño incluso para quien la realiza; una acción nacida del conocimiento es una acción integral: una extensión y un enriquecimiento de la totalidad de quien la realiza.
5) Acción («granada»): Y, sin embargo, hay momentos en que el imperativo es simplemente: ¡Hazlo! La capacidad de actuar porque se requiere, incluso si carecemos de conocimiento y comprensión, incluso si es algo atípico para nosotros, es una característica fundamental —y redentora— del alma humana. La granada representa nuestra capacidad de sobrepasarnos y actuar de una manera que supera nuestro estado espiritual interno. Es nuestra capacidad de hacer y lograr cosas completamente incompatibles con quiénes somos y qué somos en el momento presente.
6) Lucha («oliva»): Para la mayoría de nosotros, la vida es sinónimo de lucha. Luchamos por forjar una identidad bajo la pesada sombra de la influencia de nuestros padres y compañeros; luchamos por encontrar pareja y luego luchamos por preservar nuestro matrimonio; luchamos por criar a nuestros hijos y luego luchamos en nuestra relación con ellos como adultos; luchamos por ganarnos la vida y luego luchamos con la culpa por nuestra buena fortuna; y subyacente a todo esto está la lucha perpetua entre nuestro yo animal y nuestro yo divino, entre nuestros instintos egocéntricos y nuestra aspiración de trascender el yo y conectar con lo Divino. Éste es otro de los grandes misterios del ser humano: el hecho de que somos más innovadores e ingeniosos cuando nos enfrentamos a límites y restricciones. Puede ser algo tan benigno como la fecha límite de un proyecto de oficina o tan trascendental como una crisis nacional; estamos en nuestro mejor momento cuando estamos presionados, y nuestro potencial más sublime se exprime en respuesta a condiciones desafiantes, incluso opresivas. Esta es la sexta cualidad del alma, representada por la «oliva»: el poder de convertir el desafío y el adversario en una potente fuerza de transformación y logro. El olivo en nosotros es esa parte que prospera en la lucha, que se deleita en ella, que no la escaparía más de lo que escaparía de la vida misma. Al igual que una aceituna, dicen nuestros sabios, que solo da su aceite al ser prensada, también nosotros solo damos lo mejor de nosotros al ser prensados entre las piedras de molino de la vida y las fuerzas contrarias de un yo dividido.
7) Calma psíquica o perfección («dátiles»): Como todo lo demás, la lucha tiene una contrapartida: las bendiciones de la calma. Aún más profundo que su «oliva» se encuentra el «dátil» del alma: su núcleo de serena perfección que nada —ni las turbulencias del espíritu, ni las vicisitudes de la sociedad, ni los trastornos de la historia— puede perturbar ni siquiera tocar. Y esta fuente de armonía no reside simplemente en lo más profundo de nuestra alma; tenemos el poder de adentrarnos en nosotros mismos, acceder a ella y conectar con ella, para crear un espacio de verdad inmutable y paz perfecta en medio de las tormentas que azotan nuestras vidas. Así canta el salmista: «El tzadik (persona perfectamente justa) florecerá como la palmera datilera» (Salmos 92:13) . El Zóhar explica que existe una especie de palmera datilera que da fruto solo después de setenta años. El carácter humano se compone de siete atributos básicos, cada uno de los cuales consta de diez subcategorías; por lo tanto, el florecimiento del tzadik después de setenta años es fruto de la perfección y calma absoluta, producto de un alma cuyo carácter, en cada aspecto y matiz, se ha refinado y armonizado consigo misma, con el prójimo y con Dios.
Placer desde el principio
El Rebe de Lubavitch ofrece una visión profunda de las siete especies, enseñando que en general, las siete especies se pueden dividir en dos tipos: 1) grano; y 2) fruta de los árboles. El grano es necesario para el sustento. Las frutas, en cambio, no son necesarias, pero aportan placer a la vida. Ambas son importantes y, por lo tanto, ambas están incluidas en la bendición para la tierra de Israel.
En sentido espiritual, la consciencia de «Israel» de nuestra alma también contiene estos dos elementos: necesidad y placer. En Shavuot los israelitas comían juntos y unánimes de las siete especies, pero celebramos los cinco frutos que crecen en los árboles (placer) incluso más que los granos (necesidad).
La lección para nosotros es que incluso cuando una persona se encuentra en las primeras etapas de su crecimiento espiritual (es decir, al nivel de los árboles y de todo lo que crece), ya debe tener el objetivo de servir al Eterno con todas sus fuerzas, lo cual incluye los atributos integrales del deseo y el placer. Porque el servicio de un redimido a Dios no puede ser puramente mecánico o intelectual. Solo cuando el servicio a Yah es verdaderamente placentero puede ser verdaderamente completo.
El Shavuot nos enseña que, desde el principio, debemos proponernos servir al Eterno con los siete atributos Divinos. Cada mañana, al comenzar el día, debemos decidir servir a Yah no solo por rutina y necesidad, sino con placer, entregándolo todo.
Comenzaré esta bitácora, compartiéndote una frase del maestro Tzvi Freeman:
«Luchar contra el mal es una tarea muy noble cuando es necesario. Pero no es nuestra misión en la vida. Nuestra tarea es traer más luz».
Después de leerla quedé meditando que desde tiempos inmemoriales el hombre ha contemplado la vida, cuestionado el propósito de la existencia y, como consecuencia, ha intentado entender la naturaleza del mal haciéndose varias preguntas: ¿Cuál es la función del mal? ¿Por qué motivos existe el mal en el universo? ¿Cómo es posible que Dios creara el mal? ¿Es algo real, con sustancia y poder? ¿O no es más que la ausencia de verdad, un vacío de realidad, oscuridad, una negación de la luz? Si es real, ¿cómo pudo Dios permitirlo en su mundo?
Algunos Sabios aseguran que los secretos de la Torah (Instrucción) divina revelan que el mal es oscuridad; nada más que una ausencia de luz. Entonces, si es solo oscuridad, ¿cómo es posible que la oscuridad desafíe a la luz? Y además, ¿cómo podría el Creador, que es bondad y compartir absolutos e ilimitados, crear individuos que alberguen una capacidad tan grande para el comportamiento maligno?
Así, termino deduciendo que ninguna respuesta que encontremos nos satisfará por completo. Y es que el mal está demasiado cerca como para verlo con claridad; es demasiado doloroso como para etiquetarlo. Sin embargo, y por otro lado, sino comprendemos qué es el mal, ¿cómo podemos luchar contra él?
Volvamos entonces a lo revelado por la Instrucción divina. En ella, la metáfora del mal es la oscuridad. Eso simplemente significa la ausencia de verdad. Un vacío de realidad. Como la oscuridad, el mal no tiene poder propio. No tiene vida propia. ¿De dónde, entonces, obtiene el poder de causar tanto dolor en el mundo? Generalmente, de nosotros, de nuestro miedo a él. De que lo consideramos algo que vale la pena negociar.
Sí, así y como lo oyes, el mal está impulsado enteramente por nuestro miedo a ello, por considerarlo un «algo» que exige nuestra respuesta.
Usando otra metáfora diré que el mal es un terrorista, alimentado por nosotros mismos en cada cucharada de preocupación, fomentado con cada mirada de ansiedad e inquietud que generamos; animado y fortificado con cada concesión que hacemos de nuestras vidas para reconocer su amenaza, hasta que, logrando levantarse desde nuestros pensamientos, se coloca contra nosotros hasta que nos haya absorbido suficiente energía para atacarnos descaradamente con nuestros propios instrumentos.
Al haber peregrinado en el estudio de la Torah, podemos notar que este tema se repite a lo largo de muchos relatos. Cuando la serpiente se acercó a Eva (explican los sabios), ella no estaba lista para dedicarle su tiempo. En su mundo, la serpiente bien podría no existir. Así que la serpiente tuvo que preguntar: «¿Es cierto que no se te permite comer de ningún árbol del jardín?«. Por supuesto, la serpiente sabía que era mentira. Pero así, Eva se dio cuenta. La serpiente se convirtió en alguien a quien vale la pena responder. Y, por lo tanto, con el poder de causar problemas.
De igual manera, lo vemos en la vida de Moisés. Él comenzó su carrera como libertador al matar a un capataz egipcio que golpeaba hasta la muerte a un esclavo hebreo. Cuando descubrió que su acción se había hecho pública, el libro de Shemot (Éxodo) nos dice que «Moisés tuvo miedo. Y el Faraón procuró matarlo. Así que huyó». Notemos esta secuencia. Primero, Moisés tuvo miedo. Solo entonces el Faraón procuró matarlo. Sin el miedo de Moisés, el Faraón no tenía poder.
Leyendo una enseñanza del famoso Rav Yeshudá Áshlag, me encontré con que él explica en su obra «Una Introducción al Zóhar» (Título original: «An Entrance to the Zohar») lo siguiente:
“Sabemos claramente que el Pensamiento de Creación de Dios, cuyo propósito era dar disfrute a aquello que Él creó, originó por necesidad el Deseo de Recibir de Él toda la bondad y amabilidad que Él pensó para Su creación. Este Deseo de recibir no estaba contenido en la esencia del Todopoderoso antes de que Él lo creara en sus almas; ya que ¿de quién podría Él haber recibido algo? Por lo tanto, Él creó algo completamente ‘nuevo’ que no estaba contenido dentro de Él. En asuntos espirituales, la diferencia de forma funciona de la misma manera que el filo de una espada separa cosas materiales. La distancia entre estas dos será en proporción a cuán opuestas en forma estén una de otra. Esta diferencia de forma que poseen las almas actúa como el filo de una espada y corta una piedra de una montaña. Fue mediante esta diferencia de forma que las almas se separaron del Creador y se apartaron de Él, para que se convirtieran en algo que fue creado”.
Esta fue la creación de este mundo conocido como el Mundo de la Acción (Olam Asiah) o mundo de la dualidad. En otros términos: el mundo del Bien y del Mal.
Entonces Áshlaj, en su cita, describe al Creador como el máximo grado del deseo de compartir y de bondad, haciendo que el extremo opuesto del deseo de recibir, el cual está separado de Él, sea maligno. Así pues la naturaleza de la separación permite que surja la creación del mal.
Según los secretos del Cielo revelados en la Torah, cuando el Creador creó las almas, en esencia creó la vasija perfecta, es decir un recipiente, con una naturaleza completamente opuesta a la Suya para que así Él pudiera compartir su beneficencia lumínica de amor. El propósito de esta creación, como lo explicó Rav Áshlag, fue llenar las almas con Su Luz. Mientras la Vasija esté llena de Luz, adquiere las características del Creador: bondad y compartir infinitos. Sin embargo, al asumir las cualidades del Creador, la vasija desea compartir sin límite. La pregunta es ¿con quién? Entendemos que la Luz Infinita no tiene necesidad o deseo de recibir nada, así que se hizo un trato en el nivel más alto de la mente divina en el que se crearía un mundo donde las almas pudieran compartir y recibieran sólo la Luz —la beneficencia del Creador cuando fuera merecida— mediante el comportamiento afín con la Luz. Luego de la creación de este mundo, donde una vez hubo Luz, la oscuridad llenó el vacío.
Esta ausencia de Luz, es el mal en sí, al que los Sabios con el tiempo llamaron: el Deseo de Recibir para Sí Mismo.
Entonces, debemos aceptar que cada ser humano en este mundo contiene ambas polaridades del deseo: para compartir y para recibir. Nuestros deseos acumulados crean una vasija cuántica. Cuando tomamos decisiones individuales, afectamos de manera colectiva al todo. Cuando las personas actúan con tolerancia, generosidad y bondad, entonces hay Luz en el mundo; parte de la idea original. Por el contrario, si somos perezosos, intolerantes, odiosos e iracundos (aun en su más mínima expresión) esas cualidades negativas se acumulan y mantienen alejada a la Luz, permitiendo que la oscuridad nuble el mundo.
Así es con el mal en el mundo, así es con las fuerzas destructivas dentro de cada uno de nosotros: cuando nos rebajamos a conquistar el mal dentro de nosotros mismos, terminamos rodando con él en su barro.
Saber esto es sumamente útil. Una vez que descubrimos el secreto del mal, sabemos cómo desmantelarlo. La estrategia es casi idéntica, ya sea el mal que azota el mundo o tu comunidad, o el que se esconde en lo más profundo de tu corazón, acechando para aterrorizarte a la menor oportunidad.
Soy conciente que no es una solución sencilla, porque como humanidad ya hemos alimentado el mal a lo largo de los siglos hasta el punto de que prospera y crece cada día. Al principio, Adán y Eva podrían haberlo ignorado y con el tiempo se habría disuelto en las chispas de luz divina que revelaron en el Jardín. Pero una vez que el mal ha sido alimentado y vive fuera de su bolsa, nunca más podrá ser tratado con tanta facilidad, sino hasta el final del Shabat Milenial.
Sin embargo, nuestra principal arma contra el Mal sigue siendo nuestra indiferencia hacia él.
Lo explicaré del siguiente modo: la existencia del mal es permanente, pero sus efectos son temporales. El mal se vuelve impotente una vez que se ha realizado suficiente bien, porque la bondad aumenta la conciencia general y permanente del Creador. Una vez realizado suficiente bien, el mal no puede nublar el juicio humano. Es importante destacar que no es la conciencia del Creador la que está oculta, sino la propia conciencia del hombre del Creador la que está atenuada. Si bien el mal se crea en forma potencial, el hombre debe materializarlo. Por eso, el primer pecado fue la materialización del Mal por parte del hombre, que lo internalizó. Si el hombre no hubiera pecado, el mal se habría vuelto impotente. El Universo Físico, tal como es hoy, en decadencia, es el resultado de la materialización del Mal. Por eso, finalmente se deconstruye y resucita de forma permanente (esto se llama la Resurrección de los Muertos).
Entonces, para desterrar verdaderamente el mal, debes marchar sobre las nubes y nunca mirar hacia abajo. Como lo aconsejara el apóstol Pablo a los creyentes de Colosas al escribirles:
«Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.»
(Colosenses 3: 1-4)
En otras palabras, debes diariamente escalar más alto hasta alcanzar un lugar de luz que no deje grieta para que el mal se esconda. Elevado a ese lugar, el mal se derrite en la rendición, y termina huyendo de tu vida. Así Santiago se los recordaba a los discípulos del SEÑOR:
«Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.« Santiago 4:7
De hecho, este es el propósito del mal: ¿por qué un Dios completamente bueno ideó el mal en su mundo? Porque el mal nos obliga a ahondar en nuestro interior, sometiéndonos a Dios para encontrar nuestra fuerza interior, Su Unción, con la que podemos ascender cada vez más, hasta alcanzar una luz brillante y cegadora, una luz que no deja resquicio para que la oscuridad se esconda.
Entonces, por ahora el mal ha cumplido su sentido: exprimir la luz interior del alma humana, una luz que no conoce límites. Ante esa luz, el Mal se derrite, rendido, y desaparece. Pues, en el principio, la oscuridad se creó con un solo propósito: extinguir la luz interior del alma humana. Una luz sin límites.
¡Misión cumplida, el mal se desvanece en la luz que él mismo ha llamado!
Ahora sí, con esto bien entendido, vale la pena terminar la bitácora con la frase que usé al comenzarla:
«Luchar contra el mal es una tarea muy noble cuando es necesario. Pero no es nuestra misión en la vida. Nuestra tarea es traer más luz«.
En la tercera ascensión de las parashot “Behar-Bejukotai” leemos en Vayicrá/Levítico 25:29-30:
“El varón que vendiere casa de habitación en ciudad amurallada, tendrá facultad de redimirla hasta el término de un año desde la venta; un año será el término de poderse redimir. 30 Y si no fuere rescatada dentro de un año entero, la casa que estuviere en la ciudad amurallada quedará para siempre en poder de aquel que la compró, y para sus descendientes; no saldrá en el jubileo” (RV60).
Me surgió una pregunta, ¿por qué las propiedades podían redimirse en cualquier momento antes del jubileo, excepto las de las ciudades amuralladas?
Un comentario en la versión Torat Emet refiere a que tenían una “santidad especial” y que por eso el Eterno pone esta norma para “desalentar” su venta.
Aun así, ¿qué significa esto y qué implica para nosotros hoy?
Para ello leí una interesante lección del Seminario Reina Valera dirigido por Gilberto Abels titulada “Propiedad”.
Allí se explica que en la antigüedad dentro de la tierra de Israel había dos tipos de poblaciones: “…las villas eran lugares de morada sin murallas en su derredor, mientras que las ciudades y pueblos eran lugares más grandes, y estaban amurallados… Las villas a menudo se localizaban cerca de una ciudad amurallada o fortificada de la cual más o menos dependían. Así la ciudad era la metrópoli de las villas. Con frecuencia leemos en la Biblia de «ciudades y sus villas», y algunas veces una traducción literal nos daría una expresión de «ciudades y sus hijas», indicando una ciudad madre»; sus villas dependientes de ella que la rodean (cf. Josué 15:45 y 17:11)”.
Una ciudad amurallada contaba generalmente con dos grandes lugares públicos: las puertas y el mercado.
El primero generalmente era el sitio donde se reunía la corte para tomar decisiones judiciales y políticas mientras que el segundo, lejos de ser un mero lugar donde adquirir mercaderías, era el centro de la vida social y cultural de la ciudad.
«Las transacciones comerciales son por lo regular precedidas de una visita social con el cliente. A la gente importante tanto como a la común, les gusta ir allí para encontrarse con sus amigos y saludarlos en verdadera costumbre oriental lo que siempre lleva mucho tiempo. Jesús dijo a sus discípulos: «Guardaos de los escribas, que quieren andar con ropas largas, y aman las salutaciones en las plazas» (Marc. 12:38). En los mercados tienen lugar discusiones de varias clases. El apóstol Pablo aprovechó tales oportunidades cuando estuvo en Atenas. «Disputaba. . . con los judíos y religiosos y en la plaza cada día con los que le ocurrían» (Hechos 17:17). El mercado era un lugar ideal para predicar el Evangelio”, afirma Abels.
Y si bien dicha lección tiene otras múltiples riquezas históricas y culturales que nos ayudan a entender mejor las Sagradas Escrituras, quisiera que nos focalicemos en esto: la ciudad amurallada era un lugar de privilegio, era un sitio de influencia.
Tal como dice John Maxwell, “liderar es influir” y todos, absolutamente todos, incluso aunque no queramos, influimos en nuestro entorno.
Ese entorno es, como dice el apóstol David Nesher, “tu mundo”. El ámbito de influencia que el Señor te dio a ti y no a mí, porque yo tengo el mío.
Es una red de contactos que te confió porque cree en la capacidad que te ha dado: ser luz.
Y no hay nada más influyente que una luz en medio de la oscuridad.
“Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder”. (Mt. 5:14| RVC)
Tal vez te estés sintiendo como alguien insignificante, que no puede influir sobre nadie, te aseguro que no eres el único al que le ha ocurrido (Is.53:1).
Pero hoy el Espíritu Santo nos dice: ¡no vendas tu ciudad amurallada, cuida y usa la influencia que tu testimonio tiene en quienes te rodean!
Que el Señor nos dé el denuedo y la sabiduría para influir en cada ámbito que él nos entregue.
PREGUNTAS PARA MEDITAR
1 – ¿Te ves como líder que influencia o como uno más del montón?
2 – ¿Ves cada ámbito en el que te mueves (escuela, trabajo, barrio, etc.) como una oportunidad para influir o como parte de una mera rutina?
3 – ¿Le has pedido al Espíritu Santo que te dé denuedo (valentía y vitalidad) y sabiduría para predicar el Evangelio?
La fuente está en la parashá Emor. La Torá nos dice: «Venikdashti betoj bnei israel» —estas son las palabras de YHVH—: «Seré santificado en medio de los hijos de Israel».
Aquí se nos habla de una comunidad de personas que adoran a YHVH, pero ¿cómo entendemos la frase: “en medio de”?
Los Sabios emplearon un método de exégesis bíblica conocido comoguezerá shavá, en el cual dos versos con idéntica terminología son comparados entre sí, este verso coincide con otro.
Pue bien, por medio de este método, sabemos que en la Parashá de Kóraj, la Torah nos dice “Hibbadelu mittoch haedah” que traducida es: «sepárense de en medio de esta comunidad«.
Entonces, tenemos la misma frase, “en medio”, con referencia a una comunidad y ese término “edah” para comunidad se usa en la Parashá Shelaj Lejá, donde los diez espías malvados son mencionados como “ha’edah hara’ah hazzot” (–»esa asamblea malvada«).
Así es como sabemos que la referencia en la Parashá Emor a un grupo de personas, en medio de las cuales santificamos el nombre de Dios, es diez personas.
Me parece absolutamente extraordinario que aprendamos sobre un minyán a partir de dos eventos históricos: uno es la rebelión de Koraj, y el otro es la historia de los espías. En ambos casos, tuvimos personas dentro de nuestra nación que nos decepcionaron gravemente, pero el mensaje del minyán es que todos deben ser incluidos. No nos corresponde juzgar a los demás.
Por supuesto, debemos evaluar lo que está bien y lo que está mal, y debemos tomar una posición cuando creemos que es necesario, pero dicho esto, en última instancia, debemos dejar el juicio en manos de YHVH.
Cuando se trata de una comunidad, absolutamente todos deberían estar «en medio de nosotros».