escritos mesiánicos

¿Qué es el «Bautismo por los Muertos» según la cosmovisión paulina?

P.A. David Nesher

De no ser así, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos? Si de ninguna manera los muertos resucitan, ¿por qué, entonces, se bautizan por ellos?

(1 Corintios 15: 29)

Ciudad de Corinto (Grecia, siglo I E.C.)… Una creciente comunidad de discípulos del yugo de Yeshúa crecía en forma sorprendente en esa ciudad. Entre los miembros de la Kehilah (Asamblea) de Corinto se estaban manifestando algunos miembros que negaban la doctrina de la resurrección de los muertos, por eso el apóstol Pablo les escribe una epístola con el objetivo de afirmar la certeza de que sí habrá resurrección:

Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos?
(1 Corintios 15:12)

Ahora bien, en medio de una larga y detallada exposición acerca de la resurrección de los muertos (ver 1 Corintios cap. 15), el apóstol Pablo hace una declaración que hoy deja confundidos a muchos investigadores:

«De no ser así, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos? Si de ninguna manera los muertos resucitan, ¿por qué, entonces, se bautizan por ellos?

¿Qué?… ¿Cómo?… En medio de un capítulo lleno de buenos y claros argumentos, salta este versículo a la vista del estudiante que comienza a hacerse muchas preguntas. Convengamos que es cierto que la asamblea de Corinto habían algunas prácticas desagradables, pero bautizarse por los muertos es ya un hecho muy extraño, incluso para ellos. Pablo lo menciona de pasada, dejándonos perplejos y sin seguridad de lo que está pasando en Corinto. ¿Es esta una práctica que debería realizarse hoy día en la iglesia? Pablo no la condena. ¿Qué deberíamos pensar entonces?

Bien, primeramente vamos a convenir en que la abrupta mención del apóstol del bautismo por los muertos no nos da mucha información. Por ello, no es de maravillarse que los académicos del cristianismo estimen que se han propuesto más de 200 teorías diferentes. Pero ¿realmente el apóstol Pablo tocaría un tema que las comunidades no entenderían, dejando por lo tanto una puerta abierta para la libre interpretación y el error de la herejía? Pues claramente la respuesta a esto es un rotundo NO; Pablo (como cualquiera de los otros apóstoles) jamás causarían una oportunidad para apostatar. Por el contrario, el hecho de que no se deje explicación alguna en el discurso de dicha epístola, se debe a que las comunidades del primer siglo estudiaban la Torah sujetos a la Sabiduría de las distintas midrashim (enseñanzas) que desde Moshé (Moisés) se venían dando de generación en generación. Por eso, para comprender el planteo de Pablo sobre el «bautismo de los muertos», debemos indagar desde la sana doctrina que ellos recibían al estudiar el ciclo de parashot (porciones) de la Torah; y justamente la porción que contiene la explicación exacta es Jukat.

¿Qué significa el estatuto (juk) de la Pará Adumá (Vaca Roja)?

Seguramente, al estudiar la parashá (sección) Jukat, te habrás dado cuenta que es una de las más enigmáticas de todas las que encontramos en el Ciclo de estudios de la Torah. En ella leemos de algunas cosas que no parecen tan entendibles cuando consideramos la narración con lentes superficiales. ¿Por qué una serpiente de bronce? ¿Por qué el castigo contra Moshé y Aarón es tan severo? ¿Qué significa el estatuto de la vaca roja? ¿Es esto alguna “fórmula mágica” para hacer desaparecer la impureza? ¿En qué sentido el contacto con cadáveres impurificaba a los creyentes? ¿Es pecado estar impuro? ¿Por qué una vaca roja? Todas estas preguntas fluyen en la mente de cualquier investigador sincero cuando llega a esta sección (parashá) y en su mesa de estudios comienza a meditar profundamente en estos temas.

En su inmensa mayoría (y algunos eruditos dirán que en su totalidad) los conceptos de impureza ritual están relacionados con contacto literal o simbólico con muerte o abandono de vida. Ya hemos estudiado en parashot anteriores como el contacto con salida de vida o con muerte, incluso simbólicamente, causaba impureza ritual. En ese mismo contexto, debemos entender el estatuto de la Pará Adumá (vaca roja): dentro de la esfera de la impureza ceremonial relevante cuando hay un Templo en pie y que conlleva la presencia manifiesta del Eterno en dicho lugar.

La impureza causada por un cadáver es llamada por los jajamim (Sabios) “Padre de padres de impureza”. Eso significa que es la mayor fuente de impureza por su cantidad de días, transmisión y por el proceso necesario para eliminarla. Como ya lo hemos visto, la presencia de Yah que habitaba en el Templo tenía una intensidad muy grande. La muerte y sus rastros no tienen lugar en la Presencia del Dios vivo redentor de Israel; lo inmortal, puro y trascendente no puede morar con lo mortal o impuro. Si el Mishkán (o más tarde el Beit Hamikdash) no era expiado siguiendo los procesos de purificación, la presencia de YHVH terminaría por irse.

Para el caso especifico de la impurificación por muerto, podemos descubrir que los componentes de la vaca alazana aluden a vida, incorruptibilidad y preservación. Es decir, la “cura” para la impureza ritual causada por la muerte es precisamente formada por aspectos llenos de vida, literal y simbólicamente.

Leemos por ejemplo en la Torah mismsa:

Di a los hijos de Israel que te traigan una vaca alazana, perfecta, en la cual no haya falta, sobre la cual no se haya puesto yugo;”
(Números 19:2)

La primer pregunta lógica es: ¿Por qué una vaca roja? La respuesta más plausible es que el color de la vaca alude a la sangre. La sangre es donde el nefesh (es decir: la vida, el alma animal, la fuerza de vida que habita tanto en hombres como animales), reside y fluya, tal como está escrito:

«Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona.»
(Levítico 17:11).

A parte de su color, la vaca tenía que tener dos características adicionales:

  • No tener falta, y
  • no haber recibido yugo.

No tener falta alude a no tener defecto, la muerte es el peor de los males y el principal defecto de nuestro mundo actual. La vida por otro lado es el mejor don. La muerte puede ser asimilada a un yugo que todos debemos de cargar, desde el primer pecado cometido en el mundo. Todos heredamos este yugo y cargamos con nuestra naturaleza mortal, tal como está escrito:

«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron
(Romanos 5:12).

«Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial.»
(1 Corintios 15:49)

El color, su falta de yugo, y su falta de tacha, alude a vida e incorrupción. Como podemos notar, las tres características de la vaca alazana aluden a vida, algo que debemos de esperar pues las impurezas tienen que ver con muerte y la purificación tiene que ver con vida.

Si seguimos considerando los detalles del ritual, encontraremos más alusiones a vida e incorruptibilidad. Leemos en la Torah:

«Luego tomará el sacerdote madera de cedro, e hisopo, y escarlata, y lo echará en medio del fuego en que arde la vaca.» (19:6).

Los tres elementos que se mencionan tienen que ver con vida y purificación.

  • La madera de cedro es un elemento que se preserva mucho en el tiempo, dicha madera es considerada como muy duradera y como tal, es una alusión a lo imperecedero.
  • El hisopo es símbolo de purificación, limpieza y conlleva la connotación de preservación de salud y vida.
  • El escarlata tiene el color rojo que alude a la sangre, donde se encuentra la vida (Nefesh).

Vemos como nuevamente, encontramos poderosas alusiones a la vida en los detalles de las aguas de la vaca roja. Si añadimos que la vaca roja es el único caso en el que la sangre no se derrama o se esparce, sino que es incluida en la quema del animal, la alusión a contenido de vida, es inequívoca.

Jukat contra el postrer enemigo: la muerte.

Con todo este contenido simbólico, debemos aceptar que el Eterno estaba dando un gran mensaje en todo lo que tenía que ver con las impurezas: la muerte no es ideal y Yahvéh está en el proceso de terminar con ella; la muerte es el “último enemigo” a ser vencido por el Eterno a través de Su Mashiaj (Ungido). En otras palabras, nuestro mundo mortal en el que vivimos no es el ideal, el pecado y la muerte son nuestros verdaderos y máximos enemigos. El Eterno finalmente vencerá a la muerte, Él lo hará pues es el Elohim de la vida, no de los muertos, tal como lo afirmara en Su enseñanza nuestro Maestro y Dueño (Marcos 12:27).

Este mundo era perfecto en un inicio pero el pecado, y su fruto la muerte, estropearon el diseño original de la Intención divina. Sin embargo, todo el sistema ritual y simbólico de las impurezas y expiaciones del Mishkán (Tabernáculo) y el Beit Hamikdash (Templo) donde el contacto con muerte o abandono de vida, es visto como un problema a ser cubierto, habla poderosamente sobre la intención de Yahvéh de acabar con la muerte y el pecado para siempre, tal como lo dejó escrito en el oráculo del profeta Isaías:

«Destruirá a la muerte para siempre; y enjugará El Eterno el Señor toda lágrima de todos los rostros; y quitará la afrenta de su pueblo de toda la tierra; porque El Eterno lo ha dicho. Y se dirá en aquel día: He aquí, éste es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará; éste es El Eterno a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación.»
(Isaías 25:8-9)

Así también lo afirmaba el apóstol Pablo:

«Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?»
(1 Corintios 15:54-55).

Ahora bien, podemos entender que antes que los profetas y los apóstoles enseñaran la doctrina de la resurrección de la carne, la victoria final sobre el pecado y la muerte y todo lo relacionado con ello, el Eterno lo había enseñado en su bendita Torah (Instrucción) por medio del sistema de purificación del Mishkan, y particularmente con el estatuto de la Pará Adumá.

¡Que Elohim más poderoso y sabio! ¡El finalmente triunfará sobre la muerte y nosotros estaremos ahí para disfrutar de su reino!

Jukat y la Resurrección como pilar de la Fe.

Estudiando de este modo la Torah logramos comprender que la resurrección es uno de los pilares de la emunáh (fe o certeza) de Avraham. El gran Maimónides la calificó como uno de los trece principios de fe enumerados puesto que es el que da sentido a toda la existencia actual del Pueblo del Eterno.

El escritor de Hebreos consideró la resurrección de los muertos, una de las doctrinas básicas de la fe que se estudiaba en las casas de las comunidades del primer siglo:

«Por tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección; no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, de la fe en Dios, de la doctrina de bautismos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno.» (Hebreos 6:1-2).

Así es este asunto, para los discípulos de Yeshúa, en el primer siglo de nuestra Era Común, la realidad de la resurrección era aún más clara y certera que para nuestros ancestros. ¡Ellos sabían que el Eterno no solamente derrotará a la muerte sino que la manifestación de dicha promesa profética ha comenzado ya a través de la Victoria de Yeshúa El Mesías, el primogénito de entre los muertos, quien fue levantado de la tumba al tercer día sin ver corrupción (Salmo 16:10). Él fue elevado desde el Sheol como primicias de la resurrección final, tal como se nos dice:

«Más ahora El Mesías ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.»
(1 Corintios 15:20).

Si recorremos el proceso ceremonial de la vaca roja, vemos que la purificación de la muerte ocurría con rociamientos en dos etapas: la primera al tercer día, y la segunda, al séptimo (Números 19:12).

Entonces aprendemos que la purificación ritual por causa de muerto no era obtenida con una sola aspersión sino en dos etapas. De ese mismo modo, la purificación total de la muerte, esto es la resurrección de la humanidad, ha seguido un orden de etapas y no ha sido realizada en un solo evento.

Sabemos que el Mashiaj Yeshúa resucitó de los muertos, al tercer día de su muerte, como primogénito de entre los muertos. Entonces, también aceptamos por fe en dicha victoria mesiánica que la humanidad tendrá una resurrección al séptimo milenio desde que el Adam HaRishón (primer Adán), padre de todos, pecó y murió, tal como se nos dice:

«Pero cada uno en su debido orden: El Mesías, las primicias; luego los que son del Mesías, en su venida.«
(1 Corintios 15:23)

Captando dicho sentido escatológico, notamos que hay una alusión a estas etapas de resurrección en el proceso de aspersión de la vaca roja.

El Eterno ya comenzó Su victoria sobre la muerte, realizando la resurrección de los muertos, que ha irrumpido en nuestro mundo primeramente con Yeshua HaMashiaj, nuestro Dueño y Maestro. Pero aún queda la segunda etapa: la resurrección de toda la humanidad.

Jukat y el Bautismo por los Muertos.

Entonces, en Israel, la creencia en la resurrección de los muertos es un axioma. Por ello, es reflejada en el cuidado y en la honra que se le da un cadáver. En el judaísmo existe un profundo respeto por un cadáver y se considera un gran mandamiento dar honra a un ser querido que nos deja; todo lo que se hace, se ejecuta para dar honra al difunto. El cuerpo, es tratado con mucho valor pues será unido nuevamente al alma en la resurrección.

Es por causa de esto que una de las costumbres más emblemáticas consiste en la formación de lo que se denomina «Jevra Kadisha«, que significa «la hermandad santa» (o también «La sociedad santa«). Esta era un conjunto de personas voluntarias que se encargan de todos los asuntos que tienen que ver con el cuerpo: cuidar de él, encargarse que nunca esté solo, leer salmos cerca del féretro, etc.

Con esta tradición ancestral en nuestra mente, atrevámonos a mirar pues este asunto colocándonos los lentes de la cosmovisión judía que los discípulos del primer siglo sostenían.

Según la costumbre funeraria judía, un cadáver se preparaba para su entierro con un lavado ceremonial del cuerpo; como ejemplo de esto, en el libro de los Hechos de los apóstoles leemos que cuando Tabita murió, la comunidad de creyentes lavó su cuerpo (Hechos 9:37). La mentalidad judía, en la fe de Avraham, consideraba (y considera aún) un gran honor estar entre los que cuidan a los muertos de esta manera. El lavado ritual del cuerpo expresaba la fe que se enfoca en la resurrección de los muertos en la Era Mesiánica. Es decir, que es una preparación para la resurrección.

Ahora bien, conviene aquí agregar que quienes realizan el lavado ritual del difunto («Jevra Kadisha«) también se sumergen, una vez antes de atender al difunto y luego nuevamente después de completar la ceremonia. Cada uno de los oficiantes de esta ceremonia sabe que el contacto con el muerto provoca la impureza por causa de la contaminación del cadáver, por eso, al final, los que terminan de cuidar del cuerpo vuelven a hacer Tevilah de purificación simbólica por haber tenido el placer de haber cuidado a alguien y cubrirlo para su resurrección.

Así es como nos encontramos con que la Torah revela que tocar un cadáver hace que una persona sea ritualmente impura. Para ser limpiado, dicha alma humana necesitaba ser rociada con cenizas de la Padá Adumah (vaca roja). Después de completar el proceso de purificación de siete días, la persona contaminada se sumergía en una mikveh de agua viva, realizando pues una tevilah (un bautismo) de purificación. En tiempos del Templo, las cenizas de la vaca roja eran rociadas sobre ellos cuando asistían a las temporadas de fiesta, puesto que al tener contacto con un muerto, se adquiere impureza ritual.

Las cenizas de la vaca roja no habrían sido aplicadas a las personas que vivían fuera de la tierra de Israel, pero los creyentes de Corinto aún habrían pasado por la inmersión prescrita en una mikvé antes y después de atender a un cadáver. Todos estos rituales únicamente tienen sentido, si y solo si, habrá un resurrección. Si no hay resurrección, y el cuerpo es simplemente el remanente de algo que nunca más será, el ritual es completamente vano.

Este contexto litúrgico de Israel es lo que ayuda a explicar el tan difícil pasaje de la carta de Pablo a los Corintios, en la que mientras defendía la esperanza en una resurrección literal de entre los muertos, Pablo escribió: “[Si los muertos no resucitan] ¿qué harán los que se bautizan por los muertos? Si los muertos no resucitan en absoluto, ¿por qué, pues, se bautizan por ellos? (1 Corintios 15:29). Este extraño versículo ha molestado a lectores y estudiantes de la Biblia durante mucho tiempo simplemente por desconocer el contexto mental de los que leían la epístola paulina.

El apóstol Pablo, al escribir su epístola a los creyentes de Corinto, está teniendo en su mente toda esta ceremonia y es así como pregunta retóricamente: «Si los muertos no resucitan en absoluto, ¿por qué, pues, se bautizan por ellos?» (1 Corintios 15:29). En otras palabras, si los muertos no resucitan, ¿por qué practicar el lavado ritual del cuerpo, que requiere que la persona que realiza el lavado se sumerja? ¿Por qué preocuparse de dar honor ceremonial al cadáver si los muertos no resucitan?

Lamentablemente, el versículo ha sido malinterpretado por los teólogos cristianos debido a su obstinada desconexión con el judaísmo a la que la comunidad gentil creyente en Yeshúa fue sometida históricamente. En otras palabras, el apóstol Pablo no está haciendo referencia a personas haciendo Tevilah (bautismo) de conversión y fe en Yeshúa, prestándoles sus cuerpos al espíritu de personas ya fallecidas. Todo lo contrario, el apóstol está enseñando sobre la resurrección tomando como referencia a la purificación ritual que realizaban las personas que entraban en contacto con un cadáver luego de cuidarlo y lavarlo para su funeral. En los días de Pablo, el Templo de Jerusalén aún estaba en pleno propósito de avodá (adoración), por lo tanto, dichas personas también debían de ser rociadas con las cenizas de la vaca roja para poder acceder nuevamente al Templo, sin impureza ceremonial, apenas tuvieran la ocasión de peregrinar a la ciudad de David.

Entonces, y para que quede bien claro, el apóstol no está hablando de inmersiones en representación de un muerto, sino en inmersiones por causa de contacto con un muerto cuya memoria se guarda en la certeza de volverlo a ver en la resurrección en el día postrero. Parafraseando lo que Pablo está enseñando aquí, podríamos llevarlo a algo así: «Si los muertos no resucitan,… ¿entonces cuál es el sentido de cuidar a los cuerpos tanto y llegar a impurificarse ritualmente por ellos? ¿Qué necesidad hay de hacer inmersión por causa de ellos? Si los muertos no resucitan ¿para qué tanta molestia? Si los muertos no resucitan ¿Por qué está prescrita en la Torah una purificación por contacto? Si la muerte es un estado normal y seguirá siendo así ¿Por qué purificarse de ella? ¿No es esto muestra de que la muerte dejará de ser un día? ¿No es esto muestra de la resurrección de los muertos?«.

El apóstol, fiel a su llamado, está exhortando a los creyentes más débiles a reflexionar. Si no hay resurrección, entonces la vida debería vivirse buscando los placeres pasajeros y no del servicio al Eterno por medio del Mesías. Sin embargo, como Pablo ya argumentó, el Mesías fue resucitado, y los creyentes pueden confiar en que ellos también resucitarán. Si dudamos de la resurrección, si vivimos inconsistentemente con respecto a ella, si vivimos como si esta vida fuera todo lo que tenemos, entonces Pablo exhorta a los corintios, y a nosotros, a no dejarnos engañar 

Los muertos resucitarán, y los rituales de limpieza de la contaminación de los cadáveres dan testimonio de esa resurrección venidera. En ese día, seremos limpiados de la impureza ritual de nuestros cuerpos mortales moribundos. Seremos resucitados incorruptibles y puros como nuestro justo Mesías:

Aún no se ha manifestado lo que seremos. sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él
(1 Juan 3:2)

Con todas estas consideraciones, debemos aceptar que cuando restauramos el contexto de los Escritos Mesiánicos (Nuevo Testamento), el significado se hace obvio para nuestras mentes y cobra bastante sentido para el propósito de nuestra misión apostólica. El Eterno nos ha otorgado todas las pistas en su Palabra. Él ha dado suficiente evidencia para que estemos seguros de nuestra victoria final sobre la muerte. Dicha victoria se ha logrado ya, por medio de nuestro Señor y Maestro. ¡La tumba no pudo contenerlo y la corrupción vencerlo, y tampoco nos vencerá eternamente a nosotros!… ¡Aleluyah!



¿Qué significa ser Luz del Mundo?

Por P.A. David Nesher

Aunque la fiesta de Sukot (Enramadas) había terminado, Yeshúa se había quedado en Jerusalén y seguía enseñando en el Beit HaMikdash (Templo). No se desanimó por el hecho de que los judíos cuestionaran una y otra vez su persona y autoridad. Y como era de esperar, aquí volveremos a presenciar otra de las muchas controversias del Maestro con los fariseos.

La fiesta de Sukot se celebraba recordando también la nube y el fuego de la Shekinah que guiaban a los israelitas en el desierto (Éxodo 13: 21). En el atrio de las mujeres se encendían unos grandes candelabros de varios metros que iluminaban toda Jerusalén. Los sacerdotes y mucha gente del pueblo hacían procesiones de antorchas alrededor en un espectáculo de gran atracción. Todo esto para recordarle a Israel su vocación y compromiso mesiánico-sacerdotal: ser luz del mundo.

Vale la pena señalar, que en los días que Yeshúa caminó por Israel, tanto al Templo de Jerusalén, como a la Menorah que se encendía dentro del Lugar Santo del mismo, se los conocía como la “Luz del Mundo”. Por esto es que en el cuarto Evangelio (Juan) nos encontramos con la siguiente expresión de nuestro Maestro:

«Yeshúa les habló de nuevo, diciendo:  
Yo soy la luz del mundo, el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” 
(Juan 8:12)

En Israel los Sabios siempre dijeron que la Shekinah (Presencia) divina, representada por la Menorah, existe dentro de las personas que configuran Israel y que por ello se reunen a estudiar la Torah. Pues bien, en los Escritos Mesiánicos (Nuevo Testamento) el único pasaje que se refiere a que la Shekinah (presencia de Elohim) está presente cuando dos o tres se reúnen mediante el Estudio de la Torah, es justamente aquel en el que Yeshúa afirma que es Él quien está presente cuando dos o tres están reunidos en Su Nombre, equiparándose así con la Shekinah (Mateo 18:20).

Con el fin de comprender ampliamente esta aseveración les comparto a continuación, un comentario hallado en un documento del Qumrán y que nos suman entendimiento a la hora de la interpretación de esta Escritura: «… él debe instruirlos acerca de todos los períodos de la historia para la eternidad y en los estatutos de la verdad. (…. dominio) que pasa de Belial y vuelve a los Hijos de la Luz … por el juicio de Dios, tal como está escrito acerca de él; “que dice a Sión: “Tu ser divino reina” (Isaías 52:7) “Sión” es la congregación de todos los hijos de justicia, que guardan el pacto y se apartan de andar en el camino del pueblo. “Tu ser divino” es Melquisedec, quien los librará del poder de Belial. Con respecto a lo que dice la Escritura, “Entonces harás sonar la trompeta con fuerza; en el séptimo mes …”  En pocas palabras, en Israel vibraba la esperanza de que cuando se manifestara el Mashiaj, el dominio retornaría a los hijos de la Luz.

Desde esta explicación podemos encontrar lineamientos de exégesis para entender las escrituras más que interesantes en los Evangelios:

Mientras tengáis la Luz, creed en la Luz, para que seáis Hijos de la Luz”. 
(Juan 12:36)

Así pues, de la misma forma en la que el Eterno había iluminado a los antepasados de Israel en el desierto, ahora era el mismo Hijo de Elohim encarnado quien les podía iluminar y dispersar las tinieblas de sus corazones. Y no sólo a ellos, porque lo que Yeshúa afirmó es que Él es la Luz «del mundo», indicando con esto la misión universal de su ministerio. El Mesías es la luz para todos los hombres, en todo momento y lugar. Él es la luz en el sentido absoluto. Cualquier otro hombre o movimiento religioso no tiene punto de comparación con él.

Juan ya había anunciado esto al comenzar su evangelio: «Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo» (ver Juan 1: 9). Y con su venida comenzó a cumplirse lo que había anunciado el profeta Malaquías:

 «Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de Justicia, y en sus alas traerá salvación…»
(Malaquías 4:2)

«El que me sigue, no andará en tinieblas»

Los fariseos entendieron perfectamente las implicaciones de lo que Yeshúa dijo y no les gustó nada. Para ellos el término Or («Luz») estaba íntimamente ligado a YHVH:

«Yahvéh es mi luz y mi salvación»
(Salmos 27:1) 

 «El sol nunca más te servirá de luz para el día, ni el resplandor de la luna te alumbrará, sino que Yahvéh te será por luz perpetua«
(Isaías 60:19)

 «Aunque more en tinieblas, Yahvéh será mi luz«
(Miqueas 7:8)

Ellos entendieron que una vez más Yeshúa se estaba apropiando de atributos que son exclusivos del Eterno, y como era de esperar, reaccionaron de forma vigorosa. ¿Quién podía ser la «luz del mundo» sino solo Dios? Desde su punto de vista, Yeshúa era un blasfemo pretencioso que hacía afirmaciones que no podía demostrar. Y hay que decir que su lógica era totalmente correcta. Sólo si Yeshúa es el Hijo de Dios podría ser también la «luz del mundo». De otro modo, si únicamente fuera un hombre, entonces, hacer una afirmación como ésta carecería de todo sentido. Y como ellos no creían que Yeshúa fuera nada más que un hombre, entonces sus afirmaciones les parecían blasfemas.

Fue por causa de esta declaración que surge una gran polémica: y «le dijeron entonces los fariseos: Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es válido«. Así decía la ley en los juicios. Pero aquello no era un juicio, sino una manifestación de la Verdad divina misma. 

«Yeshúa les respondió:
Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es válido porque sé de dónde vengo y adónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo y adónde voy. Vosotros juzgáis según criterios humanos, yo no juzgo a nadie; y si yo juzgo, mi juicio es verdadero porque no estoy solo, sino yo y el Padre que me ha enviado. En la Torah está escrito que el testimonio de dos personas es válido. Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre, que me ha enviado, también da testimonio de mí«.
(Juan 8: 14-18)

En la Versión Hebraica del Código Real, leemos:

Bien, Yo doy solemne confesión de mí mismo PERO TAMBIÉN EL PADRE QUE ME ENVIÓ, da solemne declaración acerca de mí.

Es un momento clave de la Verdad: «Yo soy» y el Padre dan testimonio de Él, pero ¿dónde se da este testimonio?… En la conciencia y en las Sagradas Escrituras. Y…

 «…Entonces le decían: ¿Dónde está tu Padre?
Yeshúa respondió:
Ni me conocéis a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí conoceríais también a mi Padre«.
(v. 19)

Luz plena (hbr. Or) sólo es Elohim. Fuera del Eterno, y en el pecado, existen las tinieblas. Proclamarse Luz del mundo es una afirmación velada de su divinidad. Sus palabras no pueden ser tomadas como un testimonio más, sino como emanaciones de la luz que llega a todos los hombres. Los hechos anteriores muestran esta distancia –insalvable- entre la luz y las tinieblas.

Pero ahora bien, antes de continuar debemos preguntarnos a qué se refería el Maestro con la expresión «andar en tinieblas«. Y vemos que la palabra «tinieblas» denota distinta cosas en la mentalidad judía.

Se puede usar en un sentido físico para referirse a una persona que está ciega (Hch. 13:11), o al momento en que llega la noche y la oscuridad (Mt. 27:45), pero muchas más veces se emplea en un sentido espiritual acerca de aquellos que no conocen al Eterno y están a merced de las leyes de la fisicalidad. El apóstol Pablo habló de ellos como quienes «andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón» (Ef 4:17-18).

Pero estas tinieblas no sólo se encuentran en la mente, también conllevan una forma de vida materialista totalmente alejada de los principios divinos. Quienes así viven participan de «las obras de las tinieblas» (Romanos 13:12; Efesios 5:11).

Además, estas personas por este estilo de vida materialista, se encuentran bajo el poder de HaSatán (El Oponente) quien debido a la desobediencia del hombre ha conseguido establecer su gobierno en este mundo, que es descrito en la Palabra de Dios como «la potestad de las tinieblas» (Lc. 22:53), o la «potestad de Satanás» (Hch 26:18). Se trata de un sistema de cosas que gobierna sobre la Tierra en constante oposición con el Reino de Dios. Y el hecho de que este mundo está bajo el poder de HaSatán lo prueban sus obras: espiritismo, ocultismo, magia, horóscopos, supersticiones, idolatría, adulterio, fornicación, y todo tipo de perversiones…

Finalmente, todos aquellos que han rehusado andar en la luz con Yeshúa, no sólo viven en las tinieblas, sino que además terminarán en «las tinieblas de afuera» (Mt 8:12). Para ellos «está reservada eternamente la oscuridad de las tinieblas» (Judas 13).

De todo esto nos libra el seguir a Yeshúa como Rabeinu (Dueño y Maestro). Él, con su enseñanza de la Torah, ilumina nuestras mentes para que podamos conocer a Yahvéh y nos conduce en el Camino de la vida. Tal y como profetizó Zacarías, él venía «para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz» (Lc 1:79). Yeshúa nos libra «de la potestad de las tinieblas» y nos lleva al Reino de la Luz admirable del Eterno.

Yeshúa estaba hablando de su divinidad oculta. Aceptarlo era entrar en una nueva dimensión: el Emanuel («Dios con nosotros») era Aquel que estaba delante de ellos. La humanidad acababa de entrar en una nueva era divinizada. Si no se aceptaba, se seguía en las tinieblas, acusando a Yeshúa de blasfemo.

«Sino que tendrá la luz de la vida»

Yeshúa añadió otro detalle muy importante. La Luz a la que se refería no simplemente comunica iluminación externa, sino que se convierte en una posesión interna que ilumina nuestro espíritu y manifiesta a cada discípulo como Luz . Va mucho más allá del conocimiento intelectual, puesto que también nos da vida mesiánica-sacerdotal.

Una vez más, en la idea rectora de Juan, los conceptos de «luz» y «vida» vuelven a aparecer relacionados (Jn. 1:4) con la intención de mostrarnos que de la misma manera que las flores se marchitan y mueren cuando les falta la luz, así ocurre con todo aquel que no tiene al Mesías como Dueño, ya que Él es la luz que trae la vida eterna.

«Yeshúa enseñó a sus discípulos: Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.» 
(Mateo 5:16)

Yeshúa explica y se relaciona con la Luz (Or) por la manera en que está haciendo obras de justicia dentro del marco de la Torah, y por esto Él es la luz que nos ordena que brille Su luz desde cada uno de nosotros por medio de la Unción de Su Espíritu Santificador. Así es como los discípulos del Mesías lograban comprender con mayor altura lo ordenado por Moshé para proporcionar el aceite puro molido que la Menorah requería cada día para iluminar el Mishkán:

«Y mandarás a los hijos de Israel que te traigan aceite puro de olivas machacadas, para el alumbrado, para hacer arder continuamente las lámparas.«
(Shemot/Éxodo 27: 20)

Por todas estas pautas proféticas reveladas por el Espíritu de la profecía, las primeras comunidades misionaban desde la conciencia que, por ejemplo, el apóstol Kefas (Pedro) recuerda en su segunda epístola:

«Sí, tenemos la Palabra profética hecha muy cierta. Haréis bien en prestarle atención como a una luz que brilla en un lugar oscuro y tenebroso, hasta que amanezca el Día y la Estrella de la Mañana se levante en vuestros corazones.»
(2 Pedro 1:19)

Esto era mencionado como parte de toda una hermenéutica mesiánica de la profecía del libro de Daniel:

«Pero los que saben discernir resplandecerán como el resplandor de la cúpula del cielo, y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas por los siglos de los siglos.» 
(Daniel 12:3)

«Porque la mitzvá (el mandamiento) es una lámpara, y la Torah una luz; las reprensiones de la instrucción son el camino de la vida.» 
(Proverbios 6:23)

¡Qué importante es tener la Luz de la vida en un mundo que está hundido en las tinieblas! Aunque esto también implica una importante responsabilidad para cada creyente, que debe ser «Luz del mundo» (Mt 5:14). Pero para esto es necesario andar en la luz de Yeshúa HaMashiaj, viviendo en pureza moral y reflejando su luz.

Amados discípulos de Yeshúa, recuerden siempre que ustedes son la Luz del mundo. Donde quiera que vamos, reflejamos e imitamos a nuestro Dueño y Maestro Yeshua HaMashiaj. Aquel que logra verse representado en la Menorah, se sentirá diariamente levantado por la fuerza del sacerdocio celestial.

¡Deja que tus obras justas brillen bajo el mandato divino de Mashiaj ben Yosef, a fin de ser recompensado cuando Él se manifieste en Gloria como Mashiaj ben David!

El Estanque de Betesda: Un Centro de Curación del dios griego Asclepio

Por Dr. Eli Lizorkin-Eyzenberg

Después subió Jesús a Jerusalén. Y había ahí en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque llamado Betesda, el cual tenía cinco pórticos. En éstos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos que esperaban el movimiento de las aguas.

(Juan 5:1-3)

Cuando se llega  a determinar el nivel de la credibilidad histórica del Evangelio, la historia que finalizará con la sanación del paralítico, es una de las unidades textuales más fascinantes del Evangelio de Juan.

Hasta el descubrimiento del estanque con cinco columnas techadas cerca de la Puerta de las Ovejas (aunque cada cual buscaba un estanque en forma de pentágono, en un principio) muchos no consideraron el Evangelio de Juan históricamente creíble. El Evangelio era mostrado bien alegóricamente (verdadero solo en el sentido similar al de la literatura apocalíptica) o bien inexacto (escrito por alguien que no fuese de Judea y que desconocía completamente la geografía y topografía de Jerusalén). Sin embargo, ambos estanques mencionados en el Evangelio de Juan fueron identificados – el estanque de Betesda en Juan 5:2 y el de Siloé en Juan 9:7. El estanque que se menciona en este capítulo resultó ser de cinco columnas (como se describe en el Evangelio) pero no estructurado en forma de pentágono. Habían cuatro columnas separadas en el centro por otra, así formaban las cinco columnas tal cual eran descritas en el Evangelio.

Es posible que el estanque de Betesda fuese para facilitar las purificaciones con agua en el ceremonial religioso judío, “mikvah”, asociado al Templo de Jerusalén. Pero hay otras opciones interpretativas, que en mi opinión tienen mucho más sentido.

Hay muy buenos motivos para creer que esta estructura situada a una distancia peatonal por detrás de los muros de la ciudad de Jerusalén fue una parte del dios greco-romano de la salud y el bienestar Esculapios, el cual fue bien extendido por los dominios del Imperio Romano. Habían más de 400 “esclepiones”. Esculapios relata los beneficios a través de todo el Imperio, funcionando como centros de salud y dispensadores de la gracia y misericordia del dios hacia los que estaban necesitados.

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Esculapios era el dios de la medicina y la salud en la región de la Antigua Grecia. Las hijas místicas del dios, por ejemplo, incluídas la diosa Higeia y Panacea. Podemos escuchar sus nombres griegos en el hablar moderno como “higiene” y “panacea”- conceptos clave asociados hoy en día con la medicina y la salud. Las serpientes fueron atributo del culto a Esculapios en la salud y la sanidad. Incluso, actualmente, uno de los principales símbolos de la medicina moderna es una vara con una serpiente enroscada en ella.

Deténte ahora y piensa por un momento. Si esto es correcto, puede que cambie nuestra percepción de la historia descrita aquí. Como puedes ver, es posible que los ciegos, cojos y paralíticos no estuviesen esperando a que el Dios de Israel les sanase, sino más bien por la gracia sanadora de Esculapios. Antes de empezar a pensar que la reconstrucción de arriba es descabellada, por favor, tenga en cuenta lo siguiente:

En el siglo II de la era cristiana, el apologista Justiniano Mártir menciona de obsesiones populares con Esculapios entre sus contemporáneos, diciendo: “Cuando el Diablo trajo a Esculapios como resucitador de los muertos y sanador de todas las enfermedades, ¿no debería decir que en este tema igualmente él ha imitado las profecías sobre Cristo? (Justiniano Mártir, Dialogo con Triphomenes, el Judío, 69). En una declaración atribuida al siglo II del Sabio Judío Rabbi Akivah, leemos: “Una vez a Akivah se le pidió que explicara por qué las personas afligidas por enfermedades, algunas veces regresan sanas después de una peregrinación al santuario de un ídolo, aunque sea seguro que no tiene poder alguno” (Talmud de Babilonia, Avodah Zara, 55a)”.

El estanque de Betesda/Esculapios (rama de Jerusalén) era probablemente, una parte Helenística de Jerusalén junto con varios otros proyectos como el Teatro Romano, el complejo deportivo romano, los baños romanos y la Fortaleza Romana Antonia (cerca del estanque). Es probable referirse a tal helenización de Jerusalén que los devotos Qumranitas fueran autores del comentario del Profeta Nahúm que escribió: “¿Dónde está el león sin dientes, la cueva de sus cachorros?” (Nahúm 2:12b). La interpretación de esto se refiere a Jerusalén, que se había transformado en habitáculo de los gentiles malvados… (4Qp Nah)”.

En este caso, el estanque de Bethesda (Casa de Misericordia, en hebreo) no tiene nada que ver con el lugar judío, por el contrario, con las instalaciones asociadas al griego Esculapios. Es muy importante señalar que en esta particular sanación, Jesús no manda a lavarse en el estanque (estanque de Betesda), mientras que directamente, envía al ciego a lavarse en el estanque de Siloé (Juan 9:6-7). Parece por lo tanto, que mientras que el estanque de Betesda fue un lugar pagano (Esculapios) el estanque de Siloé estaba conectado con el Templo de Jerusalén. Desde luego, Jerusalén fue el centro religioso judío en los tiempos de Jesús, pero también fue el cuartel general de las ideas helenísticas en Judea que estaba bajo el estricto control de Roma con la Fortaleza Antonia dominando la zona noroeste de la Montaña del Templo.

[… esperaban el movimiento del agua; porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque, y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese.][1]

Mientras que entre este paréntesis, algunas Biblias modernas todavía incluyen el texto anterior (3b-4) no está incluido en los originales y más fiables manuscritos de que disponemos hoy en día y por lo tanto no debería ser tratado como auténtico. Parece ser que el copista cristiano, no familiarizado con el culto a Esculapios y la relación con el estanque de Betesda, añadió la explicación de que el ángel del Señor removía las aguas, buscando clarificar las cosas al lector. Al final, realmente, acabó enviando a toda una generación de lectores en una dirección errónea de interpretación, perdiendo el verdadero punto de vista.

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Contrario a la opinión popular, los antiguos escribas no siempre eran exactos en la preservación de cada jota y tilde del texto que copiaban. No embellececían las cosas, pero desde luego no tenían miedo «para aclarar cuestiones», cuando pensaban «que algo estaba faltando». Por lo tanto el nuevo personaje de esta historia, el ángel del Dios de Israel, se añadió con buena intención por un error del copista. El copista, distinto al autor del Evangelio de Juan, no fue consciente de la identidad de la religión griega de Betesda, lo que le pareció mejor para él solo a partir del texto que tenía delante, sin tener ninguna evidencia del material cultural contemporáneo, tal como la casa de misericordia del Dios de Israel. Simplemente fue un error suyo.

«Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado y supo que llevaba mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres se sano?  Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, el otro desciende antes que yo.  Jesús le dijo:  Toma tu lecho y anda.  Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho y anduvo.»
(Juan 5: 5-9)

Los enfermos que a menudo eran vistos en los porches del estanque de Betesda formaban dos tipos. Aquellos que iban a probar suerte allí como parte de su búsqueda en su recorrido de sanación, hacia otra solución como prometida curación y aquellos que ya habían perdido toda esperanza en cualquier otro medio de sanación. En respuesta a la pregunta de Jesús acerca de si quería o no ponerse bien, leemos una respuesta que no fue nada, pero sí alentadora. En las palabras del enfermo “No tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy otro desciende antes que yo”(v 7). El remolino del agua parece que fuera producido cuando el sacerdote de Esculapios, abría las compuertas que conectaban la parte superior con la parte inferior del estanque de Betesda. El agua del departamento superior entonces fluía a la parte baja.

El hombre allí recluido parece haber estado durante mucho tiempo, ya que el Evangelio nos dice en el contexto ser profundamente religioso a pesar del ambiente religioso griego. Era un hombre con una necesidad personal significativa y toda su esperanza se había ido. Esculapios, en la metodología griega, era conocido también no solo por sus poderes sanadores y vivificadores, pero también por su benevolente actitud hacia la gente, los cuales lo hicieron una de las más populares deidades en el mundo greco-romano. Más adelante en la historia, Jesús conocería al hombre que sanó en el Templo de Israel y le avisaría de no continuar en su vida de pecado (algo que encaja perfectamente con la idea de que la piscina de Betesda fue Asclepion).

Traveling to Israel, Jerusalem, The Ruins of the Byzantine Church, adjacent to the site of the Pool of Bethesda

Esta es una historia poderosa. La enfermedad, símbolo del caos humano, fue llamada al orden por la palabra de Jesús. Justo igual que con el caos previo a la creación, cuando a una voz del Rey Celestial de Israel puso en orden la creación de la misma forma. Ahora, el Hijo real del Rey de Israel vino a la morada pagana (Esculapios) y sanó al judío sin ninguna fórmula mágica ni sortilegios. Jesús, simplemente lo hizo “diciéndole” al hombre que se levantara y caminase. En otras palabras, Jesús curó al hombre de la misma manera que el Dios de Israel una vez creó el mundo – simplemente por el poder de Su palabra hablada.

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[1] NASB.


Fuente: Israel Biblical Estudies

Los demonios saben y confiesan que Yeshúa es «el Santo de Dios»… ¿Qué significa eso?

Por P.A. David Nesher

«Y he aquí estaba en la sinagoga de ellos un hombre con un espíritu inmundo, el cual comenzó a gritar, diciendo: ¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo sé quién eres: el Santo de Dios. Yeshúa lo reprendió, diciendo: ¡Cállate, y sal de él!…«

Evangelio de S. Marcos 1:23-25

De acuerdo a los Sabios del hebreo bíblico, se acepta que todos los mandamientos de la Torah, en un aspecto u otro, revelan la santidad del Mesías. La Parashá (Sección) número 30 Kedoshim comienza con el mandamiento: Sed santos, porque santo soy yo Yahvéh vuestro Elohim (Levítico 19:2) no tiene límite superior, pero la santidad del Mesías excede la de cualquier persona.

Es bien sabido pues, y así aceptado por toda escuela rabínica, que la santidad del Mesías supera incluso a la de Moisés. De esta manera, las palabras “seréis santos” se aplican únicamente al Mesías como Cabeza de un Cuerpo místico que irradia su esencia: Israel. Desde esto, siempre en Israel se entendía que el Mesías participa directamente de la santidad de Elohim. Este concepto explica por qué los Escritos Mesiánico se refieren al Mesías como “el Santo de Dios”. Tanto los apóstoles, como todos los discípulos aplicaron ese título a Yeshúa, y como podemos leer en el texto del Evangelio de Marcos que encabeza esta bitácora incluso los demonios lo reconocieron bajo este título: el Santo de Dios.

Yeshúa es llamado el Santo de Dios porque Su santidad se origina en el Eterno.

Si pensamos esto con respecto a Su persona física, la santidad de Yeshúa resulta de Su concepción y nacimiento. Ningún otro ser humano ha nacido de una mujer en virginidad.

Si lo reflexionamos en cuanto a Su poder espiritual, Su santidad fluye de la bendita Unción del Espíritu Santo que descansa sobre Él sin medida.

En lo que respecta a su conducta ética, sabemos que el Maestro derivaba su santidad de su enfoque diario de imitar al Eterno en una relación filial, y de la obediencia a los mandamientos que el Eterno había revelado en Su Torah. En la medida en que los mandamientos son las definiciones de la santidad, el Mesías también se define por los mandamientos porque Él los guardó. Por lo tanto, Él es el único capaz de cumplir el mandamiento “Sed santos, porque santo soy yo, Yahvéh vuestro Dios” (Levítico 19:2).

Yeshúa reveló con su vida que son los mandamientos de Dios los únicos que definen la conducta santa.

Regresando con nuestra mente a lo expresado al comienzo, sabemos y aceptamos que todos los mandamientos de la Torah, en un aspecto u otro, revelan al Mesías. Cada uno de los preceptos que conforman el Jumash revela algún elemento esencial de la persona y el carácter del Mesías. Los mandamientos son la voluntad y la sabiduría del Eterno. Yeshúa dice:

No se haga mi voluntad, sino la tuya.
(Lucas 22:42)

En otra oportunidad Él dice:

No hago nada por mi propia iniciativa, sino que hablo estas cosas como el Padre me enseñó.”
(Juan 8:28).

Nuevamente aseveró:

He guardado los mandamientos de Mi Padre y permanezco en Su amor
(Juan 15:10).

Estos pasajes enfatizan la única Verdad: ¡existe una relación directa entre los mandamientos de la Torah y la persona del Mesías, porque los mandamientos son una revelación directa de Yahvéh. Todos ellos, tal como si fueran un cuerpo, revelan la piedad compasiva del Eterno, por eso es que Yeshúa dijo:

El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
(Juan 14:9).

Es justamente con todo este conjunto de ideas celestiales en su mente que el Maestro se comparó con un hijo aprendiz del oficio de su padre:

El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, a menos que vea hacer al Padre; porque todo lo que hace el Padre, esto también lo hace el Hijo de la misma manera.”
(Juan 5:19).

En el contexto de Israel, un hijo primogénito, al llegar a los trece años, se ofrecía como discípulo aprendiz a su propio padre con el objetivo de adquirir las habilidades del oficio que este tuviera. Esto lo lograba observando cotidianamente a su padre en su trabajo, e imitándolo cuidadosamente en cada detalle artístico que dicho oficio requería. En forma sujeta, dicho hijo se disponía diariamente y desde muy temprano a un aprendizaje riguroso en el que los trucos de la artesanía de su padre se iban transfiriendo a su mente. De ese modo, dicho hijo sabía que llegaría un día en el que estaría ya capacitado para hacer el mismo trabajo que aprendió de su padre, y causarle la complacencia que toda alma paternal anhela de su legado. Del mismo modo, Yeshúa aprendió Su oficio de Santo por la observación del Padre. Así alcanzó la santidad por imitación del Padre, como está escrito: «Santos seréis, porque santo soy yo Yahvéh vuestro Dios.»

Shabat Shalom!

¡El Mesías Siempre está Escondido en el Milagro del Pan y el Vino!

Por P.A. David Nesher

Pero hasta el día de hoy Yahvéh no os ha dado corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír. Yo os he conducido durante cuarenta años en el desierto; no se han gastado los vestidos sobre vosotros y no se ha gastado la sandalia en vuestro pie. No habéis comido pan ni habéis bebido vino ni sidra, para que sepáis que yo soy Yahvéh vuestro Dios.”

(Devarim/Deuteronomio 29:4-6)

Hasta aquí, la nación de Israel había visto grandes maravillas de la mano de Yahvéh desde que salieron de Mitzrayim (Egipto). Fueron testigos de plagas, ellos vieron la muerte de ellos primogénitos. Vieron cómo se partió el Mar Rojo; vieron los ejércitos egipcios destruidos. Vieron victorias ganadas sobre Amalek por medio de la oración. Ellos comieron del maná, bebieron del agua provista milagrosamente, y ellos vieron milagro tras milagro. Sin embargo, los milagros en sí mismos no podían cumplir algo en el corazón de Israel.

Cuando el Eterno muestra su poder debe hacer un impacto muy grande y producir algo muy profundo en cada uno de los que los ven. Una persona que tiene un corazón insensible ve pero no es conmovido en su interior de manera profunda ante las maravillas del Eterno. Cuando el Eterno obra entre nosotros espera de nosotros un total rendimiento ante su grandeza y su amor. Lo más lógico es que uno que haya visto milagros tan maravillosos abra su corazón de par en par y se conecte de lleno con la presencia del Eterno. Pero la mayoría de los hijos de Israel no lo habían hecho.

Entonces y de acuerdo a lo que este texto nos dice, el pacto de Sinaí no había suficiente poder para transformar al hombre en su interior. Si el Eterno no enviaba a su Espíritu Santo para cambiar sus corazones, entonces sin siquiera el milagro más inimaginable haría una diferencia.

Este texto habla de que el Eterno un día dará al pueblo de Israel corazón para entender, ojos para ver y oídos para oír. Ese día será cuando entren en el pacto renovado.

Esto es simbolizado por la falta de pan y vino en el desierto. Por favor, pido que abras tu mente y corazón para captar la enseñanza que a continuación explica esto.

Si repasamos lo que hasta ahora hemos aprendido, notamos que el orden de las celebraciones del shabat y demás fiestas mesiánicas empieza con el vino y finaliza con el pan. Pero aquí se habla de pan primero y luego vino. Esto es una alusión al momento cuando el Mesías tomó el pan matzáh (pan sin levadura) en la mesa de Pesaj y dijo que ese pan representaba su cuerpo que iba a ser entregado por todos. Luego tomó la tercera copa de vino en la celebración del seder y dijo que esa copa era la renovación del pacto en su sangre.

Esa renovación del pacto de Sinaí, hecho por medio de Yeshúa, tiene suficiente poder para transformar el hombre para que tenga un corazón que pueda entender, con ojos y oídos espirituales para percibir y ser dirigido por el Espíritu de Santidad. Así lo había anunciado el profeta Jeremías:

“…porque este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días–declara Yahvéh–:
Pondré mi Instrucción dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y no tendrán que enseñar más cada uno a su prójimo y cada cual a su hermano, diciendo: «Conoce a Yahvéh», porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande–declara Yahvéh– pues perdonaré su maldad, y no recordaré más su pecado.
(Jeremías 31:33-34)

El apóstol Pablo escribiendo a los discípulos de la ciudad griega de Corinto, declaró:

“…sino como está escrito:
COSAS QUE OJO NO VIO, NI OÍDO OYÓ, NI HAN ENTRADO AL CORAZÓN DEL HOMBRE, SON LAS COSAS QUE DIOS HA PREPARADO PARA LOS QUE LE AMAN.
Pero Dios nos las reveló por medio del Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun las profundidades de Dios… En cambio, el que es espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado por nadie.”
(1 Corintios 2:9-10, 15)

En esta misma epístola, Pablo enseñará que es el Mesías el que ha logrado llevar esta promesa divina a su fiel complemento, asegurando que Yeshúa nos da pan y vino para comer y beber:

«Porque yo recibí del Señor lo mismo que os he enseñado: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: 
Esto es mi cuerpo que es para vosotros; haced esto en memoria de mí. 
De la misma manera tomó también la copa después de haber cenado, diciendo: 
Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto cuantas veces la bebáis en memoria de mí. 
Porque todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor proclamáis hasta que Él venga
(1 Corintios 11:23-26)

Por ello nos encontramos con la expresión: «Guardaréis, pues, las palabras de este pacto» que nos exhorta a darnos cuenta y enfocarnos que ver las grandes obras de Dios, demanda una respuesta lógica. Conocer la grandeza del poder y amor de Yahvéh debería de hacer que aquellos que somos Israel estemos más comprometidos que nunca con su Pacto Renovado recordado en la Mesa de Eucaristía.

Amado lector o lectora, si eres un verdadero discípulo de Yeshúa, ten presente que el Espíritu de Dios siempre nos guía a ser obedientes a la Torah de manera cómo ha sido expresada por Moshé y cumplida por el Mesías Yeshúa. Por tal razón, necesitas ser consciente que si un espíritu te conduce a apartarte de la Torah escrita, dada por Moshé y apartarte del Mesías Yeshúa, quien es la Torah viviente, es un falso espíritu.