Por P.A. David Nesher
Al peregrinar nuestro estudio de la Torah, encontramos en la parashá Vayishlaj un capítulo entero (36) que describe en detalle la descendencia de Esaú, junto con todos los futuros «reyes de Edom» que surgieron de él. Dicho esto, debemos reconocer que la inclusión de este pasaje en la Torah nos resulta un tanto desconcertante, y conduce a preguntarnos: ¿por qué debería importarnos saber sobre todos estos gobernantes extranjeros?
Hago aquí un parate y les pido que reconozcamos que, aunque esta información pueda parecer trivial a primera vista, los textos místicos que indagan en los secretos del Cielo de la Torah en realidad derivan mucho significado de este pasaje. De hecho, el sabio Isaac Luria, más conocido como el Arizal afirmó que los secretos de Shevirat HaKelim (en español el «Rompimiento de las Vasijas» al comienzo de la Creación, se transmiten específicamente en este capítulo 36 de Bereshit (Génesis).
Lo primero que debemos aprender es que Elohim originalmente creó, formó e hizo el cosmos enteramente con el poder de la Gevurah (Rigor) , o Din (Juicio). Es decir que lo hizo con medida estricta, juicio fuerte y severidad precisa. Es por esto que el relato de la Creación del capítulo uno de Bereshit usa solo Elohim como el nombre del Eterno, porque ese es el nombre asociado con Din (mientras que el Tetragrámaton o Yud-Hei-Vav-Hei se asocia típicamente con Jesed , bondad ilimitada, y más específicamente, con Rajamim , misericordias y compasión). Sin embargo, y quizás por esto mismo, ese cosmos invisible era “demasiado perfecto” y demasiado frágil a la misma vez, incapaz de contener la luz de Elohim. Por eso de los diez “vasijas” (las Sefirot) que mantenían unido el universo, los siete inferiores “se rompieron” y tuvieron que ser reconstruidas. Hablando de este asunto el Arizal señala que se rompieron en 288 fragmentos mayores; según él esto se alude cuando la Torah dice que el Espíritu de Elohim “flotaba” sobre las aguas primordiales (Génesis 1:2). La palabra “flotaba”, merajefet (מרחפת), significa «cubría», «se cernía» o «sobrevolaba», como un águila que cuida a sus crías en el nido, como fue enseñado por el Maguid de Mezeritch. Para no aplastar al nido y su cría, el águila sobrevuela sobre el nido mientras alimenta a sus pichones «tocando pero sin tocar».
Sin embargo también la palabra “flotaba”, merajefet (מרחפת) es un anagrama (cambio en el orden de las letras de una palabra que da lugar a otra palabra o frase distinta) o permutación de met-rapaj (מת רפ״ח), que significan «288 han muerto«, refiriéndose a las 288 «chispas» divinas caídas en el evento cósmico de la «Ruptura de los Recipientes» (Shevirat HaKelim). Visto así se entiende que la expresión «sobrevolaba» (merajefet, מְרַחֶפֶת), describe el movimiento del espíritu divino que «cubre» o «se cierne sobre las aguas» (Génesis 1:2) para redimir esas 288 chispas caídas que «murieron» en el proceso de «ruptura de los recipientes», simbolizando así el poder de la redención y la vida eterna. En resumen, «met-rapaj» representa el problema (la caída de las chispas), y «sobrevolaba» (Merajefet) representa la solución o el proceso de rectificación mesiánica. (Fuente: Sha’ar HaPesukim – sección Bereshit ).
El Proceso de Emanación
El Eterno formó Diez Sefirot para que actuaran de canales o filtros a fin de transmitir Su Luz y Su generosidad. Estas Diez Sefirot eran herramientas necesarias en Su plan, ya que, sin ellas, la Luz Infinita de Dios habría sido demasiado abrumadora y habría arrasado con mundos y criaturas que se encontraban a niveles inferiores de santidad y espiritualidad.
Sin embargo, era necesario realizar un paso más antes de que la Creación de los mundos inferiores pudiera proceder a buen ritmo. La posibilidad de que estos mundos inferiores recibieran una provisión constante de Luz Divina iba en contra de otro objetivo de la Creación, que era que el hombre tuviera libre albedrío. Tal como explica el ARI (Etz Jaim 8:6), si la Luz Infinita de Dios fuera siempre manifiesta, el ser humano no tendría libre albedrío. Si la persona siempre fuera consciente de la Presencia de Dios, transgredir Su voluntad sería algo imposible. Por lo tanto, Dios ocultó Su Luz y, al hacerlo, permitió que el hombre eligiera libremente entre hacer el bien y hacer el mal.
Tras el movimiento existencial divino conocido como Tzimtzum (la contracción de la Luz) que dejó un espacio vacío y desordenado (en hebreo: Reshimó _רשמו), la Luz Infinita ingresó nuevamente a través de la figura del Adam Kadmón (Hombre Primordial) para poner orden y armonía.
La Luz descendió a través de las Sefirot superiores con éxito:
- Entró por Keter.
- Pasó a Jojmá.
- Llegó a Biná.
- En esta tríada superior, la Luz fue recibida y transmitida correctamente.
Sabemos que las siete Sefirot inferiores (desde Jesed hasta Malkut ) que son las que se “destrozaron” son las que emergen de la Sefirá de Binah que está por encima de ellas. Ahora pues, la pregunta es ¿cómo y por qué se destrozaron?
El Momento de la Ruptura
Aquí reside el punto crítico de la enseñanza: hemos aprendido que la última Sefirá, es Malkut (nuestro mundo físico u Olam Asiah «mundo de la acción»), y debemos saber que ella tuvo un destino diferente. Pasó explicar el por qué.
A medida que la Luz Infinita del Adam Kadmon rompía las vasijas superiores, ingresando por la sefirat superior del centro (Da’at) y hasta llegar a Yesod, su intensidad iba disminuyendo gradualmente. Lo que necesitamos saber aquí es que en este estado primitivo, las vasijas tenían una característica fatal: existían en aislamiento total. Por lo que podían recibir la luz divina, pero no tenían la capacidad de interactuar ni de compartir con las otras vasijas. No existían los canales (tzinorot) que conectan el Árbol de la Vida. Entonces el Santo Bendito Es hizo descender Su Luz Infinita sobre estas vasijas. Al estar éstas en una posición de «sólo recibir para sí» (egoísmo) y no tener mecanismos para drenar o compartir la energía, la intensidad fue insoportable. La luz las sobrecargó y las vasijas se fracturaron, estallaron y murieron.
◦ Analogía: Es como lanzar miles de pelotas a una persona que no puede pasarlas a nadie más. Eventualmente, colapsa bajo el peso. La energía estancada siempre destruye al recipiente.
Así al llegar finalmente a Maljut, la fuerza de la Luz se había reducido lo suficiente como para no destruir la vasija por completo. Por lo tanto, Maljut no se rompió, sino que se resquebrajó.
Este proceso abstracto está codificado históricamente en el Bereshit o Génesis (Capítulo 36), en la lista de los «reyes que reinaron en Edom antes de que hubiera rey en Israel». La Torah en este pasaje enumera a siete reyes (Bela, Yovav, Husam, etc.) con una sentencia repetitiva y lapidaria: «Reinó y murió».
El Arizal (Rabí Isaac Luria) explica que los Siete Reyes de Edom corresponden a las Siete Sefirot inferiores (las emociones) que se quebraron:
- Bela ben Beor: Corresponde a Daat (Conocimiento, que aquí cuenta como raíz emocional).
- Yovav: Corresponde a Jésed (Bondad).
- Jusham: Corresponde a Gevurá (Rigor).
- Hadaf: Corresponde a Tiféret (Belleza).
- Samla: Corresponde a Nétzaj (Eternidad).
- Shaúl: Corresponde a Hod (Esplendor).
- Baal Janán: Corresponde a Yesod (Fundamento).
La «muerte» de cada uno de los siete reyes es la alegoría de la «Ruptura de las Vasijas«. La causa de la muerte fue porque eran esferas celestiales llenas de energías de caos (egoísmo puro) por su falta de interconexión (hitkalelut). Cada una de las Sefirot emocionales (representadas por los reyes) decía: «Yo soy el rey, yo gobierno sola». Por ende, al no poder compartir la luz, se autodestruyeron. Daat, explotó y su rey arrastró tras de sí al resto de las sefirot y las entidades celestiales que en ellas residían.
Cada vasija perdió su estructura y la luz retornó a su fuente, mientras que los fragmentos de la vasija (las «chispas» o Nitzotzot) cayeron a los mundos inferiores, fueron arrojados muy lejos (lo más bajo de Malkut), formando las así llamadas klipot («fuerzas del mal» o «lo demoníaco») y dando surgimiento a un ámbito externo en el cual la Presencia de Dios está casi completamente oculta. Posteriormente, cuando Adam comió del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, Adam provocó todavía más daño a aquellas chispas de santidad, haciendo que se dispersaran aún más lejos.
Los primeros siete reyes corresponden a las siete Sefirot inferiores que se destrozaron. El primero de ellos es Bela de Dinhava. El nombre de su dominio, Din hava , alude claramente al hecho de que las Sefirot no pudieron contener al inmenso Din. Esto lo explica el Recanati (Rabino Menachem de Recanati, Italia, 1223-1290) en su comentario.
La lista concluye con un octavo rey, Hadar, del cual el texto no dice que murió. Este octavo y último rey, alude a Binah arriba, razón por la cual la Torah también menciona específicamente a su esposa Mehetabel aquí en el relato bíblico, ya que Binah es llamada Ima, la “madre” de arriba. En la mística de la Torah, la esposa simboliza la capacidad de relacionarse, el equilibrio entre dar y recibir. Por ende el rey Hadar sobrevivió porque no estaba solo; tenía un receptáculo para compartir la energía.
El rey Hadar representa el inicio del Olam HaTikun (El Mundo de la Corrección o Reparación). Él simboliza la madurez: la capacidad de una vasija para interactuar con las demás, ser flexible y contener la luz sin romperse. Al mismo tiempo, Hadar significa la rectificación de las siete Sefirot inferiores:
La forma en que Dios reconstruyó los siete inferiores es infundiendo la medida correcta de Jesed , bondad amorosa, para equilibrar el Din/Gevurah . Matemáticamente, el valor de Gevurah (גבורה) es 216, mientras que Jesed (חסד) es 72, por lo que la suma de los dos, juntos en armonía, ¡es 288! Es cuando los dos se combinan en las proporciones correctas que las 288 piezas rotas se rectifican. Hay una pequeña pista de esto en el nombre del último rey, Hadar (הדר), cuyo nombre es casi idéntico a Jadar (חד״ר), un acrónimo místico común para Jesed-Din-RaJamim , donde Jesed y Din están perfectamente equilibrados en las Rajamim (Misericordias) de Tiferet (Belleza-Compasión-Empatía).
Mientras el siete representa el ciclo natural (los días de la semana, la creación física), el ocho simboliza lo trascendente, lo sobrenatural de la Era Mesiánica. El rey Hadar es es símbolo de la energía mesiánica de la rectificación que opera por encima de las limitaciones de la ruptura.
La conexión de Janucá
En el mismo pasaje de Sha’ar HaPesukim citado anteriormente, el Arizal explica que hay un total de 320 canales de juicio que fluyen hacia el mundo. Este número se deriva de las 288 piezas caídas, más las 32 veces que se menciona a “Elohim” en la Creación. La suma de estos dos números es 320. Estos 320 canales de juicio se conocen como shakh dinim (ש״ך דינים). Cabe destacar que shakh es la raíz espiritual de la expresión joshekh (חשך), “oscuridad”, el momento en que las fuerzas del juicio son particularmente fuertes. Mirando más de cerca, joshekh (חשך) es simplemente el 320 de shakh (שך), más el 8 (ח) que simboliza las ocho Sefirot asociadas con Shevirat HaKelim , ¡que dieron origen a esos 320 canales en primer lugar!
Ahora bien, esos 320 canales están estrechamente vinculados a las cinco Gevurot, es decir las cinco letras hebreas especiales que tienen una forma única al aparecer al final de una palabra.
El Zohar y los místicos del judaísmo explican que estas cinco letras finales (que marcan el final de una palabra) representan cinco gevurot o elementos de “juicio” o “severidad”, que sirven para restringir la luz Divina y crear un espacio donde puede existir la alteridad. Explican que esto se refleja en los diferentes sonidos que producen las letras, que pueden dividirse en cinco puntos diferentes de la boca (garganta, paladar, lengua, dientes y labios). Así, en esencia, estas cinco letras son la fuente a través de la cual fluyen todos los sonidos de las otras 22 letras.
Entendiendo esto, agregan que cada una de estas gevurot es un importante conductor del juicio en el mundo, y cada una de ellas contiene, en realidad, 320 canales. Por lo tanto, en total hay 5 x 320 canales, o 1600 en total. Paralelamente, el Zóhar (II, 243a) afirma que existen específicamente 1600 campamentos de ángeles destructores que Elohim creó. Estos ángeles sirven para cumplir el juicio de Elohim y repartir Su castigo en este mundo. Su supervisor (dice el Zohar) es el ángel líder Katzpiel (קצפיאל), cuyo nombre significa literalmente «la ira de Dios«. Éstos fueron algunos de los campamentos de ángeles que nuestro Yaakov avinu vio al final de la parashá de Vayetzé (Génesis 32:3), lo que establece directamente el comienzo de la parashá Vayishlaj cuando Yaakov envía ángeles hacia su hermano Esav (Esaú).
Tras enviar a los ángeles mensajeros, junto con los regalos para apaciguar a Esaú, Jacob se quedó solo por la noche. La Torah especifica que fue de noche, en el tiempo de oscuridad, joshekh. Como es bien sabido por las distintas midrashim, Yaakov avinu estaba solo porque había salido a buscar unas vasijas que se habían quedado atrás. Nuestros Sabios conectan estas vasijas con la futura vasija de aceite que encontrarían los Macabeos durante Janucá. Aquí encontramos una profunda conexión entre la festividad, las vasijas de Jacob, la Ruptura de las Vasijas y los reyes de Edom.
El Arizal enseñó que las ocho luces de Janucá corresponden a las mismas ocho Sefirot a las que aludieron los reyes de Edom, desde Biná hasta Maljut . El primer día de Janucá corresponde a Biná, el segundo a Jésed, y así sucesivamente. El último día de Janucá, llamado Zot Janucá, es Malkut. De hecho, el valor numérico de “Zot Janucá” (זאת חנוכה) es igual a Maljut (מלכות), con un kollel . Como tal, Janucá sirve como una rectificación importante para la Ruptura de las Vasijas. Encender las velas o lámparas de aceite ayuda a restaurar las luces primordiales de la Creación. Este es el significado místico detrás de Jacob regresando por sus vasijas perdidas y “caídas”, y luego encontrándose con el ángel de Esaú, el supervisor espiritual de todos los futuros reyes de Edom, en la noche, en la oscuridad. El propósito de encender las velas de Janucá es disipar la oscuridad de Edom, la oscuridad que resultó de la Ruptura de los Vasos simbolizada por los Reyes de Edom.
Además, nuestros Sabios enseñaron que la Torah alude a los Cuatro Exilios del pueblo de Israel desde el comienzo de la Creación (Génesis 1:2), y cuando la Torah dice «oscuridad» en este versículo, se refiere al tercero de los Cuatro Exilios, es decir, la opresión sirio-griega de Janucá (Bereshit Rabá 2:4). El Midrash, y también el Zóhar (I, 16a), añaden que esa misma «oscuridad» se refiere a Esaú. Por eso las velas de Janucá son el antídoto perfecto para esa oscuridad. Y no es casualidad que, durante la festividad, encendamos un total de 36 velas o lámparas de aceite.
Recordemos que el número 36 se asocia con la Luz primordial de la Creación, ya que esa luz divina original brilló solo durante 36 horas. Las 36 luces de Janucá ayudan a dominar las fuerzas negativas de Esaú, descritas específicamente en el capítulo 36 de Génesis. Así, al encender las luces de Janucá, ayudamos a reconstruir las vasijas espirituales de la Creación, a repeler las fuerzas del juicio y a acercar al mundo un paso más a la Era Mesiánica.
La Enseñanza para Nosotro Hoy
Así como la Ruptura de las Vasijas tuvo lugar a un nivel macrocósmico, en nuestros días también tiene lugar a un nivel microcósmico, en cada persona, ya que a fin de desarrollar nuestro potencial, primero debemos experimentar un tzimtzum, una constricción de Divinidad, y crear un “espacio vacío” propio dentro del cual operar. Así como la Luz del Eterno estaba en todas partes, y aun así, Él hizo un hueco para hacer “lugar” para la Creación, también debemos “hacer lugar” para una “buena creación” dentro del corazón de cada uno de nosotros, para que la Divinidad pueda entrar y residir allí. Y esto lo logramos al someter nuestras vidas al Mesías como nuestro Rabeinu (nuestro Maestro y Dueño) y pensar con conciencia Reino suscitando niveles de conciencia cada vez más elevados y mejores. Entonces podemos merecer una revelación aún mayor de Divinidad.
Cada nuevo comienzo crea su propio tzimtzum. Y cada tzimtzum va seguido inmediatamente de una “iluminación” y una “ruptura de las vasijas”. Además, cada persona posee chispas de santidad que son propias de su psiquis y que son afectadas por el medio, la crianza y la educación. Siendo el “bien” de la Creación representado por el logro de nuestros objetivos, y el “mal” de la Creación representado por los desafíos y las frustraciones que enfrentamos a lo largo del camino, ahora pasaremos a aplicar las lecciones de la Ruptura de las Vasijas en la vida cotidiana.
¿Cuántas veces empezamos de nuevo, con fervor y con confianza pero al poco tiempo, perdemos la determinación y vemos que vamos perdiendo el interés en dichos objetivos? Si fortalecemos nuestra determinación y damos los primeros pasos hacia nuestro objetivo, la conciencia de que no podemos alcanzar ese objetivo de manera inmediata tiende a debilitar de nuevo nuestra determinación. Todo esto indica que la “luz” del potencial es demasiado “intensa”. No estamos preparados como deberíamos con las “vasijas” necesarias, o sea, con la medida de determinación necesaria para alcanzar hacer realidad lo que nos hemos propuesto.
Además, las frustraciones, los desafíos y los obstáculos que aparecen por todas partes nos arruinan los planes. Por supuesto que cada objetivo que nos ponemos va a tener numerosos obstáculos en el medio, y es verdad que esos obstáculos surgen de nuestros errores, pero no podemos permitir que nos persuadan de abandonar aquello que por derecho nos pertenece. En vez de percibirlos como problemas, deberíamos verlos como desafíos que pueden refrescar nuestra determinación de alcanzar niveles cada vez más altos. Cada vez que vemos que nuestros buenos anhelos se van desvaneciendo, debemos “rediseñar” nuestros procesos de pensamiento para enfrentar lo que nos espera.
Además, las “chispas de santidad” nos enseñan a fortalecernos y a tener éxito en nuestros emprendimientos. Dado que estas chispas existen como parte de la psiquis, con el tiempo vamos entrando en contacto con un número cada vez mayor de ellas en diferentes etapas de la vida. Cada vez que experimentamos una “ruptura” (enfrentar un obstáculo que nos saca de curso), podemos repensar nuestro enfoque, re-evaluar nuestros intentos y fortalecer nuestra determinación para continuar nuestra búsqueda original o concebir un enfoque nuevo para el mismo problema.
La historia de Adam HaRishon (la Humanidad primordial) al comer el fruto prohibido y causar más daño a las chispas de santidad tiene un importante mensaje para nosotros. Durante el curso de nuestras vidas, haremos muchas buenas acciones. Además es más que probable que nos “confundamos” aquí o allá. Cada vez que hacemos algo mal, estamos ocasionando una “ruptura de las vasijas” microcósmica y una dispersión aún mayor de las chispas de santidad.
A primera vista, esto parecería ser un problema interminable, ya que cada error o falta intencional hace que las vasijas se rompan más y más, pero, al mismo tiempo, puede ser una gran fuente de consuelo para aquellos que realmente desean hacer algo con sus vidas. A partir del fracaso, aprendemos que los objetivos que buscábamos eran demasiado grandes o demasiado difíciles de alcanzar. Cada “ruptura” sirve para dividir esos intentos en objetivos menores y más fáciles de alcanzar. Con el tiempo, y a pesar de los reveses, aquellos que constantemente busquen alcanzar un logro llegarán a un punto bajo que los catapultará a grandes niveles de éxito en sus emprendimientos.
De esta manera, podemos reflejar el Acto de la Creación, reconstruyendo y restaurando nuestras “vasijas rotas” en nuestro intento por alcanzar los objetivos.

De hecho, al transformar el corazón en un “espacio vacío” a fin de recibir la Divinidad por medio del Mesías, podemos formar nuevas creaciones con tan sólo tener buenos pensamientos. Y entonces podemos llegar al nivel de realizar milagros, emulando el milagro original de la Creación
En Conclusión: ¡Nosotros somos los Reyes de Edom!
Al llegar a la conclusión de este estudio, debo decir que quizás la revelación más impactante de esta lección es la identidad de estos reyes. Según los Sabios, antes de la creación de la humanidad actual (Adam), existieron otras civilizaciones y mundos que fueron destruidos. El Ein Sof (Infinito), el Santo y Bendito Es, creaba mundos y, al ver que no cumplían su propósito, los destruía («el alfarero rompe la vasija»). Sin embargo, la materia prima no se pierde. Nosotros, la raza humana, fuimos creados a partir de los residuos y la esencia reconfigurada de esos mundos destruidos.
Para concluir, debo decir que el estudio de las vasijas rotas y los reyes de Edom nos invita a dejar de ver el caos como un enemigo. El caos (Tohú) es la materia prima de la rectificación (Tikún). Nosotros somos los arquitectos encargados de tomar los fragmentos de los mundos anteriores —nuestros propios traumas, errores y herencias— y unirlos mediante actos de conexión y altruismo. Al hacerlo, no solo mejoramos nuestra vida, sino que estamos completando una obra cósmica: la estabilización del universo en el estado de perfección del octavo rey, Hadar. Visto de esta manera, podemos decir que llevamos en nuestra alma la historia de esos «reyes muertos». Nuestro trabajo espiritual es realizar el Tikún que ellos no lograron: transformar el egoísmo en altruismo y reconstruir el mundo de Atzilut desde nuestra conciencia para que este Olam Asiah («Mundo de la Acción» o «Mundo Físico») sea cada día un Mundo más humano.
Shalom y Feliz Janucá!
En amor y servicio: P.A. David Nesher




