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«Benedictus»: El Himno Profético de Zacarías

Autor: Josef Schmid

Con el nacimiento de Juan Bautista se cumple de manera visible el mensaje del ángel a Zacarías. Al ir a circuncidar al niño, la gente propone que le impongan el nombre de su padre, pero Isabel, la madre, sin duda por lo que su esposo le habría contado de la aparición del ángel, resuelve que se llamará Juan, y otro tanto sentencia el padre, que estaba sordo y mudo, escribiéndolo en una tablilla cuando se lo preguntan por señas. Inmediatamente Zacarías vuelve a hacer uso del lenguaje y sus primeras palabras son el cántico de alabanza divina. La impresión producida por la visible intervención divina es un temor sagrado, «quedaron sobrecogidos», y la noticia se extiende por los alrededores. Lo sucedido en la circuncisión del niño da que pensar a cuantos se enteran y es interpretado como señal de su predestinación para alguna misión extraordinaria: «¿Qué va a ser de este niño?». El evangelista añade un comentario que confirma la opinión del pueblo: la mano de Dios, símbolo de su protección y su providencia, actúa de manera visible desde un principio en la vida de aquel niño, venido al mundo ya en tan milagrosas circunstancias.

El himno de Zacarías («Benedictus«) muestra grandes semejanzas de ideas y sentimientos con el «Magníficat» de Miriam (María). Al igual que éste, también el Benedictus se mueve totalmente dentro de la mentalidad de la TaNaK (Antiguo Testamento), quedando en el límite entre el Antiguo Testamento y el Nuevo.

El tema central del himno de Zacarías lo forman la misericordia de Dios y su fidelidad a su alianza. Al igual que el Magníficat es también el Benedictus, en su mayor parte, una compilación de pensamientos tomados del AT, de la que tampoco en este caso resulta una simple y hábil sucesión de reminiscencias veterotestamentarias, sino una nueva unidad. También como en el Magníficat, sus pensamientos son, aunque no en la misma medida, afirmaciones de carácter general, distinguiéndose de aquél en su referencia expresa a la persona y la futura misión redentora de su destinatario (Juan el Bautista, vv. 76-77). Una diferencia con el Magníficat suponen también los rasgos judíos nacionalistas de su primera mitad (vv. 67-75).

  • La primera parte del himno (vv. 68-75) ensalza, al igual que el cántico de María, las grandes obras redentoras de Dios, que alcanzan su punto culminante en la misión del Mesías.
  • La segunda parte (vv. 76-79) se vuelve al recién nacido hijo de Zacarías, cantando en proféticas palabras la tarea para la que Dios le ha destinado. Mientras que el Magníficat procede en su ideario de lo individual a lo general, de la persona de María «a la plenitud de la actuación divina», en el himno de Zacarías encontramos un orden inverso, lo cual radica, tanto en un caso como en el otro, en la situación respectiva de la persona que lo pronuncia. Zacarías queda lleno de Espíritu Santo, como antes Isabel (v. 41), en el momento de desatarse su lengua, y pronuncia su cántico en aquel estado de inspiración profética (v. 67).

V. 68. El himno comienza con las alabanzas dirigidas a Dios usuales en muchos salmos del AT y oraciones posteriores judías. La actuación de la misericordia, esto es, de la bondad y la indulgencia divinas, constituye el contenido único de la primera mitad del himno; la glorificación de Dios por la oración de los hombres puede consistir solamente en la sonora proclamación agradecida de sus obras. Los pensamientos se mantienen dentro del horizonte de la elección de Israel por parte de Dios como pueblo suyo. En previsión de la época de la salvación mesiánica, dada ya como presente, se refiere como un hecho que Dios ha visitado misericordioso a su pueblo en la opresión (cf. vv. 71 y 74), y lo ha redimido. La visita de Dios consiste en la misión del Mesías.

V. 69. «Un poder (o fuerza) salvador», literalmente «un cuerno de salvación» -el cuerno es aquí, como muchas veces en el AT, símbolo de la fuerza-, levantado por Dios, libertador poderoso, es el Mesías, que según la promesa del AT y las esperanzas judías surgiría de la estirpe del siervo de Dios, David. El contenido de lo que contempla aquí Zacarías como realizado o a punto de realizarse, era pronunciado con palabras semejantes en forma de súplica cotidiana por los piadosos judíos en la oración de las dieciocho bendiciones: «Haz brotar pronto el vástago de David, tu siervo, y levanta su cuerno con tu ayuda. Alabado seas, Yahvé, que haces brotar el cuerno de la salvación».

V. 70. Con la misión del salvador mesiánico ha dado Dios cumplimiento a las promesas hechas por boca de sus santos profetas. La expresión «desde antiguo» sería literalmente «desde los primeros tiempos», lo cual es una exageración retórica, ya que las promesas hechas a la casa de David no se remontan más allá de David mismo.

V. 71. Los versículos siguientes, 71-75, describen con más detalle la época de la salvación mesiánica. El v. 71 da una explicación del concepto «cuerno de salvación», «poder salvador» o «fuerza de salvación»; los enemigos y los que los odian son aquí, dentro del punto de vista vétero-testamentario judío en que va concebido todo el pasaje, los enemigos políticos y los opresores de Israel, quienes como enemigos del pueblo de Dios lo son también de Dios mismo. El v. 74 es, con todo, una prueba de que tales palabras no pueden ser entendidas como un grito de venganza.

VV. 72-75. La redención concedida por Dios a la generación de entonces es también, por la relación que con sus antepasados la une, una prueba de la «misericordia» divina con sus padres y de la fidelidad de Dios a su alianza. Al enviar al redentor mesiánico, cumple Dios la alianza, el pacto hecho una vez con los patriarcas. Dios cumple así el juramento bajo el cual prometió una vez al protopatriarca de Israel, Abrahán, para él y su descendencia, una posesión del país, libre del poder de sus enemigos.

El fin de la obra redentora divina era el procurar a su pueblo libertad frente al poder de enemigos externos. Pero el aspecto político de tal libertad no era su fin único ni primero, sino sólo condición previa de la libertad religiosa, que es la que debe dar a Israel la posibilidad de «servir» a Dios sin cesar, libre de todo temor de guerra o de opresión, como su pueblo santo, en piedad y justicia auténticas, esto es, en el fiel cumplimiento de su voluntad. Este servicio divino aquí referido es algo más que simple culto, es un servicio que incluye también una actitud moral, que, según el carácter de la ética bíblica, consiste en la obediencia a Dios y a su ley. A pesar de que Zacarías espera del Mesías la liberación política de su pueblo, falta en su ideal mesiánico todo rasgo guerrero o simplemente imperialista. También en el profeta Zacarías del AT aparece el Mesías como príncipe «manso», pacífico, cuya misión es instaurar el reino eterno de la paz en medio de un mundo impío. Los rasgos característicos de su reino son la justicia y la piedad auténtica, lo cual es uno de los pensamientos centrales de las esperanzas de redención del AT, como lo prueban los profetas más antiguos, Isaías y Sofonías.

V. 76. Con el v. 76 vuelve Zacarías su atención a la figura de su propio hijo, anunciando en palabras proféticas la misión para la que ha nacido. El versículo enlaza con la promesa de Gabriel a Zacarías de Lc 1,15-17. Este niño será llamado (esto es, será) profeta del Altísimo, que, según la profecía de Malaquías, preparará el camino al «Señor», esto es, Dios (no el Mesías), que viene misericordioso al encuentro de su pueblo.

V. 77. El v. 77 declara más en detalle en qué consiste este preparar los caminos. El Bautista debe instruir al pueblo sobre la verdadera naturaleza de la redención, llevarle a la convicción de que la salvación consiste en el perdón de los pecados y no en cosa otra alguna, siendo, pues, de carácter puramente religioso y no político. En este punto, el v. 77 sobrepasa claramente al v. 71 y al v. 74, pero sin ir más allá tampoco de la línea de la futura predicación del Bautista (cf. Lc 3,3).

VV. 78-79. La frase que sigue («Por la entrañable misericordia…»), colocada simplemente a continuación de lo anterior, apenas puede ser puesta en relación lógica con el «perdón de los pecados», sino más bien con el contenido total de los vv. 76b-77, dando como motivo de la obra redentora divina allí referida la «misericordia», cuya más grandiosa revelación es su visita de gracia al pueblo por medio del «Oriente [Sol naciente] de lo alto». Con los testimonios más antiguos, hay que suponer como texto originario el futuro «visitará». Precisamente este cambio entre pasado y futuro, con la tensión que lleva consigo, concuerda con la situación del himno, en el que se expresa la seguridad sobre la presencia de la época mesiánica, pero sin conocer aún su verdadera revelación y despliegue.

De suyo sería posible, en lugar de la traducción «Oriente», la de otros nombres, pero parece preferible la traducción «el Oriente», es decir, el sol en su salida, entendiéndolo como designación figurada del Mesías, quien, como «sol de justicia» (Mal 3,20), se aparecerá a los que yacían en las tinieblas del alejamiento de Dios producido por el pecado, para mostrarles el camino de la salvación. Zacarías se incluye a sí mismo, como lo prueba la expresión «nuestros pasos», en el número de los que yacían en las tinieblas.

De importancia para el enjuiciamiento, tanto del himno de Zacarías como del Magníficat, es la observación de que en ambos va entendida la venida del Mesías exclusivamente como revelación de la gloria divina, sin que se haga referencia alguna a su pasión y a su muerte, hecho que no sería explicable si ambos himnos hubieran sido compuestos en círculos judeocristianos o fueran cánticos judíos rehechos por mano cristiana.

Fuente:
[Extraído de Josef Schmid, «El Evangelio según san Lucas«. Barcelona, Ed. Herder, 1968, pp. 83-91]

¡No Todo es Trabajar!

Por P.A. David Nesher

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.»
Dijo también:
«¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.» Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

(Marcos 4:26-34)

Yeshúa revela que la semilla tiene un crecimiento irresistible que depende de las leyes misteriosas que rigen el mismo. Con esta parábola el Maestro revoluciona la mente de sus oyentes, y especialmente de sus discípulos, al hacerles comprender que la ley fundamental del Reino de Dios, es que el ser humano no trabaje por su destino, sino más bien que acoja el potencial que en su interioridad marca su vida con significado en el propósito eterno de Dios.

Te invito a escuchar esta catequesis que permitirá ir contra el «síndrome de la inmanencia» que la humanidad post-moderna sufre hoy:

¿De qué Levaduras Jesús quiere que nos cuidemos? (Jag HaMatzot)

Autor: Juan José Nesher

A partir del 15 de Nisan o Abib, comienza una fiesta llamada “Fiesta de los Panes Sin Levadura” (Levítico 23:6-8) la cual prácticamente consiste no comer ni tener levadura en nuestras moradas durante siete días. Esta misma la encontramos registrada por primera vez en Éxodo 12:1-20, donde claramente dice:

17 Celebren el Festival de los Panes sin Levadura, porque les recordará que este mismo día yo saqué a sus grandes multitudes de la tierra de Egipto. Ese festival será para ustedes una ley perpetua; celebren este día de generación en generación (…) 20 Durante esos días, no coman nada que tenga levadura. Dondequiera que vivan, coman pan únicamente sin levadura.

Una fiesta tan rara; tan extraña que no podemos no preguntarnos ¿Por qué? Y sobre todo… ¿Para qué? Es importante destacar que el Eterno no ordena nada sin tener un claro propósito en los hombres para que alcancen un alto grado de santificación. Entendiendo que santificación es un estado de separación para Dios. Pero para ello, es necesario “separar” todo elemento que pudra. Justamente la levadura es un hongo utilizado con el fin de fermentar, sobre todo utilizado al momento de la elaboración del pan.

Ahora uniendo un poco de ideas. En concreto, esta fiesta es una proceso de separación (santificación) de lo que fermeta/pudre, de lo que es esencial.

Ahora entendemos con mayor claridad al apóstol Pablo cuando escribía a los creyentes de Corintio diciendo:

«Desháganse de la vieja «levadura» quitando a ese perverso de entre ustedes. Entonces serán como una nueva masa preparada sin levadura, que es lo que realmente son. Cristo, nuestro Cordero Pascual, ha sido sacrificado por nosotros. Por lo tanto, celebremos el festival, no con el viejo pan de perversidad y maldad, sino con el nuevo pan de sinceridad y verdad.«

(1 Corintios 5:7-8)

Por años, para la mente de Israel, la levadura representó aquello que con malicia hacía engrandecer el orgullo de los hombres. Entendían que en todo ser humano cohabitaba una tendencia al mal (Yetzer Hará) que debía diariamente ser combatida.

Lo que nos interesa más saber… ¿De qué levadura hay que cuidarnos? ¿Sólo la que comemos? Nuestro maestro Yeshúa nos enseña en los evangelios:

Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos.
(Mt 16:6)

Y también en el evangelio de Marcos agregó:

Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos, y de la levadura de Herodes (Mc 8:15)

Si entiendo bien, y me reconozco como discípulo del mesías, debería cuidarme de estás levaduras. Pero… ¿en qué consisten estás levaduras?

Levadura de los Fariseos

«Se acercaron a Jesús algunos fariseos y maestros de la ley que habían llegado de Jerusalén, y le preguntaron:
— ¿Por qué quebrantan tus discípulos la tradición de los ancianos? ¡Comen sin cumplir primero el rito de lavarse las manos!
Jesús les contestó: — ¿Y por qué ustedes quebrantan el mandamiento de Dios a causa de la tradición?

(Mateo 15:1-3)

Los fariseos fueron unos “revolucionarios mesiánicos” considerados teológicamente inadaptados dentro del concepto que tenían de ellos los sacerdotes. Eran un montón de estudiosos legalistas (“religiosos”) sin afecto natural alguno, eran considerados una secta que se había desarrollado durante la diáspora babilónica, en la ausencia del sacerdocio hebreo, mientras no había adoración en el Templo. (ver: David Nesher – “La Fecha del Pesaj… ¿el 14 o el 15 de Nisán” 2015)

El fariseísmo era la representación propia del legalismo estructural que condicionaba la voluntad del Eterno. Tal como los denunció el maestro:

Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me adoran; sus enseñanzas no son más que reglas humanas”
(Mt. 15:8-9)

El maestro los denunciaba constantemente como gente HIPÓCRITA, aquellos que de la boca hacia fuera eran una cosa pero sus actos eran totalmente contrarios.

Esta levadura es la que debemos exiliar de nuestro interior. Quizás estas preguntas te sirvan a modo de guía:

  • ¿En cuántas cosas hemos sido “actores” ante los demás?
  • ¿En qué cosas fuimos “legalistas” sin ni siquiera dejar un poquito de lugar para  el obrar de Dios?
  • ¿En cuántas cosas hemos estado enseñando o juzgando hacia nuestro prójimo sin ni siquiera antes plantear si lo estoy viviendo?

Esta levadura es la más difícil de sacar porque es la que está apegada a las “Tradiciones Humanas”, al obrar rutinario sin tener un poco del espíritu de Dios. A la acumulación del “conocimiento” de la escritura y poca vivencia con el Dios vivo. A la admiración constante de cómo crece la masa en la medida que se adquiere información sin preocuparse de cuán insípido o desabrido puede ser el pan.

Levadura de los Saduceos

En el tiempo del ministerio de nuestro Señor Yeshúa, los saduceos eran aquellos que por ser de la casa de Aarón ocupan las funciones sacerdotales y pudientes a llegar al cargo Sumo Sacerdote (vea Hechos 5:17). Ellos mantuvieron los Santos Días hebreos de acuerdo a lo revelado literalmente en la Torah. (David Nesher – “La Fecha del Pesaj… ¿el 14 o el 15 de Nisán” 2015)

Los saduceos eran personas de la alta sociedad, miembros de familias sacerdotales, cultos, ricos y aristócratas. De entre ellos habían salido desde el inicio de la ocupación romana los sumos sacerdotes que, en ese momento, eran los representantes judíos ante el poder imperial. Hacían una interpretación muy sobria de la Torah, sin caer en las numerosas cuestiones casuísticas de los fariseos, y por tanto subestimando lo que aquellos consideraban Torah oral. Tenían poder religioso y político, por lo que eran muy influyentes. (Teología de la Universidad de Navarra dirigidos por Francisco Varo)

En el tiempo de Yeshúa, una de las prácticas más cotidianas que se encontraba entre los sacerdotes era el cambio de cosas por dinero (Mateo 26:14-16). Ellos eran el símbolo de la racionalidad, la incredulidad y la altanería de creerse “perfectos” a diferencia de los otros judíos.

Esta levadura está presente hoy en nosotros ya que por gracia de nuestro Mesías, somos llamado a ser un reinado de sacerdotes (Ap. 1:6-8). Si analizamos, muchas veces por estar en búsqueda de conocer día a día más los códigos lumínicos de la fe, caemos en la soberbia y el mirar en menos a aquellos que aún siguen atrapado en los estratos babilónicos. Como también, deseamos encontrar explicaciones racionales a cada milagro o señal que el Dios Eterno da en estos tiempos de juicio. Y por último, cuántas veces hemos caído en la venta de nuestro sacerdocio al menospreciar una Santa Convocatoria o una Cena de Comunión con nuestra congregación; y cuánto más al no observar y guardar el Shabat.

Esta levadura está muy arraigada al manejo de nuestro sacerdocio en pos de la Justicia y Rectitud (Sadoq). Cuanto más voy adquiriendo la sabiduría de Dios más debo afligir el EGO (mi tendencia a recibir más placer) para que no sea yo quién “tenga el gran poder” sino que el que tiene todo el poder me siga usando a mi como vasija de su luz.

Levadura de Herodes

Hedores, también conocido como Herodes “El grande”, fue el rey de: Judea, Galilea, Samaria e Idumea. Tenía la fama de matar inocentes durante el período de su reinado.

En el evangelio de Lucas encontramos a este rey queriendo matar a Yeshúa:

«En ese momento se acercaron a Jesús unos fariseos y le dijeron: —Sal de aquí y vete a otro lugar, porque Herodes quiere matarte. Él les contestó: —Vayan y díganle a esa zorra: “Mira, hoy y mañana seguiré expulsando demonios y sanando a la gente, y al tercer día terminaré lo que debo hacer”.
(Lucas 13: 31-32)

El término “zorra” estaba asociado a la personas que eran tiranas e impías, es decir que su obrar estaba lleno de malicia.

Yeshúa toma a Herodes para representar un tipo de levadura ¿Qué habrá querido decir? Evidentemente nada bueno. Lamentablemente, por culpa de la cultura hipócrita en la que vivimos es muy difícil llegar a reconocer que “somos malos”, y sin embargo en muchas ocasiones actuamos de ese modo. La malicia muchas veces se manifiesta de formas escondidas, por ejemplo hacer las cosas de mala voluntad, hacer las cosas teniendo rencores o resentimientos, procurando que le suceda lo peor.

La levadura, recordemos, es un hongo que cuando está unida a la masa ya no se ve pero cuando la dejas reposar se nota que esta. Es decir, cuando dejamos que las heridas del pasado generen rencores y resentimientos, tarde o temprano, eso se va a ver reflejado en los actos que realicemos hacia los demás, los inocentes. El hambre de poder es un ejemplo claro, porque ciega y crece el deseo de tener un cargo que este previo al nombre; sin pensar si al menos soy capaz de ocupar ese lugar que anhelo.

A modo de conclusión, Yeshua les habló a sus discípulos que se cuidaran de cada una de estas levaduras porque sabía que en ellos se escondía la dura y valerosa tarea de que el evangelio se esparciera. El evangelio no puede llegar a las naciones cargadas de hongos y putrefacción, sino que debe llegar al mundo para genera una nueva masa.

En este período de 7 días, nuestra santificación nos debe promover a un ascenso de nivel. No podemos ser los mismos luego de este Pesaj. Hay un mensaje escondido para quien se atreva a buscarlo, pero para ello debe primero sacar la levadura de su casa, que es su propio interior.

También puedes escuchar estas dos Lecciones:

Juzgar… ¿Es Pecado o No?

Por P.A. David Nesher

«No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio con que juzgareis seréis juzgados y con la medida con que midiereis se os medirá. ¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo? ¿O cómo osas decir a tu hermano: Deja que te quite la paja del ojo, teniendo tú una viga en el tuyo? Hipócrita, quita primero la viga de tu ojo y entonces verás de quitar la paja del ojo de tu hermano. –

(Mateo 7: 1-5)

Caminando en la fe, y específicamente en los ámbitos dogmáticos, me acostumbré a escuchar con frecuencia a muchos «creyentes» decir cosas como “juzgar es pecado” y “solo Dios puede juzgarme”. Así también, cada vez que escuchaba esto, me pregunté: ¿Eso es cierto? Así pues al llegar al conocimiento de la Verdad, mis cuestiones se aumentaron: ¿Qué enseña la Torah sobre juzgar?

En las regiones babilónicas, los versículos claves que algunas personas usan para afirmar que no debemos juzgar a otros, se encuentran en el relato del Sermón Del Monte, especialmente el siguiente:

No juzguéis para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados; y con la medida con que midáis, se os medirá
(Mateo 7: 1-2).

Al leer este versículo a la luz del contexto escritural se hace claro que Yeshúa condena la hipocresía. Él está diciéndonos que debemos mirarnos a nosotros mismos antes de juzgar a los demás. Yeshúa nos habla de sacarnos la viga de nuestro ojo antes de sacar la mota del ojo de alguien más. Pero, ahora viene los más interesante de la enseñanza del Mesías, que la religión no ha permitido observar: el Maestro está diciendo que no está mal sacar la mota del ojo de los demás sin ser hipócritas. En otras palabras, Yeshúa enseñan que no es pecado juzgar cuando no somos hipócritas. De hecho, es algo correcto, que sí o sí se debe realizar.

Es decir, que si veo que mi hermano está mal, en algo que lo aparta de la Torah (Instrucción) del Eterno, yo tendría que odiarlo mucho para callar y no buscar ayudarlo, ¿no crees? O sea que para el Maestro, consentir el pecado en los demás no es amar.

El apóstol Pablo escribiéndole a los discípulos residente de Roma, les dijo una palabras que lamentablemente se han convertido en otro de los pasajes que muchos religiosos usan para decir que juzgar es malo:

Por lo cual no tienes excusa, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas, pues al juzgar a otro [las personas que el apóstol menciona en el capítulo anterior], a ti mismo te condenas, porque tú que juzgas practicas las mismas cosas”.
(Romanos 2:1)

La hipocresía es la clave aquí. Si miramos las palabras de Yeshúa en Mateo cap. 7, y las comparamos con las palabras del apóstol Pablo en Romanos 2, todo el pasaje contra juzgar empieza a tener mucho más sentido. ¡Yeshúa condena la hipocresía! Lo hizo tantas veces en su ministerio. No está condenando el juzgar en sí mismo. Más bien, está condenando la siempre popular práctica de condenar a los demás por algo que tú mismo haces. Usted hipócrita, primero tome la viga de su propio ojo, y luego podrá ver con claridad para sacar la paja del ojo de su hermano. En otras palabras, usted puede hacer un juicio sobre otra persona, siempre que compruebe primero, y se asegure de que no esté haciendo exactamente lo mismo. Pero espera, hay más.

Así también al considerar la condena apostólica notamos que se sigue sujetando al yugo del Mesías, es decir que Pablo está condenando de nuevo a la hipocresía, no el juzgar como tal. De hecho, si somos sinceros al leer aceptaremos que allí Pablo está juzgando a la gente que juzga injustamente, lleno de hipocresía, a otros.

Entonces, ¿Cuál es la Forma Correcta de Juzgar?

«No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio
(Juan 7:24).

Nos encontramos entonces que en el Evangelio de Mateo, Yeshúa nos dice que no juzguemos. Pero al llegar a estudiar el Evangelio de Juan, Él mismo nos dice específicamente: ¡Juzgar, y juzgar con justicia! ¿Qué más da? ¿Juzgar o no juzgar? Esa es la pregunta. ¿O es que Yeshúa se contradice a sí mismo?

Si prestamos atención, notaremos que el pasaje del evangelio de Juan deja claro que no debemos juzgar según la apariencia. En otras palabras, no debemos hacer juicios basados en información insuficiente.

El apóstol Pablo explica esto en su primera epístola a Timoteo, al escribir:

“Los pecados de algunos hombres, unos son manifiestos aun antes de ser juzgados, otros sólo después de juzgados. Así las obras buenas, unas son manifiestas; las que no lo son no podrán permanecer ocultas.” —
(1 Timoteo 5. 24-25)

En otras palabras, el apóstol Pablo advierte que a veces las cosas no siempre son como parecen. La gente puede esconder sus pecados, pero no puede esconderlos para siempre. Así como las buenas acciones se revelarán a la larga, también lo serán los pecados de la gente. Tarde o temprano la verdad nos alcanza a todos. Así que no debemos juzgar prematuramente, o con información insuficiente. Sin embargo, todavía, aún se nos exhorta a juzgar, tanto por Yeshúa HaMashiaj, como por Pablo.

De este modo solo sabemos que podemos juzgar, pero debemos juzgar con justicia, no prematuramente o con información insuficiente. Entonces, ¿de qué estaba hablando Yeshúa en el evangelio de Mateo cuando nos dijo que no juzgaran en absoluto?

Primero, diré que el Espíritu de la profecía enseña, por medio de nuestro Maestro, que debemos ser justos. Yeshúa ordenó:

«No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio
(Juan 7:24).

Segundo, si vamos a juzgar a otros, debe ser siempre en amor, sin hipocresía y llamando a las personas al ejercicio de la teshuvah (arrepentimiento).

Eso lo podemos leer en varios pasajes del Brit Hajadashá (Pacto Renovado):

«Hermanos, aun si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado
(Gálatas 6:1).

«Hermanos míos, si alguno de entre vosotros se extravía de la verdad y alguno le hace volver, sepa que el que hace volver a un pecador del error de su camino salvará su alma de muerte, y cubrirá multitud de pecados»
(Santiago 5:19-20, luego de que en el capítulo anterior se condenara en los versos 11-12 el juzgar mal)

Así que claramente Yeshúa NO prohibió  juzgar todo, y por eso las primeras comunidades vivían en el ejercicio de realizar justo juicio. Una vez más, leer al apóstol Pablo nos ayudará a aclarar esto:

«No comulguéis con las obras infructuosas de las tinieblas; antes bien, ponedlas en evidencia. » 
(Efesios 5: 11)

Explícitamente la exhortación apostólica le dice a los discípulos de Yeshúa que “exhiban” las obras de la oscuridad. ¿Qué más podría querer decir con esto señalar cuando otros están haciendo algo mal? ¿Qué otra cosa podía significar sino juzgar?

De hecho, eso es exactamente lo que el mensaje apostólico está exponiendo. Ciertamente podemos juzgar, y debemos juzgar, pero cuando lo hacemos debemos juzgar las acciones no las personas. Así que volvamos a considerar las palabras de Yeshúa en Juan, y comparémoslas con lo que la Torah tiene que decir sobre el mismo tema:

«No juzguéis según la apariencia. Juzgad con juicio justo.«
Juan 7, 24

«Siendo juez no hagas injusticia, ni por favor del pobre, ni por respeto al grande: con justicia juzgarás a tu prójimo.» –
Levítico 19, 15

Notamos aquí como tanto Yeshúa, el Verbo divino hecho carne, como el Espíritu de la Torah, nos dicen que juzguemos. Pero ambos son muy específicos sobre el tipo de juicio que se nos permite hacer. Podemos ver la consistencia total en el enfoque, y nos da un gran contexto.

Cuando juzgamos, debemos juzgar las acciones de la gente (sus pecados o buenas obras), pero no podemos juzgar el alma de la persona, ni su estado en la vida, los antecedentes, la herencia, etc. Y es que no podemos saber lo que realmente está sucediendo en el corazón de un ser humano. La gente suele hacer cosas malas por razones que no son evidentes. Muchas veces hay más dentro de una persona de lo que podemos ver.

Debemos juzgar la acción como errónea (pecado), pero al mismo tiempo, no debemos juzgar el alma de la persona que lo hace. No podemos saber lo que realmente está sucediendo dentro de su corazón y su mente. No siempre podemos saber qué clase de circunstancias horribles podrían haber llevado a este mal acto (pecado). Nosotros juzgamos el acto, pero no al hombre o a la mujer haciéndolo.

Por ende aquí está el meollo de todo este asunto. Cuando en el “no juzgar” el creyente dogmático dice “no juzgues”, debe ser corregido en el contexto de la mentalidad hebrea de las Sagradas Escrituras. Lo que Yesháu realmente dijo fue “no juzgues hipócritamente”, más bien “juzga con justicia”.

Sé que, a pesar de que hasta aquí las Sagradas Escrituras han demostrado la verdad de este asunto, estoy seguro que algunos de ustedes dirán «pasa que cuando juzgamos a las personas no tenemos tiempo para amarlas«. Sin embargo, ¡Yeshúa enseñó que juzgar bien es parte de amar de verdad! Y es que las personas que aman dicen la verdad y se confrontan con los mitzvot de Abba nuestro, para también confrontar a sus hermanos y hermanas con los mismos.

Si leemos con una mente abierta el texto del Evangelio, descubriremos que casi al final del Sermón del Monte, Yeshúa mismo advierte con juicio severo sobre los falsos profetas. Entonces, debemos aceptar que sus enseñanzas dan por sentado que es necesario juzgar bien y con sabiduría (Mateo 7:15-23).

Más aún, Yeshúa felicita en el libro de Revelaciones (Apocalipsis) a la comunidad en Éfeso por haber juzgado y sacado de entre ellos a los falsos maestros, y en el mismo capítulo regaña a la comunidad en Pérgamo por no haber hecho lo mismo (2: 2; vv.14 -15).

Además, en el Brit Hajadashá (Pacto Renovado) también podemos ver cómo en la segunda epístola a Timoteo, el apósto Pablo, le escribe a su hijo apostólico, como juzgar con discernimiento a la clase de personas con las que no debemos juntarnos (2 Timoteo 3), y en esa misma carta instruye a Timoteo en la importancia de corregir y reprender lo que esté mal (2 Timoteo 4:1-5).

Juzgar justamente es Crucial y parte de amar a la Comunidad.

Buscando entonces una conclusión, yo diría que aquellos creyentes dogmáticos que se aferran a «no juzgar, para que no seáis juzgados«, para condenar a los que denuncian el error, deben leer todo el capítulo 7 (y el Sermón del Monte todo), e investigar el contexto cultural hebreo desde el que Yeshúa enseñaba.

Cité más arriba que Yeshúa dijo:

«Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas …» (v. 15).

Yo pregunto: ¿Cómo podemos conocer a los falsos profetas? Juzgándolo con la Palabra del Eterno, que es la Torah (Instrucción). Entonces vuelvo a cuestionar: si ya conocemos los falsos profetas, ¿cómo podemos dejar que las ovejas se dejen engañar de estos «lobos rapaces?» A lo largo del Tanak (lo que los dogmáticos llaman equivocadamente Antiguo Testamento) encontramos pruebas de que los falsos profetas deben ser identificados y expuestos a fin de evitar la apostasía del Pueblo escogido.

Entonces, citaré para terminar de nuevo lo que el Maestro enseñó con respecto a nuestra misión de juzgar:

«No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio
(Juan 7:24).

Aquí, Yeshúa manda que debemos «juzgar con justo juicio«. Ya quedamos de acuerdo que, de acuerdo a las revelaciones escriturales, el juicio justo es basado en la Palabra del Eterno, es decir la Torah. Por lo tanto, si el juicio se hace en cualquier otra base, que no sea Palabra de nuestro Abba, es una violación de lo expresado en el Evangelio de Mateo (7: 1).

Es hora de aceptar que «la Iglesia de lo Agradable” que en el último lustro ha aflorado por las naciones es peligrosa, porque al final no hay límite en la cantidad de mal que puede justificarse bajo el lema de “no juzgar”.

Del mismo modo, la consigna con apariencia de piedad que desde esta mentalidad se produce de “sé agradable” es igualmente perniciosa, porque invoca la idea de que no debemos enfrentar nunca a nadie por nada. Invita a la idea de que tenemos que poner una carita sonriente falsa, fingir que todo está bien cuando no lo está, y dejar que nuestro compañero de batalla en la fe cometa suicidio espiritual, persistiendo sin arrepentimiento en su pecado hasta su muerte.

En otras palabras, juzguemos el pecado pero no al pecador. Juzguemos el acto pero no al actor. Juzguemos lo que está mal, pero no al malhechor.

¡Así que no es “no juzgar y ser agradable”, sino “juzgar con justicia y ser misericordioso” tal como lo pide nuestro Creador!

El Sudario Doblado de la Tumba… y un Amo que Regresará a Su Mesa

«El primer día de la semana, maría magdalena fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro; y vio quitada la piedra del sepulcro. 
 Entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, y les dijo: «se han llevado del sepulcro al señor, y no sabemos dónde le han puesto.
Y salieron pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro.
Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corrió más aprisa que pedro, y llegó primero al sepulcro.
Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró.
Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí,
 y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y creyó.
Porque aún no habían entendido la escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos.
Y volvieron los discípulos a los suyos.«

(Juan 20: 1-10)

Al sumergirnos en el estudio y la meditación de los hechos acontecidos en los días de la crucifixión, sepultura y resurrección de nuestro Señor, nos encontramos que el Evangelio del apóstol san Juan relata que el sudario, que le fue colocado en el rostro a Yeshúa (Jesús) en su sepelio, no sólo estaba a un lado, aparte de las vendas, sino doblado. De este medos los Escritos Mesiánicos dedican un versículo entero para decirnos que el sudario fue bien doblado, y que fue colocado en un lugar aparte (posiblemente en donde estuvo tendido).

El primer día después del Shabat semanal, siendo aún muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y encontró que la piedra había sido removida de la entrada. Ella corrió y le contó a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús amaba, y les dijo:

“Se han llevado el cuerpo del Señor del sepulcro, y no sabemos dónde lo han puesto”.

Pedro y el otro discípulo salieron para el sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más que Pedro y llegó antes. Como se inclinara, vio los lienzos caídos, pero no entró.

Pedro llegó detrás y entró en el sepulcro y vio las vendas en el suelo. El sudario o servilleta que había cubierto su cabeza no estaba junto a los lienzos, sino plegado en un lugar aparte. (ref.: Jn 20:1-7).

¿Es importante esto para nosotros? ¡Por supuesto! ¿Es realmente relevante este detalle para nuestra fe? ¡Te aseguro que sí!

En primer lugar, todo estaba exactamente igual, excepto el cadáver de Jesús (Yeshúa), dando a entender que no se trataba de un robo. Un ladrón jamás habría dejado todo tan ordenado. Si hubiera sido un robo, aquello aparecería todo desordenado, precisamente lo dice Juan Crisóstomo, en el siglo IV, a sus oyentes:

«“Esto era prueba de resurrección, porque si alguno lo hubiera trasladado no hubiera desnudado su cuerpo. Ni si lo hubieran robado, los ladrones no hubiesen cuidado de quitarle y envolver el sudario poniéndolo en un sitio diferente del de los lienzos, sino que hubieran tomado el cuerpo como se encontraba. Ya había dicho San Juan que al sepultarle lo habían ungido con mirra, la cual pega los lienzos al cuerpo. Y no creas a los que dicen que fue robado, pues no sería tan insensato el ladrón que se ocupara tanto en algo tan inútil.»

In Ioannem«, pag. 84).

Esto es fundamental para el evangelista, que nos cuenta estos detalles tan interesantes de la tumba vacía, para asegurarnos que la resurrección de Jesús verdaderamente ocurrió.

En segundo lugar, y para logar comprender más profundamente el significado del sudario doblado, hay que entender un poco acerca de la tradición hebrea en esa época. La servilleta doblada sobre la mesa tenía un significado muy particular, ya que hace referencia a una costumbre hebrea (y oriental) sobre el amo y el siervo. Veamos los detalles de la misma:

Cuando el siervo ponía la mesa de la cena para el Maestro, se aseguraba de ponerla exactamente de la manera en que al Maestro le gustaba. La mesa debía estar decorada a la perfección, casi como para un ritual sagrado. Luego el criado tenía que esperar fuera de la vista de los comensales, hasta que el Maestro hubiera terminado de comer. El siervo no se atrevía a acercarse a la mesa, hasta que el Maestro hubiese concluido, a la espera de una señal…

Si el Amo había terminado de comer, se levantaba de la mesa, se limpiaba los dedos, la boca y la barba, y haciendo un nudo con la servilleta, la lanzaba sobre la mesa. El siervo entendía entonces que era el momento para limpiarla. La costumbre de aquella época era que la servilleta anudada significaba que el amo decía: “ya he terminado”.

Pero si el amo se levantaba de la mesa, doblaba la servilleta y la ponía junto a su plato, el siervo entendía que no debía acercarse a la mesa. ¿Por qué? Porque la servilleta doblada significaba “no he terminado, volveré”.

El sudario doblado lo entendió el discípulo Juan “el Maestro volverá”, por eso no entró al sepulcro, respetando esta costumbre tradicional.  Jesús estaba diciendo a sus discípulos, “podría estar fuera de tu vista ahora, pero te vuelvo!” El Mesía, al doblar el sudario, quería decir, que Él regresaba pronto y con un mensaje nuevo, lleno del poder de la resurrección. Es decir, el volvería con un mensaje de vida nueva. Para decirnos que regresaba al altar para bendecir el Pan de Vida Eterna y la Bebida de Salvación (Jn. 6:50-57).

El texto evangélico relata una de las experiencias que los discípulos tuvieron con el Mesías Resucitado. No se trata de un aparición, sino literalmente de una de las etapas que los discípulos han tenido que recorrer en el Camino para comenzar a vislumbrar los nuevos horizontes de esperanza que el hecho de la Resurrección abriría en sus vidas. El acontecimiento se insinuaba ya en la tumba vacía, en las vendas que yacían en el suelo y en el sudario plegado en un lugar aparte. Ante estos hechos el apóstol Juan sentía que una certeza se fue apoderando de su corazón, la certeza de la fe: «¡Yeshúa está vivo!«. Esta convicción llena el corazón de todo creyente verdadero.

 

Tan grande fue esta experiencia en la mente y el corazón del apóstol Juan, que siempre lo sostendría en su fe, a tal punto que muchos años después, estando exiliado como preso político en la isla prisión de Patmos, escribió:

 

El que da testimonio de todo esto dice: ‘Sí, voy a venir pronto’ ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!

(Ap 22:20)

Y ahora tengo una buena noticia para el alma que está leyendo esta bitácora. No sé cual es la tumba en la cual te encuentras pero el mismo Yeshúa que dejó los lienzos puestos allí y el sudario enrollado en la tumba, es el mismo que hoy está dejando tus lienzos puestos allí en tu tumba y esta enrollando el sudario en señal que nunca mas volverás a esa tumba en la cual te habían metido por que estabas muerto.

No sé si tu tumba se llamaba fracaso, soledad, tristeza, muerte, angustia, dolor, miedo pero sin importar el nombre que tenga la tumba en la cual estas hoy, Yeshúa esta junto a ti en esa tumba y a llegado no para quedarse y hacerte compañía en esa tumba si no para levantarte de entre los «muertos vivos» (Efesios 2:1). En este día Yeshúa te dice: «vamos deja esos lienzos con que te cubrieron y abandona ese sudario enrollado para que al verlo todos sepan que estuviste aquí pero que nunca volverás a este lugar. Luego, ven y sígueme y abandonemos esta zona reptiliana de muerte, porque aquel que me levantó de entre los muertos a mí, es el mismo que me ha enviado para levantarte a ti.»

¿Te atreverás a aceptar su invitación para salir de toda tumba ontológica que te había encerrado hasta hoy?

Sólo hay Buen Futuro, si existe Arrepentimiento y Amor

Por P.A. David Nesher

 

“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.”

(Mateo 6:14-15)

 

Nuestro Maestro y Mesías Yeshúa dijo que si no perdonamos las ofensas que los demás nos han infligido, tampoco nuestras ofensas serán perdonadas.

Aunque esto es una consecuencia lógica de «la ley de la siembra y la cosecha», también es parte de la tradición ética del pensamiento hebreo que siempre ha sostenido que:

«Quien quiere «Olam Haba», se asegura primordialmente que a su «Teshuvah» no le falte «Ahavah»».

 

«Olam Habah» es la expresión hebrea para «el Mundo que ha de Venir» (también llamado «la vida eterna«).

«Teshuvah» es el hebreo para «arrepentimiento«.

«Ahavah» es la palabra hebreo para «amor«.

 

Este juego de palabras, significa que:

«Quien quiere entrar en la Vida Eterna (o Mundo Venidero),debe asegurarse de que a su «arrepentimiento», se fundamente y manifieste en el amor perfecto que practica el perdón compasivo.»

Debemos perdonar a otros hombres sus ofensas, de lo contrario el Padre no nos perdonará las nuestras. Siempre tengamos en cuenta que nuestro corazón deber ser un Templo donde sólo reine Yahvéh. Él es el amor perfecto, como dice el apóstol Juan en su primera epístola, y como tal aborrece el odio y el temor. Este trabajo cotidiano garantiza un Reposo maravilloso en ese Reino Milenial del que Yeshúa quiere que formemos parte.

La Técnica de Jesús para Reformar Pecadores

«Para este tiempo estaban acercándose a él todos los cobradores de impuestos y los que vivían alejados de la Torah, para escucharle.
Y tanto los perushim (fariseos) como los soferim (saduceos) que estaban allí, murmuraban diciendo:

«Este a los que viven sin Torah recibe y con ellos come»

(Lucas 15:1-2 – Código Real)

 

Si un rabino fiel a los textos bíblicos pretendía observar la Torah, como Jesús, aplicaba, una técnica por lo cual reformaba a los pecadores otorgándoles la posibilidad de que ellos pudieran oír a un rabino. Si todos eran pecadores, en mayor o en menor medida, Jesús como buen rabino podía sentarse con todos. Posteriormente pedía el arrepentimiento. lo que no queda claro es que si el pecador ya estaba haciendo teshuvá en el mismo momento que estaba comiendo con su rabi.

Es probable que no todos los pecadores actuaran de igual manera. Algunos pretendían aprender la Torah de manos un importante rabino, como era Jesús, para después eventualmente arrepentirse; otros, cuando ya llegaron a sentarse en la mesa con el rabí, llegaban convencidos o necesitados de un cambio interior; finalmente, otros jamas alcanzarían a arrepentirse de sus pecados.

Jesús no puede juzgar al prójimo, lo que puede hacer es recomendarle el mejor camino a seguir. En conformidad con el salmo cap. 5 vers. 15. Jesús quiere corregir a los pecadores, pero desde la misericordia de Dios. Aplica el concepto hebreo de la misericordia. Ahora bien, entre los estudiosos no queda clara la posición real de Jesús frente a los pecadores. Algunos dicen que la critica de los grupos fariseos de línea dura a Jesus se produce por que el acepta la comida en común con los pecadores(que hipotéticamente aun no se habían arrepentido de sus acto). Si aplicamos el salmo 51 ya citado, podríamos llegar a la conclusión de que un rabino tenia la libertad de enseñar a los malos el camino antes de que estos se arrepintieran de su maldad.

 

Tomado de: «El judaísmo de Jesús» _ de Mario Saban

La Curación de Jesús y la Pureza Ritual

La vívida historia que pinta a Jesús expulsando a los demonios que se introducen en una piara de cerdos, que luego se ahoga en el Mar de Galilea (Mc 5,1-20; Mt 8,28-34; Lc 8,26-39), no es meramente un acto espectacular por parte de Jesús. Por el contrario, en el curso del relato se suscitan dos importantes problemas que separan la narración de las típicas historias mágicas y que involucran al lector en cuestiones más profundas.

La primera de ellas une esta historia con temas de pureza ritual: el hombre vive en una tumba y, por tanto, es impuro ritualmente; el espíritu que lo posee es también «impuro» (Mc 5,2?8.13); los demonios son expulsados al interior de animales impuros, como los cerdos.

Similarmente, el acto de Jesús de curar por medio del tacto (Mc 1,31; 1,40-41; 3,5.10; 5,23.28.41; Jn 9,1-7) no son asuntos de técnica mágica, sino indicaciones de que el poder sanador y transformador de Dios actúa de un modo que trasciende la pureza ritual.

 

– Antonio Piñero (autor). «En la frontera de lo imposible» (libro). El Almendro, P.228.