¿Alguna vez te has detenido a pensar que lo que decides comer puede definir quién eres? En la Sexta Aliyá de esta semana (Levítico 11:1–32), entramos en el mundo del Kashrut (las leyes dietéticas). Pero ojo: esto no es un manual de nutrición, es una pedagogía divina para entrenar nuestro carácter.
Aquí te comparto los puntos clave para entender cómo la santidad se construye bocado a bocado.
🧐 1. El código de la integridad (Tierra)
Para que un animal terrestre sea apto, debe cumplir dos requisitos: rumiar y tener la pezuña hendida. Los sabios nos enseñan que esto es una metáfora de la vida íntegra:
Rumiar (Ma’aleh Gerá): Representa la capacidad de meditar, procesar e interiorizar la Palabra de Dios. No tragar la información a la primera, sino reflexionar antes de actuar.
Pezuña Hendida (Mafréset Parsá): Simboliza el discernimiento en nuestro caminar. Saber separar lo que es correcto de lo que no lo es.
Lección para nosotros: ¡No basta con pensar bien si caminas mal, ni basta con caminar rápido si no meditas hacia dónde vas!
🌊 2. Dirección y Protección (Agua)
En el mar, solo lo que tiene aletas y escamas es permitido.
Escamas: Son la armadura, la protección contra las influencias externas.
Aletas: Son las que dan dirección y movimiento intencional.
¿El mensaje? En el «mar» del mundo, no podemos ser como troncos que flotan a la deriva. Necesitamos principios que nos protejan y un propósito claro que nos impulse.
🚫 3. El peligro de las apariencias
La Torah menciona animales que cumplen solo una de las condiciones (como el cerdo o el camello). Esto es una advertencia espiritual potente: No todo lo que parece bueno es íntegro. La santidad no admite términos medios ni fachadas externas. El Eterno busca coherencia total, no parcial.
💡 Reflexiones para el alma (Perspectiva de Fe)
La pureza (Tahor) y la impureza (Tamé) no son solo conceptos rituales antiguos. Como bien nos enseñó el Maestro y luego el apóstol Shaúl:
El corazón es la fuente: «Nada fuera del hombre le contamine… sino lo que sale del corazón» (Marcos 7:15). La dieta externa es un entrenamiento para la disciplina interna.
Conveniencia vs. Licitud: «Todo me es lícito, pero no todo conviene» (1 Corintios 10:23). El discernimiento es la herramienta que nos permite elegir lo que realmente edifica nuestra conexión con el Eterno.
📌 Conclusión: Tu mesa es un altar
La santidad (hbr. Kedushá) no comienza en lo extraordinario, comienza en lo cotidiano:
En lo que eliges consumir (física y mentalmente).
En lo que permites que entre a tu hogar.
En cómo tratas lo que tocas.
Cada pequeña decisión diaria está esculpiendo tu identidad. Al final del día, no somos definidos solo por lo que decimos creer, sino por cómo vivimos eso que creemos.
📚 Conceptos clave para recordar:
Kashrut: Leyes de alimentación.
Tahor (טָהוֹר): Puro.
Tamé (טָמֵא): Impuro.
Kedushá (קְדוּשָׁה): Santidad / Apartado con propósito.
✨ ¿Qué área de tu vida cotidiana necesita hoy un poco más de «discernimiento de aletas y escamas»? ¡Meditemos en ello!
Un Análisis Multidimensional de la Parashá Sheminí
Por P.A. David Nesher
La Parashá Sheminí (Levítico 9:1–11:47) constituye uno de los textos más densos, temáticamente ricos y exegéticamente desafiantes de todo el Pentateuco. Al combinar de manera magistral el relato histórico de una teofanía, una tragedia familiar devastadora y el corpus legislativo fundacional de la pureza alimentaria, esta porción se erige como el eje teológico sobre cómo la humanidad debe interactuar con lo sagrado. A continuación, les comparto un recorrido analítico que entrelaza la crítica histórico-literaria, la hermenéutica rabínica, la antropología moderna y las dimensiones místicas de este texto central.
El Centro Geométrico y Simbólico: El Misterio del «Octavo Día»
Desde una perspectiva puramente textual, Sheminí es, de forma literal, el corazón de la Torah. Los escribas del período tannaítico determinaron que la letra Vav de la palabra gajon («vientre») que se ubica en Levítico 11:42 es el centro exacto de todas las letras del rollo, escribiéndose más grande para marcar este equilibrio. Además, las palabras darosh darash (Levítico 10:16) y el versículo de Levítico 13:33 marcan el centro de las palabras y los versículos de la Torah, respectivamente.
El título «Sheminí» remite al «octavo día», un número de profunda densidad simbólica. Mientras que el siete representa el orden natural y la plenitud de la creación, el ocho señala el umbral hacia lo supranatural y eterno. Históricamente, este octavo día correspondió al 1 de Nisán del segundo año del Éxodo, acumulando «diez coronas de distinción» al coincidir con el inicio del mes, la primera ofrenda del Sumo Sacerdote y la entrada en funciones de la clase sacerdotal.
Desde el pensamiento cabalístico, el número ocho se asocia con las esferas (sefirot) de Daat (Conocimiento Oculto) y Biná (Entendimiento), representando la irrupción de lo Infinito (Ein Sof) en la creación finita. Mediante métodos como la gematría, los místicos observaron que la frase «el octavo día» aparece trece veces en ocho contextos de la Torá, revelando una proporción áurea esotérica ligada a los trece pactos de la circuncisión y al nombre divino.
Teofanía y Tragedia: La Irrupción de lo Sagrado
La inauguración del Tabernáculo (Mishkán) culmina con una teofanía abrumadora: la Gloria del Señor (kavod YHVH) se manifiesta y un fuego divino consume los sacrificios. Este fuego ratifica la aceptación divina del espacio consagrado. La reacción del pueblo —que primero aclamó y luego cayó postrado— encapsula lo que el teólogo Rudolf Otto definió como el mysterium tremendum et fascinans: la dualidad de lo sagrado que atrae irremediablemente, pero que aterra por su inconmensurable poder.
Sin embargo, apenas dos versículos después, la narrativa se quiebra con una economía literaria perturbadora: Nadav y Avihu, hijos mayores de Aarón, ofrecen un «fuego extraño» (hebreo: esh zarah) y son fulminados por un fuego celestial. El texto bíblico utiliza una estructura gramatical única (asher lo tzivah otam) para indicar que su acto fue una violación activa de la voluntad divina.
Las interpretaciones sobre esta tragedia son vastas:
Lectura rabínica y académica: Jacob Milgrom sugiere invasión del santuario interior o uso de fuego no consagrado. El Talmud plantea que actuaron con soberbia dinástica, que estaban ebrios, o que emitieron juicios sin consultar a Moisés. Samson Raphael Hirsch subraya su individualismo, al llevar cada uno «su propio incensario».
Lectura mística y filosófica: Filón de Alejandría propuso una apoteosis radical: no murieron por castigo, sino que fueron consumidos por su devoción ardiente, fundiéndose en la unión divina. Pensadores como Emmanuel Levinas y el Malbim resuenan con esta lectura, sugiriendo que murieron «en Dios», consumidos por el propio fuego de su celo.
El Silencio de Aarón y el Liderazgo
Ante la muerte de sus hijos, el texto registra: vayidom Aharon («y Aarón guardó silencio«). Moisés le prohíbe realizar los ritos de duelo, evidenciando la brutal tensión entre el dolor personal y la función institucional.
La psicología contemporánea, incluyendo el enfoque de Viktor Frankl, ha visto en este silencio no una resignación pasiva, sino una elección activa y digna para evitar que su dolor destruyera su rol frente a la comunidad. Aarón encarna el arquetipo del «duelo negado», enseñando sobre el «silencio apropiado» en el liderazgo y la subordinación del ego al servicio sagrado. No obstante, Aarón demuestra su agudeza legal al debatir posteriormente con Moisés sobre el consumo de la ofrenda por el pecado, logrando que el líder supremo reconozca su error en un profundo acto de humildad institucional.
Este episodio funciona como una advertencia profética y política constante. La Haftará relata la muerte análoga de Uzá al tocar el Arca (2 Samuel 6), y las muertes de los hijos de Jeroboam presentan claros paralelismos onomásticos. En esencia, la narrativa establece que la espontaneidad carismática (pneuma) sin la estructura reglada (nomos) resulta destructiva en el ámbito de lo sagrado.
Kashrut: Cosmología, Antropología y Santidad Democratizada
La muerte de Nadav y Avihu actúa como la bisagra lógica para la introducción de las leyes de pureza (kashrut) en el capítulo 11. La tragedia demostró que la cercanía con Dios requiere límites y estructuras rígidas.
El código dietético clasifica a los animales en terrestres (solo rumiantes de pezuña hendida), acuáticos (solo con aletas y escamas), aves (excluyendo rapaces) e insectos (permitiendo cuatro tipos de langostas). El cerdo se menciona explícitamente como el arquetipo de la hipocresía ritual, pues exhibe una apariencia externa de pureza (pezuña hendida) pero carece de la condición interna (no rumia).
La antropóloga Mary Douglas revolucionó la comprensión de estos textos al argumentar que «la suciedad es materia fuera de lugar». Los animales impuros son anomalías taxonómicas que no encajan en el orden cósmico divino. Al regular su dieta, el cuerpo del israelita se convierte en un análogo del Tabernáculo: un templo viviente donde se practica diariamente el discernimiento entre lo sagrado (kadosh), lo puro (tahor) y lo impuro (tamé).
Históricamente, estas leyes funcionaron como un blindaje identitario frente a la asimilación, como se ve en la resistencia judía en el período helenístico. A diferencia de los tabúes del Antiguo Oriente Próximo, reservados solo para sacerdotes, la Torá exigió que todo el pueblo mantuviera estas normas de pureza. La crítica literaria identifica este giro como el paso de la «Fuente Sacerdotal» (P) al «Código de Santidad» (H), democratizando la santidad para toda la nación.
Reflexiones y Aplicaciones Contemporáneas
El capítulo 11 culmina con la máxima: «Sed santos, porque Yo, Yahveh vuestro Dios, soy Santo«. El sabio medieval Najmánides advirtió magistralmente que la mera observancia técnica no basta; ser glotón con alimentos permitidos convierte a la persona en «un malvado con el permiso de la Torah».
Hoy en día, las diferentes corrientes judías reinterpretan esta herencia. Mientras la Ortodoxia mantiene el cumplimiento estricto de estos estatutos (jukim), el Judaísmo Reformista lo valora como una elección personal en constante evolución. Quizás la aplicación contemporánea más fascinante sea el movimiento del «eco-kashrut». Apoyándose en las lecturas de teólogas como Rachel Adler y autores como Michael Pollan, este enfoque propone que la kedushah (santidad) exige hoy considerar el bienestar animal, la ecología y la justicia laboral.
Conclusión
La Parashá Sheminí revela que la santidad no es un éter pasivo, sino una fuerza vibrante y peligrosa. A través de la intersección del evento traumático del «octavo día» y la regulación minuciosa del alimento, la Torah enseña que la gracia divina requiere el contrapeso de la responsabilidad humana. La santidad se construye habitando los límites y transformando los instintos más básicos —como el acto de comer— en un ejercicio constante de reverencia cósmica, elevando lo ordinario hacia las fronteras mismas de la eternidad
La parashá Sheminí muestra que la Torah (Instrucción) divina es eterna. No hay ciencia humana que pueda invalidarla ya que todas provienen de sus códigos lumínicos.
En esta oportunidad comprenderemos como manifestar nuestra nobleza, desarrollando una mentalidad regia por medio de una vida guiada por la Instrucción de la Luz Infinita, y una alimentación acorde a las leyes del kashrut que el Eterno ordena.
Te invito a escuchar esta enseñanza llena de códigos de Sabiduría con una menta abierta y dispuesta a desaprender:
En Levítico, capítulo 9, la Toráh habla del servicio ministerial y luego, fuera de contexto, menciona a Nadav y Avihu, los hijos de Aharón que murieron al tratar de realizar un servicio no autorizado en el Mishkán.
Por la forma en que murieron (un fuego celestial quemó sus entrañas), pareciera que se nos está advirtiendo que debemos ser cuidadosos con lo que hay en nuestro interior. No debemos ocuparnos sólo de lo superficial. Es cierto, el Templo Sagrado tenía muchas cosas externas para mostrar su santidad; pero lo que realmente importa es lo que hay en el interior.
KOSHER POR DENTRO
De manera abrupta, la Torah comienza a enumerar los animales que se pueden consumir y los que no están permitidos para Israel.
En Levítico 11:4, dice que los animales no permitidos son tamé (impuros).
En 11:11, los pescados prohibidos son llamados shéketz (abominables).
Al final de esta sección sobre los alimentos permitidos, la Torah enfatiza que la razón de estas leyes es la búsqueda de santidad.
La palabra normalmente usada para designar a un alimento permitido es kosher, que literalmente significa preparado.
Al yuxtaponer las leyes de los alimentos con las leyes ministeriales, la Torah hace un paralelo entre la comida y el servicio sagrado. En otras palabras, lo que te hace sagrado es lo que hay en tu interior.
¡SALUD!
Cada uno de los mandamientos del Eterno es una parte del infinito, una conexión con el Creador. No podemos saber lo que significa cada mandamiento, porque nuestro cerebro es parte del mundo finito. No somos tan inteligentes como el Creador, y nuestra mente es incapaz de sumergirse en la profundidad de Su mente. Sin embargo, los sabios siempre intentaron descubrir los beneficios de cada mandamiento y qué principios El Eterno intenta enseñarnos con él.
Después de todo, cuando cumplimos un mandamiento no le hacemos un favor al Creador sino a nosotros mismos. Si El Eterno hubiese querido robots, eso es lo que hubiera creado. En cambio, Él quiere que aprendamos Sus estatutos y los aprovechemos.
Dado que la comida y la salud están directamente relacionadas, podemos asumir que los alimentos kosher son buenos para nuestra salud. Por supuesto, respetar las leyes de kashrut no asegura que conservemos la salud, porque uno puede abusar de las grasas y de los dulces, o comer los alimentos de forma no saludable. Pero… ¿acaso la salud es la razón de estos mandamientos?
Maimónides, quien era médico, escribió inspirado en la Torah, una enciclopedia de leyes con una larga lista de reglas para la salud. Él considera que tener buena salud es cumplir con el mandamiento de saber que el Eterno existe.
Si no tienes buena salud, no puedes tener una relación intelectual con El Eterno. Tu cerebro no funcionará bien. Sin embargo, las reglas de salud de Maimónides no se refieren en absoluto las leyes de kashrut. Él simplemente enumera alimentos que son saludables y alimentos que no lo son, clasificando también comidas de las que puedes comer mucho, otras que deben consumirse con moderación y las que se deben evitar por completo.
¿Por qué no menciona las leyes de kashrut? Porque de acuerdo con Maimónides las leyes de kashrut no tienen relación con la salud.
Entonces, ¿en dónde coloca Maimónides las leyes de alimentos kosher? Pues la respuesta es asombrosa: en la sección llamada Libro de santidad. Es decir que, observar las leyes de kashrut te ayuda a ser sagrado.
UNA GUÍA, NO UNA GARANTÍA
¿Acaso todos los que respetan las leyes de kashrut son sagrados? No parece que sea así. Entonces, ¿cuál es el beneficio?
Todos los principios de la Torah son una guía, no una garantía. El Eterno nos conduce por el camino a la santidad, pero no nos obliga a seguirlo. Como señala Rabino Moshé Jaim Luzzatto (siglo XVII, Italia), ni siquiera los mandamientos dicen todo lo que El Eterno espera de nosotros. Ha Kadosh Baruj Hu alude a la existencia de verdades más profundas y quiere que las busquemos y las encontremos.
La comida despierta uno de nuestros mayores impulsos. Los libros de dietas son una industria multimillonaria porque a los seres humanos nos cuesta controlar el deseo de comer y beber.
Cuando lo piensas, comprendes que la industria de las dietas es tonta. Si quieres perder peso, lo único que debes hacer es comer una dieta balanceada e ingerir menos comida que lo que tu cuerpo usa. Ni siquiera tienes que hacer más ejercicios fuera de la actividad normal. Si lo deseas, camina alrededor de un kilómetro. Para saber cuánta comida necesita tu cuerpo, no comas constantemente y deja de comer antes de sentirte saciado. ¡Es la dieta más fácil del mundo!
Pero nadie comprará mi libro de dietas, porque no se dirige a la naturaleza humana. Todos deseamos alimentos y esos deseos son difíciles de controlar.
AUTOCONTROL
El tema principal de las leyes de los alimentos kosher es el autocontrol. Hay muy pocas cosas para hacer, casi todas las reglas son de no hacer, prohibiciones. Al contenernos, generamos autocontrol.
Incluso los mandamientos positivos que cumplimos antes de comer (como el faenado ritual y la remoción de la sangre) son actos que reprimen el apetito. No puedes simplemente matar un animal y comerlo. El faenado en sí mismo debe seguir un método muy preciso.
Asimismo, la lista de animales y aves kosher no incluye especies de rapiña. Al elegir qué comer y qué no, ejercitamos el autocontrol.
A propósito, los cabalistas enseñan que la comida tiene un elemento espiritual. Las leyes de comida kosher destacan a los alimentos beneficiosos espiritualmente y prohíben a los alimentos que bloquean nuestros conductos espirituales. También nos ayudan a evitar las fuerzas negativas apegadas a las especies no kosher y a los animales que no fueron faenados apropiadamente. Pero este es un tema para otro artículo.
El mayor regalo que El Eterno puede darnos respecto a los alimentos es la capacidad para desarrollar autocontrol. Si podemos hacerlo con los alimentos, podremos lograrlo también en otras áreas de la vida.
Ejercicio espiritual:
Esta semana, enfócate en lo que comes.
Pregúntate si hay ciertos alimentos que te resultan más difíciles que otros en lo que respecta al autocontrol.
¿Hay algunos denominadores comunes en los alimentos que te presentan dificultades?
Acerca del Autor:
El Rabino Max Weiman se crió en Filadelfia y estudió música clásica y bellas artes. Después de la universidad, recibió la ordenación rabínica del Gran Rabino de Jerusalén. Ahora vive en St. Louis y es autor del sitio web kabbalahmadeeasy.com
Una guía integral desde la sabiduría de la Torah para vencer el sistema reptiliano, recuperar tu honra y sanar la vasija de tu alma.
Por P.A. David Nesher
Como experto en la Torah y en salud holística, es un honor para mí presentarte este ensayo. A lo largo de mi investigación y experiencia, he podido comprobar que la división entre el cuerpo, el alma y el espíritu es tan solo una ilusión de la mente occidental moderna. La instrucción sagrada, en su profunda sabiduría codificada, nos revela que la anatomía humana es un mapa espiritual donde cada órgano tiene una función tanto fisiológica como anímica.
A continuación, expongo de manera pedagógica y académica la magistral interconexión entre nuestro sistema emocional, nuestro diseño cerebral y nuestra salud corporal, tomando como eje central el hígado, el verdadero motor de nuestra vitalidad psíquica.
La Consciencia de Reino: Cerebro, Corazón e Hígado.
Para comprender el diseño del ser humano desde una perspectiva superior, debemos mirar la figura del Rey. Quienes poseen una verdadera consciencia de reino deben cuidar estrictamente tres órganos principales, tal como lo hacen los monarcas físicos en la actualidad, quienes evalúan su salud empezando por el hígado.
El idioma hebreo nos revela este secreto anatómico de forma fascinante. La palabra hebrea para rey es Melek, la cual se forma con las letras iniciales de estos tres órganos vitales:
M por Moaj (Cerebro).
L por Lev (Corazón).
K por Kaved(Hígado).
Este código lingüístico (Mem, Lamed, Kaf) establece una jerarquía y un flujo de vida: un hígado sano garantiza un corazón seguro, lo cual permite que se desarrollen pensamientos de nobleza en el cerebro. Si el hígado fracasa en su función de procesar la toxicidad emocional, el corazón se vulnera y la mente pierde su claridad.
El Hígado (Kaved) y el Peso de la Honra (Kavod).
A nivel fisiológico, el hígado participa en un promedio de seiscientas funciones orgánicas, destacándose en la vitalidad, la asimilación y la desintoxicación del cuerpo. Sin embargo, su función espiritual es aún más profunda. La palabra hebrea para hígado, kaved, deriva de la misma raíz que kavod, que se traduce como honra o gloria.
El hígado es el centro absoluto del temperamento, el carácter y las respuestas emocionales. Por consiguiente, cuando una persona sufre deshonra —especialmente a través de maltratos, ausencias y agresiones durante sus primeros ciclos de vida (de 0 a 7 años, de 8 a 14 y de 14 a 21 años)—, el impacto se registra directamente en este órgano. El Zohar enseña que entidades espirituales de oscuridad, como Lilit y Samael, se especializan en atacar la vida intrauterina y la infancia temprana con el objetivo de bloquear las emociones desde la niñez, saboteando así el diseño original de salud y alegría.
Para sanar verdaderamente, he comprobado que el individuo debe abandonar el ocultamiento. Debe atreverse a contar los secretos dolorosos, perdonar las afrentas y reclamar la honra que le fue robada en la infancia.
El Sistema Reptiliano frente a la Vida Cíclica.
Uno de los grandes obstáculos para esta sanación es lo que denomino el «sistema reptiliano«. Anatómicamente, este sistema corresponde a la parte más baja del sistema nervioso central (cerebelo, bulbo raquídeo, médula espinal) y está genéticamente codificado para la supervivencia constante.
Vivir bajo el dominio de este sistema nos empuja a buscar el placer rápido, la gratificación inmediata (la mentalidad de Edom) y nos encierra en un pensamiento estrictamente analítico, lógico y lineal. En este estado, narramos nuestra vida como meros datos históricos, vaciándolos de toda emoción y vitalidad. Nos convertimos en víctimas, culpando al entorno y viviendo paralizados por el miedo y la culpabilidad, una condición espiritual análoga a la esclavitud en Egipto (Mitzrayim).
La Torah nos propone una salida terapéutica: abandonar la mentalidad lineal y abrazar un relato cíclico. La celebración de los ciclos espirituales, como la Luna Nueva (Rosh Jodesh), rompe la manipulación reptiliana. Al repetir cíclicamente estas festividades, no nos estancamos, sino que ascendemos a nuevos niveles de entendimiento y revelación, cerrando etapas dolorosas y experimentando una verdadera evolución.
La Alquimia Emocional: Riñones y Vesícula Biliar.
Junto al hígado, los riñones son el otro gran motor de la vitalidad corporal. Mientras el hígado procesa, los riñones equilibran nuestro interior con el exterior, otorgándonos la capacidad psíquica de saber reaccionar adecuadamente hacia nuestro entorno.
Por otro lado, debemos prestar especial atención a la vesícula biliar. El hígado produce la bilis, que se acumula en la vesícula. El término hebreo asociado a la bilis está relacionado con la raíz mar, que significa amargura. En la vesícula es donde se acumula «la fuerza de las decisiones». Cuando tomamos decisiones equivocadas o cerradas desde una mentalidad de supervivencia, generamos una profunda amargura. Físicamente, esta bilis amarga se cristaliza y se convierte en cálculos (piedras biliares). Para evitar llegar al quirófano, debemos vigilar de qué alimentamos nuestra alma para que acumule buen humor en lugar de rencor.
El Altar del Corazón y el Simbolismo de los Sacrificios.
En el libro de Levítico (capítulo 9), encontramos un manual de psicología espiritual codificado en forma de rituales. Se ordenaba quemar sobre el altar «la grosura (grasa) de los riñones y el diafragma del hígado» de la ofrenda de expiación.
El altar es una metáfora directa de tu corazón. La grasa del hígado y los riñones simboliza nuestras emociones obstruidas y pesimistas. Si no entregamos conscientemente estas emociones bloqueadas al Creador para que sean «quemadas» y purificadas, la Presencia Divina no podrá levantarnos en nuestra cotidianidad.
Asimismo, los sacrificios utilizaban la sangre para representar el dolor y la fricción de la vida, mientras que el humo blanco que se elevaba representaba la victoria sobre ese dolor sensorial. Lograr que nuestro dolor se transforme en elevación es la verdadera definición de santidad.
Inteligencia Emocional Espiritual (Binah) y el Poder del Presente.
Cuando un individuo desbloquea sus emociones —dejando de reprimir, pues la represión intoxica el hígado y desconecta el alma del cuerpo, de forma idéntica a una borrachera— recupera la claridad mental y la alegría.
Esta claridad es la base de lo que llamo Inteligencia Emocional Espiritual, o Biná. Biná no es una fantasía mágica; es la región mental donde vibran los pensamientos del Creador. Al tener un hígado sano y emociones purificadas, te conviertes en un canal para recibir «grandes ideas» capaces de cambiar la historia de tu comunidad y de bendecir a otros. El buen humor y la firmeza en las decisiones aseguran un destino de propósito.
Además, esta inteligencia emocional nos ancla en lo verdaderamente valioso: el presente. La gran idea de Dios no es una religión pasiva, sino manifestarse en la humanidad. Por ello, el día más importante en la vida de un redimido es «el hoy». Es en la cotidianidad donde, a través de pequeños actos de luz y benevolencia, demostramos que nuestro carácter ha sido transformado y que existe salvación.
El Cuidado Físico de la Vasija.
Nuestro cuerpo es la vasija de nuestra alma. Lo que le ocurre a la vasija afecta al alma, y viceversa. Por ello, la restauración debe ser holística.
Para asistir a nuestro hígado en su sanación, recomiendo prácticas concretas que detienen el daño físico y abren paso a la sanación emocional:
Tomar en ayunas jugo de limón exprimido con agua tibia y miel.
Darle descanso al hígado mediante ayunos semanales o días exclusivos de ingesta de frutas.
Limitar el consumo de carnes únicamente al día de reposo (Shabat).
Incorporar el consumo de infusiones amargas que estimulan la función hepática, como la carqueja, el ajenjo o el cardo mariano.
Conclusión
Como has podido observar en este análisis profundo, tu salud hepática es un reflejo de tu salud espiritual. Desbloquear tus emociones reprimidas no es solo una terapia, es un acto de redención. Al sanar las heridas y humillaciones de tu pasado, tu hígado se purifica, tu sangre fluye transportando vitalidad, tu corazón se estabiliza y tu cerebro se ilumina. Así, pasas de ser un esclavo del sistema reptiliano a convertirte en un verdadero Melek, un rey o reina que gobierna sus circunstancias con la sabiduría del Eterno, bendiciendo el «hoy» y transformando su entorno.
Si te interesa ampliar esta temática te invito a escuchar mi conferencia AQUÍ:
Y en el Octavo día, Moisés llamó a Aarón, a sus hijos y a los ancianos de Israel. Y le dijo a Aarón: ”Toma para ti un becerro para sacrificio expiatorio y un carnero sin defecto para holocausto y ofrécelos al Eterno”.
(Vayikrá/Levítico 1:1-2)
Sheminí quiere decir octavo, y la parashá de esta semana comienza diciéndonos «y en el octavo día»… ¿Por qué el octavo día es tan importante que encabeza el nombre de una Parashá?. Porque el octavo es la posición de la sefiráh de Binah cuando la miramos desde Malkut. El octavo es nuestro objetivo primordial.
«Así como el concepto «séptimo» alude a la naturaleza cíclica (como los siete días de la semana, los siete años del ciclo sabático, los siete ciclos que conforman el Jubileo), el concepto «octavo» alude a la ruptura de la rutina cíclica de lo natural y se erige como metáfora de los valores superiores que trascienden de la naturaleza.» [comentario de la Torat Emet].
Debemos recordar que el Mishkán (Tabernáculo) es para el pueblo de Israel el equivalente al corazón en el cuerpo del ser humano. Cuando el corazón hace circular la sangre por las arterias y venas, entonces la persona tiene vida y de la misma manera el Tabernáculo era la base que sostenía la espiritualidad del pueblo de Israel. Para que el pueblo fuera meritorio de que la Presencia Divina reposara entre ellos siendo el oxígeno que los mantiene vivos, tenían que demostrar que verdaderamente lo deseaban.
El Eterno eligió el octavo día para la inauguración del Tabernáculo porque el número ocho representa todo aquello que está por encima de la naturaleza, aludiendo a los mundos más elevados. Esto le enseña a la persona que el día en el cual YHVH descendió para posar Su Presencia entre el pueblo de Israel, ella debe intentar elevarse y apegarse a los mundos superiores. A pesar de que la persona es una creación de carne y hueso, hecha de materia inerte, ella recibió un alma espiritual que pertenece a los mundos más elevados y que le permite crecer y superarse, desconectándose de lo material y de las vanidades mundanas que la rodean, apegándose a los mundos que se encuentran por encima de la naturaleza.
El objetivo primordial de la existencia humana es lograr servir al Señor con calidad total, alcanzando día a día la manera más perfecta posible, hasta el punto de merecer que la Presencia Divina pueda posarse sobre la persona elevándola hacia el octavo mundo; es decir, más allá de la naturaleza.
Cuál es la función de la persona en este mundo: intentar apegarse a los actos de YHVH cumpliendo con lo que fue dicho en el Talmud: «Así como Él es, así también tú debes ser» (Shabat 133b), y de esta manera elevarse a los mundos superiores representados por el número ocho.
La cercanía con el Eterno exige sumo cuidado en todos nuestros actos aquí en la Tierra, ya que ellos son portales por los que el Rey de la Gloria ingresa al plano de la fisicalidad y la transforma por medio de milagros.
Al comenzar la bitácora dejé establecido que el octavo es nuestro objetivo primordial porque es la posición de la sefiráh de Binah cuando la miramos desde Malkut, es decir desde el Mundo Físico.
Binah es la sefiráh divina cuya energía divina sostiene todos los planos existenciales. Por lo tanto, esta semana la energía de éxito y sustento está disponible para todos aquellos que la quieran. Sólo debemos clamar para que el Espíritu de la Profecía nos revela cómo lograr la certeza de esta conexión, lo cual nos permitirá tener la perseverancia que necesitamos para alcanzar la victoria que Yeshúa, el Mesías, ha obtenido para nosotros. Recuerden que victoria y perseverancia se escriben con la misma palabra hebrea: Netzaj. Esta sefiráh es la que extrae la Luz que se genera en Tiferet (después que se logra un balance entre el dar de Jesed y el recibir de Guevuráh).
¿Cómo hacemos para que esta Luz de Binah entre en nuestro mundo? ¿Cómo hacemos para poder conectar con esa Luz? Pues estudiar esta porción es una de las maneras, porque los días de la semana son como un cóctel de influencias astrales, y traen impreso los desafíos de cada aspecto de las sefirot emocionales. Aceptemos una vez mas que el estudio de la sabiduría de la Torah es la herramienta más eficaz para transitar la vida con sabiduría y conocimiento.
Interesante resultará saber que esta parashá tiene 91 versos. Ya hemos dicho que muchos datos numéricos como este sirven para profundizar en la emunah (fe) escondida en las letras de las Sagradas Escrituras usando la gematría de las misma. Bien, resulta que el número 91 es el resultado de hacer una trenza entre las cuatro letras del Nombre de Dios ( יהוה Yud Hei Vav Hei) con Adonay (Señor), que es el mismo Nombre de Dios que ha descendido a este mundo, cambiando de nivel.
Veamos esta ecuación y la herramienta de meditación que nos entrega la sabiduría de la Torah, en esta disciplina de santificar el Nombre de Dios:
Nombre de Dios: YHVH
יהוה
Éste es la expresión del sistema del Árbol de la Vida sin defecto alguno (por eso para muchos es impronunciable). Su guematria es:
י Yud=10;
ח He=5;
ו Vav=6;
ח He=5.
Total: 26.
Nombre de Dios: Adonay
אדני
A través de éste nombre, Dios actúa en nuestro mundo somo el Soberano de todo. Como en este Nombre Yud He Vav He se ha cambiado de ropaje (ha bajado su frecuencia) para adaptarse a nuestro mundo, podemos pronunciarlo: Adonay.
א Alef=1;
ד Dalet=4;
נ Nun=50;
י Yud=10.
Total: 65.
Al meditar y pronunciar Adonay, estamos declarando que el Eterno es el Amo y Señor majestuoso de toda la Creación. Decimos a todos los planos existenciales que el Eterno es nuestra autoridad plena.
¿Qué es esto de la trenza de los nombres y cómo se realiza?
La trenza o yijud (también traducido como unificación) de un Nombre Divino representa la unión de la Luz con la vasija. En este caso, el Nombre de Dios Yud Hei Vav Hei es la Luz y Adonay es la vasija. Por lo tanto, se crea una secuencia al introducir las letras del nombre Adonay en medio de las letras del Nombre de Dios de más alta frecuencia (siempre comenzando de derecha a izquierda). Entonces, queda así:
יאהדונהי
Guematria 26 + 65 = 91.
Así pues, este Nombre Divino corresponde al número de versos de la parashá. Por tanto, meditando y orando con en este nombre todas las mañanas, atraemos la energía completa de esta porción: la energía del 8. Esto significa que cada mañana al despertar, debemos aceptar humildemente que estamos peregrinando hacia un Mundo Mejor que este que hoy conocemos a través de nuestros sentidos físicos, y que para llegar a alcanzarlo, deberé primeramente humillarme ante el Dueño de todo e invocarlo para que pueda santificar Su Nombre a lo largo de mi jornada laboral, en cada acción que realice.
Por eso, el Olam Havá (Mundo Venidero) está reservado para todos aquellos que formando parte del Pueblo de Israel, reconocen que HaMashiaj (el Mesías) ya vino en la persona de Yeshúa, y que este por su obediencia hasta la muerte, y muerte de cruz, ha sido elevado por Dios hasta lo sumo, y se le ha dado un Nombre que es sobre todo nombre. Dicho nombre es este yijud poderoso (YHVH Adonay), y sólo en este nombre se puede recibir la energía que esta parashá nos revela.
Considerando todo esto, lograremos entender que la razón por la cual la Torah nos prohibió consumir los animales impuros es porque estos provocan en la persona una tendencia hacia la crueldad y el pueblo de Israel debe ser un pueblo santo en el cual reine la cualidad de la benevolencia (jesed). En el futuro YHVH hablará con cada uno de los miembros del pueblo de Israel, tal como está escrito:
«Sus hijos y sus hijas profetizarán». (Joel 3:1)
En consecuencia, ningún integrante del pueblo puede alimentarse con algo impuro porque sus bocas dirán las palabras de Yahvéh. Esto es lo que nos enseñan las palabras de este versículo: que Moshé y Aharón les avisen que en el futuro Dios les hablará a cada uno y por eso no deben comer animales impuros.
Estamos llamados a desarrollar la misma actitud que hubo en Yeshúa el Mesías, mientras caminó como el Hijo del Hombre sobre la Tierra (Malkut). Es decir, desarrollar tal calidad de Avodáh (servicio sacerdotal) que logre la sublimación y elevación de lo terrenal a las esferas celestiales. Así se permite a la Shekináh (Presencia) de la Luz Infinita manifestarse en medio del mundo natural, permeando a toda la materia, y haciendo que todo lo creado se someta al señorío absoluto del Eterno.
Entonces esta parashá nos deja bien claro el concepto que cada uno de los redimidos, con nuestras buena obras, refinamos las cosas de la fisicalidad y a la vez nos autorefinamos para elevarnos junto con ellas a dimensionalidad de plenitud celeste.
Para lograr la eficacia de esta vocación, y alcanzar excelencia en nuestra misión, debemos aceptar que necesitamos atraer la Luz al mundo material, acercándolo por medio de nuestro esfuerzo de elevarnos en conciencia. Por esto, tenemos que cuidarnos de nuestras obligaciones materiales para poder penetrar en el mundo espiritual.
Para lograr la eficacia de esta vocación, y alcanzar excelencia en nuestra misión, debemos aceptar que necesitamos atraer la Luz al mundo material, acercándolo por medio de nuestro esfuerzo de elevarnos en conciencia. Por esto, tenemos que cuidarnos de nuestras obligaciones materiales para poder penetrar en el mundo espiritual.
Tenemos que prepararnos para la llegada del Rey. Para ellos debemos cuidar nuestro aspecto físico, tanto interno como externo. Cuidar la forma de vestir, la imagen, la higiene tanto física como mental. Observando nuestra forma de ser sociales, hasta incluso alimentándonos equilibradamente, siguiendo una dieta estrictamente profética.
La implicación es elocuente: observar las normas de pureza e impureza tratadas en esta sección (parashá) y las posteriores, lleva a cada redimido a elevarse por sobre lo mundano e incorporar en su ser los valores supremos de lo «octavo», es decir el carácter mesiánico que todo lo puede.
Notamos que desde los albores mismos de la historia bíblica, cuando el Eterno hubo establecido a Adám en el Huerto de Edén, el primer mandamiento que fue dado al hombre tenía que ver con la comida. Así pues, leemos:
«Dijo Dios: «He aquí que os doy toda planta que porta simiente -que hay en toda la faz de la tierra y todo árbol que contiene fruto portador de simiente, para vosotros será como alimento.»
(Génesis 1:29)
Posteriormente descubrimos que el pecado entró en el mundo por medio de una comida prohibida.
«De todo árbol del huerto comer, podrás comer, empero del árbol del conocimiento del bien y del mal, no habrás de comer de él … « (Génesis 2:16-17)
Con estas palabras se manifiesta la preocupación divina por la alimentación de los seres (Adám y su mujer) a quienes había creado. Por tanto, si el Eterno considera que es importante lo que el ser humano come, debe serlo también para el hombre mismo. Es Yahvéh quien establece lo que es muy importante y lo que no es tan importante para el hombre. Las Sagradas Escrituras enseñan que la comida es muy importante. En la cosmovisión yahvista la comida tiene mucho que ver con la santidad y con el pecado.
Siguiendo esta idea advertiremos en la Torah tres etapas de revelación divina en lo que a la alimentación del hombre se refiere:
Desde la Creación hasta el Diluvio. En esta etapa, los únicos alimentos permitidos al ser humano eran los arriba citados (Gén. 1: 29), es decir, vegetales y frutos.
Desde el Diluvio hasta Moisés: «Todo lo que se mueve, todo lo que vive, para vosotros será para comer, como la verdura y las plantas, a vosotros os he entregado todo. Pero, carne con su vida -su sangre- no habréis de comer» (Génesis 9:3).
Desde Moisés hasta hoy: En nuestro capítulo, Levítico 11 y Deuteronomio 14:3-21, donde la Toráh enuncia las normas que tipifican y dividen a los animales, peces y aves, en dos categorías los «hatehorím venatemeím» (los puros y los impuros), permitiéndonos la Torah comer solamente los tipificados como puros, y pidiéndonos rechazar como abominables a todos los impuros.
Ahora bien, esta sucesión de hechos, y las mismas leyes alimentarias que la Torah enuncia, han sido motivo de profundos estudios por parte de los exégetas e intérpretes de la Torah en cada generación.
De limitamos rigurosamente al contexto bíblico, resulta evidente que las leyes alimentarias persiguen una finalidad: convertimos en personas consagradas a la Torah y a la bondad forjando en nosotros un carácter sobrio, y desarrollando en nosotros la moderación en los hábitos alimentarios, para que ello repercuta en nuestras actitudes y nuestras acciones.
En palabras de la Toráh:
«Veanshé kódesh tihiun li ubasár basadéh terefáh lo tojelu laquelev tashlijún otó»
(«Y hombres consagrados habréis de ser para Mí. y carne devorada en el campo no habréis de comer, a los perros habréis de arrojarla.»)
(Éxodo, 22:30)
Además, en Deuteronomio se nos recuerda que, ya que somos un pueblo consagrado por Yahvéh y para Él, por lo que no deberemos comer nada que sea abominable. Y a renglón seguido, la Torah enuncia los nombres y características de los animales, peces y aves que podemos comer, alejándonos de los otros, que deberemos repudiar.
Para lograr una sincera comprensión de todo esto, es necesario recordar que aquellos mandamientos que tratan sobre animales que son comestibles o no, son considerados jukim, lo que implica que no tienen ninguna explicación lógica. Se han intentado dar muchas explicaciones acerca del por qué ciertos animales son considerados impuros y otros puros, pero al fin y al cabo el hombre tiene que reconocer que no entiende del todo la razón por la que el Eterno dio estas instrucciones. Es muy probable que nunca podamos tener una explicación satisfactoria en cuanto a la razón por la que ciertos animales son considerados impuros por Yahvéh. La razón por la que debemos considerar estos animales como impuros es porque la Instrucción divina dice que son impuros. Profundizar más allá de lo escrito, siempre conlleva el riesgo de producir interpretaciones erróneas que pueden llevar a la confusión mental de los escogidos.
Una comida o un objeto que es considerado apto para el uso de un hebreo es llamado kasher, que significa “correcto”, “recto”, “aceptable”, “apto”. La palabra aparece tres veces en las Escrituras, (cf. Eclesiastés 10:10; 11:6; Ester 8:5).
Por lo tanto, la finalidad principal de las leyes alimentarias de la Torah tienden a «kedusháh vetaharáh«, que traducido es «la consagración y la pureza» del alma redimida.
Cabe recordar que las leyes de «kashrut» (alimentación apta para ser comida de acuerdo con nuestra Torah) incluyen el no ingerir sangre animal, ni comer ningún alimento que mezcle carne con leche, en ninguna de las formas posibles. Por lo tanto, el objetivo de las normas del kashrut es en realidad proteger y cuidar la salud espiritual y la pureza interior del ser humano.
Está científicamente comprobado que el ser humano es lo que come. La calidad de la comida que uno ingiere afecta su salud, personalidad y sensibilidad. Los animales que la Torah nos prohíbe contienen características negativas. El consejo divino apunta a que nos abstengamos de comerlos para no incorporar sus características en nosotros.
La sangre contiene la fuerza vital del animal. No conviene ingerir esa faceta tan animal para que forme parte de nosotros.
La mezcla de carne con leche representa la mezcla de la vida con la muerte. No corresponde. Cada uno tiene su lugar.
La calidad de kashrut de los alimentos que comemos y de los cuales el cuerpo se nutre y se desarrolla determina si el cuerpo será un estorbo para el alma o una herramienta sensible por medio del cual el alma se podrá expresar con facilidad.
De este modo para el hebreo, la santidad no se limita a los lugares y momentos sagrados, por que toda la vida en si es sagrada. Incluso la actividad aparentemente frívola como es comer es de por si un acto divino.
Por lo tanto, el kashrut no fue establecidas por razones médicas; es más bien una senda para alcanzar la perfección espiritual, descrita en la Torah como «kedusháh» (o santidad).
Todo el sistema de Torah actúa, en última instancia, conforme a la relación que tenemos con el deseo, lo material, lo sensorial y corpóreo. Al transformar el aspecto animal e instintivo que hay en el hombre logramos forjar el recipiente apto para contener los grados superiores, es decir: lo espiritual por excelencia. Eso es santidad en la cosmovisión divina. Justamente en Vayikrá/Levítico 11, al final de la sección que se dedica a especificar lo que se puede y lo que no se puede comer, concluye con este llamado divino:
«Porque yo soy Yahvéh, vuestro Dios; vosotros os santificaréis y seréis santos, porque Yo soy santo» (Vayikrá/Levítico 11:44)
Ahora, te invito a considerar esta ENSEÑANZA del por qué y para qué de las LEYES DEL KASHRUT:
«Esto podréis comer de todo lo que hay en el agua: todo lo que tiene aletas y escamas en el agua, en los mares y en los ríos, ésos podréis comer.»
(Levítico 11:9)
Dos detalles tenían que ser tenidos en cuenta por los hebreos al comer pescados: que estos tuvieran aletas y escamas a la vez. Estos detalles anatómicos trascendían el aspecto físico de estas criaturas marinas. Por el contrario, poseían un fuerte contenido profético, ya que su simbología establecía la calidad de adoración que un hebreo debía presentar en su diario vivir.
Recordemos que los peces en el agua también simbolizan a Israel y la Torah; así como el pez solo puede vivir en su medio propicio, el agua, también Israel vive solo por medio de la Torah, sumergida totalmente en sus «aguas». Por esto, el mandamiento de comer todo pez que posea aletas y escamas simultáneamente está impregnado de una codificación yahvista que permite al alma hebrea desarrollar plenamente su propósito mesiánico en este mundo. Decodifiquemos pues los detalles divinamente requeridos.
Las “escamas”, simbólicamente hacen referencia al temor al Cielo, es decir a los juicios. Mientras que las “aletas” hacen referencia en su simbología al amor al Eterno.
Las “escamas” protegen al pez, del mismo modo, el temor al cielo protege a la persona de no ir por mal camino.
Las “aletas” permiten al pez avanzar, del mismo modo, el amor al Eterno, hace a la persona progresar en su vínculo con la divinidad.
Dice el Talmud para explicar esto dice: “Todo pez que tiene escamas tiene aletas, pero no todo pez que tiene aletas tiene escamas”. Esto significa que toda persona que se sumerge en el “agua” de la Torah, y por ende desarrolla “escamas” (Temor al Cielo), de seguro que desarrollará a lo largo de su peregrinar el amor al Eterno, ya que tiene una buena base para fundamentar su comunión con Él. Pero quien solo tiene “aletas” (amor al Eterno), no necesariamente tiene “escamas”, es decir temor al Cielo, ya que el amor en el ser humano puede ser un sentimiento fugaz y no fundamentado.
El temor que produce la sumisión a la voluntad del Eterno, conforman la raíz y base del servicio divino. Sin dicho temor no hay crecimiento sólido.
Luego de que la persona humana toma conciencia ante quien está parado, puede construir su espiritualidad edificándola en el amor a Dios.
«Y entraron Moisés y Aarón en el tabernáculo de reunión, y salieron y bendijeron al pueblo; y la gloria de Yahvéh se apareció a todo el pueblo.
Y salió fuego de delante de Yahvéh, y consumió el holocausto con las grosuras sobre el altar; y viéndolo todo el pueblo, alabaron, y se postraron sobre sus rostros.»
(Levítico 9:23-24)
En los códigos mismos de los secretos que vibran en las letras de la Instrucción (Torah) divina el “fuego proveniente de los alto” demostró como el Eterno estaba complacido con la obra de sus criaturas en la Tierra.
Cuando Yahvéh creó el mundo, Su Gloria llenaba toda la Tierra, provocando esto una grande, profunda e ilimitada alegría en todas las dimensiones existenciales del planeta.
Los errores de comportamiento la primera humanidad (Adán y Eva) originaron que la gloria divina se alejara de este mundo. Sin embargo, esta dimensionalidad de alegría celestial logró retornar nuevamente a la Tierra, cuando la Presencia divina entregó la Torah en Sinaí, y posteriormente cuando el Eterno ordenó erigir el Santuario (Mishkán) en el desierto.
Es por eso que dice la Torah en referencia a la iniciación del Santuario que el pueblo “vio y entonó una canción de alabanza…” (hebreo original), ya que la alegría había vuelto al mundo con el objeto de restaurarlo a su diseño original para que el Mesías se manifestara y elevara toda la creación a Yahvéh como Padre Eterno.
Con esto aprendemos que la tristeza es la falta del Eterno en el interior de la persona humana, cuando esta no cumple con su propósito y misión. Por eso, debemos aceptar que la función de cada ser humano es atraer la Gloria divina sobre su persona, logrando así el estado de alegría y regocijo permanente.
“No os hagáis abominables por causa de ningún animal que se arrastra; y no os contaminéis con ellos para que no seáis inmundos. “Porque yo soy el Señor vuestro Dios. Por tanto, consagraos y sed santos, porque yo soy santo. No os contaminéis, pues, con ningún animal que se arrastra sobre la tierra. “Porque yo soy el Señor, que os he hecho subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios; seréis, pues, santos porque yo soy santo.”
(Levítico 11: 43-45)
Repasemos lo que hemos visto en esta semana:
Después de ocho días desde la iniciación de los rituales para ungir a Aarón y sus hijos como sacerdotes, asumieron sus cargos. Toda la congregación estuvo frente al altar, mientras Aarón ofrecía sacrificios por sí mismo y por todo el Pueblo de Israel. Luego Aarón alzó sus manos hacia el pueblo y los bendijo. Posteriormente, Moshé y Aarón entraron al Mishkán y los restos de sacrificios que aún había, fueron consumidos por un fuego divino. Ante este hecho, el Pueblo se arrodilló, en actitud de adoración al Eterno.
Dos hijos de Aarón, Nadab y Aviú, tomaron inciensos nunca indicados por el Eterno para su uso, y los encendieron en el Santuario, presentando ante el Creador un fuego extraño. Fue entonces, que apareció un gran fuego que les produjo la muerte. Sus cuerpos fueron retirados por Mishael y Eltzafán, hijos de Uziel, tío de Aharón, y llevados fuera del campamento. Este hecho conmovió a Aarón, pero Moshé le explicó que los kohanim (sacerdotes) tenían la responsabilidad de salvaguardar el nivel de santidad que Yahvéh requirió. Aarón y sus dos hijos restantes, Eleazar e Itamar fueron instruidos por Moshé de no exteriorizar aflicción, siendo sumisos a la voluntad del Eterno.
El Todopoderoso le dijo a Aarón, que los kohanim no debían beber vino o licor antes de entrar al Tabernáculo, para cumplir con sus deberes en el Mishkán o al instruir al Pueblo.
Pues bien, hoy, nos toca considerar acerca de lo que el Eterno ordenó a Moshé y a Aarón para que instruyeran al Pueblo sobre su alimentación. Podían comer carne de animales, pero debían observar que no fueran impuros, no kasher o kosher. Kosheres una palabra que deriva del hebreo Kashrut que significa “puro”. Por lo tanto, si aplicamos la palabra kosher al ámbito de la comida y la alimentación nos referimos a alimentos puros o mejor dicho aptos en cuanto a seguridad alimentaria y calidad, para ser consumidos por los hijos de Israel, y así fortalecernos en su espiritualidad.
Desde esta definición, me veo obligado a decir que si bien kashrut nos aporta muchos beneficios relacionados con la salud, como algunos argumentan como prioridad en la exégesis de este pasaje, en realidad estos son «beneficios» y no «razones«. Sin embargo, el Eterno, al dar las leyes del kashrut, quiere que usemos nuestro intelecto y entendamos sus mandamientos primordialmente desde una sentido espiritual, para llevarlos a la praxis de la mejor manera que podamos. El kashrut debe ser visto como «nutrición espiritual«: de la misma forma que hay alimentos que son buenos para el cuerpo y alimentos que son dañinos, hay alimentos que nutren el alma hebrea y la refinan espiritualmente, y hay alimentos que afectan al alma redimida, intoxicándola con lo reptiliano.
En la cosmovisión divina de nuestro diseño original, nuestro cuerpo es visto como un instrumento de lo que el alma recepciona del espíritu. Según las Sagradas Escrituras nuestra alma desea hacer mitzvot, es decir cumplir con los mandamientos de la Instrucción (Torah) realizando las acciones correctas que la acerquen a la semejanza con Dios a través del Mesías (Romanos 7: 14-25). Para ayudar a nuestra alma, nuestro cuerpo debe participar también de esas acciones. Por ello, cuando comemos, el alimento deja de ser un elemento extraño y se asimila al organismo y también el componente espiritual (energía vital) de ese alimento es integrado al torrente de vida de la persona. Por lo tanto, nuestro cuerpo físico es modificado por lo que lo alimenta y el espíritu humano altera su condición con el mismo.
El kashrut es la dieta que el Eterno ofrece para desarrollar la espiritualidad de Su Pueblo. Este pasaje enseña que la comida no kosher bloquea el potencial espiritual del alma. En cambio, los animales kosher, propiamente matados y preparados, tienen más «chispas de santidad» que serán incorporados a nuestro ser.
Al leer este capítulo, notamos que solamente se puede ingerir carne de animales cuadrúpedos que tuvieran pezuñas partidas y rumiantes. Por lo tanto quedó prohibido comer carne de camellos, conejos, liebres y cerdos.
De los animales que viven en el agua, sólo aquellos que tienen aletas y escamas. Todos los demás quedaron prohibidos para consumir, como ser los moluscos.
De las aves, fueron prohibidas las de rapiña, como el águila, buitre, etc. También son impuros los insectos y otros seres que se arrastran, como ratón, comadreja, lagarto, caracol, reptiles, etc.
Al investigar las razones esenciales de estos preceptos, se nos devela que la pureza y la santidad son bases en la vida de los hebreos. Así se entiende que prioritariamente Yahvéh le dio a Israel las leyes dietéticas para hacerlos santos. La palabra santo no se refiere necesariamente a una calidad moral o ética. Significa ser apartado para el Señor. Los requisitos distintivos de las leyes dietéticas (kashrut) de la Torah lograban que los hebreos se obligaran a agruparse en comunidades de propósito celestial al tiempo que limitaban sus posibles interacciones con otras comunidades conectadas al sistema reptiliano. Es que el pueblo de Israel había sido llamado a ser una nación sacerdotal para el Eterno y por eso tenía la obligación de separarse de las cosas y los animales que producen impureza ritual, y que en las naciones cananeas era tan importante consumir para atraer el favor de sus dioses.
Hemos aprendido hasta ahora que los sacrificios son el pan del Eterno y él sólo podrá “comer” animales que son limpios. Por eso Él no permite que sus hijos que pueden vivir cerca de su morada, coman cosas que Él no puede recibir en sacrificio. Sus hijos tienen que imitar la conducta de su Padre (comparar con Deuteronomio 14:1-21).
Todo lo prescrito en la Instrucción (Torah) enseña que un hijo de Israel que come un animal impuro se vuelve ritualmente impuro, en hebreo tamé, (para un mejor entendimiento de esta idea divina los invito a leer el concepto de Perfeccionamiento), y si come animales abominables se vuelve también abominable para el Eterno, como está escrito en Levítico 11:43-44. De este modo, la revelación de la Torah implantó en la mente de los hebreos que la Presencia del Eterno en medio de ellos exige una dieta más estricta para que el tabernáculo no sea contaminado por ellos a la hora de entrar en él (7:21).
Con estas leyes de santificación ritual en la alimentación (kashrut), Yahvéh dejó bien claro que cada integrante de Israel se encuentra espiritualmente conectado con Él como Creador del mundo. Él es la fuente de la vida y dispuso que su pueblo se conecte con Él sacerdotalmente a través de un sistema que sea apropiado para la vida espiritual. Si bien todo lo que Yahvéh creó en su mundo tiene una finalidad en lo espiritual, hay niveles de acercamiento al Creador y hay niveles de vida espiritual. En este capítulo de Vayikrá queda revelado que el pueblo de Israel se eleva a través de los preceptos a un nivel de conexión con la fuente de la vida según las capacidades y potencialidades que son parte de su propia esencia. Yahvéh, enseña así a sus hijos que la pureza es el instrumento que nos ayuda a conectarnos con este mundo espiritual y la diferenciación entre este mundo espiritual y aquello que no es tal, es el marco que nos marcará el ritmo de nuestra elevación como personas cada vez más espirituales.
Junto con el motivo de elevación espiritual, que enmarca la personalidad de Israel bajo un prisma de pureza, cuyo instrumento comienza a partir de lo que se consume, se desprende un elemento adicional en las conductas alimenticias del pueblo. El «kasher»es sin lugar a dudas una señal de identidad nacional, de una manera tajante por medio de sus normas se marca una diferencia clara entre el mundo de los hijos de Sión y el mundo externo. A través de este sistema nutricional, El Eterno impide que tanto los hijos primogénitos como aquellos que no lo son se sienten juntos en banquetes asimilatorios, haciendo una especial remembranza del pasado en Egipto: «Porque Yo, El Eterno, que te he hecho subir de la tierra de Egipto para ser para ustedes Dios, por lo tanto serán santos… y deberán diferenciar entre lo puro y lo impuro…» (Vayikrá 11: 41-47). Es decir, debido a que Israel es santo, separado, se le ha entregado un sistema de alimentos que tiene como consecuencia además una identidad como nación una separación de elementos morales extraños a la esencia del pueblo de Israel.
Mediante el kashrut el Pueblo Escogido se mantendrá consciente en que tiene una misión, la llamada «letakén et haolam» (לתקן את העולם), es decir reparar el mundo por medio de los códigos creativos revelados en la Torah. Entonces, descubrimos que este pasaje nos ofrece una dieta especial que nos recuerda nuestra misión y nos mantiene juntos como un solo pueblo para poder realizar esta Gran Comisión con excelencia.
Evidentemente la kashrut nos hace mejores personas, por lo que deberíamos respetar esta forma de alimentación, sin ponerla en duda, sin cuestionarla porque si proviene del Eterno, nuestro Dios, es bueno para nuestra vida.
Si logramos escoger nuestro alimento no solo a partir de necesidades materiales, sino que lo enmarcamos en una dimensión espiritual, habremos conseguido formarnos bajo una salud más espiritual y moral que física.
Por lo tanto, debemos entender que la dieta kasher es primordialmente espiritual. No promete hacer perder peso o a sentirse más saludable, sino que supone que cada uno de nosotros, practicándola, logrará refinar su alma, acorde a la imagen divina puesta por creación en nuestro espíritu, y activada por redención a través de la obra redentora de Yeshúa HaMashiaj.
Recuerda pues que, según nuestro Señor: ¡eres lo que comes!
Bitácora recomendable para completar este estudio: