Enseñanzas

Herramientas Cósmicas para Prolongar la Vida

«Y observaréis sus estatutos y mis juicios, pues cumpliéndolos el hombre vivirá por ellos; Yo soy el Eterno.»

(Levítico/Vayikrá 18:5)

 

Este texto nos muestra que hay vida en la obediencia a los mandamientos. Según el sabio intérprete (exégeta) judío Rashí, esto hace alusión a la vida eterna en el Mundo Venidero (Olam HaBá), ya que en este mundo el ser humano muere en definitiva. Sin embargo, la pregunta que surge es: ¿Hay vida eterna en el cumplimiento de la Torah o hay una larga vida en la tierra? La respuesta es: ambas cosas. En verdad, hay mandamientos que producen una vida larga debajo del sol y hay otros mandamientos que fueron dados para dar vida eterna al hombre. Por ejemplo el mandamiento que nos ordena creer en el profeta como Moshé (cf. Deuteronomio 18:15, 18) es uno de los que dan vida eterna, como está escrito en:

“Ellos respondieron: Cree en el Señor Jesús (Yeshúa), y serás salvo, tú y tu casa.”

(Hechos 16:31)

El apóstol Pablo, escribiendo a los discípulos de Roma enseñaba:

“Pues desconociendo la justicia de Dios y procurando establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque el Mesías es la meta de la Torah para justicia a todo aquel que cree. Porque Moshé escribe que el hombre que practica la justicia que es de la Torah, vivirá por ella. 

Además, la justicia que es de la fe, dice así:

NO DIGAS EN TU CORAZÓN: «¿QUIÉN SUBIRÁ AL CIELO?» (esto es, para hacer bajar al Mesías), o «¿ QUIÉN DESCENDERÁ AL ABISMO?» (esto es, para subir al Mesías de entre los muertos). Mas, ¿qué dice? CERCA DE TI ESTA LA PALABRA, EN TU BOCA Y EN TU CORAZÓN, es decir, la palabra de fe que predicamos: que si confiesas con tu boca a Yeshúa por Señor, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo; porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación.”

(Romanos 10:3-10)

Pues bien, considerando todo texto en el contexto correcto de la Instrucción, podemos afirmar que no existe contradicción alguna entre Moshé (Moisés) y Yeshúa (Jesús). Si fuese así, Yeshúa sería un falso mesías. Lo que el escritor a los Romanos enseña en el capítulo 10, es lo mismo que se revela en Levítico (18:5). Hay vida para aquel que practica la Torah, porque ella lleva a la persona humana al Mesías y a la justicia de la fe, la cual está citada en la Torah (cf. Deuteronomio 30:12-14). El problema surge cuando una persona intenta usar aquellos mandamientos que no son dados para vida eterna y cumplirlos en su propia fuerza para así obtener la salvación de su alma por los propios méritos.

Otra enseñanza falsa, que existe dentro de la parte apóstata del judaísmo (como los kabalistas), es que uno tendrá el derecho de entrar en el mundo venidero si las obras buenas pesan más que las obras malas. Esos caminos son engañosos y sumamente combatidos en Los Escritos Mesiánicos por los apóstoles del Mesías. Por ejemplo, permítanme compartirles lo que dice la traducción hecha por Dr. David H. Stern de Gálatas 3:12:

“Sin embargo, el legalismo no está basado en la confianza y la fidelidad, sino en una mala interpretación del texto que dice, EL QUE LAS HACE, VIVIRÁ POR ELLAS.”

Retomando el hilo conductor de nuestro versículo, diré que en el mismo se revela que la obediencia a los estándares de Yahvéh sobre la conducta sexual es esencial para la vida, y mucho más ahora es verdad en nuestros días donde prolifera el SIDA y otras enfermedades sexualmente transmitidas.

Lo que más llama la atención es que en nuestro versículo se habla de» אדם «, «Adám«, traducido como persona humana. Esta idea incluye a cualquier hombre, sea varón, sea mujer, de cualquier confesión. Es decir que la Torah en este caso no está hablando ni a los Kohaním (sacerdotes), ni a los levíim (levitas), ni a Israel, exclusivamente, sino a toda persona humana que quisiera aceptar los enunciados de la Torah. Esta idea tocó su punto culminante cuando los sabios del Midrásh dijeron: «Afilu goi vehosók baToráh Haré Hu que-Kohén Gadól» o sea que «cuando un gentil se dedica a la Toráh, es comparable en mérito al Sumo Sacerdote de Israel«.

Así el Eterno recalca que los mitzvot (mandamientos) son fuente de vida según la predisposición que tenga la persona al cumplir con los mismos. Yahvéh nos enseña que existen distintas motivaciones (entre los distintos grupos de personas) para la observancia de los preceptos de la Torah; pues hay algunos que observan pensando en la recompensa material de los mismos, mientras que otros observan la Torah desinteresadamente, buscando simplemente elevación espiritual.

Por eso, cuando los versículos de la Toráh hablan de la recompensa por el cumplimiento de las mitzvot, dicen: … «para que se prolonguen tus días» … «para que vivas y tengas largos días» … ya que este lenguaje de los versículos implica distintas categorías de «vida«, todas de acuerdo con lo que correspondiere a cada cual de los grupos de personas enunciadas.

Cuando leemos «…el hombre vivirá por ellos«, debemos entender que estas palabras han servido de base inequívoca para la idea enunciada de que los mitzvot (mandamientos) son fuente de vida, y no de muerte:  «Vajai bahém, Velo Sheiamut bahém«, es decir para que viva con ellos (los preceptos) y no para que muera por ellos. Por lo tanto, todos los mitzvot pueden ser transgredidos cuando la vida humana está en peligro. Sin embargo, esta ley general está limitada por tres excepciones, a saber:

  1. ejercer la idolatría,
  2. incurrir en derramamiento de sangre, y
  3. incurrir en relaciones incestuosas.

¡Por favor, eniténdalo bien! Un mitzvá (madamiento) es una conexión entre el mundo del ser humano y una Fuerza Superior, Su Fuente, Yahvéh, el Creador. A través de un mitzvá, usted toma parte de su pequeño mundo terrenal y lo hace más elevado.

¿La meta? Obtener de la vida todo lo que la vida debe darle. Y convertir al mundo en lo que el mundo debe ser. Porque la vida debe ser hermosa y el mundo debe ser divino.

 

El Sexualidad Mesiánica frente al Sexo Reptiliano

Por P.A. David Nesher

 

 

 

«No haréis según la práctica de la tierra de Egipto donde morasteis; ni obraréis conforme al uso de la tierra de Canaán, adonde Yo os llevo, ni actuaréis según sus costumbres. Cumpliréis con mis juicios y mis estatutos guardaréis, siguiéndolos; Yo soy el Eterno, vuestro Dios.» 

(Levítico 18:3-4)

En el capítulo anterior hemos estudiado cómo la Torah legisla leyes y promulga mandatos cuya finalidad última era desarraigar las normas y costumbres paganas, en las cuales la humanidad en general, e Israel en particular, estaban inmersos. Pero en este capítulo 18 de Vayikrá (Levítico), la Torah enfrentará a los hebreos con leyes claras y pertinentes todo lo referente a la sexualidad del hombre y de la mujer. Leyes para salvaguardar la moral social e individual, presentadas en un estilo parenético, con la fórmula estereotipada y enfática «Yo Yahvéh» («Yo Soy el Eterno«). Con esta afirmación, el Eterno establecerá una clara separación entre Israel y el resto de las naciones, al declarar este principio: “Me pertenecen, no harán como el mundo hace.”

Este texto muestra que los hijos de Israel han sido llamados a ser diferentes a los demás pueblos del mundo, especialmente cuando los pueblos son tan inmorales como los egipcios y los cananeos.  Los persas, por ejemplo, animaban a los varones a realizar uniones maritales con madres, hijas y hermanas, en base de que dichas relaciones tenían un mérito especial delante de los ojos de los dioses.

Israel está sujeta a una vocación que proviene del Mundo de Arriba. Cada miembro de Israel debía ver en estos paradigmas jurídicos las bases de una cultura verdaderamente humana, que los comprometía a ver en estas leyes una obligación moral estrechamente relacionada con la Alianza de Yahvéh que hacía de ellos un pueblo santo diferente de los demás.

Los hebreos hemos sido llamados a comer de una manera integral y diferente, vestir con estilos diferentes, hablar claramente diferenciados, etc. ¿Podemos entonces mirar las prácticas de los demás pueblos y hacer lo contrario? ¿Es eso lo que Yahvéh quiere enseñarnos con esta palabra? Hasta cierto punto esto está bien, pero si vamos a dejar que las prácticas de los paganos determinen nuestra conducta, es posible que dejemos de hacer algo que Yahvéh aprueba e incluso manda. ¡No vamos a dejar de hacer algo bueno sólo porque los demás lo hacen!

Por lo tanto, sigue el versículo 4 diciendo: “…habréis de cumplir MIS estatutos y guardar MIS leyes para andar en ellos.” Dejando así bien claro que no son los paganos los que determinan nuestra conducta, sino la Torah de Yahvéh. En el camino de restauración hay muchos ex cristianos que rechazan todas las cosas que hacen los cristianos. Pero sólo por el hecho de que se hagan ciertas cosas en el mundo cristiano no es una razón suficientemente fuerte para rechazarlo. Por ejemplo, no podemos dejar de leer las Escrituras porque los satanistas las estén leyendo. Esa actitud no es sana y al final llevará a la persona a desviarse del camino recto.

Cuando Dios creó el mundo, bendijo al varón y a la mujer con la capacidad de procrearse y perpetuar su simiente en esta, nuestra Tierra (Génesis 1:28). Sin embargo, cuando la primera humanidad escuchó la enseñanza de la serpiente, le entregó a esta la potestad de manipular la sexualidad como un instrumento de degradación, que conduzca a la humanidad al caos.

Por ello, más adelante la Torah reflejará la ira divina desatada por la actitud perversa asumida por los, «Bené Elohím» («בני אלהים») , aquellos ángeles que violaron su naturaleza, y se unieron por medio de pactos chamánicos con las hijas de Caín, violando así las más mínimas normas de moral sexual, como leemos en los versículos siguientes:

«Vieron los Bené Elohim a las hijas del hombre que eran bellas y tomaron mujeres para ellos, de todas las que preferían. Dijo Yahvéh: ¡No contenderá eternamente Mi Espíritu por causa del hombre porque es carne! Serán sus días, ciento veinte años». (Génesis 6: 2-3)

El sabio exégeta judío Rambán ha entendido que en los códigos del versículo 2 estamos frente a un caso de perversión sexual donde: «…los hombres, emulando la conducta de ángeles caídos, tomaban a las mujeres en contra de la voluntad de las mismas, amén de posesionarse de mujeres desposadas«. Así, esta perversión sexual irá en aumento hasta que el Eterno traiga el Diluvio sobre la humanidad.

Por eso, en el capítulo 18 de Levítico, la Instrucción (Torah) divina prevendrá a los hebreos, explicándoles por qué los liberó de los riesgos y peligros que involucraba permanecer en la tierra de Egipto. Este imperio, a pesar de ser una nación que había llegado a la cumbre de la civilización, logrando picos en la ciencia y en las artes, habían permitido en su seno el desarrollo de perversiones y aberraciones, en lo que a la sexualidad se refiere, que lo había conducido a alcanzar lo 40 grados de degradación moral a los que puede llegar la humanidad (ya en el grado 50 no hay manera de regresar al diseño original). A tal punto era esta degradación moral que la Torah,  llama Hukót HaTohebot (normas aberrantes) a todos los paradigmas que regían las costumbre egipcias en el área de los sexual.

Lo mismo ocurría en la tierra de Quenahan (Canaán), que el pueblo de Israel se aprestaba a conquistar. El Eterno les revela con estas leyes que ellos corren el peligro de conquistar la tierra, pero a la vez, «ser conquistado» por las costumbres y normas aberrantes de los pueblos que la habitaban. Cosa que en realidad ocurrió (Véase el libro de Jueces 2:11 y subsiguientes).

Entendamos que la misma religión que estos pueblos practicaban, rindiendo culto a dioses de la fecundidad, pretendía santificar los actos sexuales desordenados, fomentando así la inmoralidad entre sus adeptos y seguidores.

Así nuestro capítulo Levítico 18 enunciará todas las uniones prohibidas entre hombre y mujer, ya sea por consanguinidad, o por la perversión que pueden generar las mismas. Por lo tanto, la existencia misma del pueblo de Israel dependerá de la capacidad que demuestre para cortar en forma clara y nítida con un pasado atentatorio contra la idea del ser humano creado por Dios para desarrollarse en nombre de Él, y lograr su bienestar rechazando perversiones y aberraciones. Para ello será necesario constituir una familia sana, que es el núcleo básico de toda sociedad.
En cuanto al futuro del pueblo, dependerá de su capacidad, de desarrollarse de acuerdo con las normas de la Torah.

Los israelitas debían mantenerse puros y apartados para Yahvéh. Él no quería que su pueblo fuera absorbido por la cultura y/o el ambiente que los rodeaba: «… ni actuaréis según sus costumbres«, les ordenó. El término «costumbres«, por supuesto, hace alusión a las perversiones sexuales vigentes en esos pueblos, y que la Torah enuncia en nuestro capítulo.

A nosotros, de igual manera, la sociedad occidental post-moderna puede presionarnos a que nos conformemos a su manera de vivir y de pensar. Sin embargo, si cediéramos ante la presión nos confundiríamos, y no sabríamos a cuál grupo pertenecemos. Además perderíamos nuestra efectividad para servir a Dios, que es al fin y al cabo nuestra vocación esencial.

Tristemente, aquellos que se llaman hoy en día cristianos a menudo toman el estándar de su conducta sexual de parte de los estándares que marca el sistema de cosas imperante, rechazando la Instrucción del Señor. Claramente ellos saben que debieran de ser diferente del mundo en su moralidad sexual, y deberían de seguir el estándar bíblico para la conducta sexual trazada por el Creador. Es paradójico, en las congregaciones primigenias, a cuyos miembros se los señalaba burlonamente como cristianos, un argumento que ellos daba para mostrar la veracidad del Evangelio del Reino era: “Pueden saber que esto es Verdad absoluta al ver a nuestras vidas, especialmente en la conducta sexual.” Hoy, ese mundillo que dice vivir como aquellos, autodenominándose  cristianos dice: “No me mires a mí, mira a Jesús.”

Por eso, es mejor que tú, que has salido de la Gran Babilonia (el cristianismo) obedezcas al Eterno y no permitas que la cultura de este sistema reptiliano afecte tus pensamientos, habla y acciones.


Bitácoras relaciones y recomendadas:

¡Evita hacer lo que ellos hacen!

https://davidnesher.com.ar/herramientas-cosmicas-para-prolongar-la-vida/

La Sumisión a los Mandamientos Divinos: Uno de los Milagros Más Grandes del Universo

Por P.A. David Nesher

 

Es muy interesante saber que las Sagradas Escrituras, en sus códigos hebreos, tienen una particular forma de referirse al espíritu (o «impulso«) que impele al ser humano a rebelarse contra la voluntad de su Creador, expresada en Sus Mandamientos. Me estoy refiriendo al epíteto de «HaSatán» que literalmente significa «El Opositor«, «El Adversario» o «El Oponente«. Es decir, que la Escritura divina muestra que todo aquel que se opone abiertamente a la voluntad del Eterno se convierte a si mismo en un HaSatán (un “opositor” u «oponente» a Dios).

Ahora bien, preguntémonos: ¿Cual es esa voluntad divina?

Pues que el ser humano se aleje de lo malo, para hacer en cambio el bien; tal como lo entendió y escribió el salmista:

“Apártate del mal, y haz el bien, y vivirás para siempre”

(Salmo 37:27)

En otras palabras, Yahvéh, nuestro Dios, quiere que el hombre haga lo bueno, absteniéndose de mentir, de robar, de hurtar, de matar a la persona inocente, de fornicar, de adulterar, de deshonrar a sus padres, de trabajar siete días a la semana, y de adorar a la creación (imágenes) en vez de al Creador.

Yahvéh, como nuestro Creador, desea que entendamos que, guardar Su Instrucción (Torah) que Él escribió con sus propios “dedos” sobre las dos tablas de piedra, así como cada uno de sus mandamintos (mitzvot), deben ser el todo de nuestras vidas, ya que ellos serán la regla por la cual todos habremos de ser juzgados. Así al menos esta escrito:

“Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala”

(Eclesiastés 12:13)

Así pues, tanto el judío, como el cristiano, o el musulmán que rehúsa guardar los mandamientos, esta esclavizado por HaSatán, y se ha enfermado con la lepra del pecado. Y, esta lepra espiritual que es la rebelión a los mandamientos de Yahvéh, no puede ser sanada sino por la operación de un milagro divino.

Hoy Dios Te Grita lo de Siempre: «¡NO ERES TAN MALO!»

Por P.A. David Nesher

 

 

 

«…vendrá aquel de quien fuere la casa y dará aviso al sacerdote, diciendo: Algo como plaga ha aparecido en mi casa. 

Entonces el sacerdote mandará desocupar la casa antes que entre a mirar la plaga, para que no sea contaminado todo lo que estuviere en la casa; y después el sacerdote entrará a examinarla.»

(Levítico 14:35-36)

 

 

Ayer un discípulo de Yeshúa me consultó lo siguiente:
«¿Es posible que cada uno de nosotros hablemos mal de nosotros mismos? Esto lo digo por cada ocasión en que nos decimos: “no puedo” , “no tengo”, etc., no valorando como Abba nos ve. ¿Estamos entonces practicando lashon hará (mal hablar) contra nosotros, y también nos alcance esta impureza?»

Para responder a esto, diré que el texto que encabeza nuestra meditación recalca el idioma cauto y prudente con el cual debía expresarse el dueño de la casa presuntamente afectada. Aquí vemos que la tendencia de la Toráh es evitar el daño, incluso el material que pudiera ser causado al dueño de la casa, a causa de la declaración de tzaraat que este haga. En verdad, lo que la Torah quiere evitar aquí es la pérdida de utensilios de «arcilla» cuya impureza es irreparable; quiere decir que, si la Torah cuida aun este daño material insignificante, con mucha mayor razón habrá de cuidarse cuando se trata de daños materiales grandes, y especialmente los que se hagan a vidas humanas.

La enseñanza que deriva de este hecho es que el ser humano tiene que cuidarse mucho en la forma de expresar lo que está ocurriendo en su intimidad personal y familiar antes de «impurificar las cosas». A veces se causan grandes y graves daños por declaraciones o afirmaciones apresuradas.

Preguntan los sabios intérpretes de la Torah: ¿Por qué debe decir la persona: “Ha aparecido algo parecido a una afección”, y no “ha aparecido una afección”?

Ellos mismos responden: Es sabido que la Torah revela que no sólo no se puede hablar mal de los demás, sino que tampoco se puede hablar mal de uno mismo.

Si la persona dice “Estoy afectada”, de manera contundente, sin ver sus puntos de luz, le será muy difícil hacer teshuvá y lograr una verdadera reparación (tikún).

Pero si dice: “Ha aparecido algo parecido a una afección”, no está siendo tan drástica consigo misma, y se somete al análisis objetivo del kohen (sacerdote), su líder espiritual.

Una de las bases de la teshuvá es saber que, a pesar de todas las “manchas”, existen en el interior de todo ser humano puntos de luz, capaces de iluminar todos los puntos oscuros que le han producido caos en su vida y entorno.

El texto sugiere que la persona no debía decir al kohen (el sabio que lo instruye y lidera) toda la oscuridad que considera que tiene, ya que de esta manera se puede estar sentenciando a sí misma, desde su autoagresión y/o su autocompasión. Más bien, debe dar a insinuar sus errores, y será el sabio quien, por medio de preguntas, encontrará el camino para que la persona encuentre los puntos de luz de su interior y así pueda hacer teshuvá de la manera correcta.

Espero que esta respuesta ayuda a cada uno de ustedes a tener el concepto correcto de sí que demanda nuestro amado Señor:

«Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.»

(Romanos 12:3)

 

La Curación del «Mal Hablado» (Leproso)

Por P.A. David Nesher

 

”Esta será la ley tocante al leproso, en el día de su purificación, cuando será llevado al sacerdote;”

(«Zot tihyeh torat hametsora beyom tahorato vehuva el-hakohen«.)

(Levítico/Vayikrá 14:2)    

 

En la parashá anterior (Tazría), la Torah nos había relatado minuciosamente las distintas afecciones y erupciones cutáneas, y el consiguiente aislamiento de la persona afectada.

Insistiré aquí en un importante detalle, el kohén (sacerdote) en modo alguno era médico, ni usaba prácticas médicas en su diario ministrar. Él sólo se limitaba a declarar impuro al afectado y hacerlo recluir, o declararlo puro y devolverlo a su sociedad y a su familia.

Ahora, la parashá que iniciamos hoy (Metzorá), se enfoca en mostrar por qué el pecado de Lashón HaRá (lengua perversa) era la causal única y principal de adquirir “lepra” (Tzaarat).

En primer lugar, les mencionará que algunos exégetas (intérpretes), basándose en el sentido literal de las palabras » en el día de su purificación» (léase: cuando el afectado ha sanado), insiste en que nadie cura al enfermo (en este caso el leproso) sino su propia decisión de curarse. Esto se lograba ya que, en su período de reclusión, el enfermo debía pensar, meditar y decidir un cambio de rumbo en sus actitudes esenciales hacia la vida, y por consiguiente, modificaba su comportamiento. Si eso ocurría, el metzorá (“leproso”) sanaba.

Por eso la Torah habla del «hish hamítaher«, que se debería traducir “el hombre que se está autopurificando”, y que está decidiendo ser otra vez el ser humano que tiene lugar en la sociedad.

Cuando leemos nuestro capítulo en lectura simple, tenemos la sensación de encontramos frente a un texto casi intrascendente, que está usando un lenguaje que nos parece poco elocuente para nuestra generación. Es por eso por lo que se debe entender la Torah, no solamente en su sentido literal, sino también en sus parábolas y alegorías. Este capítulo necesariamente debe ser entendido captando el lenguaje simbólico usado por el mismo. Es decir, que habrá de usar el sistema exegético llamado » Parshanút HaRémez», es decir, la interpretación alegórica. De este modo, veremos que los elementos intervinientes en la purificación del leproso que permitían su reincorporación a la sociedad están llenos de códigos celestiales que permiten conocer el obra de la Gracia divina a favor del ser humano. Dichos elementos o herramientas cósmicas son los siguientes:

  • ✔ madera de cedro,
  • ✔ hisopo,
  • ✔ dos pájaros puros, vivos,
  • ✔ púrpura escarlata y
  • ✔ aguas surgentes.

Esta ceremonia de purificación se realizaba de la siguiente manera: un ave era sacrificada en un recipiente de barro sobre agua que fluye. Su sangre era aplicada sobre el ave viva, a algo de madera de cedro, a algo de tela escarlata, y a algo de hisopo. Luego, usando estas cosas, la sangre era rociada en aquel que había sido limpiado de la lepra. Finalmente, el ave viva se dejaba en libertad.

Ahora veamos las analogías de estos instrumentos cósmicos, a fin de entender la codificación de Luz Infinita escondida en esta terapia celestial:

El cedro, cuando es usado simbólicamente representa la fuerza metal y corporal del hombre, y por lo tanto, la soberbia que desde ellos se desarrolla. Es innecesario citar los múltiples textos que hablan de los cedros del Líbano en este sentido.

Mientras que el «ezob» («אזב «) que aquí se traduce como «hisopo«, pero que quiere decir también «musgo que crece entre las piedras y en las paredes», representa, en el mundo de los símbolos, el punto más bajo en la escala social; o sea, a la persona carente de fuerza material, y por supuesto no afectada por el orgullo ni la soberbia. Es la humildad que puede alcanzar el alma contrita.

Por lo tanto, el «metzorah» (“leproso”) que había sido afectado en la misma piel de su cuerpo por incurrir en calumnia, soberbia, maledicencia…, para curarse debía quebrar su rigidez en pedazos, y pensar en «la modestia del hisopo o del musgo que crece en las paredes«. Entonces, el metzorah se obligaba a pensar que él, en esta vida, es sólo un trocito de madera de cedro, y no el cedro mismo. Influenciado por estas ideas, el rey David, cuando invoca a Yahvéh por su purificación, dice: «Rocíame con hisopo y quedaré purificado» (Salmos 51:9).

La púrpura escarlata simboliza, por su color, la perfidia (o deslealtad) y la mala conducta, mientras que las aguas surgentes (aguas vivas) representan la vida continua, natural y las nuevas ideas vivificantes que deben surgir de nuestra mente para curar «nuestra piel» de nuestras afecciones «cutáneas». Pero para que ello ocurra, es decir, para que encontremos esas fuentes benefactoras de aguas surgentes, habrá que «soltar el pájaro vivo para que vuele en el campo abierto». En pocas palabras tenemos que deshacemos definitivamente de nuestros hábitos corruptos, producto de nuestra mente y «nuestra lengua».

Por eso, los dos pájaros representan, la palabra irresponsable e irrestricta. Esto es porque los pájaros trinan constantemente, y este hombre fue afectado por la lepra por hablar constante e indiscriminadamente de su sociedad. Por eso, según este autor, los dos pájaros representan los lados positivos y negativos de la palabra. Por eso uno de los dos pájaros tendrá que ser inmolado, queriendo significar que habrá que desarraigar de nosotros la palabra calumniadora y destructiva.

Esta terapia penitencial demandaba grandes esfuerzos. Es que al mismo tiempo que causaba dolor por el hecho de admitir que se había dañado con la lengua, también se debía aceptar que se había incurrido en «derramamiento de sangre» (hebreo: Shefijút Damím), que en el lenguaje hebreo quiere decir también denigrar a nuestro prójimo en público y causar vergüenza u oprobio por medio del Lashón HaRá (Mal Hablar).

Esta última idea estaba representada por la sangre de uno de los pájaros que el kohen había inmolado y con el cual rociaba al pájaro vivo.

Todo lo ocurrido en este rito de purificación ritual es una tipología de la muerte de Yeshúa y su aplicación espiritual sobre nuestras vidas. Un ser “celestial” (así como un ave es “de los cielos”) muere en un recipiente de barro, mientras que permanece limpio (debido al agua que fluye). La muerte del ave está asociada con sangre y agua: la sangre está conectada con la vida (aplicada al ave viva), y luego aplicada a aquel que fue hecho limpio.

Por otro lado, el cedro es extremadamente resistente a la enfermedad y a pudrirse, y estas cualidades pueden ser la razón por la que se incluye aquí – así como una referencia simbólica a la madera de la cruz. Distintos historiadores aseguran que la cruz donde fue crucificado Yeshúa estaba hecha de cedro de acuerdo con la usanza romana.
La conexión con el hisopo es también importante. A Jesús se le ofreció beber de una rama de hisopo en la cruz (Mateo 27:48).

Después de la ceremonia de sacrificio con las aves, el leproso purificado debía de lavar sus prendas y tenía que rasurarse todo el pelo, a fin de quedar como un bebé recién nacido. Así estaba listo para comenzar de nuevo, como si fueran un bebé recién nacido. Así, por medio de este ritual, los hebreos aprendieron el concepto de ser “nacido de nuevo” para poder participar del Reino de Dios.

¡Bendito es el Nombre de Abba nuestro por las maravillas reveladas en Su Instrucción! Elevo mis plegarias para que cada uno de ustedes esté disfrutando de estas ascensiones en la emunah (fe) que hemos recibido al nacer de nuevo en Yeshúa, nuestro Dueño.

Shavuá Tov!

 

Bitácora Relacionada:

Tzaraat: ¡Un Problema Espiritual que Afecta a la Piel, la Ropa y la Casa de un Impuro!

Alimentos para una Personalidad Sana (Las Leyes Alimentarias)

Por P.A. David Nesher

Notamos que desde los albores mismos de la historia bíblica, cuando el Eterno hubo establecido a Adám en el Huerto de Edén, el primer mandamiento que fue dado al hombre tenía que ver con la comida. Así pues, leemos:

«Dijo Dios:
«He aquí que os doy toda planta que porta simiente -que hay en toda la faz de la tierra y todo árbol que contiene fruto portador de simiente, para vosotros será como alimento.»

(Génesis 1:29)

Posteriormente descubrimos que el pecado entró en el mundo por medio de una comida prohibida.

«De todo árbol del huerto comer, podrás comer, empero del árbol del conocimiento del bien y del mal, no habrás de comer de él … «
(Génesis 2:16-17)

Con estas palabras se manifiesta la preocupación divina por la alimentación de los seres (Adám y su mujer) a quienes había creado. Por tanto, si el Eterno considera que es importante lo que el ser humano come, debe serlo también para el hombre mismo. Es Yahvéh quien establece lo que es muy importante y lo que no es tan importante para el hombre. Las Sagradas Escrituras enseñan que la comida es muy importante. En la cosmovisión yahvista la comida tiene mucho que ver con la santidad y con el pecado.

Siguiendo esta idea advertiremos en la Torah tres etapas de revelación divina en lo que a la alimentación del hombre se refiere:

  1. Desde la Creación hasta el Diluvio. En esta etapa, los únicos alimentos permitidos al ser humano eran los arriba citados (Gén. 1: 29), es decir, vegetales y frutos.
  2. Desde el Diluvio hasta Moisés: «Todo lo que se mueve, todo lo que vive, para vosotros será para comer, como la verdura y las plantas, a vosotros os he entregado todo. Pero, carne con su vida -su sangre- no habréis de comer» (Génesis 9:3).
  3. Desde Moisés hasta hoy: En nuestro capítulo, Levítico 11 y Deuteronomio 14:3-21, donde la Toráh enuncia las normas que tipifican y dividen a los animales, peces y aves, en dos categorías los «hatehorím venatemeím» (los puros y los impuros), permitiéndonos la Torah comer solamente los tipificados como puros, y pidiéndonos rechazar como abominables a todos los impuros.

Ahora bien, esta sucesión de hechos, y las mismas leyes alimentarias que la Torah enuncia, han sido motivo de profundos estudios por parte de los exégetas e intérpretes de la Torah en cada generación.

De limitamos rigurosamente al contexto bíblico, resulta evidente que las leyes alimentarias persiguen una finalidad: convertimos en personas consagradas a la Torah y a la bondad forjando en nosotros un carácter sobrio, y desarrollando en nosotros la moderación en los hábitos alimentarios, para que ello repercuta en nuestras actitudes y nuestras acciones.

En palabras de la Toráh:

«Veanshé kódesh tihiun li ubasár basadéh terefáh lo tojelu laquelev tashlijún otó»

(«Y hombres consagrados habréis de ser para Mí. y carne devorada en el campo no habréis de comer, a los perros habréis de arrojarla.»)

(Éxodo, 22:30)

Además, en Deuteronomio se nos recuerda que, ya que somos un pueblo consagrado por Yahvéh y para Él, por lo que no deberemos comer nada que sea abominable. Y a renglón seguido, la Torah enuncia los nombres y características de los animales, peces y aves que podemos comer, alejándonos de los otros, que deberemos repudiar.

Para lograr una sincera comprensión de todo esto, es necesario recordar que aquellos mandamientos que tratan sobre animales que son comestibles o no, son considerados jukim, lo que implica que no tienen ninguna explicación lógica. Se han intentado dar muchas explicaciones acerca del por qué ciertos animales son considerados impuros y otros puros, pero al fin y al cabo el hombre tiene que reconocer que no entiende del todo la razón por la que el Eterno dio estas instrucciones. Es muy probable que nunca podamos tener una explicación satisfactoria en cuanto a la razón por la que ciertos animales son considerados impuros por Yahvéh. La razón por la que debemos considerar estos animales como impuros es porque la Instrucción divina dice que son impuros. Profundizar más allá de lo escrito, siempre conlleva el riesgo de producir interpretaciones erróneas que pueden llevar a la confusión mental de los escogidos.

Una comida o un objeto que es considerado apto para el uso de un hebreo es llamado kasher, que significa “correcto”, “recto”, “aceptable”, “apto”. La palabra aparece tres veces en las Escrituras, (cf. Eclesiastés 10:10; 11:6; Ester 8:5).

Por lo tanto, la finalidad principal de las leyes alimentarias de la Torah tienden a «kedusháh vetaharáh«, que traducido es «la consagración y la pureza» del alma redimida.

Cabe recordar que las leyes de «kashrut» (alimentación apta para ser comida de acuerdo con nuestra Torah) incluyen el no ingerir sangre animal, ni comer ningún alimento que mezcle carne con leche, en ninguna de las formas posibles. Por lo tanto, el objetivo de las normas del kashrut es en realidad proteger y cuidar la salud espiritual y la pureza interior del ser humano.

Está científicamente comprobado que el ser humano es lo que come. La calidad de la comida que uno ingiere afecta su salud, personalidad y sensibilidad. Los animales que la Torah nos prohíbe contienen características negativas. El consejo divino apunta a que nos abstengamos de comerlos para no incorporar sus características en nosotros.

La sangre contiene la fuerza vital del animal. No conviene ingerir esa faceta tan animal para que forme parte de nosotros.

La mezcla de carne con leche representa la mezcla de la vida con la muerte. No corresponde. Cada uno tiene su lugar.

La calidad de kashrut de los alimentos que comemos y de los cuales el cuerpo se nutre y se desarrolla determina si el cuerpo será un estorbo para el alma o una herramienta sensible por medio del cual el alma se podrá expresar con facilidad.

De este modo para el hebreo, la santidad no se limita a los lugares y momentos sagrados, por que toda la vida en si es sagrada. Incluso la actividad aparentemente frívola como es comer es de por si un acto divino.

Por lo tanto, el kashrut no fue establecidas por razones médicas; es más bien una senda para alcanzar la perfección espiritual, descrita en la Torah como «kedusháh» (o santidad). 

Todo el sistema de Torah actúa, en última instancia, conforme a la relación que tenemos con el deseo, lo material, lo sensorial y corpóreo. Al transformar el aspecto animal e instintivo que hay en el hombre logramos forjar el recipiente apto para contener los grados superiores, es decir: lo espiritual por excelencia. Eso es santidad en la cosmovisión divina. Justamente en Vayikrá/Levítico 11, al final de la sección que se dedica a especificar lo que se puede y lo que no se puede comer, concluye con este llamado divino:

«Porque yo soy Yahvéh, vuestro Dios; vosotros os santificaréis y seréis santos, porque Yo soy santo»
(Vayikrá/Levítico 11:44)

Ahora, te invito a considerar esta ENSEÑANZA del por qué y para qué de las LEYES DEL KASHRUT:
Bitácoras Relacionadas:

La Alimentación que Conecta con el Eterno

Escamas y Aletas: Raíz y Base de la Verdadera Espiritualidad

Escamas y Aletas: Raíz y Base de la Verdadera Espiritualidad

Por: P.A.

 

«Esto podréis comer de todo lo que hay en el agua:
todo lo que tiene aletas y escamas en el agua, en los mares y en los ríos, ésos podréis comer.»

(Levítico 11:9)

Dos detalles tenían que ser tenidos en cuenta por los hebreos al comer pescados: que estos tuvieran aletas y escamas a la vez. Estos detalles anatómicos trascendían el aspecto físico de estas criaturas marinas. Por el contrario, poseían un fuerte contenido profético, ya que su simbología establecía la calidad de adoración que un hebreo debía presentar en su diario vivir.

Recordemos que los peces en el agua también simbolizan a Israel y la Torah; así como el pez solo puede vivir en su medio propicio, el agua, también Israel vive solo por medio de la Torah, sumergida totalmente en sus «aguas». Por esto, el mandamiento de comer todo pez que posea aletas y escamas simultáneamente está impregnado de una codificación yahvista que permite al alma hebrea desarrollar plenamente su propósito mesiánico en este mundo. Decodifiquemos pues los detalles divinamente requeridos.

Las “escamas”, simbólicamente hacen referencia al temor al Cielo, es decir a los juicios. Mientras que las “aletas” hacen referencia en su simbología al amor al Eterno.

Las “escamas” protegen al pez, del mismo modo, el temor al cielo protege a la persona de no ir por mal camino.

Las “aletas” permiten al pez avanzar, del mismo modo, el amor al Eterno, hace a la persona progresar en su vínculo con la divinidad.

Dice el Talmud para explicar esto dice: “Todo pez que tiene escamas tiene aletas, pero no todo pez que tiene aletas tiene escamas”. Esto significa que toda persona que se sumerge en el “agua” de la Torah, y por ende desarrolla “escamas” (Temor al Cielo), de seguro que desarrollará a lo largo de su peregrinar el amor al Eterno, ya que tiene una buena base para fundamentar su comunión con Él. Pero quien solo tiene “aletas” (amor al Eterno), no necesariamente tiene “escamas”, es decir temor al Cielo, ya que el amor en el ser humano puede ser un sentimiento fugaz y no fundamentado.

El temor que produce la sumisión a la voluntad del Eterno, conforman la raíz y base del servicio divino. Sin dicho temor no hay crecimiento sólido.

Luego de que la persona humana toma conciencia ante quien está parado, puede construir su espiritualidad edificándola en el amor a Dios.

Bitácora Relacionada:

La Alimentación que Conecta con el Eterno

También puedes VER esta EXPLICACIÓN:


Una Canción de Alabanza en el Desierto

«Y entraron Moisés y Aarón en el tabernáculo de reunión, y salieron y bendijeron al pueblo; y la gloria de Yahvéh se apareció a todo el pueblo.
Y salió fuego de delante de Yahvéh, y consumió el holocausto con las grosuras sobre el altar; y viéndolo todo el pueblo, alabaron, y se postraron sobre sus rostros.»

 

(Levítico 9:23-24)

 

En los códigos mismos de los secretos que vibran en las letras de la Instrucción (Torah) divina el “fuego proveniente de los alto” demostró como el Eterno estaba complacido con la obra de sus criaturas en la Tierra.

Cuando Yahvéh creó el mundo, Su Gloria llenaba toda la Tierra, provocando esto una grande, profunda e ilimitada alegría en todas las dimensiones existenciales del planeta.

Los errores de comportamiento la primera humanidad (Adán y Eva) originaron que la gloria divina se alejara de este mundo. Sin embargo, esta dimensionalidad de alegría celestial logró retornar nuevamente a la Tierra, cuando la Presencia divina entregó la Torah en Sinaí, y posteriormente cuando el Eterno ordenó erigir el Santuario (Mishkán) en el desierto.

Es por eso que dice la Torah en referencia a la iniciación del Santuario que el pueblo “vio y entonó una canción de alabanza…” (hebreo original), ya que la alegría había vuelto al mundo con el objeto de restaurarlo a su diseño original para que el Mesías se manifestara y elevara toda la creación a Yahvéh como Padre Eterno.

Con esto aprendemos que la tristeza es la falta del Eterno en el interior de la persona humana, cuando esta no cumple con su propósito y misión. Por eso, debemos aceptar que la función de cada ser humano es atraer la Gloria divina sobre su persona, logrando así el estado de alegría y regocijo permanente.

Lo que Fue, eso Será

Por P.A. David Nesher

 

“Lo que fue, eso mismo será; lo que se hizo, eso mismo se hará:
¡no hay nada nuevo bajo el sol!”

(Eclesiastés 1:9)

 

Para el Qohelet (Eclesiastés) «no hay nada nuevo debajo del sol«. Todos los procesos humanos parecen ser una repetición de lo ya hecho. Grandes historiadores han hecho popular el dicho: «La historia se repite a sí misma«. Tal parece que el presente y el futuro están condicionados por los hechos del pasado. Desde luego esta parece ser la opinión humana. La opinión divina contrasta mucho con ésta.

Por eso, el sabio Qohelet está enseñando en este verso que todo, pero todo, lo que el Eterno quiso decir está en la Torah. Por eso, “lo que fue”, es decir los sucesos del pasado, “eso mismo será”, debiendo la persona aprender de la historia, y “lo que se hizo”, lo que sucedió, “eso mismo se hará”, acorde a las reglas que el Eterno implantó en la creación.

Desde esto, el rey Salomón quiere que la persona que lea esto no piense que logrará en sus propios esfuerzos descubrir caminos alternativos a la felicidad, porque en realidad, “no hay nada nuevo bajo el sol”. La vida «bajo del sol» es una referencia que el sabio hace a la independencia absoluta de la criatura racional egoísta con el Eterno y a la falta de comunión directa con el Creador.  Aquí el Qohelet, en su consideración de la vida no toma en cuenta los descubrimientos científicos ni los inventos tecnológicos. En realidad, él tiene en mente las ralaciones inmeditaas del ser humano dentro de los límites de su propia existencia ontológica. El sabio está llevando a meditar más que todo, en la esclavitud a los anti-valores que defiende el materialismo y que están en pugna con los valores de índole espiritual y eternos que revela la Instrucción (Torah) divina.

Así pues, lo que el sabio quiere expresar es que con solo considerar en detalles los acontecimientos del pasado se podrá apreciar que el Eterno beneficia a los que siguen Su Camino, y alecciona a quienes se desvían del mismo.

Por eso, la persona debe ser inteligente y descubrir en la Torah y sus sucesos, el sendero a la bendición.

El Sudario Doblado de la Tumba… y un Amo que Regresará a Su Mesa

Por P.A. David Nesher

«El primer día de la semana, maría magdalena fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro; y vio quitada la piedra del sepulcro. 
 Entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, y les dijo: «se han llevado del sepulcro al señor, y no sabemos dónde le han puesto.
Y salieron pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro.
Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corrió más aprisa que pedro, y llegó primero al sepulcro.
Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró.
Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí,
 y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y creyó.
Porque aún no habían entendido la escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos.
Y volvieron los discípulos a los suyos.«

(Juan 20: 1-10)

Al sumergirnos en el estudio y la meditación de los hechos acontecidos en los días de la crucifixión, sepultura y resurrección de nuestro Dueño y Maestro, encontramos que el Evangelio de Juan relata que el sudario, que le fue colocado en el rostro a Yeshúa (Jesús) en su sepelio, no sólo estaba a un lado, aparte de las vendas, sino doblado. Resulta curioso que el autor dedique un versículo entero para decirnos que el sudario fue bien doblado, y que fue colocado en un lugar aparte (posiblemente en donde estuvo tendido).

Antes de considerar bien este asunto, recordemos los hechos inmediatos del relato:

El primer día de la semana, después del Shabat semanal, siendo aún muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y encontró que la piedra había sido removida de la entrada. Ella corrió y le contó a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Yeshúa amaba, y les dijo:

“Se han llevado el cuerpo del Señor del sepulcro, y no sabemos dónde lo han puesto”.

Pedro y el otro discípulo salieron hacia el sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el relato detalla que el otro discípulo corrió más rápido que Pedro y llegó antes. Estando en la tumba, como se inclinara, vio los lienzos caídos, pero no entró.

Luego, Simón Pedro llegó detrás y entró en el sepulcro y vio las vendas en el suelo. El detalle que se destaca es que el sudario o servilleta que había cubierto su cabeza no estaba junto a los lienzos, sino plegado en un lugar aparte (ver Jn 20:1-7).

Ahora bien, preguntémonos: ¿es importante esto para nosotros?… ¡Por supuesto!… ¿Es realmente relevante este detalle para nuestra fe?… ¡Podemos asegurar que sí!… ¿Por qué?… Pues, bien para responder todo esto veamos lo siguiente:

En primer lugar, vemos que todo estaba exactamente igual, excepto el cadáver de Yeshúa, dando a entender que no se trataba de un robo. Un ladrón jamás habría dejado todo tan ordenado. Si hubiera sido un robo, aquello aparecería todo desordenado. Precisamente Juan Crisóstomo, comentando esto en el siglo IV, dice a sus oyentes:

«“Esto era prueba de resurrección, porque si alguno lo hubiera trasladado no hubiera desnudado su cuerpo. Ni si lo hubieran robado, los ladrones no hubiesen cuidado de quitarle y envolver el sudario poniéndolo en un sitio diferente del de los lienzos, sino que hubieran tomado el cuerpo como se encontraba. Ya había dicho San Juan que al sepultarle lo habían ungido con mirra, la cual pega los lienzos al cuerpo. Y no creas a los que dicen que fue robado, pues no sería tan insensato el ladrón que se ocupara tanto en algo tan inútil.»

(«In Ioannem«, pag. 84).

Justamente esto es fundamental para el evangelista, que nos cuenta estos detalles tan interesantes de la tumba vacía, para asegurarnos que la resurrección del Maestro verdaderamente ocurrió, y nada tenía que ver con un plan de hombres.

En segundo lugar, y yendo a nuestro tema, para lograr comprender más profundamente el significado del sudario doblado, consideraremos un poco la tradición hebrea en esa época. Para Israel, una servilleta doblada sobre la mesa tenía un significado muy particular, ya que hace referencia a una costumbre hebrea (y también oriental) sobre un amo y su siervo en los protocolos de una cena.

Resulta que cuando el siervo ponía la mesa de la cena para el amo, se aseguraba de ponerla exactamente de la manera en que su señor le gustaba. La mesa debía estar decorada a la perfección, casi como para un ritual sagrado. Luego el criado tenía que esperar fuera de la vista de los comensales, hasta que el amo hubiera terminado de comer. El siervo no se atrevía a acercarse a la mesa, hasta que el su dueño hubiese concluido. Para hacerlo, debía estar a la espera de una señal…

Si el amo había terminado de comer, se levantaba de la mesa, se limpiaba los dedos, la boca y la barba, y haciendo un nudo con la servilleta, la lanzaba sobre la mesa. El siervo, al ver esto, entendía entonces que era el momento para limpiarla. Entonces, la costumbre de aquella época era que la servilleta anudada significaba que el amo decía: “ya he terminado”, y era el momento para que el siervo ingresara a la sala del banquete, y limpiara el lugar.

Pero si el amo se levantaba de la mesa, doblaba la servilleta y la ponía junto a su plato, el siervo entendía que no debía acercarse a la mesa. ¿Por qué? Porque la servilleta doblada significaba “aún no he terminado, volveré”.

Con esto en mente, podemos comprender que al ver el sudario doblado, Juan interpretó lo siguiente: “el Maestro volverá”, por eso no entró al sepulcro, respetando esta costumbre tradicional. Yeshúa estaba diciendo a sus discípulos, “podría estar fuera de tu vista ahora, pero regresaré para terminar el banquete que hemos comenzado!” El Mesía, al resucitar y doblar el sudario, quería decir, que Él regresaba pronto y con un mensaje nuevo, lleno del poder de la Resurrección para realizar el Tikún Olam (reparación del Mundo). Es decir, el volvería con un mensaje de Vida Nueva. .

Es decir que el texto evangélico relata una de las experiencias que los discípulos tuvieron con el Mesías Resucitado. No se trata de un aparición, sino literalmente de una de las etapas que los discípulos han tenido que recorrer en el Camino para comenzar a vislumbrar los nuevos horizontes de esperanza que el hecho de la Resurrección abriría en sus vidas. El acontecimiento se insinuaba ya en la tumba vacía, en las vendas que yacían en el suelo y en el sudario plegado en un lugar aparte. Ante estos hechos el apóstol Juan sentía que una certeza se fue apoderando de su corazón, la certeza de la fe: «¡Yeshúa está vivo, está realizando su tarea celestial como Sumo Sacerdote, y luego regresará!«. Al considerarlo así nos damos cuenta que esta convicción llena el corazón de todo creyente verdadero.

Así como la tradición lo indica, lo que Jesús quiso decirnos cuando dobló el sudario fue la promesa de su venida, de que el ascendería a los cielos, pero que aun su labor no había terminado y que regresaría a terminar lo que empezó.

Tan grande fue esta experiencia en la mente y el corazón del apóstol Juan, que siempre lo sostendría en su fe, a tal punto que muchos años después, estando exiliado como preso político en la isla prisión de Patmos, escribió:

“El que da testimonio de todo esto dice: ‘Sí, voy a venir pronto’ ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!”

Juan, Simón Pedro, y el resto de los discípulos del primer siglo se estimularon con esta señal entendiendo que somos siervos a las órdenes del Amo. Y así como el siervo no puede sentarse a la mesa hasta que su amo no regrese, nosotros tampoco podemos hacerlo. ¡No podemos dejar de trabajar para el Señor, porque es hasta que el vuelva que podremos sentarnos a la mesa, y no cualquier mesa, sino la de las bodas del cordero! Por lo tanto, procuremos estar preparados para el día de Su Venida. ¡Ya hemos sido advertidos acerca de Su Venida, así que estemos vigilantes, seamos prudentes y mantengamos nuestras lámparas encendidas, porque el novio viene de camino!

Y ahora, antes de terminar esta bitácora, tengo una buena noticia para ti lector que estás leyendo esta bitácora. No sé cual es la tumba en la cual te encuentras pero el mismo Yeshúa que dejó los lienzos puestos allí y el sudario enrollado en la tumba, es el mismo que hoy está dejando tus lienzos puestos allí en tu tumba ontológica y está enrollando el sudario en señal que nunca más volverás a esa tumba en la cual te habían metido por que estabas muerto en delitos y pecados.

En verdad, no sé si tu tumba se llamaba fracaso, soledad, tristeza, angustia, dolor, miedo, desánimo, depresión… pero sin importar el nombre que tenga la tumba ontológica en la cual estas hoy, Yeshúa se encuentra junto a ti en esa tumba y ha llegado no para quedarse y hacerte compañía en esa tumba si no para levantarte de entre los «muertos vivos» (Efesios 2:1).

En este día Yeshúa te dice: «vamos deja esos lienzos con que te cubrieron y abandona ese sudario enrollado para que al verlo todos sepan que estuviste aquí pero que nunca volverás a este lugar. Luego, ven y sígueme y abandonemos esta zona reptiliana de muerte, porque aquel que me levantó de entre los muertos a mí, es el mismo que me ha enviado para levantarte a ti.«

¿Te atreverás a aceptar su invitación para salir de toda tumba ontológica que te había encerrado hasta hoy?

¿Qué Cena Hizo Jesús antes de Morir?

Por P.A. David Nesher

«Y les dijo:
!Cuánto he deseado comer con vosotros esta Pascua antes que padezca!
Porque os digo que no la comeré más, hasta que se cumpla en el Reino de Dios.
Y habiendo tomado la copa, dio gracias, y dijo:
Tomad esto, y repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta que el Reino de Dios venga.
Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo:
Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí.
De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo:
Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.»

Lucas 22:15-20

Responder a la pregunta que preside esta bitácora es el tema más espinoso de los Escritos Mesiánicos (mal llamados Nuevo Testamento). Por siglos, esto ha constituido un enigma para los estudiosos de las Sagradas Escrituras, llegando la mayoría de las veces a generar acalorados debates respecto a si Yeshúa celebró Pesaj con sus discípulos, o participó de otro tipo de banquete yahvista.

Si acudimos al relato de los Evangelios con el fin de sacarnos las dudas, nos encontramos que, mientras los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas dicen que la denominada «Última Cena» del Mesías coincide con el inicio de la festividad judía de Pesaj, el apóstol Juan, en su Evangelio, señala que en realidad se produjo antes. Entonces, nos llevamos la sorpresa con el hecho de la existencia de una diferencia real entre el relato evangélico del apóstol Juan y el de los sinópticos sobre esta cuestión, y la cronología que Juan presenta en su obra sigue haciendo mucho más sentido: Yeshúa fue juzgado y asesinado antes de que comenzará el día de Fiesta. A la hora del Seder, fue enterrado. Esto ha permitido que muchos detractores del mensaje evangélico aseguren que esta «contradicción» en los textos de los evangelistas permite dudar acerca de los últimos momentos de la vida humana del Maestro aquí en la Tierra.

Para comenzar a aclarar esto, debo decirles que existe un versículo en el evangelio de Juan que ha sido ignorado, y sin embargo es concluyente para la comprensión de este planteo. El hagiógrafo nos dice que después de capturar al Mesías:

«Llevaron a Yeshúa de casa de Caifás al pretorio. Era de mañana, y ELLOS NO ENTRARON EN EL PRETORIO PARA NO CONTAMINARSE, y así poder COMER LA PASCUA.»
(Juan 18:28)

Una pregunta obvia surge aquí:

¿Por qué no habían comido la Pascua (Pesaj) aún?

La Escritura Mesiánica mismo lo responde al describirnos el proceso de apresamiento del Mesías:

«Era LA PREPARACIÓN DE LA PASCUA,…
Entonces (Pilatos) dijo a los judíos:
¡He aquí vuestro Rey!»

(Juan 19:14)

¿Por qué dice que «era la preparación de la Pascua» siendo que la creencia general es que Yeshúa ya había comido el Pesaj (Pascua) supuestamente?

Unas líneas más adelante el evangelista dice:

“Entonces los judíos, por cuanto ERA LA PREPARACIÓN DE LA PASCUA, a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo (pues aquel día de reposo era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados de allí.»
(Juan 19:31)

Sabemos, por lo que hemos aprendido de nuestros estudios de la Torah, que la comida propia de Pesaj (el cordero pascual) se come al declinar del día 14 del mes de Abiv (también llamado Nisán), primer mes litúrgico del calendario lunar hebreo. Es decir que se está consumiendo en el inicio del día quince.

Al leer el Talmud,  encontramos que los rabinos judíos antiguos concluyeron que Yeshúa fue “colgado en la Víspera de la Pascua por la herejía de inducir a la gente al error” (Bruce, 1960, p. 101).

En tiempos más recientes, muchos comentaristas han sostenido este punto de vista. Los editores del Comentario del Púlpito escribieron:

“Parece que nuestro Señor fue crucificado en el 14º día de Nisán, el mismo día del sacrificio del Cordero Pascual, unas pocas horas antes del tiempo de la Cena Pascual, y que participó de su Última Cena la noche anterior, es decir, veinticuatro horas antes del tiempo general de la Cena Pascual”

(Spence y Exell, s.d., pp. 196-197, énfasis en original).

En su libro, Restauración Radical, F. LaGard Smith mencionó algunas cosas que, en su opinión, parecen estar en conflicto con la idea que Yeshúa comió la Pascua (Pesaj) en el primer día de los panes sin levadura. Él comentó:

«La idea resultante tiende a sugerir que podemos haber malinterpretado las palabras con las cuales Jesús comenzó la Última Cena. Puede ser que Jesús no estaba expresando su deseo de comer la Pascua real, acorde a su costumbre, sino su deseo de comer la única “Pascua” que podía compartir con sus discípulos antes que sufriera. Es decir, antes de tiempo; el día anterior; la única noche que le quedaba antes de su crucifixión.»

(2001, p. 280, énfasis en original).

Teniendo en cuenta todas estas consideraciones, debemos aceptar que el Mesías Yeshúa murió entre las dos tardes del 14 de Abib. Es decir, que aún no llegaba la hora de comer el Korbán Pesaj en la cena que iniciaba en realidad los siete días de Jag HaMatzot (Fiesta de los Panes sin Levadura).

Sin embargo, a leer los Evangelios, notamos que sus pasajes nos dicen que Yeshúa mandó a sus discípulos a preparar Pesaj. Entonces, ¿cuándo lo hizo? Él mandó a sus discípulos al comenzar el día 14 de Abib y comió junto a ellos a la medianoche. Podemos entonces rápidamente inferir que Yeshúa “adelantó” por esta vez su cena de Pesaj para la noche anterior, cuando recién había comenzado el día 14 de Abib. ¿Pero porque él haría esto así?

La razón más importante es entender y aceptar que Yeshúa era el Cordero de Dios (Juan 1: 29) que debía ser muerto entre las dos tardes, por lo cual, su “Última Cena” junto con sus discípulos, la debió comer en la víspera del día de la ofrenda del Cordero Pesaj. De esa manera explicaría a sus discípulos el gran simbolismo que hay entre el korbán (sacrificio) del Cordero de Pesaj y su muerte, para que cada vez que ellos comieran la Cena Pascual que la Torah ordena, la conmemoraran teniendo en sus mentes su sacrificio.

Pero, ¿la celebración de una cena en la víspera de Pesaj no sería algo que va en contra de lo establecido en la Torah (Instrucción) divina?

Sabemos que el Mesías de Israel no puede contradecir la Torah, sino que, por el contrario, la confirma y completa con sus enseñanzas y su forma de vida, por ende, aún tenemos algo importante que decir. Veamos:

El evangelista Lucas dice:

“Se acercaba la fiesta de los panes sin levadura, que se llama Pascua”

(Lucas 22:1)

Es importante remarcar que “Pesaj”, propiamente dicho, según lo revelado por la Torah, es un solo día. Dicha jornada es el 14 de Nisán o Abib para ser más exacto (cf. Lev.23:5). Acabado inmediatamente el día 14, comienza la Fiesta de los Panes sin Levadura (Jag HaMatzot), que dura siete días más abarcando desde el día 15 al día 21 de Nisán.

Sin embargo, en la tradición de Israel a toda esa semana se le conoce como la Fiesta de Pesaj, a pesar de que Pésaj es solo el primer día donde se sacrifica el Cordero. Por lo cual tenemos un total de ocho días, (el día primero, 14 de nisán, donde se sacrifica el cordero y se come la cena al finalizar de este día y siete días más de la fiesta de los panes sin levadura) que se conocen como “Pesaj”. Esto es importante, ya que así logramos entender la razón por la que Yeshúa y sus discípulos llaman “Pesaj” a una cena que no era la primordial del Pesaj. Es decir, en la tradición de los hebreos desde ese entonces y hasta hoy, todo lo que se hacía y hace, desde el inicio del día 14 hasta el día 21 de Nisán (Abib) se conoce como PESAJ.

Una Comida de Paz y Gratitud con Secretos Mesiánicos.

Entonces, para lograr comprender las respuestas a los planteamientos de más arriba, es bueno saber que era costumbre que, antes del sacrificio de Pesaj, el pueblo de Israel se reunía a celebrar el denominado Korbán Jaguigáh. Este sacrificio era dado en virtud el agradecimiento especial que se hacía al Eterno por la aprobación sacerdotal que había recibido el cordero pascual o Zebaj Pesaj (víctima de Pesaj) que presentaba cada jefe de familia y que sería sacrificado entre las nueve y las quince horas del día 14 de Nisán. Así pues el Korbán Jaguigá era un sacrificio de acción de gracias, del tipo de los korbanot Shelamim (de paz) que se realizaba al comienzo de la festividad de acuerdo a lo que la Torah ordenaba:

“Debes inmolar el sacrificio de Pesaj para Yahvéh tu Elohim del rebaño y de la manada, en el lugar donde Yahvéh escoja establecer su Nombre”

(Devarim/Deuteronomio) 16:2)

En la Mishná se explica muy bien el detalle de que en Pesaj se traía tanto el Korbán Pesaj y también un Korbán Jaguigá (Mesejta Pesajim la Mishná 59b).

RaShí comenta que este Korbán Jaguigá tenía el propósito de de ser comido antes del Korban Pesaj. Esto causaba que el mitzvah (mandamiento) de comer el Korban Pesaj fuera magnificado por cada israelita, ya que llegaba a la mesa de Pesaj saciado por haber disfrutado anteriormente de un shelamim llamado Korbán Jaguigá. Así lograba comer el Korban Pesaj simplemente por cumplir correctamente la Mitzvah divina. Es decir, que el Korbán Jaguigá servía para impedir todo apuro hedonista al momento de comer el Korban Pesaj.

Justamente el Sabio Gaón de Vilna explicó que los huevos que se comen en la Hagadá o Seder de Pesaj son un recordatorio de la ofrenda del sacrificio festivo («Korbán Jaguigá») que se comía en la noche anterior del Seder Pesaj antes de ingerir el sacrificio pascual – por lo que se acostumbra comer el huevo que se encuentra en la keará en recordatorio del Korbán Jaguigá (Mishná Berurá 476:11, Kaf HaJaím 25-26). Hay quienes se abstienen de comer el huevo de la keará para que esta se mantenga completa y sólo lo ingieren al día siguiente (Maamar Mordejai 473:1). Empero, la costumbre extendida es comer el huevo de la keará en la noche de Pesaj.

Según los sabios aparte de presentar un sacrificio por la festividad (Korban Jaguigá) todo aquel que se hacía presente en el Templo no debía presentarse con las «manos vacías» (Deut. 16:16) esto significaba, según su lectura, que debían entregar un sacrificio extra para marcar «su presencia» en la fiesta de la peregrinación. Entonces, y bajo este entendimiento de la cultura judía, notamos que en la costumbre que imperaba en los días del Maestro Yeshúa se comía en la víspera de Pesaj (dentro del mismo día 14 de Abib o Nisán, que ya es día de Pesaj), antes del sacrificio del Cordero de Pesaj, una ofrenda de fiesta tomada de la manada conocida como ya hemos dicho como Korbán Jaguigá.

Una Comida de de la dimensión Rav – Talmid (Maestro – Discípulo)

En la época de Yeshúa, era tradición que este korbán Jaguigá que por lo general celebraba cada familia, también se hiciera especialmente entre los maestros con sus discípulos. Cada moreh (maestro) tomaba a esta Shelamim como una seudah siyum (que se traduce como: «comida festiva«, «banquete de realización«, «comida de promoción«, o «cena de graduación«) que permitía promocionar a los discípulos que cerraban un ciclo de lecciones con él, y elevarlos a la conciencia que cuando finalizara el primer ciclo de las moadim (festividades) serían enviados en misión de abrir nuevos centros del yugo del maestro que los había capacitado. De este modo, cada maestro de Torah aprovechaba esta comida especial, que se hacía en Israel por causa de los primogénito, como una cena de graduación que anunciaba a sus discípulos una promoción a un nuevo tiempo del yugo que con él aprendían y meditaban.

En este espíritu, y mediante esta comida de gratitud, cada discípulo confirmaba que se entregaba una vez más voluntaria e incondicionalmente al moréh (maestro) que había elegido, con el objetivo de absorber de él su doctrina, su enseñanza, y por sobre todo su forma de vivir las midot (cualidades) de la Luz. En esta comida cada discípulo se comprometía a continuar un nuevo ciclo que le permitiera parecerse al maestro a fin de absorber algo que sabe que está muy por encima de la realidad física. Toda esta idea estaba representada en el Matzáh (pan sin levadura) que esa noche y solamente los maestros colocaban en la mesa.

Así pues, esta seudah siyum («cena de finalización» o «cena de realización») cada maestro la realizaba para sus talmidim (discípulos) no por los logros pasados, sino por el potencial de logros futuros que cada uno de ellos tenía en esos días tan especiales entre Pesaj y Shavuot. Por lo tanto, esta seudáh siyum demandaba por causa de su espíritu pedagógico, comer matzá (pan sin levadura), aunque todo el resto de Israel, aún tenía permitido comer jametz (pan leudado). Con este acto de comer matzáh los discípulos confirmaban a su maestros que decidían continuar «comiendo de su carne, y bebiendo de su sangre» (cf. Juan 6:53-57), frase que, en el contexto judío, expresaba todo el sentido que se ha explicado acerca de este «banquete de realización«.

Terminada esta fiesta de colación de grados, cada discípulos podía ir a sus casa, con su familia, para celebrar el Pesaj inmolando el korbán pesaj (cordero pascual) el 14 de Nisán, tal y como el Eterno lo había ordenado en su Instrucción (Torah), y comiéndolo en el seder que iniciaba Jag HaMatzot (Fiesta de Panes sin Levadura).

Lamentablemente y a causa de la destrucción del Beit HaMikdash, la tradición rabínica ortodoxa aparecida siglos después se vió obligada a eliminar esta seudah siyum de paz y en su honor colocaron un huevo en la keará (el plato) de Pesaj como una «ofrenda de paz«.

Entonces, entendemos que esta es la Cena que celebró nuestro Maestro Yeshúa HaMashiaj. Nuestro amado Maestro no se anticipó a la celebración de la Pascua, ya que el korban pesaj (sacrificio pascual) en sí se seguía llevando a cabo en el mismo día, misma hora y mismo momento. Siguiendo la regla del “kal v’jomer” («lo que tiene más peso«), Yeshúa hace esta cena por ser Él, en ese 14 de nisán, la víctima de del Pesaj. Y, como la Torah ordena que el cordero debía morir el 14 de Abib por la tarde, Yeshúa no podía morir y luego celebrar la Pascua. Cumpliendo perfectamente con las mitzvot (mandamientos) de la Torah, nuestro Maestro y Dueño celebró esta sudáh un día antes, para poder morir a la misma hora que los sacrificios de la Pascua.

Esto es lo que Yeshúa comió con sus discípulos, para poder ser él el Cordero de Pesaj que moriría como el «Siervo Sufriente» del Señor, por los pecados de su pueblo Israel y por los pecados de la humanidad.

El Anhelo mesiánico por esta Cena.

«Y les dijo:
¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta Pascua antes que padezca! Porque os digo que no la comeré más, hasta que se cumpla en el reino de Dios.»

(Lucas 22:15-16 – RVR 1960)

Ahora nos corresponde abordar una pregunta más profunda: ¿Qué tiene de especial este Pesaj (Pascua) para que Yeshúa la desee comer ardientemente con sus discípulos?

A la altura de todo lo que venimos considerando, aceptamos que Yeshúa está haciendo un Seder (orden), pero no es el seder central de Pesaj, pues no hay cordero en la mesa según lo que relatan los evangelios sinópticos. Más bien, lo relatado por el evangelista Lucas, es que Yeshúa está comiendo con sus discípulos el Korbán Jaguigá.

Como lo enseñé más arriba, esta Shelamim (ofrenda de gratitud y paz), tiene para el Maestro un propósito muy profundo, que persigue en primer lugar, celebrar el hecho de que los doce sheliajim (apóstoles) han concluido su ciclo de estudio con Yeshúa, y en segundo lugar, que ellos además ya han reconocido y confesado a Yeshúa como el Mesías prometido (ver Mateo 16:16). Sin embargo existe un motivo mayor para esta seudah siyum. Nuestro amado Maestro y Dueño necesitaba revelar a sus seguidores que Él era el Cordero de Dios anunciado y señalado por el profeta Yohanan el Bautizante, a orillas del Jordán (cf. Jn. 1: 29, 36). Por lo tanto, con esta Cena, aquellos varones escogidos comprendería que en verdad era Yahvéh, quien como Av (Padre) estaba celebrando que Su Cordero de Gloria había sido examinado en el Templo desde el día 10 de Nisán y había resultado apto para ser el Korbán Pesaj para las ovejas perdidas de la Casa de Israel.

Recordemos que el cordero pascual se sacrificaba por la salvación de los que se cobijaban bajo su sangre y se comía íntegramente en la Cena de la Pascua. Insisto en un detalle: en esta cena, no hubo cordero sacrificado.

Interesante es notar que ninguno de los cuatro evangelista nos relata la presencia de cordero en dicha cena, algo impensable si hubiera sido el Seder de Pesaj ya que el cordero era uno de los ingredientes principales en la Mesa de Pesaj (Pascua). Diré una vez más que el cordero se sacrificaba solamente en el Templo “entre la caída de las dos tardes”. Así que Yeshúa, aprovechó esta comida especial para poner de manifiesto que Él sería el Cordero Pascual sacrificado y ofrecido por el perdón de los pecados.

Por eso, el apóstol Juan dejó claro desde el principio de su evangelio este misterio al atribuir a Yeshúa el título de: “este es el Cordero de Dios…” (Jn. 1: 29,36). Título nunca dado a ningún personaje bíblico, y que relaciona directamente a Yeshúa con el Korban Pesaj (“Cordero Pascual”). De este modo, los discípulos captaron rápidamente que Yeshúa era pues el Cordero Pascual del Brit HaDashá (traducido correctamente como «Pacto Renovado»).

Entonces queda claro que Yeshúa y sus discípulos no cenaaron el Cordero de Pesaj propiamente tal, primero porque esta seuda no era la de Pesaj, pero lo más importante porque Yeshúa era el Cordero que debía ser sacrificado en Pesaj (ver 1Corintios 5:7) por lo que comió una cena voluntaria que se conoce como Korbán Jaguigá, a la cual también se le llama Pesaj porque está dentro del día de donde es sacrificado el Cordero de Pesaj (Deuteronomio 16:2). El día 14 de Abib comienza un día equis cuando se esconde el sol, y aparece la primera estrella.

Nuestro Maestro Santo comió la cena del Jaguigá a la medianoche del 14 de Abib, para luego ser sacrificado en las afuera de Jerusalén, a las 3 PM (u hora novena) del mismo día, manifestando así ser el Cordero de Pesaj que nos libera de nuestras de la esclavitud del sistema satánico de culpabilidad y muerte.

La Cena de Jaguigá, por ser una shelamim era voluntaria, pero también era un mandato de la Torah, por lo que el Mesías aprovechó la ocasión para comer junto a sus discípulos y explicarles que cada vez que comieran Pesaj propiamente tal, deberían recordar la muerte y el sacrificio que el haría por los pecados de su pueblo Israel, a fin de mantener a la Kehilá (Asamblea) de Israel en su posición de primogénito del Eterno (Éxodo 4:22).

Evidentemente, y considerando todo esta contexto, una cosa emerge claramente de todo esto: esencialmente, esta comida de despedida no fue el antiguo Pesaj (Pascua), sino el nuevo y renovado acorde al primer 14 de Aviv (Nisán) que vivieron los ancestros en Mitzrayim. Nuestro amado Dueño y Maestro Yeshúa realizó este encuentro en el espíritu mismo de aquel contexto histórico de redención, conectando esa Mesa a la maravillosa noche en el que Yah salvó a los primogénitos de Israel del paso del Ángel de la Muerte. Entonces, a pesar de que la comida que Yeshúa compartió con los Doce no fue una cena de Pesaj según las prescripciones rituales de la Torah, sin embargo, en retrospectiva, la conexión interna de todo el evento con la muerte y la resurrección de Yeshúa se destacó claramente conectándose así con la noche favorita de Yahvéh vivida por primera vez en Egipto el 14 de Avib (Nisán).

¡Fue el Pesaj (la Pascua) de Yeshúa! ¡El Pacto Renovado!

Considerando el sentido de las costumbres de aquella época, entendemos y aceptamos que Yeshúa HaMashiaj no celebró la Pascua, ya que en el orden de los rituales cúlticos, cuando llegó el momento del seder pascual propiamente dicho, Yeshúa ya había muerto. Pero, por otra parte y sujeto al Espíritu de la Profecía, como Él se entregó a sí mismo como Cordero, Él sí celebró verdaderamente el Pesaj (la Pascua) con sus discípulos durante aquella seuda shelamim.

Debo aquí decir que la fiesta de Pesaj es un recordatorio:

“Y este día os será en MEMORIA, y lo celebraréis como fiesta solemne para YHVH durante vuestras generaciones; por estatuto perpetuo lo celebraréis” 
(Ex. 12:14). 

Entonces, y debido a que es un memorial que representa simbólicamente la liberación que más tarde haría YHVH mediante su Cordero de Gloria (el Mesías), también Yeshúa pide a sus discípulos que cada vez que tomen la Copa y coman el Pan sin Levadura, lo hagan en memoria de Él (Lucas 22).

Años más tarde, como el apóstol Pablo está enseñando lo mismo que el Mesías Yeshúa, pues él le transmitió su enseñanza, también pide a la congregación de Corintios que cada vez que participen de la Cena del Señor lo hagan en memoria de Él (1Corintios 11)

Como podemos ver, YHVH le dice a su pueblo que la cena de Pesaj es un memorial por todas sus generaciones, de igual manera, Yeshúa le dice a sus discípulos que debían cenar Pesaj, el 14 de Nisán, en memoria de Él y el apóstol Pablo, como fiel discípulo de Yeshúa, enseñaba a las congregaciones que cada vez que participen de la Cena del Señor lo hagan en memoria de la muerte de Mesías, como el verdadero Cordero pascual, pues Pesaj es la sombra profética más relevante de la Torah que anuncia la muerte del Mesías a favor de todos los hombres.

Siempre que los israelitas celebraban Pesaj estaban anunciando la muerte futura de un Hombre Cordero (Mashiaj) que los rescataría de sus pecados y eso fue lo que sucedió, celebraban Pesaj año tras año anunciando proféticamente la muerte de este Cordero sin defecto por medio del cual YHVH los protegería hasta que se cumplió al pie de la letra en un hombre llamado Yeshúa de Nazaret.

Por ésta razón es que Shaúl le dice a la congregación:

“Todas las veces que coman este pan y beban esta copa, anuncian la muerte del Maestro, hasta que él venga” 

Tal cual los israelitas comían un memorial que anunciaba un evento profético, asimismo los israelitas que hemos creído en el Mashiaj Yeshúa, cada vez que participamos de Pesaj, conmemoramos ese cumplimiento profético anunciamos (conmemorando) la muerte del Cordero de Pesaj que es el Mesías Yeshúa y lo haremos hasta que él venga. En este aspecto hay una estrecha relación entre las palabras de Pablo, las del Mesías y la Torah respecto de la celebración de Pesaj.

Para concluir, diremos que, sabiendo Yeshúa que ésa era su última noche antes de morir, decidió dar un sentido diferente a esta reunión. Esto sería recordado por su significado en generaciones venideras. Por lo tanto, Él instituyó esta Cena Memorial especial, la cual debe ser celebrada anualmente en relación directa con la Pascua por aquellos que creen en Él. Al instruir el celebrar esta especial cena en memoria de él, Yeshúa completó la celebración de la Pascua. Él era (y es) el sacrificio pascual perfecto, y el Ungido de Yahvéh que el pueblo de Israel necesitaba y esperaba.

¡Los ritos de la tradición (halajáh y hadajáh) no fueron abolidos; simplemente que todo fue llevado a su pleno significado!


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¿Cómo Arder Constantemente para Dios?

Por P.A. David Nesher

 

“El fuego del altar ha de mantenerse encendido en él…
El fuego se mantendrá encendido sobre el altar; no se apagará, sino que el sacerdote quemará leña en él todas las mañanas…
El fuego se mantendrá encendido continuamente en el altar; no se apagará.”

(Vayikrá/Levítico 6:9, 12, 13)

 

Como desde hace años lo hago, hoy remarco una vez más que la característica del holocausto que arde por un largo tiempo es una ilustración apropiada de la obra de darnos diariamente a nosotros mismos completamente al Eterno. Estoy convencido que todos ustedes entenderán que el venir a Yahvéh, nuestro Abba, como un sacrificio vivo no es una obra repentina, ni mucho menos fácil.

En la meditación de hoy, notamos que la Torah repite tres veces la importancia de no dejar que el fuego se apague sobre el altar.

Recordemos que el fuego que estaba en el altar del Mishkán (Tabernáculo) había caído desde el cielo. Era el mismo Yahvéh quien lo había otorgado como don, y lo había depositado en el altar de bronce. Lo único que debían hacer los sacerdotes era encargarse de mantenerlo vivo constantemente. Esto no significa que los sacerdotes trabajaban durante la noche, sino que el sacrificio de la tarde se dejaba allí hasta la mañana, momento en el que el sacerdote limpiaba las cenizas y preparaba el altar para el sacrificio contínuo de la mañana (Éxodo 29:38-46).

El sacerdote, desencinte de Aarón, amante de la paz y la bondad, debe encender “el fuego sagrado”, para erradicar el fuego devastador que consume todo lo bueno. Esto sí o sí se hace “a la mañana”, cuando ilumina su atributo, el atributo de claridad y bondad.

Al hacerlo en forma constante, “todos los días”, compactándose con bondad, la Torah nos garantiza que “no se apagará” nunca la luz de la fe y de la santidad.

Por eso, el fuego perpetuo se conecta a la idea de que estas ofrendas deben ser hechas continuamente. Antes del perfecto sacrificio de Yeshúa en la cruz, era imposible el completarlas de una manera perfecta.

Al buscar sumergirnos en la simbología del fuego, sabemos que tres son los ingredientes que el mismo necesita para poder existir: combustible, oxígeno y calor. Si falta alguno de estos tres, el fuego no arde.

El calor se mantenía en las llamas y en los carbones encendidos. El oxígeno venía del aire ambiental. Sólo hacía falta añadir la leña. Esto nos enseña acerca de la importancia de mantener el fuego celestial encendido sobre el altar personal que cada uno de nosotros tenemos en nuestro interior. Cada mañana hay que poner más leña sobre el fuego. Ahora bien, la pregunta es:

¿Qué simboliza la leña?

La leña es el producto de la vida y la muerte de un árbol. Está escrito que la Torah es un Árbol de Vida (cf. Proverbios 3:18). También Mashíaj se compara a sí mismo con un Árbol (cf. Lucas 23:31; Juan 15:1). Esto nos enseña que el combustible que alimenta el fuego en nuestro corazón es el producto de una doble procedencia: la Torah (Palabra Escrita) y el Mesías (Palabra Encarnada). La vida y la muerte del Mesías ha creado suficiente leña para que podamos arder eternamente delante de Yahvéh. Cada mañana hay que poner más leña en su corazón para arder continuamente delante del Eterno.

La leña es añadida en la oración, la alabanza y el estudio de las Escrituras que cada creyente hace todas las mañanas. La única manera de poder mantener el fuego celestial ardiendo en nuestra vida es ponerle más leña. Es una tarea diaria.

Querido lector, si experimentas que el fuego de tu vida espiritual se está apagando, necesitas tomar en serio este mandamiento y orar cada mañana y leer y estudiar las Escrituras santas.

El oxígeno es parte del aire. La palabra hebrea para viento es ruaj. También a Ruaj se la traduce como “Espíritu”. Esto nos enseña que el oxígeno para el fuego celestial es el Espíritu del Señor. Si falta el Espíritu Santo en la oración y la lectura, el fuego se apagará.

Que tampoco falte el calor en nuestra devoción a Yahvéh. El calor podría simbolizar el amor y la intensidad de nuestra entrega (en hebreo kavaná).

¿Por qué repite que “el fuego del Altar debe mantenerse encendido»?

El Altar representa al corazón del ser humano. Sucede que a medida que pasa el tiempo y la persona redimida se va familiarizando con los preceptos, puede llegar a perder el entusiasmo primario que alguna vez tuvo, al comenzar la peregrinación por sus códigos. Es por eso que la Torah nos dice que el fuego debe estar siempre, al principio, y luego otra vez, en el futuro.

¡Asegúrate que el fuego no se apague en tu vida!

“Por lo cual te recuerdo que avives el fuego del don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos.” (2 Timoteo 1:6)

En este caso se trata del fuego del don de ser anunciador de las buenas nuevas (en griego “evangelista”).

Bitácora Relacionada:

Altar: códigos del corazón humano sujeto al Eterno Dios.

¡Bailar Pegados al Eterno!… ¡La Terapia para Vivir Bien!

Al leer los libros del Tanak (Torah, Neviím, Ketuvim), también mal llamado Antiguo Testamento, encontramos la pedagogía espiritual de la danza. Justamente en cada lección, la lección será la misma: la danza es una expresión de alegría, aceptada por el Eterno como una ofrenda espiritual que lo glorifica como Creador y Dueño de todas las cosas.

La adoración a través de la danza ha sido parte de la historia y la tradición de Israel durante todos los años de su existencia. Entre tantos versos del salterio, podemos rescatar una que pone a la danza como un imperativo en la liturgia profética del Santo Templo:

 

“Alábenlo a son de trompeta; alábenlo con salterio y arpa. Alábenlo con pandero y DANZA; alábenlo con cuerdas y flauta. Alábenlo con címbalos resonantes; alábenlo con címbalos estruendosos…”

(Sal. 150:3-5 VIN)

Esto se remonta a los tiempos de Moshé (Moisés), siendo una expresión de fe, adoración y alabanza a YHVH en la que cada movimiento del cuerpo tiene un significado y cada gesto de las manos tiene un sentido propio de adoración. Seguramente esta cosmovisión hebrea de la danza como instrumento cúltico, se desarrolló desde el mismo momento en que Israel fue librado del látigo opresor de Mitzraim (Egipto). Así lo vemos en la misma Instrucción (Torah) cuando nos relata:

“Entonces Miryam la profetisa, la hermana de Aharón, tomó un pandero en sus manos, y todas las mujeres fueron tras ella en DANZA con panderos…”

(Ex. 15:20 VIN)

Así pues, se instaló en la mentalidad hebrea que una de las manera de adorar a YHVH era demostrando el gozo de la salvación (simjáh). Por ello, para Israel bailar de alegría por el cumplimiento de una mitzvá es un privilegio celestial maravilloso.

Los códigos de la Torah revelan que cuando la alegría se comienza a irradiar en el interior del ser humano, se extiende a las piernas hasta que, literalmente, la persona comienza a danzar de gozo. Este acto profético disipa las fuerzas de la impureza (tumá), que se apoderan de las piernas para enfermarlas; además, atenuará juicios severos de los Cielos y permite recibir bendiciones. El fervor con el que se baila en un culto divino es “una ofrenda encendida de olor grato al Señor” (Números 28: 8).

En el folclore israelita existen mas de cuatro mil estilos de danzas diferentes: de adoración, de guerra, de paz, de dolor, etc. Como ejemplo de esto vemos que en el libro Shofetim (Jueces) encontramos la costumbre de danzar en alegría y gratitud por las cosechas:

“Tan pronto vean a las muchachas de Shiloh salir para unirse a los bailes, salgan de las viñas; que cada uno de ustedes escoja una esposa de entre las hijas de Shiloh…”

(Jue. 21:21 VIN)

Esta danza comenzaba en rueda y luego cada hombre seleccionaba una pareja.

También era costumbre sana y terapéutica danzar para conmemorar el gozo del regreso de algún ser querido:

“Cuando Yiftaj llegó a su hogar en Mitspah, ¡ahí salió su hija a recibirlo, con pandero y danza!”

(Jue. 11:34 VIN)

Es muy conocida la historia del rey David danzando fervientemente ante la llegada del Aron HaBrit (Arca del pacto) a Jerusalén. Notamos que él expresaba su gozo sin ningún tipo de prejuicio:

«David danzaba con toda su fuerza delante de YHVH; David estaba vestido con un efod de lino…”

(2 Samuel 6:14 – VIN)

Esta anécdota enseña como Mikal, quien se opuso a esta forma de adoración, quedó estéril (2 Samuel 6:14-23). Así pues, quedó claro en la mente de los hebreos que burlarse de la danza litúrgica produce un corte en la productividad de la vida.

Por esto, su hijo el rey Salomón (en hebreo: Sh’lomó HaMélek) enseñó que en la vida del hombre existe un tiempo de bailar, y que esto está marcado en el propósito eterno de Dios (Kohelet/Eclesiastés 3:4).

Así es como los profetas en sus oráculos afirmaban que en la restauración de todas las cosas también estaría incluida la danza como una forma legítima de diversión y gratitud a Nuestro Creador:

«De nuevo te edificaré, y serás reedificada, Virgen de Israel;

de nuevo tomarás tus panderos, y saldrás a las DANZAS con los que se divierten»

(Irmiyahu/Jeremías 31:4)

En los tiempos de Yeshúa ha Mashíaj, era una parte importante de la liturgia del Templo y el pueblo la utilizaba, en las fiestas de Israel, para conmemorar las victorias, los eventos históricos y los eventos de citas divinas o fiestas.

Por eso, cuando venimos al Evangelio (Buena Noticia) de nuestra Salvación, nos encontramos con que nuestro Maestro y Mesías Yeshúa enseñó que la danza era una expresión legítima de alegría a la hora de expresar gratitud al Eterno, nuestro Abba. Esto lo hizo en forma sutil cuando hablando del regreso del hijo pródigo, describió como era el momento de la shelamim que el padre ofreció a Yahvéh por esta alegría:

«…Y su hijo mayor estaba en el campo, y cuando vino y se acercó a la casa, oyó música y danzas«

(Lucas 15:25)

También entendemos que en la boda de Caná (Qanah), nuestro Señor vio las danzas que se producían en esta celebración, e incluso no es descabellado pensar que él participó como cualquier joven judío, pues esto era parte integral de su cultura. Los discípulos del Mashíaj eran de mentalidad hebrea y ellos tuvieron que haber conocido este folclore.

¡Evidentemente estar alegre es una bendición, y bailar para expresar dicha alegría también lo es! Sin embargo, también las Sagradas Escrituras dejan en claro que cuando una persona baila con el calor de la inclinación al mal (yetzer hará), está encendiendo un “fuego extraño” (Levítico 10: 1), mientras que el vino que bebe es el “vino de la embriaguez”, que permite a las fuerzas de la impureza afianzarse. Por eso, desde sus líneas, Yahvéh nos hace distintos llamado de atención, ya que el desenfreno puede llevar a que una misma acción tenga diferentes intenciones y, por lo tanto, diferentes consecuencias.

Debemos buscar la alegría pero no el desenfreno. Debemos estar exultantes de gozo, pero, siempre, tener presente el motivo de la alegría: nuestra gratitud al Eterno. Por esto, es recomendable que en todas las fiestas, los varones y las mujeres dancen por separado o en todo caso evitando el contacto físico, aunque esta recomendación no aplica a las pareja unidas en santo matrimonio.

 

 

Energía para la Vida y Pesadez para la Muerte

Por P.A. David Nesher

«Sacrificará el toro ante El Eterno; los hijos de Aarón, los sacerdotes, traerán “la sangre” y la arrojarán sobre el altar… y “las grasas” sobre la leña que está sobre el fuego del altar.»

(Levítico/Vayikrá 1:5)

La mayoría de la gente cristiana de hoy en día tiene dificultad para comprender el concepto de los sacrificios animales. A pesar de eso, debe aceptarse que existió una buena razón para que estos sacrificios abarquen una sección tan grande de la Torah. Por eso vamos a tratar de entender su significado simbólico en algunos de los aspectos requeridos en estos ritos dela Altar divino.

Es interesante saber que  aquel que traía la ofrenda podía degollarla, si deseaba. Pero sólo los sacerdotes podrían ofrecer la sangre sobre el altar. Esto era para que el penitente entendiera que se sacrifica delante de Yahvéh. Así, los sacerdotes podían enseñar que estos sacrificios eran un oráculo de la muerte del Mesías, la cual ocurriría (y ocurrió) delante de Yahvéh.

Vemos que Yahvéh, ordenaba que la sangre fuera arrojada sobre el altar. Este procedimiento lo realizaba sí o sí el sacerdote, quien se ponía al pie del altar, y arrojaba la sangre desde un recipiente hacia la pared del altar debajo de la mitad, hacia sus esquinas. 

Tanto la sangre como la grasa del animal debían ser arrojadas sobre el Altar.

Uno de los significados espirituales de “la sangre” en la Torah, es que guarda relación con la vitalidad, la velocidad y la energía motora del alma. Y “la grasa”, por el contrario, se relaciona con la pesadez, la pasividad y la inacción mental y emocional.

Según la cosmovisión divina, estos dos elementos deben ser ofrendados a Yahvéh con el fin de permitir la manifestación justa de Su proceso santificador en nuestras vidas. Por un lado el redimido tiene que ser incondicionalmente enérgico al momento de cumplir una ordenanza divina, y a la vez tiene que ser lento y pesado en el momento de ser tentado a cometer un pecado. Es decir que un hijo primogénito de Yahvéh debe ser entusiasta acerca de hacer lo mandado por Él para manifestar un acto de bondad. Por otro lado, cada hijo primogénito debe ser “flojo” y desistir de hacer lo impropio en su vida y entorno.

Sabemos que la Torah contiene 248 mandamientos positivos, y 365 mandamientos negativos. Pues bien, cada israelita, al ofrendar, activaba en su mente y corazón la certeza de que para la ejecución de un mandamiento positivo, uno debe actuar con rapidez y entusiasmo. Cuando una persona es tentada en aquello que Yahvéh lo prohíbe, transgrede un comando de la Torah, puede evitarla siendo “flojo” e inactivo.

Alguien que comete una transgresión aparentemente ha confundido sus prioridades. En el caso de los mandamientos positivos que descuidó, era perezoso, y en el caso del negativo que violó, actuó con vigor. Colocar la sangre y la grasa en el altar actúa como un recordatorio del propósito de cada rasgo y de lo que cada cosa sea usada según la voluntad de HaShem.

La sangre fue rociada en dos esquinas del altar, la noreste y la suroeste. Así la sangre fue rociada en los cuatro lados del altar por medio de dos rociamientos. Estos últimos era dos porque representaban el obrar redentor del Eterno a favor del pecador (el número 2 representa pecado, y también alianza); y los cuatro lados señalan a los cuatro puntos cardinales y a la creación toda, aduciendo así que cuando el hombre se pone a cuenta con el Eterno, todo su entorno se beneficia, gracias a las bendiciones que este comienza a irradiar.

Este rociamiento sobre el altar representa el momento cuando Mashiaj murió, disponiendo su vitalidad y energía motora a todos los hombres del mundo que anhelaran cumplir la voluntad del Padre que es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2).

Herencia para los Hijos

El rabino Meir era un escriba distinguido; de hecho, un escriba fenomenal. Por medio de su duro trabajo, ganaba tres sela a la semana. Un sela lo gastaba en comida y bebida; otro sela lo gastaba en vestimenta, y el tercero lo utilizaba para proveer sustento a los discípulos de los sabios (estudiantes de la Torah).

Enterados de esto, sus discípulos le dijeron:

_»Nuestro maestro, ¿que acontecerá con tus hijos que no tendrán nada para heredar?»

El les contesto:

_ «Si son justos, les acontecerá lo escrito por David- ‘No he visto justo desamparado, ni su descendencia mendigando pan’ (Salmo 37:25). Pero si no [son justos], ¿por que habría de dejar lo mio a los enemigos de aquel que esta en todas partes?»

La Vida: Valor y Derecho Supremo

Sin duda alguna, el tema del aborto reaparece constantemente en el debate público occidental como una cuestión política que pretende superar y vencer toda reflexión ética. Por ello, es fundamentalmente un tema de constante debate parlamentario y jurídico. Esto se debe al gran avance de movimientos feministas y progresistas que buscan impulsarlo para que el mismo se considerado legal, quedando consagrado de esta manera, el derecho de toda mujer embarazada a decidir libremente sobre la vida del niño por nacer, es decir, sobre su propio hijo.

Lo cierto es que la «interrupción voluntaria del embarazo«, como estas ideologías postmodernas pretenden llamar al aborto, es un tema controvertido en todos los rincones del planeta, pero también el enfoque de esta cuestión varía según el contexto cultural de cada región.

La paradoja es que, si bien la mayoría de las personas están de acuerdo respecto a que la libertad individual no permite el asesinato, cuando se trata del aborto el tema gira en torno a la definición misma de cuándo comienza la vida. La respuesta a esta pregunta está influenciada por aspectos religiosos o ideológicos, y de esta manera, el tema del aborto de inmediato involucra las más sagradas creencias y opiniones que tienen las personas sobre Dios, el alma y la naturaleza de la existencia. Así pues, la forma de afrontar esta problemática por parte de un europeo católico o protestante difiere de la que puede tener un budista, un musulmán o un judío. Al parecer, y justificado en lo que he dicho en este párrafo, los grupos opuestos “a favor de la vida” y “a favor de la elección” estarán eternamente en pugna. Es que el tema del aborto tiende a generar fuertes emociones, tanto en los que están a favor como en los que están en contra. Sin embargo, las cuestiones éticas no pueden decidirse en base a argumentos emocionales, ni tampoco por consenso. Lo que debe debatirse es la naturaleza del embrión en gestación. Ése es el centro de esta cuestión. Por ello, vale la pena que hoy tomemos un tiempo para considerar el enfoque yahvista sobre el asunto, y de esa manera lograr una cosmovisión desde la fe de Abraham, Isaac y Jacob.

El Valor de la Vida.

Antes de sumergirme en el desafío de dicha tarea de fe, conviene hacer un racconto muy sintético acerca de la cosmovisión primigenia de la humanidad ante este tema. Comenzaré diciendo que la mayoría de los sistemas religiosos y legales en las culturas antiguas se oponían a inducir el aborto. De esta manera, encontramos evidencias documentadas de que tanto los asirios, como los hindúes y así como el antiguo Egipto, entre otros, se oponían a inducir el aborto. Así mismo, entre los antiguos griegos había diversas opiniones. En contraste, los romanos prohibieron el aborto y establecieron severos castigos para quienes lo realizaran.

Una actitud negativa hacia la inducción del aborto es también evidente en la mayor parte de los juramentos médicos conocidos. Incluso si la actitud negativa no está explícita, queda implícita como parte de la conducta ética general de los médicos. El famoso Juramento Hipocrático afirma:

“Nunca le daré una pócima a una mujer ni utilizaré ningún instrumento para inducir un aborto”; aunque otras escuelas griegas de medicina no se oponían al aborto…»

Ahora sí, metiéndonos de lleno en nuestra herencia espiritual (la emunah -Fe-), debo confesar que nuestra certeza en los códigos de la Luz concibe a la vida como un don de la divinidad misma, por lo que debe ser apreciado y valorado sin importar su dimensión temporal. Esa gracia divina tiene un valor intrínseco e infinito. Es por ello que siendo un regalo sagrado no está en el dominio de los hombres decidir su suerte. Este paradigma estaba bien arraigado en aquellos discípulos de Yeshúa que proclamaban el Reino de Dios a las naciones:

“…pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas…

Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos”

(Hechos 17:25, 28)

Sus profetas llamaban constantemente a los israelitas a no olvidar esta verdad, tal como el mensaje de Ezequiel lo anunciaba:

“He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía.”

(Ezequiel 18:4)

El rey David, como salmista experto en lo profético, hacia cantar a Israel así:

 “De Yahvéh es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan”.

(Salmo 24:1)

Así mismo, el mismo salmista aseguraba en otro salmo que a los ojos del Eterno, la vida, y primordialmente la vida humana, es sagrada:

«Porque en ti está la fuente de la vida; en tu luz vemos la luz.»

(Salmo 36:9)

También lo es la vida de la criatura que está en el vientre de su madre, el lugar que Yahvéh, como Creador diseñó para que los bebés estén protegidos durante su formación. El rey David, como profeta entendido en los códigos lumínicos del propósito eterno le cantó a Yahvéh:

“Porque Tú formaste mis entrañas;
Me hiciste en el seno de mi madre...

Tus ojos vieron mi embrión,
Y en Tu Libro se escribieron todos
Los días que me fueron dados,
Cuando no existía ni uno solo de ellos.”

(Salmo 139:13, 16)

Enfocado en esta cosmovisión, Job, el varón de fe, discípulo del Eterno en la «Escuela del Dolor», llegó a expresar desde su sabias reflexiones:

«¡El mismo Dios nos dio vida en el vientre!
¡A ellos y a mí nos dio forma en la matriz!»

(Job 31: 15)

Con su mente lleno de esta verdad, el profeta Jeremías hace notar a sus oyentes el tierno interés que el Eterno siente por esa delicada vida que crece en la matriz:

«Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré, te puse por profeta a las naciones.»

(Jeremías 1:5)

La vida, según lo que revela la Instrucción divina resulta un bien indisponible a los seres humanos. Es por ello que nuestro bagaje cultural no permite el suicidio ni avala el asesinato piadoso (eutanasia). Ejemplo de ello lo tenemos cuando el rey David condenó al soldado que terminó con la vida del rey Saúl, que había intentado suicidarse y no lo logró, (dice el relato que cuando Saúl agonizando de dolor le pidió a su asistente que terminara con su vida). Se desprende de la condena de David que era considerado un delito al asesinar a alguien, aunque estaba sufriendo y agonizando y a punto de morir.

Así mismo, considerando esta cosmovisión yahvista la Instrucción (Torah) divina se opone al aborto ya que es contrario al desarrollo natural de las cosas. Se trata de un acto espiritual y físicamente dañino, que siguiendo los designios de la vida no debería realizarse.

Debemos saber, que el proceso de la concepción y embarazo corresponden en la revelación divina a los Tres Mundos Inferiores («Tres Cielos» u Olamot), tal como lo revela el profeta Isaías (43:7). La concepción corresponde al mundo de la Creación (Briah), el período de 40 días desde la concepción corresponde al mundo de Formación (Yetzirah) y el nacimiento que tiene lugar luego del período subsecuente corresponde al mundo de la Acción (Asiah).

Desde sus comienzos las Sagradas Escrituras se refieren a estos tres momentos del embarazo: el momento de la concepción, de la formación y del nacimiento, que es el del completo desarrollo del feto en el útero. En hebreo este momento es llamado Asiah, también significa el “ser completo”. El feto está completo y ahora puede nacer al mundo y continuar creciendo. Así y según la Torah, la vida es un proceso que va adquiriendo con el tiempo mayor relevancia hasta considerarse una vida humana en plenitud mesiánica.

Por encima de estos tres mundos está la unión del padre y de la madre que corresponde al mundo de Atzilut, que es el nivel de la Conciencia Divina, total y absoluta unidad. Este da nacimiento a los tres mundos inferiores. La unión expresa la unión Divina. Si la semilla es concebida apropiadamente entonces tiene lugar el proceso Divino de procreación. Está absolutamente prohibido destruir este proceso divino que realmente comienza desde el momento de la concepción. Este es el secreto de la creación, como si fuera, ex-nihilo.

En suma, desde nuestra perspectiva de fe, vivir es una responsabilidad frente a Yahvéh, pero también con la sociedad, por cuanto todos estamos aquí como parte de un diseño en el que el amor al prójimo se expresa en poner a disposición las fuerzas propias al servicio del otro, a fin de que ese otro logre llegar a la plenitud de su propósito sin obstáculo alguno.

La Instrucción Divina para Proteger la Vida.

La emunah, como don celestial, nos permite aceptar que lo que Yahvéh piensa sobre la vida de un bebé no nacido se refleja, por un lado, en la Torah y por otro, en nuestra propia conciencia. Ahora bien, vamos a repasar las principales fuentes en la Torah que se señalan al aborto como un anti-diseño. Tres pasajes de la Torah se relacionan específicamente con el aborto.

La primera fuente es entendida por el Talmud como una prohibición del aborto para quienes cumplen las leyes de Noaj, lo cual luego es extendido por el Talmud aplicándose también para los hebreos, hijos de Abraham, que están bajo la Alianza divina. Antes de seguir, debemos recordar que las leyes de Noaj son la prohibición respecto a la práctica de la idolatría, el asesinato, el robo, las relaciones sexuales prohibidas, la blasfemia,  y el precepto positivo de establecer cortes de justicia para hacer cumplir las leyes, aún ejecutando la pena capital como castigo.

«El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre.»

(Génesis 9:6)

Tanto el Talmud, como una gran cantidad de exégetas expertos en el hebreo, explican que este versículo se refiere al aborto:

«Fue dicho en nombre de Rabi Ishmael:

Un hijo de Noaj debe ser condenado a muerte incluso por matar a un feto.

¿Cuál es la fuente de Rabi Ishmael?

Porque está escrito:

“Al que derrame sangre humana por el hombre se derramará su propia sangre” [si lo leemos literalmente: el que derrama sangre de una persona dentro de otra persona, etc.].” (Bereshit 9:6).

¿Qué persona está dentro de otra persona?

Esto se refiere al feto en el útero de la madre.»

[Talmud Bavli (Talmud de Babilonia), Sanhedrín 57b]
La segunda fuente de la Torah prohibiendo el aborto es la prohibición general de matar en el Decálogo (mal llamado «Diez Mandamientos» por la teología cristiana):

«No matarás.» 

(Éxodo 20:13)

En verdad la expresión «Lo tirtzaj» debe ser traducida: «No asesinarás». Ahora bien, ¿qué quiere decir el Eterno con esa frase? Entender esto es vital para poder comprender y apreciar el verdadero enfoque de la moralidad de la Torah.

En hebreo, la palabra que hace referencia a “matar” es “harigá”, que es un verbo completamente diferente. Hay un mundo de significados en esta elección de palabras. Cualquier diccionario nos informa las diferencias entre el asesinato y la muerte. Aunque el final para el difunto sea similar, las intenciones, motivos, modos, del perpetrador son diferentes sea si es matador o asesino.

Considerando esto así, entendemos que en la cosmovisión del Señor, asesinato, es tomar la vida de un ser inocente, y es un acto prohibido siempre. Sin embargo, matar, es tomar cualquier vida, que a veces es permitido y hasta podría llegar a ser una obligación. Por ello, en las Sagradas Escrituras existen situaciones en las cuales está permitido, e incluso puede resultar imperativo matar:

  • Aplicación de pena capital tras juicio justo, apelaciones, defensas, etc., en los casos extremos que era acorde a la ley su ejecución.
  • En defensa propia ante agresiones que pueden ser mortales.
  • Similar a la anterior pero en resguardo de la vida inocente ajena.

De lo anterior se deduce que matar en la guerra es un acto necesario, cuando lo fuera, aunque no deseable. Ejemplo escritural de esto lo encontramos en las guerras de Yehoshúa (Josué) que fueron parte de la estrategia divina para que los israelitas pudieran re-establecerse en las tierras que les fueron dispensadas por Yahvéh a Abraham, Itzjak y Yaakov. Estas guerras, dolorosas por cierto, son comprensibles con ese sentido. Y sus muertes, son parte de lo despreciable que tienen las guerras. Por causa de esta cosmovisión el ejército israelí se llama Tzvá Haganá LeIsrael que traducido es: Ejército de DEFENSA de Israel.

En cambio, asesinar, en todas su formas está prohibido por el Eterno. Esto incluye:

  • Crimen (ese al que la TV nos tiene tan lamentablemente habituados)
  • Eutanasia
  • Suicidio
  • Aborto (cuando no cuenta con consentimiento legal/médico)

La tercera fuente de la Torah que se refiere al aborto es en un caso en el cual hay dos personas que se encuentran en un combate mortal. La mujer embarazada de uno de los combatientes entra en la lucha para salvar a su marido. Accidentalmente, un golpe mortal dirigido al hombre, llega a la mujer, matándola a ella o al niño que está en su vientre. La Torah dice que en ambas instancias la ley es la siguiente:

«Y si algunos hombres luchan entre sí y golpean a una mujer encinta, y ella aborta, sin haber otro daño, ciertamente el culpable será multado según lo que el esposo de la mujer demande de él; y pagará según lo que los jueces decidan. Pero si hubiera algún otro daño, entonces pondrás como castigo, vida por vida,…»

(Éxodo 21:22, 23)

Esta es la ley que se aplicaba cuando dos hombres luchaban y accidentalmente se dañaba a una mujer embarazada, provocándole un aborto. Si no hay un daño fatal a la mujer, entonces la parte culpable debía pagar una pena monetaria. El esposo de la mujer debe efectuar la demanda, y la cantidad que se deberá pagar es determinada por las cortes. Los jueces primero tenían que evaluar las intenciones y circunstancias de cada caso. Sin embargo, si ocurría un daño fatal a la mujer, entonces debía pagar una compensación completa por su vida es decir, que era condenado a la pena capital. Así pues, el asesino pagaba la vida de la criatura con la suya propia (Números 35:22-24, 31).

Sin duda alguna, la Instrucción nos revela que la vida humana prenatal es un magnífico don de Yahvéh. El ideal del Eterno para los seres humanos establece la santidad de la vida humana, a imagen de Dios, y exige respeto por la vida prenatal. No obstante, las decisiones acerca de la vida deben ser tomadas en el contexto de un mundo caído. El aborto nunca es un acto de pequeñas consecuencias morales. De esta manera la vida prenatal no debe ser destruida irreflexivamente. El aborto debería ser practicado únicamente por razones muy serias.

Valorando la Vida en Potencia.

Para ir encontrando una conclusión a un tema tan extenso y profundo, diré que el término hebreo que se utiliza para hablar del aborto es hapalá  (הפלה) que proviene del verbo caer. Es decir, que en la mentalidad hebrea, el aborto es la caída de una vida potencial. Por otro lugar es importante destacar la importancia que la mentalidad hebrea de Israel le otorga a la procreación. El traer vida al mundo y poblar la tierra es el primer precepto que le es comandado al ser humano. Bajo estas consideraciones, se entiende que cuando un espermatozoide fecunda un óvulo, la Torah considera su desintegración un delito en la fase que sea, cuando no hay ninguna razón lógica para efectuarlo. Un aborto representa la devaluación de la vida, ya que el varón y la mujer, al tomar una decisión que compete al Juez Supremo, trascienden su rol como humanos e interfieren en el designio divino. En ese sentido, el aborto para la Instrucción (Torah) divina es un delito que atenta contra uno de los más santos mandamientos de la humanidad que es la procreación, y así es parangonable a un homicidio.

Ahora bien, alguien cuestionará: ¿qué se puede decir de una niña que concibe un hijo sin estar casada y carece de toda preparación para ser madre? ¿Debería permitírsele traer un niño al mundo? Los sentimientos de Yahvéh por la criatura no cambian solo porque su madre haya obrado de una manera insensata e inmoral. El nacimiento del niño puede ayudar a la madre a darse cuenta de los resultados naturales de su inmoralidad y grabar en ella la sabiduría de la Instrucción (Torah) divina. Eliminar la consecuencia de su acto sexual ilícito puede dejar en ella un profundo sentimiento de culpa o tal vez alentarla a cometer más actos de inmoralidad.

Si no hay un padre con quien compartir la carga, criar un hijo no será fácil. No obstante, una estrecha relación con nuestro Padre celestial puede proporcionar a la madre la fuerza, el apoyo y la guía morales y emocionales para hacerlo. Además, Dios también ha provisto la congregación cristiana para ayudar a aligerar la carga de las madres solteras.

Entonces otro objetará: ¿y si es un médico quien anuncia que una mujer puede correr poner en peligro su vida si desea llevar a término su embarazo? Pues bien, encontré la opinión del Dr. Alan Guttmacher quien aseguró: “Hoy día, casi toda mujer embarazada puede sobrevivir a su estado de gestación a menos que padezca alguna enfermedad mortal, como el cáncer o la leucemia, y en ese caso, es improbable que el aborto pueda prolongar su vida, y mucho menos salvársela”. También La Enciclopedia Americana dice: “Como la mayoría de las mujeres pueden llevar a término su embarazo aun padeciendo graves problemas médicos, son pocos los abortos que necesitan practicarse para proteger la salud de la madre. La mayoría de los abortos son para evitar tener un hijo”. De modo que esas situaciones extremas se presentan muy pocas veces. Sin embargo, si efectivamente se plantease esa situación en el momento del parto, entonces serían los padres de la criatura quienes deberían decidir entre la vida de la madre o la del niño. Es decisión suya.

Tengamos siempre en cuenta que el médico, según la concepción de la Torah, es un enviado del Eterno para tratar a las personas en sus enfermedades, pero no tiene derecho alguno para usar sus conocimientos con el fin de acortar o quitar la vida. No tiene el médico más autoridad que otro para opinar sobre la vida y la muerte, porque eso es un asunto humano y no biológico. Podría dar un diagnóstico o expresar sus probabilidades, pero nunca puede esa información conllevar al homicidio. Es por ello por lo que el médico no tiene atribuciones para decidir la fatalidad humana.

Fuera de las situaciones límite en las que hay que elegir entre una vida y otra, demás está decir que nuestra fe ve en el nacimiento de cada niño una enorme e induplicable bendición y herencia divina. Por lo tanto, no sólo tenemos la responsabilidad de preocuparnos por la propagación de niños, sino que tenemos la obligación de apoyar una conducta social general que respeta la vida al máximo y que fomenta la natalidad.

Por otra parte, ¿no es natural que el Creador de la vida haya establecido pautas claras con respecto al uso de nuestras facultades reproductivas? A sus ojos, crear una vida que no se tenga la intención de cuidar constituye un pecado semejante al de quitar una vida.

Es indudable que el debate continuará hasta el fin de este sistema. Pero en lo que respecta al Creador de la vida, Yahvéh nuestro Dios, y a los que respetan sus leyes, la cuestión no ofrece la menor duda. La vida es preciosa, es una dádiva celestial que se ha de cuidar y atesorar desde su mismo comienzo.

 

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