parashá metzorá

Yeshúa el Mesías Leproso

Estamos ante dos pasajes bíblicos que, desde la cosmovisión cristiana, son muy complicados de comprender, por lo que la mayoría de los teólogos y hermenéutas (intérpretes) del cristianismo aseguran que es un texto oscuro. Otros, más rápidos para despegarse de la responsabilidad de investigar, salen al paso, asegurando que estamos simplemente ante unas normas higiénicas que el Eterno dio a Israel para procesar una dolencia física en la piel que en aquellos días no sabían tratar médicamente. Ya lo he enseñado en otras bitácoras: la “lepra bíblica” (hebreo tzaráat) no es la misma enfermedad de la lepra de hoy, pero sí comparten algunas afinidades. Es más, según la Torah de Dios, contraer aquella lepra hacía a una persona inmunda. Dicha inmundicia le impedía participar en los rituales del Mishkán (Tabernáculo), y después, el Templo. Así mismo, la persona afectada por tzaraat no podía comer de los sacrificios , y estaba obligado a vivir fuera de la comunidad hasta que dichas manchas desaparecieran y un sacerdote declarara su restauración e reintegración al campamento. Ahora, y continuando con lo planteado más arriba, de todos los títulos y nombres aplicados al Mesías, uno de los más extraños es el título del Talmud: “El Mesías Leproso”. Dicho título se deriva del oráculo del profeta Isaías que dice: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido” ( Isaías 53:4)

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Hoy Dios Te Grita lo de Siempre: “¡NO ERES TAN MALO!”

Por P.A. David Nesher

 

 

 

“…vendrá aquel de quien fuere la casa y dará aviso al sacerdote, diciendo: Algo como plaga ha aparecido en mi casa. 

Entonces el sacerdote mandará desocupar la casa antes que entre a mirar la plaga, para que no sea contaminado todo lo que estuviere en la casa; y después el sacerdote entrará a examinarla.”

(Levítico 14:35-36)

 

 

Ayer un discípulo de Yeshúa me consultó lo siguiente:
“¿Es posible que cada uno de nosotros hablemos mal de nosotros mismos? Esto lo digo por cada ocasión en que nos decimos: “no puedo” , “no tengo”, etc., no valorando como Abba nos ve. ¿Estamos entonces practicando lashon hará (mal hablar) contra nosotros, y también nos alcance esta impureza?”

Para responder a esto, diré que el texto que encabeza nuestra meditación recalca el idioma cauto y prudente con el cual debía expresarse el dueño de la casa presuntamente afectada. Aquí vemos que la tendencia de la Toráh es evitar el daño, incluso el material que pudiera ser causado al dueño de la casa, a causa de la declaración de tzaraat que este haga. En verdad, lo que la Torah quiere evitar aquí es la pérdida de utensilios de “arcilla” cuya impureza es irreparable; quiere decir que, si la Torah cuida aun este daño material insignificante, con mucha mayor razón habrá de cuidarse cuando se trata de daños materiales grandes, y especialmente los que se hagan a vidas humanas.

La enseñanza que deriva de este hecho es que el ser humano tiene que cuidarse mucho en la forma de expresar lo que está ocurriendo en su intimidad personal y familiar antes de “impurificar las cosas”. A veces se causan grandes y graves daños por declaraciones o afirmaciones apresuradas.

Preguntan los sabios intérpretes de la Torah: ¿Por qué debe decir la persona: “Ha aparecido algo parecido a una afección”, y no “ha aparecido una afección”?

Ellos mismos responden: Es sabido que la Torah revela que no sólo no se puede hablar mal de los demás, sino que tampoco se puede hablar mal de uno mismo.

Si la persona dice “Estoy afectada”, de manera contundente, sin ver sus puntos de luz, le será muy difícil hacer teshuvá y lograr una verdadera reparación (tikún).

Pero si dice: “Ha aparecido algo parecido a una afección”, no está siendo tan drástica consigo misma, y se somete al análisis objetivo del kohen (sacerdote), su líder espiritual.

Una de las bases de la teshuvá es saber que, a pesar de todas las “manchas”, existen en el interior de todo ser humano puntos de luz, capaces de iluminar todos los puntos oscuros que le han producido caos en su vida y entorno.

El texto sugiere que la persona no debía decir al kohen (el sabio que lo instruye y lidera) toda la oscuridad que considera que tiene, ya que de esta manera se puede estar sentenciando a sí misma, desde su autoagresión y/o su autocompasión. Más bien, debe dar a insinuar sus errores, y será el sabio quien, por medio de preguntas, encontrará el camino para que la persona encuentre los puntos de luz de su interior y así pueda hacer teshuvá de la manera correcta.

Espero que esta respuesta ayuda a cada uno de ustedes a tener el concepto correcto de sí que demanda nuestro amado Señor:

“Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.”

(Romanos 12:3)

 

La Curación del “Mal Hablado” (Leproso)

Por P.A. David Nesher

 

”Esta será la ley tocante al leproso, en el día de su purificación, cuando será llevado al sacerdote;”

(“Zot tihyeh torat hametsora beyom tahorato vehuva el-hakohen“.)

(Levítico/Vayikrá 14:2)    

 

En la parashá anterior (Tazría), la Torah nos había relatado minuciosamente las distintas afecciones y erupciones cutáneas, y el consiguiente aislamiento de la persona afectada.

Insistiré aquí en un importante detalle, el kohén (sacerdote) en modo alguno era médico, ni usaba prácticas médicas en su diario ministrar. Él sólo se limitaba a declarar impuro al afectado y hacerlo recluir, o declararlo puro y devolverlo a su sociedad y a su familia.

Ahora, la parashá que iniciamos hoy (Metzorá), se enfoca en mostrar por qué el pecado de Lashón HaRá (lengua perversa) era la causal única y principal de adquirir “lepra” (Tzaarat).

En primer lugar, les mencionará que algunos exégetas (intérpretes), basándose en el sentido literal de las palabras ” en el día de su purificación” (léase: cuando el afectado ha sanado), insiste en que nadie cura al enfermo (en este caso el leproso) sino su propia decisión de curarse. Esto se lograba ya que, en su período de reclusión, el enfermo debía pensar, meditar y decidir un cambio de rumbo en sus actitudes esenciales hacia la vida, y por consiguiente, modificaba su comportamiento. Si eso ocurría, el metzorá (“leproso”) sanaba.

Por eso la Torah habla del “hish hamítaher“, que se debería traducir “el hombre que se está autopurificando”, y que está decidiendo ser otra vez el ser humano que tiene lugar en la sociedad.

Cuando leemos nuestro capítulo en lectura simple, tenemos la sensación de encontramos frente a un texto casi intrascendente, que está usando un lenguaje que nos parece poco elocuente para nuestra generación. Es por eso por lo que se debe entender la Torah, no solamente en su sentido literal, sino también en sus parábolas y alegorías. Este capítulo necesariamente debe ser entendido captando el lenguaje simbólico usado por el mismo. Es decir, que habrá de usar el sistema exegético llamado ” Parshanút HaRémez”, es decir, la interpretación alegórica. De este modo, veremos que los elementos intervinientes en la purificación del leproso que permitían su reincorporación a la sociedad están llenos de códigos celestiales que permiten conocer el obra de la Gracia divina a favor del ser humano. Dichos elementos o herramientas cósmicas son los siguientes:

  • ✔ madera de cedro,
  • ✔ hisopo,
  • ✔ dos pájaros puros, vivos,
  • ✔ púrpura escarlata y
  • ✔ aguas surgentes.

Esta ceremonia de purificación se realizaba de la siguiente manera: un ave era sacrificada en un recipiente de barro sobre agua que fluye. Su sangre era aplicada sobre el ave viva, a algo de madera de cedro, a algo de tela escarlata, y a algo de hisopo. Luego, usando estas cosas, la sangre era rociada en aquel que había sido limpiado de la lepra. Finalmente, el ave viva se dejaba en libertad.

Ahora veamos las analogías de estos instrumentos cósmicos, a fin de entender la codificación de Luz Infinita escondida en esta terapia celestial:

El cedro, cuando es usado simbólicamente representa la fuerza metal y corporal del hombre, y por lo tanto, la soberbia que desde ellos se desarrolla. Es innecesario citar los múltiples textos que hablan de los cedros del Líbano en este sentido.

Mientras que el “ezob” (“אזב “) que aquí se traduce como “hisopo“, pero que quiere decir también “musgo que crece entre las piedras y en las paredes”, representa, en el mundo de los símbolos, el punto más bajo en la escala social; o sea, a la persona carente de fuerza material, y por supuesto no afectada por el orgullo ni la soberbia. Es la humildad que puede alcanzar el alma contrita.

Por lo tanto, el “metzorah” (“leproso”) que había sido afectado en la misma piel de su cuerpo por incurrir en calumnia, soberbia, maledicencia…, para curarse debía quebrar su rigidez en pedazos, y pensar en “la modestia del hisopo o del musgo que crece en las paredes“. Entonces, el metzorah se obligaba a pensar que él, en esta vida, es sólo un trocito de madera de cedro, y no el cedro mismo. Influenciado por estas ideas, el rey David, cuando invoca a Yahvéh por su purificación, dice: “Rocíame con hisopo y quedaré purificado” (Salmos 51:9).

La púrpura escarlata simboliza, por su color, la perfidia (o deslealtad) y la mala conducta, mientras que las aguas surgentes (aguas vivas) representan la vida continua, natural y las nuevas ideas vivificantes que deben surgir de nuestra mente para curar “nuestra piel” de nuestras afecciones “cutáneas”. Pero para que ello ocurra, es decir, para que encontremos esas fuentes benefactoras de aguas surgentes, habrá que “soltar el pájaro vivo para que vuele en el campo abierto”. En pocas palabras tenemos que deshacemos definitivamente de nuestros hábitos corruptos, producto de nuestra mente y “nuestra lengua”.

Por eso, los dos pájaros representan, la palabra irresponsable e irrestricta. Esto es porque los pájaros trinan constantemente, y este hombre fue afectado por la lepra por hablar constante e indiscriminadamente de su sociedad. Por eso, según este autor, los dos pájaros representan los lados positivos y negativos de la palabra. Por eso uno de los dos pájaros tendrá que ser inmolado, queriendo significar que habrá que desarraigar de nosotros la palabra calumniadora y destructiva.

Esta terapia penitencial demandaba grandes esfuerzos. Es que al mismo tiempo que causaba dolor por el hecho de admitir que se había dañado con la lengua, también se debía aceptar que se había incurrido en “derramamiento de sangre” (hebreo: Shefijút Damím), que en el lenguaje hebreo quiere decir también denigrar a nuestro prójimo en público y causar vergüenza u oprobio por medio del Lashón HaRá (Mal Hablar).

Esta última idea estaba representada por la sangre de uno de los pájaros que el kohen había inmolado y con el cual rociaba al pájaro vivo.

Todo lo ocurrido en este rito de purificación ritual es una tipología de la muerte de Yeshúa y su aplicación espiritual sobre nuestras vidas. Un ser “celestial” (así como un ave es “de los cielos”) muere en un recipiente de barro, mientras que permanece limpio (debido al agua que fluye). La muerte del ave está asociada con sangre y agua: la sangre está conectada con la vida (aplicada al ave viva), y luego aplicada a aquel que fue hecho limpio.

Por otro lado, el cedro es extremadamente resistente a la enfermedad y a pudrirse, y estas cualidades pueden ser la razón por la que se incluye aquí – así como una referencia simbólica a la madera de la cruz. Distintos historiadores aseguran que la cruz donde fue crucificado Yeshúa estaba hecha de cedro de acuerdo con la usanza romana.
La conexión con el hisopo es también importante. A Jesús se le ofreció beber de una rama de hisopo en la cruz (Mateo 27:48).

Después de la ceremonia de sacrificio con las aves, el leproso purificado debía de lavar sus prendas y tenía que rasurarse todo el pelo, a fin de quedar como un bebé recién nacido. Así estaba listo para comenzar de nuevo, como si fueran un bebé recién nacido. Así, por medio de este ritual, los hebreos aprendieron el concepto de ser “nacido de nuevo” para poder participar del Reino de Dios.

¡Bendito es el Nombre de Abba nuestro por las maravillas reveladas en Su Instrucción! Elevo mis plegarias para que cada uno de ustedes esté disfrutando de estas ascensiones en la emunah (fe) que hemos recibido al nacer de nuevo en Yeshúa, nuestro Dueño.

Shavuá Tov!

 

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 La Purificación del Metzorá y el Nuevo Nacimiento

Por P.A. David Nesher

“Entonces el sacerdote tomará de la sangre de la ofrenda por la culpa, y la pondrá el sacerdote sobre el lóbulo de la oreja derecha del que ha de ser purificado, sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho… y lo que quede del aceite que está en la mano del sacerdote, lo pondrá sobre la cabeza del que ha de ser purificado. Así el sacerdote hará expiación por él delante del SEÑOR.”

(Vayikrá/Levítico 14:14, 18)

La sección de hoy comienza a describir el proceso a través del cual el metzorá (mal traducido leproso) recuperado es purificado por el Cohen (sacerdote) con un procedimiento especial que incluye dos palomas, agua de un manantial, una vasija de barro, un pedazo de madera de cedro, una cinta de color púrpura y un ramo de mirto.

 

Al leer los detalles de esta ceremonia de purificación discernimos que en ella se esconde una codificación celestial primordial para la perfecta comunicación con el Eterno.

 

Después de que el sacerdote ve que el leproso (metzorá) ha sanado físicamente, ahora debe ser sanado espiritualmente. Por y para ello, se realizaba este ritual, en el que un ave era muerta en un recipiente de barro sobre agua que fluye, y su sangre era aplicada sobre el ave viva, a algo de madera de cedro, a algo de tela escarlata, y a algo de hisopo. Luego, usando estas cosas, la sangre era rociada en aquel que había sido limpiado de la lepra. Finalmente, el ave viva se dejaba en libertad.

 

¿Cuál es el secreto y la alusión de estos cuatro elementos, ingredientes en el proceso de la purificación espiritual?

 

Bueno, las aves se toman porque, recordemos que, una de las razones más importantes del volverse enfermo en tzaraat (lepra), es que se ha hablado lashón hará (lengua perversa), es decir que se han dicho cosas malas sobre otra personas, especialmente otros hermanos de la congregación (puntualmente líderes). Y como las aves siempre están trinando y volando de un lado a otro, representan perfectamente a aquel que le gusta andar hablando y llevando de aquí para allá, es así que esto representa el mal hablar (lashón hará) de una persona impura. Entonces, las aves tienen que tomarse para poder expiar las malas lenguas que ocasionan tanto mal en el mundo.

 

¿Qué pasa con el segundo ingrediente, el trozo de madera de cedro? Pues bien, los cedros son los árboles más altos y poderosos. por lo que representan la arrogancia del alma; y por la arrogancia se debe expiar. La arrogancia, en las Sagradas Escrituras, también es llamada gasut ruaj (espíritu burdo), y este también es un gran motivo para la enfermedad, incluso tal vez mayor que hablar mal, pues el hablar mal viene de una arrogancia interior del alma. De esta manera, eso simboliza la altanería, la altivez de espíritu, que en consecuencia vive usando mal su lengua.

 

Pero, a decir verdad, y profundizando en el texto, todo este ritual es una imagen de la muerte de Yeshúa y su aplicación espiritual a favor de nuestras vidas.

 

Veamos con atención el significado simbólico de esto: un ser “celestial” (así como un ave es “de los cielos”) muere en un recipiente de barro (cuerpo humano), mientras que permanece limpio (debido al agua que fluye). La muerte del ave está asociado con sangre y agua: la sangre está conectada con la vida (aplicada al ave viva), y luego aplicada a aquel que fue hecho limpio (comparar con Juan 19: 34). Así mismo, el cedro es una referencia simbólica a la madera de la cruz, ya que se cree que la cruz donde fue crucificado Yeshúa estaba hecha de cedro.

 

Considerando esto último, agregaré que el cedro es un árbol extremadamente resistente a la enfermedad y a podrirse , y estas cualidades pueden ser la razón por la que también se lo incluye aquí. Es el símbolo de que el metzorá se ha humillado, es decir, ha decidido dejar de mirar desde arriba a su prójimo (el cedro es un árbol muy alto), y desde esa errada posición hablar mal (lashón hará) de su hermano. Entonces, una vez humillado, el Eterno le devuelve sus propias capacidades inmunológicas psico-físicas para defenderse de todo tipo de plaga. Todo esto hoy es posible gracias a Yeshúa HaMashiaj que tomó, como sacerdote, nuestro lugar, haciéndose metzorá, presentándose ante Abba como el holocausto de purificación que nuestra alma necesita.

 

Después de la ceremonia de sacrificio con las aves, el leproso purificado debía de lavar sus prendas y debía de rasurarse todo el pelo. Comenzaban de nuevo, como si fueran un bebé recién nacido.

 

Nuevamente encontramos una ilustración del maravilloso “ nuevo nacimiento ” mesiánico que el Eterno, desde la misma Instrucción (Torah) revela a sus escogidos como el secreto para comenzar una nueva vida. Ser “nacido de nuevo”, según el Eterno, es un comienzo totalmente nuevo, que re-conecta con la Fuente de la Vida, y purifica el alma para crecer plenamente en el cumplimiento de Su propósito en el Mesías.

 

Y la más grande iniciativa es que nosotros, los redimidos en Yeshúa, podemos traer redención al mundo, proclamando al Mashíaj a las naciones (Mt. 28: 18-20) y podemos traer sanación a toda la humanidad. Justamente este es el proceso de sanación que esta descripto al inicio de la lección que nuestro Abba hoy nos deja en nuestra mente y en nuestro corazón.