Secretos de la Biblia

Un Pan para Elevar la Conciencia (El Precepto de la Jalah)

Por P.A. David Nesher

 

«También habló Yahvéh a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel, y diles: Cuando hayáis entrado en la tierra a la cual yo os llevo, cuando comencéis a comer del pan de la tierra, ofreceréis ofrenda a Yahvéh. De lo primero que amaséis, ofreceréis una torta en ofrenda; como la ofrenda de la era, así la ofreceréis. De las primicias de vuestra masa daréis a Yahvéh ofrenda por vuestras generaciones.»

(BaMidbar/Números 15: 17 – 21)

 

El pan especial que comemos en nuestra cena  de Shabat se llama «Jalah» (plural: jalot), el mismo tiene su origen en la necesidad que tiene Israel de cumplir este mandamiento perpetuo ordenado en este pasaje de Bamidbar, aún en el exilio.

Este pasaje revela cuan ricos en promesa y ánimo eran los mitzvot (mandamientos) de Yahvéh, con el objetivo de asegurarse siempre el correcto enfoque de la emunah (fe) de Abraham que les había entregado al santificarlos con la Torah.

Con este precepto, el Eterno establece sus mentes en la Tierra Prometida, incluso a pesar que ellos están a una larga distancia de ella todavía. Yahvéh sabe que manteniendo sus mentes enfocadas en Su promesa, ayudará a que ellos puedan auto-valorarse en Su propósito eterno a través del desierto y preparar así sus corazones como la nueva generación que Yahvéh posee para triunfar donde la vieja generación falló.

Esta ofrenda exige la presentación del primer pan hecho con el grano cosechado para el Señor. Era semejante a la ofrenda de paz. Con este “tributo” se indicaba la soberanía y el dominio absoluto del Eterno, a quien se hace partícipe de lo mejor y lo primero, en reconocimiento de que es Él, y solamente Él, quien da a los seres humanos los bienes de la Tierra.

Así se simbolizaba diariamente que todas las bendiciones provienen del Eterno y todo lo que se produce con la labor diaria le pertenece a Él. Esta regulación es señal de esperanza, ya que nuevamente, Yahvéh da por sentada la realidad de que los israelitas de la nueva generación entrarán en la Tierra Prometida.

Con este mitzvá, Yahvéh apunta a garantizar días de refrigerio que Él mismo haría venir para Su Pueblo una vez establecido en Canaán. Así la mente de Israel  descansaba plenamente en la gracia inagotable de Dios hacia un pueblo que se manifestaba rebelde y contradictor.

En estos versículos hay tres términos hebreos para considerar:

  1. Reshit– primicias de.
  2. Jalah– una parte de la masa que se aparta.
  3. Terumá– porción separada.

La palabra jalah se refiere a la terumá, la porción separada, que se aparta para entregar como ofrenda al Eterno. De este modo, el Eterno aseguraba a los Kohanim, servidores que se ocupaban permanentemente de las tareas del servicio divino, tengan lo necesario para su subsistencia sin hacer esfuerzo alguno. Lo que no era así en la porción de la cosecha del granero que recibían, con la que sí debían esforzarse para tener provecho de ella, al tener que colar los granos, molerlos y demás trabajos que debían hacer hasta transformarlos en comida.

La idea es que cada vez que se hornee un jalah (pan), debe retirarse una pequeña porción de masa (torta). Según los códigos de la Torah esto era con el fin de quebrar el “deseo de recibir para sí mismo” presente en la naturaleza egocéntrica del alma humana.

El fundamento de este mitzvá (mandamiento) es que siendo que la vida del ser humano depende de su alimento, y la mayoría del mundo vive a base de pan, quiso Yahvéh meritarnos por medio de una mitzva permanente con nuestro pan. De este modo, nuestro Abba se aseguró que la bendición recaiga en él por medio del cumplimiento de este mandamiento (mitzvá), y que sea un mérito para nuestras almas. De este modo, la masa del pan, elevado a Yahvéh, es el alimento no solo del cuerpo, sino que también del alma.

Este mitzvá (mandamiento) de separar una parte del jalah (pan), tiene la finalidad de traer de regreso la pureza de espíritu que se perdió con el pecado de Adam. Cada miembro de la familia puede hacer la separación de la jalah, pero la mitzvá es principalmente para la mujer, ya que así hacen tikun (rectificación) por el pecado de Java/Eva.

¡Cientos de pensamientos y anhelos embargan el corazón de una madre cuando separa el trozo de jalah al amasar su pan! ¡Incontables bendiciones alberga su alma para sus hijos! Ser madre implica no cesar nunca de interceder por los hijos. Que ellos sean fieles custodios de la Instrucción divina; que se consagren a ella y a las buenas acciones; que cumplan con alegría Sus preceptos; que sean personas bondadosas e inteligentes; que sean íntegros; que eleven el mundo con sus virtudes, etc., etc.

Además, al observar este mandamiento, un varón hebreo, y su familia, revelan su emuná (fe) en el Supremo y expresa su reconocimiento a Él, quien al vestirse en el ropaje de las leyes naturales le ha permitido obtener esa masa, de la cual toma una parte para ofrendar, cuando bien podría utilizarla para beneficio propio. De este modo, cada israelita atestigua a todos los ámbitos celestiales que está rechazando la idolatría (materialismo) como sistema de vida, y que simplemente se fortalece en la emuná (fe).

Interesante es aportar que la expresión traducida “vuestra masa” proviene del hebreo arisotejem, que también significa “cuna”, y “lecho de descanso” (cama). Entonces, la mente hebrea también entendía que este versículo está indicando que desde los primeros instantes de vida de un bebé (desde su cuna) debe ser elevado espiritualmente orientándolo en el camino de la Torah. Y lo mismo, se entendía al referirse a los primeros momentos del día, ni bien uno se levanta d su lecho de descanso, debe elevarse en mente y corazón a una causa espiritual a través de la tefilá (oración de alianza) y la meditación en la Torah. De este modo se garantiza el éxito en toda tarea emprendida en la jornada.

En tiempos modernos, a no estar el Templo restaurado, se separa una parte de la masa del pan y se quema, con el fin de cumplir parte de este mandamiento. En el versículo 21 está escrito que es “por vuestras generaciones”. No es un mandamiento temporal, lo cual se podía haber pensado según el versículo 18.

El mandamiento de la separación de la jalah solamente es obligatorio en la tierra de Israel cuando la Shekiná resida en el Santuario.

Este precepto aplica solamente cuando los israelitas habitan en Israel, pero se practica actualmente en la diáspora con el fin de que el mandamiento no sea olvidado. Antiguamente la jalah fue entregada al sacerdote, pero hoy en día es quemada. Por consiguiente, se separa la “jalah”, y como hoy no existe el Templo se la quema en el mismo horno en que se hornea el pan.Si uno olvida sacar la jalah de la masa cruda, debe ser tomada del pan.

El procedimiento es el siguiente:

Antes de separar el trozo de jalah se recita la siguiente bendición:

«Barúj ata Yahvéh Elohéinu, Mélej haolám, ashér kidshánu bemitzvotáv vetzivánu lehafrísh jalah.»

En español es:

(“Bendito eres Tú, Yahvéh nuestro Señor, Rey del universo, que nos ha santificado con Sus mandamientos, y nos ha ordenado separar jalah”).

Por supuesto también se puede proceder a hacer una oración espontánea que resalte al Eterno por liberar una vez más a nuestra familia de malas noticias.

A continuación se separa 1 kazáit (el tamaño de una aceituna grande) de masa. Después de separar la jalah se dice: “Haré zo Jalah”  o en español: “Esto es jalah”,  y se lo quema en el fuego. La costumbre es incinerarlo en el mismo horno en que se horneará el pan. Esto es cierto en los antiguos hornos a leña. En las cocinas modernas a gas o eléctricas, se lo debe quemar sobre el mechero hasta que se carbonice y luego dejar el mechero encendido unos 15 minutos más para kasherizarlo (purificarlo) o puede también dejarla en el horno hasta quemarse completamente.


Recomiendo leer también los siguientes ESTUDIOS:

La Shekinah (Presencia) de Dios Coordina tu Marcha de Conquista

Por P.A. David Nesher

“Y sucedió que, en el año segundo, en el mes segundo, el día veinte del mes, la nube se levantó de sobre el tabernáculo del testimonio, y los hijos de Israel partieron, según su orden de marcha, del desierto de Sinaí. Y la nube se detuvo en el desierto de Parán. Así partieron la primera vez por mandato de Yahvéh por medio de Moshé”

(Números / BaMidbar 10: 11-12)

Las doce tribus de Israel marcharon en el orden que Yahvéh había mandado, y que podemos leer en los primeros capítulos del libro de Bamidbar (nombre profano: Números). Esto significa que ellos tomaron la Palabra del Eterno con seriedad, y la siguieron exactamente al pie de la letra a fin de garantizarse un esfuerzo de calidad total que les permitiera la rápida y efectiva conquista de la Tierra Prometida.

Desde la salida de Mitzraim (Egipto), los hijos de Israel poseían un orden estricto a la hora de marchar por el desierto. El éxodo israelita de Egipto no se produjo en confusión tumultuosa, sino en “orden de batalla”, como era propio de “los escuadrones de Yahvéh”. (Éx 13:18; 12:41; 6:26) Es posible que este orden de batalla fuera similar al de un ejército de cinco cuerpos: la vanguardia, el cuerpo principal, la retaguardia y dos alas. Como en aquel tiempo la sociedad israelita aún era patriarcal, se asignaron los lugares en el orden de marcha conforme a tribus y familias. Según las costumbres de la época, los siervos, los criados y otras personas dependientes de la familia se contaban como parte de la casa, de modo que la “vasta compañía mixta” que salió de Egipto probablemente estaba entremezclada con las diversas tribus, clanes y familias israelitas. (Éx 12:38; Nú 11:4; Dt 29:11).

Hemos ya estudiado como en el desierto, el campamento se organizó según las instrucciones divinas hacia el comienzo del segundo año, cuando se erigió el Tabernáculo. Desde ese momento, el centro del campamento, tanto geográfico como en importancia mística, era la Tienda, que simbolizaba la presencia de Yahvéh. Su entrada daba al Este, donde acampaban Moisés, Aarón y los sacerdotes. (Núm. 3:38.) El resto de los levitas (en total 22.000 varones de un mes de edad para arriba) acampaban en los tres lados restantes: los cohatitas, al Sur; los guersonitas, al Oeste, y los meraritas, al Norte (Núm. 3:23, 29, 35, 39).

El traslado de este enorme campamento de un lugar a otro (Moisés menciona 40 de estas acampadas en Números 33) también fue una maravillosa demostración de organización y coordinación. Mientras la nube descansaba sobre el Tabernáculo, el campamento seguía en el mismo lugar, y cuando la nube se alzaba, el campamento partía. “Por orden de Yahvéh acampaban, y por orden de Yahvéh partían.” (Nú 9:15-23) Ayer, estudiamos como las dos trompetas de plata hechas de labor de martillo comunicaban estas órdenes del Eterno al campamento general. (Nú 10:2, 5, 6).

La primera vez que esto ocurrió fue “en el año segundo, en el mes segundo, el día veinte del mes”. Con el arca del pacto a la vanguardia, partió la primera división de tres tribus, encabezada por Judá y seguida de Isacar y Zabulón. A continuación, iban los guersonitas y los meraritas, que llevaban sus porciones asignadas del Tabernáculo. Luego, la división de tres tribus, encabezada por Rubén y seguida de Simeón y Gad. Después de ellos iban los cohatitas con el santuario, y seguidamente la división de tres tribus de Efraín, por delante de Manasés y Benjamín. Por fin, en la retaguardia estaba la división encabezada por Dan, acompañada de Aser y Neftalí. De manera que las dos divisiones más fuertes y numerosas tomaron las posiciones de vanguardia y retaguardia. (Núm. 10:11-28).

De modo que fueron marchando de la montaña de Yahvéh por camino de tres días […] Y la nube de Yahvéh estaba sobre ellos.” (Núm 10:33, 34) No se especifica la longitud de la columna que formaba el campamento en marcha, ni la velocidad ni distancia que se cubría en un día. Como había niños pequeños y rebaños, es probable que se viajara despacio. Posiblemente durante esta marcha, que tomó tres días, no se configuraba el campamento ni se erigía el tabernáculo solo para pernoctar; no se preparaba más que solo lo necesario para comer y dormir.

Meditando en esto, me acuerdo de una consulta que alguna vez alguien me planteó: «¿Cómo es posible que haya unidad en el Pueblo?» Aquí el Eterno nos da la respuesta. Solamente cuando existe un orden claro, cuando cada tribu conoce y acepta con contentamiento y gratitud su lugar, su tarea, y además reconocen y aceptan a quienes son mas grandes que ellos. Sucede que en la cosmovisión divina Unidad no significa que todos son iguales sino que, por el contrario, existen diferencias que establecen diversidad de niveles corporativos. Así, en lugar de que se encienda la envidia entre unos y otros, cada integrante reconoce su lugar y respeta a su prójimo incluso si él mismo es más grande. Solamente de esta manera puede existir unión en el Pueblo de Israel. Al final, desde la aceptación gozosa del paradigma «Unidad en la Diversidad», todos los que son parte del Pueblo se elevan a las dimensionalidades de lo sobrenatural, y crean eventos milagrosos que transforman el Mundo de Abajo.

La frase “por mandato de Yahvéh por medio de Moshé” literalmente dice: “por boca de Yahvéh mediante la mano de Moshé”, (traducida correctamente del hebreo al pi YHVH be yad Moshé). Los códigos del texto dan a entender que la columna de nube no empezaba a marchar hasta que Moshé decía las siguientes palabras:

¡Levántate, oh Yahvéh! y sean dispersados tus enemigos, huyan de tu presencia los que te aborrecen.” (Números 10:35b)

Lo mismo pasaba cuando iban a acampar. La columna de nube se quedaba erguida por encima del campamento de Yehudá hasta que Moshé decía las palabras:

Reposa, oh Yahvéh, en los millares de millares de Israel.” (Números 10:36)

Así vemos como hubo una asociación de unidad entre Yahvéh y Su profeta Moshé. Por esto el texto habla de que partieron por la boca de Yahvéh por la mano de Moshé. Esto significa que todo el pueblo estaba dispuesto a seguir la orden del Eterno, y cuando veían una señal del Cielo indicando que debían acampar o comenzar a caminar, lo hacían sin quejas a pesar de que a veces debieron volver a marchar después de haber acampado por unas pocas horas.

Así pues, debemos aprender que también nosotros tenemos que acampar de acuerdo al mandato divino y Su Torah, incluso cuando nos resulta más cómodo actuar de acuerdo con nuestra propia voluntad, porque siempre tenemos que priorizar la perfecta Voluntad del Abba nuestro, y actuar conforme a ella. Cuando una persona redimida es cuidadosa en dirigir su propia voluntad en dirección de la Voluntad de YHVH, todas las esferas celestiales la ayudan a actuar conforme a ella, garantizándole el éxito a través de su peregrinar en la Tierra.

Con todo lo hasta aquí meditado, aprendemos que no debemos movernos de un lugar hasta que tengamos un mandato del Eterno mediante la indicación de la presencia del Espíritu de Dios en nosotros. A veces la indicación del Espíritu puede ser confirmada por una palabra profética, pero nunca al revés. Sé fiel a la dirección del Espíritu en tu vida. No hagas nada, hasta que Yahvéh no te lo indique por medio de su nube Shekinah. Aprende a ser dirigido por el Espíritu, incluso en los detalles. Solamente así, lograrás que el entusiasmo sea el combustible de tu peregrinación.

La Navaja del Eterno y nuestra dedicación cotidiana.

Por P.A. David Nesher

«También Yahvéh hablo a Moisés, diciendo: Toma a los levitas de entre los hijos de Israel, y haz expiación por ellos. Así harás expiación por ellos: Rocía sobre ellos el agua de la expiación, y haz pasar la navaja sobre todo su cuerpo, y lavarán sus vestidos, y serán purificados.»

(Números / BaMidbar 8: 1-5)

En en el rollo de Vayikrá, (llamado profanamente Levítico),  nos encontramos con esta era la dedicación de los Levitas (capítulos 8 y 9). Allí estuvimos estudiando como dicho evento está lleno de códigos para entender la receta divina del entusiasmo. La Torah nos deja en claor que los sacerdotes tenían un servicio más espiritual, orientado específicamente a las esferas celestes y su interacción con lo humano y terrenal. Pero, para que dicha tarea fuera efectiva, sin estorbo alguno, era necesario dedicar a los levitas elevándolos hacía el Señor a fin de servir perfectamente las necesidades terrenales que se presentaran en el Mishkán y su dinámica sacerdotal. Con esta dedicación, nuestras mentes decodifican rápidamente la comprensión de que en la vida, incluso el servicio práctico, necesita un corazón de dedicación y consagración al Señor.

 

Rocía sobre ellos el agua de la expiación», indicó el Eterno a Moisés. Con esta limpieza ceremonial se estaba representando la limpieza profética del pecado que realizaría el Mesías, en su obra redentora. Era parte del nuevo pacto descrito por el profeta Ezequiel:

«Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados.»

(Ezequiel 36:25)

«Haz pasar la navaja sobre todo su cuerpo». Recordemos que este también era un mandato en la ceremonia para la purificación de un leproso (Levítico 14:9). La navaja representa la Torah que pasa por la carne o el yetser hará (tendencia al mal), y nos prepara parar poder servir al Eterno de manera eficaz.

Teniendo en cuenta esta ceremonia, la enseñanza apostólica fluirá asegurando su significado simbólico al escribir:

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos…”

(Hebreos 4:12)

En su segunda epístola a Timoteo el apóstol Pablo, valorando el código escondido en esta ceremonia de dedicación levítica, escribió:

“Toda Escritura inspirada por Dios es útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra.”

(2 Timoteo 3:16-17)

La idea siempre fue bien clara en toda mente y corazón redimido: es necesario un nuevo inicio en la vida para que el Camino de propósito se manifieste. El ser humano necesita ser hecho como un bebe todo otra vez. Es decir, todo ser humano debe nacer de nuevo si quier ver y entrar en el Reino de Dios (Juan 3: 3-5).

 

Por ello, convendrá a nuestro corazón apreciar el obrar de la gracia divina en nuestra vida desde los inicios de nuestra propia historia de fe. Les pido a cada uno de ustedes, que valore el nuevo nacimiento que experimentaron en el Mesías y se dispongan una vez más a dejar que Su Santo Espíritu trabaje en ustedes contra el yetser hará (la carne y sus obras).

 

La Instrucción (Torah) del Eterno, puede penetrar hasta lo más íntimo de tu vida y encontrar allí las cosas malas que ni tú aún sabías que existían escondidas en tu inconsciente. Esta es la razón por la cual el apóstol Juan dice en su primera carta: «. . . mas si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús, el Cristo su Hijo nos limpia de todo pecado.» (capítulo 1, versículo 7). Figurativamente hablando, necesitas pasar aquella navaja afilada sobre las distintas áreas de tu vida. ¿O es que crees no tener ninguna mancha? Tendrías pues, que asegurarte tener a mano esa navaja, es decir, que debes proponerte utilizar la Instrucción divina, considerándola en su porción (parashá) semanal.  La Torah es Luz, pero también es una navaja cortante.

 

¿Has dejado HOY que la navaja pase sobre toda tu carne?

 

¡MEDITA EN LA TORAH DE DÍA Y DE NOCHE Y PALPARÁS LAS BIENAVENTURANZAS!

 

 

 

Objetivo Divino: Hijos de Caminar Erguido

Por P.A. David Nesher

 

«Yo soy YHVH vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto para que no fuerais esclavos de ellos; rompí las varas de vuestro yugo y os hice andar erguidos.»

(Vayikrá /Levítico 6:13)

Esta bendición final que el Eterno da a Su Pueblo a través de Moshé, habla de libertad y dignidad como obsequios de la Intención que Él siempre tuvo para sus escogidos. En este pasaje se siente la vibración de la obra mesiánica que se completaría en el Pacto Renovado con Yeshúa, el Eterno proclama la libertad de Su pueblo y les invita a caminar en Él como Camino para transformar a las demás naciones con Sus bendiciones celestiales. Solamente los hijos primogénitos partícipes de su asamblea gozosa en el Monte Santo pueden entender completamente este obrar divino en las dimensiones interiores.

 

Entendemos, por lo que hemos visto hasta ahora, especialmente en los rollos de Shemot y Vayikrá, que Yahvéh, nuestro Dios, sacó a los hijos de Israel de la esclavitud de Mitzraim (Egipto) para darles un nuevo estatus. En lugar de andar con la cabeza inclinada bajo el yugo de esclavitud los liberó para poder andar con la cabeza en alto, tal y como lo hacen los reyes y sacerdotes. Ellos pasaron del autodesprecio a la autoestima.

En ambos libros descubrimos que la condición social de esclavitud no es lo más grave que puede sucederle a un ser humano sino la mentalidad de esclavo. La Torah nos enseña que es lo que piensa de sí mismo lo que determina una vida regia o de sometimiento a las circunstancias. Una persona con baja autoestima siempre será esclava de los demás por muy libre que físicamente sea. El trato del Eterno con los hijos de Israel les ayudó a ser liberados de su mentalidad de esclavos para pensar de sí mismos de otra manera. Ellos debían verse como descendientes de Abraham. Escogidos para regir mesiánicamente las naciones.

 

En el desierto, nuestros ancestros fueron entrenados por el Espíritu de Yahvéh en el paradigma de que lo que pensamos de nosotros mismos define nuestra conducta y nuestra relación con el prójimo. El que puede andar erguido es porque tiene una identidad segura. La falta de identidad o la identidad falsa, generada por el sistema reptiliano (Mitzraim) es una de las causas mayores de conductas irregulares e ilegales. Lo que uno piensa de sí mismo, así es, tal como el sabio lo expresa: “como piensa dentro de sí, así es” (Proverbios 23:7ª).

 

Debemos entender que lo que fortaleció la identidad y la autoestima del pueblo fue en primer lugar la revelación impresionante del poder de su Dios en Pesaj. Al ver su mano poderosa al hacer los milagros en Egipto, en el cruce del Mar de Cañas y en el desierto hasta llegar al Sinaí (Shavuot) fueron sumamente animados. Podían decir: ¡Mirad qué Dios tenemos! ¡No hay nadie como nuestro Dios!

 

También la entrega de la Torah y la entrada en el pacto matrimonial de Sinaí fortaleció la identidad de Israel como pueblo del Todopoderoso. Desde ese instante se sabían conocidos en todas las dimensiones celestiales como el pueblo del Pacto, escogido para ser la cabeza de los demás pueblos. El pueblo del Pacto o de la Alianza es una nación sacerdotal que tiene el primer acceso a la revelación divina y la responsabilidad de transmitirla a todas las naciones. ¡Qué tarea y qué responsabilidad! Esto produjo una identidad importante dentro del pueblo. La autoestima fue sumamente fortalecida en el desierto para que pudieran andar erguidos.

 

Ahora bien, el entrenamiento de la Instrucción (Torah) dejaba bien claro que si el pueblo del Pacto se cierra en exclusividad y levanta un muro con desprecio y rechazo contra las demás naciones, no va a cumplir su papel de revelar al único Mediador entre el Eterno y las naciones (los seres humanos). Todo lo contrario, va a causar odio, envidias y rechazo por parte de los pueblos paganos.

 

Pero si el pueblo escogido entiende su rol de canal de bendición para que todas las familias de la tierra puedan ser bendecidas, entonces las naciones podrán llegar a ser lo que el Eterno los ha creado para ser.

 

La clave para que esto ocurra es que cada hijo primogénito del Eterno tenga una revelación de lo que es en el cielo en el Mesías. Ser sacerdote en el cielo, ser conciudadano en la Yerushalayim celestial y ser miembro de la familia de Dios es más que pertenecer a un pueblo escogido en la Tierra. El que logra ver la identidad que tiene en el cielo gracias al Mesías Yeshúa será totalmente libre de todo sentimiento de rechazo. El que entiende que ser hijo de Yahvéh es más que cualquier cosa en este mundo, puede andar con la cabeza en alto, sin envidia y sin rechazo sabiéndose parte del Proyecto Mesiánico del Eterno para la redención del mundo.

Shemitá y Yovel: Los Sellos Celestiales de Liberación

Por P.A. David Nesher

«Y le dijo el eterno a Moisés en el Monte Sinaí, Dile a los hijos de Israel: cuando lleguéis a la tierra que os di, la tierra descansara por el Eterno. Seis Años la Sembraras y seis años podaras sus viñas y recogerás su fruto, pero en el séptimo año será el Sábado del Eterno…» 
… Y contaras siete sábados de años, o sea siete veces siete años, cuarenta y nueve en total y el día diez del séptimo año, el mes quincuagésimo, día de expiación, harás resonar el Shofar en toda vuestra tierra. Santificareis el año cincuenta y proclamareis en toda la tierra la libertad de todos sus habitantes. Sera año de jubileo para vosotros, devolveréis a cada hombre lo que le pertenece y devolveréis cada hombre a su familia. Ese año no sembrareis, ni cosechareis lo que haya crecido espontáneamente, ni vendimiareis  las viñas silvestres. Por ser jubileo, ese año será sagrado para vosotros.  
…Y os preguntareis qué comeréis en el séptimo año en vista que no debéis sembrar, ni cosechar nada en el, os impartiré mi bendición en el sexto año para que la tierra rinda con hartura para tres años. Sembrareis en el octavo año y seguiréis comiendo los frutos añejos hasta el noveno año, es decir hasta que venga el producto del octavo»  

(Vayikrá/Levítico 25: 1-5; 8 – 12;  20 – 22)

 

En esta bitácora quiero invitarlos a que nos sumerjamos en la investigación de los códigos de la Torah que afirman el dominio absoluto del Eterno sobre la Tierra y todo lo que en ella hay (Salmo 24: 1).

 

La Torah ordena, por medio de esta mitzvá (mandamiento) el cese de la agricultura en la Tierra de Israel cada siete años. Este «Shabat» de la tierra se denomina Shemitá. Así como hay semanas de días, así también, en la cosmovisión de Yahvéh, existen semanas de años. Y como el séptimo día de la semana es un día de cese, así también Yahvéh ha establecido que cada séptimo año sea de cese y descanso para la tierra de Israel. Este mandamiento sólo se aplica en la tierra de Israel, no fuera de ella.

Estos mitzvot (mandamientos) revelaban los secretos de los Ciclos del Eterno como métodos poderosos para dominar el factor espacio-tiempo. El año del Señor está dividido en cincuenta y dos semanas, cada una perfectamente marcadas por el Shabat (séptimo día), y de acuerdo a la revelación que Él ha dado, cada semana trae consigo un tipo de energía la cual esta descrita dentro de la Torah, porción a porción. Esto nos revela la magnitud de la inteligencia y la sabiduría que esta detrás de este texto de Vayikrá y también nos deja claro que en este mundo la providencia divina esta constantemente dándonos oportunidades, eso es lo que se llama la espiral del tiempo profético. Es decir que cada vez que pasamos por un punto dentro de la espiral del tiempo la Torah nos dice como poder conectarnos con él para recibir lo que esta disponible en el Mesías. Solamente debemos aprender a recibir todos estos paquetes divinos.

Teniendo esta cosmovisión profética en mente, vemos que esta disciplina administrativa era una práctica entrenaba a los israelitas en la perfecta mayordomía de los recursos naturales y los mantenía conscientes que Yahvéh tiene el control total de la tierra y que por lo tanto Él es el verdadero proveedor de las necesidades de sus hijos.

 

La mitzvá de la Shemitá le ordena al Pueblo hebreo que deje de trabajar sus campos cada séptimo año, con la promesa de que, milagrosamente, Yahvéh les proporcionará todas sus necesidades. Así, como Shabat, Shemitá es un medio para reconectar todo a su fuente. Esta mitzvá implantaba la conciencia de que mientras un hebreo se aleja cada vez más del punto inicial de la creación, necesita de Shemitá para que ser regresado a él. Justamente cuando la creación parece un recuerdo borroso, la tentación es sentir que nuestra humanidad maneja el mundo y que nuestra inteligencia nos ha traído la recompensa de lo que ella ha logrado. Con Shemitá, nuestro Abba trae un Shabat a la tierra y cambia todo, ya que obliga al alma humana a ser consciente de que todo es del Eterno, por Él y para Él.

 

Toda la enseñanza de la Shemitá es que la naturaleza es una ilusión. El Eterno dirige el mundo y así como Él hace que no haya pérdida por no trabajar en Shabat, así también él asegura que nada va a ser perdido por cesar de trabajar la tierra todo un año. Esto es para enseñarnos a no convertirnos en esclavos de la «naturaleza», porque este mundo no es más que un corredor al verdadero mundo de la espiritualidad. Pero el ser humano no puede desasociarse a sí mismo del marco del mundo en el cual existe; la Torah claramente le ordena sembrar y cosechar por seis años, así como tiene que trabajar seis días por semana. Pero a través de contar los días de trabajo en relación al Shabat y los seis años de cultivo en relación al año de Shemitá, podemos conectar lo mundano y la rutina con lo sagrado y lo especial.

 

Sin embargo, el milagro de la Shemitá variaba de acuerdo con su nivel de emunábitajón (firme confianza y seguridad en Yahvéh). Tal es así, que estaba la promesa que cuando el pueblo hebreo tenía un nivel alto de emuná y bitajón, la cantidad de alimentos que se cosechaban en el sexto año no variaba de un año a otro; no obstante, alcanzaba para proveer nutrición durante tres años, en vez de uno (vv. 20 -22). El Eterno quiso que el pueblo de Israel no se comportara como lo hacía el resto de los agricultores de las naciones. Por eso les ordenó que trabajen la tierra durante seis años y en el sexto año incrementó la cosecha para que alcance para los siguientes tres años y de esta forma los ojos de los hebreos estarían dirigidos hacia Yahvéh, así como lo hicieron en el desierto cuando recibían el Maná diariamente. De la misma manera, la esencia del año sabático consistía que ellos no trabajen la tierra, no siembren y no cosechen, y sólo confíen en el milagro que Yahvéh les hará, haciendo que la cosecha del sexto año les alcance para tres años consecutivos.

Este cese para la agricultura en el año sabático no significa que no se puede trabajar la tierra sin el propósito de sembrar o plantar, por ejemplo para construir casas. La prohibición solamente tiene que ver con todo trabajo de agricultura y jardinería. Sólo está permitido regar las plantas para que no se mueran.

 

Con esta llave administrativa los israelitas comprendieron que hay una santidad especial en esta tierra y vivir en la Tierra Santa que Yahvéh les entregó era un gran mérito, y obviamente esto demandaba de ellos una serie de obligaciones. En el libro de Vayikrá, por ejemplo, vemos que del comportamiento de los hebreos depende la lluvia y el fruto de esta tierra:

«Si con mis leyes se encaminarán y Mis ordenanzas observarán y las cumplirán, Yo daré vuestras lluvias en su tiempo, y la tierra dará su producción y los árboles del campo darán su fruto»

(Vayikrá/Levítico – 26:3-4).

Además, Shemitá enseñaba que la paz en la tierra también depende del  comportamiento de los redimidos, como continúa diciendo la Torah en el siguiente capítulo:

«Y daré paz en la tierra, y se irán a dormir y no habrá quien os asuste, y erradicaré a las fieras salvajes de la tierra y la espada no pasará por vuestra tierra»

(Levítico/Vayikrá 26:6).

Más adelante, el Espíritu de Yahvé dice:

«Y comeréis de la vieja cosecha, y la vieja cosecha despejarán para dejarle lugar a la nueva»

(Levítico/ Vayikrá 26:10)

El gran exegeta judío Rashí explica este texto de la siguiente manera:

«Y comeréis de la vieja cosecha« explica Rashi: «los frutos se mantendrán y serán tan buenos para conservar, que la producción de tres años atrás será mejor para comer que la del año anterior«, y sobre «Y la vieja cosecha despejarán para dejarle lugar a la nueva» comenta: «pues los lugares de silos estarán llenos de la nueva cosecha y los lugares de almacenamiento estarán llenos de la vieja cosecha, y ustedes tendrán que despejarlos para poner allí la nueva cosecha«.

Para completar ese proceso, si los hebreos cumplían con sus obligaciones, la Torah concluye:

«Y pondré mi residencia entre ustedes y mi Ser no los despreciará a ustedes. Y me conduciré entre ustedes y seré vuestro Dios y ustedes serán mi pueblo»

(Levítico/Vaikrá 26:11-12)

 

Por eso, Israel entendía que todos los vegetales y los frutos que crecen en el año de shemitá son santos. Por eso hay que tratarlos de una manera digna. Durante ese año todos los productos que crecen en la tierra se quedan sin dueño, de modo que todos podrán comer de ellos libremente y llevar a su casa todo lo que necesiten para un día de comida. De acuerdo con la ley judía, los frutos que crecen durante este año especial en la tierra de Israel son de dominio público y nadie, pobre o rico, puede comerlos.

Sintetizando podemos decir que hay un triple propósito con el año sabático:

 

Hay tiene un triple propósito con el año sabático:

  1. Recordar a los hijos de Israel que la tierra no pertenece a ellos sino a Yahvéh, (cf. v. 23; Salmo 24:1).
  2. Obligar al agricultor a ejercer su fe confiando solamente en la providencia divina para su sustento.
  3. Dar tiempo al campesino a dedicarse al estudio de la Torah de una manera especial, y disfrutar del confort que es la compañía de su familia.

 

Año Yobel (Jubileo)
“Contarás también siete shabats de años para ti, siete veces siete años, para que tengas el tiempo de siete shabats de años, cuarenta y nueve años.”

(Levítico/Vayikrá 25:8)

Después del séptimo año de Shemitá, en el año número cincuenta, se anuncia que es año de Jubileo (Yovel), con el sonido del shofar en Yom Kipur. Y este año también es un año en el que la tierra permanece inactiva. El Eterno promete darles a los hebreos una cosecha abundante antes de los años de Shemitá y Yovel, para proveerle sustento al Pueblo comprado por la Sangre de Su Cordero.

Las mismas leyes que aplican sobre el año shemitá, también aplican sobre el año Yovel. En el año de Yovel, toda la tierra retorna a la división original que poseía en tiempos de Yehoshúa (Josué), y se liberan todos los sirvientes israelitas contratados, aunque no hayan completado seis años de servicio. Al sirviente hebreo contratado no se le puede encargar ninguna labor degradante, innecesaria o extremadamente difícil, y no se lo puede vender en el mercado. El precio de su labor debe calcularse de acuerdo con la cantidad de tiempo que reste hasta que quede libre automáticamente.

El precio de la tierra se calcula de un modo parecido. En caso de que alguien venda su tierra ancestral, tiene derecho a redimirla después de dos años. Si se vende una casa en una ciudad amurallada, el derecho de redención se extiende únicamente al primer año luego de la venta. Las ciudades de los levitas les pertenecen en forma permanente.

Se le prohíbe al pueblo hebreo aprovecharse los unos de los otros prestando o pidiendo prestado dinero a interés. Los miembros de la familia deben redimir a cualquier familiar que haya sido vendido como sirviente contratado, a causa de haber empobrecido.

Haciendo una síntesis podemos ver que la Torah nos enseña que hay siete cosas que deben suceder en el Año de Jubileo:

  1. Habrá libertad para todos los habitantes de la tierra, v. 10.
  2. Será un año de jubileo, con toques del shofar, v. 10.
  3. Cada uno volverá a la posesión original de la tierra, según el reparto que se hizo en el tiempo de Yehoshúa, v. 10.
  4. Cada uno volverá a su familia, v. 10. Se refiere al siervo hebreo que tiene la oreja perforada o uno cuyos seis años de servicio no hayan terminado desde que fue vendido como siervo. Así que la expresión “para siempre” en Éxodo 21:6 está limitada con el año de jubileo. El año de jubileo es por tanto también una señal del siglo venidero.
  5. No se puede sembrar, v. 11. 
  6. No se puede cosechar, v. 11.
  7. El año será santo, v. 12.

 

La Importancia de estos Tiempos en la Visión de Yahvéh.

 

Considerando todos estos lineamientos se nos revela la importancia que el Eterno da a este descanso de la tierra de Israel cada séptimo año. Si se quebranta este mandamiento hay graves consecuencias al igual que cuando se quebranta el mandamiento de descansar en el shabat semanal y en yom kipur, como está escrito:

“Y a los que habían escapado de la espada los llevó a Babilonia; y fueron siervos de él y de sus hijos hasta el dominio del reino de Persia, para que se cumpliera la palabra de Yahvéh por boca de Yirmeyahu, hasta que la tierra hubiera gozado de sus shabats. Todos los días de su desolación reposó hasta que se cumplieron los setenta años.” (2 Crónicas 36:20-21). Lastimosamente, las leyes no fueron observadas.

Veamos cómo fue este suceso negativo en la historia del Pueblo de Dios:
Israel celebró el primer año sabático, llamado Shemitá el año 21 después del inicio de la conquista y la distribución de la tierra bajo el general Yehoshúa (Josué). La conquista y la distribución de la tierra duró 14 (catorce) años. El año 15 (quince) fue el primer año del ciclo septo-anual y el año 21 (veintiuno) fue el séptimo. Según un cómputo, hubo 836 años desde el año 15 después de la entrada en la tierra hasta la deportación a Babilonia. Entre estos, los años sabáticos y de jubileo sólo fueron observados 400 años y durante los 436 años restantes no fueron respetados. Esto significa que durante 436 años hay 62 años sabáticos y 8 años de jubileo no guardados, los cuales suman 70 en total (62 + 8 = 70). De aquí entendemos que el cautiverio babilónico vino cuando el pueblo de Israel había dejado de guardar 70 años sabáticos, como está escrito:

“Durante todos los días de su desolación la tierra guardará el descanso que no guardó en vuestros shabats mientras habitabais en ella.”

(Levítico 26:35)

El cautiverio babilónico duró 70 años, como está escrito en el libro del profeta Jeremías:

“Pues así dice Yahvéh: «Cuando se le hayan cumplido a Babilonia setenta años, yo os visitaré y cumpliré mi buena palabra de haceros volver a este lugar.”

(Jeremías 29:10)

 

 

Para El Eterno estos años eran de suma importancia, pues en primer lugar, le permitían a los hebreos glorificar Su Nombre en Israel. De ese modo permitían que Él soltara provisión en abundancia, al ver que la nación cumplía con sus obligaciones de pacto y nación sacerdotal.
Los años de Shemitá y de Yovel aluden a la era mesiánica de igual manera que el Shabbat Semanal. El Shabbat semanal, con su reposo, dedicación al estudio de la Torah, alabanza a Yahvéh y sentido de paz es una sombra del milenio, la era mesiánica, el reino de los cielos. De igual manera, el año de Shemita presagia al reino mesiánico: Tal como en el año de Shemita, la tierra misma daba a comer a todos, en la era mesiánica, gran prosperidad de la tierra habrá para saciar el hambre de todos, tal como se dice:

“En aquel día, dice El Señor de los ejércitos, cada uno de vosotros convidará a su compañero, debajo de su vid y debajo de su higuera.”

(Zacarías 3:10)

 

El planeta Tierra volverá al estado óptimo y no se necesitarán grandes trabajos para hacerla producir; en un sentido “lo que nazca de sí”, nos alimentará a todos ¡Qué gran bendición ha preparado el Eterno en su Reino! ¡Cuán agradecidos y esperanzados debemos estar para alcanzar los días del Mesías y la renovación de la tierra!

 

Cuando un hijo primogénito del Monte Santo del Señor interioriza el sentido profundo de Shemitá y Yobel obtiene las herramientas para escapar de la monotonía de estímulos materialistas que sobrecargan nuestro día a día, en cada año de vida que peregrinamos. Una vez que contemplamos el significado de abandonar el dominio sobre la producción propia, entendemos que pidiendo a nuestro Creador por sustento, el significado de la sobrecarga sensorial que atestan nuestro día desaparece. Shemitá y Yobel y el mensaje de los patrones del Ciclo Séptuple (de siete) que penetran toda la mentalidad hebrea, nos proporcionan una oportunidad única de volver a la Fuente y desintoxicarnos del veneno reptiliano del sistema actual de cosas .

 La Purificación del Metzorá y el Nuevo Nacimiento

Por P.A. David Nesher

 

«Entonces el sacerdote tomará de la sangre de la ofrenda por la culpa, y la pondrá el sacerdote sobre el lóbulo de la oreja derecha del que ha de ser purificado, sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho… y lo que quede del aceite que está en la mano del sacerdote, lo pondrá sobre la cabeza del que ha de ser purificado. Así el sacerdote hará expiación por él delante del SEÑOR.«

(Vayikrá/Levítico 14:14, 18)

 

La sección de hoy comienza a describir el proceso a través del cual el metzorá (mal traducido leproso) recuperado es purificado por el Cohen (sacerdote) con un procedimiento especial que incluye dos palomas, agua de un manantial, una vasija de barro, un pedazo de madera de cedro, una cinta de color púrpura y un ramo de mirto.

 Al leer los detalles de esta ceremonia de purificación discernimos que en ella se esconde una codificación celestial primordial para la perfecta comunicación con el Eterno.

 Después de que el sacerdote ve que el leproso (metzorá) ha sanado físicamente, ahora debe ser sanado espiritualmente. Por y para ello, se realizaba este ritual, en el que un ave era muerta en un recipiente de barro sobre agua que fluye, y su sangre era aplicada sobre el ave viva, a algo de madera de cedro, a algo de tela escarlata, y a algo de hisopo. Luego, usando estas cosas, la sangre era rociada en aquel que había sido limpiado de la lepra. Finalmente, el ave viva se dejaba en libertad. 

¿Cuál es el secreto y la alusión de estos cuatro elementos, ingredientes en el proceso de la purificación espiritual?

 Bueno, las aves se toman porque, recordemos que, una de las razones más importantes del volverse enfermo en tzaraat (lepra), es que se ha hablado lashón hará (lengua perversa), es decir que se han dicho cosas malas sobre otra personas, especialmente otros hermanos de la congregación (puntualmente líderes). Y como las aves siempre están trinando y volando de un lado a otro, representan perfectamente a aquel que le gusta andar hablando y llevando de aquí para allá, es así que esto representa el mal hablar (lashón hará) de una persona impura. Entonces, las aves tienen que tomarse para poder expiar las malas lenguas que ocasionan tanto mal en el mundo.

 ¿Qué pasa con el segundo ingrediente, el trozo de madera de cedro? Pues bien, los cedros son los árboles más altos y poderosos. por lo que representan la arrogancia del alma; y por la arrogancia se debe expiar. La arrogancia, en las Sagradas Escrituras, también es llamada gasut ruaj (espíritu burdo), y este también es un gran motivo para la enfermedad, incluso tal vez mayor que hablar mal, pues el hablar mal viene de una arrogancia interior del alma. De esta manera, eso simboliza la altanería, la altivez de espíritu, que en consecuencia vive usando mal su lengua.

 

Pero, a decir verdad, y profundizando en el texto, todo este ritual es una imagen de la muerte de Yeshúa y su aplicación espiritual a favor de nuestras vidas.

 

Veamos con atención el significado simbólico de esto: un ser “celestial” (así como un ave es “de los cielos”) muere en un recipiente de barro (cuerpo humano), mientras que permanece limpio (debido al agua que fluye). La muerte del ave está asociado con sangre y agua: la sangre está conectada con la vida (aplicada al ave viva), y luego aplicada a aquel que fue hecho limpio (comparar con Juan 19: 34). Así mismo, el cedro es una referencia simbólica a la madera de la cruz, ya que se cree que la cruz donde fue crucificado Yeshúa estaba hecha de cedro.

 

Considerando esto último, agregaré que el cedro es un árbol extremadamente resistente a la enfermedad y a podrirse , y estas cualidades pueden ser la razón por la que también se lo incluye aquí. Es el símbolo de que el metzorá se ha humillado, es decir, ha decidido dejar de mirar desde arriba a su prójimo (el cedro es un árbol muy alto), y desde esa errada posición hablar mal (lashón hará) de su hermano. Entonces, una vez humillado, el Eterno le devuelve sus propias capacidades inmunológicas psico-físicas para defenderse de todo tipo de plaga. Todo esto hoy es posible gracias a Yeshúa HaMashiaj que tomó, como sacerdote, nuestro lugar, haciéndose metzorá, presentándose ante Abba como el holocausto de purificación que nuestra alma necesita.

 Después de la ceremonia de sacrificio con las aves, el leproso purificado debía de lavar sus prendas y debía de rasurarse todo el pelo. Comenzaban de nuevo, como si fueran un bebé recién nacido.

 Nuevamente encontramos una ilustración del maravilloso “ nuevo nacimiento ” mesiánico que el Eterno, desde la misma Instrucción (Torah) revela a sus escogidos como el secreto para comenzar una nueva vida. Ser “nacido de nuevo”, según el Eterno, es un comienzo totalmente nuevo, que re-conecta con la Fuente de la Vida, y purifica el alma para crecer plenamente en el cumplimiento de Su propósito en el Mesías.

 Y la más grande iniciativa es que nosotros, los redimidos en Yeshúa, podemos traer redención al mundo, proclamando al Mashíaj a las naciones (Mt. 28: 18-20) y podemos traer sanación a toda la humanidad. Justamente este es el proceso de sanación que esta descripto al inicio de la lección que nuestro Abba hoy nos deja en nuestra mente y en nuestro corazón.

Tzaraat: ¡Un Problema Espiritual que Afecta a la Piel, la Ropa y la Casa de un Impuro!

Por P.A. David Nesher

 

«Y habló el Eterno a Moisés, diciendo: Esta será la ley tocante al leproso (metzorá), en el día de su purificación, cuando será llevado al sacerdote…»

(Levítico 14:1-2)

En la porción que nos toca investigar esta semana, encontramos los consejos que Yahvéh dio a Israel para afrontar el momento en el cual la “lepra” (en hebreo tzaraat) entra a una casa, a un hogar, a una familia, a una relación. Al leer los capítulos 13 y 14 de Vayikrá encontramos que el Eterno transmitió a Moshé, las leyes referidas al leproso para su purificación.

En primer lugar, debo decir que estamos ante dos pasajes bíblicos que, desde la cosmovisión cristiana, son muy complicados de comprender, por lo que la mayoría de los teólogos y hermeneutas (intérpretes) del cristianismo aseguran que es un texto oscuro. Otros, más rápidos para despegarse de la responsabilidad de investigar, salen al paso, asegurando que estamos simplemente ante unas normas higiénicas que el Eterno dio a Israel para procesar una dolencia física en la piel que en aquellos días no sabían tratar medicamente.

Sin embargo, al sumergirnos en las raíces hebreas del texto nos encontramos con que el mismo ha sufrido la consecuencia típica de una traducción: la traición a la etimología original de una palabra. Esto lo digo porque estamos aquí ante  una supuesta “lepra“, que en verdad no es precisamente la lepra conocida por la ciencia médica de hoy. La palabra misma mal traducida como lepra, describe en realidad a una enfermedad cutánea la cual tenía un origen exclusivamente divino, y que estaba relacionada con un castigo del Eterno para el varón o la mujer que fueran dado a hablar Lashon Hará (mala lengua o lengua perversa), es decir, hablando calumnias, y aun verdades del actuar de una, o varias personas, pero que detrás de ello, provoca que la fama de una persona se vea dañada.

“Cuando entréis en la tierra de Canaán, que os doy en posesión, y ponga yo una marca de lepra (tzaraat)  sobre una casa en la tierra de vuestra posesión,…”

(Levítico 14:34)

Por favor, abra su mente, y note que interesante la idea aquí revelada. Es  Yahvéh quien dice: «Yo ponga» la enfermedad de tzaraat en una casa. En las líneas del cristianismo siempre se insiste en enseñar que es HaSatán quien pone las enfermedades en los cuerpos de los redimidos, pero en estas líneas sagradas vemos que es el Eterno quien lo hace.

Por lo visto hasta aquí, nos damos cuenta que la afección de tzaraat, cuyas leyes se detallan en estos capítulos de Levítico (13 y 14), era en realidad un fenómeno enteramente espiritual, y de origen divino. No era una enfermedad natural, ya que vemos que, de hecho, esta “lepra” vemos que también atacaba vestimentas y casas. Por lo tanto, era la señal de un síntoma de grave degradación moral.

Particularmente, la persona afectada (el “metzorá”) era uno cuyas acciones habían provocado el disenso y la división dentro de la comunidad. Su castigo (midá keneguev midámedida por medida«-) era una lepra sobrenatural que lo marcaba como un paria. Era desterrada a una vida de máxima soledad, hasta que su arrepentimiento lo curara de su lepra y fuera readmitido en la sociedad.

Esa correcta consideración hace de tzaraat la enfermedad arquetípica, que comprende a todas las enfermedades enviadas por Yahvéh sobre aquellos que practican Lasho Hará (lengua perversa).

 

La persona enferma de tzaraat, era declarada metzorá y enviada fuera del campamento de la congregación, para vivir y con sus ropas rasgadas.

Estaba obligada a gritar “impuro, impuro”, como señal para que nadie se acercara a tocarlo (Lev. 13: 45-46).

Cuando la enfermedad se reducía, la persona era nuevamente examinada por un Kohén (sacerdote), fuera del campamento, y así asegurarse de que la recuperación era total.

Las ceremonias de purificación se extendían durante ocho días, y se observaban ciertos ritos especiales durante el primero y el último día. El Kohén ofrecía sacrificios y en el proceso de purificación se usaba madera de cedro e hisopo. El ex-metzorá era declarado miembro pleno de la comunidad.

Las leyes de tzaraat se aplicaban tanto a una vestimenta como a una casa. Si las ropas mostraban signos de tzaraat, podían llegar a ser quemadas. Si una casa aparecía repentinamente marcada con rayas verdes o rojas, era cerrada por siete días. Si las rayas se extendían, las piedras afectadas eran reemplazadas por otras nuevas. La casa era revocada y las viejas piedras y el polvo eran arrojados en un área contaminada, fuera del campamento. Si aún quedaban signos de tzaraat en las paredes, toda la casa era destruida y los materiales arrojados en el área contaminada fuera del campamento. El Eterno también indicó sobre ciertas impurezas físicas, como ser pérdida de semen, flujo, que afectaban a las personas y por ello tenían prohibido entrar al Santuario o tocar objetos sagrados. Esta situación terminaba luego de un proceso de ceremonias específicas para su purificación.

Les ruego que nos detengamos aquí un momento e imaginémonos que de la noche a la mañana a cualquiera de nosotros fuéramos desprendidos de nuestro lugar de trabajo, de nuestra casa, de nuestra esposa o esposo o tal vez padres e hijo; no hay duda que debió haber sido desastroso para aquellos. Se trataba de una pena social que dejaba una profunda huella, y sobro todo porque la gente con la que convivía la persona, era imposible que no se enterara.

Esta repercusión social, dejo como un ejemplo a Miriam la hermana de Moshé, que a pesar de haber sido una gran mujer, sierva de Yahvéh, se le recordará por el mal paso dado en la murmuración que profirió contra su hermano Moshé.

 

En cuanto a la plaga de la lepra, ten cuidado de observar diligentemente y hacer según todo lo que os enseñaren los sacerdotes levitas; según yo les he mandado, así cuidaréis de hacer. Acuérdate de lo que hizo Yahvéh tu Dios a María en el camino, después que salisteis de Egipto.”

(Deuteronomio 24:8-9)

 

En esta experiencia espiritual, Yahvéh tenía una excelente metodología de aprendizaje para Su Pueblo. El mensaje era claro, y fácil de aprender. El Creador perdona todas las transgresiones en el mundo con el arrepentimiento (teshuvá), todas, excepto la difamación, cuando la persona habla mal de su prójimo, especialmente de su alma amiga. Así fue determinado, “Esta es la ley que habrá de aplicarse al leproso (en hebreo metzorá)”, es decir, la ley que se aplica a la persona que desacredita, pues la palabra metzorá, se forma de un anagrama o acrónimo hebreo: la expresión Motzi Ra, que significa “esparcir el mal como un ave” o “hablar mal de alguien”.  Por esto, vemos que una de las principales causas de «metzorá» en la persona es por sus habladurías. Si alguien esparce un mal nombre o fama, todos sus órganos quedan impurificados y debe ser aislado, puesto que al hablar mal se eleva y evoca el espíritu de impureza sobre él. Quien intenta impurificar se impurifica; por la obra de abajo, otra se despierta.

Motzi Ra también se traduce como “el que emana maldad» o “el que es fuente de maldad”, mejor comprendido como aquel que es charlatán y difamador. Con la expresión metzorá y su permutación acrónima, la Torah deja revelado que la enfermedad se origina de las malas palabras que decimos de los demás (aunque sean ciertas). Era claro así que si una persona habla negativamente, especialmente si habla negativamente sobre otra persona, crea todo tipo de oscuridad. Teniendo la conciencia despierta en este espíritu hebreo las primeras comunidades de talmidim (discípulos) se animaran unos a otros a fin de aprender a controlar la lengua con la sabiduría que viene de lo alto o jojma (leer Santiago cap. 3).

Profundizando en nuestra investigación notaremos que el Lashón Hará estaba directamente relacionado con el pecado de orgullo o soberbia (Ex 4:1, 6; Núm. 12:1-10; Deut 24:8-9; 2 Cron 26:16-19).

En este proceso pedagógico, nuestro Abba, anhela que se entienda que cuando una persona habla lashón hará (mala lengua), demuestra que no tiene idea del poder del habla.  Demuestra que para él las palabras son insignificantes en comparación con los actos, y por ende se manifiesta necio en los lugares celestiales donde las palabras son poderosas y formadoras de destino.  De este modo, al hablar con lengua perversa (lashon hará), se despierta a un acusador en el Cielo, no solamente contra el objetivo de su lashón hará, sino también contra sí mismo.

Por ello, entendemos que tzaraat no es una enfermedad, tal y como las distintas versiones lo han dado a entender al traducirla como “lepra”. Sino que es un caso de impureza (timé). Así es como nuestro Mesías lo comprendía. De hecho vemos que cuando Él sano a un leproso, no le dijo “se sano” sino “sé limpio” por lo que claramente vemos que se trata de una impureza (Mateo  8:2-4; 26:6).

Buscando un final a este estudio, nuestro corazón no podrá escapar a la conclusión de que la lengua es la máquina más poderosa del mundo entero.

Las Sagradas Escrituras aseguran en su revelación que una palabra puede matar a distancias que ni siquiera el más poderoso cohete tele-dirigido puede alcanzar. Una palabra puede causar una plaga más nociva que el ántrax. Y aun así, una palabra puede curar con más poder que una cirugía a corazón abierto. Una palabra puede decir más que el más brillante y colorido ramo de flores.

Sabemos que el universo fue creado con palabras: “En el principio Dios (Elohim) creó los Cielos y la Tierra…”. Él creó toda la existencia con las dos veintidós letras del alfabeto hebreo. Y le dio al hombre esa máquina tan increíblemente poderosa: la lengua. No hay ningún animal en el mundo que pueda hablar. Podrán hacer ruidos, si. Pero hasta la fecha, ninguna ballena o delfín publicó un libro de poemas, o un tratado de filosofía.

Es el Hombre el único Hablador de toda la existencia. A él se le confió una máquina muchísimo más poderosa que el átomo, y además, mucho más peligrosa. Porque con una sola palabra se pueden destruir mundos y con una sola palabra se los puede crear.

Podemos decir palabras que sanen o palabras que hieran; podemos edificar y construir o desalentar y derribar. Las palabras son estuches de poder y acarrean poder sea positivo o negativo. ¡La decisión es nuestra! Las palabras son semillas que sembramos y con seguridad darán una cosecha en nuestra vida. Aquellos que usan su lengua, deben comer el fruto de sus palabras, sea para vida o para muerte (Proverbios 18:21).

Pidámosle al Señor Yeshúa que, con su Santo Espíritu, purifique nuestros corazones de tal manera y a tal grado que vivamos cotidianamente para sanar, libertar, edificar y traer gozo con cada una de nuestras palabras y, a la misma vez, ser nosotros mismos saciados de bien por el fruto de nuestros labios.

 

Bitácora Relacionada:

La Curación del “Mal Hablado” (Leproso)

¿Qué es el Textus Receptus?

Por: P.A. David Nesher

«¿Cómo decís: «Somos sabios, y la ley del SEÑOR está con nosotros?, cuando he aquí, la ha cambiado en mentira la pluma mentirosa de los escribas.»

(Jeremías 8: 8)

La curiosidad con la que comenzaré esta bitácora es destacar que la Biblia es, a nuestra fecha, el libro más traducido de la historia, pues puede leerse entera o en parte en más de dos mil quinientos idiomas. Y en algunos de estos no hay una sola traducción, sino muchas.

El tema crítico es que, puesto que la Biblia fue escrita originalmente en hebreo, arameo y griego, la mayoría de las personas que desean leerla dependen de una traducción. Si en su idioma usted tiene la posibilidad de elegir, sin lugar a dudas querrá emplear la mejor traducción existente. Pero, a la hora de responder la pregunta que muchos nuevos creyentes me hacen acerca de cuál es la versión bíblica más fiel a los originales, debo contestar lo mismo de siempre: «la mejor versión es el texto hebreo y griego«.

Es más, debo también decir que las versiones más modernas son más fieles que las antiguas, en tanto que tienen más manuscritos disponibles para hacer las comparaciones. Hasta el siglo XIX, los traductores tenías muy pocos trabajos en sus manos para cotejar y traducir fielmente.  A fines de aquel siglo surgió la denominada «critica textual» que consiste en ofrecer las las reglas con las que trabajan traductores e intérpretes, con las diferentes variantes del texto bíblico en los manuscritos hebreos, y particularmente griegos. Reglas que permiten identificar errores de los copistas, inserciones tardías, e incluso alteraciones intencionales sobre todo por parte de algunos papas. Un ejemplo de ello, lo hallamos en la versión del Nuevo Testamento Griego de Sociedades Bíblicas que incluye un aparato critico que explica las diferentes variantes del texto tal cual aparece en cada códice o papiro.

Sintetizando la historia, sabemos que en el año 382 d. E.C., en el Concilio de Roma,  se estableció el canon del Nuevo Testamento. Es decir que cuatro siglos después de la muerte de Jesús, el Cristo, la recién instituida Iglesia Católica proclamaba tener una colección de escritos que representaban el mensaje, vida y obra del fundador de lo que ellos denominaron el movimiento cristiano o cristianismo.

Convengamos que a esta altura de la marcha, el texto original de varios de los escritos cristianos había sido alterado por los escribas. La autoría de la mayoría de estos textos no era fácil de determinar y los manuscritos incluidos en el canon no eran necesariamente los más populares o los más utilizados por las diferentes comunidades de discípulos. Esto se debía, a que hasta ese momento, el centro de toda pedagogía apostólica era la interpretación de la Instrucción (Torah) desde la cosmovisión del Mesías (su Yugo como se lo denominaba).

Además, para ese entonces, se habían perdido los textos originales de muchos evangelios. Las traducciones hechas del griego al latín en el siglo IV habían modificado los textos, ya que las autoridades eclesiásticas romanas no querían matices hebreos en los mismos Por ello, y la recopilación encargada por el Papa Dámaso I a San Jerónimo en el 382 d.C. para tratar de corregir estos problemas no había sido realizada con la rigurosidad necesaria para remediar el caos reinante.

Todo esto sin tomar en cuenta que la comunidad cristiana, aquella con base en Roma, que se convirtió en la Iglesia Católica, no representaba un consenso entre las diferentes comunidades cristianas de la época. La mayoría de las mismas tenían una interpretación particular del mensaje de Jesús y el Reinado de Yahvéh. Sin embargo, la posición greco-mitraica de Roma se impuso gracias a sus influencias políticas y capacidad organizativa. Gracias a esta imposición, la cosmovisión babilónica de Roma logró convertirse en la religión oficial del imperio. La comunidad de cristianos de Roma estableció, mediante decreto imperial, que ellos eran los únicos que tenían la opinión correcta sobre el mensaje de Jesús. Todos los demás eran herejes.

 

En un párrafo anterior, mencioné que en un intento por detener la alteración que sufrían los textos de los libros del canon al ser traducidos improvisadamente del griego al latín, el Papa Dámaso I (304 – 384 d.C.) le encargó al intelectual Jerónimo de Estridón en el 382 d. E.C., que recopilara los manuscritos griegos y hebreos más antiguos para producir un texto único en latín capaz de erigirse como el texto oficial aceptado por la Iglesia Católica. Este monje usó la Septuaginta como base del Antiguo Testamento, y traduciendo los libros neotestamentarios canonizados por las comunidades sujetas a Roma, obtuvo su fruto literario conocido como La Vulgata. Pese a los errores, la Vulgata Latina fue la Biblia del mundo occidental por más de 1000 años, hasta que llegó la imprenta.

Alrededor de 1.439, Johannes Guttenberg (1398-1468) empezó a desarrollar técnicas de impresión mecánica y cambió para siempre la forma en la que se reproducían los libros. El difícil trabajo que habían realizado los escribas copiando manuscritos letra por letra fue reemplazado por un sistema mecánico, que al margen de la producción masiva, permitía tener un control casi absoluto sobre la fidelidad de las copias.

La primera impresión masiva realizada por Johannes Guttenberg fue la reproducción de una edición de lujo de La Vulgata Latina que tomó seis años en completarse, desde el 1.450 a 1.456.

Al inicio del siglo XVI, un cardenal español llamado Francisco Jiménez de Cisneros (1437-1517) decidió producir una versión del Nuevo Testamento en griego. Al mando de un equipo de eruditos, Jiménez de Cisneros produjo una edición políglota de la Biblia. El Antiguo Testamento se presentó, recurriendo a los textos originales, en tres columnas: hebreo, latín y griego. El Nuevo Testamento se editó en griego porque la mayoría de manuscritos antiguos y/o originales de los textos estaban en griego.

Esta Biblia fue producida en Alcalá, España. El nombre latino antiguo de la ciudad era “Complutum”; por eso esta obra es conocida como la Biblia Políglota Complutense. Constaba de seis volúmenes y se terminó de imprimir alrededor del 1514. Su publicación fue retrasada hasta 1520 ya que siendo una producción oficial de la Iglesia Católica necesitaba la aprobación del Papa Leo X (1475 – 1521).

Después de este trabajo de traducción, e influenciado por él en gran parte aparecerá en Europa el denominado Textus Receptus.

El Textus Receptus es un término en latín que significa Texto Recibido. Dicha expresión latina hace alusión al texto griego del Nuevo Testamento editado por Erasmo de Rotterdam (Desiderius Erasmus) en el siglo XVI. Este texto representa a un conjunto de manuscritos en lengua griega del Nuevo Testamento, de los cuales los más antiguos datan aproximadamente del siglo X, y son la base de muchas traducciones clásicas de la Biblia tanto al español como a otros idiomas (versiones anteriores a 1881). Existen más de cinco mil (5.000 manuscritos) griegos del Nuevo Testamento, y casi todos ellos apoyan la lectura del Textus Receptus. Algunos de estos manuscritos disponibles en el tiempo de la Reforma fueron la base textual que utilizaron algunos eruditos para desarrollar sus diferentes ediciones griegas.

El Textus Receptus tiene su inicio en la crítica textual conservadora de parte de Erasmo, quien escogió la lectura final para su edición de 1516 entre algunos manuscritos generalmente representativos del texto Bizantino (Texto Bizantino se refiere a la mayoría de los manuscritos en los cuales se basó el Textus Receptus).

Erasmo de Rotterdam había publicado en 1522 una compilación crítica del Nuevo Testamento Griego y Latino, que sirvió como base preferencial de traducción desde el S. XVI al S. XIX. Él usó seis manuscritos. Éstos estaban muy dañados y todos databan su procedencia entre los siglos XII y XV, o sea, apenas eran antiguos.

En cuanto al inicio de la frase “Textus Receptus”, en la edición del Nuevo Testamento griego de los hermanos Elzevir del año 1633, el prefacio incluyó la siguiente oración en latín: «Textum ergo habes nunc ab omnibus receptum» (por tanto tenéis ahora el texto recibido por todos).

En la siguiente recta histórica representamos solo algunos de los nombres más conocidos de aquellos eruditos que elaboraron ediciones del Texto Recibido Griego:

 

Observamos que desde la Políglota Complutense de 1514 hasta la quinta edición de Teodoro de Beza de 1598, comprenden aquellas ediciones del Texto Recibido Griego que eran contemporáneas a la traducción que hizo Casiodoro de Reina en 1569 y la posterior revisión de Cipriano de Valera del año 1602. Vemos, por lo tanto, en la recta histórica, dos ediciones posteriores a 1602 que son las de los hermanos Elzevir (1624 – 1633) y la última la de F. H. A. Scrivener en las décadas de 1870 y 1880. Podemos concluir, por lo tanto, que estas dos ediciones (dadas las fechas en que se generaron), no pudieron ser fuentes consultadas por Reina y Valera.

A partir del siglo XIX, los eruditos especializados en el campo de la crítica textual, comenzaron a descubrir otros manuscritos, muchos más antiguos que los que se habían utilizado hasta el momento. Incluso copias de la Biblia del siglo IV, por ejemplo. A partir de entonces, desde luego, se han descubierto copia tras copia, muchas más antiguas que nunca. Dice Daniel Wallace, uno de los líderes en el campo:

Tenemos ahora hasta dieciocho manuscritos del Nuevo Testamento (todos fragmentarios) del siglo II, y uno incluso del primer siglo . El 40% del Nuevo Testamento se encuentra en estos dieciocho textos.”

Por todo esto, es evidente que el Textus Receptus está hoy desacreditado y ninguna traducción seria moderna de las Escrituras lo usa, porque está fatalmente desactualizado y ha sido superado, según los hallazgos e investigaciones de las ciencias bíblicas y la crítica textual, por el el Textus Criticus, que es fruto del estudio de más de cinco mil quinientos (5.500) manuscritos del A.T. y otros tantos del N.T. que se han encontrado en los últimos siglos.

Como dije anteriormente el Textus Receptus está basado en una docena de manuscritos tardíos de los siglos XII a XIV D.C., muchos de los cuales hoy carecen de autoridad por las muchas interpolaciones, añadiduras y vacíos que presentan.

Hoy tenemos manuscritos de la Biblia completa de los siglos IV y V D.C. y en Qumrán se hallaron manuscritos de todos los libros del A.T. Muchos de estos manuscritos son del siglo II y III a. E.C. es decir, diez a doce siglos anteriores a los que constituyen el Textus Receptus. Los versículos o palabras que dicen faltan en el Textus Criticus y en las versiones modernas de la Biblia como la NVI debieron salir del texto bíblico porque no aparecen en los miles de manuscritos anteriores a los siglos VII al XII; y si solo están en los manuscritos tardíos posteriores al siglo X y no aparecen en manuscritos anteriores, es porque nunca estuvieron en el texto original y fueron añadidos posteriormente.

El problema es que las versiones tradicionales se basaron en el Textus Receptus que, como ya dijimos, hoy está superado. El texto depurado de las Escrituras más cercano a los originales es el Textus Criticus, que es el usado por las buenas versiones actuales de las Escrituras.

Entonces, y para concluir, volveré al planteo que dio inicio a esta bitácora: ¿cuál es LA versión perfecta? Sin duda, y ante estos hechos históricos es una pregunta mal formulada. Sin embargo, puedo arriesgarme a responder que las versiones más confiables, son aquellas que están basadas en el texto griego crítico y expresan bien lo que el original dice en español. Este tipo de versiones nos permite escuchar el Evangelio del Reino con un filtro especial. Así y por medio de ellas el Espíritu Santo se comunica con nuestro espíritu provocando fe al escuchar la Palabra de Dios (Romans 10: 17).

Mujer Pura… Instrumento Divino de Salvación…

«Habló Yahvéh a Moisés, diciendo:
Habla a los hijos de Israel y diles:
La mujer cuando conciba y dé a luz varón, será inmunda siete días; conforme a los días de su menstruación será inmunda.
Y al octavo día se circuncidará al niño.»

(Vayikrá/Levítico 12: 1-3)

 

La Torah comienza aquí la pedagogía de las leyes del parto y, especialmente, los detalles que incluyen las leyes de «pureza e impureza» (tumáh y taharáh), importantísimas para la excelente comunicación en una familia, con el Eterno y con los componentes de la misma.

Antes de sumergirnos en esta magnífica enseñanza del Eterno, debemos aceptar que la traducción de la Torah a los distintos idiomas ha sido una de las grandes dificultades que enfrentamos cotidianamente. Ello impide entender a cabalidad conceptos fundamentales de nuestra fe. Muchas de las palabras no tienen definición precisa al español porque expresan ideas espirituales que no tienen paralelo en nuestra cultura latina; ejemplo de ellos son los vocablos «Taharáh» y «Tumáh«, sistemas que recibirán un tratamiento prominente en este capítulo. Los grandes exégetas de Israel coinciden en que los vocablos «Taharáh» (puro), y «Tumáh» (impureza), generalmente traducidos como pureza e impurificación, no son criterios médicos, sino conceptos de carácter moral y en relación con lo sagrado. Los invito entonces a considerar la significaciones hebreas de estos términos, y sus implicancias en el alma creyente.

¿Qué es Puro dentro de los parámetros de la Revelación de la Torah?
  • Puro es todo aquello que favorece o promueve la vida (hbr. Tahor).
  • Impuro es lo relativo a la cesación de vida (hbr. Tamhé).

Recordemos que, por medio de la codificación del libro de Vayikrá, los israelitas recibieron el secreto de la reverencia. Ésta es la actitud que permite valorar el propósito de la vida humana, y estimula a cada individuo a buscar el perfeccionamiento y la plenitud de la misma. La reverencia se convierte en un instrumento psíquico-emocional que permite un acercamiento correcto al Creador, y establece una comunión que promueve de esclavos del Eterno a amigos de Dios.

Teniendo en cuenta lo expresado hasta aquí, es importante entonces aceptar que las expresiones hebreas “Tahor” (puro) y “Tamhé” (impuro) son conceptos que refieren a un estado espiritual y no a aspectos físicos, emocionales, sociales o mentales, tal como los parámetros errados de la religión lo ha expresado en sus dogmas. Puede resultar difícil de comprenderlos, pues muy frecuentemente han sido traducidos como “limpio” y “sucio” respectivamente, o ideas similares que llevan a asociar la impureza con algo manchado, echado a perder, mugriento o inmundo.

Por ello, la más acertada definición de “puro” que podemos ofrecer sería “lo que está conectado con la Fuente de la Vida”. En tanto que “impuro” es lo que en algún grado está desconectado de la Fuente de Vida, y ha comenzado a errar su blanco. Éste precisamente es su desequilibrio, que repito, no es un pecado, ni una enfermedad ni una suciedad. Es una situación o posición espiritual. “Tahor” (puro) y “Tamhé” (impuro) son conceptos que refieren a un estado espiritual y no a aspectos físicos, emocionales, sociales o mentales. Insisto: puede resultar difícil de comprenderlos, pues muy frecuentemente han sido traducidos como “limpio” y “sucio” respectivamente, o ideas similares que llevan a asociar la impureza con algo manchado, echado a perder, mugriento o inmundo, que merece exclusión condenatoria. Debes entenderlo perfectamente: puro no significa bueno, como impuro no significa malo. Eso debe estar claro en tu mente. Tampoco puro es algo limpio, ni impuro es algo sucio. Tenlo presente.

Impuro (Tamhé) es lo que arremete contra los designios del Eterno. Es decir, que algo en el sistema espiritual del impuro está en desbalance a causa de la influencia de la serpiente y su sistema de cosas. En cambio, puro es aquel que está en sintonía excelente con la Divina Voluntad.

En el capítulo anterior (Vayikrá 11:47) se nos enseña que por impuro se debe entender aquello que hace creer (la ilusión de) que no hay un plano espiritual que rige sobre el plano físico. Como cuando se ve un cadáver, que es algo inerte, frío, vacío de sentido. Como cuando se ve en el ciclo menstrual un mero proceso físico, que no tiene relación con la vida.

Cuando se hace «algo» a un «alguien» se está en estado de impureza.

Para entenderlo mejor, vamos a considerar a cómo los sabios lo han comprendido a lo largo de los tiempos. Ellos dicen que en un principio todo fue creado en pureza a través de dos sistema o polaridad de la Luz (lo masculino y lo femenino). Uno de esos sistemas tiende a conectarse con la limitación y el caos, mientras que el otro está en conexión con lo infinito, y debe esforzarse a tender hacia esas alturas.

Expliquemos esto aplicándolo a nuestra vida personal: cuando deseamos algo solo para nosotros mismos nos convertimos en finitos, o en especies de “agujeros negros” que atraen todo hacia sí; esto significa que estamos conectados con la impureza. El sistema de la pureza es lo contrario, es una conexión con el Creador; con lo infinito; este tipo de “deseo” (o sistema), crea continuidad y un vínculo con la luz del Eterno.

Visto así, descubrimos que la pureza y la impureza no son una cuestión religiosa, sino un asunto de conciencia que se manifestará en pensamientos y acciones. Por causa de la caída de Adam HaRashon y  su esposa Javáh, los dos sistemas se han mezclado con los demás en nuestro mundo pero tenemos libre albedrío para decidir qué camino queremos recorrer, el de la pureza o el opuesto y cada camino que elijamos tendrán su propia historia.

La Mujer: Vasija conectora con el Pecado e Instrumento Profético de la Salvación.

Entonces, comprendiendo las definiciones de qué es puro y qué impuro. Procederemos a analizar y meditar en este texto.

La Instrucción divina deja en claro que después del parto de un hijo varón, la mujer queda en un estado de impureza ritual (en hebreo tamhé), tal como en el tiempo de su menstruación. La palabra hebrea que ha sido traducida como “menstruación» es nidá, que significa “impureza”, “menstruación”, y viene de la raíz nadad, que significa “vagar”, “errar”, “huir”, “alejarse”, “mover”. La idea es que el tiempo de la nidá es un tiempo ideal en el que la mujer debe alejarse de su marido para sanarse de su herida interna (físico-emocional). Según la Torah, este periodo es de siete días (cf. Levítico 15:19). Después del periodo de nidá, ella se sumerge en aguas purificadoras para poder unirse de nuevo a su marido.

En el caso del nacimiento de un varón, la madre se queda en un estado de nidá durante los primeros siete días después del parto. El día del parto es contado como el primer día, aunque sólo quedara una hora o menos hasta la caída del sol. Al final del séptimo día se sumerge en una mikvé (bautismo) para purificarse. Según la enseñanza farisea, luego podrá unirse con su marido. Los saduceos y los karaítas no están de acuerdo con la interpretación farisea, y enseñan que la mujer no podrá unirse a su marido hasta después de los restantes 33 días. En verdad, esta última interpretación parecería estar más cerca de lo que la Torah establece en los preceptos respectivos.

La expresión hebrea «qui tazríah» ha sido traducida aquí como «conciba y dé a luz» o «engendrare». Pero en el rigor mismo de la significación literal, la palabra deriva de «zerah«, que quiere decir «semilla«. Los exégetas concluyen de aquí, que esta expresión (qui tazríah) hace referencia no solamente a un nacimiento normal, sino que afecta también a aquella mujer que no hubiera concluido felizmente su embarazo.

Considerando pues todos estos detalles rituales, se descubre que en este pasaje, el Eterno quiere conducir a cada familia hebrea a reconocer que tanto la concepción, como el nacimiento de un ser humano, es un proceso que califica como verdadero milagro de Yahvéh, que se conecta con una realidad impura: la humanidad caída en pecado. El Eterno envía vida humana al mundo para que se mantenga en sintonía con Él, pero la madre le produce estado de impureza desde el vientre (Salmo 51: 5).

Una mujer que desea engendrar un hijo, primeramente se purifica y después se unirá a su marido. Entonces se asociará un óvulo por ella producido a un espermatozoide emitido por su marido. A través de ello comenzará a gestarse su hijo.

Antes bien, después de purificarse y gestar al embrión, la madre deberá esperar que sucedan numerosos milagros con el fruto de su vientre hasta que se produzca el gran milagro: el nacimiento.

Con este precepto, cada israelita podía meditar en la gran bondad del Eterno especialmente con aquellos que aún no han nacido. El espíritu que se obtenía al cumplir con este precepto, permitía valorar la vida intrauterina, llenando el alma hebrea de gratitud al Creador por proteger la vida humana, incluso desde esos momentos.

Además, los padres del recién nacido reflexionaban en la verdad de que en un mundo perfecto e ideal, no hay dolor, no hay duelo.  Así sería la vida humana en el Edén primordial. Sin embargo, en este mundo caído, cada parto nos recuerda el pecado y el castigo de Adam y Javá.  Vivimos en un mundo limitado por la mortalidad, y somos forzados a darnos cuenta que el niño que nació está destinado a morir.  Esto explica la separación que sigue al parto, la cual es comparada a un duelo. Los padres hebreos, especialmente la mujer-madre, aceptaban que la separación después del parto es duelo, entonces sometían sus almas a una teshuvá por la necesidad del proceso de parto y por la mortalidad del niño nacido en este proceso.  La lógica al requerir un sacrificio por el pecado ahora se hace visible: el parto está tan relacionado con el pecado de Javá, que se identifica totalmente con él, y resulta de él que un sacrificio por el pecado a la culminación de este proceso parece completamente natural.

Una razón por la cual la madre es “Tamhé” es porque cuando da a luz, en ese mismo instante, en su estructura psíquica, se genera un cierto grado de vacío espiritual por la partida de la vida adicional que llevaba dentro, es decir, su bebé. Entonces, el Eterno la llama a “purificarse” a fin de superar esa sensación negativa, y no quedar esclava de ella de por vida, ocasionándole la ilusión de creerse la dueña del destino de ese hijo, y generando obsesiones manipuladoras sobre el mismo.

En realidad, el propósito de esto es hacer que las mujeres, especialmente, se ocupen de estar más interesadas en conocer y respetar las leyes de la «Pureza de la Familia» (Tahorat HaMishpajá). Éstas incluyen códigos de vida como el digno trato entre los cónyuges, la educación en valores de los hijos, el recato en la conducta y vestimenta, el esfuerzo por sostener una familia unida bajo las alas protectoras del Eterno. Eso es lo que el apóstol Pablo recordará al decir:

Pero la mujer se salvará si cumple sus deberes como madre, y si con buen juicio se mantiene en la fe, el amor y la santidad.

(1Timoteo 2: 15)

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¡Tres Días Son Tres Días… no Un Día y Medio!… (El Misterio de la Señal de Jonás)

Por P.A. David Nesher

“La generación mala y adúltera busque a un signo; y no se le dará ninguna señal a la misma, sino la señal del profeta Jonás:
Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena; así estará el Hijo del Hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra. Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán, porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás; y he aquí más que Jonás en este lugar

(Mateo 12:40)

Es natural que aquellos varones y mujeres que no están familiarizadas con la secuencia de las Fiestas Primaverales del Eterno, determinaron un error de conteo al considerar la frase dada en su relato por el apóstol Juan al escribir:

«Entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la Pascua, a fin de que los cuerpos no quedaran en la cruz el sábado (pues aquel sábado era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebraran las piernas y fueran quitados de allí»
(Juan 19:31)

Ellos identificaron el día después de la crucifixión como un Sabbath semanal, en ves de uno especial o anual. Esto quiere decir para ellos que Yeshúa fue crucificado en un día viernes, porque toda la gente sabe que el Sabbath judío es el día sábado. Y casi todo el mundo está de acuerdo en que Él resucitó en un día domingo. Pero, a la vez, todos coinciden en que no hay manera alguna en que se pueda contar tres días y tres noches entre un viernes y el domingo siguiente. He allí la controversia.

Por favor, reflexionen conmigo La única señal directa que Yeshúa dio de ser el Mesías fue que estaría 72 horas en el sepulcro, lo mismo que el profeta Jonás, que estuvo prácticamente muerto en el vientre del gran pez ¡y salió de allí únicamente porque Yahvéh lo sacó! Los líderes religiosos que retaron a nuestro Señor sabían muy bien la historia de Jonás, pero al parecer, nunca entendieron su significado.

En la actualidad, la mayoría de las personas que se declaran cristianas siguen la tradición del viernes santo y domingo de resurrección, ¡lo cual es una burla a las palabras de la señal de Cristo! No hay manera de hacer caber 72 horas dentro del lapso de un viernes para la crucifixión y un domingo para la resurrección. La historia de la Pascua florida es fruto de las tradiciones paganas previas al cristianismo ¡y no figura para nada en las Sagradas Escrituras!

A continuación comparto los dos videos de mi Canal de Youtube en los que podrán comprender esto:

PRIMERA PARTE:

SEGUNDA PARTE:


Los Ciclos del Eterno

«Enséñanos de tal modo a contar nuestros días,
Que traigamos al corazón sabiduría.»

(Salmo 90: 12)

Vivir en esta denominada posmodernidad es ser testigo y protagonista de lo que el profeta Daniel describió como tiempos en los que «…mucha gente andará de acá para allá, buscando aumentar sus conocimientos” (Dn. 12: 4). Todos somos blanco de la propuesta cotidiana de ser personas multifacéticas, sobrecargadas de responsabilidades salidas, la gran mayoría de ellas, de la presión de las redes sociales y los smarphones. De este modo las cosas se nos imponen desde el sistema reptiliano, cosificándonos, y así presionándonos a tomar la escala de valores materialistas que la élite que gobierna necesita que adoptemos.

Por ello, te pido que ahora te imagines una pausa…

Permite, por un momento, que tu imaginación encuentre en este instante una forma de dejar toda esta vorágine bien atrás. ¿Qué harías? Puede ser que te desesperes y hasta comiences a aburrirte. Seguramente descubras que has sido programado para creer que sin toda la sobrecarga sensorial de los medios de comunicación actuales estamos totalmente solos. Que sin un smarphone, un periódico, una radio o una laptop, la vida se transforma en una pesadilla. Pero considera esta otra alternativa. Quizás esta pausa te ayudaría a elegir enfocarte en las cosas que estimas importantes. Podría ser tu oportunidad para preguntarte en que crees, o en que estas realmente interesado. En vez de dejar que empresas comerciales o sociales, con agendas sutiles u obvias, manejen tus pensamientos. Tu mente lograría expandir la conciencia, y así te darías cuenta que el tiempo está en tus manos para administrarlo y sacar de él lo mejor para tu propósito.

Pues bien, quiero decirte que ese espacio reflexivo sí existe. Esa pausa existencial ya fue diseñada para ti por tu Creador. Se trata del Ciclo Séptuplo del Eterno. Una metodología celestial para contar nuestros días que permite que la Luz primordial fluya de nuestro corazón y repare nuestro entorno.

La vida y el universo se mueven en el tiempo a través de ciclos. Las Sagradas Escrituras, desde Génesis hasta Revelación (Apocalípsis) nos muestra esta verdad, esta ley, tanto en el mundo físico como en el espiritual.

El Eterno opera en ciclos de siete tiempos, acciones o eventos. El número siete representa la integridad y terminación. El número siete (que significa plenitud, cumplimiento y perfección) representa el Tiempo de Yahvéh. Este principio o ley lo extraemos del momento de la creación cuando nuestro Dios decidió bendecir y apartar para Sí (santificar) el séptimo día (tiempo, era o ciclo). Después de siete días, el mundo estaba completo. Hay 6 direcciones en nuestro mundo: norte, sur, este, oeste, arriba y abajo. Agregue el lugar donde usted está, y usted tiene un total de 7 puntos de referencia.

 

Los ciclos fundamentales en la Torah se fundamentan en el número siete. Ya sea que se cuenten los días semanales, los meses, los años o las series de los milenios, siempre notaremos que en las Sagradas Escrituras aparecen una y otra vez los ciclos de siete. Muchos de los movimientos proféticos de Israel y de los eventos significativos son patrones de siete. Por consiguiente, el siete está conectado con los avances y el favor espiritual de Israel.

La revelación de la Torah enseña que en una correcta mentalidad hebrea debe existir la conciencia de siete periodos o ciclo de tiempo. Cada una de las siete unidades de tiempo (ciclo) consta de dos fases principales: mundanalidad (jol) y santidad (kedushá). Seis días de trabajo mundano vienen seguidas de un día de descanso espiritual, de seis años de trabajar la tierra, a un año de suspensión y abstención de la materia, seis milenios dedicados a la lucha con el desarrollo y el mundo físico, a un séptimo milenio en el que la única ocupación de todo el mundo va a ser el conocimiento del Eterno.

 

Sin embargo, a pesar de su trascendente naturaleza, el séptimo día, el séptimo año y el séptimo milenio son partes constitutivas de los ciclos de la creación. La materialidad y la espiritualidad pueden diferir en gran medida, hasta el punto de la exclusividad mutua, pero ambos son parte de la naturaleza: los dos se rigen por el marco de las leyes que definen la realidad creada.

 

El hecho de que la Santidad exige el cese y la suspensión de todas las cosas mundanas, indica que, también, tiene sus límites. Esto significa que así como existe una naturaleza física que define y delimita el alcance de las cosas físicas y de las fuerzas, así también el reino de lo espiritual tiene su “naturaleza”, su propio conjunto de leyes que definen lo que es y lo que no es, en el que puede existir y donde no, y cómo y de qué manera puede hacerse sentir más allá de sus fronteras inviolables. Así, mientras que el concepto de la trascendencia parece la antítesis de la definición, la trascendencia es en sí una definición, por lo que se define (y por lo tanto limita) a sí mismo como más allá, y distinto de lo material.

El primer ciclo está compuesto por los siete días de creación  que culminan con el Shabat (día sabático, conocido también como el día del descanso). El «día séptimo» o Shabat representa la esfera del Tiempo de Dios, pues simboliza Su reposo mesiánico. Yahvéh desea que nosotros moremos, reposemos y permanezcamos desde esa esfera de Tiempo, para crear y señorear sobre toda la creación (Gén. 2:1-3; Éxo. 20:8-11; Lev. 23:2-3; Mr. 2:23-28; 3:1-5; Mt. 12:9-13; Col. 2:16-3:4; Heb. 4:1-13). Sabemos, por lo que la Torah nos revela, que el séptimo día es importante, porque en él el Eterno subraya y enfatiza el SER, el estar en Él y con Él. En seis días trabajamos, HACEMOS; pero en el séptimo día descansamos, reposamos, sencillamente SOMOS. El diseño de Dios para Sus hijos es que trabajemos desde el descanso; primero somos (descanso), luego hacemos (trabajo).

 

La Torah no le da ningún nombre específico a cada uno de los seis días de la semana. En la cosmovisión de Yahvéh no existen domingo, lunes ni martes; tampoco miércoles, jueves o viernes. Desde la Torah Él nos ordena “recordar el día del Shabat”. Esto significa que debemos recordarlo desde el primer día de la semana. De esta manera nos referimos a los días de la semana sólo en términos de su lugar relativo al Shabat, como “el primer día desde el Shabat”, “el segundo día desde el Shabat”… y así en más, hasta el “sexto día desde el Shabat” o “la víspera del Shabat”. Es el Shabat quien define y une a los otros seis días de la semana.

El segundo ciclo se manifiesta en el período en el que se lleva la cuenta de las siete semanas entre la festividad de Pesaj  y Shavuot (la entrega del Espíritu de la Torah). El mero acto de tomarnos el tiempo de “contar” cada día, por siete semanas, en voz alta y con bendición, nos hace extremadamente conscientes de la importancia de este ciclo específicamente. Shavuot, que conmemora el surgimiento del Pueblo de Israel como una nación casada con el Eterno, por virtud de recibir y aceptar la Torah también marca una terminación. Tal vez es por eso que la festividad es llamada Shavuot, «Semanas». Por ello, es propicio identificar a esta festividad como una terminación del proceso de creación de la nación de Israel.

El tercer ciclo es el de las  festividades de peregrinaje: Pesaj, Shavuot y Sukkot que suceden en un período de 7 meses de intervalo, con siete fiestas del Eterno en total.

El cuarto ciclo está discernido en la cuenta de los años, el año de Shmitá que es el Año Sabático. El séptimo año del ciclo de los siete años de trabajo de la tierra, llamado en hebreo el año de la Shemitá, es decir, el año de descanso de la tierra de Israel. Es por eso que cada siete años rigen en la tierra de Israel, algunas leyes especiales relacionadas con los cultivos, con el producto agrícola el mantenimiento y cuidado de jardines y campos agrícolas (Bamidvar – Números – 34:1-2). Al igual que Shabat, Shmitá es un medio para reconectar todo a su fuente. Mientras nos alejamos cada vez más del punto inicial de la creación, necesitamos de Shmitá para que nos regrese a él. Justamente cuando la creación parece un recuerdo borroso, sentimos que la humanidad maneja el mundo y que nuestra inteligencia nos ha traído la recompensa de lo que ella ha logrado. Shmitá trae un Shabat a la tierra y cambia todo. Shmitá nos da la oportunidad de disolver la distancia entre nosotros y la creación, y devolver la tierra a su fuente, es decir, a Dios. Debido a que Israel no guardó el shmita, Dios los envió a cautividad durante setenta años para permitir que la tierra descansara (Levítico 26:32-35).

El quinto ciclo, relacionado con el anterior, está comprometido con el conteo de Yobel o Año Jubilar.  Este ciclo consiste en añadir siete ciclos anuales siete veces (o 7 x 7 = 49 años) y decretar un jubileo (Yobel) en el décimo año del séptimo mes, cada cincuenta años (Levítico 25: 3-10).  En hebreo, la palabra para “jubileo” es yovel (significa el sonar de trompeta), ya que esto representa el año de libertad. Una liberación sucedía en ciclos de cada cincuenta años, comenzando en el Día de Expiación, al hacer sonar las trompetas de plata. Este sistema para contar eventos importantes cada año cuarenta y nueve o cincuenta fue tan importante que se compiló todo un libro conocido hoy como «El libro de los Jubileos«.

El sexto ciclo cuenta los miles de años que dividen la existencia del mundo en siete mil (7.000) años; seis mil (6.000) años pre-mesiánicos (en los cuales estamos viviendo) que continuarán con el Mesías inaugurando, junto a sus santos, el séptimo milenio, un ciclo que se apoda “el tiempo de un eterno Shabat”. En este ciclo séptuplo la totalidad de la historia humana transcurre en una semana de siete milenios, que consta de seis mil (6.000) años de trabajo humano en el mundo desarrollando la creación de Dios, y el séptimo milenio, que es “totalmente Shabat y descanso, para la vida eterna”. Llamándose a este último la era del Mashíaj o El Milenio. Este ciclo constituirá la culminación de seis milenios de historia humana caída y destacará el esfuerzo para hacer de este mundo una «morada para el Eterno» por medio de la enseñanza de la Torah.

Y por último el séptimo ciclo, basado en tiempo que se llama los cincuenta mil (50.000) jubileos. El término que denota el infinito nivel de consciencia que atendremos con la Segunda Venida del Mesías, cuando experimentaremos la resurrección de los difuntos y el mundo venidero será completamente revelado. El término 50.000 jubileos simboliza un estado eterno de revelación continua y avance espiritual.

Todos estos ciclos de siete ocupan un lugar importante en nuestras vidas, y en realidad todos forman una concentración de energía que guían nuestra consciencia hacia esa plenitud mesiánica que Abba anhela que alcancemos.

Mientras más meditemos en ellos, más nos conectaremos y podremos orientarnos con los ciclos divinos que el Eterno puso en marcha en el momento de la creación.

Siete es no sólo el número elemental de tiempo, sino también de todo lo creado y de la realidad creada como un todo. Esto es especialmente verdad en el ser humano, que fue creado “a imagen de Dios” para poder conformarse a Su semejanza. Por eso, el carácter humano se compone de siete unidades (el amor, la moderación, la armonía, la ambición, la devoción, conexión y receptividad), reflejando los siete atributos o virtudes que el Eterno asume como creador del universo, y que quiere manifestar en sus hijos por medio de Su primogénito, Yeshúa HaMashiaj.

Habiendo alcanzado el entendimiento de estos secretos divinos, te invito a meditar en los días, fiestas y ciclos del Eterno… ¡Te animo a planificar según sus días, fiestas y ciclos que Yahvéh ha dispuesto para sus hijos! ¡Atrévete a cerrar y abrir ciclos según la buena y perfecta voluntad del Señor!

¡Sé que el Eterno, como Abba kadosh, te entregará la misma unción que le dio a los hijos de Isacar!

 «De los hijos de Isacar, doscientos principales, entendidos en los tiempos, y que sabían lo que Israel debía hacer, cuyo dicho seguían todos sus hermanos.»

(1 Crónicas 12:32)

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Asimismo esta es la ley del sacrificio por la culpa; es cosa muy santa.
En el lugar donde degüellan el holocausto, degollarán la víctima por la culpa; y rociará su sangre alrededor sobre el altar. Y de ella ofrecerá toda su grosura, la cola, y la grosura que cubre los intestinos, los dos riñones, la grosura que está sobre ellos, y la que está sobre los ijares; y con los riñones quitará la grosura de sobre el hígado. Y el sacerdote lo hará arder sobre el altar, ofrenda encendida a Jehová; es expiación de la culpa. Todo varón de entre los sacerdotes la comerá; será comida en lugar santo; es cosa muy santa. Como el sacrificio por el pecado, así es el sacrificio por la culpa; una misma ley tendrán; será del sacerdote que hiciere la expiación con ella. Y el sacerdote que ofreciere holocausto de alguno, la piel del holocausto que ofreciere será para él. Asimismo toda ofrenda que se cociere en horno, y todo lo que fuere preparado en sartén o en cazuela, será del sacerdote que lo ofreciere. Y toda ofrenda amasada con aceite, o seca, será de todos los hijos de Aarón, tanto de uno como de otro.

(Levítico/ Vayikrá 7: 1-10)

Lo maravilloso de investigar la Instrucción (Torah) es que al describir lo que se debía de hacer con los sacrificios, ella nos transmite mensajes y enseñanzas claramente aplicables para nuestra vida cotidiana hoy.

Todos hemos pecado, y una de las consecuencias del pecado es la culpa. El Eterno nos creó con una conciencia moral que nos permite discernir internamente entre el bien y el mal. Todos tenemos una naturaleza pecadora:

«Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros»

(I Juan 1:8).

En el pasaje de Vayikrá notamos que la cosmovisión divina primeramente nos llama a estar agradecidos por los sentimientos de culpa que aparecen después del pecar, porque éstos nos conducen a buscar el perdón y la restauración celestial.

Al establecer este korban (ofrenda o acercamiento) el Eterno desea que comprendamos que los sentimientos de culpa deben de ser elevados y ofrendados. Luego, y a través de ello, corregidos para generar una reparación transformadora (tikún).

Ante esto la pregunta práctica es: ¿cómo hacemos para elevar un sentimiento de culpa, ofrendarlo al Eterno y por ende corregirlo desde Su fuerza?

Primeramente, tomando consciencia de que lo elevamos a través de comprender y aceptar que ese sentimiento de culpa es algo que nos envió el mismo Yahvéh para que recapacitemos y corrijamos nuestras conductas.

Luego, una vez que recapacitamos, se produce en nosotros el arrepentimiento (teshuvá). Así corregimos nuestra conducta y hacemos aquello que está en nuestras manos poder hacer a fin de reparar los daños causado por el error (tikún). Por ello, debemos de «ofrendar» a Yahvéh dicho sentimiento de culpa, para que éste no nos impida vivir con alegría, mejorarnos y servir a Su Nombre, logrando por medio de ello, exactamente lo opuesto que el Eterno en realidad quiere cuando sentimos esta clase de sentimientos.

Y esto es así, sencillamente porque Yahvéh nos creó para que seamos exageradamente felices (bienaventurados), y así cumplir fielmente con nuestra misión de propósito en la vida, a fin de que realmente sintamos que con nuestro accionar estamos marcando una diferencia.

Sin embargo, los sentimientos de culpa, sino se elevan al Eterno, pueden ser una carga aplastante. El rey David se sintió muy abrumado por sus errores, por eso escribió: “Mi culpa pesa sobre mi cabeza como una enorme carga. Me estoy hundiendo.” (Salmo 38:4 – PDT). Algunos hermanos han llegado a deprimirse pensando que YHVH nunca los perdonará (2 Corintios 2:7).

La persona que se siente culpable tiende a practicar el autocastigo de diferentes maneras: negándose las bendiciones, induciendo enfermedades y dolencias (sin causa física) en su cuerpo. Por esta actitud errada, se obsesiona hasta caer en angustia, ansiedad, depresión y sobre todo no se siente en comunión con Dios pues teme a su juicio.

En los siguientes versículos bíblicos puedes ver como el pecador siente dolencias físicas a causa del sentimiento de culpa provocado por el pecado y el temor al juicio de Dios.

«Enmudecí y callé; guardé silencio aun acerca de lo bueno, y se agravó mi dolor«

(Salmo 39:2).

«Mira oh Señor, que estoy angustiado, hierven mis entrañas, mi corazón se revuelve dentro de mí, porque he sido muy rebelde. En la calle la espada mata, en la casa es como la muerte«

(Lamentaciones 1: 20).

Y si los sentimientos de culpa nos debilitan o nos paralizan y hacen que vivamos con tristeza constantemente flagelándonos, entonces sin lugar a dudas que dichos sentimientos se transformaron en algo detestable e impuro, que va en contra de la voluntad del Eterno.

El Eterno quiere que tú disfrutes de una conciencia limpia. Desea que cuando hables de él y de sus promesas a otras personas, lo hagas con gozo, buena conciencia y un corazón sincero (Salmo 65:1-4). Por eso YHVH nos invita de este modo:

“Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que tiempos de refrigerio vengan de la presencia del Señor”

(Hechos 3:19).

El olá (holocausto) de culpa nos recuerda que siempre debemos acudir al arrepentimiento (teshuvá) y confesión ante el Eterno para reconciliarnos con Él y estar en comunión con Su Presencia en medio de nosotros. Debe hacerse en oración directamente con el Señor o en unión con hermanos maduros espiritualmente.

El holocausto de culpa implantaba en cada hebreo la enseñanza de que la confesión es la forma de liberación del sentimiento de culpa. La misma tiene dos dimensiones: confesión ante Yavhéh y también ante los hombres que Él ha habilitado para ello por medio de su vocación pastoral.

«La oración de fe restaurará al enfermo, y el Señor lo levantará, y si ha cometido pecados le serán perdonados. Por tanto confesaos vuestros pecados unos a otros, y orad unos por otros para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede lograr mucho»

(Santiago 5: 15,16).

 

Este pasaje nos da la certeza de que la confesión del pecado en oración, da salud, paz interior y restaura la comunión con Dios. En una manifestación de la sabiduría vivencia, el rey Salomón escribió:

«El que encubre sus pecados no prosperará, más el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia»

(Proverbios 28:13).

Estamos hablando de confesión y arrepentimiento verdadero y no un autoengaño como «permiso para seguir en el pecado«, porque al Eterno nadie le engaña (Gálatas 6:7).

Por consiguiente, lo que debemos de hacer cuando sentimos sentimientos de culpa que eventualmente nos paralizan y nos impiden cumplir nuestro propósito, es aconsejarnos con personas sabias que tienen experiencia en cómo corregir dicha clase de sentimientos, de modo tal que podamos continuar nuestro camino por la vida, con firmeza, alegría, vitalidad y plenitud. Y como está escrito que el preso no se libera a sí mismo de la cárcel, es sumamente importante consultar con una persona sabia que nos ayude a salir del terrible «calabozo» que representa el vivir con «sentimientos de culpa», para que podamos continuar «celebrando la vida» como idealmente deseamos; aprendiendo además de esto, para posteriormente poder ayudar a los demás.

Confesarle al Eterno los pecados y hablar con los presbíteros (ancianos pastorales)  puede parecer muy difícil, pero ayuda mucho a reconectarse con la fuente de la Vida. De hecho, a David también le costó. Las Sagradas Escrituras indican que durante un tiempo no le contó a nadie los pecados que había cometido (Salmo 32:3). Pero luego vio los beneficios de confesarlos y de corregir sus errores.

Uno de los beneficios más grandes fue que David volvió a ser exageradamente feliz (bienaventurado). Él escribió: “¡Bienaventurado el que ha sido absuelto de su pecado y liberado de su falta!” (Salmo 32:1, El libro del Pueblo de Dios). También le pidió a Dios: “Abre mis labios, oh Señor, para que mi boca anuncie tu alabanza.” (Salmo 51:15). David se sintió muy aliviado y agradecido al Eterno, y eso lo impulsó a alabarlo delante de otras personas.

¿Por qué debía de degollarse el sacrificio de elevación, en el mismo lugar donde era degollado el sacrificio de culpa, y por que una vez que esto había sido hecho, la sangre debía de tirarse alrededor del altar?

Y la respuesta es, que lo que la Torah nos quiere enseñar, es que si realmente queremos crecer y elevarnos, debemos de eliminar previamente todos aquellos sentimientos de culpa que negativamente nos paralizan, impidiéndonos hacer aquellas cosas buenas que podríamos llegar a realizar. Y la eliminación de esta clase de sentimientos para poder servir al Señor con amor y alegría, dedicándonos a amar y beneficiar de ahora en más a nuestros semejantes, es la corrección más elevada y positiva que puede haber para dicha clase de sentimientos, siendo considerado esto, ¡santo entre lo santo!

 

En este holocausto la sangre debía ser rociada alrededor del altar codificando así un mensaje maravilloso y práctico.  Esa sangre, que como sabemos representa a nuestra energía vital, no debía de ser destruida ni quemada, sino que por el contrario, debía de ser tirada «alrededor del altar», para que, cuando llegue el momento indicado, podamos volver metafóricamente a utilizar nuevamente dicha energía, encausándola de la manera correcta para así podernos superar, en todo desafío que la vida presenta. Es decir que la corrección de nuestras malas cualidades no pasa por destrozarlas y destruirlas, sino por tomar la energía que antes utilizábamos negativamente en ellas, canalizándolas en la dirección correcta, otorgándoles un propósito que contribuya con nuestra elevación y nuestro crecimiento, en todos los ámbitos, y especialmente en el de nuestro lugar celestial (o espiritual) que tenemos en el Mesías.

Finalmente, si el pecado ha sido confesado, ha habido arrepentimiento genuino, y ha sido perdonado; entonces es tiempo de dejarlo atrás. Recuerda que nosotros que hemos venido a Yeshúa como nuestro Gran Sumo Sacerdote, hemos sido hechos nuevas criaturas en Él. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” (2 Corintios 5:17). Parte de las cosas “viejas” que “pasaron” es el recuerdo de pecados pasados.

Al meditar en este pasaje del libro Vayikrá nuestras conciencias se elevan en el regocijo de entender que nuestro Abba Celestial en su dinámica de salvación para cada uno de nosotros, hizo que Yeshúa, su Hijo, la Luz Primordial, pagara el precio por nuestras culpas.

Apreciado lector/a si verdaderamente has creído y aceptado que Yeshúa HaMashiaj pagó el precio por tus pecados debes asumir el derecho de sentirte limpio y sin mancha por su sangre en la cruz. Limpio de todo sentimiento de culpa, real o falso.

Pesaj: Una Fiesta contra el Ego Reptiliano

Pesaj es una festividad intrínsecamente ligada a la Libertad que surge de la Verdad del Eterno que deshace todas las estructuras mentales que Mitzraim implantó mediante la programación mental en las masas humanas.

Los Cinco Sacrificios Mesiánicos

Por P.A. David Nesher

Al sumergirnos en el estudio del Sefer (Libro) Vayikrá, descubrimos que este comienza con las ordenanzas de los sacrificios y los tipos de ofrenda.

El hebreo usa la palabra korban y esta tiene que ver con una ofrenda presentada en el altar, ya sea animal o vegetal (Lev 1:3, 10; 2:1). Ya lo he explicado en otra bitácora que en el idioma español no existe una palabra que pueda expresar el significado de korban que se ofrecían en el MishkánLamentablemente, la palabra «sacrificio» implica que renuncio a algo que para mí tiene mucho valor, para que pueda beneficiarse otra persona. Es obvio que el Eterno no puede beneficiarse con los «sacrificios», pues a Él nada le falta. La palabra «ofrenda» tampoco es adecuada, pues la «ofrenda» sirve para apaciguar o aplacar a la persona a quien se la trae. Es como «comprar a alguien«. Una especie de soborno espiritual. El motivo por el cual nos es tan difícil traducir la palabra «korbán» al castellano es que nuestras ideas de «sacrificio» y «ofrenda» derivan de culturas paganas. En efecto, en esas culturas, las expresiones «sacrificio» y «ofrenda» resultaban adecuadas y hasta aptas para los tratos rituales con sus múltiples y temibles divinidades. Cada dios necesitaba algo y los humanos podían evitar su ira dándoles lo que necesitaban.

El término «korbán« posee la misma raíz hebrea que la palabra karav  que significa «acercarse» o «cercano» (Gen 12:11; 20:4; Ex 12:48). Y es una palabra que se emplea en forma exclusiva para describir la relación del ser humano con Yahvéh. Por lo tanto korban, puede traducirse como «acercamiento«, de este modo, la ofrenda misma era vista como una manera de acercarse a Dios. Efectivamente, las ofrendas eran realizadas para acercar las santas virtudes divinas, a fin de que formaran una unidad perfecta con el alma del ser humano redimido y despertaran finalmente misericordia en lugar de juicio. La cosmovisión correcta del significado de korban es la idea de alguien que se acerca a otro para escucharlo y así generar confianza en la conexión. Este es el sentido práctico de la fe generada por el escuchar la Instrucción divina (Heb. 11: 4; Rom. 10: 17).

Con esta explicación vemos claramente que la única forma de acercarnos al Eterno es a través de las ofrendas traídas al altar, nadie se acerca sin nada (Ex 23:15; Deut 16:16). La razón de los sacrificios es poder acercarse al Eterno, en el sentido de subir a su presencia. El redimido que lo practicaba, lo hacía porque quería establecer un acercamiento sincero con Yahvéh a fin de tenerlo por padre. Y como al acercarnos no lo podemos hacer con las manos vacías, todo lo que le damos o hacemos, nuestras oraciones, ofrendas y actos son llevados a la presencia misma de nuestro Dios para así establecer una comunicación eficaz con Él.

Será conveniente agregar que este no era el inicio del sistema de sacrificios del Eterno. Adán conocía el sacrificio (Génesis 3:21), así como Caín y Abel (Génesis 4:3-4), y Noé (Génesis 8:20-21). Así vemos que desde el principio, los seres humanos siempre han presentado ofrendas al Eterno, porque la Torah fue conocida desde antes del Sinaí (Gen 26:5). De allí, que el estudio de esas ideas sirve para inspirarnos a esforzarnos para ascender y acercarnos al Eterno, y adquirir así su santidad en nosotros.

En los seis días de acción creativa que relata el Bereshit, la creación del hombre no sólo fue el acto final del Eterno sobre todo lo hecho por Él, sino que fue un resumen de todo lo que había sido creado antes que el ser humano. Por eso, es que la Torah, en todas sus líneas, procura dejar bien claro que el hombre es un microcosmos del mundo entero. A esa mezcla, de tierra y cielo, Yahvéh agregó al soplarle espíritu, la esencia misma de su divinidad: la Santidad. Y tal como el Eterno imbuyó Santidad en la parte física del hombre, el objetivo de todo ser humano será imbuir activamente Santidad en toda las áreas existenciales de la Creación. Una de las formas de lograr esto es utilizar el mundo físico al servicio del Eterno. Esta mayordomía también otorga el derecho de usar los objetos físicos para el propio placer del hombre, siempre y cuando dirija todos sus objetivos hacia el servicio divino. Si una persona usa las creaciones con un objetivo egoísta, está abusando de su cargo de fideicomiso sobre el mundo. Por eso, llevar un animal al Mishkán (más tarde al Templo) y elevar sus partes en el altar para Yahvéh declaraba el deseo de llevar su parte material más cerca de del Eterno.  La idea de las korbanot (ofrendas) nos enseña que debemos día a día tomar lo físico —el cuerpo y los bienes materiales— y santificarlo, reconociendo que todo es para la Gloria del Eterno.

Por todo esto decimos que los korbanot no influencian al Eterno, sino que son una expresión de nuestro anhelo interno de acercarnos a Él y activar así el amor perfecto que hecha fuera todo temor (1Jn 4: 18).

Los primeros siete capítulos de Levítico lidian con ofrendas personales, voluntarias. Los capítulos 1 al 5 son en su mayoría instrucciones hacia el pueblo que trae la ofrenda y los capítulos 6 y 7 son en su mayoría instrucciones hacia los sacerdotes en cuanto a las ofrendas y su administración. En Levítico capítulo 7 verso 37 está resumido en qué consistía el sistema de sacrificios que Moshé enseñó detalladamente en los siete primeros capítulos del libro:

Esta es la Torah de la ofrenda de ascensión, de la oblación, de la ofrenda de pecado, de la ofrenda de culpa, de las ofrendas de consagración y del sacrificio de las ofrendas de paz

Entonces, listando estos korbanot, podemos aprenderlos así:

  1. Olá – Ofrenda de ascensión, (Levítico 1:1-17; 6:8-13).
  2. Minjá – Oblación, (Levítico 2:1-16; 6:14-18).
  3. Shelamim – (Ofrendas) de paz, (Levítico 3: 1-17; 7: 11-36).
  4. Jatat – (Sacrifico) de pecado, (Levítico 4:1 – 5:13; 6:24-30).
  5. Asham – (Sacrificio) de culpa por la iniquidad, (Levítico 5:14 – 6:7).

La olá, la minjá y los shelamim son “hermanos” y el jatat y el asham son “hermanos”. Cuando hablamos de hermanos es porque son ofrendados por motivos muy similares y se parecen entre ellos en sus fines. Los tres primeros tipos de korbanot pueden ser traídos voluntariamente por un hebreo como regalo a Yahvéh. Los dos últimos tipos de korbanot deben ser ofrecidos por un hebreo después de cometer una averá (pecado). La enseñanza es bien clara: Yahvéh se siente especialmente complacido por los korbanot que son ofrecidos libremente, y no a causa de un pecado. Por esta razón se los menciona en primer término en la Torah.

Sobre cada uno de ellos, el Todopoderoso señaló como debían ser ofrecidos, en qué debían consistir y cómo debían ser quemados y consumidos. Veamos las características y los códigos de vida escondidos en cada uno de ellos:

Primer Korbán: El Olá (subir, ascender, escalar, remontar, crecer)

Se la denomina ofrenda de ascensión u ofrenda encendida. También conocida como “holocausto” que significa “todo quemado”. Es realizado con un animal o un ave que es quemado completamente en el altar.

Las razones para traer este tipo de ofrendas no son especificadas y podía traerse como señal de reverencia al Eterno, petición de algo, alabanza a Dios reconociendo su suprema autoridad y otras. Antes de la dádiva de la Torah por medio de Moshé, era la ofrenda por excelencia de los patriarcas y de los antiguos. Fue la ofrenda hecha por Noaj (Noé) al bajar del arca (ver Gn 8:20).

Este korbán es llevado por una persona que contempla la realización de un pecado, pero que no lo hace, razón por la que es quemado por completo en el altar y no se come nada de él. Esta característica representa la purificación de los pensamientos y la sublimación absoluta de uno a Yahvéh, incluso con todos los pensamientos. El significado de quemar toda la ofrenda es: “Todo mi ser está dedicado a ti. Así como todo este animal es quemado y sube en ascensión a las alturas en el altar, yo entrego todo de mi para tu servicio” (Rom. 12: 1). Era considerada una ofrenda de gran honra puesto que el oferente no obtenía nada de la carne para sí, sino que todo era hecho como alabanza al Eterno. Esta ofrenda no tiene que ver con pecados directamente. Busca la santificación de la vida a través de una consagración total.

La ofrenda era quemada enteramente sobre el altar, excepto la piel del animal. El perfume que subía de la misma era para Yahvéh un olor grato. El Olá (holocausto) es, según el apóstol Pablo, una figura del Mesías dándose a sí mismo como «sacrificio a Dios en olor fragante» (Efesios 5:2). Importante será notar que aquí no se contempla al Mesías llevando nuestros pecados, sino cumpliendo la voluntad del Padre, glorificándolo y vindicando la santidad y majestad de Su trono sobre todos los hombres. Este tema surge de manera prominente en el evangelio de Juan y en el Salmo 40.

Segundo Korbán: La ofrenda Minjá (Oblación u ofrenda de harina).

Es el holocausto que representaba lealtad.  Era la única, de entre todos los demás korbanot, que no consistía en traer un animal sino vegetal, y lo que debía ofrendarse era harina.

La palabra “minjá” significa regalo. En términos de llevarle algo valioso a Yahvéh, esta ofrenda es bastante insignificante. Es una pequeña cantidad de harina con un poco de aceite y especias. ¿Por qué esta ofrenda está listada segunda, inmediatamente después de la ofrenda básica de ascensión? Es más, la sección de la Minjá utiliza una inusual palabra para referirse a una persona, néfesh, la cual es también una de las palabras que se utiliza para referirse al alma. ¿Por qué? La respuesta yace en el entendimiento básico de qué significa acercarse a Yahvéh. Él no necesita nuestras ofrendas. Se trata más de quién soy yo, y lo que necesito en mi propósito, que de lo que pareciera necesitar Dios.

¿Qué tipo de persona llevaría una Minjá? Un ser humano pobre. Para alguien en esa condición, incluso una pequeña cantidad de harina es un gran costo. No puede engañarse creyendo que su ofrenda es tan magnífica que sirve de soborno a Yahvéh. Lo que él esta haciendo es acercarse al Eterno aceptando que Él no excluye a nadie, por lo que no existe excusa alguna para acercarse a Él.  Por ello, la palabra usada para describir a esta persona es nefesh. Esta ofrenda de harina es tan querida para una persona pobre que se considera como si estuviera ofreciendo su alma. El oferente manifiesta su deseo de buscar conocimiento para transformar correctamente las energías que el universo da. Asumía que incluso la acción de comer es una responsabilidad sacerdotal ya que es una dinámica de acercamiento al poder transformador del Eterno. De este korbán surge el paradigma de que sólo cuando seamos fieles administradores del mundo físico, dirigiéndolo hacia Yahvéh, se nos volverá a permitir tener ese poder supremo sobre las otras criaturas vivientes que se le concedió al primer Adán.

Tercer Korbán: El Shelamim (la ofrenda de la Amistad).

Es una ofrenda voluntaria. es la única en que una parte del animal es quemada en el altar, una porción la recibe el kohén y otra porción es comida por el dueño del korván.

¿Cuándo ofrece un hebreo shelamim? Cuando se siente dichoso y desea compartir un plato de carne con su familia y amigos — pero también desea santificar su comida compartiéndola con Yahvéh y con Sus sacerdotes (kohanim). Si alguien ofrece Olá o Minjá no le está permitido comer ninguna porción del korbán. De modo, pues, que puede ofrecer un buey o una vaca, un carnero o una oveja, o una cabra como korbán shelamim. En esta ofrenda el redimido está reconociendo que está muy bien gracias al Eterno.

Esta ofrenda se traía voluntariamente para expresar gratitud por algo recibido de Dios, por simplemente estar muy conforme sobre como la vida del oferente estaba marchando, como expresión de estar muy bien con su familia y con el Eterno. La ofrenda de paz no tiene que ver con pecados sino con regocijo y estar bien delante de Yahvéh.

De esta ofrenda, parte de la carne y las grasas eran quemadas sobre el altar, otra parte (la espaldilla) era del sacerdote y lo demás era para que el oferente y sus invitados comiesen delante de Yahvéh, con la condición de estar ritualmente puros (Levítico 7:12-20). Este tipo de sacrificio era también llamada ofrenda de agradecimiento (Korbán Todá), ofrenda de votos u ofrenda voluntaria: “El que sacrifica alabanza (Korbán Todá) me honra” (Salmo 50:23).

La palabra hebrea Shelamim viene de la palabra Shalom, paz o prosperidad. Como esta ofrenda es compartida por tres partes, simboliza la creación de paz y prosperidad en el mundo. De este modo, este korbán asegura los lazos de amistad y fraternidad entre los seres humanos.

Cuarto Korbán: El Jatat u ofrenda por el pecado.

La palabra jatat se origina en la raíz jet que significa “pecar” o «errar«.
Hasta ahora la Torah consideró tres korbanot : el Olá, el Minjá, y Shelamim. Estos eran traídos por el redimido que deseaba hacer un regalo a Yahvéh con el fin de acercarlo en amistad a sí mismo. Ahora la Instrucción trata del korbán que el hebreo debe traer por el averá (pecado que cometió).  Este korbán debía ofrecerse por cierto tipo de pecado que un redimido cometía por equivocación ¿Qué significa pecarpor equivocación”? Esto puede ocurrir de dos formas:

  1. La persona no conoce la halajá (mandamientos y preceptos) de la Torah. Por ejemplo, cocina en Shabat porque no sabe que está prohibido cocinar en Shabat.
  2. La persona está equivocada respecto de los hechos. Por ejemplo, sabe que está prohibido cocinar en Shabat, pero olvidó que hoy es Shabat y cocinó en Shabat.

En ambos casos la persona dice simplemente se equivocó. Sin embargo, en la Torah dice que cometió una falta, por lo tanto debe traer un korbán jatat para que Yahvéh le perdone su pecado.

Quinto Korbán: La Asham guezelot (la ofrenda por la culpa o iniquidad).

Este korban a diferencia de la mayoría, es obligatorio. Una persona está obligada a traer su consciencia delante del Eterno cuando tiene la necesidad de compensar el pecado que ha cometido contra la propiedad de su prójimo. Era traída por aquella persona que tenía duda de haber transgredido la palabra de Yahvéh respecto a la propiedad, o si había hecho un falso juramento para defraudad, o elaborado un falso testimonio.

La ofrenda de Asham enseña claramente que un pecado contra nuestro prójimo es también contra Yahvéh. Expresa también que el verdadero arrepentimiento debe buscar resarcir el daño cuando es posible y dar muestras de no volver a hacerlo otra vez. Por medio de esta ofrenda se obligaba al hebreo a reconocer el derecho de propiedad privada. Aquí el pecado es visto como una transgresión contra el gobierno del Eterno. Nuestro arrepentimiento para con el Eterno no anula nuestra necesidad de reparar el daño hecho si es necesario. Por lo tanto, el damnificado debía ser compensado por el total del daño recibido más una quinta parte.

Tanto el Jatat, como el Asham expían por quien peca con una acción. Actuar exclusivamente en base a los deseos y transgredir la voluntad de Yahvéh es un comportamiento inapropiado para un ser humano. Entonces, uno llevababa como ofrenda un animal, que también actúaba en base al pensamiento. Se mataba a ese animal como diciendo: “Me he equivocado y me arrepiento del daño que le causé a mi alma. Mi lado animal se impuso; no quiero repetir ese error. Entonces, prometo matar al animalismo como la fuerza dominante en mi vida”.

Al investigar la codificación de estas cinco ofrendas encontramos ciertos tipos y figuras de la persona y de la obra del Señor Yeshúa, el verdadero «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Las mismas nos ofrecen de manera didáctica un panorama completo del Mesías en misión y su sacrificio en la cruz del Gólgota (Calvario). Son como espejos dispuestos alrededor del Señor y de su obra redentora en la cruz, de manera que cada uno refleja un punto de vista particular de su persona y de su maravillosa obra mesiánica.

A continuación les comparto dos imágenes que esquematizan perfectamente los diseños de fe que se esconden en estos cinco recursos de la adoración verdadera en el Mesías:

 

Pero hay algo más que debemos entender y es que en estos sacrificios está siempre involucrado el fuego, ya que se trata de ofrendas presentadas en el altar. Este nos enseña que nuestros actos (ofrendas) deben tener ese fuego que sale del alma. Estoy hablando de la llama de vida (Prov. 20:27; Juan 1:4; 8:12). La luz de la vida que nos fue dada en nuestro templo del cuerpo no ha sido puesta en nuestro corazón, para alumbrar, desde ahí, delante del Eterno. Por es que nuestro acercamiento al Eterno debe salir del corazón.

La palabra hebrea para corazón es lev y para flama o llama es labah. Ambas expresiones derivan de la misma raíz, por lo que debemos entender que dado que las ofrendas son quemadas por completo en el altar, de la misma forma nosotros debemos entregarle nuestra vida a Yahvéh por completo. La totalidad de nuestro ser debemos rendírselo diariamente a Él:

«¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo,
el cual está en vosotros, el cual habéis recibido de Dios,
y que no sois vuestros?,
Pues habéis sido comprados por precio;
glorificad, pues, a Elohim en vuestro cuerpo
y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios».

(1 Corintios 6:19-20)

 

Esta conciencia de corazón pleno de pasión por vivir es representada en una ofrenda. En ella, cada redimido, da testimonio a todos los planes existenciales que su acercamiento al Eterno se basa en la siguiente certeza: «aquello que tomo de mí y ofrezco al Bendito manifiesta mi deseo que Él me haga parte de su naturaleza santa«.

Seis Características de la Comunicación Mesiánica

Por: P.A. David Nesher

 

“Y Él llamó a Moshé y Dios le habló desde la Tienda de Reunión, diciendo…”

Levítico/Vayikrá 1: 1

 

 

Estudiando el Libro de Bereshit (Génesis) hemos aprendido que el Eterno nos creo a su imagen a fin de que llegáramos a ser semejantes a Él en Su plenitud. Este proceso mesiánico se lograría, de acuerdo con el diseño divino, por medio del ejercicio de la comunión con Yahvéh. La praxis misma de dicha comunión es una relación íntima con Él caracterizada por una excelente comunicación que le garantice al ser humano eficacia en todo lo que hace. Esta comunión con el Eterno, considerada desde esta perspectiva, se torna esencial en la adoración en Espíritu y en Verdad que Yahvéh, como Padre, busca en sus hijos. Se hace entonces fundamental en la vida humana, pues se vuelve el centro de toda área de la misma. De aquí es clara la deducción de que cuando la comunión con el Eterno se rompe, estamos incompletos y necesitamos ser restaurados.

Por tales motivos, el Eterno otorgó a Moshé la revelación de un rollo (libro) completo dedicado a la esencia misma de la adoración que permite la manifestación de Su propósito eterno en la humanidad.

Después de la dramática, y a la vez milagrosa, salida de Israel de Mitzraim (Egipto), la nación acampó al pie del monte Sinaí durante dos años con un solo fin: entrenarse en el don de escuchar a Yahvéh (Éxodo 19 a Números 10). Fue un tiempo especial de descanso de la servidumbre egipcia, que Yahvéh aprovechó como plataforma pedagógica con el objetivo de enseñar y edificar a Su pueblo en la práctica de encontrarse con Él cara a cara. De este modo, la redención que Él logra en Egipto será el fundamento en sí para la limpieza, la adoración y el servicio del oficio sacerdotal que el Eterno otorgaría a Israel como vocación y misión.

¿Cómo podría un pueblo programado por siglos en un sistema de pecado acercarse a un Dios santo?

La respuesta la encontraremos en los distintos códigos de un libro tan lleno de misterios como es Vayikrá. En sus líneas vibrará todo el tiempo la clara propuesta de Yahvéh para acercarse a Él: la santidad. Esta característica de sus virtudes solamente Israel la puede lograr, permitiendo que la Instrucción (Torah) de Yahvéh vaya realizando una sanidad integral en cada uno de sus integrantes, desde adentro hacia afuera.

Por ello, Vayikrá dejará en seis lecciones las seis características claves del obrar comunicacional del Eterno sobre su primogénito: Israel. A continuación les comparto las mismas:

LLAMAMIENTO.

El libro comienza con la expresión hebrea Vayikrá: «Él llamó...». Una frase que revela lo esencial de la intención divina. El Mishkán ya está terminado, el Eterno ya está en él, pero aún la pasión divina por comulgar con el ser humano sigue encendida. Está más ardiente que nunca.

«Y Él llamó a Moshé«: Hemos notado que cada vez que el Eterno se comunicó con Moshé, ya sea mediante la expresión «Y Él habló«, o «Y Él dijo», o «Y Él ordenó«, siempre estuvo precedido por (Dios) dirigiéndose a Moshé por su nombre, pero a la vez marcando una clara distancia entre su divinidad y la humanidad del caudillo. Aquí la expresión «llamar» es utilizada de manera afectuosa. Será la primera vez que aparece describiendo la relación del Eterno con un ser humano. Es la misma expresión utilizada por el profeta para describir como se comunican los ángeles cuando dicen «Y se llamaron unos a otros…» (Isa. 6:3). Vayikrá, significa ser llamado con amor a participar de una unidad para una tarea o misión especial. Este es el origen de una de las ideas claves del pensamiento occidental, el concepto de vocación o llamado, que es la elección de una carrera o una forma de vida, no sólo porque es lo que quieres hacer o porque te da ciertos beneficios, sino porque has sido convocado a hacerlo. Tienes la sensación de que este es tu sentido y tu misión en la vida. Es para esto que has sido puesto en la tierra para hacer.

«Él llamó...» implica que Yahvéh le habló a Moshé con afecto muy particular, extendiéndole una invitación especial a vivir mayores niveles de comunión de las que ya había vivenciado; y Moshé fue.

Con esto, quedó registrado el llamamiento divino para todos los hijos primogénitos. Israel comprendía el mensaje de Su Amado: «¡Estoy disponible…, totalmente a tu servicio! Si vienes a mí, y escuchas mi Voz en intimidad, todo estará bien, todo se pondrá bien, discerniendo así que yo estaré contigo para siempre«.

Esta lección enseña que en la voluntad buena del Abba Kadosh el libre acceso comunicacional es un deseo constante en Él, y una vocación esencial en el ser humano.

 

ACERCAMIENTO

El libro de Vayikrá trata sobre sacrificios (korbanot). Es que la vocación es de sacrificio.  Estamos dispuestos a hacer sacrificios cuando sentimos que son parte de la misión que hemos sido llamados a hacer. Esta actitud permite siempre el verdadero acercamiento a Dios y al prójimo.

Destacaré aquí que en castellano no existe una palabra que pueda expresar el significado de los korbanot (plural de korban) que se ofrecían en el Mishkán. Lamentablemente, la palabra «sacrificio» implica que renuncio a algo que para mí tiene mucho valor, para que pueda beneficiarse otra persona. Es obvio que el Eterno no puede beneficiarse con los «sacrificios», pues a Él nada le falta. La palabra «ofrenda» tampoco es adecuada, pues la «ofrenda» sirve para apaciguar o aplacar a la persona a quien se la trae. Es como «comprar a alguien«. Una especie de soborno espiritual. El motivo por el cual nos es tan difícil traducir la palabra «korbán» al castellano es que nuestras ideas de «sacrificio» y «ofrenda» derivan de culturas paganas. En efecto, en esas culturas, las expresiones «sacrificio» y «ofrenda» resultaban adecuadas y hasta aptas para los tratos rituales con sus múltiples y temibles divinidades.

En hebreo, el término «korbán« posee la misma raíz que la palabra «cercano«. Y es una palabra que se emplea en forma exclusiva para la relación del ser humano con Yahvéh. Por lo tanto korban, puede traducirse como «acercamiento«. Es la idea de alguien que se acerca a otro para escucharlo y así generar confianza en la conexión. Este es el sentido práctico de la fe generada por el escuchar la Instrucción divina (Heb. 11: 4; Rom. 10: 17)

Según Vayikrá existen tres formas para lograr el acercamiento divino:

  • Gritando: Rogándole a gran voz para que dé pasión.
  • Llamando: Para procurar su socorro.
  • Invocando: Para que Su Presencia descienda y presida la marcha de la misión.
PERFECCIONAMIENTO

Por medio de la codificación del libro de Vayikrá, los israelitas recibieron el secreto de la reverencia, actitud que permite valorar el propósito de la vida humana, y estimula a cada individuo a buscar el perfeccionamiento y la plenitud de la misma.

Esta lección se aprendería por medio de los distintos preceptos que enseñan a separar lo puro de lo impuro. Solamente personas en estado de pureza estaban habilitadas para el ingreso y participación en los distintos ritos y cultos festivos del Mishkán. Para ello, todo se resumía en lo dicho por el Eterno: «tendréis en reverencia Mi santuario. Yo soy el Eterno» (Vayikrá / Levítico 19:30) y que las personas no tomaran como algo corriente y banal el hecho de entrar al Mishkán (más tarde al Templo) y ser parte de las tareas que allí se cumplían. Por ello cada redimido tenía que tomar conciencia de su estado, de su motivo para presentarse ante Dios. Cada miembro de Israel debía entender que existía con un sentido de vida: ser perfeccionado día a día a través de sus actos. Es así que está dicho acerca del impuro:

«No tocará ninguna cosa santa, ni vendrá al santuario»

(Vaikrá / Levítico 12:4)

Debido a que no siempre la persona estaba alerta a su estado de pureza, o adrede concurría al Mishkán sabiendo que no debía, es que se instituyó en la Torah sacrificios públicos de animales para corregir por estas infracciones:

«…y purificará (al Santuario) y lo santificará de las impurezas de los Hijos de Israel«

(Vaikrá / Levítico 16:19)

 

Debo decir que “Tahor” (puro) y “Tamhé” (impuro) son conceptos que refieren a un estado espiritual y no a aspectos físicos, emocionales, sociales o mentales. Puede resultar difícil de comprenderlos, pues muy frecuentemente han sido traducidos como “limpio” y “sucio” respectivamente, o ideas similares que llevan a asociar la impureza con algo manchado, echado a perder, mugriento o inmundo.

Para poder entender esto, es necesario saber que en el contexto de la Torah puro e impuro no guardan relación con higiene corporal, ni limpieza, ni cosas aborrecibles, ni nada que podamos calificar como “limpio” o “sucio”. Tampoco tiene relación con pecar o no hacerlo. Según la cosmovisión divina revelada en este libro, una persona llega al estado de impureza (tumhá) a causa de:

  • algún cambio en su cuerpo (ciertos flujos corporales, menstruación, la mujer luego de dar a luz, una enfermedad llamada tzaraat -lepra-) o,
  • al entrar en contacto con algún objeto o cuerpo que trasmite la impureza.

Es decir, algo en el sistema espiritual del impuro está en desbalance a causa de la influencia de la serpiente y su sistema de cosas.Es decir, algo en el sistema espiritual del impuro está en desbalance a causa de la influencia de la serpiente y su sistema de cosas.

Por ello, la más acertada definición de “puro” que podemos ofrecer sería “lo que está conectado con la Fuente de la Vida”. En tanto que “impuro” es lo que en algún grado está desconectado de la Fuente de Vida, y ha comenzado a errar su blanco. Éste precisamente es su desequilibrio, que repito, no es un pecado, ni una enfermedad ni una suciedad. Es una situación o posición espiritual.

Por medio del simbolismo de cada acción estipulada en Vayikrá un israelita tenía la oportunidad de discernir que cosas hacer para promover la vida y vigorizar el sentido de su propósito en su persona. Esto lo hacía y mantenía puro, con una sola fuerza en su interior continuar la carrera hacia adelante, hacia el premio del supremo llamamiento del Eterno en el Mesías.

 

ACCESIBILIDAD

El punto clave de Vayikrá es que el redimido entienda que el Eterno puede estar para siempre con nosotros por medio del ejercicio de un oficio especial: el sacerdocio.

Por medio del oficio sacerdotal, el alma humana se hace consciente de que Yahvéh es alguien amable, que está siempre disponible y con quien resulta fácil hablar. Normalmente se percibe que es accesible escuchándolo en Su Instrucción (Torah) y discerniendo su lenguaje profético en medio de la Historia de la Salvación.

Con el ejercicio diario de el sacerdocio se adquiría la certeza que aunque es el Creador del inmenso universo, nos asegura que no solo está dispuesto a escuchar y contestar nuestras oraciones, sino que lo está deseando (lea Salmo 145:18 e Isaías 30:18, 19). Podemos hablarle con calma en todo momento y lugar, y acercarnos a él con franqueza sabiendo que nunca nos lo echará en cara (Sal. 65:2; Sant. 1:5). Su Instrucción lo describe con términos humanos para indicar que desea que acudamos a él.

Ante la revelación de un Dios tan accesible, cada hebreo se veía en la obligación de preguntarse: «¿cómo puedo imitarlo en este aspecto?»

 

REPARACIÓN 

El libro de Vayikrá sugiere en todas sus líneas la responsabilidad compartida de cada integrante de Israel para curar, reparar y transformar el mundo (Tikún).  A través de la codificación de su pedagogía este libro indica que una práctica debería ser seguida no porque es exigida por la Torah, sino porque ayuda a evitar la falta de armonía social.

Vayikrá indica que le corresponde al Pueblo de Israel alabar al Eterno y enuncia la esperanza de que algún día el mundo entero abandone la idolatría, reconozca a Yahvéh como único y verdadero Dios y acepte Su soberanía sobre toda la humanidad. Cuando todos los seres humanos abandonen los falsos dioses e ideologías y reconozcan al Eterno, el Dios de Abraham, de Yitzhak y Yaacob, el como único Dios, el mundo estará perfeccionado.

 

PASIÓN

El énfasis final de Vayikrá (Levítico) es la idea de celebrar. Este rollo se especializará en los detalles de las distintas festividades yahvistas, especialmente el Yom Kippur. Dichos eventos serían ocasiones especiales que la comunidad celebraría con regularidad para recordar los actos de Dios, darle gracias y renovar su compromiso de vida con el estilo que Él propone en la Torah (Instrucción).

Los festivales mesiánicos serán la herramienta divina que el Eterno usará para que Israel se mantenga vibrante en la consciencia de vivir con pasión. Justamente el libro de Vayikrá asegura que la Comunicación Eficaz con el Eterno garantiza el combustible diario de la pasión por vivir.

En todo el rollo encontramos que los ritos sacerdotales y sus holocaustos se realizan en el altar. El altar representa a la vida misma.

La vida misma es un altar que nosotros tenemos que aprovechar para elevarnos, contribuir a elevar a nuestros semejantes, santificando a través de ello su Santo Nombre.

Y la manera de hacer esto, no es viviendo una vida «light», fría (o «templada») y vacía, sino poniendo todas nuestras ganas, fuerza y pasión en todas las cosas -buenas- que hacemos.

Y cuando vivimos la vida de esta manera, disfrutamos y nos llena mucho más cada cosa que hacemos, iluminando y trayendo calidez a nuestras vidas, irradiando de dicha luz para beneficio de todos los demás.

Y como el grado de disfrute en la vida es directamente proporcional al grado de ganas que ponemos en las cosas que hacemos, cuando ponemos todo nuestro ser en algo, es proporcionalmente también cuando más disfrutamos …

Y como se popularmente «mientras hay vida, hay esperanza«, no debemos permitir que las circunstancias de la realidad nos hagan debilitarnos y flaquear. Para  esto es imprescindible que alimentemos nuestras almas con el «oxígeno del Reino» que la oración y la meditación profunda de la Torah tienen el poder de proporcionarnos, avivándose así constantemente el fuego y la pasión de nuestra luz interior; haciendo que permanezca encendida con fuerza e intensidad hasta los 120 años; pasando luego a seguir iluminando, pero ya desde otra dimensión …

El Becerro de Oro: Cuando el Amor Propio materializa a la Divinidad

Por P.A. David Nesher

«Al ver el pueblo que Moisés tardaba en bajar del monte, fueron a ver a Aarón y le dijeron:
«Anda, haznos unos dioses que vayan delante de nosotros, porque a este Moisés, que nos sacó de Egipto, no sabemos qué pudo haberle sucedido.»
Aarón les dijo:
«Aparten los zarcillos de oro que sus mujeres, sus hijos y sus hijas llevan en las orejas, y tráiganmelos.»
Todo el pueblo apartó los zarcillos de oro que llevaban en las orejas, y se los llevaron a Aarón. Éste los recibió de sus manos, y con un buril les dio forma, hasta hacer de ellos un becerro de oro fundido. Y ellos dijeron entonces:
«Israel, ¡éstos son los dioses que te sacaron de Egipto!»
Cuando Aarón vio esto, levantó un altar delante del becerro y proclamó:
«¡Mañana celebraremos una fiesta en honor del Señor!»
Al día siguiente todos madrugaron, y ofrecieron holocaustos y presentaron ofrendas de paz, y el pueblo se sentó a comer y a beber, y comenzó a divertirse.

(Éxodo 32:1-6 _ RVC)

¡Que gran contraste encontramos en el libro de Shemot (Éxodo)! Por un lado, una vivencia celestial en la cumbre; por otro lado, un resultado inframundano a los pies del mismo Monte. Esa es la síntesis del mensaje de esta shiur (lección). Para el pueblo de Israel, Moisés se demoraba en el Monte y eso le hacía perder su confianza (emuná). Sus percepciones sensoriales prevalecieron sobre toda certeza extrasensorial. El líder no regresaba, quizás había fallecido. En ausencia de Moisés, el pueblo se intranquilizó. Sin su líder, quedaron abandonados a sus propios recursos.

Es cierto que Moisés tardaba, pero Dios tenía un propósito maravilloso por la tardanza de Moisés, y muy pronto terminaría. El Eterno quería que los Benei Israel comprendieran que su relación con Él ya era directa, pues ya contaban con Su Instrucción en sus mentes y corazones. Este don celestial les permitía a cada uno ejercer un sacerdocio muy especial que les concedía el consultar a Yahvéh sin la mediación de hombre alguno. Todo lo que ellos necesitaban era ser pacientes un día más y la preciada Torah sería de ellos para reparar o rectificar (tikún) el mundo entero.  Pero, debido a que el pueblo no pudo ver la razón de la tardanza, ellos permitieron que esto les fuera de tropiezo.

Entendamos pues que el cómo manejamos los «retrasos de Yahvéh», nuestro Dios, es una buena medida de nuestra madurez espiritual. Si permitimos que las aparentes tardanzas divinas nos hagan caer en el pecado o tengamos un lapso de resignación en la fe, entonces reaccionamos de una manera mal a Sus tardanzas dispuestas con propósito para que se cumpla plenamente Su voluntad. Pero si permitimos que dichos tiempos hagan nuestra perseverancia en seguir al Eterno aún más profunda, comprenderemos la importancia que tienen dichas «tardanzas» del Señor. ¡No te impacientes con Yahvéh! ¡Ello conduce al pecado!

Entonces Aharón, actuó a instancias del pueblo, que volvió a un sistema de culto que entendía, o que había penetrado su sociedad en tiempos anteriores.

Lo primero que necesito que entendamos es que la realización del becerro de fundición fue a  partir del símbolo de los aros, que llevaban en sus orejas. Los aros representan el amor propio exacerbado, es decir, el orgullo o altivez (por favor leer: Isaías 3: 16, 19-20). Por eso, los israelitas aquí se referían a estos como dioses. Eran los dioses que los sacaron de Egipto. Este texto es presentado en el singular por los escribas en Nehemías (a saber Este es tu dios) ya que se refiere a un solo becerro (Neh. 9:16). Sin embargo estaba en plural, dado a que los dioses estaban representados en los aros y estaban también representados en el becerro.

¿Por qué hicieron un becerro? ¿Por qué no hicieron un león, oso o un antílope? ¿Por qué fue un becerro y no un toro o una vaca?

Las respuestas se encuentran en el simbolismo religioso de las deidades veneradas. Estamos tratando con el ídolo que representaba al dios-luna, quien era simbolizado por los cuernos hacia arriba del becerro. Estos cuernos hacia arriba del becerro no se encuentran, por regla general, en los animales maduros y bien criados porque son seccionados. Se encuentran en el becerro y representan la luna creciente en el horizonte, así como aparece un período después de la verdadera fase de conjunción. Este creciente también se llevaba en las orejas y era un círculo redondo completo, que representaba al mismo tiempo el sol y la luna y la Estrella de la Mañana (planeta Venus)  en su esplendor, como parte del sistema de «tríada» venerada en Egipto y en la Mesopotamia norte, o lo que fue luego entendido como el fundamento espiritual de todo el sistema babilónico.

Los israelitas, incitados y guiados por los erev rav (la multitud mezclada) se levantaron temprano con el objetivo de saludar al sol naciente y también ofrecieron sacrificio, tal y como habían visto en Egipto.

 “Y Aarón les dijo:
Quitad los pendientes de oro de las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y de vuestras hijas, y traédmelos…. 
Y él los tomó de sus manos y les dio forma con buril, e hizo de ellos un becerro de fundición. Y ellos dijeron:
Estos son tus dioses, Israel, que te han sacado de la tierra de Egipto.”
(Éxodo 32: 2-4)

Israel, en Egipto, se había acostumbrado a convivir con la idolatría. Su servidumbre había programado las mentes de los israelitas a la cosmovisión materialista o idolatría. Esa cultura de ídolos que habían visto en Egipto es la que ahora, en medio de su ansiosa desesperación, provocó que cayeran porque no se habían desconectado completamente de lo que dicho sistema ofrecía para ser feliz. 

Sin lugar a duda, el pueblo de Israel al estar en Egipto vio cosas prohibidas practicadas por lo egipcios, y esas imágenes seguían estando ante sus ojos,. Por eso, dichos recuerdos fueron los que provocaron que pecaran con la fabricación del becerro en el momento en el cual esas imágenes prohibidas que habían visto en Egipto subieron a su memoria.

Entonces, influenciado por los erev rav, (grupo compuesto por los egipcios y la multitud de otros pueblos que habían salido con ellos de Egipto) hablaron no solamente de un dios sino de varios (31:1) donde el verbo también aparece en plural. Y así, al hacer un becerro de oro, cometieron la ofensa más grande a todas las esferas celestiales. ¡La Novia Celestial cometió adulterio en su tiempo del Desposorio! Dicha ofensa consistía en tratar a ese becerro como si fuera el Eterno, diciendo que él los había sacado de Egipto. Cambiaron la gloria del Eterno por una cosa creada, lo cual es la raíz de toda idolatría, como está escrito:

“… y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por consiguiente, Dios los entregó a la impureza en la lujuria de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos; porque cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, quien es bendito por los siglos. Amén.”

(Romanos 1:23-25)

“Cuando Aarón vio esto, edificó un altar delante del becerro. Y Aarón hizo una proclama, diciendo:
¡Mañana será fiesta para Yahvéh!”
(Shemot/Éxodo 32:5)

Aceptémoslo: la afrenta mayor es llamar a este ídolo Yahvéh. A eso se lo conoce con el nombre de sincretismo religioso.

El sincretismo religioso es muy ofensivo para el Eterno. Evidentemente ellos no negaron a Dios, sino que creyeron equivocadamente que necesitaban que algún ser los representara ante Dios y que les transmitiera Sus enseñanzas y bondad. Pero, lamentablemente, tomar las prácticas y las fiestas paganas y cambiar sus nombres y llamarlos como si fueran fiestas del Eterno, es una abominación para Yahvéh, nuestro Abba.

Eso es lo que lamentablemente se ha hecho a lo largo de los siglos, y hasta nuestros días, desde el cristianismo, con la celebración del domingo, la navidad, la pascua florida o semana santa, el día de los enamorados y otras fiestas paganas. En lugar de seguir el orden establecido por el Eterno en la Torah, tomaron las fiestas del mundo y las llamaron santas.

  • El día del dios sol fue honrado como el día del Señor.
  • La fiesta del nacimiento del dios sol fue cambiada por la celebración del nacimiento de Cristo.
  • La fiesta babilónica de Ishtar fue llamada semana santa.
  • La fiesta romana de Lupercalia fue cambiada en “San Valentín”, etc.

Hoy, en las filas del cristianismo, hay millones de creyentes que queriendo hacer lo correcto, queriendo buscar y adorar al Dios verdadero, fabrican una relación basada en la fe personal, una relación basada en lo material, es decir, materializan lo espiritual desde su propia opinión, celebrando fiestas que no pertenecen al Eterno, y que terminan conduciéndolo a la degradación moral.

La IDOLATRÍA como Matriz del Adulterio.

Y al día siguiente se levantaron temprano y ofrecieron holocaustos y trajeron ofrendas de paz; y el pueblo se sentó a comer y a beber, y se levantó a regocijarse.
(Éxodo 32:6)

Este texto fue citado por el apóstol Pablo cuando escribió:

No seáis, pues, idólatras, como fueron algunos de ellos, según está escrito: EL PUEBLO SE SENTÓ A COMER Y A BEBER, Y SE LEVANTO A JUGAR.
(1 Corintios 10: 7)

El verbo que aquí ha sido traducido a ‘regocijarse’ es sajaq y significa «borrachera«, «orgías» y «juegos sexuales inmorales«. Un diccionario hebreo, para traducir este verbo, usa la frase “caricias conyugales”, (como también se encuentra en Génesis 26:8, 39:14 y 39:17). Por lo tanto debemos entender que hubo orgías y borracheras en medio del campamento de Israel, tal y como los israelitas habían observado que se practicaba en Egipto.

Esto demuestra que la idolatría está íntimamente ligada a la infidelidad y la inmoralidad sexual, expresiones propias del hedonismo. La infidelidad espiritual produce infidelidad relacional y sexual. Una cosa se deriva de la otra. La idolatría es adulterio espiritual.

El Becerro de Oro hoy.

Sé que cuando leemos esta historia, nos parece imposible que, tan pronto, después de recibir tal sublime revelación, Israel pudiera caer tan bajo; pero, si somos sinceros con la verdad revelada, debemos reconocer que hoy, en el mundillo cristiano se experimenta muy a menudo lo mismo. Al igual que el pueblo de Israel hizo de un becerro de oro su dios, adorándolo, en estos últimos tiempos somos testigos de una nueva apostasía (negación de la verdadera fe). Millones de los denominados cristianos se encuentran adorando a un nuevo becerro de oro.

El pueblo de Israel, a los pies del Monte Sinaí, dejándose dominar por la impiedad se olvidaron prontamente del Eterno y de su origen de propósito en Él. Despreciaron la libertad recibida por Su gracia, entregándose a una danza frenética alrededor del becerro; un becerro que en el presente se muestra a través de la acumulación de dinero, autos, placeres, viajes, mujeres (hombres) como también de toda cosa que satisfaga al espíritu del ser humano sin Dios. Por cierto, una satisfacción siempre pasajera. Hacer eso, determina que esos seres humanos hagan un culto de sí mismos, a su ego (el becerro de oro proveniente de los aretes y zarcillos). Desde aquí, la humanidad comienza a transitar el camino de la inmoralidad, praxis misma de toda apostasía.

En verdad, el becerro de oro no fue un acto de rebelión contra Dios, sino una forma alternativa de adorarlo. El problema es que crearon una imagen totalmente falsa de Él, es decir, se hicieron un «Dios a su manera«. Por eso, podemos decir, que el culto al «becerro de oro» domina ya todos los campos, desde el político hasta el comercial, desde los deportes hasta la religión. Dondequiera tiene adeptos, fieles seguidores capaces de dar su vida para obtener su “favor”. 

El episodio del becerro de oro se repite hoy mismo porque representa el moderno afán por adorar a un dios a nuestro gusto y sujeto a nuestra cómoda manera de experimentar la espiritualidad, sin hacer verdadera adoración al Dios único y verdadero, tal y como Él lo revela en Su Instrucción.

La tentación más grande con la que las creencias de la cristiandad lazan sus dogmas es la subliminal propuesta de querer moldear a Dios a nuestra manera, hacerlo fácil de obedecer o de ignorar. Millones de los que sa autodenominan «creyentes en Cristo» tratan diariamente de hacer a Dios a su imagen, moldeándolo para que se conforme sus expectativas, deseos y circunstancias. En pocas palabras: ¡Los que integran la masa fabrican a un Dios a su imagen, para obligarlo a convertirse a su semejanza!

Cuán distinta sin embargo es el destino de aquellos que hemos optado por permanecer con las creencias de los patriarcas, Moisés y los profetas; de aquellos que indagando por sí mismos hemos corroborado que Yeshúa es el Mesías. Esto es lo que nos concede seguridad en el presente. Nos permite gozar de la autentica libertad, tal como lo enseñó Yeshúa:

«Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres»
(Juan 8: 32).

Qué dolor debe causar al Eterno observar a la mayor parte de la humanidad rendida ante un ídolo que muchos creen quedó destruido en el desierto, mientras que sus brazos paternales ofrecen su amor y salvación eterna y pocos son los que responden a su llamado. ¡Muy pocos son los que quieren retornar a Él!

Ahora te pregunta a ti (mi lector o lectora): ¿Cuál es la imagen que tienes de Dios? ¿Es escritural? ¿Está en acuerdo con la Torah? ¿Es correcta?… ¿Será posible que necesites destruirla para que verdaderamente adores al Eterno que te liberó del la servidumbre de la matrix reptiliana?

Espero que las respuestas las elabores en tu corazón y se las eleves al Creador del Universo, nuestro Abba.

Shalom y bendiciones!

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El Kior (Lavacro) y la Pureza para la Comunión

Por P.A. David Nesher

«Habló más Yahvéh a Moisés, diciendo:

Harás también una fuente de bronce, con su base de bronce, para lavar; y la has de poner entre el tabernáculo de la congregación y el altar; y pondrás en ella agua. Y de ella se lavarán Aarón y sus hijos sus manos y sus pies.
Cuando entraren en el tabernáculo de la congregación, se han de lavar con agua, para que no mueran: y cuando se acerquen al altar para ministrar, para quemar la ofrenda encendida para Yahweh se lavarán las manos y los pies, para que no mueran. Y lo tendrán por estatuto perpetuo él y su simiente por sus generaciones.

(Éxodo 30:17-21)

Aquí tenemos las instrucciones que Yahvéh dio a Moshé para construir el denominado Kior, una gran vasija de agua para el Santuario. Esta fuente era utilizada por los sacerdotes (kohanim), previo a su servicio en el Santuario, como está escrito: «Y lavarán de él Aarón y sus hijos a sus manos y a sus hijos cuando vengan al Ohel Moed (Carpa de las Citas)».

Los Objetivos del Lavacro.

Este lavado ritual tenía dos objetivos:

  1. Limpieza y purificación: Se requiere del Kohen una limpieza y purificación adicional previo a su inicio del servicio al Eterno en el Santuario.
  2. Santidad- a través del lavado: el kohen alcanzaba un mayor nivel de santidad, y por eso, este lavado también se llamaba- «la santificación de las manos y los pies«. Según el Talmud el sacerdote ponía su mano derecha sobre su pie derecho y su mano izquierda sobre su pie izquierdo y los consagraba.

Estas abluciones corporales de los kohanim eran indispensables para ponerse en contacto con los objetos y los lugares sagrados del Mishkán. El incumplimiento de esta norma ponía en peligro la vida no sólo de Aharón y de sus hijos, sino también la de cualquiera de sus sucesores. Era un decreto permanente (vv. 19-21).

El Origen y Significado del Lavacro.

El origen del Kior o Lavacro se encuentra en la donación que hicieron las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo, tal como se nos relata en Éxodo capítulo 38, versículo. Dichas mujeres donaron sus espejos, que eran de bronce, para que fueran fundidos a fin de que la fuente se hiciera. Era una cosa maravillosa para el pueblo el dar la medida de su propia apariencia para estar limpios ante Yahvéh.

Hay que recordar que los espejos de aquel tiempo no eran como los nuestros, ya que los espejos de vidrio no existían en aquel entonces. Los pueblos antiguos tuvieron que recurrir a metales pulidos (bronce, plata, etc.), para producir reflexión. Esto explica el comentario que el apóstol Pablo hace del símbolo del Kior al decir:

«Ahora vemos por espejo, oscuramente…»
(1 Corintios 13:12)

Él está recordando a los discípulos de Yeshúa que debemos ejercer siempre humildad al comparar nuestro conocimiento espiritual aquí abajo, que es parcial (así como la imagen que reflejaban los espejos de su tiempo), con el que tendremos cuando estemos cara a cara con nuestro Abba, cuando conoceremos con total claridad.

Esta fuente contenía agua, siendo por tanto una provisión para lavarse. Pensemos juntos; tenemos aquí un gran espejo, hecho de una multitud de ellos más pequeños. Estaba lleno de agua, lo que aumenta su capacidad de reflexión. De esta manera, la fuente tenía dos grandes propósitos: reflejar la imagen del kohen y proporcionar limpieza. En ese sentido, esta fuente nos recuerda lo que la Instrucción (Torah) de Dios es y hace con nuestras vidas diariamente. Ella es un espejo fiel que nos muestra nuestra verdadera condición y, al mismo tiempo, es el instrumento para limpiarnos de las suciedades adquiridas. Por lo tanto, comprendemos que la primera función de la Torah es enseñarnos cómo estamos en el día a día referente al propósito eterno de Dios. Por ello, el apóstol Pablo explicaba esta misión de la Instrucción de las siguiente manera:

«¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás.»
(Romanos 7:7)

La Torah, pues, es ese gran espejo, sin el cual nos auto-engañaríamos en creer que ya estamos perfectos, cuando en verdad estamos aún en el proceso divino de la santidad y la justicia.

El hecho de que fuera de bronce (símbolo de juicio) nos revela que el gran espejo divino, la Torah, nos ayuda a juzgarnos a nosotros mismos de una manera verídica y criteriosa, conforme a como Yahvéh nos ve. Los primeros discípulos al estudiar esta parashá fortalecían este pensamiento. Esa es la razón por la que Jacobo (mal llamado Santiago) escribió:

“Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta Torah, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.”

(Santiago.1:23-25)

Pero hemos dicho que la Instrucción tiene otra función añadida a ésa, y es la de ser el lavacro (kior) donde limpiarnos de la suciedad adquirida en nuestra cotidianidad, adquiriendo desde ella pureza o santidad y mayores niveles de justicia. Eso es lo que en la mentalidad hebrea significa estar limpio. Nuestro Dueño Yeshúa así lo expresó:

«Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado.»
(Juan 15:3).

El Eterno trazó en Su diseño que esta fuente de bronce, se situara, entre el Altar de Bronce, que es tipo de la cruz, y el Tabernáculo propiamente dicho, que es tipo de la comunión a la que todo redimido tiene acceso y de la de la adoración y servicio que todo redimido tiene el privilegio de ofrecer. Dicha comunión solamente se puede dar si el kohen (sacerdote) está limpio.

Para que podamos entender mejor este asunto, tenemos que saber que el uso de esta fuente estaba reservado para los sacerdotes, quienes en el ejercicio diario de su ministerio eran proclives a ensuciarse. Tengamos en cuenta su contacto permanente con el altar de bronce, donde la leña, las cenizas, el humo,los animales, la sangre etc. eran causas permanentes de suciedad. Era normal que en dichos trajines diarios, lo kohanim no se dieran cuenta de esa contaminación o suciedad en sus manos y pies. Por ello, el uso del lavacro no era opcional sino obligatorio. Es decir, no se trataba de algo dejado al criterio del sacerdote sino algo por lo que tenía que pasar para ministrar en su comunión íntima al Eterno.

La obligatoriedad del uso era diaria, porque diariamente estaban llamados a ministrar (comulgar) con Yahvéh dentro de Su morada. Y el uso de la fuente era previo a la ministración; por lo tanto, antes de entrar en el lugar santo para hacer los servicios sagrados el sacerdote tenía que lavarse, para concretar así un estado de limpieza personal desde la revelación de este santo espejo. Las partes del cuerpo que debía lavarse eran las manos y los pies, órganos del cuerpo simbolizan nuestro hacer y nuestro caminar. De la obligatoriedad del uso de la fuente da buena cuenta la razón que se aduce: para que no mueran.

Aprender a Supervisarse en las Acciones Cotidianas.

En la simbología de las Sagradas Escrituras, la “cara” siempre hace alusión a la parte interna e intelectual de la persona, mientras que las “manos y los pies” siempre hacen alusión a la parte de la persona vinculada con la acción. En el Santuario se encontraba de manifiesto la Santidad, y es por eso que la “cara”, la cabeza, la parte en donde reside el intelecto, no hacía falta “lavarla”, purificarla, ya que ya estaba plenamente santificada, debiendo solo purificarse la parte más baja de la persona humana: la acción, simbolizad por las “manos y los pies”, que guardan relación con el mundo.

Ahora, les solicitaré a cada uno mucha concentración. La sabiduría del Eterno al poner esta fuente para los sacerdotes es muy oportuna para cada uno de los redimidos en Yeshúa, llamados a ejercer diariamente un culto racional a Dios (Rom. 12: 1) La advertencia era clara: cada sacerdote debe también ocuparse de sí mismo diariamente. Debido a que podía darse el caso de que se concentraran tanto en el ministerio hacia los demás y se olvidaran de sí mismos, Yahvéh estableció esta estructura con su ritual obligatorio para que en un determinado momento del día, cada sacerdote se dedicara a pensar en su propia persona.

Con esta fuente Yahvéh los obligaba a examinarse a sí mismos, antes de examinar a otros. Es lo mismo que le recordará el apóstol Pablo a su hijo apostólico Timoteo: 

Ten cuidado de ti mismo…«
(1 Timoteo 4:16)

Sucede que, en el cotidiano devenir, a cada ser humano le sea fácil estar pendientes de los demás, de sus necesidades y problemas, pero a la vez olvidarse de las propias. Si eso llega a acontecer, aquel que es hijo primogénito de Dios ya no podrá ser de ayuda para otros, pues estará él mismo necesitado de ella. ¡Cuidado con el exceso de ocupación (servicio) hacia otros, no sea que termines descalificado por no estar atento hacia ti mismo y tu propósito! Es verdad, hay muchas almas humanas que debes cuidar, pero una por encima de todas ellas está la tuya.

La lección practica de este mueble del tabernáculo, es que, a menos que vivas efectuando constantemente, el juicio justo de ti mismo, a la Luz de la Torah del Eterno, tu comunión con Él se vera interrumpida, y esto afectará y determinará, que sobre el fundamento de la salvación, en vez de edificar oro, plata, piedras preciosas, edifiques con madera, heno y hojarasca. Teniendo en mente estos principio divino, el apóstol Juan, muy familiarizado con lo sacerdotal, escribió:

“Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”
(1 Juan 1:6-9)

Por ello, en el diseño del Monte Santo del Señor hemos aprendido que al llegar el Shabat, tanto en su kabalá (recepción) como en su entrega, el lavarse las manos antes de comer el Pan de Primogenitura y el Pan de Gratitud, no solamente anuncia nuestra disposición a no realizar labor alguna para honrar ese día sagrado, sino que también anunciamos que estamos dispuestos a meternos en el juicio justo que la Torah nos revelará acerca de nuestra peregrinación en la vida. Es una manera de anunciar a todos los ámbitos celestiales que entendemos que el amor a uno mismo es la bisagra que permite amar perfectamente al Eterno y al prójimo.

Anhelo que recuerdes en este día pasar por el lavacro y meditar cómo está la marcha de ese proceso divino que te conduce a una meta maravillosa: el Premio del Supremo llamamiento de Dios en Jesús, el Cristo, nuestro Dueño!

P.A. David Nesher

La Unidad de Abajo atrae a la Unidad de Arriba (Tablas del Mishkán)

«… Las cuales se unirán desde abajo, y asimismo se juntarán por su alto con un gozne. Así será con las otras dos; serán para las dos esquinas…»

(Éxodo 26:24)

La palabra Tabernáculo se traduce de los términos hebreos ojel que significa “tienda”; y mishkán que significa “morada”. Precisamente eso es lo que era, una tienda como las que habitaban los israelitas pero con un diseño especial y para un propósito específico. El tabernáculo fue el santuario móvil construido por los Israelitas durante su peregrinar por el desierto. Tenía una forma rectangular y toda su construcción fue dirigida por el Eterno, quien le mostró a Moshé, aparentemente por medio de visiones, “el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus utensilios” (Éxodo 25:9).

Los materiales, las medidas, las decoraciones, etc., todo se hizo conforme a lo que el Señor pidió.

El recinto del tabernáculo tenía trece metros y medio de norte a sur. El material básico de construcción era madera de acacia, fácil de obtener en la península de Sinaí. Las paredes de cuarenta y ocho tablas (5 m. de altura y un poco más de 0,50 m.), estaban recubiertas por láminas de oro y las sostenían cuarenta basas de plata en los costados y dieciséis en los otros dos lados.

¿Qué simbolizan las tablas?

Aquí necesitamos recordar que en las Sagradas Escrituras los seres humanos, en especial los justos (en hebreo tzadikim), son comparados con árboles (Salmo 92:12). Con esto en nuestra mente podemos hacer la asociación entre las tablas de madera en el tabernáculo y los justos que componen la congregación del Eterno.

Al leer el versículo que nos ocupa encontramos que las tablas tenían que estar juntadas desde abajo y también unidas por arriba. Deben ustedes saber que el texto hebreo utiliza dos palabras diferentes para hablar de la unidad abajo y la de arriba:

  • Cuando habla de la unidad de abajo dice juntadas (hebreo toamim, con alef y sin yud), y
  • cuando habla de la unidad arriba dice completadas (tamim, sin alef y con yud).

Así, y rápidamente, pareciera que las dos palabras hablaran de lo mismo. Pero debemos entender que el hecho de que la Torah usa dos palabras diferentes indica que, de acuerdo con la cosmovisión del Eterno, existen dos tipos de unidad, una abajo y otra arriba.

En el idioma hebreo la palabra utilizada para la unidad de arriba es la que las Escrituras usan para la perfección, ser completo en íntegro. Se trata de una perfecta unidad que manifiesta la plenitud de propósito.

Sabemos que la letra alef (א) tiene el valor numérico 1 (uno) y la letra yud (י) tiene el valor numérico 10 (diez). Esto nos revela que la unidad que hay arriba, con yud, es diez veces más fuerte que la de abajo con alef.

En este versículo, la unidad de abajo es mencionada antes de la unidad de arriba, lo cual nos enseña que si logramos unirnos abajo en la tierra, aunque no sea una unidad perfecta, la influencia y la unidad que esto trae en el cielo es perfecta. Esto es conocido en las dimensiones metafísicas como la Ley espiritual del Acuerdo. A esto se refería Yeshúa cuando dijo:

«Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos.«

(Mateo 18: 19)

Otra vez el relato de la construcción del tabernáculo nos enseña la importancia de que los justos se unan para que el Eterno pueda morar entre nosotros, respaldando con su poder todo lo que unánimes declaramos por fe en Su Nombre.

Anhelo que el Eterno nos ayude a unirnos para ser Su Templo santo en el mismo Espíritu (unción) que fue dado al Mesías.

Cortinas (Mujeres) que Causan Unidad

«Cinco cortinas estarán unidas una con la otra; también las otras cinco cortinas estarán unidas una con la otra«.

(Éxodo 26:3)

 

En el día de hoy nos concentraremos en el principio celestial revelado en este versículo que permite comprender un secreto maravilloso para lograr la perfecta unidad de una congregación.

El tabernáculo (hebreo mishkán) era unta tienda con un marco y una serie de cubiertas elaboradas. Esta sección describe la primera cubierta, la que quedaba a la vista en el interior del tabernáculo. Interesante es resaltar que los planos para el tabernáculo fueron revelados a Moisés del interior hacia el exterior, comenzando con los muebles del interior y dicha construcción. Nos aproximamos al santuario de afuera hacia adentro, pero Yahvéh construye el santuario de adentro hacia afuera. Él trabaja en Su pueblo de acuerdo al mismo patrón. En el caso de las cortinas para la cobertura interior debemos decir que eran de lino torcido, y eran unidas al ser tejidas cinco cortinas una a otra, cada una de 42 pies (14 metros) de longitud y 6 pies (2 metros) de ancho. Primero fueron unidas en sets de cinco, y luego todas fueron unidas para cubrir 42 pies (14 metros) por 60 pies (20 metros).

El texto hebreo las cortinas que se utilizarían para el techo del mishkán (la morada) son llamadas mujeres y hermanas. El texto hebreo que se tradujo como “una con la otra” en ishá el-ajotáh, (– אשה אל-אחתה  –) significa literalmente “una mujer con (o hacia) su hermana”.

Interesante es que cada cortina es comparada con una mujer y todas las cortinas son hermanas. ¿Por qué las cortinas son llamadas mujeres? Porque el Eterno quería dejar una fuerte enseñanza en la congregación de Israel. Para el Eterno las mujeres son hermanas y deben ser unidas de manera muy fuerte para que nunca más puedan ser separadas.

Esta unidad es una de las condiciones para que la congregación pueda ser una morada para el Eterno. Donde no hay unidad no puede haber una casa para el Eterno. Cuando las mujeres se unen una con la otra con corazones unidos podrán ser una parte muy importante en la morada del Todopoderoso.

Esta revelación fue perfectamente entendida por los discípulos de Yeshúa de las primeras comunidades. Las mujeres hicieron un gran papel en la introducción del yugo del Mesías en el mundo pagano. Por eso Pablo, desde el comienzo de sus cartas a sus últimas palabras de despedida, nos da nombres de mujeres que tenían gran influencia en la vida de la Iglesia, y particularmente en la unidad de la misma.

La epístola a los Filipenses menciona dos mujeres de influencia; Evodia y Síntique, de las cuales Pablo dice que “han combatido conmigo juntamente en el evangelio, con Clemente y otros colaboradores”. La preocupación del apóstol al escribir esta carta es saber que estas dos mujeres se han dividido provocando una grieta en la congregación:

«Ruego a Evodia y ruego a Síntique, que sean de un mismo sentir en el Señor…»

(Filipenses 4:2)

Desde la cosmovisión occidental, que dos mujeres no puedan llegar a un acuerdo no parece ser un problema serio; sin embargo, en la cosmovisión hebrea estas dos mujeres eran prominentes en la iglesia y estaban haciendo que otros tomaran parte su desacuerdo, así que era de suficiente importancia para que Pablo las identifique por nombre.

Aparentemente estas dos mujeres eran la fuente de algún tipo de pleito en la iglesia. No tenemos idea de la causa de la disensión entre Evodia y Síntique. Lo que sí sabemos, es que los efectos de la misma tenían que ser destructores para la iglesia. No sabemos si había diferencias doctrinales entre las dos o celos de carácter personal. Otra vez vemos al maligno azuzando a una hermana contra otra, como en el pasado. Todo ello era en deterioro de la obra y el crecimiento de la iglesia.

En lugar de tomar un bando o tratar de resolver sus problemas, Pablo simplemente les dijo que sean de un mismo sentir en el Señor. Pablo entendía que esta situación deshonraba el nombre del Señor y era un escándalo en la congregación. Esto estorbaba también la obra de la gracia en el área femenina de la asamblea.

El apóstol Pablo, además de hablar de las extraordinarias cualidades de estas dos mujeres, entre las que destaca el ser colaboradoras, dice que sus nombres estaban en el «libro de la vida»; el registro celestial de los fieles. Esto era suficiente razón para que estas hermanas superaran sus diferencias. Por otro lado, en vista de que las dos estaban destinadas a participar del Gobierno Milenial, donde solo la armonía será notoria ¿no deberían llevarse bien sobre la Tierra en este tiempo?

Por último, entendemos que la mujer es el símbolo del alma humana. Por ende, todo lo que aquí se ha dicho también aplica a los varones que forman parte de una congregación, y especialmente que tienen influencia en ella.

Todo esto nos lleva a la maravillosa conclusión de que cuando hay reyertas entre personas influyentes se forman facciones en la congregación, pues los unos se ponen en favor de uno y de otro y estas rencillas habrían terminado con la congregación.

Todos sabemos que debido a nuestra imperfección, tenemos la tendencia de distanciarnos de quienes nos han ofendido y de aislarnos. Pero eso no es lo mejor:

“La gente poco amistosa solo se preocupa de sí misma; se opone al sentido común.”

(Prov. 18:1 – NTV).

En vista de que somos un pueblo que invoca unidamente el nombre de Yahvéh a través de Yeshúa, debemos estar decididos a “servirle hombro a hombro” con nuestros hermanos (Sof. 3:9).

¿Cómo reaccionaremos si sentimos que uno de nuestros hermanos nos ha tratado mal o de forma injusta? ¿Dejaremos por ello de servir a Yahvéh con toda el alma? ¿O, más bien, nos armaremos de valor y resolveremos el problema para no perturbar la inestimable paz de la congregación?

 

“Hagan todo lo posible por vivir en paz con todos.

(Rom. 12:18.)

Resolvámonos a poner en práctica dicho consejo, y así podremos seguir andando en el camino que lleva a la vida.

¡Que el Eterno quite de nosotros todo lo que impide que seamos unidos totalmente para que su gloria pueda ser manifestada dentro de y entre nosotros!

¿Esclavitud en la Torah?

“Si compras un siervo hebreo, te servirá seis años, pero al séptimo saldrá libre sin pagar nada”.

(Éxodo 21: 2)

 

El éxodo de la esclavitud en Mitzraim (Egipto) había culminado. El ciclo se había cerrado con la entrega de la Torah, en el Monte Sinaí. Cada israelitas había escuchado que ahora se convertiría en un siervo del Eterno, el único Amo de los seres humanos. El pacto matrimonial para una nueva nación había sido firmado por el mismo Esposo. Dicha nación estaba constituida por ex-esclavos. Cada integrante de las doce tribus de Israel llevaba en sus cuerpos y almas las marcas indelebles de la brutal y dura esclavitud pasada. El pueblo de Israel era conformado por hombres libres, y su relación con la Torah iba a ser uno de cumplimiento voluntario, no coacción forzada.

 

¿Por qué colocar en la Torá las leyes sobre esclavitud?

El planteo es lógico, y muy justo: si el Eterno creó al hombre libre, ¿por queéla Torah permitió a los hebreos que tengan esclavos?

 

En primer lugar, conviene recalcar que estas leyes fueron dadas para que el Pueblo de Dios aprendiéramos que todo lo que hacemos tiene consecuencias. Yahvéh, quiere que comprendamos que es de vital importancia pensar antes de actuar, a fin de considerar los efectos de nuestras decisiones. Por eso, al relacionarnos con los demás debemos tener en cuenta los principios de estas leyes. Debemos actuar de manera responsable y justa con todas las personas, ya sean amigos o enemigos.  Por favor, piense en los planes que tiene para hoy y considere cuáles serían las consecuencias de ellos a largo plazo

En segundo lugar, y antes de meternos de lleno en la respuesta a este cuestionamiento crucial, necesitamos entender el contexto histórico de las políticas económicas de la antigüedad. La esclavitud en el mundo antiguo era una parte normal de toda la economía. En aquellos días, no había ninguna norma monetaria, y la gente no tenía empleos ordinarios donde trabajar como lo hacemos nosotros. La gente vivía principalmente de la tierra. Esto significa que si usted no era un terrateniente o un rico independiente con sus propios rebaños y manadas, es probable que no disponía de medios seguros de apoyarse a sí mismo y su familia. El concepto de trabajo por contrato era arriesgado, a corto plazo y no tenía garantías. No había leyes laborales, requisitos de salario mínimo o planes de jubilación. Para la clase baja sin tierras la servidumbre era una opción atractiva. Ofrecía la adquisición de habilidades significativas, empleo de por vida y alimento, y refugio a una persona y sus dependientes.

Los israelitas acababan de salir de la esclavitud que habían experimentado en su forma más fea. Es natural que el Eterno se ocuparía de esa institución y estableciera las reglas para evitar la perpetuación del maltrato de los esclavos. Yahvéh no quería que los hijos de Israel trataran a sus sirvientes de la forma en que ellos habían sido tratados.

Esto puede ser comparado a un hogar abusivo en el que un hijo es golpeado por su padre. Cuando el niño crece le pega a sus propios hijos, porque esa es la manera de ser padre, que aprendió de su padre. Las leyes de la Biblia sobre la esclavitud están destinadas a romper ese patrón de mal tratos a otros seres humanos. Las leyes de las Sagradas Escrituras concerniente a los esclavos son para la protección y el bienestar de las personas esclavizadas.

Yahvéh promete conducir al Pueblo de Israel a la Tierra Santa y los advierte para que no tomen los caminos paganos de los habitantes actuales de la misma, especialmente en sus políticas referidas a la economía de los esclavos.

En Canaán, como en la mayoría de las sociedades contemporáneas de Israel, los esclavos no tenían derechos. La Torah cambiará eso. De acuerdo con las leyes en esta porción de la Instrucción, los esclavos debían ser tratados como siervos por contrato en lugar de ser tratados como una propiedad. Después de seis años de servicio, debían tener la opción de irse libremente.

Un esclavo hebreo era una especie de empleado que trabajaba para cubrir una deuda o indemnizar un robo. Su amo tenía que tratarlo tan bien. A tal punto era complicado este asunto desde la Torah, que surgió un dicho desde los sabios: “Aquél que adquiere un esclavo hebreo, en realidad está adquiriendo un amo sobre sí mismo” (Talmud de Babilonia, Tratado Kedushin 20a). Pero también sabemos que había esclavos canaaneos, sobre quienes la Torah dice:

Y los poseeréis por heredad, para vuestros hijos en pos de vosotros, para heredar posesión. A perpetuidad de ellos podréis serviros. Pero a vuestros hermanos, los hijos de Israel, un hombre a su hermano, no lo someterás con dureza”.

(Levítico 25:46)

Nos tranquilizamos un poco más cuando leemos las leyes posteriormente establecidas sobre la esclavitud.

Estas leyes sobre la esclavitud fueron diseñadas para prevenir el tipo de esclavitud que sufrieron muchos de ellos en Egipto, o como la que sabemos casi exterminó a los negros en América antes de ser abolida en el siglo XIX. En la Torah vemos que:

  • Los secuestradores se enfrentan a la pena de muerte (Éxodo 21:20).
  • Si un hombre hiere gravemente a su esclavo, el esclavo debe ser liberado de inmediato (Éxodo 21: 26-27).
  • Si un esclavo es asesinado por su propietario, el hombre se enfrenta a la pena de muerte (Éxodo 21:16).

Si profundizamos más en el estudio de este tema, descubriremos que la Torah tiene una serie de leyes sobre cómo debe ser tratado un esclavo, muchas de las cuáles establece que, sus necesidades deben ser priorizadas y suplidas por el dueño. Por ejemplo: la persona que tuviera una sola almohada debía entregársela al esclavo para dormir; el esclavo debería descansar en el Shabat; debería recibir una cuantía en valores o bienes cuando partiera en libertad, etc.

En este pasaje podemos notar que el detalle de las regulaciones de las mujeres esclavas ponen de manifiesto las preocupaciones sociales de la Torah, referente a la dignidad y los derechos de una mujer, ya que legisla que el amo se ocupe de las necesidades particulares. Este tipo de disposición no se encontraba en otras culturas del Oriente Medio.

La posibilidad de un hebreo de volverse esclavo surgía en el caso de robo, cuando el ladrón no pudiera restituir el bien robado. El tribunal podía entonces venderlo como esclavo. Otra posibilidad podía ocurrir cuando un pobre se vendiera voluntariamente como esclavo para pagar una deuda con su trabajo. Esta era justamente una forma de regeneración: en vez de ser mandado hacia la prisión, el ladrón era vendido como esclavo para que de esta forma conviviera con su dueño, notara su error y aprendiera a vivir una vida honesta. En cada uno de esos casos, cuando llegaba el año sabático (cada 7 años), el «esclavo» tenía que ser liberado. Si no deseaba partir en libertad, sino permanecer en la casa de su amo, su oreja debería ser perforada. ¿Por qué? Explican nuestros Sabios: aquella oreja que oyó la Torah y sabe que su Único Señor es Yahvéh, pero aún así desea continuar sumisa a un hombre de carne y hueso, debe ser perforada. Este es el detalle que nos permite ver que, según la Torah, la esclavitud no es el estado natural del hombre en el diseño de Yahvéh. Todo esto demuestra que gracias a estos códigos legales de la Instrucción (Torah) divina, los esclavos hebreos eran tratados con la consciencia de parte del amo de que eran seres humanos y no su propiedad.

Con todo esto nos queda claro que la Torah reconoce la existencia de la esclavitud como un sistema económico contextual, pero no la promueve como un ideal del propósito eterno de Dios para las relaciones humanas.

Sin embargo, algunos lectores superficiales de la Biblia podrían decir que desde la esclavitud ha sido abolida, las leyes de la Biblia de la esclavitud son irrelevantes para el mundo moderno, aunque la esclavitud sigue existiendo en otras formas. Recordamos que los esclavos en el período bíblico eran más o menos equivalente al concepto de los empleados en la economía actual, podemos aprender varias cosas sobre el corazón del Eterno por la forma en que tratamos a nuestros empleados. La Torah revela que el Eterno quiere que hagamos un trato justo, digno y merecedor de compensación para con los demás. Si había que tratar bien a un esclavo, cuanto más al prójimo.