Estudios Bíblicos

Un Reporte Pesimista contra la Cosmovisión Yahvista (Los 12 Espías)

Por P.A. David Nesher.

«Y dieron un mal informe a los hijos de Israel de la tierra que habían reconocido, diciendo:
La tierra por la que hemos ido para reconocerla es una tierra que devora a sus habitantes, y toda la gente que vimos en ella son hombres de gran estatura… y hablaron a toda la congregación de los hijos de Israel, diciendo:
La tierra por la que pasamos para reconocerla es una tierra buena en gran manera.»

(BaMidbar/Números 13:32; 14:7)

Sabido es que la cosmovisión (manera de ver e interpretar el mundo) de cada ser humano determina el éxito de la marcha de cualquier empresa. Aquello que vemos, y la forma en que lo interpretamos, determinará las creencias que luego confesaremos, de donde surgirán las decisiones que tomaremos, que determinarán la conducta que manifestaremos. En pocas palabras, ¡la cosmovisión del ser humano determina cómo será su futuro!

En esta porción de estudio de Bamidbar, nuestra alma logra ver que los doce espías observaron la misma tierra. Ellos recorrieron las mismas ciudades. Se contactaron con los mismos habitantes. Pero, también notamos que hubo dos reacciones muy diferentes ante lo que vieron. Así fue como se confeccionaron dos relatos de una misma realidad.

Por un lado, notamos que aunque los diez espías vieron la tierra hermosa, sus almas fueron invadidas de pensamientos automáticos negativos, llenos de problemas, que generaron solo imposibilidades. Fue así como la mayoría desarrolló una cosmovisión, que los llevó a creer que no era posible vencer sobre esos pueblos tan grandes y conquistar esas ciudades tan fortificadas. La razón fundamental de esto, era que no querían creer incondicionalmente en el Eterno.

Cuesta mucho imaginarse un reporte más incrédulo e infiel a Yahvéh que este; un reporte que reconozca la fidelidad de la promesa del Eterno, la verdad de Su palabra, y todavía decir: “A pesar de todo eso…”

Al considerar este reporte negativo notamos que tiene las características propias del pesimismo, ya que combina verdad, mentiras y exageración propia del miedo extremo que paraliza la conciencia. Evidentemente, ellos sentían que estaban más en una misión para Israel que en una misión para el Eterno. Por eso es que el reporte será dado de acuerdo a la perspectiva humana, no de acuerdo a la perspectiva de Dios.

Era verdad, desde una perspectiva humana que el pueblo de Canaán «es más fuerte que nosotros«, pero el decir, “No podremos subir contra aquel pueblo”, era una mentira impregnada de exageración.

Era verdad que ellos habían ido a través de la tierra, pero el decir, “es tierra que traga a sus moradores”, era una mentira exagerada.

Así mismo, cada una de las declaraciones, “ todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura” o “gigantes” y “éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas” forman parte del mismo pesimismo, son todas terribles exageraciones, llenas de mentiras. Todo, producto del miedo paralizador que surge de la incredulidad.

Por esto, debemos convenir que la incredulidad se presenta a sí misma como siendo “factual” (fiel a los hechos) o “práctica” o “realista.” Sin embargo, la cosa más factual, práctica, y realista que podemos hacer, como hijos primogénitos del Eterno, es confiar la Palabra del Dios Viviente, Su Torah de Fuego; Yeshúa hablándonos a nuestra mente y corazón.

La incredulidad de los diez espías no era de acuerdo a los hechos, sino a pesar de los hechos. Su informe era infiel y diabólico ya que desacreditaba la capacidad del Eterno para librar a Su Pueblo de todo peligro.

Pero hubo dos espías (Caleb y Josué) que tenían otro espíritu y vieron las mismas cosas de otra manera. Habían aprendido de lo que pasó en Egipto y en el desierto. Sabían que tenían un Dios poderoso y creyeron en sus promesas. Vieron la realidad visible y vieron también la realidad invisible. Los hijos de Anac eran gigantes, sí, las ciudades tenían murallas muy altas, sí, pero el Todopoderoso es mucho más grande y él estaba con ellos. Ellos habían reconocido el terreno, lo que nos recuerda que la verdadera fe no es ciega. La fe no niega la realidad ni la dificultad sino que declara el poder de las promesas divinas.

Los diez espías vieron las cosas desde abajo, pero los dos espías las vieron desde arriba.

Así aprendemos que existen dos voces. Por un lado, la voz de lo imposible, que sólo habla de las cosas desde el punto de vista natural. Por el otro lado, se encuentra la voz de lo posible, que siempre habla de las cosas desde el punto de vista del poder y las promesas del Eterno. Según escuchamos vamos a creer. Si sólo vemos y escuchamos las cosas según un punto de vista natural, nuestras acciones estarán condicionadas por lo natural y sus leyes entrópicas, desde donde recibiremos sólo resultados naturales. Pero si nos atrevemos a ejercer visión celestial a través del escuchar lo que enseñan las promesas divinas lograremos a actuar de manera natural, pero recibiendo la asistencia celestial de tal modo que nuestras acciones naturales se transformarán en sobrenaturales y lograrán así la manifestación de los milagros y prodigios propios de los hijos de Israel.

¡Esta última es la voz de la fe verdadera o fe de las posibilidades!

Conforme a como escuchemos así creeremos. Si sólo vemos y escuchamos las cosas según un punto de vista natural (sensorial), vamos a actuar sólo de forma natural y recibir sólo resultados naturales, pero si vemos y escuchamos lo que enseñan las promesas divinas (extrasensorial), vamos a actuar de manera natural y recibir la asistencia del cielo de modo que nuestras acciones naturales se vuelvan sobrenaturales.

La Manera de Oír determina nuestra Fe (Rom. 10: 17).

Según nuestra manera de ver las cosas (cosmovisión) así nos será hecho.

Lamentablemente, en Israel, lo sensorial del reporte negativo o pesimista prevaleció sobre lo extrasensorial que vibraba en el reporte optimista.

Según el Midrash, la noche en que los espías regresaron fue el noveno día del quinto mes, llamado av, el mismo día cuando, según la tradición, los hijos de Israel habían empezado el culto al becerro de oro. Esa noche el Eterno juró que los hijos de Israel iban a ser dispersados entre las naciones, tal como ha quedado explicado en los salmos:

“Aborrecieron la tierra deseable, no creyeron en su palabra, sino que murmuraron en sus tiendas, y no escucharon la voz de Yahvéh Por tanto, les juró abatirlos en el desierto, y esparcir su simiente entre las naciones, y dispersarlos por las tierras.”
(Salmo 106:24-27)

Por esta razón este día fue transformado en un día de calamidad para la historia hebrea, particularmente la Casa de Judá. En ese día fueron destruidos los dos templos. En ese día fue derrotada la última revuelta de los judíos contra Roma en el año 135. En ese día fueron expulsados los judíos de España en el año 1492. En ese día ocurrieron varios otros eventos trágicos en la historia judía. Por estas razones, el 9 de av, en hebreo tishá be-av, es un día de ayuno y luto nacional para el pueblo judío. Pero el profeta Zacarías aseguraría en su oráculo que se convertirá en un día de alegría:

“Así dice Yahvéh de los ejércitos: «El ayuno del cuarto mes, el ayuno del quinto, el ayuno del séptimo y el ayuno del décimo se convertirán para la casa de Yehudá en gozo, alegría y fiestas alegres. Amad, pues, la verdad y la paz.”
(Zacarías 8:19)

Notamos que los diez exploradores hablaban palabras negativas que iban en contra de las promesas de Yahvéh. En realidad, desde toda lógica humana, su cosmovisión hablaba cosas razonables, pero también sabemos que el pueblo del Eterno no ha sido llamado a caminar de manera natural, sino sobrenatural. Por lo tanto, la única manera de poder conquistar la tierra, era por medio de la ayuda del Eterno que proviene de la fortaleza que dan Sus promesas. Pero estos hombres no quisieron confiar en Yahvéh. Solamente evaluaban las cosas de manera natural. Ellos no tenían fe y por lo tanto no recibieron lo que Yahvéh había prometido, tal como los primeros discípulos lo interpretaban:

“Por tanto, temamos, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado. Porque en verdad, a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva, como también a ellos; pero la palabra que ellos oyeron no les aprovechó por no ir acompañada por la fe en los que la oyeron.”

En el primer versículo del capítulo catorce leemos que dice:

“Entonces toda la congregación levantó la voz y clamó, y el pueblo lloró aquella noche.”

 Rashí explica aquí que la palabra congregación, en hebreo edá, no se refiere a todo el pueblo de Israel, sino al Sanedrín, los setenta ancianos, líderes principales, que estaban asignados divinamente para conducir los designios divinos de Israel, velando desde Sus promesas. ¡Sí, ellos hicieron más caso al informe negativo que del informe positivo! A la carne (yestzer hará) le gusta más las noticias malas que las buenas. Las malas noticias venden mejor que las buenas. En lugar de escuchar la Palabra del Eterno que había dado tantas promesas, y además con señales y prodigios, hicieron caso a palabras llenas de incredulidad y no pudieron esperar en un futuro positivo. 

Las promesas de Yahvéh tienen que ir acompañadas por la fe en los que las escuchan para que puedan tener su cumplimiento. La confianza en las promesas de Yahvéh es un requisito para poder beneficiarse de ellas.

Apreciado lector, si eres discípulo de Yeshúa, y crees que él es el Mesías de Yah, esfuérzate a tener siempre en cuenta que lo importante no es lo que tienes por delante sino cómo reaccionas ante ello. Si te encuentras enfrentando problemas, si sientes que estás frente a gigantes, o estás ante una tarea que humanamente es imposible realizar, te aseguro que la única manera de poder pasar por en medio en victoria es confiando en las promesas del Eterno que has escuchado por Su Espíritu Santo en ti.

Por eso, cuando te enfrentes con una decisión difícil, no permitas que los aspectos negativos te hagan descartar los beneficios. Evalúa ambos cuidadosamente. Pero no dejes que las posibles dificultades te impidan experimentar el poder del Eterno ni te hagan olvidar sus promesas de dirección y sentido. Por lo tanto, memoriza las promesas, medita en ellas día y noche, escríbelas en papeles y pégalas en las paredes de tu casa, cántalas, repítelas a tus hijos, ponlas en tu corazón y háblalas con tu boca y verás como tu corazón será fortalecido para poder recibir lo que dicen las palabras poderosas del Todopoderoso y Fiel.

Atento pues a todos estos detalles, te solicito que aprendas a mirar las cosas con los ojos del espíritu, es desde la cima del diseño del Monte Santo: tu interioridad. Observa la realidad de las cosas físicas, pero no te quedes allí. Mira y escucha lo que dice el mensaje celestial de la Torah, porque en las dimensionalidades celestiales, es donde habita Aquel que tiene la autoridad sobre la Tierra y el poder para cambiar cada situación que en este planeta acontece. Aprende a ser un colaborador celestial y verás cómo las promesas del Eterno son capaces de transformar las circunstancias de la fisicalidad según lo que hay en el Cielo.

“Mi oración es que los ojos de vuestro corazón sean iluminados, para que sepáis cuál es la esperanza de su llamamiento, cuáles son las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, conforme a la eficacia de la fuerza de su poder.”
(Efesios 1:18-19)

Es muy importante que cuidemos nuestro corazón para que no entren dudas de las palabras de Yahvéh. ¿Qué informe escuchas? ¿El del Reino de los Cielos o el de la razón humana?

¡Toda Bendición para cada uno de ustedes!

Los Peligros de Quejarse.

Por P.A. David Nesher

 

» Se desplazaron desde la Montaña de El Eterno una distancia de tres días,… Y el pueblo comenzó a quejarse en la adversidad a oídos de Yahvéh; y cuando Yahvéh lo oyó, se encendió su ira, y el fuego del SEÑOR ardió entre ellos y consumió un extremo del campamento.»

(Bamidbar/Números 10: 33; 11: 1)

Israel, es verdaderamente un Pueblo privilegiado. Una nación liberada por el Todopoderoso de zona de servidumbre limitante (Mitzrayim/Egipto). Un pueblo limpiado, purificado, apartado y bendecidos por Yahvéh. Privilegiados por ser enseñados por la presencia misma del Eterno. Entrenados con herramientas celestiales para avanzar a la Tierra Prometida. Una nación que habiendo sido ordenado y organizados por el Espíritu mismo del Altísimo, los vemos que están ahora en marcha a Canaán, la Tierra de Promisión. Sin embargo, e inmediatamente de comenzar la empresa divina, el pueblo se quejó.

¿Cómo es posible que una nación tan bendecida aun pueda quejarse? Yahvéh ha hecho mucho en y por Israel; aun así, ellos todavía murmuraban en contra de Él. Por supuesto, sus circunstancias no eran fáciles, pero que pecado es para ellos el quejarse en contra de Dios; ¡borrando así el espíritu de gratitud (alabanza) en sus corazones!

La primera explicación que brindan los sabios del idioma hebreo es que cuando la persona se “desplaza desde la Montaña del Eterno”, es decir, cuando se aleja de la Torah del Sinaí, entonces “comienza a quejarse”.

La Torah le da a la persona la paz necesaria para entender que uno nunca debe quejarse, y por el contrario debe mantenerse agradecido por todo. Pero cuando uno se aleja de las alturas de la Torah, la persona comienza a percibir los faltantes, comienza a “quejarse”.

El pueblo se quejó… y lo oyó Yahvéh:

Este era un simple caso de la ley espiritual de causa y efecto (ley de la siembra).

La queja del pueblo de Israel produjo la ira del Eterno de tal manera que muchos murieron por ello.

¿Por qué la queja es tan grave? Porque viene de los fundamentos del pecado mismo y produce resultados desastrosos. Detrás de la queja hay un desafío del alma humana que duda de la bondad del Eterno. El que se queja mancha la imagen del Eterno, que es bueno para siempre. La queja también daña la imagen del hombre y transmite un espíritu malo sobre su contorno, así terminará irradiándose hacia su entorno, ocasionando caos. La queja tiene la capacidad de afectar negativamente todas las cosas de esta creación. El remedio divino contra la queja es la gratitud o alabanza.

La queja es lo contrario de la gratitud. La falta de gratitud es el primer paso a la idolatría y a todas las pasiones vergonzosas que desde ella se desprenden. Todo esto es el nivel más bajo de la caída del hombre (Romanos 1: 21-32).

La queja es una expresión de la mala inclinación y la gratitud es una expresión de la buena inclinación.

La gratitud es capaz de ver las cosas positivas a pesar de lo negativo, reconocerlas y alabar al Eterno por ellas. La queja sólo ve lo negativo, se molesta por ello y produce amargura y rebeldía contra el Eterno.

La queja y la amargura son contagiosas.

La queja impide el mover de la mano bondadosa del Eterno, la gratitud la activa.

La queja produce muerte, la gratitud produce vida.

La queja produce enfermedades mentales y físicas, las alabanzas producen sanidad mental y física. Así lo dejo escrito el profeta Jeremías:

“Sáname, oh SEÑOR, y seré sanado; sálvame y seré salvo, porque tú eres mi alabanza.”

(Jeremías 17:14).

No se nos ha dicho aquí exactamente de qué Israel se estaba quejando. Lo que sí es claro, es que sus quejas eran, una vez más, solamente la exteriorización del corazón insatisfecho (cruel) que aún conservaban de Mitzraim (Egipto). Es decir que ellos, en realidad, no estaban quejándose por alguna razón mayor o justa, sino porque simplemente ahí es donde sus corazones aún continuaban vibrando, tal y como se habían habituado hacerlo en Egipto.

Lo cierto, es que la insatisfacción siempre surge cuando nuestra atención no está en lo que tenemos, sino en lo que no tenemos. El pueblo de Israel no parecía darse cuenta de lo que el Eterno estaba haciendo por ellos. Yahvéh no solamente les había otorgado libertad, sino que los había entrenado durante un año para que fueran una nación sacerdotal que recibiría una nueva tierra, desde la que bendecirían a todas las naciones. Ellos estaban enfocados en lo que consideraban que Dios no estaba haciendo por ellos. No podían pensar en otra cosa más que en las «delicias culinarias» de Egipto que habían dejado atrás, un poco más de un año. De alguna manera, sus mentes habían olvidado que el látigo brutal de la servidumbre egipcia era el precio que pagaban diariamente por comer esos supuestos manjares. Ellos desfiguraron el pasado olvidando la enorme injusticia a la que se hallaban sometidos en Mitzrai. Ellos olvidaron los sufrimientos y las penas, quedaron en su memoria únicamente algunos favores, algunas comodidades, los placeres de la comida que gozaban.

Es que cuando no se ve claramente la ganancia de la libertad de la esclavitud, dadas las adversidades del desierto, se pierde la meta de vista. Al fin y al cabo, la libertad es un concepto abstracto e Israel, tanto como la mayoría de los seres humanos, no necesariamente tiene claro de para qué fueron liberados, especialmente cuando la situación se pone difícil. Por ello, los israelitas optaron por una reacción muy primaria, cortoplacista de gratificación inmediata. Pocas personas valoran la espera en nombre de fines más abstractos. La gente, lamentablemente, quiere comer y ya. Quizás todo el mensaje de Moisés, al escribir este relato es eso. Las cosas cuestan y para el pueblo con hambre es difícil entender esa meta.

Es necesario tratar de prever el futuro y el objetivo de la vida, para llegar a éste final aparentemente abstracto y deseado y para esto, es indispensable, muchas veces hacer sacrificios y sobreponerse a las dificultades que representan ser una persona justa, correcta y estar dentro de la la Toráh, para no desenfocarse y perder así el entusiasmo.

El apóstol Pablo remarcará este evento negativo en la peregrinación de Israel cuando escribía a los santos de Corinto lo siguiente:

“Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y fueron destruidos por el destructor. Estas cosas les sucedieron como ejemplo, y fueron escritas como enseñanza para nosotros, para quienes ha llegado el fin de los siglos. Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga. No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres; y fiel es Dios, que no permitirá que vosotros seáis tentados más allá de lo que podéis soportar, sino que con la tentación proveerá también la vía de escape, a fin de que podáis resistirla.”
(1 Corintios 10:10-13)

Hoy, por medio de este pasaje, Yahvéh quiere que entendamos de una buena vez que nuestros corazones quejumbrosos son desagradables para Él, porque muestran muy poca gratitud por lo que Él ha hecho en el pasado, y revelan la falta de fe por lo que Él puede hacer hoy mismo.

Vemos que los israelitas se quejaron de Yahvéh, y luego Moisés fue se quejó ante Yahvéh. El Eterno le respondió a Moisés positivamente, pero negativamente al resto del pueblo. ¿Por qué? Los israelitas expresaban sus quejas ante ellos, sin la intención de resolver nada. Sin embargo, Moisés llevó sus quejas ante el Eterno, sabiendo que Él tiene la respuesta para resolver cualquier tipo de inconveniente. Muchos de nosotros somos, al igual que los israelitas, somos buenos para hablar de nuestras quejas entre nosotros, pero debemos aprender a llevar todo problema ante el Único que puede hacer algo al respecto, obrando incluso maravillas.

Por todo esto, ruego que el Eterno nos ayude a ver lo positivo y siempre dar gracias por ello. Así no solamente le damos lo que le pertenece sino también nos mantendremos sanos y salvos todos los días.  Así también me atrevo a exhortarlos a estar siempre alegres, permitiendo que el entusiasmo que otorga este día multiplique en Uds. su tendencia a las Bienaventuranzas del Mesías.


Notas Relacionadas y Recomendadas:

¡Comprobado: La Queja Hace Mal a tu Cerebro!





El Secreto para Ser Persona de Vanguardia.

Por P.A. David Nesher

 

 

» La bandera del campamento de los hijos de Judá, según sus ejércitos, partió primero, con Naasón, hijo de Aminadab, al frente de su ejército.»

(BaMidbar/Números 10:14)

 

Evidentemente, mientras más profundizamos en el estudio del libro BaMidbar (Números) descubrimos que el Eterno se aseguró de implantar en los hebreos el paradigma organización que cuando hay orden, hay paz, en cambio, cuando hay desorden hay confusión. De esto se deduce que  sólo con el orden y la coordinación estratégica se logra mantener entusiasmo en cualquier emprendimiento. Dicho entusiasmo permite al alma discernir los qué, cómo, cuándo, y dónde de Yahvéh, y la marcha se hace bajo pautas específicas que garantizan el éxito de toda empresa.

Una tribu era la que el Eterno determinó que fuera delante de toda la marcha: la de Judá (Yehudá). Yahvéh quería entrenar a los israelitas en la adquisición de una conciencia de alto rango, propia de nobles. Él quería que Su Pueblo se entrenara en el poder de la gratitud o alabanza.

El nombre Yehudá (Judá) tiene la misma raíz que la palabra gracias (hb. todá), según lo que fue dicho por Lea cuando nació el patriarca: “Concibió una vez más y dio a luz un hijo, y dijo: Esta vez alabaré (odé – אודה) al SEÑOR; así que le puso por nombre Judá; y dejó de dar a luz.” (Gén. 29:35). Importante es señalara aquí que en el contexto de una mentalidad hebrea, agradecer no es simplemente expresar gratitud, si no también significa alabar, de allí que Judá significa alabanza.

 

La primera característica de un redimido, hijo primogénito, es que alaba al Eterno. Desde que se levanta por la mañana hasta que se acuesta su boca está llena de alabanza y gratitud. Decir gracias al Eterno por todo y en todo es una llave para el avance en la vida. Es la clave que permite la vanguardia en el peregrinar de la vida. En la Historia de Salvación relatada en las Sagradas Escrituras vemos que cuando el hombre de Dios se entregaba en alabanza a Yahvéh, su Poder se manifestaba.

Por eso la tribu de Yehudá, la que sabe bendecir, alabar y dar gracias, es la que va primero. Y es que siempre el pueblo que sabe decir gracias es el que abre la brecha. Cada israelita comprendía con este orden que, en la vida, el agradecido es quien puede avanzar, y el primero en llegar a la meta. En cambio, el que cambia su alabanza por amargura nunca llegará a la meta. Los profetas inspirados en estos paradigmas celestiales, lo expresaron en cantos como estos:

“El pueblo que yo he formado para mí, proclamará mi alabanza.”

(Isa. 43:21)

 

“¡Cuán bienaventurado es el pueblo que sabe lo que es la voz de júbilo! Andan, SEÑOR, a la luz de tu rostro.”

(Sal. 89:15)

 

Todos los pueblos de la Tierra están invitados a aprender de Yehudá y seguir su ejemplo, como está escrito en Deuteronomio 32:43ª y Romanos 15:10: “Regocijaos, naciones, con su pueblo”

Así también, en los consejos apostólicos del Pacto Renovado leemos:

“Sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, himnos y cantos espirituales, cantando y alabando con vuestro corazón al Señor; dando siempre gracias por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesús, el Cristo, a Dios, el Padre.”

(Ef. 5:18b-20)

 

“…dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para vosotros Jesús, el Cristo.”

(1 Tes. 5:18)

Amados discípulos de Yeshúa, sigamos el ejemplo de Yehudá. Alabemos y demos gracias al Eterno en todo y por todo. De ese modo mantendremos el entusiasmo activo. Sólo así avanzaremos y llegaremos primero a la conquista de las promesas.

¡Bendito sea el Eterno por siempre sobre sus vidas, familias y economía!

La Shekinah (Presencia) de Dios Coordina tu Marcha de Conquista

Por P.A. David Nesher

“Y sucedió que, en el año segundo, en el mes segundo, el día veinte del mes, la nube se levantó de sobre el tabernáculo del testimonio, y los hijos de Israel partieron, según su orden de marcha, del desierto de Sinaí. Y la nube se detuvo en el desierto de Parán. Así partieron la primera vez por mandato de Yahvéh por medio de Moshé”

(Números / BaMidbar 10: 11-12)

Las doce tribus de Israel marcharon en el orden que Yahvéh había mandado, y que podemos leer en los primeros capítulos del libro de Bamidbar (nombre profano: Números). Esto significa que ellos tomaron la Palabra del Eterno con seriedad, y la siguieron exactamente al pie de la letra a fin de garantizarse un esfuerzo de calidad total que les permitiera la rápida y efectiva conquista de la Tierra Prometida.

Desde la salida de Mitzraim (Egipto), los hijos de Israel poseían un orden estricto a la hora de marchar por el desierto. El éxodo israelita de Egipto no se produjo en confusión tumultuosa, sino en “orden de batalla”, como era propio de “los escuadrones de Yahvéh”. (Éx 13:18; 12:41; 6:26) Es posible que este orden de batalla fuera similar al de un ejército de cinco cuerpos: la vanguardia, el cuerpo principal, la retaguardia y dos alas. Como en aquel tiempo la sociedad israelita aún era patriarcal, se asignaron los lugares en el orden de marcha conforme a tribus y familias. Según las costumbres de la época, los siervos, los criados y otras personas dependientes de la familia se contaban como parte de la casa, de modo que la “vasta compañía mixta” que salió de Egipto probablemente estaba entremezclada con las diversas tribus, clanes y familias israelitas. (Éx 12:38; Nú 11:4; Dt 29:11).

Hemos ya estudiado como en el desierto, el campamento se organizó según las instrucciones divinas hacia el comienzo del segundo año, cuando se erigió el Tabernáculo. Desde ese momento, el centro del campamento, tanto geográfico como en importancia mística, era la Tienda, que simbolizaba la presencia de Yahvéh. Su entrada daba al Este, donde acampaban Moisés, Aarón y los sacerdotes. (Núm. 3:38.) El resto de los levitas (en total 22.000 varones de un mes de edad para arriba) acampaban en los tres lados restantes: los cohatitas, al Sur; los guersonitas, al Oeste, y los meraritas, al Norte (Núm. 3:23, 29, 35, 39).

El traslado de este enorme campamento de un lugar a otro (Moisés menciona 40 de estas acampadas en Números 33) también fue una maravillosa demostración de organización y coordinación. Mientras la nube descansaba sobre el Tabernáculo, el campamento seguía en el mismo lugar, y cuando la nube se alzaba, el campamento partía. “Por orden de Yahvéh acampaban, y por orden de Yahvéh partían.” (Nú 9:15-23) Ayer, estudiamos como las dos trompetas de plata hechas de labor de martillo comunicaban estas órdenes del Eterno al campamento general. (Nú 10:2, 5, 6).

La primera vez que esto ocurrió fue “en el año segundo, en el mes segundo, el día veinte del mes”. Con el arca del pacto a la vanguardia, partió la primera división de tres tribus, encabezada por Judá y seguida de Isacar y Zabulón. A continuación, iban los guersonitas y los meraritas, que llevaban sus porciones asignadas del Tabernáculo. Luego, la división de tres tribus, encabezada por Rubén y seguida de Simeón y Gad. Después de ellos iban los cohatitas con el santuario, y seguidamente la división de tres tribus de Efraín, por delante de Manasés y Benjamín. Por fin, en la retaguardia estaba la división encabezada por Dan, acompañada de Aser y Neftalí. De manera que las dos divisiones más fuertes y numerosas tomaron las posiciones de vanguardia y retaguardia. (Núm. 10:11-28).

“De modo que fueron marchando de la montaña de Yahvéh por camino de tres días […] Y la nube de Yahvéh estaba sobre ellos.” (Núm 10:33, 34) No se especifica la longitud de la columna que formaba el campamento en marcha, ni la velocidad ni distancia que se cubría en un día. Como había niños pequeños y rebaños, es probable que se viajara despacio. Posiblemente durante esta marcha, que tomó tres días, no se configuraba el campamento ni se erigía el tabernáculo solo para pernoctar; no se preparaba más que solo lo necesario para comer y dormir.

Meditando en esto, me acuerdo de una consulta que alguna vez alguien me planteó: «¿Cómo es posible que haya unidad en el Pueblo?» Aquí el Eterno nos da la respuesta. Solamente cuando existe un orden claro, cuando cada tribu conoce y acepta con contentamiento y gratitud su lugar, su tarea, y además reconocen y aceptan a quienes son mas grandes que ellos. Sucede que en la cosmovisión divina Unidad no significa que todos son iguales sino que, por el contrario, existen diferencias que establecen diversidad de niveles corporativos. Así, en lugar de que se encienda la envidia entre unos y otros, cada integrante reconoce su lugar y respeta a su prójimo incluso si él mismo es más grande. Solamente de esta manera puede existir unión en el Pueblo de Israel. Al final, desde la aceptación gozosa del paradigma «Unidad en la Diversidad», todos los que son parte del Pueblo se elevan a las dimensionalidades de lo sobrenatural, y crean eventos milagrosos que transforman el Mundo de Abajo.

La frase “por mandato de Yahvéh por medio de Moshé” literalmente dice: “por boca de Yahvéh mediante la mano de Moshé”, (traducida correctamente del hebreo al pi YHVH be yad Moshé). Los códigos del texto dan a entender que la columna de nube no empezaba a marchar hasta que Moshé decía las siguientes palabras:

“¡Levántate, oh Yahvéh! y sean dispersados tus enemigos, huyan de tu presencia los que te aborrecen.” (Números 10:35b)

Lo mismo pasaba cuando iban a acampar. La columna de nube se quedaba erguida por encima del campamento de Yehudá hasta que Moshé decía las palabras:

“Reposa, oh Yahvéh, en los millares de millares de Israel.” (Números 10:36)

Así vemos como hubo una asociación de unidad entre Yahvéh y Su profeta Moshé. Por esto el texto habla de que partieron por la boca de Yahvéh por la mano de Moshé. Esto significa que todo el pueblo estaba dispuesto a seguir la orden del Eterno, y cuando veían una señal del Cielo indicando que debían acampar o comenzar a caminar, lo hacían sin quejas a pesar de que a veces debieron volver a marchar después de haber acampado por unas pocas horas.

Así pues, debemos aprender que también nosotros tenemos que acampar de acuerdo al mandato divino y Su Torah, incluso cuando nos resulta más cómodo actuar de acuerdo con nuestra propia voluntad, porque siempre tenemos que priorizar la perfecta Voluntad del Abba nuestro, y actuar conforme a ella. Cuando una persona redimida es cuidadosa en dirigir su propia voluntad en dirección de la Voluntad de YHVH, todas las esferas celestiales la ayudan a actuar conforme a ella, garantizándole el éxito a través de su peregrinar en la Tierra.

Con todo lo hasta aquí meditado, aprendemos que no debemos movernos de un lugar hasta que tengamos un mandato del Eterno mediante la indicación de la presencia del Espíritu de Dios en nosotros. A veces la indicación del Espíritu puede ser confirmada por una palabra profética, pero nunca al revés. Sé fiel a la dirección del Espíritu en tu vida. No hagas nada, hasta que Yahvéh no te lo indique por medio de su nube Shekinah. Aprende a ser dirigido por el Espíritu, incluso en los detalles. Solamente así, lograrás que el entusiasmo sea el combustible de tu peregrinación.

La Nube, la Marcha y el Profeta

Por P.A. David Nesher

“Y al mandato de Yahvéh acampaban, y al mandato deYahvéh partían; guardaban la ordenanza de Yahvéh según el mandato de Yahvéh por medio de Moshé.”

(Números / BaMidbar 9:23 )

 

Al meditar ene este texto notamos que el Eterno dirigió a su pueblo Israel por medio de un mandato que fue manifestado en la nube de su Gloria (Shikinah) y por medio del profeta que había levantado, Moshé (Moisés). El trabajo en equipo de Yahvéh y su profeta era admirable. El Eterno daba el mandato con el movimiento de Su nube y entonces Moshé daba a las doce tribus la orden para partir y/o detenerse en un nuevo lugar.

 

Esto nos enseña que en nuestra peregrinación de fe por esta vida, debemos dejarnos guiar por la Instrucción de Yahvéh dada por su Espíritu, y también por sus Profetas para no quedarnos atrás y perder el mover del Señor en este tiempo. Aquel ser humano redimido que piensa que puede servir a Yahvéh de la manera como se hacía hace años atrás, se equivoca.

En los días que estamos viviendo, hay que estar dispuesto a cambiar de lugar y seguir adelante para caminar con Él y no con aquellas estructuras humanas, sometidas a dogmas humanos, que se han cristalizado, por muy utilizadas que fueron en el pasado. Si la denominación, organización o quizás la congregación a la que tú perteneces, hoy no está caminando con Yahvéh y no lo sigue en lo que Él está haciendo en lo referente a la meditación en Su Torah (Instrucción), es mejor que salgas de dicha organización a fin de no quedarte atrás, y perder los nuevos niveles que Yahvéh está otorgando a los que están volviendo a las raíces originales de la fe. Debes procurar que tu preferencia sea siempre estar bajo la cobertura de la nube de protección de Yahvéh que bajo una organización humana que ya no desea ser obediente y sensible a los nuevos giros del Espíritu Santo en este tiempo.

Uno de los mayores peligros  que hay para el ser humano, en este sistema reptiliano, es establecerse y quedarse conforme en un lugar o en un sistema de pensamientos. Mantenerse detenido en la zona de confort es pecado desde el punto de vista de Yahvéh. Por lo tanto, si perdemos nuestra disposición de cambiar, ya no podremos caminar con el Eterno y nos quedaremos atrás. Por la revelación de las Sagradas Escrituras, sabemos que aquel que se quede atrás correrá el riesgo de perder incluso su alma:

“MAS MI JUSTO VIVIRÁ POR LA FE; Y SI RETROCEDE, MI ALMA NO SE COMPLACERÁ EN ÉL. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para la preservación del alma.”

(Hebreos 10:38-39)

Los que tienen fe verdadera (emuná), es decir, los que son fieles y que confían plenamente en aquello que el Eterno revela, son los que sí o sí avanzan, porque Yahvéh está llevando a su pueblo en un movimiento celestial muy especial que está acelerando todo tiempo hasta llevarnos al olam habá, el siglo venidero, en el que enseñaremos a las naciones Su Instrucción (Torah) desde Sión, Su Monte Santo. Pero aquellos creyentes que prefieren ser fiel a los dogmas de los hombres que ya no quieren caminar con Yahvéh, sufrirán mucha pérdida.

 

Por eso, amado lector/a, te solicito que no sigas detrás de los líderes religiosos que no caminan con Yahvéh, ni procuran Su nube como guía. Tú no no tienes ningún deber de seguirlos. Ellos son líderes ajenos la descripción hecha en el libro de Josué:

“Y ellos respondieron a Yehoshúa, diciendo:

Haremos todo lo que nos has mandado, y adondequiera que nos envíes, iremos. Como obedecimos en todo a Moshé, así te obedeceremos a ti, con tal que Yahvéh tu Dios esté contigo como estuvo con Moshé.”

(Josué 1:16-17)

¡Obedece a tu líder mientras el Eterno esté con él! ¡Sigue a tu líder mientras él siga la nube de Gloria (Shekinah) del Eterno!

La Navaja del Eterno y nuestra dedicación cotidiana.

Por P.A. David Nesher

«También Yahvéh hablo a Moisés, diciendo: Toma a los levitas de entre los hijos de Israel, y haz expiación por ellos. Así harás expiación por ellos: Rocía sobre ellos el agua de la expiación, y haz pasar la navaja sobre todo su cuerpo, y lavarán sus vestidos, y serán purificados.»

(Números / BaMidbar 8: 1-5)

En en el rollo de Vayikrá, (llamado profanamente Levítico),  nos encontramos con esta era la dedicación de los Levitas (capítulos 8 y 9). Allí estuvimos estudiando como dicho evento está lleno de códigos para entender la receta divina del entusiasmo. La Torah nos deja en claor que los sacerdotes tenían un servicio más espiritual, orientado específicamente a las esferas celestes y su interacción con lo humano y terrenal. Pero, para que dicha tarea fuera efectiva, sin estorbo alguno, era necesario dedicar a los levitas elevándolos hacía el Señor a fin de servir perfectamente las necesidades terrenales que se presentaran en el Mishkán y su dinámica sacerdotal. Con esta dedicación, nuestras mentes decodifican rápidamente la comprensión de que en la vida, incluso el servicio práctico, necesita un corazón de dedicación y consagración al Señor.

 

“Rocía sobre ellos el agua de la expiación», indicó el Eterno a Moisés. Con esta limpieza ceremonial se estaba representando la limpieza profética del pecado que realizaría el Mesías, en su obra redentora. Era parte del nuevo pacto descrito por el profeta Ezequiel:

«Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados.»

(Ezequiel 36:25)

«Haz pasar la navaja sobre todo su cuerpo». Recordemos que este también era un mandato en la ceremonia para la purificación de un leproso (Levítico 14:9). La navaja representa la Torah que pasa por la carne o el yetser hará (tendencia al mal), y nos prepara parar poder servir al Eterno de manera eficaz.

Teniendo en cuenta esta ceremonia, la enseñanza apostólica fluirá asegurando su significado simbólico al escribir:

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos…”

(Hebreos 4:12)

En su segunda epístola a Timoteo el apóstol Pablo, valorando el código escondido en esta ceremonia de dedicación levítica, escribió:

“Toda Escritura inspirada por Dios es útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra.”

(2 Timoteo 3:16-17)

La idea siempre fue bien clara en toda mente y corazón redimido: es necesario un nuevo inicio en la vida para que el Camino de propósito se manifieste. El ser humano necesita ser hecho como un bebe todo otra vez. Es decir, todo ser humano debe nacer de nuevo si quier ver y entrar en el Reino de Dios (Juan 3: 3-5).

 

Por ello, convendrá a nuestro corazón apreciar el obrar de la gracia divina en nuestra vida desde los inicios de nuestra propia historia de fe. Les pido a cada uno de ustedes, que valore el nuevo nacimiento que experimentaron en el Mesías y se dispongan una vez más a dejar que Su Santo Espíritu trabaje en ustedes contra el yetser hará (la carne y sus obras).

 

La Instrucción (Torah) del Eterno, puede penetrar hasta lo más íntimo de tu vida y encontrar allí las cosas malas que ni tú aún sabías que existían escondidas en tu inconsciente. Esta es la razón por la cual el apóstol Juan dice en su primera carta: «. . . mas si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús, el Cristo su Hijo nos limpia de todo pecado.» (capítulo 1, versículo 7). Figurativamente hablando, necesitas pasar aquella navaja afilada sobre las distintas áreas de tu vida. ¿O es que crees no tener ninguna mancha? Tendrías pues, que asegurarte tener a mano esa navaja, es decir, que debes proponerte utilizar la Instrucción divina, considerándola en su porción (parashá) semanal.  La Torah es Luz, pero también es una navaja cortante.

 

¿Has dejado HOY que la navaja pase sobre toda tu carne?

 

¡MEDITA EN LA TORAH DE DÍA Y DE NOCHE Y PALPARÁS LAS BIENAVENTURANZAS!

 

 

 

Objetivo Divino: Hijos de Caminar Erguido

Por P.A. David Nesher

 

«Yo soy YHVH vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto para que no fuerais esclavos de ellos; rompí las varas de vuestro yugo y os hice andar erguidos.»

(Vayikrá /Levítico 6:13)

Esta bendición final que el Eterno da a Su Pueblo a través de Moshé, habla de libertad y dignidad como obsequios de la Intención que Él siempre tuvo para sus escogidos. En este pasaje se siente la vibración de la obra mesiánica que se completaría en el Pacto Renovado con Yeshúa, el Eterno proclama la libertad de Su pueblo y les invita a caminar en Él como Camino para transformar a las demás naciones con Sus bendiciones celestiales. Solamente los hijos primogénitos partícipes de su asamblea gozosa en el Monte Santo pueden entender completamente este obrar divino en las dimensiones interiores.

 

Entendemos, por lo que hemos visto hasta ahora, especialmente en los rollos de Shemot y Vayikrá, que Yahvéh, nuestro Dios, sacó a los hijos de Israel de la esclavitud de Mitzraim (Egipto) para darles un nuevo estatus. En lugar de andar con la cabeza inclinada bajo el yugo de esclavitud los liberó para poder andar con la cabeza en alto, tal y como lo hacen los reyes y sacerdotes. Ellos pasaron del autodesprecio a la autoestima.

En ambos libros descubrimos que la condición social de esclavitud no es lo más grave que puede sucederle a un ser humano sino la mentalidad de esclavo. La Torah nos enseña que es lo que piensa de sí mismo lo que determina una vida regia o de sometimiento a las circunstancias. Una persona con baja autoestima siempre será esclava de los demás por muy libre que físicamente sea. El trato del Eterno con los hijos de Israel les ayudó a ser liberados de su mentalidad de esclavos para pensar de sí mismos de otra manera. Ellos debían verse como descendientes de Abraham. Escogidos para regir mesiánicamente las naciones.

 

En el desierto, nuestros ancestros fueron entrenados por el Espíritu de Yahvéh en el paradigma de que lo que pensamos de nosotros mismos define nuestra conducta y nuestra relación con el prójimo. El que puede andar erguido es porque tiene una identidad segura. La falta de identidad o la identidad falsa, generada por el sistema reptiliano (Mitzraim) es una de las causas mayores de conductas irregulares e ilegales. Lo que uno piensa de sí mismo, así es, tal como el sabio lo expresa: “como piensa dentro de sí, así es” (Proverbios 23:7ª).

 

Debemos entender que lo que fortaleció la identidad y la autoestima del pueblo fue en primer lugar la revelación impresionante del poder de su Dios en Pesaj. Al ver su mano poderosa al hacer los milagros en Egipto, en el cruce del Mar de Cañas y en el desierto hasta llegar al Sinaí (Shavuot) fueron sumamente animados. Podían decir: ¡Mirad qué Dios tenemos! ¡No hay nadie como nuestro Dios!

 

También la entrega de la Torah y la entrada en el pacto matrimonial de Sinaí fortaleció la identidad de Israel como pueblo del Todopoderoso. Desde ese instante se sabían conocidos en todas las dimensiones celestiales como el pueblo del Pacto, escogido para ser la cabeza de los demás pueblos. El pueblo del Pacto o de la Alianza es una nación sacerdotal que tiene el primer acceso a la revelación divina y la responsabilidad de transmitirla a todas las naciones. ¡Qué tarea y qué responsabilidad! Esto produjo una identidad importante dentro del pueblo. La autoestima fue sumamente fortalecida en el desierto para que pudieran andar erguidos.

 

Ahora bien, el entrenamiento de la Instrucción (Torah) dejaba bien claro que si el pueblo del Pacto se cierra en exclusividad y levanta un muro con desprecio y rechazo contra las demás naciones, no va a cumplir su papel de revelar al único Mediador entre el Eterno y las naciones (los seres humanos). Todo lo contrario, va a causar odio, envidias y rechazo por parte de los pueblos paganos.

 

Pero si el pueblo escogido entiende su rol de canal de bendición para que todas las familias de la tierra puedan ser bendecidas, entonces las naciones podrán llegar a ser lo que el Eterno los ha creado para ser.

 

La clave para que esto ocurra es que cada hijo primogénito del Eterno tenga una revelación de lo que es en el cielo en el Mesías. Ser sacerdote en el cielo, ser conciudadano en la Yerushalayim celestial y ser miembro de la familia de Dios es más que pertenecer a un pueblo escogido en la Tierra. El que logra ver la identidad que tiene en el cielo gracias al Mesías Yeshúa será totalmente libre de todo sentimiento de rechazo. El que entiende que ser hijo de Yahvéh es más que cualquier cosa en este mundo, puede andar con la cabeza en alto, sin envidia y sin rechazo sabiéndose parte del Proyecto Mesiánico del Eterno para la redención del mundo.

Shemitá y Yovel: Los Sellos Celestiales de Liberación

Por P.A. David Nesher

«Y le dijo el eterno a Moisés en el Monte Sinaí, Dile a los hijos de Israel: cuando lleguéis a la tierra que os di, la tierra descansara por el Eterno. Seis Años la Sembraras y seis años podaras sus viñas y recogerás su fruto, pero en el séptimo año será el Sábado del Eterno…» 
… Y contaras siete sábados de años, o sea siete veces siete años, cuarenta y nueve en total y el día diez del séptimo año, el mes quincuagésimo, día de expiación, harás resonar el Shofar en toda vuestra tierra. Santificareis el año cincuenta y proclamareis en toda la tierra la libertad de todos sus habitantes. Sera año de jubileo para vosotros, devolveréis a cada hombre lo que le pertenece y devolveréis cada hombre a su familia. Ese año no sembrareis, ni cosechareis lo que haya crecido espontáneamente, ni vendimiareis  las viñas silvestres. Por ser jubileo, ese año será sagrado para vosotros.  
…Y os preguntareis qué comeréis en el séptimo año en vista que no debéis sembrar, ni cosechar nada en el, os impartiré mi bendición en el sexto año para que la tierra rinda con hartura para tres años. Sembrareis en el octavo año y seguiréis comiendo los frutos añejos hasta el noveno año, es decir hasta que venga el producto del octavo»  

(Vayikrá/Levítico 25: 1-5; 8 – 12;  20 – 22)

 

En esta bitácora quiero invitarlos a que nos sumerjamos en la investigación de los códigos de la Torah que afirman el dominio absoluto del Eterno sobre la Tierra y todo lo que en ella hay (Salmo 24: 1).

 

La Torah ordena, por medio de esta mitzvá (mandamiento) el cese de la agricultura en la Tierra de Israel cada siete años. Este «Shabat» de la tierra se denomina Shemitá. Así como hay semanas de días, así también, en la cosmovisión de Yahvéh, existen semanas de años. Y como el séptimo día de la semana es un día de cese, así también Yahvéh ha establecido que cada séptimo año sea de cese y descanso para la tierra de Israel. Este mandamiento sólo se aplica en la tierra de Israel, no fuera de ella.

Estos mitzvot (mandamientos) revelaban los secretos de los Ciclos del Eterno como métodos poderosos para dominar el factor espacio-tiempo. El año del Señor está dividido en cincuenta y dos semanas, cada una perfectamente marcadas por el Shabat (séptimo día), y de acuerdo a la revelación que Él ha dado, cada semana trae consigo un tipo de energía la cual esta descrita dentro de la Torah, porción a porción. Esto nos revela la magnitud de la inteligencia y la sabiduría que esta detrás de este texto de Vayikrá y también nos deja claro que en este mundo la providencia divina esta constantemente dándonos oportunidades, eso es lo que se llama la espiral del tiempo profético. Es decir que cada vez que pasamos por un punto dentro de la espiral del tiempo la Torah nos dice como poder conectarnos con él para recibir lo que esta disponible en el Mesías. Solamente debemos aprender a recibir todos estos paquetes divinos.

Teniendo esta cosmovisión profética en mente, vemos que esta disciplina administrativa era una práctica entrenaba a los israelitas en la perfecta mayordomía de los recursos naturales y los mantenía conscientes que Yahvéh tiene el control total de la tierra y que por lo tanto Él es el verdadero proveedor de las necesidades de sus hijos.

 

La mitzvá de la Shemitá le ordena al Pueblo hebreo que deje de trabajar sus campos cada séptimo año, con la promesa de que, milagrosamente, Yahvéh les proporcionará todas sus necesidades. Así, como Shabat, Shemitá es un medio para reconectar todo a su fuente. Esta mitzvá implantaba la conciencia de que mientras un hebreo se aleja cada vez más del punto inicial de la creación, necesita de Shemitá para que ser regresado a él. Justamente cuando la creación parece un recuerdo borroso, la tentación es sentir que nuestra humanidad maneja el mundo y que nuestra inteligencia nos ha traído la recompensa de lo que ella ha logrado. Con Shemitá, nuestro Abba trae un Shabat a la tierra y cambia todo, ya que obliga al alma humana a ser consciente de que todo es del Eterno, por Él y para Él.

 

Toda la enseñanza de la Shemitá es que la naturaleza es una ilusión. El Eterno dirige el mundo y así como Él hace que no haya pérdida por no trabajar en Shabat, así también él asegura que nada va a ser perdido por cesar de trabajar la tierra todo un año. Esto es para enseñarnos a no convertirnos en esclavos de la «naturaleza», porque este mundo no es más que un corredor al verdadero mundo de la espiritualidad. Pero el ser humano no puede desasociarse a sí mismo del marco del mundo en el cual existe; la Torah claramente le ordena sembrar y cosechar por seis años, así como tiene que trabajar seis días por semana. Pero a través de contar los días de trabajo en relación al Shabat y los seis años de cultivo en relación al año de Shemitá, podemos conectar lo mundano y la rutina con lo sagrado y lo especial.

 

Sin embargo, el milagro de la Shemitá variaba de acuerdo con su nivel de emuná y bitajón (firme confianza y seguridad en Yahvéh). Tal es así, que estaba la promesa que cuando el pueblo hebreo tenía un nivel alto de emuná y bitajón, la cantidad de alimentos que se cosechaban en el sexto año no variaba de un año a otro; no obstante, alcanzaba para proveer nutrición durante tres años, en vez de uno (vv. 20 -22). El Eterno quiso que el pueblo de Israel no se comportara como lo hacía el resto de los agricultores de las naciones. Por eso les ordenó que trabajen la tierra durante seis años y en el sexto año incrementó la cosecha para que alcance para los siguientes tres años y de esta forma los ojos de los hebreos estarían dirigidos hacia Yahvéh, así como lo hicieron en el desierto cuando recibían el Maná diariamente. De la misma manera, la esencia del año sabático consistía que ellos no trabajen la tierra, no siembren y no cosechen, y sólo confíen en el milagro que Yahvéh les hará, haciendo que la cosecha del sexto año les alcance para tres años consecutivos.

Este cese para la agricultura en el año sabático no significa que no se puede trabajar la tierra sin el propósito de sembrar o plantar, por ejemplo para construir casas. La prohibición solamente tiene que ver con todo trabajo de agricultura y jardinería. Sólo está permitido regar las plantas para que no se mueran.

 

Con esta llave administrativa los israelitas comprendieron que hay una santidad especial en esta tierra y vivir en la Tierra Santa que Yahvéh les entregó era un gran mérito, y obviamente esto demandaba de ellos una serie de obligaciones. En el libro de Vayikrá, por ejemplo, vemos que del comportamiento de los hebreos depende la lluvia y el fruto de esta tierra:

«Si con mis leyes se encaminarán y Mis ordenanzas observarán y las cumplirán, Yo daré vuestras lluvias en su tiempo, y la tierra dará su producción y los árboles del campo darán su fruto»

(Vayikrá/Levítico – 26:3-4).

Además, Shemitá enseñaba que la paz en la tierra también depende del  comportamiento de los redimidos, como continúa diciendo la Torah en el siguiente capítulo:

«Y daré paz en la tierra, y se irán a dormir y no habrá quien os asuste, y erradicaré a las fieras salvajes de la tierra y la espada no pasará por vuestra tierra»

(Levítico/Vayikrá 26:6).

Más adelante, el Espíritu de Yahvé dice:

«Y comeréis de la vieja cosecha, y la vieja cosecha despejarán para dejarle lugar a la nueva»

(Levítico/ Vayikrá 26:10)

El gran exegeta judío Rashí explica este texto de la siguiente manera:

«Y comeréis de la vieja cosecha« explica Rashi: «los frutos se mantendrán y serán tan buenos para conservar, que la producción de tres años atrás será mejor para comer que la del año anterior«, y sobre «Y la vieja cosecha despejarán para dejarle lugar a la nueva» comenta: «pues los lugares de silos estarán llenos de la nueva cosecha y los lugares de almacenamiento estarán llenos de la vieja cosecha, y ustedes tendrán que despejarlos para poner allí la nueva cosecha«.

Para completar ese proceso, si los hebreos cumplían con sus obligaciones, la Torah concluye:

«Y pondré mi residencia entre ustedes y mi Ser no los despreciará a ustedes. Y me conduciré entre ustedes y seré vuestro Dios y ustedes serán mi pueblo»

(Levítico/Vaikrá 26:11-12)

 

Por eso, Israel entendía que todos los vegetales y los frutos que crecen en el año de shemitá son santos. Por eso hay que tratarlos de una manera digna. Durante ese año todos los productos que crecen en la tierra se quedan sin dueño, de modo que todos podrán comer de ellos libremente y llevar a su casa todo lo que necesiten para un día de comida. De acuerdo con la ley judía, los frutos que crecen durante este año especial en la tierra de Israel son de dominio público y nadie, pobre o rico, puede comerlos.

Sintetizando podemos decir que hay un triple propósito con el año sabático:

 

Hay tiene un triple propósito con el año sabático:

  1. Recordar a los hijos de Israel que la tierra no pertenece a ellos sino a Yahvéh, (cf. v. 23; Salmo 24:1).
  2. Obligar al agricultor a ejercer su fe confiando solamente en la providencia divina para su sustento.
  3. Dar tiempo al campesino a dedicarse al estudio de la Torah de una manera especial, y disfrutar del confort que es la compañía de su familia.

 

Año Yobel (Jubileo)
“Contarás también siete shabats de años para ti, siete veces siete años, para que tengas el tiempo de siete shabats de años, cuarenta y nueve años.”

(Levítico/Vayikrá 25:8)

Después del séptimo año de Shemitá, en el año número cincuenta, se anuncia que es año de Jubileo (Yovel), con el sonido del shofar en Yom Kipur. Y este año también es un año en el que la tierra permanece inactiva. El Eterno promete darles a los hebreos una cosecha abundante antes de los años de Shemitá y Yovel, para proveerle sustento al Pueblo comprado por la Sangre de Su Cordero.

Las mismas leyes que aplican sobre el año shemitá, también aplican sobre el año Yovel. En el año de Yovel, toda la tierra retorna a la división original que poseía en tiempos de Yehoshúa (Josué), y se liberan todos los sirvientes israelitas contratados, aunque no hayan completado seis años de servicio. Al sirviente hebreo contratado no se le puede encargar ninguna labor degradante, innecesaria o extremadamente difícil, y no se lo puede vender en el mercado. El precio de su labor debe calcularse de acuerdo con la cantidad de tiempo que reste hasta que quede libre automáticamente.

El precio de la tierra se calcula de un modo parecido. En caso de que alguien venda su tierra ancestral, tiene derecho a redimirla después de dos años. Si se vende una casa en una ciudad amurallada, el derecho de redención se extiende únicamente al primer año luego de la venta. Las ciudades de los levitas les pertenecen en forma permanente.

Se le prohíbe al pueblo hebreo aprovecharse los unos de los otros prestando o pidiendo prestado dinero a interés. Los miembros de la familia deben redimir a cualquier familiar que haya sido vendido como sirviente contratado, a causa de haber empobrecido.

Haciendo una síntesis podemos ver que la Torah nos enseña que hay siete cosas que deben suceder en el Año de Jubileo:

  1. Habrá libertad para todos los habitantes de la tierra, v. 10.
  2. Será un año de jubileo, con toques del shofar, v. 10.
  3. Cada uno volverá a la posesión original de la tierra, según el reparto que se hizo en el tiempo de Yehoshúa, v. 10.
  4. Cada uno volverá a su familia, v. 10. Se refiere al siervo hebreo que tiene la oreja perforada o uno cuyos seis años de servicio no hayan terminado desde que fue vendido como siervo. Así que la expresión “para siempre” en Éxodo 21:6 está limitada con el año de jubileo. El año de jubileo es por tanto también una señal del siglo venidero.
  5. No se puede sembrar, v. 11. 
  6. No se puede cosechar, v. 11.
  7. El año será santo, v. 12.

 

La Importancia de estos Tiempos en la Visión de Yahvéh.

 

Considerando todos estos lineamientos se nos revela la importancia que el Eterno da a este descanso de la tierra de Israel cada séptimo año. Si se quebranta este mandamiento hay graves consecuencias al igual que cuando se quebranta el mandamiento de descansar en el shabat semanal y en yom kipur, como está escrito:

“Y a los que habían escapado de la espada los llevó a Babilonia; y fueron siervos de él y de sus hijos hasta el dominio del reino de Persia, para que se cumpliera la palabra de Yahvéh por boca de Yirmeyahu, hasta que la tierra hubiera gozado de sus shabats. Todos los días de su desolación reposó hasta que se cumplieron los setenta años.” (2 Crónicas 36:20-21). Lastimosamente, las leyes no fueron observadas.

Veamos cómo fue este suceso negativo en la historia del Pueblo de Dios:
Israel celebró el primer año sabático, llamado Shemitá el año 21 después del inicio de la conquista y la distribución de la tierra bajo el general Yehoshúa (Josué). La conquista y la distribución de la tierra duró 14 (catorce) años. El año 15 (quince) fue el primer año del ciclo septo-anual y el año 21 (veintiuno) fue el séptimo. Según un cómputo, hubo 836 años desde el año 15 después de la entrada en la tierra hasta la deportación a Babilonia. Entre estos, los años sabáticos y de jubileo sólo fueron observados 400 años y durante los 436 años restantes no fueron respetados. Esto significa que durante 436 años hay 62 años sabáticos y 8 años de jubileo no guardados, los cuales suman 70 en total (62 + 8 = 70). De aquí entendemos que el cautiverio babilónico vino cuando el pueblo de Israel había dejado de guardar 70 años sabáticos, como está escrito:

“Durante todos los días de su desolación la tierra guardará el descanso que no guardó en vuestros shabats mientras habitabais en ella.”

(Levítico 26:35)

El cautiverio babilónico duró 70 años, como está escrito en el libro del profeta Jeremías:

“Pues así dice Yahvéh: «Cuando se le hayan cumplido a Babilonia setenta años, yo os visitaré y cumpliré mi buena palabra de haceros volver a este lugar.”

(Jeremías 29:10)

 

 

Para El Eterno estos años eran de suma importancia, pues en primer lugar, le permitían a los hebreos glorificar Su Nombre en Israel. De ese modo permitían que Él soltara provisión en abundancia, al ver que la nación cumplía con sus obligaciones de pacto y nación sacerdotal.
Los años de Shemitá y de Yovel aluden a la era mesiánica de igual manera que el Shabbat Semanal. El Shabbat semanal, con su reposo, dedicación al estudio de la Torah, alabanza a Yahvéh y sentido de paz es una sombra del milenio, la era mesiánica, el reino de los cielos. De igual manera, el año de Shemita presagia al reino mesiánico: Tal como en el año de Shemita, la tierra misma daba a comer a todos, en la era mesiánica, gran prosperidad de la tierra habrá para saciar el hambre de todos, tal como se dice:

“En aquel día, dice El Señor de los ejércitos, cada uno de vosotros convidará a su compañero, debajo de su vid y debajo de su higuera.”

(Zacarías 3:10)

 

El planeta Tierra volverá al estado óptimo y no se necesitarán grandes trabajos para hacerla producir; en un sentido “lo que nazca de sí”, nos alimentará a todos ¡Qué gran bendición ha preparado el Eterno en su Reino! ¡Cuán agradecidos y esperanzados debemos estar para alcanzar los días del Mesías y la renovación de la tierra!

 

Cuando un hijo primogénito del Monte Santo del Señor interioriza el sentido profundo de Shemitá y Yobel obtiene las herramientas para escapar de la monotonía de estímulos materialistas que sobrecargan nuestro día a día, en cada año de vida que peregrinamos. Una vez que contemplamos el significado de abandonar el dominio sobre la producción propia, entendemos que pidiendo a nuestro Creador por sustento, el significado de la sobrecarga sensorial que atestan nuestro día desaparece. Shemitá y Yobel y el mensaje de los patrones del Ciclo Séptuple (de siete) que penetran toda la mentalidad hebrea, nos proporcionan una oportunidad única de volver a la Fuente y desintoxicarnos del veneno reptiliano del sistema actual de cosas .

Moloc y nuestros Niños

Por P.A. David Nesher

«Yo pondré mi rostro contra ese hombre y lo cortaré de entre su pueblo, porque ha dado de sus hijos a Moloc, contaminando así mi santuario y profanando mi santo nombre. Pero si el pueblo de la tierra cierra sus ojos con respecto a ese hombre, cuando él ofrezca alguno de sus hijos a Moloc, para no darle muerte, entonces yo mismo pondré mi rostro contra ese hombre y contra su familia; y lo cortaré de entre su pueblo, a él y a todos los que con él se prostituyan, fornicando en pos de Moloc.» 

(Levítico/Vayikrá 20: 3-5)

Hoy he posteado en mi cuenta Twitter el siguiente paradigma:

«Los niños no necesitan entender los misterios del Universo para creer en Dios, no les hace falta».

Esto surgió en mi mente ante el hecho de estar en estos días sumergidos en la tarea decodificadora de la Instrucción divina revelada en las líneas del libro de Vayikrá (Levítico).Así, he descubierto que el llamamiento divino vibrante en las líneas de este rollo tiene que ver con el anhelo del Eterno de tener hijos con la actitud de niños. Pero ¡cuidado! no estoy hablando que debemos ser personas inmaduras, con hipersensibilidad infantil, como la mayoría de los occidentales de nuestros días. No, el libro es bien claro en la necesidad de que el alma humana que se acerca al Altísimo lo haga confiando con la sencillez y la pureza de un niño. Es decir que dejemos que el Eterno sea quien nos guíe, tal y como un niño se deja conducir por la instrucción de sus padres. En esos momentos, no había tantas preguntas racionales que pretendieran respuestas del lugar dónde se pretendía llegar. Simplemente con dicha sencillez y llenos de pureza, extendíamos nuestras manos, para que las de nuestra paternidad nos la tomaran fuerte y nos condujeran a un lugar mejor.

Si leemos con cuidado los versículos citados, notaremos que la gran mayoría de los mandamientos de la Torah persiguen el objetivo divino de desarraigar la idolatría del pueblo santo, y de ese modo sacarlos de la esclavitud reptiliana que provoca el materialismo práctico que gobierna al resto de las naciones. Claro, sé que para muchos de ustedes, que se han criado con un concepto monoteísta, es difícil imaginarse cómo era la influencia y la ideología del politeísmo en esos tiempos y esas culturas y los alcances malévolos con los que afectaban a las generaciones. De todos modos, si nos atrevemos a realizar una análisis profundo, discerniremos que los paradigmas diabólicos de la cultura idolátrica aún vibran en nuestros días por medio de la Gran Babilonia que se sienta sobre la gran masa de gente.

En este pasaje, la Instrucción divina deja en claro que quien entrega su hijo a un dios pagano profana el Nombre de YHVH. El Eterno quiere que nuestra descendencia sea para él (cf. Malaquías 2:15). Ese es el propósito suyo con el matrimonio. Al dar uno de los hijos a un demonio escondido detrás de un ídolo, se está yendo en contra total del propósito de la creación del hombre y así se profana el Nombre Santo.

El sacrificio de niños para apaciguar la ira los dioses era una práctica común e todas las religiones antiguas. Para los amonitas, pueblo habitante de Canaán, dar un hijo a Moloc implicaba quemarlo vivo en honor a ese dios falso. Este era considerado el sacrificio más valioso que se podía ofrecer para mantener alejado el mal de sus cosechas y ganados.

La adoración del terrible ídolo Moloc fue mencionado en Levítico 18:21. Moloc era adorado por medio de calentar una estatua de metal el cual representaba al dios, hasta que se ponía al rojo vivo, luego se colocaba un niño vivo en las manos extendidas de la estatua, mientras se tocaban tambores los cuales ahogaban los gritos del niño hasta que moría quemado. Dar un hijo a Moloc implicaba quemarlo vivo en honor a ese dios falso, y desde ese rito sentir seguridad en el destino material.

La pena por adorar a Moloc era la muerte y si la sentencia no era llevada a cabo por Israel, Yahvéh declaró que pondría su rostro contra aquel varón y contra su familia. Él mismo lo enjuiciaría si el sistema legal de Israel fracasaba en hacerlo.

El Eterno tenía que tomar medidas disciplinarias de pena de muerte para cortar por lo sano toda esa oscuridad. Una persona influenciada por los espíritus engañadores que producen la idolatría está emocionalmente ligada a esas costumbres malignas y lo único que puede liberarla es que las palabras de la Torah entren en su corazón con el fuego del Espíritu del Eterno.

El Eterno reveló a Su Pueblo que este tipo de práctica era detestable. Por ello, Yahvéh tenía que tomar medidas disciplinarias de pena de muerte para cortar por lo sano toda esa oscuridad. Una persona influenciada por los espíritus engañadores que producen la idolatría está emocionalmente ligada a esas costumbres malignas y lo único que puede liberarla es que las palabras de la Torah entren en su corazón con el fuego del Espíritu del Eterno.

Con estos mandamientos, Israel comprendía tres aspectos fundamentales del Eterno.

  • 1º_ Yahvéh, a diferencia de los dioses paganos, es esencialmente Amor y no necesita ser aplacado (Éxodo 34:6);
  • 2º_  Yahvéh es el Dios de la Vida, por lo que prohíbe el asesinato, y promueve toda práctica saludable que fortalezca y promocione la felicidad de estar vivo (Deuteronomio 30:15-16); y por sobre todo,
  • 3º_ Yahvéh es el Dios de los débiles y muestra especial interés por los niños (Salmo 72:4).

Ahora bien, considerando las características de la cosmovisión pagana, los invito a realizarse estas preguntas:

  • ¿Estamos nosotros practicando o dando nuestra aprobación a los que practican la idolatría de alguna u otra forma?
  • Aunque la idolatría no sea tan salvaje como estamos viendo en este versículo ¿puede haber comportamientos semejantes en la cultura que nos rodea y nos ha formado desde pequeños?
  • ¿Estamos siguiendo ideas de idolatría formadas por el paganismo?
  • ¿Odiamos las prácticas paganas o las aceptamos?
  • ¿Puede el aborto ser semejante a la entrega de un hijo a Moloc?
  • ¿Puede la entrega de los hijos en manos de educadores en guarderías y escuelas que no comparten nuestros valores ser semejante a sacrificar un hijo a un ídolo?
  • Sacrificar un hijo en el fuego de pequeño o darle una educación que no le instruye en la Torah y en el Mesías para que finalmente corra el riesgo de ser quemado en el lago de fuego ¿qué diferencia hay?
  • Si permitimos que nuestros hijos sean influenciados por juegos, juguetes y libros místicos, música con inspiración satánica, juegos virtuales llenos de espíritus malignos y películas llenas de violencia, sexo y magia ¿no estamos arriesgando que sus almas se pierdan para siempre?

Al respondernos sinceramente, y desde la verdad, cada una de estas preguntas, descubrimos que este Moloc sigue siendo hoy tan real como en aquel entonces, ya que representa la perversión por la que erigimos en ídolo lo que no es más que una abominación ante Yahvéh: nuestro amor a las riquezas y obsesión por el placer por placer mismo. Ese Moloc sigue presente hasta el día de hoy y millones lo tienen por dios. Es el materialismo, esa miope noción de que no hay más realidad que lo que puedo ver y tocar.  Lo que puedo tener y acumular. Ese Moloc es el hedonismo, que no permite contrincantes ni competidores en su hegemonía sobre la posesión de nuestras facultades. Ese Moloc es el ego, que se encumbra por encima de todo y de todos, supeditando cualquier norma a su voluntad, y acepta como válida y «absoluta» cualquier opinión relativa surgida en la mente de cada individuo que camina por nuestro planeta.

Meditando sinceramente en la verdad de esta lección, clamemos juntos para que el Eterno nos dé mucha sabiduría y firmeza para que ninguno de nuestros hijos se pierdan. Esforcémonos diariamente en nuestra fe para que podamos presentarnos en el día del juicio diciendo:

 

“He aquí, yo y los hijos que el SEÑOR me ha dado ”

(Isa 8:18)

y

“Cuando estaba con ellos, los guardaba en tu nombre, el nombre que me diste; y los guardé y ninguno se perdió”

(Juan 17:12)

Apreciado lector, estimada lectora, si hoy tu hijo está en mal camino, ayuna, ora y haz lo que está escrito por mano del profeta Jeremías:

“Levántate, da voces en la noche al comenzar las vigilias; derrama como agua tu corazón ante la presencia del Señor; alza hacia El tus manos por la vida de tus pequeños”

(Lamentaciones 2:19)

¡Que no se pierda ninguno de nuestros hijos! ¡Recuerda que eres el secreto mesiánico para salvaguardar generaciones!

 

Shavuá Tov!

 

La Sexualidad Tiene Instrucción (Torah) Divina

P.A. David Nesher

«Habló Yahvéh a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel, y diles: Yo soy Yahvéh vuestro Dios. No haréis como hacen en la tierra de Egipto, en la cual morasteis; ni haréis como hacen en la tierra de Canaán, a la cual yo os conduzco, ni andaréis en sus estatutos. Mis ordenanzas pondréis por obra, y mis estatutos guardaréis, andando en ellos. Yo Yahvéh vuestro Dios. Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis ordenanzas, los cuales haciendo el hombre, vivirá en ellos. Yo Yahvéh».

(Vayikrá/Levítico 18: 1- 5)

Antes de que el Eterno diera un simple mandamiento en esta área, primero Él establece un fundamento para todo el asunto. Cuando leemos que dice: “ Yo soy Yahvéh vuestro Dios ”, Él está declarando un principio: “Me pertenecen, no harán como el mundo hace”.

Un conocido historiador cuenta: “Los persas, por ejemplo, animaban uniones maritales con madres, hijas y hermanas, en base de que dichas relaciones tenían un mérito especial delante de los ojos de los dioses.” (Harrison)

Tristemente, los denominados cristianos evangélicos de hoy en día a menudo toman el estándar de su conducta sexual de parte del sistema reptiliano que lo rodea, y no del Señor y Su Instrucción (Torah). Claramente los cristianos, si en verdad siguieran el yugo de Yeshúa, debieran de ser diferente del mundo en su moralidad sexual, y deberían de seguir el estándar yahveísta para la práctica de la sexualidad. En las comunidades primitivas, un argumento para la veracidad del Camino ofrecida por los discípulos era: “Puedes saber que es verdad al ver a nuestras vidas encarnándolo.” En cambio, hoy, el mundo cristiano dice: “Por favor, no me mires a mí, mira a Jesús. No sigas a hombre, sigue a Cristo”.

 

En la cosmovisión revelada en Vayikrá (Levítico) las relaciones sexuales sólo están permitidas entre un varón y una mujer que han entrado en un pacto o alianza de amor, llamado matrimonio. La misma debe estar registrada ante las autoridades competentes, y puede llevarse a la práctica durante los días cuando la mujer no está impura por su periodo mensual. En estos lineamientos celestiales el pacto matrimonial no está permitido entre familiares cercanos.

Leemos:

«Ningún varón se llegue a parienta próxima alguna, para descubrir su desnudez. Yo Yahvéh. La desnudez de tu padre, o la desnudez de tu madre, no descubrirás; tu madre es, no descubrirás su desnudez. La desnudez de la mujer de tu padre no descubrirás; es la desnudez de tu padre. La desnudez de tu hermana, hija de tu padre o hija de tu madre, nacida en casa o nacida fuera, su desnudez no descubrirás«

(Vayikrá/Levítico 18: 6- 9)

“Descubrir su desnudez” es la frase (utilizada 17 veces en este capítulo) que en hebreo es un eufemismo* para las relaciones sexuales. Tiene menos que ver con desnudez (especialmente desnudez casual). Por el contrario, se la usa aplicad sí o sí al sexo indebido. El término de descubrir su desnudez es lo suficiente amplio para incluir la idea de actividades inapropiadas que sean menores al acto sexual. Es decir que también está incluyendo el molestar o acosar sexualmente, hasta el manoseo inapropiado.

En estos versículos, el sexo entre padres e hijos, padres e hijastros, y entre hermanos (de nacimiento o matrimonio) queda totalmente condenado ante el Trono del Eterno.

De manera significativa, el sexo entre las personas con dichas relaciones está condenado aún si son adultos . Estos no son simplemente mandatos en contra de relaciones entre niños y adultos. Por ejemplo, es pecado el que un hombre tenga sexo con su madrastra, aún si son ambos adultos; o está mal el que un hombre tenga sexo con su hermana adoptiva, aún si son adultos y lo consienten. De igual modo, es pecado que un yerno o una nuera se acueste con su suegra (suegro) aunque haya consentimiento de ambas partes.

En esas instancias, en nuestros días, la ciencia ha demostrado que donde los padres son hermanos, o donde la relación es entre padre e hijo, los descendientes resultantes tienen un 30% de mayor riesgo de algún retardo o algún otro defecto serio.

Por medio de estos mandamientos, el Eterno dejaba en claro que la sexualidad está enmarcada en propósito solamente cuando ocurre en el marco del matrimonio. Entonces, la Torah revela que el matrimonio, como una institución social, es tenido a través de las Sagradas Escrituras como la piedra angular de todas las demás estructuras de una sociedad perfecta, y, por tanto, su pureza e integridad deben ser protegidas en todo momento.

La expresión “ la desnudez de la mujer de tu padre no descubrirás; es la desnudez de tu padre ” deja bien establecido que la desnudez de un marido o mujer le pertenece a su cónyuge, y a nadie más. El cónyuge legal es aquel a quien el Eterno permite que pueda estar desnudo y sin vergüenza, en el sentido de que se restaure algo de lo que la maldición se llevó allá en (Génesis 2:25).

Por último, aplicando estos conceptos yahveístas a nuestros días, nos damos cuenta que la pornografía está prohibida para todos.
Esto concuerda con la enseñanza del Mesías que dice:

“Habéis oído que se dijo: «NO COMETERAS ADULTERIO.» Pero yo os digo que todo el que mire a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón. Y si tu ojo derecho te es ocasión de pecar, arráncalo y échalo de ti; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecar, córtala y échala de ti; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo vaya al infierno.”

(Mateo 5:27-30)

Cuando nuestro Maestro dice “ habéis oído que se dijo ” no está citando la Torah en sí, sino la interpretación que los maestros del halajá (conjunto de dogmas y de creencias judías) habían hecho, para justificar algunos casos que a ellos y sus discípulos les convenían. Luego, de decir esto, da su propia interpretación de lo que la Torah enseña, según había recibido de su Padre.

El que ignora o rechaza el contexto judío de aquel puede interpretar las palabras de Yeshúa como diciendo que vino para cambiar la Torah. Pero sabemos que esto no puede ser porque en el mismo capítulo dijo que no vino a cambiar nada (Mat. 5:17-19). Lo que vino a hacer era explicar lo que la Torah enseña, lo que había en el corazón del Eterno cuando dictó las palabras a Moshé, en el Monte Sinaí.

El contexto de esta lección de hoy concuerda bien con las palabras del Maestro, que no sólo está prohibido acostarse con una mujer que no es tu esposa, sino también mirarla con deseo egoísta y obsesivo .

Anhelo e intercedo para que el Eterno nos ayude a mantener nuestros ojos y nuestros cuerpos limpios de impureza moral para poder ser presentados sin mancha ante el Mesías cuando venga.

Adorar tal y como el Eterno lo dice.

Por P.A. David Nesher

«Habló Yahvéh a Moisés, diciendo:
Habla a Aarón y a sus hijos, y a todos los hijos de Israel, y diles:
Esto es lo que ha mandado Yahvéh:
Cualquier varón de la casa de Israel que degollare buey o cordero o cabra, en el campamento o fuera de él, y no lo trajere a la puerta del tabernáculo de reunión para ofrecer ofrenda a Yahvéh delante del tabernáculo de Yahvéh, será culpado de sangre el tal varón; sangre derramó; será cortado el tal varón de entre su pueblo, a fin de que traigan los hijos de Israel sus sacrificios, los que sacrifican en medio del campo, para que los traigan a Yahvéh a la puerta del tabernáculo de reunión al sacerdote, y sacrifiquen ellos sacrificios de paz a Yahvéh. Y el sacerdote esparcirá la sangre sobre el altar de Yahvéh a la puerta del tabernáculo de reunión, y quemará la grosura en olor grato a Yahvéh. Y nunca más sacrificarán sus sacrificios a los demonios, tras de los cuales han fornicado; tendrán esto por estatuto perpetuo por sus edades.
Les dirás también:
Cualquier varón de la casa de Israel, o de los extranjeros que moran entre vosotros, que ofreciere holocausto o sacrificio, y no lo trajere a la puerta del tabernáculo de reunión para hacerlo a Yahvéh, el tal varón será igualmente cortado de su pueblo.»

(Vayikrá/ Levítico 17: 1-9)

En el mundo pagano de aquel tiempo, era costumbre el ofrecer sacrificio a lo que uno deseara, y como mejor lo considerara. Los altares eran levantados, por costumbre, en los lugares altos, en áreas boscosas, o en otros lugares especiales, acorde a los intereses particulares de cada adorador. La cosmovisión de esto respondía a la certeza que el ámbito de la divinidad se encontraba en todas partes, pero, en el área de las creencias paganas, esto se torcía al concepto que los distintos dioses (demonios) respondían a los sacrificios ofrecidos en sus territorios.

Esta cosmovisión errada caracteriza, lo que aún en el mundo moderno se considera adoración individualista, que marca una manera muy egocéntrica de llegar a Dios, partiendo del supuesto derecho que tiene cada persona de poner sus propias reglas de cómo tratar con Dios mientras se encuentran con Él. Esta piedad individualista permite, en verdad, el desarrollo y la existencia de una realidad espiritual imperante detrás de los dioses paganos, me refiero a las dimensiones del Otro Lado o entidades demoníacas. Al sacrificar a Baal, Astarot, y otros, en realidad adoraban a los demonios.

La palabra hebrea que ha sido traducida aquí como como “demonio” es sair. Esta palabra tiene varias interpretaciones:

  1. Demonio, que es un ente incorpóreo que merodea en los lugares desolados e inhóspitos, (comparar con Isaías 13:21; 34:14).
  2. Según el comentario de Ibn Ezrá, a estos entes se les da el mismo nombre que a los chivos porque ese es el aspecto que les adjudican los que creen en ellos.
  3. El versículo también se está refiriendo a los ídolos, asemejándolos a los seirim, (plural de saír).

El apóstol Pablo, teniendo en cuenta estas acepciones, en esencia enseñó lo mismo:

«Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios.»

(1 Corintios 10:20-21).

En esencia, toda la adoración que no esté dirigida hacia al Nombre correcto del Eterno está dirigida hacia el diablo y sus demonios .

Los demonios son seres espirituales invisibles al ojo humano que pueden hacer daño a los hombres cuando son desobedientes al Eterno. Recordemos que parte de los hijos de Israel tenían la costumbre de sacrificar animales a los demonios, según lo habían aprendido en Egipto. El Eterno prohibió rotundamente esa práctica para todas las generaciones. Israel, por medio de este mitzvá (mandamiento) comprendió que esa actitud holgada hacia el lugar de sacrificio pudo estar bien para el tiempo de los patriarcas. Pero ahora con un lugar centralizado para la adoración, los israelitas no tenían permitido el ofrecer sacrificio en cualquier manera que quisieran, debían de venir al tabernáculo y tener el sacrificio administrado por los sacerdotes. Si desobedecían, serían cortados de entre el pueblo, exiliados de su comunidad.

El Eterno estableció todo esto para que su pueblo lo adore en la manera correcta que a Él le agrada, y no como otros que adoraban a sus dioses haciendo todo a su manera, justificando de este modo la práctica de cosas indecentes e inmorales.  Yahvéh dijo que no compartiría su Gloria con otros porque Él era el único Dios verdadero.  De esa manera el Eterno quería proteger a su pueblo de la iniquidad, la rebelión y el pecado.  Él quería a un pueblo sacerdotal totalmente puro que lo conozca y lo adore solamente a Él, obteniendo así poderes extrasensoriales que permitan la correcta reparación del mundo.

La enseñanza de este pasaje la podemos sintetizar en dos puntos principales:

En primer lugar vemos que el Eterno es celoso y llama prostitución a todo sacrificio ofrecido otras fuerzas espirituales. Esto nos enseña que sólo se puede dar sacrificios al Creador de todas las cosas. Todo sacrificio a otros poderes sobrenaturales constituyen una prostitución espiritual y lleva a consecuencias muy negativas.

En segundo lugar vemos que todo culto espiritual tiene que ser presentado en la puerta del tabernáculo, al sacerdote. Las oraciones son un tipo de sacrificios espirituales. Esto nos enseña que toda oración tiene que ser canalizada por la puerta del tabernáculo donde hay un sacerdote, para que sea aceptada por el Eterno. Esto constituye una enseñanza muy hermosa acerca de Él que es “ la puerta ” y “ el gran sumo sacerdote ”, fuera de quien nadie viene al Padre (Juan 14:6).

 

 La Purificación del Metzorá y el Nuevo Nacimiento

Por P.A. David Nesher

 

«Entonces el sacerdote tomará de la sangre de la ofrenda por la culpa, y la pondrá el sacerdote sobre el lóbulo de la oreja derecha del que ha de ser purificado, sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho… y lo que quede del aceite que está en la mano del sacerdote, lo pondrá sobre la cabeza del que ha de ser purificado. Así el sacerdote hará expiación por él delante del SEÑOR.«

(Vayikrá/Levítico 14:14, 18)

 

La sección de hoy comienza a describir el proceso a través del cual el metzorá (mal traducido leproso) recuperado es purificado por el Cohen (sacerdote) con un procedimiento especial que incluye dos palomas, agua de un manantial, una vasija de barro, un pedazo de madera de cedro, una cinta de color púrpura y un ramo de mirto.

 Al leer los detalles de esta ceremonia de purificación discernimos que en ella se esconde una codificación celestial primordial para la perfecta comunicación con el Eterno.

 Después de que el sacerdote ve que el leproso (metzorá) ha sanado físicamente, ahora debe ser sanado espiritualmente. Por y para ello, se realizaba este ritual, en el que un ave era muerta en un recipiente de barro sobre agua que fluye, y su sangre era aplicada sobre el ave viva, a algo de madera de cedro, a algo de tela escarlata, y a algo de hisopo. Luego, usando estas cosas, la sangre era rociada en aquel que había sido limpiado de la lepra. Finalmente, el ave viva se dejaba en libertad. 

¿Cuál es el secreto y la alusión de estos cuatro elementos, ingredientes en el proceso de la purificación espiritual?

 Bueno, las aves se toman porque, recordemos que, una de las razones más importantes del volverse enfermo en tzaraat (lepra), es que se ha hablado lashón hará (lengua perversa), es decir que se han dicho cosas malas sobre otra personas, especialmente otros hermanos de la congregación (puntualmente líderes). Y como las aves siempre están trinando y volando de un lado a otro, representan perfectamente a aquel que le gusta andar hablando y llevando de aquí para allá, es así que esto representa el mal hablar (lashón hará) de una persona impura. Entonces, las aves tienen que tomarse para poder expiar las malas lenguas que ocasionan tanto mal en el mundo.

 ¿Qué pasa con el segundo ingrediente, el trozo de madera de cedro? Pues bien, los cedros son los árboles más altos y poderosos. por lo que representan la arrogancia del alma; y por la arrogancia se debe expiar. La arrogancia, en las Sagradas Escrituras, también es llamada gasut ruaj (espíritu burdo), y este también es un gran motivo para la enfermedad, incluso tal vez mayor que hablar mal, pues el hablar mal viene de una arrogancia interior del alma. De esta manera, eso simboliza la altanería, la altivez de espíritu, que en consecuencia vive usando mal su lengua.

 

Pero, a decir verdad, y profundizando en el texto, todo este ritual es una imagen de la muerte de Yeshúa y su aplicación espiritual a favor de nuestras vidas.

 

Veamos con atención el significado simbólico de esto: un ser “celestial” (así como un ave es “de los cielos”) muere en un recipiente de barro (cuerpo humano), mientras que permanece limpio (debido al agua que fluye). La muerte del ave está asociado con sangre y agua: la sangre está conectada con la vida (aplicada al ave viva), y luego aplicada a aquel que fue hecho limpio (comparar con Juan 19: 34). Así mismo, el cedro es una referencia simbólica a la madera de la cruz, ya que se cree que la cruz donde fue crucificado Yeshúa estaba hecha de cedro.

 

Considerando esto último, agregaré que el cedro es un árbol extremadamente resistente a la enfermedad y a podrirse , y estas cualidades pueden ser la razón por la que también se lo incluye aquí. Es el símbolo de que el metzorá se ha humillado, es decir, ha decidido dejar de mirar desde arriba a su prójimo (el cedro es un árbol muy alto), y desde esa errada posición hablar mal (lashón hará) de su hermano. Entonces, una vez humillado, el Eterno le devuelve sus propias capacidades inmunológicas psico-físicas para defenderse de todo tipo de plaga. Todo esto hoy es posible gracias a Yeshúa HaMashiaj que tomó, como sacerdote, nuestro lugar, haciéndose metzorá, presentándose ante Abba como el holocausto de purificación que nuestra alma necesita.

 Después de la ceremonia de sacrificio con las aves, el leproso purificado debía de lavar sus prendas y debía de rasurarse todo el pelo. Comenzaban de nuevo, como si fueran un bebé recién nacido.

 Nuevamente encontramos una ilustración del maravilloso “ nuevo nacimiento ” mesiánico que el Eterno, desde la misma Instrucción (Torah) revela a sus escogidos como el secreto para comenzar una nueva vida. Ser “nacido de nuevo”, según el Eterno, es un comienzo totalmente nuevo, que re-conecta con la Fuente de la Vida, y purifica el alma para crecer plenamente en el cumplimiento de Su propósito en el Mesías.

 Y la más grande iniciativa es que nosotros, los redimidos en Yeshúa, podemos traer redención al mundo, proclamando al Mashíaj a las naciones (Mt. 28: 18-20) y podemos traer sanación a toda la humanidad. Justamente este es el proceso de sanación que esta descripto al inicio de la lección que nuestro Abba hoy nos deja en nuestra mente y en nuestro corazón.

Tzaraat: ¡Un Problema Espiritual que Afecta a la Piel, la Ropa y la Casa de un Impuro!

Por P.A. David Nesher

 

«Y habló el Eterno a Moisés, diciendo: Esta será la ley tocante al leproso (metzorá), en el día de su purificación, cuando será llevado al sacerdote…»

(Levítico 14:1-2)

En la porción que nos toca investigar esta semana, encontramos los consejos que Yahvéh dio a Israel para afrontar el momento en el cual la “lepra” (en hebreo tzaraat) entra a una casa, a un hogar, a una familia, a una relación. Al leer los capítulos 13 y 14 de Vayikrá encontramos que el Eterno transmitió a Moshé, las leyes referidas al leproso para su purificación.

En primer lugar, debo decir que estamos ante dos pasajes bíblicos que, desde la cosmovisión cristiana, son muy complicados de comprender, por lo que la mayoría de los teólogos y hermeneutas (intérpretes) del cristianismo aseguran que es un texto oscuro. Otros, más rápidos para despegarse de la responsabilidad de investigar, salen al paso, asegurando que estamos simplemente ante unas normas higiénicas que el Eterno dio a Israel para procesar una dolencia física en la piel que en aquellos días no sabían tratar medicamente.

Sin embargo, al sumergirnos en las raíces hebreas del texto nos encontramos con que el mismo ha sufrido la consecuencia típica de una traducción: la traición a la etimología original de una palabra. Esto lo digo porque estamos aquí ante  una supuesta “lepra“, que en verdad no es precisamente la lepra conocida por la ciencia médica de hoy. La palabra misma mal traducida como lepra, describe en realidad a una enfermedad cutánea la cual tenía un origen exclusivamente divino, y que estaba relacionada con un castigo del Eterno para el varón o la mujer que fueran dado a hablar Lashon Hará (mala lengua o lengua perversa), es decir, hablando calumnias, y aun verdades del actuar de una, o varias personas, pero que detrás de ello, provoca que la fama de una persona se vea dañada.

“Cuando entréis en la tierra de Canaán, que os doy en posesión, y ponga yo una marca de lepra (tzaraat)  sobre una casa en la tierra de vuestra posesión,…”

(Levítico 14:34)

Por favor, abra su mente, y note que interesante la idea aquí revelada. Es  Yahvéh quien dice: «Yo ponga» la enfermedad de tzaraat en una casa. En las líneas del cristianismo siempre se insiste en enseñar que es HaSatán quien pone las enfermedades en los cuerpos de los redimidos, pero en estas líneas sagradas vemos que es el Eterno quien lo hace.

Por lo visto hasta aquí, nos damos cuenta que la afección de tzaraat, cuyas leyes se detallan en estos capítulos de Levítico (13 y 14), era en realidad un fenómeno enteramente espiritual, y de origen divino. No era una enfermedad natural, ya que vemos que, de hecho, esta “lepra” vemos que también atacaba vestimentas y casas. Por lo tanto, era la señal de un síntoma de grave degradación moral.

Particularmente, la persona afectada (el “metzorá”) era uno cuyas acciones habían provocado el disenso y la división dentro de la comunidad. Su castigo (midá keneguev midá -«medida por medida«-) era una lepra sobrenatural que lo marcaba como un paria. Era desterrada a una vida de máxima soledad, hasta que su arrepentimiento lo curara de su lepra y fuera readmitido en la sociedad.

Esa correcta consideración hace de tzaraat la enfermedad arquetípica, que comprende a todas las enfermedades enviadas por Yahvéh sobre aquellos que practican Lasho Hará (lengua perversa).

 

La persona enferma de tzaraat, era declarada metzorá y enviada fuera del campamento de la congregación, para vivir y con sus ropas rasgadas.

Estaba obligada a gritar “impuro, impuro”, como señal para que nadie se acercara a tocarlo (Lev. 13: 45-46).

Cuando la enfermedad se reducía, la persona era nuevamente examinada por un Kohén (sacerdote), fuera del campamento, y así asegurarse de que la recuperación era total.

Las ceremonias de purificación se extendían durante ocho días, y se observaban ciertos ritos especiales durante el primero y el último día. El Kohén ofrecía sacrificios y en el proceso de purificación se usaba madera de cedro e hisopo. El ex-metzorá era declarado miembro pleno de la comunidad.

Las leyes de tzaraat se aplicaban tanto a una vestimenta como a una casa. Si las ropas mostraban signos de tzaraat, podían llegar a ser quemadas. Si una casa aparecía repentinamente marcada con rayas verdes o rojas, era cerrada por siete días. Si las rayas se extendían, las piedras afectadas eran reemplazadas por otras nuevas. La casa era revocada y las viejas piedras y el polvo eran arrojados en un área contaminada, fuera del campamento. Si aún quedaban signos de tzaraat en las paredes, toda la casa era destruida y los materiales arrojados en el área contaminada fuera del campamento. El Eterno también indicó sobre ciertas impurezas físicas, como ser pérdida de semen, flujo, que afectaban a las personas y por ello tenían prohibido entrar al Santuario o tocar objetos sagrados. Esta situación terminaba luego de un proceso de ceremonias específicas para su purificación.

Les ruego que nos detengamos aquí un momento e imaginémonos que de la noche a la mañana a cualquiera de nosotros fuéramos desprendidos de nuestro lugar de trabajo, de nuestra casa, de nuestra esposa o esposo o tal vez padres e hijo; no hay duda que debió haber sido desastroso para aquellos. Se trataba de una pena social que dejaba una profunda huella, y sobro todo porque la gente con la que convivía la persona, era imposible que no se enterara.

Esta repercusión social, dejo como un ejemplo a Miriam la hermana de Moshé, que a pesar de haber sido una gran mujer, sierva de Yahvéh, se le recordará por el mal paso dado en la murmuración que profirió contra su hermano Moshé.

 

“En cuanto a la plaga de la lepra, ten cuidado de observar diligentemente y hacer según todo lo que os enseñaren los sacerdotes levitas; según yo les he mandado, así cuidaréis de hacer. Acuérdate de lo que hizo Yahvéh tu Dios a María en el camino, después que salisteis de Egipto.”

(Deuteronomio 24:8-9)

 

En esta experiencia espiritual, Yahvéh tenía una excelente metodología de aprendizaje para Su Pueblo. El mensaje era claro, y fácil de aprender. El Creador perdona todas las transgresiones en el mundo con el arrepentimiento (teshuvá), todas, excepto la difamación, cuando la persona habla mal de su prójimo, especialmente de su alma amiga. Así fue determinado, “Esta es la ley que habrá de aplicarse al leproso (en hebreo metzorá)”, es decir, la ley que se aplica a la persona que desacredita, pues la palabra metzorá, se forma de un anagrama o acrónimo hebreo: la expresión Motzi Ra, que significa “esparcir el mal como un ave” o “hablar mal de alguien”.  Por esto, vemos que una de las principales causas de «metzorá» en la persona es por sus habladurías. Si alguien esparce un mal nombre o fama, todos sus órganos quedan impurificados y debe ser aislado, puesto que al hablar mal se eleva y evoca el espíritu de impureza sobre él. Quien intenta impurificar se impurifica; por la obra de abajo, otra se despierta.

Motzi Ra también se traduce como “el que emana maldad» o “el que es fuente de maldad”, mejor comprendido como aquel que es charlatán y difamador. Con la expresión metzorá y su permutación acrónima, la Torah deja revelado que la enfermedad se origina de las malas palabras que decimos de los demás (aunque sean ciertas). Era claro así que si una persona habla negativamente, especialmente si habla negativamente sobre otra persona, crea todo tipo de oscuridad. Teniendo la conciencia despierta en este espíritu hebreo las primeras comunidades de talmidim (discípulos) se animaran unos a otros a fin de aprender a controlar la lengua con la sabiduría que viene de lo alto o jojma (leer Santiago cap. 3).

Profundizando en nuestra investigación notaremos que el Lashón Hará estaba directamente relacionado con el pecado de orgullo o soberbia (Ex 4:1, 6; Núm. 12:1-10; Deut 24:8-9; 2 Cron 26:16-19).

En este proceso pedagógico, nuestro Abba, anhela que se entienda que cuando una persona habla lashón hará (mala lengua), demuestra que no tiene idea del poder del habla.  Demuestra que para él las palabras son insignificantes en comparación con los actos, y por ende se manifiesta necio en los lugares celestiales donde las palabras son poderosas y formadoras de destino.  De este modo, al hablar con lengua perversa (lashon hará), se despierta a un acusador en el Cielo, no solamente contra el objetivo de su lashón hará, sino también contra sí mismo.

Por ello, entendemos que tzaraat no es una enfermedad, tal y como las distintas versiones lo han dado a entender al traducirla como “lepra”. Sino que es un caso de impureza (timé). Así es como nuestro Mesías lo comprendía. De hecho vemos que cuando Él sano a un leproso, no le dijo “se sano” sino “sé limpio” por lo que claramente vemos que se trata de una impureza (Mateo  8:2-4; 26:6).

Buscando un final a este estudio, nuestro corazón no podrá escapar a la conclusión de que la lengua es la máquina más poderosa del mundo entero.

Las Sagradas Escrituras aseguran en su revelación que una palabra puede matar a distancias que ni siquiera el más poderoso cohete tele-dirigido puede alcanzar. Una palabra puede causar una plaga más nociva que el ántrax. Y aun así, una palabra puede curar con más poder que una cirugía a corazón abierto. Una palabra puede decir más que el más brillante y colorido ramo de flores.

Sabemos que el universo fue creado con palabras: “En el principio Dios (Elohim) creó los Cielos y la Tierra…”. Él creó toda la existencia con las dos veintidós letras del alfabeto hebreo. Y le dio al hombre esa máquina tan increíblemente poderosa: la lengua. No hay ningún animal en el mundo que pueda hablar. Podrán hacer ruidos, si. Pero hasta la fecha, ninguna ballena o delfín publicó un libro de poemas, o un tratado de filosofía.

Es el Hombre el único Hablador de toda la existencia. A él se le confió una máquina muchísimo más poderosa que el átomo, y además, mucho más peligrosa. Porque con una sola palabra se pueden destruir mundos y con una sola palabra se los puede crear.

Podemos decir palabras que sanen o palabras que hieran; podemos edificar y construir o desalentar y derribar. Las palabras son estuches de poder y acarrean poder sea positivo o negativo. ¡La decisión es nuestra! Las palabras son semillas que sembramos y con seguridad darán una cosecha en nuestra vida. Aquellos que usan su lengua, deben comer el fruto de sus palabras, sea para vida o para muerte (Proverbios 18:21).

Pidámosle al Señor Yeshúa que, con su Santo Espíritu, purifique nuestros corazones de tal manera y a tal grado que vivamos cotidianamente para sanar, libertar, edificar y traer gozo con cada una de nuestras palabras y, a la misma vez, ser nosotros mismos saciados de bien por el fruto de nuestros labios.

 

Bitácora Relacionada:

La Curación del “Mal Hablado” (Leproso)

¿Qué significa Sefirá? … (Comprender la esencia del Sefirat HaOmer)

 «Contaréis desde el día que sigue al día de reposo, desde el día en que trajisteis la gavilla de la ofrenda mecida; contaréis siete semanas completas. Contaréis cincuenta días hasta el día siguiente al séptimo día de reposo; entonces presentaréis una ofrenda de espiga tierna al SEÑOR.

(Levítico 23: 15-16)

 

Este período de conteo que estamos realizando en obediencia al precepto divino se llama Sefirat HaOmer. La expresión hebrea sefirá, significa en primera instancia “cómputo” o “conteo”. En este sentido primordial, la Torah nos ordena contar esos días:

«Y contarán para ustedes… siete semanas completas…».

Durante este lapso, y en cada noche nos paramos, bendecimos y decimos: «Hoy es el día uno del Omer«,… «Hoy es el segundo día del Omer«, y así sucesivamente hasta llegar al día 49, previo a la Fiesta de Shavuot (Semanas) o Pentecostés (cincuenta días).

A efectos de comprender los misterios espirituales develados en este ritual, nos resultará interesante saber que la palabra sefirah proviene de dos raíces hebreas:

  • mispar (número) y
  • sifur (cuento o conteo).

La palabra para “número” en hebreo es “mispar” y su raíz está muy relacionada con la palabra “sipur”, que significa “cuento” o «conteo«. Este último término proviene del hebreo safir, que es la piedra del zafiro, la cual, siendo translúcida, tiene un brillo maravilloso. De esto podemos decir que esencialmente, y en forma sencilla, una Sefirah es «algo que brilla».

¿Cuál es la relación entre estas dos palabras?

Contrariamente a una antología casual de eventos, una serie de eventos se convierte en un cuento o una historia cuando hay un comienzo en el cual los personajes son presentados, una trama en la cual toma lugar la situación, y un desenlace en el cual aparece el final de la historia.

Nuestras vidas corren tan rápido que frecuentemente perdemos conciencia del enorme poder de nuestras propias historias. La metamorfosis de hoy hacia mañana es lo suficientemente sutil como para que perdamos la conciencia sobre los comienzos y los finales de nuestras vidas.

El mandamiento de contar el omer nos enseña a prestar atención a las cosas, y reabre nuestros corazones para escuchar historias.

¿Y qué historia es contada?

Hay dos historias que están entrelazadas.

La primera es la historia de la transformación de un pueblo que en Pesaj se liberó físicamente, a un pueblo que en Shavuot se liberó espiritualmente.

El día que dejamos Egipto fue un día en el cual nosotros rechazamos la definición egipcia de lo que nuestras vidas pueden ser. Nosotros nos liberamos para ser lo que queríamos ser. Pero aún no conocíamos nuestra propia historia. Fue sólo cuando recibimos la Torá que encontramos los canales que podían darle expresión a nuestras almas.

Fue entonces así que aprendimos el proceso de encontrarnos con los desafíos que son genuinos y duraderos. Nuestra historia comenzó a evolucionar.

Desde este origen, la cosmovisión hebrea entiende que una sefirah (en plural se dice «sefirot«) es un una especie de “canal de energía Divina” o una estructura de virtud llena de “fuerza de vida” que conduce a las almas de Israel a escalar la Vida y Su Propósito hasta llegar a la cumbre.

Estas virtudes, también llamados atributos, sólo se aplican a las manifestaciones del Eterno, es decir a aquellos aspectos de la Divinidad que se revelan a la creación y en ella. Estos atributos o manifestaciones divinas son radiaciones reducidas de la Luz del Ein Sof (o Luz Primordial) y se denominan sefirot.

Son los canales divinos de luz, a través de los cuales Dios creó el mundo y continúa alimentándolo con luz y energía Divina. Las sefirot hacen de puente, por decirlo de alguna manera, entre el Ein Sof (Infinito) y el mundo actual Olam Asiáh (mundo físico o Malkut), especialmente a través de la humanidad redimida (Israel).

De acuerdo a la mística sacerdotal hebrea, los siete días de la cuenta del Omer corresponden a siete de las diez Sefirot Divinas. En esta cosmovisión, la gama de la experiencia humana se divide en siete emociones y cualidades, que se llaman en plural, sefirot. Estas, subdivididas en siete, crean un total de 49.

Cada semana de la Cuenta del Omer corresponde a uno de esos poderes del alma humana. Y no solamente las semanas corresponden a esos poderes del alma, sino que dentro de cada semana, los siete días también corresponden a las mismas sefirot divinas. Esto significa que la Cuenta del Omer durante los 49 días es como la figura geométrica de un cuadrado de 7 por 7, en el cual estos 7 poderes del alma están inter-incluidos entre sí. Cada uno de ellos contiene un aspecto de cada una de las otras sefirot.

El propósito de este período de tiempo es permitirnos experimentar un cambio dentro de nuestros corazones, permitiéndonos adquirir un estado de armonía y equilibrio entre los diferentes poderes de nuestras estructuras espiritual y psíquica. Nosotros no queremos que estén separados y diferenciados, sino que interactúen entre sí.

Durante las siete semanas tenemos la oportunidad de romper lo que en hebreo se denomina Klipot (traducidas como «cáscaras de negatividad» o «máscaras egoicas«) dentro de nuestro ser, liberando la Luz que había sido atrapada por nuestras propias decisiones incorrectas. Sí, es cierto que el proceso de extracción puede ser doloroso, pero los beneficios de liberar las chispas de Luz atrapadas realmente lo valen.

 

Los siete atributos emocionales con los que nos conectamos cada día son:

  • Jesed: amor, benevolencia
  • Gevurá: justicia, disciplina, restricción
  • Tiferet: belleza, armonía y compasión
  • Netzaj: resistencia, fortaleza y ambición.
  • Hod: humildad y esplendor
  • Yesod: intimidad  unión y fundamento
  • Maljut: nobleza, soberanía y liderazgo.
 

Cada uno de los cuarenta y nueve días del sefirah (conteo) ilumina una de las cuarenta y nueve emociones, la energía de cada día consiste en examinar y refinar su correspondiente emoción. Después de perfeccionar y purificar todas las cuarenta y nueve dimensiones, estamos plenamente preparados para Matán Torah (entrega de la Torah) pues ahora estamos sincronizados con los cuarenta y nueve atributos Divinos de los cuales emergen los atributos humanos. Entonces, en el Shavuot no sólo conmemoraremos el Matán Torah, sino que lograremos vivir lo mismo que experimentaron los ancestros en el Monte Sinaí, ya que también viviremos el Kabbalah Torah (la recepción de la Torah) en nuestros corazones y nuestras mentes.

Comprendiendo esta estructura psíquico-pneumática (de alma y espíritu), se nos revela que la verdadera libertad proviene de permitir que el Espíritu Santo del Mesías tome control sobre las emociones y no les permita que generen pensamientos egocéntricos, sino todo lo contrario poder con el pensamiento mesiánico de la Torah dirigir la forma en como el cuerpo se siente y expresa.

Estos cuarenta y nueve días son sumamente positivos para los redimidos. Por ende, y debido a su característica, no deben ser utilizados ni ocupados para cosas mundanas. Sino que deben ser aprovechados como un gran periodo de introspección y cambios. En los días de Omer uno puede hacer el trabajo espiritual de ocho días en uno. Es por esto que si uno no está al tanto de lo que está ocurriendo estos días parecen ser caóticos, ya que el universo pone delante de nosotros, ocho días de desafíos concentrados en uno. La gran ventaja que nosotros tenemos es que sabemos cuál es la energía de cada uno de esos días y cuál es la emoción a corregir.

Resumiendo todo lo que hasta aquí hemos considerado, entendemos que a partir del Pesaj, en el día del Bikurim, y durante cuarenta y nueve días entramos, por medio del Mesías, en un portal cósmico que puede ayudarnos a alcanzar grandes alturas espirituales y a entender cómo funciona el sistema emocional humano que se encuentra alojado y distribuido en distintas partes del cuerpo y desde esos lugares suele controlar el temperamento y carácter de la persona humana, para que el Nombre de Yahvéh sea Glorificado por Su Creación.

“Cada día en el tiempo posee su propia vitalidad, energía y emoción que no vuelve, y espera que cada individuo se fusione y la canalice”

(Anónimo)


 Bitácoras que ayudarán a entender mejor esta disciplina profética:

¿Qué es el Omer?… ¿Para qué sirve?

Los Ciclos del Eterno

Cuarenta y Nueve Pasos para Alcanzar La Gloria

Mujer Pura… Instrumento Divino de Salvación…

«Habló Yahvéh a Moisés, diciendo:
Habla a los hijos de Israel y diles:
La mujer cuando conciba y dé a luz varón, será inmunda siete días; conforme a los días de su menstruación será inmunda.
Y al octavo día se circuncidará al niño.»

(Vayikrá/Levítico 12: 1-3)

 

La Torah comienza aquí la pedagogía de las leyes del parto y, especialmente, los detalles que incluyen las leyes de «pureza e impureza» (tumáh y taharáh), importantísimas para la excelente comunicación en una familia, con el Eterno y con los componentes de la misma.

Antes de sumergirnos en esta magnífica enseñanza del Eterno, debemos aceptar que la traducción de la Torah a los distintos idiomas ha sido una de las grandes dificultades que enfrentamos cotidianamente. Ello impide entender a cabalidad conceptos fundamentales de nuestra fe. Muchas de las palabras no tienen definición precisa al español porque expresan ideas espirituales que no tienen paralelo en nuestra cultura latina; ejemplo de ellos son los vocablos «Taharáh» y «Tumáh«, sistemas que recibirán un tratamiento prominente en este capítulo. Los grandes exégetas de Israel coinciden en que los vocablos «Taharáh» (puro), y «Tumáh» (impureza), generalmente traducidos como pureza e impurificación, no son criterios médicos, sino conceptos de carácter moral y en relación con lo sagrado. Los invito entonces a considerar la significaciones hebreas de estos términos, y sus implicancias en el alma creyente.

¿Qué es Puro dentro de los parámetros de la Revelación de la Torah?
  • Puro es todo aquello que favorece o promueve la vida (hbr. Tahor).
  • Impuro es lo relativo a la cesación de vida (hbr. Tamhé).

Recordemos que, por medio de la codificación del libro de Vayikrá, los israelitas recibieron el secreto de la reverencia. Ésta es la actitud que permite valorar el propósito de la vida humana, y estimula a cada individuo a buscar el perfeccionamiento y la plenitud de la misma. La reverencia se convierte en un instrumento psíquico-emocional que permite un acercamiento correcto al Creador, y establece una comunión que promueve de esclavos del Eterno a amigos de Dios.

Teniendo en cuenta lo expresado hasta aquí, es importante entonces aceptar que las expresiones hebreas “Tahor” (puro) y “Tamhé” (impuro) son conceptos que refieren a un estado espiritual y no a aspectos físicos, emocionales, sociales o mentales, tal como los parámetros errados de la religión lo ha expresado en sus dogmas. Puede resultar difícil de comprenderlos, pues muy frecuentemente han sido traducidos como “limpio” y “sucio” respectivamente, o ideas similares que llevan a asociar la impureza con algo manchado, echado a perder, mugriento o inmundo.

Por ello, la más acertada definición de “puro” que podemos ofrecer sería “lo que está conectado con la Fuente de la Vida”. En tanto que “impuro” es lo que en algún grado está desconectado de la Fuente de Vida, y ha comenzado a errar su blanco. Éste precisamente es su desequilibrio, que repito, no es un pecado, ni una enfermedad ni una suciedad. Es una situación o posición espiritual. “Tahor” (puro) y “Tamhé” (impuro) son conceptos que refieren a un estado espiritual y no a aspectos físicos, emocionales, sociales o mentales. Insisto: puede resultar difícil de comprenderlos, pues muy frecuentemente han sido traducidos como “limpio” y “sucio” respectivamente, o ideas similares que llevan a asociar la impureza con algo manchado, echado a perder, mugriento o inmundo, que merece exclusión condenatoria. Debes entenderlo perfectamente: puro no significa bueno, como impuro no significa malo. Eso debe estar claro en tu mente. Tampoco puro es algo limpio, ni impuro es algo sucio. Tenlo presente.

Impuro (Tamhé) es lo que arremete contra los designios del Eterno. Es decir, que algo en el sistema espiritual del impuro está en desbalance a causa de la influencia de la serpiente y su sistema de cosas. En cambio, puro es aquel que está en sintonía excelente con la Divina Voluntad.

En el capítulo anterior (Vayikrá 11:47) se nos enseña que por impuro se debe entender aquello que hace creer (la ilusión de) que no hay un plano espiritual que rige sobre el plano físico. Como cuando se ve un cadáver, que es algo inerte, frío, vacío de sentido. Como cuando se ve en el ciclo menstrual un mero proceso físico, que no tiene relación con la vida.

Cuando se hace «algo» a un «alguien» se está en estado de impureza.

Para entenderlo mejor, vamos a considerar a cómo los sabios lo han comprendido a lo largo de los tiempos. Ellos dicen que en un principio todo fue creado en pureza a través de dos sistema o polaridad de la Luz (lo masculino y lo femenino). Uno de esos sistemas tiende a conectarse con la limitación y el caos, mientras que el otro está en conexión con lo infinito, y debe esforzarse a tender hacia esas alturas.

Expliquemos esto aplicándolo a nuestra vida personal: cuando deseamos algo solo para nosotros mismos nos convertimos en finitos, o en especies de “agujeros negros” que atraen todo hacia sí; esto significa que estamos conectados con la impureza. El sistema de la pureza es lo contrario, es una conexión con el Creador; con lo infinito; este tipo de “deseo” (o sistema), crea continuidad y un vínculo con la luz del Eterno.

Visto así, descubrimos que la pureza y la impureza no son una cuestión religiosa, sino un asunto de conciencia que se manifestará en pensamientos y acciones. Por causa de la caída de Adam HaRashon y  su esposa Javáh, los dos sistemas se han mezclado con los demás en nuestro mundo pero tenemos libre albedrío para decidir qué camino queremos recorrer, el de la pureza o el opuesto y cada camino que elijamos tendrán su propia historia.

La Mujer: Vasija conectora con el Pecado e Instrumento Profético de la Salvación.

Entonces, comprendiendo las definiciones de qué es puro y qué impuro. Procederemos a analizar y meditar en este texto.

La Instrucción divina deja en claro que después del parto de un hijo varón, la mujer queda en un estado de impureza ritual (en hebreo tamhé), tal como en el tiempo de su menstruación. La palabra hebrea que ha sido traducida como “menstruación» es nidá, que significa “impureza”, “menstruación”, y viene de la raíz nadad, que significa “vagar”, “errar”, “huir”, “alejarse”, “mover”. La idea es que el tiempo de la nidá es un tiempo ideal en el que la mujer debe alejarse de su marido para sanarse de su herida interna (físico-emocional). Según la Torah, este periodo es de siete días (cf. Levítico 15:19). Después del periodo de nidá, ella se sumerge en aguas purificadoras para poder unirse de nuevo a su marido.

En el caso del nacimiento de un varón, la madre se queda en un estado de nidá durante los primeros siete días después del parto. El día del parto es contado como el primer día, aunque sólo quedara una hora o menos hasta la caída del sol. Al final del séptimo día se sumerge en una mikvé (bautismo) para purificarse. Según la enseñanza farisea, luego podrá unirse con su marido. Los saduceos y los karaítas no están de acuerdo con la interpretación farisea, y enseñan que la mujer no podrá unirse a su marido hasta después de los restantes 33 días. En verdad, esta última interpretación parecería estar más cerca de lo que la Torah establece en los preceptos respectivos.

La expresión hebrea «qui tazríah» ha sido traducida aquí como «conciba y dé a luz» o «engendrare». Pero en el rigor mismo de la significación literal, la palabra deriva de «zerah«, que quiere decir «semilla«. Los exégetas concluyen de aquí, que esta expresión (qui tazríah) hace referencia no solamente a un nacimiento normal, sino que afecta también a aquella mujer que no hubiera concluido felizmente su embarazo.

Considerando pues todos estos detalles rituales, se descubre que en este pasaje, el Eterno quiere conducir a cada familia hebrea a reconocer que tanto la concepción, como el nacimiento de un ser humano, es un proceso que califica como verdadero milagro de Yahvéh, que se conecta con una realidad impura: la humanidad caída en pecado. El Eterno envía vida humana al mundo para que se mantenga en sintonía con Él, pero la madre le produce estado de impureza desde el vientre (Salmo 51: 5).

Una mujer que desea engendrar un hijo, primeramente se purifica y después se unirá a su marido. Entonces se asociará un óvulo por ella producido a un espermatozoide emitido por su marido. A través de ello comenzará a gestarse su hijo.

Antes bien, después de purificarse y gestar al embrión, la madre deberá esperar que sucedan numerosos milagros con el fruto de su vientre hasta que se produzca el gran milagro: el nacimiento.

Con este precepto, cada israelita podía meditar en la gran bondad del Eterno especialmente con aquellos que aún no han nacido. El espíritu que se obtenía al cumplir con este precepto, permitía valorar la vida intrauterina, llenando el alma hebrea de gratitud al Creador por proteger la vida humana, incluso desde esos momentos.

Además, los padres del recién nacido reflexionaban en la verdad de que en un mundo perfecto e ideal, no hay dolor, no hay duelo.  Así sería la vida humana en el Edén primordial. Sin embargo, en este mundo caído, cada parto nos recuerda el pecado y el castigo de Adam y Javá.  Vivimos en un mundo limitado por la mortalidad, y somos forzados a darnos cuenta que el niño que nació está destinado a morir.  Esto explica la separación que sigue al parto, la cual es comparada a un duelo. Los padres hebreos, especialmente la mujer-madre, aceptaban que la separación después del parto es duelo, entonces sometían sus almas a una teshuvá por la necesidad del proceso de parto y por la mortalidad del niño nacido en este proceso.  La lógica al requerir un sacrificio por el pecado ahora se hace visible: el parto está tan relacionado con el pecado de Javá, que se identifica totalmente con él, y resulta de él que un sacrificio por el pecado a la culminación de este proceso parece completamente natural.

Una razón por la cual la madre es “Tamhé” es porque cuando da a luz, en ese mismo instante, en su estructura psíquica, se genera un cierto grado de vacío espiritual por la partida de la vida adicional que llevaba dentro, es decir, su bebé. Entonces, el Eterno la llama a “purificarse” a fin de superar esa sensación negativa, y no quedar esclava de ella de por vida, ocasionándole la ilusión de creerse la dueña del destino de ese hijo, y generando obsesiones manipuladoras sobre el mismo.

En realidad, el propósito de esto es hacer que las mujeres, especialmente, se ocupen de estar más interesadas en conocer y respetar las leyes de la «Pureza de la Familia» (Tahorat HaMishpajá). Éstas incluyen códigos de vida como el digno trato entre los cónyuges, la educación en valores de los hijos, el recato en la conducta y vestimenta, el esfuerzo por sostener una familia unida bajo las alas protectoras del Eterno. Eso es lo que el apóstol Pablo recordará al decir:

“Pero la mujer se salvará si cumple sus deberes como madre, y si con buen juicio se mantiene en la fe, el amor y la santidad.”

(1Timoteo 2: 15)

También te invito a LEER estás BITÁCORAS RELACIONADAS con este Tema:

¿Qué es la Energía Kedushá y Cómo Practicarla?

«Yahvéh dijo a Moisés: Habla a los sacerdotes hijos de Aarón, y diles que no se contaminen por un muerto en sus pueblos. Más por su pariente cercano, por su madre o por su padre, o por su hijo o por su hermano, o por su hermana virgen, a él cercana, la cual no haya tenido marido, por ella se contaminará. No se contaminará como cualquier hombre de su pueblo, haciéndose inmundo.»

(Vayikrá/Levítico 21: 1-4)

Al estar realizando el Conteo del Omer, discernimos más que nunca, en nuestro interior, la fuerza del llamado divino: ser santos.

Pero, ¿en qué consiste la santidad (hebreo kedushá)?

La kedushá (santidad) consiste en ser diferente y mantenerse apartado de todo lo material (desapego). Justamente, entendemos que el Eterno es santo en el sentido de ser diferente, y estar apartado de toda cosa creada. Él está fuera de la creación, la trasciende, pero no significa que no pueda dirigir y manifestarse dentro y por medio de lo creado (se hace inmanente). Su santidad es lo más destacado en cuanto a su relación con las cosas que Él ha creado. Él no es creado, es apartado, separado de lo creado, es diferente, es santo.

De la misma manera como el Eterno es santo en cuanto a lo creado, él desea que su hijo primogénito, el pueblo de Israel, también sea santo en cuanto a la relación con lo creado. Por eso  aprendemos en este capítulo que los hijos de Israel tienen que abstenerse de comer y tocar los cadáveres de ciertos animales que producen impureza ritual. De esa manera se vuelven santos en dos aspectos, se separan de los animales que producen impureza ritual y se separan de las costumbres de las demás naciones. Así su conducta se vuelve santa, diferente, separada. Totalmente apartado para vibrar en las esferas celestes.

Hay muchas más áreas de la vida humana que el Eterno ha establecido como medios para la santificación del hombre. Todas sus leyes fueron dadas para santificar a su pueblo. Los mandamientos santifican, nos hacen separados de la conducta pecaminosa y nos acercan al Eterno.

Considerado así, nos damos cuenta que la santidad no es por si sola servicio, ritual, perfección moral, voluntarismo, escapismo del mundo a un vivir espiritual o devoción extrema. La Santidad está determinada por el nivel de obediencia a las leyes y preceptos del Eterno.

“Santificaos, pues, y sed santos, porque yo soy el YHWH vuestro Elohim. Guardad mis estatutos y cumplidlos. Yo soy el YHWH que os santifico“.

(Levítico 20:7-8)

Entonces si cumplimos sus estatutos (contenidos entre Éxodo 12 y Deuteronomio 39) YHVH nos santifica a nosotros.

Esto, en el Nuevo Pacto, lo podemos ratificar al leer la primera epístola del apóstol Pedro:

” Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais en vuestra ignorancia, sino que así como aquel que os llamó es santo, así también sed vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: SED SANTOS, PORQUE YO SOY SANTO…. Puesto que en obediencia a la verdad (la Torah de YHWH) habéis purificado vuestras almas para un amor sincero de hermanos, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro.”

(1 Pedro 1:14-16 y 22)

La santificación por medio de la obediencia a los mandamientos no sólo produce un acercamiento al Eterno sino también crea en el pueblo santo un reflejo del Santo en este mundo. Con otras palabras, cuanto más fieles seamos a la hora de cumplir los mandamientos, más cerca del Eterno vamos a estar, y más vamos a reflejar su santidad en este mundo. Por eso, cuando oramos “santificado sea tu nombre” estamos expresando nuestro deseo de cumplir el fin de los mandamientos, que el Eterno sea santificado en este mundo por medio de nosotros. Cuando nosotros somos santos en toda nuestra manera de vivir, el Nombre de Yahvéh es santificado en este mundo.

“Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais en vuestra ignorancia, sino que así como aquel que os llamó es santo, así también sed vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: SED SANTOS, PORQUE YO SOY SANTO.” (1 Pedro 1:14-16)

¿Dónde puedo practicar la Santidad (kedushá)?

En el hogar,
En el trabajo,
En el descanso,
En la escuela.
en medio de una multitud, … solo, …

en donde quiera que estés,… y en donde quieras que vayas.
¡TÚ PUEDES SER SANTO EN TODAS PARTES!

«Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios»

(1 Corintios 10: 31)

Bitácoras Relacionadas:

¿Qué vino bebían Jesús y los apóstoles al llegar Pesaj?

 

“ Después tomó la copa, dio gracias, y se la ofreció diciéndoles:
—Beban de ella todos ustedes. Esto es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de pecados. Les digo que no beberé de este fruto de la vid desde ahora en adelante, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el reino de mi Padre.”

Mateo 26:27-29

 

Intentando hacer una síntesis histórica del vino,  diré que la producción más antigua del mismo data del  año 4.000 a.C., en el sur de la actual Armenia (certificada por hallazgos arqueológicos en la prestigiosa Journal of Archaeological Science). En estos mismos documentos, se ha descubierto, que por la misma época, la vinificación también estaba presente en la que hoy es Jerusalén. Los viticultores plantaron vides a lo largo de laderas rocosas y tallaron cubas en la roca para servir como prensas de vino.

Fue el imperio Romano propagó fuertemente el cultivo de la vid, plantándola en toda la extensión de su territorio. Obviamente, no contaban con las técnicas de vinificación actuales, como ser las fermentaciones a temperaturas controladas, levaduras especiales, dominio de la maceración, etc. Es por esto que una de las características de los vinos resultantes, era su alta graduación alcohólica. La solución a este problema era rebajarlo con agua en proporciones dependientes de cada vino, costumbre que provenía de la antigua Grecia.

El vino tinto se ha usado en medicina por miles de años. Hipócrates, nuestro pionero de la medicina, usaba vino alrededor del año 400 a.C. para tratar problemas de dolor de cabeza, cambios de estado de animo e irregularidades cardíacas. También se usaba para la digestión, el sueño y como tonificante nervioso.

Platón dijo alguna vez: “Nada más excelente ni más valioso que el vino le concedió Dios a la humanidad.”

Cabe aclarar que a los romanos el vino que más les gustaba era el blanco, motivo por el cual muchos tintos se clarificaban con agregados como el polvo de mármol, la clara de huevo, o la tiza, para bajar también su acidez. Y el blanco dulce, en particular, era el preferido de la alta sociedad.

 

 

Al estudiar las Sagradas Escrituras, entendemos que en los libros del Antiguo Testamento, el vino es símbolo de alegría, bienestar, y curación. En las regiones de la Palestina preferían el vino tinto. Es más, en la Biblia, siempre que se nombra el vino, es tinto. En esas zonas plantaban vides tanto en la llanura, como en las laderas de las montañas, donde solían crear “terrazas” artificiales. Allí, también existía la práctica de agregar a los vinos ya terminados agua, miel, hierbas o especias. Y además un método muy particular: una vez cosechadas, algunas uvas se dejaban expuestas a la acción de humo caliente, lo cual según los historiadores de la época le daba al vino un típico sabor ahumado. El jugo de uva se guardaba en odres o en pieles de cabra, y tras su fermentación, solo los mejores vinos, puros y sin aditamentos, se depositaban en tinajas durante algún período para que se tornen más fáciles de beber por la acción del tiempo. Ese vino en su estado más puro, el mejor resultante de la fermentación, con un breve periodo de añejamiento, era el utilizado para las celebraciones religiosas.

Sin embargo, en las regiones de Canaán y el Oriente Medio se prefería el vino tinto. Es más, en las Sagradas Escrituras, siempre que se nombra el vino, el tal es tinto.

La gente de Jerusalén prefirió los vinos ricos y concentrados. El consumo de vino era una práctica común en ese momento.

El vino era fuerte y frecuentemente mezclado con especias, frutas y especialmente resina de árbol, ya que los viticultores creían que la mirra, el incienso y el terebinto preservaban el vino y evitaban su deterioro.

En Israel existía la práctica de agregar a los vinos ya terminados agua, miel, hierbas o especias. Y además un método muy particular: una vez cosechadas, algunas uvas se dejaban expuestas a la acción de humo caliente, lo cual según los historiadores de la época le daba al vino un típico sabor ahumado. El jugo de uva se guardaba en odres o en pieles de cabra, y tras su fermentación, solo los mejores vinos, puros y sin aditamentos, se depositaban en tinajas durante algún período para que se tornen más fáciles de beber por la acción del tiempo. Ese vino en su estado más puro, el mejor resultante de la fermentación, con un breve periodo de añejamiento, era el utilizado para las celebraciones del Eterno, según detallan algunos historiadores de la época citados por el sommelier Diego Di Giacomo, en algunos de sus artículos sobre el tema.

Al ir a la vida del Mesías, y analizar sus relato notamos que la vida de Yeshúa está regada por vino.

Hacer vino fue justamente el primer milagro del Maestro. Así es como se relata en el pasaje de las “Bodas de Canaán” donde la bebida se acaba a la mitad de la fiesta (tercer o cuarto día de una semana de boda) y, ante el descorazonamiento de los presentes, Yeshúa pidió le trajeran tinajas con agua a las que convirtió en vino. Luego mandó al maestresala a que las repartiera al público. Al catarlo, el sommelier, exaltó al “excelente vino” producto del milagro acaecido (Juan 2: 1- 12).  Cabe aquí que les cuente que la palabra griega oinos, que se traduce “vino” en el Nuevo Testamento, sencillamente significa vino, a pesar de los intentos hermenéuticos de muchos santurrones religiosos. Los griegos tenían una palabra distinta para el jugo de uva. La International Standard Bible Encyclopedia sugiere que en los tiempos del Nuevo Testamento, el vino  existía en forma fermentada, afirmando lo siguiente: “El jugo de uva sin fermentar es algo muy difícil de conservar sin la ayuda de las precauciones antisépticas modernas, y su preservación en las condiciones cálidas y no demasiado higiénicas de la antigua Palestina era imposible (p.3086).” Si Jesús accedió a convertir agua en vino para disfrute de todos los invitados de las bodas de Caná, es lógico interpretar que él no estaba en contra del consumo de vino. En una fiesta hebrea el vino era esencial, si Jesús asistió a las bodas de Caná, entonces aprobaba la práctica de festejarlo con comida y bebida.

Por otro lado, Yeshúa utilizó el vino para ilustrar su enseñanza acudiendo a esta sustancia como ilustración al hablar de “vino nuevo” y “odres nuevos” para recalcar la necesidad de cambiar la perspectiva de la Torah (Mateo 9:16-17). Es de suma importancia entender el contexto enológico de esta pedagogía mesiánica: la manera en que se hacía el vino en ese tiempo. Las uvas se cosechaban de las viñas y luego se ponían en un tanque grande (lagar), donde eran pisoteadas con los pies descalzos. (Isaías 63:3). El jugo que salía de las uvas caía en tanques más pequeños, donde se fermentaba aproximadamente seis semanas. Luego se colocaba el jugo en odres de piel de cobra o en cántaros. El vino nuevo no se ponía en odres viejos precisamente a su capacidad de fermentarse; el vino nuevo se sometía a la mayor cantidad de fermentación y era probable que los gases liberados como parte del proceso rompieran las costuras o debilitarían áreas de un odre antiguo.

Conocemos que Jesús levantó una copa de vino en la última cena de Pesaj y dijo: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre…” (1 Corintios 11:25) No existe referencia alguna de que este vino no estuviera fermentado. ¿Tomó Jesús de esta copa? La respuesta es sí: “Tomando la copa y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed…” (Mateo 26:27 RVR1960).

Jesús dijo que bebía vino con una conciencia limpia y tranquila. Respondió a las críticas de los fariseos y defensores de la ley que lo rechazaban de esta manera: “Porque Juan el Bautista ayunaba y no bebía vino, ustedes decían que tenía un demonio. Luego vine yo, el Hijo del hombre, que como y bebo, y ustedes dicen que soy un glotón y un borracho;” Lucas 7:33-34 TLA.

Sabemos que el apóstol Pablo aconsejó a su hijo ministerial Timoteo que tomara un poco de vino como medicina (1 Timoteo 5: 23), pero condenó fuertemente la embriaguez (Romanos 13:13). El New Bible Dictionary da el siguiente resumen de la enseñanza neotestamentaria sobre el uso de las bebidas alcohólicas: “Para resumir, entonces, se puede decir que aunque no se condena el vino catalogándolo de inútil, trae a las manos de los hombres pecadores tales peligros de perder el control que incluso aquellos que se consideran fuertes serían sabios si se abstuvieran, si no por su propio bien por el bien de los hermanos más débiles (Romanos 14:21)».

La Dra. Meredith Warren, profesora de Estudios Bíblicos y Religiosos en la Universidad de Sheffield y es Subdirectora de SIIBS ha estado investigando al respecto. Los principales intereses de la investigación de Meredith radican en las interacciones culturales y teológicas entre las religiones del antiguo Mediterráneo, y especialmente en las metáforas de la comida y el sentido del gusto. Para la Dra. Meredith, Jesús en la cena litúrgica del Pesaj habría añadido agua al vino, tal y como era la costumbre, por la influencia griega que mencioné arriba.

En el Talmud (obra que contiene las tradiciones orales del judaísmo desde aproximadamente el 200 a.C. hasta el 200 d.C), hay varios escritos en los cuales se habla de la mezcla de agua y vino. Un escrito (Shabbath 77a) afirma que el vino que no tiene tres partes de agua no es vino. La mezcla normal se dice que consiste en dos partes de agua por una de vino. En una referencia de mucha importancia (Pesahim 108b) se afirma que las cuatro copas que todo judío debía tomar durante el ritual de la Pascua tenían que mezclarse en una proporción de tres partes de agua por una de vino. De ahí podemos concluir con cierto grado de certidumbre que el fruto de la vid usado en la institución de la Cena del Señor era una mezcla de tres partes de agua y una de vino. En otra referencia judía de alrededor del año 60 a.C. leemos: “Es perjudicial tomar vino solamente, o, reiteramos, tomar agua solamente, mientras que el vino mezclado con agua es dulce y delicioso, y hace que lo disfrutemos más” (2Macabeos 15:39).

El Dr. Patrick McGovern, director científico del Proyecto de Arqueología Biomolecular para la Cocina, Bebidas Fermentadas y Salud, en el Museo de la Universidad de Pensilvania, añade que el vino probado por Jesús habría sido similar al moderno Amarone, un vino tinto italiano hecho de uvas que habían sido secadas antes de la fermentación. Es básicamente un vino hecho de pasas.

Por favor, comprendamos con criterio este tema, lo que las Sagradas Escrituras condenan firmemente es el abuso y no el uso de alcohol. Por ende, el vino puede usarse a menudo como aperitivo, pero no en exceso. En la mentalidad hebrea usar vino no significa abusar de él. Por ello, es absolutamente claro que nuestro amado Mesías nunca fue borracho, más bien es nuestro ejemplo a seguir para disfrutar o participar con prudencia, santidad y dominio propio si algún momento nosotros deseamos participar de alguna mesa donde haya abundancia de comida, tomando en cuenta otros factores bíblicos que veremos más adelante. Jesús participó en banquetes pero nunca fue glotón, tomó vino pero nunca llegó ni siquiera cerca de embriagarse. Él nunca pecó (Heb. 4:15), y por eso,  siempre será nuestro más excelso ejemplo de conducta que se sujeta al Yugo de la Instrucción (Torah) divina.

 

“El vino es la más saludable e higiénica de las bebidas.”

(Louis Pasteur)

 

La Alimentación que Conecta con el Eterno

Por David Nesher

 

“No os hagáis abominables por causa de ningún animal que se arrastra; y no os contaminéis con ellos para que no seáis inmundos. “Porque yo soy el Señor vuestro Dios. Por tanto, consagraos y sed santos, porque yo soy santo. No os contaminéis, pues, con ningún animal que se arrastra sobre la tierra. “Porque yo soy el Señor, que os he hecho subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios; seréis, pues, santos porque yo soy santo.”

(Levítico 11: 43-45)

 

Repasemos lo que hemos visto en esta semana:

Después de ocho días desde la iniciación de los rituales para ungir a Aarón y sus hijos como sacerdotes, asumieron sus cargos.  Toda la congregación estuvo frente al altar, mientras Aarón ofrecía sacrificios por sí mismo y por todo el Pueblo de Israel.  Luego Aarón alzó sus manos hacia el pueblo y los bendijo. Posteriormente, Moshé y Aarón entraron al Mishkán y los restos de sacrificios que aún había, fueron consumidos por un fuego divino.  Ante este hecho, el Pueblo se arrodilló, en actitud de adoración al Eterno.

Dos hijos de Aarón, Nadab y Aviú, tomaron inciensos nunca indicados por el Eterno para su uso, y los encendieron en el Santuario, presentando ante el Creador un fuego extraño.  Fue entonces, que apareció un gran fuego que les produjo la muerte.  Sus cuerpos fueron retirados por Mishael y Eltzafán, hijos de Uziel, tío de Aharón, y llevados fuera del campamento.  Este hecho conmovió a Aarón, pero Moshé le explicó que los kohanim (sacerdotes) tenían la responsabilidad de salvaguardar el nivel de santidad que Yahvéh requirió.  Aarón y sus dos hijos restantes, Eleazar e Itamar fueron instruidos por Moshé de no exteriorizar aflicción, siendo sumisos a la voluntad del Eterno.

El Todopoderoso le dijo a Aarón, que los kohanim no debían beber vino o licor antes de entrar al Tabernáculo, para cumplir con sus deberes en el Mishkán o al instruir al Pueblo.

Pues bien, hoy, nos toca considerar acerca de lo que el Eterno ordenó a Moshé y a Aarón para que instruyeran al Pueblo sobre su alimentación.    Podían comer carne de animales, pero debían observar que no fueran impuros, no kasher o kosher. Kosher es una palabra que deriva del hebreo Kashrut que significa “puro”. Por lo tanto, si aplicamos la palabra kosher al ámbito de la comida y la alimentación nos referimos a alimentos puros o mejor dicho aptos en cuanto a seguridad alimentaria y calidad, para ser consumidos por los hijos de Israel, y así fortalecernos en su espiritualidad.

Desde esta definición, me veo obligado a decir que si bien kashrut nos aporta muchos beneficios relacionados con la salud, como algunos argumentan como prioridad en la exégesis de este pasaje, en realidad estos son «beneficios» y no «razones«. Sin embargo, el Eterno, al dar las leyes del kashrut,  quiere que usemos nuestro intelecto y entendamos sus mandamientos primordialmente desde una sentido espiritual, para llevarlos a la praxis de la mejor manera que podamos. El kashrut debe ser visto como «nutrición espiritual«: de la misma forma que hay alimentos que son buenos para el cuerpo y alimentos que son dañinos, hay alimentos que nutren el alma hebrea y la refinan espiritualmente, y hay alimentos que afectan al alma redimida, intoxicándola con lo reptiliano.

En la cosmovisión divina de nuestro diseño original, nuestro cuerpo es visto como un instrumento de lo que el alma recepciona del espíritu. Según las Sagradas Escrituras nuestra alma desea hacer mitzvot, es decir cumplir con los mandamientos de la Instrucción (Torah) realizando las acciones correctas que la acerquen a la semejanza con Dios a través del Mesías (Romanos 7: 14-25). Para ayudar a nuestra alma, nuestro cuerpo debe participar también de esas acciones. Por ello, cuando comemos, el alimento deja de ser un elemento extraño y se asimila al organismo y también el componente espiritual (energía vital) de ese alimento es integrado al torrente de vida de la persona. Por lo tanto, nuestro cuerpo físico es modificado por lo que lo alimenta y el espíritu humano altera su condición con el mismo.

El kashrut es la dieta que el Eterno ofrece para desarrollar la espiritualidad de Su Pueblo. Este pasaje enseña que la comida no kosher bloquea el potencial espiritual del alma.  En cambio, los animales kosher, propiamente matados y preparados, tienen más «chispas de santidad» que serán incorporados a nuestro ser.

Al leer este capítulo, notamos que solamente se puede ingerir carne de animales cuadrúpedos que tuvieran pezuñas partidas y rumiantes.  Por lo tanto quedó prohibido comer carne de camellos, conejos, liebres y cerdos.

De los animales que viven en el agua, sólo aquellos que tienen aletas y escamas.  Todos los demás quedaron prohibidos para consumir, como ser los moluscos.

De las aves, fueron prohibidas las de rapiña, como el águila, buitre, etc.  También son impuros los insectos y otros seres que se arrastran, como ratón, comadreja, lagarto, caracol, reptiles, etc.

Al investigar las razones esenciales de estos preceptos, se nos devela que la pureza y la santidad son bases en la vida de los hebreos. Así se entiende que prioritariamente Yahvéh le dio a Israel las leyes dietéticas para hacerlos santos. La palabra santo no se refiere necesariamente a una calidad moral o ética. Significa ser apartado para el Señor.  Los requisitos distintivos de las leyes dietéticas (kashrut) de la Torah lograban que los hebreos se obligaran a agruparse en comunidades de propósito celestial al tiempo que limitaban sus posibles interacciones con otras comunidades conectadas al sistema reptiliano. Es que el pueblo de Israel había sido llamado a ser una nación sacerdotal para el Eterno y por eso tenía la obligación de separarse de las cosas y los animales que producen impureza ritual, y que en las naciones cananeas era tan importante consumir para atraer el favor de sus dioses.

Hemos aprendido hasta ahora que los sacrificios son el pan del Eterno y él sólo podrá “comer” animales que son limpios. Por eso Él no permite que sus hijos que pueden vivir cerca de su morada, coman cosas que Él no puede recibir en sacrificio. Sus hijos tienen que imitar la conducta de su Padre (comparar con Deuteronomio 14:1-21).

Todo lo prescrito en la Instrucción (Torah) enseña que un hijo de Israel que come un animal impuro se vuelve ritualmente impuro, en hebreo tamé, (para un mejor entendimiento de esta idea divina los invito a leer el concepto de Perfeccionamiento),  y si come animales abominables se vuelve también abominable para el Eterno, como está escrito en Levítico 11:43-44. De este modo, la revelación de la Torah implantó en la mente de los hebreos que la Presencia del Eterno en medio de ellos exige una dieta más estricta para que el tabernáculo no sea contaminado por ellos a la hora de entrar en él (7:21).

Con estas leyes de santificación ritual en la alimentación (kashrut), Yahvéh dejó bien claro que cada integrante de Israel se encuentra espiritualmente conectado con Él como Creador del mundo. Él es la fuente de la vida y dispuso que su pueblo se conecte con Él sacerdotalmente a través de un sistema que sea apropiado para la vida espiritual. Si bien todo lo que Yahvéh creó en su mundo tiene una finalidad en lo espiritual, hay niveles de acercamiento al Creador y hay niveles de vida espiritual. En este capítulo de Vayikrá queda revelado que el pueblo de Israel se eleva a través de los preceptos a un nivel de conexión con la fuente de la vida según las capacidades y potencialidades que son parte de su propia esencia. Yahvéh, enseña así a sus hijos que la pureza es el instrumento que nos ayuda a conectarnos con este mundo espiritual y la diferenciación entre este mundo espiritual y aquello que no es tal, es el marco que nos marcará el ritmo de nuestra elevación como personas cada vez más espirituales.

Junto con el motivo de elevación espiritual, que enmarca la personalidad de Israel bajo un prisma de pureza, cuyo instrumento comienza a partir de lo que se consume, se desprende un elemento adicional en las conductas alimenticias del pueblo. El «kasher» es sin lugar a dudas una señal de identidad nacional, de una manera tajante por medio de sus normas se marca una diferencia clara entre el mundo de los hijos de Sión y el mundo externo. A través de este sistema nutricional, El Eterno impide que tanto los hijos primogénitos como aquellos que no lo son se sienten juntos en banquetes asimilatorios, haciendo una especial remembranza del pasado en Egipto: «Porque Yo, El Eterno, que te he hecho subir de la tierra de Egipto para ser para ustedes Dios, por lo tanto serán santos… y deberán diferenciar entre lo puro y lo impuro…» (Vayikrá 11: 41-47). Es decir, debido a que Israel es santo, separado, se le ha entregado un sistema de alimentos que tiene como consecuencia además una identidad como nación una separación de elementos morales extraños a la esencia del pueblo de Israel.

Mediante el kashrut el Pueblo Escogido se mantendrá consciente en que tiene una misión, la llamada «letakén et haolam» (לתקן את העולם), es decir reparar el mundo por medio de los códigos creativos revelados en la Torah. Entonces, descubrimos que este pasaje nos ofrece una dieta especial que nos recuerda nuestra misión y nos mantiene juntos como un solo pueblo para poder realizar esta Gran Comisión con excelencia.

Evidentemente la kashrut nos hace mejores personas, por lo que deberíamos respetar esta forma de alimentación, sin ponerla en duda, sin cuestionarla porque si proviene del Eterno, nuestro Dios, es bueno para nuestra vida.

Si logramos escoger nuestro alimento no solo a partir de necesidades materiales, sino que lo enmarcamos en una dimensión espiritual, habremos conseguido formarnos bajo una salud más espiritual y moral que física.

Por lo tanto, debemos entender que la dieta kasher es primordialmente espiritual. No promete hacer perder peso o a sentirse más saludable, sino que supone que cada uno de nosotros, practicándola, logrará refinar su alma, acorde a la imagen divina puesta por creación en nuestro espíritu, y activada por redención a través de la obra redentora de Yeshúa HaMashiaj.

Recuerda pues que, según nuestro Señor: ¡eres lo que comes!

Bitácora recomendable para completar este estudio:

Alimentos para una Personalidad Sana (Las Leyes Alimentarias)

Escamas y Aletas: Raíz y Base de la Verdadera Espiritualidad

8 RAZONES MÉDICAS POR LAS QUE YO NO COMO CERDO

¿Existen Los Alimentos Sagrados?

También te invito a ver esta EXPLICACIÓN de las Leyes Kashrut de la ALIMENTACIÓN:

¡Tres Días Son Tres Días… no Un Día y Medio!… (El Misterio de la Señal de Jonás)

Por P.A. David Nesher

“La generación mala y adúltera busque a un signo; y no se le dará ninguna señal a la misma, sino la señal del profeta Jonás:
Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena; así estará el Hijo del Hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra. Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán, porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás; y he aquí más que Jonás en este lugar.»

(Mateo 12:40)

Es natural que aquellos varones y mujeres que no están familiarizadas con la secuencia de las Fiestas Primaverales del Eterno, determinaron un error de conteo al considerar la frase dada en su relato por el apóstol Juan al escribir:

«Entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la Pascua, a fin de que los cuerpos no quedaran en la cruz el sábado (pues aquel sábado era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebraran las piernas y fueran quitados de allí»
(Juan 19:31)

Ellos identificaron el día después de la crucifixión como un Sabbath semanal, en ves de uno especial o anual. Esto quiere decir para ellos que Yeshúa fue crucificado en un día viernes, porque toda la gente sabe que el Sabbath judío es el día sábado. Y casi todo el mundo está de acuerdo en que Él resucitó en un día domingo. Pero, a la vez, todos coinciden en que no hay manera alguna en que se pueda contar tres días y tres noches entre un viernes y el domingo siguiente. He allí la controversia.

Por favor, reflexionen conmigo La única señal directa que Yeshúa dio de ser el Mesías fue que estaría 72 horas en el sepulcro, lo mismo que el profeta Jonás, que estuvo prácticamente muerto en el vientre del gran pez ¡y salió de allí únicamente porque Yahvéh lo sacó! Los líderes religiosos que retaron a nuestro Señor sabían muy bien la historia de Jonás, pero al parecer, nunca entendieron su significado.

En la actualidad, la mayoría de las personas que se declaran cristianas siguen la tradición del viernes santo y domingo de resurrección, ¡lo cual es una burla a las palabras de la señal de Cristo! No hay manera de hacer caber 72 horas dentro del lapso de un viernes para la crucifixión y un domingo para la resurrección. La historia de la Pascua florida es fruto de las tradiciones paganas previas al cristianismo ¡y no figura para nada en las Sagradas Escrituras!

A continuación comparto los dos videos de mi Canal de Youtube en los que podrán comprender esto:

PRIMERA PARTE:

SEGUNDA PARTE:


Los Ciclos del Eterno

«Enséñanos de tal modo a contar nuestros días,
Que traigamos al corazón sabiduría.»

(Salmo 90: 12)

Vivir en esta denominada posmodernidad es ser testigo y protagonista de lo que el profeta Daniel describió como tiempos en los que «…mucha gente andará de acá para allá, buscando aumentar sus conocimientos” (Dn. 12: 4). Todos somos blanco de la propuesta cotidiana de ser personas multifacéticas, sobrecargadas de responsabilidades salidas, la gran mayoría de ellas, de la presión de las redes sociales y los smarphones. De este modo las cosas se nos imponen desde el sistema reptiliano, cosificándonos, y así presionándonos a tomar la escala de valores materialistas que la élite que gobierna necesita que adoptemos.

Por ello, te pido que ahora te imagines una pausa…

Permite, por un momento, que tu imaginación encuentre en este instante una forma de dejar toda esta vorágine bien atrás. ¿Qué harías? Puede ser que te desesperes y hasta comiences a aburrirte. Seguramente descubras que has sido programado para creer que sin toda la sobrecarga sensorial de los medios de comunicación actuales estamos totalmente solos. Que sin un smarphone, un periódico, una radio o una laptop, la vida se transforma en una pesadilla. Pero considera esta otra alternativa. Quizás esta pausa te ayudaría a elegir enfocarte en las cosas que estimas importantes. Podría ser tu oportunidad para preguntarte en que crees, o en que estas realmente interesado. En vez de dejar que empresas comerciales o sociales, con agendas sutiles u obvias, manejen tus pensamientos. Tu mente lograría expandir la conciencia, y así te darías cuenta que el tiempo está en tus manos para administrarlo y sacar de él lo mejor para tu propósito.

Pues bien, quiero decirte que ese espacio reflexivo sí existe. Esa pausa existencial ya fue diseñada para ti por tu Creador. Se trata del Ciclo Séptuplo del Eterno. Una metodología celestial para contar nuestros días que permite que la Luz primordial fluya de nuestro corazón y repare nuestro entorno.

La vida y el universo se mueven en el tiempo a través de ciclos. Las Sagradas Escrituras, desde Génesis hasta Revelación (Apocalípsis) nos muestra esta verdad, esta ley, tanto en el mundo físico como en el espiritual.

El Eterno opera en ciclos de siete tiempos, acciones o eventos. El número siete representa la integridad y terminación. El número siete (que significa plenitud, cumplimiento y perfección) representa el Tiempo de Yahvéh. Este principio o ley lo extraemos del momento de la creación cuando nuestro Dios decidió bendecir y apartar para Sí (santificar) el séptimo día (tiempo, era o ciclo). Después de siete días, el mundo estaba completo. Hay 6 direcciones en nuestro mundo: norte, sur, este, oeste, arriba y abajo. Agregue el lugar donde usted está, y usted tiene un total de 7 puntos de referencia.

 

Los ciclos fundamentales en la Torah se fundamentan en el número siete. Ya sea que se cuenten los días semanales, los meses, los años o las series de los milenios, siempre notaremos que en las Sagradas Escrituras aparecen una y otra vez los ciclos de siete. Muchos de los movimientos proféticos de Israel y de los eventos significativos son patrones de siete. Por consiguiente, el siete está conectado con los avances y el favor espiritual de Israel.

La revelación de la Torah enseña que en una correcta mentalidad hebrea debe existir la conciencia de siete periodos o ciclo de tiempo. Cada una de las siete unidades de tiempo (ciclo) consta de dos fases principales: mundanalidad (jol) y santidad (kedushá). Seis días de trabajo mundano vienen seguidas de un día de descanso espiritual, de seis años de trabajar la tierra, a un año de suspensión y abstención de la materia, seis milenios dedicados a la lucha con el desarrollo y el mundo físico, a un séptimo milenio en el que la única ocupación de todo el mundo va a ser el conocimiento del Eterno.

 

Sin embargo, a pesar de su trascendente naturaleza, el séptimo día, el séptimo año y el séptimo milenio son partes constitutivas de los ciclos de la creación. La materialidad y la espiritualidad pueden diferir en gran medida, hasta el punto de la exclusividad mutua, pero ambos son parte de la naturaleza: los dos se rigen por el marco de las leyes que definen la realidad creada.

 

El hecho de que la Santidad exige el cese y la suspensión de todas las cosas mundanas, indica que, también, tiene sus límites. Esto significa que así como existe una naturaleza física que define y delimita el alcance de las cosas físicas y de las fuerzas, así también el reino de lo espiritual tiene su “naturaleza”, su propio conjunto de leyes que definen lo que es y lo que no es, en el que puede existir y donde no, y cómo y de qué manera puede hacerse sentir más allá de sus fronteras inviolables. Así, mientras que el concepto de la trascendencia parece la antítesis de la definición, la trascendencia es en sí una definición, por lo que se define (y por lo tanto limita) a sí mismo como más allá, y distinto de lo material.

El primer ciclo está compuesto por los siete días de creación  que culminan con el Shabat (día sabático, conocido también como el día del descanso). El «día séptimo» o Shabat representa la esfera del Tiempo de Dios, pues simboliza Su reposo mesiánico. Yahvéh desea que nosotros moremos, reposemos y permanezcamos desde esa esfera de Tiempo, para crear y señorear sobre toda la creación (Gén. 2:1-3; Éxo. 20:8-11; Lev. 23:2-3; Mr. 2:23-28; 3:1-5; Mt. 12:9-13; Col. 2:16-3:4; Heb. 4:1-13). Sabemos, por lo que la Torah nos revela, que el séptimo día es importante, porque en él el Eterno subraya y enfatiza el SER, el estar en Él y con Él. En seis días trabajamos, HACEMOS; pero en el séptimo día descansamos, reposamos, sencillamente SOMOS. El diseño de Dios para Sus hijos es que trabajemos desde el descanso; primero somos (descanso), luego hacemos (trabajo).

 

La Torah no le da ningún nombre específico a cada uno de los seis días de la semana. En la cosmovisión de Yahvéh no existen domingo, lunes ni martes; tampoco miércoles, jueves o viernes. Desde la Torah Él nos ordena “recordar el día del Shabat”. Esto significa que debemos recordarlo desde el primer día de la semana. De esta manera nos referimos a los días de la semana sólo en términos de su lugar relativo al Shabat, como “el primer día desde el Shabat”, “el segundo día desde el Shabat”… y así en más, hasta el “sexto día desde el Shabat” o “la víspera del Shabat”. Es el Shabat quien define y une a los otros seis días de la semana.

El segundo ciclo se manifiesta en el período en el que se lleva la cuenta de las siete semanas entre la festividad de Pesaj  y Shavuot (la entrega del Espíritu de la Torah). El mero acto de tomarnos el tiempo de “contar” cada día, por siete semanas, en voz alta y con bendición, nos hace extremadamente conscientes de la importancia de este ciclo específicamente. Shavuot, que conmemora el surgimiento del Pueblo de Israel como una nación casada con el Eterno, por virtud de recibir y aceptar la Torah también marca una terminación. Tal vez es por eso que la festividad es llamada Shavuot, «Semanas». Por ello, es propicio identificar a esta festividad como una terminación del proceso de creación de la nación de Israel.

El tercer ciclo es el de las  festividades de peregrinaje: Pesaj, Shavuot y Sukkot que suceden en un período de 7 meses de intervalo, con siete fiestas del Eterno en total.

El cuarto ciclo está discernido en la cuenta de los años, el año de Shmitá que es el Año Sabático. El séptimo año del ciclo de los siete años de trabajo de la tierra, llamado en hebreo el año de la Shemitá, es decir, el año de descanso de la tierra de Israel. Es por eso que cada siete años rigen en la tierra de Israel, algunas leyes especiales relacionadas con los cultivos, con el producto agrícola el mantenimiento y cuidado de jardines y campos agrícolas (Bamidvar – Números – 34:1-2). Al igual que Shabat, Shmitá es un medio para reconectar todo a su fuente. Mientras nos alejamos cada vez más del punto inicial de la creación, necesitamos de Shmitá para que nos regrese a él. Justamente cuando la creación parece un recuerdo borroso, sentimos que la humanidad maneja el mundo y que nuestra inteligencia nos ha traído la recompensa de lo que ella ha logrado. Shmitá trae un Shabat a la tierra y cambia todo. Shmitá nos da la oportunidad de disolver la distancia entre nosotros y la creación, y devolver la tierra a su fuente, es decir, a Dios. Debido a que Israel no guardó el shmita, Dios los envió a cautividad durante setenta años para permitir que la tierra descansara (Levítico 26:32-35).

El quinto ciclo, relacionado con el anterior, está comprometido con el conteo de Yobel o Año Jubilar.  Este ciclo consiste en añadir siete ciclos anuales siete veces (o 7 x 7 = 49 años) y decretar un jubileo (Yobel) en el décimo año del séptimo mes, cada cincuenta años (Levítico 25: 3-10).  En hebreo, la palabra para “jubileo” es yovel (significa el sonar de trompeta), ya que esto representa el año de libertad. Una liberación sucedía en ciclos de cada cincuenta años, comenzando en el Día de Expiación, al hacer sonar las trompetas de plata. Este sistema para contar eventos importantes cada año cuarenta y nueve o cincuenta fue tan importante que se compiló todo un libro conocido hoy como «El libro de los Jubileos«.

El sexto ciclo cuenta los miles de años que dividen la existencia del mundo en siete mil (7.000) años; seis mil (6.000) años pre-mesiánicos (en los cuales estamos viviendo) que continuarán con el Mesías inaugurando, junto a sus santos, el séptimo milenio, un ciclo que se apoda “el tiempo de un eterno Shabat”. En este ciclo séptuplo la totalidad de la historia humana transcurre en una semana de siete milenios, que consta de seis mil (6.000) años de trabajo humano en el mundo desarrollando la creación de Dios, y el séptimo milenio, que es “totalmente Shabat y descanso, para la vida eterna”. Llamándose a este último la era del Mashíaj o El Milenio. Este ciclo constituirá la culminación de seis milenios de historia humana caída y destacará el esfuerzo para hacer de este mundo una «morada para el Eterno» por medio de la enseñanza de la Torah.

Y por último el séptimo ciclo, basado en tiempo que se llama los cincuenta mil (50.000) jubileos. El término que denota el infinito nivel de consciencia que atendremos con la Segunda Venida del Mesías, cuando experimentaremos la resurrección de los difuntos y el mundo venidero será completamente revelado. El término 50.000 jubileos simboliza un estado eterno de revelación continua y avance espiritual.

Todos estos ciclos de siete ocupan un lugar importante en nuestras vidas, y en realidad todos forman una concentración de energía que guían nuestra consciencia hacia esa plenitud mesiánica que Abba anhela que alcancemos.

Mientras más meditemos en ellos, más nos conectaremos y podremos orientarnos con los ciclos divinos que el Eterno puso en marcha en el momento de la creación.

Siete es no sólo el número elemental de tiempo, sino también de todo lo creado y de la realidad creada como un todo. Esto es especialmente verdad en el ser humano, que fue creado “a imagen de Dios” para poder conformarse a Su semejanza. Por eso, el carácter humano se compone de siete unidades (el amor, la moderación, la armonía, la ambición, la devoción, conexión y receptividad), reflejando los siete atributos o virtudes que el Eterno asume como creador del universo, y que quiere manifestar en sus hijos por medio de Su primogénito, Yeshúa HaMashiaj.

Habiendo alcanzado el entendimiento de estos secretos divinos, te invito a meditar en los días, fiestas y ciclos del Eterno… ¡Te animo a planificar según sus días, fiestas y ciclos que Yahvéh ha dispuesto para sus hijos! ¡Atrévete a cerrar y abrir ciclos según la buena y perfecta voluntad del Señor!

¡Sé que el Eterno, como Abba kadosh, te entregará la misma unción que le dio a los hijos de Isacar!

 «De los hijos de Isacar, doscientos principales, entendidos en los tiempos, y que sabían lo que Israel debía hacer, cuyo dicho seguían todos sus hermanos.»

(1 Crónicas 12:32)

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