Estudios Bíblicos

Sacrificio por la Culpa: El Poder de Practicar la Confesión

Asimismo esta es la ley del sacrificio por la culpa; es cosa muy santa.
En el lugar donde degüellan el holocausto, degollarán la víctima por la culpa; y rociará su sangre alrededor sobre el altar. Y de ella ofrecerá toda su grosura, la cola, y la grosura que cubre los intestinos, los dos riñones, la grosura que está sobre ellos, y la que está sobre los ijares; y con los riñones quitará la grosura de sobre el hígado. Y el sacerdote lo hará arder sobre el altar, ofrenda encendida a Jehová; es expiación de la culpa. Todo varón de entre los sacerdotes la comerá; será comida en lugar santo; es cosa muy santa. Como el sacrificio por el pecado, así es el sacrificio por la culpa; una misma ley tendrán; será del sacerdote que hiciere la expiación con ella. Y el sacerdote que ofreciere holocausto de alguno, la piel del holocausto que ofreciere será para él. Asimismo toda ofrenda que se cociere en horno, y todo lo que fuere preparado en sartén o en cazuela, será del sacerdote que lo ofreciere. Y toda ofrenda amasada con aceite, o seca, será de todos los hijos de Aarón, tanto de uno como de otro.

(Levítico/ Vayikrá 7: 1-10)

Lo maravilloso de investigar la Instrucción (Torah) es que al describir lo que se debía de hacer con los sacrificios, ella nos transmite mensajes y enseñanzas claramente aplicables para nuestra vida cotidiana hoy.

Todos hemos pecado, y una de las consecuencias del pecado es la culpa. El Eterno nos creó con una conciencia moral que nos permite discernir internamente entre el bien y el mal. Todos tenemos una naturaleza pecadora:

«Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros»

(I Juan 1:8).

En el pasaje de Vayikrá notamos que la cosmovisión divina primeramente nos llama a estar agradecidos por los sentimientos de culpa que aparecen después del pecar, porque éstos nos conducen a buscar el perdón y la restauración celestial.

Al establecer este korban (ofrenda o acercamiento) el Eterno desea que comprendamos que los sentimientos de culpa deben de ser elevados y ofrendados. Luego, y a través de ello, corregidos para generar una reparación transformadora (tikún).

Ante esto la pregunta práctica es: ¿cómo hacemos para elevar un sentimiento de culpa, ofrendarlo al Eterno y por ende corregirlo desde Su fuerza?

Primeramente, tomando consciencia de que lo elevamos a través de comprender y aceptar que ese sentimiento de culpa es algo que nos envió el mismo Yahvéh para que recapacitemos y corrijamos nuestras conductas.

Luego, una vez que recapacitamos, se produce en nosotros el arrepentimiento (teshuvá). Así corregimos nuestra conducta y hacemos aquello que está en nuestras manos poder hacer a fin de reparar los daños causado por el error (tikún). Por ello, debemos de «ofrendar» a Yahvéh dicho sentimiento de culpa, para que éste no nos impida vivir con alegría, mejorarnos y servir a Su Nombre, logrando por medio de ello, exactamente lo opuesto que el Eterno en realidad quiere cuando sentimos esta clase de sentimientos.

Y esto es así, sencillamente porque Yahvéh nos creó para que seamos exageradamente felices (bienaventurados), y así cumplir fielmente con nuestra misión de propósito en la vida, a fin de que realmente sintamos que con nuestro accionar estamos marcando una diferencia.

Sin embargo, los sentimientos de culpa, sino se elevan al Eterno, pueden ser una carga aplastante. El rey David se sintió muy abrumado por sus errores, por eso escribió: “Mi culpa pesa sobre mi cabeza como una enorme carga. Me estoy hundiendo.” (Salmo 38:4 – PDT). Algunos hermanos han llegado a deprimirse pensando que YHVH nunca los perdonará (2 Corintios 2:7).

La persona que se siente culpable tiende a practicar el autocastigo de diferentes maneras: negándose las bendiciones, induciendo enfermedades y dolencias (sin causa física) en su cuerpo. Por esta actitud errada, se obsesiona hasta caer en angustia, ansiedad, depresión y sobre todo no se siente en comunión con Dios pues teme a su juicio.

En los siguientes versículos bíblicos puedes ver como el pecador siente dolencias físicas a causa del sentimiento de culpa provocado por el pecado y el temor al juicio de Dios.

«Enmudecí y callé; guardé silencio aun acerca de lo bueno, y se agravó mi dolor«

(Salmo 39:2).

«Mira oh Señor, que estoy angustiado, hierven mis entrañas, mi corazón se revuelve dentro de mí, porque he sido muy rebelde. En la calle la espada mata, en la casa es como la muerte«

(Lamentaciones 1: 20).

Y si los sentimientos de culpa nos debilitan o nos paralizan y hacen que vivamos con tristeza constantemente flagelándonos, entonces sin lugar a dudas que dichos sentimientos se transformaron en algo detestable e impuro, que va en contra de la voluntad del Eterno.

El Eterno quiere que tú disfrutes de una conciencia limpia. Desea que cuando hables de él y de sus promesas a otras personas, lo hagas con gozo, buena conciencia y un corazón sincero (Salmo 65:1-4). Por eso YHVH nos invita de este modo:

“Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que tiempos de refrigerio vengan de la presencia del Señor”

(Hechos 3:19).

El olá (holocausto) de culpa nos recuerda que siempre debemos acudir al arrepentimiento (teshuvá) y confesión ante el Eterno para reconciliarnos con Él y estar en comunión con Su Presencia en medio de nosotros. Debe hacerse en oración directamente con el Señor o en unión con hermanos maduros espiritualmente.

El holocausto de culpa implantaba en cada hebreo la enseñanza de que la confesión es la forma de liberación del sentimiento de culpa. La misma tiene dos dimensiones: confesión ante Yavhéh y también ante los hombres que Él ha habilitado para ello por medio de su vocación pastoral.

«La oración de fe restaurará al enfermo, y el Señor lo levantará, y si ha cometido pecados le serán perdonados. Por tanto confesaos vuestros pecados unos a otros, y orad unos por otros para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede lograr mucho»

(Santiago 5: 15,16).

 

Este pasaje nos da la certeza de que la confesión del pecado en oración, da salud, paz interior y restaura la comunión con Dios. En una manifestación de la sabiduría vivencia, el rey Salomón escribió:

«El que encubre sus pecados no prosperará, más el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia»

(Proverbios 28:13).

Estamos hablando de confesión y arrepentimiento verdadero y no un autoengaño como «permiso para seguir en el pecado«, porque al Eterno nadie le engaña (Gálatas 6:7).

Por consiguiente, lo que debemos de hacer cuando sentimos sentimientos de culpa que eventualmente nos paralizan y nos impiden cumplir nuestro propósito, es aconsejarnos con personas sabias que tienen experiencia en cómo corregir dicha clase de sentimientos, de modo tal que podamos continuar nuestro camino por la vida, con firmeza, alegría, vitalidad y plenitud. Y como está escrito que el preso no se libera a sí mismo de la cárcel, es sumamente importante consultar con una persona sabia que nos ayude a salir del terrible «calabozo» que representa el vivir con «sentimientos de culpa», para que podamos continuar «celebrando la vida» como idealmente deseamos; aprendiendo además de esto, para posteriormente poder ayudar a los demás.

Confesarle al Eterno los pecados y hablar con los presbíteros (ancianos pastorales)  puede parecer muy difícil, pero ayuda mucho a reconectarse con la fuente de la Vida. De hecho, a David también le costó. Las Sagradas Escrituras indican que durante un tiempo no le contó a nadie los pecados que había cometido (Salmo 32:3). Pero luego vio los beneficios de confesarlos y de corregir sus errores.

Uno de los beneficios más grandes fue que David volvió a ser exageradamente feliz (bienaventurado). Él escribió: “¡Bienaventurado el que ha sido absuelto de su pecado y liberado de su falta!” (Salmo 32:1, El libro del Pueblo de Dios). También le pidió a Dios: “Abre mis labios, oh Señor, para que mi boca anuncie tu alabanza.” (Salmo 51:15). David se sintió muy aliviado y agradecido al Eterno, y eso lo impulsó a alabarlo delante de otras personas.

¿Por qué debía de degollarse el sacrificio de elevación, en el mismo lugar donde era degollado el sacrificio de culpa, y por que una vez que esto había sido hecho, la sangre debía de tirarse alrededor del altar?

Y la respuesta es, que lo que la Torah nos quiere enseñar, es que si realmente queremos crecer y elevarnos, debemos de eliminar previamente todos aquellos sentimientos de culpa que negativamente nos paralizan, impidiéndonos hacer aquellas cosas buenas que podríamos llegar a realizar. Y la eliminación de esta clase de sentimientos para poder servir al Señor con amor y alegría, dedicándonos a amar y beneficiar de ahora en más a nuestros semejantes, es la corrección más elevada y positiva que puede haber para dicha clase de sentimientos, siendo considerado esto, ¡santo entre lo santo!

 

En este holocausto la sangre debía ser rociada alrededor del altar codificando así un mensaje maravilloso y práctico.  Esa sangre, que como sabemos representa a nuestra energía vital, no debía de ser destruida ni quemada, sino que por el contrario, debía de ser tirada «alrededor del altar», para que, cuando llegue el momento indicado, podamos volver metafóricamente a utilizar nuevamente dicha energía, encausándola de la manera correcta para así podernos superar, en todo desafío que la vida presenta. Es decir que la corrección de nuestras malas cualidades no pasa por destrozarlas y destruirlas, sino por tomar la energía que antes utilizábamos negativamente en ellas, canalizándolas en la dirección correcta, otorgándoles un propósito que contribuya con nuestra elevación y nuestro crecimiento, en todos los ámbitos, y especialmente en el de nuestro lugar celestial (o espiritual) que tenemos en el Mesías.

Finalmente, si el pecado ha sido confesado, ha habido arrepentimiento genuino, y ha sido perdonado; entonces es tiempo de dejarlo atrás. Recuerda que nosotros que hemos venido a Yeshúa como nuestro Gran Sumo Sacerdote, hemos sido hechos nuevas criaturas en Él. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” (2 Corintios 5:17). Parte de las cosas “viejas” que “pasaron” es el recuerdo de pecados pasados.

Al meditar en este pasaje del libro Vayikrá nuestras conciencias se elevan en el regocijo de entender que nuestro Abba Celestial en su dinámica de salvación para cada uno de nosotros, hizo que Yeshúa, su Hijo, la Luz Primordial, pagara el precio por nuestras culpas.

Apreciado lector/a si verdaderamente has creído y aceptado que Yeshúa HaMashiaj pagó el precio por tus pecados debes asumir el derecho de sentirte limpio y sin mancha por su sangre en la cruz. Limpio de todo sentimiento de culpa, real o falso.

Pesaj: Una Fiesta contra el Ego Reptiliano

Pesaj es una festividad intrínsecamente ligada a la Libertad que surge de la Verdad del Eterno que deshace todas las estructuras mentales que Mitzraim implantó mediante la programación mental en las masas humanas.

Dios Hoy te dice: «¡Ponle Sal a tu Vida!»

Por P.A. David Nesher

 

“Todas las ofrendas de cereal las sazonarán con sal, y no dejarán que les falte la sal del pacto de su Dios. A todas las ofrendas deberán ponerles sal.”

Levítico 2:13 (NVI)

 

 

Al leer este versículo de Vayikrá surge la pregunta: ¿por qué la ofrenda tendría que llevar sal? 

Lo primero que debo decir en mi respuesta es que este versículo se refiere al pacto de la sal. En estas regiones de Oriente Medio, el uso de la asomo era símbolo de la comida tomada en común y de la estrecha amistad que se establecía entre el hospedero y sus convidados. El pacto de sal aseguraba la protección del que ha ofrecido hospitalidad.

Cuando el Eterno instituyó las ofrendas en el Mishkán (Tabernáculo) también ordenó el uso de la sal como recuerdo de Su pacto perpetuo con Israel. Al llamarlo un “pacto de sal” – brit melaj,(ברית מלך), Él estaba enseñando que Su pacto estaba sólidamente establecido y perpetuo. Pero además, se estaba asegurando que Israel protegería su Nombre y Presencia con reverencia. Razón de ello, encontramos que dos veces aparece esa expresión en las Escrituras:

«Todas las ofrendas elevadas de las cosas santas, que los hijos de Israel ofrecieren a Yahvéh, las he dado para ti, y para tus hijos y para tus hijas contigo, por estatuto perpetuo; pacto de sal perpetuo es delante de Yahvéh para ti y para tu descendencia contigo.»

(Números 18:19)

«¿No sabéis vosotros que Yahvéh Dios de Israel dio el reino a David sobre Israel para siempre, a él y a sus hijos, bajo pacto de sal?»

(2 Crónicas 13:5)

En las Sagradas Escrituras, la sal, por sus cualidades como elemento conservador, simboliza la duración y fidelidad (lo eterno) en la alianza y es usada como señal de pacto. Lo fundamental de un pacto es que sea perpetuo y por eso la sal es un buen símbolo para ello.

Por otro lado, en el Oriente, debido a que la sal evitaba el deterioro, llegó a ser un símbolo de estabilidad y permanencia de la amistad. De acuerdo a las costumbres antiguas un lazo de amistad se establecía a través de comer sal. El tomar la sal y colocarla en una comida entre dos persona es una garantía de amistad duradera, una promesa de fidelidad perpetua que aseguraba la permanente solidaridad de las partes. Dos personas compartían una comida que  sazonada con sal, los comprometía a no traicionarse, ni dañarse mutuamente. Se decía que una vez que alguna persona comía, por medio de una comida, la sal de un hombre, se hacían amigos de por vida. El Eterno quería que cada sacrificio fuera un recordatorio de la relación con Él.

 Cuando se hacían pactos, los protagonistas del mismo solían comer juntos (incluso comían sal), lo que denotaba lealtad y fidelidad perpetuas al pacto celebrado. Por lo tanto, se entendía que un “pacto de sal” había que cumplirlo sin falta. (Nú 18:19.)

La sal era parte importante de la ofrenda ya que hablaba de pureza, de preservación y de costo. El Eterno quería que sus hijos primogénitos entendieran que cada sacrificio ofrecido a Su Nombre debía ser puro, debía ser duradero y debía costar algo. En este versículo notamos que Yahvéh repite la idea en tres ocasiones.

De esta manera el pacto de sal tenía características específicas. Estas eran:

· Un pacto puro (la sal se mantiene pura como componente químico).

· Un pacto duradero (la sal hacía que las cosas se conservaran y duraran). Como un conservador, la sal aminora la acción hormonal en la carne. Es la naturaleza de la carne el echarse a perder pero la sal ayuda a que la carne se mantenga en buen estado.

· Un pacto de valor (la sal era cara).

La sal tenía que acompañar no solamente todas las ofrendas que subían al altar, sino también el incienso y el pan de la proposición. Incluso se usaba para la rampa del altar para que los sacerdotes no se resbalaran.

Creo necesario, aportar unos datos más, que permitirán entender el peso espiritual de este elemento en las ofrendas. La sal pertenece al reino mineral e inerte. Las ofrendas representan el acercamiento al Eterno, y lo que la Torah quiere revelar es que todo acercamiento debe ser con “sal”, es decir con plena sumisión, tal como lo mineral que no tiene voluntad propia. La persona puede acercarse al Eterno a través de su emoción, y esto es loable, pero nunca debe perder el nivel de subordinación a las normas estipuladas en la Torah.

Además, la sal tiene la particularidad de extraer la sangre de la carne. También la sal le da gusto a los alimentos. Del mismo modo, la “sal”, es decir la sumisión a los dictamines divinos, produce que la persona paulatinamente vaya sacando su “sangre”, osea la pasión por lo material, y vaya encontrando mayor “gusto” al servicio divino.

Para concluir, he resaltado que este texto nos enseña que el acercamiento al Eterno solamente se da a base de un pacto. Es imposible acercarse al Señor sin tener un pacto como fundamento. Vuelvo a recordarles que la palabra hebrea que normalmente se traduce como sacrificio es korbán –קרבן – (que en este versículo fue traducida como ofrenda). La raíz de esa palabra es karav – קרב – que significa acercar(se) o acercamiento. El sacrifico el medio para acercarse al Eterno. Ahora, sin sal el sacrificio no es acepto delante del Eterno. Con otras palabras sin pacto no hay cercanía a Yahvéh.

Todos los pactos entre el Eterno y el hombre sirven como plataformas para que el hombre pueda acercarse al Altísimo. ¡Bendito sea el Eterno por los pactos que ha hecho con Adam, Noaj (Noé), Avraham, el pueblo de Israel, David y el Mesías por medio de los cuales el hombre puede acercarse al Eterno y ser bien recibido!

El simbolismo del pacto de sal corresponde a la memoria activa. Generalmente se acepta que, cuando dos personas se hacen bien mutuamente, cuando actúa el amor entre ellas, no necesitan realizar ningún pacto. Sin embargo, podemos ver por medio de la Torah que, precisamente cuando actúa el amor perfecto entre dos personas, es el momento oportuno para realizar pactos que sellen esa relación, y permitan mantener una memoria en constante ejercicio de recordar ese amor perfecto, especialmente en medio de situaciones de crisis. Entonces el Eterno dijo, por medio de la sal, que el pacto entre Él e Israel es sellado para el futuro. De este modo, Yahvéh se aseguraba que cada varón o mujer de Su Pueblo recordara con amor y pasión lo que Él había hecho por ellos.

Hoy, contando diariamente con la ofrenda perfecta de Yeshúa, el Eterno nos alienta a que cumplamos con nuestra parte de ponerle la sal a lo cotidiano. Esto significa proponerse vivir diariamente con pasión. Por medio de este pacto de sal se nos llama a recordar que debemos manifestar un corazón que ama al Eterno que logra conservarse limpio (conectado a la Fuente) con el paso del tiempo. En todo lugar en donde estemos debemos de ser esa sal que anhela el Señor. Llevando sabor a todo aquel que tiene una vida insípida y hacer que todos nuestros seres cercanos pueda saborear el amor de Jesús en nosotros.

El Señor Yeshúa tenía en su mente este simbolismo presente cuando hizo esta famosa comparación:

“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.”

(Mateo 5.13)

 

El Señor nos atribuyó las características y usos de la sal en un sentido espiritual que se usaba en los sacrificios descritos en el libro de Vayikrá. Con esto dejaba bien claro que una persona redimida y llena del Espíritu Santo es propensa a esparcir la vida en abundancia, mientras que otra, vacía de Él, tienen una vida inútil para sí y para los otros. Es decir, que un discípulo que ha tomado el yugo (interpretación de la Torah) de Yeshúa ejerce sí o sí una influencia conservadora en otros que evita la putrefacción espiritual y el deterioro moral. Así, el Mesías deja bien establecido que las buenas nuevas del Reino en la boca de un hijo primogénito conservaría la vida.

Las comunidades del primer siglo, comprendiendo perfectamente esta explicación que dio el Mesías del simbolismo revelado en el libro de Vayikrá, por lo que procuraban diariamente que el habla y la conducta siempre fueran de buen gusto, consideradas y saludables, y además trabajaban para que dichas palabras contribuyeran a conservar la vida de otras personas.

Yeshúa utilizó el mismo término para expresar esta idea cuando dijo: “Tengan sal en ustedes y vivan en paz unos con otros” (Mr 9:50). El apóstol Pablo lo utilizó de manera similar cuando dijo: “Que su habla siempre sea con gracia, sazonada con sal, para que sepan cómo deben dar una respuesta a cada uno” (Col 4:6).

Nosotros hemos sido llamados para preservar y guardar la Instrucción (Torah) hasta el fin (Juan 14:21, Apocalipsis 3:8). La Escritura Sagrada nos dice:

 

«Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma».

(Hebreos 10:39)

No hagas las cosas solo por hacerlas, ponle más sal a tu vida. Haz que todo lo que hagas sea un sacrificio agradable al Señor, poniéndole pasión. Jamás olvides que todo cuanto hoy tienes le has recibido del Eterno. Dale la honra y honor que Él merece. El mundo necesita mucha sal, sé alguien que les comparta del sabor de de Yahvéh.

 

Nota: 

Por último, recomiendo agregar la costumbre de poner sal sobre el pan cuando nos sentamos a comer y digamos la bendición alusiva al pan. Tengan en cuenta que nuestra mesa de comida se asemeja al altar y nuestro pan, al sacrificio minjá mismo, ya que es producto del trabajo. Así como se rociaba con sal el sacrificio ofrecido sobre el altar, nosotros rociamos el pan con la sal, en nuestra mesa.

 

 

Los Cinco Sacrificios Mesiánicos

Por P.A. David Nesher

Al sumergirnos en el estudio del Sefer (Libro) Vayikrá, descubrimos que este comienza con las ordenanzas de los sacrificios y los tipos de ofrenda.

El hebreo usa la palabra korban y esta tiene que ver con una ofrenda presentada en el altar, ya sea animal o vegetal (Lev 1:3, 10; 2:1). Ya lo he explicado en otra bitácora que en el idioma español no existe una palabra que pueda expresar el significado de korban que se ofrecían en el Mishkán. Lamentablemente, la palabra «sacrificio» implica que renuncio a algo que para mí tiene mucho valor, para que pueda beneficiarse otra persona. Es obvio que el Eterno no puede beneficiarse con los «sacrificios», pues a Él nada le falta. La palabra «ofrenda» tampoco es adecuada, pues la «ofrenda» sirve para apaciguar o aplacar a la persona a quien se la trae. Es como «comprar a alguien«. Una especie de soborno espiritual. El motivo por el cual nos es tan difícil traducir la palabra «korbán» al castellano es que nuestras ideas de «sacrificio» y «ofrenda» derivan de culturas paganas. En efecto, en esas culturas, las expresiones «sacrificio» y «ofrenda» resultaban adecuadas y hasta aptas para los tratos rituales con sus múltiples y temibles divinidades. Cada dios necesitaba algo y los humanos podían evitar su ira dándoles lo que necesitaban.

El término «korbán« posee la misma raíz hebrea que la palabra karav  que significa «acercarse» o «cercano» (Gen 12:11; 20:4; Ex 12:48). Y es una palabra que se emplea en forma exclusiva para describir la relación del ser humano con Yahvéh. Por lo tanto korban, puede traducirse como «acercamiento«, de este modo, la ofrenda misma era vista como una manera de acercarse a Dios. Efectivamente, las ofrendas eran realizadas para acercar las santas virtudes divinas, a fin de que formaran una unidad perfecta con el alma del ser humano redimido y despertaran finalmente misericordia en lugar de juicio. La cosmovisión correcta del significado de korban es la idea de alguien que se acerca a otro para escucharlo y así generar confianza en la conexión. Este es el sentido práctico de la fe generada por el escuchar la Instrucción divina (Heb. 11: 4; Rom. 10: 17).

Con esta explicación vemos claramente que la única forma de acercarnos al Eterno es a través de las ofrendas traídas al altar, nadie se acerca sin nada (Ex 23:15; Deut 16:16). La razón de los sacrificios es poder acercarse al Eterno, en el sentido de subir a su presencia. El redimido que lo practicaba, lo hacía porque quería establecer un acercamiento sincero con Yahvéh a fin de tenerlo por padre. Y como al acercarnos no lo podemos hacer con las manos vacías, todo lo que le damos o hacemos, nuestras oraciones, ofrendas y actos son llevados a la presencia misma de nuestro Dios para así establecer una comunicación eficaz con Él.

Será conveniente agregar que este no era el inicio del sistema de sacrificios del Eterno. Adán conocía el sacrificio (Génesis 3:21), así como Caín y Abel (Génesis 4:3-4), y Noé (Génesis 8:20-21). Así vemos que desde el principio, los seres humanos siempre han presentado ofrendas al Eterno, porque la Torah fue conocida desde antes del Sinaí (Gen 26:5). De allí, que el estudio de esas ideas sirve para inspirarnos a esforzarnos para ascender y acercarnos al Eterno, y adquirir así su santidad en nosotros.

En los seis días de acción creativa que relata el Bereshit, la creación del hombre no sólo fue el acto final del Eterno sobre todo lo hecho por Él, sino que fue un resumen de todo lo que había sido creado antes que el ser humano. Por eso, es que la Torah, en todas sus líneas, procura dejar bien claro que el hombre es un microcosmos del mundo entero. A esa mezcla, de tierra y cielo, Yahvéh agregó al soplarle espíritu, la esencia misma de su divinidad: la Santidad. Y tal como el Eterno imbuyó Santidad en la parte física del hombre, el objetivo de todo ser humano será imbuir activamente Santidad en toda las áreas existenciales de la Creación. Una de las formas de lograr esto es utilizar el mundo físico al servicio del Eterno. Esta mayordomía también otorga el derecho de usar los objetos físicos para el propio placer del hombre, siempre y cuando dirija todos sus objetivos hacia el servicio divino. Si una persona usa las creaciones con un objetivo egoísta, está abusando de su cargo de fideicomiso sobre el mundo. Por eso, llevar un animal al Mishkán (más tarde al Templo) y elevar sus partes en el altar para Yahvéh declaraba el deseo de llevar su parte material más cerca de del Eterno.  La idea de las korbanot (ofrendas) nos enseña que debemos día a día tomar lo físico —el cuerpo y los bienes materiales— y santificarlo, reconociendo que todo es para la Gloria del Eterno.

Por todo esto decimos que los korbanot no influencian al Eterno, sino que son una expresión de nuestro anhelo interno de acercarnos a Él y activar así el amor perfecto que hecha fuera todo temor (1Jn 4: 18).

Los primeros siete capítulos de Levítico lidian con ofrendas personales, voluntarias. Los capítulos 1 al 5 son en su mayoría instrucciones hacia el pueblo que trae la ofrenda y los capítulos 6 y 7 son en su mayoría instrucciones hacia los sacerdotes en cuanto a las ofrendas y su administración. En Levítico capítulo 7 verso 37 está resumido en qué consistía el sistema de sacrificios que Moshé enseñó detalladamente en los siete primeros capítulos del libro:

“Esta es la Torah de la ofrenda de ascensión, de la oblación, de la ofrenda de pecado, de la ofrenda de culpa, de las ofrendas de consagración y del sacrificio de las ofrendas de paz”

Entonces, listando estos korbanot, podemos aprenderlos así:

  1. Olá – Ofrenda de ascensión, (Levítico 1:1-17; 6:8-13).
  2. Minjá – Oblación, (Levítico 2:1-16; 6:14-18).
  3. Shelamim – (Ofrendas) de paz, (Levítico 3: 1-17; 7: 11-36).
  4. Jatat – (Sacrifico) de pecado, (Levítico 4:1 – 5:13; 6:24-30).
  5. Asham – (Sacrificio) de culpa por la iniquidad, (Levítico 5:14 – 6:7).

La olá, la minjá y los shelamim son “hermanos” y el jatat y el asham son “hermanos”. Cuando hablamos de hermanos es porque son ofrendados por motivos muy similares y se parecen entre ellos en sus fines. Los tres primeros tipos de korbanot pueden ser traídos voluntariamente por un hebreo como regalo a Yahvéh. Los dos últimos tipos de korbanot deben ser ofrecidos por un hebreo después de cometer una averá (pecado). La enseñanza es bien clara: Yahvéh se siente especialmente complacido por los korbanot que son ofrecidos libremente, y no a causa de un pecado. Por esta razón se los menciona en primer término en la Torah.

Sobre cada uno de ellos, el Todopoderoso señaló como debían ser ofrecidos, en qué debían consistir y cómo debían ser quemados y consumidos. Veamos las características y los códigos de vida escondidos en cada uno de ellos:

Primer Korbán: El Olá (subir, ascender, escalar, remontar, crecer)

Se la denomina ofrenda de ascensión u ofrenda encendida. También conocida como “holocausto” que significa “todo quemado”. Es realizado con un animal o un ave que es quemado completamente en el altar.

Las razones para traer este tipo de ofrendas no son especificadas y podía traerse como señal de reverencia al Eterno, petición de algo, alabanza a Dios reconociendo su suprema autoridad y otras. Antes de la dádiva de la Torah por medio de Moshé, era la ofrenda por excelencia de los patriarcas y de los antiguos. Fue la ofrenda hecha por Noaj (Noé) al bajar del arca (ver Gn 8:20).

Este korbán es llevado por una persona que contempla la realización de un pecado, pero que no lo hace, razón por la que es quemado por completo en el altar y no se come nada de él. Esta característica representa la purificación de los pensamientos y la sublimación absoluta de uno a Yahvéh, incluso con todos los pensamientos. El significado de quemar toda la ofrenda es: “Todo mi ser está dedicado a ti. Así como todo este animal es quemado y sube en ascensión a las alturas en el altar, yo entrego todo de mi para tu servicio” (Rom. 12: 1). Era considerada una ofrenda de gran honra puesto que el oferente no obtenía nada de la carne para sí, sino que todo era hecho como alabanza al Eterno. Esta ofrenda no tiene que ver con pecados directamente. Busca la santificación de la vida a través de una consagración total.

La ofrenda era quemada enteramente sobre el altar, excepto la piel del animal. El perfume que subía de la misma era para Yahvéh un olor grato. El Olá (holocausto) es, según el apóstol Pablo, una figura del Mesías dándose a sí mismo como «sacrificio a Dios en olor fragante» (Efesios 5:2). Importante será notar que aquí no se contempla al Mesías llevando nuestros pecados, sino cumpliendo la voluntad del Padre, glorificándolo y vindicando la santidad y majestad de Su trono sobre todos los hombres. Este tema surge de manera prominente en el evangelio de Juan y en el Salmo 40.

Segundo Korbán: La ofrenda Minjá (Oblación u ofrenda de harina).

Es el holocausto que representaba lealtad.  Era la única, de entre todos los demás korbanot, que no consistía en traer un animal sino vegetal, y lo que debía ofrendarse era harina.

La palabra “minjá” significa regalo. En términos de llevarle algo valioso a Yahvéh, esta ofrenda es bastante insignificante. Es una pequeña cantidad de harina con un poco de aceite y especias. ¿Por qué esta ofrenda está listada segunda, inmediatamente después de la ofrenda básica de ascensión? Es más, la sección de la Minjá utiliza una inusual palabra para referirse a una persona, néfesh, la cual es también una de las palabras que se utiliza para referirse al alma. ¿Por qué? La respuesta yace en el entendimiento básico de qué significa acercarse a Yahvéh. Él no necesita nuestras ofrendas. Se trata más de quién soy yo, y lo que necesito en mi propósito, que de lo que pareciera necesitar Dios.

¿Qué tipo de persona llevaría una Minjá? Un ser humano pobre. Para alguien en esa condición, incluso una pequeña cantidad de harina es un gran costo. No puede engañarse creyendo que su ofrenda es tan magnífica que sirve de soborno a Yahvéh. Lo que él esta haciendo es acercarse al Eterno aceptando que Él no excluye a nadie, por lo que no existe excusa alguna para acercarse a Él.  Por ello, la palabra usada para describir a esta persona es nefesh. Esta ofrenda de harina es tan querida para una persona pobre que se considera como si estuviera ofreciendo su alma. El oferente manifiesta su deseo de buscar conocimiento para transformar correctamente las energías que el universo da. Asumía que incluso la acción de comer es una responsabilidad sacerdotal ya que es una dinámica de acercamiento al poder transformador del Eterno. De este korbán surge el paradigma de que sólo cuando seamos fieles administradores del mundo físico, dirigiéndolo hacia Yahvéh, se nos volverá a permitir tener ese poder supremo sobre las otras criaturas vivientes que se le concedió al primer Adán.

Tercer Korbán: El Shelamim (la ofrenda de la Amistad).

Es una ofrenda voluntaria. es la única en que una parte del animal es quemada en el altar, una porción la recibe el kohén y otra porción es comida por el dueño del korván.

¿Cuándo ofrece un hebreo shelamim? Cuando se siente dichoso y desea compartir un plato de carne con su familia y amigos — pero también desea santificar su comida compartiéndola con Yahvéh y con Sus sacerdotes (kohanim). Si alguien ofrece Olá o Minjá no le está permitido comer ninguna porción del korbán. De modo, pues, que puede ofrecer un buey o una vaca, un carnero o una oveja, o una cabra como korbán shelamim. En esta ofrenda el redimido está reconociendo que está muy bien gracias al Eterno.

Esta ofrenda se traía voluntariamente para expresar gratitud por algo recibido de Dios, por simplemente estar muy conforme sobre como la vida del oferente estaba marchando, como expresión de estar muy bien con su familia y con el Eterno. La ofrenda de paz no tiene que ver con pecados sino con regocijo y estar bien delante de Yahvéh.

De esta ofrenda, parte de la carne y las grasas eran quemadas sobre el altar, otra parte (la espaldilla) era del sacerdote y lo demás era para que el oferente y sus invitados comiesen delante de Yahvéh, con la condición de estar ritualmente puros (Levítico 7:12-20). Este tipo de sacrificio era también llamada ofrenda de agradecimiento (Korbán Todá), ofrenda de votos u ofrenda voluntaria: “El que sacrifica alabanza (Korbán Todá) me honra” (Salmo 50:23).

La palabra hebrea Shelamim viene de la palabra Shalom, paz o prosperidad. Como esta ofrenda es compartida por tres partes, simboliza la creación de paz y prosperidad en el mundo. De este modo, este korbán asegura los lazos de amistad y fraternidad entre los seres humanos.

Cuarto Korbán: El Jatat u ofrenda por el pecado.

La palabra jatat se origina en la raíz jet que significa “pecar” o «errar«.
Hasta ahora la Torah consideró tres korbanot : el Olá, el Minjá, y Shelamim. Estos eran traídos por el redimido que deseaba hacer un regalo a Yahvéh con el fin de acercarlo en amistad a sí mismo. Ahora la Instrucción trata del korbán que el hebreo debe traer por el averá (pecado que cometió).  Este korbán debía ofrecerse por cierto tipo de pecado que un redimido cometía por equivocación ¿Qué significa pecar “por equivocación”? Esto puede ocurrir de dos formas:

  1. La persona no conoce la halajá (mandamientos y preceptos) de la Torah. Por ejemplo, cocina en Shabat porque no sabe que está prohibido cocinar en Shabat.
  2. La persona está equivocada respecto de los hechos. Por ejemplo, sabe que está prohibido cocinar en Shabat, pero olvidó que hoy es Shabat y cocinó en Shabat.

En ambos casos la persona dice simplemente se equivocó. Sin embargo, en la Torah dice que cometió una falta, por lo tanto debe traer un korbán jatat para que Yahvéh le perdone su pecado.

Quinto Korbán: La Asham guezelot (la ofrenda por la culpa o iniquidad).

Este korban a diferencia de la mayoría, es obligatorio. Una persona está obligada a traer su consciencia delante del Eterno cuando tiene la necesidad de compensar el pecado que ha cometido contra la propiedad de su prójimo. Era traída por aquella persona que tenía duda de haber transgredido la palabra de Yahvéh respecto a la propiedad, o si había hecho un falso juramento para defraudad, o elaborado un falso testimonio.

La ofrenda de Asham enseña claramente que un pecado contra nuestro prójimo es también contra Yahvéh. Expresa también que el verdadero arrepentimiento debe buscar resarcir el daño cuando es posible y dar muestras de no volver a hacerlo otra vez. Por medio de esta ofrenda se obligaba al hebreo a reconocer el derecho de propiedad privada. Aquí el pecado es visto como una transgresión contra el gobierno del Eterno. Nuestro arrepentimiento para con el Eterno no anula nuestra necesidad de reparar el daño hecho si es necesario. Por lo tanto, el damnificado debía ser compensado por el total del daño recibido más una quinta parte.

Tanto el Jatat, como el Asham expían por quien peca con una acción. Actuar exclusivamente en base a los deseos y transgredir la voluntad de Yahvéh es un comportamiento inapropiado para un ser humano. Entonces, uno llevababa como ofrenda un animal, que también actúaba en base al pensamiento. Se mataba a ese animal como diciendo: “Me he equivocado y me arrepiento del daño que le causé a mi alma. Mi lado animal se impuso; no quiero repetir ese error. Entonces, prometo matar al animalismo como la fuerza dominante en mi vida”.

Al investigar la codificación de estas cinco ofrendas encontramos ciertos tipos y figuras de la persona y de la obra del Señor Yeshúa, el verdadero «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Las mismas nos ofrecen de manera didáctica un panorama completo del Mesías en misión y su sacrificio en la cruz del Gólgota (Calvario). Son como espejos dispuestos alrededor del Señor y de su obra redentora en la cruz, de manera que cada uno refleja un punto de vista particular de su persona y de su maravillosa obra mesiánica.

A continuación les comparto dos imágenes que esquematizan perfectamente los diseños de fe que se esconden en estos cinco recursos de la adoración verdadera en el Mesías:

 

Pero hay algo más que debemos entender y es que en estos sacrificios está siempre involucrado el fuego, ya que se trata de ofrendas presentadas en el altar. Este nos enseña que nuestros actos (ofrendas) deben tener ese fuego que sale del alma. Estoy hablando de la llama de vida (Prov. 20:27; Juan 1:4; 8:12). La luz de la vida que nos fue dada en nuestro templo del cuerpo no ha sido puesta en nuestro corazón, para alumbrar, desde ahí, delante del Eterno. Por es que nuestro acercamiento al Eterno debe salir del corazón.

La palabra hebrea para corazón es lev y para flama o llama es labah. Ambas expresiones derivan de la misma raíz, por lo que debemos entender que dado que las ofrendas son quemadas por completo en el altar, de la misma forma nosotros debemos entregarle nuestra vida a Yahvéh por completo. La totalidad de nuestro ser debemos rendírselo diariamente a Él:

«¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo,
el cual está en vosotros, el cual habéis recibido de Dios,
y que no sois vuestros?,
Pues habéis sido comprados por precio;
glorificad, pues, a Elohim en vuestro cuerpo
y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios».

(1 Corintios 6:19-20)

 

Esta conciencia de corazón pleno de pasión por vivir es representada en una ofrenda. En ella, cada redimido, da testimonio a todos los planes existenciales que su acercamiento al Eterno se basa en la siguiente certeza: «aquello que tomo de mí y ofrezco al Bendito manifiesta mi deseo que Él me haga parte de su naturaleza santa«.

Seis Características de la Comunicación Mesiánica

Por: P.A. David Nesher

 

“Y Él llamó a Moshé y Dios le habló desde la Tienda de Reunión, diciendo…”

Levítico/Vayikrá 1: 1

 

 

Estudiando el Libro de Bereshit (Génesis) hemos aprendido que el Eterno nos creo a su imagen a fin de que llegáramos a ser semejantes a Él en Su plenitud. Este proceso mesiánico se lograría, de acuerdo con el diseño divino, por medio del ejercicio de la comunión con Yahvéh. La praxis misma de dicha comunión es una relación íntima con Él caracterizada por una excelente comunicación que le garantice al ser humano eficacia en todo lo que hace. Esta comunión con el Eterno, considerada desde esta perspectiva, se torna esencial en la adoración en Espíritu y en Verdad que Yahvéh, como Padre, busca en sus hijos. Se hace entonces fundamental en la vida humana, pues se vuelve el centro de toda área de la misma. De aquí es clara la deducción de que cuando la comunión con el Eterno se rompe, estamos incompletos y necesitamos ser restaurados.

Por tales motivos, el Eterno otorgó a Moshé la revelación de un rollo (libro) completo dedicado a la esencia misma de la adoración que permite la manifestación de Su propósito eterno en la humanidad.

Después de la dramática, y a la vez milagrosa, salida de Israel de Mitzraim (Egipto), la nación acampó al pie del monte Sinaí durante dos años con un solo fin: entrenarse en el don de escuchar a Yahvéh (Éxodo 19 a Números 10). Fue un tiempo especial de descanso de la servidumbre egipcia, que Yahvéh aprovechó como plataforma pedagógica con el objetivo de enseñar y edificar a Su pueblo en la práctica de encontrarse con Él cara a cara. De este modo, la redención que Él logra en Egipto será el fundamento en sí para la limpieza, la adoración y el servicio del oficio sacerdotal que el Eterno otorgaría a Israel como vocación y misión.

¿Cómo podría un pueblo programado por siglos en un sistema de pecado acercarse a un Dios santo?

La respuesta la encontraremos en los distintos códigos de un libro tan lleno de misterios como es Vayikrá. En sus líneas vibrará todo el tiempo la clara propuesta de Yahvéh para acercarse a Él: la santidad. Esta característica de sus virtudes solamente Israel la puede lograr, permitiendo que la Instrucción (Torah) de Yahvéh vaya realizando una sanidad integral en cada uno de sus integrantes, desde adentro hacia afuera.

Por ello, Vayikrá dejará en seis lecciones las seis características claves del obrar comunicacional del Eterno sobre su primogénito: Israel. A continuación les comparto las mismas:

LLAMAMIENTO.

El libro comienza con la expresión hebrea Vayikrá: «Él llamó...». Una frase que revela lo esencial de la intención divina. El Mishkán ya está terminado, el Eterno ya está en él, pero aún la pasión divina por comulgar con el ser humano sigue encendida. Está más ardiente que nunca.

«Y Él llamó a Moshé«: Hemos notado que cada vez que el Eterno se comunicó con Moshé, ya sea mediante la expresión «Y Él habló«, o «Y Él dijo», o «Y Él ordenó«, siempre estuvo precedido por (Dios) dirigiéndose a Moshé por su nombre, pero a la vez marcando una clara distancia entre su divinidad y la humanidad del caudillo. Aquí la expresión «llamar» es utilizada de manera afectuosa. Será la primera vez que aparece describiendo la relación del Eterno con un ser humano. Es la misma expresión utilizada por el profeta para describir como se comunican los ángeles cuando dicen «Y se llamaron unos a otros…» (Isa. 6:3). Vayikrá, significa ser llamado con amor a participar de una unidad para una tarea o misión especial. Este es el origen de una de las ideas claves del pensamiento occidental, el concepto de vocación o llamado, que es la elección de una carrera o una forma de vida, no sólo porque es lo que quieres hacer o porque te da ciertos beneficios, sino porque has sido convocado a hacerlo. Tienes la sensación de que este es tu sentido y tu misión en la vida. Es para esto que has sido puesto en la tierra para hacer.

«Él llamó...» implica que Yahvéh le habló a Moshé con afecto muy particular, extendiéndole una invitación especial a vivir mayores niveles de comunión de las que ya había vivenciado; y Moshé fue.

Con esto, quedó registrado el llamamiento divino para todos los hijos primogénitos. Israel comprendía el mensaje de Su Amado: «¡Estoy disponible…, totalmente a tu servicio! Si vienes a mí, y escuchas mi Voz en intimidad, todo estará bien, todo se pondrá bien, discerniendo así que yo estaré contigo para siempre«.

Esta lección enseña que en la voluntad buena del Abba Kadosh el libre acceso comunicacional es un deseo constante en Él, y una vocación esencial en el ser humano.

 

ACERCAMIENTO

El libro de Vayikrá trata sobre sacrificios (korbanot). Es que la vocación es de sacrificio.  Estamos dispuestos a hacer sacrificios cuando sentimos que son parte de la misión que hemos sido llamados a hacer. Esta actitud permite siempre el verdadero acercamiento a Dios y al prójimo.

Destacaré aquí que en castellano no existe una palabra que pueda expresar el significado de los korbanot (plural de korban) que se ofrecían en el Mishkán. Lamentablemente, la palabra «sacrificio» implica que renuncio a algo que para mí tiene mucho valor, para que pueda beneficiarse otra persona. Es obvio que el Eterno no puede beneficiarse con los «sacrificios», pues a Él nada le falta. La palabra «ofrenda» tampoco es adecuada, pues la «ofrenda» sirve para apaciguar o aplacar a la persona a quien se la trae. Es como «comprar a alguien«. Una especie de soborno espiritual. El motivo por el cual nos es tan difícil traducir la palabra «korbán» al castellano es que nuestras ideas de «sacrificio» y «ofrenda» derivan de culturas paganas. En efecto, en esas culturas, las expresiones «sacrificio» y «ofrenda» resultaban adecuadas y hasta aptas para los tratos rituales con sus múltiples y temibles divinidades.

En hebreo, el término «korbán« posee la misma raíz que la palabra «cercano«. Y es una palabra que se emplea en forma exclusiva para la relación del ser humano con Yahvéh. Por lo tanto korban, puede traducirse como «acercamiento«. Es la idea de alguien que se acerca a otro para escucharlo y así generar confianza en la conexión. Este es el sentido práctico de la fe generada por el escuchar la Instrucción divina (Heb. 11: 4; Rom. 10: 17)

Según Vayikrá existen tres formas para lograr el acercamiento divino:

  • Gritando: Rogándole a gran voz para que dé pasión.
  • Llamando: Para procurar su socorro.
  • Invocando: Para que Su Presencia descienda y presida la marcha de la misión.
PERFECCIONAMIENTO

Por medio de la codificación del libro de Vayikrá, los israelitas recibieron el secreto de la reverencia, actitud que permite valorar el propósito de la vida humana, y estimula a cada individuo a buscar el perfeccionamiento y la plenitud de la misma.

Esta lección se aprendería por medio de los distintos preceptos que enseñan a separar lo puro de lo impuro. Solamente personas en estado de pureza estaban habilitadas para el ingreso y participación en los distintos ritos y cultos festivos del Mishkán. Para ello, todo se resumía en lo dicho por el Eterno: «tendréis en reverencia Mi santuario. Yo soy el Eterno» (Vayikrá / Levítico 19:30) y que las personas no tomaran como algo corriente y banal el hecho de entrar al Mishkán (más tarde al Templo) y ser parte de las tareas que allí se cumplían. Por ello cada redimido tenía que tomar conciencia de su estado, de su motivo para presentarse ante Dios. Cada miembro de Israel debía entender que existía con un sentido de vida: ser perfeccionado día a día a través de sus actos. Es así que está dicho acerca del impuro:

«No tocará ninguna cosa santa, ni vendrá al santuario»

(Vaikrá / Levítico 12:4)

Debido a que no siempre la persona estaba alerta a su estado de pureza, o adrede concurría al Mishkán sabiendo que no debía, es que se instituyó en la Torah sacrificios públicos de animales para corregir por estas infracciones:

«…y purificará (al Santuario) y lo santificará de las impurezas de los Hijos de Israel«

(Vaikrá / Levítico 16:19)

 

Debo decir que “Tahor” (puro) y “Tamhé” (impuro) son conceptos que refieren a un estado espiritual y no a aspectos físicos, emocionales, sociales o mentales. Puede resultar difícil de comprenderlos, pues muy frecuentemente han sido traducidos como “limpio” y “sucio” respectivamente, o ideas similares que llevan a asociar la impureza con algo manchado, echado a perder, mugriento o inmundo.

Para poder entender esto, es necesario saber que en el contexto de la Torah puro e impuro no guardan relación con higiene corporal, ni limpieza, ni cosas aborrecibles, ni nada que podamos calificar como “limpio” o “sucio”. Tampoco tiene relación con pecar o no hacerlo. Según la cosmovisión divina revelada en este libro, una persona llega al estado de impureza (tumhá) a causa de:

  • algún cambio en su cuerpo (ciertos flujos corporales, menstruación, la mujer luego de dar a luz, una enfermedad llamada tzaraat -lepra-) o,
  • al entrar en contacto con algún objeto o cuerpo que trasmite la impureza.

Es decir, algo en el sistema espiritual del impuro está en desbalance a causa de la influencia de la serpiente y su sistema de cosas.Es decir, algo en el sistema espiritual del impuro está en desbalance a causa de la influencia de la serpiente y su sistema de cosas.

Por ello, la más acertada definición de “puro” que podemos ofrecer sería “lo que está conectado con la Fuente de la Vida”. En tanto que “impuro” es lo que en algún grado está desconectado de la Fuente de Vida, y ha comenzado a errar su blanco. Éste precisamente es su desequilibrio, que repito, no es un pecado, ni una enfermedad ni una suciedad. Es una situación o posición espiritual.

Por medio del simbolismo de cada acción estipulada en Vayikrá un israelita tenía la oportunidad de discernir que cosas hacer para promover la vida y vigorizar el sentido de su propósito en su persona. Esto lo hacía y mantenía puro, con una sola fuerza en su interior continuar la carrera hacia adelante, hacia el premio del supremo llamamiento del Eterno en el Mesías.

 

ACCESIBILIDAD

El punto clave de Vayikrá es que el redimido entienda que el Eterno puede estar para siempre con nosotros por medio del ejercicio de un oficio especial: el sacerdocio.

Por medio del oficio sacerdotal, el alma humana se hace consciente de que Yahvéh es alguien amable, que está siempre disponible y con quien resulta fácil hablar. Normalmente se percibe que es accesible escuchándolo en Su Instrucción (Torah) y discerniendo su lenguaje profético en medio de la Historia de la Salvación.

Con el ejercicio diario de el sacerdocio se adquiría la certeza que aunque es el Creador del inmenso universo, nos asegura que no solo está dispuesto a escuchar y contestar nuestras oraciones, sino que lo está deseando (lea Salmo 145:18 e Isaías 30:18, 19). Podemos hablarle con calma en todo momento y lugar, y acercarnos a él con franqueza sabiendo que nunca nos lo echará en cara (Sal. 65:2; Sant. 1:5). Su Instrucción lo describe con términos humanos para indicar que desea que acudamos a él.

Ante la revelación de un Dios tan accesible, cada hebreo se veía en la obligación de preguntarse: «¿cómo puedo imitarlo en este aspecto?»

 

REPARACIÓN 

El libro de Vayikrá sugiere en todas sus líneas la responsabilidad compartida de cada integrante de Israel para curar, reparar y transformar el mundo (Tikún).  A través de la codificación de su pedagogía este libro indica que una práctica debería ser seguida no porque es exigida por la Torah, sino porque ayuda a evitar la falta de armonía social.

Vayikrá indica que le corresponde al Pueblo de Israel alabar al Eterno y enuncia la esperanza de que algún día el mundo entero abandone la idolatría, reconozca a Yahvéh como único y verdadero Dios y acepte Su soberanía sobre toda la humanidad. Cuando todos los seres humanos abandonen los falsos dioses e ideologías y reconozcan al Eterno, el Dios de Abraham, de Yitzhak y Yaacob, el como único Dios, el mundo estará perfeccionado.

 

PASIÓN

El énfasis final de Vayikrá (Levítico) es la idea de celebrar. Este rollo se especializará en los detalles de las distintas festividades yahvistas, especialmente el Yom Kippur. Dichos eventos serían ocasiones especiales que la comunidad celebraría con regularidad para recordar los actos de Dios, darle gracias y renovar su compromiso de vida con el estilo que Él propone en la Torah (Instrucción).

Los festivales mesiánicos serán la herramienta divina que el Eterno usará para que Israel se mantenga vibrante en la consciencia de vivir con pasión. Justamente el libro de Vayikrá asegura que la Comunicación Eficaz con el Eterno garantiza el combustible diario de la pasión por vivir.

En todo el rollo encontramos que los ritos sacerdotales y sus holocaustos se realizan en el altar. El altar representa a la vida misma.

La vida misma es un altar que nosotros tenemos que aprovechar para elevarnos, contribuir a elevar a nuestros semejantes, santificando a través de ello su Santo Nombre.

Y la manera de hacer esto, no es viviendo una vida «light», fría (o «templada») y vacía, sino poniendo todas nuestras ganas, fuerza y pasión en todas las cosas -buenas- que hacemos.

Y cuando vivimos la vida de esta manera, disfrutamos y nos llena mucho más cada cosa que hacemos, iluminando y trayendo calidez a nuestras vidas, irradiando de dicha luz para beneficio de todos los demás.

Y como el grado de disfrute en la vida es directamente proporcional al grado de ganas que ponemos en las cosas que hacemos, cuando ponemos todo nuestro ser en algo, es proporcionalmente también cuando más disfrutamos …

Y como se popularmente «mientras hay vida, hay esperanza«, no debemos permitir que las circunstancias de la realidad nos hagan debilitarnos y flaquear. Para  esto es imprescindible que alimentemos nuestras almas con el «oxígeno del Reino» que la oración y la meditación profunda de la Torah tienen el poder de proporcionarnos, avivándose así constantemente el fuego y la pasión de nuestra luz interior; haciendo que permanezca encendida con fuerza e intensidad hasta los 120 años; pasando luego a seguir iluminando, pero ya desde otra dimensión …

Sefer Vayikrá o el Libro de la Comunicación Eficaz

Por P.A. David Nesher

Al leer la Buena Noticia (en griego evangelio y en hebreo besorá) del SEÑOR notamos que cuando el Mesías Yeshúa cumplió cuarenta días de nacido fue presentado por sus padres en el Templo «según la Ley (Torah) de Moisés» (Lc. 2: 22)., y ofrendaron por él «un par de tórtolas según está escrito en la Ley (Torah)» . 

Más tarde al sanar a un leproso, Yeshúa lo manda a los sacerdotes para presentar «ofrenda prescrita por la Torah» (Mc. 1: 44 comp. Lv. 14: 10).

Yeshúa también utilizó lo expresado en el capítulo 19 de Levítico. verso 18, para dejar bien claro cuál es el Gran Mandamiento, anexándolo como la segunda parte del mismo, lo que da evidencia de la influencia que tenían las enseñanzas de este libro. Y así, podríamos multiplicar ejemplos semejantes en la vida y ministerio del Señor, demostrando que Yeshúa nació, creció y se movió en un pueblo que tenía una cultura organizada en todos los detalles que el Eterno había ordenado por medio de Moisés, especialmente en el libro conocido con el nombre de Levítico.

Vale la pena destacar que el nombre Levítico no es el original del libro, sino que se lo comenzó a llamar así después de la traducción Septuaginta. Levítico significa «de los levitas» y considerado así parecería entonces que no es un libro adecuado para todos aquellos que no pertenecemos a esta categoría tribal (Leví). Sin embargo, y por la evidencia que ofrece la misma lectura del libro, notamos que todas las instrucciones y lineamientos aquí revelados eran para todo el pueblo de Israel.

El nombre original era el de las primeras palabras con las que inicia el rollo: «Y Yahvéh llamó…», es decir Vayikrá… Y considerado desde esta expresión descubrimos que el libro se hace totalmente universal ya que responde a la inquietud de muchos seres humanos que, desde su lucha con la soledad, se preguntan: «¿Será que Dios está cerca de mí?«

Por ello, este rollo se escribió para consolar al alma redimida en la certeza de que el Eterno quiere tener comunión con sus hijos a través de una comunicación eficaz, que permite acabar con la soledad y la vaciedad que produce una vida apartada del propósito eterno de Dios.

Vayikrá se trata de un rollo codificado que contiene los secretos divinos para comunicarse con el Eterno con el fin de alcanzar la santidad. Por ello, entendemos que es un libro para toda la congregación de Israel, pues leemos:

«Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Santos seréis, porque santo soy yo Yahvéh vuestro Dios.»
(Levítico/ Vayikrá 19: 2)

La cosmovisión divina es que Israel entienda que la alianza que ha hecho con Yahvéh, es un pacto matrimonial que persigue compartirle la misma característica de la naturaleza que Él tiene: la SANTIDAD como clave para el éxito del peregrinar sobre la Tierra como sacerdotes (Ex. 19: 6; 1Pe. 2: 9). Por medio de todos los lineamientos codificados de este libro, el Eterno vincula la santidad con cada área de la vida cotidiana. Por ello, es que trasciende la cuestión de los ritos sacrificiales, abordando en ellos la pedagogía celeste de la praxis de la adoración en espíritu y en verdad.

Hoy, los especialistas en las distintas ciencias sociales coinciden en decir que un matrimonio logra permanecer si fortalece las siguientes áreas:

  1. Comunicación
  2. Sexualidad
  3. Dinero
  4. Familia

De igual modo, Yahvéh, al establecer una alianza matrimonial con Israel, quiere que Su Pueblo entienda que debe existir una comunicación eficaz tal entre ellos, que permita una intimidad plena que produzca sobreabundantes beneficios para desarrollar un gran pueblo sacerdotal al estilo de lo que el Eterno quiere.

Por todo esto, debemos entender que este libro revela cómo comunicarnos correctamente con el Eterno, aprendiendo a escuchar Su Voz y así discernir si lo que estamos haciendo en nuestra cotidianidad es correcto o no.

Entendido esta cosmovisión correcta de Vayikrá, sólo me queda decir que el énfasis final de este rollo será: ¡Celebrar la Vida! Las distintas secciones de este libro terminan revelando que la vida es para celebrar, como una fiesta permanente y personal, pero se tiene que saber cómo hacerlo bien. Para ello, está la santidad como un componente prioritario del carácter humano que facilita acciones convenientes en los distintos «rituales» diarios del buen vivir. Vayikrá hace entender que la Vida es un don del Eterno. Por eso el mismo Espíritu de la profecía dice:

“Hacedlo todo para la gloria de Dios”
(1 Corintios 10.31).

Al concluir, podemos decir entonces que, según la revelación de Vayikrá, los redimidos en el Mesías debemos celebrar la vida, y vivirla “en abundancia”, dejando los problemas en las manos del Eterno, mientras gozamos de todas las bendiciones ya otorgadas en los lugares celestiales (Ef. 1: 3), que en el aquí y ahora deben hacerse recompensa.

«¡Celebra la Vida!
¡Y deja en la Tierra tu mejor semilla!»
(Axel)

Bitácoras Relacionadas:

El Becerro de Oro: Cuando el Amor Propio materializa a la Divinidad

Por P.A. David Nesher

«Al ver el pueblo que Moisés tardaba en bajar del monte, fueron a ver a Aarón y le dijeron:
«Anda, haznos unos dioses que vayan delante de nosotros, porque a este Moisés, que nos sacó de Egipto, no sabemos qué pudo haberle sucedido.»
Aarón les dijo:
«Aparten los zarcillos de oro que sus mujeres, sus hijos y sus hijas llevan en las orejas, y tráiganmelos.»
Todo el pueblo apartó los zarcillos de oro que llevaban en las orejas, y se los llevaron a Aarón. Éste los recibió de sus manos, y con un buril les dio forma, hasta hacer de ellos un becerro de oro fundido. Y ellos dijeron entonces:
«Israel, ¡éstos son los dioses que te sacaron de Egipto!»
Cuando Aarón vio esto, levantó un altar delante del becerro y proclamó:
«¡Mañana celebraremos una fiesta en honor del Señor!»
Al día siguiente todos madrugaron, y ofrecieron holocaustos y presentaron ofrendas de paz, y el pueblo se sentó a comer y a beber, y comenzó a divertirse.

(Éxodo 32:1-6 _ RVC)

¡Que gran contraste encontramos en el libro de Shemot (Éxodo)! Por un lado, una vivencia celestial en la cumbre; por otro lado, un resultado inframundano a los pies del mismo Monte. Esa es la síntesis del mensaje de esta shiur (lección). Para el pueblo de Israel, Moisés se demoraba en el Monte y eso le hacía perder su confianza (emuná). Sus percepciones sensoriales prevalecieron sobre toda certeza extrasensorial. El líder no regresaba, quizás había fallecido. En ausencia de Moisés, el pueblo se intranquilizó. Sin su líder, quedaron abandonados a sus propios recursos.

Es cierto que Moisés tardaba, pero Dios tenía un propósito maravilloso por la tardanza de Moisés, y muy pronto terminaría. El Eterno quería que los Benei Israel comprendieran que su relación con Él ya era directa, pues ya contaban con Su Instrucción en sus mentes y corazones. Este don celestial les permitía a cada uno ejercer un sacerdocio muy especial que les concedía el consultar a Yahvéh sin la mediación de hombre alguno. Todo lo que ellos necesitaban era ser pacientes un día más y la preciada Torah sería de ellos para reparar o rectificar (tikún) el mundo entero.  Pero, debido a que el pueblo no pudo ver la razón de la tardanza, ellos permitieron que esto les fuera de tropiezo.

Entendamos pues que el cómo manejamos los «retrasos de Yahvéh», nuestro Dios, es una buena medida de nuestra madurez espiritual. Si permitimos que las aparentes tardanzas divinas nos hagan caer en el pecado o tengamos un lapso de resignación en la fe, entonces reaccionamos de una manera mal a Sus tardanzas dispuestas con propósito para que se cumpla plenamente Su voluntad. Pero si permitimos que dichos tiempos hagan nuestra perseverancia en seguir al Eterno aún más profunda, comprenderemos la importancia que tienen dichas «tardanzas» del Señor. ¡No te impacientes con Yahvéh! ¡Ello conduce al pecado!

Entonces Aharón, actuó a instancias del pueblo, que volvió a un sistema de culto que entendía, o que había penetrado su sociedad en tiempos anteriores.

Lo primero que necesito que entendamos es que la realización del becerro de fundición fue a  partir del símbolo de los aros, que llevaban en sus orejas. Los aros representan el amor propio exacerbado, es decir, el orgullo o altivez (por favor leer: Isaías 3: 16, 19-20). Por eso, los israelitas aquí se referían a estos como dioses. Eran los dioses que los sacaron de Egipto. Este texto es presentado en el singular por los escribas en Nehemías (a saber Este es tu dios) ya que se refiere a un solo becerro (Neh. 9:16). Sin embargo estaba en plural, dado a que los dioses estaban representados en los aros y estaban también representados en el becerro.

¿Por qué hicieron un becerro? ¿Por qué no hicieron un león, oso o un antílope? ¿Por qué fue un becerro y no un toro o una vaca?

Las respuestas se encuentran en el simbolismo religioso de las deidades veneradas. Estamos tratando con el ídolo que representaba al dios-luna, quien era simbolizado por los cuernos hacia arriba del becerro. Estos cuernos hacia arriba del becerro no se encuentran, por regla general, en los animales maduros y bien criados porque son seccionados. Se encuentran en el becerro y representan la luna creciente en el horizonte, así como aparece un período después de la verdadera fase de conjunción. Este creciente también se llevaba en las orejas y era un círculo redondo completo, que representaba al mismo tiempo el sol y la luna y la Estrella de la Mañana (planeta Venus)  en su esplendor, como parte del sistema de «tríada» venerada en Egipto y en la Mesopotamia norte, o lo que fue luego entendido como el fundamento espiritual de todo el sistema babilónico.

Los israelitas, incitados y guiados por los erev rav (la multitud mezclada) se levantaron temprano con el objetivo de saludar al sol naciente y también ofrecieron sacrificio, tal y como habían visto en Egipto.

 “Y Aarón les dijo:
Quitad los pendientes de oro de las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y de vuestras hijas, y traédmelos…. 
Y él los tomó de sus manos y les dio forma con buril, e hizo de ellos un becerro de fundición. Y ellos dijeron:
Estos son tus dioses, Israel, que te han sacado de la tierra de Egipto.”
(Éxodo 32: 2-4)

Israel, en Egipto, se había acostumbrado a convivir con la idolatría. Su servidumbre había programado las mentes de los israelitas a la cosmovisión materialista o idolatría. Esa cultura de ídolos que habían visto en Egipto es la que ahora, en medio de su ansiosa desesperación, provocó que cayeran porque no se habían desconectado completamente de lo que dicho sistema ofrecía para ser feliz. 

Sin lugar a duda, el pueblo de Israel al estar en Egipto vio cosas prohibidas practicadas por lo egipcios, y esas imágenes seguían estando ante sus ojos,. Por eso, dichos recuerdos fueron los que provocaron que pecaran con la fabricación del becerro en el momento en el cual esas imágenes prohibidas que habían visto en Egipto subieron a su memoria.

Entonces, influenciado por los erev rav, (grupo compuesto por los egipcios y la multitud de otros pueblos que habían salido con ellos de Egipto) hablaron no solamente de un dios sino de varios (31:1) donde el verbo también aparece en plural. Y así, al hacer un becerro de oro, cometieron la ofensa más grande a todas las esferas celestiales. ¡La Novia Celestial cometió adulterio en su tiempo del Desposorio! Dicha ofensa consistía en tratar a ese becerro como si fuera el Eterno, diciendo que él los había sacado de Egipto. Cambiaron la gloria del Eterno por una cosa creada, lo cual es la raíz de toda idolatría, como está escrito:

“… y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por consiguiente, Dios los entregó a la impureza en la lujuria de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos; porque cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, quien es bendito por los siglos. Amén.”

(Romanos 1:23-25)

“Cuando Aarón vio esto, edificó un altar delante del becerro. Y Aarón hizo una proclama, diciendo:
¡Mañana será fiesta para Yahvéh!”
(Shemot/Éxodo 32:5)

Aceptémoslo: la afrenta mayor es llamar a este ídolo Yahvéh. A eso se lo conoce con el nombre de sincretismo religioso.

El sincretismo religioso es muy ofensivo para el Eterno. Evidentemente ellos no negaron a Dios, sino que creyeron equivocadamente que necesitaban que algún ser los representara ante Dios y que les transmitiera Sus enseñanzas y bondad. Pero, lamentablemente, tomar las prácticas y las fiestas paganas y cambiar sus nombres y llamarlos como si fueran fiestas del Eterno, es una abominación para Yahvéh, nuestro Abba.

Eso es lo que lamentablemente se ha hecho a lo largo de los siglos, y hasta nuestros días, desde el cristianismo, con la celebración del domingo, la navidad, la pascua florida o semana santa, el día de los enamorados y otras fiestas paganas. En lugar de seguir el orden establecido por el Eterno en la Torah, tomaron las fiestas del mundo y las llamaron santas.

  • El día del dios sol fue honrado como el día del Señor.
  • La fiesta del nacimiento del dios sol fue cambiada por la celebración del nacimiento de Cristo.
  • La fiesta babilónica de Ishtar fue llamada semana santa.
  • La fiesta romana de Lupercalia fue cambiada en “San Valentín”, etc.

Hoy, en las filas del cristianismo, hay millones de creyentes que queriendo hacer lo correcto, queriendo buscar y adorar al Dios verdadero, fabrican una relación basada en la fe personal, una relación basada en lo material, es decir, materializan lo espiritual desde su propia opinión, celebrando fiestas que no pertenecen al Eterno, y que terminan conduciéndolo a la degradación moral.

La IDOLATRÍA como Matriz del Adulterio.

“Y al día siguiente se levantaron temprano y ofrecieron holocaustos y trajeron ofrendas de paz; y el pueblo se sentó a comer y a beber, y se levantó a regocijarse.”
(Éxodo 32:6)

Este texto fue citado por el apóstol Pablo cuando escribió:

“No seáis, pues, idólatras, como fueron algunos de ellos, según está escrito: EL PUEBLO SE SENTÓ A COMER Y A BEBER, Y SE LEVANTO A JUGAR.”
(1 Corintios 10: 7)

El verbo que aquí ha sido traducido a ‘regocijarse’ es sajaq y significa «borrachera«, «orgías» y «juegos sexuales inmorales«. Un diccionario hebreo, para traducir este verbo, usa la frase “caricias conyugales”, (como también se encuentra en Génesis 26:8, 39:14 y 39:17). Por lo tanto debemos entender que hubo orgías y borracheras en medio del campamento de Israel, tal y como los israelitas habían observado que se practicaba en Egipto.

Esto demuestra que la idolatría está íntimamente ligada a la infidelidad y la inmoralidad sexual, expresiones propias del hedonismo. La infidelidad espiritual produce infidelidad relacional y sexual. Una cosa se deriva de la otra. La idolatría es adulterio espiritual.

El Becerro de Oro hoy.

Sé que cuando leemos esta historia, nos parece imposible que, tan pronto, después de recibir tal sublime revelación, Israel pudiera caer tan bajo; pero, si somos sinceros con la verdad revelada, debemos reconocer que hoy, en el mundillo cristiano se experimenta muy a menudo lo mismo. Al igual que el pueblo de Israel hizo de un becerro de oro su dios, adorándolo, en estos últimos tiempos somos testigos de una nueva apostasía (negación de la verdadera fe). Millones de los denominados cristianos se encuentran adorando a un nuevo becerro de oro.

El pueblo de Israel, a los pies del Monte Sinaí, dejándose dominar por la impiedad se olvidaron prontamente del Eterno y de su origen de propósito en Él. Despreciaron la libertad recibida por Su gracia, entregándose a una danza frenética alrededor del becerro; un becerro que en el presente se muestra a través de la acumulación de dinero, autos, placeres, viajes, mujeres (hombres) como también de toda cosa que satisfaga al espíritu del ser humano sin Dios. Por cierto, una satisfacción siempre pasajera. Hacer eso, determina que esos seres humanos hagan un culto de sí mismos, a su ego (el becerro de oro proveniente de los aretes y zarcillos). Desde aquí, la humanidad comienza a transitar el camino de la inmoralidad, praxis misma de toda apostasía.

En verdad, el becerro de oro no fue un acto de rebelión contra Dios, sino una forma alternativa de adorarlo. El problema es que crearon una imagen totalmente falsa de Él, es decir, se hicieron un «Dios a su manera«. Por eso, podemos decir, que el culto al «becerro de oro» domina ya todos los campos, desde el político hasta el comercial, desde los deportes hasta la religión. Dondequiera tiene adeptos, fieles seguidores capaces de dar su vida para obtener su “favor”. 

El episodio del becerro de oro se repite hoy mismo porque representa el moderno afán por adorar a un dios a nuestro gusto y sujeto a nuestra cómoda manera de experimentar la espiritualidad, sin hacer verdadera adoración al Dios único y verdadero, tal y como Él lo revela en Su Instrucción.

La tentación más grande con la que las creencias de la cristiandad lazan sus dogmas es la subliminal propuesta de querer moldear a Dios a nuestra manera, hacerlo fácil de obedecer o de ignorar. Millones de los que sa autodenominan «creyentes en Cristo» tratan diariamente de hacer a Dios a su imagen, moldeándolo para que se conforme sus expectativas, deseos y circunstancias. En pocas palabras: ¡Los que integran la masa fabrican a un Dios a su imagen, para obligarlo a convertirse a su semejanza!

Cuán distinta sin embargo es el destino de aquellos que hemos optado por permanecer con las creencias de los patriarcas, Moisés y los profetas; de aquellos que indagando por sí mismos hemos corroborado que Yeshúa es el Mesías. Esto es lo que nos concede seguridad en el presente. Nos permite gozar de la autentica libertad, tal como lo enseñó Yeshúa:

«Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres»
(Juan 8: 32).

Qué dolor debe causar al Eterno observar a la mayor parte de la humanidad rendida ante un ídolo que muchos creen quedó destruido en el desierto, mientras que sus brazos paternales ofrecen su amor y salvación eterna y pocos son los que responden a su llamado. ¡Muy pocos son los que quieren retornar a Él!

Ahora te pregunta a ti (mi lector o lectora): ¿Cuál es la imagen que tienes de Dios? ¿Es escritural? ¿Está en acuerdo con la Torah? ¿Es correcta?… ¿Será posible que necesites destruirla para que verdaderamente adores al Eterno que te liberó del la servidumbre de la matrix reptiliana?

Espero que las respuestas las elabores en tu corazón y se las eleves al Creador del Universo, nuestro Abba.

Shalom y bendiciones!

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El Kior (Lavacro) y la Pureza para la Comunión

Por P.A. David Nesher

«Habló más Yahvéh a Moisés, diciendo:

Harás también una fuente de bronce, con su base de bronce, para lavar; y la has de poner entre el tabernáculo de la congregación y el altar; y pondrás en ella agua. Y de ella se lavarán Aarón y sus hijos sus manos y sus pies.
Cuando entraren en el tabernáculo de la congregación, se han de lavar con agua, para que no mueran: y cuando se acerquen al altar para ministrar, para quemar la ofrenda encendida para Yahweh se lavarán las manos y los pies, para que no mueran. Y lo tendrán por estatuto perpetuo él y su simiente por sus generaciones.

(Éxodo 30:17-21)

Aquí tenemos las instrucciones que Yahvéh dio a Moshé para construir el denominado Kior, una gran vasija de agua para el Santuario. Esta fuente era utilizada por los sacerdotes (kohanim), previo a su servicio en el Santuario, como está escrito: «Y lavarán de él Aarón y sus hijos a sus manos y a sus hijos cuando vengan al Ohel Moed (Carpa de las Citas)».

Los Objetivos del Lavacro.

Este lavado ritual tenía dos objetivos:

  1. Limpieza y purificación: Se requiere del Kohen una limpieza y purificación adicional previo a su inicio del servicio al Eterno en el Santuario.
  2. Santidad- a través del lavado: el kohen alcanzaba un mayor nivel de santidad, y por eso, este lavado también se llamaba- «la santificación de las manos y los pies«. Según el Talmud el sacerdote ponía su mano derecha sobre su pie derecho y su mano izquierda sobre su pie izquierdo y los consagraba.

Estas abluciones corporales de los kohanim eran indispensables para ponerse en contacto con los objetos y los lugares sagrados del Mishkán. El incumplimiento de esta norma ponía en peligro la vida no sólo de Aharón y de sus hijos, sino también la de cualquiera de sus sucesores. Era un decreto permanente (vv. 19-21).

El Origen y Significado del Lavacro.

El origen del Kior o Lavacro se encuentra en la donación que hicieron las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo, tal como se nos relata en Éxodo capítulo 38, versículo. Dichas mujeres donaron sus espejos, que eran de bronce, para que fueran fundidos a fin de que la fuente se hiciera. Era una cosa maravillosa para el pueblo el dar la medida de su propia apariencia para estar limpios ante Yahvéh.

Hay que recordar que los espejos de aquel tiempo no eran como los nuestros, ya que los espejos de vidrio no existían en aquel entonces. Los pueblos antiguos tuvieron que recurrir a metales pulidos (bronce, plata, etc.), para producir reflexión. Esto explica el comentario que el apóstol Pablo hace del símbolo del Kior al decir:

«Ahora vemos por espejo, oscuramente…»
(1 Corintios 13:12)

Él está recordando a los discípulos de Yeshúa que debemos ejercer siempre humildad al comparar nuestro conocimiento espiritual aquí abajo, que es parcial (así como la imagen que reflejaban los espejos de su tiempo), con el que tendremos cuando estemos cara a cara con nuestro Abba, cuando conoceremos con total claridad.

Esta fuente contenía agua, siendo por tanto una provisión para lavarse. Pensemos juntos; tenemos aquí un gran espejo, hecho de una multitud de ellos más pequeños. Estaba lleno de agua, lo que aumenta su capacidad de reflexión. De esta manera, la fuente tenía dos grandes propósitos: reflejar la imagen del kohen y proporcionar limpieza. En ese sentido, esta fuente nos recuerda lo que la Instrucción (Torah) de Dios es y hace con nuestras vidas diariamente. Ella es un espejo fiel que nos muestra nuestra verdadera condición y, al mismo tiempo, es el instrumento para limpiarnos de las suciedades adquiridas. Por lo tanto, comprendemos que la primera función de la Torah es enseñarnos cómo estamos en el día a día referente al propósito eterno de Dios. Por ello, el apóstol Pablo explicaba esta misión de la Instrucción de las siguiente manera:

«¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás.»
(Romanos 7:7)

La Torah, pues, es ese gran espejo, sin el cual nos auto-engañaríamos en creer que ya estamos perfectos, cuando en verdad estamos aún en el proceso divino de la santidad y la justicia.

El hecho de que fuera de bronce (símbolo de juicio) nos revela que el gran espejo divino, la Torah, nos ayuda a juzgarnos a nosotros mismos de una manera verídica y criteriosa, conforme a como Yahvéh nos ve. Los primeros discípulos al estudiar esta parashá fortalecían este pensamiento. Esa es la razón por la que Jacobo (mal llamado Santiago) escribió:

“Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta Torah, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.”

(Santiago.1:23-25)

Pero hemos dicho que la Instrucción tiene otra función añadida a ésa, y es la de ser el lavacro (kior) donde limpiarnos de la suciedad adquirida en nuestra cotidianidad, adquiriendo desde ella pureza o santidad y mayores niveles de justicia. Eso es lo que en la mentalidad hebrea significa estar limpio. Nuestro Dueño Yeshúa así lo expresó:

«Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado.»
(Juan 15:3).

El Eterno trazó en Su diseño que esta fuente de bronce, se situara, entre el Altar de Bronce, que es tipo de la cruz, y el Tabernáculo propiamente dicho, que es tipo de la comunión a la que todo redimido tiene acceso y de la de la adoración y servicio que todo redimido tiene el privilegio de ofrecer. Dicha comunión solamente se puede dar si el kohen (sacerdote) está limpio.

Para que podamos entender mejor este asunto, tenemos que saber que el uso de esta fuente estaba reservado para los sacerdotes, quienes en el ejercicio diario de su ministerio eran proclives a ensuciarse. Tengamos en cuenta su contacto permanente con el altar de bronce, donde la leña, las cenizas, el humo,los animales, la sangre etc. eran causas permanentes de suciedad. Era normal que en dichos trajines diarios, lo kohanim no se dieran cuenta de esa contaminación o suciedad en sus manos y pies. Por ello, el uso del lavacro no era opcional sino obligatorio. Es decir, no se trataba de algo dejado al criterio del sacerdote sino algo por lo que tenía que pasar para ministrar en su comunión íntima al Eterno.

La obligatoriedad del uso era diaria, porque diariamente estaban llamados a ministrar (comulgar) con Yahvéh dentro de Su morada. Y el uso de la fuente era previo a la ministración; por lo tanto, antes de entrar en el lugar santo para hacer los servicios sagrados el sacerdote tenía que lavarse, para concretar así un estado de limpieza personal desde la revelación de este santo espejo. Las partes del cuerpo que debía lavarse eran las manos y los pies, órganos del cuerpo simbolizan nuestro hacer y nuestro caminar. De la obligatoriedad del uso de la fuente da buena cuenta la razón que se aduce: para que no mueran.

Aprender a Supervisarse en las Acciones Cotidianas.

En la simbología de las Sagradas Escrituras, la “cara” siempre hace alusión a la parte interna e intelectual de la persona, mientras que las “manos y los pies” siempre hacen alusión a la parte de la persona vinculada con la acción. En el Santuario se encontraba de manifiesto la Santidad, y es por eso que la “cara”, la cabeza, la parte en donde reside el intelecto, no hacía falta “lavarla”, purificarla, ya que ya estaba plenamente santificada, debiendo solo purificarse la parte más baja de la persona humana: la acción, simbolizad por las “manos y los pies”, que guardan relación con el mundo.

Ahora, les solicitaré a cada uno mucha concentración. La sabiduría del Eterno al poner esta fuente para los sacerdotes es muy oportuna para cada uno de los redimidos en Yeshúa, llamados a ejercer diariamente un culto racional a Dios (Rom. 12: 1) La advertencia era clara: cada sacerdote debe también ocuparse de sí mismo diariamente. Debido a que podía darse el caso de que se concentraran tanto en el ministerio hacia los demás y se olvidaran de sí mismos, Yahvéh estableció esta estructura con su ritual obligatorio para que en un determinado momento del día, cada sacerdote se dedicara a pensar en su propia persona.

Con esta fuente Yahvéh los obligaba a examinarse a sí mismos, antes de examinar a otros. Es lo mismo que le recordará el apóstol Pablo a su hijo apostólico Timoteo: 

‘Ten cuidado de ti mismo…«
(1 Timoteo 4:16)

Sucede que, en el cotidiano devenir, a cada ser humano le sea fácil estar pendientes de los demás, de sus necesidades y problemas, pero a la vez olvidarse de las propias. Si eso llega a acontecer, aquel que es hijo primogénito de Dios ya no podrá ser de ayuda para otros, pues estará él mismo necesitado de ella. ¡Cuidado con el exceso de ocupación (servicio) hacia otros, no sea que termines descalificado por no estar atento hacia ti mismo y tu propósito! Es verdad, hay muchas almas humanas que debes cuidar, pero una por encima de todas ellas está la tuya.

La lección practica de este mueble del tabernáculo, es que, a menos que vivas efectuando constantemente, el juicio justo de ti mismo, a la Luz de la Torah del Eterno, tu comunión con Él se vera interrumpida, y esto afectará y determinará, que sobre el fundamento de la salvación, en vez de edificar oro, plata, piedras preciosas, edifiques con madera, heno y hojarasca. Teniendo en mente estos principio divino, el apóstol Juan, muy familiarizado con lo sacerdotal, escribió:

“Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”
(1 Juan 1:6-9)

Por ello, en el diseño del Monte Santo del Señor hemos aprendido que al llegar el Shabat, tanto en su kabalá (recepción) como en su entrega, el lavarse las manos antes de comer el Pan de Primogenitura y el Pan de Gratitud, no solamente anuncia nuestra disposición a no realizar labor alguna para honrar ese día sagrado, sino que también anunciamos que estamos dispuestos a meternos en el juicio justo que la Torah nos revelará acerca de nuestra peregrinación en la vida. Es una manera de anunciar a todos los ámbitos celestiales que entendemos que el amor a uno mismo es la bisagra que permite amar perfectamente al Eterno y al prójimo.

Anhelo que recuerdes en este día pasar por el lavacro y meditar cómo está la marcha de ese proceso divino que te conduce a una meta maravillosa: el Premio del Supremo llamamiento de Dios en Jesús, el Cristo, nuestro Dueño!

P.A. David Nesher

El Sacrificio de Continuo y el Gran Deseo Divino

«Esto es lo que ofrecerás sobre el altar: dos corderos de un año cada día, continuamente. Ofrecerás uno de los corderos por la mañana, y el otro cordero ofrecerás a la caída de la tarde. Además, con cada cordero una décima parte de un efa de flor de harina amasada con la cuarta parte de un hin de aceite de olivas machacadas; y para la libación, la cuarta parte de un hin de vino. Y ofrecerás el otro cordero a la caída de la tarde, haciendo conforme a la ofrenda de la mañana, y conforme a su libación, en olor grato; ofrenda encendida a Yahvéh.»

(Éxodo 29: 38-41)

 

Después de la ceremonia de su consagración de Aharón y sus hijos como sacerdotes, el Eterno continúa su pedagogía a través de la práctica de los sacrificios diarios, uno por la mañana y el otro a la caída de la tarde. Tenía por finalidad asegurar la presencia continua de Yahvéh en medio de Israel (v. 42)

Cada día debía ser ofrecido a Yahvéh, empezando y terminando con sacrificios de gratitud y consagración. Como el nombre lo indica (korbán) se quemaba toda la víctima en honor de Yahvéh. Era el sacrificio más perfecto, porque suponía la entrega total y desinteresada de la víctima al Señor.

El mandamiento  acerca del sacrificio continuo u holocausto perpetuo era llamado en hebreo korban tamíd y era una ofrenda derramada ante Yahvéh como una demostración de una completa abnegación de cada israelita al Eterno. Por eso, cada mañana a las nueve y cada tarde a las tres los hebreos tenían que sacrificar un cordero en el tabernáculo terrenal. El cordero de la mañana expiaba por los pecados cometidos durante la noche y el cordero de la tarde expiaba por los pecados cometidos durante el día. De esa manera hubo una expiación constante para los hijos de Israel.

El holocausto continuo comenzaba cada mañana con el primer cordero ofrecido en holocausto (olá, עולה). Los sacerdotes sacrificaban un cordero y lo ponían en el fuego del altar como el primer sacrificio del día. El cordero se quemaba en el fuego durante todo un día, por eso se lo llamaba el holocausto continuo. Los sacerdotes colocaban cada sacrificio posterior sobre la parte superior de la pira en la que el cordero estaba ardiendo.

Cuando el servicio concluía y los sacerdotes habían completado todos los sacrificios para ese día, traían el segundo cordero. Se sacrificaron como una olá y la colocaban en la parte superior de los restos de las ofertas del día, intercalando los servicios de todo el día entre los dos corderos de un holocausto continuo. Dejaban el segundo cordero en el altar para quemar toda la noche. A la mañana siguiente, los sacerdotes eliminaban las cenizas y era sacrificado otro cordero, se ponía sobre el altar, y comenzaba el proceso de nuevo. De esta manera, un cordero se mantenía ardiendo continuamente en el altar delante de Yahvéh.

El holocausto continuo establecía un patrón de referencia como la función más básica y regular del tabernáculo (y posteriormente el Templo). De este modo, los servicios de oración, el canto de los salmos, el encendido de la menorá, y la quema de incienso ocurrían en conjunción con la ofrenda continua. Los dos corderos de un holocausto continuo, que ofrece a las horas establecidas de sacrificio, creaban la estructura temporal para el resto de los servicios del Santuario. Gracias a este rito los israelitas pudieron conocer los tiempos propicios de oración enmarcados en las horas en que el holocausto continuo solía hacerse.

Esta ofrenda no debía cesar jamás. (Números 28: 3, 6, 10, Esdras 3:5). Era un tributo que dos veces al día debía ofrecer Israel en el altar a su Dios. No se omitía ni en los días más solemnes, en que se ofrecían al Señor otros sacrificios (cf. Núm. 28: 3-8). Se sabía que la salud integral de cada miembro de Israel estaba ligada a este korbán tamid (holocausto perpetuo).

El sabio intérprete Abarbanel recalca el hecho de que estos sacrificios no tenían carácter expiatorio, sino que eran en agradecimiento por todo lo que el hombre recibe del Eterno permanentemente: «Tamíd» (תמנד). Este exégeta agrega que todo lo concerniente a los sacrificios fue ordenado por la Torah únicamente después del episodio del becerro de oro. Los sacrificios rituales tienen por finalidad desarraigar pensamientos malos de nosotros. El ideal no es incurrir en error y después expiar el mismo por medio de sacrificio, por eso los sacrificios que se ofrecían en acción de gracias, son los que cobran mayor importancia y así los Sabios del Talmud llegan a decir que los versículos que se refieren a  «korban hatamid» (קרבן התמנד) o sacrificio continuo son cada uno: «Pasuk hacolel ioter batorah» (פסוק הכולל יותר בתורה), o sea, uno de los versos más fundamentales entre todos los versículos de la Torah. La idea pues que este korbán encierra es que lo espontáneo y lo voluntario es lo más loable en la vida del ser humano.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles se nos relata que Pedro y Juan fueron al Templo de Jerusalén a la hora novena:

 

«Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena,  la de la oración.» 

(Hechos 3:1 RV60)

 

Debemos conocer que la hora novena era  la hora del sacrificio diario de por la tarde (3 PM). No tenemos un relato el cual nos hable de la hora del sacrificio de la mañana. Pero fuentes extra bíblicas como Flavio Josefo, Filón de Alejandría y la Mishná (recopilación de la enseñanza oral de la Torah) indican que el sacrificio diario o continuo de la mañana era a la hora tercera (9 AM). También la Mishná muestra que el tipo de  oraciones que se hacían a la hora tercera y la hora novena. Estas oraciones se conocen como la plegaria de las dieciocho bendiciones (Shemoné Esré) también conocida como la amidá y se enfocan en cuatro aspectos: la redención, el perdón de los pecados, la llegada del Mesías y la resurrección de entre los muertos. El esquema de dicha amidá sería así:

  • Geulá (גאולה) «Redención«. Alaba a Dios como el redentor de Israel.
  • Selijá (סליחה) «Perdón«. Se pide a Dios perdón
  • Birkat David (ברכת דוד) «Bendición de David«. Se pide a Dios que traiga pronto al descendiente de David, el Mesías judío.
  • Gevurot (גבורות) «Poderes«. Reconoce la Fuerza y el Poder de Dios, en donde se menciona la sanidad y la salud que vienen de Dios y la Resurrección de los Muertos «Tejiyat Hametim«.

Una vez destruido el Segundo Templo de Jerusalén, y cuando los sacrificios cesaron, la oración sustituirá a los rituales que se celebraban en el Bet Hamikdash (Templo). La «havodat hamikdash» (עבודה המקדש) o ceremonial ritual del Santuario será sustituido por «Havodah shebalev» (עבודה שבלב)  o servicio a Dios con nuestro corazón, sentimiento y mente, lo que  quiere decir que el sacrificio continuo (korban tamíd) reemplazados por la»tefilah» ( תפילה ) u oración de alianza. En otras palabras, la oración tratará de reemplazar por medio de la palabra, lo que el ritual de los sacrificios realizaba por medio del acto concreto.

Aunque sabemos que probablemente las plegarias de la amidá de hoy día no sean semejantes a las que hacían los discípulos del primer siglo, sí entendemos que eran hechas a la hora tercera y la hora novena, es decir a las 9 de la mañana y 3 de la tarde.

 
¿Cuál fue el propósito de esos sacrificios? ¿Para qué el pecado del pueblo tenía que ser expiado?

Entendemos que para que el Eterno pueda cohabitar con seres humanos pecaminosos debían éstos seguir ciertas conductas, procedimientos y normas impuestos por Él mismo. Estos lineamientos pautaban de alguna manera la pureza o limpieza redentora que Dios hace por su pueblo. De lo contrario, cualquiera que pretendiera acercarse a Yahvéh sin dicha “gracia”, moriría (Éxodo 30:21, Éxodo 28:43) y no sería posible dicha relación (redención).

La sangre de este sacrificio continuo, se salpicaba diariamente sobre el altar, proporciona un recordatorio constante de la “sangre del pacto” que Moisés aplicó al altar y al pueblo en el Monte Sinaí (Éx. 24).

Este holocausto revelaba pues que el deseo del Todopoderoso es estar cerca de sus hijos. Pero también recordaba que Él no anhela solamente estar cerca sino también vivir dentro de cada uno de sus hijos (Israel). Yahvéh quiere que su gloria llene al hombre de tal manera que Su Luz pueda irradiarse en este mundo. El anhelo más íntimo del Eterno es habitar en Su Pueblo, y desde él redimir al mundo. Y para cumplir este deseo tenía que establecer estos sacrificios expiatorios que servían para cubrir el pecado de manera que el pueblo pudiera acercarse al Altísimo que es un fuego consumidor.

Juan el Bautista, criado en casa sacerdotal y educado a los pies de los esenios, entendía perfectamente el tipo de este holocausto. Por ello, cuando estaba en el río Jordán aplicando bautismo de teshuvá y vio al Mesías, el arquetipo, hizo en su proclamación alusión al holocausto continuo cuando identificó a Yeshúa como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

La respuesta que Juan estaba anunciando revelaba que el Eterno al fin podría estar cerca del pueblo pues su Cordero había sido entregado en el primer sacrificio, bautismo en el Jordán. Sólo habría que esperar el último holocausto, su sacrificio voluntario en la cruz del Calvario.

Sabemos que las plegarias obligatorias (la amidá) eran hechas a la hora tercera y la hora novena. Pues bien, curiosamente la hora tercera y la hora novena fue el período de tiempo que duró la crucifixión de Yeshúa aquel día 14 del primer mes del calendario hebreo hace casi dos mil años. Los Evangelios relatan.

«Era la hora tercera cuando le crucificaron».
(Marcos 15:25 RV60)

«Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y el sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad. Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró«.
(Lucas 23:44-46 RV60)

Mientras los Judíos hacían la amidá ese día el Mesías tan esperado y anhelado estaba poniéndose así mismo como expiación por los pecados del pueblo tal como fue anunciado por el ángel Gabriel:

«Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS (Yeshúa), porque él salvará a su pueblo de sus pecados«.
(Mateo 1:21 RV60)

Al caminar en estos días postmodernos, la idea de un sistema sacrificial seguramente nos pareces extraña. Sin embargo, estoy convencido que podemos entender el concepto del pago o restitución de una manera fácil. Sabemos, por la revelación, que la paga por el pecado es la muerte (Romanos 6:23) y que nuestro pecado nos separa de la Gloria del Eterno. También sabemos que las Sagradas Escrituras enseñan que todos somos pecadores, que ninguno de nosotros es justo delante de Dios (Romanos 3:23). A causa de nuestro pecado, estamos separados de Dios y somos culpables ante Él; sin embargo, la única esperanza que podríamos tener es que Él nos proveyera un medio para reconciliarnos con Él. Si comprendemos esto, entonces podemos entender cuál es la razón por la que envió a Su Hijo a morir en la cruz. El Mesías murió para hacer expiación por el pecado y pagar el castigo por los pecados de todos los que creemos en Él y su obra redentora.

¡Realmente asombroso! Toda esta estructura sacrificial fue implantada como una sombra del sacrifico eterno del Mesías Yeshúa. Él fue colgado en un madero a las nueve de la mañana y entregó su espíritu a las tres de la tarde. Su muerte es necesaria para la expiación del pecado en el tabernáculo celestial para que el cielo pueda bajar a la Tierra y el pueblo pueda encontrarse con el Eterno en el tabernáculo celestial.

En el Espíritu del Mesías, el espíritu humano tiene acceso al Tabernáculo celestial (Juan 4:23-24). Aquí hay mucho que decir y a la vez todo esto es difícil de explicar. Las dimensiones y las consecuencias de la muerte expiatoria del Cordero del Todopoderoso son inmensas en cuanto a la intimidad espiritual entre el ser humano y el Creador .

La muerte y resurrección de Yeshúa abrió el camino para el servicio espiritual en el santuario celestial . Todos los que han nacido de nuevo tienen la posibilidad de servir como sacerdotes en el templo celestial. El Mesías es el Sumo Sacerdote y sus discípulos son los sacerdotes .

¡Yeshúa es el “sacrificio continuo” (aquél representado por corderos de un año de edad, que se sacrificaban tanto por la mañana como por la tarde, continuamente) en el Tabernáculo Celestial!

“… pero Él, habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados para siempre, SE SENTÓ A LA DIESTRA DE DIOS”

(Hebreos 10:12 – LBLA – destacado mío)

 

Si alguno de ustedes, después de leer esta bitácora, anhela por su cuenta profundizar en estas realidades celestiales, les aseguro que se le abrirá un mundo inmenso con influencias espirituales asombrosas tanto en las esferas celestes como en este mundo físico. La intimidad con el Eterno por medio del sacrificio del Cordero es mucho más profunda que la intimidad que se produjo en el tabernáculo terrenal. Las palabras no alcanzan para expresar las profundidades y las alturas de este ministerio sacerdotal celestial. ¡Son dimensionalidades infinitas llenas de cosas inimaginables! (1 Corintios 2: 9).


Bitácora Relacionada y Recomendada:

El Mishkán y la Conciencia de Citas Divinas

 

 Por P.A. David Nesher

«Que Me hagan un santuario, y Yo habitaré dentro de ellos.»

(Shemot / Éxodo 25:8)

 

El Eterno mismo invitó a Israel, Su amada, a traer una ofrenda elevada (hebreo: terumáh) de lo más valioso que tenían, empezando con oro y terminando con piedras preciosas. El propósito para la ofrenda era hacer un santuario para el Eterno dónde Él podía morar, y desde allí tener citas divinas con Su Esposa.

Así pues, fue en el desierto, a los pies del Sinaí, donde el Eterno ordenó la construcción de lo que en la teología occidental se conoce como El Tabernáculo. En realidad, en hebreo se denomina Mishkán.  Esta expresión proviene de la voz hebrea “lishkon”, que es asentarse, morar, habitar. Interesante será mencionar aquí que de esta misma voz proviene “shejuná”, que es vecindario; así como “shajén”, que es vecino. También “Shekináh”, que es la Divina Presencia creativa moviéndose sobre la humanidad. Todo estos detalles los menciono ya que nos ayudan a entender el diseño de propósito de esta estructura celestial, pues el Mishkán fue comprendido por la mente de los israelitas como el sitio para la morada del Eterno.

El Mishkán fue hecho según el patrón mostrado a Moshé en el Monte Santo y fue así el tipo de las cosas celestiales. Esta enseñanza se desarrolla magisterialmente en la carta a los Hebreos. Allí leemos que el Mesías que es «Ministro del Mishkán, y de aquel verdadero Mishkán que Yahvéh asentó, y no hombre». El Mishkán es, pues el trasfondo de la exposición de la carta a los Hebreos (2:17 – 10:22). De una manera real y completa cada versículo de esta epístola sustentan toda la enseñanza experimental de las Sagradas Escritura. Como se ve en los Tehilim (Salmos) y en las cartas paulinas, todo creyente debe llegar a tener una clara comprensión de este diseño divino, a fin de consolidar este «modelo» del Mishkán en su corazón (espíritu y alma).

Por ello es que este diseño no permitió jamás que los que lo miraran creyeran que era morada de Dios en el sentido literal, finito, idolátrico, sino más bien, comprendían que era un lugar de encuentro o citas, particularmente designado, allí en donde Yahvéh siempre aguarda al ser humano. Claramente, el objetivo pedagógico de la construcción de este recinto no era proveer a Yahvéh, nuestro Dios, de un refugio, sino más bien proveer un camino (método) para que el ser humano ponga a Yahvéh dentro de su vida. 

Con dicha cosmovisión, ese sitio, implantaba la comprensión de que lugar de encuentro divino puede ser cualquiera, porque no hay lugar fuera de la supervisión constante del Eterno. Pero, es el hombre el que precisa de un lugar particular, algo que lo defina, algo que lo enfoque. Todos los tiempos y lugares son propicios para el crecimiento integral del hombre. Todo espacio es bueno para el encuentro con Dios, para descubrir nuestra multidimensionalidad y unificarnos con Su Intención, pero precisamos de recordatorios, mojones, instituciones que nos lo tengan a la vista para que cada ser humano encuentre el modo de encontrarse su propia esencia y de ese modo con su Fuente, el Eterno Dios.

Al ver esta estructura de diseño celestial, el corazón de los hebreos se obligaba a meditar hasta sentir que el Dios de sus padres era un compañero peregrino; que donde acampaban Él acampaba. De esto, surgía una fuerte certeza de que sus enemigos, dificultades y las largas marchas fatigosas también eran las de YHVH Su Dios.

Tal sería este Mishkán, el lugar de encuentro con el Eterno, no por ser el único, sino por ser el señalado para tal fin.  Por ello, el texto hebreo no dice que el Eterno quería habitar entre ellos, sino dentro de ellos, ya que la expresión en hebreo betojam , debe ser traducida como «en ellos«. Esto nos enseña que el lugar donde realmente el Eterno deseaba morar era dentro de los corazones de cada hijo de Israel que tuviera la actitud de dar generosamente.

Ahora, sólo los que tenían corazones alegres con ganas de dar recibieron el permiso para entregar materiales para el tabernáculo. Por lo tanto las ofrendas venían de los corazones de los que amaban la presencia del Eterno. Su amor al Eterno, y su deseo de estar unidos a Él, se expresó en la entrega de sus bienes más preciosos. De esa manera hay una relación muy íntima entre el corazón del pueblo y el santuario.

El Eterno quiso vivir en el santuario de los hijos de Israel, pero esa morada divina se construyó de los materiales que habían sido dados de todo corazón. De esa manera Yahvéh no habitaba solamente en los materiales físicos sino también (o más bien) en los corazones de su pueblo, cumpliéndose así la palabra que dijo que iba a habitar dentro de ellos. La idea que se desarrollaba era que siendo la misma vida del ser humano efímera y a veces fugaz, él mismo no puede poseer absolutamente nada de los bienes materiales que él mismo crea. Si nuestra mentalidad se basa en la escasez, no veremos la abundancia que hay de todo en el Universo. El primer paso para liberarnos de ella es estar agradecidos por todo lo que somos y poseemos. Y de última instancia llegaremos a comprender que en realidad no podemos poseer nada, ya que todo lo que obtenemos es un medio útil para lograr alguna otra cosa y no un fin en si mismo; ya que lo único que realmente podemos poseer es aquello que podemos dar. Esto nos recuerda lo que afirmaba el rey David en ocasión de reunir materiales donados para la construcción de lo que sería el Primer Templo de Jerusalén:

«Porque de ti proceden todas las cosas, y de lo recibido de tu mano te damos.»
(1 Crónicas 29: 14).

Así Israel aprendió la gran lección del éxito: las ofrendas de corazón son el camino a la intimidad con el Eterno. Si das ofrendas al Eterno de todo corazón Él viene a hacer su morada dentro de ti .

Por eso es que al santuario se le acostumbró a  llamar Mishkán, el lugar para que la Presencia habite en comunión con el corazón del hijo primogénito, Israel.

Pero, a la vez, el significado espiritual de este diseño podría parecer como una exigencia terrible para el pueblo, pues implicaría la imperiosa necesidad de estar en estado de “consagración” y “pureza” constantes, sin margen para cometer el más mínimo error. Tal como fuera mencionado:

«El Eterno dijo a Moshé: -Desciende y advierte al pueblo, no sea que traspasen el límite para ver al Eterno y mueran muchos de ellos.
Santifíquense también los sacerdotes que se acercan al Eterno, no sea que el Eterno acometa contra ellos.«
(Shemot / Éxodo 19:21-22)

Evidentemente estar ante la Divina Presencia no parece cosa de todos los días, sería indispensable un estado de lucidez, de pureza, de santificación, de apartamiento de las cosas “mundanas”, so pena de morir, de ser “acometidos” por las poderosas fuerzas de la santidad que no toleran la manchas de la oscuridad.

Pero, ¡oh sorpresa! De repente la misma Torah da un consuelo al alma de sus hijos. Ella presente una evidencia consoladora de parte del mismo Yahvéh:

«… el tabernáculo de reunión, el cual habita con ellos en medio de sus impurezas.»
(Vaikrá / Levítico 16:16)

¡Bendita noticia celestial! ¡El Eterno está con nosotros, en medio de nuestros errores!
¡Él no nos abandona nunca!

No existe un pecado original, o repetido, que logre deshacer el sagrado lazo que Él ha determinado mantener con los primogénitos de Su congregación gozosa. En nuestro ser está el sagrado Mishkán, nuestro espíritu redimido en la sangre del Mesías, sin importar que tanto “pecamos”. La cosmovisión que deja el Mishkán es por nuestro beneficio si lo sabemos y nos preparamos para adentrarnos en este santuario interior, si armonizamos nuestra existencia para estar acordes con el Eterno.

Nosotros podemos alejarnos con nuestra conducta, confundirnos con nuestras creencias, embotarnos con nuestros pensamientos de incredulidad, sentirnos sin Dios o absolutamente lejos de Él; pero, Él está aquí, ahora, conectado contigo, con su Luz Infinita en ti. Su Espíritu morando en tu interior:

«Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo«.
(2 Timoteo 2: 13)

Seguramente, querrás decirme que tu estilo de vida no está hoy en sintonía con los lineamientos de Su Instrucción (Torah). Me asegurarás que ya es muy tarde para volver a Él, ya que todas tus acciones te hacen vibrar negativamente, en estado de impureza, de desconexión con Su propósito eterno. Tus actos negativos te perjudican, y a tu prójimo. Pero, quiero que sepas que allí, muy cerca de tu corazón y sin pausa está Su Presencia, morando, vibrando, a la espera, pacientemente aguardando a que despierte tu conciencia espiritual y comiences el proceso de crecimiento, de reencuentro con tu identidad, de unificación.

A tu servicio y en Amor: David Nesher

Cortinas (Mujeres) que Causan Unidad

«Cinco cortinas estarán unidas una con la otra; también las otras cinco cortinas estarán unidas una con la otra«.

(Éxodo 26:3)

 

En el día de hoy nos concentraremos en el principio celestial revelado en este versículo que permite comprender un secreto maravilloso para lograr la perfecta unidad de una congregación.

El tabernáculo (hebreo mishkán) era unta tienda con un marco y una serie de cubiertas elaboradas. Esta sección describe la primera cubierta, la que quedaba a la vista en el interior del tabernáculo. Interesante es resaltar que los planos para el tabernáculo fueron revelados a Moisés del interior hacia el exterior, comenzando con los muebles del interior y dicha construcción. Nos aproximamos al santuario de afuera hacia adentro, pero Yahvéh construye el santuario de adentro hacia afuera. Él trabaja en Su pueblo de acuerdo al mismo patrón. En el caso de las cortinas para la cobertura interior debemos decir que eran de lino torcido, y eran unidas al ser tejidas cinco cortinas una a otra, cada una de 42 pies (14 metros) de longitud y 6 pies (2 metros) de ancho. Primero fueron unidas en sets de cinco, y luego todas fueron unidas para cubrir 42 pies (14 metros) por 60 pies (20 metros).

El texto hebreo las cortinas que se utilizarían para el techo del mishkán (la morada) son llamadas mujeres y hermanas. El texto hebreo que se tradujo como “una con la otra” en ishá el-ajotáh, (– אשה אל-אחתה  –) significa literalmente “una mujer con (o hacia) su hermana”.

Interesante es que cada cortina es comparada con una mujer y todas las cortinas son hermanas. ¿Por qué las cortinas son llamadas mujeres? Porque el Eterno quería dejar una fuerte enseñanza en la congregación de Israel. Para el Eterno las mujeres son hermanas y deben ser unidas de manera muy fuerte para que nunca más puedan ser separadas.

Esta unidad es una de las condiciones para que la congregación pueda ser una morada para el Eterno. Donde no hay unidad no puede haber una casa para el Eterno. Cuando las mujeres se unen una con la otra con corazones unidos podrán ser una parte muy importante en la morada del Todopoderoso.

Esta revelación fue perfectamente entendida por los discípulos de Yeshúa de las primeras comunidades. Las mujeres hicieron un gran papel en la introducción del yugo del Mesías en el mundo pagano. Por eso Pablo, desde el comienzo de sus cartas a sus últimas palabras de despedida, nos da nombres de mujeres que tenían gran influencia en la vida de la Iglesia, y particularmente en la unidad de la misma.

La epístola a los Filipenses menciona dos mujeres de influencia; Evodia y Síntique, de las cuales Pablo dice que “han combatido conmigo juntamente en el evangelio, con Clemente y otros colaboradores”. La preocupación del apóstol al escribir esta carta es saber que estas dos mujeres se han dividido provocando una grieta en la congregación:

«Ruego a Evodia y ruego a Síntique, que sean de un mismo sentir en el Señor…»

(Filipenses 4:2)

Desde la cosmovisión occidental, que dos mujeres no puedan llegar a un acuerdo no parece ser un problema serio; sin embargo, en la cosmovisión hebrea estas dos mujeres eran prominentes en la iglesia y estaban haciendo que otros tomaran parte su desacuerdo, así que era de suficiente importancia para que Pablo las identifique por nombre.

Aparentemente estas dos mujeres eran la fuente de algún tipo de pleito en la iglesia. No tenemos idea de la causa de la disensión entre Evodia y Síntique. Lo que sí sabemos, es que los efectos de la misma tenían que ser destructores para la iglesia. No sabemos si había diferencias doctrinales entre las dos o celos de carácter personal. Otra vez vemos al maligno azuzando a una hermana contra otra, como en el pasado. Todo ello era en deterioro de la obra y el crecimiento de la iglesia.

En lugar de tomar un bando o tratar de resolver sus problemas, Pablo simplemente les dijo que sean de un mismo sentir en el Señor. Pablo entendía que esta situación deshonraba el nombre del Señor y era un escándalo en la congregación. Esto estorbaba también la obra de la gracia en el área femenina de la asamblea.

El apóstol Pablo, además de hablar de las extraordinarias cualidades de estas dos mujeres, entre las que destaca el ser colaboradoras, dice que sus nombres estaban en el «libro de la vida»; el registro celestial de los fieles. Esto era suficiente razón para que estas hermanas superaran sus diferencias. Por otro lado, en vista de que las dos estaban destinadas a participar del Gobierno Milenial, donde solo la armonía será notoria ¿no deberían llevarse bien sobre la Tierra en este tiempo?

Por último, entendemos que la mujer es el símbolo del alma humana. Por ende, todo lo que aquí se ha dicho también aplica a los varones que forman parte de una congregación, y especialmente que tienen influencia en ella.

Todo esto nos lleva a la maravillosa conclusión de que cuando hay reyertas entre personas influyentes se forman facciones en la congregación, pues los unos se ponen en favor de uno y de otro y estas rencillas habrían terminado con la congregación.

Todos sabemos que debido a nuestra imperfección, tenemos la tendencia de distanciarnos de quienes nos han ofendido y de aislarnos. Pero eso no es lo mejor:

“La gente poco amistosa solo se preocupa de sí misma; se opone al sentido común.”

(Prov. 18:1 – NTV).

En vista de que somos un pueblo que invoca unidamente el nombre de Yahvéh a través de Yeshúa, debemos estar decididos a “servirle hombro a hombro” con nuestros hermanos (Sof. 3:9).

¿Cómo reaccionaremos si sentimos que uno de nuestros hermanos nos ha tratado mal o de forma injusta? ¿Dejaremos por ello de servir a Yahvéh con toda el alma? ¿O, más bien, nos armaremos de valor y resolveremos el problema para no perturbar la inestimable paz de la congregación?

 

“Hagan todo lo posible por vivir en paz con todos.

(Rom. 12:18.)

Resolvámonos a poner en práctica dicho consejo, y así podremos seguir andando en el camino que lleva a la vida.

¡Que el Eterno quite de nosotros todo lo que impide que seamos unidos totalmente para que su gloria pueda ser manifestada dentro de y entre nosotros!

¿Esclavitud en la Torah?

“Si compras un siervo hebreo, te servirá seis años, pero al séptimo saldrá libre sin pagar nada”.

(Éxodo 21: 2)

 

El éxodo de la esclavitud en Mitzraim (Egipto) había culminado. El ciclo se había cerrado con la entrega de la Torah, en el Monte Sinaí. Cada israelitas había escuchado que ahora se convertiría en un siervo del Eterno, el único Amo de los seres humanos. El pacto matrimonial para una nueva nación había sido firmado por el mismo Esposo. Dicha nación estaba constituida por ex-esclavos. Cada integrante de las doce tribus de Israel llevaba en sus cuerpos y almas las marcas indelebles de la brutal y dura esclavitud pasada. El pueblo de Israel era conformado por hombres libres, y su relación con la Torah iba a ser uno de cumplimiento voluntario, no coacción forzada.

 

¿Por qué colocar en la Torá las leyes sobre esclavitud?

El planteo es lógico, y muy justo: si el Eterno creó al hombre libre, ¿por queéla Torah permitió a los hebreos que tengan esclavos?

 

En primer lugar, conviene recalcar que estas leyes fueron dadas para que el Pueblo de Dios aprendiéramos que todo lo que hacemos tiene consecuencias. Yahvéh, quiere que comprendamos que es de vital importancia pensar antes de actuar, a fin de considerar los efectos de nuestras decisiones. Por eso, al relacionarnos con los demás debemos tener en cuenta los principios de estas leyes. Debemos actuar de manera responsable y justa con todas las personas, ya sean amigos o enemigos.  Por favor, piense en los planes que tiene para hoy y considere cuáles serían las consecuencias de ellos a largo plazo

En segundo lugar, y antes de meternos de lleno en la respuesta a este cuestionamiento crucial, necesitamos entender el contexto histórico de las políticas económicas de la antigüedad. La esclavitud en el mundo antiguo era una parte normal de toda la economía. En aquellos días, no había ninguna norma monetaria, y la gente no tenía empleos ordinarios donde trabajar como lo hacemos nosotros. La gente vivía principalmente de la tierra. Esto significa que si usted no era un terrateniente o un rico independiente con sus propios rebaños y manadas, es probable que no disponía de medios seguros de apoyarse a sí mismo y su familia. El concepto de trabajo por contrato era arriesgado, a corto plazo y no tenía garantías. No había leyes laborales, requisitos de salario mínimo o planes de jubilación. Para la clase baja sin tierras la servidumbre era una opción atractiva. Ofrecía la adquisición de habilidades significativas, empleo de por vida y alimento, y refugio a una persona y sus dependientes.

Los israelitas acababan de salir de la esclavitud que habían experimentado en su forma más fea. Es natural que el Eterno se ocuparía de esa institución y estableciera las reglas para evitar la perpetuación del maltrato de los esclavos. Yahvéh no quería que los hijos de Israel trataran a sus sirvientes de la forma en que ellos habían sido tratados.

Esto puede ser comparado a un hogar abusivo en el que un hijo es golpeado por su padre. Cuando el niño crece le pega a sus propios hijos, porque esa es la manera de ser padre, que aprendió de su padre. Las leyes de la Biblia sobre la esclavitud están destinadas a romper ese patrón de mal tratos a otros seres humanos. Las leyes de las Sagradas Escrituras concerniente a los esclavos son para la protección y el bienestar de las personas esclavizadas.

Yahvéh promete conducir al Pueblo de Israel a la Tierra Santa y los advierte para que no tomen los caminos paganos de los habitantes actuales de la misma, especialmente en sus políticas referidas a la economía de los esclavos.

En Canaán, como en la mayoría de las sociedades contemporáneas de Israel, los esclavos no tenían derechos. La Torah cambiará eso. De acuerdo con las leyes en esta porción de la Instrucción, los esclavos debían ser tratados como siervos por contrato en lugar de ser tratados como una propiedad. Después de seis años de servicio, debían tener la opción de irse libremente.

Un esclavo hebreo era una especie de empleado que trabajaba para cubrir una deuda o indemnizar un robo. Su amo tenía que tratarlo tan bien. A tal punto era complicado este asunto desde la Torah, que surgió un dicho desde los sabios: “Aquél que adquiere un esclavo hebreo, en realidad está adquiriendo un amo sobre sí mismo” (Talmud de Babilonia, Tratado Kedushin 20a). Pero también sabemos que había esclavos canaaneos, sobre quienes la Torah dice:

“Y los poseeréis por heredad, para vuestros hijos en pos de vosotros, para heredar posesión. A perpetuidad de ellos podréis serviros. Pero a vuestros hermanos, los hijos de Israel, un hombre a su hermano, no lo someterás con dureza”.

(Levítico 25:46)

Nos tranquilizamos un poco más cuando leemos las leyes posteriormente establecidas sobre la esclavitud.

Estas leyes sobre la esclavitud fueron diseñadas para prevenir el tipo de esclavitud que sufrieron muchos de ellos en Egipto, o como la que sabemos casi exterminó a los negros en América antes de ser abolida en el siglo XIX. En la Torah vemos que:

  • Los secuestradores se enfrentan a la pena de muerte (Éxodo 21:20).
  • Si un hombre hiere gravemente a su esclavo, el esclavo debe ser liberado de inmediato (Éxodo 21: 26-27).
  • Si un esclavo es asesinado por su propietario, el hombre se enfrenta a la pena de muerte (Éxodo 21:16).

Si profundizamos más en el estudio de este tema, descubriremos que la Torah tiene una serie de leyes sobre cómo debe ser tratado un esclavo, muchas de las cuáles establece que, sus necesidades deben ser priorizadas y suplidas por el dueño. Por ejemplo: la persona que tuviera una sola almohada debía entregársela al esclavo para dormir; el esclavo debería descansar en el Shabat; debería recibir una cuantía en valores o bienes cuando partiera en libertad, etc.

En este pasaje podemos notar que el detalle de las regulaciones de las mujeres esclavas ponen de manifiesto las preocupaciones sociales de la Torah, referente a la dignidad y los derechos de una mujer, ya que legisla que el amo se ocupe de las necesidades particulares. Este tipo de disposición no se encontraba en otras culturas del Oriente Medio.

La posibilidad de un hebreo de volverse esclavo surgía en el caso de robo, cuando el ladrón no pudiera restituir el bien robado. El tribunal podía entonces venderlo como esclavo. Otra posibilidad podía ocurrir cuando un pobre se vendiera voluntariamente como esclavo para pagar una deuda con su trabajo. Esta era justamente una forma de regeneración: en vez de ser mandado hacia la prisión, el ladrón era vendido como esclavo para que de esta forma conviviera con su dueño, notara su error y aprendiera a vivir una vida honesta. En cada uno de esos casos, cuando llegaba el año sabático (cada 7 años), el «esclavo» tenía que ser liberado. Si no deseaba partir en libertad, sino permanecer en la casa de su amo, su oreja debería ser perforada. ¿Por qué? Explican nuestros Sabios: aquella oreja que oyó la Torah y sabe que su Único Señor es Yahvéh, pero aún así desea continuar sumisa a un hombre de carne y hueso, debe ser perforada. Este es el detalle que nos permite ver que, según la Torah, la esclavitud no es el estado natural del hombre en el diseño de Yahvéh. Todo esto demuestra que gracias a estos códigos legales de la Instrucción (Torah) divina, los esclavos hebreos eran tratados con la consciencia de parte del amo de que eran seres humanos y no su propiedad.

Con todo esto nos queda claro que la Torah reconoce la existencia de la esclavitud como un sistema económico contextual, pero no la promueve como un ideal del propósito eterno de Dios para las relaciones humanas.

Sin embargo, algunos lectores superficiales de la Biblia podrían decir que desde la esclavitud ha sido abolida, las leyes de la Biblia de la esclavitud son irrelevantes para el mundo moderno, aunque la esclavitud sigue existiendo en otras formas. Recordamos que los esclavos en el período bíblico eran más o menos equivalente al concepto de los empleados en la economía actual, podemos aprender varias cosas sobre el corazón del Eterno por la forma en que tratamos a nuestros empleados. La Torah revela que el Eterno quiere que hagamos un trato justo, digno y merecedor de compensación para con los demás. Si había que tratar bien a un esclavo, cuanto más al prójimo.

El Velo y la Cobertura Profética de la Mujer

«Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo.
Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta su cabeza.
Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza; porque lo mismo es que si se hubiese rapado.
Porque si la mujer no se cubre, que se corte también el cabello; y si le es vergonzoso a la mujer cortarse el cabello o raparse, que se cubra»
…Por el contrario, a la mujer dejarse crecer el cabello le es honroso; porque en lugar de velo le es dado el cabello.
Con todo eso, si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios.

(1 Corintios 11:3-6; 15)

En el sistema de la Gracia divina todos somos iguales.

En el sistema de Gobierno sí existe jerarquía de potestad.

La Gracia jamás puede desplazar al Reino del que proviene. Por el contrario, la Gracia permite que el Gobierno del Eterno se manifieste sobre la Tierra igual como se hace en los Cielos.

Por eso, es importante acercarnos a las Escrituras del Nuevo Pacto con una visión de águila que nos permita entender que todo lo que está en los libros de la Antigua Alianza apunta a que el Hijo del Eterno se manifestara como la revelación última de todo el diseño redentor de nuestro Abba kadosh.

Este video es la Segunda Parte del que encabeza esta bitácora: 

¿Qué hacemos?… ¿Tememos o no tememos?

«Y respondió Moisés al pueblo: No temáis, porque Dios ha venido para poneros a prueba, y para que su temor permanezca en vosotros, y para que no pequéis.»

(Éxodo 20:20)

En los ambientes babilónicos (la religión) es popular decir: «Dios es amor y no se le debe temer”. Es cierto que al Eterno no le debemos tener «miedo» en el sentido en que hoy se usa la palabra. Ese miedo que paraliza o que impulsa a huir de Dios y evitar pensar o acordarse de Él (Génesis 3: 10). Ciertamente Dios es amor infinito (1 Juan 4:8) y nos creó para que lo amemos. Yeshúa enseña sobre los Mandamientos de Dios:

“El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos”

(Marcos 12:29-31)

 

Pero existe un temor de Dios que es un don del Espíritu Santificador de Yahvéh: temer ofenderlo. Con este don tememos al realizar nuestra propia debilidad y al saber que con facilidad podemos caer en pecado mortal y condenarnos.

 

En el pasaje de hoy leemos que después de la manifestación tremenda que hubo en el monte Sinaí, el pueblo tenía mucho temor del Eterno. Un temor de muerte les había inundado sus mentes y corazones de manera que ya no querían escuchar la voz audible del Eterno desde el cielo.

 

Por eso Moshé les dijo al Pueblo que no temieran , pero en la misma oración también dice que el Eterno había venido con estas manifestaciones impresionantes para producir un temor permanente en ellos a fin de guardarlos del pecado. En el texto hebreo aparece la misma palabra las dos veces. Por un lado no debían temer, pero por el otro lado tenían que temer siempre para no pecar.

 

Esto nos enseña que hay dos tipos de temor y que también hay un equilibrio que uno debe tener en cuanto al temor al Eterno.

 

Si hablamos de dos tipos de temor, podíamos explicarlos con dos palabras diferentes, miedo y respeto. No es bueno tener miedo del Eterno puesto que Él es amor y el amor echa fuera el miedo. Por otro lado hay que tenerle tanto respeto que casi se convierte en pavor.

 

Por eso, diremos que el arte de aborrecer el mal, es en grandes rasgos, el epicentro del temor de Yahvéh . Es ampliamente reverencia, y no miedo. El miedo viene de otro lado.

 

El temor a Dios no se trata de un miedo, ni distancia, sino el humilde reconocimiento de la infinita grandeza del Creador. Es temor a ofender al Eterno, reconociendo nuestra propia debilidad. El alma se preocupa de no disgustarlo, de permanecer y de crecer en el amor perfecto (Juan 15: 4-7).

 

La entrega de la Torah por el mismo Dios, garantiza que este arte se desarrolle en el alma. Esa fue la intención del Eterno en Sinaí con nuestros ancestros. Pero ellos, se llenaron de miedo y prefirieron huir de esa Presencia. Por eso, años después Yahvéh prometerá por sus profetas que esa Intención sería cumplida sí o sí en la era mesiánica:

» Y haré con ellos pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten del mí».

(Jeremías 32: 40)

 

Hablar del pacto eterno entre Yahvéh y su pueblo es innecesario, todos lo conocemos. Añadir que Él no piensa volverse atrás de lo que promete, tampoco. Sin embargo, enfatizar en que es Él quien ha puesto la reverencia (el temor) en nuestros corazones, sí es necesario. Porque nos deja en evidencia la razón y el motivo por el cual se necesita ejercitarlo y ejercerlo.

» Ahora, pues, Israel, ¿Qué pide Yahvéh tu Dios de ti, sino que temas a Yahvéh tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Yahvéh tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de Yahvéh y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que tengas prosperidad?

(Deuteronomio 10: 12-13)

 

Aquí el Eterno presenta sus requerimientos mediante una serie de verbos muy activos que hacen referencia a varias actitudes. Temas, andes, ames, sirvas, guardes. Los verbos denotan fidelidad a Dios y explican así lo que significa el temor a Dios, explayándose en la continuidad de este pasaje.

 

Por lo tanto, nosotros los creyentes en Yeshúa no debemos “tener miedo” de Dios. No tenemos razón para tenerle miedo. Tenemos Su promesa de que nada podrá separarnos de Su amor (Romanos 8:38-39). Tenemos Su promesa de que nunca nos dejará o desamparará (Hebreos 13:5). El temer a Dios significa tener tal reverencia por Él, que éste tenga un gran impacto en la manera en que vivimos nuestras vidas. El temor a Dios es reverenciarlo, someternos a Su disciplina, y adorarlo con admiración .

 

¡Temer sí, pero sin miedo alguno!

 

Que el Eterno infunda mucho temor en nuestros corazones para que no pequemos, y que no tengamos nunca temor de acercarnos a Él como nuestro Padre celestial.

El Eterno revela la Misión de Israel en el Cosmos (Éxodo 19)

«En el mes tercero de la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, en el mismo día llegaron al desierto de Sinaí. Habían salido de Refidim, y llegaron al desierto de Sinaí, y acamparon en el desierto; y acampó allí Israel delante del monte.

Y Moisés subió a Dios; y YHVH lo llamó desde el monte, diciendo: Así dirás a la casa de Jacob, y anunciarás a los hijos de Israel: Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a Mí.

Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Éstas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.»

(Éxodo 19: 1-6)

 

El Eterno sacó a los israelitas de la esclavitud con un propósito. Ahora se lo revelaría claramente: el pueblo de Israel sería un pueblo santo, una nación de sacerdotes por medio del cual cualquiera podría acercarse a Dios libremente. El Eterno llama a Su pueblo a la sabiduría de lo alto que es la conocimiento de cómo aplicar la verdad. Esta sabiduría solamente se conseguirá desde la ciencia que se encuentra escondidas en los códigos de la Torah (Instrucción).

Mientras los israelitas eran esclavos en Egipto, Yahvéh santificó para sí a todo hijo primogénito de Israel cuando destruyó a los primogénitos egipcios en la décima plaga. (Éx. 12:29; Núm. 3:13). Por consiguiente, estos primogénitos pertenecían a Yahvéh, eran su propiedad especial, y solo podían utilizarse para servir a Dios de algún modo especial. El Eterno asignó a todos estos varones primogénitos de Israel como sacerdotes o cuidadores del santuario.

El texto (v. 2) remarca que Israel levantó «el campamento de Refidím«. Moshé, al escribir esto, quiere exponer su especial significado etimológico. El nombre Refidim proviene de rifión yadáyim, que se traduce «la debilidad de las manos«, es decir, la fe vacilante, o sea la duda, signo de la deserción del Pueblo.

Ahora bien, los Israelitas levantaron sus tiendas y dejaron ese lugar que encarnaba para ellos una actitud de escepticismo, en donde se preguntaron: ¿está Dios entre nosotros o no? Saliendo de Refidím, se sobrepusieron a tal incredulidad. Las pruebas (y las experiencias) del pasado habían realizado su cometido. El período de la “fe vacilante” cedió el lugar a la convicción y a la confianza, la verdadera emunáh (fe) y fue en ese estado de espíritu con el que abordaron el desierto del Sinaí.

Al leer estos versículos, los comentaristas notan que desde la salida de Mitzrayim y hasta Refidim, allí donde los hijos de Israel acampaban había siempre descontento, perturbación entre el pueblo. Sin embargo, al llegar al monte de Sinaí reinaron en las tiendas de Israel una paz y una profunda armonía. Todos, parecía que formaban un solo cuerpo y una sola voz para obedecer a Yahvéh y a Moisés. Este es el significado de las palabras: «… y acampó allí Israel, frente al monte» (v. 2) en vez de «y acamparon allí los hijos de Israel«, señal de que el pueblo formaba una sola unidad.

Justamente, fue al comprobar esta unidad cuando Yahvéh juzgó al pueblo de Israel merecedor de recibir la Torah. El filósofo judío Rabí Sa’adiá Gaón, demuestra que la Torah representa el agente unificador del Pueblo de Israel. Cualesquiera que sean las oposiciones internas, las divergencias tanto de temperamento, como de opiniones; más allá de todas las querellas y las discordias que se dé entre ellos, la Torah permanece siendo la única plataforma capaz de unir al Pueblo del Eterno. Frente al Monte Sinaí, el Pueblo está compenetrado como un solo hombre.

El Eterno no juzgó al pueblo de Israel apto para recibir la Torah antes del tercer mes de su salida de Egipto. Desde la salida de Egipto, las siete semanas habían sido el período de purificación, necesario para la elevación, con el fin de hacerlos aptos para recibir la Luz Divina.

Es así como el Pueblo, cuya alma había sido mancillada en Egipto por las influencias paganas, debió atravesar las pruebas de los sufrimientos físicos (el hambre y la sed) y de la guerra contra Amalek (la duda), para impregnarse de creencia y de confianza en Dios antes de unirse en cualquier iniciativa con Él, para para una Alianza Eterna.

Es que la unión de amor matrimonial no puede ser sellada sino sobre la base de la creencia y de la confianza. Por ello,eEste trato de Yahvéh para con Israel fue semejante al que se sometía la mujer convertida a la fe de Abraham, que necesita de un período mínimo de tres meses para adquirir el derecho de casarse con un israelita amante de la Torah.

La palabra hebrea bajódesh («en el mes«), debe aquí dividirse en dos, transformándola en Ba-Jódesh («llegó el mes«), esto es, el mes verdadero, el mes solemne de la iniciación sacerdotal de los hebreos, a través de una boda con el Eterno.

Interesante es saber que jódesh (mes) deriva de la palabra jadash  (nuevo), dándonos a entender que Israel fue un pueblo nuevo, en todos los sentidos, después de recibir la Torah y sus leyes en el Sinaí.

«Ustedes han visto lo que he hecho a los egipcios, y cómo los he tomado sobre alas de águilas y los he traído a Mí«.
(Éxodo 19:4 – NBH)

El Eterno les está diciendo el conocimiento que han adquirido de Mí no se basa en una creencia más más o menos vaga, transmitida dogmáticamente y en forma oral. Más bien, el conocimiento que tienen de Mí se fundamenta en una convicción obtenida desde la experiencia vivida personalmente. Por ello, la salida de Egipto y la Revelación en el Sinaí, son las dos realidades históricas sobre las cuales se fundamenta la fe de Israel. Ellas excluyen toda posibilidad de ser una ilusión, porque ellas han sido vividas y observadas por centenas de millares de individuos.

Por esto es que la Torah repite este argumento, con insistencia (Deuteronomio 11), acentuando el hecho, de que la Doctrina que emana de ella no descansa sobre la especulación filosófica, sino sobre acontecimientos históricos reconocidos y confirmados.

Hay aquí una revelación maravillosa que no podemos pasarla por alto. Esta porción del discurso celestial designa al Todopoderoso, ante todo, como el Dios Dueño de la Historia Universal. Israel había visto y palpado que era con esa cualidad que Él se había revelado desde la salida de Egipto ante los ojos de los hombres, quienes hasta entonces, sólo lo habían reconocido como Creador del Cielo y de la Tierra.

La acción Providencial que había elevado a los hijos de Israel al rango de una nación libre, gracias a una serie de hazañas milagrosas se destaca en la expresión: “…yo os he llevado sobre las alas de águilas”. Un vuelo de águila significa que no ha habido ningún obstáculo ni problema, que se ha pasado por encima de todo, y a una altura en la cual nada de la tierra puede afectar la serenidad del viaje. El texto no quiere decir que la travesía haya sido sencilla y sin traspiés, sino que alude a que el Eterno estuvo con ellos a cada momento, capacitándolos para llegar a esta hora, frente al monte Sinaí.

Debemos entender que esta imagen ilustra la rapidez con la cual los hijos de Israel fueron arrancados de los abismos de la inmoralidad egipcia para ser transportados hacia las alturas mesiánicas; lugares celestiales donde los seres humanos se sienten liberados de las cadenas del mal. Regiones donde flotan en las esferas de la pureza y de la luz.

La liberación de la esclavitud de Mitsrayim significaba para ellos al mismo tiempo, la liberación de la esclavitud de las pasiones y de los malos instintos. Ellos se vieron milagrosamente elevados hacia un mundo ideal “para ser llevados hacia el Eterno”. Por este motivo Israel será invitado a realizar una Alianza de Amor con el Eterno.

 

“Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes (mamleket kohanim) y un pueblo santo (goy kadosh) . Estas mismas palabras les dirás a los hijos de Israel.«

(Éxodo 19:6)

 

Ahora bien, lejos de ser un privilegio que le confiere derechos o ventajas particulares, la elección trae consigo, para Israel, una tarea claramente determinada: la de ser para la Humanidad un “Pueblo de Sacerdotes” que establecen el Gobierno del Eterno en la Tierra. Así como el sacerdote propiamente tal debe estar más cerca de Dios en los actos de culto, y, como representante de Dios, es el intermediario entre el mismo Dios y el pueblo, así Israel, como primogénito de Yahvéh entre todos los pueblos, es el sacerdote-intermedio entre Dios y la misma humanidad.

Tenemos que reconocer en este versículo una fusión misteriosa de dos grandes conceptos de autoridad espiritual: el reinado y lo sacerdotal.

Los israelitas habían oído hablar de reyes y también de sacerdotes, pero solo un hombre de la antigüedad, Melquisedec, había desempeñado ambos cargos con la aprobación de Yahvéh (Gén. 14:18). Ahora el Eterno ofrecía a la nación la oportunidad de producir “un reino de sacerdotes”. Tal como indicaron posteriormente los escritos inspirados, eso significaba que habría reyes que también serían sacerdotes, o lo que es lo mismo, un real sacerdocio (c.f 1Pedro 2:9).

A lo largo de la historia, el Rey, quien era la máxima referencia, se encargaba de las finanzas del pueblo, era juez supremo y comandante general en jefe del ejército.

Por otro lado tenemos a los Sacerdotes, los cuales eran la máxima referencia en doctrina y emunáh (Fe), siendo ellos los encargados de conectar al rey con la palabra de Yahvéh, tanto en la vida diaria como en épocas de guerra, junto con las obligaciones religiosas diarias en el Templo (sacrificios, incienso, etc).

El sacerdote está llamado a hacer resplandecer el conocimiento y la fe en Dios, gracias a su ejemplo y a su palabra, como lo proclama el profeta Malaquías (2: 7). Debe lucir ante los hombres como “un ángel del Eterno« (en hebreo ki maláj ha-Shem tzeváot hú).

Por sobre todo sacerdote nombrado por Yahvéh representa a los pecadores ante Dios y suplica a favor de ellos mediante ofrendas prescritas. Y por otra parte, también representa a Yahvéh ante el pueblo, enseñándole la Instrucción divina (Lev. 10:8-11; Mal. 2:7; Heb. 5:1).

Mediante sus servicios, los sacerdotes que reciben un nombramiento divino tratan de reconciliar a la gente con Dios.

Por eso, esta unión de oficios mesiánicos (reyes y sacerdotes) resulta para los israelitas bastante sorprendente ya que aparentemente ésta es contradictoria. En la teoría el rey y los sacerdotes forman parte de sistemas totalmente diferentes. Sin embargo, Yahvéh revela que tal es la vocación de Israel en el medio de las naciones. Deberá permanecer siendo la nación apóstol de la verdad y de la virtud.

Desde esta revelación, Aarón y sus hijos (y todos los sacerdotes generacionales) enseñarán a Israel que la santificación del Nombre de Dios (Kidush Hashem), tiene lugar no solo en la “vida practicada en el Templo, sino también en todos los rubros de la vida personal y general del pueblo, ya sea en la política, la economía, el ejército, el arte, la música, etc.«, tal como escribe el rey Shelomo (Salomón) en el libro de Mishlé:

“Tenlo presente (a YHVH) en todos tus caminos”

(Proverbios 3: 6).

Con esta cosmovisión en su mente y corazón, nuestro amado Mesías enseñará a sus discípulos que no falte esta intención en su vida de oración cotidiana, al enseñar a orar así:

«… santificado sea tu Nombre…»

(Mateo 6: 9)

¿Reino de sacerdotes? Sí, así es, gente dedicada diariamente a las cosas sagradas, con una vida centrada y girando alrededor de la santidad.

¿Nación santa? Sí, así es, gente separada, diferente, especial, que se distingue meritoriamente del resto de los seres humanos en palabras y acciones.

Hasta ese momento, ellos solamente sabían que volverían a su casa, según las promesas divinas dadas a Avraham, Isaac y Jacob. Entendían que se establecerían, que construirían una patria en su suelo designado. Eso estaba claro, repetido y memorizado. Nadie podía dudar del ideal nacionalista, de retorno al hogar patriarcal y crecimiento en él. Pero ahora, ¿qué era todo este cuento de santidad, de pactos, de atender voces celestiales, de funcionar como sacerdotes? Más allá de cualquier cuestionamiento, los israelitas estaban ante la Presencia, sin poder objetar en lo más mínimo.

Haciendo una mirada retrospectiva, entendían que había sido necesario caer al subsuelo del pozo de la desconfianza para poder elevarse por encima de toda duda, hasta tener la certeza y la convicción de la experiencia personal.

Precisaron todo esto para darse cuenta de que la finalidad de su existencia nacional estaba íntimamente fundida con la finalidad espiritual del propósito eterno de Dios. El mismo YHVH, la misma Voluntad, buena, agradable y perfecta, manifestándose en todos los planos existenciales de su vida.

La definición del propósito eterno de Dios para Israel quedaba sellada en estas palabras. El camino para ser una nación consagrada, es siendo, sí o sí un reinado de sacerdotes.

El método para su éxito ontológico consistirá en reunir y fusionar las cualidades de Rey y de Sacerdote en cada hijo primogénito.

El secreto será consagrar  con amor el nombre de Yahvéh en todos los aspectos de la cotidianidad.

El Eterno reclama así de Su Pueblo que se comprometa a preservar los valores fundacionales.

Reinado de sacerdotes significa que deberían respetar con amor las leyes que recibirían desde la Instrucción (Torah) que se les iba a entregar. Era una invitación divina a la justicia y a respetar al prójimo practicando la misericordia al aplicar la Torah con equidad y amor.

Desde aquí la santidad tendrá una cosmovisión clara y bien práctica, ya que la misma será expresada esencialmente por la perfección moral expresada en un lenguaje sacerdotal.

La revelación de esta función ontológica subraya cuánto degrada al hombre la obscenidad del lenguaje; y relaciona nuestro versículo con el deber de todo redimido, de imponerse el uso de un lenguaje puro y noble que repara y transforma el cosmos (Tikún Olam).

En la concepción de este texto, la santidad, la dignidad sacerdotal y el linaje real deja de ser prerrogativa de una clase determinada y se convierte en la herencia de toda la comunidad de la Alianza. De este modo, Israel es guiado a repensar y reformular su identidad como Pueblo de Yahvéh en la Tierra. Es así, y sólo así, como Israel se transforma en un pueblo especial. Ya no pertenece a Faraón (Paróh) y su imperio de muerte (Mitzrayim), ahora es propiedad única y exclusiva de Yahvéh y Su Reino Celestial.

Israel tuvo que aprender y aceptar que su elección tenía designios divinos amplísimos y multigeneracionales. Su destino histórico era preparar, desde su interior, la venida del Mesías, siendo entonces el vehículo de la transmisión de las promesas salvadoras de la humanidad. La voluntad salvífica del Eterno en la historia ha tomado como instrumento oficial de su realización al pueblo hebreo. Los profetas insistirá con sus oráculos celestiales en el sentido mesiánico de esta elección de Israel. De este modo, Israel como colectividad, es un «reino de sacerdotes«, una casta especial en la humanidad con un destino concreto sobrenatural.

Quiera el Todopoderoso que podamos llevar a cabo nuestra misión en este mundo tanto en la vida personal de cada uno de nosotros como en la vida general como Pueblo de Dios, siendo un Reinado de Sacerdotes. Desde esta actitud, deseo también que podamos ver muy pronto el restablecimiento del Reinado de David, prontamente en nuestros días, el cual será eterno bajo el cetro de Siló, nuestro amado Yeshúa, y a Él sea dada la obediencia de los pueblos (Génesis 49:10).

«…Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable;…»

(1Pedro 2: 9)

 

En amistad y servicio de amor los bendigo: P.A. David Nesher

Recomiendo también Leer y Meditar en estas BITÁCORAS:

Jetro y Su Consejo de Gestión Celestial: El Tribunal de Elohim

Por P.A. David Nesher

«Aconteció que al día siguiente se sentó Moisés a juzgar al pueblo; y el pueblo estuvo delante de Moisés desde la mañana hasta la tarde.
Viendo el suegro de Moisés todo lo que él hacía con el pueblo, dijo:
¿Qué es esto que haces tú con el pueblo? ¿Por qué te sientas tú solo, y todo el pueblo está delante de ti desde la mañana hasta la tarde?
Y Moisés respondió a su suegro:
Porque el pueblo viene a mí para consultar a Dios. Cuando tienen asuntos, vienen a mí; y yo juzgo entre el uno y el otro, y declaro las ordenanzas de Dios y sus leyes.
Entonces el suegro de Moisés le dijo:
No está bien lo que haces. Desfallecerás del todo, tú, y también este pueblo que está contigo; porque el trabajo es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo».

(Shemot/Éxodo 18: 13-16)

“Los hombres llamados por Dios para liderar siempre están en peligro de abarcar más de lo que ellos son capaces.”
(Morgan)

Hemos estudiado que Moshé, en virtud de los acontecimientos pasados, había quedado constituido en jefe de la nación y, por tanto, en juez. Ese papel le había sido negado por uno de sus compatriotas (Ex. 2:14) y ahora lo está ejerciendo con todo derecho.

Moshé es el juez de todos los pleitos que entre los israelitas se suscitaban. Estos eran muchos, y sobre todo largos; pues, aparte de que todos los seres humanos sabemos ser elocuentes cuando se trata de defender los propios derechos, resulta que los orientales poseen en esto una elocuencia inacabable. Por esto, toda esta situación se convertía para Moshé en una carga muy grave.

Ahora bien, entendemos que la gratuidad, la solidaridad y la subsidiariedad son las tres claves de la convivencia en una comunidad, y las tres provienen de la vida familiar. Desde el deber ser mismo, en las familias, todos deben contribuir al proyecto común, todos deben trabajar por el bien común, sin anular al individuo; sino más bien sosteniéndolo y promoviéndolo. Esto enmarcara la conciencia virtuosa de la justicia, que permitirá a cada varón y cada mujer surgir de su entorno como miembros que aportan respuestas para construir la gran comunidad que los contiene: la nación.

También sabemos, de acuerdo a la revelación escritural, que el alma humana tiene una inclinación a lo bueno y una inclinación a lo malo dentro de sí. Yetzer Hará es el término hebreo utilizado en las Sagradas Escrituras para describir a la inclinación mala. Esta tendencia a lo malo  es egoísta y sólo busca sus propios beneficios. El yetzer hará es una fuerza negativa programada en nuestra mente y corazón, conocida como «deseo de recibir sólo para sí» (en hebreo «ratzon atmutz» o «ego» en griego). Por causa del Yetzer Hará surgen conflictos y guerras entre los hombres. Mientras haya una inclinación mala en el ser humano surgirán conflictos entre las personas, y la justicia será reclamada para asegurar el orden social.

Teniendo en cuenta esta fuerza negativa de nuestra alma que se opone a cada esfuerzo que hacemos por cambiar, el sabio Salomón expresó:

“El corazón del hombre piensa su camino;
más Yahvéh endereza sus pasos.”

(Proverbios 16:9)

Aquellos de ustedes que son padres y tienen más de un hijo pronto se dan cuenta de qué es lo que estoy exponiendo. Innumerables son las veces que han tenido que actuar como jueces cada vez que sus hijos tenían algún conflicto entre ellos que no podían resolver solos. En una familia es normal que los padres tengan que juzgar a sus hijos todos los días para poner orden, paz y justicia entre ellos. Es importante que los padres conozcan la Torah para poder aplicarla en la relación entre sus hijos. No se puede permitir el abuso, la violencia, el hurto, el lenguaje feo y demás comportamientos malignos en los niños. Los padres tienen la responsabilidad de corregir todo comportamiento que no esté de acuerdo con la Torá en sus hijos. Por eso no es bueno dejar a los hijos en manos de otros hasta que los niños hayan pasado varios años en un ambiente de casa dirigida por la Instrucción del Eterno y donde hay una atención personal para cada hijo mucho mejor que en una guardería.  La Torah rige y donde hay una atención personal para cada hijo.

EL SISTEMA DE TRIBUNAL DE JUECES ES UN DISEÑO DE GESTIÓN INSPIRADO POR ELOKIM.

Teniendo en cuenta al ejemplo doméstico que expuse en el párrafo anterior, entendemos que el sistema de jueces es un diseño divino necesario tanto en la familia, como en la sociedad. Los conflictos surgen entre las personas que componen una comunidad y generalmente ellas no saben, ni pueden darles por sí solas algún tipo de resolución. Por ello, hace falta un juez que juzgue con justo juicio, y dicte así una sentencia justa.

El derecho y la justicia constituyen el fundamento indispensable de la vida comunitaria del Pueblo de Dios. Este derecho y esta justicia echan sus raíces tanto en la rectitud natural exigida por la conciencia humana sana como en las costumbres recibidas y aprobadas ente los hombres. Lo más fuerte de esto es que en el Pueblo de Dios, es el Eterno quien dirige y juzga. Por lo tanto, las relaciones de los miembros de la comunidad no son solamente naturales. Sin que se orientan también, y por cierto de manera primordial, hacia Yahvéh. Las palabras y las acciones de los hombres son, ante todo, relaciones con Yahvéh y han de enfocarse con la voluntad del Eterno.

Yitró se maravilla de la tarea  de Moshé, pero no entiende por qué debe hacerla él solo. La respuesta de Moshé da una clave a este asunto: el pueblo viene a mí para consultar a Dios. Para conocer el pensamiento, la voluntad y el juicio de Yahvéh, hay que «consultarlo» (hebreo «derash«) y escuchar Su Palabra. 

La expresión «derash» significa también buscar e investigar, y deja bien claro, desde la boca de Moshé, que la justicia en Israel se entendía no como una disputa secular, sino como un pleito que debía resolver Yahvéh, desde su paternidad, para lo que se requería de una persona que pudiera establecer ese contacto con lo divino.

Evidentemente la revelación aquí nos enseña que el Eterno habla por medio de los hombres a quienes ha escogido, por un orden, una jerarquía, que es, al mismo tiempo, la jerarquía de la autoridad, de la responsabilidad y del servicio. Dios no se desinteresa, ni mucho menos, de los asuntos de «este mundo». El Eterno está cerca de todos. Está cerca de las personas modestas. A todos los tiene en sus manos. Y, por medio de las personas constituidas en autoridad, resuelve las causas más insignificantes. Pero siempre conforme a un orden de valores.

El juez está puesto sobre los ciudadanos en lugar del Todopoderoso. Lo que el juez dicte tiene que ser respetado como si hubiera venido directo del cielo. La única ocasión cuando no se puede obedecer la sentencia de un juez es cuando no sigue las normas de la Torá. Por eso es muy importante que un juez entienda su responsabilidad para juzgar según la justicia y no según sus propios criterios personales.

Dado el gran número de personas que conformaban la población de las doce tribus de Israel, salidas de Mitzraim (Egipto) es lógico asumir la existencia cotidiana de asuntos y preguntas sobre interpretaciones de la convivencia las cuales debían de resolverse. Aparentemente Moisés era el único juez reconocido de la nación. El trabajo de escuchar cada caso lo tenía ocupado desde la mañana hasta el crepúsculo. La expresión “se sentó Moisés a juzgar…el pueblo estuvo delante de Moisés” es totalmente descriptiva de un proceso judicial de entonces. El sentarse… estar de pie son términos técnicos de la ley semítica, el cual denota al ‘juez’ y al ‘litigante’ respectivamente. Debido a que Moisés conocía al Eterno y a Sus leyes, él era capaz de resolver justamente las disputas entre los hijos de Israel. Pero el llevar toda la responsabilidad sobre sí mismo era una carga masiva.

Yitró  (Jetro) observó esto y cuestionó a Moisés sobre el asunto diciéndole: “¡No está bien lo que haces!”. No era que Moisés era incapaz de escuchar los asuntos; no era que a él no le importara los asuntos; no era que el trabajo se pusiera en medio de él, y tampoco era que el pueblo no quería que Moisés escuchara sus asuntos. El problema era simple, era mucho trabajo para que Moisés lo pudiera hacer. Sus energías se gastaban de una manera imprudente, y la justicia era retrasada para muchos en Israel.

Moshé necesitaba delegar. De una manera similar, y seguramente considerando este pasaje de la Torah, los apóstoles insistieron que ellos debían de delegar autoridad de servicio (diakonal) para que ellos no tuvieran que abandonar su vocación magisterial de la palabra del Eterno y la oración por el servir a las mesas (Hechos 6:2-4). Esta actitud apostólica fue tomada del ejemplo sacado de Moisés escuchando humildemente el consejo de su suegro.

Según Yitró lo correcto que Moshé debía hacer primordialmente era ejercer su vocación celestial: orar y enseñar:

  • “Está tú por el pueblo delante de Dios” (oración intercesora): Este era el primer paso esencial para que Moisés delegara efectivamente. Él debía de orar por el pueblo; Moisés debía de someter los asuntos a Dios. La oración era un aspecto esencial del liderazgo de Moisés en el pueblo.
  • “Enseña a ellos las ordenanzas y las leyes” (magisterio): Para que Moisés pudiera dirigir y delegar efectivamente, él debía de enseñar la Instrucción de Dios no solamente a aquellos que escucharan los asuntos, sino a aquellos que pudieran tener nuevos asuntos después.

Así Yitró le deja bien en claro a Moshé que la organización que está a punto de construir no significa que delegará en otros la función de mediador con Dios, ni dejará en manos de ayudantes la tarea fundamental de educar en las leyes y de orientar en las decisiones centrales de la vida. Esa tarea le ha sido encomendada por el Eterno a Moshé y permanecerá bajo su responsabilidad.

Si el pueblo conociera la Instrucción de Dios, entonces muchos asuntos pudieran ser resueltos inmediatamente. Pero también, si el pueblo conociera la Torah, ellos no serían desalentados si no pudieran traer el asunto delante de Moshé mismo. Por el contrario, ellos sabrían que las personas que Moisés delegó podrían darles consejo de la sabiduría de Dios.

El anciano Yitró conocía el error mortal presente en el liderazgo: los hombres llamados por Dios para liderar siempre están en peligro de abarcar más de lo que ellos son capaces.

Reuel, el nombre original del suegro de Moshé llamado también Jetro, era un hombre experimentado que aconsejó sabiamente a Moshé, sobre el establecimiento de una estructura gubernamental autóctona que no dependiera  únicamente de una persona, pero sí de un aprendizaje de las leyes y la distribución de las mimas entre los diferencias líderes.

Es importante señalar que cuando Moshé fue aconsejado por su suegro Yitró a constituir jueces sobre el pueblo, no era suficiente que los jueces fueran “capaces”, lo que implica tener cualidades de liderazgo y de administración, sino que fueran “temerosos del Todopoderoso”. La cualidad de temor del cielo es sumamente importante a la hora de juzgar de acuerdo a la cosmovisión bíblica. Un juez que no teme al cielo se vuelve corrupto y caprichoso. Además tenían que ser “hombres veraces”, aborrecedores de la mentira. La última cualidad de un juez es que tenga aborrecimiento a las ganancias deshonestas, a la corrupción (Proverbios 10: 2). De esto Moshé aprendió que la delegación falla si el trabajo no es puesto en manos capaces, en hombres piadosos.

Todo este consejo de administración dejaba bien sentado que Moisés debía de cumplir una función esencial como líder: el de desarrollar e implementar nuevos líderes que impartieran justicia y garantizaran la equidad de las relaciones en la nación. Cabe aquí la cita: “No hay mejor arte en el mundo que el de desarrollar la latente capacidad de aquellos que nos rodean al unirlos a un servicio útil.” (Meyer)

El apóstol Pablo, influenciado por este pasaje, le dio el mismo consejo a Timoteo:

“Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros”
(2 Timoteo 2:2)

La delegación de autoridad es uno de los instrumentos clave y esenciales en el desarrollo de cualquier modelo de gestión. Para que Moisés pudiera efectivamente delegar, él debía aún de supervisar y liderar a aquellos debajo de él. El delegar es el ejercicio de liderazgo, no el abandonarlo.

Yitró le aseguró a Moshé que este sistema judicial sería muy beneficiosos para todos y fortalecería el proyecto celestial de liberación. Primero para Moisés mismo al decirle: “…tú podrás sostenerte”: Esta era la primera recompensa de una delegación efectiva. Moisés podría disfrutar más la vida y sería capaz de hacer su trabajo mejor que antes, evitando el cansancio de resolver cada asunto. Pero también aseveró: “… y también todo este pueblo irá en paz a su lugar”: La segunda recompensa era de que el pueblo podría ser servido efectivamente. Se dice que la justicia retrasada es una justicia negada, y los asuntos en Israel podrían ser prevenidos o resueltos por los mismos individuos (al enseñar la ley de Dios), o resolverse por los líderes puestos por Moisés.

Este método también tenía la ventaja de resolver los asuntos rápidamente debido a que el pueblo no necesitaba esperar en la fila por Moisés. Entre más dura la controversia peor se vuelve el enredo, las palabras son más ásperas, y más espectadores se envuelven en el asunto. Si la gente siente que no se hace justicia a sus reclamaciones y que sus pleitos se postergan indefinidamente, comienzan a dudar de la solidez de la nueva sociedad que están construyendo. Por ello Yeshúa enseñó que apenas aparece un conflicto de convivencia comunitaria debemos de ponernos de acuerdo con nuestro adversario rápidamente (Mateo 5:25).

El relato destaca que Yitró condujo a Moshé a darse cuenta de que la justicia es el punto central del sistema que propone Yahvéh, y de que sino funciona de acuerdo a lo que el Eterno manda (v. 23), el tejido social se derrumba hacia dentro y todo el proyecto social mesiánico queda sin fundamento.

Considerando este consejo, no hay duda que D.L. Moody tenía razón al afirmar: “Es mejor el poner a cien hombre a trabajar que hacer el trabajo de cien hombres.”

Con sinceridad, amistad y servicio de amor: P.A. David Nesher


Bitácora Relacionada:

Yeshúa: La Roca que Acompaña en el Desierto

Por: P.A. David Nesher

«Toda la congregación de los hijos de Israel partió del desierto de Sin por sus jornadas, conforme al mandamiento de Yahvéh, y acamparon en Refidim; y no había agua para que el pueblo bebiese.

Y altercó el pueblo con Moisés, y dijeron:

Danos agua para que bebamos.

Y Moisés les dijo:

¿Por qué altercáis conmigo? ¿Por qué tentáis a Yahvéh?

Así que el pueblo tuvo allí sed, y murmuró contra Moisés, y dijo:

¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?

Entonces clamó Moisés a Yahvéh, diciendo:

¿Qué haré con este pueblo? De aquí a un poco me apedrearán.

Y Yahvéh dijo a Moisés:

Pasa delante del pueblo, y toma contigo de los ancianos de Israel; y toma también en tu mano tu vara con que golpeaste el río, y ve.

He aquí que yo estaré delante de ti allí sobre la peña en Horeb; y golpearás la peña, y saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo.

Y Moisés lo hizo así en presencia de los ancianos de Israel.

Y llamó el nombre de aquel lugar Masah y Meriba, por la rencilla de los hijos de Israel, y porque tentaron a Yahvéh, diciendo:

¿Está, pues, Yahvéh entre nosotros, o no?»

(Éxodo 17: 1-7)

En mis encuentros con las Escrituras Sagradas, este relato siempre me ha permitido la profunda meditación en mi amado Yeshúa. Fue el apóstol Pablo quien desde su pluma, guiada por el Espíritu Santo, implantó en mi mente y corazón mi devoción por este pasaje. Él menciona esta historia en su primera epístola a los creyentes de Corinto, cuando dice que los israelitas “todos comieron la misma vianda espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la piedra espiritual que los seguía, y la piedra era Cristo. Mas de muchos de ellos no se agradó Dios; por lo cual fueron postrados en el desierto” (1 Corintios 10:3-5).

Para entender bien, el profundo mensaje mesiánico de este relato, debemos recordar que cuando Israel vagaba en el desierto se estaba produciendo un ensayo de la fe. Yahvéh los estaba capacitando en el ejercicio de la emuná (Fe) a fin de simplemente confiar en Él para todas sus necesidades materiales. Era un proceso de aprendizaje lento y doloroso. El desierto debía la zona académica que los hiciera transitar de la mentalidad servil que implanta la esclavitud, a la mente de servicio que tiene todo sacerdote. El reinado de sacerdotes que Yahvéh quería formar estaba ya en marcha, y esta «universidad celestial» (el desierto) debía producir seres humanos totalmente mesiánicos, es decir, capacitados para unir lo invisible con la Tierra y provocar reparación (tikún).

Teniendo en cuenta esto, vemos que  Israel hizo exactamente lo que Dios mandó, siguiendo la columna de nube y de fuego; pero no había agua para beber. Era el Eterno mismo quien los guió a esa situación. Estaban en la voluntad perfecta de Dios pero en un tiempo difícil. Esto nos enseña que es posible estar completamente dentro de la voluntad de Dios y aún así estar en la temporada de grandes problemas.

Israel acampa en ese punto y ahora altercan con Moisés, no por alimento, sino por agua. De acuerdo a la ciencia, y a la propia experiencia humana, la sed es el apetito más vehemente, por eso es que ellos muestran más ansiedad y seriedad por el agua que por el pan (como lo relata el capítulo anterior). Además, viajar por jornadas les daría a los israelitas tiempo para descansar y refrescarse. En cada parada necesitarían una fuente de agua significante, ya que la gente y los animales requieren grandes cantidades de agua cada día. Era demasiada, por lo tanto, imposible de cargar. Por esto, comprendemos que el Eterno mismo los condujo a esta situación a fin de capacitarlo en el ejercicio del poder de la emuná (fe).

“…Y altercó el pueblo con Moisés…” Frase que describe y destaca que los hijos de Israel “tentaron” al Eterno al poner a prueba su paciencia y despertar su santa ira debido a su continua falta de fe y de gratitud. Toda su historia de peregrinaciones por el desierto es una historia de provocación. Lo que es asombroso para nosotros, es la longanimidad de Yahvéh con los israelitas, que “tentaron y enojaron al Dios Altísimo” (Sal. 78: 56). Repetidas veces “provocaron la ira con sus obras” (Sal. 106: 29), “murmuraron en sus tiendas” (Sal. 106: 25), “se rebelaron junto al mar” (Sal. 106: 7) y “tentaron a Dios en la soledad” (Sal. 106: 14).

Interesante resultará aquí agregar que la palabra hebrea rib, traducida aquí como «altercó«, a menudo se usa en sentido legal para describir una queja formal. En este caso, la gente presenta su queja ante Moisés, exigiendo que les de agua para beber. Sin embargo, según el salmista, este altercado lo describe como el endurecer de sus corazones igual que se endureció el corazón de Faraón (Salmo 95:8).

Cuando tenemos un problema es mucho más fácil el culpar a alguien que el pensar el problema cuidadosamente y en el espíritu. En esta situación Israel pudo pensar, “Estamos en un desierto; no es de sorprenderse que no haya mucha agua aquí. Necesitamos buscar a Dios para satisfacer esta necesidad.” Pero en lugar de eso, ellos culparon a Moisés y no hicieron nada para ayudar con el problema.

En cambio, Moisés siempre llevaba sus dificultades al Señor (Ex. 15: 25; 32: 30; 33: 8; Núm. 11: 2, 11; 12: 13; 14: 13-19). Por experiencia propia había aprendido a tener confianza implícita en Aquel que lo había llamado a ser el jefe de su pueblo, y siempre que llegaba al límite de la sabiduría humana, encontraba un Auxiliador siempre listo para asistir providencialmente.

Así pues, vemos a Moisés llevando el caso a yahvéh, deseando castigar a todo el pueblo por su rebelión contra él y el Altísimo. Moisés apela al Eterno con el deseo de que haga justicia en ese momento en contra de ese pueblo infiel. Pero vemos a Yahvéh darle a Moisés una extraña orden. Dios le dice:

“Pasa delante del pueblo, y toma contigo de los ancianos de Israel; y toma también en tu mano tu vara con que golpeaste el río, y ve. He aquí que yo estaré delante de ti allí sobre la peña en Horeb; y golpearás la peña, y saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo.”

¡Sorprendente es el amor perfecto del Eterno! En lugar de descargar Su ira sobre ese pueblo rebelde y terco, Él decide una vez más revelar Su misericordia. Yahvéh le revela a Moisés que desea darle de beber a Su pueblo. Pero, en lugar de darle permiso al líder para castigar a los rebeldes, le dice que golpee la peña. Es decir, Dios le estaba ordenando a Moisés que en lugar de castigar a Israel, golpeara y castigara a la peña. Pero, lo más impactante de esta orden es que Dios le dice, ” yo estaré delante de ti allí sobre la peña.” Yahvéh estaría sobre la peña que iba a ser golpeada por Moisés. El Señor mismo recibiría el castigo que debió recibir el pueblo de Israel. El Eterno revelaba que estaría sobre la peña en sustitución de Su pueblo. ¿No impacta esto tu corazón?

No cabe duda que este era un milagro con propósito. Al golpear la peña Moisés actuó el drama que quizás él no entendió. Yahvéh estuvo en lugar de Israel sobre la peña, para recibir el castigo que este pueblo merecía por sus rebeliones. De la misma manera Cristo estuvo sobre la cruz, en sustitución de Su pueblo, para cargar sus pecados y recibir el castigo que la humanidad merecía. Por ello, el apóstol Pablo escribió de Israel en el Éxodo: «y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo» (1 de Corintios 10:4). El apóstol describe este hecho como una sombra de Aquel que habría de venir, ya que cuando Yeshúa fue golpeado, la Buena Noticia dice que agua viva fluyó para que todos la recibieran.. He aquí un tipo del Mesías, ‘golpeado, herido de Dios, y afligido’ (Isaías 53:4; 1 Corintios 10:4). El Mesías fue golpeado con la vara de Moisés – la maldición de la ley – y a través de Él fluyó agua para satisfacer nuestra sed espiritual de cosas sobrenaturales.

 

La palabra que ha sido traducida aquí como “peña” es el hebreo “tsur” que significa “roca”. Esta roca era el Mesías. En el libro de Números se habla de nuevo de esta roca, a la cual Moisés tenía que hablar, no golpear, para que saliera agua (Números 20:8-11).  Esto nos enseña que el Mesías fue golpeado sólo una vez. Ese golpe produjo agua para todo el pueblo de Israel. Pero, si golpeamos a Mashiaj otra vez no podremos entrar en la tierra prometida. Por ello, el autor de la epístola a los Hebreos remarcará:

“Porque en el caso de los que fueron una vez iluminados, que probaron del don celestial y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, que gustaron la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, pero después cayeron, es imposible renovarlos otra vez para arrepentimiento, puesto que de nuevo cuelgan en un madero para sí mismos al Hijo de Dios y le exponen a la ignominia pública”

(Hebreos 6:4-6)

Insisto en la esencia de esta revelación. La roca ya había sido golpeada. Una vez que la roca había sido golpeada, ya no era necesario golpearla de nuevo. Cristo sólo debía morir una sola vez por Su pueblo:

“… que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.«

(Hebreos 7: 27)

El Mesías es, pues, nuestra roca, golpeada una sola vez para que nosotros recibiésemos aguas vivas espirituales. Eso es lo maravilloso de nuestro Redentor. Fue necesario golpearlo una sola vez, pero luego sólo se requiere que se le hable para que nos provea de aguas vivas que refresquen nuestras almas. Por eso, se entiende que Moisés, la segunda vez, no sólo desobedeció la orden del Eterno, sino que destruye esa tipología establecida por Yavhéh para enseñarle a Israel cómo sería la obra mesiánica, por lo cual fue castigado con no entrar en la Tierra Prometida.

 

Volviendo a la cosmovisión paulina del Mesías, el apóstol Pablo llama al agua “bebida espiritual” disfrutada por Israel en el desierto. Él definitivamente asegura, lo que por siglos los sabios habían sostenido, que el Mesías fue la fuente del agua sobrenatural que salvo a los israelitas de perecer en Refidim. El teólogo A. T. Robertson dice: “Los rabinos tenían la explicación que el agua siguió realmente a los Israelitas por cuarenta años, en una forma de un fragmento de roca de quince pies de alto que seguían al pueblo y de la cual ellos tomaban el agua.” Es decir que la provisión de agua en la roca ocurrió desde el inicio y a lo largo de todo su viaje en el desierto (17:1-7; Núm 20:1-13). Pablo llega a la conclusión de que Cristo los seguía a ellos por todo el desierto proveyéndolos de agua para beber. Todos los israelitas en el desierto comieron el mismo alimento espiritual y bebieron la misma bebida espiritual. Ellos estuvieron tomando de una roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo.

Años después, cuando Israel ya estaba instalada en la tierra, recordó la provisión del Eterno en el desierto en la Fiesta de los Tabernáculos, ellos tuvieron una específica ceremonia donde ellos recordaron este milagro del agua de la peña, como un acto de salvación divina. Es justamente en ese exacto contexto festivo que Yeshúa proclamó: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.» (Juan 7:37-38). El agua viva de la cual el Mesías habló era el Espíritu Santo (Juan 7:39); no es un milagro menor que el Eterno traiga el amor y poder del Espíritu Santo de nuestros corazones que lo es el sacar agua de la roca. Después de todo nuestros corazones pueden ser igual de duros.

De Yeshúa, el Mesías, golpeado mana una corriente sobrenatural de vida para siempre. Esta corriente sale en virtud de Su expiación y su gracia, acompañando a los hijos de Dios allí donde peregrinan día a día. El mensaje es claro y maravilloso; cualquiera sea el desierto que los primogénitos transiten, Cristo los seguirá y fortalecerá. La eficacia de la obra en Su sangre, la luz de su gracia, el poder de su Buena Noticia (evangelio), les acompañará en todas sus  millares de peregrinaciones. En Él siempre habrá bebida espiritual para fortalecerse y continuar hasta alcanzar el premio del supremo llamamiento de Dios, en Cristo Jesús.

El Maná: el Pan Divino que acarrea Shabat (Reposo)

“Partió luego de Elim toda la congregación de los hijos de Israel, y vino al desierto de Sin, que está entre Elim y Sinaí, a los quince días del segundo mes después que salieron de la tierra de Egipto. Y toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto; y les decían los hijos de Israel: Ojalá hubiéramos muerto por mano de YHVH en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud
Y YHVH dijo a Moisés:
He aquí yo os haré llover pan del cielo; y el pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no. Más en el sexto día prepararán para guardar el doble de lo que suelen recoger cada día.
Entonces dijeron Moisés y Aarón a todos los hijos de Israel:
En la tarde sabréis que YHVH os ha sacado de la tierra de Egipto, y a la mañana veréis la gloria de YHVH; porque él ha oído vuestras murmuraciones contra YHVH; porque nosotros, ¿qué somos, para que vosotros murmuréis contra nosotros?
Dijo también Moisés:
YHVH os dará en la tarde carne para comer, y en la mañana pan hasta saciaros; porque YHVH ha oído vuestras murmuraciones con que habéis murmurado contra él; porque nosotros, ¿qué somos? Vuestras murmuraciones no son contra nosotros, sino contra YHVH“

(Éxodo 16:1-7)

Los israelitas llegan a Elim, donde hay doce fuentes de agua y setenta palmeras. Después, el día quince del segundo mes, llegan al desierto de Shin, entre Elim y Sinai. Allí toda la congregación murmura contra Moshé y Aharón diciendo que los han traído a ese desierto para matarlos de hambre. Yahvéh promete hacer llover pan del cielo que el pueblo tendrá que recoger diariamente. Así serán probados para ver si andan o no en su Instrucción (Torah).

El Eterno, al anunciar su provisión de maná como respuesta a las murmuraciones del pueblo, en verdad, tiene la intención de presentar el sábado al pueblo, como un lapso místico en el que el Cielo y la Tierra se besan por 25 horas, para asegurar el orden cósmico y los milagros que surgen a causa del mismo. En otra bitácora tuve la oportunidad de mostrar como el Eterno inspiró a Moisés y Aarón para restaurar la idea ancestral de Shabat en la mente de los hijos de Israel que estaban bajo la servidumbre del faraón egipcio (los invito a leer: El Shabat fue la primera Reforma de Fe que Moisés hizo en Egipto). Ahora, ya en liberación y preparándose para realizar una alianza de boda sacerdotal con el Eterno, Israel ha sido conducida a estas instancias negativas (el hambre) para comprender cuál es el secreto que Yahvéh dio a la humanidad con el fin de dominar con una mentalidad mesiánica todos los ámbitos materiales.

Yahvéh quiere que Su Pueblo entienda que el día sábado tiene evidentes connotaciones creacionales (Génesis 2: 1-3), pero ahora estas se refuerzan al ubicarlo al margen de las leyes del Sinaí que ellos recibirán en unos días más.  El mensaje parece ser que aquellas serán leyes dadas al pueblo, mientas que el sábado no es una ley sino un secreto fundamental y constitutivo de la creación misma y por lo tanto anterior a los eventos del Sinaí.

Al leer este pasaje surgen a nuestra mente tres elementos que caracterizan al sábado y lo distinguen de otras leyes dadas a Israel:

 

El primero consiste en que no es presentado como un día de adoración, sino de descanso. Con posterioridad, el Eterno otorgará toda una serie de preceptos que establecerán una tradición sacerdotal de «ritos sabáticos», pero en este pasaje, Yahvéh, nuestro Dios, lo presenta sencilla y primordialmente como un día hecho para descansar. Él quiere que durante las horas de este séptimo día, cada israelita pueda recrear en su mente aquella primera semana donde todo fue restaurado por Su Palabra creadora. Esta imitación del descanso divino activará la conciencia de que el Eterno hizo todo lo que somos y posemos, y así, provocará, en el corazón hebreo, el ardiente deseo de ser asimilado por Yahvéh a través de una alianza de amor a fin de poder dominar todas las cosas desde el poder de la emuná (fe). Su actividad creacional culminó con descanso (Shabat) y, en consecuencia, éste quedó impreso en la creación misma como una de sus características intrínsecas, por lo cual debe ser evocado. Descansar el sábado es traer a la memoria toda la semana de trabajo creacional de Dios.

 

El segundo elemento deriva del primero: siendo una marca creacional, toda persona y todo animal debe observar el sábado. Nótese que los no israelitas también serán invitados a descansar del mismo modo que lo será también la tierra (cada siete años, Levítico 25: 4 – año sabático), cosa que solo puede entenderse si lo consideramos como una característica de la creación misma. En lo íntimo del concepto del sábado está la convicción de que nadie puede eludirse de su observación. La cosmovisión divina es clara: así como no se puede dejar de respirar o de aceptar ciclos sucesivos de vigilia y sueño, tampoco hay forma en que el ser humano puede eludir el descanso sabático. Por eso todo y todos deben avenirse a observarlo. Es verdad, que en la realidad se puede no respetar esta Ley Espiritual, llamada Shabat, y de hecho a millones de seres humanos que se oponen a ella, no aviniéndose a su observación, pero éstos más que violar una Ley Universal, están contradiciendo su esencia misma, la imagen (tzelem) divina, el amor dominándolo todo. Todos estos rebeldes, en verdad, están separándose del orden de la creación y distorsionando el lugar que el Eterno les ha dado en ella. La gravedad de la pena dada por Yahvéh en Éxodo 31: 13-17 a quien no lo observe se entiende en esta perspectiva dada en esta pasaje.

 

El tercer  elemento a destacar une el sábado (Shabat) con el maná. La observación del sábado no se debe hacer a expensas de las necesidades vitales cotidianas. Por eso el sexto día (viernes) se provee de doble ración de comida, de modo que el Shabat (sábado) no se transforme en un día de sufrimiento y necesidad. Ya se ha ha sufrido suficientemente en Mitzraim (Egipto); en la nueva creación que el Eterno está ofreciendo a Su Pueblo la vida merecerá ser vivida y los días serán para disfrutar de los dones de la creación, no para volver a las privaciones de Egipto. A la vez también ha de evitarse que el Shabat se transforme en una nueva forma de esclavitud en la cual otros harán el trabajo que uno deja de hacer, por lo cual también se instruye que los esclavos también deberán observarlo (leer: 20: 10; 23: 12).

En conclusión, notamos que no es casual el hecho de que el maná y el Shabat sean presentados juntos. Ambas son novedades celestiales para el Pueblo y ambos responden a dimensiones distintas de la vida. Uno a las necesidades cotidianas de la alimentación y el vestido, el otro al reconocimientos permanente de la espiritualidad en Yahvéh. Sin embargo, la clave para entender por qué están juntos es que ambos elementos apuntan a la misma verdad de un Dios que no cesa de obrar providencialmente en favor de su Pueblo redimido.

 

 

“Y te acordarás de todo el camino por donde YHVH tu Dios te ha traído por el desierto durante estos cuarenta años, para humillarte, probándote, a fin de saber lo que había en tu corazón, si guardarías o no sus mandamientos. Y te humilló, y te dejó tener hambre, y te alimentó con el maná que no conocías, ni tus padres habían conocido, para hacerte entender que el hombre no sólo vive de pan, sino que vive de todo lo que procede de la boca de YHVH”

(Deuteronomio 8:2-3)

¿Por qué Clamas a Mí?… ¡Deja la Oración y comienza la Acción!

Entonces YHVH dijo a Moisés:
¿Por qué clamas a mí?
Di a los hijos de Israel que marchen.
Y tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo, y entren los hijos de Israel por en medio del mar, en seco.
Y he aquí, yo endureceré el corazón de los egipcios para que los sigan; y yo me glorificaré en Faraón y en todo su ejército, en sus carros y en su caballería; y sabrán los egipcios que yo soy Yahvéh, cuando me glorifique en Faraón, en sus carros y en su gente de a caballo.

(Éxodo 14: 15-18)

Pocos días después de haber decretado la liberación a los hijos de Israel, faraón, arrepentido por esta acción, resolvió en su corazón hacer volver a Israel para recuperar la mano de obra que había dejado ir. Entonces mandó a su ejército para que persiguieran a los hebreos y los retornaran cautivos.

 

Cuando el pueblo del Eterno se percató de esto, se encontraba justo al frente del Mar Rojo. Tenían solamente dos opciones: volver hacia atrás y que sus enemigos los hagan pedazos o continuar hacia adelante y morir ahogados. No tenían salida. Se encontraron en una encrucijada y temieron. Dudaron en su corazón, y entonces fueron a Moisés con quejas.

 

No había por donde escapar, no había por donde huir. Los hebreos estaban sin salida, por un lado el Mar Rojo enfurecido, y por otro, los carros de faraón, con todo un ejército de valientes. Los israelitas veían la muerte por todos lados. Los hebreos estaban asustados, estaban acabados desde su percepción.

 

En ese camino de aprendizaje, llamado desierto, el Eterno tenía que utilizar métodos para capacitar a Su Pueblo, uno de ellos fue el de las dificultades. Hasta ahora ellos, testigos de los milagros divinos en medio de cada plaga, habían pensado que todo era color de rosa. (Cómo también a muchos de nosotros nos gustaría que fuera así). Ahora, ellos estaban comenzando a entender la lección que en el propósito eterno de YHVH, todas las circunstancias ayudan a bien (Romanos 8:28).

 

Leemos que en este momento el pueblo de Israel comenzó a reclamarle a Moisés y a decirle que hubiera sido mejor seguir sirviendo en Egipto que morir en el desierto. Y Moisés siendo el líder muestra ante el pueblo una gran determinación, y entonces dice:

 

“… No temáis; estad firmes, y ved la salvación que YHVH hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. YHVH peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos.”

(Éxodo 14:13, 14)

 

Moisés, en otras palabras, está animando al pueblo diciéndoles: «¡no teman!, pueden perseguirnos los egipcios y confundirnos, pero YHVH está de nuestro lado! ¡Dejemos nuestros malos pensamientos a un costado! ¡No hace falta entender lo que sucederá, sino creer en la salvación de YHVH!«. Era necesario recordarles a los israelitas que, aunque «salieron de Egipto en formación de combate» (Éx. 13:18) y «marchaban con aire triunfal» (Éx. 14:8), sería el Eterno quien les otorgaría la victoria.

 

Ante el pueblo, Moisés estaba llenos de fe; pero ante el Eterno, vemos que él clamó en desesperada oración. Esto era bueno porque Moisés debía de mostrar confianza ante la nación para incitar su fe, pero delante del Eterno, él debía mantenerse humilde y totalmente dependiente.

 

 

“¿Por qué clamas a mí?”, preguntó el Eterno a Moshé. Con este cuestionamiento la revelación sanó el alma del profeta. Es claro que existe un tiempo para orar, pero también hay tiempo para actuar. Podría bien estar en contra de la voluntad de Dios el detenerse de hacer para orar solamente en una situación en particular. Este era un momento para acción, y Moisés podría orar a lo largo del camino.

 

«Y tú alza tu vara, y extiende tu mano«. Estas eran instrucciones sencillas las cuales se conectarían con un poderoso milagro. De la misma manera, el más grande milagro de salvación ocurre con estos sencillos actos de nuestra parte. El Eterno le dice a Moshé que es el momento de entrar en acción. No hay nada que esperar. De alguna manera el Eterno dice a Moshé: «¡Antes que el ejercito egipcio se acerque más, levanta tus manos y dile al pueblo que comiese a marchar!«

«La Voz Divina dice siempre a Israel: ¡Marchad! Ya sea que se encuentre ante vosotros el mar Rojo, las persecuciones antiguas o la intolerancia moderna, marchad, proseguid, avanzad siempre hacia adelante. No miréis hacia atrás, donde yacen en ruinas los pueblos que os persiguieron, sino mirad hacia adelante, donde se abren en toda su grandeza los magníficos horizontes del futuro de la humanidad. ¡Marchad! Las olas del mar no apagarán el vigor de vuestra existencia; los ríos de vuestra sangre derramada por los tiranos no destruirán vuestro nombre y vuestra gloria. ¡Marchad! Estáis por encima de los elementos, del tiempo y del espacio.

Avanzad siempre y no retrocedáis« (autor anónimo).

 

Suena asombroso, pero el Eterno le dijo a Moshé ¡que dejara de orar y se moviera! La oración debe tener un lugar vital en nuestra vida, pero también hay que tomar acción. Debemos reconocer que existen ocasiones en nuestras vidas en que sabemos exactamente lo que debemos hacer, pero en vez de actuar, nos ponemos a orar buscando mayor dirección al respecto. La realidad es que estamos buscando una excusa para no tomar acción.

 

Para concluir, cabe aquí citar lo que el famoso predicador Charles Spurgeon sostenía:

“Hay tiempo para orar, pero también hay tiempo para una actividad santa. La oración se adapta para casi cualquier ocasión, pero no solamente la oración, pues viene, en ocasiones como esa y hoy, un momento en que la oración debe tomar un lugar secundario.”

 

Este es un aspecto de la vida espiritual de la cual es raramente reflejada, pero el apóstol Pablo (en Efesios 3:10-11) nos dice que Dios usa a Su gente para enseñar a seres angelicales. Cuando YHVH nos libra de la tentación o la crisis, es tanto un testimonio para nuestros enemigos invisibles como lo es para nosotros. Él usa cada victoria en nuestra vida para decir a nuestros enemigos invisibles acerca de Su poder y habilidad para obrar en y a través de nuestra frágil humanidad redimida en Yeshúa.

 

Entendemos pues, por las palabras expresadas por el mismo Eterno, que siempre hay algo más por hacer que solamente orar. No solamente debemos de rogar a YHVH, nuestro Dios, por ayuda, también debemos tener visión para hacer camino a la ayuda de Dios. ¡Hay momentos en los que no tenemos que clamar a Dios, sino, actuar!

 

Si sabemos lo que tenemos que hacer, ¡es hora de ponernos en marcha!

 

Con amor y en servicio: P.A. David Nesher

El Pan Sin Levadura y el Proceso Sobrenatural de Separación

“Y cuando os dijeren vuestros hijos: ¿Qué es este rito vuestro?, vosotros responderéis: Es la víctima de la pascua de Yahvéh, el cual pasó por encima de las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas.
Entonces el pueblo se inclinó y adoró. Y los hijos de Israel fueron e hicieron puntualmente así, como Yahvéh había mandado a Moisés y a Aarón…
Tomó, pues, el pueblo la masa, antes que fuera leudada, en sus artesas de amasar envueltas en paños, y se las llevaron sobre sus hombros

(Éxodo 12: 26-28; 34)

“Y los hijos de Israel fueron e hicieron puntualmente así…” (vv. 27-28) En muchas maneras estas son las más importantes palabras de todo el pasaje. Tan grandiosa como fuera la liberación realizada por Yahvéh nuestro Dios, el pueblo nunca la hubiera recibido si hubieran fallado en llevar a cabo lo que Él les dijo que hicieran. Su obediencia inmediata permitió gozar de esta poderosa obra divina.

Encuentro muy importante destacar el hecho de que cuando los hijos de Israel obedecieron, el imperio de la muerte no tuvo más potestad sobre ellos.

En este pasaje se revela que ellos dejaron de andar sirviendo a una cosmovisión terrenal y decidieron estar bajo la cubierta celestial que los promocionaría en un nuevo nivel de vida: el Mesías en medio de ellos capacitándolos en el ministerio sacerdotal (Éxodo 19: 6). En efecto, ellos habían tomado al Mesías en sus vidas y habían participado EN ÉL, al compartir en obediencia de aquella Cena llena de Gloria divina. Por ello, en esta noche bendita del relato del Shemot, debemos notar que Yeshúa, el Cordero de Dios, la Luz del mundo y el Pan de Vida redimió a los Israelitas de la esclavitud amarga de Mitzrayim y de la crueldad de Paróh (Faraón).

En su prisa por dejar Egipto los Israelitas cargaron sobre sus hombros el pan sin leudar amasado en artesas envueltas en paños (Éxodo 12:34). Esto significa que se llevaron consigo el símbolo del Yugo del Mesías (Su Gobierno) sobre sus hombros (Éxodo 28:12; Isaías 9:6).

Este pan se convirtió en su fuente de vida durante siete días, con este elemento ellos participaron de una figura profética de la muerte, sepultura y resurrección de Yeshúa.

El regalo de Su Reinado es para todos aquellos que eligen estar de acuerdo con el Yugo de Su Instrucción y participan del Cordero de Yahvéh. (Lucas 1:26, 2:20, Mateo 28:18).

Yeshúa dijo:

“Porque el Pan de Dios es el que baja del cielo, y da vida al mundo. Entonces le dijeron: Señor, danos siempre este Pan. Yeshúa les dijo: Yo Soy el Pan Vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed”

(Juan 6:33-35).

El pan que ellos cargaron sobre sus hombros representaba a nuestro Mesías, el Cordero de Dios quién llevó los pecados del mundo (1 de Corintios 5:7)

Con el Pan sin levadura, el segundo día de las primeras tres fiestas, el Eterno aparta el pecado (no solo los pecados) de Su Pueblo, lo sepulta en la tierra y lo deja allí para siempre. Por ello, esta fiesta, en la Intención divina, tiene el objetivo de revelar acerca de la perfecta y permanente separación provocada por la muerte del Cordero eterno. Una total separación de la de la masa de Dios (Israel, su primogénito) de la naturaleza humana caída en corrupción y muerte, según el primer Adán. En esta fiesta vemos una masa que representa un estado nuevo de existencia para todo ser humano que quiera celebrarla.

La levadura representa el pecado y su inclinación al mal (yetzer hará), también conocido como concupiscencia en las Escrituras Sagradas. Por eso, en Pesaj (Pascua) todo el pueblo tenía que remover TODA la levadura de sus casas y no deben consumirla durante siete días.

“Siete días comeréis panes sin levadura; además, desde el primer día quitaréis toda levadura de vuestras casas; porque cualquiera que coma algo leudado desde el primer día hasta el séptimo, esa persona será cortada de Israel”

(Éxodo 12:15).

“Sabiendo que no fuisteis redimidos de vuestra vana manera de vivir heredada de vuestros padres con cosas perecederas como oro o plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha, la sangre de Cristo”

(1 de Pedro 1:18-19).

Los Israelitas tuvieron la orden de comer pan sin leudar durante siete días. Lo notable es que Yahvéh repite esto una y otra vez en las Escrituras, con el fin de que sus hijos no dejen de practicar este rito profético en sus festividades.

La Pascua verdadera (Pesaj) es una noche para recordar, es un memorial. Comer pan sin levadura no era solamente para esa noche sino un mandamiento a cumplir durante siete días más. Estos siete días son una fiesta separada llamada la Fiesta de los Panes sin Levadura.

El primer, tanto como el último día de esta fiesta, son Shabatot (sábados) Santísimos para Yahvéh (Éxodo 12:15-20).

“En el mes primero, el día catorce del mes, al anochecer, es la Pascua del SEÑOR. El día quince del mismo mes es la Fiesta de los Panes sin Levadura para el SEÑOR, por siete días comeréis pan sin levadura”

(Levíticos 23:5-6).

“Y en el primer día (de la Fiesta de los Panes sin Levadura) tendréis una santa convocación, y otra santa convocación en el séptimo día (Shabat); ningún trabajo se hará en ellos, excepto lo que cada uno deba comer. Sólo esto podréis hacer”.

(Éxodo 12:16)

Recordemos que en la cosmovisión divina es que cada Shabat lleva la unción de bendecir y santificar todo lo creado (Génesis 2:3).

Notamos que el Señor anhela impartir esta consagración a Israel Su Esposa, en especial en esta noche. Tan importante era esto para Él que le advirtió a Su pueblo:

“Siete días comeréis panes sin levadura; además, desde el primer día quitaréis toda levadura de vuestras casas; porque cualquiera que coma algo leudado desde el primer día hasta el séptimo, esa persona será cortada de Israel”

(Éxodo 12:15).

La Fiesta de los Siete días de los Panes sin Levadura representa un período de consagración personal para el pueblo de Yahvéh. Al leer el relato, vemos que los israelitas venían de vivir en un lugar inmundo, llamado el imperio de la muerte (el sistema del mundo actual – olam hazeh). Ellos necesitaban ser redimidos del imperio de la muerte al Reino de la vida o Mundo Venidero (Olam havá). La obediencia al mandamiento de no comer pan sin levadura durante siete días, trajo limpieza a sus vidas. Por eso, la Fiesta de los Panes sin Levadura es una celebración eterna para todo Israel y sus futuras generaciones es decir, nosotros.

Esta fiesta perpetua es una preparación profética de la redención de la Novia de Yeshúa en los últimos tiempos.

Ante todo lo dicho, necesito dejar claro que estas celebraciones son diseñadas y reveladas por Yahvéh solamente para los creyentes nacidos de nuevo. Lo que sucede es que ellas no sirven para propósitos de salvación, sino para santidad y santificación. Durante esta festividad el Mesías trabaja su dinámica amorosa sobre su Amada, la Iglesia:

“Yeshúa se dio a Su Novia “para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la Palabra, a fin de presentársela a Sí Mismo, una ekklesia (asamblea) en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada”

(Efesios 5:26-27)

Lo interesante entonces es que este mandamiento de celebrar la Pascua y los Panes sin Levadura sigue siendo válido el día de hoy, tal como la Escritura dice:

“Y guardaréis este día por todas vuestras generaciones como ordenanza perpetua”

(Éxodo 12:17)

La sangre de Yeshúa redime a la Esposa; pero depende de ella prepararse a sí misma como Novia, de acuerdo a las instrucciones que le fueron dadas, por el Padre de Su Esposo para el día de la Boda.

“Regocijémonos y alegrémonos, y démosle a Él la gloria, porque las Bodas del Cordero han llegado y Su esposa se ha preparado.”

(Apocalipsis 19:7).

La Pascua y la Fiesta de los siete días de Panes sin Levadura son los primeros pasos en la preparación de la Novia para su boda.

Diré entonces que de las Fiestas (Moadim) de Yahvéh, las fiestas de primavera son los pasos proféticos, que conducen a la Novia a una relación de compromiso con su Novio, Yeshúa. Por esta razón, Su pueblo continúa celebrando Sus Fiestas cada año, ya que ellas son ensayos generales, y la vestimenta de la Novia con lo incorruptible.

“Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad”.

(1 de Corintios 15:53)

Siete días representa la ceremonia de limpieza o de consagración. Como el Real Sacerdocio de Yeshúa, que es Su Pueblo, cada creyente debe anhelar participar con pasión de las Fiestas de la Pascua y de los Panes sin Levadura (Levíticos 8:33; 1 de Pedro 1:9-16; 1 de Pedro 2:9; Éxodo 19:5-6).

El aspecto clave de esta Fiesta es la separación (santificación).

 

Entendamos que en la Pascua que Israel vivió en Egipto hubo una obra doble.

  • Primero, el enemigo fue derrotado (“cuando hirió a los egipcios” – v. 27a–).
  • Segundo, el pueblo de Dios fue librado y se le dio una nueva identidad, con promesas nuevas, un nuevo caminar, y una nueva vida (“libró nuestras casas” – v. 27a–).

Teniendo en cuenta estos dos aspectos, al estudiar profundamente los  capítulos 12 y 13 del libro de Éxodo o Shemot notamos que las dos fiestas aquí reveladas están tan intrincadamente relacionadas, con el concepto del principio divino de la Separación como herramienta para evitar el caos.

Cuando Yahvéh describe la razón por la que ellos deben guardar estas fiestas, conecta el Pan sin levadura con la total separación (o éxodo) de Israel de la casa de muerte y corrupción de Egipto (Mitzraim). Nótese esta conexión en los siguientes versículos:

“Guardaréis la fiesta de los panes sin levadura, porque en este mismo día saqué vuestras huestes de la tierra de Egipto”.

(Éxodo 12:17)

“Por los siete días se comerán los panes sin levadura, y no se verá contigo nada leudado, ni levadura, en todo tu territorio. Y lo contarás en aquel día a tu hijo, diciendo: Se hace esto con motivo de lo que Jehová hizo conmigo cuando me sacó de Egipto. Y te será como una señal sobre tu mano, y como un memorial delante de tus ojos, para que la ley de Jehová esté en tu boca; por cuanto con mano fuerte te sacó Yahvéh de Egipto”.

(Éxodo 13:7-9)

Cada una de estas fiestas de primavera son, primero, realidades que Cristo experimentó solo, y que luego se convierten en la experiencia de cada creyente que viene a vivir en Él.

El Mesías atravesó la muerte, sepultura y resurrección como la única Semilla de Su género, pero cuando recibimos en el Nuevo Nacimiento al Mesías por fe, Su muerte se convierte en nuestro juicio, Su sepultura en nuestra transformación y Su resurrección en la vida que conocemos como propia.

Por ello, es que estas primeras tres fiestas corresponden a la muerte, sepultura y resurrección de Yeshúa HaMashiaj.

Particularmente, la segunda fiesta (Panes sin Levadura), se relaciona con la realidad de la sepultura. Nuestro Mesías, permaneció sepultado durante todo el primer día del Pan sin levadura, el quinceavo día de Nisán, y después resucitó en la Fiesta de los primeros frutos o Bikurim, el tercer día.

Sepultar, eso es lo que hacemos cuando alguien ha muerto y ha llegado el momento de colocarlo fuera de nuestra vista para siempre. Al enterrar a alguien terminamos nuestra relación con esa persona. La devolvemos a la tierra de donde fue tomada: “Pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:19). Cuando dejamos a alguien en la tumba, entendemos que es tiempo de seguir adelante sin él, que ya no nos relacionamos más con su persona. Cuando nuestra matriarca Sarah murió, Avraham dijo: “…dadme en propiedad una sepultura entre vosotros, para que pueda sepultar a mi difunta y apartarla de delante de mí” (Génesis 23:4) .

Esto es precisamente lo que la muerte de Yeshúa llevó a cabo en relación al pecado. El Mesías atrajo a Sí mismo todo lo de Adán, no sólo sus pecados, sino la naturaleza misma de pecado (yetser hará). Cargó con el juicio de ese hombre y lo colocó en una condición de eterna separación de Dios. Después, habiendo terminado Su obra, resucitó el tercer día y dejó al primer Adán atrás, en la tierra, separado de Dios para siempre.

Esto es muy parecido a lo que sucede cuando una semilla muere y cae en la tierra. Aunque la vida dentro de la semilla se levanta de nuevo y lleva fruto, la cáscara muere y permanece como parte de la tierra para siempre. Esto es exactamente lo que el Eterno nos muestra en la Fiesta del Pan sin levadura. A través de la muerte del cordero Pascual, Yahvéh juzga a todo aquel que está en Egipto, y luego saca a “Israel mi Hijo, mi primogénito” (Éxodo 4:22).

Cuando Israel sale en la mañana, Dios separa Su nueva masa de la levadura que una vez los llenó y los definió. Para nosotros, los que hemos encontrado en el Mesías el cumplimiento de esta fiesta, esto significa la separación de nuestra alma del pecado, del hombre adámico; estamos “muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús” (Romanos 6:24) . Una vez más, esta separación (o santificación) fue primero experimentada por el Mesías al dejar a Adán en la tumba, resucitar de entre los muertos y regresar a Su Padre. Pero, al igual que con todas las fiestas, la experiencia de la cruz del Maestro es una comprensión progresiva para todos aquellos que han nacido de Su Espíritu. Por esta razón, Yeshúa dijo:

“No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo…Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad”.

(Juan 17:16,19)

“Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis. En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros”.

(Juan 14:19-20)

Transformados en un Pan Nuevo.

Tal y como vimos en la sección previa, participar del cordero fue la causa de la expulsión de Israel de la tierra del pecado, muerte, y esclavitud. Ellos comieron del cordero con la inmediata expectativa de marcharse. Pero este marcharse desde la perspectiva de Yahvéh involucraba mucho más, que sólo dejar un lugar. Involucraba también dejar una condición o un estado de ser: dejar de ser serviles del sistema para transformarse en siervos sacerdotales del propósito eterno de Dios. Por lo tanto, la historia del éxodo físico de Israel de Egipto, es dado a nosotros juntamente con otro importante cuadro: un pan cambiado o transformado.

Israel era ahora una nueva creación, un nuevo pan. Una masa ha sido liberado de la levadura del servilismo que llenó y gobernó cada aspecto de su ser. En las Sagradas Escrituras, avece a las primeras tres fiestas también se las llama colectivamente por el nombre de Pan sin Levadura. Quizás la razón de esto es que esta transformación dramática (experimentada primero por Cristo) del Último Adán al Segundo Hombre, es el centro y foco de las fiestas primaverales. Por extraño que pudiera haberse oído, en la mañana del día 15 de Nisán (el primer día del Pan Sin Levadura), Israel inició su marcha fuera de Egipto, cargando panes sin levadura en sus manos, y recipientes de amasadura (recipientes para el pan) envueltas en sus sábanas sobre sus hombros.

“Y los egipcios apremiaban al pueblo, dándose prisa a echarlos de la tierra; porque decían: Todos somos muertos. Y llevó el pueblo su masa antes que se leudase, sus masas envueltas en sus sábanas sobre sus hombros”

(Éxodo 12:33-34)

Casi pareciera tonto imaginar dos o tres millones de personas marchando fuera de Egipto, cargando pan y tazones, pero el Señor estaba pintando cuidadosamente un cuadro natural de una realidad espiritual por venir.

Lo reitero por última vez, dejar Egipto no era solamente el éxodo de una situación difícil, era una transformación de naturaleza (panes sin levadura) que nos hizo utensilios aptos (tazones) para la gloria del Señor.

Hoy, un cuadro similar es dado a nosotros a través del profeta Isaías, cuando describe el futuro éxodo de Israel del cautiverio en Babilonia. Él dice:

“Apartaos, apartaos, salid de ahí, no toquéis cosa inmunda; salid de en medio de ella; purificaos los que lleváis los utensilios de Yahvéh.”

( Isaías 52:11)

Hoy, en medio del aleteo espiritual de Yahvéh sobre las aguas, notamos que existen muchos puntos de vista erróneos en las múltiples asambleas del Cuerpo del Señor. En ellas se habla frecuentemente de la gracia como si se tratase meramente del perdón de las deficiencias de Adán. Ciertamente el perdón de pecados está incluido en la gracia, pero la gracia es mucho mayor que el perdón de pecados. La gracia es una relación en donde Yahvéh nos da, y trabaja en nosotros, todo lo que Él desea de nosotros. Él nos da una muerte que no podíamos morir por nuestras fuerzas, y una vida que no podíamos vivir, desde nuestras vidas muertas en delitos y pecados.

Por gracia, Yeshúa, el Mesías, se hizo a nosotros todas las cosas (sabiduría, justicia, redención, vida, luz, gloria, etc.). De nuevo, en lo que frecuentemente fallamos en percatarnos es que, habiéndonos dado por gracia todo lo que el Mesías es, Dios entonces requiere y desea de nosotros sólo aquello que sea la obra de Su gracia. Por esta razón, el apóstol Pablo afirma:

 “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha
sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo,
sino la gracia de Dios conmigo.”

(1 Corintios 15:10)

“Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos
gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia;
porque nuestro Dios es fuego consumidor.”

(Hebreos 12:28-29)

Con todo esto vibrando en vuestras mentes y corazones, los dejo teniendo una conversación privada y exclusiva con el Espíritu Santo del Señor.

¡Shalom!

P.A. David Nesher