Enseñanzas

¿Se Debe Interceder por las Ciudades de Maldad?

Por P.A. David Nesher

 

 

«Vayomer YHVH za’akat Sdom va’Amorah ki-rabah vechatatam ki chavedah me’od…

Ulay yesh chamishim tsadikim betoch ha’ir ha’af tispeh velo-tisa lamakom lema’an chamishim hatsadikim asher bekirbah. Chalilah lecha me’asot kadavar hazeh lehamit tsadik im-rasha vehayah hatsadik karasha chalilah lach hashofet kol-ha’arets lo ya’aseh mishpat.»

Dijo Yahvéh [a Abraham]:
“Puesto que el clamor contra Sedom y Amorá [Gomorra] es grande y su pecado es tan grave…
Quizás haya 50 justos dentro de la ciudad, ¿igualmente la destruirías y no perdonarías al lugar en virtud de los 50 justos que pudiera haber allí? Sería sacrilegio para Ti hacer una cosa como ésta, que hagas morir al justo con el malvado y que el justo sea tratado como el malvado! ¡Sería sacrilegio para Ti! ¿¡Acaso el Juez de toda la tierra no ha de hacer justicia!?”

(Génesis/Bereshit 18: 20, 24-25)

Al estudiar esta perícopa podemos apreciar que el Supremo había ordenado la aniquilación de los habitantes de Sedom y Amorah (Sodoma y Gomorra). El juicio divino sucedería en pocas horas.

Así mismo en estos versículos aparece la revelación de un asunto yahvista importantísimo: el Eterno no quiere que Avraham conozca por terceras personas la terrible catástrofe que acontecerá a esta alianza de cinco ciudades del Valle de Sidim: Sedom, Amorah, Adma, Zoar y Zeboim. Por el contrario, Él mismo desea darle la noticia de ella, ya que lo ha llamado a entrar en una relación de íntima confianza (hebreo yéda`tiv: «le he hecho un íntimo«) a fin de que le sea también revelada la acción exterior de Dios en la historia, habitualmente oculta a los seres humanos.

¡Avraham debe comprender lo que acontecerá en Sedom y toda la Pentápolis maldita! El motivo de esta sorprendente intención de Yahvéh nos viene dado de modo particular en el versículo 19: Avraham ha sido investido por el Cielo de una función magisterial respecto a sus descendientes, y en ese sentido el suceso de Sedom conserva un valor ejemplar para todas las épocas (2Ped. 2:6)

Necesitamos recordar que el Eterno, debido al Pacto de las Mitades que estableció con Abraham avinu (nuestro padre), consideraba al patriarca su amigo (Santiago 2:23). Por esta causa Él no le ocultaría nada. Por eso, Yahvéh primero reforzó su promesa en Abraham de convertirlo en padre de una gran nación si él guardaba el camino revelado en Su Instrucción (Torah), y se la transmitía a sus generaciones (Gn. 18: 17-19). Abraham amaba a Yahvéh y la norma es que el que ama devela sus cosas ocultas a la persona a quien ama, a fin de garantizar la estabilidad del mundo que los dos comparten. Con este fundamento firme el Eterno develará sus propósitos de juicio a Abraham en esta oportunidad.

Avraham tenía que saber la razón de la terrible destrucción que las ciudades estaban a punto de experimentar. Tendría que explicárselo a sus hijos, y ellos a todos sus descendientes. La desolada región de Sodoma, en los siglos venideros, sería una advertencia permanente para Israel que, aunque Yahvéh es clemente, misericordioso y paciente, Él también es un Dios de justicia y rigor, por lo que no perdonará cuando llegue el momento de Su juicio.

Así pues, Yahvéh compartió con Abraham Su Intención de ir a supervisar a Sodoma, Gomorra y las ciudades aliadas. El Eterno revela además su propósito de juicio contra dichas ciudades por la extrema pecaminosidad de sus habitantes.

Cuando Avraham se coloca delante de Yahvéh condicionándolo con la expresión “cincuenta justos”, estaba refiriéndose a la posibilidad que existieran diez justos en cada ciudad, ya que eran cinco las metrópolis condenadas. Pero ante la promesa divina de no destruir a aquellos lugares caso de hallarse cincuenta justos en ellos, Abraham implorando Su gracia, le pide primero que salve a cuatro de las cinco ciudades, si encuentra cuarenta justos en ellas. Luego que salve a tres ciudades, si el número de justos asciende a treinta. Después a dos ciudades, si el número de justos asciende a veinte. Y por último, pide que salve a una sola ciudad por lo menos si el número de gente justa asciende a diez. El Eterno le asegura a Abraham que la existencia de diez justos tiene tanto valor como la de cincuenta (pasuk 32). Por lo tanto, todas las ciudades quedarían en ruinas.

Avraham se acordó que Noaj había guardado silencio, que no le había pedido nada al Eterno cuando se le anunció “el fin de toda carne”. Por ello decidió interceder inmediatamente cuando Yahvéh le comunicó su intención de aniquilar a las ciudades perversas. Avraham era un gran tzadik, y solamente un tzadik (justo) ora intercediendo por las personas malvadas. Es la diferencia entre Noaj y Abraham; Noaj no elevó tefilah alguna por los habitantes del mundo antiguo, solamente se remitió a proclamar el oráculo de la destrucción, y construir el tevah (arca). En cambio, en esta ocasión Avraham apela a la misericordia divina en favor de esas perversas ciudades.

Él tenía compasión por Sodoma y le rogó al Eterno que los perdonara por el mérito de diez personas justas que pudiesen hallarse ahí, (18:32). La presencia de aquellos Sodomitas pervertidos y depravados, que disfrutaban; sin embargo, de una vida opulenta en medio de una naturaleza exuberante y paradisíaca (Ezequiel 16:49), constituía un desafío permanente para el patriarca que predicaba la obediencia al Abba Kadosh, la bondad, la moralidad y la virtud desinteresada.

“DIEZ JUSTOS”
Vayomer al-na yichar l’Adonay va’adabrah ach-hapa’am ulay yimats’un sham asarah vayomer lo ashchit ba’avur ha’asarah.

«Y dijo: Que no se enoje mi Amo, hablaré sólo una vez más. ¿Quizá haya allí [solo] 10?”
Y respondió:
“No la destruiré, en consideración de los 10”.

(Génesis/Bereshit 18:32)

“Quizás haya ahí diez”, sugirió Avraham. Puede escucharse extraño que nuestro patriarca rogase por la salvación de aquellas ciudades de corrupción y de maldad, las peores del mundo (leer verso 24). Pero Avraham entendía que, por muy malvada que sea una persona, esta posee una chispa de Dios, por ser creada a tzelem (imagen divina), por lo tanto todo ser humano es un hijo de la Creación, aunque no sea aún hecho hijo de Dios por medio de Su redención (Juan 1: 12).

El ejemplo de Abraham nos enseña a orar por la salvación de todo el género humano, no importa a qué raza o religión pertenezca. Avraham conocía el secreto de que en las esferas celestiales el mérito de un número importante de justos tiene más alcance que el de un número de personas comunes. Por eso Yahvéh le asegura que la existencia de diez justos tiene tanto valor como la de un número de cincuenta.

En las Sagradas Escrituras el número diez representa la totalidad.

  • En el primer capítulo de Bereshit (Génesis) aparece la frase “dijo Dios” diez veces, en relación con la creación de todo.
  • Diez justos representarían toda la ciudad de Sedom.
  • Diez expresiones o palabras (Decálogo) representan toda la Torah toda.
  • Diez espías representaban todo el pueblo.
  • El diezmo representa todos los ingresos de un justo, etc.
  • Diez constituye el número mínimo para que, en una congregación se asiente la Shejiná del Eterno.

Por todo esto, en la tradición de Israel se necesitan diez varones justos para poder constituir un minyán, una asamblea legal representativa para todo Israel. Tanto para la oración en la sinagoga como para ciertos trámites legales se considera necesario tener un minyán.

Avraham supuso equivocadamente que habían por lo menos diez almas piadosas en Sedom, a saber: Lot con su esposa, sus cuatro hijas y cuatro yernos. Rabí Shimón Bar Yojáy solía decir que el mundo puede ser salvado por el mérito de un solo justo, tal como está escrito: “…El justo es el fundamento del mundo…” (Prov 10: 16, 21, 25). Sin embargo, este maestro aseguraba que debe tratarse de un justo de una perfección y de una santidad excepcional. Si hubiera habido diez justos en las ciudades proscritas, la justicia divina no hubiera perdido la esperanza de que sus habitantes pudiesen enmendarse y conocer un porvenir mejor. Los hubiera preservado de la destrucción en consideración a aquel porvenir.

Por ello, el Todopoderoso le asegura que no había diez personas justas en esa ciudad, pues los yernos de Lot no eran meritorios, según se advertirá en Gen 19:14. Una vez que Abraham se convence de que la catástrofe es inminente, los malakim (mensajeros o ángeles) se abrieron paso hacia Sedom.

El Midrash, con la intención de dejar bien claro esto, registra esta explicación:

«…En la generación del diluvio hubo ocho justos, Noaj, su mujer, sus tres hijos y sus esposas. Sin embargo, su mérito no fue suficiente para salvar a su generación. Aparentemente un número menor a diez no es suficiente para salvar a otros. Cuando los malakim llegaron a destruir Sedom rescataron a Lot sobrino de Abraham, a su mujer y a sus dos hijas antes de comenzar a ejecutar el juicio de El Eterno…».

Como el Señor estaba hablando con Abraham, los dos ángeles partieron de las colinas de Hebrón, y fueron hacia Sodoma. Sin embargo, Abraham, presintiendo lo que iba a suceder, se quedó en el camino con vista a la llanura del Mar Muerto para abogar por las personas inocentes que no habían participado en la maldad allí abajo.


Bitácoras Relacionadas:

La Vocación de Abraham: Santificar el Nombre del Eterno

Por P.A. David Nesher

 
“Y Yahvéh dijo a Avram:
Vete de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. Haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y al que te maldiga, maldeciré. Y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.”
(Berseshit/Génesis 12:1-3)

Después de cinco años en Harán (o Jarán), el Eterno le recuerda lo que originalmente le había dicho a Abram en la tierra de los caldeos. Cuando leemos el relato que el diácono Esteban hace en el libro de los Hechos, descubrimos que Yahvéh ya se había aparecido a Avram en Ur-Kasdim:

“El Dios de gloria apareció a nuestro padre Avraham cuando estaba en Mesopotamia, antes que habitara en Jarán, y le dijo:

«SAL DE TU TIERRA Y DE TU PARENTELA, Y VE A LA TIERRA QUE YO TE MOSTRARÉ.«

Entonces él salió de la tierra de los caldeos y se radicó en Jarán. Y de allí, después de la muerte de su padre, Dios lo trasladó a esta tierra en la cual ahora vosotros habitáis.”

(Hechos 7: 2-4)

Así pues nos queda claro que Avram ya había recibido su vocación divina en el país donde nació. Al leer el primer libro de las Sagradas Escrituras no encontramos la razón por la que Teraj, el padre de Avram, tomó la decisión de salir de Ur con parte de su familia.

Sin embargo, cuando acudimos al testimonio del libro de Yashar, junto con otros midrashim (enseñanzas), nos enteramos que Teraj había sido el general del ejército del rey Nimrod cuando tuvo a su hijo Avram, y por causa de un mensaje de los astrólogos Nimrod había decidido matar a todos los niños recién nacidos en su reino porque temía que un nuevo rey había nacido que le iba a quitar de su puesto. Por esto, Teraj escondió a Avram en una cueva durante 13 años y con astucia le entregó un niño recién nacido de una de sus siervas, diciendo que era Avram. De este modo Avram pudo sobrevivir el primer ataque contra su vida. Esta fue la primera de las diez pruebas que tuvo que pasar nuestro padre.

La segunda prueba que cuentan los midrashim fue cuando Avram no quiso adorar a los dioses de madera y piedra que su padre Teraj servía. También desafió la idolatría del rey Nimrod y por eso fue puesto en la cárcel durante diez años y luego echado en un horno de fuego junto con su hermano Harán. Yahvéh lo liberó milagrosamente de esa prueba pero su hermano fue consumido por las llamas.

Entonces, pareciera ser que por causa de todo esto Teraj tomó la decisión de salir de Ur para tener paz en su familia. Su plan era ir hasta la tierra de Kenáan, pero nunca llegó. Se quedó por la mitad, en Jarán, en la parte sur-este de lo que hoy es Turquía. La obediencia parcial de Avram no quitó la promesa de Yahvéh. En lugar de esto, significaba que la promesa estaba “en espera” hasta que Abram estuviera listo para hacer lo que el Señor dijo.

Es que es muy difícil dejar el propio país donde uno tiene todas sus relaciones. Es muy difícil salir de su pueblo, y todavía más, salir de la casa del padre de uno. Pero eso es lo que le pidió el Señor a Abram. A partir de estas palabras se descubre un doble fracaso por parte de Abram. Hay tres cosas que le fueron ordenadas por el Eterno. En primer lugar, él tenía que dejar su tierra y a las personas que vivían allí. Con respecto al primer requisito Abram obedeció, pero en referencia a los dos últimos fracasó. En segundo lugar, él tenía que separarse de su padre y de la casa de su padre. Pero en lugar de dejar a su padre y a su familia, llevo a su padre Teraj y su sobrino Lot con él. En esto no fue obediente. Teraj significa retardo, y Abram estaba atascado en Harán.

Los estudiosos no saben bien si el Eterno repitió su llamado a Avram en Jarán, o es que simplemente Avram tomó la decisión de salir por causa del llamado que había recibido ya estando en Ur, antes de que su padre había tomado la decisión de salir de allí. Lo cierto, es que ahora vemos como Avram obedece el llamado de salir de su tierra y de su familia. Sin embargo, aún lleva consigo a su sobrino Lot, cuyo nombre significa “velo”, que con el tiempo le causará muchos problemas.

 “Y tomó Avram a Sarai su mujer, y a Lot su sobrino, y todas las posesiones que ellos habían acumulado, y las almas que habían hecho en Jarán, y salieron para ir a la tierra de Kenáan; y a la tierra de Kenáan llegaron.”

(12:5)

Las almas que habían hecho es una referencia a que habían ganado personas para la fe de ellos. Según Rashí, Avraham convertía a los hombres y Sará convertía a las mujeres. Según el midrash, Avram convocó asambleas públicas en Jarán, para proclamar la verdad de Un Creador, e instó a servirlo. Luego de los discursos públicos, estaba dispuesto a debatir sus propuestas con cualquier persona que las cuestionara. Así ganó decenas de miles de adeptos que reconocieron la existencia de Yahvéh como el único Boré Olam (Creador).

“Y atravesó Avram el país hasta el lugar de Shejem, hasta el planicie de Moré. Y el cananeo estaba entonces en la tierra. Y Yahvéh se apareció a Avram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Entonces él edificó allí un altar a Yahvéh que se le había aparecido.”

(12:6-7 )

Abram atravesó toda esa región hasta llegar a Shejem (Siquén), donde se encuentra la encina sagrada de Moré. Shejem era una ciudad pagana y fue el centro cananeo de la idolatría y las prácticas ocultas. Los cananeos tenían santuarios en arboledas de robles y Moré puede haber sido uno de sus centros de culto. Ahora bien, por un lado, el nombre Shejem significa “hombro”, “cerviz”, “nuca”, en relación con levantar una carga o llevar un yugo, y el nombre Moré significa “maestro”. Por otro lado, Abram no había llegado a ser influenciado por los cananeos, ni él a adorar a sus dioses. Por el contrario, el venía con una misión: proclamar que Yahvéh es único y verdadero Dios. Por eso, la primera experiencia espiritual profunda que tuvo Avram después de haber obedecido al Eterno al salir de Mesopotamia, fue una aparición del Eterno en Shejem y Moré. Es sólo cuando nos separamos del mundo y caminamos en obediencia al propósito eterno de Dios que podemos entrar en comunión con Él.

Esta experiencia le marcó tanto que tomó la decisión de edificar en ese lugar un altar. Ese altar representa la primera experiencia en la vida de la fe de todos los que van a ser contados por Dios como hijos, se trata de la entrega del yo. Edificar un altar en la antigüedad significaba que junto al mismo se construía y constituía una yeshivah (escuela) o centro de estudios de la doctrina de la divinidad que en dicho altar se invocaba. Es decir, que nuestro padre Avram hizo un altar desde el que invitaba a muchos habitantes de Kenan a venir a conocer al Eterno.

El altar es un lugar de sacrificio, un animal es ofrecido como representación del hombre. La ofrenda de ascensión (holocausto) simboliza una entrega total. El altar es el lugar donde la voluntad del hombre se somete a la voluntad del Eterno. “No se haga mi voluntad sino la tuya.” “Que no sea como yo quiero sino como tú quieras.” Eran las expresiones comunes que un ofertante daba como oración junto a su sacrificio. Después de esto, la construcción de altares se convirtió en una costumbre de los patriarcas (12:8, 13:18, 22:9, 26:25, 33:20, 35:7).

Un dato curioso para mencionar aquí es que todo el relato de los patriarcas es una anticipación de lo que le pasó a sus descendientes. Esto pone de relieve los incidentes en su vida, tales como la perforación de pozos y sus varios viajes, lo que de otro modo serian poco importantes. Por lo tanto, la primera parada de Abram estaba en Shejem, una indicación de que este sería el primer lugar para ser tomado por sus descendientes, incluso antes de que llegara el momento para que ellos conquisten la tierra prometida.

  • La historia posterior a Avraham nos muestra que Shejem llegó a ser un lugar de grandes decisiones para sus descendientes (cf. Génesis 33:18-20, Génesis 28:20-21; 37:12-17; Josué 24:1, 14-27; Jueces 21:19; 1 Reyes 12:1; 12:25).
  • Shejem fue elegido como un lugar de refugio (cf. Josué 20:7).
  • Yosef fue sepultado en Shejem esperando la resurrección de los muertos. Su tumba se encuentra allí todavía hoy, cf. Josué 24:32.

Así que, Shejem representa en la vida de Avraham el lugar de conversión, el lugar donde muere de sí mismo y reconoce a Yahvéh como su único Dios verdadero, invitando a todo ser humano a venir a Él como Fuente. Es el lugar donde el Eterno le prometió por primera vez que su descendencia recibiría esa tierra.

Y de la misma manera como Avraham tuvo esa experiencia, todos los que en el día del juicio van a ser finalmente contados como sus hijos tendrán que tener la misma experiencia. Todos sus hijos tendrán que pasar por Shejem, donde reconocen al Dios único y mueren de sus propias vidas en el primer altar.

Como hemos dicho, Shejem significa “cerviz”, “hombro” o “espalda” y viene de una raíz que tiene que ver con inclinarse para levantar una carga sobre su espalda. Esto nos lleva a pensar en el momento cuando el Mesías se inclinó para llevar sobre sus hombros el madero de tormento sobre el cual iba a ser sacrificado para la redención eterna de todos los hijos de Avraham. Shejem simboliza la muerte de Yeshúa. Fue el primer lugar donde Avraham tuvo que pasar para poder ser el padre de la gran nación y obtener la tierra de Israel. La muerte y resurrección de Yeshúa es la base sobre la cual Yahvéh entrega la tierra a los hijos de Avraham.

También hemos visto que junto a Shejem está la llanura de Moré. Moré significa “maestro” y viene de una raíz que significa “fluir”; “poner”, “echar”, “tirar”; “señalar”; “enseñar”. Es la misma raíz que se encuentra en la palabra Torah. Así que cuando Avram primero tuvo la experiencia profunda de conversión en Shejem al mismo tiempo tuvo la experiencia de lo que implica tener un Moré, un Maestro que le enseñaba la Torah. La Torah (Enseñanza) es algo que marca la diferencia entre lo santo y lo común, lo verdadero y lo falso, luz y tinieblas, vida y muerte, etc. Por lo tanto, el Eterno mismo fue quien le enseñó los mandamientos a nuestro padre Avraham:

“Avraham me obedeció, y guardó mi ordenanza, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes.”

(Génesis 26:5)

Más adelante, después de la entrada en la Tierra, los hijos de Israel tuvieron que marcar la diferencia entre la bendición y la maldición precisamente en el valle de Moré.

En el norte tenían el monte Eival, que representa la maldición que es producida por la desobediencia a los mandamientos, y en el sur tenían el monte Guerizim, que representa la bendición por obedecer los mandamientos, cf. Deuteronomio 11:26-32; 27:12; Josué 8:33.

Moré es el lugar donde se reconoce la Torahdel Eterno como el patrón de nuestra vida.

Moré representa también a Yeshúa HaMashíaj como el gran Maestro (Rabino) que enseña a sus seguidores de mentalidad hebrea a vivir según la Torah que fue dada en Sinai, tal como Él mismo lo aseguró en su enseñanza de la montaña:

“No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir. Porque en verdad os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, no se perderá ni la letra más pequeña ni una tilde de la ley hasta que toda se cumpla. Cualquiera, pues, que anule uno solo de estos mandamientos, aun de los más pequeños, y así lo enseñe a otros, será llamado muy pequeño en el reino de los cielos; pero cualquiera que los guarde y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.”

(Mateo 5:17-20:)

Combinando los dos lugares Shejem y Moré, vemos también una conexión entre nuestra aceptación de la muerte del Mesías y la aceptación del Mesías como nuestro Maestro de Torah.

Shejem y Moré representan los dos pasos para ser salvo tal como el apóstol Pablo se lo recordaba a los discípulos de Roma:

“si confiesas con tu boca a Yeshúa por Señor (hebreo Adón; griego Kyrios), y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo; porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación.”

(Romanos 10:9-10)

Tanto el término hebreo Adón como el griego Kyrios significa “señor”, ”maestro”, ”gobernante” y ”jefe”.

Aprovechando esta charla con ustedes, debo decirles que en la literatura rabínica de Israel de todos los tiempos, encontramos que los sabios hablan del “yugo de la Torah”, el “yugo del Reino de los Cielos”, el “yugo de los mandamientos” y el “yugo del arrepentimiento”, y todos estos “yugos” son términos para tomar o aceptar la Torah. Es decir que la palabra “yugo” normalmente representa la Torah.

Así pues nos encontramos con Yeshúa que al llamar seguidores les decía:

«Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí»
(Mateo 11:28).

Aquí Yeshúa se refiere al entendimiento de los hebreos del «aprendizaje» que se puede ver como dos bueyes unidos para arar. Uno mas viejo, el buey más fuerte con más experiencia se coloca en un yugo al lado de un buey joven con menos experiencia. El joven entonces se entera de sus responsabilidades de la edad a través del yugo. El descanso que ofrece Yeshúa es el yugo con el que estamos obligados a él. ¿Cuál es el yugo? ¿Cómo podemos, como el buey más jóvenes, aprender de Yeshúa, el buey viejo? El yugo es la Torah, las enseñanzas de Dios. Como Yeshúa caminó la Torah, nosotros estamos unidos a él para aprender los caminos de Yeshúa a través del yugo de la Torah. Por eso, cuando Yeshúa dice que su yugo es fácil y su carga ligera, hay una referencia implícita al estilo de vida itinerante que llevaba; a esa alusión de no tener dónde reposar la cabeza, situación compensada por la recompensa de recibir las enseñanzas de un maestro de Torah.

Pero aún no está todo dicho. Permítanme peregrinar con ustedes unos niveles más de lo que se esconde en este texto. Para ello leamos lo que se relata a continuación:

 “De allí se trasladó hacia el monte al oriente de Betel, y plantó su tienda, teniendo a Betel al occidente y Ai al oriente; y edificó allí un altar a Yahvéh, e invocó el nombre de YHVH.”

(12:8)

Diré que Betel significa “casa de Dios”, “casa del Poderoso”. En el contexto de una mentalidad hebrea la palabra casa puede significa dos cosas:

  1. Núcleo familiar
  2. Lugar de habitación

En este caso Betel simboliza tanto la Familia de Dios como el Templo de Dios. Pues bien, la vocación de Avram nos está diciendo que no podemos quedarnos solamente en la experiencia de Shejem y Moré, que representa la conversión al Dios de Israel por medio de Yeshúa HaMashíaj y la aceptación de la Torah dada por Moshé y explicada por el Mesías. ¡El Eterno asegura que hay más!

Ya les expresé que en la mente hebrea se habla de dos yugos, el yugo del Reino y el yugo de la Torah. El yugo del Reino está representado en el significado de Shejem, y el yugo de la Torah está representado por Moré. Estos dos yugos están también expresados en los primeros textos de la confesión del Shemah. En el primer texto del Shemah está escrito:

“Escucha, Israel, YHVH es nuestro Dios, YHVH es uno. Y amarás a YHVH tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas.”

(Deuteronomio 6:4-9 )

Este texto representa el yugo del Reino, el cual implica aceptar al Eterno como nuestro único Dios de manera personal. Por esto está escrito en singular: “amarás, tu, tu, tu, enseñarás etc.”

Ahora, el amor por el Eterno se manifiesta en la obediencia a sus mandamientos. Shejem nos lleva a Moré.

El segundo yugo, el de la Torah, se encuentra en Deuteronomio 11:13-21 donde leemos lo siguiente:

“Y sucederá que si obedecéis mis mandamientos que os ordeno hoy, de amar a YHVH vuestro Dios y de servirle con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma, El dará a vuestra tierra la lluvia a su tiempo, lluvia temprana y lluvia tardía, para que recojas tu grano, tu mosto y tu aceite. Y El dará hierba en tus campos para tu ganado, y comerás y te saciarás. Cuidaos, no sea que se engañe vuestro corazón y os desviéis y sirváis a otros dioses, y los adoréis. No sea que la ira de YHVH se encienda contra vosotros, y cierre los cielos y no haya lluvia y la tierra no produzca su fruto, y pronto perezcáis en la buena tierra que YHVH os da. Grabad, pues, estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma; atadlas como una señal a vuestra mano, y serán por insignias entre vuestros ojos. Y enseñadlas a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y escríbelas en los postes de tu casa y en tus puertas, para que vuestros días y los días de vuestros hijos sean multiplicados en la tierra que YHVH juró dar a vuestros padres, por todo el tiempo que los cielos permanezcan sobre la tierra.”

En este yugo de la TorAH vemos como el pronombre se va cambiando a una forma plural. En el primer yugo, el del Reino el texto está escrito de una forma solamente personal, singular, “amarás, tu, tu, tu, enseñarás, escribirás etc.”

En este yugo de la Torá vemos que se usa la forma plural “obedecéis, os, vuestro, vuestro, vuestra, vuestra” pero luego, en el versículo 14 va pasando al singular: “recojas… etc.” para luego volver al plural en los versículos 16-19a: “cuidaos…”, después al singular en los versículos 19b-20: “te…” y, finalmente, al plural en el versículo 21.

De esto aprendemos que el yugo de la TorAH nos enseña a vivir nuestra vida privada en obediencia en una relación con el pueblo del Eterno. Por lo tanto no es suficiente vivir solos delante del Eterno. Necesitamos formar parte de un colectivo. Y este es precisamente el resultado del trabajo de la Torah en nuestras vidas.

Uno no puede amar al Eterno y aborrecer al hermano. Es imposible, porque el amor al Eterno te lleva forzosamente a amar a tu prójimo, primero los más cercanos y luego los que están más allá de los conocidos.

En esto pensaba el apóstol Pablo cuando le escribía a los discípulos de Éfeso:

“Yo, pues, prisionero del Señor, os ruego que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos unos a otros en amor, esforzándoos por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también vosotros fuisteis llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos.”

(Efesios 4:1-6)

Así mismo a los filipenses les insistía en esto diciéndoles:

“Por tanto, si hay algún estímulo en el Mesías, si hay algún consuelo de amor, si hay alguna comunión del Espíritu, si algún afecto y compasión, haced completo mi gozo, siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito. Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás.”

(Filipenses 2:1-4)

Y a los de Colosas los animaba así:

“Damos gracias a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesús el Cristo, orando siempre por vosotros, al oír de vuestra fe en Jesús el Cristo y del amor que tenéis por todos los santos… Entonces, como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia; soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro; como el Mesías os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas, vestíos de amor, que es el vínculo de la unidad. Y que la paz de Cristo reine en vuestros corazones, a la cual en verdad fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos.” 

(Colosenses 1:3-4; 3:12-15)

En todos estos textos vemos la importancia de tener una relación correcta con el pueblo de Dios, valorándolo como la Familia de Dios y el Templo de Dios para cada uno de los redimidos.

La experiencia de salvación con la aceptación del yugo del Reino y el yugo de la Torah es maravillosa, y transforma nuestra vida personal. Pero hay más. Conforme vayamos creciendo en el conocimiento del Eterno por medio de Su Torah revelada por medio de Moshé y el Mesías Yeshúa, entraremos en una dimensión nueva de nuestra vida espiritual, la dimensión de colectivismo y así pasamos de Shejem y Moré a Betel, la familia del Eterno.

Es cierto que tenemos una responsabilidad delante del Eterno de nuestras vidas personales, cada uno será juzgado según su propia obra, en pensamientos, palabras y hechos, pero nuestras vidas no fueron creadas para ser islas separadas en un lago, sino miembros de un cuerpo, un colectivo, una gran familia, la gran familia de los hijos de Avraham.

“… al oriente de Betel, y plantó su tienda, teniendo a Betel al occidente y Ai al oriente; y edificó allí un altar al Eterno, e invocó el nombre del Eterno” 

Ai significa montón o ruina. Betel significa casa de Dios. ¡Un montón de piedras no es una casa!

Avram se colocó entre Betel y Ai. Cada día al salir de su tienda por la mañana vio que Ai estaba delante y Betel detrás, porque las tiendas siempre se colocan con la entrada hacia el oriente. Para poder ver la casa de Dios – Betel – tuvo que dar las espaldas al montón de piedras – Ai. De la misma manera nosotros tenemos que escoger entre ser una piedra solitaria, aunque sea parte en un montón de piedras juntas, o ser parte de una casa donde hay orden y disciplina.

Para ser parte de una casa hace falta pasar por un proceso de corrección, ser una piedra viva, labrada, y ajustada y colocada en un lugar específico en el edificio. Ya uno no puede hacer lo que le parezca, lo que le plazca.  Hay constructores que han sido puestos para edificar una casa del Eterno en todo lugar, esforzándose para que las piedras sean ajustadas y colocadas cada una en su lugar.

Así que ya terminó el tiempo de ser una persona espiritual solitaria. Llegó el tiempo de ser parte de una casa, un cuerpo, y unirse definitivamente a los hermanos.

Por este espíritu velaban y trabajaban los apóstoles del Señor en las primeras comunidades de seguidores de Yeshúa:

“Por tanto, desechando toda malicia y todo engaño, e hipocresías, envidias y toda difamación, desead como niños recién nacidos, la leche pura de la palabra, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis probado la benignidad del Señor. Y viniendo a El como a una piedra viva, desechada por los hombres, pero escogida y preciosa delante de Dios, también vosotros, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Yeshúa el Mesías. Pues esto se encuentra en la Escritura: HE AQUI, PONGO EN SION UNA PIEDRA ESCOGIDA, UNA PRECIOSA piedra ANGULAR, Y EL QUE CREA EN EL NO SERA AVERGONZADO. Este precioso valor es, pues, para vosotros los que creéis; pero para los que no creen, LA PIEDRA QUE DESECHARON LOS CONSTRUCTORES, ESA, EN PIEDRA ANGULAR SE HA CONVERTIDO, y, PIEDRA DE TROPIEZO Y ROCA DE ESCANDALO; pues ellos tropiezan porque son desobedientes a la palabra, y para ello estaban también destinados. Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; pues vosotros en otro tiempo no erais pueblo, pero ahora sois el pueblo de Dios; no habíais recibido misericordia, pero ahora habéis recibido misericordia.”

(1 Pedro 2:1-10)

La Torah no relata que Avram plantó su tienda en Shejem. Pero aquí en Betel sí. Es un lugar donde hay que plantar la tienda. Es un lugar donde hay que afirmar su estancia. Hazte miembro de un colectivo de personas que creen igual que tú y sé fiel a esa comunidad.

El relato nos cuenta que Avram “edificó allí un altar a Yahvéh, e invocó el nombre del Eterno” y este altar representa la entrega total al Eterno dentro de un contexto colectivo, en la congregación de los creyentes, en la casa del Eterno. Invocar el Nombre no significa solamente tomarlo en los labios, sino dar a conocer al mundo entero que Él es el único. Después de haber estado en Mesopotamia y luego en Egipto, Avraham toma sobre sus hombros la tarea de hacer conocer el Nombre del Eterno al mundo entero, para que supieran que El es el único Dios verdadero, fundando Centros de Instrucción (yeshivot) para capacitar a todo ser humano que quisiera obtener su santidad y justicia. Esto será la pauta más importante de la misión que la vocación mesiánica marca. Así es como lo dejó en claro nuestro Mesías:

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Yeshúa el Mesías, a quien has enviado.” 

(Juan 17:3)

Avram dio a conocer el Nombre del Eterno en Shejem, Moré, y entre Betel y Ai. De esto aprendemos que lo que más impacta al mundo no es nuestra propia experiencia de aceptación del yugo del reino y de la Torá, nuestra experiencia con  el Mesías Yeshúa como Salvador y Señor, sino nuestra convivencia en amor en la congregación de los creyentes, y por sobre todo nuestra proclamación de la buena noticia de Su Reino entre los hombres:

“Un mandamiento nuevo os doy (Moré):
que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado (Shejem), así también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos (Proclamó el Nombre) que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros (Betel).”

(Juan 13:34-35)

Amado discípulo de Yeshúa te aconsejo que ya no vivas como una piedra solitaria, sin más bien déjate edificar como una casa espiritual y así proclamar el Nombre del Eterno entre los que te conocen.

Ahora, antes de despedirme de cada uno de ustedes, quiero compartirles un dato muy curioso y lleno de los misterios metafísicos de los Cielos. Existe un fenómeno natural muy interesante en el lugar donde Avram invocó el Nombre del Eterno por primera vez, allí en la Tierra prometida. El nombre hebreo de YHVH está escrito con las letras actuales hebreas, en las montañas en el mismo lugar donde nuestro padre plantó la tienda y edificó altar. Esto se puede ver en las imágenes de los satélites.

La Tarde y la Mañana: “Un Día” ¿De qué Duración?

Por P.A. David Nesher

 

  «Vayikrá Elohim la-or yom velajoshej kará laylah vayehí-erev vayehi-voker yom ejad.»

«Llamó Elokim a la luz “día” y a la oscuridad llamó “noche”. Fue el anochecer y fue la mañana, un día.»

(Génesis/Bereshit 1:5)

A partir de una lectura superficial y rápida del primer capítulo de Bereshit (Génesis), surge la impresión de que todo el proceso creador tuvo lugar en seis días de 24 horas. De haber sido esa la intención del autor, pareciera estar en contradicción con la moderna investigación científica, que indica que el planeta tierra fue creado hace miles de millones de años. Ante esto, muchos se preguntan si esto fue un día literal de 24 horas (como la noción que nosotros tenemos de un día) o si fue una era geológica. Por eso, es que algunos dicen que Dios creó al mundo en seis días, y otros dicen que lo creó en seis eras geológicas enormes. Ahora bien, si los días no fueron días, ¿Dios daría su aprobación a la palabra? ¿Tiene Él que ver con inexactitudes, sin importar lo edificante que son? La cuestión depende del uso y entendimiento correcto del idioma hebreo.

Por ello, y para comenzar a hablar de esto, es preciso admitir que un día de la Creación no equivale a un día ordinario de 24 horas, porque el Sol y la Luna son los que definen este lapso y ellos aparecieron hasta el Cuarto Día.

El secreto de este planteo se encuentra en el análisis de la expresión “…tarde y mañana, un día…” (vayehí-erev vayehi-voker yom ejad): Este es el fundamento del Calendario hebreo, en el que el día no comienza por la mañana, sino al atardecer. Por eso, la fraseología no debe entenderse en términos terrenales, más bien hay que apreciarla en una perspectiva divina; como un período de tiempo indefinido.

A ver un momento… alguno se estará cuestionando: «la expresión “…tarde y mañana, un día…” (vayehí-erev vayehi-voker yom ejad) con relación a los periodos de creación, ¿no indica que estos duraron 24 horas?» Pues la respuesta es: NO NECESARIAMENTE.

Según el sabio intérprete de la Torah Najmánides, las palabras vayehí erev, no quiere decir en realidad “y fue la tarde”, sino “y hubo desorden”, porque la raíz de erev, significa “caos”, “mezcla”, “desorden”. Es por eso que la noche es llamada erev, porque cuando el sol baja, la visión se hace confusa. La palabra de la Torah para “mañana” es boker, que es lo opuesto. Cuando el sol sale, el mundo se hace bikoret, es decir “ordenado”, «claro para discernir«. De esta manera se explica que los primero días son contados a base de la obra de poner las cosas en orden que antes estaban desordenadas. Cuando un elemento es transformado de desorden a orden se habla de tarde y mañana, “del caos a la armonía”.

Entonces debemos comprender y aceptar que la Torah no describe las cosas de una manera estrictamente lineal, sino más bien avanza de manera circular o espiral. Por esta razón no se debe entender estas palabras como un seguimiento de lo que ocurrió antes, sino como un resumen de lo que pasó durante todo ese día. Según la Torah, el día comienza con la noche. Primero había oscuridad y luego vino la luz. Ese es un día. El texto hebreo no dice propiamente “día primero”, en cuyo caso tendría que haber dicho yom rishon, ya que esta es la palabra para designar el comienzo de algo como puede ser: germen, brote, primero, etc., sino que lo llama yom ejad, día único. Aquí no dice que fue el primer día, porque los demás días no habían venido todavía, y por eso no se podía hablar de una secuencia de días, sino sólo de un día, por lo tanto dice “un día” o “día uno”, en hebreo yom ejad. La palabra ejad es la misma que se usa para el Eterno que es uno (cf. Deuteronomio 6:4). Ejad es una palabra masculina que se usa comúnmente en el hebreo para decir uno, en referencia a un objeto masculino. El día ejad era un día único, porque sólo durante ese día Dios era único. El término aparece así para expresar con rotundidad la absoluta unidad y soberanía del Eterno por cuanto es el único y no hay nadie más fuera de Él. De allí que tanto el Midrash y Rashí sacan la idea errónea de que los ángeles no fueron creados sino hasta el segundo día.

Con todo este contenido mental de cosmovisión hebrea, comprendemos que para Yahvéh al expresión “un día”no es lo mismo que lo que significa para el hombre:

«…Pues mil años en tus ojos son como día de ayer que se fue, y como una de las vigilias de la noche…».

(Tehilim/Salmos 90:4)

Por eso, es importante tener en cuenta que la palabra traducida como «día« es el hebreo yom, y tiene cuatro significados principales:

  • Día, como el tiempo cuando hay luz (aproximadamente12 horas) [cf. Génesis 1:5a].
  • Día, como jornada de 24 horas (cf. Génesis 1:5b).
  • Un tiempo más largo limitado, una época. El mismo texto de Bereshit usa el término yom traduciéndolo como «el día» refiriéndose así al conjunto de los seis días creativos (cf. Génesis 2:4; 30:14; Prov. 25:13).
  • Mil años (cf. Salmo 90:4; 2Pedro 3:8).

El historiador judío Flavio Josefo (Yosef ben Matityahu), resume lo acontecido en el primer día:

«…Al principio Dios creó el Cielo y la Tierra. Pero como la Tierra no se veía sino que estaba cubierta de espesas tinieblas y un aire recorría la superficie, ordenó el Eterno que se hiciera la Luz. Hecha la luz, consideró la mole en su totalidad y separó la luz de las tinieblas y a las tinieblas las llamó “noche” y a la luz “día”; y al comienzo de la luz y a la hora del descanso la llamó “tarde y mañana”. Y este fue el primer día que existió…».

En el Midrash Levítico (Vayikrá Rabá 29:1), leemos que Yom Teruah conmemora la creación de Adam, y que los seis días anteriores están separados de nuestro sistema de medición del tiempo.

El Talmud, por su parte, registra que los 31 versículos de Bereshit/Génesis que hablan de los 6 días creacionales son una parábola. Es decir, no son literales. La conclusión de los eruditos es que estos seis días de la Creación, no es posible contabilizarlos como días “humanos” de 24 horas, porque sus parámetros son totalmente distintos.

Sucede otra cosa interesante con el tiempo: lo percibimos de una manera muy diferente dependiendo de dónde estemos situados. Comencemos con un ejemplo sencillo: como dice la moderna sabiduría popular; pedirle un deseo a una estrella del firmamento es inútil, porque cabe la posibilidad de que esa estrella ya no exista, simplemente, su luz ha tardado tanto en llegar a nuestro campo visual que, literalmente, estamos viendo algo que existió hace millones de años. Eso significa que estamos viendo el pasado. La ciencia ha demostrado ya que la velocidad y la gravedad son factores que afectan al tiempo. Si nosotros nos moviésemos a la velocidad de la luz, o estuviésemos en un lugar con una densidad gravitacional distinta, el tiempo transcurriría bajo otros parámetros.

Encontré un comentario hecho por el Dr. Gerald Schroeder, judío ortodoxo y científico, miembro de la Comisión de Energía Nuclear de los Estados Unidos de Norteamérica, que considero de suma importancia:

«…Cuando un científico refiere que el Universo tiene casi 14 mil millones de años de antigüedad, lo está expresando desde la perspectiva del tiempo que tenemos aquí en la tierra. Si estuviésemos en otro lugar del Universo, la perspectiva del tiempo sería otra. Por lo tanto, la cifra no sería de 14 mil millones de años, sino otra, probablemente… ¡seis días! …».

Schroeder entonces regresa a la pregunta clásica: los seis días de la Creación que menciona el Génesis ¿son días de 24 horas? Y contesta: ¡Seguro que sí! Todo depende desde dónde estés observando, si desde la ubicación de Dios, o desde nuestra ubicación.

Lo cierto de todo es que, sea cual haya sido su duración, recordemos que la obra de cada día se desarrolló como resultado del mandato soberano del Eterno. Este capítulo, como ya lo expliqué en otra bitácora, no es un tratado de ciencias sino más bien un poema himno cosmogónico lleno de los misterios de Yahvéh y Su propósito eterno en el Mesías. Sin embargo, su armonía con los actuales conocimientos biológicos y zoológicos es sorprendente.

“Guedaliah: un Justo, un Ayuno, un Templo”

Por P.A. David Nesher

En las Sagradas Escrituras encontramos que el profeta Zacarías hace referencia a un día de ayuno conocido como «el ayuno del séptimo«, ya que es observado en Tishrei, el séptimo mes contando a partir de Nisán (Zacarías 7:5; 8:19).

Este ayuno conocido como Tzom Guedaliah (Ayuno de Gedaliah)  fue decretado por los sabios para conmemorar el asesinato de Guedaliah, el hijo de Ajikám, a manos de Ishmael, hijo de Netaniáh, instigado por el rey de Amón. Sucede que con la muerte de Guedaliah se extinguió la última llama de esperanza para mantener la autonomía de Judá luego de la destrucción del primer Beit HaMíkdash. Miles de personas fueron masacradas, y aquellas que sobrevivieron fueron conducidas al exilio.

Esto realmente no tiene nada que ver con los días del temor o expiación, salvo que se produce en medio de ellos. No es una ordenanza divina, sino más bien resulta de la tradición de la Casa de Judá. Este ayuno comienza temprano en la mañana, con el alba, y termina al anochecer.

La Historia que dio origen a este Ayuno.

Cuando Nebujadnetsar (Nabucodonosor) destruyó el Templo del Eterno (año 586 antes de la era común), asesinó a una gran parte de la población del Reino de Yehudáh (Judá), cuya capital era Jerusalem. También llevó como cautivos de Babilonia a decenas de miles de judíos. Y permitió que una parte de la población vencida, campesinos muy pobres, permanecieran en Israel trabajando la tierra y pagando exorbitantes tributos a Babilonia.

Flight of the Prisioners luego de la destrucción de Jerusalén

Nebujadnetsar nombró como gobernador de estos judíos a Guedaliah ben Ajiqam, que pertenecía a la familia Shafán, que vivían en Babilonia desde el exilio de Yejoniá (597 A.E.C.) y se consideraban leales al rey. Fue un gesto positivo inesperado. ¡Era todo un milagro!, que un judío fuera nombrado para cuidar de Judea.

Muchos de los judíos exiliados en Babel esperaban que Guedaliah, siguiendo las directivas del profeta Yirmiyahu (Jeremías) lograría  ganarse nuevamente la confianza del rey de Babilonia hasta que el rey, o su sucesor, accedieran a permitir que todos los judíos regresaran a Israel y eventualmente pudieran reconstruir el Bet haMiqdash (Templo Santo). Por esta razón, y llenos de esperanza, muchos judíos que habían huido a Moab, Amón, Edom, y otros países vecinos regresaron a la tierra de Judá, atendía a los viñedos que se les eran dados por el rey de Babilonia, y disfrutar de un descanso después de la opresión vivida. Así, gradualmente, más y más judíos que habían escapado de los horrores de la guerra y se habían refugiado en países vecinos, comenzaron a volver a sus hogares en Israel.

Así con Guedaliáh a cargo, la esperanza de volver a una vida normal y reconstruir el Beit HaMíkdash era ahora más real que nunca

Por toda esta situación, Ba’alis, el rey de Amón, (hoy Jordania), un reino que se alió con Egipto, hostil y envidioso de los restos de Judá envió un judío leal a sus asuntos, Ishmael Ben Netaniah, para asesinar a Gedalías. El rey Ba’alis sabía que si Guedaliah continuaba como gobernador de Judá eso significaría que le sería más fácil a Babilonia conquistar a Amón. Por ello, este malvado amonita animó a Yishhma’el Ben Netaniá a asesinar a Guedaliáh y le ofreció su ayuda.

Yishma’el era un hombre muy violento que descendía del rey David (cf. 2 Samuel 5:16). Aprovechándose de su linaje davídico se opuso a la designación de Guedaliah, justificando su oposición con el argumento que este último no pertenecía a la dinastía de David, y por eso no podía ostentar el cargo de gobernador de Judá.

Así, al comenzar el séptimo mes hebreo (Tishrí) Yishma’el y un grupo de hombres tan violentos como él, llegaron a la ciudad de Mitzpá, donde fueron cordialmente recibidos por Guedaliah con los honores debidos a un descendiente de la dinastía de David.

Guedaliah había sido advertido de la posibilidad de un atentado contra su vida, pero se negó a dar crédito a sus informantes, convencido de que un yehudí nunca mataría a otro yehudí, y además, ¿por qué alguien con un mínimo de sentido común pondría en peligro las renovadas esperanzas de la redención de Israel que se estaban cristalizando?… ¿Por qué pondría en peligro las esperanzas de redención de todo el pueblo de Israel?

Sin embargo, Yishma’el y diez de sus hombres asesinaron a Guedaliah y a los otros hombres que estaban con él en Mitzpá (ver Jeremías capítulos 41, 42, 43 y 44). Todo acerca de Yishma’el era una desgracia para el nombre de David su ancestro, quien se había soportado todo impulso ‘de asesinar para obtener el trono’ y había esperado por el tiempo de Dios y la voluntad de su pueblo. Este no era un David sino un Jehú.

Después del asesinato de Guedaliah, los judíos temieron represalias del rey de Babilonia. Pensaron en huir a Egipto para salvarse, pero dado que Egipto era una sociedad moralmente corrupta, se encontraron frente a un gran dilema – debían sopesar la amenaza física de quedarse en Babilonia versus el peligro espiritual de ir a Egipto. Por esta razón fueron donde el profeta Jeremías, quien estaba recluido haciendo duelo, para pedirle consejo.

Durante toda una semana Yirmiyahu (Jeremías) le rogó al Eterno por una respuesta, hasta que finalmente la obtuvo en Yom Kipur.

Jeremías llamó a los judíos y les dijo que debían quedarse en Israel y que todo estaría bien. Dios estaba planeando hacer que los babilonios actuasen con misericordia hacia ellos y, poco tiempo después, todos los judíos exiliados tendrían permitido volver a su propio suelo. Pero, les dijo Jeremías, si deciden ir a Egipto la espada de la que están huyendo los mataría allí.

Por desgracia las palabras del profeta no penetraron en los oídos del pueblo, y ellos se rehusaron a creer en ellas. Todos los judíos que quedaban en Israel empacaron sus maletas y se fueron a Egipto. ¡Incluso secuestraron a Jeremías y lo llevaron con ellos! Ahora la destrucción estaba completa; la Tierra de Israel estaba completamente desolada.

Puedes adivinar lo que ocurrió a continuación. Unos pocos años después, Babilonia conquistó Egipto y miles de judíos exiliados fueron asesinados. El único sobreviviente de esta masacre fue Jeremías; su profecía se había convertido dolorosamente en verdad.

La tierra de Israel permaneció por muchos años con poquísimos yehudim, y así el exilio del pueblo de Israel de su tierra alcanzó su pico más alto, y las esperanzas de volver a Yerushalayim se desvanecieron (2 Melakim/Reyes, 25:23-26).

Y así, la tierra de Israel permaneció virtualmente sin población judía durante 52 años. Y las esperanzas de regresar a Yerushalayim y reconstruir el Bet HaMiKdash prontamente se desvanecieron. Fue como revivir una vez más el exilio que tuvo lugar unos años atrás. Era como si el Primer Templo hubiese sido destruido por segunda vez… O peor, porque esta vez, el exilio fue causado por el Pueblo de Dios, al no valorar a su hermanos como piedras vivas de la Casa espiritual de YHVH …

El evento inicial (el asesinato de Guedaliah) ha sido comparado a la destrucción del Templo Sagrado; causó la pérdida de miles de vidas judías y desencadenó el fin del asentamiento judío en Israel por muchos años. Por ende, los profetas declararon que el aniversario de esta tragedia fuese un día de ayuno. Este día es el tres de Tishrei, dos días inmediatamente posterior a Yom Teruah.

Los Sabios estudiosos de la TaNaK (Antiguo Testamento) señalan respecto de este ayuno lo siguiente:

«Esto nos enseña que la muerte de un justo equivale al incendio de la Casa de Dios, ya que así como se decrete un ayuno en conmemoración de la destrucción del Beit HaMíkdash, así también se decrete un ayuno en conmemoración de la muerte de Guedaliá«.
(Rosh HaShaná 18b)

¿Cuál es el significado de este ayuno y por qué ocurre entre Yom Teruah y Yom Kippur?

La respuesta a esta cuestión la podemos encontrar en la Guemarah (parte del Talmud que contiene comentarios rabínicos y análisis de la Mishnah) que afirma que el ayuno en este día nos enseña que la muerte de un justo es comparable con la destrucción del Gran Templo. Sabemos que la muerte de un hombre justo es comparable con la tragedia de la destrucción del Templo, porque el versículo de Zacarías menciona al ayuno de Guedaliah junto con los otros ayunos que conmemoran la destrucción del Templo.

Desde este concepto, podemos considerar la historia de este tzadik (justo) y desglosarla en tres lecciones…

Tres Lecciones para el Ayuno de Guedaliah 

Lección nº 1:

El pueblo judío se había hundido hasta uno de sus niveles más bajos de la historia. El Templo había sido destruido, la mayoría de los judíos estaban exiliados y la situación parecía desesperanzadora. Pero Dios cambió las desesperadas circunstancias del pueblo e hizo que el recto Guedaliah fuese designado como líder. Sin embargo, Guedaliah fue asesinado y toda la esperanza desapareció.

Pero fue precisamente en ese momento que Jeremías le rezó a Dios para obtener algo de claridad y convicción. Esto fue durante los 10 días entre Yom Teruah y Yom Kippur. Esta historia es conmemorada para enseñarnos un importante mensaje para estos días: no importa cuán lejos estés, siempre puedes regresar y Dios te perdonará.

Lección nº 2:

Los judíos que fueron a aconsejarse con Jeremías estaban, subconscientemente, seguros de que Dios daría la respuesta que querían escuchar. Entonces, cuando Dios les respondió de una forma diferente, se rebelaron.

Pero ellos no eran personas malvadas. ¿Qué pasó?

A pesar de que estos judíos eran, en un sentido, dependientes de la voluntad de los babilonios, no estaban dispuestos a depender de la voluntad de Dios. La lección es que apegarse a Dios significa seguirlo siempre, no sólo cuando coincide con lo que buscas.

Una buena regla para la vida: cuando te enfrentes a un complicado problema moral, pregúntate: «¿Qué diría Dios? ¿Qué es lo que Dios quiere que yo haga?».

Lección nº 3:

Cuando un israelita asesina a otro es una tragedia terrible que puede tener enormes repercusiones históricas. Tal violencia es inexcusable. ¿Tenemos diferencias políticas y filosóficas? Debemos solucionarlas con calma y tolerancia; ésta es la única manera aceptable.

Después de dos días en que la nación entera de Israel había clamado con esperanza por un buen destino, y larga vida, sufrió una gran caída. Por ello, nosotros debemos atrevernos a usar este día para pensar y preocuparnos por nuestra devoción hacia Yahvéh. Debemos enfocar nuestras plegarias a pedirle compasión al Eterno, no sentirnos tan seguros de las plegarias que hicimos el día de Yom Teruah y pedirle a Yahvéh que nos levante del abismo al que hemos caído tras nuestros errores y que nos dé la certeza de estar construyendo un año de vida bueno para la nación.

El propósito de este, como los demás días de ayuno, es despertarnos de nuestro letargo, al conmover nuestros corazones hacia el arrepentimiento (teshuvah), recordando nuestros propios pecados así como también los de nuestros ancestros, que fueron similares a los nuestros.  Al recordar estos pecados, los cuales continuamos cometiendo, y siguen provocando calamidades similares a aquellas que nuestro pueblo ya sufrió en el pasado – somos motivados a retornar al camino correcto de la vida, como dice la Torah: «Y ellos confesarán sus pecados y los pecados de sus ancestros…» (Vayikrá/Levítico 26:40).

Cada persona debe aprovechar estos días de ayuno y reflexión para hacer un profundo auto-examen de sus acciones, puesto que el propósito esencial de un día de ayuno no es el ayuno en sí, sino motivar a la persona a arrepentirse, es decir regresar a la Fuente, y apegarse en amor a ella, sentido perfecto de teshuvah.

Es por eso que aquellos que cuidan el ayuno pero no meditan sobre los cambios internos que su realidad exige están desperdiciando el día. Ellos sólo enfatizan lo que es secundario (el ayuno) y desprecian lo que es esencial (el arrepentimiento). Sin embargo, tomar el arrepentimiento solamente, sin ayunar, es insuficiente, porque el ayunar es una orden establecida por los profetas, y todo el pueblo de Israel ha cumplido estos días de ayuno, a través de todas las generaciones.

¿Quienes están exentos de este ayuno?
  1. Es un ayuno obligatorio para todos, a partir de la edad de la Bar Mitsvá (13 años cumplidos) para los hombres y de 12 años cumplidos para las mujeres.
  2. Si el 3 de Tishrí cae en Shabat, se aplaza el ayuno al Domingo, pues, a excepción de Yom Kipur, ningún ayuno puede tener lugar en Shabat.
  3. Una persona enferma, aun si gravedad, esta exenta de ayunar en Tsom Guedaliáh. (Ver las leyes concernientes al ayuno del 17 de Tamuz).
  4. Las madres embarazadas y las que están en periodo de lactancia.
  5. Los ancianos deben consultar a su médico para hacer este ayuno.

Fuente utilizada para esta bitácora: Estudio del Tzom Guedaliah hecho por por los rabinos Arie Leiv Nivin y Shraga Simmons


Hidratación Celestial

P.A. David Nesher

 

«El Eterno hará que la lluvia de tu Tierra sea polvo y tierra; del cielo descenderá sobre ti hasta que seas destruido.»

(Deuteronomio/Devarim 28:24 – parashá Ki Tavó)

Habiendo aprendido cuáles son los niveles de interpretación para la Torah (es decir el PaRDeS) Podemos decir que en este pasuk (versículo), desde una interpretación en el nivel Peshat (literal) Yahvéh asegura que una Israel desobediente sería maldecida en su clima, y perjudicada en su producción agrícola.

Sin embargo, desde una interpretación más profunda (Sod), encontramos que en este texto existe una codificación de Luz maravillosa. La expresión hebrea “cielo” hace referencia al dador, mientras que la expresión “tierra” hace referencia al receptor.

Entonces el “cielo”, el dador, debe transmitir frescura e hidratación con mensaje llenos de bendiciones, simbolizado en la misión de la “lluvia” misma sobre la tierra. Por eso, la Instrucción divina revela que lo triste es cuando el “cielo” solo genera “polvo”, es decir, un mensaje seco y desabrido, lleno de rigor, que establece juicios y produce maldiciones.

Entonces este pasuk revela que la bendición ocurre cuando los que tienen que influenciar transmiten una Torah fresca y “humectada” que señala hacia la obra redentora del Mesías.

¡No Te Duermas en tus Laureles!… ¡La Batalla aún No ha Terminado!

Por P.A. David Nesher

 

«Cuando salgas a la guerra sobre tu enemigo …»

(Dt 20: 1)

Entre las naciones, a lo largo de la historia humana, ha existido una guerra que se libra cuerpo a cuerpo contra el enemigo que invade y destruye el patrimonio de una nación. Cada vez que esto sucede, los soldados salen a salvaguardar la seguridad del país que ha sufrido afrenta. Pero, en nuestros días somos testigos de otro tipo de guerra. Un conflicto internacional es más difícil de librar: la lucha contra el terrorismo fundamentalista. Esta guerra se destaca en el hecho de que el adversario se encuentra dentro de la misma nación, viviendo en alguna ciudad de la misma. Muchas veces es un ciudadano nativo que ha sido fascinado por los dogmas y la cosmovisión de dichos sentimentalismos del terror. Este enemigo, se comporta la mayoría de las veces como un aliado de la causa nacional, esperando el momento exacto para cometer el atentado que debilite la vida de dicho país, llevando a todo el territorio al desbalance y el caos.

De igual modo, todo redimido en la sangre de Yeshúa debe aceptar que vive un constante enfrentamiento ideológico contra su yetzer hará (tendencia al mal) descripto por el apóstol Pablo en el capítulo 7 de su carta a los romanos. Ese instinto maligno, en las manos del adversario (HaSatán) tiene por misión terrorista intentar que el miembro de la asamblea de primogénitos de Yahvéh se aparte del camino de la justicia, trazado por Yeshúa el Tzadik (Hechos 22:14). Esta tendencia al mal, es nada más y nada menos que el «veneno de la serpiente«, que implantado en el fluir psíquico de cada hombre, se muestra como una falta identidad de cada persona humana. Estoy refiriéndome al ego, esa cáscara que el oponente (HaSatán) ha instalado en la humanidad caída, y que logra una programación anárquica en la mente de cada individuo de la misma, mediante los dogmas del sistema reptiliano, que el mismo adversario gobierna.

Para conseguir que el ego se manifieste mediante el yetzer hará, HaSatán utiliza todo tipo de artimañas para engañarnos y así conseguir su vil cometido. Entre tantas estrategias que utiliza, la que mejor funciona es la de hacernos pensar que ya lo vencimos, y que podemos continuar tranquilos nuestra marcha por esta vida. Este será el principio de la perdición de quien se jacta de su aparente triunfo, una vez más el oponente habrá logrado recapturar a su antigua víctima.

Por eso nos advierte la Torah: «Cuando salgas a la guerra contra tu enemigo» … Esta expresión divina quiere significar en su codificación:

“Si te mantienes alerta, si tomas las medidas precautorias y estás consciente de que cada día debes salir a la guerra contra tu enemigo (el ietzer hará )”, ENTONCES Yahvéh lo entregará en tu mano y podrás vencerlo.»

Por lo tanto, la parashá de esta semana nos llama a reconocer que si no fuera por la Presencia bendita del Eterno, a través del Espíritu de Su Hijo, el redimido en Su sangre no podría vencer a su inclinación malvada.

Por eso te solicito que nunca te confíes, ¡no te duermas en los laureles!, pues aunque le hayas ganado un poco de terreno, la fuerza del mal nunca se rendirá. HaSatán es una fuerza que trabaja contra ti 365, 24, 7 (los 365 días del año, durante las 24 horas, de cada una de las semanas). En otras palabras, el oponente nunca descansa. Pero hay una buena noticia (betsorah): ¡La Luz Infinita (Or EinSof) tampoco descansa! Por eso, ella ha prometido estar contigo «todos los días hasta el fin del sistema de cosas» (Mateo 28:20).

¡Así es, tendrás que luchar contra él durante toda tu vida! Esa lucha terminará cuando el Eterno haga sonar su Trompeta final, anunciando el triunfo de la fe. En ese momento se verá quién fue el vencedor y quién el vencido.

Por eso debemos cuidarnos de nunca pensar que ya lo vencimos, porque esa es su arma más letal. La táctica por emplear es ir ganándole poco a poco. Para eso tenemos armas que no son de este mundo (2 Corintios 10:4-6). Ellas son primordialmente: la meditación en la Torah, el estudio y la praxis de los mitzvot y la vida de tefilah (oración de alianza).

Considerando todo esto, debo agregar en mi consejo que la más pequeña victoria que obtengas en tu cotidianidad sobre el espíritu maligno, apréciala como significativa para tu propósito, de forma que sea un peldaño hacia una victoria mayor. Desde ello, aprende a ser más cauteloso, aceptando que mientras más te fortalezcas, el enemigo lo hará también…

Para que esto se entienda mejor, te invito a considerar esta historia.

Cierta vez un campesino se dirigió a la ciudad para abastecerse de comida y todo lo necesario para su familia. Entró a una tienda y pidió harina.

_ “¿De qué tamaño quieres tu bolsa?”, preguntó el tendero.

_ “Pues… una grande”, respondió el cliente.

El vendedor le mostró un costal que se encontraba cerca de una de las paredes.

_ “Aquí tienes tu bolsa. Dentro del costal vas a encontrar una pequeña pala para que te surtas de toda la harina que desees.”

El campesino fue hacia el costal, lo abrió y comenzó a llenar de harina la bolsa que había recibido. Llenó la bolsa hasta un cuarto de su capacidad y la entregó al tendero, quien la colocó en uno de los platillos de la balanza y, del otro lado, colocó las pesas medir.

_ “¿Quieres aumentar la cantidad de harina, o así te parece bien?”, preguntó al campesino.

El aldeano fue hacia el costal, tomó la pala y la vació en la bolsa que todavía se encontraba en la balanza.

_ “¿Eso es todo lo que quieres llevar?”, preguntó de nuevo el tendero con amabilidad.

_ “¿Puedo agregar más?”, preguntó el campesino con timidez.

_ “¡Claro, hombre! ¡Toma todo lo que desees!”, fue la respuesta del tendero.

El cliente dijo con entusiasmo: “Mi abuela me enseñó que no debe despreciarse ningún ofrecimiento, así que con permiso…”.

Tomó la bolsa, la llevó hacia el costal y la llenó hasta el borde. La llevó a la balanza y la depositó de nuevo en el platillo. El tendero colocó del otro lado las pesas correspondientes y le dijo:

_ “Son cincuenta rublos”.

_ “¡¿Cincuenta rublos!?”, dijo sorprendido el campesino.

_“Mi esposa me pidió un solo rublo de harina. ¿Cómo pretendes que te pague cincuenta?”.

_ “¡Si serás necio!”, le gritó el tendero.

_ “¿Por qué me hiciste perder mi valioso tiempo con tus juegos? ¡¿Crees que no tengo cosas que hacer en todo el día..?!”. “¡Tú tuviste la culpa!”, se defendió el campesino. “Tú me incitaste una y otra vez a agregar harina a la bolsa.”

_ “¡Eres más necio de lo que creí!”, le dijo el tendero. “¿No sabes que nada en la vida es gratis? ¿Acaso no te fijaste en que por cada palada de harina que ponías en la bolsa yo agregaba la misma cantidad en peso del otro lado de la balanza, y el precio subía equivalentemente…?”. [Tomado de: Mathamim LeShulján Shabat; Perashat Vayikrá]

En ocasiones la persona olvida que nada en esta vida es gratis. No se da cuenta de que a cada “cucharada de harina” que adquiere le están agregando al mismo tiempo, en el otro platillo de la balanza, el peso equivalente al mal instinto que acompaña cada “éxito” que obtiene. Cuanto más elevado sea el nivel que alcance una persona, mayor será la lucha que debe librar contra su fuerte impulso al mal.

¿Desafío difícil? ¡Vaya que lo es! Pero es para el bienestar de la persona. Si fuera de otra manera, se convertiría en una contienda desigual y el propósito de la creación del hombre ya no tendría razón de ser debido a que, desde la caída, cada ser humana vino a este mundo a ganarse, por medio de la lucha contra su instinto negativo, su lugar en el Mundo Venidero.

Antes de enfrentar a un enemigo, lo primero que debemos hacer es conocer sus fortalezas y sus debilidades. ¿Sabes dónde se encuentra el instinto maligno? En los lugares que piensas que no se encuentra. Él intenta incansablemente encontrar tu lado débil, para hacerte caer en sus engaños. Otra de sus artimañas es apresurar a su víctima a cometer el acto; cuando se te antoja algo, te apremia para que actúes precipitadamente con el fin de no darte tiempo para reflexionar, pues si piensas en lo poco que dura el gusto te darás cuenta de que no fue tan placentero ni tan delicioso como te lo presentó.

Otra de sus estrategias es menospreciar lo bueno que haces. Te hace pensar que no es gran cosa, que podrías hacerlo mejor; hasta te muestra otros que te superan en el acto en cuestión y te dice: “¿Para qué sigues? No lo haces tan bien”. Y después de perder el valor de tus acciones, pierdes la alegría, quedando impuro en tu alma. Es entonces que te encuentras vulnerable para caer en el pecado. Por eso los sabios de Israel siempre aconsejaron: “Aléjate de toda tentación y de toda persona que pudiera influenciarte para pecar”. Desde este dicho se fundamentaba el apóstol Pablo al decir a los creyentes de la ciudad griega de Corinto:

«¡No se dejen engañar! Bien dice el dicho, que «Las malas amistades echan a perder las buenas costumbres.»

(1 Corintios 15:33)

¿Cuál es la debilidad del yetzer hará? ¿Cómo podemos contener su ataque?

El Todopoderoso puso en nuestras manos ciertas defensas que, si las utilizamos adecuadamente, nos ayudarán a lograrlo. Primero necesitamos saber qué es lo que HaSatán busca cuando nos tienta usando el yetzer hará. Este villano atenta contra nuestra vida. Los 120 años que Yahvéh nos concede en este mundo no le interesan; el adversario va sobre algo mucho más valioso: quiere abatir la vida eterna. Si tenemos esto siempre presente, vamos a defenderla sin tregua. Sacaremos, si es necesario, nuestras fuerzas ocultas para huir del peligro que nos acecha.

Hay una frase llena de sabiduría que se encuentra en la Guemarah, que dice:

“Si te encuentras con ese villano (el yetzer hará), llévalo al Bet HaMidrash. Si es una roca, se desmoronará; si es de hierro, se hará pedazos”

(Sucá 52b)

Este es el consejo exacto. El Bet HaMidrash (Templo Santo) es ese momento de encuentro íntimo que un creyente en el Mesías se asegura para estar meditando los secretos celestiales revelados en la Torah. Sin embargo, para lograr esto exitosamente, hay una condición divina: Ki Tetzé (“cuando salgas”), es decir, cuando te sientes a estudiar en tu interioridad o aposento, “sal” primero de tu negocio, de tu casa, de cualquier cosa que pueda distraerte; y así Yahvéh pondrá en tu mano a tu enemigo interno, el ego, que busca vencerte por medio de yetzer hará.

La inclinación al mal (yetzer hará) ataca principalmente el estudio de la Torah. Ella trata de evitar con todas sus fuerzas que la persona estudie la Instrucción del Eterno. Porque una pequeña porción de luz aleja mucha oscuridad. Por eso, el antídoto contra ese enemigo es la Torah. Si tú la estudias y meditas, no caerás en su trampa.

¿Quién Reina en tu «Reino»?

«Jueces y policías pondrán para todos en los puertos de las ciudades que YHVH te da para habitar y juzgarán al pueblo con justicia»

(Devarim/Deuteronomi 16:18).

 

Así comienza la parashá  (porción) de la Torah que nos toca investigar esta semana.

En la cosmovisión hebrea dada por el Creador, la función de un juez es decidir qué es lo que se debe dejar pasar por las puertas de una ciudad. A su vez, la función del policía, es controlar que lo que ingresa sea exactamente lo que ha determinado el juez.

Pero, ¿pasar adónde? ¿Cuáles son estas puertas? La codificación de este mitzvot revela que se trata del individuo, y que las entradas son los cinco sentidos. Y pasar no sólo implica lo que entra, sino también lo que sale (por ejemplo, lo que se dice, en el caso de la boca).

La clave de todo esto está en saber si lo que dejo atravesar esas puertas me altera espiritualmente, si me acerca al mal (al RA, el deseo egoísta) por medio del yetzer hará (tendencia al mal) que me acompaña y hostiga desde el día de mi nacimiento.

Para corregir estas conductas nocivas es necesaria una gran dosis de voluntad y, principalmente, entronar a un rey que nos gobierne y conduzca nuestros actos para llevarnos hacia la evolución espiritual diseñada en el propósito eterno de Dios. No se trata de un gobernante externo, que nos diga qué hacer, sino de uno interno. Acudir a otro para resolver nuestros problemas hace que le cedamos también el beneficio espiritual que resulte de nuestra acción. Se trata de Aquel que, siendo la Luz Infinita, habitó entre los hombres en forma de hombre y hoy ha sido coronado como el Rey de reyes y Señor de señores. Estoy hablando de Yeshúa HaMashiaj.

Esta semana, indaga en esas cosas que haces aunque sabes que te perjudican y esfuérzate por cambiar al menos una. Si crees que no vas a poder con ella, un secreto puede ser elegir uno de los 248 preceptos positivos que sientas que podrás cumplir, y usar la energía ganada para debilitar la fuerza opositora del cuerpo.

Aprovecha la energía presente que te otorga la presencia del Rey y corona a tu conciencia para que Él reine en ti, enseñándote los secretos del Cielo que se esconden en la Instrucción (Torah) divina.

Shalom!

 

La Jalah (Pan de Shabat) y la Trascendencia de Tu Familia

Por P.A. David Nesher

 

 

Lectura que conviene hacer antes de hacer la Jalah:

וְרֵאשִׁית כָּל-בִּכּוּרֵי כֹל וְכָל-תְּרוּמַת כֹּל מִכֹּל תְּרוּמֹתֵיכֶם לַכֹּהֲנִים יִהְיֶה וְרֵאשִׁית עֲרִיסוֹתֵיכֶם תִּתְּנוּ לַכֹּהֵן לְהָנִיחַ בְּרָכָה אֶל-בֵּיתֶךָ

VERESHÍT  KOL-BIKURÉ  JÓL  VEJOL-TRUMAT  KÓL  MIKÓL  TRUMOTEJÉM  LAKOHANÍM  IHIÉH  VERESHÍT  ÄRISOTEJÉM  TITENÚ  LAKOHÉN  LEHANÍAJ  BRAJÁH  EL-BETÉJA

“Y las primicias de todos los primeros frutos de todo, y toda ofrenda de todo lo que se ofreciere de todas vuestras ofrendas, será de los sacerdotes; daréis asimismo las primicias de todas vuestras masas al sacerdote, para que haga reposar la bendición en vuestras casas” 

(Yejezkél/Ezequiel 44:30)

וִיהִי נֹעַם אֲדֹנָי אֱלֹהֵינוּ עָלֵינוּ וּמַעֲשֵׂה יָדֵינוּ כּוֹנְנָה עָלֵינוּ וּמַעֲשֵׂה יָדֵינוּ כּוֹנְנֵהוּ

VIHÍ  NOÄM  ADO-NÁI  ELO-HÉNU  ÄLÉNU  UMAÄSÉH  YÁDENU  KONENÁH  ÄLÉNU  UMAÄSÉH  YADÉNU  KONENÉHU

“Y sea la gracia del Señor nuestro Dios sobre nosotros.

Confirma, pues, sobre nosotros la obra de nuestras manos; sí, la obra de nuestras manos confirma” 

(Tehilim/Salmo 90:17)

Debes saber que cuando haces la Jalah el Creador del Universo se convierte en tu pareja, tu socio de alianza en la vida. Disciernes que en tu casa, donde Shabat ha sido aceptado como el alma de la semana, hacer pan se convierte en algo más elevado; algo esencial de la manera en que Shabat conecta los dos mundos, el espiritual y el material (99 % con el 1%) en los cuales vivimos.

En realidad, debo decir que la palabra «jalah» en hebreo no significa pan, masa, o cualquier otra palabra de las que al parecer describen estos panes exquisitos. La raíz de la palabra es jol que significa «corriente» o «secular«. Con esto en mente comprendemos el mensaje que proclamamos al cumplir este mitzvah: la vida «corriente» tiene una fuente sagrada, y es nuestra responsabilidad usarla bien. Esto es especialmente correcto en relación al pan. Nada es más «corriente» que comer. Sin embargo, en un nivel intuitivo, nos podemos conectar con la energía mística de la tierra misma al hacer pan, en la sensación y la textura. Nos debe tocar profundamente, y la halajah (literalmente, «la manera de caminar«) nos dice como usar bien este poder.

Por eso, literalmente, Jalah es un mitzvah (mandamiento) en la Torah (Números 15:17-21), el cual nos impone separar un pedazo de masa cada vez que horneamos, como dice:

«…Será cuando comas el pan en la tierra, deberás separar un pedazo [de masa] para Dios.»

Por todo esto, los sabios estudiosos de los secretos de la Torah aseguran que observar el mitzvah (mandamiento) de separar la Jalah causa bendiciones en el hogar de la mujer. La mujer tiene tanta influencia en el moldeo de las actitudes y valores de los miembros de su familia que inspira emuná/fe en todos los miembros.

La mitzvah de separar la Jalah es símbolo de la práctica entera del Kashrut (leyes de alimentación de la Torah), con el énfasis de elevar lo físico y mundano a lo santificado y puro. En este ritual, el ama de casa proclama que tanto ella como su familia aceptan que la comida es la fuente de energía para el cuerpo y para el alma. Así, y a medida que prepara alimentos para el Shabat, la mujer utiliza el tiempo para darle gracias al Eterno por la comida y para pedir todo lo que tu corazón desee.

¿Por qué la Jalah es de tan grande significación?

La Torah se refiere a la Jalah como reishit, que se traduce como «lo primero«, relacionado con la primera palabra de Génesis, Bereishit («en el comienzo»). La Jalah es llamada «lo primero» porque es primordial para el propósito del mundo. Por esto el Midrásh, en Parashát Bereshít, describe que Adán fue creado del polvo que fue recogido de la Tierra. Formado de 4 elementos. Es decir que la Jalah, representa al primer hombre, Adán, que fue separado de la masa del Mundo.

Así como la Jalah es la Comida y la Berakah (bendición) más elevadas de todas las comidas, el hombre es la Creación más elevada y espiritual del mundo. Cuando Javah/Eva causó que su esposo tomara del fruto del Etz HaDaät (Árbol del Conocimiento), a ella fue asignada la Mitzváh de rectificar el pecado.

Desde este simbolismo el Maharal explica más esta idea señalando que el mundo es como un humano enorme y que cada humano es como un mini-universo. Así como el mundo es tierra y agua, de la misma forma está compuesto el humano de tierra (comparada con harina) y espíritu e intelecto (comparado con agua). Los humanos, una combinación de cuerpo y alma, harina y agua, son como una masa. Al separar la Jalah consagramos nuestra identidad multifacética, la «masa». Como resultado, el Eterno nos permite usar su masa en el proceso de rectificarnos a nosotros mismos y al mundo. Uno de los grandes sabios y místico, el Shla, lleva ésta idea aun más allá. Comienza preguntando una pregunta clásica que ha sido planteada por eruditos a través de los siglos. Estar vivo significa que el alma está en el cuerpo. Para vivir, debemos comer. Sin embargo, ¿qué tiene el comer que mantiene al alma (la cual claramente no necesita nutrientes) dentro del cuerpo?

El Shla explica que todo lo que observamos en este mundo tiene un paralelo espiritual. La nutrición que la comida le da al cuerpo tiene una nutrición paralela que mantiene el alma. «El hombre no vive sólo de pan, sino que por lo que viene desde la boca de Dios vive el hombre» (Deuteronomio 8:3). La Torah nos dice que mientras basta sólo con pan para mantener el cuerpo, es la Palabra de Dios (oculta entre las propiedades físicas del pan) la que mantienen el alma. Y separar Jalah inicia este proceso de alimentación espiritual.

Por ello, cuando la Jalah está lista y horneada, la mujer ha declarado ante los Cielos que el cuerpo de cada integrante de su familia se ha unido firmemente a la neshamá o alma superior, que es el Trono mismo del Espíritu divino. De esta manera, cada miembro de su hogar está declarado completo y puro

El rabino Ben Ish Jái dice que cuando la mujer comienza dando Tzedaká (dinero para caridad). En ese momento, el cumplimiento de su misión es un “Et Ratzón”, es decir que es el momento cuando Dios está disponible para escuchar tus súplicas.

La práctica de amasar Jalah, convierte a la casa de esa mujer en un símbolo del Beit Hamikdásh (Templo Sagrado). Por eso, ella oficia como el Kohén Gadol (Sumo Sacerdote), preparando la comida para su familia. Su cocina es un lugar sagrado: la mesa es el Mizbéaj (altar), la comida es como un Korbán (ofrenda). Por lo tanto, cuando ella hornea la Jalah, participa de un buen tiempo para orar clamando por la transformación de su hogar y, desde este, la rectificación del mundo.

En el tiempo del Beit Hamikdásh, se tenía una Mitzvah especial: traer los pedacitos de Hafrasat Jalá al sacerdote como ofrenda. Esta era la manera de agradecer a Yahvéh por la comida que le pertenecía. Hoy, no tenemos Beit Hamikdásh (el Templo de Jerusalem) y las ofrendas no están permitidas comer. Sin embargo, la mujer continúa separando la Jalah como siempre ella lo hizo, sin embargo los pedacitos son quemados, y está prohibido consumirlos.

Apreciada mujer, debes comprender y aceptar que el separar la Jalah, estas diciendo en nombre de tu familia que Yahvéh está acá en el mundo físico. Estas proclamando que Él es la Fuente de nuestros espíritus, de nuestras almas, de nuestros cuerpos, y de las fuerzas que los sostienen. ¡Él es Uno, y nada está separado de su unidad trascendental.

INCLUYE AL PUEBLO DE ISRAEL EN TODAS TUS ORACIONES.

Mujer redimida, tienes que ser específica en lo que pides cuando elevas tu oración mientras haces la Jalah.

Cuando pidas por vida larga para ti o para alguien especifica que esa vida incluya con salud, bienestar, felicidad, parnasá tová (sustento divino) y en el derecho de la Toráh.

Cuando pidas que alguien tenga hijos, especifica que nazcan y crezcan con salud y alegrías, que tengan satisfacción en sus vidas y se dirijan en el camino debido y correcto. Que encuentren sus zivuguim tovim (buenas parejas) y que tengan a su vez la alegría de tener descendencia saludable y en el buen camino hacienda Mitzvót y Tefilót.

Se dice que todo el que coma de este pan sea bendecido con salud, parnasá tová, amor, etcétera.

Supervisen con reflexión cuanta santidad y amor se pone en cada ingrediente, en el amasado y cuando se hornea , que cuando estamos en la mesa frente a este pan y lo bendecimos para comer pidiéndole al Eterno lo que estamos comiendo y bendiciendo las chispas espirituales que hay en cada alimento esto entra a nuestro organismo para salud y bendición.

Y así vemos milagros en nuestro cuerpo , en nuestra vida y en la vida de nuestros seres queridos.

¡Es muy importante que cada mujer bendiga y separe su jalah!

¡Que veamos milagros!

SHABAT SHALOM!

 

Nota: 

Si quieres saber más sobre este diseño profético puedes leer también: Un Pan para Elevar la Conciencia (El Precepto de la Jalah)

¡Abre los Ojos!… ¡Observa en qué Monte estás! (Bendición o Maldición)

Por P.A. David Nesher

 

“Y acontecerá, que cuando Yahvéh tu Dios te lleve a la tierra donde entras para poseerla, pondrás la bendición sobre el monte Guerizim y la maldición sobre el monte Eival. 
¿No están ellos al otro lado del Yardén, más allá, hacia la puesta del sol, en la tierra de los cananeos que habitan en el Aravá, lejos de Guilgal, junto al planicie de Moré?” ”

(Devarim/Deuteronomio 11:29 -30) 

 

Para comenzar diré que la correcta interpretación de estos versículos requiere que recordemos que Moshé estaba aquí preparando a la nueva generación del pueblo de Israel para entrar a poseer la Tierra Prometida. Ésta era una tierra “donde fluía leche y miel”, metáfora que describe que está llena de bendiciones.  Pero también era una tierra cuyo propósito dependería de las  “decisiones” o “elecciones” de sus moradores.

Moshé les dijo a los israelitas que cuando Yahvéh los introdujera en la tierra que iban a poseer, tendrían “que dar la bendición sobre el monte Gerizim y la invocación de mal sobre el monte Ebal” (Dt. 11:29, 30). También dijo que seleccionaran grandes piedras no labradas, las blanquearan con cal y las erigieran en el monte Ebal. Además, tenían que edificar un altar sobre el que presentar sacrificios a Yahvéh. Moshé también indicó:

“Y escribirás muy claramente en las piedras todas las palabras de esta Torah”.

(Deuteronomio 27:1-8)

Así pues, cuando Israel cruzó el río Jordán, las tribus de Rubén, Gad, Aser, Zabulón, Dan y Neftalí se pusieron “de pie para la invocación de mal en el monte Ebal”, y las demás tribus lo hicieron “para bendecir al pueblo en el monte Guerizim”. Acto seguido, se enumeraron las bendiciones que recibirían los que obedecieran la Instrucción (Torah) de Yahvéh, así como las maldiciones que les sobrevendrían a los que la quebrantaran (Dt. 27:12-14). Cuando se pronunciaron las maldiciones por la desobediencia, todo el pueblo tuvo que decir “¡Amén!”, es decir, “¡Así sea!”, para mostrar que estaba de acuerdo con el hecho de que los practicantes de iniquidad merecían ser condenados (Dt 27:15-26).

Después de la victoria de Israel en Hai, Josué cumplió las instrucciones de Moshé y edificó un altar a Yahvéh en el monte Ebal. Escribió sobre piedras (quizás las del mismo altar, aunque no necesariamente) “una copia de la Torah de Moisés que él había escrito delante de los hijos de Israel”.

Más tarde, enfrente de la congregación de Israel (con sus residentes forasteros) reunida como Moisés había mandado, Josué “leyó en voz alta todas las palabras de la Torah, la bendición y la invocación de mal, conforme a todo lo que está escrito en el libro de la Torah”. La mitad de la congregación estaba de pie frente al monte Ebal y la otra mitad frente al monte Gerizim, y el arca del pacto y los levitas se encontraban entre los dos grupos (Jos 8:30-35). Las laderas del monte Ebal y del monte Gerizim proveyeron una acústica excelente para la ocasión. Es digno de mención que todos estos sucesos tuvieron lugar en las proximidades del centro geográfico de la Tierra de Promisión, cerca de donde el Eterno había prometido esta tierra a Abrán (Abrahán), el antepasado de Israel. (Gé 12:6, 7)

Según la tradición, los levitas que estuvieron de pie entre los montes Ebal y Gerizim miraban hacia el monte Guerizim al pronunciar una de las bendiciones, a la que el pueblo congregado contestaba “¡Amén!”. Luego se dice que se volvían hacia el monte Ebal para pronunciar una de las maldiciones, a la que los reunidos en aquel lado decían “¡Amén!”.

Cuando leemos el evangelio del apóstol Juan, en su capítulo 4, nos encontramos con diálogo que trata de responder a una discusión religiosa. En dicha escena, Yeshúa y una samaritana, están hablando sobre el lugar correcto de adoración. En este caso la palabra adoración tiene que ver con el culto de los sacrificios. Los samaritanos sostenían la idea de que Gerizim fue elegido como el monte donde el Eterno iba a poner su Nombre y siguen sacrificando animales allí.

¿Por qué el Monte Gerizim fue elegido para representar las bendición y el Monte Eiva (Ebal) para las maldiciones? 

Cuando nos dice qué montañas usar, la Torah no da una razón por la cual una montaña debe ser elegida para pronunciar bendiciones, y la otra para maldiciones.

Quizás sea conveniente saber que el Har (monte) Eival, 940 metros sobre en nivel del mar, está al norte y el Har (monte) Guerizim, 880 metros sobre en nivel del mar, está al sur. En el valle entre los dos montes se encuentra la ciudad de Shejem (Siquem). Desde tiempos antiguos existía una ruta muy importante que pasaba por ese lugar. La misma conectaba a Israel con el resto del mundo. Fue un lugar de encuentro para los viajeros entre el norte, el sur, el este y el oeste. Es aquí fue donde Avraham construyó su primer altar (cf. Génesis 12:6-7), y aquí fue sepultado Yosef (cf. Josué 24:32).

Lo cierto es que la ubicación del monte Gerizim al sur y el monte Eival hacia el norte, dentro de la geografía bíblica tiene una interesante codificación lumínica. El norte a menudo se identifica con el mal (Jer. 1:14). Además, a lo largo del Tanak se dan en relación con el sur, la derecha, y el norte, la izquierda, siendo la derecha representación de la benevolencia divina (jesed) y la izquierda símbolo del opuesto, es decir el rigor (guevurah) del Eterno (ver Eclesiastés 10: 2).

Además de que Har Gerizim está al sur y Har Eival al norte, el Rav Shamshon Refael Hirsh dice algo interesante en el sentido de que Har Grizim estaba ubicado en el lado sur, al lado de Shechem (Siquem). Tenía un impresionante paisaje, hierba bellamente cultivada y muchos tipos de alimentos crecían en ella; estaba lleno y próspero con una abundancia de flora. Por otro lado, Har Aival se encontraba adyacente a eso, hacia el lado norte de la porción de Efraín. Estaba vacío y estéril. Nada creció en esta montaña y parecía no tener vida vegetal.Estas dos montañas, que estaban una al lado de la otra, presentaban la visualización más llamativa de berakah (bendición) y klalah (maldición). Ambos están siendo nutridos por el mismo suelo, la misma agua y el mismo viento. Sin embargo, Har Aival era estéril de todos los arbustos, mientras que Har Grizim estaba lleno de exuberante vegetación, todo el camino hasta la montaña. Vemos que berakah y klalah no dependen de apariencias externas; ellos yacen dentro del corazón de una persona. Bendición y maldición son dos energías que se encuentran dentro del anhelo e interés de una persona.

Existe otro dato geográfico interesante que permite entender los lineamientos proféticos de esta elección. Al colocarse en Shejem (Siquem), mirando hacia el norte, donde está la montaña Eival, sobre la cual se pronunció la maldición, la espalda está hacia Yerushalayim. Al voltearse hacia el sur, la montaña de bendición estará delante y, más allá, está la montaña escogida por Yahvéh, el monte Tzión. Quizás, entonces, también se entendía como un mensaje velado de que las bendiciones de Yahvéh llegan cuando hacemos de Jerusalén y el Templo Santo (Beit Hamikdash) el centro de nuestras aspiraciones, y todo lo contrario cuando los abandonamos, tal como tristemente ocurrió con las seis tribus que están paradas en el monte Eival (más cuatro de las en Gerizim) terminaron haciéndolo.

Los rabinos discuten si realmente se puede hablar de una montaña de maldición y otra de bendición. Según Rashí, esto se refiere a que la bendición y la maldición son enunciadas sobre estos dos montes respectivamente. El Targum lo traduce: “Pondrás los que bendicen…” El sabio intérprete Najmánides escribe que la bendición y la maldición no están ligadas a esta o aquella montaña. No podemos pensar que la maldición venga de una montaña, sino que aquí encontramos una forma pedagógica de ilustrar las dos realidades. El pueblo tenía que pronunciar la bendición hacia una montaña y la maldición hacia la otra montaña.

La enseñanza divina es evidente, la bendición no es algo que viene automáticamente con nuestra Salvación. ¿Cuál es el costo para que las bendiciones del Eterno se manifiesten aquí en la Tierra? La obediencia de todo corazón.  Cuando el Eterno tiene todo nuestro corazón en sacrificio vivo, sus mandamientos no son “gravosos”, sino que podemos “deleitarnos” en obedecer y servir al Señor, santificando Su Nombre.

Cuando se enfrentan con elegir entre caminar en las bendiciones o caminar en las maldiciones, todas las personas sanas eligen la bendición.

Sin embargo, esta Parashá deja en claro que las bendiciones obedecen a la Torah. Y muchos encuentran la obediencia difícil mientras luchan contra la tentación y la debilidad de su carne.

Como seguidores de Yeshúa (Jesús) el Mesías, el deseo de nuestro corazón más profundo es obedecer a Yahvéh, guardar Sus caminos y así santificar Su Nombre. El Espíritu de Dios en nosotros nos impulsa hacia la obediencia. Más que eso, nos faculta para ser obedientes.

Sin embargo, la obediencia no es automática. Primero debemos descubrir qué es la santidad.

La obediencia guiada por el Espíritu es el corazón de nuestra fe y la voluntad de nuestro Abba para nosotros. Mientras algunos excusan su desobediencia diciendo que es demasiado difícil, en realidad es mucho más difícil vivir con las consecuencias de la desobediencia.

«Es mucho más fácil hacer lo que Dios nos ordena que hagamos, sin importar lo difícil que sea enfrentar las responsabilidades de no hacerlo» (BJ Miller).

«¿Cómo te atreves a dar el Diezmo?»

Por P.A. David Nesher

«Indefectiblemente diezmarás todo el producto del grano que rindiere tu campo cada año. Y comerás delante de Yahvéh tu Dios en el lugar que Él escogiere para poner allí su nombre, el diezmo de tu grano, de tu vino y de tu aceite, y las primicias de tus manadas y de tus ganados, para que aprendas a temer a Yahvéh tu Dios todos los días. 
Y si el camino fuere tan largo que no puedas llevarlo, por estar lejos de ti el lugar que Yahvéh tu Dios hubiere escogido para poner en él su nombre, cuando Yahvéh tu Dios te bendijere, entonces lo venderás y guardarás el dinero en tu mano, y vendrás al lugar que Yahvéh tu Dios escogiere; y darás el dinero por todo lo que deseas, por vacas, por ovejas, por vino, por sidra, o por cualquier cosa que tú deseares; y comerás allí delante de Yahvéh tu Dios, y te alegrarás tú y tu familia. Y no desampararás al levita que habitare en tus poblaciones; porque no tiene parte ni heredad contigo. 
Al fin de cada tercer año, sacarás todo el diezmo de tus productos de aquel año y lo depositarás en tus ciudades. Y vendrá el levita, que no tiene parte ni herencia contigo, y el forastero, el huérfano y la viuda que habitan en tus ciudades, y comerán y se saciarán, para que el SEÑOR tu Dios te bendiga en toda obra que tu mano haga.»

(Devarim/Deuteronomio 14:22-29)

En la porción de esta semana, nos toca investigar y meditar en la ordenanza del maáser (el diezmo) que debía separar el campesino en en la tierra de Israel, durante el tiempo del Bet HaMikdash (Templo). El tema, en los espacios del cristianismo, es en verdad muy controversial y hostilizado como todo lo que tiene que ver con dinero, y a decir verdad, es muy difícil permanecer indiferente sin volcarse apasionadamente a uno de los bandos. En esta bitácora no pretendo sumar algo a dicha controversia, ya que considero que de acuerdo a la mal entendida «teología de la gracia» que la mayoría de las denominaciones cristianas profesan, el diezmo no debería ser practicado ya que pertenece al ámbito de lo que los dogmas llaman Antiguo Testamento.

En verdad, lo que quiero hacer en este estudio, es compartir con los que creemos que la Torah (y por consiguiente los Profetas y Escritos) sigue estando vigente como manual que conduce a los secretos de la Sabiduría de lo Alto, los beneficios que otorga la conciencia de Maaser (Diezmo).

Según la Torah divina cada terrateniente debía separar sus frutos y cereales en los siguientes tipos de ofrenda:

  • Terumah,
  • Maaser Rishón,
  • Maaser Shení y
  • Maaser Aní,
  • además de los primeros frutos que se llevaban al Bet HaMikdash (bikurim, las primicias).


La Torah, en realidad, en su hebreo original dice en el versículo 22: “aser te`aser” (que puede traducirse: «diezmar diezmarás«); es decir: «irremisiblemente» o «indefectiblemente» diezmarás…. Y medio de un juego de palabras (los Sabios) las interpretan como: “aser bishbíl shetitasher”, que se traduce: «Da el diezmo para que te enriquezcas«, o «te hagas millonario» según otros traductores (Talmud SHABAT 119ª. TAANIT 9ª).

Para captar mejor lo arriba dicho, regresemos a la expresión ”עַשֵּׂר תְּעַשֵּׂר“ [“aser te`aser” («diezmar, diezmarás)], si observamos el original notamos que la raíz de ambas  la componen las letras Áyin, Shin y Resh. Lo interesante de este dato es que la palabra riqueza posee la misma raíz;  con solo cambiar la vocal ‘a’ por la ‘o’, se forma la palabra «osher» que significa riqueza.  Así que con toda propiedad, los Sabios aseguran que se puede afirmar que el versículo dice: “Diezma  y te enriquecerás”. 

Por ende, cuando leemos la palabra indefectiblemente notamos que en la cosmovisión de los Cielos cumplir con este mandamiento es muy importante; ya que el diezmo describe dar el diez por ciento, el Eterno mandaba a que realmente fuera el diez por ciento. Se podría pensar que los israelitas podrían descubrir maneras de dar menos del diez por ciento a Dios, pero con esta palabra la pauta quedaba bien clara, el Eterno no puede ser burlado.

¿Por qué y para qué el Eterno mandó dar el diezmo? 

Porque por medio de este instrumento cósmico Él lograba grabar en las mentes de los primogénitos que el es el Dueño absoluto de todo, y que nosotros solo somos administradores o mayordomos de todo lo creado (Deuteronomio 8:18; Salmo 50:10; Hageo 2:8). Así, al dar el diezmo, el pueblo de Israel reconoce que Yahvéh es el gobernante absoluto de todo los bienes que tenemos. El propósito de diezmar era edificar el honor y la reverencia al Nombre Bendito del Eterno. En la paráfrasis de la Living Bible se lo presenta de una manera simple:

«El propósito de diezmar es para enseñarte a siempre poner a Dios primero en tu vida» 

(Deuteronomio 14:23b, Living Bible).

En la Torah se describe el diseño divino de dos tipos de diezmo, el primero y el segundo, los cuales suman el 20% de los ingresos totales de la producción anual.

El primer diezmo (en hebreo: Maaser Rishón) se entregaba enteramente a los levitas que lo pueden comer en cualquier lugar (cf. Números 18:26).

En cambio, el segundo (hebreo: Maaser Shení) se podía comer en Yerushalayim durante los años primero, segundo, cuarto y quinto del ciclo semanal de años. Cada hebreo debía separar en dichos años una décima parte de la producción anual del suelo, que incluía granos, vino y aceite.

Durante el tercero y el sexto año se entregaba el segundo diezmo a los necesitados en cada ciudad, ese diezmo es llamado el diezmo de los pobres. El séptimo año es el año sabático cuando no se podía dar el diezmo de los productos agrícolas porque durante ese año todo lo que crecía en el campo era de todos.

Ya que el diezmo se tenía que transportar a un solo lugar para toda la nación, unos se encontraban mas lejos que otros. Si alguien estaba muy lejos, se les dificultaba transportar el diezmo requerido de grano y ganado. Entonces, quien vivía demasiado lejos del Santuario para llevar a cabo el Maaser Shení, podía llevar a cabo su equivalente en dinero y disfrutar de una comida festiva con su familia y los leviím (levitas). Al final del tercero y sexto años de cada ciclo de siete, ese era el deber ser entregado a los pobres (Maaser Aní) en casa antes de ser llevado al Santuario.

El levita recibe el primer diezmo, y los pobres reciben el segundo diezmo, en los años tercero y sexto del ciclo shemitah. El comentario “Torá con Rashí”,dice al respecto:

“El diezmo (maaser) es la porción del producto agrícola que debe separarse cada año y entregarse a sus respectivos destinatarios. Los diezmos se dividen en tres partes: primer diezmo (maaser rishón), segundo diezmo (maaser shení) y diezmo del pobre (maaser aní). Su orden de separación es el siguiente: primero se separa la trumá (“porción separada”) y es entregada directamente al kohen. Luego se separa el maaser rishón, el cual es entregado al leví; de aquí el leví separa la parte llamada trumat maaser y se la entrega al kohén (ver Núm 18:26). Tercero, se separa el maaser shení y es llevado a Yerushalayim para ser ingerido allí; esto es realizado el primero, segundo y cuarto y quinto años del ciclo agrícola de siete años (ver. Deuteronomio 14:22-26). En el tercero y sexto años, en lugar del maaser shení se separa el maaser aní, el cual es entregado a los pobres (Deuteronomio 14:28-29). En el séptimo año no se separan los diezmos.”

Dar el Diezmo Garantiza Protección en los Malos Tiempos Económicos.

Cuenta la historia hebrea que existió un hombre que era muy escrupuloso al ver sus maaserot (diezmos). Poseía un campo, del cual usaba la mitad para las plantas y en la otra mitad había un estanque con agua. Cierto año hubo una sequía terrible; todo el país sufría de hambre. La comida era escasa y el agua aún más. El trigo se vendió por una moneda, que era un precio altísimo. Y se vendió la misma cantidad de agua por tres selaim. Todo el año el buen hombre se vendió a la gente del agua de su cisterna. «¡Vengan a comprar un saá de agua!», Proclamaba. «¡Rieguen los campos con esa agua y produzcan tres veces de trigo!» Este hombre fue bendecido con suficiente agua para sus propios años en un año de sequía, y también lo sobró para vender los demás, por ser muy cuidadoso con el maaser.

En en el Talmud se encuentra esta cita:

«Da el diezmo (maaser ) para que enriquezcas (titasher )». Mientras más, más va a proporcionar el Dueño de las riquezas ...»

La Torah da una promesa especial a los que entregan el diezmo fielmente. La misma consiste en que el Eterno va a bendecirlos en toda la obra de sus manos. Yahvéh bendecirá a un corazón que da alegremente. Nuestro Abba, sabe que nuestros ingresos no siempre llegan a los gastos y que es fácil preocuparse y dudar de cómo el dinero podrá llegar. Por eso Él ha dado una bendición especial al que es fiel en la entrega del diezmo. Esa bendición hace que obtengamos sabiduría de lo alto a la hora de administrar el resto para que no la malgastemos en cosas innecesarias y caras sino que encontremos artículos y comida más baratos. La bendición también hace que el dinero no se pierda ni que se rompan y se gasten las cosas innecesariamente para que los gastos sean grandemente reducidos. La bendición que está sobre la obra del que es fiel en el diezmo tiene mil maneras de manifestarse.

Según entiendo, el primer diezmo es obligatorio para los escogidos de entre las naciones, y el segundo diezmo es optativo, pero conlleva una gran bendición para toda la obra de las manos del que lo entrega.

Alguien me preguntará:

«¿Cómo te atreves a dar el diezmo? ¿Qué pasa si no puedes financiar tu economía?«

Yo le contesto:

«¿Cómo te atreves a no dar el diezmo? ¿Qué pasa si pierdes la bendición del Eterno sobre tu economía?»

Si nuestra pregunta es: “¿Qué tan poco puedo dar y aun complacer a Dios?”, entonces nuestro corazón no esta en el lugar correcto, para nada.

Por todo esto, me atrevo a decir que si tienes problemas con tu economía es porque probablemente has sido negligente con el diezmo.

¿Qué Significa ser Hijo de Dios?

Por P.A. David Nesher

 

“Vosotros sois hijos de Yahvéh vuestro Dios; no os sajaréis ni os rasuraréis la frente a causa de un muerto.”

(Devarim/Deuteronomio 14:1) 

En el año 2015, el Papa Francisco, máxima autoridad de la Iglesia Católica Romana, publicó la primera entrega de su nuevo blog, El Video del Papa, con el título “Diálogo Interreligioso”. En este corto, pero impactante video, el Papa dice entre otras cosas que “muchos piensan distinto, sienten distinto, buscan a Dios o encuentran a Dios de diversa manera”, para luego concluir afirmando que: “¡TODOS SOMOS HIJOS DE DIOS!”.

Las reacciones de sectores dentro y fuera de la Iglesia Católica no se dieron a esperar ya que dicha declaración es interpretada como controversial, infame y hasta herética aun entre su propio círculo de feligreses y seguidores. Y es que el dogmatismo que el sistema reptiliano implanta en la mente de las masas asegura desde su «espiritualidad» que todos los seres humanos somos hijos de Dios, puesto que todos los seres humanos fuimos creados por Él y que por lo tanto el Eterno nos ama como a hijos, y está intrínsecamente comprometido a bendecirnos por tal condición.

Ahora bien, cuando leemos este pasaje de la Torah que la parashá Ree nos proporciona, notamos que en primera instancia, Yahvéh revela que los hijos de Israel son los únicos llamados por El como hijos de Dios.

Al pasar los años, el mensaje del profeta Isaías deja en claro, por medio de sus oráculos, que Israel habían de alguna manera perdido la oportunidad de concretar en acto su condición de hijos de Dios, debido a su conducta rebelde:

“Oíd, cielos, y escucha, tierra, porque Yahvéh habla: hijos crié y los hice crecer, más ellos se han rebelado contra mí.”

(Isaías 1:2)

Aún así, queda claro en el mensaje profético que los hijos físicos de Israel son considerados por el Eterno como hijos suyos, incluso los que se hayan rebelado contra Él.

En el Talmud, para explicar esto, podemos leer que los sabios dicen lo siguiente:

Rabí Yehudá dijo: “Cuando os comportáis como hijos sois llamados hijos; si no, sois llamados esclavos del Eterno”.

Rabí Meír decía: “De todas formas sois “hijos” pues se dice: “Son hijos insensatos”, (cf. Jeremías 4:22; Deuteronomio 32:20).

Por ello, el apóstol Juan dejó como testimonio en su Evangelio que el Mesías venía en la misión de reunir a las dos casas de Israel, pues sus integrantes eran considerados los hijos de Dios:

“Ahora bien, no dijo esto de su propia iniciativa, sino que siendo el sumo sacerdote ese año, profetizó que Yeshúa iba a morir por la nación (judía); y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que están esparcidos.”

(Juan 11:51-52)

Hasta aquí todo es perfectamente entendible, pero aún es necesario decir algo muy importante. A las misma vez que las Sagradas Escrituras enseñan, por un lado, que los hijos de Israel son llamados hijos de Dios, por otro lado, revelan que debe cumplirse con ciertos requisitos para llegar a serlo en acto.

Nuestro Maestro fue el primero en establecer dichos requisitos, al enseñar Su yugo a aquellos primeros discípulos que lo seguían. Él mismo expresó lo que luego las comunidades del primer siglo sostendrían:

“Dichosos los de limpio corazón, pues ellos serán llamados hijos de Dios… Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos; porque Él hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos.”

(Mateo 5:9, 44-45)

Es interesante notar aquí la tensión que se da entre la expresión “para que seáis”, y la frase “vuestro Padre”. Desde esto surge el siguiente planteo: si el Eterno ya era su Padre, ¿por qué tenían que amar a los enemigos para llegar a ser sus hijos? Entonces notamos que en esta enseñanza, nuestro amado Dueño Yeshúa deja en claro que existen diferentes significados de la palabra hijo, y el hecho de tener a Dios por Padre.

Entonces, para comprender bien este tema tan profundo, nuestra alma debe continuar escuchando al Gran Maestro, quien en otra ocasión dijo lo siguiente:

“Antes bien, amad a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad no esperando nada a cambio, y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo; porque Él es bondadoso para con los ingratos y perversos. Sed misericordiosos, así como vuestro Padre es misericordioso.”

(Lucas 6:35-36)

Aquí notamos que Yeshúa vuelve a generar la misma tensión de expresiones. Por un lado Él dice «vuestro Padre» a aquellos que necesitan amar y prestar sin esperar nada a cambio para poder llegar a ser hijos de Altísimo. Evidentemente, el yugo de Yeshúa tenía una mensaje profético muy importante para todo el Pueblo Elegido. Por un lado ya eran hijos, pero por el otro necesitaban vivir de acuerdo a los mandamientos para llegar a serlo. Comparemos con dos textos escritos después de la resurrección del Mesías.

Este mensaje se sostendrá a lo largo del primer siglo en todas las comunidades de los discípulos del Camino que se establecían en el mundo. Los invito a considerar solamente dos pasajes de los Escritos Mesiánicos que demostrarán esto:

“Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados.”

(Efesios 5:1 )

Así mimo, el apóstol Pablo les escribió a los creyentes de Filipos lo siguiente:

“Para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin tacha en medio de una generación torcida y perversa…”

(Filipenses 2:15)

Como podemos notar, los mismo pensamientos presentados por Yeshúa referentes a la potencia y acto de ser hijos de Dios, eran conceptos permanentemente proclamados y meditados en las enseñanzas apostólicas.

Volviendo a los días del ministerio terrenal de nuestro Maestro, nos encontramos con una conversación radical entre Yeshúa y algunos de los hijos físicos de Israel en  donde está escrito:

“Entonces Yeshúa decía a los judíos que habían creído en él… Sé que sois descendientes de Avraham; y sin embargo procuráis matarme porque mi palabra no tiene cabida en vosotros…. Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais, porque yo salí de Dios y vine de él… sois de vuestro padre el diablo… El que es de Dios escucha las palabras de Dios; por eso vosotros no escucháis, porque no sois de Dios.”

(Juan 8:31, 37, 42, 44, 47)

A través de este diálogo, Yeshúa nos enseña que no es suficiente ser hijos físicos de Avraham para ser contados como Hijos de Dios. Estos judíos era hijos físicos de Avraham, circuncidados en la carne, pero no fueron reconocidos como hijos de Dios por Yeshúa, sino todo lo contrario, como hijos del adversario  (HaSatán).

Por lo considerado hasta aquí, notamos que según el pensamiento hebreo, el hecho de ser hijo tiene que ver con dos cosas:

  • por un lado significa haber nacido físicamente y ser un heredero genético de aquel que es llamado padre.
  • por el otro lado significa ser un representante y un seguidor de alguien.

Con estos conceptos en mente, podemos también decir que la idea de tener a HaSatán como padre no significa que el adversario tenga el poder de engendrar hijos físicos. De igual modo, cuando las Escrituras hablan de ser hijo de Dios, no significa que Yahvéh pueda engendrar, sino más bien que reconoces que Él es la Fuente que te da origen y que tú eres su representante y fiel seguidor de Su Instrucción. Teniendo en cuenta esto, es fácil entender por qué el Mesías y el apóstol Pablo enseñan que uno tiene que cumplir los mandamientos de Dios para llegar a ser un hijo del Padre celestial. De esa manera uno actúa como un buen seguidor y su manera de ser representa la manera de ser de tu Padre celestial, y de esa manera llegas a ser su hijo. Entonces, como ser un hijo no significa obligatoriamente, que uno haya sido engendrado en el sentido biológico, sino puede significar ser un seguidor, un imitador, un discípulo y un representante. Por eso es que en las Sagradas Escrituras los jueces son también llamados “hijos de Dios” por haber recibido puestos de autoridad y representan al Eterno en la sociedad (cf. Salmo 82).

Entonces, ¿en qué términos se refiere la Escritura Sagrada a aquellos que no rigen sus vidas conforme a Su Instrucción (Torah) y viven ajenos a los mandatos de Dios? Las líneas bíblicas nos lo dicen así:

«…en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, en los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de la carne, haciendo la voluntad de la carne, y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.»

(Efesios 2.2-3)

Acá el Espíritu de Dios se refiere a los que no son sus hijos, a los que no viven conforme a Su Instrucción, a los corruptos e inmorales e,incluso, a los que son «buenas personas» según los criterios humanos, pero viven alejados de la guía de Yahvéh como «hijos de desobediencia» e «hijos de ira». Así, las Sagradas Escrituras clasifican a la humanidad solo en dos grupos: los «hijos de Dios» y los «hijos de desobediencia» (o hijos de HaSatán).

Antes de continuar, necesito hacer una alto en la dinámica del tema que estamos tratando, para solicitarte que entiendas que aquí no estamos hablando de la Salvación, sino del camino para llegar a ser un fiel representante de Yahvéh aquí en la Tierra, y así lograr unir el Mundo de Arriba con el Mundo de Abajo, evitando el caos y la propagación de toda forma de mal.

Ahora sí, continuando con esta maravillosa temática, debemos aceptar que las Sagradas Escrituras también revelan otro aspecto en cuanto a ser hijo de Dios: la adopción como hijos.

Será el apóstol Pablo quien tendrá el privilegio celestial de desarrollar este tema escribiéndole a los creyentes romanos lo siguiente:

“Esto es, no son los hijos de la carne los que son hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa son considerados como descendientes… Y acontecerá que en el lugar donde les fue dicho:

«Vosotros no sois mi pueblo», allí serán llamados hijos del Dios viviente.”

(Romanos 9:8, 26)

“Porque desearía yo mismo ser anatema, separado del Mesías por amor a mis hermanos, mis parientes según la carne, que son israelitas, a quienes pertenece la adopción como hijos, y la gloria, los pactos, la promulgación de la Torá, el culto y las promesas.”

(Romanos 9:3-4)

Según este texto, el derecho de ser hijos de Dios pertenece a los hijos físicos de Avraham, Yitsjak e Israel, los judíos, que el apóstol dice que eran parientes en la carne. Estos versículos enseñan que el derecho de ser hijos de Dios es algo que pertenece a los hijos de Israel. Pero también nos enseña que, de alguna manera, muchos de los hijos de Israel pierden ese derecho por causa de su infidelidad contra el Nombre del Eterno (cf. Lucas 15).

Lo que el apóstol Pablo estaba enseñando, estaba relacionado con el oráculo que el profeta Oseas había dejado siglos antes:

“Y el número de los hijos de Israel será como la arena del mar, que no se puede medir ni contar; y sucederá que, en el lugar donde se les dice: No sois mi pueblo, se les dirá: hijos del Dios viviente.”

(Oseas 1:10 )

Sabemos por el relato histórico que los hijos de la Casa de Israel, es decir, las diez tribus del Reino del Norte, perdieron el derecho de ser pueblo de Yahvéh, y por lo tanto no fueron contados más como hijos. Este oráculo profético nos enseña, lo mismo que hemos visto antes,  que los israelitas pueden perder lo que les pertenece, por su infidelidad al pacto con Yahvéh. Pero, a la misma vez, notamos que el profeta habla de una restauración de ese privilegio. Hoy, sabemos que, mediante la redención en Yeshúa el Mesías. todos los descendientes de la casa de Israel, que se habían perdido entre las naciones, cuentan con el privilegio de regresar al derecho de ser llamados hijos de Dios.

Estando sujeto a esta idea divina, el apóstol Juan, al escribir su Evangelio, escribirá:

“Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no fueron engendrados de sangre ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios.”

(Juan 1:12-13)

Según este texto, todos los que reciben a Yeshúa y creen en su Nombre llegan a ser hijos de Dios. De esa manera son engendrados por Dios para ser sus hijos. Este texto está hablando tanto a los judíos como a los no judíos. Esta forma de ser hijo de Dios no se puede obtener por medio de ser descendiente de Israel según la sangre, ni por la voluntad de la carne, ni por la voluntad de ningún hombre, porque es una obra sobrenatural hecha por el mismo Yahvéh. Obviamente, en este contexto están excluidos como hijos de Dios, los que reclaman serlo únicamente por medio de ser descendientes físicos de Israel. Necesitan esta experiencia divina, activada por medio del Mesías, para poder recibir la potestad de llegar a ser hechos hijos de Dios.

Así es como pensaban y se manejaban en su metodología de enseñanza las primeras comunidades de creyentes en Yeshúa. El apóstol Pablo demuestra esto al escribir su epístola a los Gálatas diciéndoles:

“A fin de que redimiera a los que estaban bajo ley, para que recibiéramos la adopción de hijos. Y porque sois hijos, Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, clamando ¡Abba! ¡Padre!”

(Gálatas 4:5)

Vemos que los que estaban «bajo ley» (Halajah) necesitaban ser redimidos para poder recibir esa adopción de hijos, que realmente les pertenecía como hijos de Israel, y miembros del Pacto. (NOTA: Dejo en claro que la expresión “Bajo la ley” es una expresión que significa legalismo, y alude a la parte legalista del judaísmo de la época, que se jactaba de ser mejor que el resto de las naciones por guardar la Halajah o ley de costumbres y tradiciones que explicaban la praxis de la Torah).

Este mismo pensamiento podemos también verlos en la epístola de Pablo a los efesios, cuando les escribió:

“Nos escogió (a los judíos) en él (Mesías) antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Yeshúa el Mesías, conforme al beneplácito de su voluntad… a fin de que nosotros (los judíos), que fuimos los primeros en esperar en el Mesías, seamos para alabanza de su gloria. En él también vosotros (los gentiles), después de escuchar el mensaje de la verdad, las buenas nuevas de vuestra salvación, y habiendo creído, fuisteis sellados con el Espíritu de santidad de la promesa, que nos es dado (a judíos y no judíos que recibieron el mensaje de la verdad) como garantía de nuestra herencia…”

(Efesios 1:4-5, 12-14)

Algunos puede que se estén haciendo esta pregunta: ¿No eran Moshé y David, que vivían antes de Yeshúa, verdaderos hijos de Dios? Pues bien, en el versículo 12 tenemos la respuesta a este cuestionamiento:

“a fin de que nosotros (los judíos y sus ancestros), que fuimos los primeros en esperar en el Mesías, seamos para alabanza de su gloria.” 

 

Aquí habla de los que eran los primeros en esperar en el Mesías. Los que esperaban en el Mesías eran los que vivían antes de Yeshúa. Entonces, según este contexto, los que antes estaban esperando al Mesías están incluidos entre los que han sido predestinados desde antes de la fundación del mundo para recibir la adopción como hijos de Dios, mediante Yeshúa el Mesías, en quien tienen redención mediante su sangre, el perdón de los pecados según las riquezas de la gracia del Padre (cf. versos 1-7). Entonces los que antes habían estado esperando en el Mesías y habían puesto su confianza en lo que el Eterno iba a hacer por medios de Él, fueron considerados como hijos de Dios. Tuvieron el privilegio de gozar de este diseño, antes que el Mesías se manifestara, sencillamente porque colocaron toda su fe en lo que de Él se anunciaba en los oráculos divinos.

De la misma manera como nosotros miramos hacia atrás en una obra redentora eterna y terminada con la muerte, resurrección y ascención del Mesías, así también ellos miraron hacia el futuro esperando y creyendo en la misma obra salvadora, aunque no tenían todos los detalles tan claros como nosotros. Los que vivían antes de Yeshúa fueron salvos por medio de la fe en el poder redentor de Yahvéh al igual que nosotros que vivimos después de la primera venida de Yeshúa. Es la misma fe en la misma obra redentora mediante la sangre del Mesías, testificada y afirmada por las Sagradas Escrituras desde el principio hasta el fin.

En  esta cosmovisión hebrea el Mesías mismo afirmó:

“Examináis las Escrituras, porque vosotros pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí…

Porque si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.”

(Juan 5:39, 46)

En la epístola del apóstol Pedro  está escrito:

“Acerca de esta salvación, los profetas que profetizaron de la gracia que vendría a vosotros, diligentemente inquirieron e indagaron, procurando saber qué persona o tiempo indicaba el Espíritu del Mesías dentro de ellos, al predecir los sufrimientos del Mesías y las glorias que seguirían.”

(1 Pedro 1:10-11)

Según este texto, el Espíritu del Mesías indicaba cosas dentro de los profetas que vivían antes del Mesías. Ellos sabían que el Mesías iba a venir para morir y luego resucitar, y así lo proclamaban en sus oráculos. El pueblo que creyó el mensaje de los profetas recibieron la salvación por la fe en Yahvéh que iba a enviar al Redentor, que los iba a liberar del pecado y de la muerte (cf. Génesis 3:15).

La pregunta surge si estos profetas verdaderamente tenían el Espíritu del Mesías morando dentro de ellos todo el tiempo o si solamente estaba sobre ellos e indicaba cosas dentro de ellos. Es obvio que Moshé y David tenían el Espíritu del Mesías sobre ellos, pero no sé si verdaderamente tenían el Espíritu morando dentro de ellos como nosotros lo estamos experimentando en esta Era Mesiánica (cf. Juan 14:17; Hechos 5:32; 19:2; Romanos 5:5; 8:9, 11, 15-16; 1 Corintios 3:16; 6:19; 2 Corintios 1:21-22; 5:5; Gálatas 3:2, 14; 4:5; Efesios 1:13-14; 4:23, 30; 5:18; 2 Timoteo 1:14; Hebreos 6:4b; Jacobo 4:5; 1 Juan 1:27; 3:24; 4:13).

El apóstol Pablo escribió lo siguiente:

“El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.”

(Romanos 8:16)

Parece ser que los que vivieron y murieron antes de la resurrección del Mesías no podían experimentar en su interior lo que es la regeneración de sus espíritus. Lo tenían potencialmente, pero no en acto. Lo tenían en la esperanza del Olam Havá (Mundo Venidero), pero no en la experiencia y la vivencia cotidiana.

Esto era así, ya que nadie podía experimentar el resultado de la resurrección del Mesías en su interior hasta después de ese evento mismo (cf. 1 Pedro 1:3). Esta experiencia sobrenatural sólo pudo ser vivida después que el Mesías resucitó y se apareció a sus testigos. Así fue como ocurrió con los discípulos cuando Yeshúa sopló sobre ellos después de su resurrección (cf. Juan 20:22). Ellos experimentaron la Nueva Creación por el soplo del Hijo de Dios. De la misma manera que Adam experimentó la vida por primera vez, por un soplo del Eterno, estos varones vivieron por primera vez el espíritu del Gan Eden. Por ende, la experiencia de la nueva vida en el Mesías es un resultado de su resurrección, y esa experiencia sobrenatural ocurrió con los discípulos cuando Yeshúa sopló sobre ellos después de haber resucitado. Por lo tanto, los que vivían antes de la resurrección de Yeshúa, no habían podido experimentar la regeneración del espíritu. No podían recibir el Espíritu de Santidad ni como una fuente dentro de sí (cf. Juan 4:14, ni como ríos de agua viva en su interior, cf. Juan 7:37-39; 2 Corintios 3).

En el Evangelio de Juan, notamos que este es el tema principal de sus líneas, por ello encontramos que está escrito lo siguiente:

“Y yo rogaré al Padre, y Él os dará otro Ayudador para que esté con vosotros para siempre; el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque ni le ve ni le conoce, pero vosotros sí le conocéis porque mora con vosotros y estará en vosotros.”

(Juan 14:16-17)

Considerando esto, podemos entender que la fuente dentro del ser humano, de la cual se habla en Juan 4:14, es un resultado de la experiencia de la regeneración del espíritu del hombre, cuando el Espíritu de Padre entra a morar dentro del creyente, en su espíritu. Los ríos de agua viva, de los cuales se hablan en Juan capítulo 7 versículos 37 al 39, es la experiencia del sumergimiento (bautismo) en el Espíritu de santidad, que no era posible experimentar antes de que Yeshúa fuese glorificado. Vemos como los discípulos del Mesías experimentaron, por primera vez, este sumergimiento espiritual en la Fiesta de Shavuot (Pentecostés), según lo relatado en Hechos capítulo dos.

En la carta a los Gálatas en apóstol Pablo afirmará esto diciendo:

“Pues todos sois hijos de Dios mediante la fe en el Mesías Yeshúa.”

(Gálatas 3:26)

Así mismo, a los discípulos residentes en la ciudad de Roma el apóstol Pablo les expresó:

“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que habéis recibido un espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos ¡Abba! ¡Padre!”

(Romanos 8:14-15)

Por lo tanto, una persona que no se guía por la Instrucción (Torah) divina en su estilo de vida, espiritualidad, fe y moral, no puede dar señal de que es un verdadero hijo de Dios. El Espíritu Santo pone en nosotros el deseo de obedecer su Palabra y esa misma Palabra nos limpia, según lo que Jesús mismo dijo:

«Ya vosotros estáis limpios por medio de la Palabra que os he dado»

(Juan 15.3)

Está bien claro: son hijos de Dios “los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios”.  Y dejarse guiar por el Espíritu de Dios es ir descubriendo y aceptando incondicionalmente la Voluntad de Dios para nuestra vida que es buena, agradable y perfecta.  Es ir descubriendo “el tesoro de su gracia” encerrado en “el misterio de su Voluntad”. (Efesios 1: 5-6) Entonces, ¿cómo podemos decir ser hijos de Dios si la Escritura Sagrada es clara en que los verdaderos hijos se guían por su Palabra y no lo hacemos, ni la leemos, ni la conocemos?

En su primera epístola, el apóstol Juan exhortaba a los creyentes en Yeshúa a recordar lo siguiente:

“Mirad cuán gran amor nos ha otorgado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; y eso somos. Por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él. Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él porque le veremos como él es… En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del adversario: todo aquel que no practica la justicia (expresada en la Torá), no es de Dios: tampoco aquel que no ama a su hermano… En esto sabemos que amamos a los hijos de Dios: cuando amamos a Dios y hacemos sus mandamientos.”

(1 Juan 3:1-2, 10; 5:2)

Así pues, notamos que a lo largo de los Escritos Mesiánicos se enseña enfáticamente que los que creen en Yeshúa reciben la adopción como hijos de Dios. En el momento de recibir a Yeshúa, el espíritu del hombre es regenerado y el Espíritu de Dios entra a morar dentro de su cuerpo que se convierte en un templo santo.

Pero al mismo tiempo vemos que la adopción como hijos de Dios contiene una connotación futura. No nos hemos convertido en hijos de Dios totalmente, puesto que nuestros cuerpos no han sido transformados todavía, según  donde está escrito:

“Porque el anhelo profundo de la creación es aguardar ansiosamente la revelación de los hijos de Dios… la creación misma será también liberada de la esclavitud de la corrupción a la libertad de la gloria de los hijos de Dios… Aun nosotros mismos gemimos en nuestro interior, aguardando ansiosamente la adopción como hijos, la redención de nuestro cuerpo.”

(Romanos 8:19, 21, 23)

Así pues, después de todo lo que juntos hemos considerado en este estudio, podemos realizar el siguiente sumario:

  • Los hijos de Israel son hijos de Dios por ser parte de los pactos.
  • Ser hijo significa por un lado ser parte de un pacto familiar y por el otro ser un imitador fiel y un representante del Padre.
  • Solamente los hijos de Israel, que son creyentes en el Mesías redentor, serán finalmente reconocidos como hijos de Dios.
  • Uno puede ser hijo de Dios en un nivel sin serlo en otro nivel más alto.
  • Los santos que vivían antes de Yeshúa fueron salvos por medio de la fe en El que había prometido la venida del Mesías sufriente, pero no podían experimentar la regeneración de sus espíritus, porque el Mesías Yeshúa todavía no había resucitado.
  • Para poder ser hijo de Dios, mediante la regeneración del espíritu, hay que recibir a Yeshúa HaMashíaj, aceptándolo como el Salvador y Dueño de nuestras vidas.
  • No seremos plenamente hijos de Dios hasta la Segunda Venida (Parusía) del Mesías.

En el primer capítulo del Evangelio de Juan claramente se dice quiénes son los hijos de Dios y cómo se logra esto: «Creer en Él y recibirlo«. Eso implica una renuncia a una vida de pecado y un acercamiento sincero, humilde y genuino, sin condicionamientos, a vivir una vida conforme a su Instrucción y el yugo de la misma que Él ofrece. No se trata de una religión, no se trata de qué uno cree, no se trata de buenas obras, se trata de qué dice Yahvéh. No hay otro camino.

«Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo»

(Romanos 10:9)

Una Papá que Sabe «Planchar Ropa»

Por P.A. David Nesher

«Tu vestimenta no se desgastó sobre ti y tus pies no se hincharon durante esos cuarenta años.»

(Devarim/Deut. 8: 4)

 

Me resultó maravillosa la explicación que los sabios intérpretes del hebreo han otorgado al revelar que la ropa de cada israelita era sobrenaturalmente planchada por la nube que protegía al pueblo en el desierto. Es decir, por la Shekinah o Presencia del Eterno.

La explicación resalta que la palabra hebrea “nube” hace referencia al ocultamiento de la Luz divina, ya que la nube oculta todo lo que se encuentra en su interior.

Del mismo modo la “ropa de la persona era planchada por la nube” es una metáfora perfecta del proceso divino en el interior de un redimido. Recordemos que “ropa” hace referencia a las vestimentas del alma que son pensamiento, palabra y acciones, que visten la psique humana dándole expresión.

Por lo tanto, dichas “vestimentas” suelen estar “arrugadas”, y es a través de las “nubes”, los desafíos de la vida, que logran ser “planchadas”, rectificando el camino hacia el Eterno.

Dice el profeta Ezequiel:

“Y miré, y he aquí un viento tempestuoso venía del aquilón, una gran nube, con un fuego envolvente, y en derredor suyo un resplandor…”

(Ezequiel 1: 4)

Explican los sabios que luego de la “nube” que oculta, viene el “fuego”, el ferviente anhelo de querer estar cerca del Eterno.

Ahora en mí la pasión por su presencia se acrecienta, y capto con otros sentidos intelectuales la fuerza de fe que estaban en las palabras del apóstol Pablo al escribir:

«Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviera mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa y sin mancha.»

(Efesio 5: 25-27)

El Rocío, la Lluvia y el Sustento

P.A. David Nesher

 

 «Ocurrirá que si obedecéis Mis preceptos que Yo te ordeno hoy, de amar a El Eterno, vuestro Dios, y de servirlo con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma, 14 entonces Yo proporcionaré lluvia para vuestra Tierra en su momento propicio.»

(Devarim/Deut. 11: 13)

La revelación de Abba nuestro en esta parashá llamada ekev revela que la recompensa por hacer las cosas correctamente es la “lluvia”.

El fenómeno atmosférico de la “lluvia” es originado por medio de que las aguas que se encuentran en la tierra hacienden al cielo. En un sentido espiritual esto alude a lo que significa ejercer el poder de la teshuvah («arrepentimiento» o «regreso«), es decir que la formación de la lluvia es una metáfora referida al esfuerzo de la persona que quiere acercarse al “Cielo” o «Mundo de Arriba».

En el desierto el alimento del pueblo de Israel era el “Maná”. El “Maná” descendía del cielo con rocío, como está escrito:

«Y cuando descendía el “rocío” sobre el campamento de noche, el “Maná” descendía sobre él.»

(Números 11:9)

Sabemos por los datos científicos que el “roció” desciende sobre la tierra diariamente, sin depender de las “aguas inferiores”. Del mismo modo, el pueblo de Israel en el desierto tenía cubiertas todas sus necesidades cotidianas sin esfuerzo alguno.

Pero hoy en día, Yahvéh quiso que el sustento de la persona provenga a través del esfuerzo espiritual de la persona, de modo que las “aguas inferiores” asciendan al “cielo”, generando bendiciones.

Al principio de la creación está escrito:

«Ascendió una bruma de la tierra y regó toda la superficie del suelo.  Y El Eterno Dios formó al hombre de polvo de la Tierra.»

(Bereshit/Gén. 2: 6-7)

Claramente se puede apreciar que desde la misma creación del hombre, lo acompañó su objetivo, ya que la expresión “Ascendió una bruma de la tierra”, alude a la Teshuvah, es decir al deseo del espíritu humano de retornar a la dimensión celestial de donde procede su diseño. Es la metáfora que señala al anhelo del hombre de querer acercarse al Cielo, y conocer así sus secretos. También leemos: “y regó toda la superficie del suelo”, lo que enfatiza la maravillosa verdad de que a raíz de la Teshuvah viene la Parnasah (el sustento abundante).

La Circuncisión del Corazón: Cirugía Sobrenatural que hace el Dr. Eterno

Por P.A. David Nesher

“Circuncidad, pues, vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz.”

(Deuteronomio/Devarim 10:16) 

 

Sabemos que cada pacto que el Eterno ha hecho a lo largo de la historia, tienen cada uno una señal particular:

  • El pacto con Noaj tiene al arco iris, (Génesis 9:12-13).
  • El pacto con Avraham tiene a la circuncisión en la carne, (Génesis 17:11).
  • El pacto con Israel en Sinaí tiene el Shabat y la Torah, (Éxodo 31:16-17; 34:28).
  • El pacto renovado con Israel tiene la entrega del Espíritu, la circuncisión del corazón, Romanos 8:16; Efesios 1:13-14; Colosenses 2:11.

Sabemos que todos los varones de Israel tenían que ser circuncidados a los ocho días de haber nacido. Sin embargo, esta pequeña cirugía era meramente un símbolo de la obra real de cortar la carne que Yahvéh deseaba; la obra de tomar nuestros corazones, lo cuales están inclinados hacia la carne y darnos corazones que están inclinados hacia el espíritu.

Este tema se repetiría después en los profetas:

«Circuncidaos a Yahvéh, y quitad el prepucio de vuestro corazón.»

(Jeremías 4:4).

Como vemos Yahvéh mandó a los israelitas que hicieran algo que solamente Él puede hacer en ellos para demostrarle la necesidad de tener una cambio interno, y para impulsarlos a buscarlo a Él para esta obra interna.

Con todo esto, el Eterno se encargó de hacerle entender a Israel que ara cumplir la Torah (Instrucción) de Dios, se requiere más que solo recibir un mandato, es necesaria experimentar una transformación interna, una mudanza de naturaleza que solo Yahvéh puede dar.

Es literal el hecho de que cuando el Espíritu Santo entra en una persona, como resultado de la resurrección de Yeshúa, se produce una operación en su interior.  A este evento quirúrgico metafísico se lo llama la circuncisión de su corazón, como está escrito en:

“En Él también fuisteis circuncidados con una circuncisión no hecha por manos, al quitar el cuerpo de la carne mediante la circuncisión del Mesías”

(Colosenses 2:11)

La persona que tiene esa experiencia siente en su interior un gran cambio. Es el nuevo nacimiento del cual está hablando el Maestro con Nicodemo en el tercer capítulo del evangelio de Juan.

Por ello, debemos entender que la circuncisión de la carne es una sombra de la circuncisión del corazón. El que tiene la circuncisión en la carne necesita también la del corazón. La circuncisión del corazón tiene que ver con la anulación de todo lo que impide que el corazón sea sensible. Está relacionada con el amor al Eterno y la obediencia a la Torah:

“Además, Yahvéh tu Dios circuncidará tu corazón y el corazón de tus descendientes, para que ames Yahvéh tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas.”

(Deuteronomio 30:6),

El apóstol Pablo, como judío completo en la fe de arriba, capacitaba a los primeros discípulos de Yeshúa en el desarrollo de esta conciencia al escribirle a los creyentes residentes en Roma lo siguiente:

“Pues ciertamente la circuncisión es de valor si tú practicas la Torah, pero si eres transgresor de la Torah, tu circuncisión se ha vuelto incircuncisión. Por tanto, si el incircunciso cumple los requisitos de la Torah, ¿no se considerará su incircuncisión como circuncisión?”

(Romanos 2:25-26)

“Circuncidad, pues, vuestro corazón” Esto contrasta con Deuteronomio 30:6 donde está escrito: “Yahvéh tu Dios circuncidará”. Por un lado, se habla de que el hombre tiene que hacer esta operación y por el otro lado vemos que el Eterno la hace. De esto aprendemos que hay una parte que le toca al hombre y otra que le toca a Yahvéh en cuanto a la circuncisión del corazón.

Con esta expresión, Moshé dijo que los hijos de Israel necesitaban eliminar todo lo que impedía la sensibilidad de sus corazones al mundo espiritual. Esto se hace mediante la teshuvá (arrepentimiento), la Torah y la tefilah (oración de alianza).

Sin embargo, el hombre no puede eliminar su yetser hará (inclinación al mal o mala inclinación), es decir, el pecado, que mora dentro de él. Sólo puede confesarlo y arrepentirse de los pecados que fueron producidos por esa naturaleza pecaminosa. El que puede quitar definitivamente el pecado que está dentro de nosotros es el Eterno, y lo hará finalmente por medio de Yeshúa, el Mesías. Por lo tanto, la circuncisión del corazón que el Eterno hace, es llamada “la circuncisión del Mesías” (cf. Colosenses 2:11). Esa circuncisión del Mesías fue anunciada por los profetas:

“Además, os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. ‘Pondré dentro de vosotros mi espíritu y haré que andéis en mis estatutos, y que cumpláis mis ordenanzas poniéndolas por obra.”

(Ezequiel 36:26-27)

Cuando leemos la frase “quitaré de vuestra carne el corazón de piedra” entendemos que Yahvéh está hablando de una operación interna, totalmente sobrenatural, en el hombre. Luego dice: “Pondré dentro de vosotros mi espíritu”, palabras que aseguran que esto es una experiencia real que se obtiene por medio de la fe de arriba (emunah) en Yeshúa el Mesías (cf. Hechos 19:1ss; Gálatas 3:14).

El corazón de piedra es un corazón insensible. Es una forma alegórica de hablar del espíritu no regenerado que tiene el ser humano con conciencia reptiliana o sensorial. La promesa dada por medio del profeta muestra como el Eterno decide cambiar el mismo interior de los hijos de Israel en los últimos tiempos para que obedezcan cuidadosamente los mandamientos. El texto profético que también habla de esta realidad es el que dejara escrito el profeta Jeremías:

“Porque este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días–declara Yahvéh–.

Pondré mi Torah dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y no tendrán que enseñar más cada uno a su prójimo y cada cual a su hermano, diciendo:

«Conoce a Yahvéh», porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande–declara Yahvéh– pues perdonaré su maldad, y no recordaré más su pecado.”

(Jeremías 31:33-34)

Esto nos enseña que la experiencia que se obtiene mediante el pacto renovado, por medio de la sangre del Mesías, afecta todo el interior de la persona, de modo que la Torah es escrita en el corazón.

En el mismo rollo de Devarim Moshé había dicho:

“¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre!”

(Deuteronomio 5:29)

La respuesta a ese clamor es: Yeshúa HaMashíaj. Él es quien finalmente hará que los hijos de Israel tengan ese corazón circuncidado para poder temer al Eterno y guardar todos los días todos sus mandamientos.

En su carta a los creyentes de Colosas, el apóstol Pablo escribió:

“En él también fuisteis circuncidados con una circuncisión no hecha por manos, al quitar el cuerpo de la carne mediante la circuncisión de Cristo.”

(Colosenses 2:11)

Cuando el apóstol dice “el cuerpo de la carne” está haciendo una referencia al yetzer hará, es decir la mala inclinación del alma humana, que el profeta Ezequiel  llama “el corazón de piedra” (cap. 36), que está dentro de cada uno de nosotros. Al quitar ese cuerpo de carne hay una mayor sensibilidad en el hombre para recibir los impulsos y ser dirigido por el Espíritu y la Torah del Eterno. Por lo tanto, el resultado de la circuncisión del Mesías es la obediencia a los mandamientos. Esto concuerda con el siguiente texto:

“…el Espíritu de santidad, el cual Dios ha dado a los que le obedecen.”

(Hechos 5:32)

Entonces, quien recibe a Yeshúa como su Salvador personal, experimenta un nuevo nacimiento en su interior, de manera que su espíritu es regenerado y así el Espíritu del Eterno viene a morar en su interior. Con esta Shekináh o Presencia divina, el creyente logra ejercer victoria sobre la inclinación al mal que todavía está en su interior, y que aún no ha sido quitada del todo. Sólo fue eliminado su dominio dentro de él. Sin embargo, cuando venga el Mesías por segunda vez será finalmente eliminado el yetzer hará para que podamos ser totalmente y eternamente fieles a los mandamientos de la Torah.

En resumen:

  1. La circuncisión en la carne es una sombra de la circuncisión del corazón.
  2. La circuncisión del corazón se hace en dos niveles el hombre hace su parte y el Eterno hace la suya.
  3. La parte de Yahvéh tiene dos pasos: el primero es cuando introduce su Espíritu en nuestro interior para eliminar el dominio del pecado en nosotros. El segundo paso será cuando el Eterno elimine definitivamente el yetzer hará en nosotros, con la segunda venida del Mesías.

 

Bitácora Relacionada:

Para conocer las características de un ser humano circunciso de corazón los invito a leer: Relacionarse Escuchando: Características de un Circunciso de Corazón

Cuando la Gracia Divina se manifiesta en Justicia.

“No digas en tu corazón cuando Yahvéh tu Dios los haya echado de delante de ti: «Por mi justicia Yahvéh me ha hecho entrar para poseer esta tierra», sino que es a causa de la maldad de estas naciones que Yahvéh las expulsa de delante de ti. No es por tu justicia ni por la rectitud de tu corazón que vas a poseer su tierra, sino que por la maldad de estas naciones Yahvéh tu Dios las expulsa de delante de ti, para confirmar el pacto que Yahvéh juró a tus padres Avraham, Yitsjak y Yaakov. Comprende, pues, que no es por tu justicia que Yahvéh tu Dios te da esta buena tierra para poseerla, pues eres un pueblo de dura cerviz.

Acuérdate; no olvides cómo provocaste a ira a Yahvéh tu Dios en el desierto; desde el día en que saliste de la tierra de Egipto hasta que llegasteis a este lugar, habéis sido rebeldes contra Yahvéh. Hasta en Jorev provocasteis a ira a Yahvéh, y Yahvéh se enojó tanto contra vosotros que estuvo a punto de destruiros.”

(Deuteronomio/Devarim 9: 4- 9)

 

Estamos ante una parte del discurso de Moshé en el que el mensaje desarrolla una idea central: Yahvéh está a punto de despojar a las naciones que habitan Canaán debido a los graves pecados que han cometido. Pero esto no quiere decir que Israel sea justo y por ello merecedor de que se le entregue la tierra de Promisión. La única razón que se puede encontrar para semejante acto divino es su enorme benevolencia manifestada en amor y gracia a favor de las tribus de Israel.

Por lo tanto, el ingreso de Israel para tomar posesión de la Tierra Prometida estaba relacionado con el “colmo” de la iniquidad de los amorreos. Así Yahvéh se lo había manifestado en un oráculo a nuestro padre Abraham: “…aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo.” (Génesis 15:16).

Pero llega un momento en que los pecados de un pueblo llegan “al colmo”. Ese es el momento para un juicio decisivo. El instrumento designado del juicio de Dios era el ejército de Israel. Este es el significado de la matanza de los pueblos de Canaán. El Eterno programó la llegada de Sus juicios con la plenitud del pecado para ser juzgado. No antes. Yahvéh no se precipitó. De hecho, Él estaba soportando pacientemente la idolatría y los pecados sexuales de las naciones durante siglos, dándoles “lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría [sus] corazones” (Hechos 14:17).

Es decir, que el instrumento designado del juicio de Yahvéh era el ejército de Israel. Pero el Eterno se ve a Sí Mismo como el guerrero efectivo detrás de la derrota de los amorreos. Él le dice a Josué:

“Yo os introduje en la tierra de los amorreos… los cuales pelearon contra vosotros; mas Yo los entregué en vuestras manos, y poseísteis su tierra, y los destruí de delante de vosotros”

(Josué 24:8).

¡Es Yahvéh quien hizo la destrucción! Fue por la mano de Israel, pero fue el juicio de Dios. Esto no significa que el motivo de Israel siempre era santo. A veces no lo era. Pero los propósitos justos de Dios estaban siendo llevados a cabo, incluso si Israel a veces tenía motivos equivocados.

En otras palabras, esta carnicería no se trata de la injusticia humana, sino del juicio divino. Los amorreos provocaron a Yahvéh en ira durante siglos por su idolatría de tal manera que siglos después el rey impío Acab fue comparado con los amorreos: “Él fue en gran manera abominable, caminando en pos de los ídolos, conforme a todo lo que hicieron los amorreos, a los cuales lanzó Yahvéh de delante de los hijos de Israel” (1 Reyes 21:26).

Es importante aceptar que mucho antes de comenzar a decir palabras llenas de orgullo tenemos pensamientos orgullosos en nuestros corazones. Es por eso que Israel no debe de pensar en su corazón que era por medio de su justicia que el Señor les ha entregado la tierra.

Esa será la razón por la que Moshé enfatizará que la única razón que se puede encontrar para semejante acto divino es su enorme amor y gracia a favor de Israel (capítulos 1 al 6) Para dejar bien establecida esta verdad, Moshé recapitula nuevamente los episodios de la historia pasada, que le recuerdan a la nación cuan rebelde habían sido contra el Señor (capítulos 7 al 29).

Es más, Moshé dará un oráculo encriptado en el que anunciará las veces en que la justicia de la gracia divina obraría a favor de Israel, pese a la rebeldía de este pueblo. “No digas… por mi justicia… sino a causa de la maldad de estas naciones… No es por tu justicia… sino que por la maldad de estas naciones… para confirmar el pacto… No es por tu justicia…” – Para enfatizar el hecho, la Torah habla tres veces de que no es por la justicia de Israel que ellos van a recibir la tierra. Estas tres veces también aluden a las tres veces cuando el pueblo de Israel volvería a la tierra.

  1. La primera vuelta fue cuando entró bajo Yehoshúa por causa de la maldad de estas naciones, (versículo 4).
  2. La segunda vuelta fue cuando volvieron de Babilonia bajo Ezrá (Esdras) y Nejemyá (Nehemías) por la maldad de estas naciones, y para confirmar el pacto incondicional con Avraham, versículo 5.
  3. La tercera y última vuelta, de todas las naciones en los últimos tiempos no por la justicia del pueblo de Israel, sin mencionar la maldad de las naciones, versículo 6.

El Eterno le dice a Su Pueblo: «Porque pueblo duro de cerviz eres tú» La idea divina expresada aquí es que Israel, como un animal doméstico rebelde, endurecían la cerviz en contra del yugo que Dios quería poner sobre ellos. No se sometían a la dirección de Yahvéh para sus vidas. Justamente la expresión «duro de cerviz» es una expresión figurativa para decir terco, intratable, obstinado y cabeza dura.

El propósito de Yahvéh al recordarle a Israel su rebelión en contra de Él no era para desanimarlos o hacerlos sentirse derrotados. El propósito era que reconocieran su propia debilidad y confiaran en el Eterno .

Este texto nos enseña la importancia de ver a Israel como un cuerpo colectivo. Los que estaban allí presentes no habían hecho el becerro de oro. Sin embargo, fueron señalados como causantes de la ira del Eterno en el desierto y tuvieron que llevar la culpa del pecado de sus padres. Los hijos son responsables para llevar las consecuencias de los errores de sus padres. Pero el propósito principal por el que Moshé destaca los momentos de rebeldía del pueblo, es enseñarles los errores de sus antepasados para que los hijos no vuelvan a cometer los mismos.

Esta es una vista previa de la salvación por gracia por medio de la fe, en la cual no podemos pensar que es por nuestra justicia que la hemos obtenido. Sino que es por medio de la justicia que hemos recibido por medio de Yeshúa HaMashiaj.

Cuando recibimos cualquier regalo de parte de Dios, tenemos la tentación de tomarlo y utilizarlo para glorificarnos a nosotros mismos. Israel no debe de hacer esto con referencia a la Tierra Prometida, y nosotros no debemos de hacerlo con referencia a cualquier regalo que Dios nos dé.

Las Ocho Razones de la Pobreza en un Hijo de Dios

Por P.A. David Nesher

 

“Mas acuérdate de Yahvéh tu Dios, porque Él es el que te da poder para hacer riquezas, a fin de confirmar su pacto, el cual juró a tus padres como en este día.”

(Deuteronomio/Devarim 8:18) 

 

En mis años de servicio pedagógico para capacitar a los santos, he notado que es una tendencia común en el ser humano redimido que, en tiempos de abundancia, se olvide fácilmente del Eterno, dejando de buscarlo con la urgencia que una vez tuvo. Seguramente, alguno de mis lectores  preguntará: ¿en verdad puede el dinero interferir en cosas más importantes? Y la respuesta es: Sí, lamentablemente las riquezas pueden llegar a convertirse en el centro de nuestras vidas y tomar el lugar de que al Eterno le corresponde. Las riquezas pueden producir en nosotros actitudes negativas acerca de las cosas materiales. Nuestro Maestro y Dueño Yeshúa lo advirtió así:

 «… Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee».

(Lucas 12:15)

«Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas.«
(Mateo 6:24)

Por esto también la exhortación profética advierte de este modo:

«Así dijo Yahvéh:

No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas.

Más alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Yahvéh, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Yahvéh».

(Jeremías 9:23-24)

Al mirar en las Sagradas Escrituras, en la sección llamada Ekev, descubrimos que ellas revelan en sus líneas un paradigma muy importante que todo hijo primogénito debe tener en su conciencia constantemente: las riquezas son un resultado del pacto entre el Eterno e Israel. Entonces el asunto queda perfectamente claro: si cumplimos nuestra parte del pacto podremos disfrutar también de bendiciones materiales, tal y como está escrito en la enseñanza paulina:

“Dios… nos da abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos.”

(1 Timoteo 6:17)

Hemos visto que el Eterno saco a Su Pueblo de Mitzrayim (Egipto) para llevarlos a la tierra de promesa. Un lugar donde ellos tendrían la manifestación de muchas bendiciones en diversas áreas de su materialidad. Sus vidas prosperarían al punto de tener más allá de lo suficiente. ¡Las bendiciones sobreabundantes iban a ser evidente en sus vidas!

Por ello, Moshé le dice a los israelitas que debían recordar lo que Yahvéh había hecho por ellos durante sus cuarenta años en el desierto. Él recontaba la fidelidad de Dios y su prueba con el maná. Él les dice:

«no solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios.«

Es decir que si Israel pusiera cuidado en cada palabra que procede de la boca de Yahvéh, entonces el SEÑOR tendría cuidado de sus necesidades materiales, y los traería hacia una tierra llena de bienes materiales. Así queda demostrado que Dios no está en contra de bienes materiales en la vida de sus hijos redimidos, excepto cuando se interponen entre nosotros y Él. El Eterno quería, quiere y querrá bendecir materialmente a un Israel espiritualmente obediente.

Ante eso, Moshé les recuerda acerca de la corrección paternal de Yahvéh. Durante su lucha de cuarenta años, «Sus vestiduras no se gastaron, ni sus pies se hincharon…» Él les dijo que Dios estaba con ellos durante todas sus luchas.

También habla de un tiempo y lugar en el futuro donde comerán buena comida, sus cosechas florecerán, vivirán en casas que no construyeron, y su tierra recibirá una bendición sobrenatural de productividad. Por eso, les ordena:

“Así que comerán y estarán satisfechos, y bendecirán a YHVH su Elohim por La Tierra buena que Él les ha dado.”

(Deuteronomio 8:10)

El Eterno manifestó que el futuro de Israel era un futuro glorioso y lleno de la provisión divina. Pero existía un peligro, …¡el peligro del olvido de Su Nombre! Por eso, Yahvéh les advierte a todo el pueblo que estén vigilantes para no cometer el error de olvidarse que Él era la Fuente que les daba la habilidad poderosa de adquirir riquezas.

Es común que tengamos en gran estima a nuestro arduo trabajo e inteligencia, y no está mal. Sin embargo, debemos también pensar constantemente en que Yahvéh nos da el cuerpo, el cerebro y el talento para lograr todo cometido. ¡Todo es de Dios!

Por eso, cada vez que estemos viviendo en escasez tendremos que hacernos el siguiente planteo: Si los bienes materiales son parte del pacto que tenemos con el Eterno ¿por qué no tenemos más riquezas?

Para contestar esta pregunta presentamos aquí ocho razones posibles:

  1. Presencia activa de maldiciones. Estas pueden ser de tres categorías:
    • Maldiciones ocasionadas por la iniquidad familiar generacional: Es decir, que sufrimos las consecuencias de la desobediencia de nuestros antepasados. Si confesamos los pecados de nuestros antepasados y pedimos perdón por ellos, cambiando nuestra conducta, y no haciendo más como ellos hicieron, obedeciendo los mandamientos, podremos romper esas maldiciones.
    • Maldiciones regionales y/o nacionales: Por vivir en un país pobre es posible ser parte del ambiente de pobreza que hay allí. Las maldiciones que han causado esa pobreza no son levantadas sin el arrepentimiento del pueblo, de aquellos pecados que causaron esas maldiciones. Especialmente los tres pecados cardinales causan este tipo de maldiciones en las naciones: idolatría y ocultismo, derramamiento de sangre inocente y sexo libre. Es posible romper la maldición sobre una tierra de manera parcial, como vemos en la vida de Yitsjak en Génesis 26.
    • Maldiciones pronunciadas: Por medio de tu lengua podrás traer pobreza o abundancia sobre tu vida. Por eso no digas “No tengo” o “soy pobre”. Cambia tu Programación Neuro Lingüística (PNL) y di en voz audible: “el Eterno me dará todo lo que yo necesito.” Acostúmbrate a confesar con tus labios lo que está escrito: “nunca he visto desamparado al justo ni a sus hijos mendigando pan” (Salmo 37:25). “Yahvéh es mi pastor nada me faltará” (Salmo 23:1). En la carta a los Romanos, el apóstol Pablo dejó escrito: “Con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:10). Recuerda que Salvación implica que el hombre sea rescatado de una situación que lo limita en angustia para que no logre cumplir el propósito del Eterno. Así que, salvación implica también la liberación de la pobreza económica, y para obtener esa salvación hay que confesar la Torah con la boca. La confesión de las Palabras del Eterno te salvará de la pobreza.

2. Desobediencia a los mandamientos (cf. Deuteronomio 28, Levítico 26).

3. Retención del diezmo y las ofrendas (cf. Malaquías 3:9).

4. Hurto no restituido (cf. Zacarías 5:1-3).

5. Prioridades equivocadas (cf. Hageo 1). Las prioridades del Eterno tienen que ser las mías. Lo que él considera importante tiene que ser importante para mí. Si puedes gastar en un restaurante más dinero para una comida que en la ofrenda para apoyar al que te enseña la Torá, has mostrado que tu estómago es más importante que tu amor por Yahvéh. Estás más interesado en satisfacer tus deseos naturales que buscar el Reino del Eterno.

6. Motivaciones equivocadas (cf. Stg. 4:2-4; Proverbios 22:4).

7. Falta de oración (cf. Stg. 4:2).

8. Mala administración: Cuando hemos aprendido a administrar lo que tenemos de manera correcta, Yahvéh nos da mucho más. Si hay una mala administración de los bienes materiales, el Eterno retiene su mano, porque no confía en nosotros. Si no sabemos administrar poco, ¿cómo él nos confiará mucho?

El versículo 18 es claro en cuanto al propósito de las riquezas que el Eterno quiere otorgar a sus hijos:

«A fin de confirmar su pacto»

Esto nos recuerda por qué Yahvéh nos ha bendecido. Su objetivo es que al se cumpla su propósito eterno: la Redención plena del mundo. Es por esto que nuestras riquezas materiales deben ser utilizadas para expandir Su Reino en la Tierra, no en el cumplimiento de nuestros deseos egoístas.

Yahvéh, nuestro Dios, quiere que disfrutemos de los beneficios, pero hay un propósito más grande que nosotros y nuestra comodidad personal. Él anhela que Su pueblo sea conducto de Sus bendiciones por el propósito de Su Reino y justicia, no solo recipientes de la bendición (Mateo 6:33).

 

NOTA PROFÉTICA:

Mientras meditaba en todo esto, me doy cuenta por qué en estos últimos tiempos el Eterno me ha permitido, a través de este Blog, tomar contacto con un grupo de varones y mujeres del mercado que anhelan ser canales de bendición para que el Evangelio del Reino (la Torah en la mente y el corazón del hombre) sea proclamado en las naciones. Estos son personas profesionales alrededor del mundo con pericia y experiencia, que me han manifestado que están estableciendo negocios con el único objetivo de generar grandes cantidades de dinero para que las almas alrededor del mundo tengan el conocimiento que en este Blog se comparte. Son personas con experiencia en el mercado, dotadas con habilidades para los negocios. Ellas me han manifestado que sólo estarán satisfechas cuando los códigos de la Torah produzcan la transformación cultural de ciudades y naciones enteras. No piensan en una congregación, sino más bien en llenar una nación entera con congregaciones que capaciten a los santos para la obra del ministerio.

Muchos de ellos me han solicitado que los guíe a formar alianzas del Reino. compuestas de equipos ungidos, que usarán sus empresas para generar ganancias con el solo propósito de hacer llegar este evangelio del Reino hasta lo último de la Tierra.

Intercediendo por ellos, Yahvéh me ha mostrado que dará a estos varones y mujeres «invenciones y estrategias ingeniosas» mientras duermen. Él me ha manifestado que estas personas tienen una unción especial para liderazgo en negocios o gobierno. Ellos son persona de abundantes recursos que prefieren conducir su trabajo en privado, lejos del centro de atención del hombre, pero bajo el centro de atención del Cielo. Varones y mujeres que despiertan en el medio de la noche para orar para que el Reino de Elokim venga. Su tiempo de oración está enfocado en la promesa: «Pídeme, y te daré por herencia las naciones, Y como posesión tuya los confines de la Tierra» (Salmos 2:8). Sus empresas y ganancias jugarán un papel dominante en la implementación de estrategias en estos días postreros.

Arden con el fuego del Eterno en su ser con el interés de generar millones solamente para el Reino. Ellos caminan humildemente delante del Señor. ¡Ellos viven Deuteronomio 8:18!

El Eterno me ha encomendado que ayune y ore a fin de recibir la capacitación que me conducirá a pastorear a estos varones y mujeres y comisionarlos y enviarlos a generar dinero para la Cosecha del Tiempo Final.

¡Bendito sea Su Santo Nombre!

En amor y servicio: David Nesher