“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.”
(Mateo 6:14-15)
Nuestro Maestro y Mesías Yeshúa dijo que si no perdonamos las ofensas que los demás nos han infligido, tampoco nuestras ofensas serán perdonadas.
Aunque esto es una consecuencia lógica de «la ley de la siembra y la cosecha», también es parte de la tradición ética del pensamiento hebreo que siempre ha sostenido que:
«Quien quiere «Olam Haba», se asegura primordialmente que a su «Teshuvah» no le falte «Ahavah»».
«Olam Habah» es la expresión hebrea para «el Mundo que ha de Venir» (también llamado «la vida eterna«).
«Teshuvah» es el hebreo para «arrepentimiento«.
«Ahavah» es la palabra hebreo para «amor«.
Este juego de palabras, significa que:
«Quien quiere entrar en la Vida Eterna (o Mundo Venidero),debe asegurarse de que a su «arrepentimiento», se fundamente y manifieste en el amor perfecto que practica el perdón compasivo.»
Debemos perdonar a otros hombres sus ofensas, de lo contrario el Padre no nos perdonará las nuestras. Siempre tengamos en cuenta que nuestro corazón deber ser un Templo donde sólo reine Yahvéh. Él es el amor perfecto, como dice el apóstol Juan en su primera epístola, y como tal aborrece el odio y el temor. Este trabajo cotidiano garantiza un Reposo maravilloso en ese Reino Milenial del que Yeshúa quiere que formemos parte.
La idea de que naciones, etnias, culturas, o economías sea gobernada por una nación, etnia, cultura, o economía extranjera, es contraria a la Torah. La misma prescribe que el gobernante de un pueblo sea un nativo, de suerte que su inclinación natural sea defender el bienestar y los intereses (la etnia, cultura, los valores, y la economía) de su propio pueblo. Es decir, no hace sentido un extranjero (por ejemplo un católico italiano que fue criado y vive en el continente Europeo, en la ciudad de italiana de Roma), tenga el poder de decidir cuales han de ser los valores, la cultura, la moralidad, y la economía que deben regir la población (mayoritariamente musulmana) de Arabia Saudí; la población (mayoritariamente budista) de Tailandia; o la población (mayoritariamente hindi) de la India.
¿Donde enseña esto la Torah?… Pues en el pasaje que dice:
«… de entre tus hermanos pondrás rey sobre ti; no podrás poner sobre ti a hombre extranjero, que no sea tu hermano»
((Deuteronomio 17:15)
De hecho, el Eterno advirtió a Israel que, la consecuencia de abandonar la Torah (los diez mandamientos) seria ser vencidos por sus enemigos (paganos), siendo así subyugados por las naciones extranjeras:
«Y vendrán sobre ti todas estas maldiciones, y te perseguirán… por cuanto no habrás atendido a la voz de Yah tu Dios, para guardar sus mandamientos… servirás, por tanto, a tus enemigos(aquellos a quienes no les interesa realmente tu bienestar)»
«Y estas palabras que te ordeno hoy, han de permanecer sobre tu corazón; y las inculcarás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte y al levantarte;»
(Devarim/Deuteronomio 6: 6-7)
Convengamos que estudiar Torah (Instrucción) divina es un Mitzvá (Mandamiento) en sí mismo. Un redimido debe aceptar que la única razón por la que ha sido puesto en este mundo es para que aprenda los secretos de la Instrucción (Torah) del Eterno. Pero además, debe reconocer que este acto tiene sus características propias. Entre ellas podemos citar las siguientes:
La obligación es tanto de aprender como de enseñar. Como está escrito:
«…ושננתם לבניך ודיברת בם»
«Y enseñarás a tus hijos y les hablarás de ella.»
Es un mitzvá (mandamiento) de carácter permanente. Como está escrito:
«…בשבתך בביתך, בלכתך בדרך, ובשכבך ובקומך»
«Sentado en tu casa, cuando anduvieres por el camino, al acostarte y al levantarte.»
El estudio tiene por fin el cumpimiento, la puesta en práctica de aquello que se estudia. Como esta escrito en Dvarim 5:7:
«…ולמדתם אתם ושמרתם לעשתם …»
«Y la estudiarán y cuidarán de cumplirla.«
Hay un pasaje que proclama:
“Ordenaréis a vuestros hijos que los observen, cuidaos de observar todas las palabras de esta Torá… porque ella es tu vida…”
(Deuteronomio 32:46-47)
La implicación aquí es que “esta es tu vida eterna” como explica Rashi, el comentarista clásico de la Torah, respecto al versículo:
“Que un hombre debe realizar y según la cual debe vivir…”
(Levítico 18:5)
Mediante la observancia de la Torah, Yahvéh nos prometió vida eterna. Por esta razón Yeshúa explicó:
«Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesús, el Cristo, a quien has enviado.»
Cuando un varón se casa con una mujer, es común que esta trate instintivamente de tomar el control; y de asumir la posición de autoridad en la relación de pareja.
Desafortunadamente, esto va en contra del diseño divino original para las relaciones entre varón y mujer en alianza. En dicha ingeniería celestial, la mujer esta llamada a “complementar” a su marido.
Por el otro lado, en este sistema actual de cosas, suele también darse el caso de que el varón que se casa se exceda en su posición; y, en vez de “disciplinar” a su esposa, termine abusando injustamente de ella.
La clave para evitar este conflicto de intereses, es que tanto el varón como la mujer renuncien a su propio ego (a adelantar sus agendas personales), y se comprometan con adelantar solamente la agenda divina. Esto se logra cuando cada uno se compromete con poner la voluntad de Yahvéh, por encima de su propia voluntad. Pero, ¿como evitamos que cada uno de ellos entienda de modo distinto cual es esa voluntad divina para con su vida? Pues asegurándonos de que, tanto el varón como la mujer, sigan la misma cultura de fe. De este modo, ambos cónyuges perseguirán la misma meta, tal y como la interpreta la cultura a la cual ambos pertenecen.
¿Por que es importante que ambos sigan la misma voluntad divina? Pues porque, de otro modo, se encontrarán siempre en desacuerdo, tratando de “mantenerse juntos”, a la misma vez que “caminan hacia direcciones distintas”, a causa de estar transitando caminos diferentes.
Por eso dice las Sagradas Escrituras:
«¿Andarán dos juntos (hacia la misma meta), si no estuvieren de acuerdo (en la dirección en la que esa meta se encuentra)?».
(Amós 3:3)
Por eso, es indispensable que cada creyente hebreo se asegure de que su futura pareja comparte la misma fe, a fin de promover la unidad y la armonía matrimonial.
En conclusión, a menos que medien razones de fuerza mayor, no es aconsejable que ningún varón creyente en la Torah (Instrucción) de Yahvéh, según el Yugo de Yeshúa, se case con una mujer incrédula. Esaú cometió este error, al casarse con dos mujeres cananeas. ¿Cual dice la Torah que fue el resultado de esta grave equivocación?:
«Y cuando Esaú era de cuarenta años, tomó por mujer a Judit hija de Beeri heteo, y a Basemat hija de Elón heteo; Y FUERON AMARGURA DE ESPÍRITU PARA ISAAC Y PARA REBECA.»
(Génesis 26:34-35)
En base a esta triste mancha en la historia patriarcal, para ese pueblo de Israel el hecho de casarse con alguien que no profesa la misma cultura es una pesadilla para los padres y un escándalo enorme dentro de la comunidad misma. La explicación es muy simple: cuando alguien (varón o mujer) es guiado por el corazón, se olvida de la razón. ¿Cómo es posible construir un hogar unificado cuando la pareja tiene visiones tan diferentes? Y, en este caso, no son aquellas “diferencias complementarias”, son diferencias que guían hacia caminos opuestos. ¿Cómo caminar juntos si los caminos no son los mismos? Si la pareja pretende tener hijos, ellos crecerán en una casa dividida. Tendrán dos opciones de fe y, al mismo tiempo, no tendrán ninguna. Es tener que pedirles a ellos que elijan: “¿Quieres seguir al Dios de papá o al de mamá?”
Para ser salvado de la influencia y opresión de este sistema reptiliano imperante que nos rodea hay que aprender hacer algo increíble y maravilloso…
Apenas nacemos tenemos se activa dentro de nosotros una tendencia hacia lo negativo que se llama Yetzer Hará (inclinación al mal). Esta será la fuerza satánica que siempre intentará meternos por el camino de la perdición, que provoca la caída del ser humano, y la manifestación del caos (Génesis 4:7; 6:5; 8:21). Es lo que en los rollos mesiánicos (Nuevo Testamento según el cristianismo) es llamado pecado. Por eso, apenas nace un ser humano, las tinieblas dejan apostado junto a esa alma un demonio que busca constantemente la caída de dicho ser humano en acciones injustas, fruto del yetzer hará. Entiéndase bien, de acuerdo a las Sagradas Escrituras, el yetzer hará no es una fuerza demoníaca que empuja a una persona a hacer el mal, sino más bien un impulso hacia el placer o la propiedad o la seguridad, que si se deja ilimitado, puede conducir al mal, y alimentar energéticamente a una fuerza demoníaca.
El yetzer hará tiene como propósito desintegrar la unidad entre el Eterno y el ser humano. Las Sagradas Escrituras enseñan que cuando la humanidad comenzó a multiplicarse y aumento su pecado, el Eterno expreso lo siguiente: “… Las inclinaciones del hombre son de continuo al mal” (Génesis 6:5). El termino Yetzer, significa intención, inclinación, designio, obra; incluso, pensamiento. Esta inclinación, puede ser tanto buena, como mala; aunque desafortunadamente, el pensamiento del hombre está más inclinado hacia el mal (Mateo 15:19).
Al ingresar en la primera etapa de la juventud, es decir, a los 12 años las mujeres, y los 13 años los varones, el alma humana está madura y lista para voluntariamente ascender al nivel denominado neshamá (consciencia espiritual). Es lo que algunos sabios estudiosos de la Torah denominan el alma adicional. Según estos intérpretes, con la madurez de ella, el Eterno envía un ángel positivo llamado Yetzer Hatov que custodia al alma humana joven por el Camino de la Salvación (Yeshúa HaMashiaj), siempre y cuando esta quiera por Él peregrinar.
El Yetzer Hatov, es el espíritu que sugiere los buenos deseos, las buenas acciones, la buena conciencia y la moralidad. El Yetzer Hatov, es el impulso interno que insta al hombre recordar los mandamientos del Eterno. Este Espíritu faculta al hombre a tomar las decisiones buenas, como son: amor, gozo, templanza, paz, etc., (Gálatas 5:22-24). Esta inclinación, desafortunadamente, no es tomada en cuenta por el hombre carnal, ya que este no se conduce mediante la Torah (Instrucción) del Eterno, sino por la ley que está en sus miembros (Romanos 7:23), es decir el yetzer hará.
El secreto de esto es obligar al Yetzar Hará, a sujetarse al poder transformador de la Shekinah (Presencia divina). Según lo revelado en las Sagradas Escrituras, los adultos se distinguen de los niños por el yetzer hatov, que, bajo el dominio del Espíritu Santificador, controla y canaliza las unidades que existen sin control en el niño. Por lo tanto, los niños pueden buscar el placer y la adquisición, pero no pueden crear una relación santificada o ejercer la responsabilidad de participar en un negocio. Es decir que cuando está controlado adecuadamente por el yetzer hatov, el yetzer hará conduce a muchos resultados socialmente deseables, incluido el matrimonio, los negocios y la comunidad, con la garantía de absoluta victoria.
«El ángel del mal tiene que venir a defendernos y transformarse en el defensor de nuestra vida». Esto se consigue con la práctica diaria de la crucifixión del ego (Gál. 2:20). Así pues, cuando conseguimos que el Yetzer Hará se sujete a nuestra alma redimida (neshamá) podemos conseguir que el ángel Yetzar Hatov haga elogios de nosotros a YHVH, el Bendito sea, y así hemos ganado la partida.
Ahora bien, ¿cómo se consigue esto?
Se consigue por el mérito de haber estudiado la Torah en todos los niveles codificados de Su Luz, por medio del Yugo que ofrece en su llamado (vocación) Yeshúa HaMashiah (Mateo 11: 28-30).
Sin embargo, José se apartó de ellos y se echó a llorar. Luego regresó a donde estaban y ordenó que tomaran preso a Simeón, y que lo encadenaran.
(Bereshit/Génesis 42: 24)
Al leer este relato de elevación de conciencia, notamos que en él se destaca que Yosef tenía que dominar sus emociones y suprimir sus propios deseos para poder estar delante de sus hermanos y hablarles duramente. Esto no le era fácil, pero a la misma vez no le era imposible. Él había estado estudiando durante trece años en la escuela del sufrimiento. Yosef había desarrollado una de las características más importantes de un tzadik (justo): el dominio propio.
Según las Sagradas Escrituras, el dominio propio es una de las características del carácter del Mesías, y aquellos que en Él creen deben procurar a diario ejercer esta característica de la Unción.
Sabemos que el primer ser humano fue creado a la imagen divina diseñada en Mashiaj, y por eso, el dominio propio es un matiz primordial en el fruto del espíritu humano que anhela una ascensión de conciencia cotidiana (Gálatas 5:23).
Las Sagradas Escrituras revelan que después de la caída en pecado, el ser humano se destaca en su vida cotidiana en la falta de dominio propio. Por eso, cuando el Eterno trata con una persona para restaurarla y volver a hacerla conforme a la imagen del Mesías, también trabaja con esta área de su carácter. Así lo hizo con Yosef en aquellos 13 años, antes de ser visir de Egipto.
Por todo esto mi querido (querida) lector (lectora) si quieres alcanzar el carácter mesiánico que ofrece el Mesías, debes tener el rasgo que implica el dominio propio. Ten presente siempre que conquistarte y gobernarte a ti mismo es más valioso que conquistar una ciudad, y/o gobernar una nación. Cuando lo logres serás una persona satisfecha, más equilibrada y sana. Si no te dominas a ti mismo cualquier cosa te dominará.
¿Qué es el Dominio Propio?
De acuerdo a las Sagradas Escrituras es la capacidad que permite controlarnos a nosotros mismos, sujetando nuestras emociones a la Sabiduría divina. Esto es dado por el Creador al ser humano a través de la Unción del Espíritu Santo que le permite así negarse al pecado y todo aquello que desagrada a Dios.
El dominio propio está dispuesto a suprimir las pasiones temporales para obtener un placer mayor a largo plazo.
El dominio propio sabe decir no cuando el pecado le es presentado envuelto en un paquete muy hermoso.
El dominio propio no hace lo que no se puede hacer sin permiso y autorización o sin tener cierta edad o sin haber cumplido los requisitos para ello.
El dominio propio sabe esperar y ser fiel hasta llegar a metas largas y difíciles.
El dominio propio no da rienda suelta a las emociones en el momento de presión.
El dominio propio no elimina las emociones fuertes, pero sí las domina y sólo las deja salir cuando es el momento apropiado y de propósito para ello.
El dominio propio sabe callar cuando tiene ganas de hablar.
El dominio propio no revela secretos de otros.
El dominio propio no compra un producto cuando no lo necesita.
El dominio propio gusta de la compra con crédito.
El dominio propio usa el dinero para las cosas importantes y no lo malgasta en placeres.
El dominio propio no gasta lo que no tiene.
El dominio propio no compra nueva ropa cuando aún puede usar la que tiene en buen estado.
El dominio propio no come comidas deliciosas que no nutren, ni contribuyen a la salud.
El dominio propio no come comidas prohibidas por la Torah.
El dominio propio sabe decir no a un plato de lentejas cuando tiene mucha hambre porque su precio es demasiado alto.
El dominio propio siempre mira al Invisible para saber qué debe hacer en cada momento en lugar de actuar precipitadamente.
El hijo primogénito de Dios que tiene dominio propio puede gozar fácilmente de tener lo que quieren justo en sus manos.
El dominio propio no nace de la noche a la mañana. El mismo dependerá del amor, el temor y la vida de consagración que tengas con el Eterno.
El dominio propio va más allá de nuestra voluntad es un fruto que surge de la vida de Yeshúa en nosotros.
Así pues, una persona con dominio propio o templanza reaccionará siempre de manera equilibrada a sus propias decisiones y deleites ya que goza de un considerable control sobre sus emociones y es capaz de dominar sus impulsos. Esta actitud de carácter refleja la educación y completo dominio de la voluntad humana, y permite poner límites a los deseos generalmente vinculados al hedonismo individualista.
A esta altura de esta meditación, me veo obligado a dejar bien en claor que la templanza o dominio propio sólo surge cuando el carácter de Mesías está siendo formado en el interior de una persona. Es decir, cuando la energía de la kedusháh (santidad) divina empieza a ser una prioridad en la mente y el corazón de esa alma ungida. Es decir, cuando dicha alma se está entrenando en la producción del fruto del Espíritu para Santificar el Nombre de Dios.
Ante esto, te animo hoy a que comiences a vivir la Instrucción divina tal como está escrita, y goza así de los beneficios que esta contiene. Deja que el Eterno cambie tu carácter como creyente, enseñándote a ejercer el control de las emociones, tener firmeza en la toma de decisiones, lograr calidad total de todas tus actitudes, y empoderar tu manera de hablar en la capacidad de hacer milagros con todo lo que declares.
Justamente las promesas que el Eterno te ha dado en forma de sueños y anhelos, no se cumplirán solas y de manera automática. Abba nuestro en su Palabra nos dejó lo que tenemos que hacer:
“Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia; vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fevirtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia;« (2 Pedro 1:3-6)
¡Ruego que el Eterno nos ayude a profundizar nuestra relación personal con Él para que se produzca el fruto de Su Espíritu en nosotros, para Su gloria!
Los animo a que forjemos nuestras ideas, nuestra conducta, y nuestros valores, a partir de las ideas, la conducta, y los valores que, acerca de nuestro Creador, modela para nosotros la Torah (Instrucción).
Esta es la finalidad de la fe verdadera o emuná: que el ser humano refleje la “imagen” de Creador asemejándose cada día más a su Padre Celestial. De este modo, así como Yahvéh vistió a Adán y a Eva, cuando se hallaron desnudos en el Huerto del Edén, así también nosotros vistamos al desnudo en el huerto oscuro del materialismo.
Así como el Creador dio de comer y de beber a los hebreos que deambulaban por el desierto, así también nosotros demos de comer y beber al que deambula por nuestras calles.
Así como el Eterno fue (en un torbellino) a visitar al enfermo (Job), así también nosotros nos apresuremos (como torbellino) a visitar al enfermo.
Así como el Eterno juzgo como perversa la inmoralidad, el materialismo, y falta de humanidad de los hombres de Sodoma, así también nosotros juzguemos como perversa la inmoralidad, el materialismo hedonista, y la falta de humanidad de nuestra perversa sociedad.
Así como el Eterno se opuso a la opresión que el injusto Faraón ejercía contra de los débiles e inocentes esclavos hebreos, de ese mismo modo nos opongamos nosotros a la opresión e injusticia que, aquellos que son lujuriosamente ricos, ejercen contra los que son irremediablemente pobres y débiles en nuestra sociedad.
Quien rehúsa vivir por esta regla, y hacer las obras de justicia que caracterizan al Eterno, se burla del Creador. Se hace su enemigo del Eterno, pues llama mentiroso al Dios verdadero que afirma haber creado al hombre “a Su imagen, para que se conforme a Su semejanza”, es decir, para que se parezca moralmente a su Creador.
Este hombre perverso, y hacedor de maldad, sera castigado con “fuego”, sin importar la fama que posea, los milagros que realice, o la religión que asegure sinceramente profesar.
Yeshúa HaMashiaj vino a traer la circuncisión del corazón tan anunciada por Moshé y los profetas (Dt. 10: 16).
Nuestro espíritu es un estado esencial y eterno: es AMOR al estado puro…
El ser humano, en su estado impuro, tiene al espíritu encarcelado en el MIEDO del alma.
Circuncidar el corazón es pues quitar el miedo del alma y dejar fluir el amor al estado puro.
Es necesario aceptar que no se puede circuncidar el corazón sin un proceso de aprendizaje que se realiza a través del estudio y la meditación de la Torah.
Hay que hacer desparecer el miedo de la faz de la tierra a través de la manifestación del perfecto amor.
La mayoría de las veces las soluciones a problemas que consideramos muy complicados son más sencillas de lo que nos parecen en un estado de stress, angustia, irritación y sobre todo preocupación.
Muchas veces, simplemente un cambio de perspectiva o un cambio de ruta nos conduce a encontrar nuestro Camino de propósito en la Intención divina.
Cuando cambiamos de perspectiva todo cambia. Por lo tanto, no te aferres a encontrar tu destino final siguiendo por el mismo camino. Busca la Torah y síguela.
Existe un paradigma que es el secreto para explicar el por qué la mayoría de los consejos y conexión que tratamos de dar a una persona no funcionan para ellos: «Nuestras palabras están vacías». Únicamente cuando hablamos desde el corazón, podemos llegar al corazón de los demás. ¡Conéctate con las personas de una forma real y los conectarás a su vez con su auténtico «yo»! Un Yo lleno de plenitud, paz y propósito.
El propósito de nuestra existencia, es comprometernos con hacer el bien a fin de promocionar todo lo creado desde los planos físicos a los ámbitos metafísicos de la Luz Infinita.
¿Por que?
Pues porque el ser humano es un árbol, que ha sido plantado por Yahvéh en el huerto que es Su Mundo.
¡El Sembrador quiere que su árbol produzca buenos frutos!
Las Sagradas Escrituras revelan en su mensaje este propósito profético:
«El árbol que viste… tu mismo eres oh rey…por tanto… tus pecados redime con justicia; y tus iniquidades, haciendo misericordias para con los oprimidos»
(Daniel 4:20-27)
Por eso el sabio rey Salomón escribió:
«…el fruto del justo (sus obras de justicia, de misericordia, y de humildad) es árbol de vida …»
(Proverbios 11:30)
Y también los profetas preexílicos exhortaban a Israel en su mensaje usando esta analogía:
«… y serán (los justos) llamados “arboles de justicia”, “plantío del Señor”, para gloria suya”
( Isaías 61:3)
Bajo este manto profético Juan el Bautista, para preparar el Camino de nuestro Mesías, proclamaba en su mensaje:
«Ahora mismo el hacha del juicio de Dios está lista para cortar las raíces de los árboles. Así es, todo árbol que no produzca buenos frutos será cortado y arrojado al fuego.»
(Mateo 3: 10)
Por eso, nuestro amado Mesías y Maestro dejó asentado en Su Yugo vocacional como los discípulos del Camino se destacaría como árboles buenos según sus frutos:
«Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos.
Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado al fuego.
Ninguna interpretación es una manifestación válida de la mentalidad universal que encarna la Tanak (Escritura Hebrea), si la misma no refleja la justicia, la misericordia, y la humildad que el Eterno Dios espera que exhiban aquellos que le temen (Miqueas 6:8).
Tampoco puede ser considerada válida, si alienta o promueve (a corto o largo plazo) la constante e injustificada violación de alguno de los diez lineamientos de Luz Infinita revelada en la Instrucción (diez mandamientos). ¿Cuando es una violación justificada? Cuando hay un riesgo real de que su obediencia afecte seriamente la salud, o ponga en riesgo la vida. Es que, el propósito de los mandamientos, es que el hombre «viva por ellos»; y no el que «muera por ellos» (Levítico 18:5). Así, las parteras Egipcias obraron correctamente, cuando violaron el mandamiento (tradición oral) que les prohibía mentir, pues su obediencia a tal mandamiento habría puesto en peligro la vida de los inocentes niños israelitas.
“Tener la verdad” es poseer un gran poder, pues implica la capacidad de influenciar a las millones de personas que buscan la verdad, sin lograr aun encontrarla. Es que, demasiado poder, puede corromper al mas humilde de todos los hombres. ¡Peor que eso! En manos de un líder sagaz, que ha perdido ya sus escrúpulos, «tener la verdad» puede convertirse en una poderosa excusa para justificar el culto a la personalidad humana, la altivez, la opresión, la injusticia, la discriminación racial, y toda suerte de perversión ética y moral.
¡Cuidado con cualquier movimiento (sea Judío, Cristiano, Islámico, etc.) cuya prioridad sea seguir ciegamente el dogma (o la doctrina teológica) de un fuerte líder, y no el compromiso con la vida ética y moral que demanda el Eterno de aquellos que reclaman ser su pueblo. Quien tal hace, renuncia a su propia vida, como en el pasado han demostrado los incidentes acaecidos en Masada (Israel), en Wacco (Texas), en Jonestown (Guyana), y en San Diego (California).
Cuidado con cualquier organización de carácter político, religioso, o aun científico, que prohíba cuestionar la moralidad de su ideología (esta es la definición de lo que significa ser una «secta«). Quien se somete ciegamente a alguna de estas organizaciones, corre el peligro de cometer «suicidio intelectual«. Y, el «suicidio intelectual», es siempre la triste antesala al suicidio físico
¡Cuidado con los falsos Mesías, y con quienes los veneran como a un ídolo! El hombre de carne, que sigue ciegamente a otro hombre de carne (y no al incorpóreo Creador del Universo), esta bajo maldición; y, quien tal hace, se arriesga a arder en Gehinnom, donde comerá su propia carne.
Es que, en el ultimo análisis, “tener la verdad” no es llevar dentro de nuestras cabezas la teología correcta; es llevar dentro de nuestro corazón la actitud correcta: la de hacer justicia, amar la práctica de la misericordia, y caminar de manera humilde ante el Eterno (Miqueas 6:8).
1) El creyente deja de estudiar la Torah (Instrucción) de Dios.
2) Sin el fundamento del estudio, el creyente comienza a ver los mandamientos como materia de elección personal, no como una obligación moral.
3) El creyente comienza a resentir el que otros estudien y practiquen los mandamientos; pues con ello le hacen sentir culpable de no obedecerlos.
4) El creyente trata de impedir que otros obedezcan los mandamientos, a fin de sentirse en sí mismo menos culpable.
5) El creyente niega que los mandamientos provengan de Yahvéh.
6) El creyente niega que exista un pacto entre el Eterno y el pueblo hebreo.
7) Finalmente, el creyente niega la existencia de Dios.
«Y los hijos de Noé que salieron del arca fueron Sem, Cam y Jafet; y Cam es el padre de Canaán. Estos tres son los hijos de Noé, y de ellos fue llena toda la tierra.Después comenzó Noé a labrar la tierra, y plantó una viña; y bebió del vino, y se embriagó, y estaba descubierto en medio de su tienda. Y Cam, padre de Canaán, vio la desnudez de su padre, y lo dijo a sus dos hermanos que estaban afuera. Entonces Sem y Jafet tomaron la ropa, y la pusieron sobre sus propios hombros, y andando hacia atrás, cubrieron la desnudez de su padre, teniendo vueltos sus rostros, y así no vieron la desnudez de su padre. Y despertó Noé de su embriaguez, y supo lo que le había hecho su hijo más joven, y dijo: Maldito sea Canaán; Siervo de siervos será a sus hermanos. Dijo más: Bendito por Yahvéh mi Dios sea Sem, Y sea Canaán su siervo. Engrandezca Dios a Jafet, Y habite en las tiendas de Sem, Y sea Canaán su siervo. Y vivió Noé después del diluvio trescientos cincuenta años. Y fueron todos los días de Noé novecientos cincuenta años; y murió.«
(Génesis 9.18-29)
De toda esta porción escritural, existe un versículo clave que exige nuestra máxima atención investigativa si anhelamos descodificar la embriaguez de Noaj y las dramáticas consecuencias que este acto desencadenó sobre la humanidad. Me refiero a Génesis 9:20:
“Y comenzó (Vaiajel) Noaj, el hombre de la tierra, y plantó un viñedo”.
Lograrás darte cuenta que tras el inmenso trauma del Mabul (Diluvio), Noaj y sus hijos emergieron del arca con la formidable misión de repoblar el planeta Tierra, estableciendo una nueva humanidad preñada de la esperanza mesiánica dada por el Eterno (ver Génesis 3:15). Sin embargo, resulta sumamente extraño que el patriarca decidiera que la forma más apropiada de inaugurar este nuevo asentamiento humano fuera, precisamente, plantando un viñedo.
Así, leído rápidamente y a simple vista, esto podría parecernos un detalle agrícola intrascendente. No obstante, el investigador agudo notará de inmediato que la Torah utiliza un término muy inusual para expresar que Noaj «comenzó» que en el hebreo original es vaiajel. Si el texto se refiriera a un mero inicio cronológico, la palabra hebrea más exacta y habitual habría sido vaiatjil. Ante esto, surge un interrogante hermenéutico insoslayable: ¿Qué nos está revelando realmente la Torah con esta elección léxica?
Como bien sabemos en nuestras aulas de estudio, el hebreo es el idioma matriz con el que el Eterno codificó la Creación y, por lo tanto, alberga múltiples dimensiones de significado oculto. El relato de la desgracia de Noaj inicia con un pasaje que, transliterado, resuena así:
«Vaiajel Noaj, Ish HaAdamá, Vaitá Carem«
Esta frase encierra una dualidad fascinante y puede traducirse de dos maneras:
«Y Noaj comenzó a ser un hombre de la tierra, y plantó un viñedo.«
«Y Noaj se profanó a sí mismo, [volviéndose]un hombre de la tierra y plantó un viñedo.«
Mientras la primera lectura es puramente descriptiva, la segunda nos sumerge en una profunda advertencia espiritual: ¿Qué significa exactamente «autoprofanarse»?
La raíz hebrea de la palabra vaiajel es jol, que se traduce directamente como «profano» o «mundano». Los sabios y comentaristas nos advierten que, a través de la mismísima acción de plantar este viñedo, Noaj degradó su estado de consciencia espiritual, profanándose a sí mismo e impactando catastróficamente en su matriz familiar y en las generaciones venideras.
Pero detengámonos un momento a meditar. Si bien es innegable que Noaj actuó de forma irresponsable al embriagarse, plantar un viñedo no constituye en sí mismo una transgresión moral. Entonces, ¿por qué la Torah decreta que la profanación ocurrió en el acto de plantar, y no simplemente en el de beber de manera inapropiada? Y no solo eso; un análisis fino del texto revela un orden específico: primero se profanó a sí mismo y, como consecuencia, plantó el viñedo.
¿Por qué la Torah hace esta afirmación?
La respuesta reside en una regla de oro que rige las dimensiones de la espiritualidad: «Todo va de acuerdo con la intención (kavaná) de quien realiza la acción». La acción material no es el determinante último; lo verdaderamente crucial es la motivación subyacente que la impulsa.
Entonces, en este caso de la vida de Noaj, lo importante es determinar cuál fue la intención que él tuvo al plantar el viñedo.
Debemos recordar que en las Sagradas Escrituras el vino posee un diseño dual. Por un lado, ostenta un propósito espiritual elevadísimo, siendo el elemento con el que santificamos el Nombre del Eterno en el sagrado ritual del Kiddush. Por el otro, acarrea un riesgo puramente carnal: el de la embriaguez irresponsable. En el Tanaj (Antiguo Testamento), el fruto de la vid es símbolo de gozo, vitalidad y prosperidad plena (Salmo 80:8-16; Isaías 5:1-7; Zacarías 8:12), pero advierte severamente sobre el letargo que produce su abuso (Proverbios 20:1; 23:29-35).
Lamentablemente, (y siendo más realista trágicamente), en la euforia de su nuevo comienzo, Noaj disoció ambos aspectos y no supo poner límites a su gozo. La expresión vaiajel (traducida «y profanó») nos indica que extrajo el vino del ámbito sagrado y lo arrojó a la esfera de lo mundano. De esa fractura espiritual brotó la corrupción que afectó irremediablemente su vida y su linaje.
Ahora podemos entender por qué está escrito que él se profanó a sí mismo incluso antes de plantar el viñedo, ya que como dijimos anteriormente, “Todo va de acuerdo a la intención del que realiza la acción”. En este caso, el posterior comportamiento inapropiado de Noaj al utilizar el vino para emborracharse fue sólo la manifestación física de su intención inicial, ya que, desde un comienzo, él había plantado el viñedo con intenciones básicamente materiales, y es por eso que la Torah dice que en el preciso instante en el que decidió plantar el viñedo, él ya se había profanado a sí mismo.
Entonces, el pasuk (versículo) nos entrega la clave de su intención al llamarlo «Ish HaAdamá» (el hombre de la tierra). Antes siquiera de hundir las semillas en el lodo, su mente ya operaba en frecuencias y términos puramente materiales. Ese título no es un halago agrícola; indica el descenso de su estado espiritual. El vergonzoso comportamiento posterior en su tienda fue tan solo la manifestación física de su kavaná inicial materialista. Noaj se comprometió más con lo físico que con su diseño celestial. Podemos aprender de acá que no sólo nuestras acciones importan, sino que debemos incluso preocuparnos de que cuando actuamos, nuestras intenciones deben ser siempre las apropiadas.
De esta manera la Torah está enseñando a todo integrante del Israel de Yahvéh, que el comienzo del descenso espiritual de un ser humano es el volverse mundano a través de las actividades diarias. Cuando los asuntos que en realidad son triviales se vuelven (a los ojos de la persona) las cuestiones más importantes en la vida, la persona se auto-profana, volviéndose un «Ish HaAdamá«, es decir «un ser humano de la tierra«. Aparece así una persona tan ocupada y preocupada por los asuntos terrenales y mundanos de la vida (familia, estudio, negocios, jefes, trabajo, academia, etc.), que se profana y se vuelve mundano él mismo. Entonces, según lo que relata la Torah, las desgracias más extrañas comienzan a ocurrir y el entorno se vuelve un perverso enemigo.
Para concluir tengo una pregunta: ¿Cómo nos salvamos de esta autoprofanación en medio de nuestra sociedad tan líquida y agotada?
Pues bien, el antídoto radica en la fijación innegociable de tiempos para el estudio y la meditación de la Torah, que es, en verdad, nuestra vida y la longitud de nuestros días. Son sus códigos lumínicos los que nos elevan por encima de nuestras propias limitaciones terrenales, conectándonos con Yahvéh a través de Su Hijo Yeshúa HaMashiaj, la Fuente suprema de todas las bendiciones espirituales.
Para que nuestra servicio sacerdotal (abodá) cotidiano sea efectivo y de olor grato ante el Eterno, debemos trabajar en cuatro cosas para poder servir al propósito eterno de Dios correctamente. Por favor, toma nota en tu mente y corazón acerca de estas cuatro cosas:
Ser atrevido. Se refiere que no se avergüence al hacer las Mitzvot, aunque haya quien lo critique debe uno hacer lo que es correcto.
Cuidar los ojos. Evitando mirar las cosas inmorales o negativas.
Correr a hacer lo correcto. Cuando sabe que tiene que hacer algo hacerlo de inmediato.
Dominar su mal instinto. Se refiere dominar el mal carácter o las ganas de pecar.
Estos puntos son esenciales para poder servir a Yahvéh… ¡Anímate a practicarlos diariamente!
“Y aconteció que, al transcurrir el tiempo, Káyin trajo a YHVH una ofrenda del fruto de la tierra. También Hevel, por su parte, trajo de los primogénitos de sus ovejas y de la grosura de los mismos. Y YHVH miró con agrado a Hevel y a su ofrenda. Pero no miró así a Caín ni a su ofrenda. Por eso Caín se enfureció y andaba cabizbajo. Entonces YHVH le dijo: «¿Por qué estás tan enojado? ¿Por qué andas cabizbajo? Si hicieras lo bueno, podrías andar con la frente en alto. Pero si haces lo malo, el pecado te acecha, como una fiera lista para atraparte. No obstante, tú puedes dominarlo.”
(Bereshit/Génesis 4: 3-4)
En el tercer capítulo de Bereshit (Génesis) hemos apreciado como apareció en el mundo la raíz del pecado. Pues bien, al llegar al cuarto capítulo de Bereshit podemos percibir cómo se manifiesta el fruto del pecado.
Recordemos que el Eterno le había anunciado a Adam HaRishón (primera humanidad) acerca de un conflicto que vendría entre la Simiente de la Serpiente y la Simiente de la Mujer (3:15). Pues bien, Adam y Java (Eva) no tardarían en experimentar la realidad de este conflicto en la trágica historia de sus dos hijos.
Este pasaje persigue enseñar que Adam y Java, con su desobediencia también trajeron sufrimiento a sus hijos. La muerte era una amenaza constante para sus intentos de ser fecundos y multiplicarse. El apetito de la tumba no tiene fin. El dolor del parto no se limita al dolor del trabajo de parto. Ahora, en vez de ser el feliz acontecimiento que debería haber sido el nacimiento de un niño, con el tiempo se convirtió en la fuente del dolor inevitable para todos. Un niño arruinado en un mundo arruinado. Los padres también sufren porque son incapaces de proteger a sus hijos de la angustia y la naturaleza caída del mundo.
La historia de Kayin y Hevel (Caín y Abel), se debe entender, en todo sentido, como la historia real de las relaciones humanas, también es una imagen del viejo conflicto de las dos semillas.
Kayin pensó en ofrecer simbólicamente un sacrificio al Eterno. Sin embargo, razonó que, dado que Dios de todas maneras no comería, él podía ofrecer aquello que consideraba oportuno para el rito, según sus propios razonamientos. Hevel, en cambio, observó a su hermano, pero lo llevó un paso más allá: si simbólicamente estamos proclamando nuestra gratitud y amor a Yahvéh, debemos llevar lo mejor del ganado, para simbolizar nuestra esperanza mesiánica.
Hevel ofreció generosamente lo mejor que poseía, corderos que nunca habían esquilado o trabajado y que no tenían defectos. Yahvéh había revelado a Adam y Javá cuáles eran los animales limpios que valían para los sacrificios, (cf. Génesis 7:2), y por eso Hevel sabía qué clase de animales el Eterno podía recibir. Por medio de los códigos gemátricos, se interpreta que es muy probable que el animal que fue sacrificado en el huerto antes de la expulsión haya sido un cordero (cf. Revelación 13:8; 1 Pedro 1:19-20), por lo que se explica que Hevel se basara en la revelación que el Eterno había dado mediante ese sacrificio. Según el Midrash, los sacrificios de Káyin y Hevel fueron dados el 14 de Nisán, el mismo día que el sacrificio de Pesaj (pascua) iba a ser ofrecido más adelante.
El escritor de la epístola a los Hebreos escribió explicando esto:
“Por la fe Hevel ofreció a Dios un mejor sacrificio que Káyin, por lo cual alcanzó el testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y por la fe, estando muerto, todavía habla.” (Hebreos 11: 4)
Hevel sacrificó por la fe. No dice “por fe”, sino “por la fe”. No era por cualquier fe, sino la fe, la de siempre, la única que fue dada desde el principio, la fe de los hebreos. Es evidente que Hevel tenía fe en el sacrificio futuro del Mesías, según lo que el Eterno había revelado anteriormente en la promesa mesiánica del Proto-Evangelio (cf. 3:15, 21). Y fue por esa fe fue que fue justificado, es decir declarado inocente y libre de la culpa de su pecado.
El Eterno miró con agrado a Hevel, en primer lugar, y luego su ofrenda. Vio la actitud de su corazón de amor, entrega y fe, y esa actitud fue recompensada con la manifestación de su agrado. El Midrash cuenta que cayó fuego del cielo y consumió su sacrificio. ¡Sí!,… ¡así es!… bajó un fuego y consumió el sacrificio de Hevel, pero no el de Kayin. Esto dejó a Kayin preso de sentimientos negativos. Entonces vemos que Yahvéh lo consoló y le explicó como la nueva serpiente (también conocida como “la inclinación al mal” – yetser hará-) está en cuclillas para atacar al hombre. Pero el hombre tiene el poder de vencerla si así lo desea y decide.
Kayin, el primogénito de Adam y Javá, pasó por una crisis muy profunda. Su ofrenda para el Eterno no había sido bien recibida. El problema no era que al Eterno no le gustase lo que él ofreció, sino los motivos de su corazón cuando lo ofreció. El Eterno ve lo que hay en el corazón y la intención ( en hebr. kavaná) que hay detrás de las acciones humanas. Para Él no es lo más importante lo que hagas, sino por qué estás haciendo lo que estás haciendo. Caín dio una ofrenda, pero no fue bien recibida.
El texto que nos ocupa dice que el Eterno no miró a Kayin y su ofrenda. Notemos que para Yahvéh, primero se trata de Kayin, y luego de su ofrenda. Es decir, que el Eterno no miró con agrado a Kayin y por eso no pudo recibir su ofrenda.
Entonces: ¿Cuál fue el problema de Kayin? Sus motivos no eran correctos. Su corazón no estaba entregado al Eterno. Buscaba sus propios intereses y no los de Yahvéh. Presentó una ofrenda por causa de sí mismo o por causa de lucir ante los demás, pero no por tener un corazón recto ante el Eterno. El Eterno no se impresiona por las acciones exteriores sin kavaná (intención adecuada). (Aquí, haré un parate y elevaré una exhortación: ¡Acuérdate de esto, querido discípulo: no es lo que hagas lo más importante delante del Eterno sino el POR QUÉ lo estás haciendo!)
Ahora bien, sabemos que el Eterno, que no puede ser engañado (Gálatas 6: 7), por eso aprovechó esta ocasión para enseñar amorosamente a Kayin una lección importantísima que pudo haber salvado su vida y la de su hermano. El Eterno le expresó, de alguna manera a este varón, por qué no se agradó de él ni de su ofrenda. Pero, Kayin, en lugar de revisar su corazón y de cambiar su actitud (hacer teshuvá), optó por seguir su inclinación al mal (el yetser hará) y así dejar lugar para la emoción ira que tenía, se convirtiera en enojo, y este produjera un odio que lo quemaba de tal manera que su rostro cayó.
¡Un momento!… ¡No vayamos tan rápido!… ¿Qué quiere significar el texto hebreo con la expresión “cayó su rostro”? Bueno, primero, da a entender que la cara cae por causa de un cambio de postura de los músculos faciales; segundo, se produce una mirada hacia abajo o desviada; tercero, se ofrece una cabeza inclinada hacia abajo.
En pocas palabras, cuando la ira llenó el alma de Kayin, ya no pudo tener una cara alegre. Toda su expresión corporal comenzó a hablar acerca de lo que había en su interior. El Eterno le pregunta por qué está ardiendo de enojo y por qué su rostro está caído. De esta manera le concedía una oportunidad para reflexionar y cambiar de actitud (hacer teshuvá). Pero en lugar de hacer caso a las correcciones del Eterno, Caín decidió continuar el camino de maldad que estaba formándose en su alma.
El Eterno le dio una palabra muy precisa para no tener que seguir en su camino a la muerte y escoger la vida. Con esa palabra Kayin hubiera podido elegir por la alternativa correcta: el Camino de la Vida. ¿Cómo? Por medio de hacer una elección interior de cambio de actitud. El Eterno dijo que Kayin tenía la posibilidad para dominar el mal que estaba deseando tomar control de todo su ser. Caín podía haber dominado la ira. Kayin podía haber impedido que su rostro cayera. Kayin había sido creado para ejercer dominio en este mundo y también en su mundo interior donde había una guerra entre el bien y el mal. Yahvéh le entregó la llave para salir de su cárcel de pecado. ¿Cómo podría haberlo hecho? Por medio de escoger lo correcto y decir no al enojo, la envidia y el deseo de dañar al hermano. Se trataba simplemente de una decisión. En eso consistía el poder que tenía Kayin en su interior. De este modo, Yahvéh le dio autoridad a Kayin para dominar el pecado en ese mismo momento cuando el mal estaba invadiendo su alma. Siempre esa será la clave para trazar destino: tomar una decisión determinante. Pero, lamentablemente, vemos que Kayin no quiso cambiar, y las consecuencias fueron desastrosas.
Por eso esta historia, nos permite ver claramente el simbolismo expresado por Yahvéh. Por un lado, Kayin tipifica la simiente de la Serpiente, mientras que Hevel es un tipo de Mesías, la Simientede la Mujer. Similarmente hoy en día, Caín y Abel representan a las dos familias del mundo. Caín representa a aquellos fuera de la fe que siguen a su padre el diablo, y son, en un sentido espiritual, la simiente de la serpiente, y Abel representa a aquellos de la fe que están en el Mesías (Efesios 1:4) y por lo tanto, en un sentido espiritual, representan a la Simiente de la mujer. Kayin cedió ante el mal agazapado en su interior y, finalmente, el pecado lo desbordó.
Una vez que la inundación del pecado fue liberada en el mundo no había forma de detenerlo. Todo el mundo en la tierra fue ahogado por él y tiñendo todo lo que entrara en contacto. Siguiendo el ejemplo de Adán y Eva, sus hijos se rebelaron abiertamente contra el Señor. Puesto que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios. Por ello, el Eternos los entregó a una mente reprobada, para hacer lo que no se debe hacer. Se han llenado de toda clase de maldad, perversidad, avaricia y depravación. Están llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades. Son chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios y arrogantes; inventan maneras de hacer el mal, desobedientes a los padres, que son sin sentido, desleales, sin afecto y despiadado (Romanos 1:28-31).
El denominado “camino de Caín” (Judas 11) es la falta de fe que se manifiesta en estos actos terribles, en la negación de la responsabilidad y la negativa a aceptar los justos castigos de un Dios justo. Y el primer ejemplo que vemos de esto es cuando Caín mata a su hermano Abel.
Dos lecciones podemos sacar de esta trágica historia familiar. Primero, si el pecado quiere dominar nuestra alma, tenemos la capacidad dada por el Eterno para decir NO y optar por lo correcto y conveniente. Si pecamos no podemos echar la culpa a nada ni nadie, porque somos nosotros los responsables por haber dejado lugar al mal en nuestra alma. En cambio, si optamos por lo justo, aunque nuestras emociones estén ardiendo en nuestro interior, el Eterno nos ayudará a dominar nuestra mente y superar el pecado y sus consecuencias desastrosas. Recordemos que el reya Salomón, refiriéndose a esto, enseñaba que hace falta un poder muy grande para dominar la mente humana, más que para la conquista de una ciudad:
“Mejor es el lento para la ira que el poderoso, y el que domina su espíritu que el que toma una ciudad.” (Proverbios 16:32)
Ese poder está en el interior de cada ser humano. Es el poder de la decisión. El Eterno dijo a Kayin que podía dominar el pecado. Por eso sólo él era responsable por haber decidido negar la justicia, y haber optado por el mal y sus consecuencias. Recordemos que el mal siempre comienza en nuestro interior, y es en el interior dónde diariamente tenemos que vencer la batalla entre el bien y el mal.
La segunda lección que podemos aprender de esto es que al Eterno no le agrada un rostro caído. Él nos creó para estar alegres y no deprimidos, ni amargados. Nosotros podemos optar por no dejar caer nuestros rostros en los momentos de lucha y de adversidad en la vida. NOSOTROS podemos optar por otra cara y levantarla utilizando la gratitud constante o alabanza.
Kayin y Hevel tuvieron que tomar una decisión, al igual que usted y yo tenemos que tomar una decisión. Podemos elegir ser como Kayin o como Hevel. Por un lado, de la misma manera que luego lo haría nuestro padre Abraham, Hevel creyó a Yahvéh, y le fue contado por justicia (Gén. 15:6). Pero Kayin decidió por su propio derrotero, y así generó «el camino de Caín» que condujo desde entonces a la civilización humana a estar tan enemistada contra el Espíritu de Yahvéh, que el mismo Dios verdadero tuvo que traer un diluvio sobre todo el planeta, y empezar de cero con los de la fe. ¿Cuál es tu elección?
¡Que hoy tu decisión sea la correcta para que tu rostro siempre esté levantado!
Un apikoros (epicureo) le preguntó una vez a Rav Akiva:
– ¿Quién creó al mundo?
–Yahvéh– contestó R. Akiva.
–Pruébalo– exigió el apikoros.
R. Akiva contestó únicamente:
– Vuelve mañana.
Cuando el hombre volvió al día siguiente, R. Akiva le preguntó:
– ¿Qué llevas puesto?
–Una túnica-Respondió el epicureo.
– ¿Quién la hizo?
– El tejedor.
– No te creo. Pruébalo– exigió R. Akiva.
– Esto es ridículo. ¿Acaso no te das cuenta por la tela y el diseño que un tejedor la hizo? – dijo el hombre.
– ¿Y tú no te das cuenta que el Eterno creó el mundo?
Después que se fue el apikoros, R. Akiva explicó a sus alumnos:
– Así como una casa fue obviamente construida por un constructor y una prenda obviamente cosida por un sastre, así el mundo (que sigue un orden natural) fue obviamente creado por el Creador.
En un día de mucho calor tres picapedreros se encuentran rompiendo piedras en una cantera. Los tres están ensimismados en la misma tarea, pero descargan con diferentes intensidades el peso de la maza y el punzón sobre las rocas. Las expresiones de sus rostros manifiestan distintos grados de concentración en su trabajo.
Entonces, un caminante que por allí pasaba atento de la situación, supuso que todos eran empleados y que poseían una misma finalidad. Pero la diferente actitud de cada uno lo confundía. Pensó que tal diferencia se debe a las distintas reacciones ante el calor. Decide, entonces, romper su curiosidad abandonando su supuesto, acercarse y preguntarle a cada picapedrero para qué o por qué pica las piedras.
Preguntó al primer obrero y este le respondió muy malhumorado: “¿No ves? Es evidente. Pico piedras”.
No conforme con la respuesta, interrogó al segundo albañil y este dijo con sinceridad: “Me gano el pan. Necesito ganar dinero y alimentar a mi familia y cuantas más horas trabajo, más dinero llevaré a mi casa ”.
Por último, decidió preguntar al tercer trabajador y este dijo con una gran sonrisa: “Construyo una catedral”.
(Autor Anónimo)
Conclusión:
Así, de forma simple, con una respuesta diáfana, evidenció como un sencillo y humilde trabajo puede proyectarse e integrarse dentro de una gran obra. Muchos de nosotros estamos llamados, cada día durante muchos años, a ser como este último picapedrero.
La vida de los seres humanos está hecha para pequeños momentos tejidos en el Gran Tapiz divino de la vida cotidiana. Por ello, debemos aceptar que para vivir plenamente feliz no hacen falta grandes momentos llenos de anécdotas heroicas. Debemos procurar ser felices en la fugacidad del instante, único e irrepetible, que se nos presenta como sucesión de hechos encadenados a lo largo de un día,. No hay que esperar grandes acontecimientos para ser nosotros mismos y mostrar la fuerza interior que da sentido a la vida. Todos nosotros nos encontramos cada día ante acontecimientos sencillos, de aquellos que no salen en las crónicas, pero que son esenciales para explicar la propia existencia anexándola al propósito eterno de Dios. Cada uno de nosotros, como seres humanos, somos los protagonistas silenciosos de las pequeñas historias que sumadas hacen la Gran Historia que revelará finalmente al Mesías sobre las naciones.
Asumir que desde la pequeñez se pueden conseguir grandes transformaciones en la existencia humana es la gran proclamación sobre el sentido de sencillez. Creo que este es el sentido de la alabanza que se desprende del Salterio:
«… la piedra que rechazaban los constructores, ahora corona el edificio»