Durante los dos siglos que han pasado, la conspiración masónica-illuminati, disfrazada de racionalismo, logró implantar en la creencia popular que Moisés no fue el escritor inspirado de los cinco primeros libros de la Biblia o Pentateuco.
Para que quede claro en cada uno de ustedes les diré que hace dos siglos atrás, un grupo de eruditos de tendencia racionalista, puso en duda la paternidad mosaica del Jumash o Pentateuco (hebreo y griego para decir: «Cinco Rollos» o “volumen quíntuplo” ), y desarrollaron la Teoría documentaria de la Alta Crítica. La misma considera que los primeros cinco libros de la Biblia son una compilación de documentos redactados en su mayor parte en el período del sacerdote Esdras (aprox. 444 a. E.C.). Debo aquí comentarles que en la actualidad, desde el punto de vista de la investigación histórica, la hipótesis documentaria es muy difícilmente aceptable precisamente por sus prejuicios metodológicos y su carencia de base historiográfica.
Por sobre todo, en la actualidad, se está derrumbando dicha hipótesis, ya que ha caído el fundamento primordial de la misma. Sucede que la objeción que levantaron aquellos escépticos contra Moisés como escritor de la Torah, se fundamentaba en el supuesto de que en la época de Moisés no se conocía aún la escritura. Pero el especialista en expedientes antiguos P. J. Wiseman indicó en su libro New Discoveries in Babylonia About Genesis (1949, pág. 35) que la investigación arqueológica actual ha probado exhaustivamente que “el arte de la escritura empezó en los albores de la historia conocida”. Así mismo, todos los doctos modernos reconocen que ya existía la escritura mucho antes del tiempo de Moisés, que vivió dos mil años a. E.C.
Por eso, el testimonio de los mismos códigos que componen las Sagradas Escrituras testifica una sola cosa: ¡no existe sino un solo escritor del Pentateuco, y su nombre es Moisés!
El Eterno mismo da evidencias contundentes repetidamente en la Escritura de que Moisés fue el escritor que Él escogió para inspirar tan profundos códigos lumínicos de Su sabiduría. Expresiones como “Escribe esto como memoria en el libro” (Éxodo 17:14), demuestran claramente que la escritura era común en los días de Moisés. Como el Eterno le dio al hombre perfecto Adán un idioma sagrado con el cual era capaz de dominar todos los ámbitos creativos a la perfección, y con el que hasta compondría poesía, cabe pensar que Adán ideara algún medio de ponerlo por escrito. (Gén 2:19, 23.)
Dando un paseo por todo el Pentateuco, podemos leer en muchos pasajes que Moisés escribió la Torah del Eterno. A modo de ejemplo veamos algunas de estas afirmaciones:
– “Y Moisés escribió todas las palabras de Yahvéh” (Éxodo 24:4).
– “Y Yahvéh dijo a Moisés: Escribe tú estas palabras…” (Éxodo 34:27).
– “Moisés escribió sus salidas conforme a sus jornadas por mandato de Yahvéh” (Núm. 33:2).
Al extender nuestro viaje de exploración por el resto de la Tanak (lo que la teología cristiana llama Antiguo Testamento) encontramos que los distintos autores dieron crédito a Moisés por todo lo escrito desde Bereshit (Génesis) a Devarim (Deuteronomio). Para ejemplificar lo dicho podemos considerar los siguientes textos: “También escribió allí sobre las piedras una copia de la ley de Moisés, la cual [Moisés] escribió” (Josué 8:32). Note también lo declarado en las Crónicas de Israel: “[E]l sacerdote Hilcías halló el libro de la ley de Jehová dada por medio de Moisés” (2 Crónicas 34:14; cf. Esdras 3:2; 6:18; Nehemías 13:1; Malaquías 4:4).
Al considerar todo lo que la Tanak relata, no encontramos contradicciones.: Uno es el autor (Yahvéh), que la dictó, y el otro fielmente es el escritor (Moisés) que iba plasmando letra tras letra, espacio tras palabra, renglón tras renglón. De este modo resulta que la Torah es una asociación entre el Eterno y su siervo Moshé, tal como leemos: «el libro de la Torah de Moshé [Moisés], que el Eterno había dado a Israel» (Nejemiá / Nehemías 8:1).
Ahora bien, al intentar considerar los dicho en los Escritos Mesiánicos o Nuevo Testamento, encontramos que nadie se atrevió a dudar que Moisés escribiera el Pentateuco (la Torah).
El apóstol Juan escribió: “Pues la ley(Torah) por medio de Moisés fue dada” (Jn. 1:17).
El médico y evangelista Lucas registró en cuanto al Jesús resucitado: “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba [a Sus discípulos] en todas las Escrituras lo que de él decían” (Luc. 24:27).
Jacobo, hermano del Mesías, y obispo de la congregación de Jerusalén, sostuvo también la autoría mosaica: “Porque Moisés desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien lo predique en las sinagogas, donde es leído cada día de reposo” (Hechos 15:21).
También el apóstol Pablo, constructor de los lineamientos de la fe mesiánica, estuvo de acuerdo en afirma que Moisés escribió los cinco rollos de la Torah al escribir a los discípulos de Roma: “Porque de la justicia que es por la ley Moisés escribe así: El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas” (Romanos 10:5, énfasis añadido; cf. Levítico 18:5).
Finalmente, notamos que nuestro amado Mesías Yeshúa (Jesús) declaró que “la Torah” vino por medio de Moisés. El evangelista Marcos en el cap. 7 verso 10, relata que Yeshúa hizo referencia a Éxodo 20 y 21, y atribuyó la escritura de estas palabras a Moisés. Luego en el mismo evangelio de Marcos, leemos que Yeshúa preguntó a los saduceos, “Pero respecto a que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés cómo le habló Dios en la zarza, diciendo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob?” (Mc. 12:26). Pero tal vez el pasaje más convincente se encuentra en el evangelio del apóstol Juan, donde el Mesías expresó:
“Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.
Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?”
(Juan 5:46-47; cf. Deuteronomio 18:15-18).
Es verdad que hoy no contamos con las copias mosaicas originales del Pentateuco, pero tenemos numerosos enunciados inspirados a través de la Escritura, incluyendo el Pentateuco, que declaran que Yahvéh inspiró a Moisés para que escribiera los primeros cinco libros del Antiguo Pacto o Tanak. Con esta bitácora y este estudio no pretendo sugerir que la autoría mosaica del Pentateuco es la verdad más importante que un discípulo de Yeshúa debería llegar a saber y creer, sino que ciertamente sostengo que es la verdad que deberíamos respetar y defender ante tanta conspiración reptiliana contra el Reinado del Eterno a través de Su Mesías Yeshúa.
“Entonces Yaakov llamó a sus hijos, y dijo: Reuníos para que os haga saber lo que os ha de acontecer en los días venideros. Juntaos y oíd, hijos de Jacob, y escuchad a Israel vuestro padre…
Yisajar es un burro…
Sea Dan una serpiente…»
(Génesis 49:1-2 ; 49: 14, 17)
Yaakov, discerniendo que sus días en la Tierra habían llegado a su fin, convocó a todos sus hijos para bendecir a cada uno. Se dispuso así a realizar lo que él sabía que sería su último y más significativo acto como patriarca y como heredero de Abraham y de Isaac: declarar lo designios celestiales a sus generaciones.
En la cultura oriental, esa última bendición del padre es muy importante. Era, (y es aún hoy día) considerada todavía como parte de la herencia más poderosa que un padre les deja a sus hijos. Tiene un significado muy especial porque las obligaciones y privilegios de los pactos ancestrales son transmitidos a la siguiente generación.
La bendición de Yaakov no consistía solamente en desear buenas cosas para los hijos, como hoy un padre occidental lo haría desde el pensamiento mágico que Babilonia la Grande (Roma) ha implantado en la mente de sus súbditos. La bendición hebrea jamás está basada en “buenos deseos”, sino en una apreciación profética. Está basada en la apreciación del carácter de cada hijo, según el padre lo aprecia con ojos espirituales. La bendición patriarcal consiste en pronunciamientos con referencia a eventos del pasado, situaciones del presente y visión del futuro como historia desde la perspectiva del Eterno y sus promesas. En otras palabras, la “bendición paterna o patriarcal” son palabras proféticas que reflejan lo que el padre ve con ojos espirituales en los hijos. Un patriarca, al bendecir, revelaba y decidía el destino de sus hijos. En este sentido, la bendición es una profecía y su cumplimiento es certero e inalterable.
Lo curioso, y a la vez poderoso, de la bendición final de Jacob (hebreo Yaakov) es que sus palabras no sólo iban dirigidas a sus hijos, sino que estaban proyectadas también a su descendencia después de ellos.
Esta es la primera profecía conscientemente hablada por el ser humano en las Sagradas Escrituras. Había muchas profecías anunciadas por Yahvéh (como la promesa del triunfo de la simiente de la mujer en Génesis 3:15),y otras profecías veladas por los hombres,pero esta es la primera profecía conocida y escrita en la Torah.
Las Sagradas Escrituras revelan que nuestro padre tuvo una revelación de lo que acontecería en los “días venideros”. El texto en hebreo traduce esta expresión de «Ajarit HaYamim», que literalmente significa: «últimos días». Lo que Jacob quiso, en verdad, era revelarles a todos sus descendientes el final de los tiempos. Por ello, en la bendición de Jacob encontramos mensajes proféticos que revelan el futuro de cada tribu, incluso hasta el momento de la venida del Mesías. Aquí se nota la importancia que tienen las decisiones y acciones de personas con una importante responsabilidad histórica.
Para comenzar nuestro estudio, encontramos tres características en el mensaje de Jacob para cada uno de sus hijos:
La identidad y el carácter de cada tribu.
El desarrollo histórico de cada tribu.
Los sucesos de los últimos tiempos.
A esta altura del tiempo Jacob llegó a entender que el proceso de selección divina ya había terminado. El sabía que el Eterno no elegiría a uno de sus hijos y rechazaría a otros. Nada de eso. A partir de ese momento, y por medio de esta declaración profética salida de sus labios en forma de bendición, todos (los doce hijos) iban a formar parte de la nación que Yahvéh estaba formando para traer bendición a todas las familias de la Tierra, tal como lo había prometido a Abraham e Isaac (Gen. 12:1-3; Gen. 26:3-4).
Yaakov bendijo a cada uno de sus hijos con una declaración profética muy particular. Cuando llegó a Yisajar y Dan les llamó burro y serpiente. ¿Cómo reaccionarías tú si tu padre te dijera: “…burro…», «…que seas una serpiente…”? ¿Te ofenderías? ¿Por qué te ofenderías? ¿Porque tu padre te llamó burro y serpiente? Y en el caso de la bendición de Yaakov, entendiendo que eran palabras proféticas traídas del cielo, ¿cómo te sentirías si el Cielo te dijera burro y serpiente? ¿Qué clase de bendición sería eso?
Si uno sería ofendido por eso es porque estaría dando un sentido negativo y ofensivo a las palabras burro y serpiente, ya que en nuestros días muchas personas usan el calificativo de animales para ofender a otras. Palabras como “cochino”, “burro”, “lobo”, “mono”, “perro”, “cerdo” etc. son utilizadas cotidianamente para ofender. En ese caso se está haciendo una comparación entre la conducta del hombre con la de cierto animal, y entonces se fija en lo negativo, aplicándolo a una persona, para hacerle daño. Si la persona que recibe la ofensa es sensible o si tiene un complejo de rechazo o de inferioridad será muy dañada por tales palabras. Es como echar sal en sus heridas emocionales.
Sin embargo, al considerar la cosmovisión hebrea de Yaakov, la comparación se hace positiva en lugar de negativa. Todo depende del sentido que se da a las palabras. Veamos dos ejemplos de esto: Yisajar (Isacar) comparado con un burro, y Dan con una serpiente.
El burro era el animal que se utilizaba en la época de los patriarcas como el medio de transporte y de carga. Era un animal muy útil para todo tipo de quehaceres.
Los burros son capaces de acarrear entre el 20% y el 30% de su peso corporal. A pesar de no ser tan rápidos y fuertes como los caballos, su mantenimiento es menos costoso, tienen una gran resistencia y una larga vida y son más ágiles en terrenos abruptos e irregulares que los caballos. En cuanto a su simbolismo oriental, puede significar simpleza pero también estupidez y terquedad.
En la Biblia, el burro aparece como el animal del tiempo de trabajo y de paz, en oposición al caballo, que es el animal de la guerra, usado por los ejércitos invasores.
Desde todo esto la cosmovisión profética que Yaakov tenía del burro es que es uno de los mejores siervos que el hombre ha tenido a lo largo de su historia. Por lo que está anunciando a su hijo, y los descendientes de este, la característica principal que ellos manifestarían a las naciones.
Yaakov también comparó a su hijo Dan con un animal: la serpiente. Esta comparación no parece halagadora, pero en realidad aquí se está usando en el sentido positivo de su simbolismo.
El Mesías Yeshúa dijo que seamos “astutos como serpientes”:
“Mirad, yo os envío como ovejas en medio de lobos; por tanto, sed astutos como las serpientes e inocentes como las palomas”
(Mateo 10:16)
Por esto debemos entender que Yaakov está usando a la serpiente como algo muy positivo, ya que es el simbolismo de la defensa contra los enemigos.
El secreto de esto en verdad se encuentra en la gematría de la palabra serpiente que coincide con la del Mesías:
Por lo que Yaakov está anunciando a través de esta declaración, es que la defensa contra el enemigo (ego, orgullo = caballo y jinete) será saber discernir en juicio recto (Dan significa juicio divino) por medio de la visión del Mesías como vencedor de la tendencia del alma humana a pecar.
El último ejemplo que quiero tratar es la bendición de Yaakov sobre su hijo Judá.
“Cachorro de león es Judá; de la presa, hijo mío, has subido. Se agazapa, se echa como león, o como leona, ¿quién lo despertará?”
(Génesis 49:9)
El león comienza como cachorro, pequeño e inmaduro, … así era Judá. Pero ese cachorro se convierte en león. Y del linaje de Judá vendrá el Mesías, Yeshúa, quien se le conoce en las Sagradas Escrituras como “el León de Judá” (Apoc. 5:5).
Siguiendo el concepto del león, sabemos que éste es “el rey de la selva”. En su bendición a Judá, Jacob profetizó que sus descendientes iban a ser reyes.
“El cetro no se apartará de Judá, ni la vara de gobernante de entre sus pies, hasta que venga Siloh, y a él sea dada la obediencia de los pueblos”
(Génesis 49:10)
La frase: “…hasta que venga Siloh” significa: Hasta que venga el Mesías. Hoy, sabemos y creemos que el Mesías es Yeshúa, quien es descendiente de Judá, del linaje de David (Apoc. 5:5). Siloh significa: “reposo, tranquilidad”. El Mesías es el único que podrá traer paz verdadera al alma de los hombres y gobernará sobre toda la Tierra (Rom. 15:12).
La profecía de “liderazgo” tomó unos 640 años en cumplirse (con el reinado de David, primero de los Reyes de la dinastía de Judá), y unos 1600 años en cumplirse en Jesús. Jesús es conocido como Siloh, nombre que significa: “Él hombre cuyo derecho es” en la antigüedad se entendía que con este título se hablaba del Mesías.
Como podemos darnos cuenta, las palabras de nuestro padre Yaakov a sus hijos eran solamente positivas y constituyen grandes bendiciones, relacionadas con los tiempos mesiánicos que el Eterno traería al mundo por medio de la nación de Israel que de esos doce hijos saldría.
Esto nos enseña que las palabras pueden tener diferentes significados en diferentes personas, culturas, tiempos y contextos. Por lo tanto, cuando leemos las Escrituras es muy importante que no intentemos entender las palabras hebreas según el contexto moderno ajeno a la cultura hebrea antigua.
La mayoría de las falsas doctrinas y las malas interpretaciones de las Escrituras dependen de la falta de conocimiento del significado de las palabras en su contexto.
Aunque los traductores de las Escrituras han intentado, con toda su buena intención, traspasar a otro idioma y cultura conceptos que fueron escritos y entendidos en culturas e idiomas muy diferentes, siempre se introducen errores y malos entendidos en las traducciones. Esto es inevitable.
Otro aspecto que hay que tener en cuenta es la plataforma teológica desde la cual se lee, interpreta y traduce las palabras divinas. Un traductor que no considere la mentalidad hebrea y sus raíces nunca podrá entender las Escrituras hebreas de manera correcta, porque su mente está formada por conceptos teológicos que contrastan con la idiosincrasia de las Sagradas Escrituras. Aceptemos esto hoy, si le es difícil entender las Escrituras para uno que tiene el hebreo como su lengua materna, ¡cuánto más difícil no será para un extranjero!
Por lo tanto, hay que tener mucho cuidado a la hora de sacar doctrinas desde las traducciones de las Escrituras. Al leer una traducción no solamente se lee la traducción de las palabras originales, sino también lo que el traductor piensa que quiere decir lo que se escribió en el original y eso no siempre concuerda con la verdad, simplemente porque el traductor le da otro sentido a los términos que el que tenían cuando fueron escritos, no porque no haya querido entenderlos correctamente, sino porque su mente ha sido formada de manera diferente y su entendimiento de los términos es diferente al original.
Lo mismo sucede cuando se lee las Escrituras directamente en su idioma original hebreo, arameo y posiblemente griego. Hay que tener cuidado de no introducir en las palabras los significados modernos o greco-romanos porque en tal caso vamos a entenderlas mal y sacar conclusiones muchas veces dañinas para nuestra fe y conducta.
En este momentos elevo una plegaria para que el Eterno nos dé humildad para prestar atención a lo que enseñan los que conocen al Eterno y las Escrituras y, ante todo, que nos dé un espíritu de revelación y sabiduría de lo Alto a la hora de escudriñar las Sagradas Escrituras para que las podamos entender correctamente para nuestra correcta formación.
Por último, y volviendo a nuestro pasaje, vemos que Yaakov bendijo a cada uno de su hijos y dio una predicción de su futuro, teniendo en cuenta su carácter. La manera como habían vivido se reflejó en la bendición y en la profecía dicha por Yaakov. Es evidente que nuestro pasado afecta el presente y determina el futuro. Mañana, al amanecer, todas nuestras acciones de hoy serán parte de nuestro pasado. Sin embargo, ya empezaron a forjar el futuro. Por eso me atrevo a preguntarte a ti, mi amado lector: ¿Qué acciones puedes hoy llevar a cabo o evitar para forjar positivamente tu futuro?
«Y la vio Judá, y la tuvo por ramera, porque ella había cubierto su rostro.Y se apartó del camino hacia ella, y le dijo: _ Déjame ahora llegarme a ti: pues no sabía que era su nuera; y ella dijo: _ ¿Qué me darás por llegarte a mí? El respondió: _ Yo te enviaré del ganado un cabrito de las cabras. Y ella dijo: _ Dame una prenda hasta que lo envíes. Entonces Judá dijo: _ ¿Qué prenda te daré? Ella respondió: _ Tu sello, tu cordón, y tu báculo que tienes en tu mano. Y él se los dio, y se llegó a ella, y ella concibió de él.»
(Bereshit/Génesis 38: 15-18)
Moisés como escritor del rollo Bereshit (Génesis) de repente se ve obligado por la fuerza inspiradora del Espíritu de Dios a desviar nuestra atención con una trama más corta, aparentemente insignificante, y mucho menos interesante de la familia de Yahudá (forma hebrea de Judá).
Si lo pensamos, la conclusión del capítulo 37 conduciría muy bien nuestra atención a lo que se continúa en el capítulo 39, sin la intervención aparente de la historia de Judá y Tamar. Sin embargo, la historia de Judá es crucial en el diseño divino de la Redención Mesiánica, por lo que el Espíritu Santo hábilmente injerta este relato en la historia de Yosef, permitiendo un tapiz mesiánico con efectos de gran alcance.
Hemos estudiado que en el diseño divino, Yehudá tenía un llamado divino especial y en consecuencia, una gran responsabilidad espiritual sobre su vida. Él había sido elegido para cargar en sus lomos lo que se denomina el Código Sagrado, es decir la Simiente de la Mujer prometida por el mismo Elohim, en Edén, a la humanidad caída (Gén. 3:15). Él era el hijo escogido de Yaakov (de entre los doce hijos que Dios le había otorgado) para ser el ancestro del Mesías. Sin embargo, el relato nos hace notar que Yehudá por un tiempo no anduvo bien espiritualmente, pues está escrito que se «separó de sus hermanos«.
«Aconteció en aquel tiempo, que Judá se apartó de sus hermanos, y se fue a un varón adulamita que se llamaba Hira.« (Génesis 38:1)
Al leer este pasuk (versículo) surge la siguiente pregunta: ¿A qué se debió esa separación?
Comenzaré respondiendo que las Sagradas Escrituras no hace referencia explícita a la razón de su partida; sin embargo, algunos exégetas del hebreo escritural sostienen que puede ser que esa decisión haya tenido que ver con lo que sucedió con su hermano Yosef, ya que se menciona como un paréntesis entre la venta de Yosef (cap. 37) y la vida de este en Egipto (cap. 39).
Recordemos que Judá fue quien propuso la venta de José como esclavo, y debido a esto, es probable que se sintiera culpable (o que sus hermanos lo acusaran) de la angustia que se apoderó de su padre Yaakov. Los Sabios comentan que Yehudá vio el dolor que eso le causó a su padre, y tal vez no pudo seguir viéndolo sufrir en depresión. Lo cierto es que en este relato notamos que la familia de Jacob se vio grandemente afectada por lo que había sucedido. ¡Ahora faltaban dos hermanos en la familia: José y Judá! Ellos no eran cualquier hijo; en un estudio posterior, consideraremos detalladamente que ellos dos estaban destinados a ser los líderes de la familia (1 Crónicas 5:1-2). Ellos serán los líderes de las Dos Casas de Israel.
Al sumergirnos en el texto desde su contexto hebreo, debemos saber que al decir que Yehudá «se apartó», debería ser mejor traducido como «bajó» , o también «descendió muy abajo» [yarad (ירד)] de sus hermanos. Sucede que esta palabra no solo se usa para referirse a algo físico, sino implícitamente conduce también a algo espiritual. Esto implicaría que Yehudá abrió su corazón para ideas no afines a las del Eterno, e hizo cosas que no estaban bien vistas en Sus ojos.
Continuemos peregrinando el relato, y notemos de que Yehudá no deja a su familia por mandato del Eterno, como fue el caso de nuestro padre Abraham, sino más bien por influencia de un pagano, llamado Hira. De este modo, y aconsejado por este varón, Yehudá se arrimó a los cananeos, cosa que el Eterno había prohibido a Abraham quien debió buscar esposa para Isaac anhelando una mujer de su familia, y no una cananea (Gén. 24:3, 37; 28:1; Éxodo 34: 15-16; Deut. 7:1-3; Josué 23:7).
Yehudáh sabía muy bien que no le convenía esa acción, sin embargo se casó con una de las hijas de Kenaan (Canaán), el pueblo maldecido y perverso. Tomó por mujer a una hija de Súa, y concibió tres hijos: Er, Onán y Sela.
Ahora observemos esto: Yehudá en lugar de llevar a su esposa a la casa de su padre Yaakov, decidió vivir en la casa del padre de ella. Allí es donde nacieron sus tres hijos, lo que significa que Yehudá aceptó criarlos al estilo de vida cananeo.
El relato nos devela que Yehudáh arregló para que su hijo Er se casase con una joven llamada Tamar.
La Torah nos cuenta que Er fue malvado y que por eso Yahvé lo mató. Entonces Yehudá le ordenó a su segundo hijo, Onán, que se casase con Tamar de acuerdo con la «ley de Yibum” (más tarde conocida como «ley de levirato«) que en el Medio Oriente de entonces obligaba al hermano a casarse con la viuda, sin hijos, del difunto hermano. Onán obedece a disgusto ya que era conciente que el primogénito que naciera que no sería considerados hijo suyo, por lo cual “cuando estuvo con la mujer de su hermano derramó su esperma en el suelo” (Gén. 38:9), a consecuencia el Eterno tomo su vida también.
Sobre Er, la Torah nos cuenta que era malvado y por eso el Eterno lo mató. Sobre Onán la historia relata que tuvo relaciones sexuales con Tamar, pero que realizó un coitus interruptus (método anticonceptivo que consiste en la interrupción del coito antes de que culmine), evadiendo evadiendo con esta acción el cumplimiento divno del precepto del “Yibum”, por ello fue dado a morir ‘también’.
Los comentaristas se dividen al considerar estas dos muertes. Por un lado están aquellos que, desde la exégesis cristiana, sostienen que Onan murió porque derramó su esperma en el piso y aseguran que la palabra ‘también’, estaría señalando que su hermano, Er, murió por la misma razón. Estos, sosteniendo esta idea, aseverarán que este es el texto bíblico que revela que la masturbación está prohibida por Dios. [De hecho la palabra hebrea para masturbación es “onenut” y viene del nombre de Onan, de aquí también, en español, onanismo es sinónimo de masturbación]. En cambio, los segundos intérpretes (Sabios judíos) aseguran que el verdadero problema es el incumplimiento del precepto del “Yibum”, es decir que el pecado de Onan fue el no amar fraternalmente a su extinto hermano, por lo cual no quería que hubiera descendencia de la estirpe de Er, si eran biológicamente suyos.
Más allá de toda lucha hermenéutica, si es evidente que este pasaje enseña que esto no fue agradable para el Eterno y mató a dos de los hijos de ese matrimonio (Judá y la cananita) impidiendo que tuvieran descendencia. Él no quiso tener estos descendientes de los hijos de Kenaan dentro de la genealogía del Mesías. Sólo Él sabe lo que hubiera implicado. Parece cruel el relato de la Torah que dice que el Eterno mató a estos dos hijos. Si lo hizo era bueno, porque al dejarlos vivir hubiera causado un daño irreparable a la descendencia de Yehudá. El plan del Eterno para ellos estaba en gran peligro y por eso intervino de esta manera. Al matarlos evitó un mal mayor.
Después de la muerte de Onán, y de acuerdo a la ley del Yibum, le correspondía a Tamar casarse con Shelá, el hermano menor y tercer hijo de Judá. Pero Judá que no conocía las transgresiones de sus hijos, tuvo miedo de Tamar, a quien consideraba una mujer peligrosa pues pensaba que ella era la causa de la muerte de sus hijos. Entonces, Judá le propuso a su nuera Tamar que se fuese a la casa de su padre hasta que Shelá crezca. Esta actitud de Judá es similar a cuando los seres humanos echan la culpa de sus males a la “mala suerte” o a otras personas, cuando en realidad es el resultado de malas decisiones y el pecado propio. Judá había pecado, al igual que sus hijos; por ello les vino el mal, no por tener por mujer a Tamar.
Aunque el tiempo había pasado y obviamente Shelá había crecido, Tamar quedó sola, viuda y olvidada, sin la libertad y la posibilidad de ser madre y esposa. Tamar quedó esperando y esperando, pero el día nunca llegó, porque Judá no tenía la intención de cumplir con su palabra.
Fue así que Tamar se enteró que su suegro Judá había quedado viudo y por lo tanto libre. Ahora, la viuda del hijo mayor deseaba tener descendencia, y buscó la manera de engañar a su suegro para que se quedara embarazada por medio de él. A la sazón, se quitó sus ropas de viuda, se arregló y cubrió su rostro con un velo.
Cuando Judá la vio, la confundió con una prostituta y como no la reconoció se allegó sexualmente a ella. Tamar le pidió a cambio su sello, el cordón y el bastón. Más tarde Judá envió como pago un cabrito del rebaño por medio de su amigo, para que éste rescatara sus cosas de la mujer. Pero su amigo no la halló.
Al cabo de unos tres meses le avisaron a Judá que Tamar estaba embarazada. Como Judá no se había percatado que él mismo se había relacionado con ella, la encontró culpable y pidió que la castiguen y la quemen. Pero ella envió a decir a su suegro: «… del dueño de estas cosas estoy encinta«. También dijo: «… mira ahora de quién son estas cosas: el sello, el cordón y el bastón«.
Resaltemos aquí un detalle no menor. Tamar tuvo la posibilidad de proclamar públicamente que su embarazo era fruto de su encuentro con Judá, sin embargo le dio a Judá la oportunidad de reconocerlo y no negarlo. También vemos que Judá tuvo la grandeza, a pesar de la vergüenza, de reconocer públicamente que Tamar tenía razón porque él le había negado a su hijo, por lo que expresó: «Más justa es ella que yo, por cuanto no la he dado a mi hijo Shelá«.
Durante el parto se supo que tenía gemelos. «Aconteció que, al tiempo de dar a luz, había gemelos (teomim) en su seno«
Los hijos de Tamar serán los fundadores de la tribu de Judá, de manera que ella aparece como aquella que ha marcado para siempre la línea de la tribu más representativa del judaísmo posterior, como matriarca de la que proviene David, por medio de Farés o Perets (Rut 4:12, 18–22; 1 Crón. caps. 2–4), un antepasado del Mesías Yeshúa (Mt. 1: 3).
Entonces, debemos decir que el escritor, Moshé, ingresó este relato con el fin de destacar la fe y esperanza que esta mujer tenía en el oráculo edénico del Código Sagrado (ver Génesis 3:15).
El relato nos coloca ante una mujer que no se resigna con la injusticia que han cometido con ella, sino que pone manos a la obra para que se le haga justicia desde los Cielos mismos. Ella, discierne que en la descendencia de Yakoov se esconde lo mesiánico, y por lo tanto, anhela ser protagonista de una genealogía que vibrará en el poder de la redención por los siglos de los siglos. ¡Ella, entiende el poder de la vida, según el diseño mesiánico de Dios!
Algunos comentaristas dicen que Tamar es la última de las “matriarcas” antiguas, una mujer que puede y debe compararse a Sara y Rebeca, a Lea y a Raquel.
Ahora bien, frente a la mujer de Potifar, que aparece en el capítulo siguiente de la Escritura (ver Génesis 39), queriendo acostarse con José, sólo por placer hedonista, a pesar de estar casada con otro hombre, Tamar se acuesta por justicia (y a escondidas) con el padre de sus esposos muertos, para darles descendencia (que será descendencia mesiánica). A simple vista, y bajo prejuicios, Tamar parece una prostituta y, sin embargo, desde la declaración profética del mismo Yehudá, ella es más justa que el propio patriarca de la tribu regia. En otras palabras, Tamar no es ejemplar, en el sentido espiritualista de la mente religiosa, pero sí es un ejemplo de moral al servicio de la justicia de la vida y del Tikun Olam (redención del mundo).
De esta manera, se evitó que la simiente de los hijos de Kenaan se introdujera en la línea genealógica del Mesías, puesto que Tamar, la nuera de Yehudá, se quedó embarazada directamente por medio de él, y no por medio de sus hijos que tenían una madre cananea.
A partir de este evento, Yehudá, un varón inconsistente, deplorable se encontró con el Elohim (Dios) de sus antepasados, y desde esta vivencia, fue quebrantado y logró ver en su simiente la promesa dada a Abraham (Génesis 22:18).
Cuando Yehudá estaba viviendo una vida fuera de foco espiritual, su pecado de fornicación fue utilizado por el Eterno para evitar un mal mayor. ¡Alto!… ¡No te equivoques!… Esto no justifica el pecado, pero sí muestra que el Eterno es suficientemente grande como para utilizar incluso el pecado para que su propósito redentor se cumpla en la vida de una persona. Analizado de este modo, podemos decir que los caminos del Eterno no son fáciles de entender, porque Él toma en cuenta las decisiones malas e incluso los pecados de los hombres, para llevar a cabo su diseño mesiánico en la tierra. Él encaminó este pecado, y lo tornó en bendición para la humanidad; cambió la genética e insertó en esta familia la simiente Divina prometida a Abraham, y confirmada a Isaac y Jacob.
Al finalizar esta bitácora, clama al Eterno, nuestro Abba, que sea derramado sobre nosotros el Espíritu de Sabiduría y de Revelación para un mejor conocimiento de Él a través de Su Hijo Yeshúa HaMashiaj.
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NOTA CURIOSA:
Seguramente les ayudará comprender mejor la actitud de esta mujer si tenemos en cuenta estos datos:
Según el Sefer HaYashar (Libro del Justo) Shem, el hijo de Noé, era el famoso Melquisedec que se apareció a Abraham y a quien nuestro padre dio los diezmos del botín de guerra que obtuvo por la derrota de Quedorlaomer.
En la cronología que aparece en este libro, este mismo Shem tuvo un hijo llamado Elam quien tuvo por hija a Tamar la nuera de Yehudá. Por esta razón, ella no solo conocía la profecía yahvista de la Simiente de la Mujer, sino que discernía muy bien el tiempo en el que estaba viviendo.
De esto se deduce que ella sabía que era de Judá de quien vendría el Mesías, y quien tendría el cetro en Jerusalem (el mandato) hasta que viniera Shilo, quien es el mismo Mesías de Israel quien ahora es nuestro rey (Génesis 49:10). Con esto en mente entendemos que la instrucción que recibió Tamar por parte de su padre Elam quien a su vea era instruido celosamente por Shem o Melquisedec en la Yshivá (Casa de estudios) que él tenía.
Tamar lo que estaba buscando era protagonizar la formación de la descendencia de Judá. Ella anhelaba ser un instrumento humano en las manos del Eterno para traer al Mesías a la Tierra. Ella podría haberlo obtenido por alguno de los hijos de Judá, sin embargo el Eterno no lo permitió así por venir estos de una madre extranjera, tal como era la mujer que tomó Judá. Esta no había instruido a sus hijos en el temor del Eterno y así lo manifestaron al no querer traer la descendencia de donde vendría el redentor para Israel.
Por ello, el Eterno quitó a los dos hijos de Judá por su maldad y también permitió que Judá se endureciera pensando que Tamar era la causante de las muertes de sus hijos y no quiso dar al menor, pero todo esto para que viniera de él directamente la descendencia al unirse a Tamar.
Así que ella lo que estaba buscando como dijo Judá era ser parte de los tzadikim (justos) como se denominaba a los varones y mujeres que por fe anhelaban participar del Código Sagrado: la simiente de la mujer. Por medio de este acto, Tamar hizo justicia por la vida y no se comportó de manera baja al unirse a su suegro como se le ha mal interpretado. Ella usó su astucia y celo por que esto se llevara a cabo y logró conseguir descendencia que traería mucho fruto tanto físico como espiritual para toda la humanidad a través de Israel.
«Después Jacob llegó sano y salvo a la ciudad de Siquem, que está en la tierra de Canaán, cuando venía de Padan-aram; y acampó delante de la ciudad. Y compró una parte del campo, donde plantó su tienda, de mano de los hijos de Hamor padre de Siquem, por cien monedas. Y erigió allí un altar, y lo llamó El-Elohe-Israel».
(Génesis 33: 18- 20)
Por P.A. David Nesher
Después de que Yaakov pudo palpar el poder milagroso del Eterno causando la reconciliación con su hermano Esav; nuestro padre en la fe prosiguió su viaje hasta llegar a Siquem, ciudad no muy lejos de Sucot, directamente al oeste del río Jaboc y unos 32 kilómetros del río Jordán. Allí, frente a la ciudad, acampó y compró la finca donde había plantado su tienda. Justamente el Eterno había dicho que estaría con Yaakov (28:15, 31:3), y el hecho de la expresión de que él «llegó en paz a Canaán» estaría indicando que nuestro padre vio aquí el cumplimiento de esa promesa.
De acuerdo con la sociedad cananea de esa época no era un ciudadano, por lo que acampó frente a la ciudad. Es bueno que Jacob haya venido a la tierra prometida, y que se haya quedado allí, pero, él no alcanzo, porque al parecer Dios le dirigió que se fuera a Bet-el (Génesis 31: 3, 13). Justamente, y a la luz de los hechos que Yaakov y su casa vivirán en esa ciudad (un escándalo y un suceso trágico), podemos considerar que el patriarca cometió un grave error al establecerse en aquel lugar, y no continuar en obediencia hacia dónde nuestro Abba le había indicado. Y así fue como el detenerse en su viaje quedándose en Siquem por un tiempo causó a Jacob y a su familia muy graves problemas y una gran tragedia que marcaría por siempre el alma del patriarca.
Hay dos asuntos de vital importancia que se revelan a lo largo de todo el libro del Bereshit (Génesis) de los que Yahvéh se ocupó de una forma providencial y específica. El primero de ellos tiene que ver con la herencia o linaje que establece la seguridad de la materialización del Código Sagrado: la Simiente de la Mujer (Génesis 3: 15). Dicha simiente se encontraba asegurada, y sellada por pacto, en la herencia prometida a Abraham, luego a Isaac y ahora a Jacob. El Eterno quería proteger la transmisión de dicha herencia por lo que no le agradaba en absoluto que se realizasen matrimonios mixtos entre mujeres de Su Pueblo y varones pertenecientes a los pueblos paganos que vivían a su alrededor, y viceversa. El segundo asunto importante era el entorno del individuo, lo cual tenía relevancia especialmente en la vida de Jacob, que tenía una familia numerosa, pues además de sus doce hijos tenía hijas. Este relato se concentra únicamente en su hija Dina, porque ella se vio implicada en los trágicos incidentes que he citado.
«Y allí donde había plantado su tienda, compró la parcela del campo de mano de los hijos de Hamor, padre de Siquem, por cien monedas» (33:19). El Eterno le había prometido a Yaakov toda la Tierra Prometida, tal como lo hiciera con Abraham e Isaac, pero esta era la única parte que Jacob poseía en realidad. La tierra que compró era excelente para pastoreo de sus rebaños y manadas. Además, nuestro padre cavó aquí un pozo que se conoció como el pozo de Sicar (Juan 4:6, 11-12). Años más tarde, este será el lugar donde se sepultarían los huesos de José (Josué 24:32). Por todo esto, Siquem se convirtió en una ciudad importante en la historia bíblica. Estaba situada en el Monte Gerizim, que más tarde se convertiría en el territorio de la tribu de Efraín. Estaba muy cerca de la ciudad de Samaria, que se convertiría, siglos después, en la capital del reino del norte de Israel. Cuando Yaakov llegó allí, la ciudad estaba bajo el control de los heveos, una tribu cananea, que era gobernada por un hombre llamado Hamor. Él tenía un hijo llamado Siquem, y en homenaje al orgullo de su hijo (tal como hiciera Caín) había nombrado a la ciudad.
«Y compró una parte del campo, donde plantó su tienda, de mano de los hijos de Hamor padre de Siquem, por cien monedas. Y erigió allí un altar, y lo llamó El-Elohe-Israel«.
El altar que erigió, Yaakov lo nombró: El-Elohe-Israel que significa literalmente «Dios es el Dios de Israel». Este fue el primer uso de su nuevo nombre; una evidencia que, aunque Yaakov había tenido un encuentro personal con el Mesías, y por ende, había nacido de nuevo, todavía estaba experimentado los rezagos de su viejo hombre. Hubo un cambio indudable en su vida, pero su desarrollo y consolidación fueron lentos. Yaakov levantó un altar desde su propia opinión, para destacar su nombre nuevo, más que el Nombre del verdadero Dios. Él desobedeció nuevamente porque sabía que Dios no quería que Su altar estuviera en Siquem; sino en Betel. Convengamos pues que aunque Yaakov hizo un altar, en verdad era obediencia lo que el Eterno más quería; no sacrificio. Por ello, Jacob llevará fruto malo y perderá tiempo porque está en un lugar donde no debe de estar.
Notamos que en ninguna parte Yaakov consultó al Eterno acerca de su decisión y, de hecho, no hay ninguna mención de Dios en toda esta sección. Los pastos de Siquem eran verdes, y sus posesiones habían aumentado hasta el punto de que todo movimiento de mudanza era difícil. Por ello, Yaakov se estableció en lo que él creía que era la vida sencilla, habiendo ya sea, pospuesto o dejado de lado el cumplimiento de la promesa de Yahvéh para él. Por esto, apareció un cáncer del sistema reptiliano en la familia de Jacob que no se había visto en la familia de Abraham o de Isaac. Los dos patriarcas anteriores tenían sus problemas familiares, sí, pero nada parecido a lo que veremos en la familia de Jacob. Dicho tumor del inframundo se extendió de tal modo en la casa de Yaakov que traerá una aflicción a su alma que durará por décadas.
Desde esta historia, y considerando la actitud errada de Yaakov, puedo decir que hay en ello una lección para nosotros. Sucede que muchas veces, cuando los hijos del Altísimo experimentamos una experiencia cumbre con el Eterno, al bajar del éxtasis, nos encontramos con la cruel y cruda realidad del sistema de cosas de HaSatán, y nos olvidamos de fortalecernos en el poder de la fuerza del Señor para hacerle frente y vencerlo. Ejemplo de esto encontramos, no sólo en el padre Yaakov, sino en muchos de los héroes de la fe. Cuando Moisés bajó del monte Sinaí, el pueblo se había moldeado un becerro de oro para adorarlo; después de que Elías derrotara a los profetas de Baal en el monte Carmelo, cayó en una profunda depresión. El rey David después de derrotar a los filisteos y los amonitas, reinando sobre todo Israel, y hacer lo que era correcto para todo su pueblo, se convirtió en un adúltero y un asesino. Su hijo, el rey Salomón fue el hombre más sabio del mundo y construyó el templo de Dios; sin embargo, en la cúspide de su vida, se convenció de que nada tuviera sentido después de que su corazón se volvió hacia los dioses de sus muchas concubinas. Del mismo modo, Jacobhabía luchado con Dios y, finalmente, había recibido su bendición en el camino correcto, pero luego puso a la Instrucción de Dios en un segundo plano.
¡Este era el hombre que había visto el rostro de Dios! ¡Este era el hombre por quien Yahvéh había prometido que todos los pueblos de la tierra serían bendecidos! Este era el hombre que quería la bendición patriarcal, que incluía ser el líder espiritual de la familia. ¡Y este era el hombre a quien el bien y la misericordia de Dios habían seguido todos los días de su vida! Sí, era ese hombre, un varón escogido desde el vientre de su madre. Pero también era el hombre que estaba en decadencia espiritual por causa de haberse instalado (o estancado) en Siquem. Esto es siempre lo mismo. Sólo hay una manera de deslizarse espiritualmente, esto es cuesta abajo, y Jacob se deslizó.
Cuántas veces, nosotros, tal y como le sucedió a Yaakov, terminamos hundidos en circunstancias muy complicadas que acarrean mucha aflicción al alma de todos aquellos que conforman nuestro círculo más íntimo. Todo por una sencilla razón: no ser sensibles a la voz del Señor y no ir a donde el Eterno ha señalado que quiere llevarnos.
«Cuando alzó sus ojos y vio a las mujeres y a los niños, él preguntó: ¿Qué son éstos tuyos? Y él respondió: Son los niños que ’Elohim ha regalado a tu siervo. Entonces se acercaron las siervas con sus hijos, y se postraron. Igualmente se acercó Lea con sus hijos y se postraron, y finalmente se acercaron José con Raquel, y se postraron.»
(Génesis 33:5-7)
Nuestro padre en la fe Jacob (en hebreo: Yaakov) era un hombre diferente de lo que él era veinte años antes, pero también lo era Esaú. Dentro de él residía tanto lo bueno como lo malo, como en todas las personas. En el momento de este encuentro, el Eterno activó las emociones positivas que Esav (hebreo de Esaú) tenía hacia su hermano y el milagro del encuentro maravilloso entre los dos fue producido. Todo esto fue el resultado de la lucha que tuvo nuestro padre Yaakov la noche anterior en Peniel (Génesis 32: 24-32). Después de haberse humillado y reconocido su falta, fue levantado y bendecido. Fue así como el Eterno tomó control de la situación y produjo este encuentro divino entre los hermanos. Yaakov reconoce que no solamente había visto el rostro del Todopoderoso en el ángel que luchó con él, sino también en el rostro de su hermano que le recibió de esa manera maravillosa.
Después del encuentro reconciliador que el Eterno permitió milagrosamente entre Yaakov y su hermano gemelo Esav (hebreo de Esaú), este levantó su mirada alrededor y al ver a la familia del patriarca, pudo también apreciar los grandes rebaños y manadas de animales que todavía estaban con Yaakov. Esto le recordó a los cinco grupos de animales que había visto mientras se acercaba a Jacob el día anterior. Aunque los pastores le habían dicho que eran regalos de su hermano, preguntó: ¿Qué te propones con todos estos grupos que he encontrado? Y nuestro padre respondió: «Hallar gracia ante los ojos de mi señor» (33:8). Pero Esav también se había convertido en rico y no lo necesitaba, entonces dijo: «Yo tengo abundancia, hermano mío, sea para ti lo que es tuyo» (33:9). Los presentes que Jacob le había dado eran más grande que los que algunas ciudades daban a los reyes como homenaje y este regalo parecía que era mucho más grande. Esaú dijo: sea para ti lo que es tuyo.
Pero Jacob insistió. ¡No, por favor! Si he hallado ahora gracia delante de tus ojos, toma el presente de mi mano, pues he visto tu rostro benévolo, y es como ver el rostro de Elohim (33:10). El sabía que Esaú no lo necesitaba en sentido material, pero él declaró: toma el presente de mi mano, lo que significa, literalmente, mi bendición, que fue traído para ti. Esta fue una referencia a la bendición patriarcal ahora para ser compartida con Esaú. Y la razón fue: Acepta, te ruego, mi presente que fue traído para ti, pues ’Elohim me ha favorecido, porque tengo de todo. Y le rogó con insistencia, y él lo aceptó (33:11). En hebreo realmente dice: tengo todo. Esaú tenía mucho, pero Jacob tenía todo porque Dios lo había bendecido sin medida. Y debido a que Yaakov insistió, Esaú aceptó. La negativa a recibir un presente es, en todo el Oriente, interpretado como una evidencia de hostilidad. Es por esto que Jacob estaba ansioso para que Esaú aceptara estos regalos. Por eso Esaú lo tomó. Además, esto era muy importante para sellar legalmente la reconciliación. Cuando Yaakov dio regalos tan generosos, era su manera de pedir perdón y cuando Esaú recibió los regalos era su manera de aceptar a Jacob y decirle que había sido perdonado. En aquella cultura, uno nunca aceptaba un regalo de un enemigo; solo de un amigo. Aceptar el regalo era aceptar la amistad que generaba la esencia filial en los ámbitos espirituales.
Las Sagradas Escrituras, tanto en este relato, como a lo largo de todas sus líneas, enseñan que el odio produce muerte, mientras que el perdón otorga sanidad física, emocional y espiritual, especialmente a aquel que lo prodiga.
Cuanta falta hace hoy día la actitud que Esav tuvo hacia su hermano. El odio separa y mata. El perdón reconcilia y resucita a la vida. Una reconciliación sincera y un espíritu humilde pueden sanar incluso décadas de dolor, agravio y enojo.
A la luz de la revelación divina el perdón y la reconciliación no son una opción sino un mandato para la unidad de todos los hombres. Al perdonar al hermano y reconciliarse con él se puede en su cara el rostro del Señor.
Apreciado lector (lectora) ahora me veo obligado a preguntarte:
¿Necesitas perdonar a alguien hoy o pedir perdón? ¿Qué pasará si de repente te encuentras con la persona que te ha hecho daño? ¿Cómo vas a reaccionar?
Si necesita ayuda en esta área, sabes que puedes escribirme un mensaje privado y consultarme al respecto.
“Jacob se quedó solo, y un hombre luchó con él hasta rayar el alba. Cuando vio que no había prevalecido contra Jacob, lo tocó en la coyuntura del muslo, y se dislocó la coyuntura del muslo de Jacob mientras luchaba con él. Entonces el hombre dijo: Suéltame porque raya el alba. Pero Jacob respondió: No te soltaré si no me bendices. Y él le dijo: ¿Cómo te llamas? Y él respondió: Jacob. Y el hombre dijo: Ya no será tu nombre Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has prevalecido.«
(Génesis 32:24-28)
En su regreso a la Tierra Prometida, Yaakov estaba anticipando el encuentro que tendría con su hermano Esaú. Pero antes de encarar a su hermano, nuestro padre tenía que tener otro encuentro… Ese encuentro que tarde o temprano todos enfrentamos, y que nos cambia la vida. El conocido «Encuentro Personal con Dios«.
Yaakov estaba viviendo un momento crítico en su vida. Estaba por enfrentarse con Esav, y tenía mucho temor. Aunque había orado a Dios, pidiendo Su ayuda (v.9-12), seguía confiando en parte en su propia astucia, como lo evidencian los v. 13-21.
Yaakov, aunque contaba 97 años sobre sus lomos, todavía dominaba su propia vida. Era un hombre sumamente fuerte. Hasta ahora no había tenido la experiencia de la entrega total al Eterno. Su fuerza era él mismo.
«Y Jacob se quedó solo, y un varón estuvo luchando con él hasta rayar el alba» (32:24).
Esa noche, Yaakov había hecho cruzar el arroyo a su familia, y luego se fue a un lugar solitario para meditar y orar, y derramar su corazón ante Dios. Por fin Yaakov se quedó sólo. Allí es donde el Eterno lo quería. Quería tratar con él a solas. Él se quedó solo, y de repente fue consciente de una pelea. Una pelea que vibraba en tres planos: físico, psíquico y espiritual. Una lucha que descubrió tenía en su interior desde hacía muchos años, y que se manifestaba en cada uno de los días que había vivido (leer Romanos cap. 7). Yaakov, en su soledad, descubrió que en su interior tenía una lucha que desde su alma impedía una perfecta relación con el Eterno. Dicha batalla interior, se fundamentaba en las heridas que su alma tenía con su hermano Esav.
Lo primero que notamos es que un varón estuvo luchando él hasta el amanecer en el vado (del río Jordán) llamado Jaboc. Es significativo que el nombre Jaboc significa luchador. Hay un juego de palabras aquí con luchó y Jaboc. Entonces prestemos atención a esto.
En hebreo, la palabra Jaboc es yabok, y la palabra luchar es yaaveik. La palabra hebrea para lucha se encuentra sólo aquí y en el siguiente versículo, y en ningún otro lugar en toda las Sagradas Escrituras. Esta palabra en sí proviene de la raíz avak que significa polvo. Así que el significado básico de esta palabra es el polvo que se levanta mientras lucha. Pero, lo que hace interesante a este nombre, es que espiritualmente significa: «el hombre que lucha para dejar de ser simplemente polvo» o «el hombre que lucha para levantarse del polvo«. Es decir que esta fue una lucha que incitó al patriarca a batallar contra las tentaciones, en procura de su evolución espiritual.
En base a eso, esta escena de la vida de nuestro padre es muy relevante y trascendental, ya que en ella se describe la lucha interior de todo ser humano que quiere trascender lo material y elevarse a la plenitud de la imagen divina (Imago Dei) que se le ha otorgado por creación. Esta batalla jamás se logra ganar desde la soledad egocéntrica, sino solamente desde un Encuentro Personal con el Mesías. Por todo ello, evidentemente el nombre Jaboc se le dio al río en una fecha posterior para recordar la increíble experiencia de Jacob esa noche.
Entonces, ¿fue un hombre o un ángel el que luchó con Yaakov toda lo noche? Su identidad emerge gradualmente, y Yaakov se apresura a tomar cada pista.
No parece haber ninguna duda de que el autor de este pasaje (se cree que probablemente fue Yaakov) lo destinó para que fuera tomado literalmente. En lo que se refiere al misterioso luchador, él estaba en forma de un hombre, pero en realidad era un ángel. En cuanto a lo que la Torah nos dice acerca de la identidad del personaje, lo llama explícitamente «Ish» (32:25), que quiere decir: «varón» u «hombre«. Yaakov lo consideró como «enviado de Dios«, y no es extraña esta identificación, como antecedente tenemos que en Bereshit/Génesis 18:2 podemos leer acerca de la visión de tres hombres (anashim en hebreo, plural de ish) frente a Avraham, de los cuales luego reconocemos que son enviados del Eterno, e incluso se asume que son la misma presencia de Dios, por lo que no hay duda de que los ángeles pueden asumir las características físicas de los hombres si tienen que hacerlo. El Espíritu Santo indica que se trataba de un ángel como el SEÑOR inspiró a escribir al profeta Oseas:
«En el vientre tomó por el calcañar a su hermano, y en su vigor luchó con Dios. Luchó con el ángel y prevaleció; lloró, y alcanzó misericordia. En Bet-’El lo encontró, y allí habló con nosotros. ¡Sí, YHVH es ’Elohey Shebaot! ¡YHVH es su nombre!
(Oseas 12:3-5)!
El primer hecho misterioso de este pasaje es justamente que dicho ser espiritual apareció con forma humana. De acuerdo a lo explicado con respecto al río Jaboc, al ser contra el cual lucho Yaakov suele ser considerado como el «agente celestial de Esav/Esaú«, que es otro de los nombres del Yetzer HaRá (inclinación hacia lo negativo – carne –). Por tanto, esta historia remarca que Yaakov no peleó contra algo ajeno a él, sino contra una parte de sí mismo, que dicho ser celestial materializa. Es decir que nuestro padre luchó:
contra sus propias tendencias a apartarse del camino del Bien,
contra su deseo por prevalecer empleando métodos reñidos con la ética y moral,
contra sus apetencias irracionales,
contra su anhelo de éxito sin miramientos,
contra su ambición material,
contra su olvido de perseguir lo trascendente en lugar de lo fugaz,
contra la imagen que había internalizado, y por tanto integrado a su personalidad, de su extraviado hermano Esav.
Así, vemos que nuestro padre Yaakov llegó a un punto en su existencia en la cual por primera vez descubrió sus heridas errores y hábitos descaminados, es decir, ante el encuentro crucial con su hermano, el patriarca desnudó para sí su alma, ante el Señor, y cuando reconoció lo que no era correcto, luchó contra sí mismo junto al poder del Eterno.
En esta primera instancia, las líneas sagradas nos enseñan que cuando un escogido lucha contra esa parte perversa que compone su ser, contra lo que lo aleja de su esencia más preciosa, contra lo que abjura del Eterno. Cuando el redimido se esmera y esfuerza por crecer, en lugar de vegetar o afanarse por el triunfo vacío, entonces, la persona está haciendo lo que hiciera Yaakov. Y si vamos armados con Torah (Instrucción) y sus preceptos, junto a la voluntad de combatir hasta las últimas consecuencias, entonces, estamos en condiciones de vencer nuestro Yetzer HaRá (inclinación a lo negativo -carne-), y así vencernos a nosotros mismos. Sólo de ese modo lograremos superar nuestra antigua identidad apática y pasar a ser una nueva persona, alguien capaz de enfrentarse sin tapujos contra lo negativo, y adentrarse en lo positivo para ya nunca más fracasar.
Sin embargo, en la evaluación de Jacob, su oponente de lucha era más que un simple ángel encarnando su vieja naturaleza herida. Era nada menos que el «Ángel del SEÑOR«, es decir, el Mesías pre-encarnado, y la manifestación visible del Dios invisible.
Cuando Jacob (hebreo: Yaakov) comenzó a orar esa noche, poco sabía que como él clamó a Yahvéh por fuerza y liberación, acabaría luchando con Dios mismo. De la forma en que él luchó en la oración, fue con la sensación de que el SEÑOR estaba realmente presente con él. A medida que él gritó más y más en la oración, la presencia del Eterno se hizo más y más real para él hasta que, de repente, ¡Él era real! Los brazos levantados de Jacob en realidad estaban aferrados a YHVH mismo, Dios en forma humana. Fue una larga lucha indecisa. Pero una vez que se dio cuenta Yaakov con quien peleaba, declaró: «No te dejaré, si no me bendices«. Yaakov no estaba luchando más, sólo se estaba aferrando. Yaakov sintió que, si se soltaba por un momento, significaría que Dios le había dejado su oración sin respuesta; y así se aferraba desesperadamente, pidiendo al mismo tiempo Su bendición. Se dio cuenta de que no se llega a ninguna parte luchando y resistiendo a Dios.
Así, al ver que la fe y la comprensión de Su siervo fueron creciendo mientras se aferraba, El SEÑOR en Su gracia permitió a Jacob que se sujetara a Él. Nuestro padre Yaakov ha sido reducido al lugar donde lo único que puede hacer es aferrarse al Eterno con todas sus fuerzas. Él ya no puede pelear, pero sí puede agarrarse bien. No es un mal lugar donde estar. La única manera en que usted consigue algo con Dios es cediendo y simplemente aferrándose a Su Presencia.
Al rayar el alba, el Ángel de Yahvéh misteriosamente pidió a Yaakov: “Déjame…” (v.25). En algún momento, cuando el Señor vio que no podía dominar a Yaakov, le dio la bendición que buscaba. Al parecer, ¡Yaakov podía más que Él! No era porque Yaakov era más fuerte que el Mesías. No era que Él no podía dominar a Yaakov, sino que Él permitió a Jacob aferrarse. Las palabras del Señor se deben, más bien, a la tenacidad con la cual Yaakov ‘peleaba’, y su insistencia en seguir confiando en sí mismo, en vez de ‘soltar’ su autoconfianza, y aprender a confiar en Dios. Pero viendo que no podía con él, le atacó el encaje de su muslo, y se le descoyuntó el muslo a Yaakov mientras luchaba con él (32:25), para que recordara por siempre esta experiencia.
Esta acción no debe ser tomada como un castigo, sino como parte del discipulado del patriarca. Esto representa la manera en que a veces Dios tiene que quebrantarnos, para que dejemos de confiar en nosotros mismos, y aprendamos a confiar incondicionalmente en Él. Esto sería un recordatorio continuo de este encuentro único.
Sin embargo, Yaakov siguió luchando por la bendición, a pesar de tener el muslo descoyuntado. Esta descoyuntura en Yaakov fue su castigo por querer huir y no depender de Dios. Aquí, el Señor está contestando la oración de Yaakov que encontramos en Génesis 32:9-12. Pero antes de que Yaakov pueda ser librado de la mano de su hermano, tiene que ser librado de su propia voluntad y autosuficiencia. Yaakov pensaba que el verdadero enemigo estaba fuera de sí, o sea, Esav. En esta lucha descubrió que el enemigo verdadero era su propia naturaleza carnal, que no había sido conquistado por Dios.
El Eterno tendrá la victoria en nuestras vidas si es que nosotros dejamos nuestro ‘yo’ (ego) al gobierno de Dios. Mientras no sea así, habrá una lucha constante entre el Señor y nosotros.
El Nombre de Jacob Fue Cambiado (vv. 27-28)
Cuando el Ángel de Yahvéh le preguntó: “¿Cuál es tu nombre?” (v.27), no era porque no lo conocía; sino porque quería confrontar a Yaakov consigo mismo. El Señor quería llegar a ese punto en su vida, al punto de confesar quien verdaderamente era en sí mismo. Era necesario admitir que su nombre significaba lo que hasta ese momento su hermano Esav había dicho: «suplantador» o «estafador» (Gén. 25:26; 27:36), lo cual implica un reconocimiento de que había algo en él que no era agradable ante el Cielo, al ser capaz de mentir, engañar y hurtar para obtener beneficios materiales y espirituales. Fue un nombre apropiado para un hombre que siempre tomaba lo que quería a la fuerza o por medio de estrategias humanas. Pero ahora recibe otro nombre. El Ángel del Señor dice:
“No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.”
(Génesis 32: 28)
“Israel” este nombre significa «el que lucha con la fuerza del Principio de Dios» y así vence a los hombres (Esav y Laván).
Lo extraño de esto es que Dios le dice: “y has vencido” (v.28) en un sentido de felicitación. ¿Por qué lo felicita por eso?
Uno pensaría que la manera en que venció, tanto a Esav como a Labán, no merecía una felicitación, por parte de Dios; menos una felicitación por haber estado peleando con Dios, hasta vencerlo. Al parecer, Dios lo estaba felicitando, por su perseverancia. La perseverancia en su lucha con Dios debe entenderse en el sentido de la oración. Yaakov no estaba dispuesto a dejar de orar y clamar al Señor, hasta que Él se comprometiera a darle la victoria.
Yaakov venció en el sentido de que aguantó a través de su batalla hasta que Dios lo conquistó completamente. Cuando luchas contra Dios, solo ganas por perder y por no darte por vencido hasta que sabes que has perdido. Así es como Yaakov venció.
Esto es muchas veces lo que Dios tiene que hacer con nosotros. Tiene que llevarnos a reconocer nuestras debilidades y nuestra naturaleza pecaminosa. Lo mismo que el Eterno enseñó a Yaakov allí en Peniel, hoy nos está hablando a través del Espíritu de Yeshúa. Para poder avanzar y crecer en la vida espiritual, tenemos que ser suficientemente honestos, y reconocer quienes somos ante el Eterno cuando aún no nos sometemos a su señorío: simples pecadores.
La importancia del nuevo nombre de Jacob fue que le permitió entender su nueva pertenencia. Ahora su identidad dependía del Eterno como su único Dueño. El nuevo nombre sería para recordarle siempre su nuevo destino, y la cojera adquirida sería para recordarle siempre que vivir en el temor de YHVH sería el único secreto del éxito en su peregrinar por la vida (Proverbios 9:10).
Antes de regresar a la Tierra Prometida, Yaakov se encontró con el Eterno. Este evento fue un punto de inflexión en su vida. Para Yaakov, la victoria en la oración fue recibir la bendición de Dios. Él la pidió (v.26), y la recibió (v.29). El texto no indica en qué consistió dicha bendición. En parte, pudo haber sido su nuevo nombre; y en parte, la liberación de las manos de Esaú. Yaakov recibió un nuevo nombre que indicaba la naturaleza de su nueva relación con Yahvéh.
Finalmente, se enteró de que en el modo de hacer las cosas del Señor, la fuerza llegaría a través de la debilidad de su alma frente al poderoso Trono del Eterno. Nuestro padre Yaakov terminó débil físicamente (v.31), pero más fuerte espiritualmente. Eso lo evidencia el siguiente capítulo (Gén. 33:3), cuando él se coloca al frente de su familia, para ir al encuentro con Esav. Ya no estaba confiando en sus estrategias humanas, sino en solamente en la Benevolencia del Eterno.
«… Mas él le respondió:Tú sabes cómo te he servido, y cómo le ha ido a tu ganado conmigo. Porque tenías poco antes de que yo viniera, y ha aumentado hasta ser multitud; y el SEÑOR te ha bendecido en todo lo que he hecho. Y ahora, ¿cuándo proveeré yo también para mi propia casa? Y él respondió: ¿Qué te daré? Y Jacob dijo:No me des nada. Volveré a pastorear y a cuidar tu rebaño si tan sólo haces esto por mí: déjame pasar por entre todo tu rebaño hoy, apartando de él toda oveja moteada o manchada y todos los corderos negros, y las manchadas o moteadas de entre las cabras, y ése será mi salario. Mi honradez responderá por mí el día de mañana, cuando vengas a ver acerca de mi salario. Todo lo que no sea moteado y manchado entre las cabras, y negro entre los corderos, si es hallado conmigo, se considerará robado.»
(Génesis 30:29-33)
Al leer el libro de Bereshit, nos encontramos con un pacto comercial que plantea un problema genético de difícil interpretación científica. Es la alianza económica que hizo nuestro padre Jacob (en hebreo Yaakov) y Labán, su suegro.
Recordaremos que una vez finalizado el contrato de catorce años de trabajo a cambio de sus esposas, nuestro padre Yaakov estaba ansioso de regresar a su tierra natal. Pero al ver Labán cómo le había bendecido Yahvéh por causa de su yerno, insistió en que continuase supervisando sus rebaños; incluso le dijo a Yaakov que estipulase su propio salario.
«Vayomer elav Lavan im-na matsati jen be’eyneyja nijashti vayevarjeni Adonay biglaleja.» [«Mas Labán le respondió: ¡Si he hallado gracia en tus ojos!; he sabido por adivinación que el Eterno me ha bendecido por tu causa!«]
La traducción: «Sí he hallado gracia en tus ojos«, el sabio Soforno dice que debería ser así: “Si me amaras -como debe amar un familiar-, no me abandonarías”.
Labán continuo diciendo que, por medio del ocultismo, se había enterado de que, únicamente gracias a la presencia de Yaacov, se había vuelto un hombre acaudalado y que había sido bendecido con hijos (Rashí). En base a esto, los sabios dicen que es posible que Labán haya tratado de provocarle sentimiento de culpa a Yaacov, pues su partida redundaría en un desastroso decaimiento en las fortunas de la familia de sus mujeres e hijos.
Labán había albergado la esperanza de que el piadoso Yaakov se sintiera halagado con este reconocimiento de la intervención divina y declarara su disposición a quedarse sin goce de sueldo. Pero, apenas Labán se quedó en silencio, se dio cuenta de que iba a tener que ofrecerle un incentivo. Por eso le pidió a Yaakov que estipulara sus términos. Yaakov inició su respuesta reiterando que había servido a Labán con lealtad y en la forma debida, es decir, que no tenía motivos para sentirse culpable. Al contrario, fue Labán el que se había aprovechado de él todos esos años.
Importante es saber que en esa zona geográfica las ovejas y las cabras suelen ser de un solo color: las ovejas, blancas, y las cabras, negras. Por consiguiente, Yaakov se atrevió a hacer un pacto con el egoísta de su suegro, estableciendo su salario de una manera muy curiosa. Según lo pactado Yaakov propuso:
“los animales que desde ahora nazcan moteados y manchados entre las cabras, y además marrones entre las ovejas serán míos”.
Es decir, Jacob se llevaría a la descendencia salpicada o manchada, pero los separaría de los animales actualmente salpicados con manchas en el resto del rebaño, por lo que las probabilidades estaban totalmente en contra de él. Permitiendo que las ovejas y cabras salpicadas permanecieran en el rebaño, aumentaría la probabilidad de tener más descendientes salpicados del mismo rebaño.
Labán le respondió: ¡“Oh, que sea de acuerdo a tu palabra!” Este es un acuerdo aceptable para ambas partes. En primer lugar, se trataba de un método infalible para distinguir entre los rebaños de Labán y Yaakov, además, a Labán le gusto el trato debido a que las probabilidades estaban a su favor. Yaakov pudo haber propuesto el acuerdo, porque él estaba dispuesto a confiar en el Eterno. Y para mantener el salario tan bajo como fuese posible, Labán, por sugerencia de Yaakov mismo, separó de los rebaños todas las cabras rayadas, moteadas y con manchas de color y toda oveja morena oscura entre los carneros jóvenes, y se las entregó a sus propios hijos para que las cuidasen, e incluso fijó una distancia de tres jornadas entre ellos para evitar cruces entre los dos rebaños. Solo pertenecerían a Yaakov
las que a partir de entonces naciesen con un color anormal. (Génesis 30:25-36).
Entonces, Yaakov avinu (nuestro padre) situó una vara con manchas frente a las ovejas “para lograr el objetivo”. Tomó varas (ramitas verdes y todavía húmedas) de estoraques (otra versión dice álamo), almendros y castaños (otra versión dice plátanos), y las descortezó, para darles la apariencia de estar rayadas y moteadas. Colocó estas varas en los canales de los abrevaderos de los animales. Él tenía en su fe la idea de que si los animales miraban las rayas cuando estaban en celo, la prole que tuviesen sería moteada o de un color anormal. También procuró colocar los palos en los abrevaderos solo cuando los que estaban en celo eran los animales más fuertes y robustos. (Génesis 30:37-42).
Los antiguos contratos de pastoreo que se realizaban en estas regiones del Medio y Cercano Oriente, estipulaban una porción de entre el diez y doce por ciento del rebaño, junto con un porcentaje de la lana, y de los derivados de la leche. En los rebaños orientales, las ovejas tienen como color dominante el blanco, y las cabras poseen como color dominante el marrón oscuro o el negro. Por ende, las ovejas que eran de color oscuro (ya sea de color marrón oscuro o negro) o incluso moteado o manchado, y las cabras que eran manchadas o moteadas eran colores recesivos y eran escasos, probablemente no más de diez a veinte por ciento del total del rebaño.
Es decir que, como los animales ovinos oscuros y caprinos con manchas representaban una proporción más pequeña, era Labán quien claramente, desde una perspectiva humana, se llevara la mejor parte del negocio. Yaakov avinu estaba dispuesto a comenzar con el mínimo y, al hacerlo, aparentemente se ponía a sí mismo en una gran desventaja. Él ha elegido para su salario los animales «raros» o «anormales», pero él también tiene el secreto para cambiar esto. Yaakov conocía la creencia popular entre los pastores que aseguraban que la naturaleza de las crías depende, en parte, de las influencias externas que rodean a la madre en el momento de la concepción.
Con esto en su mente, más la emuná (fe) de las promesas divinas en su corazón elaboró una estrategia milagrosa. La misma estaba llena de la astucia que caracterizó siempre a Yaakov, pero impregnada de humildad y obediencia a los tiempos del Eterno. Este plan se reduce a las siguiente técnicas «genéticas» celestiales:
En cuanto a las cabras (vv. 37 -39), las hace aparearse ante varitas listadas de blanco, cuya vista se suponía que influía en la formación del embrión (técnica del control de la concepción).
En cuento a las ovejas (v. 40), hace que al aparearse estén mirando a las cabras negras del rebaño.
Para estas operaciones se asegura de elegir los machos vigorosos, dejándole a Labán los animales débiles y sus crías (técnica la cría selectiva ).
¿Cuál fue el resultado de esto? Los animales con marcas o color anormal (el salario de Jacob) fueron más numerosos que los de un solo color de tono normal, que habrían de pertenecerle a Labán.
Hoy en día, muchos detractores de la fe, al leer este relato se mofan pues no saben exactamente cómo funcionó este método. Es posible que Jacob sabía más sobre la cría de animales que lo que la humanidad hoy en día conoce, pero lo más probable que Jacob hizo lo mejor que sabía y el Eterno, nuestro Dios, lo bendijo.
Lo cierto es que detrás de este logro está el trabajo sacrificado y diligente y eficiente de Yaakov. Él mismo describe gráficamente todo el sacrificio y esfuerzo denodado que puso en el trabajo (31: 38-42) Seguramente como Yaakov obtuvo el resultado deseado, es probable que en un principio pensara que lo había conseguido con su estratagema de las varas rayadas. Sin embargo, en un sueño su Creador le explicó la verdadera razón. Jacob llegó a saber por medio de un sueño que fueron otros factores (en este caso, los genéticos), no las varas, los causantes de su éxito. Aunque Jacob estaba al cuidado de animales de un solo color, la visión le reveló que los machos cabríos eran rayados, moteados y manchados. ¿Cómo pudo ocurrir algo así? Al parecer, aunque tenían un color uniforme eran híbridos, debido a los cruces que se habían producido en el rebaño de Labán antes de que Jacob empezara a cobrar su salario. Por consiguiente, según las leyes de la herencia descubiertas por Gregor Mendel en el siglo pasado, algunos de estos animales llevaban en sus genes los factores hereditarios para producir animales manchados y moteados. (Génesis 31:10-13).
Un artículo publicado en la revista científica Nature hace un tiempo atrás relata como se comprobó en ratones, que progenitores homocigotas para “spotted tail” (cola manchada) tuvieron en la descendencia ratones con “white tail” (cola blanca), contradiciendo las leyes de Mendel. De igual manera, fue valida la prueba a la inversa – es decir, homocigotas de cola blanca, tuvieron descendencia con colas manchadas. Posteriormente lo aislaron y al inyectarlo en los ovocitos, obtuvieron crías con white tail, a pesar de provenir de progenitores sin genes “white tail” en su ADN (ya que eran homocigotas). Por otro lado, he tratado de buscar información acerca de la capacidad del estímulo visual per se, como generador de alguna respuesta genética (o sea, al igual que las varas que uso Yaakob para inducir a las ovejas a tener crías moteadas).
Siguiendo la linea de pensamiento del hallazgo científico descripto (vale decir que es posible transmitir rasgos aun en ausencia del gen en los progenitores, a través del RNA generado alguna vez por un estímulo y guardado en la “memoria”) deberíamos suponer que las varas tuvieron el objetivo de generar RNA. Este fenómeno descrito, se conoce como “paramutación”. Otro comentario del articulo dice que, los rasgos heredables pueden estar guardados en una memoria ajena al ADN. El mecanismo de paramutacion o “imprinted memories” se realiza a través del RNA, sin la participación del ADN. Es decir, “un estímulo” genera el síntesis del RNA, y este se acumula en todas las células, y en consecuencia se trasmite a la descendencia. En la experiencia publicada, obtuvieron grandes cantidades de RNA “white tail” en el sémen de los ratones. De esta manera se comprobó también que los estímulos visuales no sólo generarían una respuesta química, transitoria y reversible una vez desaparecido el estímulo, sino que “despertarían genes” y generarían RNA. Finalmente, los trabajos de los premios Nobel David Hubel y Torsten Wiesel demostraron que los estímulos visuales generan respuestas plásticas en el cerebro; en otras palabras moldean el cerebro. Esto es un descubrimiento muy poderoso, dado que confirmaría que todo lo que el niño (y los demás) observa, deja una marca indeleble en su cerebro, no sólo generando respuesta genética transmisible (a través del RNA) sino que hasta afecta el «shape (forma) cerebral».
¡Asombroso por cierto! ¡Esto es exactamente lo sucedido con las ovejas de Yaakov, y él no conocía de genética (pero Yahvéh sí)!
Durante los seis años que Yaakov trabajó en estas condiciones, y Yahvéh lo bendijo en gran manera y lo hizo prosperar no solo incrementando sus rebaños, sino también la cantidad de siervos, camellos y asnos, a pesar de que Labán seguía cambiando el salario que había acordado. Finalmente, el “Dios verdadero de Betel” le mandó a Yaakov que regresase a la Tierra Prometida. (Gén. 30:43; 31:1-13, 41).
Vemos así cómo Yahvéh, nuestro Abba, bendijo a Jacob y él enriqueciómucho, o se volvió muy próspero. El hebreo antiguo dice: “el hombre exclamo, extremadamente”, dando la idea de que hubo una explosión de prosperidad. El Eterno bendijo a Jacob, pero no fue porque Jacob era especialmente bueno. Fue a causa de las promesas que Él hizo a Jacob (Génesis 28:13-15) y el Pacto hecho a Abraham avinu. De la misma manera, la bendición viene del Señor para nosotros, no porque seamos grandes o buenos, pero debido a la alianza que Dios ha hecho con nosotros a través de Jesús, y las promesas que nos ha dado en su Palabra.
Debo dejarles bien en claro que aquí las tiras blancas de Jacob funcionaron al igual que las mandrágoras de Raquel (30: 14-18). No fueron las mandrágoras lo que la hacía fértil, y no fueron las tiras blancas las que produjeron los animales de colores recesivos. Fue el SEÑOR quien abrió el vientre de Raquel, y Ya’akov finalmente reconoció que era Dios, quien aumentó su rebaño (31:10-12).
Concluyendo nuestro peregrinar por los códigos de este relato de la Torah, necesito insistirles en los principios de liderazgo que Yaakov avinu aplicó para obtener una explosión de prosperidad:
No hagas que la riqueza sea tu meta (Génesis 30:25-26)
No tengas miedo de trabajar por los demás y tratar de aumentar su riqueza de ellos, antes o mientras trabajas para aumentar tu propia riqueza (Génesis 30:27)
Trabaja duro, dedicándote al éxito de tu empleador (Génesis 30:26, 31:38-42)
Confía en el Eterno en todo tiempo (Génesis 30:31-33).
Visualiza las metas y objetivos para que se hagan una realidad (Génesis 31: 10-13).
La única razón del enriquecimiento milagroso de nuestro padre (avinu) Yaakov fue su confianza en el Eterno y su trabajo diligente y astuto.
Yakoov confió en Yahvéh porque aceptó Su propósito eterno, y decidió obedientemente regresar a Canaán para el perfecto cumplimiento del mismo. Por lo tanto, no fue el engaño, ni tampoco ciertas acciones mágicas lo que lo prosperó, sino Yahvéh, quien guió las circunstancias en la vida de alguien que confió en Él y estuvo dispuesto en todo momento a cumplir Su voluntad que es buena, agradable y perfecta.
Las ovejas y las cabras obtenidas milagrosamente indicaban que Yaakov obtuvo lo mejor de Labán en una manera muy visible y llena de honestidad. De este modo Yaakov avinu se tomó honradamente su desquite de Labán. Lo que demuestra que las bendiciones de nuestro Dios y Abba siempre excederán a todo fraude humano.
Condiciones yahvistas para hacer milagros.
En esta historia patriarcal la Instrucción (Torah) divina nos da una lección de cómo lo sobrenatural siempre se introduce en lo natural mediante la colaboración entre el ser humano y el Eterno. El hombre hace un acto natural y Yahvéh responde con un acto sobrenatural. Este principio se encuentra en todas las Sagradas Escrituras. Yaakov actuó según una visión celestial que un ángel le había dado. Para poder desatar el poder sobrenatural del Eterno dentro de un marco legítimo hay que tener una revelación, tal como el mismo Mesías lo demostró en su vida:
“Por eso Yeshúa, respondiendo, les decía: En verdad, en verdad os digo que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que hace el Padre, eso también hace el Hijo de igual manera.”
(Juan 5:19)
Para hacer milagros lícitos hay que tener una íntima relación con Yahvéh manifestado como Padre. Además contar con una revelación de lo que Él está haciendo en la historia por medio del hijo o hija que quiere producir el milagro. El que colabora con Él tiene éxito en todo. El que hace milagros sin tener una relación con Él será reprobado, tal como lo dejó bien establecido Yeshúa:
“Muchos me dirán en aquel día: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?» Y entonces les declararé:
«Jamás os conocí; APARTAOS DE MI, LOS QUE PRACTICAIS LA INIQUIDAD»
(Mateo 7:22-23)
Este texto nos revela dos verdades muy importantes. Para no ser reprobado en el día del juicio hay que practicar lo sobrenatural a base de dos cosas, una relación íntima con el Mesías Yeshúa y obediencia a la Torá de Moshé. La palabra griega que fue traducida como “iniquidad” es anomia, y significa “sin ley” («sin Torah») o “violación de la ley”. Por lo tanto los que profetizan y hacen milagros en el nombre del Mesías sin tener una relación íntima con Él y sin practicar los mandamientos de la Torah serán finalmente expulsados de su presencia. Lamentablemente serán muchos de los varones y mujeres que oficias como líderes en las congregaciones de la Gran Ramera.
Te ruego que me des a beber un poco de agua de tu cántaro.
Ella respondió:
Bebe, señor mío; y se dio prisa a bajar su cántaro sobre su mano y le dio a beber.
Y cuando acabó de darle de beber dijo:
También para tus camellos sacaré agua. hasta que acaben de beber. Y se dio prisa y vació su cántaro en la pila, y corrió otra vez al pozo para sacar agua, y sacó para todos sus camellos.»
(Bereshit / Génesis 24: 17-20)
Había nacido y vivía en Mesopotamia (Aram-naharaim en hebreo), en la ciudad de Harán o cerca de ella. Su familia no era como la gente de Harán, que adoraban a Sin, el dios-luna. Su Dios era Yahvéh (Génesis 24:50). Por algo, los sabios de Israel siempre le adjudicaron el versículo del “Cantar de los Cantares” que dice: “Como una rosa entre las espinas, así es mi querida entre las hijas” (Cantares 2: 2).
Su nombre Rebeca, (o Rivká en hebreo). Mientras transcurría en su cotidianeidad, ella no imaginaba que un gran cambio en su vida llegaría de forma inesperada, en un día normal como cualquier otro.
Rivká era una muchacha muy atractiva. Pero no se trataba solo de una cara bonita, estaba llena de vida y se había mantenido moralmente pura. Aunque su familia era adinerada y tenían sirvientes, ella no era una niña mimada ni la trataban como a una princesa; había recibió la enseñanza del esfuerzo. Sabía que trabajar duro era el secreto para un destino exitoso. Al igual que muchas mujeres de su época, se encargaba de algunas tareas pesadas en el hogar. Por ejemplo, al caer la tarde, iba al pozo cargada con un cántaro sobre los hombros a buscar agua para la familia (Génesis 24:11, 15, 16).
En una de estas ocasiones, después de llenar su recipiente, se le acercó corriendo un hombre mayor que le dijo: “Dame, por favor, un sorbito de agua de tu jarro”. ¡Era un favor tan pequeño y se lo había pedido con tanta amabilidad! Como se notaba que el hombre venía de lejos, enseguida bajó el cántaro para darle, no un sorbito, sino un buen trago de agua fresca. Rebeca vio que el hombre había llegado con una manada de 10 camellos y que no había agua en el bebedero. Se dio cuenta de que la observaba atentamente y quiso ser generosa con él. Le dijo: “También para tus camellos sacaré agua hasta que acaben de beber” (Génesis 24:17-19).
Fíjese que no solo se ofreció a darles un poco de agua a los camellos, sino a darles de beber hasta que saciaran su sed. Un camello sediento puede beber unos 135 litros de agua en apenas 13 minutos. En este caso tenemos 10 camellos, así que necesitaría más o menos 1.350 litros de agua para saciar su sed. Digamos que el cántaro de Rebeca es de barro y que le caben 10 litros de agua. Vale la pena mencionar que 10 litros de agua pesan aproximadamente 9 kg. Esto quiere decir que Rebeca tiene que hacer más de 100 viajes al pozo para sacar el agua y acarrear más de 10 kilogramos a donde están los camellos. Así que a Rebeca le podían esperar varias horas de duro trabajo.
Sin embargo, estaba dispuesta a hacer lo que fuera para mostrarle hospitalidad a aquel forastero, quien aceptó su ayuda.
Rebeca iba y venía bajo la atenta mirada del anciano, llenando una y otra vez su cántaro para llevar agua al bebedero (Génesis 24:20, 21). Mientras Rebeca realizaba la tarea de dar agua a todos los camellos, el siervo en ningún momento la detuvo. Él quería saber si ella de verdad daría agua a todos los camellos, o si solamente lo había dicho. Evidentemente Eliezer conocía gente a la que le es más fácil hablar como un servidor que servir. Él necesitaba saber si esta joven tenía el corazón de una servidora, o solo el hablar de una.
La mirada de asombro del anciano forastero delataba el agradecimiento que de su corazón se elevaba hacia el mismo Trono de nuestro Abba. Horas antes, al caer la tarde, Eliezer había clamado en en oración pidiendo:
«Oh Señor, Dios de mi amo, Abraham.
Te ruego que hoy me des éxito y muestres amor inagotable a mi amo, Abraham.
Aquí me encuentro junto a este manantial, y las jóvenes de la ciudad vienen a sacar agua.
Mi petición es la siguiente:
yo le diré a una de ellas:
“Por favor, deme de beber de su cántaro”; si ella dice:
“Sí, beba usted, ¡y también daré de beber a sus camellos!”, que sea ella la que has elegido como esposa para Isaac.
De esa forma sabré que has mostrado amor inagotable a mi amo».
(Génesis 24:11-14)
Este varón fue muy sabio en lo que pidió al Eterno. Él quería volver a su amo Abrahán exitoso en su misión, y sabía que sin el respaldo del Eterno, todo esto sería imposible. Él estaba seguro, que toda mujer del lugar sabía que un camello sediento puede beber mucha agua. Así pues, la que se ofreciese a abrevar diez camellos tenía que estar dispuesta a realizar un gran esfuerzo. El hecho de que desempeñara esta tarea ante la pasiva mirada de otras personas constituiría una prueba incuestionable de su energía, paciencia y humildad, así como de su bondad con las personas y los animales.
Eliezer al ver la benevolencia servicial de esta joven le da un pendiente y dos brazaletes y adoró a Yavhéh. Él es bien consciente que no está buscando una criada para Isaac sino que una joven con un corazón bondadoso, fuerte y determinado a terminar los trabajos difíciles que se propone. Una doncella creyente en el Eterno, dispuesta a aceptar la voluntad y el llamado divino para convertirse en la esposa de un joven varón que aún no conoce, pero que sabe la espera anhelante en fe como la ayuda idónea (ezer kenegdó) que Yahvéh le ha diseñado para bendecir a las generaciones venideras.
Hoy, cuatro mil años después, no podemos más que sentir admiración por esta matriarca de nuestra fe por su valentía, sus ganas de servir, hospedar y darse humildemente a sus semejantes. Todos nosotros, seamos jóvenes o mayores, varones o mujeres, estemos casados o solteros, podemos imitar la fe de esta extraordinaria mujer. Por ello, para cerrar la meditación de este estudio, lo que rescataremos de esta historia, será la actitud de Rivká. Este mujer ejemplifica lo que debiera ser la actitud de nuestra alma redimida a la hora de servir al propósito eterno de Dios en nuestro prójimo. El Eterno anhela que la Esposa del Mesías sea sin mancha ni arruga, por ello hallo conveniente destacar las características que debe tener el servicio que tú y yo demos a nuestros semejantes en la tarea que nos demanda la Gran Comisión:
Un Servicio Gustoso: Al momento en que Eliezer le pidió agua, ella respondió sin queja alguna, sin murmullo o murmuración en su interior. Respondió con amor y una actitud servicial. «Bebe señor mío; y se dio prisa…» La expresión hebrea da a entender que ella no esperó otra oportunidad, ni otro momento. Hizo al instante lo que le demandaban.
Un Servicio Dispuesto: No se conformó con cumplir con lo que debía hacer de acuerdo a lo pautado en la petición de Eliezer, ella se determinó a hacer más. Ofreció más de lo que le pidieron. ¡Tampoco tardó en hacerlo! Muchas veces esperamos a que nos pidan lo que sabemos qué hace falta hacer, no nos comprometemos sino hasta que no nos queda otra. Y cuantas veces ni aun cuando nos piden, hacemos «más de lo que nos corresponde».
Un Servicio Responsable: Una vez que ofreció, se dio prisa a cumplir con lo que prometió. Ella lo terminó con calidad total. Dio de beber a los 10 camellos que Eliezer traía consigo. Ella fue responsable y esforzada. Cumplió con su trabajo, por más difícil que haya sido. ¿Cuántas veces no te animas a tomar el trabajo difícil? ¿Cuántas veces eliges lo más fácil para hacer, lo que lleve menos tiempo, menos esfuerzo? ¿Cuántas veces has comenzado una tarea que luego has abandonado a la mitad?
Un Servicio Desinteresado: Rebeca no sabía que Eliezer buscaba mujer para Isaac. Ella actuó de ese modo sin buscar un premio, una paga o un beneficio propio. Lo hizo de corazón, demostrando su pureza y bondad. Sin que nadie más que Eliezer la viera, no buscando su aprobación ni la de nadie más.
Hoy día, vivimos en una época en la que nadie piensa en el prójimo. Como ya fue anunciado proféticamente, las personas son egoístas y no están dispuestas a sacrificarse por los demás (2 Timoteo 3:1-5). Los discípulos de Yeshúa, que anhelamos combatir esa tendencia en los hombres, debemos imitar el ejemplo de esta joven del pasado, una de nuestras madres de fe, que se desvivió por ayudar a un extraño.
¡Qué maravilloso sería de nuestro alrededor si demostráramos siempre en cada ámbito de nuestras vidas estas características de servicio que todos los hijos de Yahvéh debemos tener!
Y Abrahám le dijo: «Ten mucho cuidado de no llevar a mi hijo allá. El Señor, el Dios de los cielos, me sacó de la casa de mi padre y de la tierra de mis parientes; él mismo me habló, y con juramento me dijo: “Esta tierra se la daré a tu descendencia”, así que él enviará a su ángel delante de ti, y de allá tomarás una mujer para mi hijo. Si la mujer no quiere venir contigo, quedarás libre del juramento que me has hecho. ¡Pero de ninguna manera lleves allá a mi hijo!»
(Génesis 24: 6- 8)
El dato curioso que Bereshit nos aporta es que Isaac, el hijo de la promesa, no dejó la tierra prometida ni una vez. Por ello, al leer estos versículos, todo investigador no puede evitar la correcta pregunta que brota de un corazón apasionado por los secretos celestiales:
¿Por qué Isaac (hebreo Yitzjak) no pudo ir a la tierra de donde había salido Abrahám?
Primeramente, y para que la respuesta surja clara del texto, será necesario hacer algunos comentarios que aclaren el contexto de esta historia.
Isaac acababa de cumplir 40 años. Este acontecimiento marcaba el inicio de un ciclo muy importante en la vida de un varón oriental. Había llegado el momento de formar una familia. Este era el tiempo ideal, de acuerdo al diseño divino, para buscarle una esposa.
Ahora bien, las Escrituras Sagradas revelan que el Eterno no quiso que se casara con una mujer de las hijas de Kenáan (Canaán), ni con una mujer de Egipto. Por ello Abrahám hizo jurar a su siervo más confiable, el damasceno Eliezer, por la señal del pacto de circuncisión, y lo envió a buscar una esposa para su hijo de la tierra donde estaban sus parientes, descendientes de Shem, hijo de Noaj. Cuando Eliezer preguntó si podía llevar allí a Isaac, en el caso de que la mujer no quisiera venir, Abrahám contestó rotundamente que no, y lo repitió dos veces.
¿Por qué Yitsjak (Isaac) no podía volver al lugar de donde había salido Abrahám?
Meditando profundamente en los sagrados escritos se nos revela que Yitsjak (Isaac) no podía salir de la tierra prometida. Justamente notamos que más adelante cuando él intenta bajar a Egipto, el Eterno mismo le prohíbe y le ordena quedarse en la tierra (26:2-3). Yitzjak fue el único de los tres patriarcas que no tenía permiso para salir al extranjero. Su vida estaba unida a la tierra de la promesa y allí tenía que permanecer hasta la resurrección. Isaac el hijo de la promesa, no dejó la tierra prometida ni una vez.
Este dato no es una simple curiosidad bíblica, sino que contiene un misterio mesiánico revelado por el Espíritu de Yahvéh, que nos conduce a hacernos las siguientes preguntas: ¿por qué Abrahám no quiso que su hijo se fuera a ver a sus primos y demás familiares? ¿Qué mal había en eso?
Abraham estaba diciendo en realidad a Eliazer: «Elohim me ha prometido que a través de mi semilla Yitzjak, va a traer una bendición para el mundo. Usted puede estar seguro de una cosa: El Señor tiene una esposa para Isaac apartada allí .» Lo notamos claramente: Abraham descansa o se fundamenta en lo que Yahvéh ya ha dicho. Así queda revelado que la fe es descansar en algo y siempre es razonable o prudente. Nunca es un salto al vacío. La fe no es un juego de azar; es una cosa segura. Y Abraham estaba seguro que la esposa de su hijo se encontraba escogida por el Señor entre su parentela.
Por otra parte, el relato da a entender que si Yitzjak hubiera ido él mimo, en busca de una novia, podría haber sido una tentación demasiado grande quedarse con ella en medio de su propio pueblo, en lugar de regresar a Canaán. En el diseño del Eterno que Abrahám había comprendido, estaba establecido que ella debía estar dispuesta a venir a él (24:6 y 8). Por lo tanto, Abraham envió a su siervo más antiguo en la misión.
Las Sagradas Escrituras nos revelan que la familia de la cual había salido Abrahám era de prácticas idólatras, especializados en las artes prohibidas de la astrología (Josué 24:15). Abrahám tomó la decisión de abandonar toda práctica idolátrica y vivir sólo para el Creador de Cielos y Tierra (Génesis 24:3). Él conocía muy bien la fuerza que los familiares podían ejercer sobre sus miembros y es muy posible que no quiso exponer a su hijo Yitzjak a las presiones emocionales que son producto de los lazos familiares, porque correría el riesgo de que adoptara sus costumbres paganas, lo cual contaminaría su alma y dañaría el plan de redención divina para el mundo. Yitzjak era el hijo de la promesa y había que guardarlo de toda contaminación maligna. El propósito eterno de Dios se encontraba plenamente activo y maduro en Isaac. Sus 40 años recién cumplidos así lo anunciaban. Él no podía volver a las sendas de iniquidad ancestral y así abortar la misión que traía en lo más profundo de su alma.
Abraham estableció claramente que la esposa para su hijo debía ser de su mismo linaje familiar (no una cananea), pero, por sobre todas las cosas, debía ser una mujer que estuviera dispuesta a suscribirse al testimonio de la alianza mesiánica que Abrahám y su casa había creído.
El ejemplo de Abrahám conduce al alma de todo padre redimido a un llamado a teshuvah (arrepentimiento que permite retornar al propósito). Esta actitud de nuestro padre en la fe nos enseña y exhorta a cuidarnos mucho de enviar a nuestros hijos a un sistema de cosas que hemos dejado a fin de que no sean contaminados por las costumbres de allí. Cuando dejamos atrás contextos culturales y relaciones con los que practican las costumbres mundanas, es sumamente importante que no dejemos que nuestros hijos vuelvan allí y se enreden en la madeja de iniquidades que nosotros hemos abandonados en al nacer de nuevo en el Mesías. De ceder como padres en esto, todo el proceso de restauración y redención que estamos viviendo sería frenado y abortado en la siguiente generación. Y nuestra conciencia nos juzgaría preguntándonos: ¿para qué entonces nos sacó el Eterno de allí?
Apreciados padres que leen esta bitácora y ya están en la fe de Abrahám, si alguno de ustedes tiene un joven o una joven en su casa que está en edad de casarse, debe orar para que él o ella no haga alianza de amor con alguien que posea «espíritu cananeo» (materialista y hedonista). Un verdadero padre de mentalidad hebrea establece de antemano, por medio de su intercesión de fe, el tipo de matrimonio que desea para sus hijos.
Los padres de la fe yavhista como la de Abrahám enseñan a sus hijos que el matrimonio que cada uno de ellos forme es un diseño divino que se hará parte de la totalidad de su vida, por lo tanto, es una relación permanente y no algo temporal. Por esto, es necesario que cada hijo entienda que la pareja que encuentre debe estar de acuerdo con lo que desean lograr espiritualmente en sus vidas.
No olviden queridos padres que aún estamos en la Tierra, bajo el dominio del sistema reptiliano, y siempre existe el peligro de que uno de nuestros jóvenes se case con uno de los hijos de Babilonia. Si lo hacen, como alguien ha dicho, «tendrán al diablo por su suegro«, y siempre habrá problemas con él.
En este momento elevo una plegaria de intercesión a fin de que el Eterno nos dé gracia para encaminar a nuestros hijos correctamente para que puedan continuar la línea de bendición y redención que hemos recibido por nuestro padre Abrahám y nuestro Señor Yeshúa el Mesías.
«Aconteció después de estas cosas que Dios probó a Abraham, y le dijo: ¡Abraham! Él respondió: Heme aquí«
(Génesis 22:1)
Nuestro padre Abraham no tuvo noticias de Elohim (Dios) por muchos años. El Eterno parecía estar en silencio. Pero después de estas cosas Elohim probó a Abraham, y le pidió que hiciera lo impensable. Esta expresión es la prueba fidedigna de que el Eterno probó a Abrahán pero no tenía la intención de que el patriarca sacrificara a Isaac. Esta es la primera vez que la palabra prueba se utiliza en las Sagradas Escrituras, y sería la mayor prueba de Abraham.
La palabra hebrea que ha sido traducida aquí como prueba también significa tentación y provocación. Será importante en este momento comentarles que las tres acepciones tienen tres propósitos diferentes:
La prueba tiene el propósito de fortalecer y elevar.
La tentación tiene el propósito de hacer caer y destruir.
La provocación tiene el propósito de resistir y contender.
Aunque la misma palabra es usada para los dos primeros significados (prueba y tentación) hay una gran diferencia entre una cosa y otra. El propósito detrás del acto determina si es una prueba o una tentación. Si el propósito es hacer que la persona caiga en desgracia, es una tentación. Si el propósito es hacer que la persona suba a un nivel más alto, es una prueba. Desde esta clara distinción, notamos que las Escrituras Sagradas dejan bien en claro que:
El Eterno no tienta ni provoca a nadie (Santiago 1:3), pero sí pone a prueba a todas las cosas creadas.
El ángel maligno, HaSatán (satanás), el enemigo del hombre, puede provocar y tentar a los hombres.
El ser humano puede provocar al Eterno.
El Eterno puede utilizar la tentación de HaSatán (El Adversario) como una prueba para el hombre. Se entiende que el propósito que el adversario tiene con su tentación es hacer caer al hombre, pero el propósito de Yahvéh cuando permite que el HaSatán tiente al hombre es fortalecerlo y elevarlo. El Eterno está muy por encima de todo y todos y el HaSatán no puede hacer nada sin el permiso del Eterno. El propósito de la prueba es elevar a la persona. Cuando uno ha pasado la prueba tiene siempre una gran recompensa. La recompensa mayor que el ser humano puede recibir es un carácter aprobado:
“Tened por sumo gozo, hermanos míos, el que os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia, y que la paciencia tenga su perfecto resultado, para que seáis perfectos y completos, sin que os falte nada.”
(Santiago 1:2-4)
Si una persona no pasa la prueba que el Eterno le pone tiene dos opciones, hacer la prueba otra y otra vez hasta que la pase, o finalmente ser eliminado. Lo que pasó con la mayoría de los hijos de Israel que salieron de Egipto fue que suspendieron la prueba diez veces, (cf. Números 14:22), y por eso no pudieron subir al nivel superior que el Eterno había preparado para ellos en la tierra prometida. Por esto, es que Moshé, coloca aquí este relato de la última y gran prueba de Abraham avinu. El Eterno llamó a nuestro padre…
“Y dijo:
Toma ahora a tu hijo, tu único, a quien amas, a Yitsjak, y ve a la tierra de Moriah, y ofrécelo allí en ofrenda de ascensión sobre uno de los montes que yo te diré.”
(22:2)
La palabra hebrea traducida como “ahora” es «na«. Tiene principalmente dos acepciones, “por favor” y “ahora”. Esto quiere decir que se puede traducir: “Toma por favor a tu hijo…” No es una orden fuerte sino una petición suave. Yahvéh quería probar la sincera veracidad de Abraham si realmente estaba buscando los deseos del Cielo o sus propios deseos. Llevaba mucho tiempo sin sacrificar animales y ahora Yahvéh le pide a su hijo, el que más amaba.
Yahvéh lo llamó, y Abraham le respondió: «Heme aquí«. Esto no fue una prueba para producir fe, sino una prueba para revelar su nivel de fe. El Eterno edificó a Abraham lentamente, parte por parte, año por año, hasta ser un hombre de fe. Nuestra fe no es puesta realmente a prueba hasta que Elohim (Dios) nos pide que soportemos lo que parece insoportable, hacer lo que parece irracional, y esperar lo que parece imposible.
En esta ocasión el Eterno puso a prueba a nuestro padre Avraham. Esta prueba no fue tanto para producir fe, sino una prueba para revelar la clase de fe que Abrahán tenía. Es un evento que le demostraría al patriarca y sus descendientes que Yahvéh, durante ese tiempo de silencio, edificó el ser de Abraham lentamente, parte por parte, año por año, hasta ser un hombre de fe (hebreo emunah). Por lo tanto, el propósito de la prueba era elevarlo. Por eso, esta será la última (y la definitiva) prueba para perfeccionar su fe (emuná), tal y como lo explicaría Santiago en su epístola a los discípulos del primer siglo de nuestra Era Común:
“Ya ves que la fe actuaba juntamente con sus obras, y como resultado de las obras, la fe fue perfeccionada”
(Santiago 2:22)
Así que la fe de Abraham fue perfeccionada por medio de esta prueba, en el sentido de llegar a su máximo potencial. Después de esta prueba la confianza de Abraham llegó a un nivel que no necesitaba más pruebas, había alcanzado su meta. Y es que la prueba es utilizada por del Eterno para poner presión sobre las personas a fin de que se manifieste lo que hay en sus corazones en los momentos de crisis:
“Y te acordarás de todo el camino por donde YHVH tu Elohim te ha traído por el desierto durante estos cuarenta años, para humillarte, probándote, a fin de saber lo que había en tu corazón, si guardarías o no sus mandamientos.”
(Deuteronomio 8:2)
Abraham era un compañero de pacto con el Eterno. El Eterno necesitaba que la obediencia total de Abraham se manifestara para poder cumplir sus propósitos en su vida y producir por medio de él aquella simiente de la mujer que había sido prometido a Adam y Javá: el Mesías (Génesis 3:15). Como Abraham le entregó a su hijo único, así Yahvéh entregó a Su Hijo Únigénito para ser un sacrificio de pecado no solamente por la descendencia de Abraham, sino por todo el mundo, (cf. Juan 3:16).
El Eterno, nuestro Abba, no quiere que pongamos un signo de interrogación en nuestra fe, sino un punto. Un punto que signifique que tenemos por Él una fe consolidada, perseverante, continua, porque al final su obra es para nuestra bien. El Señor conoce muy bien nuestro propósito y además nuestra capacidad de fe. Para ello son sus pruebas, porque no se sabrá nunca si la fe es real, si nunca fue alguna vez probada. Está bien claro que las pruebas nos permiten asombrarnos a nosotros mismos acerca de la capacidad de fe que hemos desarrollado desde nuestro Nuevo Nacimiento.
Como en todas las cosas, el propósito sobresaliente del Eterno es que nosotros, como hijos, seamos transformados más y más a la imagen de Su Hijo (Romanos 8:29). Esta es la meta del discípulo de Yeshúa, y todo en la vida, incluyendo especialmente las pruebas, está diseñado para permitirnos alcanzar esa meta. Es parte del proceso de la santificación, siendo apartados para los propósitos de Dios y equipados para vivir para Su gloria. El apóstol Pedro nos explica la manera en que las pruebas logran esto:
“En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo.”
(1 Pedro 1: 6-7)
La fe del verdadero creyente se reforzará mediante las pruebas que experimente para así descansar en el conocimiento de que dicha fe es real y durará para siempre.
Entonces debemos aceptar que las pruebas desarrollan el carácter piadoso, y eso nos permite “…[gloriarnos] en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.” (Romanos 5:3-5). Nuestro amado Mesías Yeshúa fue el ejemplo perfecto de esto. “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Romanos 5:8). Estos versículos revelan aspectos de Su propósito divino tanto por las pruebas y tribulaciones de Jesús el Cristo, como por las nuestras. El perseverar comprueba nuestra fe. «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Filipenses 4:13).
Una de las bendiciones más grandes, a decir verdad, la más gloriosa que tuvo nuestro padre Abrahán, fue que a través de esta prueba pudo ver el día del Mesías Yeshúa, en plena manifestación redentora. De esto quedó constancia escrita ya que el mismo Señor dijo: “Abraham, vuestro padre, se gozó de que había de ver mi día; y lo vio y se regocijó.” (Juan 8:56 -RV 1995) Ese gozo era la más grande que podía experimentar nuestro padre.
Por eso, para finalizar quiero animarte con lo que el profeta Jeremías dice:
«Benditos son los que confían en el Señor y han hecho que el Señor sea su esperanza y confianza.«
(Jeremías 17:7 – NTV).
¿Qué sucede en los momentos de prueba si confías en el Señor? Mira la promesa del Eterno en:
«Los que en mí confían no quedan defraudados«
(Isaías 49:23 – DHH)
Si no estás dispuesto a sacrificar por amor a Yahvéh lo que más te gusta, entonces tienes algo en tu vida que está interponiéndose entre tu vida y Su Presencia. Eso se ha convertido en un dios falso para ti. Eso se llama abominación de idolatría. Yahvéh y Su Justicia (Su Reinado) tienen que tener el lugar primordial en nuestras vidas (Mt. 6: 33), y si existe algo en tu vida que desafía ese lugar Él te pedirá que lo sacrifiques. ¿Estás dispuesto para ello?
Deseo que el Eterno nos conceda su gracia para poder pasar las pruebas con éxito para que también nosotros podamos ver el día de Yeshúa con gozo.
«Y Sara concibió y dio a Abraham un hijo en su vejez, en el tiempo que Dios le había dicho. Y llamó Abraham el nombre de su hijo que le nació, que le dio a luz Sara, Isaac. Y circuncidó Abraham a su hijo Isaac de ocho días, como Dios le había mandado. Y era Abraham de cien años cuando nació Isaac su hijo. Entonces dijo Sara: Dios me ha hecho reír, y cualquiera que lo oyere, se reirá conmigo.Y añadió: ¿Quién dijera a Abraham que Sara habría de dar de mamar a hijos? Pues le he dado un hijo en su vejez«.
(Génesis 21: 2-7)
INTRODUCCIÓN:
Después de la vocación de Abraham para ser el padre de los creyentes (Gén. cap. 12), el nacimiento de Isaac es el segundo gran paso hacia el cumplimiento del Proyecto del Eterno.
Recordemos que la Intención divina vibraba en el deseo eterno de tener Su propio pueblo, separado de las naciones vecinas. Un pueblo que debía confiar en su Palabra; un pueblo a través del cual el Mesías, Salvador del mundo, habría de nacer; y un pueblo que, en última instancia, se convertiría en el medio de bendición para todas las naciones de la Tierra. Ahora el tiempo señalado para el cumplimiento de las promesas del Eterno a Abraham y Sara había llegado y Yahvéh, el dador de bendiciones, cumplió Su promesa.
«Y llamó Abraham el nombre de su hijo que le nació, que le dio a luz Sara, Isaac»
Sabemos que originalmente, el nombre Isaac (en hebreo: Yitsjak)fue como un tipo de regaño por la risa de Abraham y Sara (Génesis 17:17-19 y 18:12-15), pero Yahvéh, nuestro Dios, cambió aquel regaño suave en una causa de gozo. Esto se convirtió en el fundamento de la fe del patriarca, ya que su hijo Isaac fue para Abraham una carta celestial en la que nuestro padre en la fe pudo leer el verdadero Evangelio de Yeshúa.
Existe una sorprendente similitud de conexión entre el nacimiento de Isaac y el nacimiento del Mesías Yeshúa. Yitzjak iba a nacer en el tiempo señalado por el Dios de la creación, como había prometido (21:2). Se dice más acerca del nacimiento de Yitzjak que de cualquier otro nacimiento en las Sagradas Escrituras (Biblia), excepto el nacimiento de Yeshúa, HaMashiaj (el Cristo). Por lo tanto, Yitzjak es un tipo de Cristo y su nacimiento anunciaba el nacimiento del Señor, porque cuando había llegado el tiempo, Dios envió a su Hijo (Gálatas 4:4a; Marcos 1:15; Romanos 5-6; Efesios 1:10).
El teólogo Dr. McGee dijo: “Eso fue verdad de Isaac, y fue ciertamente verdad del Señor Jesucristo. Hay una imagen maravillosa del nacimiento y de la vida de Yeshúa en el nacimiento y la vida de Isaac”.
En los capítulos 21 y 22 de Génesis, tenemos en el nacimiento y la vida de Isaac un notable prototipo del nacimiento y la vida de nuestro Salvador, Yeshúa, llamado el Ungido (Cristo o Mesías). ¡El nacimiento de Isaac comparado con el nacimiento de Yeshúa es una verdadera revelación a la mente de los escogidos! Uno es un tipo del otro que es el arquetipo (o antitipo).
Por ello, debo aquí animarlos a que se atrevan a introducirse en lo que se conoce como tipología bíblica.
Para explicar bien que es tipología bíblica me parece muy importante citar esta definición:
“la tipología del Nuevo Testamento llama la atención a [un] punto de similitud entre una persona, evento o cosa en el Antiguo Testamento y una persona, evento o cosa en el Nuevo Testamento”
(El Seminario Portátil, pág. 81)
Acorde a esto, debemos entender que un estudio de los tipos de Yeshúa en el Antiguo Pacto nos da una gran cantidad de conocimientos acerca de Él. Gracias al estudio de la tipología comenzamos a ver que el Mesías es el tema central de toda la Biblia, tanto en el Antiguo Pacto como en el Pacto Renovado (o mal llamado Nuevo Testamento). Vemos que no hay tema más importante que el Evangelio de Yeshúa. Por ello, el apóstol Pablo, pudo decir:
“Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesús el Cristo, y a éste crucificado”
(1 Corintios 2:2)
Las grandes verdades de la muerte de Yeshúa en la cruz por nuestros pecados deben ser lo principal que pensamos al leer las Sagradas Escrituras tanto en el Antiguo como en el Nuevo Pacto, ¡pues el Evangelio del Mesías es el tema principal de la Biblia entera!
En esta bitácora, nuestro enfoque será en el tipo es el nacimiento de Isaac – y el anti-tipo (o cumplimiento del tipo) es el Evangelio de Yeshúa. Esto se debe a que fue a través del nacimiento, el sacrificio y la vida de su hijo Isaac que Dios “dio de antemano [previamente] la buena nueva (evangelio) a Abraham” (Gálatas 3:8).
1. Ambos nacimientos fueron profetizados antes de que ellos nacieran.
Dios prometió darle un hijo a Abraham cuando Dios lo llamó que saliera de Ur de los Caldeos. Eso fue alrededor de 25 años antes del nacimiento de Isaac. Ese es el tipo. La venida de Yeshúa también fue profetizada antes de que Él naciera. Dios dijo a la nación de Israel,
“He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo”
(Isaías 7:14).
Ese es el anti-tipo, el cumplimiento del tipo.
2. Hubo un largo período de tiempo entre la promesa y el cumplimiento en ambos casos.
Hubo un período de unos 25 años desde el momento en que el Eterno lo prometió hasta el nacimiento de Isaac. El nacimiento de Yeshúa fue profetizado cientos de años antes de que Él naciera. Así que, de nuevo, hay un tipo y un anti-tipo, una promesa y un cumplimiento de la misma.
3. El nombre de Isaac y el nombre de Yeshúa fueron ambos profetizados antes de que ellos nacieran.
Dios le dijo a Abraham, “Y llamarás su nombre Isaac” (Génesis 17:19).
El ángel del Señor se le apareció a José y le dijo:
“Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Yeshúa, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21).
Así que, de nuevo, hay un paralelo entre Isaac (el tipo) y Yeshúa (el anti-tipo).
4. El anuncio del nacimiento de ellos pareció imposible a ambas madres.
Sara tenía noventa años y Abraham tenía cien años cuando nació Isaac. Cuando a Sara se le dijo que ella daría a luz un hijo, “Se rió, pues, Sara entre sí” – y dudó de que algo así sucedería.
Cuando el ángel Gabriel le dijo a Miriam (María) que tendría un hijo llamado Yeshúa, ella dijo:
“¿Cómo será esto? pues no conozco varón” (Lucas 1:34).
Notamos que en ambos casos, a las mujeres se les dijo que nada es demasiado difícil para el Señor. A Sara, le dijo el ángel: “¿Hay para Dios alguna cosa difícil?” (Génesis 18:14). A María, le dijo el ángel: “Porque nada hay imposible para Dios” (Lucas 1:37).
Tanto en el tipo como en el anti-tipo, en ambos casos, el anuncio del nacimiento sobrenatural de sus hijos pareció imposible a sus madres, Sara la madre de Isaac y María la madre de Yeshúa.
5. Ambos nacimientos ocurrieron en el tiempo señalado por Dios.
En Génesis 21:2 se nos dice:
“Sara concibió y dio a Abraham un hijo en su vejez, en el tiempo que Dios le había señalado [«en el tiempo’ anunciado por Dios» _ NVI],” (Génesis 21:2)
En Gálatas 4:4, Pablo dijo:
“Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley” (Gálatas 4:4).
Vemos que Isaac nació en el “tiempo que Dios había dicho”; Yeshúa nació, “cuando vino el cumplimiento del tiempo”. Ambos nacimientos ocurrieron en el tiempo señalado por Dios, tanto el tipo (Isaac) como el anti-tipo (Yeshúa).
6. Ambos el nacimiento de Isaac y el nacimiento de Yeshúa fueron milagrosos.
El nacimiento de Isaac fue un nacimiento milagroso porque Abraham consideraba su cuerpo prácticamente muerto y la muerte de la matriz de Sara (Romanos 4:19 BTX), y sin duda el nacimiento virginal del Señor fue un milagro (Lucas 1: 34-35).
El Dr. McGee dijo:
“Los dos nacimientos fueron milagros. El nacimiento de Isaac fue un nacimiento milagroso, y, sin duda, el nacimiento del Señor Yeshúa”.
El Dr. DeHaan dijo que el “milagroso nacimiento de Isaac fue un tipo excepcional de Jesucristo y la fe absoluta en el Nacimiento Virginal…Isaac entonces, como un tipo de Yeshúa, es ante todo una figura, una sombra, y una profecía del Nacimiento Virginal del Señor Jesucristo…El nacimiento de Isaac, Hijo de Abraham, fue un milagro, ya que Isaac nació cuando Abraham era totalmente impotente a la edad de cien años, y Sara era completamente estéril a la edad de noventa años. Pero Dios había prometido a Abraham y a Sara un hijo, una semilla que se convertiría en la bendición de todo el mundo…Se nos dice que Abraham y Sara eran viejos y seniles y Sara se rió de la promesa de un hijo. Entonces Dios le responde:
“¿Hay para Dios alguna cosa difícil? Al tiempo señalado volveré a ti, y según el tiempo de la vida, Sara tendrá un hijo”
(Génesis 18:14)
Y así fue. Cuando Dios había realizado el milagro del rejuvenecimiento de Abraham y Sara, Él cumplió Su promesa. No era demasiado difícil para el Señor.
“Visitó Yahvéh a Sara, como había dicho, e hizoYahvéh con Sara como había hablado. Y Sara concibió y dio a Abraham un hijo en su vejez, en el tiempo que Dios le había dicho”
(Génesis 21:1, 2)
(M. R. DeHaan, M.D., ibid., pág. 126)
Tanto el nacimiento de Isaac, como el nacimiento de Yeshúa fueron milagros divino; el tipo y el anti-tipo.
7. Ambos Isaac y Yeshúa fueron el gozo de sus padres.
El relato de Bereshit dice:
“Y llamó Abraham el nombre de su hijo que le nació, que le dio a luz Sara, Isaac”. Génesis 21:3
El nombre “Isaac” significa risa. Sara se había reído en incredulidad ante el anuncio de su nacimiento. Y Abraham se rió de gozo por el nacimiento de su hijo. Se rió con tanta felicidad que llamó a su bebé “risa”. ¡Eso es lo que significa el nombre Isaac!
De la misma manera, cuando Yeshúa fue bautizado, Dios dijo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). ¡Ambos hijos, Isaac y Yeshúa, fueron gozo a sus padres!
8. Ambos hijos fueron obedientes a sus padres, aun hasta la muerte.
Notamos que al crecer, Isaac siguió a su padre para ser atado en sacrificio en el Monte Moriah. Él fue obediente a Abraham aun hasta la muerte.
“Y cuando llegaron al lugar que Dios le había dicho, edificó allí Abraham un altar, y compuso la leña, y ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña. Y extendió Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo” (Génesis 22:9, 10)
Yeshúa dijo que Moisés habló de Él. Eso es cierto, y lo podemos notar claramente en el capítulo 22 de Génesis, donde Isaac es un tipo claro del Mesías en su sacrificio. La primera vez que vi en [Génesis 22] estas grandes verdades que representan la Pasión salvífica de Yeshúa, quedé maravillado. Descubrí entonces, que no sólo en el nacimiento de Isaac, sino especialmente en el sacrificio de Isaac, existe una asombrosa similitud con la vida de nuestro Señor.
“Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía su unigénito, habiéndosele dicho:
En Isaac te será llamada descendencia; pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir”
(Hebreos 11:17-19)
Abraham tomó a su hijo Isaac para sacrificarlo en el monte Moriah. Abraham creyó que Dios podía levantar a Isaac de entre los muertos en un sentido “figurado”. Esa palabra “figurado” es importante. Se traduce de la palabra griega es “parabŏlĕ”. Significa un “símbolo” o un “tipo”. Así vemos que el sacrificio de Isaac era un tipo. Pero el autor de Hebreos no nos dice específicamente el anti-tipo, o cumplimiento, del tipo. Para descubrir eso debemos ir a Gálatas 3:8, en donde leemos que el Eterno “dio de antemano la buena nueva a Abraham”. De esto aprendemos que el Evangelio de Yeshúa era el anti-tipo, el cumplimiento de la “parabŏlĕ” o “símbolo” dado en el sacrificio de Isaac.
Para concluir diré que toda la preparación que hemos visto:
– el Eterno, enviando Isaac a Abraham, preparando el camino para la venida de Yeshúa
– Él (Yeshúa) muriendo en la Cruz para pagar por nuestros pecados
– para derramar Su Sangre para limpiarnos del pecado
– para levantarse físicamente de la tumba para darnos la vida.
Todo, fue una clara muestra de lo importante que es para Yahvéh salvarte de tu pecado.
Y ya que esta obra es tan importante para el Eterno, debe ser importante para ti también.
Por lo tanto, te pido que hoy te esfuerces a entrar en Yeshúa. Esfuérzate en venir a Él y confiar en todo lo que Él hizo por ti.
El Mesías te salvará y perdonará todos tus pecados en el momento que confíes en Él, ¡porque Él vino a buscar y a salvar a una persona perdida en el sistema reptiliano como tú!
¡Confía hoy en Yeshúa y experimentarás como Su Sangre te limpiará de todo pecado, y el Espíritu Santo te dará la Torah (Instrucción) del Eterno como regalo en tu mente y corazón!
Entendámoslo bien, la promesa de un hijo no se cumplió porque Abraham obedeció perfectamente, sino porque Yahvéh fue fiel en Su Palabra. Algunas de las promesas del Eterno son condicionales y dependen de algo que nosotros tenemos que hacer, pero otras promesas divinas son incondicionales y Yahvéh las cumple no por lo que hacemos, sino por quién es Él.
¡Cuando Dios finalmente respondió a Abrahán a sus oraciones, le dio el hijo de la promesa! De igual manera, el Eterno quiere responder a tu clamar por el cumplimiento de Su promesa en Su Hijo: el Espíritu Santo llenando tu vida. Yeshúa aseguró:
“¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lucas 11:13)
“¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?” (Lucas 18: 7)
“Ciertamente no hay temor de Dios en este lugar, y me matarán por causa de mi mujer”
(Génesis 20:11 RV-1995)
Abraham acampó como forastero en el país de Gerar (v.1).
El rey Abimelec había tomado a Sara por mujer porque Abrahán había dicho que ella era su hermana. Abrahán sabía que si sólo faltaba un ingrediente importante en el alma de esas personas, él correría el riesgo de ser asesinado por causa de su mujer tan hermosa. Ese ingrediente era el temor del Altísimo.
En el texto hebreo está escrito: rak ein yirat Elokim ba makom haze (רק אין יראת אלקים במקום הזה) – “sólo no hay temor del Todopoderoso en este lugar”. Al dar esta respuesta, nuestro padre en la fe está enseñando que sólo una cosa es necesaria para que una sociedad no se entregue al pecado ilimitado: temor del Cielo o “Yirat Yahvéh” (el Temor de Yahvéh). Es la «actitud» con la que una persona reconoce el poder y la condición de la persona a la que se «reverencia»y se rinde debido respeto. Es la disposición común que el Espíritu Santo pone en el alma para que se porte con respeto delante de la majestad de Dios y para que, sometiéndose a su voluntad, se aleje de todo lo que pueda desagradarle.
Las Sagradas Escrituras enseñan que el Eterno revela al hombre sus características o virtudes por medio de la acción. Dos de Sus más prominentes virtudes son Jesed (amor benevolente) y Guevurá(fuerza, rigor y disciplina). Esos, son los dos actos fundamentales del Eterno, e invariablemente provocan una reacción por parte del ser humano. Las personas responden, con ahaváYahvéh (amor a Dios) y Yirat Yahvéh (temor de Dios). Debido a Su gran amor por nosotros, El Eterno compasivamente nos da todo lo que tenemos. Pero en Su fuerza, exige que seamos confiables y justos. Mientras contemplamos Su bondad, nuestro corazón se llena de amor hacia Dios y el deseo de tener una más profunda relación con Él. Cuando somos confrontados por Su guevurá, reconocemos Su soberanía y somos llevados a una humilde sumisión. La tradición judía dice que ahavá y yirá son las dos alas con las que la Torah trasciende el cielo.
Estoy seguro que a esta altura, podría parecer contradictorio que podamos amar y temer a Dios a la misma vez, hasta que analicemos el concepto a la luz de las Escrituras y del carácter de Dios. Entonces nos podemos dar cuenta que el temor al que somos llamados es como cuando un niño reconoce lo que sus padres le permiten y no le permiten hacer, y está consciente de las consecuencias si les desobedece. El niño sabe que sus padres le aman y que sólo procuran lo mejor para él. Lo disciplinan cuando sea necesario para que discierna lo bueno de lo malo. Aunque no lo reconozca del todo, el niño comprende que los parámetros que sus padres le han impuesto realmente le dan libertad para que experimente el mundo en que vive. Por lo tanto, el niño tendrá un saludable temor hacia sus padres y, a la vez, les amará y confiará en ellos porque sabe que ellos le aman.
Los buenos padres no solo hablan de amor sino que también ayudan a sus hijos a comprender los peligros. Y, como saben que la comprensión de los pequeños es muy limitada, inculcan un sano temor al castigo. Se trata del sano temor, la justa medicina. No el temor excesivo que quita la confianza y traumatiza. Recordemos que Dios es el Padre perfecto, modelo de todo padre. El sano temor es parte de su pedagogía divina para que nos mantengamos en guardia contra el grave peligro que acecha a todo hombre en la batalla espiritual contra el mundo, la carne y el demonio.
Es decir que “Yirat Yahvéh” es tener una reverencia filial, una conciencia de la realidad inconcebible de ser hijos e hijas de Dios, confiados en el amor incondicional del Padre.
Este es el concepto que el autor de la carta a los Hebreos rescataba al decir:
¿Acaso olvidaron las palabras de aliento con que Dios les habló a ustedes como a hijos? Él dijo:
«Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina del Señor y no te des por vencido cuando te corrige. Pues el Señor disciplina a los que ama y castiga a todo el que recibe como hijo».
Al soportar esta disciplina divina, recuerden que Dios los trata como a sus propios hijos. ¿Acaso alguien oyó hablar de un hijo que nunca fue disciplinado por su padre?
(Hebreos 12: 5-7)
Así logramos ver que para un creyente verdadero, el temor de Dios es el reverenciar al Eterno. Hebreos 12:28-29 es una buena descripción de esto, “Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor.” Esta reverencia y admiración es exactamente lo que significa el temor de Dios para los discípulos de Yeshúa en la fe de Abrahán. Este es el factor que nos motiva a rendirnos al Creador del Universo.
Por todo esto, nuestro padre Abraham entendía que eltemor del cielo (o Yirat Yahvéh)es el freno de excelentísima eficacia contra el pecado en el ser humano. La historia humana es la que registra las más claras evidencias que donde no hay temor del cielo el pecado libertad para correr y multiplicarse libremente.
En esta idea se enfocaba Moshé (Moisés) cuando escribió:
“Y respondió Moisés al pueblo:
No temáis, porque Dios ha venido para poneros a prueba, y para que su temor permanezca en vosotros, y para que no pequéis.”
(Éxodo 20:20)
Moshé deja la clara revelación de que el temor del Señor (Yirat Yahvéh) es el arma espiritual que derrota la fuerza reptiliana del ego: la tendencia a pecar.
Referente a esto podemos leer lo que el profeta Jeremías aseguraba y dejó escrito:
“Haré con ellos un pacto eterno, por el que no me apartaré de ellos, para hacerles bien, e infundiré mi temor en sus corazones para que no se aparten de mí, y en verdad me regocijaré de hacerles bien. Con todo mi corazón y con toda mi alma los plantaré en esta tierra.”
(Jeremías 32:40-41)
El profeta está anunciando la maravillosa ventaja que otorgaría al Pueblo del Eterno el establecimiento de la Era Mesiánica al revelar que el Señor mismo infundiría su temor en el corazón de sus escogidos a fin de que ya no se apartasen de Él y su perfecta voluntad.
Y en está escrito:
“Y ahora, Israel, ¿qué requiere de ti YHVH tu Dios, sino que temas a YHVH tu Dios, que andes en todos sus caminos, que le ames y que sirvas a YHVH tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, y que guardes los mandamientos de YHVH y sus estatutos que yo te ordeno hoy para tu bien?”
(Deuteronomio 10:12-13)
El Eterno intervino en la situación crítica hablando al rey filisteo en un sueño de noche diciendo que si no devolvía a la mujer de Abrahán moriría él y todo su pueblo. Esto causó mucho temor en él y en sus hombres.
El que entiende que el Todopoderoso, que está en el cielo, todo lo puede, todo lo ve y todo lo juzga, cobra conciencia de que si no se comporta correctamente, estará en peligro de muerte y destrucción.
El que no sabe que “la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que con injusticia restringen la verdad” (Romanos 1:18) y el que no sabe que “El Señor es un juez justo, un Dios que en todo tiempo manifiesta su enojo” (Sal. 7:11 NVI) no cuida sus pensamientos, no frena su lengua y no retiene su mano de hacer el mal.
El que sabe que “no hay cosa creada oculta a su vista, sino que todas las cosas están al descubierto y desnudas ante los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.” (Hebreos 4:13) tiene temor de pecar.
¡El que sabe que hay consecuencias graves por el pecado, diariamente se cuida!
Cuando los hombres de Gerar supieron que el Eterno estaba vigilando todo y reprendió la conducta del rey, aunque había actuado con inocencia, confiando en la media verdad que Abrahán y Sara le habían dicho, tuvieron mucho temor. Un hecho aparentemente inocente contra uno de los ungidos profetas del Eterno causó la esterilidad de todo su pueblo y el riesgo de morir antes de tiempo.
En el Salmo 147:11 está escrito:
“YHVH favorece a los que le temen, a los que esperan en su misericordia.”
Abrahán conocía que el primer paso en el camino del Eterno, es la huida del mal, que es lo que consigue este don o valor (midot) y lo que le hace ser la base y el fundamento de todos los demás. Por el temor se llega al sublime don de la sabiduría. Se empieza a gustar de Dios cuando se le empieza a temer, y la sabiduría perfecciona recíprocamente este temor. El gusto de Dios hace que nuestro temor sea amoroso, puro y libre de todo interés personal.
Este “Yirat Yahvéh” es el valor que consigue inspirar al alma redimida en los siguientes efectos:
Primero, una continua moderación, un santo temor y un profundo anonadamiento delante del Eterno Dios ;
Segundo un gran horror de todo lo que pueda ofender a Yahvéh y una firme resolución de evitarlo aun en las cosas más pequeñas;
Tercero, cuándo se cae en una falta, una humilde confusión;
Cuarto una cuidadosa vigilancia sobre las inclinaciones desordenadas, con frecuentes vueltas sobre nosotros mismos para conocer el estado de nuestro interior y ver lo que allí sucede contra la fidelidad del perfecto servicio de Dios.
Amar a Yahvéh es temerlo y vivir constantemente en reverencia ante Él como Dios perfecto, poderoso y justo.
«No envidie tu corazón a los pecadores, antes vive siempre en el temor del Señor;»
(Proverbios 23: 17)
Aconsejo a todos mis lectores, que cada día al despertar, sabiendo que sus misericordias se han renovado una jornada más, elevemos nuestra petición de que el Espíritu del YHVH inunde inmediatamente nuestras mentes y corazones a fin de servir al Eterno con temor y temblor.
«Llegaron, pues, los dos ángeles a Sodoma a la caída de la tarde; y Lot estaba sentado a la puerta de Sodoma. Y viéndolos Lot, se levantó a recibirlos, y se inclinó hacia el suelo, y dijo: Ahora, mis señores, os ruego que vengáis a casa de vuestro siervo y os hospedéis, y lavaréis vuestros pies; y por la mañana os levantaréis, y seguiréis vuestro camino.Y ellos respondieron: No, que en la calle nos quedaremos esta noche. Mas él porfió con ellos mucho, y fueron con él, y entraron en su casa; y les hizo banquete, y coció panes sin levadura, y comieron».
(Génesis 19: 1-3)
A pesar del servicio de intercesión profética que Abrahán había hecho ante el Eterno a favor de los diez justos que quizás habitaran en Sodoma, lo cierto es que, a excepción de Lot y su familia, no existía una sola persona digna en ninguna de aquellas ciudades con las características de un tzadik (justo). Por ello, Yahvéh envió a la casa del sobrino del patriarca a dos de sus ángeles con la advertencia de que debía abandonar la ciudad lo antes posible porque la misma iba a ser destruida.
De este modo, vemos que en esta teofanía, Yahvéh desaparece de la escena, y Abraham se vuelve a su tienda. Entre tanto, los dos enviados llegaron al atardecer, cuando «Lot estaba sentado a la puerta de Sodoma» (19:1), una expresión que al leerla con mentalidad occidental la pasamos rápidamente, pero que en el original hebreo merece ser considerada. En estas palabras se nos revela que Lot había asumido una progresión de compromiso espiritual con los asuntos de esta ciudad y región. La linea temporal de su historia, después que se separó de su tío Abrahán, no muestra que Lot empezó en dirección hacia Sodoma (Génesis 13:10), es decir a una distancia considerable.
Luego, notamos que se trasladó y puso su tienda de campaña más cerca de Sodoma (Génesis 13:12). Posteriormente ya vivía en Sodoma (Génesis 14:12). Por último, él perdió todo, pues «él estaba sentado en la puerta a la entrada de la ciudad«. Sentarse en la puerta de Sodoma, indica que Lot a esa altura era un líder cívico, un juez de la ciudad destinada a destrucción por sus prácticas injustas. Entonces Lot no sólo se trasladó a Sodoma, sino que se convirtió en un miembro influyente de esa ciudad, dando su opinión sobre los asuntos legales.
Evidentemente Lot era valorado por los ciudadanos de Sedom (Sodoma) porque decía palabras justas, pero también discernimos que su estilo de vida estaba comprometido con la cultura de personas equivocadas. De todas maneras, sabemos que Lot mismo era un hombre justo que se entristecía por el pecado que veía en su alrededor, tal como el apóstol Pedro lo comenta en su segunda carta:
» ...y libró al justo Lot, abrumado por la nefanda conducta de los malvados (porque este justo, que moraba entre ellos, afligía cada día su alma justa, viendo y oyendo los hechos inicuos de ellos)« (2 Pedro 2:7-8)
Pero por razón de su compromiso, lamentablemente solo unos pocos de su familia y ninguno de sus amigos se salvaron. El compromiso asumido por Lot con Sodoma destruyó su testimonio de fe.
Cuando Lot vio venir a los mensajeros, se levantó y se dirigió hacia ellos, entonces le dijo: “Os ruego señores que vengais a la casa de vuestro siervo, y os hospedéis en ella. Lavareis vuestros pies y de madrugada proseguiréis vuestro viaje”. Pero ellos le respondieron: “No, pues nos quedaremos en la plaza”.
Sin embargo, y ante su insistencia hospitalaria, Lot condujo a los ángeles hasta su morada y allí los alojó, disponiendo un banquete y cocinando panes sin levadura. Esa noche cenaron, después de orar y agradecer al Señor todas sus bondades.
La escena representada en los próximos dos versículos es casi increíble, porque la verdadera naturaleza del pecado de Sodoma se revela allí muy claramente. La noticia que estos dos hombres estaban en la ciudad se había extendido muy rápidamente. Fue entonces, cuando todos los varones de la ciudad, desde el más joven al más anciano (19: 14), rodearon la casa de Lot con perverso interés sobre sus huéspedes. Estos ciudadanos de Sodoma claramente vinieron a abusar de una manera homosexual y a violar a aquellos dos visitantes. La intención de los habitantes de Sedom era denigrar a los hombres con esta vileza. Es una demostración asombrosa de la depravación existente en dichas alianza quíntuple de ciudades. De este pasaje deriva la actual acepción del término sodomía.
Lot rehusó, y les ofreció sus dos hijas vírgenes en lugar de sus huéspedes. Es aquí en donde nos asombramos tanto de la depravación allí reinante al punto que hasta Lot estaba dispuesto en dar a sus hijas a los hombres. ¿Sería que él estaba ya corrompido como de los deseos pecaminosos de los hombres mismos? La oferta es horrible y por supuesto que no puede ser justificada. Pero lograremos entenderla un poquito más cuando consideramos que en esos días las mujeres tenían una posición baja de en el mundo, y se contrarrestaba con la posición tan alta de los huéspedes.
En Lot, como en cualquier oriental, se daba por sentado que los huéspedes debían ser protegidos más que la propia familia. Hasta el día de hoy el hombre oriental considera a su huésped como un regalo muy sagrado y, por lo tanto, en el momento necesario le brinda protección ilimitada hasta el extremo. Por ello Lot está dispuesto a pagar por la salvaguardia de sus huéspedes el precio del honor de sus hijas. Este apresuramiento de Lot, en su ofrecimiento, sin buscar otras vías de conciliación demuestra que la perversidad de Sodoma no pasa cerca de Lot sin afectarlo.
Según el contexto (v.12) parece que Lot tenía a sus dos hijas desposadas con hombres de Sodoma (hebreo Sedom). Estas, de acuerdo a la costumbre, aún estaban en su en casa hasta el día de sus correspondientes bodas (v.15); lo cierto es que a él no le importaba que ellas fueran denigradas en sus cuerpos y almas por el sexo libre.
¿Cómo es posible que un padre ofrezca a su hijas para que las abusen salvajemente una multitud de pervertidos solo por proteger a dos extraños que se hospedaban en su casa? Las teorías hermenéuticas (interpretativas) son muchas. Posiblemente Lot pensaba que podría salvar a sus hijas y a los visitantes. Tal vez, él pensaba que los novios de las muchachas podrían salvarlas, o que aquellos homosexuales no estuvieran interesados en la oferta y entonces simplemente se marcharan. Lo cierto es que aún cuando las costumbres de esa época obligaba a proteger a los huéspedes a cualquier precio, esta terrible sugerencia revela lo profundo que Lot había absorbido el pecado. Su ética se había endurecido ante los actos perversos de esta Alianza de Pentápolis (cinco ciudades) encabezada por Sedom (Sodoma).
De esto podemos aprender dos cosas; lo primero, era muy importante para Lot tratar bien a los huéspedes, darles cobijo, comida y seguridad en todo sentido. Esto, una vez más nos vuelve a remarcar que la hospitalidad una cualidad muy positiva en la vida de los justos.
Pero también se destaca una segunda cosa, y es que el concepto moral que Lot había alcanzado era muy bajo comparado con el que había tenido mientras caminaba con Abraham avinu. ¿Cómo es posible que este hombre justo estuviera dispuesto a entregar a sus dos hijas vírgenes a estos varones»bestias» que no tenían ningún sentido de moral sexual?
Las Escrituras Sagradas revelan claramente que la fornicación (el sexo libre) y la homosexualidad son el resultado de una sociedad que ha apostatado del diseño original de la sexualidad que el Creador revela en sus mandamientos.
En consecuencia, el apóstol Pablo revela que la homosexualidad se encuentra en el nivel más bajo de la escala de depravaciones en el camino de la apostasía y perdición (leer Romanos 1: 18-32). Pero, ¿de dónde venían esos valores que aquí Lot practica? Obviamente no venían de Avraham nuestro padre (avinu), que vivía en una moral muy alta acorde a la Instrucción del Eterno, y así la había transmitido a su sobrino e hijo adoptivo. Esta moral anti-Torah provenía de su alianza matrimonial con una mujer oriunda de esa confederación de ciudades corruptas.
«Después se le apareció YHVH en el encinar de Mamre estando él sentado a la puerta de la tienda en el más intenso calor del día«
(Génesis 18:1)
El Talmud explica que esto ocurrió tres días después de la circuncisión, cuando el dolor de la herida era mayor (17:9-14). El Eterno vino a visitar a Abrahán mientras se estaba recuperando de la circuncisión. Esto es un testimonio del placer que siente Yahvéh ante la conducta del patriarca en su nueva relación con Él, después del nuevo nacimiento que ha experimentado, simbolizada con la obediencia de la circuncisión.
El lugar de este encuentro fue el encinar de Mamré, un lugar en el que Abrahán había erigido un altar para adorar el Nombre bendito del Santo Dios. Es decir que allí el patriarca también había fundado una Yeshivah para capacitar en los códigos de la benevolencia ilimitada (Jesed) del Eterno. Seguramente llegaron mientras el patriarca estaba sentado, al parecer, en oración y meditación, en la puerta de su tienda en el más intenso calor del día, o al principio de la tarde.
Abraham salió a recibir a los tres visitantes, aún antes de saber quiénes eran. Como extranjero, él sabía lo que significaba ser recibido y atendido en medio de una larga travesía, especialmente en el desierto. El hizo con otros lo que toda persona desearía que hicieran con él.
En los tiempos antiguos del Medio Oriente, la reputación de una persona estaba muy relacionada con su hospitalidad, con brindar casa y comida. Bajo este pensamiento, aún los extraños debían ser tratados como huéspedes distinguidos. Nuestro padre Abraham tenía la virtud de la hospitalidad, y estaba impaciente por mostrarla a estos tres peregrinos. El libro del Zohar comentando este incidente dice:
«…Y aunque estaba sufriendo a causa de la circuncisión, corrió a saludarlos, de modo que no fallara en nada y se condujese de forma diferente a como era antes de la circuncisión, cuando siempre aceptaba y daba la bienvenida a nuevos huéspedes…»,
[Zohar, Vayerá, 7:95]
Por todo esto, la Sagradas Escrituras promueven a lo largo de sus libros el ejercicio espiritual de la hospitalidad resumido en esta pauta apostólica:
«No os olvidéis de mostrar hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles«
(Hebreos 13:2)
Efectivamente, Abraham hospedó a ángeles sin saberlo. Él los recibió, los atendió y les dio de comer.
«Que se traiga ahora un poco de agua y lavaos los pies, y reposad bajo el árbol; y yo traeré un pedazo de pan para que os alimentéis, y después sigáis adelante, puesto que habéis visitado a vuestro siervo. Y ellos dijeron: Haz así como has dicho. Entonces Abraham fue de prisa a la tienda donde estaba Sara, y dijo: Apresúrate a preparar tres medidas de flor de harina, amásala y haz tortas de pan. Corrió también Abraham a la vacada y tomó un becerro tierno y bueno, y se lo dio al criado, que se apresuró a prepararlo. Tomó también cuajada y leche y el becerro que había preparado, y lo puso delante de ellos; y él se quedó de pie junto a ellos bajo el árbol mientras comían«.
(Gen. 18:4-8)
En la antigüedad no era frecuente que la gente comiera carne. Por lo general, lo hacían sólo para eventos especiales. No sólo era un alimento caro, sino que debía comerse de inmediato porque no contaban con refrigeración. Pero Abraham no escatimó y trató a los visitantes con mucho honra.
Luego de comer, los visitantes anunciaron a Abraham la razón de su visita. Pero antes preguntaron por Sara porque lo que ellos tenían para anunciar la incluía a ella.
(Génesis 18:9) Entonces ellos le dijeron: ¿Dónde está Sara tu mujer? Y él respondió: Allí en la tienda.
Luego el Señor le explicó el propósito de la visita, informándole a Abraham que en un año su esposa daría a luz un varón:
» Y aquél dijo: Ciertamente volveré a ti por este tiempo el año próximo; y he aquí, Sara tu mujer tendrá un hijo. Y Sara estaba escuchando a la puerta de la tienda que estaba detrás de él«.
(Gen. 18:10)
El Señor confirmó nuevamente el Pacto que había hecho con Abraham. Volvió a garantizarle que el hijo de la promesa lo iba a tener con Sara, su mujer. Abraham lo sabía, porque el Señor se lo había dicho unos días antes. Pero también Sara lo debía saber. El propósito de esta visita divina era llamar a Sara a tomar plena posesión de las promesas del pacto. Tal vez Abrahán no le había dicho nada a su mujer. Pero en esta ocasión Sara estaba escuchando.
“Y Sara estaba escuchando a la puerta de la tienda que estaba detrás de él. Abraham y Sara eran ancianos, entrados en años; y a Sara le había cesado ya la costumbre de las mujeres. Y Sara se rió para sus adentros, diciendo: ¿Tendré placer después de haber envejecido, siendo también viejo mi señor?”
(Génesis 18: 10-12)
Sara, que tenía ya casi 90 años, por lo que rió al escuchar esta aparentemente increíble noticia. Este sentimiento de duda en cuanto a la capacidad de Yahvéh ocasionó una reprimenda por parte de Él:
“Y YHVH dijo a Abraham: ¿Por qué se rió Sara, diciendo:
«¿Concebiré en verdad siendo yo tan vieja?»
¿Hay algo demasiado difícil para YHVH?»
(Génesis 18:13 y 14a)
La palabra que fue traducida como “demasiado difícil” es yipalé(יפלא) cuya raíz tiene que ver con algo oculto, encubierto. En Deuteronomio 30:11 se usa como algo oculto de la comprensión, algo inalcanzable. Aquí se trata de algo que va más allá de lo común. El Targum lo traduce como: “¿Es que hay algo demasiado maravilloso, distante y oculto de Mí para que Yo haga Mi voluntad?”
Esto nos enseña que el ángel desafió las mentes cerradas de nuestros padres Avraham y Sarah. Avraham y Sarah ya llevaban casi 100 años de vida. Sus mentes estaban trabajando con mucha rutina por lo que habían aprendido. Aunque sus mentes habían sido considerablemente abiertas por todas las experiencias que habían tenido al salir de su pequeño mundo para irse a otros países, sus pensamientos estaban todavía limitados para lo que quería hacer el Eterno en sus vidas.
Cuando el ángel vino a anunciar el nacimiento de su hijo no podían recibir tan maravilloso mensaje. Su reacción fue común a muchos hombres con la mente limitada y cerrada, lo tomaron como una broma. El mensaje divino causó un confrontación con lo que habían aprendido en sus vidas, y eso les causó la risa.
En el capítulo anterior, el Eterno había sido muy específico; fue Sara, quien daría a luz al hijo de la promesa (17: 16, 19, 21). La respuesta de Abraham, tal como la de Sara aquí, había sido la risa (17: 17). Por eso, como recordatorio de sus risas, mezcla de gozo y duda, los nuevos padres nombrarían el niño Isaac (en hebreo: Yitz’hak), o «el que ríe» mostrando que el Eterno ríe último y mejor.
Yahvéh reafirma su promesa declarando y luego demostrando efectivamente que para Él nada es difícil, y mucho menos imposible. La realidad de esta clase de nacimientos milagrosos la veremos repetirse a lo largo de la historia del Pueblo del Señor varias veces y con la misma intención: mostrar el asombroso poder del Eterno a favor de sus escogidos. El nacimiento de Sansón (Jueces 13); el de Samuel (1Samuel 1); y el nacimiento de Juan el bautista (Lucas 1: 13-20), han sido posible solamente por la intervención benevolente del Eterno, y siempre para el bien de su propósito eterno.
Sarah debió inmediatamente haber creído con fervor en la capacidad de Yahvéh de hacerla procrear. Por eso fue confrontada por su reacción por el mismo Abrahán. Por eso, y gracias a ello, aunque en el Bereshit (Génesis) no se registra, sabemos que Sara finalmente aceptó con fe participar en el proyecto mesiánico de Yahvéh:
«También por la fe Sara misma recibió fuerza para concebir, aun pasada ya la edad propicia, pues consideró fiel al que lo había prometido. Por lo cual también nació de uno (y éste casi muerto con respecto a esto) una descendencia como las estrellas del cielo en número, e innumerable como la arena que está a la orilla del mar«.
(Hebreos 11: 11-12)
Por ello, aunque era humanamente imposible, el Eterno cumplió su promesa.
«Entonces el SEÑOR visitó a Sara como había dicho, e hizo el SEÑOR por Sara como había prometido.
Y Sara concibió y dio a luz un hijo a Abraham en su vejez, en el tiempo señalado que Dios le había dicho. Y Abraham le puso el nombre de Isaac al hijo que le nació, que le dio a luz Sara.
Y circuncidó Abraham a su hijo Isaac a los ocho días, como Dios le había mandado.
Abraham tenía cien años cuando le nació su hijo Isaac.
Y dijo Sara:
Dios me ha hecho reír; cualquiera que lo oiga se reirá conmigo.
Y añadió:
¿Quién le hubiera dicho a Abraham que Sara amamantaría hijos? Pues bien, le he dado a luz un hijo en su vejez«.
(Génesis 21:1-7)
De igual modo, este cuestionamiento divino se realiza hoy a nuestros corazones: ¿Por qué resultaba tan difícil de creer? ¿Existe acaso algo que el Señor no sea capaz de hacer?
Cuando se trata del Eterno, no debemos limitar con nuestras mentes nuestra percepción de su poder, su conocimiento y sus posibilidades para intervenir de manera más sorprendente y maravillosa. El Eterno puede hacer mucho más de lo que pedimos o pensamos, según el poder que actúa en nosotros (Efesios 3:20), así que tengamos cuidado de no obstaculizarlo con nuestras mentes y no nos riamos con incredulidad cuando se presenta una idea sobrenatural que rompe con nuestro esquema mental.
Mediante los estudios que venimos peregrinando juntos estoy convencido que cada uno de ustedes ha llegado a comprender que más allá de toda circunstancia difícil o imposible, está presente el Eterno, nuestro Abba (Papá) celestial, el Creador y Sustentador de todo el universo.
Jamás olvides que Dios te ama y que todas sus promesas son dignas de confianza, síguelo sirviendo y cumpliendo fielmente sus mandamientos, porque Él te sorprenderá, hará realidad aquello que crees que es imposible y cumplirá todo aquello que te prometió. No permitas que los afanes te este mundo te aparten de Él y te desenfoquen de la misión que te encomendó. Su amor constante y su fidelidad son promesas a las que puedes aferrarte cada día.
¿Más allá de lo que perciben tus sentidos, está Yahvéh, tu Padre Celestial, quien sacó todo de donde no había absolutamente nada… Por lo tanto, respóndete esta pregunta:
«¿Hay para Dios alguna cosa difícil?»
Génesis 18:14
¡NO! ¡NO LO HAY!
Además, permítele al Espíritu Santo implantarte en lo más profundo de tu interior la siguiente verdad irrefutable:
«Y siendo Abram de edad de noventa y nueve años, se le apareció Yahvé, y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso (hebreo: el Shad∙day); anda delante de mí (hebreo: lepa·nay – anda ante mi rostro), y sé perfecto (hebreo: ta·mim).
Y pondré mi pacto entre mí y ti, y multiplicarte he mucho en gran manera.
Entonces Abram cayó sobre su rostro,…»
(Génesis 17: 1-3)
En los 25 años que llevo pastoreando almas humanas he afirmado en mí, aquella pauta celestial de trabajo que recibiera en mis primeros años: la importancia del sistema familiar en la conformación de una vida íntegra y plena.
Por ello, una y otra vez, capacito a mis discípulos en el entendimiento de que los sistemas familiares funcionan como una unidad indivisible que se desajusta cuando las personas que los integran no están en paz entre ellas.
Así mismo, insisto en mis seminarios, una y otra vez, que dentro del sistema familiar, los padres (mamá y papá) son especialmente de vital importantes. Ellos son quienes nos dieron la vida y, por lo tanto, son nuestra conexión más directa con la fuerza que nutre nuestra existencia.
Por esta razón, no podemos estar bien si no estamos bien con nuestros padres. Es imposible se pleno sin esta relaciones mantienen sus heridas abiertas y supurando.
Concretamente, si hay algo de tu vida que te duele, es muy probable que sea un reflejo de tu relación con tus padres, aunque de entrada parezca que no tiene nada que ver.
No podemos sanar nuestra vida si no sanamos nuestra relación con los padres. No podemos mirar el futuro con fuerza si no somos capaces de inclinarnos ante nuestros padres, honrarles por habernos dado la vida, y coger el amor que viene de ellos con humildad y gratitud.
Por ello, he hallado muy oportuno escribir esta bitácora en la que podré mostrarte el lineamiento maravilloso que descubrí cuando yo comenzaba mis primeros pasos de mi apostolado. Pautas que el Eterno aplicara un éxtasis espiritual con nuestro padre Abram y, por medio de las que, sanó las heridas que el patriarca tenía en su alma por la ausencia de una madre, y la influencia de un padre idólatra, es decir, ajeno a los designios paternales de Yahvéh.
1. Abram y Su Encuentro Restaurador con Yahvéh.
Han pasado veinticuatro años desde que Abram salió de Harán para ir adonde Dios le mandó (12:4). El capítulo 16 terminó con el nacimiento de Ismael a Abram y Agar, y el narrador anotó que Abram tenía ochenta y seis años en aquel momento (16:16). Ahora, en el próximo versículo, el narrador escribe que Abram tiene noventa y nueve años. Entonces, han pasado trece años desde el nacimiento de Ismael; trece años silenciosos durante los cuales no sabemos nada de Abram y su familia, pues el Eterno los ha disciplinado con «Su ausencia comunicacional«.
Aquí, es el Eterno el que viene a Abram sin ser llamado. La lección divina es clara: los eventos personales deben tomar lugar según el horario de Dios y no el de Abram. La iniciativa del Eterno es que Abram tome consciencia que es el escogido y el bendecido de Su Gracia. Abram es un buen hombre, como pueden serlo cualquier ser humano, pero no es perfecto, y el primero que deberá reconocerlo es él mismo. Una vez, Abram convenció a Sarai de que se hiciera pasar por su hermana para que los egipcios que pudieran tener celos de él no le mataran (12:10-20). Luego permitió que Sarai le convenciera de hacer a Agar su concubina para asegurar heredero, en vez de confiar en la promesa de Dios (capítulo 16). Lo que este encuentro evidencia a nuestro corazón hoy es que Dios solo tiene humanos imperfectos para hacer su obra. Él escoge a quien escoge solamente en la soberanía de Su Gracia. Si el que el Eterno escoge escucha el llamado, Dios lo prepara, capacitándolo con su pedagogía celestial para cumplir plenamente la misión de su vocación de propósito.
Ya habían pasado veinticuatro años desde que el pacto fue sellado con sangre (15:9-21) y trece años desde el nacimiento de Ismael (16:15), cuando el Señor habló de nuevo a Abram. Lo interesante de Su aparición es que no traía la misión de criticarlo con reproches por tomar el asunto en sus propias manos engendrando a Ismael. Abram ya había aprendido en su interior lo que significa no poner al Eterno en todos los asuntos personales. Su teshuvá (arrepentimiento) ya estaba hecha. Por eso, Yahvéh aparece para fortalecer la fe de Abram en el pacto de sangre que Él había tenido con él. Después de esta larga ausencia, el Señor aseguró a Abram que Él todavía estaba trabajando en silencio sobre su escogido, por lo que sus promesas del pacto estaban seguras hasta su perfecto cumplimiento.
Por el lineamiento que Yahvéh entregará a Abram: «Anda y sé perfecto delante de mí…» notamos que esta teofanía o aparición divino busca iluminar el alma del patriarca aún atada a las heridas ancestrales. La palabra hebrea tamim traducida en esta versión como perfecto, involucra la idea de un ser humano completo (sin herida alguna) que ha alcanzado una madurez que lo lleva a actuar rectamente, en palabra y conducta, desde un sincero de corazón. Por lo tanto, la expresión tamim tiene mas que ver con una relación apropiada con Dios que con la perfección moral.
Por ello, entendemos que el Eterno está revelándose en un amor paternal que desafía al alma de Abram a tener un deseo profundo de hacer lo correcto y conveniente para así complacer al corazón de Dios. Ser perfecto, para Yahvéh, es ser justo en la forma de ser y de actuar. Con esto quedará claro, tanto para Abram como para todo su linaje, que Yahvéh jamás busca a una persona llena de dones o talentos para usarla, o para ascenderla. Él llama a aquellos que tengan la disposición y el amor de hacer lo que ha sido llamado para hacer…He oído decir muchas veces que Dios busca gente ordinaria para hacer cosas extraordinarias…., es decir gente imperfecta, con un corazón ferviente, con un anhelo profundo de querer obedecerlo en Su Instrucción (Torah).
Para esto el Eterno ser revelará en Su Nombre bendito con una misión especial ser la cobertura paternal del alma de Abram. Leemos que «El Señor le dijo: Yo soy El Shadai» (o Dios Todopoderoso)».El nombre viene de la idea de que toda la fuerza y el poder se expresa en el término o título Dios (en hebreoEl).La palabraTodopoderoso viene de la raíz de la palabra que significa fuerte, poderoso o violento, especialmente en el sentido de que es tan poderoso como para dejar, si es necesario, de lado las leyes de la naturaleza para Él cumplir Su promesas. Así como Dios es Omnipotente, (Todopoderoso). Élera completamente capaz de cumplir todas las promesas que le había hecho a Abram.
Antes de continuar con este estudio, debo comentarles que en la edición de la versión de la Septuaginta, la expresión hebrea El Shaddai se tradujo con la palabra griega “pantokrator” la cual, en español, quiere decir: “todopoderoso”, o “Él que tiene su mano sobre todo.”
Ahora bien, esta traducción, lamentablemente hizo perder el sentido esencial maravilloso del por qué el Eterno usó junto a Su bendito Nombre la expresión El Shaddai. Por eso los invito a leer atentamente lo que a continuación explicaré, y por sobre todo, los insto a permitirle al Espíritu Santo revelarle a Abba desde esta teofanía patriarcal.
2. Usando el Nombre “El Shaddai”, el Eterno le reveló a Abram su Persona y Carácter Paternal.
Un análisis rápido y tradicional del significado del nombre asegura que se traduciría así: ‘Dios (El) quien (shad) es más que suficiente (day).’” La palabra hebrea shad, proviene de shadah, que significa «derramar«. Por lo que, en una primera acepción, Shaddai significa «Yo soy el Dios que derrama bendiciones, quien las da ricamente, continuamente, y en abundancia.” Por eso, lo primero que entendemos que Yahvéh le está revelando a Abram, para fortalecer su fe es: «Yo soy Dios más que suficiente para todo«. Con esto fortalece en su mente el principio de creer y esperar en Dios, sin necesidad de darle una «ayudita» a su proceso.
En una segunda significación será muy interesante agregar que la palabra hebrea “shad” significa: “pecho” o “seno”. Puede estarse refiriendo tanto a la fuerza del pecho del hombre (Dios todopoderoso) o al confort y nutrición que se da del seno de la mujer (Dios de cuidado tierno y contenedor). Desde este sentido nos damos cuenta que esencialmente el significado de «El Shaddai» está relacionado con los padres y su misión de cobertura para con sus hijos desde el nacimiento.
El argumento divino apunta a que Abram descubra de que Shaddai significa el Dios de los padres, el Dios de la familia, el Dios que da vida a sus héroes escogidos desde la perfecta función paternal. Yahvéh dejará establecido en el espíritu de Abram que Él es la fuente de nuestra vida. Él nutre y da poder. Imagine Ud. a un niño que no pueda alimentarse de su madre, o que no sabe lo que es sentir la consolación del corazón de su padre cuando lo alza. De seguro morirá en poco tiempo. Igual es con nosotros. El Shaddai es nuestra fuente de la vida. El Eterno nos nutre por su Espiritu Santo y nos da poder para crecer en destino a través de Su Instrucción. Separados de él estamos condenados a la muerte.Nada podemos hacer.
Existen dos pasajes que fortalecerán en nosotros esta maravillosa revelación del Eterno que nos permite ser sanados de toda herida ancestral provocada por nuestras relaciones con papá y/o mamá. El Salmos 91:1-2 dice: “El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente (El Shaddai). Diré yo a Yahvéh: esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré.” En esta cita se resalta que habitar al abrigo del Altísimo es morar bajo la sombra del Todo-Suficiente (El Shaddai) refiriéndose el salmista a la actividad contenedora de la madre águila con su nidada. El lugar de máxima seguridad para cualquier ser humano recién nacido es el abrazo de su madre cuando esta lo amamanta. El lugar más seguro para el alma de un nacido de nuevo es El Shaddai quien, al igual que el rol materno, nos contiene en Su amor, dándonos Su Instrucción como leche no adulterada (1Pedro 2:2), para que podamos sentirnos seguros en nuestro proceso de madurez a Su Justicia (tamim).
Pero también El Shaddai se nos manifiesta como un papá (abba) que nos da poder para tener vida, y desde ella destino. Por ello es que Él también disciplina y corrige. Leemos : “He aquí, bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga; por tanto, no menosprecies la corrección del Todopoderoso (El Shaddai)” (Job 5:17). Como creyentes que somos, no debemos menospreciar la corrección del El Shaddai. Al igual que un padre amorosa disciplinaría a su hijo para su propio bien, a fin de asegurarle un buen destino. El Shaddai también disciplina a sus hijos para su propio bienestar, por eso el texto leído dice: Bienaventurado o muy dichoso, o exageradamente feliz es el hombre a quien Dios castiga (ver también Hebreos 12:6).
Desde este éxtasis vivencial de Abram, quedará marcado en su mente y corazón, (y se traspasará a sus descendientes), que El Shaddai nos da crecimiento que fortalecerá nuestro andar. Hoy, nosotros, por ser también linaje de Abraham por medio de Yeshúa, debemos aceptar que nuestro alimento para crecer espiritualmente proviene de El Shaddai. Sin este alimento no lograremos desarrollar nuestras vidas en plenitud; no podremos jamás llegar a la madurez que Él nos demanda. “Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento” (1 Corintios 3:7). ¡El Eterno es el único que da el crecimiento, por que él es nuestro Dio Todo-suficiente. El Shaddai, al igual que una papá y una mamá unidos, es la fuente de nuestro gozo y deleite. A veces la vida nos depara momentos difíciles, la tristeza se presenta con toda su carga de dolor y tragedia. Las pruebas nos atacan y nos sentimos intimidados y temerosos. Cuánto consuelo hallamos al refugiarnos en El Shaddai, porque él es la fuente de nuestro gozo y deleite.El es nuestro refugio y nuestra fortaleza.
3. «El Shaddai» garantiza un futuro brillante.
El Eterno había prometido a Abram una descendencia numerosa, pero Abram tenía ya 99 años y su esposa Sarai tenía 89 años, y el hijo no había venido todavía. En cierto sentido, ellos no podían generar vida por su edad avanzada.
Su resignación procedía de un estado de ánimo mayor y bien oculto en sus inconscientes: el resentimiento familiar. Sus heridas no sanadas con papá y mamá. Ellas afloraban a su conciencia con la capacidad descriptiva de las circunstancias que los hacía elaborar afirmaciones negativas que aumentaban su resignación ante las circunstancias más evidentes: su vejez y la esterilidad de Sarai.
A pesar de esto, vemos en el capítulo 17 de Génesis, a un Dios que irrumpe para confirmar su promesa a Abram y Sarai en el sentido que tendrán un hijo y lo llamarán Isaac. Para hacerlo, el Eterno se manifestará terapéuticamente sanándolos de toda herida provocada por su sistema familiar.
Luego, de esta terapia celestial, el tiempo transcurrió, sin interferencia humana alguna, y cuando Abram tenía 100 años y Sarai 90, nació su hijo Isaac. Fuera de toda duda, esto fue un milagro porque quien hizo la promesa la llevó a su feliz término. El Shaddai, aquel que da vida, que nutre y da poder, produjo vida aun de dos viejos de 100 y 90 años. Y es que Yahvéh El Shaddai es Dios todo Poderoso y Más que Suficiente para cualquier ser humano que confía en Él, y se deja procesar por Su Amor paternal. Por eso estar en el Mesías, es estar en un lugar de máxima seguridad para cualquier ser humano que así lo desee.
El Espíritu de El Shaddai se encargó de dejar esta promesa :
«He aquí que yo soy YHVH, Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea difícil para mí?».
(Jeremías 32:27)
¡Nada es imposible para Dios!
La fe de Abraham brilló de nuevo cuando obedeció el mandato de Dios. Deseo, de igual manera, que la obediencia a Dios sea también su meta hoy.
Usted. y yo podemos encontrarnos totalmente seguros en El Shaddai, porque Él es Todo Poderoso.
¡Él es Más Que Suficiente para mí!
Con amor y sincera amistad en servicio: P.A. David Nesher
Nuestro estudio del Bereshit (Génesis) nos ha traído al capítulo 16. Aquí nuestro entendimiento será entrenado en la comprensión del origen de los problemas que han existidos por siglos en el Medio Oriente a partir del nacimiento de un varón llamado Ismael.
«Y Sarai, mujer de Abram, no le había dado a luz hijo alguno; y tenía ella una sierva egipcia que se llamaba Agar.
Entonces Sarai le dijo a Abram:
He aquí que el Señor me ha impedido tener hijos. Llégate, te ruego, a mi sierva; quizá por medio de ella yo tenga hijos.
Y Abram escuchó la voz de Sarai. Y al cabo de diez años de habitar Abram en la tierra de Canaán, Sarai, mujer de Abram, tomó a su sierva Agar la egipcia, y se la dio a marido Abram por mujer. Y él se llegó a Agar, y ella concibió; y cuando ella vio que había concebido, miraba con desprecio a su señora.
Y Sarai dijo a Abram:
Recaiga sobre ti mi agravio. Yo entregué a mi sierva en tus brazos; pero cuando ella vio que había concebido, me miró con desprecio. Juzgue el Señor entre tú y yo. Pero Abram dijo a Sarai:
Mira, tu sierva está bajo tu poder; haz con ella lo que mejor te parezca.
Y Sarai la trató muy mal y ella huyó de su presencia.»
(Génesis 16:1-6)
Al considerar este pasaje, el Espíritu de Yahvéh nos revela algunos principios que debemos tener en cuenta a la hora de esperar el cumplimiento profético de las promesas divinas:
El primer principio es el hecho que el vientre de Sarai continúa por un tiempo estéril como una prueba para ver si tanto ella, como Abram aprendían a reclamar en oración las promesas de Dios, y así esperar al Eterno Dios en Su obrar soberano.
El segundo principio, es que había una promesa especifica que Abram ya había recibido en cuanto a que él tendría un heredero, (Génesis 13:14-17 y Génesis 15:45). Por lo tanto, Abram necesitaba solamente ejercer esperanza en el Señor, y con su fortaleza esperar el cumplimiento propicio de dicha promesa.
El tercer principio es que no importa cuánto parezca que una situación no tiene cumplimiento, Abram y Sarai podían disfrutar cada día de la esperanza y el gozo que se obtienen al creer en la promesa de Dios con respecto al heredero. De esa manera, evitarían la ansiedad que produce el preocuparse por el futuro.
El cuarto principio es que el esperar en el Señor fortalece el poder de la fe y desarrolla paciencia. La fe es la certeza y convicción que se apodera de tu mente cuando usted cree en la promesa de Dios al momento de recibirla. La paciencia es la virtud divina que permite la fortaleza y perpetuación de la fe antes de que se cumpla la promesa.
«En verdad os digo que cualquiera que diga a este monte:
‘Quítate y arrójate al mar,’ y no dude en su corazón, sino crea que lo que dice va a suceder, le será concedido.
Por eso os digo que todas las cosas por las que oréis y pidáis, creed que ya las habéis recibido, y os serán concedidas.»
(Marcos 11:23-24)
Cuando uno cree pero no ve la evidencia inmediata de una solución, debe obligarse a practicar la paciencia por medio de la oración de alianza. Es muy importante comprender que el carácter verdadero de nuestra fe está determinado por nuestra paciencia. Una persona paciente esperará en el Señor y así será lento a enojarse con Él, y evitará precipitarse en la búsqueda de soluciones humanas que siempre traen consecuencias lamentables.
La paciencia también le da al creyente un poder maravilloso que le ayuda a mantenerse firme cuando está bajo presión.«Mejor es el lento para la ira que el poderoso, y el que domina su espíritu que el que toma una ciudad.» (Pro 16:32)
Todo lo expresado hasta aquí resaltan las razones por las que Abram y Sarai tendrían que haber esperado el tiempo oportuno de la voluntad del Señor. Ellos solamente tenían que aguardar pacientemente que el tiempo perfecto del Eterno se manifestara y trajera gozo y paz a sus vidas.
Sarai, la esposa de Abram, no le había dado hijos. Ella continuaba estéril aún, y a pesar, de la promesa de Dios de un hijo a Abram (15:4). Pero tenía una esclava egipcia llamada Agar, que Abram recibió de Faraón, mientras estuvo residiendo en Egipto (12:16). El nombre de la sierva es hebreo y significa huir o ser un fugitivo. Eso evidencia que el nombre le fue dado a ella por Abram o por Sarai, porque tuvieron que huir de Egipto. Era un recuerdo viviente de un pasado triste.
Pues bien, incapaz de tener hijos, Sarai siguió la práctica común de la época. Entonces Sarai le dijo a Abram: el Señor me ha hecho estéril(ver 11:30). Por lo tanto, ve y acuéstate con mi esclava Agar. Tal vez por medio de ella podré tener hijos. Tengamos en cuenta, al leer esto, que Sarai nunca se dirige o habla de Agar por su nombre, sólo por su rol o papel (sieva). Literalmente dice así: «Yo seré edificada». Esta disposición está en consonancia con la legislación de esa época. Si la esposa era estéril, estaba obligada a proporcionar a su marido una sierva a través de la cual pudiera tener hijos. Legalmente, el nacido de una esclava se convertía en hijo de la esposa. De esta manera su semilla no se extinguiría.
Abram al oír esto, llegó a la conclusión de que Dios podría aceptar un poco de ayuda. Seguramente muchos de nosotros nos escandalizamos ante esto, y hasta algunos podrían a llegar a reírse de Abram, pero debemos reconocer que en algún momento u otro de nuestra vida, todos hemos hecho eso. En cualquier caso, Abram escuchó y aceptó la propuesta que le hizo Saray (16:2b). Esta actitud señala un claro momento de debilida en la fe de Abram por causa de la ansiedad. Es una actitud similar a la que encontramos en el capítulo 3 verso 17 donde Adán escuchó a su mujer, y comió del árbol del conocimiento del bien y del mal (2:17, 3:17). Ambos terminaron con consecuencias negativas, pero lo más importante es que Yahvéh no estaba de acuerdo con esto en absoluto.
Sin embargo, Abram escuchó la voz de Sarai y siguió su sugerencia para solucionar el problema rápidamente en vez de esperar a Dios en su actuar soberano. Por causa de esto, ellos tendrían que esperar otros 13 años para recibir el heredero que Dios le había prometido en Su diseño perfecto.
Leyendo esto, encontramos que la propuesta o la recomendación con la que Sarai abordó a Abram encerraba un estado de ánimo negativo. Notamos que no fue una sugerencia que ella dio una vez y nada más. El texto original da a entender que Sarai lo había sugerido una y otra vez, hasta el punto de atosigar la mente del patriarca. Reflexionando profundamente en esto debemos convenir que ninguna mujer normal sugiere al varón a quien ella ama, que adultere con otra mujer, para concretar el sueño de un hijo. Las líneas sagradas nos alumbran con la evidencia de que hubo algo que funcionaba mal en el alma de Sarai en ese momento de su vida. Ella era víctima de un estado de ánimo que la presionaba a pensar erróneamente. Ese marco anímico era la auto-compasión, una de las armas más destructivas del ego humano.
Vale aquí decir que a HaSatán le encanta instigar a los creyentes hasta que lleguen a ser egocéntricos y egotistas ya que él sabe que así no estarán enfocados en la Instrucción divina, sino en sí mismos. Él ha trazado de este modo el lazo por el que consigue como resultado la frustración mental y la auto-compasión del alma humana. Cuando un ser humano entra en la auto-compasión, lo que sigue es que se convierte en un ser hipersensible, expuesto a que todo lo hiera, por lo que hará acciones vehementes para acelerar las soluciones que ansiosamente quiere para sus problemas.
Sin embargo, la auto-compasión solamente intensifica cualquier problema y elimina cualquier posibilidad de solución verdadera. Mientras un ser humano se queda enfocado en sí mismo con resentimiento y resignación, no hay absolutamente ninguna solución para las circunstancias difíciles que esté enfrentando en su vida. Aquel que lamenta su situación siempre agrega arrogancia al problema. Por ello, las personas con auto-compasión, son orgullosos y neciamente se envanecen en cada acción que realizan , por lo que les cuesta hacerse cargo de sus consecuencias.
Sarai estaba llena de la auto-compasión:
«He aquí que el Señor me ha impedido tener hijos. Llégate, te ruego, a mi sierva; quizá por medio de ella yo tenga hijos. Y Abram escuchó la voz de Sarai.»
(Gén. 16:2).
Sarai observa su problema pero no a la luz de la Instrucción y promesa divina. Ella veía su problema con subjetividad. Era verdad, había un problema con respecto al heredero, pero el mismo se encontraba en la subjetividad hipersensible de Sarai y la impaciencia de Abram. Esto fue lo que los aprisiono en un falso enfoque: el problema existente, y no la solución ya dada por Yahvéh en Su Promesa de Pacto.
Si vivimos conscientes de que estamos en el perfecto diseño mesiánico del Eterno, tenemos que descansar en la fe y saber que Él, como nuestro Padre, no nos fallará. Por el contrario, Él nos promoverá si humildemente aprendemos a esperar en Él.
Si no hacemos esto, seguramente caeremos en la tentación de procurar una solución a nuestra manera. Tal vez esto trabajará positivamente por un tiempo, pero, tarde o temprano, se desmoronará trayendo consecuencia muy lamentables.Existe nuestra manera de hacer las cosas, pero también existe la manera de Dios para hacerlas, y la manera de Él siempre trabaja con resultados maravillosos que bendicen generaciones.
Será muy oportuno que ahora recuerden el relato de Génesis 3 verso 6:
«Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella, y él comió”.
La decisión de Eva de tomar de «su fruto» le estaba diciendo al Eterno, «mi manera es mejor que la tuya». Sarai hizo lo mismo cuando fue con «este fruto» a Abram para que él lo «comiera» (aceptara) para «ayudar» al Eterno en el cumplimiento de Su promesa.
Por eso, cada vez que elegimos nuestra manera de solucionar las cosas en vez de la manera de Dios, realmente estamos diciendo arrogantemente que somos más inteligentes que Yahvéh o que somos una excepción a la regla, ya que esta solución que estamos trayendo será una especie de “ayudita” para el cumplimiento de Su Promesa. Por favor, jamás olviden que: «Hay camino que al hombre le parece derecho, pero al final, es camino de muerte.» (Proverbios 14:12)
Amado discípulo, el Eterno te está diciendo hoy, por medio de esta Palabra: «Mi juicio es mejor que tu juicio, Mi tiempo es mejor que su tiempo.»
Por eso, una de las mejores cosas que podemos hacer hoy en el mundo es separarnos del tiempo humano y sus presiones y ponernos en el “tiempo de Dios” (hebreo «Et«; griego «Kayros»), ya que en él es donde todo transcurre en la correcta manera. ¡Todo ocurre con propósito!
Un principio que es importante que se aprende en las dimensiones eternas es que los “retrasos de Dios” son en verdad oportunidades para el pleno desarrollo integral del hombre. Por lo tanto, la cosa más sabia que puede hacer un escogido es esperar en el Señor y su soberanía sobre las circunstancias. La voluntad de Dios y el tiempo de Dios siempre van juntos y son perfectos.
Como conclusión diré que si vivimos por medio de las promesas, tenemos que esperar hasta que la Fuente de esas promesas la cumpla; y la fuente es Yahvéh quien siempre cumple de acuerdo al tiempo perfecto para nuestras vidas. Si hay algún lector que no tiene aún lo que desea, seguramente es porque no es el tiempo oportuno para que lo reciba. Muchos lo quieren ahora, pero el Eterno dice ¡no!… ¡Aún no!… ¡Espero un poco! Desafortunadamente, muchos creyentes tratan de conseguir el cumplimiento de sus deseos a su propia manera, en el tiempo de ellos, pero, lamentablemente, los resultados que obtengan no serán coherentes con lo que Yahvéh ha diseñado en Su propósito eterno. De este modo se perderán la felicidad perfecta y la satisfacción completa que da esperar la acción del Eterno. Además, ellos tal vez tendrán que vivir con los resultados de esa mala decisión por el resto de sus vidas, como Abram y Sarai lo tuvieron que hacer y como los descendientes de ellos todavía lo están haciendo hoy en día en el conflicto árabe-israelí.
Yahvéh es perfecto en todos Su Camino (2Samuel 22: 31; Salmo 18:30). Su voluntad es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2). Su tiempo de propósito es perfecto. Por lo tanto, aprende a esperar en Él aunque te resulte difícil, y verás que Él hará (Salmo 37: 5-7).
«Entonces lo llevó (a Avram) fuera y (Dios) le dijo: Mira, por favor, al cielo y cuenta las estrellas, si acaso las puedes contar. Y añadió: Así será tu descendencia.»
(Bereshit / Génesis 15:5)
Avram, junto a sus 318 valientes, acababa de obtener un victoria sobre la alianza de los reyes mesopotámicos más poderosos del mundo conocido. Sin embargo, es evidente que ante lo desconocido que el Eterno le había revelado que le daría, su mente dejaba que el peor enemigo la asaltara: el temor. Es que Avram sin duda fue un héroe, pero también fue un ser humano. Los miedos de posibles conflictos que volvieran a colocarlo en peligro, generaban poco a poco pensamientos de dudas en el patriarca en cuanto al cumplimiento de las promesas hecha por el Eterno en Su llamado.
La realidad era que él aún no tenía un hijo que se convirtiera en una gran nación (Gén. 12:2) y él todavía estaba en medio de un país peligroso y malvado. Avram empezó a tener miedo de lo que pudiera deparar el futuro para él.
En ese momento la palabra hablada de YHVH vino a Abram en una visión. La palabra hebrea para la visión es makjazé y se encuentra sólo otras tres veces en las Escrituras hebreas o TaNak (Números 24:4 y 16, y Ezequiel 13:7). Esta expresión hebrea significa, literalmente, «en la visión» o «mirar fijamente a través de la ventana«, y es la primera vez que se menciona en las Sagradas Escrituras. Esta se trata de una visión específica, no un sueño, que culminó en el pacto del Eterno con Avraham. El estaba despierto y la visión continuaría durante todo el día y hasta la noche siguiente (15:17).
Usando pues este recurso profético de las visiones, Yahvéh se le aparece en plena noche, provocando un diálogo que en su progreso se transformará en una relación de pacto hasta ahora no experimentada por hombre alguno. El desarrollo del encuentro se centrará en los dos intereses fundamentales del proyecto redentor de Yahvéh: descendencia y territorio (simiente y potestad jurisdiccional).
Por ello, el Eterno iniciará la charla de este encuentro otorgándole a Avram seguridad en los dos temores que lo acosan. En cuanto a los posibles conflictos, el Eterno mismo se ofrece como el escudo de Avram. Yahvéh garantiza que Su presencia irá con Avram y será funcionalmente igual al rol del artefacto que a cualquier guerrero lo protegía de toda arma forjada contra él.
El patriarca acepta la protección, pero se anima sinceramente a presentarle al Eterno el problema central: no tiene un hijo, por tanto el galardón ofrecido por Yahvéh no tiene sentido alguno. Eliezer, el damasceno, su criado fiel, será su heredero, acorde con las leyes civiles de su tiempo.
Ante esta queja, Yahvéh, en su paciente benevolencia, le asegura a Abram que no será así. Ese hijo vendrá, más allá de la vejez del patriarca y la esterilidad de su esposa. Y además, en ese hijo vendrá la certeza de un descendencia numerosa que tendrá una característica especial: conocerá el poder de la fe (emunah).
Pero, para poder comprender de una manera pura este pasaje, nos haremos juntos unas preguntas:
¿Cuál es el mensaje en lo más profundo de este texto?
¿Qué nos dice la Torah entrelíneas?
¿Acaso se habla aquí de una bendición relativa al número de descendientes de Abram?
Analicemos rápidamente algunos términos hebreos con el objetivo de desaprender todos los conceptos erróneos con los que hasta hoy hemos leído este pasaje de la Escritura sin lograr bucear debajo de él a fin de disfrutar de la perla de gran precio que en este texto se esconde.
Cuando el texto dice «lo llevó fuera» puede ser entendido al menos en dos planos:
• El primero es el literal: es decir que dice lo que se lee a primera vista, lo llevó fuera de su morada para que pudiera observar el cielo; • El segundo es el exegético: que revela que lo sacó de sus pre-conceptos, de las ideas previas que él poseía por sus paradigmas religiosos (astrológicos). Lo llevó fuera de lo que le era conocido.
Justamente resulta interesante saber que la palabra hebrea traducida como «afuera» es hajutza (הַחוּצָה ) y aparece aquí por primera vez en el texto bíblico. Por ende, los invito nuevamente a leer bien lo que dice el versículo:
«Y Dios lo llevó afuera y le dijo: Por favor, mira el cielo y cuenta las estrellas. ¿Puedes contar y Dios lo llevó afuera y le dijo: Por favor, mira el cielo y cuenta las estrellas. ¿Pulas? Y Él le dijo: Así es como será tu descendencia«.
¿A dónde lo sacó “afuera” Dios a Abraham?
Literalmente esto significa que el Eterno lo sacó de su tienda para ver las estrellas. Pero, en la aventura de estudiar la Torah debemos saber que existe otra interpretación, es la explicación homilética. Desde ella, y de una manera más profunda, se entiende que en verdad Yahvéh le dijo a Abraham:
«¡Sal de tus cálculos astrológicos!«;
expresado de una mejor manera:
«¡Sal de tus condicionamientos astrológicos donde pudiste ver en las estrellas que nunca tendrás un hijo!»
Toda esta exégesis debe ser unidad a lo que dice el versículo inmediatamente después: «mira al cielo«. Aquí el texto demuestra que el Eterno lo conduce a realizar las mismas acciones que hasta ese momento Avram (así como se llamaba nuestro patriarca entonces) había realizado siguiendo los consejos de la astrología (la ciencia de los caldeos, su lugar de origen). Avram estaba entrenado en todas las artes mágicas de la astrología ya que ella era su religión original. Por lo tanto, sabía confeccionar su carta astral. En su gran sabiduría, Avraham llegó a la conclusión clara de que él y Sarai nunca tendrían hijos. Los astros, desde sus signos, le presagiaban que él y su esposa no tendrían descendencia. El destino trazado en el estudio de las estrellas determinaba que sería su siervo Eliezer el que heredaría sus posesiones. Pero Dios lo llevó fuera de esta visión del mundo. Evidentemente el texto nos muestra que de acuerdo a su carta natal, él no iba a tener un hijo; pero Avraham sí tendrá un hijo, según el diseño divino…
Es decir, Dios le ordenó a Avram que ya no se guiara por lo que había aprendido a través de dogmas y tradiciones humanas. El Eterno lo sacó de sus pre-conceptos, de las ideas previas. Lo llevó fuera de lo que le era conocido. Abram necesitaba un cambio mental en Abram para poder cambiar su futuro. Este varón no debía seguir conduciéndose en el Camino de la fe guiándose mentalmente por lo que su ciencia y conocimiento le decía, sino que el Eterno anhelaba que él anduviera por los caminos de la enseñanza de Verdad, que es lo que Yahvéh dicta por medio de Su Instrucción.
El Eterno le enseñó algo bien claro al decirle:
«Ya no medites sobre la ciencia ilusoria de las estrellas. Sal de estas creencias, mira el cielo y verás que por encima de toda asignación astrológica estoy Yo, el Eterno y Todopoderoso, y mi Palabra es fiel para cumplirse en tu vida en tiempo y forma. Aprende a esperar en los secretos de mi Nombre y mi Instrucción«
El Eterno le responde a Abram enseñándole el gran secreto de la existencia hebrea: NO estamos regidos por los astros, sino que somos trascendentes, nosotros podemos determinar nuestro propio destino por medio de la fe en los mandamientos y promesas de la Instrucción (Torah) divina.
El único que está por fuera de todas las limitaciones, y conoce realmente todo, en todo momento, es Dios, y es Él el que le ha prometido descendencia, digan lo que digan en contra los astros o los hechos materiales.
De este modo Eterno enseña así a Avram que la consecuencia de darle demasiada importancia a las predicciones astrológicas, es que el evento previsto se vuelve inevitable. Quien insista en vivir solamente dentro del ámbito de lo natural se vuelve esclavo de él. En cambio, la misión de un llamado y escogido del Señor consiste en romper las limitaciones de lo natural. Si este aprende a vivir de una manera que lo eleve a una dimensión superior, ésta se vuelve real en su vida y rige los acontecimientos futuros.
Justamente los mitzvot (mandamientos) de la Torah existen vibrantes en un plano superior. La raíz de la palabra mitzvá (mandamiento) se relaciona etimológicamente con la palabra “tzavta”, o sea, «cercanía«, ya que el cumplimiento de un mitzvá acerca a Yahvéh. Es decir, que cuando un mitzvá es hecho, este acto físico genera transcendencia, y entonces el destino de una persona es alterado. Un acto que tiene el potencial de elevarnos a una relación directa con la Fuente de todo, ciertamente tiene un poder más grande que el de los supuestos intermediarios de la creación que implanta el sistema reptiliano a través de sus creencias.
Este fundamento de vida que aprendió Avram, será el sostén de la emunáh (fe) de Israel. Con este relato, Moshé pretende que el Pueblo de Dios acepte que todo el propósito de los hijos primogénitos del Eterno es vivir por encima de la naturaleza. Nuestro desafío consiste en elevarnos a la dimensión de la voluntad de Yahvéh, que se manifiesta en este mundo a través del cumplimento de los mitzvot. El éxito consiste en conectarse con la propia Fuente de todo el bien, a través de las acciones que Él mismo nos designó como propicias a este fin. Cuanto más mitzvot hacemos, más canales de conexión son creados uniéndonos al Eterno y preparándonos para recibir Su bendición en Yeshúa Su Hijo.
Esta experiencia mística de Avram involucra el hecho de que Yahvéh lo sacó fuera de este mundo (sistema reptiliano sensorial) y lo elevó en un éxtasis por encima de las estrellas. Este es el significado exacto del verbo «mira» (הַבָּטָה ,habatáh): Avram pudo mirar de abajo hacia arriba, desde la cosmovisión divina.
En lenguaje moderno, la segunda interpretación implica «fuera de este mundo» es decir «fuera del cosmos» o «fuera del orden natural establecido«, que representa el infinito, pero en verdad es finito y también sigue las limitaciones de las leyes de la naturaleza. La fe inicial de Avraham en Dios no podía ignorar por completo esas limitaciones, porque, después de todo, se dio cuenta de que el Eterno creó un sistema finito, limitado, con su propio conjunto de leyes. Pero, a la vez, Yahvéh le mostró a Abraham que él puede dejar este mundo por completo, y elevarse más allá de cualquier limitación, con el fin de crear un mundo nuevo, por así decirlo, totalmente influenciado por lo sobrenatural.
Es, en parte, por eso que Yavhéh le habla del número de las estrellas. Porque así como son incontables y por lo tanto inabarcables en su totalidad para el intelecto humano, también el presunto saber de la determinación del futuro por medio del estudio de fuerzas cósmicas es imposible. En resumen, el Eterno le dice a nuestro padre Abraham que confiar ciegamente en mancias es poco menos que ceguera intelectual.
El único que está por fuera de todas las limitaciones, y conoce realmente todo, en todo momento, es Yahvéh, y es Él quien ha prometido descendencia, digan lo que digan en contra los astros o los hechos materiales.
El versículo diciendo: «así será tu descendencia«. Con esta expresión el Eterno no se refiere a un número (aunque en otro lugar prometió descendencia abundante) sino que está aduciendo que a partir de este diálogo existirá una cualidad especial en la forma de ser de sus hijos, y generaciones. Se refiere pues a la cualidad de abstenerse del pensamiento humano totalitario, de apartarse de las ideas deterministas, de rechazar la creencia en influencias mágicas que determinan un destino inconmovible; es la cualidad de confiar exclusivamente en que el Eterno es el poseedor del saber último, y por lo tanto, quien tiene la última palabra.
La reacción de Avraham a esta revelación es «Y creyó a Dios«. Este fue el nacimiento de la fe pura, que cree en la capacidad de desafiar las leyes de la naturaleza. Por primera vez, Avram se apropia de una sustancia divina (la fe) que es la respuesta correcta a las promesas del Eterno.
Como resultado de la fe de Avram, YHVH «se lo contó» o le imputó (hebreo kjasháb) su fe por justicia (Romanos 4:1-25; Gálatas 3:6; Santiago 2:23). Esta es la primera aparición de la palabra imputar en las Sagradas Escrituras (La Biblia). El Señor imputa o transfiriere Su justicia a Avram, a fin de que Avram tuviera una posición perfecta delante de Dios. Así pues, queda bien claro que la salvación, ya sea en la TaNaK tanto como en el Pacto Renovado, era, es y será solamente por gracia, y esto por medio de la fe.
Avram, después de haber recibido la garantía del Eterno, creyó que la profecía ciertamente sería cumplida, por lo que ya no tenía por qué temer perderla. Bien entendido tendrán en sus mentes y corazones esta revelación, aquellos discípulos de las primeras comunidades que se sentaban a los pies del apóstol Pablo, quien comentaba este episodio de Abraham de este modo:
«¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne? Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia.» (Romanos 4:1-3)
«Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido; por lo cual también su fe le fue contada por justicia. Y no solamente con respecto a él se escribió que le fue contada, sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.» (Romanos 4:19-25)
«Porque ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9)
¿Qué sucede una vez que hemos logrado salir afuera, más allá de nuestra visión normal del mundo, y aceptado el hecho que la omnipotencia de Dios va mucho más allá de las leyes de la naturaleza que Él mismo estableció?
La respuesta se relaciona con la capacidad de cambiar nuestra perspectiva del mundo con el fin de lograr el resultado que Yahvéh desea. Abraham comenzó dentro de este mundo. Él reconoció a su Creador, creyó en un solo Dios, pero, avanzó más y más en su fe, hasta que llegó al extremo de dejar este mundo, y comenzar a creerle al Eterno en la cosmovisión que Él le revelara.
Así, Avraham se fue «afuera«, y su salida lo enfrentó a la idolatría astrológica, transportándolo Yahvéh al Reinado de Su Luz admirable. Esta es la cosmovisión que otorga el don divino de la fe. Este regalo permite que el ser humano le crea solo a Yahvéh, que nos brinda Su Presencia y nos enseña, a través de Su Instrucción (Torah) a dejar este mundo y repararlo acorde al diseño original de Su propósito eterno. De este modo se adquiere la cualidad de abstenerse del pensamiento humano totalitario, de apartarse de las ideas deterministas, de rechazar la creencia en influencias mágicamente determinantes; y de confiar exclusivamente en que el Eterno es el poseedor del saber último.
Lo que más me llena de alegría mientras escribo esta bitácora, es darme cuenta que esta promesa, sin duda alguna, hoy es una opción abierta a cualquier persona que quiera trascender las limitaciones del mundo físico a través de su fe en Yeshúa, el Mesías. Simplemente debes disponerte a dejar el paradigma propio de la religión: «creer en Dios«, y llevar todo tu ser al paradigma metafísico de toda existencia humana: «Creer a Dios«. Así, el Eterno entrenará tu vista para que, detrás de las realidades de la vida, veas la visión que tiene para ti. Entonces obtendrás el entendimiento espiritual de que toda bendición no depende de los astros, ni depende del destino. Por el contrario, procede de más arriba, del Padre de las luces, que nos ha amado en Su Hijo unigénito, Yeshúa.
«Cuando Abram volvía de haber derrotado a Quedorlaómer y a sus reyes amigos, el rey de Sodoma salió a su encuentro en el Valle del Rey. Allí Melquisedec, que era rey de Salem y sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino, y bendijo a Abram, diciéndole:«Abram, que te bendiga el Dios altísimo, creador del cielo y de la tierra. El Dios altísimo merece todas las alabanzas, pues te dio la victoria sobre tus enemigos». De inmediato, Abram le dio a Melquisedec la décima parte de todo lo que había recuperado».
(Génesis 14: 17- 20)
Pocos asuntos en las Sagradas Escrituras han despertado tanto interés como la identidad real de Melquisedec. Un personaje que aparentemente salió de la nada al encuentro de nuestro padre Abraham después de que este participara en la guerra contra los reyes de oriente.
Abram tuvo una victoria sorprendente sobre los cuatro reyes enemigos, que habían raptado a su sobrino Lot. Como un guerrero cansado, agradecido de que su persecución del enemigo había tenido tanto éxito, regresó a su casa, junto al encinar de Mamré, en Hebrón (13:18). Sin embargo, el Eterno le tenía reservada para él una sorpresa: un encuentro inesperado con Melquisedec, rey de Salem (posteriormente llamada Jerusalén) que era también el sacerdote de El Elyon, o el Dios Altísimo(mejor traducido como: «el Poderoso Supremo«).La verdadera prueba de carácter viene cuando tenemos éxito. La manera en que actuamos en un momento de triunfo a menudo revela nuestro verdadero carácter y madurez espiritual. Esto será cierto en el caso de Abram en el momento de su interacción con este rey-sacerdote.
Para comprender la envergadura de este varón con misión inter-cósmica nos sumergiremos en la investigación de los códigos de su nombre y propósito. Y como la tarea más noble para conocer la Verdad es la de investigar, para empezar, tomaremos nota, tanto de los libros de la Tanak (Antigua Alianza) como los Libros Mesiánicos del Pacto Renovado (Nuevo Testamento), de quién este personaje misterioso (Melquisedec). Todas la Sagradas Sagradas Escrituras (La Biblia) lo mencionan solamente tres veces:
Génesis 14:18;
Salmo 110:4;
y Hebreos capítulos 5 al 7.
El nombre Melquisedec (en hebreo Malki-Tzédek), significa «Rey de justicia», según la etimología corriente; pero podría ser un nombre teóforo cananeo: «Sadku es (mi) rey».
En las líneas mencionadas se dice que fue sacerdote del Dios Altísimo. Pero, ¿por qué él era el sacerdote único del Dios Altísimo en medio de las naciones de aquel tiempo cuando aún faltaba mucho tiempo para establecer los lineamientos y pautas del sacerdocio aarónico?
Leamos ahora el relato que se encuentra en Génesis 14. Mientras combatían varias naciones y pueblos en Palestina y Mesopotamia, Lot, el sobrino de Abram, juntamente con su familia y sus bienes, fueron capturados y llevados a otro lugar. Gen 14: 17-19 relata el regreso de Abram después de haber batido a los reyes que habían derrotado al de Sodoma (vv. 10-11) y a sus aliados y hecho prisionero a su sobrino Lot (v. 12). A su encuentro salió el rey de Sodoma y «Melquisedec, rey de Salém, presentando pan y vino; era sacerdote del Dios Altísimo, y le bendijo diciendo: Bendito sea Abraham del Dios Altísimo, creador (Señor) de cielos y tierra; y bendito sea el Dios Altísimo que puso a tus enemigos en tus manos». Hoy día está bien comprobado que Salém es el nombre primigenio de la santa ciudad de Jerusalén (Salmo 76: 3). Melquisedec aparece así como un rey cananeo de la época patriarcal y su nombre es semejante al de otro monarca de Jerusalén, Adonisedec, (capítulo 10, verso 1).
La palabra «Salem» viene de la raíz hebrea que significa «paz«. Esto hace a Melquisedec «Rey de paz«. El mismo nombre hebreo Melquisedec significa «Rey de justicia» (Hebreos 7:2).
Pero, justamente lo interesante de este extraño personaje es su sentido de espiritualidad y sus ritos sacerdotales con los que se manifiesta a Abrahm.
El Génesis lo presenta como sacerdote del Dios Altísimo (en hbero ‘El `elyón’). Esta expresión concordaba con la teología cananea donde «El» esel dios supremo, creador de los seres y padre de los hombres, como le llaman los textos arqueológicos de Ugarit. Gracias al descubrimiento de este texto, hoy sabemos que el nombre del dios cananeo Elyón, es traducido como Altísimo significa por sobre todos los dioses (Soncino). Por todo esto, se descubrió que las dos expresiones juntas (‘El `elyón’) se convierten en títulos descriptivos de YHVH y se constituyen en las pautas de una alabanza al Eterno y verdadero Dios que dicen:
«No hay nadie como tú, oh Señor, entre los dioses. No hay nada más alto o mayor que Tú en toda la tierra. Nosotros podemos confesar con nuestra boca, y reconocemos ante todo el pueblo, que sólo Tú eres El Elyon, Dios Altísimo (‘El `elyón’)«.
Interesante es notar que ante este detalle profético, nuestro padre Abram usa e identifica a esos nombres de divinidades cananeas con un título que designa dignamente atributos de Yahvéh, el Dios de Israel (v. 22), reconociendo así en Melquisedec un varón que ejercía la misma adoración monoteísta que él. Esta actitud concuerda bien con el proceder general de los patriarcas, que, siendo adoradores del Dios único, se mueven con libertad en el ámbito cananeo, utilizando sus lugares sacros y conviviendo religiosamente con sus moradores.
Esta es la primera mención bíblica de un sacerdote en las Escrituras. En la sociedad judía, el sacerdote debía representar al pueblo ante YHVH, como los profetas habían de representar a YHVH ante pueblo. Malki-Tzédek aparece ser uno de los pocos fieles o tzadikim (justos) en ese lugar de Canaán; uno de los que ponen su confianza en el Dios único y verdadero. Por lo tanto, él era una conexión creyente de la línea sacerdotal del Nombre (Shem), en medio de la impureza de la línea de Canaán. La identidad de Melquisedec ha sido un enigma.
La época post-diluviana vio al mundo de un sólo lenguaje y bajo un sólo sacerdocio. La perspectiva hebrea era que este sacerdocio se centralizó en Salem bajo Melquisedec. De acuerdo al Midrash (una interpretación judía), Melquisedec era identificado con Shem (Sem) el hijo de Noaj (E.g., B. Talmud Nedarim 32b; Genesis Rabbah 46:7; Genesis Rabbah 56:10; Levitico Rabbah 25:6; Numeros Rabbah 4:8). En verdad esto no es imposible ya que debemos saber que, según las propias Sagradas Escrituras, Shem vivió incluso tras la muerte de Sara, la esposa de Abrahán. Además, debemos recordar que Noaj lo bendijo específicamente con el derecho de la primogenitura en lo sacerdotal (Génesis 9:26- 27).
También me es necesario aclarar que Malki-Tzedek en realidad un título y no un nombre personal. Es decir que esta expresión representa el ministerio doble de rey y sacerdote ejercitado a base de una vida indestructible. [Es más, según el Salmo 110:4 ese ministerio sería luego dado al Mesías, (cf. Hebreos capítulos 5 y 7)].
Él era llamado así porque era rey (melech) sobre un lugar afamado por su justicia (tzedek). Él regía sobre un lugar donde algún día el Templo habría de ser construido dentro del cual moraba la Divina Presencia que es llamada Tzedek, y desde donde la prometida Simiente de la Mujer sería manifestada como Mesías para Israel y las naciones. El Midrash aplica este término a Jerusalén en un todo tal como está escrito, «En ella habitó la equidad (tzedek)« (Isaías 1:21) (Soncino; Comentario sobre Génesis 14:18).
Shalem es la única referencia directa a la ciudad de Yerushalayim(Jerusalén) que se encuentra en el Jumash (Pentateuco). En el salterio (libro de los Salmos) vemos que Shalem es lo mismo que Tsión, como está escrito:
“En Shalem está su tabernáculo, y en Tzion su morada.”
(Salmo 76:2)
Es más, si vamos al capítulo 10 del libro de Josué (vers. 1) vemos como en la ciudad de Yerushalayim había un rey llamado Adoni-Tzedek. Aquí reiteraré los siguiente: Malkisignifica “mi Rey” y Adonísignifica “mi Señor”; Tzedek significa Justicia. En base a estas significaciones, en los tiempos de la conquista de la tierra prometida, alrededor de 600 años después de Avraham, el rey de esa ciudad seguía teniendo un título muy similar. Algunos sostienen que estos, serían títulos que señalan a un mismo cargo y/o función.
Ahora veamos con atención el relato. Notamos que en el momento de encontrarse Avram con Melquisedec, este le trae pan y vino, primeramente como refrigerio para los soldados agotados por la batalla y los prisioneros liberados, en signo de amistad y congratulación, pero también como un sacrificio de acción de gracias al Todopoderoso Dios que permitía la comunión corporativa en la victoria otorgada por el Eterno.
Lo primero que se puede destacar aquí es que, mediante este acto, Malki-Tzédek (Shem)le mostraba a Avram que no le tenía resentimiento alguno por haber matado a sus descendientes por la línea de su hijo Arfaxad, es decir Querdorlaomer, y los otros reyes. Este aspecto es importante sin importar el linaje de los involucrados. Es aún más importante dado el linaje directo de las víctimas preservar el sacerdocio del Nombre (Shem) hasta que Él mismo se encarne en la prometida simiente de la mujer: el Mesías (Génesis 3:15).
Luego Melquisede procede a bendecir a Avram con estas palabras:
«Que El Elyon Dios altísimo, creador del cielo y de la tierra, bendiga a Avram» (14:19).
Es decir que Melquisedec reconoció a Avram como un hermano en la fe y siervo del Señor.
La mención del sacerdocio parece relacionarse más bien con la bendición que imparte a Avram. Éste reconoce dicho sacerdocio entregándole el diezmo del botín. El sabio rabino Nachmanides sostiene que: «… solo porque Abram sabía que Malki-Tzédek era sacerdote del Eterno le dio el diezmo«. Leemos claramente en el texto:
«Entonces Avram le dio el diezmo de todo«
(Génesis 14:20)
Avram fue el primero que la Torah menciona que dio el diezmo. Sin embargo el principio del diezmo estaba funcionando desde la creación del hombre. El principio del diezmo implica trabajar parte de su tiempo sin tener el derecho de comer de él. Este principio se encuentra en el árbol del conocimiento del bien y el mal. Recordemos que Adam tenía que labrarlo pero no podía comer de él.
Avram no solamente dio el diezmo de los despojos de la guerra, sino de todo lo que el Eterno le había dado.
Según el Sefer Yashar («Libro del Justo«), Avram había estudiado con Shem y Hever durante muchos años. Por eso ahora le entrega el diezmo de todo por ser su maestro de Torah. Es decir, que Avram entregó el diezmo a este varón porque sabía que Melquisedec tenía el punto de vista correcto en lo referente a los códigos de la Simiente de la Mujer (Mesías). Avram discernío que hacer conexión con este sacerdocio le garantizaba a él el cumplimiento de las promesas proféticas dadas por el Eterno en el momento de su llamado.
Por otra parte, el sacerdote de la ciudad de Salem sabía que la verdadera fuente del éxito de Avram era YHVH, como se ha dicho: «Bendito sea El Elyon Dios Altísimo, esta era Su obra, que entregó en tus manos a tus enemigos» (Génesis 14:20a). La palabra entonces dio paso a la acción y le dio Avram el diezmo de todo lo que poseía (14:20b).
Pan y Vino: Símbolos de la Redención
El significado del pan y vino dados por Malki-Tzédek a Avram, está relacionado directamente a la obra redentora de la simiente de la mujer.
La importancia del Pan y Vino como símbolos de la conjunción del fruto de la tierra (polvo) representado en el Pan, y el alma humana (sangre) representada en el vino, que vuelven a su diseño original mediante la acción del Espíritu Santo representado en la acción sacerdotal del Rey de Justicia: el Mesías. Es decir que Malki-Tzédek está sirviéndolo a Avram los emblemas que serían integrales establecidos siglos después por el Mesías, en la Cena del Señor, como elementos sacramentales de su obra eficaz y eterno de redención. Este evento en la vida de nuestro padre Avram señalaba a la esperanza de la morada del Espíritu Santo, tal como fuera administrada bajo el nuevo sacerdocio de la Orden de Malki-Tzedek, introducida por el Mesías para todos los redimidos que se saben Israel en Él.
El escritor de la epístola a los Hebreos describe a Melquisedec así:
«… sin padre, ni madre, y sin genealogía, no teniendo principio de días ni fin de vida, siendo hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote a perpetuidad» (Hebreos 7:3).
Debido a este pasaje, algunos creen que Melquisedec es actualmente una aparición o teofanía de Yeshúa antes de nacer en Belén.
Para aclarar esto, comenzaré diciendo que el hecho que Melquisedec reflejaba anticipadamente este evento mesiánico-redentor, no demanda que él sea el Mesías, como algunos intérpretes ignorantes aseguran hoy. En realidad, si lo fuese, hay toda una serie de problemas en el concepto del sacrificio sin pecado del Mesías. ¿Nació? ¿Era un hombre? ¿Si así lo fue, nació entonces de una virgen? Malki-Tzédek no era por cierto de la línea de David. ¿Si era un Ángel, que implica esto para el gobierno de Salem en esa etapa? ¿Que era el sacerdocio allí? ¿Porqué no hay registro en otra parte de un sacerdocio angélico? ¿Que necesidad tiene un Ángel de los diezmos de guerra? Los problemas lógicos introducidos por un aspecto Mesiánico de Melquisedec de tal magnitud son enormes.
Si hay algo seguro a todo esto, aunque, Melquisedec parece ser una figura oscura, se presenta como una persona muy importante del Antiguo Pacto. Ejemplo de esto lo encontramos en el Salmo 110 (versículo 4) que dice que el sacerdocio del Mesías es un sacerdocio según el Orden de Melquisedec, en contraste de ser de la orden de Aarón. En la epístola de Hebreos capítulos 5 al 7 se pone mucho énfasis en esta idea que edificaba la esperanza escatológica de las primeras comunidades.
Entonces, Melquisedec, rey-sacerdote, es considerado como una figura profética del Mesías. El silencio insólito de la Escritura sobre la ausencia de sus antepasados y de sus descendientes, sugiere que el sacerdocio representado por él es eterno. La interpretación de Génesis 14, según la cual fue Avram quien pago el diezmo y no Melquisedec, era tradicional ya que Melquisedec recibió el diezmo de Avraham porque era superior a él y por ello también lo bendijo; asimismo Melquisedec fue superior a los descendientes de Avram, los levitas o hijos y descendientes de Leví, los únicos que podían acceder al sacerdocio.
El diezmo pagado a los sacerdotes levitas era, a la vez, el salario de su oficio sacerdotal y el homenaje tributado a la eminente dignidad de su sacerdocio. Por lo tanto, si el mismo Leví pagó por medio de la figura de Abram el diezmo a Melquisedec, fue porque Melquisedec prefiguraba un sacerdocio mas elevado.
En definitiva, el sacerdocio de Melquisedec era más escatológico y divino que terrenal, y por esto se le ha considerado como sacerdote del Dios Altísimo y Sumo Sacerdote. Debido a ello, un sacerdocio eterno a la manera de Melquisedec anuncia para los tiempos mesiánicos la sustitución del sacerdocio antiguo, considerado ya como inferior al sacerdocio de Melquisedec (Hebreos 7:11-14).
Por último, y entendiendo que Melquisedec es un tipo del Mesías, debemos aceptar que las acciones de Abrahan sirven como modelo de imitación para nosotros hoy. Tenemos que darle una décima parte de todo lo que ganamos a aquel que oficia como nuestro Sumo Sacerdote delante del Trono de la gracia divina: Yeshúa, nuestro dueño.
«Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, y vete a la tierra que te mostraré.
»Haré de ti una nación grande, y te bendeciré; haré famoso tu nombre, y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan; ¡por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra!»
Abram partió, tal como el Señor se lo había ordenado, y Lot se fue con él.
Abram tenía setenta y cinco años cuando salió de Jarán.
(Génesis 12: 1-4)
INTRODUCCIÓN:
Al introducirnos en la vida del Abraham, encontramos los inicios del nuevo trato mesiánico del Eterno con la historia humana. Descubrimos que nuestro Dios tratará a este patriarca únicamente en el marco de su Gracia. La presencia divina en la vida de Abraham no basará su manifestación en alguna cualidad meritoria que Abraham pudiera poseer; por el contrario todo proceder del Eterno se sustentará en la elección soberana que simplemente señala a un hombre para bendecir a la humanidad sin que este tenga que hacer otra cosa que ejercer su fe, es decir, creerle a Dios para gozar de Su justicia.
Al ir al capítulo doce del Bereshit nos encontramos con el llamamiento de Abram. Dicho llamado esconderá la Intención del propósito eterno de Dios para redimir y salvar a la humanidad por medio de Su Código Sagrado: «la simiente de la mujer«, es decir el Mesías (Génesis 3: 15). Por medio de este llamado el Eterno se proponía tener a un hombre primogénito que lo conociera y le sirviera con fe. En el diseño divino estaba claro que de ese hombre saldría una familia que conocería y serviría con devoción a Su Nombre: Yahvéh. De esa familia saldría una nación escogida, compuestas de personas que se separarían de los malos caminos y de la inmoralidad fundamentada en Babel para ser canales de la bendición divina. De esta nación finalmente saldría Yeshúa, el Mesías salvador del mundo.
En el llamamiento de Abraham se esconden principios celestiales muy importantes que permiten a los escogidos descubrir los basamentos del supremo llamamiento de Dios en Jesús, el Cristo:
EL LLAMAMIENTO DE ABRAHAM IMPLICABA EL PRINCIPIO DE “SEPARACIÓN” (Génesis 12:1)
Harán (en hebreo Jarán) significa «lugar seco» o «carretera desértica«, y justamente era una población totalmente infértil para el propósito eterno de Dios. Lo inmoral y las aberraciones de la idolatría llenaban las conciencias de sus habitantes. Sus prácticas cotidianas fluían de las inmoralidades generadas del la religión astrológica de Babel. Estaba claro que mientras permaneciere en ese lugar Abram no podría avanzar en su vida espiritual y así manifestar la imagen divina de su esencia en la plenitud de Su semejanza mesiánica.
Después de cinco años en Harán el Señor le recuerda a Abram lo que originalmente le había dicho en su ciudad natal: Ur, de la tierra de los caldeos: «deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, y vete a la tierra que te mostraré » (Génesis 12:1 y Hechos 7:3).
Convengamos que es difícil dejar el propio país donde uno tiene todas sus relaciones. Es muy complicado para el alma humana salir de su pueblo, y todavía más, salir de la casa del padre de uno. Pero eso es lo que le pidió el Señor a Abram.
A partir de estas palabras recordatorias del Eterno descubrimos un doble fracaso por parte de Abram.
Hay tres cosas que le fueron ordenadas por Dios.
En primer lugar, él tenía que dejar su tierra y a las personas que vivían allí. Con respecto al primer requisitoAbramobedeció, pero en referencia a los dos últimos fracasó.
En segundo lugar, él tenía que separarse de su padre y de la casa de que él había forjado. Pero en lugar de dejar a su padre y a su familia, se llevó a Taré y su sobrino Lot con él. En esto no fue obediente.Taré significa «retardo» o «el que retrasa o demora»; y justamente el Eterno le reprocha aAbram que estaba atascado en Harán por causa de los paradigmas que había recibido de su padre.
¿Por qué Yahvéh le pide a Abram que se separe de su padre y de la casa de su padre? Esto parecería una propuesta de insensibilidad y deshonra a la paternidad por parte del Eterno. Bien, el libro de Josué nos da la respuesta:
«Hace mucho tiempo, sus antepasados, Téraj y sus hijos Abraham y Najor, vivían más allá del río Éufrates y adoraban a otros dioses»
(Josué 24:3b).
Como vemos en este versíuclo, Térajera un idólatra que adoraba al dios de la luna, Sin. Y es que tanto Harán como Ur de los caldeos eran centros de adoración a la luna. Solamente basta observar los nombres de la familia de Téraj y descubriremos en ellos la influencia de la adoración al dios luna. Veamos los ejemplos: el nombre Sarai viene de la palabra sharratu, y significa reina. Bien, esta fue la expresión acadia con la que se invocaba a Ningal, la esposa del dios de la luna llamado Sin. El caso del nombre Milcá, la sobrina de Abraham, proviene del nombre acadio milkatu, y significa princesa con consejos divinos. Sonará a muchos lectores como un nombre muy bonito, pero es necesario entender que el mismo, en las religiones de misterio babilónico, era el título de la diosa Ishtar, la reina del cielo (título de la serpiente antigua) y esta divinidad era la hija del dios de la luna, Sin. Labán significa blanco y se usaba como una forma poética para invocar a Sin durante la luna llena. Por medio de este pequeño análisis del significado de estos diversos nombres como Sarai, Milca y Labán nos damos cuenta que todos muestran la influencia de la adoración del dios de la luna Sin, reafirmando lo que Josué relata en su discurso: Terajera un idólatra, y toda forma de idolatría obstaculiza el peregrinar del alma hacia las dimensiones celestiales de la semejanza mesiánica que el Eterno anhela que los hombre alcancen por la fe y obediencia a Su Palabra.
El significado del nombre Lot es «el que se envuelve en lo oculto«, «el que guarda secretos«, o «el que hace patinar«. Lot es el tipo del creyente de mente mundana, en su significado encontramos características que llevadas a lo espiritual manifiestan la naturaleza psíquica de alguien que dice conocer a Dios, pero que, con sus acciones, muestra que su prioridad no es Dios. Habla del creyente religioso que se siente cubierto, asegurado, respaldado por alguien más delante de Dios. Aquel creyente que cree que por estar apegado a un líder de fe, estará seguro y bien delante del Eterno.
Ese tipo de actitudes conducen siempre a una doble vida, pues actúa en secreto, en lo recóndito (muy escondido y oculto), en su naturaleza está latente la mundanalidad, envolviéndose en prácticas ocultas (no confundir con ocultismo), sino en amistad con las tinieblas, por ejercer una fe fundada en el pensamiento mágico.
El escritor de la epístola a los Hebreos nos dice:
«Por la fe Abraham, cuando fue llamado para ir a un lugar que más tarde recibiría como herencia, obedeció y salió sin saber a dónde iba.»
(Hebreos 11:8)
Es maravilloso descubrir que cuando llegamos al Nuevo Pacto, la Gracia divina no destaca la desobediencia de Abram en Jarán. Sino que por el contrario, lo que ella enfatiza es suentrada a la Tierra Prometida por la fe que le cree a Dios. Eso es lo que el Mesías hace para los que, como Abraham, creen en Él por la fe (Juan 5:24). Así mismo, Él hoy a cada uno de nosotros nos está afirmando: «Yo soy el que por amor a mí mismo borra tus transgresiones y no se acuerda más de tus pecados» (Isaías 43:25).
Por la fe se radicó como extranjero en la tierra prometida, y habitó en tiendas de campaña con Isaac y Jacob, herederos también de la misma promesa (Hebreos 11:9). Notamos en las Sagradas Escrituras, que Najor, el hermano de Abraham, construyó una ciudad (24:10), pero nuestro padre Abraham hábito en tiendas de campaña, «… porque esperaba la ciudad de cimientos sólidos, de la cual Dios es arquitecto y constructor» (Hebreos 11:10). Él, por la fe, era consciente que este sistema de cosas reptiliano no era su casa; y así él vivió como extranjero y un extraño en el mundo (I Pedro 2:11). A pesar de que él era riquísimo (Génesis 13:2), se mantuvo apenas en contacto con las cosas de este mundo. Las únicas cosas que Abraham construyó con excelencia eran altares que proclamaban la adoración en Espíritu y en Verdad al único y verdadero Dios: YHVH (12:7-8, 13:18, 22:9).
Ante toda esta evidencia, no hay duda alguna, que en Abram, el Eterno estaba estableciendo el importante principio de separación que Él mismo ejerció en la restauración de la Creación que el escrito relata en el primer capítulo del Bereshit (Génesis). De este modo, el Señor se asegura de guardar en la conciencia del padre de la fe la idea de que su pueblo debe separarse de todo lo que sea un estorbo para el desarrollo de su vida espiritual.
El Eternollegaría a todas las demás naciones de la tierra mediante el establecimiento de una reputación para Sí mismo a través de su pueblo escogido, Israel. Tendrían mandamientos especiales que viviendo con ellos los harían diferentes de todas las naciones vecinas. Su intención es que así serían diferentes, santos, apartados para la Gloria de Su Nombre, viviendo una vida santa, totalmente apartada para Él. Pero al igual que Israel, cuando vivimos como el resto de la vida del mundo, hacemos que otros tropiecen y arrastren el nombre de Dios por el barro. Tenemos la responsabilidad esencialpara que los demás vean a Jesús el Cristo a través de nuestras vidas.
Como hijos de Dios debemos ser reflexivos en cuanto a aquellas cosas que lejos de impulsarnos en la vida espiritual nos detienen y tomar la decisión de soltarlas.
2. EL LLAMAMIENTO DE ABRAHAM IMPLICABA “UNA PROMESA” (v. 1-2)
Así pues el Señor le dijo a Abram: «Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, y vete a la tierra que te mostraré«(12:1). Los mandatos del Señor son raramente acompañadas de razones, pero siempre van acompañados de promesas. Y este fue el caso de Abram.
La promesa era: “… te mostraré…”. Con ella el Eterno implantaba la certeza en el alma del llamado, y su descendencia, de que Él nunca abandona a sus elegidos dejándolos perdido en su peregrinación terrenal. Él siempre les proveerá Instrucción (Torah) como hoja de ruta, por medio de la que pautará los lineamientos del Camino que conduce a la contemplación de Su Majestuosa Paternidad.
Esta promesa implicaba también una obra exclusivamente divina: “… haré de ti…”. Asegurando el obrar soberano y glorioso del Eterno en la vida de aquellos que se rinden a Su voluntad buena, agradable y perfecta.
3. EL LLAMAMIENTO DE ABRAHAM IMPLICABA “BENDICIÓN”. (v. 2-3)
El Eterno nunca llama a alguien para que finalmente caiga en calamidades. Por el contrario, Yahvéh, nuestro Dios, tiene la Intención de conducir a su escogidos al éxito que permite alcanzar la calidad total de Su propósito. El Señor jamás elige para el fracaso.
La bendición sería primero para Abraham y para todas las naciones. El punto culminante es el siguiente:
«Y todos los pueblos de la tierra serán benditos en ti«
(Génesis 12:3 y Hechos 3:25).
Abraham sería un canal de bendición para todo el mundo. Esto se extenderá a los gentiles (Romanos 11:11-24). En efecto, la Escritura, habiendo previsto que Dios justificaría por la fe a las naciones, anunció de antemano el bendito evangelio a Abraham:
“Por medio de ti serán bendecidas todas las naciones”
(Gálatas 3:8)
Ellos son aquellos para los que Abraham será una bendición. Esta es la promesa que va más allá de Israel. Esto se reafirmó con todos los patriarcas, más tarde se reafirma a Abraham en 22:15 y 18, se reafirma a Isaac en 26:3-4, y a Jacob en 28:14. Esta bendición se lograría a través de la semilla de Abraham: el Mesías. Como los profetas señalaron, es a través de Él que los gentiles recibirán las bendiciones espirituales (Isaías 42:1 y 6, 49:5-6 y Amos 9:11).
Evidentemente el Eterno llama para bendecir a su escogidos y para que estos sean, en el Mesías, de bendición a millones.
CONCLUSIÓN:
Mientras vivía con su padre en Harán, Abraham recibió un mensaje del Señor, que lo llamaba a separarse de sus constelaciones familiares e ir a otro lugar. Se le prometió gracia divina, gran posteridad, y que se convirtiera en una bendición, para todas las familias de la tierra. Nuestro padre Abraham obedeció el llamado, y así se convirtió en un líder de esa innumerable compañía de creyentes que han visto una ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios (Génesis 12:1-4 Hebreos 11:8-10).
Estos cuatro versículos que encabezan nuestro estudio, revelan como se originó la amistad de Abraham con el Eterno. Este es su único título y a él se refieren como: el amigo del Señor. Tres veces aparece en las Sagradas Escrituras (2 Crónicas 20:7; Isaías 41:8 y Santiago 2:23). Él es el único que lo tiene y hasta la fecha los árabes, sus descendientes por el linaje de Ismael, lo llaman a Abraham El Khalil, el amigo de Dios. Yeshúa prometió a su discípulos que esa será la meta final de categorización celestial. Él los desafiaba: llamarlos amigos, sin hacían lo que Él les mandaba (Juan 15: 14-15)
¡Hoy, tú y yo podemos ser bendecidos por el Eterno si tan sólo obedecemos a su llamado para salvación y para servicio de todas las naciones. Por favor: ¡Búscalo con todo el corazón y serás bendecido y serás bendición!
«Venid, hagamos ladrillos, y cozámoslos al fuego».
Y se sirvieron de ladrillos en lugar de piedras, y de betún en vez de argamasa; y dijeron:
«Vamos a edificar una ciudad y una torre, cuya cumbre llegue hasta el cielo; y hagamos célebre nuestro nombre antes de esparcirnos por toda la faz de la tierra”.
(Génesis 11: 3-4)
En este relato divino de la historia primigenia se nos revela un ser humano que, consciente de sus nuevas habilidades, se envanece y se prepara para glorificarse a sí mismo mediante el esfuerzo colectivo. Para dejar testimonio a las generaciones venideras, esta humanidad decide construir un monumento para sí. Por ello, vemos que los elementos de la historia son atemporales y característico del espíritu del sistema de cosas reptiliano que las primeras comunidades de discípulos de Yeshúa sabían que había que evitar (1 Juan 2:15-17).
Alrededor del año 3.000 a.C., Nimrod, coronado como el primer rey emperador, fundó la ciudad de Babel, desde donde comenzó a gobernar la tierra en abierto desafío al Eterno Dios.
Nimrod era hijo de Kus, nieto de Cam y bisnieto de Noé y pasó a la historia como un célebre cazador, gran guerrero y despótico opresor, que se opuso a Yahvéh (Génesis 10: 8-11).
Según la tradición histórica, Nimrod hizo la guerra a la descendencia de Jafet, la esclavizó y le arrebató todas sus tierras. Y desafiando con soberbia a Yahvéh, nuestro Dios, ordenó construir una gran torre con el propósito de alcanzar el Cielo e invadir la propia morada del Creador. Su intención era robarle al Eterno los lineamientos y las pautas del diseño de Su Proyecto Mesiánico y el Plan de Salvación que en él se escondía.
Es evidente que Nimrod pretendía llegar hasta la mismísima residencia de Dios, desplazar su autoridad y lanzarse a la conquista del mundo aduciendo ser la «simiente de la mujer«, o sea el Mesías prometido en Edén (Génesis 3; 15).
La gran torre pensada por Nimrod dominaría la ciudad, tanto arquitectónica como culturalmente. Serviría como centro de la vida política y religiosa de la población, y sería un símbolo de su unidad y poder.
Y así fue que comenzaron los babilonios la colosal edificación, levantando una torre como jamás había visto el hombre. La torre de Babel fue un gran logro humano, una maravilla del mundo post-diluviano.; pero era un monumento dedicado a la gente mismo y no al verdadero Dios. Por ello, hoy es el símbolo más puro del sistema de gobierno antagónico que el mundo escogió desde el principio. Este sistema de gobierno excluye siempre al Creador Eterno, procurando la constante rebelión del ser humano, que conduce a colocar todo lo que el hombre hace por encima de todo. Este es el inicio del humanismo. Todo el conocimiento cainita (simiente de la serpiente) resucitó aquí, pero esta vez organizado en un sistema totalmente anti-Cristo, que ni el mismo Dios podría derrocar si se le permitía continuar (Génesis 11: 6).
El humanismo se inicia con la humanidad poniéndose en el lugar del Señor, y eliminándolo a Él del centro de nuestras vidas. Los humanistas no creen en Dios; por el contrario, ellosse convierten en un dios para sí mismos. Ellos sostienen que todo el mundo tiene el derecho a determinar su propio destino. Ellos creen en la ética situacional y no tienen ningún concepto de autoridad absoluta. Su deseo es forzar al Eternoa plegarse a su voluntad. Las Sagradas Escrituras revelan que las personas que piensan así son sabios a sus propios ojos e inteligentes a su propia vista (Isaías 5:21). Por eso, sin duda alguna, el proyecto de Nimrod era un desafío a la soberanía del Eterno y a Su propósito mesiánico para con la humanidad.
El texto relata que el Altísimo supo acerca del desafío que se le hacía y decidió bajar a la Tierra para castigar tanta insolencia.
“ Y descendió el Señor a ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de Adán, y dijo. ‘He aquí, el pueblo es uno solo, y todos tienen un mismo lenguaje; y han empezado esta fábrica, y no desistirán de sus ideas, hasta llevarlas a cabo. Ahora, pues, descendamos y confundamos allí mismo su lengua, de manera que el uno no entienda el habla del otro.”
(Génesis 11: 6-7)
Cayó la ira de Dios sobre Babel y se desplomó la gran torre provocando indescriptible espanto. Y ocurrió que la gente, dejó de entenderse y se dispersó por todas las regiones llena de espanto y temor.
Por esto es que conviene saber que el nombre hebreo de Babilonia es Babel, que significa «la puerta de Dios». Pero, es interesante decir, que a su vez, la palabra Babel se deriva de la raíz hebrea balal, que significa «trastornado» o «confundido». Por ello, Babel significaría “puerta en donde Dios trastorna y confunde”. La mayoría de los especialistas vincula a esta ciudad con Babilonia, la cual se convirtió finalmente en sinónimo de la última ciudad malvada que persiguió al pueblo de YHVH.
Esto fue, por supuesto, un acto de rebelión contra Dios en oposición con Su pacto con Noé (9:1 y 7).
Este logro humano orgulloso era nada más que un retorno al esfuerzo de Adán y Eva de ser como Dios a su manera tal y como la serpiente les dijo (Génesis 3:5). Todas este conjunto de naciones, bajo la guía de Nimrod, en el orgullo de sus corazones, querían decir: «Yo soy un dios» (Ezequiel 28:2). Y al hacerlo ellos estarían emulando al padre de mentira, el diablo. De este modo el hombre rebelde emerge en forma independiente de la voluntad divina, declarándose por sí mismo capacitado para transforma todo (Mesías) sin necesidad de comulgar con el Eterno, su Fuente de propósito. Nimrod, y todos sus súbditos, querían ser autónomos y apropiarse del poder divino para gobernar sin el menor vestigio del reinado de Yahvéh. Querían trascender sus limitaciones humanas sin la Instrucción (Torah) del Eterno. Así es como nuevamente se manifestó la apostasía, trayendo nuevamente al hombre de pecado como un anti-diseño del propósito del Señor. Así será descrito, en el siglo I, por el apóstol Pablo este tipo de espíritu anti-Cristo:
«Éste se opone y se levanta contra todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de adoración, hasta el punto de adueñarse del templo del Señory pretender ser Dios.»
(2 Tesalonicenses 2:4)
Por eso es que el objetivo de Nimrod fue frustrado por el mismo Yahvéh, y todos aquellos seres humanos fueron obligados por el Eterno a dispersarse por toda la faz de la tierra (11: 4). Este fue el método que el Señor usó para dispersar a los seres humanos de manera que el reino que hombre reptiliano (simiente de la serpiente) estaba creando nunca excluyera la manifestación del Reino de Dios.
Al leer este relato notamos que la Torre de Babel no era un monumento al único y verdadero Dios, sino a la humanidad orgullosa de su fuerza política. Revela la arrogante actitud del hombre, desafiante, rebelde contra YHVH. Y porque querían excluir a Dios, notamos que Su Nombre está apropiadamente ausente de esta sección.La expresión «hagámonos un nombre» (en hebreo Shem), habla de hacer una falsa imagen de Sem, en quien se concentraba las promesas de la bendición mesiánica (simiente de la mujer). Es decir que con esta palabra Nimrod y sus súbditos expresaron el deseo de establecer por ellos mismos un anti-Mesías de poder mundano que dirigiera los designios del destino planetario. La expresión refuerza la pretensión humana, su apetito de gloria, y su rebeldía contra el Eterno. Anhelaban fama, sin darle la gloria al Nombre del Señor. Esto se refuerza cuando consideramos detenidamente las palabras del Eterno sobre dicho intento
«… y se dijo: «Todos forman un solo pueblo y hablan un solo idioma; esto es sólo el comienzo de sus obras, y todo lo que se propongan lo podrán lograr.»
(leer nuevamente verso 6)
Con estas palabras el Eterno reveló que la construcción del sistema de Babel era únicamente el inicio de un camino mayor de rebelión jamás visto en la historia humana, incluso hasta nuestros días. La reunión de todas la fuerzas materiales en un centro común hubiera conducido al despotismo universal y al desarrollo pleno de lo que, como anticristo, se reserva para el juicio de los últimos días.
Este proyecto reptiliano, hoy llamado «Babilonia la Grande» (Apocalipsis 17:5), es una civilización apoyada sólo en la autonomía y recursos humanos que rehúsa al Creador y Su Instrucción (Torah) y pierde por lo tanto la capacidad de oír al Eterno. Es una sociedad totalmente secular y, reitero, humanista, de cualquier lugar y cualquier época, que ubica al hombre en el centro del universo y lo erige como un dios. Se constituye por tanto en la civilización desafiante del propósito eterno de Dios y enemiga de la manifestación de Yeshúa, el Mesías (Hechos 4: 25-27). Por eso, en la Venida del Señor, esta civilización anti-Dios será finalmente enjuiciada y destruida (Ap. 18).
Por lo tanto, la Babel de la Tierra se contrapone a la Jerusalén celestial; la ciudad del hombre se opuso a la ciudad de Dios.
Volviendo a releer el relato, diré que frente a esta actitud desafiante, el Eterno responde con justicia, pero usando la misericordia en fidelidad a Su naturaleza amorosa y a Su promesa de no destruir totalmente a la humanidad.
En primer lugar, el Eterno reconoce que el proyecto humano se debe a la unidad y al poder del acuerdo mutuo de desafío.
En segundo lugar, el Eterno, en su divinidad plena, decide truncar el proyecto que alejaría a la humanidad del propósito divino y causaría su autodestrucción. Dos acciones divinas logran este doble cometido: confunde el lenguaje que los hombres dominaban (el lenguaje del Uno) y los dispersa sobre la faz de la Tierra.
Diré aquí, que la confusión del lenguaje no es tan sólo la diversidad de idiomas que crea barreras a las naciones, sino más bien la diversidad de intereses y ambiciones que mantiene a las naciones desunidas y en constante conflictos y guerras.
Si ahora reflexionáramos rápidamente en la Historia Universal de la humanidad, notaremos que a través de las distintas épocas, grupos de naciones por decisión voluntaria o por imposiciones, con fundamentos políticos o religiosos, se han unido, se han engrandecido y han creado civilizaciones imperialistas que rechazan al Eterno y Su Instrucción, tal y como fue en Babel. Las mismas, volviéndose idólatras, rechazan y violan el propósito eterno de Dios para la humanidad. Las violaciones más comunes son las de opresión política y social, explotación comercial desequilibrada que enriquece a unos pocos, en la cima de la pirámide o torre, y empobrece a otros en su base. De ese modo aparecen sus expresiones más violentas, como la esclavitud, la depredación de recursos naturales, destrucciones de territorios, razas y culturas enteras, llegando finalmente al genocidio.
Por eso, hoy al estudiar este proyecto reptiliano llamado Babel o Babilonia, podemos rescatar dos principios importantes:
Primero: el hombre no redimido continuamente rechaza al Eterno y Su Torah (Instrucción) creando una civilización anti-amor, totalmente inhumana y explotadora.
Segundo: El Eterno no tolera dicho proyecto, llámense Imperios, Uniones de Repúblicas, o de Estados, Confederaciones, Ligas o Comunidades de naciones. Por eso siempre y cuando una civilización busca la unidad en arrogancia, cae bajo los juicios divinos y es totalmente desbaratada (Salmo 2: 1-5; Isaías 7; Romanos 2).
La ciudad primitiva, anti-Mesías, que no se llega a terminar, es hoy el símbolo de la inagotable y obsesionada búsqueda del hombre de la «religión perfecta», ecuménica o universal que permite un único gobierno y una sola economía mundial. Pero esto es una quimera, un imposible. Por más que nos empeñemos, ya nos advierte el Señor que no es ese Su camino y por esto el nombre de ella es Babel, que significa confusión espiritual para conocer a Dios. El mensaje está bien claro para todos los hombres. La verdadera unidad se basa únicamente en el Señor y en la vida espiritual que en Él hay y que fluye hacia los hombres por medio del Mesías y Su Yugo bendito.
«Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también fueron llamados a una sola esperanza; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos y por medio de todos y en todos«.
(Efesios 4:4-6)
Cuando cualquier ser humano se revela contra el Eterno, Él viene, como Señor, para ver lo que está ocurriendo y lo confunde. El Señor castigará la arrogancia y la desobediencia.
Todo queda bien claro: ¡La confusión es, y será, siempre el destino inevitable de todos los planes hechos por el hombre sin Dios!