Por P.A. David Nesher
«Fueron los días de Sará cien años y veinte años y siete años, los años de la vida de Sará. Sará murió en Kiriat-Arba- ahora Hebrón, en la tierra de Canaán, y Abraham vino a honrar a Sará y a llorarla.»
Génesis 23:1-2
¡Shalom a todos los buscadores de la Verdad, a aquellos que no se conforman con las migajas de la literalidad y anhelan los secretos que el Eterno ha ocultado para los sabios!
Hoy nos adentramos en una de las porciones más paradójicas y, a la vez, más ricas de la instrucción divina: la parashá Jayei Sará (חיי שרה), que la tradición traduce como «la vida de Sara». Pero, ¡un momento! Al abrir el texto sagrado en Génesis (Bereshit) 23, nos topamos con una contradicción que a la mente occidental y religiosa le cuesta asimilar: la porción que se titula «la vida» de la gran matriarca comienza, precisamente, narrando su muerte y la intensa negociación de Abraham para adquirir una sepultura en la cueva de Macpelá.
¿Por qué el Eterno llamaría «la vida» a un relato que se estrena con la muerte física? Aquí es donde el sistema nos quiere tomar por tontos, manteniéndonos en la superficie de lo literal. Lo literal es apenas la puerta; la verdadera riqueza, el Sod (el secreto), nos enseña que la muerte física de un hombre o una mujer de pacto no acaba con la esencia vital o la vitalidad que ese ser humano sembró en la tierra.
La palabra hebrea utilizada no es simplemente Jaim (vida), sino Jayei (חיי), que connota una vitalidad que fluye, una fuerza que se multiplica y que trasciende. El desafío de esta parashá no es saber cuántos años vivió una anciana en la antigüedad; el desafío es comprender cómo lograr que nuestra propia esencia —que es el amor de Dios— madure hasta convertirse en amor perfecto, de modo que cuando nuestra partida física llegue, nuestra vitalidad quede encendida para siempre.
I. El desglose de los 127 años: no es Matemática, es Madurez
El texto de Bereshit 23:1 nos dice de una manera muy particular, que la traducción al español suele simplificar: «Y fue la vida de Sara cien años, y veinte años, y siete años; estos fueron los años de la vida de Sara».
En el original hebreo, la repetición de la palabra «años» (shaná en singular, y shanayim en plural) no es un error de redacción; es un código pedagógico. Nos está hablando de tres etapas, de tres dimensiones de la interioridad humana que deben ser integradas para alcanzar la perfección del alma (Teshuvá y Tikún). Sara no solo acumuló tiempo; ella perfeccionó tres niveles de su ser:
A. Los 7 años: la Custodia de la Ingenuidad (la Vasija de la Luz)
¿Por qué la Torá menciona los «7 años» al final de la cifra, pero con una importancia plural? Los primeros siete años de vida son el territorio más sagrado de la existencia humana. Aquí es donde se juega la «ingenuidad».
Pero cuidado, no usemos el término «ingenuo» bajo el engaño del sistema, que lo asocia con la tontería o la vulnerabilidad ante el abuso. Si vamos a la etimología latina, ingenuus significa «aquel que nació en plena libertad, para nunca ser esclavo», el que porta un buen linaje y vibra desde su interior para extenderse a algo mejor. ¡La ingenuidad es la vasija de nuestra luz! Es el estado de pureza original donde el alma se sabe libre.
Lamentablemente, la religión y el materialismo de este mundo dañan esa ingenuidad. En lugar de vacunar espiritualmente a los niños, llenando su interior con las siete cualidades emotivas de la luz (Amor, Confianza, Inspiración, Reflexión, Abnegación, Paciencia, Determinación y Empatía), los padres se obsesionan por protegerlos de lo externo, o los exponen a mentiras culturales y temores que fracturan su esencia.
Custodiar los 7 años significa blindar el corazón del niño para que, aun cuando crezca y enfrente un mundo hostil, su esencia de libertad no sea apagada. Si tu ingenuidad fue dañada en la infancia, el Eterno te llama hoy a buscar la curación de esos recuerdos; porque sin un niño interior sano, no hay adultez con sabiduría.
B. Los 20 Años: la Determinación y la Adquisición de Sabiduría
A los 20 años, el ser humano alcanza la plenitud de sus facultades intelectuales y de su fuerza. Es la edad de las proyecciones, del ímpetu. La Torá nos enseña que a los 20 años, Sara tomó una decisión fundamental: determinó que su juventud y su vigor no se desperdiciarían en vanidades, sino que se convertirían en la vasija para adquirir Sabiduría (Jojmá).
La sabiduría no se encuentra en las academias ni en las universidades de este sistema; es un don que desciende de la Fuente eterna (Santiago 1:5) para quienes deciden someter su intelecto a la instrucción (Torá) del Creador. Sara usó su juventud para construir el carácter que sostendría su vejez. Vivir los «20 años» en el diseño divino es asegurar que la fuerza física esté gobernada por un entendimiento superior, y no por los impulsos de la carne.
C. Los 100 Años: la Fortaleza de la Plenitud
Llegar a los «100 años» en la dimensión de Sara no representa el desgaste o la decrepitud, sino la fortaleza que corona una vida coherente. Cuando una persona ha custodiado la libertad y pureza de sus primeros 7 años, y ha llenado su juventud (los 20) con la sabiduría del Eterno, la vejez no es una carga de enfermedades y amarguras, sino la etapa de mayor vigor espiritual y jovialidad.
La jovialidad no es un intento ridículo por parecer joven (lo que el mundo llama «pendejo viejo», que no es más que un cúmulo de complejos), sino la retención de la creatividad, el asombro y la fuerza interior que el Espíritu del Eterno otorga a quienes rompen con la iniquidad de sus antepasados. Sara llegó a su madurez con la misma pureza de los 7 y la misma vitalidad de los 20.
II. El Propósito Verdadero: de Existir a Vivir
Mis amados, el gran secreto de Jayei Sará es que debemos trabajar nuestra alma en su parte más profunda. El Eterno es Amor (1 Juan 4:8); esa es Su esencia, no un simple sentimiento. Nosotros, al ser creados a Su imagen y semejanza, portamos esa chispa. Nacemos con la semilla del amor, pero nuestra tarea en esta tierra es procesar nuestra alma hasta que esa semilla se convierta en amor perfecto.
Para lograrlo, es imperativo iniciar la curación de los recuerdos. Muchos de los que me escuchan o me leen intentan avanzar en su propósito, pero están atados por las heridas de sus primeros siete años. Los recuerdos no se sanan olvidándolos o enterrándolos bajo una capa de activismo religioso; los recuerdos se curan contándolos, exponiéndolos a la luz en una terapia pastoral y de acompañamiento que desactive el dolor y restaure tu linaje de libertad. Esto requiere valentía, especialmente para los varones, quienes a menudo prefieren ocultarse tras la falsa premisa de que «el pasado ya pasó».
No procures tener un gran nombre mientras estás vivo en este sistema; asegúrate de que tu nombre, tu esencia y tu impacto queden grabados en la eternidad y en las generaciones que te sucedan. Que cuando tu cuerpo físico vaya a la tierra, tu vitalidad (tu Jayei) quede encendida.
Te propongo hoy, en el nombre de Yeshua, que te animes a sanar, a integrar tus 7, tus 20 y tus 100 años en un solo fluir de obediencia y amor. No te limites a existir bajo las reglas de este mundo. ¡Atrévete a vivir de verdad, para que cuando mueras, comiences a existir para siempre!
¡Hasta que todos lleguemos a la estatura de un alma perfeccionada!
Shalom u’Berajá (Paz y Bendición).
Los invito a meditar en esta catequesis tan especial para traer sanidad a toda alma redimida en la Sangre de Yeshúa.
