Por: P.A. David Nesher
Introducción: ¿A qué estamos llamados?
Vivimos en una época que le tiene pánico al para siempre. El mundo contemporáneo nos ofrece contratos temporales, relaciones líquidas y vínculos basados en el beneficio mutuo o la satisfacción emocional pasajera. Vivimos en una época que ha aprendido a hablar de amor sin poder ya definirlo. Se lo reduce a emoción pasajera, a contrato revocable, a preferencia de consumo. El noviazgo se disuelve en el ensayo indefinido; el matrimonio, cuando llega, se firma con la sospecha ya incorporada de que podrá deshacerse.
Por esto, en medio de esta crisis de compromiso, hablar de matrimonio parece, para muchos, un anacronismo. Sin embargo, el Eterno, en su obra redentora, nos lanza un salvavidas intelectual y espiritual. Él nos recuerda una verdad fundamental: el matrimonio no es un invento social, ni un mero trámite legal, ni siquiera un simple acuerdo biológico. Es un estado existencial profundo.
Hoy, a quienes están viviendo la etapa del noviazgo o los primeros años de matrimonio, se les presenta un desafío titánico y hermoso. El noviazgo no es una sala de espera pasiva, ni un tiempo de mero disfrute romántico; es el campo de entrenamiento, la escuela donde un varón y una mujer se preparan para el acto más radical de libertad humana: la donación total de sí mismos para convertirse en «una sola carne«.

I. El amor humano antes del matrimonio: comunicación, ensimismamiento y asentimiento
Para comprender el diseño debo aquí señalar que la pareja en alianza de amor (matrimonio mesiánico) no comienza por la boda. Se inicia por algo más hondo: la comunicación inter-personal. El ser humano, se comunica consigo mismo, se comunica con el tú del otro, y se comunica con Dios; y es en esa triple comunicación donde nace y madura el amor. El noviazgo, es precisamente ese tiempo en que dos personas comienzan un proceso de ensimismamiento recíproco: un ir «fundiéndose» el uno en el otro sin perder, sino profundizando, la propia identidad.
Es fundamental entender que este proceso es «inexhausto, nunca concluido, nunca agotado» (filósofo Alberto Caturelli). No es un enamoramiento que un día «se logra» y luego se administra; es una tendencia radical, una entrega que se va haciendo día a día. Por eso el amor conyugal es esencialmente altruismo, una suerte de negación de sí mismo en el acto de darse al tú: lo contrario exacto del egoísmo, que el autor llama «la raíz del mal».
Cuando ese proceso llega a su punto culminante, aparece lo que podríamos llamar el asentimiento: el «sí, quiero» que sella la sociedad conyugal. Y aquí me es necesario hacer una observación filológica preciosa: asentir viene del latín ad-sentio, que no solo significa “afirmar”, “aprobar”, “estar de acuerdo”, o “adherir con verdad”, sino también sentir una misma opinión”. El «sí» del matrimonio no es una fórmula jurídica vacía; es, sino un contrato metafísico, anterior al contrato jurídico que en él se funda. Reducir el matrimonio a mero contrato positivo es empobrecerlo hasta dejarlo vacío.
De ese asentimiento nace lo que se conoce como la libertad inaugural y perenne: un acto de libertad que, una vez ejercido, excluye a todo otro varón o toda otra mujer, y que no admite intermisión (interrupción, pausa, o cese) sin autonegarse. No es la libertad menor de elegir entre opciones indiferentes, ni todavía la libertad total y absoluta; es una libertad intermedia, como una fuente de agua pura que no debe agotarse nunca, como el vino mejor y más sabroso cuando se guarda en el fresco de la bodega del alma. Este es el punto pedagógico central para quienes acompañamos noviazgos: el noviazgo no es el ensayo de un vínculo revocable; es la preparación de un acto de libertad que, cuando se ejerce en el matrimonio, se vuelve irrevocable.
- El Espíritu Encarnado: Amar a la persona entera
Para entender hacia dónde vamos, primero debemos entender qué somos. Por ello necesito recordarles que el ser humano no es un fantasma en una máquina. No somos un alma atrapada en un cuerpo, ni somos un pedazo de materia evolucionada. Somos una unidad indisoluble: un «espíritu encarnado«.
¿Qué significa esto para el noviazgo y el matrimonio?
Significa que no amamos solo las ideas del otro, ni amamos solo su físico. Amamos a la persona entera. En el noviazgo, el gran peligro es la fragmentación del amor. Cuando reducimos al otro a su apariencia o al placer que nos produce, estamos fragmentando su ser.
El matrimonio es la consumación de esta unidad. En el acto conyugal, donde los esposos se hacen verdaderamente «una sola carne», no hay separación entre cuerpo y alma. La unión física no es un mero desahogo biológico; es el lenguaje del cuerpo que grita lo que el alma ya ha prometido: «Te pertenezco en esta vida hasta el final de los días«. Por lo tanto, el noviazgo debe ser el tiempo en el que se forja el respeto absoluto por el misterio del otro, cultivando una comunicación profunda y una pureza que proteja ese lenguaje del cuerpo hasta el día de la donación definitiva.
- Doctrina y Mística: El matrimonio como camino a la santidad.
A menudo pensamos en los místicos como monjes aislados en una cueva o santos en éxtasis profundo. El Eterno, sin embargo, en Su revelación (Torah) eleva el matrimonio a una dimensión teológica y mística asombrosa. Desde mi juventud, apoyándome en la visión del apóstol Pablo a los Efesios, he mantenido vivo en mi mente el concepto de que el amor entre un varón y una mujer es el reflejo terrenal del amor entre el Mesías y su Kalá (Novia) de donde viene Kehilá (Iglesia, Asamblea, Congregación).
El amor conyugal tiene sed de infinito. Cuando un joven le dice a su novia en serio «te amo«, implícitamente le está diciendo «no quiero que mueras jamás«, «quiero que seas eterna«. El amor humano aspira a lo absoluto, y al entregarse plenamente al cónyuge, el ser humano está amando a Yahveh Ejad a través del otro.
El noviazgo, entonces, es una etapa de discernimiento espiritual. Es el momento de preguntarse: ¿Me acerca esta persona a Yah? ¿Nos estamos ayudando mutuamente a ser mejores, a ser santos? El matrimonio no es un obstáculo para la vida espiritual; es, de hecho, la vocación específica, el camino de santidad para la inmensa mayoría de los seres humanos.
II. El matrimonio: un estado existencial nuevo, «dos en una sola carne»
Según la revelación divina de la Torah el ser humano fue creado como vir-virago, varón-mujer [para expresar el hebreo ish – ishá (o eshet jayil, אֵשֶׁת חַיִל) = «mujer fuerte», «mujer de valor», «mujer guerrera», «mujer con coraje admirable» o «mujer virtuosa»]; es decir como unidad ontológica y diversidad en el tiempo, lo cual genera una tendencia radical a la «trans-fusión» del uno en el otro. Cuando esa trans-fusión se consuma en el don total de la persona —no en un simple «ayuntamiento» físico— se inaugura un estado existencial único y nuevo.
Es decisivo notar el matiz del lenguaje: la palabra «matrimonio» del latín matrimonium, que se forma de la unión de mater (madre) y –monium (calidad, oficio o condición de) significaba el derecho y el estatus legal de una mujer para ser reconocida como madre legítima de los hijos dentro de una unión. Desde esto la palabra nombra apenas un aspecto de esta realidad; más precisa es la expresión sociedad conyugal, de conyugare, atar, ligar. El conjux, que etimológicamente significa «el que comparte el mismo yugo» o «el unido» es quien se ata al otro (desde esta idea viene cónyuge). Y los ayuntamientos sin el don total de la persona, no sólo no constituyen un estado existencial nuevo, sino que manifiestan una multiplicidad negativa, propia de un [hombre] totalmente des-integrado. Es decir: sin entrega total de la persona, el cuerpo se une pero el estado existencial nuevo no llega a nacer. Esta es una de las distinciones más urgentes para nuestra época: no toda unión sexual es unión conyugal; solo lo es aquella que se da en la totalidad de la persona.
De aquí surge la fórmula bíblica que da título al libro: «dos, una sola carne« (Gn 2,24). No se trata de una metáfora poética, sino de una descripción exacta de lo que ocurre: alma y cuerpo se donan en un estado inexpresable; el nuevo estado no es mera suma (uno + uno), sino una unidad-unidad como un tejido de hilos esenciales:
- La libertad inaugural y perenne, ya mencionada.
- La alianza del amor, simbolizada en la jupa, el anillo esponsalicio y en el beso nupcial, figura del amor fiel del Mesías y su Kehilá o Iglesia.
- La unión conyugal misma, donde el acto uno, único, uno por uno expresa lo que las palabras no alcanzan.
- La fidelidad conyugal, manifestada en tres tiempos: inicial, progresiva y final —una fidelidad que no se agota en la promesa del día de la boda, sino que se profundiza cada día hasta que la muerte física separe (Rom. 7:1-2).
- La fecundidad conyugal, espiritual y carnal a la vez, que hace de la pareja epifanía de la sociedad humana.
- La Epifanía del Amor: La familia que nace de la donación
El verdadero amor jamás se clausura en sí mismo. El egoísmo de a dos no es amor conyugal. El Eterno sostiene en Su Torah (Instrucción) que la dinámica de hacerse «una sola carne» refleja la Unidad divina: un amor tan inmenso, tan perfecto y tan donativo entre el Padre y el Hijo, que respira a una tercera persona, el Espíritu Santo.
De la misma manera, el amor entre los esposos, por su propia naturaleza, tiende a la vida. Es un amor que «se desborda» y encarna en el hijo. La familia se convierte así en una epifanía, una manifestación visible y tangible del amor mesiánico que permite el tikún olam (reparación del mundo).
Durante el noviazgo, los jóvenes no solo están eligiendo a un esposo o a una esposa; están eligiendo al padre o a la madre de sus futuros hijos. Están sentando las bases de la «primera sociedad«. Frente a un Estado que muchas veces busca invadir la esfera privada, el estudio de la Torah nos recuerda que la familia es anterior al Estado. Es el único fundamento inquebrantable del orden social. Una familia fuerte, unida por el amor de donación, es el acto de mayor rebeldía contra un mundo que se desmorona.
- La Resistencia frente a la Modernidad
No podemos ser ingenuos. El noviazgo y el matrimonio cristiano se viven hoy en territorio hostil. La última gran advertencia que necesito aquí hacer es una crítica radical al inmanentismo moderno, esa mentalidad (que incluye el individualismo, el hedonismo y ciertas ideologías contemporáneas) que ha intentado vaciar de significado el misterio nupcial. [El inmanentismo es una corriente filosófica que sostiene que el principio, la causa o el fin de la realidad reside intrínsecamente en el propio universo o en el sujeto pensante. Afirma que no existen fuerzas, divinidades ni realidades externas o superiores (trascendencia) que determinen o gobiernen el mundo material].
La modernidad líquida en la que peregrinamos nos dice que la libertad consiste en no tener ataduras. Nos dice que la sexualidad es un pasatiempo individualista, desconectado de la procreación y del amor definitivo. Al separar el acto unitivo del procreativo, al divorciar el cuerpo del espíritu, la sociedad actual ha generado una profunda incomunicación. Paradójicamente, en la era hiperconectada, los corazones nunca han estado tan solos.
El matrimonio, bajo esta lente ideológica, se degrada a un contrato rescindible en el momento en que desaparece la «mariposa en el estómago». Frente a esto, la preparación en el noviazgo exige valentía. Requiere ir a contracorriente. Significa entender que el amor no es un simple sentimiento fluctuante, sino un acto de la voluntad. Se ama porque se decide amar.
Y frente a la mentalidad hedonista que reduce el matrimonio a acuerdo revocable, acuñaremos hoy una imagen que no dejará indiferente a nadie en esta sala: llamar al divorcio «el vampirismo, aquí y ahora». Me explico mejor: cuando el encuentro es solo extrínseco, «uno ‘toma’, ‘succiona’ al otro; no da sino ‘quita’. Y como decía el filósofo francés Gustave Thibon:
“En el divorcio hay «algo peor que el pecado: el deseo fraudulento de ganar dos apuestas jugando a un solo color […]. Cuando ya no hay frutos prohibidos, nos quedan frutos podridos.»
(Libro: «Lo que Dios ha unido” (Ce que Dieu a uni))
La frase utiliza un juego de palabras brillante y crudo («Cuando ya no hay frutos prohibidos, nos quedan frutos podridos«), un recurso aforístico muy característico de su pluma para criticar cómo la modernidad, al intentar eliminar las reglas o los límites morales (los frutos prohibidos), termina arruinando la experiencia misma (los frutos podridos). Thibon veía en la mentalidad moderna del divorcio una trampa egoísta: el intento de disfrutar de la seguridad del matrimonio tradicional conservando a la vez la libertad total de la soltería (lo que él llama «el deseo fraudulento de ganar dos apuestas jugando a un solo color»).
Por eso es importante decir que el «vampirismo» divorcista es a la vez causa y efecto de la disolución social contemporánea, porque el don mutuo no es sólo compromiso de dos, sino compromiso con el todo.
III. Dos son tres: el amor triádico y teándrico
Llegamos ahora al punto más audaz —y más consolador— de toda la revelación divina del diseño matrimonial; y es que no podemos detenernos en afirmar que el matrimonio es un estado existencial nuevo entre dos personas. Debemos dar un paso más, de una hondura teológica extraordinaria: la unión conyugal es, pues, dos en una sola carne que son tres.
¿Por qué tres? Porque ninguna causa creada puede darse el ser ni el amor a sí misma sin la causalidad divina que la sostiene en cada instante. El Eterno no es un espectador lejano del amor conyugal: es quien mueve —sin coaccionar— la libertad de los esposos, potenciándola y perfeccionándola. Por eso podemos calificar este amor de triádico: un «conjunto-uno de tres» —el yo, el tú, y el Tú infinito que los sostiene— que se reitera día a día, instante por instante, como quien entra y sale de la colmena del hogar.
Y añado aquí algo aún más alto: cuando ese amor conyugal es fuerte, verdadero, “más fuerte que la muerte» (Cantares 8:6), tiende a fundirse con el amor divino mismo. Por eso lo llama amor teándrico [griego: theos (Dios) y aner (hombre)]: divino-humano a la vez; expresando el amor de Dios manifestado a través de una naturaleza humana. El matrimonio terminará con la muerte de uno de los esposos pero el amor no termina, porque está inscripto en la eternidad.
Recordemos que el relato de la creación no separa la imagen de Dios de la sexualidad humana: «a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Gn. 1:27). Aquí la revelación divina sostiene que el ser humano se convierte en imagen y semejanza de Dios no sólo a través de la propia humanidad sino también a través de la comunión de las personas. Hay, así, una analogía real —no una metáfora decorativa— entre la fecundidad intra-ejad eterna (el Padre que engendra al Hijo en el Espíritu) y la fecundidad procreadora de la unión de los esposos. El amor conyugal, entonces, no es solo semejante al amor de Dios: participa de él, lo hace visible, lo prolonga en el tiempo.
Aquí está, hermanos, la razón última por la que el amor humano no puede reducirse jamás a impulso biológico ni a preferencia negociable: porque su arquetipo es el amor mismo que circula eternamente entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Conclusión: La mayor de las aventuras.
Convertirse en «dos en una sola carne» no es el final del cuento de hadas; es el inicio de la mayor aventura humana. Requiere heroísmo. Exige renunciar al «yo» egoísta para construir un «nosotros» indestructible.
A los que están en noviazgo: entiendan que lo que están construyendo no es un ensayo revocable, sino la preparación de un acto de libertad inaugural que un día, si Dios quiere, se hará irrevocable. Cuídenlo con esa seriedad. Por favor, utilicen este tiempo sabiamente. No lo desperdicien jugando al matrimonio antes de tiempo, ni lo reduzcan a mera superficialidad. Conozcan el alma del otro.
A los que ya son «una sola carne»: recuerden que no son dos, sino tres; que el Tú infinito no está afuera de su matrimonio, sino sosteniéndolo desde adentro, cada instante, y que la fidelidad no se agota el día de la boda: es inicial, progresiva y final, hasta la eternidad. Mantengan viva la llama de la dignidad de su vocación. Ustedes son el reflejo del amor de Dios en la Tierra. En un mundo oscuro, roto y desorientado, un matrimonio que se ama verdaderamente, que se dona y que acoge la vida, es el faro de luz más poderoso que existe.
Y a todos: recuerden que un matrimonio, por pequeño y silencioso que parezca, es la célula desde la cual se sostiene o se derrumba una sociedad entera. Cuidar su amor no es un asunto privado. Es cuidar el fundamento inquebrantable sobre el cual el Eterno ha querido edificar el mundo.
¡»Dos, una sola carne.» Y en esa unidad, misteriosamente, siempre son tres!
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