Descodificando las parashot Matot-Masei
Por P.A. David Nesher
Estamos sellando el final de una meditación profunda en el libro de Bamidbar (Números), preparándonos para el inmenso desafío que representa estudiar el Sefer Devarim (Libro de Deuteronomio).
Necesito aquí reiterar y así recordarles que la Torah no es un simple recuento histórico literal; si la abordamos únicamente desde su literalidad, las fuerzas del «Otro lado» (hebreo: Sitrá Ajra) oscurecerán nuestra mente y nos opondremos al mensaje de luz que encierra. Por el contrario, los estudios de estas sagradas porciones deben transformarse en nuestra praxis diaria en herramientas de ticún (reparación), diseñadas para refaccionar el mundo físico y permitir que las chispas de luz escondidas en la creación revistan nuestra alma y santifiquen el Nombre divino.
A la luz de las porciones gemelas de Matot y Masei, el Eterno nos llama a comprender la responsabilidad cósmica de nuestra encarnación. El ser humano no fue creado para estar sujeto a la engañosa doctrina de un ciclo kármico de reencarnación; por el contrario, somos la encarnación directa de la chispa divina infinita llamada Tzelem Elohim (Imagen de Dios), colocados deliberadamente en este ecosistema. Mientras que los animales extraen la luz del reino vegetal, y este a su vez del mineral, nuestra vocación consiste en administrar correctamente estos tres reinos para extraer sus chispas de luz, elevando toda la materia a un mayor grado de refinamiento.
Para lograr esta elevación de la materia, todo el libro de Bamidbar nos ha instado a trabajar en la corrección de nuestro mundo emocional, forjando lo que la Sabiduría espiritual de la Torah denomina Zeir Anpin. El Eterno necesita imperativamente una vasija para poder manifestarse, y esa vasija interior es nuestro «carácter mesiánico» (el carácter del Mesías). Un ser humano justo (tzadik) es aquel que ejerce inteligencia emocional para dominar sus emociones, tomando decisiones que determinarán un destino de bendición para sí mismo y para sus futuras generaciones. Si carecemos de este orden interior y nos dejamos dominar por las órdenes emocionales que dicta y programa la fisicalidad, viviremos atrapados en el «sistema reptiliano» del HaSatán, reaccionando con urgencia al caos y haciendo que el mundo exterior sea siempre un espejo de nuestro propio desorden interior. Poseer el carácter del Mesías significa eliminar la desconexión entre lo que pensamos y lo que hacemos, logrando la destreza espiritual para unir el mundo de arriba con el mundo de abajo.
La parashá Matot (tribus) nos confronta directamente con el poder creador de la palabra. Literalmente, la palabra mateh significa «madera firme y fuerte» y (desde este concepto) se refería al «bastón del líder». Un verdadero líder o padre de familia utiliza esta autoridad asumiendo que su palabra tiene el poder de generar mundos nuevos y establecer alianzas. Por esto, el Eterno establece una ley inquebrantable respecto a los votos (nedarim) y juramentos (shevuot):
«Cuando un hombre hace una promesa al Eterno… no debe profanar su palabra sino debe cumplir todo lo que haya dicho«.
Los sabios del Talmud y del Zohar coinciden en que el caos que impera en el mundo actual es el resultado directo de promesas no cumplidas. Cuando hablamos a la ligera o incumplimos un voto, nos conectamos a la «contra-fuente» (las fuerzas destructivas), llenamos nuestro entorno de juicios y rigor, y transformamos nuestra boca en algo profano.
Nuestra boca está diseñada para ser una vasija sagrada, similar a los utensilios del sagrado templo (Mishkán), los cuales santificaban inmediatamente cualquier elemento que era vertido en ellos. Cuando un ser humano purifica sus labios y se compromete a cumplir su palabra, las palabras nuevas que decreta se unen a la vibración de las palabras creadoras originales del Eterno, forjando nuevos universos y realidades en su entorno. La palabra está diseñada fundamentalmente para ordenar y evitar el caos.
Conectada a esta enseñanza se encuentra la porción Masei, que significa «etapas», «viajes» o «jornadas», y relata las 42 estaciones del desierto. El número 42 es un código espiritual que nos enseña que el alma humana, en su peregrinaje (especialmente en sus primeros 70 años), tiene 42 oportunidades para detenerse, sacar conclusiones correctas y reorientar sus compromisos. Aquí surge el dilema fundamental que todo estudiante de la Torah debe responder: ¿Estás corriendo una simple «carrera» dictada por la urgencia del sistema, o estás caminando en tu verdadera «misión»?
El propósito de esta misión no es conformarnos con atraer y disfrutar de la «luz revelada» (aquella energía que ya existe en el mundo físico y que obtenemos al ver lo positivo de la adversidad). El verdadero propósito supremo de nuestra encarnación es adentrarnos heroicamente en la oscuridad extrema para revelar la Or Ganuz (la Luz Oculta del Creador), la cual es infinitamente superior a la luz revelada. Quien asume este nivel adquiere el poder de saborear como dulce lo que los demás saborean como amargo.
El profeta Jeremías (Yirmiyahu) es el arquetipo de este trabajo espiritual; él aprendió a buscar y encontrar la luz oculta en medio de la peor de las oscuridades, demostrando el poder del verdadero Navi (profeta). Un Navi utiliza su palabra como semilla, sabiendo que está así trayendo recompensas divinas al mundo, tal como lo dice el salmista:
«Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas«,
Salmo 126: 5-6 (Reina-Valera 1960)
Finalmente, al estudiar el caso de las tribus de Rubén y Gad, descubrimos el principio de la expansión territorial de la Kedushá (Santidad). El Eterno nos enseña que no desea que la santidad permanezca limitada geográficamente, sino que seamos conquistadores que rompan los límites, llevando la presencia divina a los territorios donde reina la mundanalidad. En otras palabras al perfeccionar nuestro carácter mesiánico, honrar el poder sagrado de nuestra palabra y transformar la oscuridad en Luz Oculta (Or Ganuz), realizamos el ticún definitivo de los siglos, preparando la vasija colectiva de Israel para que nuestro amado Yeshúa el Mashíach deje de ser retenido y se manifieste en su máxima gloria.
Por todo esto, mis amados amigos, les solicito que tengamos extremo cuidado con lo que decretamos y enfoquémonos en extraer la luz para que nuestro accionar convierta lo mundano en santo. Como verdaderos discípulos de Yeshúa, este profundo entendimiento no puede quedar confinado a nuestro intelecto; nos convoca a un compromiso radical. No fuimos elegidos para ser meros espectadores de las sombras, sino para misionar activamente como la luz del mundo en medio de esta generación. Asumamos hoy el mandato de ser embajadores vivos del Reino, adentrándonos con valentía en la oscuridad para rescatar las almas atrapadas por el caos. Que cada paso de nuestra jornada sea un acto misionero, utilizando el poder de nuestra palabra restaurada para sanar a los quebrantados, guiar a los perdidos y sembrar redención. Levantémonos para cruzar nuestras propias fronteras de comodidad, encendiendo corazones con la Or Ganuz, y consagremos nuestra vida a la misión de preparar el camino para el inminente y glorioso regreso de nuestro Mesías.»
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