Por. P.A. David Nesher
A veces, las Sagradas Escrituras nos sorprende por su sentido del timing (capacidad de gestionar el tiempo, ritmo y sincronización para ejecutar acciones, decisiones o eventos en el momento preciso para maximizar resultados). Imagina la escena: el pueblo de Israel acaba de escuchar la voz de Yahvéh entre truenos y relámpagos en el Sinaí. Han recibido las Aseret HaDibrot (Decálogo o Diez Declaraciones). Uno esperaría que lo siguiente fueran leyes sobre templos majestuosos o rituales celestiales.
Sin embargo, la Parashá Mishpatim aterriza de golpe. El Eterno comienza a hablar de… siervos.
¿Por qué empezar por lo más bajo de la escala social? Porque en el Reino del Eterno, la justicia no es una idea abstracta; es la forma en que tratamos al otro. Y en esta primera aliyá (Éxodo 21:1-19), se esconde un misterio que conecta directamente con la figura del Mesías.
1. El Eved Ivri: Un retrato del Mesías
La Torah establece que un siervo hebreo debe trabajar seis años y recuperar su libertad en el séptimo. Pero aparece una excepción fascinante: el siervo que, por amor a su señor y a su familia, decide renunciar a su libertad.
«Yo amo a mi señor… no saldré libre» (Éxodo 21:5).
Aquí vemos un destello de Yeshúa. Él no vino a la tierra como un conquistador forzado, sino como el Siervo por excelencia. Siendo libre en las cortes celestiales, decidió «esclavizarse» a nuestra humanidad por un solo motivo: Ahavti (Yo amo). Su servicio no fue una carga legal, fue una decisión del corazón.
2. El Misterio de la Oreja y el Umbral
El ritual es casi cinematográfico: el señor lleva al siervo al poste de la puerta y le horada la oreja con una lezna.
- La Puerta: Es el mismo lugar donde se puso la sangre del cordero en Pésaj. Es el límite entre el afuera (el mundo) y el adentro (la familia).
- La Oreja: Simboliza la obediencia. Un oído «abierto» o «horadado» es uno que ha aprendido a escuchar la voz del Padre por encima de los ruidos del ego.
Cuando vemos a Yeshúa clavado en el madero, estamos viendo al Siervo que permitió que su cuerpo fuera «horadado» en el umbral de la eternidad para que nosotros pudiéramos entrar a la casa del Padre. Él es el Siervo que amó tanto a Su desposada (nosotros) que prefirió las marcas de la servidumbre antes que la libertad sin nosotros.
3. Justicia que restaura, no que destruye
La aliyá no se queda en lo místico; baja a lo cotidiano (v. 12-19). Habla de golpes, de riñas y de daños físicos. Pero fíjate en el detalle: la Torah exige que, si alguien hiere a otro, debe pagar por su tiempo perdido y hacer que le curen completamente.
Esto nos enseña que la fe mesiánica es responsable. No basta con pedir perdón; el Reino de Dios nos pide restaurar. Si el Mesías es nuestro ejemplo, nuestro paso por la vida de los demás debería dejar sanidad, no cicatrices.
Una reflexión para tu semana
En un mundo que nos grita que la felicidad es hacer lo que uno quiera cuando quiera, la Parashá Mishpatim nos propone una paradoja: La verdadera libertad se encuentra al decidir a quién servimos.
Yeshúa se hizo siervo para darnos dignidad. Hoy, la pregunta para nosotros es: ¿Estamos dispuestos a que nuestro «oído sea horadado» por el amor al prójimo y la obediencia al Padre?
