Por P.A. David Nesher
Comenzaré preguntándote: ¿alguna vez has sentido que, a pesar de tener todas tus necesidades básicas cubiertas, te invade una sensación de vacío insaciable?
Sabes una cosa, últimamente he estado reflexionando mucho sobre esto, sobre cómo vivimos hiperconectados y sobreestimulados, pero profundamente agotados. Buscando respuestas, me encontré explorando un antiguo texto bíblico: la Parashá Behaalotejá (Números 11). Para mi sorpresa, descubrí que la crisis de los israelitas en el desierto es un espejo perfecto de nuestra actual sociedad de consumo.
La paradoja del Maná y la «dopamina barata» El relato nos cuenta que el pueblo de Israel recibía cada día el maná desde el cielo. Era un alimento perfecto: gratuito, nutritivo, predecible y seguro. Sin embargo, llega un momento en que la multitud se rebela y grita:
«Nuestra alma está seca; no hay nada sino este maná«.
No se estaban muriendo de hambre; simplemente se habían aburrido.
Esto me hizo pensar en cómo funcionamos hoy. Padecemos lo que los filósofos llaman el «hartazgo de lo sagrado cotidiano». Desde la neurociencia contemporánea, la explicación es reveladora: nuestro sistema dopaminérgico no se activa con lo que ya es seguro, sino ante la expectativa incierta y la novedad. El maná no tenía ese «factor sorpresa». Hoy en día, las redes sociales y el mercado explotan esta misma dinámica. Buscamos compulsivamente la novedad a través del scroll infinito porque somos adictos al estímulo; queremos la descarga de adrenalina de la conquista, no la paz de la provisión diaria. Sufrimos de una «anhedonia por saturación» (o anhedonia dopaminérgica) que es la incapacidad de sentir placer causada por la sobreestimulación constante. Ocurre cuando el cerebro se acostumbra a recibir recompensas rápidas y constantes (como en las redes sociales), lo que reduce su sensibilidad y genera aplanamiento emocional
El síndrome de la esclavitud confortable Lo que más me impactó del relato es hacia dónde dirige el pueblo su queja. Comienzan a llorar recordando el pescado, los melones y los ajos que comían «de balde» en Egipto. ¿Gratis? ¡Pero si en Egipto eran esclavos sometidos a trabajos forzados e infanticidio!.
Aquí es donde opera un mecanismo psicológico de autoengaño. Lo que realmente extrañaban no era la gastronomía egipcia, sino la irresponsabilidad moral. En Egipto no tenían que cargar con el peso de la libertad y los mandamientos (la Torah). Preferían ser oprimidos pero tener el estómago lleno de caprichos. Yo veo esto reflejado en nuestro día a día: el ciudadano moderno está dispuesto a hipotecar su tiempo, su salud mental y su libertad a cambio de la gratificación instantánea. A veces preferimos la alienación del consumismo como analgésico antes que asumir la responsabilidad de construir una vida con propósito espiritual.
Las tumbas del deseo y el burnout Esta sed de estímulos y quejas crónicas no fue gratuita. El propio Moisés, como líder, sufrió un colapso absoluto frente a esta multitud insaciable. Tuvo un burnout tan severo que le pidió a Dios la muerte porque no podía cargar solo con el hastío de todo un pueblo. La exigencia de rendimiento continuo —que hoy nos autoimponemos en lo que Byung-Chul Han llama la «sociedad del cansancio»— nos agota desde adentro hasta provocarnos un verdadero «infarto del alma».
Al final, Dios le concede al pueblo la carne que tanto ansiaba, pero el exceso los destruye. El lugar de la tragedia fue bautizado como Kivrot-hataavá (Las Tumbas del Deseo). Comprendí entonces una gran verdad: el problema no es el deseo, sino el deseo infinito que no puede saciarse con nada. El consumismo extremo, cuando se convierte en nuestra identidad, siempre nos conduce a la sepultura de nuestra paz mental.
La cura: La mística de lo ordinario ¿Cómo podemos sanar esta patología de insatisfacción? He llegado a la conclusión de que no necesitamos un ascetismo castigador, sino educar nuestro deseo. Necesitamos recuperar la «mística de lo ordinario».
La tradición hebrea nos enseña la práctica de las berajot (bendiciones). Antes de comer, se pronuncia una bendición sobre el pan. Este acto aparentemente simple transforma la rutina en asombro. Nos recuerda que lo que nos protege del hastío no es la acumulación infinita de variedades y estímulos, sino la profundidad con la que somos capaces de percibir y agradecer lo que ya tenemos.
Hay dos imágenes que me acompañarán desde ahora: el fuego de la Menorá, cuyas llamas se elevan apuntando hacia un propósito divino, y el fuego de las Tumbas del Deseo, que consume y devora hacia abajo. El mismo fuego habita en nosotros. La elección está en hacia dónde apuntamos nuestras llamas.
A partir de hoy, en este mundo de consumismo ansioso, elijo el acto más revolucionario de todos: detener mi marcha, mirar mi propio «maná» cotidiano y pronunciar gratitud. ¡Porque lo que tengo hoy, es más que suficiente para mí!

