haftarot

Jonás: el Profeta Nacionalista que Huía de la Misericordia sin Límites

Haftará de Yom Kipur

Por P.A. David Nesher

Hoy, en el día más sagrado del año, leemos una de las historias más famosas de las Sagradas Escrituras y, a la vez, una de las más malinterpretadas. No es solo la historia de un hombre y un pez gigante. Es un espejo. Un espejo colocado por el Cielo para que, en este día de introspección, nos miremos a nosotros mismos.

Permítanme que les lleve de viaje. Un viaje a Nínive, a un barco en medio de una tormenta, y al corazón de un profeta llamado Jonás.

Estamos alcanzando el momento culminante del día más sagrado del año. Hemos ayunado, hemos orado y hemos confesado nuestras faltas. Buscamos ser confirmados que estamos inscritos en el Libro de la Vida. Pero, ¿qué es exactamente lo que nos garantiza ese sellado? ¿Es la abstinencia o es un cambio genuino en el corazón?

Para responder a esta pregunta, en esta hora de la tarde, la tradición nos pone frente a un espejo llamado Jonás. No es un héroe; es, de hecho, el profeta más renuente y más humano de todo el Tanaj (Biblia Hebrea). Es en su historia, llena de naufragios, grandes peces y una simple calabacera, donde encontramos la definición radical de la compasión divina y el desafío de nuestro propio arrepentimiento.

Antes de seguir, permítanme contarles que, según la tradición histórica judía, su recitación en la congregación trae consigo la bendición de la riqueza y tiene la capacidad de incitar a la persona a la teshuvá (arrepentimiento).

Antes de comenzar la conexión, déjenme que les haga una pregunta a cada uno:

«¿Alguna vez sentiste que estás huyendo de algo? Como si corrieras una maratón sin saber dónde está la meta, o peor aún, por qué empezaste a correr. Sientes una vocecita, un recordatorio de calendario existencial que insiste en que tienes una tarea pendiente, una misión, pero tú, como experto en procrastinación, la pospones para «mañana». Si este planteo te ha sonado familiar, déjame contarte esta historia. No es de Netflix, pero tiene más drama, ironía y giros inesperados que tu serie favorita. Es la historia de todos nosotros, la tuya y la mía. Es la crónica de un alma que se convierte en profeta fugitivo de su propia vida.

El contexto: Una misión de Misericordia Divina.

Jonás ben Amitai recibe una orden directa del Eterno:

«Levántate y ve a Nínive, la gran ciudad, y proclama contra ella, porque su maldad ha subido hasta Mí«.

Aquí viene el primer dato crucial: Nínive no era una ciudad cualquiera. Era la capital de Asiria, el imperio más brutal y temido de la época. El enemigo acérrimo de Israel. Los asirios eran famosos por una crueldad refinada: empalamientos, desollamientos, una maquinaria de terror diseñada para aterrorizar a sus vecinos. Eran, en la mentalidad de la época, los «malos de la película». Los asirios eran el enemigo más brutal y temido de Israel, una potencia que pronto devastaría la región.

Y a Jonás, un profeta de Yah, se le ordena ir a salvarlos.

El profeta de Israel tenía que ir a la ciudad más grande del mundo –que también era la ciudad más inmoral– para denunciar públicamente el estado general de corrupción’ y transmitir la advertencia Divina: si los habitantes de Nínive no se arrepienten, la ciudad será destruida.

Esta era la misión imposible del profeta Yoná.

Profeta con nacionalismo recalcitrante.

Jonás vivió en el Reino del Norte (Israel) durante el siglo VIII a.C. Residía en el reino de Israel (también conocido como «las 10 tribus», que se separó un siglo antes del reino de la tribu de Yehudá). La capital del reino de Israel era la ciudad de Shomrón (Samaria).

La situación en el reino de Israel no era muy buena desde el punto de vista religioso. Los reyes de Israel, en su afán por alcanzar un mayor éxito comercial y militar, hicieron alianzas con pueblos vecinos, como los fenicios de Sidón (el Líbano de hoy). Estas alianzas tuvieron un impacto cultural y religioso muy negativo. El rey Ajab, por ejemplo, se casó con la princesa fenicia Izebel (Jezabel), que importó y popularizó en Israel el culto al ídolo Ba’al. HaShem envió muchos profetas para advertir a Israel de sus malas acciones, como Eliyahu haNabi o su discípulo, Elishá. El profeta Yoná pertenece a esta «escuela» de profetas. Sin embargo, cuando Dios le habló a Yoná, no le pidió que profetizara a su pueblo.

Con todo este contexto explicado, agregaré que la obstinación de Jonás es el misterio de todo el libro.

  • ¿Por qué el profeta no quería ir a Nínive? ¿Adónde huía?
  • ¿Cómo pudo un hombre tan grande —y nada menos que un profeta— pensar que era posible huir de Dios?

Rashi explica que la huida de Jonás se debió a que sabía que «los gentiles se arrepienten rápidamente. Si les profetizo y se arrepienten, significará que estoy condenando a Israel , que no escucha las palabras de los profetas».

¿Y qué hace Jonás? Huye. Se sube a un barco con destino a Tarsis, en la dirección opuesta. No huye por cobardía, como a veces se piensa. Los sabios del Talmud y los comentaristas como Rashi y el Malbim nos explican que huye por celo por el honor de Israel. Jonás razona así: «Si estos asirios, estos idólatras y asesinos, se arrepienten al escuchar mi profecía, ¿qué va a decir de mi pueblo? ¡Israel recibe profetas constantemente y no siempre se arrepiente! Esto hará que Israel quede mal parado. Mejor que reciban su merecido«.

Jonás prefiere la justicia rigurosa para el enemigo, antes que la misericordia divina que podría avergonzar a su propio pueblo. Prefiere huir de su misión antes de ser testigo de un perdón que no considera merecido.

Con este fin, Jonás huyó de la Tierra de Israel, pues «la presencia Divina no reposa [sobre un profeta] fuera de la Tierra Santa». Esto le pareció a Jonás una forma de liberarse de esta misión cargada de culpa, ya que Dios no se comunicaría con él.

Cualquier buen patriota israelita desearía ver a Nínive destruida. Y es aquí donde la historia toma un giro crucial: Jonás no huye por miedo a la muerte, sino por miedo a la misericordia.

Él dice:

«Yo sabía que tú eres un Dios clemente y compasivo, lento para la ira, de gran bondad, y que te arrepientes del mal anunciado

(Jonás 4:2)

Jonás no podía soportar que la bondad de Yah se extendiera a sus enemigos. Quería el juicio para los demás, y la salvación solo para su pueblo.

La Torá en el barco: Un microcosmos de humanidad.

La tormenta se desata. Mientras Jonás duerme en lo profundo del barco, un símbolo de nuestra tendencia a adormecer nuestra conciencia ante lo incómodo. Los marineros paganos luchan por sus vidas. Ellos, que no conocen al Dios de Israel, rezan cada uno a su ídolo. Hacen todo lo humanamente posible para salvarse. Y cuando echan suertes y la suerte cae sobre Jonás, le preguntan: «¿Quién eres tú?».

Es la pregunta fundamental del Yom Kippur: ¿Quién eres? ¿Cuál es tu esencia, tu misión, tu responsabilidad?

Jonás se identifica:

«Soy hebreo y temo al Eterno, Dios del Cielo, que hizo el mar y la tierra firme«.

En ese momento, estos marineros paganos muestran más compasión que el profeta: se niegan a arrojarlo al mar. Solo cuando la tormenta arrecia y no les queda alternativa, acceden, no sin antes pedir perdón a Yah. El resultado es inmediato: el mar se calma, y los marineros, temerosos, ofrecen sacrificios a Yahvéh, el Dios de Israel. La primera conversión de la historia sucede gracias a la huida de Jonás.

El Gran Pez: La matriz de la Teshuvá.

El Talmud relata que un profeta que se niega a profetizar merece la muerte [Talmud, Sanedrín 89a].  De hecho, si el Eterno no hubiera intervenido, tragándolo primero el pez y luego arrojándolo a un lugar seguro, Jonás habría perdido la vida en el mar. Pero a Jonás esto no le importó. Prefirió morir antes que ser el medio por el cual su pueblo quedara mal visto.

Por eso, dentro del gran pez, Jonás comprendió que no está siendo castigado; está siendo protegido y contenido. Es un útero divino. En esa oscuridad, en ese aislamiento total, Jonás finalmente reza. Su plegaria no es una súplica por salir, sino un canto de agradecimiento por haber sido salvado de las aguas de la muerte. Es en la profundidad, en el vientre del abismo, donde encuentra la cercanía a Yah. Aprende que no se puede huir de la Presencia Divina.

«A los que descienden al abismo, Tú los salvas«.

Nínive y el Poder de la Teshuvá.

Jonás, liberado, va a Nínive. Y pronuncia la profecía más breve y efectiva de la historia: «¡En cuarenta días Nínive será destruida!». No menciona a Dios, no menciona arrepentimiento. Es un mensaje puro de juicio.

Y ocurre lo increíble: la ciudad entera, desde el rey hasta los animales, se viste de saco y se arrepiente. No hay negociación, no hay excusas. El rey decreta: «¡Quizás el Eterno se arrepienta y se apiade de nosotros!».

¡Y Yah lo hace! ¡Perdona a Nínive!

La respuesta de Nínive es uno de los milagros teológicos del libro:

  • Desde el rey hasta el más humilde ciudadano, pasando por los animales, todos se cubren de cilicio y ceniza, y cambian radicalmente su comportamiento.
  • El suyo es el modelo de Teshuvá que celebramos hoy: no es solo un acto ritual (arrepentimiento de labios), sino un cambio de camino (arrepentimiento de obras).
  • Dios ve que ellos se apartaron de su mal camino y revoca su decreto de destrucción.

Y aquí viene el clímax que le da sentido a la Haftará de Yom Kippur: Nínive, una nación pagana, demuestra tener un corazón más abierto y arrepentido que el propio profeta israelita. Dios le demuestra a Jonás que Su amor y Su compasión son universales.

¿Y Jonás? Se enfurece. Su peor pesadilla se ha hecho realidad. Prefiere morir antes que vivir en un mundo donde la misericordia divina es tan amplia que abarca incluso a sus enemigos. Se sienta a las afueras de la ciudad, esperando quizás ver si al final la destrucción llega.

Allí, el Eterno hace crecer una calabacera (o una hiedra, según las traducciones) que le da sombra y lo alegra. Pero al día siguiente, envía un gusano que la seca. Jonás, acongojado por el calor y el viento, se deprime otra vez por la planta.

Y entonces viene la lección final, el golpe maestro de la Haftará:

El Eterno le dice:

«Tuviste lástima de la calabacera, por la cual no trabajaste, que no hiciste crecer… ¿Y no voy Yo a tener lástima de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de doce miríadas de personas que no saben distinguir entre su mano derecha y su izquierda, y mucho ganado?»
(Jonás 4:10-11)

Aplicación a Nuestros Días: Las Cuatro Fugas.

Hermanos, la historia de Jonás no es una anécdota. Es nuestro diagnóstico. ¡Somos Jonás!… Somos Jonás cuando:

  1. Huimos de la Misericordia Amplia de Yah: Como Jonás, a menudo delimitamos la compasión. Creemos saber quién la merece y quién no. Ponemos límites a la misericordia que pedimos para nosotros, pero la negamos a los demás. Juzgamos a los demás con dureza, pensando que así defendemos el «honor» de nuestra fe o nuestra comunidad. En un mundo polarizado, Yom Kippur nos recuerda que la misericordia del Eterno es más ancha que nuestros prejuicios. Nuestra tarea no es ser guardianes de la justicia retributiva, sino canales de la bondad divina.
  2. Huimos de nuestra Nínive Personal: Nínive es esa conversación difícil que evadimos, ese hábito negativo que no queremos enfrentar, esa persona a la que debemos perdonar. Es la llamada a crecer, a cambiar, a salir de nuestra zona de confort. Nos subimos al barco de la distracción (el trabajo, el entretenimiento, la rutina) para dormir en la bodega de la indiferencia.
  3. Huimos de nuestra Responsabilidad Colectiva: Los marineros paganos hicieron todo lo posible antes de echar a Jonás al mar. Nosotros, ¿hacemos todo lo posible por nuestro prójimo, por nuestra comunidad, por el mundo? O miramos para otro lado, esperando que «alguien» actúe.
  4. Huimos hacia Afuera en Lugar de hacia Adentro: Jonás encontró a Yah en la profundidad del pez, no en la superficie del barco. Necesitamos una gran crisis (el pez) para finalmente volvernos a Dios y cumplir la misión que Él nos ha dado. Yom Kippur es nuestro «gran pez». Es un día de 25 horas de interioridad forzada. Sin distracciones externas (comida, trabajo, placeres), nos vemos obligados a mirar hacia nuestro interior, a esa oscuridad donde, paradójicamente, encontramos la luz más clara de la redención. Yom Kippur nos llama a hacer Teshuvá antes de que el «gran pez» nos obligue a hacerlo. Es nuestra oportunidad de volvernos voluntariamente.

Conclusión: El Mensaje Eterno de Yom Kippur

El Eterno le dice a Jonás, y nos dice a nosotros hoy: «Tu compasión es selectiva. Te duele la planta que te daba sombra, pero no la ciudad llena de vida. Mi compasión es universal«.

El mensaje de Yom Kippur no es que el pecado no importe. ¡Importa tanto que dedicamos un día entero a enfrentarlo! El mensaje es que el arrepentimiento y el cambio son siempre posibles. Para nosotros, para nuestros seres queridos, e incluso para aquellos a quienes consideramos nuestros «Nínives».

«¿Cuántas veces hemos ‘huido a Tarsis’ en nuestras redes sociales, en nuestras quejas, en nuestro silencio cuando debíamos hablar? Jonás nos enseña que no se puede construir un muro lo suficientemente alto para escapar de nuestra propia conciencia, ni de la llamada a ser mejores.»

Hoy, dejemos de huir. Bajemos del barco de las excusas. Entremos en el silencio introspectivo de nuestro «gran pez» personal. Y salgamos, como Jonás finalmente lo hizo, con un mensaje que, aunque nos cueste, debemos proclamar primero a nosotros mismos: Es tiempo de cambiar. Es tiempo de volver a Casa.

El Libro de Jonás nos enseña que la compasión de Dios desborda cualquier frontera que nosotros queramos imponer. Si realmente hemos hecho Teshuvá hoy, si realmente hemos sentido la compasión divina, debemos ser capaces de extenderla a la «Nínive» de nuestros días: a los extraños, a los que piensan diferente, a los que percibimos como amenaza, y a aquellos que no han encontrado su camino.

Nuestro arrepentimiento no es completo hasta que nuestro corazón se ensancha para acoger la misma compasión universal que Dios mostró por una ciudad enemiga.

Que este Yom Kippur, al cerrar este libro con la pregunta abierta, nos inspire a responder con un corazón ensanchado, entendiendo que la plenitud del arrepentimiento se encuentra en la magnitud de la misericordia que estamos dispuestos a ofrecer.

Que seamos todos inscritos y sellados en el Libro de la Vida, no solo para nosotros, sino para que podamos ser testigos y agentes de un mundo más compasivo, un mundo donde las misericordias de Yahveh brille para todos.

Gmar Hatimá Tová. Tzom Kal.

Probar el «sin límite» de la Era de la Redención

El Rebe de Lubavitch en la parshá Vaetjanan

Las Haftarot (lectura de los profetas posterior a la de la Torah) de los siete Shabatot de consuelo que comienzan luego de Tisha BeAv fueron elegidas e instituidas de acuerdo al contenido del calendario y los sucesos ocurridos. Por lo tanto, contrastan con las Haftarot leídas a lo largo del año que están directamente relacionadas con el contenido de las lecturas de la Torah que se leen cada semana. Sin embargo, incluso en estos Shabatot, hay una conexión con la lectura semanal de la Torah, porque, como explica el «Shela», Rabí Ieshaiahu Horowitz (1555-1630), «las fechas y festividades del año tienen una conexión con las partes de la Torah que caen en esos momentos«. La Haftará de esta semana comienza: «Najamu, Najamu» («Consuelen, consuelen a mi pueblo«) y refleja un doble consuelo para una doble pérdida (la destrucción del Primer y Segundo Beit HaMikdash). Esto vendrá a través de la construcción del Tercer Beit HaMikdash en la Era de la Redención. Aquí radica la conexión con la lectura de la Torah de esta semana que comienza con la oración de Moshé para entrar a la tierra de Israel. Si Moshé hubiera recibido permiso para conducir a los hebreos a la tierra de Israel y construir el Beit HaMikdash, éste hubiera sido eterno y la Era de la Redención definitiva habría comenzado en ese momento.

Hay, sin embargo, una dificultad aparentemente, el énfasis en la Parshá Vaetjanan es que la oración de Moshé no se cumplió y por lo tanto, existe la posibilidad de exilio y destrucción. Si es así, surge la pregunta: ¿Cuál es la conexión entre esta lectura de la Torah y la promesa de consuelo de la Haftará para el pueblo de Israel?

Esta pregunta se puede resolver sobre la base del concepto de que el consuelo ofrecido por Shabat Najamu es doble y el concepto de duplicidad está conectado con la Redención. Así, el Midrash comenta: «Hay cinco letras que se repiten (es decir, tienen dos formas, una que se usa cuando aparecen al comienzo o en el medio de una palabra y otra que se usa al final de una palabra), cada una de ellas es asociada con la Redención. De hecho, el concepto de duplicidad se asocia con las palabras del versículo (Yob 11:6) «Kiflaim LeTushiá», «dobles para salvación«, que también puede explicarse como una alusión a la salvación final, la Redención futura.

La conexión entre la duplicidad y la Redención es, que esta duplicidad no implica simplemente una sola repetición de un concepto sino es una repetición múltiple e incluso ilimitada del mismo. Por lo tanto, sobre la duplicidad de palabras en una mitzvá en la Torah, por ejemplo sobre la tzedaká (caridad) está escrito: «נתון תתן», («naton, titen» que son dos expresiones del verbo dar), nuestros sabios afirman que la repetición no significa que la mitzvá debe cumplirse solo dos veces, sino más bien, «cien veces«. Además, cien tampoco es un límite, sino más bien una alusión a una cantidad ilimitada. Aquí radica la conexión con la Redención, ya que en la Era de la Redención se revelarán las dimensiones infinitas de la Divinidad.

En particular, la repetición de la promesa de Najamu, Najamu (consuelen, consuelen a mi pueblo), tiene una connotación especialmente positiva.

Para explicar: Con respecto a la orden del Eterno a Abraham, «Lej Leja» («Ve para ti«), Rashi explica que la duplicidad de las palabras «Lej» y «Leja» indica que el viaje será «para su beneficio y para su bien«. Además, con respecto a su futuro personal , representan estas palabras una Redención de Ur Kasdim. De manera similar, encontramos dos palabras repetidas en el versículo (Shemot 3:16) «pakod pakadti» (dos conjugaciones de «recordar«), donde Moshé comunica a los israelitas una señal de que serán redimidos del exilio egipcio. Y en las obras de los profetas, las palabras repetidas del versículo (Zacarías 6:12): «Tzemaj» «itzmaj» (dos conjugaciones de florecer) se usan para predecir la Redención futura.

En estos casos, sin embargo, las palabras repetidas, aunque comparten la misma raíz, no son exactamente las mismas. Por el contrario, las palabras de nuestra Haftará Najamu, Najamu son una repetición exacta. Esta es una verdadera expresión de la conexión entre repetición e infinito. Cuando hay una diferencia entre las palabras repetidas, la intención es obviamente transmitir otro mensaje además del concepto de repetición y para expresar ese concepto, las palabras son ligeramente diferentes. Por el contrario, cuando en el caso que nos ocupa, la repetición es exacta, está claro que el único propósito es expresar la dimensión infinita asociada con la Redención.

Lo especial del mensaje del consuelo transmitido por la profecía Najamu, Najamu es destacado por los sabios, que enseñan que la primera palabra «Najamu» es un consuelo por el Primer Beit HaMikdash y la segunda, un consuelo para el Segundo Beit HaMikdash. Cada una de estas dos estructuras poseía una virtud que carecía la otra. Por lo tanto, el tercer Beit HaMikdash representará un consuelo total por la pérdida de ambos. Por lo tanto, será una estructura triple, que posee sus propias cualidades especiales y las cualidades positivas de cada uno de los dos anteriores Batei HaMikdash (Grandes templos de Jerusalem).

El Primer Beit HaMikdash se caracterizó por una dimensión especial de revelación de Divinidad desde las alturas celestiales, en un grado muy superior a la revelación de Divinidad que se manifestó en el Segundo Beit HaMikdash. Esto se refleja en el hecho, de que cinco elementos de santidad, incluido el Arca del Pacto (que contenía las tablas de la ley), estuvieron presentes en el Primer Beit HaMikdash y no estuvieron presentes en el Segundo.

Por otro lado, el Segundo Beit HaMikdash poseía una ventaja sobre el Primero. Era más grande en tamaño y duró un tiempo más largo; es decir, en tiempo y en espacio, las cualidades que caracterizan nuestro mundo material, superó al Primer Beit HaMikdash. El Tercer Beit HaMikdash poseerá ambas ventajas comparativas, además de una dimensión única reflejada en la fusión de estos dos.

En base a lo anterior, podemos explicar la conexión entre la Haftará, «Najamu, Najamu» y la Parshá Vaetjanan. Uno de los aspectos fundamentales de la Parshá Vaetjanan es la repetición de los Diez Mandamientos, a pesar de que los Diez Mandamientos son mencionados en la Parashá Yitró, de todas formas, se repiten junto con todos sus detalles en la Parshá Vaetjanan.

La naturaleza del contexto en el que se mencionan los Diez Mandamientos en la Parashá Vaetjanan difiere, sin embargo, a los Diez mandamientos de la de Parshá Yitró. En la parshá Yitro, los israelitas estaban en un nivel de «tzadikim» (justos) y así, el relato de los versículos refleja la dimensión de revelación de Divinidad desde las alturas celestiales. Por el contrario, la narración de la Parshá Vaetjanan, es parte de la reprimenda de Moisés al pueblo judío y por lo tanto, está asociada con los «baalei teshuvá» (retornantes a Di-s) y el servicio espiritual de elevar el plano mundano y terrenal.

Más allá de este contraste entre las parshiot Yitró y Vaetjanan, sin embargo, el solo hecho de que los Diez Mandamientos se repitan apunta, al igual que todas las duplicaciones que se mencionaron anteriormente, al concepto de infinito. Y esto representa una alusión al aspecto infinito de la Torah que se revelará en la Era de la Redención, «las nuevas [dimensiones de] la Torah que saldrán de Mí«. (Yeshaiahu 51:4 y Vayikra Rabá Cap.13:3)

Más particularmente, estos dos movimientos de impulso: la revelación desde Arriba, representada por el servicio espiritual de los tzadikim y la elevación del plano mundano, que es el servicio espiritual de los «baalei teshuvá» – serán incluidos en esta revelación de la Era Mesiánica. Porque «las nuevas [dimensiones] de la Torá saldrán«, es decir, saldrán del reino de la Divinidad y entrarán en el ámbito de la comprensión humana y se relacionarán con la elevación del plano mundano. Simultáneamente, vendrá «de Mí», es decir, será una revelación desde las alturas celestiales. Además, estos dos movimientos de impulso se fusionarán juntos como un solo movimiento.

Con base en lo anterior, también podemos apreciar otra conexión con la lectura de la Torah de esta semana, la respuesta de Dios a Moshé de que será Yehoshúa quien liderará la reconquista de la tierra de Israel. Si Moisés hubiera llevado al pueblo a la tierra de Israel, su ingreso a ella habría estado en un nivel espiritual más alto, sin embargo, también hay una ventaja para el pueblo siendo guiados por Yehoshúa, ya que esto representaba una elevación del plano terrenal. Esto se refleja en el hecho de que la instalación del pueblo en Eretz Israel se prolongó, tardando siete años en conquistar la tierra y siete años en dividirla. Dado que elevar el plano material dentro del contexto de su propia perspectiva requiere un esfuerzo sostenido, esta cantidad de tiempo fue necesaria.

Como se mencionó, si Moshe hubiera liderado la entrada a Eretz Israel, nunca más habría sucedido un exilio. El potencial para el exilio, sin embargo, e incluso el exilio mismo, también deben verse bajo una luz positiva. Es el exilio, lo que permite la elevación del mundo en general dentro de su propio contexto. A cada tierra a la que se ha dispersado el pueblo judío, se ha elevado la sustancia material de la tierra y refinado las chispas de Divinidad encerradas en ella. Así, a través de este servicio espiritual, el mundo mismo se ha elevado y preparado para la Redención final.

Por lo tanto, la entrada a Eretz Israel descripta en Parashá Vaetjanan debe verse dentro de un contexto de mayor alcance. Dado que se prepara al mundo para la Redención futura, debe considerarse al estudiarla que contiene el potencial para llegar a la plenitud total que se alcanzará en esa época.

Nuestros Sabios declararon: «Quien trabaje en la preparación de Shabat en la víspera de Shabat (el viernes), comerá en Shabat«.

La singularidad del 15 de Menajem Av se refleja en que es un día de luna llena. La luna llena simboliza plenitud y a su vez la plenitud del pueblo judío que «fija su calendario de acuerdo con la luna, se asemeja a la luna y finalmente se renovará a la misma media que la luna».

Cada mes, la plenitud de la luna refleja un estado de perfección en el servicio espiritual específico conectado con ese mes. En lo que respecta al presente mes, su mismo nombre Menajem Av, apunta a una conexión con el Mashiaj, que es llamado Menajem, “consuelo”. Asimismo, nuestros Sabios enseñan que Tishá BeAv es el día que nació el Mashíaj, es decir, el día en que su fuente espiritual está dotada de poder adicional, pues el día de nacimiento «el mazal de la persona prevalece«. Así, el día 15 de Av es el tiempo que el potencial de Redención alcanza un estado de perfección.

De manera similar, fue en el día de su creación que Adam (el primer hombre) convocó a todos los seres creados: «Vengan, prosternémonos e inclinémonos, arrodillémonos antes Dios nuestro hacedor», es decir, llevó al mundo entero a la aceptación del Reino de Dios. Y es en la Era de la Redención, cuando el reinado de Dios será revelado de una forma completa y manifiesta.

Nuestros Sabios asociaron a Tu Be Av (el día 15 de Av) con un aumento en el estudio de la Torah:

«Desde el decimoquinto día de Av en adelante, quien agregue las noches a los días con estudio de la Torah tendrá años agregados a su vida«.

Dado que la Torah indica que «se puede suponer que todos los judíos se comportan de manera apropiada«, podemos suponer que han fijado tiempos para el estudio de la Torah y por lo tanto, el aumento deseado no es meramente limitado en naturaleza, sino más bien un aumento que va más allá de los límites ordinarios de la persona.Y es mediante el aprovechamiento del potencial infinito del alma de un judío, cada uno de acuerdo con su naturaleza, puede revelar el infinito de Dios. Esto se reflejará en la revelación de «las nuevas [dimensiones de] la Torá que saldrán de Mí» en la Era de la Redención, ya que esta será una dimensión infinita de la Torá. De manera similar, está conectado con un verdadero «aumento en la vida», la vida eterna del segundo período de la Era de la Redención.