Pekudei

La 42 Estaciones del Alma según la Torah

Por P.A. David Nesher

Pues la nube de Hashem estaba sobre el Tabernáculo de día, y había fuego en él por la noche a la vista de toda la Casa de Israel. Así fue en todas sus paradas.”

Shemot/Éxodo 40:3 8

El pueblo de Israel se había elevado en el monte de Sinaí a las alturas espirituales de lo profético tal como lo había alcanzado y manipulado los patriarcas Avraham, Itzjak y Yaakov. En la mente de cada israelita, vibraba la idea de que dejar el Sinaí podría tal vez significar el abandono de la presencia constante de la divinidad entre ellos. Este es el sentido del mandamiento divino al ordenar la construcción del Mishkán.

Finalmente vemos que el Eterno aprueba la obra hecha por la unidad de Israel, y produce que la Shekináh desciende al “lecho nupcial”, el Mishkán (Tabernáculo), para habitar en medio de los israelitas. Así, la nube del Eterno descansaría sobre el Mishkán de día. Por la noche, una nube de fuego sería la que habría de custodiar a Israel, la amada de Yahvéh. Cuando la nube se apartara del Tabernáculo, ello constituiría la señal para que los israelitas emprendieran la marcha.

Refiriéndose a esto, los sabidos explican:

“…Día: representa los momentos de florecimiento; y “noche”, simboliza los momentos de obscuridad. El pasuk indica que siempre, a través de los viajes del pueblo de Israel por la vida, independientemente de si el sol brilla o no, las nubes y el fuego divinos constantemente nos protegen asegurando nuestra supervivencia…”.

La palabra jornadas también incluye los lugares donde acampaban, porque desde cada lugar emprendieron un nuevo viaje. La nube no estaba sobre el Tabernáculo durante los viajes, sólo cuando acampaban, cf. 40:36.

El pueblo de Israel acampó 42 veces en lugares escogidos por YHVH. Algunas veces la parada era para probarlos, otras para que descansaran, y en otras oportunidades para disciplinarlos. Lo cierto es que en cada lugar había suficiente espacio para el Tabernáculo y para el campamento de cada tribu.  

Ahora bien, para nosotros será muy importante conocer que los cuarenta y dos segmentos del viaje de Egipto a la Tierra prometida constituyen los 42 netivot (senderos) que el alma tiene a su disposición para conectarse con Yahvéh; senderos cuyo sentido podremos descubrir sí o sí mediante el estudio sistemático de la Torah.

Entendemos entonces que estos 42 lugares representan viajes espirituales que deben vivir todos los hijos de Elokim, todos aquellos guerreros que van por el Camino (Derek) que conduce a la Tierra Prometida.  Para entender mejo esto, consideremos el siguiente ejemplo:

La gematría de la palabra Ramases es 430, que es equivalente a “Nefesh”, que significa, “alma”.  La gematría de la palabra Sucot es 480 que equivale a “Yishamani”, que significa, “me escuchará”.  La gematría de la palabra Etam es 441 que equivale a “V’hiyyiti”, que significa “yo estaré”.  Así que, traduciendo a través de la gematría, el viaje que hizo Israel de Ramases a Sucot y a Etam, forma la frase espiritual: “Tu alma me escuchará, y Yo estaré providente”.  Y así sucesivamente a través de todo el peregrinaje, podemos encontrar distintos códigos que permitieron al Pueblo Escogido cambiar los paradigma reptilianos aprendidos en Mitzrayim, y elevar sus mentes a los niveles proféticos que manejaban los padres de nuestra fe.

Así pues los sabios explican que el propósito de enumerar las 42 paradas, fue para hacer consiente al pueblo de su desarrollo completo (moral – espiritual – histórico).  Por ello, luego, en la distribución de la tierra, le fueron dadas a los levitas 42 ciudades para vivir. Con esto el Eterno se aseguraba que si alguien se apartaba de la Torah y necesitaba orientación o enseñanza en alguna de las 42 etapas de desarrollo, él o ella podían visitar una de las 42 ciudades para recibir el entrenamiento específico asociado con esa etapa. De este modo el proceso de ascención se repararía y podría continuar en su dirección de marcha: derecho, adelante y hacia arriba.

Con todo esto logramos captar que las “paradas” (o estaciones), son un engranaje de vital importancia en este sistema, porque constituyen el momento de reflexión para determinar en cada encrucijada de la vida cuál sendero sea el más idóneo para alcanzar el horizonte estipulado. Porque el objetivo de toda interrupción es brindar el privilegio de experimentar la dicha de un nuevo comienzo. Este Santuario portátil, y su “habitante”, la Shekináh de Yahvéh, viajaría con los israelitas durante 40 años y finalmente se trasladaría a Eretz Israel (Tierra de Israel).

Considerando todo lo hasta aquí estudiado en las parashot del Séfer Shemot, notamos asombradamente que todo este poderoso simbolismo dado a través del Santuario, fue entregado al Israel como un libro de instrucción para saber cómo habitar en la presencia de YHVH.  Todos los oráculos divinos encriptados en esta estructura cósmica, una vez aprendidos, debían ser enseñados de generación en generación, para que aquellos que llegarán al final de los tiempos (es decir, nosotros) supiéramos que hacer.  Así lo comprendieron los discípulos de Yeshúa de las primeras comunidades, tal como el diácono Esteban lo proclamara:

Este es aquel Moisés que estuvo en la congregación en el desierto con el ángel que le hablaba en el Monte Sinaí, y con nuestros padres, y que recibió palabras de vida que darnos.
( Hechos 7:38).

Una vez que cada objeto y pieza estuvo en el lugar adecuado y la “vasija” (el Mishkán) estuvo preparada, la Luz del Creador ingresó al Tabernáculo. Esa fue la primera vez que hubo un lugar físico en el que la Luz Infinita, creadora de toda la existencia, pudo entrar y habitar.

La construcción del Mishkán para el Creador simboliza cómo cada uno de nosotros puede construir y preparar su propia vasija (vida) para que pueda ser llenada de Luz Infinita que es Yeshúa HaMashiaj (Juan 8:12) y así ser luz para el mundo de la fisicalidad que debemos reparar y transformar (Mateo 5:14).

Cuán afortunado es el pueblo que experimentó toda esta sabiduría, cuán afortunada es la nación cuyo Dios es… ¡HaKadosh Baruj Hu! (Salmo/Tehilim 144:15).

Ahora llegando al final de nuestro peregrinaje por este Séfer (Libro) llamado Shemot (Éxodo), encuentro oportuno hacerlo extractando algunas ideas que leí del sabio Najmánides quien expone en su prefacio al mismo libro el siguiente comentario:

“…El descenso de los hijos de Israel a la tierra de Egipto es el comienzo del exilio de Israel. El mismo no concluirá hasta que ellos hayan regresado a su tierra de origen, alcanzando el nivel de sus patriarcas. Empero, cuando los hijos de Israel salieron de Egipto, a pesar de que ya habían sido liberados de la esclavitud, todavía se los consideraba como exiliados, porque estaban en una tierra que no era de ellos, vagando por el desierto. Más cuando llegaron al monte Sinai y construyeron el Mishkán y volvió el Santo Bendito Sea Él, hizo posar su “Shekinah” entre ellos alcanzando los Benei Israel otra vez el nivel de sus patriarcas. A partir de entonces fueron considerados como redimidos…”.

Tras concluir el segundo Séfer de la Torah, pronunciamos con gran satisfacción:

¡Jazak, jazak, ve-nitjazek!
(¡Sé fuerte, sé fuerte y seremos fortalecidos!)

Para conocer más acerca de los 42 Senderos del Alma los invito a leer:

Las 42 Estaciones Del Viaje de la Vida.